Cruce de Caminos

1 04 1995

Al Oeste, siempre al Oeste, es el ineluctable camino de la salvación para el peregrino que ha puesto en Santiago, durante siglos, el perdón de sus culpas, la eclosión de algún sueño, el saber que no sólo de letras se compone, la paz, el equilibrio justo entre ese cosmos que contiene la piel y el otro, que sólo la piel del universo acota. De caminos está compuesta la historia del hombre: rutas de la seda y la especiería, ruta de América, del oro, mitificada por el western. Aventureros, descubridores, peregrinos, misioneros, comerciantes: una red de senderos que configuran la faz del planeta con tanta exactitud como los paralelos y los meridianos. Oro, sabiduría y fe: móviles de una larga aventura que ha abierto puertas y ha traspuesto confines. Pero no han sido esos los móviles de los pueblos, pavimentando las grandes avenidas de la (e)migración humana: judíos, rusos, españoles, chilenos, argentinos o cubanos en diáspora; peninsulares repoblando Sudamérica, italianos en Nueva York, turcos en Alemania, magrebíes hispanos, japoneses de Sao Paulo, o los 25 millones de hispanohablantes que despiertan entre sudores al buen ciudadano de Oklahoma, más yankee que el Yankee Stadium, con la premonición de un presidente de los Estados Unidos Anglosajones de América: un tal Martínez o Fernández.

La misma fuerza que impulsa al chotacabras americano a lo largo de 11.200 km. entre el Yukón y la Argentina, mueve a los pueblos: el miedo, la esperanza y el hambre. O el destierro forzoso que pobló Australia y el sincretismo cultural americano a bordo de los barcos negreros. Ya de paso: la samba, el jazz, la salsa.

¿Sería posible explicar España sin Al-Andalus? ¿O la historia latinoamericana sin la herencia del caudillismo español? ¿O Norteamérica sin el hambre italiana del siglo XIX? ¿O las mezquitas de Frankfurt, las sinagogas de Montreal, los templos católicos de Taiwán? ¿Sería posible explicar este planeta? La respuesta es tan obvia como una pizzería de Manhattan o el pulpo a la gallega que probé por primera vez en una taberna de Ginebra.

Hoy, en la era de los vuelos charter, dos caminos se cruzan: el turismo de la opulencia y el turismo del hambre. A los pies del primero tienden alfombras los empresarios y gobiernos de todos los pelajes ideológicos. Ya se puede conocer (al mejor estilo de los libros condensados del Readers Digest) Europa en una semana y el Caribe todo en un week end. Frente a un turista japonés, Marco Polo era un niño de teta. Pero no censuro al japonés que hay tras cada cámara. Más bien dudo: ¿Es preferible malconocer al otro que desconocerlo? ¿O más vale evitar las indigestiones de folclor precocinado y paisajes premeditadamente inolvidables?

Ante el otro turismo, el que carece de agencias y programas, el turismo de la supervivencia, nuevas cortinas de hierro levantan quienes celebraron el derrumbe de las otras. Trampas se tienden en los aeropuertos, alambradas de sospechas ocupan las fronteras. El Otro es el enemigo. La Otredad, un delito. Una muralla de visados y aduanas protege las nuevas ciudades-estados contra los bárbaros del sur que intentan el asalto del hambre a la esperanza: de Sur a Norte. Pero una vez más se confirma que el hambre y la esperanza son más fuertes que cualquier muralla, más ingeniosos que el bienestar. Ya la aldea planetaria es demasiado pequeña. De nada valdrá parapetarse tras un pasaporte. Sólo abolir los puntos cardinales regulará la marea. Si no helara en Canadá, el chorlito dorado chico no transitaría 13.000 km. para anidar en la Amazonia.

“Cruce de caminos”; en: Cuadernos del Camino de Santiago, n.º 8, Santiago de Compostela, España, primavera, 1995, p. 71.





¿Intolerancia o Humanismo? (La homosexualidad en Cuba)

30 12 1994

¿Tienes idea de cuántos homosexuales puede

haber en Cuba? Tomando la tasa mundial de entre

3 y 4% de la población, con que están de acuerdo

casi todos los especialistas, en Cuba habría

entre 300.000 y 400.000 homosexuales (sin contar los

bisexuales). Una sociedad esencialmente humanista

no se puede desentender del destino de esos ciudadanos

Dr. Celestino Álvarez Lajonchere

ex director del Grupo Nacional de Educación Sexual, Cuba

 

 

Breve historia de Daniel Ramírez

Daniel Ramírez estudia el onceno grado en una facultad nocturna de La Habana, al tiempo que trabaja como mozo de limpieza en una peluquería. Abandonó sus estudios en el curso diurno para buscar trabajo, y fue entonces cuando discurrió por un penoso peregrinar de oficina en oficina. Los pretextos para no darle trabajo fueron diversos, y dependieron de la imaginación y el nivel de prejuicios de los empleadores: que no había plaza, que dejara sus datos y en breve se comunicarían con él —aún estaría esperando—, etc. Un constructor le dijo con toda franqueza que si lo empleaba tendría que expulsar en los próximos meses, por agredirlo, a otros trabajadores, cuyo machismo les impediría trabajar resignadamente a su lado. En otro lugar, donde adujeron que no había vacantes, Daniel aceptó la excusa y envió varios minutos más tarde a un amigo heterosexual, que obtuvo el trabajo sin mayores dilaciones. Una siquiatra llegó a decirle que tenía dos opciones: ver la vida como si fuera una película o irse del país. Pero, a pesar del consejo, Daniel, educado en una familia que lo juzga y lo ama por quién es, sea cual sea su conducta sexual, piensa que su lugar está en Cuba.

 

¿Confiables o no?

Casos como el de Daniel me indujeron a conversar con el Dr. Celestino Álvarez Lajonchere, y tratar de indagar sobre algunos juicios y prejuicios que sobre la homosexualidad subsisten en Cuba:

—Doctor, existe una opinión bastante generalizada de que los homosexuales no son confiables en tanto que homosexuales.

—Eso se basa en la concepción de que la homosexualidades una “debilidad de carácter”, y que por esa razón no son confiables. Creo que los homosexuales pueden ser objeto de chantaje en una sociedad no permisiva y donde ocultan, por razones obvias, su homosexualidad. Desde ese punto de vista, creo que no sería prudente poner en sus manos secretos militares o de Estado, y preferiría que los homosexuales entendieran eso. Pero no por razones intrínsecas. He conocido homosexuales que son grandes figuras del arte y de la ciencia, con una gran fortaleza de carácter, e incluso homosexuales que resistieron las torturas sin delatar a sus compañeros. ¿Puede llamárseles no confiables?

—Es curioso: si una sociedad no es permisiva, el homosexual se encubre y es posible blanco de chantaje. Pero si es un homosexual encubierto, la sociedad pondrá en sus manos los secretos de que usted hablaba, creyéndolo heterosexual. Y si se trata de un homosexual declarado, que es cuando la sociedad pondrá sus secretos lejos de él, no será jamás blanco de chantaje por esa causa. Si se modificara la concepción actual y ser homosexual no fuera una actitud repudiada, ¿no desaparecería la precondición necesaria para el chantaje por esa causa?

—Eso es racional, pero fíjate que la doble moral y la subestimación a la mujer va a tardar decenios, siglos quizás, en desaparecer. En Holanda noté que incluso los homosexuales masculinos discriminan a las femeninas. Extrapolación del machismo. Así, la discriminación al homosexual va a tardar más en desaparecer.

 

¿Causas?

