Paz en Guerra

10 08 2014

Cierta tarde, a fines de los años 80, un conocido escritor mexicano, impenitente bebedor de Coca-Cola, me confesó que varios meses atrás, insultado por unas declaraciones de Octavio Paz en las que éste criticaba el talante autoritario y liberticida de una considerable zona de la izquierda, lanzó por la ventana El laberinto de la soledad, una obra clave para entender a México y a América Latina. Yo la había leído en una manoseada edición impresa por la editorial Siglo XXI en 1970. Camuflada bajo la cubierta de una revista La mujer soviética, porque Octavio Paz estaba en Cuba contraindicado. Era tan dañino para la salud política como Vargas Llosa, Orwell y Cabrera Infante. El libro circulaba de mano en mano, más eficaz por lo secreto, en una cofradía de lectores asiduos. De modo que respondí al escritor mexicano que lamentaba no haber estado aquel día a los pies de su apartamento en la Colonia Condesa del D.F. para hacerme con el ejemplar defenestrado. No te hubiera dado tiempo, me respondió. A los cinco minutos bajé corriendo la escalera y pude rescatarlo de la acera desierta.

Reverenciado y escarnecido con idéntica intensidad, Octavio Paz Lozano (1914-1998), poeta y ensayista, premio Cervantes (1981) y premio Nobel de literatura (1990), publicó a los 17 años sus primeros poemas y no dejó de encandilarnos con su poesía e iluminarnos con sus ensayos hasta sus últimos días.

Hijo de la revolución mexicana, dedicó un poemario, No pasarán! (1936), a la Guerra Civil Española. Con el mismo énfasis celebró el espíritu renovador de las revoluciones (“encarnaciones modernas del mito del regreso a la edad de oro”, según él) y denostó la violencia. Desde mediados de los años 40 intentó conciliar la tradición liberal con la justicia social. “Él siempre creyó en el diálogo entre la tradición liberal y la tradición socialista, en esa convergencia de las dos tradiciones, la única posibilidad de una sociedad mejor. ¿Qué dejaba a un lado? Todos los fanatismos de la identidad, racistas, nacionalistas, religiosos, las dictaduras”, como afirmó Enrique Krauze en entrevista al diario El País[1]. El politólogo Roger Bartra afirma que ese diálogo sí se produjo en determinado momento, aunque entre la izquierda “la influencia del poeta, desgraciadamente, no ha sido suficientemente reconocida”[2].

Paz fue fiel a sí mismo: le resultaba inaceptable que “un escritor o un intelectual se someta a un partido o a una iglesia”[3]. Gracias a esa independencia de criterio, a esa capacidad de leer la realidad desde una perspectiva libre de prejuicios y dogmas, nos dejó desde los años 50 libros fundamentales para entendernos a nosotros mismos, como Libertad bajo palabra (1949), El laberinto de la soledad (1950), ¿Águila o sol? (1951), El arco y la lira (1956) y Sor Juana Inés de la Cruz o Las trampas de la fe (1982), el ensayo “más importante sobre crítica literaria”, en palabras de Vargas Llosa.

Sin esos textos no nos entenderíamos de la misma manera. No comprenderíamos las diferencias fundamentales entre nuestra tradición hispánica entreverada con los mitos ancestrales americanos, y la civilización puritana y anglosajona con su perspectiva positivista y su fe inquebrantable en el progreso. No comprenderíamos las actitudes de unos y de otros frente al cuerpo, la sexualidad, la fiesta, la fe, el goce de la vida y ante la muerte, esa soledad que siempre nos acompaña. Esa “soledad tiene las mismas raíces que el sentimiento religioso. Es una orfandad, una oscura conciencia de que hemos sido arrancados del Todo y una ardiente búsqueda: una fuga y un regreso, tentativa por restablecer los lazos que nos unían a la creación”[4].

Refiere Octavio Paz en “El pachuco y otros extremos” que al comentar a una amiga las bellezas de Berkeley, ella le respondió: “Sí, esto es muy hermoso, pero no logro comprenderlo del todo. Aquí hasta los pájaros hablan en inglés. ¿Cómo quieres que me gusten las flores si no conozco su nombre verdadero, su nombre inglés, un nombre que se ha fundido ya a los colores y a los pétalos, un nombre que ya es la cosa misma?”.

Y no hay en ello ningún provincianismo miope. Él observó la literatura desde lo propio, desde la identidad, pero también de una manera universal.

Según Krauze, el pensador Paz se mantuvo durante toda su vida en Guerra: “el revolucionario y el liberal; el socialista y el demócrata; entre su padre y su abuelo”, polemista consigo mismo, como apunta acertadamente Vargas Llosa.

Si el ensayista Octavio Paz nos alumbra, el poeta deslumbra, en particular el poeta del amor y del erotismo cuya arquitectura verbal se codea con la mejor poesía de todos los tiempos. En “De Piedra de sol” (1957), un poema total, enuncia:

“voy por tu cuerpo como por el mundo,

tu vientre es una plaza soleada,

tus pechos dos iglesias donde oficia

la sangre sus misterios paralelos,

mis miradas te cubren como yedra,

eres una ciudad que el mar asedia,

(…)

vestida del color de mis deseos

como mi pensamiento vas desnuda,

voy por tus ojos como por el agua,

los tigres beben sueño en esos ojos,

el colibrí se quema en esas llamas,

voy por tu frente como por la luna,

como la nube por tu pensamiento

voy por tu vientre como por tus sueños”

Octavio Paz reinventó su México natal desde la poesía, como diría en Libertad bajo palabra: “Invento la víspera, la noche, el día siguiente que se levanta en su lecho de piedra y recorre con ojos límpidos un mundo penosamente soñado. (…) “Contra el silencio y el bullicio invento la Palabra, libertad que se inventa y me inventa cada día”.

Lejos de ser un intelectual de salón, un poeta de capilla aislado del murmullo soez del mercado y la verdulería por las murallas de la academia y los fosos que en nuestro continente suelen cavar a su alrededor los poderosos para salvaguardarse de la plebe, Paz se mantuvo ocho décadas y media en guerra contra la estupidez y el menosprecio, intentó un México antes informulado, y lo hizo desde la pertenencia. No hay una declaración de fe ni manifiesto tan explícito como estos versos del poema “De Piedra de sol”. Unos versos que lo definen con más exactitud que cualquier hagiografía, cualquier discurso de ocasión (y esos ahora no escasean) o cualquier ensayo académico que intente abarcar lo inabarcable:

“todo se transfigura y es sagrado,

es el centro del mundo cada cuarto,

es la primera noche, el primer día,

el mundo nace cuando dos se besan,

(…)

las máscaras podridas

que dividen al hombre de los hombres,

al hombre de sí mismo,

se derrumban

por un instante inmenso y vislumbramos

nuestra unidad perdida, el desamparo

que es ser hombres, la gloria que es ser hombres

y compartir el pan, el sol, la muerte,

el olvidado asombro de estar vivos”.

 

[1] “La izquierda no sabe lo que se perdió al dejar de hablar con Octavio Paz”, 31-5-2014.

[2] “Un tango con Octavio Paz”; El País, 19 de junio, 2014. (http://elpais.com/elpais/2014/06/19/opinion/1403134143_711389.html)

[3] En Vuelta a El laberinto de la soledad.

[4] El laberinto de la soledad.





Un movilizador de conciencias. Oswaldo Payá y su cátedra de la libertad y los derechos

24 07 2012

«La Cátedra de la libertad y de los derechos humanos,

la fuente de la virtudes cívicas y la base del gran edificio de nuestra felicidad»

Félix Varela

 

Acaba de morir en Bayamo, al este de Cuba, Oswaldo Payá, coordinador del Movimiento Cristiano Liberación (MCL), premio Sájarov del Parlamento Europeo a los Derechos Humanos y la Libertad de Pensamiento, dos veces nominado para el premio Nobel de la paz, y creador de una de las iniciativas más conocidas del movimiento disidente cubano: el Proyecto Varela. Con él viajaba Harold Cepero Escalante, activista del MCL y nativo de Ciego de Ávila, quien también falleció. En el vehículo había, además, dos pasajeros que sufrieron heridas leves: Ángel Carromero, consejero técnico de la Junta de Moratalaz, distrito de Madrid, y Aron Modig, presidente de la Liga de la Juventud Demócrata Cristiana Sueca (KDU)  asociada a la Democracia Cristiana.

Según el diario Granma, “Un lamentable accidente de tránsito en el que fallecieron dos personas y dos resultaron heridas, se produjo este domingo 22 de julio a las 13:50 horas en la localidad conocida como La Gavina, a 22 km de la ciudad de Bayamo, provincia de Granma. (…) Según testigos presenciales, el hecho ocurrió cuando el conductor de un auto turístico rentado, perdió el control y se impactó contra un árbol”. La nota consigna el nombre de los fallecidos, pero omite su condición de disidentes.

En cambio, la hija de Oswaldo Payá, Rosa María, ha declarado hoy en la web del opositor que “Las informaciones que nos llegaron de los muchachos que iban en el carro con él es que había otro auto intentando sacarlos de la carretera y que los embistieron en todo momento. Así que pensamos que esto no fue un accidente, que les querían hacer daño y terminaron matando a mi padre”.

Iroel Sánchez, tan diligente como de costumbre (http://lapupilainsomne.wordpress.com/2012/07/23/quienes-son-los-extranjeros-accidentados-en-cuba/), se apresura a desacreditar, con carácter preventivo, a los acompañantes de los fallecidos, para minar de antemano su credibilidad en caso de que éstos hagan declaraciones que contradigan la versión oficial. De Ángel Carromero dice que mientras aplaude los recortes que el Partido Popular impone en España, hace en Cuba “turismo injerencista”. Y a Aron Modig lo califica como el defensor de que se instaure en Suecia un equivalente del Tea Party.

Se trate de un accidente, de un intento de intimidación que se “extralimitó” en sus objetivos, o de un verdadero asesinato, algo que sólo podrían esclarecer los supervivientes, lo cierto es que en el Comité Central la sensación será de alivio por haberse librado de una incómoda y pertinaz piedra en el zapato. Y se felicitarán de que en el accidente hayan muerto, justamente, los más incómodos, mientras los dos extranjeros sólo han recibido heridas leves, lo cual despeja el horizonte de incómodas reacciones internacionales.

Oswaldo Payá abogaba por un cambio pacífico y desde dentro.  “Porque si el cambio es violento, el gobierno que venga será un gobierno de fuerza y si esperamos que el cambio llegue desde afuera, entonces el pueblo no será protagonista del cambio”. Fue el promotor del único proyecto que ha hecho uso de uno de los escasísimos resquicios que ofrece la primera ley de la República para manifestar legalmente el descontento popular.

El Artículo  86 de la Constitución de la República de Cuba, en su inciso G, asegura que la iniciativa de las leyes compete a los ciudadanos. En este caso será requisito indispensable que ejerciten la iniciativa 10.000 ciudadanos, por lo menos, que tengan condición de electores. Basándose en este derecho, el MCL de Oswaldo Payá consiguió y entregó a la Asamblea Nacional del Poder Popular 11.000 firmas de ciudadanos con derecho al voto apoyando un referéndum para llevar a consulta popular cinco puntos esenciales:

•Derecho a asociarse libremente

•Derecho a la libertad de expresión y de prensa

•Amnistía

•Derechos de los cubanos a formar empresas

•Una nueva ley electoral.

Cada firmante sabía que su acto de soberanía podía acarrearle la pérdida del empleo, de sus estudios universitarios e incluso de su libertad (cosa que le sucedió a más de cuarenta activistas del MCL durante la “Primavera Negra” de 2004), y que desde entonces sería hostigado y marginado. Sólo por ello, no es arriesgado afirmar que cada una de esas firmas equivale a miles de firmas. Si consideramos que los promotores del proyecto no dispusieron de ningún medio de difusión, y que antes de que el ex presidente norteamericano Jimmy Carter lo mencionara públicamente, la frase “Proyecto Varela” no significaba nada para la inmensa mayoría de los cubanos, cabría preguntarse cuántos millones de firmantes potenciales no existirán en la Isla.

En cualquier país del mundo, esto sería un trámite normal. En Cuba, a pesar de ser constitucional, la recogida de firmas tuvo que superar serios obstáculos. Y una vez entregadas, la reacción del gobierno fue tan desproporcionada como su miedo. Una “Propuesta de Modificación Constitucional” según la cual “El régimen económico, político y social consagrado en la Constitución es intocable”. Una caricatura de referendo que otorgó a los cubanos el “derecho obligatorio” a decidir entre el socialismo irrevocable y el socialismo irrevocable. Este simulacro ha sido una de las más ridículas pataletas de Fidel Castro en medio siglo, y la mayor evidencia de su miedo al pueblo en cuyo nombre pretendía gobernar.

Como bien dijo O’Brien a Winston en la novela 1984, de George Orwell,  “el Partido quiere tener el poder por amor al poder mismo. No nos interesa el bienestar de los demás; sólo nos interesa el poder (…) Sabemos que nadie se apodera del mando con la intención de dejarlo. El poder no es un medio, sino un fin en si mismo. No se establece una dictadura para salvaguardar una revolución, se hace la revolución para establecer una dictadura”.

El hecho de que 11.000 cubanos se hubiesen atrevido a desafiar al régimen, merecía la movilización de todo el país para aplastarlos, sin importar el grado de coacción, o  los recursos necesarios; ni siquiera la credibilidad de los resultados. Más importante que la unanimidad es la apariencia de unanimidad. Que el peso de la muchedumbre desanime a los próximos 11.000, o 20.000 o 50.000 que se atrevan a retar al poder absoluto.  Crear en el súbdito la noción de que nada de lo que haga lo convertirá en ciudadano, nada de lo que opine o piense cambiará el statu quo, y que sólo tiene tres alternativas: el aplauso, el silencio o el exilio.

Según datos de las autoridades cubanas, 9.664.685 ciudadanos apostaron “espontáneamente” por el castrismo perpetuo. Y uno de los mejores indicios del pánico que desató el MCL de Oswaldo Payá con su proyecto Varela fue el hecho de que, por primera vez en más de cuatro décadas, el gobierno permitió firmar (que sí, desde luego) a los cubanos que estaban en trámites para salir del país, un derecho que hizo extensivo, en sus respectivos consulados, a los exiliados que apoyaran el régimen actual como única opción (para quienes residen en la isla, por supuesto). Aunque previendo falta de quórum, consignaron que “estos casos serán contabilizados o no, según determine la Asamblea Nacional del Poder Popular”.  Una vez estampada su firma, exiliados y aspirantes recuperarían su condición de no-ciudadanos.

El Proyecto  Varela despertó en su día un masivo apoyo del exilio, pero también oposición. Se le acusaba de aceptar la Constitución vigente, y de marginar al exilio al apelar al voto de quienes cuentan con ese derecho. Pero confío en que incluso sus opositores habrán comprendido el poder de este documento, algo que entendió desde el primer momento el gobierno cubano. Por primera vez una iniciativa disidente contó con una verdadera base social. Por primera vez miles de cubanos perdieron el miedo. Por primera vez numerosos países atisbaron el embrión de una sociedad civil nacida “dentro” de la Isla a la que apoyar. Por primera vez una propuesta de la disidencia rebasó el veto de silencio, se difundió por Radio Bemba, y en las sobremesas, los pasillos, guaguas y parques de Cuba, la gente comentó no tanto el contenido del Proyecto Varela, sino los cojones de esos 11.000 cubanos que se han puesto de pie frente al poder con su firma como única arma. Y en el imaginario de la isla, tener cojones suele ser más respetado que tener la razón.

Oswaldo Payá ha muerto a causa de un lamentable accidente, de una operación premeditada o de un error de cálculo, ya se sabrá. Pero su vida no fue ni un accidente ni un error, sino una larga y paciente movilización de las conciencias. Y creo que por ello, más allá de acuerdos o disonancias con sus opiniones políticas, todos los cubanos, sin excepción, incluso sus acosadores y verdugos durante tantos años, le debemos tributo.

