Sobre los huesos del pasado

14 04 2026

Luis Manuel García Méndez

La periodista Camila Acosta acaba de mostrarnos en la parte trasera del crematorio del Cementerio de Colón, en La Habana, una montaña de huesos humanos apilados como si se tratara de escombros de una obra en curso. No deja de ser cierto. Ya se sabe que toda obra nueva requiere, en primer lugar, la demolición de la anterior y su desescombro.

Algunos afirmarán que la desidia y la incompetencia ya no se limitan al mundo de los vivos. Que a los gobernantes cubanos no les basta con someter a la ciudadanía al hambre, las enfermedades y la desesperanza. Que ni siquiera sus huesos podrán descansar en paz, allí donde sus deudos puedan visitarlos. No les falta razón.

Pero el hecho tiene una segunda lectura. Toda dictadura siente la necesidad de reescribir el pasado, e incluso de borrarlo. El gobierno cubano, desde el primer minuto, insistió en tildar de seudo república a todo el periodo comprendido entre 1902 y 1959. Hacia atrás, sólo salvaban como ilustres predecesores a los mambises del siglo XIX. Aprendimos en la escuela que todo lo anterior a 1959 era la prehistoria, con una pequeña luz durante las guerras de independencia. Como la era cristiana. Antes de FC y después de FC. Sencillo, sin matices y fácil de memorizar por si salía en el examen.

El nuevo modelo de calendario fideliano no es nada original. La revolución francesa cambió el calendario gregoriano por uno “revolucionario” para extirpar de la memoria el antiguo régimen. La revolución rusa abominó del pasado y negó toda virtud precedente. La revolución cultural china hizo tabla rasa físicamente del pasado: se destruyeron templos, obras de arte, libros, ideas e intelectuales. Y la revolución de los jemeres rojos en Camboya declaró el “Año Cero”. La nueva sociedad se edificó sobre una montaña de cadáveres.

De modo que este amontonamiento de huesos, tan anónimos como aquellas lomas de cadáveres sin nombre en los campos de concentración nazis, bien podría ser el sustrato, el abono, de una nueva era luminosa. Ya lo dijo Julio Antonio Mella: Hasta después de muertos somos útiles. En definitiva, los ciudadanos cubanos, vivos o muertos, siempre hemos sido tratados por el actual régimen como materia prima del poder. Para morir en Etiopía, en Angola o en Granada; para ser acarreados a mítines de repudio, o para aplaudir en la Plaza.

La actitud del gobierno cubano hacia la muerte siempre ha sido bipolar. Los ceremoniales alrededor de los mártires, reales o presuntos. Patria o Muerte fue un lema recurrente. Y el desprecio por la vida de sus ciudadanos que llega al extremo de ni siquiera intentar el rescate de los 53 cadáveres que permanecen en el remolcador 13 de marzo, hundido por el propio gobierno.

No debería asombrar a nadie, entonces, que un gobierno que ha convertido en escombros la vida cotidiana de sus ciudadanos y las ciudades en ruinas donde habitan, asediados por montañas de desperdicios, se desentienda del destino de esos mismos ciudadanos una vez que ya no son útiles, ni siquiera para el aplauso.





El Kalashnikov de Silvio Rodríguez

29 03 2026

Luis Manuel García Méndez

Desde mi infancia en los ya lejanos 60 del pasado siglo, los omnipresentes discursos de Fidel Castro y las canciones de Silvio Rodríguez formaron parte de la banda sonora de mi vida. Al primero dejé de escucharlo mucho antes de que dejara de hablar. Al segundo lo sigo escuchando, haciendo abstracción de sus declaraciones, del mismo modo que sigo admirando el Guernica del misógino Picasso, leyendo al Borges que admiraba a Pinochet, al Neruda adulador de Stalin y al Cervantes cuyas filiaciones desaparecieron en los recodos del tiempo, no su literatura.

Aquel joven rebelde llamado Silvio Rodríguez rasgaba su guitarra en 23 y 12 a la salida de la Cinemateca y escribió Resumen de noticias. El Silvio Rodríguez de hoy, en la entrevista “El mundo está dirigido por un régimen autoritario, belicista y ladrón. Y no es Cuba” (El País, 26-03-2026), recuerda que “aquella novedad no fue bien vista por algunos; tanto que a veces las canciones —y con ellas los cantores‑‑ eran interpretados como contra la Revolución, y se tejían leyendas absurdas sobre nosotros”. Y pasó el tiempo y pasó que para muchos es hoy el cantautor oficial del régimen cubano.