—Eso está todavía en estudio —responde el Dr. Lajonchere—, pero al parecer las causas biológicas son más importantes. El Instituto de Endocrinología Experimental de la Universidad de Humboldt, en Berlín, ha obtenido sistemáticamente camadas de animales de experimentación homosexuales, cambiando el equilibrio endocrino de la madre en el momento crítico en que se está produciendo el dimorfismo cerebral en el animal. Si las causas son básicamente biológicas, entonces resulta que la persona no es responsable de su homosexualidad. No está en él cambiarlo. No lo escogió. Por eso es doblemente inhumano hacerle la vida imposible al homosexual. Aunque, sea cual sea la causa, es inhumano darle un tratamiento diferenciado y está en contra de los principios humanistas de nuestra sociedad.

 

Homosexuales, bisexuales y transexuales

—Una experiencia homosexual en la adolescencia —responde el Dr. Lajonchere— debe ser vista con cuidado. Es frecuente y no implica que la persona sea homosexual (cuando sólo siente estimulación sexual por personas de su mismo sexo). También hay los que funcionan indistintamente con ambos sexos, los bisexuales, que no son homosexuales estrictos. El homosexual raras veces intenta un cambio de sexo, y cuando lo hace es por presión social. En cambio, el transexual es fisiológicamente un varón pero su percepción como ser humano es la de una mujer. Generalmente su situación es muy dramática, y puede confundirse con la del travesti (que puede ser transexual u homosexual). En esos casos, ya en Cuba se está practicando el cambio de sexo.

 

¿Amaestrar?

—Sabemos, Dr. Lajonchere, que durante aquella experiencia nefasta y por suerte efímera de los años 60, las Unidades Militares de Ayuda a la Producción, donde eran recluidos muchos homosexuales, se intentaba modificar su conducta mediante técnicas aversivas. ¿Es posible hacerlo?

—El homosexual conserva su nivel hormonal idéntico al del heterosexual, sólo que cambia el centro de su interés. Dado esto, se le podría amaestrar para que tengan relaciones con personas de sexo contrario. Lo difícil es lograr que esto les resulte agradable. Y en ese caso se le entregaría a la mujer un varón incompleto, cuya orientación está en la estructura de su propio cerebro. Pero, además, amaestrarlo sería anti ético.

 

Amaneramiento

—Se cree que todos los homosexuales son amanerados, ¿es así?

—No. Si la homosexualidad es básicamente biológica, el amaneramiento es aprendido. Donde no hay una represión grande y donde el homosexual existe más o menos abiertamente, el amaneramiento es rechazado por los homosexuales y es minoritario. En ocasiones, puede ser una manifestación de protesta contra la sociedad que los discrimina.

 

¿Existe discriminación al homosexual en Cuba?

es la pregunta que hago entonces al Dr. Lajonchere, pero antes recuerdo la carta de un homosexual a la redacción de la revista Somos:

“¿Por qué se discrimina tanto al homosexual? ¿Por qué se nos trata como antisociales? ¿Por qué se nos rechaza en todas partes, cuando descubren en uno aunque sólo sea un mínimo destello de homosexualidad?”

—Eso está ocurriendo y ocurrirá por muchos años —responde Lajonchere—. No es exclusivo de nosotros. Es mundial. Los investigadores Master y Johnson plantean que el rechazo tiene un origen religioso. La iglesia sólo acepta el coito reproductivo, por tanto, la homosexualidad es pecado capital. En el Medioevo los homosexuales eran condenados a muerte.

—Incluso en Cuba, donde la Inquisición fue leve, la única quema masiva fue la de unos 90 homosexuales en un sitio llamado Cayo Puto, en la Bahía de La Habana.

 

Hasta los padres

La magnitud del repudio a los homosexuales nos la da un hecho sintomático: los primeros en repudiarlo son los padres. Los mismos padres que sobreprotegerían a un niño enfermo o minusválido, y que no retirarían su apoyo a un hijo delincuente. La solución de algunos padres es “ignorar “la homosexualidad de sus hijos. La incomprensión puede provocar desajustes sociales que no tienen nada que ver con la homosexualidad, pero que sí se empleen como justificación para ejercer la discriminación.

 

¿Represión?

—Existen funcionarios que cometen arbitrariedades y, en ocasiones, manejan la legislación de acuerdo a sus prejuicios, lesionan la dignidad humana del homosexual, por convicción propia, o porque una actitud simplemente más humana hacia el homosexual puede hacer sospechoso al funcionario, al menos en ciertos contextos, ante los ojos de compañeros más intolerantes. ¿Puede hablarse de represión en Cuba a los homosexuales?

—Yo no creo que en Cuba haya una conciencia represiva al respecto —afirma el Dr. Lajonchere—, pero sí tienen problemas laborales, y hay tareas que les están vedadas, como la educación.

—En nuestras leyes no se recoge la prohibición de la homosexualidad—explica el Mayor Eduardo Berriz, Jefe de Divulgación de la Policía Nacional cubana—; lo que no se toleran son sus manifestaciones. Se entiende por eso que un homosexual no puede hacer manifestación de su condición en la vía pública: pintarse los labios, provocar al resto de la ciudadanía con su manifestación. Eso lo recoge la sección cuarta del artículo 359 del Código Penal: “Se sanciona con privación de libertad de 3 a 9 meses o multa de hasta 270 cuotas o ambas al que haga pública ostentación de su condición de homosexual, o importune o solicite con sus requerimientos a otro, realice actos homosexuales en sitios públicos o en sitios privados pero expuesto a ser visto involuntariamente por otras personas, ofenda el pudor o las buenas costumbres con exhibiciones impúdicas o cualquier otro acto de escándalo público”.

Si tenemos en cuenta —pienso yo— que entre amaneramiento y homosexualidad puede no haber coincidencia, hay riesgo de que “hacer pública ostentación” signifique algo diferente para cada persona, que el pudor y, más aun, las “buenas costumbres”, sean demasiado ambiguas, y que al final resulte la ley algo tan interpretable que cada cual la aplique a su manera. Es el camino más rápido hacia la arbitrariedad.

 

El cebo

—En algunos centros de enseñanza suele ponerse un cebo, provocar al sospechoso de homosexual para, una vez sorprendido in fraganti, expulsarlo por razones supuestamente “morales”, ¿que usted cree, doctor, sobre esta práctica “moral”?

—Me parece una práctica denigrante, sobre todo para quienes la ejercen. Se rompe la trayectoria laboral o estudiantil de una persona muchas veces capaz. Y, en ocasiones, los móviles son más sórdidos que un prejuicio. Recuerdo el caso de una muchacha muy bella que estudiaba en Checoslovaquia. Varios de sus compañeros cubanos de estudio la pretendieron, pero ella no aceptó. Sospecharon que era homosexual y le pusieron un cebo. La muchacha cayó. Fue expulsada y enviada de regreso a Cuba, donde ahora trabaja como secretaria, de modo que la sociedad está perdiendo sus capacidades. Si no hubiera sido atractiva, posiblemente nadie se hubiera ocupado de su homosexualidad.

 

¿Homosexualidad vs. Ideología?

“Yo tuve la suerte de formalizarme y mi pareja siempre me supo guiar, pero la juventud actual se siente desatendida. Forman un submundo que por la existencia de prejuicios se desarraigan de todo. Cuando se nos atiende y se nos da un lugar en la sociedad, sabemos actuar. Queremos respeto y sabremos respetar de acuerdo a cómo se nos trate. Soy, afortunadamente, militante de la Unión de Jóvenes Comunistas, y sé que es un pecado serlo dada mi condición de homosexual, pero me pregunto ¿por qué?, si yo tengo una actitud digna.” (Carta a la revista Somos)

Denuncia la duplicidad a que se ve obligado el homosexual que participa políticamente, dado que hoy es una verdad no escrita que los homosexuales no pueden integrar organizaciones políticas como el Partido Comunista o la Unión de Jóvenes Comunistas, y algunos consideran que la homosexualidad es una deformación moral que inhabilita políticamente, aun cuando la vida demuestra continuamente lo absurdo de esa mentalidad.