 

“Un movilizador de conciencias”; en: Cubaencuentro, Madrid, 24/07/2012. http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/un-movilizador-de-conciencias-278706





El destape de Rafael Hernández

13 07 2012

Siempre me han fascinado los intelectuales orgánicos y los compañeros de viaje de las dictaduras. Son el mejor ejemplo de plasticidad intelectual. Cómo un corpus de ideas, conceptos y sabidurías, que habitualmente crece gracias a la libertad de pensamiento, puede moldearse y retorcerse hasta servir de reposapiés a los catecismos totalitarios que habitualmente no rebasan la filosofía Marvel de superhéroes y villanos.

Giovanni Gentile, filósofo “oficial” de Mussolini, ministro e integrante del Gran Consejo Fascista. El miembro del Partido Nacional Fascista Curzio Malaparte, y los jugueteos de Luigi Pirandello con Il Duce, quien lo nombró presidente de la Academia italiana.

Knut Hamsun en Noruega ofreció a Goebbels su medalla de premio Nobel, e inundó la prensa de artículos aplaudiendo a los nazis que invadían su país. Louis-Ferdinand Céline, autor imprescindible de las letras francesas, defensor hasta su muerte de la ideología nazi, y sus “repugnantes panfletos de un racismo homicida”, en palabras de Vargas Llosa. Pierre Drieu La Rochelle, que pasó por el comunismo y se instaló en el fascismo, aunque no llegara a los extremos de su colega Maurice Sachs, confidente de la Gestapo.

También fue confidente Camilo José Cela, como lo demuestra una carta de 1963 incluida por Pere Ysás en Disidencia y subversión. La lucha del régimen franquista por su supervivencia. 1960-1975 (Ed. Crítica, Barcelona, 2004). Cela informó del encuentro de intelectuales, en el que participaba, donde se fraguaba una segunda carta de denuncia por la violencia policial en las huelgas mineras de Asturias.

Cuenta Pere Ysás que “en un escrito al director general de Información [Cela] estimaba que la mayoría de los 102 firmantes de la primera carta «eran perfectamente recuperables, sea mediante estímulos consistentes en la publicación de sus obras, sea mediante sobornos». Consideraba imprescindible que se montase «un sistema para estimular a estos escritores» y apuntaba que podría hacerse fundando una editorial privada o entendiéndose con una ya existente”.  En respuesta a la carta, el director general habilita dos partidas de veinte millones para subvenciones y ayudas a la publicación. Cualquier similitud con otras realidades no es pura coincidencia.

Sin dudas son los intelectuales alemanes filonazis los más notables. Los miembros de la “Reichsarbeitsgemeinschaft für Raumforschung” (Sociedad Imperial para la Investigación del Espacio Vital): más de 500 científicos de todas las disciplinas pusieron las ciencias sociales y políticas, pero también la historia, la geografía, los estudios literarios, la filosofía, el derecho y la antropología al servicio del ideario nazi para la creación de un Nuevo Orden Espiritual nacionalsocialista en Europa, con Alemania como pueblo superior y guía. Y, desde luego, uno de los mayores filósofos del siglo XX, Martin Heidegger.

En un texto escrito en Japón en 1939, Karl Löwith, judío y discípulo predilecto de Heidegger, recuerda su último encuentro con el filósofo en la Roma de 1936. Lucía la svástica y blasonaba de la “relación integral” entre su filosofía y el ideario nazi. Heidegger se quejaba de los intelectuales que se consideraban “demasiado refinados para comprometerse” con la causa nazi. Algo que recuerda pavorosamente las acusaciones de la nomenklatura cubana contra los “intelectualoides” elitistas, comenzando por el Grupo Orígenes. Lejos estaban entonces de adivinar que uno de ellos, Cintio Vitier, daría con ese rarísimo punto del espacio donde convergen el Mesías, el Apóstol y el Comandante.

Karl Löwith afirma en su texto que “Estas respuestas eran típicas; puesto que no hay nada más fácil para los alemanes que ser radicales en las ideas e indiferentes ante los hechos prácticos. Ellos consiguen ignorar todos los “individual Fakta” para poder seguir aferrándose más decisivamente a su concepto de totalidad y separar “materia de hechos” de “personas”. Una observación que podría extenderse a la puesta en escena de todos los totalitarismos.

Mucho se ha escrito en estas páginas sobre la intelectualidad orgánica de los diferentes ismos comunistas: estalinismo, maoísmo, castrismo; de modo que pasaré directamente a un caso curioso: la repentina conversión de Rafael Hernández, ensayista de peso y uno de los intelectuales que con más talento ha defendido al régimen cubano.

El pasado 13 de junio, Rafael Hernández publicó en La Joven Cuba una “Carta a un joven que se va” escrita el 31 de mayo.  En ella discurre sobre las muchas razones que tendría un joven cubano para no emigrar. Hasta ahí, no hay sorpresas. Pero en su carta se infiltran otras muchísimas razones para huir.

Reconoce Hernández el derrumbe de las ilusiones (si alguna vez las tuvieron) de esa generación del Período Especial, indiferente ante la “épica” repetida como cliché por la tele y la prensa. Y ello se explica porque “solo sobrevive un orden viejo, más bien irremediable. Lo peor, sin embargo, no es haber nacido en un orden preestablecido, porque eso le pasa a todo el mundo, sino tus inciertas posibilidades de cambiarlo”. Es decir, no sólo han crecido sin ilusiones en un mundo construido a la medida de otros, sino en un mundo impermeable a los cambios. Así que, como es lógico, ante un sistema impermeable a los cambios, “no quieres invertir tu vida intentándolo, porque no tienes otra que esta; y aspiras a conseguir un techo propio, un empleo que te guste y te permita lo que puedas con tu capacidad y esfuerzo, sin penurias de transporte y luz, y planear para irte de vacaciones a alguna parte una vez al año, aunque tengas que quitarte de otras cosas”.

Con una sinceridad que lo honra, Rafael Hernández reconoce que tras medio siglo de sacrificios y exhortaciones, el éxodo es el único modo de conseguir un techo propio, un buen empleo acorde a tu capacidad y esfuerzo y vacaciones una vez al año. Si existe algún indicio de fracaso absoluto, éste bastaría.

Aunque “Esta carta parte de creer que piensas con tu propia cabeza”, un párrafo antes se maneja la idea de que la chispa para emigrar es siempre un amigo que se fue, el pariente lejano, la esposa insistente, el inventario de los ausentes… Creo que el ensayista no necesitaba esas incidentales, como quien se justifica, porque al final, como bien sabe él por su formación marxista, la falta de vivienda, alimentación y, sobre todo, expectativas, pesan más que cualquier postal con matasellos de Miami.

Denuncia Hernández que desde el poder juzgan a los jóvenes quienes “identifican valores con sus valores, la política con movilizaciones y discursos, la defensa del socialismo con determinados mandamientos —entre otros, que este sistema es solo para los revolucionarios comprometidos, que un ciudadano cubano solo lo es mientras resida en la tierra donde nació, o que disponer de otro documento de viaje equivale a ponerse a las órdenes de una potencia extranjera”. A la falta de pan, techo y esperanza, se suma la intolerancia cerril ante cualquier conducta que se aparte de una norma dictada desde arriba. Y reconoce que quienes ejercen esa intolerancia no son sólo “algunos funcionarios”, “sino muchas otras buenas personas”. Con tales afirmaciones sólo le falta recitar a Antonio Machado: “Escapad gente tierna, / que esta tierra está enferma, / y no esperes mañana / lo que no te dio ayer, /  que no hay nada que hacer”.

Reconoce que los jóvenes “han escuchado” (y que ello sea sólo de oídas es importante), que “según la Constitución, los derechos básicos de un cubano están más allá de su manera de pensar; y que la justicia social y la igualdad son precisamente eso: principios y valores que hay que ejercer de verdad, sin sujetarlos a clase, raza, género, orientación sexual, religión o ideología, porque representan la conquista más importante de todas, la de la dignidad plena de la persona”.

También admite que los jóvenes se sienten un cero a la izquierda, y que “este sistema nuestro te consulta y te pide que te movilices”, de lo cual se deduce que si no se le pide movilización, si no se le consulta sobre cierto asunto, opinar o movilizarse por cuenta propia es punible.

Y añade: “aunque ellos [los burócratas] sigan pensando que lo decisivo es aceitar la cadena de mando y cumplir el plan”, cuando criticas, pides la palabra, protestas, aplaudes o “acudes a la Plaza refunfuñando, para hacer quórum en la misa de Joseph Ratzinger”, estás participando. Lo cual nos deja un triste saldo participativo.

Reconoce que “allá puedes expresar muchas opiniones y escuchar otras miles, elegir entre varios candidatos, enterarte de quiénes son y cómo piensan, sus planes y propuestas para los grandes problemas del país, e ir a votar (si eres ciudadano) por el que te parezca”. Si eso es un argumento diferencial, no hay que ser un genio para entender que “acá” ocurre todo lo contrario.

Admite que el joven ha escuchado cientos de veces llamados a la participación crítica, a “la posibilidad de expresar sus opiniones políticas en la televisión, proponer tantos candidatos como quiera (no solo abajo, sino a todos los niveles), escucharlos, hacerles preguntas y saber lo que tienen en la cabeza, antes de votar por ellos y sus propuestas”, “pero es como si nada, los argumentos de siempre siguen ahí. Estás cansado de escuchar anuncios de cambios que no acaban de llegar, y que no dependen de “factores objetivos”, sino de una “vieja mentalidad” que sigue sujetando las riendas”.

El autor reconoce que “la participación no puede ser solo cosa de marchas, actos y reuniones, donde tu presencia no cambia nada ni incide “en los mecanismos de dirección”, sino por el contrario, se diluye en “cumplimiento de metas” y otras formalidades. Sientes que en esa participación falta compromiso, sinceridad, espontaneidad”. Y reconoce que “las organizaciones juveniles y los medios de comunicación” son mera retórica vacía.

Constata que la presencia de “jóvenes delegados en municipios y provincias” ha bajado del 22 % (1987) al 16 % (2008), y en la Asamblea Nacional, cayó al 4% en los 90, aunque creció a menos del 9% en las últimas elecciones, en un país donde los mayores de 60 son el 21,6 % y los de 16-34 años, el 31,41 %. Lo asombroso es que un hombre tan perspicaz como Rafael Hernández afirme que “sea cual sea la causa de ese bajísimo perfil…”. Sin toda la información de la cual él seguramente dispone, puedo informarle que la causa es exactamente la misma por la cual el Buró Político más parece el consejo de ancianos de los primitivos habitantes de la Isla de Pascua que un órgano de gobierno.

El ensayista afirma que aunque desde afuera “nos miran como una isla rodeada de caña de azúcar por todas partes, donde nadie sabe lo que pasa afuera”, seguramente “tú [su joven e hipotético destinatario] sí te has enterado de lo que se dice sobre Cuba y los cubanos en el mundo. Aunque no tienes Internet en tu casa,  conseguiste un buzón de correo electrónico, u oyes la BBC o Radio Caracol o Radio Exterior de España u otra de las muchas estaciones en español que se cogen desde cualquier radio. Es probable que hables con alguno de los millones de turistas que caminan por nuestras calles; que tengas un primo en Hialeah o Alicante; un amigo que viaja porque es médico, académico, músico o funcionario”. Es decir, para enterarse, hay que recibir la información desde fuera. Con la que te suministran en el patio no te enteras de nada.

Hace algún tiempo, publiqué un texto donde se refrendaba la idea de que los cubanos somos, en buena medida, migranxiliados. Puede que abandonemos la Isla como emigrantes, pero nos tratan como exiliados. Hernández lo corrobora cuando afirma que a los que emigran “del lado de acá les han hecho pagar costos elevados, no solo en dinero. Se han sentido castigados, sujetos de prohibiciones y separaciones, obligados a pagar una multa personal que les resulta injusta y onerosa, solo por haber decidido probar fortuna en otra parte (…) se sigue cultivando insensiblemente entre muchos de los que parten un encono, cuyo costo rebasa todas las recaudaciones y contabilidades de corto plazo, porque deja una huella indeleble en las personas, y por lo mismo, en el cuerpo real de la nación. El precio de esa enemistad, naturalmente, es inestimable”. Es decir, que el gobierno cubano es la mayor fábrica de exiliados, no “la Mafia de Miami”.

Y admite que en la sociedad de los obreros y campesinos, “si fueras artista o escritor, no tendrías el dilema de quedarte aquí para siempre o irte para siempre. Podrías decidir trabajar afuera durante años, y finalmente regresar a tu lugar, para salir cada vez que quieras”. Lo que no explica es por qué en el paraíso del proletariado los artistas y escritores, esos desclasados que son, a lo sumo, compañeros de viaje (a Lenin me remito) disfrutan de prerrogativas que Eduardo Heras jamás habría gozado de quedarse para siempre en Antillana de Acero.

Y como “nada contribuye más a la educación política que viajar, conocer otras gentes y culturas, valores y creencias ajenas, palpar directamente y hasta experimentar los problemas de otros”, el Estado cubano está mutilando ex profeso la educación de sus súbditos al imponer restricciones a los viajes de los cubanos que nos diferencian diametralmente de otros migrantes de nuestros entorno, por mucho que quieran homologarnos.

Tras dieciocho años fuera de Cuba y disfrutando de los beneficios de la doble ciudadanía, siempre que alguien me pregunta, digo que soy cubano (me temo que lo seré para siempre) y español accidental. Y como cubano (más que como intelectual, si es que lo fuera) felicito a Rafael Hernández por su destape, aunque le recomendaría algo menos de cursilería en ese final donde le pide a su hipotético interlocutor “que no te vayas para siempre. Queremos que no partas del todo, y para asegurarlo, lo primero es poner un calzo para que la puerta siga abierta”, no sólo porque él mismo ha colaborado decisivamente con la sección de marketing de la fábrica de cerraduras, sino porque su argumentación, bien desglosada, es una base argumental para el exilio. Si yo fuese un joven cubano de veinte años y leyera su carta, ya estaría manos a la obra preparando la balsa. De donde se deduce que regresar de vez en cuando a los antiguos es siempre provechoso, como a Confucio y su aserto de que, con frecuencia, la máxima sabiduría es el silencio.

Así se evita incurrir en palabras de las cuales podríamos arrepentirnos: “mientras más jóvenes como tú salgan del país, menos será su presencia en cargos políticos; y si resides afuera no vas a poder votar ni mucho menos ocupar ninguna responsabilidad. Como ves, tu decisión de irte tiene hondas implicaciones también para los que nos quedamos”. Un modo patético de pedirle a los jóvenes que hagan lo que nosotros, los que nos fuimos y los que nos quedamos, no tuvimos la voluntad, la inteligencia, la honestidad o los cojones de hacer durante los últimos veinte, treinta, cuarenta años.

 

“El destape de Rafael Hernández”; en: Cubaencuentro, Madrid, 13/07/2012. http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/el-destape-de-rafael-hernandez-278468





Hablar en cubano

2 12 2011

Luis Roberto Choy López (Santiago de Cuba, 1946) fue investigador del Departamento de Lingüística del Instituto de Literatura y Lingüística de la Academia de Ciencias de Cuba y del Departamento de Filología Española de la Universitat de València. Doctorado en Filosofía por la Universidad Carolina de Praga y en Filología Española por la Universitat de València, ha impartido cursos regulares en universidades de Cuba, España y Estados Unidos, país donde reside. Durante décadas, sus investigaciones han girado en torno al español de los cubanos: sus orígenes y su historia, el consonantismo en el habla culta y en el habla popular urbana de Cuba; los contrastes entre el español de Cuba y el de España; el Atlas Lingüístico de Cuba; los procesos asimilatorios y el sistema fonético y sistema fonológico en el español actual de Cuba. Por todo ello, nadie más capacitado que él para esclarecer nuestras dudas sobre la lengua que hablamos los cubanos.

 

En la evolución del español en Cuba hablas de tres períodos: La koineización, que se divide a su vez en “El surgimiento” (1492-1599) y “La estabilización” (1600-1762). La estandarización, dividida en “La africanización” (1763-1867) y “La españolización” (1868-1898). Y La independización, compuesta por “La identificación” (1899-1958) y “La homogeneización” (de1959 al presente). ¿Qué tipifica cada uno de estos períodos?