Desglosando el título de la entrevista, podemos coincidir en que el gobierno actual de la potencia hegemónica (que no dirige el mundo, pero manda mucho) tiene aspiraciones autoritarias, es belicista en contra de sus propias promesas y ladrón en la medida que su presidente ejerce la rapiña universal y ha hecho de la Casa Blanca Inc. un negocio familiar. Pero Silvio Rodríguez pasa por alto que él también habita en un régimen más que autoritario, dictatorial, que otorga 15 años de prisión por manifestarse; en un régimen belicista que patrocinó guerrillas armadas en medio mundo e invasiones a tierras lejanas, y que hoy emplea todos sus recursos bélicos contra su propio pueblo. Un régimen ladrón desde el primer minuto, cuando repartió como botín de guerra entre los vencedores las casas, los autos y los bienes usurpados a sus legítimos propietarios, y que ha seguido rapiñando hasta hoy, algo que Silvio Rodríguez no puede ignorar.

Cuando lo entrevisté (Silvio Rodríguez: Mi amor con el porvenir; La Gaceta de Cuba. La Habana, junio de 1989) confesaba su sueño incumplido de haber sido guerrillero en aquella época heroica. “Nunca he estado más satisfecho de mí que en aquellos años. Aunque todavía me siento capaz de ser guerrillero”. A sus 79 años, ha recibido un vale para que cualquier unidad militar le entregue un fusil con el que defender la revolución en caso de ataque norteamericano. Lo que no especifica Silvio es qué revolución va a defender. ¿La revolución de los generales y jerarcas que viven confortablemente en su propio barrio o en el antiguo Havana Yatch Club? ¿La revolución de la junta militar GAESA que se ha apropiado de la economía cubana para su propio beneficio? ¿La revolución de los Castros que ya no alardean de pureza ideológica sino de Mercedes-Benz y yates? ¿La revolución de la señora que en Coco Solo recibe cinco dólares mensuales de pensión por 40 años de trabajo, carece de analgésicos para su ciática, y cocina con leña y a oscuras un poco de arroz? ¿O la revolución idílica que Silvio, sin las carencias de Coco Solo, perpetúa en su imaginación? Cierto izquierdista nostálgico se acaba de tragar sin un reproche la milonga que le contó el presidente Díaz Canel, mientras paseaban por pasillos impecables entre plantas tropicales, sobre las solidarias cocinas de leña y otras costumbres prehistóricas que están floreciendo en el país. Pero el casoplón de Galapagar donde vive el izquierdista atento a Díaz Canel está a 7500 kilómetros de Coco Solo, mientras la casa de Silvio queda a veinte minutos. Cuando reciba su flamante Kalashnikov será consciente de qué va a defender.

En aquella entrevista de 1989, en respuesta a mi pregunta sobre la posibilidad de una honestidad menos jacobina, más tolerante con la diferencia, incluso pragmática, Silvio afirmaba: “No creo que la honestidad tenga que tener como ingrediente el extremismo, aunque pueda padecer de él. La honestidad es una de las más altas aspiraciones del espíritu exigente. (…) Por eso la honestidad es una búsqueda dolorosa en cualquier tiempo de la vida, y hallazgo para los más exigentes, para los más rigurosos de voluntad. Aun así, se puede errar siendo honesto, y se puede acertar por lo contrario. Pero no creo que esto obligatoriamente nos amolde, con los años, a una “honestidad de perfil ancho”.