 

Supuestas estadísticas

sitúan a Cuba entre los más altos índices de homosexualidad del planeta. ¿Podría haber algo de cierto en eso?

—No hay fundamentación alguna en eso. Ni hay razones para pensar que en Cuba sean más o menos que en otros países los homosexuales —afirma categóricamente el Dr. Lajonchere—. Pero si se les reprime algunos se muestran más extrovertidos. No creo que en ningún país se pueda hacer una estadística confiable sobre esto. Hay un trabajo fuerte para introducir una cuña entre los grupos homosexuales y la Revolución Cubana. Hacen uso de los errores cometidos en los 60. Cuando dices una mentira grande y la avalas con una verdad pequeña, el resultado es más o menos creíble para una población ya prejuiciada por una avalancha de desinformación.

—¿Y cuál sería la mejor actitud, la más humana pero, a un tiempo, realista frente a este fenómeno?

—Yo valoro a las personas por su conducta social, no por sus inclinaciones sexuales. Juzgo por su actitud social, porque todo lo que ocurra dentro de una habitación entre dos personas compete sólo a ellos. Nada que no perjudique a terceros es condenable. Hacer que la población conozca más el fenómeno la ayudará a ser más permisiva, a comprender que esas personas no pueden ser destruidas por el hecho de ser distintas. Y la comprensión tiene que empezar por los padres. Si no fuéramos más tolerantes, dejaríamos de ser humanistas.

 

“Intoleranz order Humanismus? (Homosexualität in Kuba)”; en: Cuba Libre, n.º 4, Köln, Alemania, diciembre, 1993, pp. 26-29.

“¿Intolerancia o humanismo? La homosexualidad en Cuba”; en: Somos, n.º 155, La Habana, 1994, pp. 2-5.

 





Más allá de Anabel

30 11 1994

Ni hoy, cuando escribo estas líneas rayando la medianoche, es un viernes cualquiera, ni Anabel Segura es sólo una chica de 22 años que fue secuestrada en procura de un fajo de billetes. Viernes ha habido muchos, muchachas secuestradas también, porque ni la violencia, ni los viernes ni las muchachas son ajenos a este millón de años de historia humana.

Pero esta noche se trata de algo más. Ochocientos y tantos días sabiendo, o suponiendo, o sospechando que en algún sitio una muchacha bella, instruida, con su futuro por hacer, yacía a merced de personas que sólo veían en ella un objeto de trueque y no un ser humano, esa entidad intransferible llena de sueños, ilusiones, sentimientos, tan irrepetibles como su huella dactilar, han permitido a la sociedad española reflexionar sobre su condición humana y su destino.

En primer lugar, en plena euforia de la sociedad del bienestar, donde los anuncios y el ejemplo, la educación y los mensajes tangenciales de la vida cotidiana nos inducen a pensar en el semejante no como un hermano de especie, sino como un competidor al que derrotar en la jungla tecnológica de la contemporaneidad; el caso de Anabel despierta en nosotros un valor casi tribal: la solidaridad. De pronto todos reconocemos en ella a la amiga, la hermana, así seamos tan pobres que a nadie se les ocurra secuestrarnos como no sea a cambio de una barra de pan. ¿Por qué? Porque en cierta medida Anabel Segura es lo que hubiéramos querido para nuestras hijas y hermanas: belleza, conocimientos, aptitudes deportivas, hasta simpatía, aunque al respecto no sepamos nada. La hacemos nuestra por transferencia.

En segundo lugar, porque intuitivamente nos rebelamos contra el azar. Contra el azar de que cualquier muchacha con aspecto de niña bien (así sea la hija de un albañil que con sus ahorros de varios meses compró el apetecido chandall) pueda ser secuestrada y escarnecida, incluso asesinada. Porque en ese azar nos incluimos.

En tercer lugar, porque hoy, exactamente hoy, nos negamos a aceptar el absurdo de que un churrero y un fontanero con antecedentes delictivos menores puedan ascender la espiral de la crueldad y a partir de móviles mezquinos, segar una vida que prometía ser plena y amable, quizás mucho más plena y grata que la de sus padres, quienes seguramente erosionaron buena parte de sus felicidades probables a cambio de acceder al confort y la felicidad perspectivas. Anabel venía  de la seguridad y el confort, su vida era un cauce labrado hasta ser detenida por el alud. Y nos negamos, porque ¿quién no tiene un amigo, un hermano, un primo carcomido por las deudas y la necesidad, algo desaprensivo por más señas, que en condiciones límites sería capaz de acciones semejantes? ¿Quién no? Teorías apartes, busque cada quien en su entorno. Ojalá no encuentre la bestia agazapada.

Y todo esto nos ofrece una lección. No sólo sobre el destino, ciertamente cruel, de Anabel Segura, sino sobre nosotros mismos.

¿Estamos construyendo verdaderamente la sociedad del bienestar? ¿En qué medida los resortes que ponemos en marcha para cumplir los macroobjetivos despiertan fuerzas oscuras, ancestrales, de sálvense quien pueda a cualquier precio? ¿Es este sentimiento de solidaridad y dolor que nos embarga hoy pura circunstancia noticiosa que se disolverá con la próxima baja de la bolsa, el escándalo político de turno o el avance de servios y croatas? ¿Y por qué no una alerta permanente? ¿Por qué no esa señal de auxilio que nos lanza la realidad, y que debemos atender, a riesgo de convertirnos en neardenthales tecnológicos?

Anabel Segura, sus asesinos, los miles de cartas y movilizaciones, el sentimiento de que algo irrepetible, una persona, un ser humano, ha desaparecido para siempre, será algo que deberemos cuidar celosamente del olvido, si aspiramos a que no nuestros edificios y mísiles y ordenadores, sino nuestra condición humana, la que ha convertido al Hombre en la única criatura capaz de destruir, pero también de salvar este planeta, sea protegida, y muy bien protegida, del olvido.

Diario de Jaén, España, 1994





Del libro Un asombro pendiente, 1994

30 11 1994

Portada Un asombro pendiente 103

S O S

 

Va el cuarto corazón que se me rompe

y tú sin saber nada.

Cierto es que se destrozan en silencio,

que no son corazones extrovertidos ni alarmistas.

Pero, por favor, presta atención.

Sólo me queda uno de repuesto.

 

 

 

Percances mitologicos

 

Hay hechos que la historia tergiversa:

por ejemplo, que Ulises se resecó

atado al mástil como una penca de tasajo;

que sus marinos viven aún y felicísimos

en la República Popular de las Sirenas,

que están por la coexistencia pacífica

y fuera de las rutas comerciales.

 

 

 

Dedos

 

Suelo contar mis dedos en los parques.

Si falta alguno, sé que anda por ahí

indicando el camino a un extraviado,

o sembrando cebollas,

o señalando incendios,

o adivinando húmedo

de dónde corre el aire.

Mi dedo vagabundo.

Si sobra, le doy una palmada

en la falange y susurro:

“Vete, muchacho, vete a buscar tu mano”.

Y él se aleja

dócilmente

en la noche.

 

 

 

Crítica literaria

 

Decidí consultar un poema, por turno,

con todos mis amigos.

Fui aplicando después sus sugerencias

en orden de aparición.

De modo que al final el poema regresó

a su concepción original, intuitiva.

Esto me ha hecho rescatar la confianza

en la fidelidad global de mis amigos.

 

 

 

Dos

 

Te debo un acto de amor

cuando no sólo parezca que la tierra tiembla,

sino que tiemble de verdad.