Luis Roberto Choy (LRC): En primer lugar, Luis Manuel, gracias por este encuentro para hablar sobre temas que han ocupado parte de mi vida. Hay otras personas sumamente capacitadas para hablar sobre este asunto, cada una de acuerdo con sus investigaciones y sus experiencias personales. Parece que, en general, me he visto atraído por las clasificaciones —las taxonomías, como hubiera dicho nuestro Max Figueroa— en torno al español hablado en Cuba. En algún momento, intenté describir el sistema fonético y fonológico; en otro, las zonas dialectales y, finalmente, los períodos de la historia del español de Cuba. Como han sido prácticamente las primeras clasificaciones, por supuesto que con importantes antecedentes, corren el riesgo de estar llenas de inexactitudes, pues los datos factuales con los que he contado han sido limitados. Mi mayor deseo es que estas clasificaciones se continúen corrigiendo y enriqueciendo por las actuales y futuras generaciones de lingüistas. Con respecto a los tres períodos principales en la historia del español hablado en Cuba, te los podría resumir así:

El primer período (La koineización, 1492-1762) es de formación, estabilización y consolidación de la koiné en Cuba. Como consecuencia de que la Corriente del Golfo era el recorrido ideal para los viajes de América a Europa, la ciudad de San Cristóbal de La Habana, desde mediados del siglo XVI, cambiaría su vida de villa marginal y olvidada, y con ella la de las restantes villas del país. En un primer período, la convivencia y mezcla de nativos con europeos y, más tarde, con africanos, dio lugar a una sociedad que nacía mestiza, a pesar de las insalvables barreras raciales de entonces. Los nacidos en el país, mestizados o no, comenzaron a denominarse criollos; más tarde, criollos rellollos, los criollos hijos de criollos, descendientes de españoles o de esclavos africanos. Asimismo, la coexistencia de diferentes dialectos hispánicos —andaluz, castellano, murciano, extremeño, canario— en un mismo territorio, en el cual recibían también la influencia secundaria de lenguas indoamericanas y africanas, dio lugar a un proceso lingüístico de intercambio, selección y simplificación de rasgos dialectales que posibilitaría la aparición de una lengua común, diferente a los dialectos que la habían originado: la koiné cubana.

Uno de los rasgos de esta forma de expresarse los criollos es la fuerte influencia que, en líneas generales, ejercen en ella los dialectos meridionales hispánicos, con predominio del andaluz, en un primer y breve lapso, y del canario, en una etapa posterior y más prolongada. En este período, la capacidad de expresarse adecuadamente en la koiné cubana —el habla del país— se erige como el rasgo más caracterizador de los criollos cubanos, independientemente de su origen europeo, africano o indoamericano.

El período de la koineización lo he dividido en dos subperíodos. Durante el primero (El surgimiento de la koiné, 1492-1599) hay una población de lento crecimiento, que había residido en ese territorio desde las primeras décadas, con la esporádica entrada de grupos europeos, africanos e indoamericanos de otros territorios. Esto había propiciado que el seseo se impusiera como la característica más general de la koiné cubana, presente ya en documentos de la segunda década del siglo XVI.

En el segundo subperíodo (Estabilización y consolidación de la koiné, 1600-1762), Santiago de Cuba pierde su hegemonía dentro de la Isla y La Habana legitima su condición de capital. Desde entonces, se reafirmarían las diferencias este-oeste que caracterizarían la variación lingüística territorial del país. El aumento poblacional, al margen de los múltiples y diversos aportes demográficos foráneos, tenía como núcleo básico, al igual que en el subperíodo anterior, a los habitantes criollos, independientemente de su ascendencia. Este núcleo exhibiría como seña común de identidad su competencia en el uso del español koiné, a la que debían aspirar todos los que llegaban. Ya a finales de este período, la koiné parece estar completamente estabilizada. En 1757, Nicolás Joseph de Ribera señalaba de los bozales que era cosa admirable ver cómo en pocos años individuos de veinte “naciones diferentes” se reducían a un idioma y cómo los criollos o hijos de ellos solo en el color se distinguían de los españoles o sus hijos.

El segundo período (La estandarización, 1763-1898) se caracteriza, desde el punto de vista del crecimiento demográfico, por la entrada masiva de dos grupos humanos principales: africanos y españoles. Coincide, en líneas generales, con el cambio operado en la economía cubana hacia una producción azucarera de base plantacional, lo cual provocó una necesidad imperiosa de mano de obra esclava. El gran desarrollo socioeconómico de estos años posibilita la creación de centros de estudios e instituciones que propagan, como modelo de corrección idiomática, el habla centro-norteña peninsular —con sus eses, jotas y zetas—. Este período, que hemos denominado estandarización, no pudo borrar los rasgos más característicos de la koiné cubana, sobre todo en los grupos menos favorecidos socioeconómica y culturalmente. Sin embargo, de manera general, se restituyeron eses, volvieron a distinguirse en gran medida las consonantes /r/ y /l/, desapareció, en la mayor parte del país, el voseo —el uso del pronombre vos en lugar de tú— y, en general, el vocabulario se enriqueció gracias a los avances educativos. Para entonces, el español académico peninsular se vería situado, como norma supradialectal ideal, por encima de la koiné criolla, muchas veces como meta inalcanzable.

En el primer subperíodo de la estandarización (La africanización, 1763-1867), como consecuencia de la entrada masiva de mano esclava, la sangre africana llegó en 1817, según Ramiro Guerra, a ser mayoritaria en el país. En los últimos años de este subperíodo, los canarios o isleños constituían un grupo muy importante: en 1862 formaban el 42% de toda la población española radicada en Cuba.

Todos estos inmigrantes tenían que acomodar su manera de hablar a la koiné cubana, la cual resultaba más asequible, pues había sufrido los procesos de nivelación y simplificación que habían eliminado oposiciones fonológicas e incluso gramaticales con un limitado rendimiento funcional, es decir, diferencias que cuando se eliminaban —por ejemplo, entre la zeta y la ese—, no creaban grandes problemas de comunicación, resueltas en general por el contexto lingüístico o extralingüístico.

En el segundo subperíodo (La españolización, 1868-1898) se producen las guerras independentistas cubanas. El cese de la inmigración forzada procedente de África —proceso que culmina con la supresión de la trata— se vio compensado con una avalancha de inmigrantes procedentes de España, premeditado contraataque a las ideas independentistas.

La diversidad de la emigración, no solo española, había creado un ambiente cosmopolita. La ya patente penetración económica y cultural de los Estados Unidos fue contrarrestada por la presencia masiva de españoles. Al finalizar este subperíodo, casi la mitad de la población blanca cubana había nacido en España, donde el español centro-norteño se había erigido ya desde mucho antes, sobre todo en los estratos más escolarizados, en norma modélica. Este hecho reforzó el proceso de estandarización, por lo que este modelo europeo alcanzó su momento de mayor prestigio, a pesar del peso canario que tenían estos españoles. Una reminiscencia de ello la podemos percibir en las primeras grabaciones de la música popular cubana de las décadas iniciales del siglo XX, en las cuales ciertos cantantes pronunciaban /z/, aunque de manera asistemática, donde era esperable /s/ de acuerdo con la norma objetiva cubana, vacilación derivada de la incongruencia entre la norma objetiva, el habla real, y la norma axiológica, ideal, del período precedente.

El último período (La independización, 1899- presente), se identifica por la sustitución del ideal modélico centro-norteño peninsular por pautas de carácter nacional. Desde el punto de vista demográfico, el crecimiento poblacional se fundamenta ahora en la reproducción autogenerativa de la sociedad, aunque no cesa el flujo de inmigrantes, mayoritariamente españoles, en la primera parte del siglo.

En el subperíodo inicial (La identificación, 1899-1958), a pesar de la presencia de intereses foráneos, la variación regional y social del lenguaje está claramente definida sobre la base de una identidad lingüística nacional. En consecuencia, hay un afán, tanto en las artes como en la literatura, de destacar «lo cubano» a través de una búsqueda de elementos autóctonos, muchas veces indocubanos o africanos. La influencia del modo de vida de Estados Unidos en el país —the American way of life— también tiene su repercusión lingüística, particularmente en el léxico de algunos sectores de la sociedad.

El segundo subperíodo (La homogeinización, 1959 — presente) se distingue en sus primeras décadas por el aislamiento y distanciamiento, desde el punto de vista lingüístico, con respecto al resto de los países de habla española, y, al mismo tiempo, por la disminución de la influencia ejercida por el inglés estadounidense en el léxico del país. El movimiento migratorio invierte su dirección: desde Cuba hacia otros países. El español de Cuba sufre, a partir de entonces, un proceso de popularización, como consecuencia de la intensificación del transvase de elementos del habla popular o marginal al habla de los estratos más escolarizados. Al mismo tiempo, elementos del habla culta y especializada, como resultado de la extensión de la educación, pasan al habla común. Todo esto, sumado a las intensas migraciones internas y al monolitismo político e ideológico de las instituciones y de los medios de comunicación masiva, provoca una tendencia a la homogeneización lingüística y al desvanecimiento de la variación regional y social de la lengua.

En una visita a Cuba, en 1984, el lingüista español Manuel Alvar advertía sobre la urgencia de estudiar el español de Cuba antes de que se convirtiera, desde el punto de vista de la cartografía lingüística, en una “mancha uniforme”.

 

Has escrito sobre el español de América en sus quinientos años. ¿puede hacerse un mapa a groso modo de las normas del español hablado en las diferentes zonas de América? ¿Cómo se insertaría Cuba en ese mapa?

LRC: Según Eugenio Coseriu, las zonas dialectales o los dialectos no existen sino después de que, partiendo de un criterio determinado, se establecen. Es decir, si nos decidimos por el comportamiento de la /s/ final de sílaba, los resultados van a ser completamente diferentes a otra zonificación basada en el voseo (el uso del pronombre vos en lugar de ) o en la sustitución, en el caso del modo subjuntivo, del imperfecto por el presente (Ella quería que la rescate en lugar de Ella quería que la rescatara).

En español, a la división simplista de español peninsular y español americano ─con el canario como puente─ ha sucedido la de Diego Catalán (1958), de gran difusión, en español del centro y norte de España frente al español atlántico, puesta en tela de juicio por Zamora Munné y Guitart (1982), quienes proponen en su lugar tres modalidades: dos peninsulares, centro-norteña y meridional, y una americana. Sus objeciones en torno al llamado español atlántico parten de que la distribución del seseo (pronunciación de ese en lugar de zeta) y el ceceo (pronunciación de zeta en lugar de ese), los cambios de /r/ o /l/ al final de sílaba ─conjuntamente con la distinción ustedes/vosotros─ es muy diferente si se compara el español meridional con el español americano. Basado sobre todo en el comportamiento de la /s/ y /r/ y /l/ finales de sílaba, Montes Giraldo (1984) sugiere, para los dialectos histórico-estructurales del español, un superdialecto A, que comprende el centro-norte peninsular y las zonas andinas e interiores de América, y un superdialecto B, representado por las hablas meridionales peninsulares, incluido el canario, y el español insular y costero de América.Si el superdialecto A mantiene los fonemas /s/ y /r/ y /l/ finales de sílaba, el superdialecto B los modifica o elimina.

Hispanoamérica, por su parte, cuenta con una primera división (1882), que debemos al cubano Juan Ignacio de Armas y Céspedes, donde se proponen, de manera imprecisa, cuatro o cinco zonas dialectales. Esta zonificación ─según José Pedro Rona─ ha servido de base a Pedro Henríquez Ureña para la suya (1921), donde se señalan cinco zonas dialectales, sin dudas la más difundida, sustentada, de manera apriorística, en la supuesta influencia indoamericana (náhuatl, caribe-arahuaca, quechua, araucana, guaraní). De mejor suerte y mayor vigencia ha gozado, sin embargo, la distribución de igual fecha del español americano en tierras altas y tierras bajas del mismo Henríquez Ureña, la cual Rosenblat identifica, jocosamente, por su “régimen alimenticio”: “las tierras altas se comen las vocales, las tierras bajas se comen las consonantes”. Para Canfield, las regiones altas representan generalmente los principios del andalucismo, mientras las costas, el pleno desarrollo. Rosenblat, siguiendo a Wagner, considera que la diferencia se debe a que los españoles se establecieron en regiones similares a las que habitaban en la Península: andaluces en tierras bajas, castellanos en las altas. Menéndez Pidal prefiere hablar de tierras marítimas o de la flota y tierras interiores.

A José Pedro Rona debemos la primera zonificación dialectal del español americano sobre una base puramente lingüística (cuatro rasgos de carácter fonológico, fonético, morfológico y sintáctico). Si bien sus veintitrés zonas dialectales (1964) se resienten por el estado incipiente y desigual de los estudios dialectológicos hispanoamericanos de aquel momento, su valor metodológico y sus aportes son innegables. Asimismo, Melvin Resnick (1975), si bien no pretende establecer una división en zonas dialectales, proporciona un voluminoso cuerpo de datos de carácter fónico con el objetivo de identificar las hablas hispanoamericanas. Posteriormente, Zamora Munné y Guitart proponen nueve zonas dialectales para el español de América (1982), sustentados en el comportamiento de /-s/, /x/ (jota) y el voseo. Finalmente, en 2000, Francisco Moreno-Fernández establece cinco zonas dialectales americanas (1- Caribe, 2- México y Centroamérica, 3- los Andes, 4- La Plata y el Chaco y 5- Chile), para cuyo establecimiento se basa en datos de la fonética y la fonología, la gramática y el léxico característicos de estas zonas.

Lógicamente, el español de Cuba se enmarca dentro del español del Caribe hispánico, con sus rasgos distintivos.

 

¿Cuáles son, en general, las características más distintivas del español hablado hoy en Cuba?

LRC: Basado en las ideas y los procedimientos de Ralph Penny al explicar el carácter “revolucionario” del dialecto castellano como resultado de su expansión por gran parte de la Península Ibérica, he expuesto, al analizar tres factores —la marginalidad, las redes sociales y la interdialectalización— referentes a las condiciones que estimulan o frenan el cambio lingüístico, que los dialectos hispánicos antillanos (Cuba, República Dominicana y Puerto Rico) son dialectos revolucionarios, innovadores desde los momentos iniciales de la koiné en estos países.

Aparte de numerosos cubanismos léxicos (guagua, hayaca, hanyaca, tayuyo, jimagua, fruta bomba, jaba, cederista, jinetera), hallamos usos léxicos especiales como rectificar en una cola o rectificar la cola, en lugar de ratificar o confirmar el lugar en la cola, conductor de un transporte publico, en lugar de cobrador, uso que comienza a debilitarse.

Desde el punto de vista gramatical, llama la atención el voseo tipo A (-áis, -éis, ís: amáis, teméis, partís), sumamente infrecuente, con un paradigma gramatical etimológico: vos (sujeto), vos (término de preposición), os (objeto) y vuestro (posesivo). Estas manifestaciones del voseo cubano se localizan, coincidentemente, dentro de la denominada zona III, en la región centro-oriental: Camagüey, Las Tunas, Holguín, Manzanillo y Bayamo. Encontramos otros usos, como ¿Cómo tú está(s) en lugar de ¿Cómo estás?, donde el uso de sirve para evitar la ambigüedad, lo cual afecta al resto de los pronombres personales, que también anteponemos, aunque no haya riesgo de confusión; o expresiones como “Si yo tuviera ruedas, fuera bicicleta”, en lugar de “Si yo tuviera ruedas, sería bicicleta”, que compartirmos con otras regiones del Caribe hispánico.

Como sabes, mis zonas dialectales de Cuba se basan en el consonantismo, especialmente, las consonantes finales de sílaba. Debo aclararte que cuando transcribo [j], para facilitar la comprensión, no es el sonido fuerte español, sino, por el contrario un sonido mucho más débil, aspirado, como el de jaba [jaba] en la pronunciación cubana.