Y a la honestidad apelan no pocas preguntas de la periodista Gladys Serrano en El País. El cantautor admite que es posible una intervención militar norteamericana y se refiere a una manifestación de cubanos en Miami “pidiendo que derribaran el Gobierno a la fuerza”, mediante una intervención extranjera, deduce él, obviando la capacidad subversiva de la ira local. Olvida que el actual gobierno se instauró derribando por la fuerza al anterior y que su sueño de ser guerrillero consistía en derrocar gobiernos por la fuerza. Escamotea el hecho de que el gobierno actual no se mantiene por consenso sino por la fuerza, como demostraron en 2021 (“Las fuerzas del orden debían garantizar la seguridad de los que se manifestaban”, admite Silvio, y condenó entonces la represión), y siguen demostrando cada día que se mantienen gracias a una represión que no cesa. Obvia también Silvio que desde mayo de 1960, cuando Fidel Castro pronunció su discurso “Elecciones para qué”, se anuló toda posibilidad de cambiar el gobierno democráticamente. A pesar de lo cual la oposición en Cuba apela a medios pacíficos. Silvio Rodríguez prefiere no calificar a “quienes quieren que a su propio país lo bombardeen y lo invadan”. La inmensa mayoría de los cubanos, resida donde resida, firmaría una solicitud de que su país, nuestro país, no fuese bombardeado, porque las bombas tienen la mala costumbre de no ser escrupulosamente selectivas. Pero el propio Silvio Rodríguez debería reconocer que quienes han bombardeado, invadido el país y usurpado el derecho de autodeterminación de sus habitantes son, precisamente, quienes lo gobiernan. No creo que al paso de Silvio por las calles de La Habana alguien vaya rellenando los baches como cráteres de un bombardeo persistente, pintando las fachadas y escondiendo a los ancianos famélicos que hurgan en la basura. Por tanto, si no se ha enterado de quién es el peor enemigo de los cubanos es porque no quiere.

Admite que ha sufrido censura pocas veces y casi siempre por parte de sus amigos, “para poderme defender en caso necesario”. “Pero cuando la mala fe, la estupidez o la cobardía han intentado reprimirme, no han podido. Autocensuras no he padecido”. De modo que todo lo que estamos leyendo en esta entrevista son sus propias y honradas opiniones, sin censura ni autocensura. Y cuando dice no haberse desilusionado nunca de la “revolución” ni del gobierno podemos deducir que es sincero aunque “los Gobiernos están formados por personas y cada cual en su predio hace lo que entiende o lo que cree que le beneficia personalmente”. O sea, los de abajo deben sacrificarse sin fecha de caducidad para que los del gobierno se beneficien personalmente. Yo, que vivo en una sociedad plural, cuando entiendo que mis gobernantes están legislando para su propio beneficio y no para los gobernados, no voto por ellos. Casi me olvido: en Cuba sólo puedes votar por uno o por el mismo.

Para Silvio Rodríguez “El oportunismo y el extremismo existen en todas las ideologías”. De nuevo el argumento bíblico: Quien esté libre de culpas que lance la primera piedra. Si no criticas a todo el universo, con qué derecho me criticas. “Hablan del régimen y esas palabritas que les gustan, pero regímenes tenemos todos”. De nuevo.

Aunque admite que “una juventud que ha nacido en un país empobrecido, como es el nuestro, a lo mejor no encuentra razones para creer en el país” y que “la gente la está pasando muy mal”, asume que ello se debe al “recrudecimiento del bloqueo”. Incluso cuando la periodista le pregunta por la responsabilidad del gobierno, se limita a argumentar que la apertura económica debió implementarse hace 30 años porque, y esta tesis sí resulta asombrosa “El modelo económico que dictaba el socialismo de libreta es muy idealista”. Si aceptamos que ni se autocensura ni admite la censura, deberemos concluir que Silvio Rodríguez cree que  “el socialismo de libreta” consistió en otorgarnos a todos exactamente los mismos bienes independientemente de nuestro aporte o posición social. ¿Ignora la existencia de una élite que nunca, desde el primer minuto, padeció “el socialismo de libreta”? ¿Desconoce las drásticas y cada vez mayores desigualdades en Cuba? ¿Ignora que desposeer a los cubanos de derechos políticos y económicos para conducirlo a la total dependencia fue un método de dominación total que convertía a los ciudadanos en súbditos, menores de edad sin capacidad de decidir, y que en ello nunca hubo una motivación “idealista”?

Y arriba a una conclusión que no es novedad desde que el primer homínido labró un cuchillo de obsidiana,  casi una ley de la naturaleza: “la gente produce mejor y más cuando se puede beneficiar directamente de lo que hace”. ¿No le resulta extraño entonces que Fidel Castro haya anulado la capacidad de decisión individual a favor de la obediencia?

En su descargo, argumenta ignorancia: “Yo no tengo la forma de juzgar lo que sucede allá arriba porque lo desconozco, pero conozco que en la superestructura hay diferentes formas de ver las cosas”. Hace referencia a la pugna entre ortodoxos y “abiertos, con un sentido más realista”. Pero admite la existencia de un “allá arriba” cuyos designios, como los de Dios, son inescrutables. Un allá arriba que él, estando tan cerca, no puede juzgar.