Te debo el momento en que una flor

pone cara de asombro.

Te debo una llamada telefónica

donde ardan las palabras y creemos,

en materia de comunicaciones,

una catástrofe nacional, irreparable.

Te debo un animal doméstico

que sea mitad delfín y madreselva,

un animal que desentierre diamantes de tu jardín

y se los coma.

Te debo el último recuerdo de un ahogado;

un aguacero en el Sahara,

una insolación en Queen Maud Land,

una nevada en Veintitrés y L.

Te debo la agonía de una libélula aplastada

contra el parabrisas.

Te debo la sombra del tiempo,

no su presencia dolorosa;

el momento justo en que toda la ciudad hace silencio

y se escucha a decenas de kilómetros

el ruido, al caer, de una moneda.

Te debo mi adolescencia, la que debí tener.

Te debo un curso sin examen final sobre el significado de la  palabra lejanía.

Te debo el vÍdeo de un sueño

y una foto, tipo carné, de la ternura.

Te debo la melancolía de un eunuco enamorado.

Te debo un elefante bonsai;

un bombillo incandescente donde nade,

al encenderlo, un pececito verde.

Te debo un dragón domesticado

por la princesa del castillo.

Te debo un amanecer detenido en los relojes

mientras hagamos el amor.

Y que la humanidad nunca descubra

esa hora de retraso.

 

 

 

Cuatro

 

Tienes un modo exquisito de abandonarme.

Lo haces con la curiosidad

de niño sorprendiendo

la desnudez de alguna prima.

Con la inocencia de quien

tomó una ruta equivocada.

Cuando regresas, reanudas el amor

como si hubieras ido un momentico al baño.





El Oso Misha

9 09 1994

Un artículo publicado en el diario español El Mundo, y firmado por Serguei Krushov, me trajo a la memoria la imagen de su padre, aquel Nikita Krushov que tan bien rimó con los coritos revolucionarios (Fidel, Krushov, estamos con los dos ¿o con los dov?), y después de la crisis de octubre, con los coritos en su contra (“Nikita, mariquita, lo que se da no se quita” ó “Nikita ni pone”).

Durante años perduró en mi memoria su imagen de típico “bolo”: bajito, gordo, calvo, de cara y manos anchas, su elegancia de guajiro con corbata y una sonrisa que le iluminaba toda la cara. No sé por qué, pero siempre que mencionaban al oso Misha, pensaba en él. Un oso de peluche: feo pero simpático. Durante años Fidel Castro nos bombardeó con su versión del Nikita débil ante la prepotencia norteamericana, que se “agachó” a la hora de la verdad y retiró los misiles, cosa que le costó el puesto. Claro que el orgullo herido de Castro, a quien no invitaron al partido en las grandes ligas de la política mundial, cosa que nunca olvidó, hay que descontarlo de la balanza.

La historia, ese periodismo de largo alcance, ha ido poniendo las cosas en su sitio. Visto el talante de sus críticos (Mao Zedong, Fidel Castro, los halcones del generalato soviético) y el personaje que le sucedería, aquel Brezhniev de triste memoria, me empieza a caer bien. Recordamos ahora que antes de Gorbachov, fue el único dirigente ruso que se atrevió a emprender una suerte de deshielo. Fue el que sacó a la luz las atrocidades de Stalin (con las que colaboró) y permitió que se publicaran libros como “Un día de Iván Denisovich”. Fue también el primero que intentó un diálogo cordial con Occidente, y en especial con Estados Unidos. Pero quizás lo más importante, lo que posiblemente le haya costado el puesto en 1964, dos años después de la Crisis de Octubre, fue que en una sesión del Consejo de Defensa de la URSS en 1963, anunció su intención de reducir el ejército de 2,5 millones de soldados a medio millón, y limitar la producción de blindados y otras armas, dado que el mantenimiento de 200-300 misiles operativos, disuadiría de cualquier ataque a la URSS. La agricultura y la construcción de viviendas serían los destinatarios del ahorro presupuestario. El malestar en el generalato abocado al paro debió ser monumental (y letal para Nikita).

Aquella crisis de 1962, dejó también muchos saldos positivos que a los cubanos de mi generación olvidaron explicarnos. Por primera vez la humanidad sintió que el fin de la especie era pavorosamente posible, y desde entonces ha velado con mucha más precaución por que la sangre no llegue al río. Por primera vez se estableció un canal directo de comunicación entre Moscú y Washington, que al menos en dos ocasiones posteriores ha evitado que un malentendido diera la excusa a los generales de gatillo alegre para armar los últimos fuegos artificiales de la historia. Se prohibieron los ensayos nucleares a cielo abierto, y la tensa situación en Berlín entró en una fase de distensión sin cordialidad. Algo es algo. Un compromiso que se ha cumplido durante cuatro décadas, ha evitado cualquier intento de invasión a Cuba. Derramamiento de sangre que habría hecho más difícil de lo que ya es el diálogo entre todos los cubanos de cara a un futuro democrático.

Cuando acusaban a Krushov de haber flaqueado durante la Crisis de Octubre, de haber sido el primero en parpadear, contestó: «Quien parpadea primero no es siempre el más débil. A veces es el más sabio». Y posiblemente a ese parpadeo debemos nuestra existencia y la de nuestros hijos. El que, aún contaminado, este planeta sea un sitio habitable, y que de nuestra especie quede mucho más que huellas y fósiles para los paleontólogos extraterrestres del porvenir. Y no es poco. Sobre todo después de conocer la carta donde Fidel Castro lo invitaba a golpear primero, con un rotundo desprecio por la humanidad, y en especial por el pueblo que dice representar, y al que indefectiblemente condenaba a la aniquilación.

Si descontamos al primero, los calvos han sido más beneficiosos para Rusia que los peludos. De haberse mantenido en el poder por más tiempo, y de no haber sido asesinado Kennedy, quizás la Guerra Fría no habría tardado un cuarto de siglo en descongelarse. Quizás un socialismo democrático habría sido posible. Quizás el destino de Cuba fuera otro. Y el de Afganistán. Y el de la propia Rusia, que hoy se reparten el KGV y las mafias. Es decir, las mafias. Pero aún sin todos los quizás, la mera constatación de los hechos hace que cada día me caiga mejor el bolo por excelencia, el Oso Misha, y hasta me atrevería a cantar: “Nikita y Kuschov, estamos con los dov”.

 





El Camino de la historia (Una versión americana)

30 05 1994

 

Hasta 1492, Finisterre era el fin del mundo, la frontera última de una cultura múltiple, el extremo occidental de Occidente. Los peregrinos cumplían un tránsito de siglos, una aventura física, emocional, mística, cultural. Desde los más remotos confines acudían por el perdón. Pero no sólo. Hacia el límite de la Tierra, tras el cual campeaba lo desconocido —ese pavor geográfico sin nombre propio ni cartografía—, confluían en busca de salvación, descanso, paz, sabiduría, el fin de tormentos y desvelos. El fin, al fin, esperaba por ellos en el fin. Pero la Tierra de pronto no tuvo fin. Ni siquiera principio. Finisterre se convirtió en una estación medianera. Aunque, sin principio ni fin, bien podría ser Finisterre el inicio de la Tierra o, al menos, el inicio de una nueva aventura, de un camino, como hasta entonces fuera término de otra aventura y otro camino. Ni siquiera en América concluía la Tierra, pero hacia allí apuntaba El Camino.

Cuatrocientos sesenta y seis años más tarde, la Compañía General de Ediciones publicaría, en la ciudad de México, el volumen Guerra del tiempo, del escritor cubano Alejo Carpentier, que incluía tres relatos y una novela breve. Uno de aquellos relatos, ya hoy traducido a las más importantes lenguas en cientos de miles de ejemplares, objeto de estudios y controversias, es“El Camino de Santiago”.