I-Zona occidental (Pinar del Río, Ciudad de La Habana, Matanzas, Cienfuegos y Trinidad): Ésta es una zona innovadora desde el punto de vista fonético, si bien persisten restos de usos gramaticales antiguos, como la presencia de pronombres enclíticos en ciertos contextos: díceme, dígole. Los cambios fonéticos más llamativos son: asimilación de las consonantes /r/ o /l/ por la consonante siguiente: vuelta [buédta], parque [págke], Alberto [abbédto], Jorge [jóje]; aspiración de /s/ final de sílaba y medial de palabra: desde [déjde], mismo [míjmo], isla [íjla]; aspiración de /r/ ante /n/ o /l/: carnaval [cajnabál], Orlando [ojlándo], dejarla [dejájla]; debilitamiento de /y/ (grafías y o ll) intervocálica: playa [pláia], pepilla [pepíia], desmaya [dejmáia], bello [béio].

II-Zona central (Santa Clara, Sancti Spíritus y Ciego de Ávila): En esta zona son perceptibles rasgos fonéticos descritos en la occidental, pero bastante atenuados: asimilación de las consonantes /r/ o /l/ por la consonante siguiente: calvo [cábbo], cartera [cadtéra], Albita [abbíta]; debilitamiento de /y/ (grafías y o ll) intervocálica: Padilla [padíia], camilla [camíia]. Persisten con similar intensidad: aspiración de /s/ final de sílaba y medial de palabra: gasto [gájto], bastante [bajtánte], complejista [complejíjta]; aspiración de /r/ ante /n/ o /l/: Carlitín [kajlitín], horno [ójno], diurna [diújna].

III-Zona centro-oriental (Camagüey, Las Tunas, Holguín, Manzanillo y Bayamo): Ésta es la zona dialectal fonéticamente más conservadora del país. Es precisamente en algunas regiones pertenecientes a esta zona donde se han registrado restos de voseo (uso del pronombre personal vos en lugar de y sus formas verbales correspondientes: ¿Qué vos queréi(s)?, ¿Cómo estái(s)? Aquí los rasgos fonéticos referidos a las zonas anteriores están sumamente atenuados. Sólo persisten con igual intensidad la aspiración de /r/ ante /n/ o /l/: Mirna [míjna], contarle [kontájle]; y la aspiración de /s/ final de sílaba y medial de palabra: mosca [mójka], espera [ejpéra], estudio [ejtúdio].

IV-Zona sur-oriental (Santiago de Cuba y Guantánamo): Es también una zona lingüísticamente innovadora; el rasgo fonético más llamativo se refiere a la baja frecuencia de aspiración de /s/ final de sílaba y medial de palabra, descrita para las zonas anteriores. En su lugar, es muy frecuente la asimilación de /s/ por la consonante siguiente, lo cual lleva comúnmente a su desaparición: desde [dédde], mismo [mímo], espiritista [epiritíta]. También son más frecuentes aquí que en otras zonas los trueques entre /r/ y /l/, que tienen como resultado más general la pronunciación de [l]: por favor [pol faból], parque [pálke], Alberto [albélto], Jorge [jólje]. Muy esporádicamente esta confusión se produce a favor de [r]: dulce [dúrse], volver [borbér]. En esta zona dialectal no se han registrado, sin embargo, casos de aspiración de /r/ y /l/ ante /n/ del tipo carne [kájne].

V-Zona extremo-oriental (Baracoa): Ésta es una zona pequeña, durante siglos confinada a un relativo aislamiento con respecto a las otras regiones del país, donde confluyen tendencias lingüísticas innovadoras y conservadoras. Aquí la propensión a la sustitución de la aspiración por la asimilación o pérdida de la /s/ llega a un grado aún mayor que en las otras zonas del país: después [depué], estudioso [etudióso], especialista [epesialíta]. También son comunes las omisiones de /r/, sobre todo en las formas verbales de infinitivo: fregar [fregá], mortificar [mortificá], perder [perdé]. Por otro lado, no se escuchan aquí aspiraciones de /r/ ante /l/ o /n/, del tipo turno [tújno], y en líneas generales no son frecuentes las modificaciones fonéticas más llamativas en otras regiones.

Es sumamente significativo el hecho de que en estas dos últimas zonas (IV y V), con una notable influencia franco-haitiana, sea más perceptible un fenómeno llevado a consecuencias extremas en el francés y en el criollo haitiano: la pérdida de /s/ final de sílaba, como explicaré más adelante.

 

Cuáles son sus principales diferencias con el español de España. ¿Hay una norma de excelencia que funcione como patrón, de modo que acercarnos o alejarnos de esa norma implique un juicio de valor?

LRC: Es difícil hablar de un español de Cuba, con sus interesantísimas variaciones regionales, pero mucho más de un español de España, donde el mapa lingüístico muestra una variedad y riqueza insospechadas. Muchas de las diferencias de nuestro español con respecto al peninsular las compartimos, por supuesto, con el resto de América y a veces también con el sur de España y, sobre todo, con las islas Canarias.

Cuando los cubanos llegamos a España, lo primero que tenemos que hacer es ajustar nuestro léxico al peninsular con el objetivo de poder comunicarnos sin interferencias. Así, tenemos que olvidarnos de jaba, fruta bomba, guagua, bodeguero, etc. Por otro lado, comenzamos a utilizar o a acostumbrarnos a formas como vale, ¡joder!; igual, en lugar de a lo mejor, tal vez, quizás, rumorear en lugar de rumorar, picor en lugar de picazón. Los cambios en la fonética y en la gramática son más lentos. Primeramente tenemos que restituir eses y reforzar algunos sonidos como el de la jota, que a veces les cuesta trabajo percibir. El uso de vosotros y sus correspondientes formas verbales y pronominales es menos común entre los cubanos. Una de las dificultades mayores de los españoles es distinguir entre cuando decimos las dos y las doce.

Para algunos cubanos la norma ideal de corrección sigue estando en el español de España y en la Real Academia Española, aunque su uso se aleje más o menos de este ideal. Para los cubanos, en general, existe una norma suprarregional, un ideal común creado por la tradición, las normas académicas y nuestra percepción, a través del cine, la televisión, la radio e Internet, de lo que debe ser el habla correcta representada por los escritores, actores, profesores, científicos, diplomáticos. Es una norma que nos dice que debemos decir parque en lugar de págke; escuela en lugar de ekuéla; haya en lugar de haiga. Es una norma ideal, axiológica, que no tiene que ver con la norma objetiva, el uso real, de la que solo a veces se percatan los hablantes sobre todo cuando se ponen en contacto con hablantes de otra variedad regional o social del español. En alguna época, la norma ideal de la lengua rusa estaba representada por el ruso hablado por los actores del Teatro Mali de Moscú. En Cuba, nunca hemos tenido un tipo de referencia tan definida.

 

Todos hemos abrevado alguna vez en el Catauro de cubanismos, de Fernando Ortiz, y en el Diccionario provincial casi razonado de vozes y frases cubanas, de Esteban Pichardo. A este último te refieres como “ciencia y ficción”. ¿Por qué?

LRC: El diccionario de Esteban Pichardo tuvo cuatro ediciones (1836, 1849, 1862 y 1875). En ellas, como nunca antes, se describe nuestro léxico regional, algunos de nuestros rasgos fonéticos, el voseo en ciertas zonas, los diminutivos, la influencia franco-haitiana en el este del país y, además, para situar estos fenómenos, sugiere algunas zonas dialectales. A este estudio minucioso y serio es a lo que llamo “ciencia” cuando me refiero a la labor lingüística de este sabio cubano. En 1866, entre la tercera y cuarta edición de su diccionario, Pichardo publica en La Habana la novela El fatalista, en la que trata de reflejar “varias costumbres locales” y en la que se hacen patentes algunos de los usos que refleja en su diccionario. A esta incursión de nuestro investigador en la literatura es a lo que llamo “ficción”. En fin, con su “ciencia” y “ficción”, este hombre extraordinario nos ayudó a conocer como nadie la geolingüística cubana del siglo XIX.

 

Afirmas que la frecuentísima elisión de “s” en dialectos dominicanos y extremosurorientales cubanos es, posiblemente, una influencia francohaitiana. ¿Qué pruebas hay al respecto? ¿Existe alguna explicación lingüística semejante para el peculiar “habanero”, con su sustitución de la “r” por la “g”?

LRC: Para referirme a la influencia francohaitiana en el español de los dialectos dominicanos y extremosurorientales cubanos (zona IV: Guantánamo y Santiago de Cuba; zona V: Baracoa), me baso en el hecho que fueron estas zonas donde la presencia de haitianos y franceses provenientes de la cercana Haití se hizo patente a partir de los disturbios de 1791. De manera que, además de la general tendencia de los dialectos caribeños a perder las consonantes finales de sílaba, este proceso de mestizaje cultural y lingüístico aceleró una evolución del español costero o de las tierras llanas, sumamente desarrollado en el Caribe hispánico. Valgan de ejemplo las semejanzas entre escuela:[ekuéla], école; hospital: [opitál], hôpital; mismo: [mímo], meme.

En el caso de las asimilaciones en contacto regresivas (ACR) propias de las zonas dialectales occidentales cubanas, responden a la tendencia general del español al debilitamiento de las consonantes finales de sílaba; es decir, al establecimiento de sílabas del tipo CV (consonante + vocal) en detrimento del tipo CVC (consonante + vocal + consonante). Esta tendencia se vio reforzada sobre todo en el subperíodo de la africanización, cuando grupos que hablaban lenguas subsaharianas, donde el tipo de sílaba predominante es CV (consonante + vocal) vinieron a reforzar una tendencia propia de la lengua española. En el caso del español de las ACR (asimilaciones en contacto regresivas), típicas de La Habana y de gran parte de la región occidental no son ajenas al español de otros países caribeño, pero en el oeste de Cuba alcanzan una intensidad y amplitud sin paralelo: Alberto [abbédto], Jorge [jóje], barco [bágko].

 

En un chiste bastante conocido, el cura que tiene a Pepito como monaguillo se queja de que los cubanos siempre van muy rápido, que cuando él dice “Dios te salve, María”, ya Pepito está “entre todas las mujeres”. Y en el chiste, como en casi todos, hay una dosis de verdad. Y no me refiero a “las mujeres”. He notado en Perú, en México y en Centroamérica, no así en España, que los cubanos hablamos demasiado rápido para ser inteligibles a la primera, por lo que debemos repetir con frecuencia reduciendo las revoluciones. ¿Tiene ello alguna explicación lingüística? ¿Por qué no ocurre con los españoles?

LRC: En realidad, nunca he estudiado este tema. Sin embargo, en otros países existen los mismos tópicos, que no dudo tengan una base real. Por ejemplo, en España he escuchado que los andaluces hablan con una velocidad que los hace ininteligibles. Para otros, el habla chilena es la más rápida y difícil de comprender. En Perú dicen que las hablas más veloces están al norte, cerca de la frontera con Ecuador, y de modo particular en Lima. Me arriesgaría a asegurar que la ininteligibilidad a la que en muchas veces se refieren se debe no solo a la velocidad, sino también a otros factores coadyuvantes como la entonación, la pronunciación o el léxico.En el caso de Cuba, he notado que en ciertas regiones el tempo de habla es mucho más lento que en otras. Por ejemplo, te diría que el habla en la ciudad de Bayamo es mucho más lenta que la de Santiago de Cuba.

 

En el sur de Pinar del Río, entre los plantadores de tabaco, la mayoría de origen canario y que permanecieron durante siglos en un relativo aislamiento, he detectado una norma del español sustancialmente diferente a la de sus vecinos geográficos. Siempre pensé que se trataba de arcaísmos en desuso en otras geografías de la lengua. Muchos investigadores españoles subrayan también la pervivencia de arcaísmos en América de donde deducen el carácter arcaizante del español americano. Tú anotas, en cambio, que el 90 % del acervo lingüístico americano es común a todos los hablantes de la lengua, y que sus koineizaciones (del griego koiné: “lengua común” surgida por la coincidencia en un determinado territorio de diversas variedades regionales de una misma lengua, como sucedió en América cuando confluyeron allí diferentes dialectos hispánicos) sucesivas (y precursoras) han producido normas lingüísticas “mejor niveladas, más simplificados, con mayor vocación de cosmopolitismo. En resumen, dialectos mucho más modernos”. En suma, que el español moderno se perfila antes en América que en España.

LRC: El español de América se incorpora a la historia general de la lengua española en el período de transición entre el castellano medieval (siglos XIV y XV) y el español clásico (siglos XVI y XVII). Participa —como es de suponer por el constante flujo y reflujo de los españoles hacia tierras americanas— en los cambios fonológicos y morfosintácticos de esta última época, pero perviven en él formas desaparecidas en la Península, al menos en el uso estándar, lo cual ha conducido a la reiterada superficialidad de subrayar el carácter arcaizante del español americano, fundamentalmente de su léxico, sin percatarse de que es absurdo tal calificativo referido a palabras que tienen absoluta vigencia en el habla de alrededor de un 90% de los hispanohablantes: somos muchos más en América que en España. Asimismo, podríamos señalar, entre otros ejemplos, que si en muchos territorios americanos se conserva el pronombre vos, en España continúa vivo el pronombre vosotros, desaparecido de la norma hispanoamericana. Y, si aceptamos la idea de Ralph Penny de que la lengua española es una historia de continuas koineizaciones que comienza con las vicisitudes del primitivo dialecto castellano y llega hasta la lengua española actual, deberíamos admitir también que el español americano muestra dialectos resultantes de koineizaciones sucesivas, que es lo mismo que decir mejor nivelados, más simplificados, con mayor vocación de cosmopolitismo. En resumen, dialectos mucho más modernos.

 

Durante el último período del español en Cuba, “La homogeneización”, tuvo lugar una escolarización masiva pero, al mismo tiempo, la dejación de una “norma culta” de la lengua (en consonancia con la dejación de normas de educación y cortesía ciudadana tildadas de “burguesas”), la parcial disolución de las barreras entre clases y razas y un amplio éxodo interior, así como el parcial aislamiento de influencias externas. ¿Cómo ha incidido todo ello en la norma lingüística actual de los cubanos?

LRC: El español actual de Cuba sigue sufriendo un proceso de homogeneización tanto en el aspecto territorial como en social. En estos momentos, muchas hablas regionales, debido a las migraciones internas, confluyen en las grandes ciudades, especialmente en La Habana  —“¡Que La Habana no aguanta más!”, cantaban los Van Van—, de modo que hay un intercambio constante de usos siempre regidos por el habla habanera, dado el prestigio lingüístico que suelen emanar las capitales. La elevación del nivel de educación y el desprecio a las normas cultas, en un principio identificadas con las maneras burguesas, ha tenido consecuencias contradictorias. En el caso de la pronunciación, los rasgos del habla popular y vulgar se siguen trasvasando a la supuesta habla culta. No sucede así con el léxico, que por una parte se ha enriquecido en diversos campos, mientras que, por otro lado, se ha visto invadido de expresiones vulgares o marginales. En la gramática también ha habido una elevación de la corrección idiomática, sin perder los rasgos del español caribeño. Por ejemplo, en Cuba no es muy habitual escuchar “haiga”, “descriminación” o “íbanos”… tan comunes en otras hablas populares del ámbito hispanohablante. A la cerrazón inicial al mundo hispánico ha sucedido un contacto más directo con otros hispanohablantes —sobre todo españoles—, facilitado principalmente por el turismo. De este modo, en el área del turismo, identificable muchas veces con el mundo marginal, es posible escuchar expresiones como ¡Vale!,¿Tienes fuego?, follar. Por último, llama la atención en el habla semiformal o formal el uso de formas tomadas del lenguaje oficial de la prensa, de la televisión, de los actos oficiales, muletillas que afloran en el habla de los cubanos como una muestra de la influencia de un lenguaje oficialista, simplista y dogmático.