Juan, tambor de tropa en el Flandes del Duque de Alba, cree contraer la peste, y en un acceso promete a Santiago acudirle a cambio de su salvación. Ya convertido en Juan el Romero, tropieza con un indiano que tuerce, con palabras llenas de maravillas y portentos, su camino por el de Sevilla, desde donde embarca hacia América, tierra que lo recibe con el fulgor tórrido y solar, no con el fulgor del oro que soñara, ido “hace años, en las uñas de unos pocos”,de modo que le acomete la nostalgia por Europa, dulcificada en el recuerdo, no como “estas tierras ruines, llenas de alimañas, donde el hombre, engañado por gente embustera, viene a pasar miserias sin cuento”. Por fullerías de dados, tiende de una cuchillada a un compañero de viaje, y huye. Se une al cimarronaje de los montes, donde indios, negros, calvinistas, judíos y católicos, conviven en la heterodoxia de la supervivencia. Vuelto a la península, pasto para la Inquisición sus amigos el calvinista y el judío, jura a Santiago cumplirle, esta vez en serio. Pero más tarde lo reencontramos, de Juan el Indiano, proclamando maravillas de Indias de feria en feria, y hasta convenciendo a un joven, Juan el Romero, en una escena que es copia fiel de aquella que torció su camino. Obnubilado por los prodigios, el joven Juan se encamina a Sevilla; pero Juan el Indiano, otrora Juan el Romero, otrora Juan, tambor de tropa en Flandes, no sólo ha convencido al Romero, sino a sí mismo, y juntos embarcan hacia América, reeditando el mito, torciendo (o enderezando) el camino de la rememoración a la esperanza.

No es raro que el gran poeta José Lezama Lima escribiera a Alejo Carpentier en octubre de 1958, a unos meses de aparecido el relato:

“Tu Camino de Santiago tiene algo, desde luego, de Hijo Pródigo, de la otra familia, la que surge por el reconocimiento (…) todo ello tiene la alegría americana, es decir, los ciclos de una vida se cumplen como las estaciones, en el hombre, guerra, misticismo, lo discurrido terrenal. Se oye la misma canción, cuando alguien regresa y alguien parte. Es la prodigiosa población de lo temporal, donde únicamente se ensaya ese reconocimiento, que no es en un sitio, sino en un tiempo”.

Elemento clave del relato y del Camino: el carácter cíclico y recurrente de la historia, del tiempo. Concepción que se reitera en la obra de Carpentier, apuntando a una noción cíclica de la historia. Si el mito de Santiago fue (ha sido, es) razón de un decursar humano que ha dejado su impronta cultural e histórica en el ámbito de Occidente; el mito de América multiplicó esos efectos al movilizar naciones enteras en busca de oro y libertad, de perdón y sabiduría, de aventura y fama. No es casual que fuera Santiago, el guerrero, quien consumara la primera invasión a las Indias.

Si El Camino fue móvil de la historia, vehículo de ideas y sueños, de culturas y lenguas que se difundían, fluían y refluían a lo largo de su curso, el Camino de América fue no sólo la vía para la refundación de un continente sino, por reflujo, el instrumento que operó la reedificación de Europa, que nunca más sería, después de América, lo que fue antes.

Las palabras no son pronunciadas en vano, parece ser un axioma que campea en el cuento de Alejo Carpentier, leit motiv de su obra.

Las palabras del Indiano primero crean el mito —el mito de El Dorado, de la salvación, del perdón, de las culpas redimidas, de la esperanza al alcance de la mano—. El mito es móvil de la acción, y la acción mueve la historia, que a su vez es defraudada por la realidad, desmitificada y vuelta a su dimensión terrenal e imperfecta. El hombre traicionó el Camino de Santiago a favor del Camino de América, y ahora traiciona el nuevo mito, perdidas las esperanzas. Pero las cenizas del mito, los relictos de una realidad ya superada, van fraguando dentro de él la carne de un nuevo mito que convence a Juan El Romero, esa nueva edición de sí mismo. Pero Juan no es un simple embustero: él, como todos los hombres, necesita un mito en qué creer, y cree su propia ilusión: embarca de nuevo hacia América en una reincidencia que no cierra el ciclo, sino que deja entreveer la infinita multiplicación de los ciclos.

Si la transacción “mi vida a cambio de cumplirte” lo echa al camino que en Compostela tiene su fin, un embuste lo enrumba al otro camino —continuador, epílogo— que en América concluye. La traición al Santo tiene su respuesta en la traición de la realidad al mito, y ella es la que de nuevo lo coloca en el Camino de Santiago, para que la vida lo tuerza por el de vividor que yanta echando a los cuatro vientos los despojos del viejo mito, para ser nuevamente traicionado por un mito recompuesto, que mañana será traicionado. Y así. La peregrinación hacia el pasado de la raza es trocada por la peregrinación hacia su futuro. Y viceversa. Ni el pasado ni el futuro han concluido. Están rehaciéndose continuamente el uno al otro. Los gérmenes de la futuridad yacen en el pasado. Todo futuro convoca sus orígenes.

Juan el Indiano sabe que mientepero, al mismo tiempo, no lo sabe, porque el mito va tomando la corporeidad de las ilusiones necesarias. Engaña a su nuevo yo —hijo, reencarnación, arquetipo, su propia alternativa devuelta a la esperanza, su futuridad y la posible reiteración de su pasado—, Juan el Romero, como una vez lo engañaron. De víctima expiatoria del mito, se convierte en génesis del nuevo mito. La experiencia terrenal no ha actuado en vano: el ejecutor de la historia se ha convertido en móvil de la historia. Y al incitar a la acción, se incita. Reincide. Rejuvenece. Sus pasos hacia Sevilla parecen susurrarnos una sentencia que contradice a García Márquez en la soledad de sus cien años: Los hombres  sí tienen derecho a una segunda oportunidad sobre la Tierra.

Reincidir en su camino a América es la clave de esta historia: Juan no es un simple embustero. Es un símbolo. Es el hombre, la raza, la voluntad de rehacer la historia miles, millones de veces, para así ir construyendo la futuridad con dosis de expectativas cumplidas e incumplidas. Dosis que alimentarán una segunda, tercera… milmillonésima versión del mito, que continuamente se incumple y se supera a sí mismo, para nuevamente incumplirse: es la historia humana.

El camino que va de un Juan a otro es también el Camino de Santiago, el camino de la esperanza renovada, que es al mismo tiempo el camino de la historia —la progresión geométrica de la historia—, el camino de América: futuridad, reflejo, segunda oportunidad de construir el paraíso sobre la Tierra.

Y la historia, tumultuosa, se sucede jalonada por traiciones que se convierten en móviles creciendo en la raíz de cada mito sucesivo: la traición al Santo, la traición a la América mítica, la nueva traición al Santo… ¿Pero serán verdaderas traiciones? ¿No serán los capítulos de una sola búsqueda, aunque los objetivos sean aparentemente mudables? ¿Es el verdadero camino una peregrinación hacia el pasado, o será siempre una etapa de esa carrera hacia el futuro que es toda vida humana, y por adición, la vida de la raza humana? ¿No será acaso esa dosis de inmanencia, de futuridad, que yace en todo pasado, lo que arroja a los peregrinos hacia el Camino? Buscar la expiación y el perdón de las culpas no es saldar cuentas con el pasado —que ya ha transcurrido—, sino despejar el camino hacia el futuro, excluir del futuro los lastres del pasado. La Tierra es un esferoide, no hay principio ni fin, como el tiempo para Carpentier, y andar hacia el pasado puede ser el camino más corto y menos fatigoso hacia el futuro.

El ciclo que va de las palabras a la ilusión, y de ahí a la tendencia histórica, no sólo se ha cumplido, sino que apunta hacia su recurrencia. Tras la duplicación de encuentros entre Indianos y Romeros, yace la multiplicidad de encuentros que conforman el ciclo de la historia: cada uno es muchos; cada uno es todos. La agobiante carga de la realidad abona la imaginación para que el mito caiga en suelo fértil. Pero la desilusión es también el fondo donde, tarde o temprano, tendrá que rebotar la naturaleza humana, para acudir en busca de un nuevo mito. Y si no lo hubiera, habría que inventarlo. No otra cosa es la historia humana: una larga sucesión de mitos cumplidos a medias, trascendidos y vueltos a soñar. El perfecto soñador y el ejecutor imperfecto no son personajes tipo en una mala comedia: ambos conviven en cada hombre, de ambos tiene su grandeza y su miseria. Sin ellos sería difícil explicar el papel del hombre como móvil de la historia.

Sísifo cambia la historia subiendo la misma piedra a la misma montaña. Precisamente, porque aunque lo parezca no son ni la misma piedra ni la misma montaña. Como tampoco es idéntico a sí mismo el tiempo, y ya eso trueca continuamente la faz de una acción que, vista de cerca, parece repetirse al calco. Cada desengaño, cada piedra que cae, deja un saldo a favor: un milímetro menos que rodó la piedra, una partícula de polvo que fue erosionada y suavizará la cuesta.

El desengaño no logra borrar del todo la ilusión, la audacia del mito, parece decirnos Juan el Indiano al reincidir en la esperanza. No importa que una recaída suprima el nuevo intento de hallar el paraíso. De ilusiones y recaídas parece estar compuesto el Camino de Santiago, que ya no concluye en Finisterre. Ilusiones, desilusiones y recaídas parecen ser las materias primas con las que el hombre va fabricando la eternidad.

 

“El camino de la historia”, en: Cuadernos del Camino de Santiago, Santiago de Compostela, España,n.º 5, primavera, 1994 pp. 76-79.





La hora fantasma de cada cual

30 03 1994

Confieso que empecé a leer con desconfianza La hora fantasma de cada cual, libro de cuentos (¿cuentos? ¿novela? ¿cuentinovela? ¿novelicuento?, quién sabe, qué importa) de Raúl Aguiar. Una parte del libro —la menos feliz, por cierto— había caído en mis manos durante la última edición del premio Caimán Barbudo. La rebasé con rapidez y me adentré en la segunda parte. Y entonces esa magia que es toda buena literatura hizo su aparición. El antiteque cedió espacio hasta desaparecer, dejando al descubierto eso de humano que siempre vale en el hombre, lo que hace trascender el proceso de escritura desde un laborioso juego malabar con las palabras, a una entrega, sin esperanzas de reciprocidad, a esa quinta dimensión que es la imaginación humana. Sólo entonces la sintaxis cede espacio al corazón, los personajes cobran cierta vida que de algún modo nos trasciende y el punto final firma un compromiso que el escritor ya no está autorizado a eludir. Un compromiso que desde este momento Raúl Aguiar ha contraído con nosotros, sus lectores.

Hay tareas más arduas que otras, y no es de las más livianas aquella que alguna vez tentó a Dostoievski: descubrir el rostro oculto de la sociedad, ese que la pacatería prefiere susurrar y no decir. Un rostro en que hay tanta humanidad como en cualquier otro, y a veces más al desnudo. De ese mundo se encarga Raúl, sortea con suerte remolinos y escollos, devolviéndonos a salvo y magullados en la otra orilla. Por eso nos queda, al cabo de las páginas, esa sensación dolorosa y feliz de una excursión con paisajes, montañas, manigua densa y roquedales: el cansancio de los caminos y la tentación de regresar mañana, el año próximo, en el siguiente libro.

 

Presentación del libro La hora fantasma de cada cual, 1994

 





Contraseña

30 01 1994

Un tal Lázaro, rico hombre de Judea, vestía sólo confecciones exclusivas de las casas más prestigiosas, bebía vinos importados de las mejores bodegas y ofrecía cada día  espléndidos banquetes. A su puerta, otro Lázaro, mendigo y ulceroso hasta la náusea ─ni los perros venían a lamerle las llagas─, esperaba con paciencia y resignación por las sobras que los criados echaran a la basura.

De vez en vez, ambos Lázaros levantaban los ojos y dedicaban alguna que otra plegaria al Señor, cada cual según el grado de su fe, que era mudable. Quizás Lázaro, el mendigo, mirara más hacia el cielo, porque disponía de más tiempo y porque en esa posición se sienten menos los retortijones del hambre.

Ambos murieron el mismo día. Uno de gota y el otro de septicemia en la esperanza. Después de un breve tránsito por el purgatorio, despertaron a sus nuevas vidas. Uno fue dotado de alas y vagó sobre los cirrocúmulos y los estratonimbos entre querubes y angelitos de Miguel Ángel, disfrutando a plenitud de ese sanatorio alpino que es el cielo.

El otro se acomodó como pudo en la llama eterna y comprobó que sus llagas seguían en el lugar de siempre. Transcurrido un tiempo, logró pasar de contrabando un recado que serviría de contraseña a sus colegas en la Tierra:

«Hasta después de muertos somos pobres».

 

 

“Contraseña”; en: Somos, n.º 156, La Habana, 1994, p. 13.

 





Salariales

1 01 1994

Salió una mañana cierto propietario en busca de obreros para labrar su viña.

A las ocho concertó con algunos pagarles un denario al día y los mandó al trabajo.

Salió a las nueve, y viendo a algunos ociosos los contrató igualmente:

─Id también a mi viña y os daré lo que fuere justo.

Y ellos fueron.

Más tarde hizo lo mismo con otro grupo de desocupados.

Y, por último, una hora antes del fin de la jornada, contrató a un puñado que había pasado el día en la plaza, a la sombra de un toldo, contemplándose el ombligo:

─¿Por qué estáis aquí todo el día ociosos?

─Ha subido mucho la tasa de desempleo ─respondieron.

Y aún a riesgo de inflar su plantilla, los encaminó también hacia la viña donde ya se daban cabezazos y había mermado mucho la eficiencia.

Al fin de la jornada, mandó a su mayordomo:

─Llama a los obreros, págales el jornal empezando desde los postreros hasta los primeros.

El mayordomo pagó un denario a cada uno, desde los que habían trabajado apenas una hora, hasta los que habían sudado como burros durante todo el día.

Fueron esos últimos quienes comenzaron la sedición y las murmuraciones:

─Estos postreros sólo han trabajado una hora y los ha hecho iguales a nosotros, que hemos llevado la carga y el calor del día.

A lo que el señor respondió:

─Amigo: no te hago agravio. ¿No te concertaste conmigo por un denario? Toma lo que es tuyo y vete. Mas quiero dar a este postrero como a ti. ¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mio?  ¿O es malo tu ojo porque yo soy bueno? Recuérdalo: los primeros serán postreros, y los postreros, primeros: porque muchos son llamados, mas pocos escogidos. Acababa de inventar el sueldo fijo.

 

“Salariales”; en: Somos, n.º 155, La Habana, 1994, p. 43.