 

En 1992 llegué a Ciudad México procedente de La Habana y llamé por teléfono a un colega habanero. Del otro lado de la línea me contestó un mariachi. Era mi amigo. Esa noche, mientras comíamos juntos, empecé hablando con Jorge Negrete y, a los postres, ya su modo lingüístico era el de Ñico Saquito. He observado que en países con poca presencia de hispanohablantes los cubanos conservan incontaminada su norma lingüística original, que en Miami está transitada de spanglish; en Houston, de mexicanismos, y en España y algunos países latinoamericanos, de los usos locales. ¿Existe algún estudio sobre el “cubano” de la diáspora?

LRC: Por supuesto, que hay un proceso de acomodación siempre que una persona se expone a otra variedad de su lengua, principalmente cuando en esa comunidad se utiliza la variante de prestigio, modélica, de la lengua en cuestión. En primer lugar, adopta el léxico y luego, de acuerdo con cuestiones personales y sociales, puede acomodar su pronunciación y su gramática. A mí me resulta muy curioso que cuando los cubanos visitan España encuentran un acento completamente “español” en los cubanos radicados allí, mientras que los españoles los siguen identificando por su acento “cubano”.

Como tú señalas, cuando el inmigrante se siente arropado por una gran comunidad de su mismo origen, no solo mantiene con más fijeza sus hábitos lingüísticos, sino también sus memorias, sus tradiciones y su orgullo nacional.

Con relación a los trabajos sobre el español cubano de la diáspora, hay que destacar en primer lugar el estudio de Beatriz Valera, El español cubano-americano, una abarcadora introducción al español cubano de un sector de la diáspora, aparecido en 1992. Finalmente, resulta imprescindible nombrar el trabajo de Humberto López Morales (“’Latinos e hispanohablantes:Grados de dominio del español. Cubanos”) aparecido en Enciclopedia del español en los Estados Unidos, 2009, bajo su coordinación. Por cierto, este lingüista, Secretario General de Asociación de Academias de la Lengua Española, desarrolla planes sumamente serios y rigurosos para la enseñanza de la lengua española y la lingüística hispánica en una Cuba que todos esperamos democrática y abierta a la cultura contemporánea.

“Hablar en cubano”; en: Cubaencuentro, Madrid, 02/12/2011. http://www.cubaencuentro.com/entrevistas/articulos/hablar-en-cubano-271175





Acompañar y servir. No prevalecer. Entrevista a Roberto Veiga González, editor de Espacio Laical

22 11 2011

Roberto Veiga González (Matanzas, 1964), jurista de profesión, comenzó a colaborar en el proyecto de la revista Espacio Laical el 29 de junio de 2005, y el 21 de diciembre del mismo año se convirtió en su editor. Es profesor del Seminario San Carlos y San Ambrosio de La Habana. Dado que Espacio Laical está protagonizando buena parte del debate teórico que se está produciendo en la Isla en este momento de inflexión de su historia, y al renovado papel de la Iglesia Católica en ese debate, le hemos propuesto un cuestionario que toca varios temas clave para el destino de la nación.

Estimado Roberto, uno de los sucesos posiblemente más dañinos para la nación cubana fue la abolición de la diversidad en la prensa ocurrida a inicios de los 60. Ello suprimió un importante observatorio crítico del devenir insular que, a los efectos sociales, juega el mismo papel que las llamadas células avisadoras en el organismo. Salvo contadas excepciones en ciertos momentos del último medio siglo, la prensa oficial cubana se ha comportado como un buró de agitación y propaganda. En ese clima, todavía imperante, aparecen algunas revistas católicas como Palabra Nueva, Vitral y Vivarium, de mediados de los 90, y Espacio Laical (2005),  por citar algunas. Obviamente, ellas no existirían sin la feliz conjunción entre el interés y la profesionalidad de sus editores y el apoyo de la Iglesia Católica. ¿En qué medida ha sido un proyecto de sus editores que ha recibido el apoyo de la Iglesia, o una política de la Iglesia que ha convocado a los editores? ¿En qué medida esta nueva prensa y su implicación en los temas sociales ha sido aceptada por el gobierno y qué obstáculos ha tenido que sortear?

Roberto Veiga González (RVG): La diversidad de análisis, de criterios y de propuestas siempre enriquece la vida nacional, pues constituye una posibilidad para advertir las fallas que dañan el devenir social y encauzar nuevos rumbos que puedan conducir al país hacia una mayor prosperidad y un mayor equilibrio. Esto es posible, únicamente, cuando existe un potente y responsable entramado de entidades ciudadanas que constituyen la sociedad civil –sindicatos, y otras asociaciones de profesionales, de estudiantes, de campesinos, de vecinos, entre otras (siempre autónomas y democráticas)–, y la sociedad política ­–una pluralidad de partidos políticos, así como mecanismos para que los ciudadanos controlen el cumplimiento de la constitución, el desempeño del parlamento y la gestión del gobierno, entre otras maneras–. Y la prensa resulta un medio indispensable para socializar los análisis, los criterios y las propuestas, así como las gestiones de toda esa diversidad. En tal sentido, los medios de comunicación tienen que ser tan plurales como plural sea cada sociedad.

En Cuba no ha sido así en los últimos cincuenta años. Hemos vivido en un sistema socio-político que se fundamenta en la dirección de una “vanguardia”. Y esta, como un resultado de esa lógica, es quien asume el derecho único de pensar el país –aun cuando tolere otras opiniones y en algunos momentos haya efectuado ciertas consultas a la ciudadanía–.  Esta premisa de los ideólogos del socialismo de Estado –ya fracasado históricamente– ha empobrecido las potencialidades de nuestra sociedad y, por supuesto, el desempeño de la prensa. Si bien es cierto que, en determinados momentos, ha sido posible encontrar en alguna prensa escrita (Juventud Rebelde, por ejemplo) y en ciertos espacios de la radio –en muy escasas ocasiones a través de la televisión– algunas expresiones autónomas del sentir de los ciudadanos. También se hace necesario destacar el surgimiento, en la década de los 90, de publicaciones importantes que disfrutan de una juiciosa autonomía en relación con los preceptos ideológicos imperantes, como son las revistas Temas, La Gaceta de Cuba y Criterios. Y, más recientemente, la llegada de Internet, el correo electrónico y la memoria flash han contribuido –enormemente, aunque sólo en un sector de la población– a ampliar y a democratizar el acceso a la información y el espacio de debate.

En medio de esa realidad, y de manera muy especial en el brevemente esbozado contexto de los años 90 y de los 2000, han ido surgiendo y consolidándose las publicaciones de la Iglesia Católica.  Con ello, la Iglesia pretende poseer sus propios medios para desarrollar la misión evangelizadora, en la cual se integran todos los temas: espirituales, culturales, familiares, sociales, económicos y hasta políticos, pues todos los ámbitos de la vida son constitutivos de la naturaleza humana y comprometen la realización de cada persona –criatura de Dios, por quien debe velar la institución religiosa.

Por lo general, las publicaciones –entre las cuales se encuentran las que mencionas– no surgieron por una disposición que emanara solamente de una iniciativa estratégica de la correspondiente jerarquía eclesiástica (el Arzobispo de La Habana en los casos de Palabra Nueva, Vivarium y Espacio Laical, y el Obispo de Pinar del Río en el caso de Vitral). Más bien, los pastores convocaron a la búsqueda de nuevos medios para la acción de la Iglesia en la sociedad cubana y fueron apoyando los proyectos que lograron surgir, allí donde germinaron ciertas condiciones que lo favorecían.

Esta nueva prensa, en sus inicios, fue vista como un peligro, pues para algunos podía constituir una competencia desestabilizadora. Así pensaron muchísimas de las autoridades, y algunos que no poseían cargos políticos, estatales o gubernativos, sino ciudadanos medios –llamados revolucionarios– que concebían el devenir social desde una ortodoxia estalinista muy poco abierta a lo diverso. Esto, como es obvio, ha provocado inconvenientes, entre los cuales se encuentran: la suspicacia y el disgusto ante diferentes opiniones aparecidas en estos medios y la amonestación a algunos colaboradores por los criterios vertidos, así como la advertencia a intelectuales que se desempeñan en instituciones oficiales para que no escriban en nuestros medios. Sin embargo, esta realidad ha ido cambiando gracias a la apertura por parte de muchos y a la labor transparente y constructiva –nada desestabilizadora– que ha marcado el desempeño de la generalidad de estas publicaciones.

 

Hoy, Espacio Laical es un referente imprescindible para comprender la sociedad cubana y su devenir, los conflictos más candentes y los debates que prefiguran el destino de la nación. Observo una paulatina transición, desde sus comienzos hasta hoy, en el énfasis: desde los temas inherentes a la comunidad católica cubana, hacia los temas que atañen a toda la nación y su destino. Al mismo tiempo, es evidente, desde el diseño hasta los contenidos, así como el nivel de los colaboradores, una acentuada profesionalización. ¿Qué factores humanos y materiales han propiciado ese cambio? ¿Cómo ha repercutido todo ello en el alcance de la publicación, su distribución en la Isla, la ganancia de nuevos lectores, no obligatoriamente dentro de la comunidad católica, y las relaciones con el Estado?

RVG: Los católicos debemos servir al prójimo y nuestro prójimo más cercano es el cubano que sufre y que para conseguir sus anhelos necesita sanarse y reconciliarse consigo mismo y con el otro. En tal sentido, la revista debe ofrecer a Jesucristo, para que todo aquel que alcance a tener fe pueda renovarse humanamente. Por ello estamos obligados a dedicar un bloque de la publicación a temas espirituales, teológicos y filosóficos-religiosos. Sin embargo, no hemos conseguido articular debidamente este espacio; lo cual constituye un reto.

Por otro lado, nos percatamos muy pronto de que también debíamos trabajar en otra dimensión de la reconciliación. Para hacerlo consensuamos promover el encuentro, el diálogo y el consenso entre cubanos. En este ámbito, con la ayuda de Dios –pues muchísimas circunstancias parecían hacer imposible dicho propósito–, hemos tenido más suerte. La revista se propuso ser un espacio para la comunión entre los más diversos criterios que laten en la nación cubana, siempre que se formulen con fundamentos y por medio de un lenguaje de diálogo, capaz de tender puentes y no construir trincheras de combate. Esto ha sido muy bien acogido por el público, pues los cubanos demandan –con urgencia y ansiedad– mucha serenidad para tratar los asuntos del país y espacios para expresar, o ver reflejadas, sus preocupaciones y expectativas. Por esta misma razón ha ido aumentando la cantidad de nacionales –residentes en la Isla y en la diáspora, con diversos credos ideológicos, políticos, filosóficos y religiosos– que ofrecen su contribución, con el deseo de brindar un pequeño aporte al bien de Cuba, de cada cubano. Esta identificación de la revista con la suerte de las más plurales preocupaciones y expectativas que agobian a nuestros compatriotas ha intensificado la relación de la publicación y de la Iglesia –institución a la cual pertenece– con la nación cubana.

En cuanto a mi valoración acerca de la relación de la revista con el Estado, todo depende de qué entendemos por Estado. Si lo reducimos a las autoridades y funcionarios que rigen el país, entonces debo decir que pueden admitirse distintas interpretaciones. Algunos han expresado que no les gusta la publicación y hasta han hecho algún esfuerzo por entorpecerla, pero otros –que constituyen un sector significativo– la siguen y la valoran. Esto ya es un paso positivo en la relación del Estado con la revista y con la Iglesia, pero sobre todo con los criterios que se expresan en la misma.

Has mencionado que el compromiso de la revista “desde la Iglesia y como Iglesia” es con el “bienestar de Cuba” y tu rechazo a que ella “se convierta en la plataforma de una única visión de la cosas, aunque esta emane del Evangelio y, por ende, la abrimos a la exposición de los criterios más disímiles, siempre que estos sean lógicos y profundos y se expresen a través de metodologías que no contradigan los valores de la fe cristiana”. En una sociedad transitada por medio siglo de laicismo, abolición de la enseñanza católica y ateísmo programático, y donde las posiciones mayoritarias de la sociedad en temas como el matrimonio (incluso el matrimonio gay), el aborto, la sexualidad y la educación distan mucho de la doctrina oficial de la iglesia, ¿se plantea Espacio Laical el debate abierto de estos temas ofreciendo espacio a criterios antagónicos, a pesar de que la revista se haga “desde la Iglesia y como Iglesia”?

RVG: Para la Iglesia, una de las maneras de realizar su catolicidad (aspiración de universalidad) es ofreciendo espacios con el propósito de que todos puedan expresarse, siempre que la intención sea procurar el bien por medio del bien. Pero, además, esto le exige asumir lo positivo de todo el abanico de criterios y deseos de la sociedad, perfilarlo desde fundamentos evangélicos y promoverlo. En tal sentido, la Iglesia debe sentirse obligada a dialogar con todas las opiniones de este mundo y tratar de alimentarse de las mismas –cuando esto sea posible y en la medida pertinente–. Nuestra revista es un instrumento de la Iglesia que, en alguna medida, la ayuda a realizar ese servicio.

Sin embargo, dada las urgencias de nuestra realidad, así como las inquietudes y angustias de los pensadores relacionados con nuestra publicación, se ha postergado el debate en relación con los temas que mencionas, por ejemplo: aborto, sexualidad y matrimonio. No obstante, opino que –llegado el momento– el Consejo Editorial aceptará concederle el espacio necesario al intercambio de ideas sobre estas materias. ¿Por qué no? Compartir los argumentos, siempre que se haga con profundidad y respeto, contribuye a la comprensión y al acercamiento entre las personas con opiniones diferentes, y esto es parte de la misión de la Iglesia.

 

La publicación ha insistido en que el estado actual y el futuro de la nación exige hermanar a sus miembros, rearticular consensos y fraguar un nuevo pacto social en esa Casa Cuba que reúna y acepte la diferencia alrededor de un proyecto común, “intentar promover toda la diversidad de la nación” y “procurar una relación fraterna entre toda esa pluralidad; pues solo así se contribuye verdaderamente a la unidad en la diversidad”. Has hablado de “un espíritu de diálogo, no de deslegitimación ni de confrontación”. Y creo que no de otro modo alcanzará el país una reformulación de su destino donde quepan todos. ¿Crees que ello sea posible en la circunstancia actual o que existan indicios que permitan avizorarlo en un futuro próximo? El Partido Comunista, en su Proyecto Documento Base de la Primera Conferencia Nacional del PCC, insiste en equiparar Patria, Revolución y Socialismo, un monopolio de la imagen de nación que no deja demasiado margen a esa diversidad respetuosa e incluyente.

RVG: Estoy convencido de que el equilibrio y el progreso de la nación dependen de la capacidad que tengamos para encontrarnos, para dialogar, para llegar a consensos, para cincelar una sociedad renovada. Y esto es posible si quienes poseemos esta convicción –desde todo el espectro político e ideológico de la nación–, trabajamos arduamente por lograrlo. Sin embargo, en algunos momentos tengo mis dudas acerca de que –aunque sea posible– resulte verdaderamente probable. Posible y probable no son términos idénticos.

Si analizamos las circunstancias actuales que prefiguran el acontecer nacional podemos advertir fuertes –fortísimos–  elementos que entorpecen la promoción de un camino de encuentro, de diálogo y de refundación. En las estructuras partidistas, estatales y gubernamentales abundan los dirigentes y funcionarios atrincherados en viejos esquemas políticos que tienden a la exclusión y al inmovilismo. No obstante, también debo resaltar que existen otros con una sólida capacidad política y con una suficiente claridad acerca de los cambios que necesita el país, aunque a veces sea difícil distinguirlos públicamente.

Por otro lado, quienes hasta ahora poseen los controles políticos de nuestra emigración rechazan de manera visceral la posibilidad de dialogar con los afines a la Revolución y se sulfuran ante la posibilidad de que se produzca en Cuba una reforma, en la que participen activamente las actuales autoridades, encaminada a lograr mayores cuotas de libertad y de justicia, así como un mayor bienestar espiritual y material. Sin embargo, también debo destacar que en nuestra emigración han ido destacándose nuevas personalidades y entidades que constituyen un signo de esperanza.