 





Historias paralelas (del libro Salto mortal, 1993)

30 11 1993

Portada Salto Mortal 159

Te lanzas del último carro patrullero, chirriantes las gomas por el frenazo inconcluso, con el AK terciado, la culata plegada y la misma expresión que has visto a los comandos en las acciones fulminantes y siempre exitosas de Hollywood. La misma expresión que asumías cuando jugabas a policías y ladrones, emboscándote en las orillas mugrosas del río Luyanó, agazapándote entre la hierba y el hedor de las aguas que por entonces tus células olfativas, de reciente estreno, pasaba por alto, absortas en olfatear el peligro que te acechaba en un zaguán de La Fernanda, entre los matorrales de un placer yermo a dos cuadras de Serafina y Rita, o en los meandros de una casa de vecindad Blanchy adentro. Y siempre era él, tu inseparable amigo, tocayo y enemigo, el niño que admiraste en secreto (porque eso no se confiesa) con la fruición que nunca concediste a las personas mayores. Él, policía empecinado y capricornio como un mastín, capaz de perseguirte hasta dentro de la noche, aunque muchacho, ven a comer que se te enfría la sopa, nada más quieres estar callejeando. Ladrón escurridizo, ingenioso, que con la temeridad de un sobresalto podía trasvestirse de perseguidor a perseguido y tenderte mil acechanzas entre los gajos de un almendro, o enterrado en la boca desdentada de una alcantarilla. Con él iniciaste tu asombro en asuntos de sexo, cuando se apareció con una colección de postales que su papá escondía en la última gaveta del chiforrober, y donde se veía tan clarito el asunto que no podías creerlo.

 

Acabas de despertar con el timbrazo del teléfono. No. No descuelgues. Sí. Descuélgalo, pero no hables. ¿Qué? ¿Qué dice? ¿Quién es? ¿Qué pasa, tú? (Con la misma expresión que asumías cuando jugabas a policías y ladrones, emboscándote en las orillas mugrosas del río Luyanó, agazapándote entre la hierba y el hedor de las aguas. Y siempre era él, tu inseparable amigo, tocayo y enemigo: policía empecinado, ladrón escurridizo). ¿Qué pasa? Dice. Se jodió esto. ¿Cómo que se ? Dice que la fiana está ahí. Ese es Manolo. Tú me dijiste . Fíjate. No me vengas ahora . Tú me dijiste que esto era seguro. Olvídate de lo que yo te dije y muévete. Alguien nos echó palante. Seguro. Muévete, que si no, te van a mover. Suerte que la manzana esta es un queso. Pasillos y recovecos y jardines con doble salida y muros por donde quiera. Vuela, Luisito. Mierda. Apúrate. Me cogí un dedo. Suelta. Dale. Saca las cosas. Vuela, carajo, vuela.

 

Escuchas las instrucciones para el operativo: El grupo uno entrará a la casa por la Avenida 37. Lo cubrirán dos hombres, uno en cada esquina. Dos, sí. La manzana esta es un queso y no podemos derrochar gente. Javier y Guzmán: Ustedes se quedan en 42. Cubran la cuadra y ojo con las bocacalles. Deben ser dos, pero nunca se sabe. A lo mejor tienen visita. Andrés y Fermín, a la Calle 36. Andrade y tú, el nuevo, ¿cómo te llamas? Tú, Luis, y Andrade, cubran 37. Es el sector menos probable, pero no se duerman, que estos pájaros pueden volar para cualquier sitio. Vamos, muchacho. Andrade, fornido y brusco, camina delante de ti, bamboleándose como un barco para contrarrestar la cojera que le dejó un punzonazo imprevisto hace seis meses. Muévete. Muévete. Porque tú te desplazas con la cautela de un felino aprendiz, todavía contaminado de vídeos a medio digerir y manuales que en la escuela explicaban todo lo explicable, pero que no mencionaban lo inexplicable, quizás por esa omnisciencia pedante de los manuales, como para no dejar dudas. Y es tan difícil aprender sin dudar. Todo eso, y El Superpolicía, Fuerte Apache, El caso Neill, revolotean a tu alrededor mientras te emboscas, tras una lacónica seña de Andrade, en la rampa que da acceso al garage de una escuela. Saltar obstáculos. Disparar a la carrera. Puntería rápida, que la calle no es una feria y los delincuentes no son paticos de aluminio. Y en eso, sonríes, eras el uno. Disparabas casi sin mirar, como si te hubieran instalado un ojo director en el cañón de la Makaróv. Sólo en caso extremo, ¿comprenden? Ustedes son policías, no pistoleros. Y en táctica también, que vino a continuar tus sesiones de peón cuatro reina con Jacinto, porque a él eso sí que no. Yo no sé cómo tú tienes paciencia y nalgas para estar tres horas delante del tablerito ese. Lo de él era el movimiento, la calle, donde lidereaba sin esfuerzo. El nombramiento era obvio. Nadie se lo discutía. Y menos tú, que eras el cerebro, como decía él cuando te miraba, en espera de una idea nueva para sorprender a la pandilla de La Carolina que venía con Buscaperros al frente, medio enano y con bíceps de estibador por su adicción a las pesas y los constructivos desde quinto grado. Pero él no tenía paciencia. Tú, en cambio, tienes que probar la tuya ahora, inmóvil como un poste. Esperar es siempre un oficio difícil.

 

¿Por la puerta? ¿Tú eres comemierda? Sale por el fondo. Mira. De la ventana saltamos al patio, y de ahí al otro edificio. Yo me voy por allá. Tú brinca los dos muros y sale por el pasillo a 37. No te vuelvas loco. Despacio. Como si fueras un vecino cualquiera. Ven acá. Por poco sales como un sanaco, con la jabita en la mano. Métete la plata debajo de la camisa. Amárratela a la cintura. Nos vemos en casa de Andino. Dale. Huye. Con la cautela de que hacías uso durante tus sesiones de peón cuatro reina con Jacinto. Yo no sé cómo tú tienes paciencia y nalgas. Lo de él era el movimiento, la calle. Tú eras el cerebro, como decía él cuando te miraba, en espera de una idea nueva para sorprender a la pandilla de La Carolina. Y tú… Huye, carajo, huye.

 

Tratas de recordar las lecciones que aprendiste cuando eras el rey del truco, el mago de la maraña imprevista para perdértele a los demás, el que adivinaba siempre los escondites bobos, cuando te tocaba hacer de policía. Yo que tantas veces hice de . Ser ladrón siempre fue más entretenido. Uno los veía venir y se reía por dentro. Tú verás que los engaño. Tú verás. Menos a él, que me olía como a un kilómetro. Y ahora de fia . Policía. Policía no. Pichón, como ellos dicen. Límpiate con el diplomita, muchacho. Mejor no, va y te raspas. Cuando veas una pistola de frente, ahí mismo te cagas. ¿Verdad, Benito? ¿Este niño no es de los que se embolsan cuando ven una pistola de verdad abriéndoles la boca? Oye, y no te vayas a limpiar después con el diploma, que es de cartulina. Se creen que uno . Ojalá que salgan por aquí,

 

Te escurres por los pasillos tratando de no hacer ruido, de no despertar a los perros, de no olvidar las lecciones que aprendiste cuando eras el rey del truco, el mago de la maraña imprevista. Yo que tantas veces hice de fiana. Ser ladrón siempre fue más entretenido. Uno los veía venir. Tú verás que los engaño. Menos a él, que me olía a un kilómetro. Ahora sí tengo que hilar fino para que la fiana no me huela. Y saltas dos muros para caer en el pasillo de salida. Caminas con cautela y estás a punto de alcanzar la calle. Despacio, viejo. Como si contigo no fuera. Despacito. Los músculos en tensión para dispararte si no quedara más remedio. Confías. Tú no estás fichado. Desconfías. Dice El Brujo que los fianas viejos saben leerle a la gente los pensamientos en la cara. Suerte que siempre hay su nuevo. ¿Y si no? Confías, pero por si acaso . Entonces alcanzas la acera y caminas hacia la esquina. Como si contigo no fuera.