Otro sector a mencionar es la disidencia. Un segmento significativo de esta tampoco contribuye a un auténtico clima de diálogo, aunque muchas veces en su discurso se aboga por el mismo, porque el fundamento de sus propuestas y el espíritu de su quehacer político están marcados por la metodología de la confrontación y del aniquilamiento del otro. Este sector no tiene poder y posee mucha menos influencia que los dos anteriormente indicados. Sin embargo, algunas instituciones extranjeras y medios de comunicación, también foráneos, le conceden determinada relevancia y consiguen cierto influjo del mismo en sectores de la opinión pública internacional y en posiciones políticas de determinados gobiernos.

Es posible percibir que varios sectores hasta ahora muy bien instalados políticamente no favorecen –en la medida que reclaman nuestras urgencias– la constitución de un sendero de encuentro, de diálogo, de consenso, de refundación. A veces pienso, y hasta me convenzo, que el presidente Raúl Castro tiene conciencia de cuán vulnerable hace esto a la nación y que tiene previsto crear condiciones para revertir –en alguna medida– este peligro. Ciertamente, tal vez piense hacerlo de una manera diferente a la que podamos preferir unos y otros, pero –de todos modos– podría ser beneficioso para el país y colocarlo en un peldaño superior que le facilite una redefinición sistemática y un ascenso continuo. Sin embargo, en ocasiones me sorprendo –muy preocupado– creyendo descubrir que no puede hacerlo, que no podrá lograrlo. Esto sería fatal, por eso se hace imprescindible ayudar a que el proceso sea probable.

En estos momentos, está circulando el Proyecto Documento Base de la Primera Conferencia Nacional del PCC. Lamentablemente, parece que no satisface las expectativas de la inmensa mayoría. El documento propone cambios interesantes, como los relacionados con el papel de los medios de comunicación, pero faltan muchísimos otros cambios que deberían debatirte en ese evento, y continúa colocando al PCC dentro de una concepción dogmática y de poder que lo  aleja de una verdadera función política.

No es posible reconocer que existe un distanciamiento entre las ideas del PCC y del pueblo, en especial de los jóvenes, y asegurar que esto es debido a que no han funcionado los mecanismos para el trabajo ideológico. Si fuera así, tan simple, la cuestión sería resolver la manera de que todos comprendan y asuman los criterios de quienes dirigen el Partido. Pero la cuestión es mucho más compleja. Nuestra sociedad es muy, pero muy plural, y no habrá solución si todos no procuramos entender a cada uno de nosotros. En tal sentido, más bien sería el Partido quien debe tratar de comprender los criterios de toda la diversidad nacional y establecer un diálogo con ella.

Se hace obligatorio redefinir el lugar de la ideología y la manera de emplearla. Por supuesto que siempre habrá ideología en el desempeño social de todo país. Incluso sería conveniente que en cada sociedad convivan y se proyecten varias ideologías desde una dinámica de enriquecimiento mutuo. Esto podría ser muy beneficioso. Sin embargo, un trabajo político-ideológico entendido como un universo de mensajes continuos e intensos que pretenden mostrar un conjunto de conceptos, valores y principios, así como hechos históricos que parecen confirmar la realización de los mismos, con el propósito de brindar herramientas para que los ciudadanos resistan una crisis ya larga, que puede parecer interminable, en la que se les consumen sus vidas, suele resultar un quehacer casi estéril y hasta producir hastío. Lo que debe proyectarse de manera continua e intensa es un entramado de gestiones, tan diversas y universales como sea posible, encaminadas a presentar propuestas, a dialogarlas y a lograr consensos acerca de cómo conseguir el mayor bienestar posible para nuestro presente y para nuestro futuro. En fin, hacer política en la sociedad y con toda la sociedad.

Por otro lado, el documento plantea que deben separarse las funciones partidistas de aquellas otras gubernativas y empresariales. Sin embargo, se aferra a orientar que el Partido puede reunir a las administraciones y a todos los factores (como le llaman) para que les rindan cuentas. Igualmente, y para confirmar la contradicción, propone que los dirigentes del Partido roten por cargos de dirección en el Estado y en el gobierno. No estoy en contra de que militantes y dirigentes del Partido ocupen cargos de dirección en el Estado, en el gobierno y en el empresariado; pero desearía que lo hagan porque hayan resultado ser los mejores para hacerlo y como producto de mecanismos democráticos, y no porque sean militantes del Partido y como resultado de una planeación en la dirección del mismo.

Asimismo, el documento plantea que se pueden disfrutar de todos los derechos y hasta ocupar cargos públicos, etcétera, sin discriminación racial, de género, de creencias religiosas y de orientación sexual. Esto constituye el resultado de un proceso positivo que se viene gestando desde hace años y tal vez ahora llegue a un momento importante de consolidación.  No obstante, el documento no precisa si podrá participar toda la pluralidad de criterios socio-políticos que existe en cada uno de estos segmentos de la sociedad. Esto último resulta muy importante en materia de igualdad y participación ciudadana. Lamentablemente, todo el proceso de reformas está marcado y dañado por cuestiones de esta índole. Se suelen anunciar las transformaciones desde una presunta voluntad de apertura amplia y profunda y por ende efectiva, pero después –cuando se elaboran las medidas y se comienzan a implementar– resulta limitada y quebrantada dicha voluntad. Esto puede tener una explicación. Sin embargo, el país no puede esperar mucho más sin correr un alto riesgo. Se hace imprescindible asumir una robusta dosis de apertura y claridad, integralidad y celeridad.

Muchas más pueden ser las críticas a dicho documento, pero continuar desbordaría la intención de una entrevista. Realmente, desearía un Estado no confesional; sin embargo, por ahora no hubiera pretendido que se renunciara a mantener los imaginarios de Revolución y de socialismo, pero sí que los reinterpretaran –sin que ello implicase una claudicación para nadie–, de manera que hicieran al Partido más político y más democrático, y al Estado más inclusivo y más republicano.

La Iglesia Católica como institución ha jugado en Cuba diferentes papeles a lo largo de su larga historia. No hubo en las colonias inglesas o francesas una denuncia de la masacre de los nativos equivalente a la de Las Casas. Connivente con la esclavitud y con la colonia frente al movimiento independentista, a pesar de algunas figuras de alto relieve que apoyaron la causa cubana. Alineada con los estamentos del poder durante la república. Sometida más tarde por el Estado y el gobierno revolucionarios, ha devenido recientemente una interlocutora necesaria para las liberaciones de disidentes, por ejemplo, hecho interpretado por algunos como un saludable ejercicio de mediación y por otros como una claudicación. Más allá de las distancias, los cubanos estamos condenados a entendernos si queremos sobrevivir como nación. ¿En qué medida percibe el pueblo de Cuba a la Iglesia como un factor importante de ese diálogo y de esa conciliación, y en qué medida desconfía de que su intervención esté condicionada por sus propios fines como institución y no por los intereses de la mayoría de los cubanos, creyentes o no creyentes?

RVG: Tiene usted cierta razón en esas aseveraciones que ha hecho acerca de la Iglesia en la historia de Cuba. No obstante, la realidad posee muchos matices y, por tanto, no pueden hacerse afirmaciones tan categóricas, ni en contra ni a favor. Resulta imposible hacer ahora un recuento histórico capaz de ofrecer una visión de la Iglesia más positiva que la presentada en la introducción de su pregunta. Sin embargo, daré algunas breves pinceladas que permitan demostrar que es posible.

Es cierto que la Iglesia no estuvo, en bloque –como yo hubiera preferido hoy–, en contra de la esclavitud. Pero, como usted afirma, hubo figuras de la Iglesia que abogaron en contra de la misma, y en Cuba la Iglesia hizo un esfuerzo tremendo por lograr un trato más humano para los esclavos. Hasta tal punto fue la presión que intentó hacer la institución en este sentido, que los hacendados comenzaron a traer de España los capellanes para sus haciendas, con el propósito de que no fueran sacerdotes obligados a obedecer los requerimientos de la Iglesia en la Isla en materia de atención a la esclavitud.

En cuanto a la connivencia con España en contra de la independencia, debo recordar que para lograrlo hubo que desarrollar una política de descubanización del clero. La Iglesia había asumido una labor fundadora de la nación, promoviendo la cubanidad, así como los fundamentos de las diferentes formas políticas que pretendían realizar la misma: el reformismo, el autonomismo y el independentismo. Todas las posiciones políticas, siempre que pretendieran fundar lo cubano, fueron acogidas y alimentadas por la Iglesia. Ahí está el ejemplo de la faena desarrollada por el Colegio-Seminario de San Carlos y San Ambrosio de La Habana. Esta labor fue tan importante que no pudieron dejar de beber de sus fundamentos libertarios casi ninguno de los patricios que hicieron posible la nación y la independencia, por lejanos que estuvieran de la fe católica.

En este sentido, también existen muchos argumentos que pudieran matizar sus afirmaciones acerca de una Iglesia alineada únicamente con los estamentos del poder durante la república, y sometida más tarde por el Estado y el gobierno revolucionarios. La Iglesia jamás fue sometida durante la etapa revolucionaria. Ella –como consecuencia de una lucha entre la institución eclesiástica y la Revolución, conflicto en el cual tuvieron responsabilidad ambas partes– fue estigmatizada, agredida y acorralada, pero esto no conllevó que fuera dominada. La Iglesia no se dejó dominar y asumió el confinamiento con mucha entereza y dignidad, lo cual hizo posible que resistiera, creciera, se consolidara, ganara en influjo social y consiguiera legitimarse como un actor nacional responsable. Para conocer la Iglesia de estos tiempos se hace imprescindible estudiar el Encuentro Nacional Eclesial Cubano realizado en 1986, que fue el resultado de 10 años de diálogo entre todos los miembros de la Iglesia en Cuba, donde la misma decidió ser muy, pero muy evangélica y muy, pero muy cubana, abierta a todos y dispuesta a acompañar a cada cubano, fuera quien fuera. Invito a estudiar el documento final de este proceso.

El actual papel de la Iglesia como posible interlocutora no es un rol sacado de abajo de la manga, sino el resultado de una historia que, tal vez, algunos no conozcan bien (o no quieren conocer). La historia de la Iglesia en Cuba, y en especial durante este último medio siglo, ha hecho posible que la inmensa mayoría del pueblo la perciba como un factor importante de diálogo y de conciliación. Claro, existen algunos que dudan de sus intenciones –dudar es un derecho–. Sin embargo, debo precisar que muchos de esos prejuicios acerca del actual desempeño de la Iglesia tienen origen en la campaña de un sector que no le perdona a la institución procurar un arreglo entre todos los cubanos, donde nadie resulte perdedor, y se logre un cambio ordenado del modelo socio-político-económico que responda realmente a los deseos de la nación, del cubano medio, del cubano pobre. Ese otro sector lleva años añorando la confrontación, el aniquilamiento del otro y el caos como medios para erigirse luego en “únicos salvadores” del país. Por eso consideran la labor de la Iglesia como una claudicación motivada por intereses mezquinos y oportunismos de todo tipo. Pero esto no debe preocuparnos; ya Martí nos advirtió que es sólo el amor quien ve, que quienes aman, edifican, y quienes odian, destruyen.

Una de las grandes virtudes de Espacio Laical es no recluirse en “un pensamiento netamente católico o que emane del catolicismo” (te cito), sino el haber conseguido un espacio plural de debate que ha tocado muchos de los temas cruciales que inquietan (y angustian) a los cubanos. ¿Es posible mantener esa línea editorial y conservar ciertos equilibrios sin levantar los obstáculos que terminaron con una revista como Vitral?

RVG: Dos escenarios pudieran hacer fracasar el proyecto de Espacio Laical, antes de tiempo, antes de que cumpla su cometido. El primero, si los sectores intransigentes logran detener y revertir el proceso de reformas que, aunque lento y poco claro, se va realizando sin dar pasos atrás, y entre sus propósitos esté interrumpir todo empeño de participación real y de diálogo serio. El segundo, si el proceso de reformas continúa, pero con mucha lentitud, escasísima claridad, poca audacia para desatar los debates y limitada capacidad de escucha de la opinión ciudadana; porque ello podría generar una falta de confianza y una apatía que genere poca disposición para hacer públicas las opiniones y participar en la construcción de una Cuba mejor. Estos escenarios son posibles. Sin embargo, nosotros rezamos para que no ocurran y cada día sean más las posibilidades de expresar los criterios, dialogar y alcanzar consensos, a través de todo un universo de medios, entre los cuales se encuentre nuestra revista. De esta manera, como es lógico, también un día la publicación llegará a su fin, pero no de forma traumática.

Se ha hablado de que en ocasiones Espacio Laical y otras revistas católicas presentan una “realidad virtual”, un diálogo que es, de momento, incipiente. Yo, en cambio, soy de los que considera que ya hay que trabajar para el mañana, prefigurar el diálogo y el entendimiento entre todos los cubanos. A ello has respondido que “sería injusto no reconocer cuánto se ha avanzado en los últimos años”. ¿Puedes enumerar esos avances?

RVG: La cuestión nacional se ha convertido en tema central de muchísimos diálogos entre vecinos, compañeros de trabajo y de estudio, amigos y familiares. Dichos coloquios, a veces, sobrepasan la mera conversación y se convierten en foros de debate que van creando una opinión socializada. Estas charlas han demostrado que los cubanos pueden encontrarse e incluso ponerse de acuerdo, a pesar de las diferencias de criterios. Estos intercambios tienen hoy un espacio que los privilegia: el e-mail y, en muchos casos, han conseguido determinada institucionalización, como es el ejemplo de esta misma publicación, Cubaencuentro.

En la sociedad civil de la Isla existen muchos espacios de diálogo institucionalizados. Mencionaré algunos de los más destacados en La Habana: las revistas La Gaceta de Cuba y Temas, así como el espacio de debate de esta última conocido como Último Jueves; y los proyectos La Cofradía de la Negritud, con su boletín; el ciclo de talleres “Pensar la Revolución”, en el Centro Cultural Juan Marinello, donde participó una vigorosa juventud de izquierda; la Cátedra Haydée Santamaría; el proyecto El guardabosques, con su boletín; la Red Protagónica Observatorio Critico, con su compendio de noticias y análisis; Estado de Sats; así como diversos espacios promovidos por la UNEAC, y numerosísimas tertulias y reuniones de personas afines.

En la Iglesia Católica, por sólo mencionar algunos espacios de diálogo institucionalizados en la Arquidiócesis de La Habana, tenemos El Aula Fray Bartolomé de Las Casas (de los padres dominicos); el Centro Cultural Padre Félix Varela; el Centro Fe y Cultura (de los padres jesuitas); la Cátedra Razón y Fe; SIGNIS-Cuba; el Centro de Bioética Juan Pablo II; el Centro de Estudios Arquidiocesano, y las revistas ECOS, Vivarium, Spes Habana, Amor y Vida, Bioética, Palabra Nueva y Espacio Laical.

Las iglesias evangélicas también poseen espacios de este tipo. Citaré a dos de los más importantes: el Centro de Reflexión y Diálogo de Cárdenas, con su publicación, y el Centro Memorial Martin Luther King, con su revista Caminos.

Es cierto que todo esto no es suficiente, pero sería irresponsable e irrespetuoso asegurar que en Cuba no hay diálogo acerca de los problemas nacionales. No obstante, reitero, no es suficiente. Hace falta que surjan muchos más espacios de diálogo, incluso de naturaleza distinta a los mencionados. Igualmente se hace necesario abrir el gran espacio público nacional para que todos estos pequeños espacios públicos de debate puedan presentarse ante el pueblo e interactuar con el mismo, con el propósito de socializar los más diversos criterios y procurar la posible comunión entre los mismos –única manera de cincelar continuamente nuestro pacto social y hacer transitar a la nación por senderos de armonía y progreso.

La historia de Cuba está plagada de imposiciones y del diálogo de las pistolas, aunque hay excepciones memorables, como la que fraguó la Constitución de 1940. Has afirmado que percibir el proyecto que defienden la Iglesia y Espacio Laical como un proyecto que piensa ser la única salvación, sería un error”. Es reconfortante esa aceptación preliminar de que el destino de Cuba pasa por muchas formulaciones posibles (y seguramente reconciliables). ¿Aceptaría la Iglesia la emergencia de un Estado laico, aconfesional, al estilo de muchos estados europeos, y donde la fe abandonara lo institucional y se circunscribiera a la esfera íntima?

RVG: La Iglesia, por supuesto, prefiere que el Estado sea laico. De esta manera no existiría ninguna religión o ideología oficial ni privilegiada, en un contexto donde se promuevan por igual todas las religiones e ideologías –aunque desde una igualdad proporcional y no numérica, pues esta última siempre es injusta–. La Iglesia desea que esté garantizada, por un lado, la libertad de las conciencias y, por otro lado, la posibilidad de socializar todo lo que emane de esa libertad de conciencia, o sea, la expresión de todo el pensamiento, así como la manera de procurar proyectarlo en la realidad. En tal sentido, la Iglesia apuesta por la no confesionalidad del Estado, pero rechaza que la fe, un atributo de la conciencia humana, sea confinada a la esfera Íntima. Esto no sería consecuente con un modelo de sociedad que proclama y defiende la libertad de conciencia, la libertad para expresar las opiniones, así como la libertad para participar en la construcción del país. Exigir que la fe religiosa y que los criterios humanos que se fundamentan en esa fe sean circunscritos a la esfera íntima sería una discriminación.

Desear que la fe pueda tener una expresión pública y desarrollarse por medio de lo institucional no quiere decir que la Iglesia desee un poder para imponerse sobre el resto de la sociedad. La Iglesia debe poder expresar públicamente sus opiniones sobre todos los temas, así como enseñar –a quienes lo deseen– su doctrina y educar desde fundamentos cristianos, aunque siempre –como es lógico– sin contar con mecanismos coactivos que obliguen a quienes no lo prefieran a asumir sus criterios. De esta manera, los razonamientos de la Iglesia participarían en la conformación de lo social únicamente en la medida en que sean asumidos libremente por los ciudadanos y estos, en el ejercicio de su cuota de soberanía, participen en el diseño del Estado, de la cultura, de la economía, del derecho, etcétera.

Debo aclarar que los cristianos –y de manera muy particular los que participamos en el proyecto de Espacio Laical– tampoco deseamos conseguir, a toda costa, la hegemonía social del cristianismo. Sólo nos interesa ofrecer nuestras convicciones y nuestros criterios para que sean valorados y aceptados sólo cuando la mayoría de la sociedad considere que representarían un bien para todos. No deseamos prevalecer, sino acompañar y servir.

Soy de la opinión (no apoyada en estadística alguna) de que la religiosidad de los cubanos es, en su mayoría, meramente circunstancial, e incluso instrumental: el pacto con la divinidad a cambio de una dádiva, creer en Santa Bárbara cuando truena. Con la revolución, el catolicismo como una práctica habitual de la mayoría de los cubanos –fe sincera, contrato social o liturgia exenta de contenido— dio paso a un ateísmo por decreto. Desde los 90, en cambio, al caducar la fe en el futuro, las iglesias se han llenado por quienes buscan una fe sustitutoria, e incluso por quienes buscan un paliativo a sus necesidades más imperiosas. La sociedad abierta y plural a la que aspiramos, donde cada hombre pueda realizar sin cortapisas su destino en la medida de sus sabidurías y posibilidades, y sin el contrapeso de la tradición, ¿no propiciaría una sociedad más ensimismada en el éxito que en la espiritualidad, y vaciaría las iglesias a la misma velocidad que se han llenado?

RVG: Es posible que podamos llegar a presenciar el escenario esbozado por usted, sobre todo si tenemos en cuenta lo elemental de la religiosidad de muchísimos cubanos y el afán de éxito, a toda costa, que está reprimido y atormenta a muchos. No obstante, muy bien los cubanos pudieran desear el éxito y ocuparse también de acrecentar la espiritualidad. Ambos aspectos pueden ser complementarios y enriquecerse mutuamente, haciendo a la persona cada vez más humana. De hecho, en encuestas realizadas por la Iglesia Católica hemos comprobado que la espiritualidad es una de las demandas más importantes de muchos cubanos. Y esto es importante, sobre todo si tenemos en cuenta las circunstancias desde las cuales hemos de partir para construir el presente y el futuro.

El pueblo cubano es maravilloso, pero carece de una economía capaz de permitirle el bienestar, es pobre, posee escasa formación cívica, se ha fragmentado, y no cuenta con los suficientes elementos y espacios para participar en el diseño social. Y, según la apreciación de muchos, con el agravante de que estaremos sometidos cada vez más a una tecnocracia que va acumulando poder y se está convirtiendo en una clase en si y para si que, llegado el momento, podría pactar con lo peor del planeta, incluso con mafias que operan por el mundo, algunas en países muy cercanos a Cuba. Esto podría hacer de nuestra Isla un lugar donde se desate, con vigor, la impiedad. Para afrontar esto será necesario que la ciudadanía, o una buena parte de ella, estén preparada política, intelectual y espiritualmente.

Para conseguir esto último tendrán que trabajar muchos las iglesias. Y para hacerlo, será imprescindible que venzan dos grandes retos. El primero, se hace necesario que puedan comprender muy bien la complejidad –presente y futura– de la sociedad cubana, así como encontrar la manera de dialogar con la misma y ofrecerle oportunidades fascinantes para que crezcan en el espíritu. El segundo, dado que nuestro pueblo necesita de mucha espiritualidad, de una intensa mística de la libertad y de la fraternidad, sería imprescindible que las iglesias cincelen y articulen –con mucho compromiso– la espiritualidad que emana de su fe, pues para ofrecer mucho hay que poseer mucho.

“Acompañar y servir. No prevalecer”; en: Cubaencuentro, Madrid, 22/11/2011. http://www.cubaencuentro.com/entrevistas/articulos/acompanar-y-servir-no-prevalecer-270805





Precaverse del olvido

14 11 2011

Entrevistamos a Alexis Romay, master por la City University of New York, autor de la novela Salidas de emergencia y del poemario Los culpables, y presidente de la mesa de Archivo Cuba, cuyo proyecto Verdad y Memoria “documenta las muertes y desapariciones provocadas por la revolución cubana y estudia temas de transición relativos a memoria, verdad y justicia”. El sitio web añade que “se busca propiciar que los cubanos logren sus plenos derechos, fomentar una cultura de respecto a la vida y honrar la memoria de los que han pagado con sus vidas”.

 

¿Cómo surge Archivo Cuba y su proyecto Verdad y Memoria y cómo tú te vinculas al mismo?

Alexis Romay (AR): El Archivo Cuba es un proyecto del Free Society Project, una organización sin ánimo de lucro radicada en Washington, D.C., con su oficina principal en Nueva Jersey. Fue fundada en el 2001 por el difunto Armando Lago junto con María Werlau con el fin de promover los derechos humanos mediante investigaciones y publicaciones. Su objetivo central era utilizar la información que compilaba el doctor Lago para una investigación más profunda sobre cada víctima y con el fin de promover la diseminación de la información a nivel mundial y de manera interactiva. El Dr. Lago había comenzado esta investigación con la idea de publicar un libro sobre el costo en vidas de la revolución, buscando salvarlas de esa segunda muerte que es el olvido.

El proyecto de Verdad y Memoria documenta el costo en vidas humanas durante dos dictaduras consecutivas y registra casos de muerte y desaparición por motivos políticos o ideológicos desde el golpe de estado de Fulgencio Batista —el 10 de marzo de 1952— hasta las víctimas de Fidel (y ahora Raúl) Castro, dinastía que, como Batista, tomó el poder por las armas.

Mi vínculo con esta organización cumple ocho años. Conocí a María Werlau poco después de la tristemente célebre Primavera Negra de 2003, en un salón de conferencias de la universidad de Rutgers, en Newark (Nueva Jersey). Habíamos asistido a una presentación de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC), que andaba de gira por Estados Unidos, vendiendo el paradigma revolucionario en el mundo académico, que lo compra y lo paga bien. Al concluir la presentación de las federadas, hicimos algunas preguntas desde el público. Recuerdo que la mía indagaba por la suerte de Marta Beatriz Roque Cabello, quien por aquellos días malvivía en las mazmorras del régimen por el delito de pensar por cuenta propia. Me interesaba saber si el destino de esa mujer de carne y hueso le concernía a la FMC; si la organización representaba también a una opositora. La respuesta fue evasiva: no sabían de qué estaba hablando (aunque por aquel entonces la televisión cubana, controlada por el régimen, había demonizado una y otra vez a Roque Cabello, una de las figuras más visibles de la oposición).

Ahí me quitaron la palabra. Pero la tomó María Werlau, quien dijo representar al Archivo Cuba y preguntó por las mujeres a quienes el régimen castrista les había quitado la vida, judicial o extrajudicialmente. La respuesta oficial fue otra sarta de tonterías, pero yo me quedé con el aplomo, la elocuencia  y la serenidad de aquella mujer que no perdió los estribos allí donde tantos cubanos dignos habrían replicado con insultos y consignas. María tenía la verdad en la mano y no necesitaba gritar para sacarla a la luz. Al final de la conferencia me acerqué a ella. Los dos nos dimos las gracias por nuestras respectivas intervenciones, y acto seguido le pedí que me contara del Archivo Cuba.

A partir del día siguiente empecé a donar horas y horas voluntarias a Archivo Cuba. Mi labor comenzó en el plano editorial: traducía y corregía comunicados y partes de prensa y corregía entradas en la voluminosa base de datos o en la página web. Durante ese periodo inicial tuve la oportunidad de familiarizarme con muchos casos de víctimas del castrismo y empecé a ponerles rostro a esas estadísticas espeluznantes. Fue un proceso bastante doloroso. No es lo mismo hablar de muertos en abstracto que leer casos y casos de gente con nombre, apellidos, familia, planes de vida… Casi tres años después, María —a quien tengo el privilegio de contar entre mis seres más queridos y admirados— me propuso como miembro de la junta de directores del proyecto, propuesta que acepté no con poco orgullo. En 2009, como dictan los estatutos de nuestra organización, el Archivo Cuba debía celebrar una elección. Acepté la nominación y desde entonces tengo el honor de presidir la iniciativa. Cuando se cumpla mi ciclo de presidente, espero seguir en la junta de directores. Y cuento con que habrá continuidad y relevo.

 

¿Cuál ha sido el papel de María C. Werlau, secretaria de la mesa y directora ejecutiva, y qué peso han tenido las investigaciones de Armando Lago, fallecido en 2008?

AR: Como mencionaba en la respuesta anterior, María Werlau es la artífice de esta iniciativa y la conoce como nadie. Aprendo de ella constantemente. Las investigaciones del doctor Lago son la base sobre la cual continuamos edificando esa catedral a la memoria histórica y la verdad que es el Archivo Cuba. María sigue siendo directora ejecutiva del Archivo Cuba y continúa en la mesa del Free Society Project como secretaria, habiendo sido su presidente hasta mi elección en 2009.

 

Según el proyecto, hasta la fecha se han documentado alrededor de 11.000 casos, pero consideran que deben ser muchos más, pendientes de documentar. ¿Tienen ustedes alguna cifra, aunque sea tentativa, del número de muertes ocasionadas por el castrismo?

AR: La muerte por motivos políticos es un horror. (Siempre digo que un muerto por motivos políticos ya es demasiada muerte). Y las cifras de ese baño de sangre cubano que dura más de medio siglo son horripilantes.

Sí, tenemos cifras del número de muertes ocasionadas por el castrismo. Antes de adelantar ese número, quiero invitar a los lectores a que visiten nuestra base de datos. La inscripción es gratis. A partir de ahí, podrán buscar usando diversos criterios: fecha, región, causa de muerte, a quién es atribuida —Castro, Batista, Che Guevara, facción política o gobierno—, sexo de la víctima… Antes de responderte, déjame aclarar que este número está sujeto a cambios, pues el régimen cubano continúa en el poder, sigue cobrando vidas y está renuente a colaborar dándonos acceso a información que lo comprometa. El gobierno cubano tiene, por decirlo en términos legales, un conflicto de intereses en lo concerniente a esta iniciativa.

Se han documentado 10.029 casos hasta la la fecha. Para el período de Batista, 1.246 casos se le atribuyen al régimen de Batista y 387 al Ejército Rebelde y la resistencia anti-Batista.  Para el período revolucionario, 7.803 se le atribuyen al gobierno de Castro y 291 a fuerzas anti-Castro. Aparte de esto, hay muertes por razones políticas y militares que no se han podido clasificar por falta de detalles o por haber ocurrido en circunstancias difusas. Además, tenemos varias decenas de casos perpetrados por fuerzas armadas de otros países, tales como las de Bolivia y Angola.

Entre los casos documentados que se le atribuyen al régimen de Castro hay hasta la fecha 3.669 fusilamientos, 1.276 asesinatos extrajudiciales, 424 muertes en prisión por falta de atención médica o suicidio y 1.049 muertes o desapariciones en intentos de salida del país que no se cuentan entre los asesinatos extrajudiciales.

No aparecen en el Archivo la mayor parte de los balseros que se presumen muertos, por la falta de datos sobre dichas muertes. Sin embargo, el doctor Armando Lago estimaba —decía que era un cálculo conservador— unos 70.000 muertos en el mar hasta el año 2003.

 

Al clasificar los casos, se intenta especificar el “gobierno o facción que provoca la muerte o desaparición”, la “causa” y el “tipo de víctima”. Observo que se consideran víctimas del castrismo a aquellos que han muerto intentando huir de la Isla, incluso cuando no obran causas políticas. Algunos observadores podrían objetar que sólo se trataría de víctimas cuando han sido objeto de acciones violentas por parte del Cuerpo de Guardafronteras u otros organismos represivos, pero no cuando las muertes o desapariciones se han debido a accidentes marítimos u otras causas no directamente imputables a las autoridades cubanas.

AR: Previendo esta pregunta hice la aclaración de los balseros. En este caso, las víctimas que figuran en nuestra base de datos aparecen clasificadas según la causa de muerte o desaparición conocida. Hay 149 casos documentados de muertes y 5 desapariciones forzadas que resultan de acciones violentas por parte del servicio de guardacostas cubano y otros organismos represivos del régimen, así como quienes murieron en el territorio minado de la Base Naval de Guantánamo. Ese campo de minas está en territorio cubano y por tanto sus muertos forman parte de la lista de víctimas del castrismo.

 

Ustedes intentan reportar las muertes “con objetividad, transparencia e imparcialidad”, se citan las fuentes y los “conflictos de evidencia entre ellas”. Dado el secretismo que rodea a las víctimas del gobierno cubano, ¿en qué medida es esto posible? ¿En qué medida hay, por razones de información disponible, un cierto grado de subjetividad? El sitio advierte que “no ofrece garantías de que cualquier o todos los detalles de los casos reportados en este sitio sean ciertos, exactos, o confiables”. Y admite que “algunos datos contenidos en este sitio pudieran considerarse ofensivos, dañinos, incorrectos, o de cualquier forma poco apropiados, e incluso en algunos casos podrían resultar siendo engañosos por parte de alguna de las fuentes originales de la información”. Creo que es algo inevitable cuando se trabaja con datos testimoniales y fuentes muy diversas, sin olvidar el secretismo que impera sobre estos temas. ¿Cuentan ya con algún proyecto para depurar estos “conflictos de evidencia” o sólo será posible cuando se abran todas las fuentes y se practique una investigación a fondo por una verdadera comisión de verdad y justicia?

AR: Tenemos el deber ético de explicar las limitaciones de este trabajo y debemos tomar precauciones para actuar dentro de la ley con respecto al uso de información delicada y que, al clasificarla sistemáticamente para los fines de la base de datos, está sujeta a interpretaciones así como a errores.