 

para que vean. Yo sí no me apendejo. Ojalá que salgan por aquí. Ojalá. Eh, ¿qué es eso? Acabas de ver una sombra y, después, a un hombre que sale persiguiendo su sombra, levemente indeciso, pero. No puede ser. ¿Y si es? ¿Y si no es? Si no es, no importa. Pero, ¿y si es? Oye, párate ahí. Párate ahí o disparo.

 

Te detienes indeciso. No sabes si correr o quedarte quieto como te conmina la voz. ¿Y si me registran? Con el 38 y el dinero estoy cogido. A lo mejor no me registran. Pero. No. Ni lo veo. Y él me tiene en la mirilla. Me cago en el farol ese. No me registran, tú verás. Yo soy un ciudadano que sale para el trabajo y . Coño. A ese yo lo conozco. ¿Qué hace él metido a fiana?

 

¿Usted no es? No. Pero . Yo a tí te conozco.

¿Usted no es? No. Pero . Yo a tí te conozco.

 

Y ambos se escrutan, uno frente al otro. ¿Serán jimaguas estos dos? ─piensa Andrade─. Pero no. Sus imágenes quedan estupefactas, comprobando que a la raya izquierda que parte el cabello de Luisito corresponde la raya derecha de Luisito, que a la cicatriz en la oreja derecha de Luisito corresponde la cicatriz en la oreja izquierda de Luisito; aunque la ropa les impida comprobar que los lunares y la diminuta lesión sacrolumbar, los callos y las pequeñas cicatrices con que la vida fue signando a Luisito, tienen su réplica exacta, especular, en el cuerpo de Luisito. Señales indistinguibles aún para Andrade, observador innato. Quedan durante algunos segundos suspendidas sus historias, sus destinos intransferibles, resultado de causas y efectos incontables; como si el tiempo se hubiera tomado la atribución de sentarse a descansar oprimiendo la «pausa», de modo que las imágenes y los sonidos queden inmovilizados en la pantalla de la noche. Después oprime como al descuido la tecla de nuevo y.

 

Ven para acá. Es que yo . Olvídate del apuro. De todas maneras, en la esquina no te van a dejar pasar. Le estamos montando un operativo a unos tipos que metieron un palo gordo. Ven. Métete aquí. Quieto. Quieto ahí. Pues mira, yo te conozco de… No. Quédate quieto. No, chico. Ni te preocupes. Esto lo matamos enseguida.

 

¿Y si me quedo tranquilito hasta que pase todo? A lo mejor libro. Yo no estoy fichado. Pero va y cogen al Uña y a Jaimito, y se van de chivas, y ahí mismo me traban de manso palomón. Qué va. Yo voy echando. Es que estoy apurado. ¿Y eso?

 

¿No te lo dije? Oye los tiros. Ya los cogieron. Salieron por 36. Como dijo el capitán. Es un lince el viejo ese. Dicen que una vez . Está bien. Dale. Si estás apurado . Pero, oye, cualquier cosa tírate al piso, que las balas perdidas no traen el nombre del muerto. Allá en la escuela . Está bien. Increíble. Seguro que te conozco. Segurito. Como si fueras yo. Bueno, nos vemos. Yo le aviso al de la esquina.

 

Con tal de que esos no canten antes que yo llegue a la esquina. Con tal de que me de tiempo. Con tal de que él no se de cuenta. Con tal de que el fiana de la esquina no se ponga pesado. Con tal de que no se le pase de pronto la inocencia al nuevo ese. Libré. Si me coge otro, me registra hasta la cerilla de las orejas. Pero él. Un muchacho sano, como decía mi pura. Un comemierda, vieja, mira como me le fui.

 

Si llega a ser otro, le registro hasta la cerilla de las orejas. Pero él. Se ve que es un muchacho sano, como decía mi pura. Un comemierda, vieja, ese no gana nunca; mira que venir a meterse en el medio de la candela. Por poco lo jodo. Atención punto cinco. Atención punto cinco. Hay uno adentro todavía. No abandonen las posiciones. No dejen salir ni entrar a nadie. Falta uno. ¿Entendido? Cambio. Entendido. Cambio y cierro. Y yo que le dije . A ver si le meten un tiro por culpa mía. Qué comemierda soy. Déjame llamarlo. Oye, párate ahí. Párate.

 

Ya se dio cuenta. Me cago en él. Estoy jodido. Y te vuelves con el Colt 38 cañón corto en la mano derecha.

 

Lo miras un momento perplejo, contraído, como te contraías en las riberas del Luyanó para esconderte mejor detrás de los macizos de yerba guinea y guizazo de caballo; antes que el fogonazo te mate la inocencia y el plomo achaparrado que acaba de salir del Colt que acaba de salir de la cintura de Luisito, te tumbe de espaldas contra el pavimento.

 

Vuela, Luisito. Vuela, que ahora sí te joden. ¿Por qué no se habrá demorado cinco minutos en salir de su comemierde ?

 

Frase segada cuando dos años de entrenamiento oprimen el disparador del AK y una ráfaga corta corta en dos la espalda de Luisito que huye de Luisito. Y la espalda, muy cerca de la esquina, continúa su huida, pero hacia el piso. Emerges del aturdimiento, te pones de pie, y caminas hacia Luisito, que yace de bruces y se contrae, como se contraía en las riberas del Luyanó para esconderse mejor detrás de los macizos de yerba guinea y guizazo de caballo; pero ahora son los espasmos y la mano aferrada al Colt 38, que desprendes despacio de los dedos agarrotados, como si fuera un delicadísimo mecanismo a punto de estallar. Con el brazo sano, lo vuelves, y Luisito te sonríe desde el piso con los dientes manchados de sangre.

 

Ganaste. Tú que no ganabas nunca. Ganaste. Pero por poco te jodo.

 

Las palabras no han terminado de disolverse en la noche cuando llegan el capitán y los demás y te felicitan, coño muchacho, ahora sí te graduaste. A ver. A ver. No se cagó ni nada. No te me desmayes, que el arañazo ese te lo curan en dos semanas. Dentro de quince días ya estás zapateando como nuevo. Tú verás. Seguro te dan un ascenso o una condecoración. Tú verás. Pero te apartas sin sonreír y vomitas la comida de anoche. Completa. Y entre una arqueada y otra piensas que la gloria combativa no es tan lustrosa, tan impecable y bien planchada como la habías imaginado. Ni «cumpliste con honor», ni «un ascenso a lo mejor, o una condecoración», redimen tus ojos de esa mancha bermellón que se empieza a interponer como una niebla entre tus ojos y el paisaje. Ni la alegría, «ahora sí te graduaste». Ni el miedo a la muerte, que uno lo siente después que la muerte pasó y otro día será.

 

Cuando los acuestan en la misma ambulancia, sospechas que esta noche Luisito mató de un tiro un pedazo de tu infancia. Miras sus ojos, muy fijos en el bombillo blanquecino del techo, a pesar de los tumbos que va dando la ambulancia por la Avenida 41, precedida por el aullido de la sirena, y piensas si Luisito no pensará lo mismo.

Porque no sabes, Luisito, que cuando los desnuden en el hospital perderán los rótulos, las cifras con que la sociedad ha tenido la osadía de inventariarlos, y entonces nadie sabrá quién es quién. Y será mucho más difícil convalescer de la perplejidad que de las heridas.

Porque no sabes, Luisito, que una herida mortal puede tener la voluntad de cerrarse, con la cautela de labios empecinados en hacer silencio; mientras un balazo sin importancia puede agravarse por causas aparentemente desconocidas.

Porque no sabes, Luisito, que los ojos de Luisito ya no se apartarán del bombillo blanquecino. Que tu inocencia, la mitad de tu infancia y la infancia toda de Luisito, la adolescencia toda de Luisito, no resucitarán.