La depuración de los conflictos de evidencia es parte de los objetivos de nuestra iniciativa y es una obra continua. No necesita un proyecto aparte. La base de datos es muy rigurosa al representar las fuentes de la información para cada caso. A medida que vamos encontrando más fuentes testimoniales primarias, vamos mejorando la documentación. Para aquellos casos que sólo se han construido sobre fuentes bibliográficas secundarias hemos encontrado duplicados que presentan inconsistencias en la fecha de nacimiento o de muerte, o en la ortografía del nombre o apellidos de alguna víctima, o en el lugar o la causa de la muerte. Cuando evaluamos que se trata de la misma persona en lugar de dos (o más), consolidamos los casos y se presentan las discrepancias en el archivo correspondiente. Uno de nuestros objetivos es que cuando Cuba logre una transición democrática y se establezca en la isla un estado de derecho, el Archivo Cuba sirva de base a una comisión de memoria, verdad y justicia.

 

Una singularidad de este proyecto, y que es ejemplar en cuanto a su carácter humanista y apartidista, es que “abarca eventos a partir del 10 de marzo de 1952 (fecha en que Fulgencio Batista suspendió el gobierno democrático constitucional en Cuba). Toma en cuenta hechos que han tenido lugar dentro o fuera de la isla y que han afectado a cubanos y no cubanos por igual. Todos los casos se investigan y documentan sin importar los atributos o afiliaciones políticas, ideológicas u otras de las víctimas”. Es decir, que se documentan las víctimas del batistato con el mismo énfasis que las del castrismo, las ocasionadas por acciones del gobierno cubano y las ocasionadas por grupos opositores. ¿Se cumple esto rigurosamente? ¿No se cargan las tintas, como sería previsible, en las víctimas del gobierno y no de la oposición, en las del castrismo y no en las del batistato?

AR: Esta premisa se cumple rigurosamente. A riesgo de ser repetitivo: todos los casos se investigan y documentan sin importar los atributos o afiliaciones políticas, ideológicas u otras de las víctimas. Cuando decidí involucrarme en este proyecto, fue esa una de las peculiaridades más atractivas del mismo. Las tintas no se cargan en las víctimas del gobierno y no en la oposición, ni en las del castrismo en lugar de las del batistato. Pero hay un hecho incontestable y aunque parezca una declaración parcial o una perogrullada lo voy a mencionar: la tiranía de Batista duró siete años; el totalitarismo de los hermanos Castro multiplica ese número por siete, suma y sigue. Las víctimas de la oposición, que es variopinta y fragmentada, no pueden igualar ni acercarse de lejos a las de esa maquinaria represiva que es el castrismo. Las circunstancias me obligan a añadir que la oposición lleva décadas comprometida con el accionar cívico y pacífico. Y el régimen no ha perdido un ápice de beligerancia. No olvidemos que donde la oposición grita “¡Vivan los derechos humanos!”, el régimen le responde con “¡Socialismo o muerte!”; esto es, la muerte como única alternativa a su sistema político.

Ahí tienes el caso de Laura Pollán, esa digna maestra de más de sesenta años que hasta hace unos días fue fundadora y líder de las Damas de Blanco. Por el momento, más allá de los incontables actos de repudio y los golpes en la vía pública, no tenemos pruebas que indiquen que se trata de un asesinato extrajudicial. Pero el cadáver de Pollán fue cremado a las tres de la mañana, como si el régimen intentara borrar las huellas del delito. No es la primera vez que lo hace, pero esperemos que sea la última.

 

De acuerdo con la página, Archivo Cuba es una iniciativa de Free Society Project, Inc., sin ánimo de lucro y cuyos miembros trabajan en su mayor parte ad honorem. ¿Cómo es posible, en estos tiempos difíciles, mantener un proyecto de esta naturaleza con una financiación mínima?

AR: Es muy difícil mantener el proyecto con una financiación mínima. Es muy difícil, pero no imposible. Archivo Cuba no tiene empleados. Contamos con las horas de trabajo de los miembros de la junta de directores, así como con la labor de voluntarios que nos ofrecen sus servicios o su tiempo libre de costos. También contamos con la generosidad de usuarios que visitan nuestra base de datos y hacen clic en el botón de donaciones. (Cualquier contribución, por mínima que parezca, es bienvenida). Por último, hemos recibido en el pasado dos módicas becas de Freedom House, con el fin de trabajar en nuestra base de datos y realizar proyectos puntuales. Seguimos avanzando gracias al sacrificio propio y la caridad ajena. Si contáramos con mayores recursos podríamos avanzar muchísimo más y lograr mayor diseminación de las investigaciones.

 

Archivo Cuba aclara que no es una Comisión de Verdad y Justicia, como las puestas en prácticas por gobiernos democráticos tras la transición y que cuentan con los medios para realizar investigaciones oficiales de gran alcance, pero aspira a que su trabajo sirva de cimiento para un futuro proceso de esa naturaleza. La experiencia histórica ha demostrado que si bien no se construye futuro sobre la venganza, tampoco se construye sobre la amnesia, que sólo deja heridas cerradas en falso, sociedades atragantadas con su pasado durante decenios, y todo ello obstaculiza más que facilita la transición y la reconciliación. Por ello, el proyecto “se fundamenta en la creencia de que es necesario conocer y reconocer las injusticias sistémicas —pasadas y presentes— para propiciar el bienestar psicológico tanto de los sobrevivientes como de la sociedad como un todo. Se piensa que la recuperación constructiva de la verdad ayuda a la sociedad a fomentar la reconciliación y la justicia, lo que a su vez le posibilita mayor control en la construcción de su futuro. A su vez, se cree que el promover una cultura de respeto por la vida y por el estado de derecho ayuda a prevenir que se cometan más atrocidades”. En ese sentido, entronca con iniciativas similares en el cono sur americano, en Sudáfrica y con la ley española de Memoria Histórica. Cuando se habla de “reconciliación” y de “justicia”, ¿no estaríamos invocando conceptos antagónicos? ¿Hacer justicia no atentará directamente contra la reconciliación? E incluso el propósito de hacer justicia el día después, ¿no enconará en el poder a los responsables de esos desmanes, ante el temor a ser juzgados, y levantará barreras a una transición incruenta? Sudáfrica optó por una suerte de “justicia moral”, para propiciar la reconciliación. España ha optado durante decenios por una especie de borrón y cuenta nueva, sucedáneo del olvido, y en el cono sur se han dictado leyes de punto final. ¿Cómo ven ustedes, en una Cuba democrática del mañana, la conciliación entre “justicia” y “reconciliación”?

AR: En efecto, Archivo Cuba no es una comisión de Verdad y Justicia; nuestra iniciativa pretende servir de base a una futura comisión de esta índole, cuando se restituya el orden constitucional en Cuba y se restaure el respeto pleno a la integridad de todos sus habitantes. Le entregaríamos todo el material acumulado a dicha comisión.

No soy partidario del borrón y cuenta nueva, como tampoco soy partidario del crimen impune. Ni pienso que “reconciliación” y “justicia” sean términos mutuamente excluyentes. Y esta es mi opinión personal, que no refleja necesariamente la posición de Archivo Cuba al respecto. Aunque sí te confieso que si algo nos ha aglutinado a los miembros de la junta de directores de nuestra organización es un profundo respeto por la vida y la creencia de que las víctimas de la barbarie patria no deben ser barridas bajo el sofá para dar la apariencia de que la casa está limpia. De igual modo, quiero aclarar que ninguno de los miembros de Archivo Cuba clama por esa “licencia para matar” con la que tanto asusta el régimen cubano a nuestro pueblo. No seremos nosotros los instigadores que saldremos a la calle pidiendo a gritos “¡paredón!”. Ya eso lo hizo Fidel Castro hace cincuenta años y la estela de muertos es su legado.

Regreso a tu pregunta: dicha comisión de Verdad y Justicia no es nuestra tarea; en primer lugar, porque no tenemos ni recursos ni potestad para llevarla a cabo. Ese paso es responsabilidad del pueblo cubano de una Cuba democrática. Cuando todos los actores —víctimas y perpetradores— puedan sentarse a reconstruir la nación, habrá que examinar cuidadosamente el pasado —para no caer en la tentación de repetirlo— y honrar la memoria de todos los caídos en este largo proceso que ha desangrado a la isla. Será el pueblo cubano quien se encargue de determinar las pautas de la reconciliación futura.

 

“Precaverse del olvido”; en: Cubaencuentro, Madrid, 14/11/2011. http://www.cubaencuentro.com/entrevistas/articulos/precaverse-del-olvido-270486





La memoria relativa

7 11 2011

“Se acabó el pasado; soy un futuro en camino”.

Ernesto Che Guevara

(Carta a Aleida March, 1966)

 

 

A los interesados en la figura de Ernesto Che Guevara, ese icono del siglo XX más conocido por su imagen que por sus obras, puede resultarle atractivo el libro Evocación. Mi vida al lado del Che (Espasa, Madrid, 2008) escrito por Aleida March, su esposa desde 1959 hasta la muerte del guerrillero en Bolivia.

Como cabría esperar de unas memorias escritas por su compañera y la madre de cuatro de sus hijos, es un libro asépticamente hagiográfico. De modo que no esperen los lectores revelaciones inesperadas o detalles que se aparten un ápice de la leyenda santificada por el canon oficial cubano. Aunque repasar este libro puede ser muy instructivo: por lo que no dice y por los énfasis en lo que dice. Y los estudiosos de la expansión guerrillera cubana hacia América Latina encontrarán aquí algunos detalles sobre las tempranas reuniones del Che con líderes revolucionarios de todo el continente.

La primera recomendación es saltarse el prólogo del otro Guevara, Alfredo. En él aparecen perlas retóricas como “sembrar en el olvido la memoria del más lúcido modo”; “desde la autenticidad más honda y más compleja, de riqueza inagotable, diré que poliédrica y de unidad lograda” o “eternidad del amor, cuando la esencia en la vida vivida se revela”. Aunque son apenas dos páginas, la dosis de cursilería puede ser letal. Confirma que el presidente del ICAIC debería emplear en su obra literaria la abstinencia que ha practicado en su obra cinematográfica.

La ortodoxia en el libro de Aleida March va desde el lenguaje hasta la interpretación y la narrativa de los hechos. Salvo en los momentos más íntimos, cuando una mujer enamorada es incapaz de expresar sus sentimientos a través de consignas, el lenguaje oficial, estereotipado e impersonal, transita todo el texto, en una retórica sesentera que ya se nos hace extraña, incluso en Cuba, como si la autora hubiese adquirido todo su vocabulario en esa década y se aplicara en un ejercicio arqueológico de estilo.

Si en este libro Aleida March pasa de puntillas por algunos sucesos trascendentales, como la desaparición de Camilo y el caso Huber Matos, la polémica entre el Che y Carlos Rafael Rodríguez, la microfacción y la Crisis de Octubre, siempre desde la versión oficial; hay sucesos que enfatiza porque, precisamente, son los que han suscitado mayores críticas al Che o a Fidel Castro. Sobre los fusilamientos de 1959 (p. 101), apunta que se actuó con totales garantías procesales, y que “el Che, aunque no asistió a ninguno de esos juicios, ni tampoco presenció los fusilamientos, sí participó en algunas apelaciones y se entrevistó con algunos familiares que iban a pedir clemencia”. Un Che compasivo difícil de conciliar con quien enunciaba que “el revolucionario debe ser una fría y perfecta máquina de matar”.

En cuanto a la relación entre Fidel Castro y el Che, Aleida insiste una y otra vez en subrayar la empatía entre ambos, sus excelentes relaciones y su comunión de ideas sin resquicios. Particularmente interesante es la carta de Castro a Guevara (pp. 210-211) tras el desastre del Congo, en la que le insta a continuar su entrenamiento en Cuba, como si no fuera el propio Castro, con la lectura precipitada en 1965 de la carta de despedida del Che, quien le hubiera cerrado la puerta de la Isla. Al parecer, la autora no ha leído las memorias de Benigno, donde éste cuenta que al conocer la lectura pública de la carta, “le vimos [al Che] zapatear el suelo con ira y comparar a Fidel con un nuevo Stalin”.

Cuando Aleida March se refiere a los esfuerzos del Che como presidente del Banco Nacional (ruptura con el FMI, liquidación del Banco de Desarrollo Económico-Social, de la Financiera Nacional y del Banco Cubano de Comercio Exterior, cambio de moneda, etc., p. 127) y para la industrialización del país y la sustitución de importaciones (p. 123), así como a su legado teórico, parece hablarnos desde un tiempo congelado cuyos resultados se esperan en breve, ajena al hecho de que el país ha transitado de los grandes proyectos industriales al merolico, y del tractor a la yunta de bueyes. Esa amnesia selectiva le confiere a estas memorias una atmósfera curiosa, como de manuscrito rescatado en algún baúl, que se publicara cuarenta años tarde, aunque le falten las consabidas notas al pie de un editor indulgente para explicar los asertos de alguien que no podía predecir el futuro. Pero Aleida March vive y es de suponer que ha observado todo lo ocurrido a su alrededor durante los últimos 44 años. Ha conseguido incluso rebasar el estatus de “viuda oficial” del mito y rehacer su vida con otro hombre, lo cual posiblemente despertó no pocas retrancas en la cúpula del Machismo-Leninismo, como si se perpetrara un adulterio post mortem. Rehacer su memoria ya era asunto de Estado y mucho más escabroso.

Al evocar las dudas del Che sobre la URSS, especialmente por su modelo de socialismo y las prebendas de sus dirigentes (se omite cualquier paralelismo con las prebendas cubanas, a pesar de que por entonces los libertadores de la patria se estaban repartiendo el botín), así como su fascinación con el maoísmo (p. 144), apunta Aleida su mala impresión de aquellos chinos uniformados y repitiendo a coro idénticas consignas. Y al apuntar la advertencia guevariana contra la complicidad y el burocratismo  en Administración, Partido y Sindicato (la santísima trinidad) queda a nuestra prudencia adivinar que todo seguiría igual o peor en los próximos decenios.

Anota con orgullo que en su casa se comía por la libreta de abastecimiento, aunque con cierta ingenuidad informa que del salario del Che (440 pesos) ella pagaba los 40 pesos del alquiler de una gran casa de Nuevo Vedado, cuando por entonces la mensualidad de un microscópico apartamento en La Habana Vieja costaba 56 pesos. Sería lo que en España llaman una vivienda de protección oficial.

A pesar del énfasis de Aleida en presentarnos al Che como un padre amantísimo y perfecto esposo, no se nos escapa que fue siempre un padre y un marido ausente que se negó incluso a incluir a su esposa (y secretaria) en sus largos viajes, aduciendo que otros compañeros no podían hacer lo mismo, y que siempre puso su vocación revolucionaria siete escalones por encima de su familia, algo que cada cual interpretará a su manera: altruismo revolucionario a costa de su felicidad personal, o supeditación de la familia a su vocación política, con Aleida como elemento indispensable para la perpetuación de la especie guevariana (cuatro hijos en cuatro años es un buen average).

Desde los martirologios compilados en el siglo IV tras la conversión de Constantino, la Leyenda Áurea de Jacopo da Viorágine y las Acta Sanctorum del jesuita Jean Bollard, las vidas de santos han cumplido, como las novelas policíacas, las estrictas reglas que atañen a cualquier literatura de género. Y esta no es la excepción. Una hagiografía que trasvasa al hombre privado la leyenda del hombre público. Una leyenda que posiblemente perviva, con sus mareas altas y bajas, en el ranking de la memoria colectiva, porque el Che, como otros grandes mitos, no es recordado por un ideario ya desclasificado, o por haber perdido todas las guerras que encabezó, en África y en América. Ni siquiera por todos los errores y desatinos en su gestión ministerial (se extravían en el océano de desatinos mayores que perpetró su jefe). Murió joven, sin tiempo para convertirse en el anciano dictador de una republiqueta latinoamericana, nos legó una excelente iconografía y un bonito cadáver. Y eso basta para situarlo entre Marilyn Monroe y James Dean, sobre la lata de sopa Campbell’s de Andy Warhol.

 

(http://www.cubaencuentro.com/cuba/articulos/la-memoria-relativa-270258)

“La memoria relativa”; en: Cubaencuentro, Madrid, 07/11/2011. http://www.cubaencuentro.com/cuba/articulos/la-memoria-relativa-270258