Aunque Silvio Rodríguez sabe que la yuca nunca vino de Wisconsin y que los pollos no se criaban en Kansas, desliza las culpas hacia el lugar de siempre: “Habría que ver cómo hubiéramos sido sin el bloqueo. Eso es otra utopía. No nos permitieron verlo”. Efectivamente, yo también creo que el embargo ha sido un continuado error de la política norteamericana que le hace el juego al castrismo ofreciéndole un culpable. A Silvio Rodríguez, una persona inteligente, ¿no le resulta curioso que todo amago de apertura norteamericana haya sido respondido por el gobierno cubano con una bofetada que la hiciera inviable?: el Mariel contra Carter, las avionetas derribadas contra Clinton, obligándolo a recrudecer el embargo, incluso la última Reflexión del Comandante denunciando la nueva maniobra del imperialismo: el restablecimiento por Obama de relaciones diplomáticas. Posiblemente la última oportunidad perdida.

A propósito, me gustaría parafrasear a Silvio: “Habría que ver cómo hubiéramos sido sin este gobierno durante  65 años. Con el restablecimiento de la república y la Constitución de 1940 que Fidel Castro prometió desde la Sierra Maestra. Eso es otra utopía. No nos permitieron verlo”.

Pero para él, “Cuba solo ha intentado ser un país donde todo el mundo tenga derechos, pueda ir a la universidad y a cualquier tipo de operación. Estuvimos por muchos años en un florecimiento”. Lo que me recuerda a aquel marinero cubano que pidió asilo hace muchos años en Canarias. Entrevistado por la radio, el locutor le preguntó si era falso lo de la enseñanza gratuita y la atención médica universal en Cuba, a lo que el marinero respondió que educación y medicina eran en la isla gratuitas y universales. ¿Entonces por qué pide asilo? Tras una pausa, el marinero respondió: Es que los cubanos no siempre estamos estudiando o enfermos. Y ahora a mí me queda el desconcierto de haberme perdido algo, porque en cuarenta años habitando la isla, me perdí el tal “florecimiento”.

Silvio Rodríguez dice aspirar a una Cuba en la que quepan también las voces disidentes. “Lo positivo es que la gente tenga oportunidad de expresar lo que piensa y que de la discusión y del diálogo surjan las verdades”. Pero a continuación afirma que “A los de la oposición no les deseo mal, pero no les deseo que ganen. No por mí, sino por lo que significaría para este país”. Es decir, que expresen lo que piensen siempre que piensen más o menos como yo. Y aquí se abre la elección entre la posibilidad y la certeza: no sabemos “lo que significaría para este país” un gobierno democrático y una economía de mercado para todos, no para cierta élite. Pero sí tenemos la certeza de lo que ha significado para el país el castrismo y sus epílogos.

“Me niego a pensar que el futuro va a ser uno de falta de sentimientos humanos. Si eso fuera así, la vida es un fracaso. Y no creo que lo sea”, concluye Silvio Rodríguez, como si los sentimientos humanos fueran patrimonio exclusivo de una mal llamada “izquierda” que en Cuba, en la Unión Soviética, en China o Corea del Norte nunca ha establecido un proyecto humanista, sino un proyecto hegemónico de dominación, en primer lugar, de sus propios pueblos.

Por el contrario que Pablo Milanés, quien aceptó, no sin dolor, que sus ilusiones juveniles habían sido pervertidas, este Silvio Rodríguez Senior, presuntamente honesto e inmune a la censura y la autocensura, ha terminado asesinando al Silvio Rodríguez Junior de Resumen de noticias al cobijarse del aguacero de realidad bajo el paraguas de sus utopías. Sé que resulta muy difícil admitir que te han trucado sesenta años de tu vida. En 1985, mi padre apagaba la tele para no ver a Fidel Castro criticando la revolución. Silvio Rodríguez también podría apagar la tele y cobijarse en el silencio; o recoger su Kalashnikov y, al frente del Batallón de la Tercera Edad, enfrentarse a la 82 División Aerotransportada; o enfrentarse sin miedo al Resumen de las Nuevas Noticias.





15 02 2026

Cuba ta fatá

En febrero de 1995, seis meses después de llegar a España, vimos una comparsa en los carnavales de Jaén, todos disfrazados de guaracheros y bailarinas de Tropicana, al son de un estribillo: “Cuba ta fatá”, sincretismo cultural entre los aceituneros altivos y los guaracheros de Regla.  Vigente aún el Período Especial en Tiempos de Paz, ese delicioso eufemismo para eludir las palabras crisis, hecatombe, desastre, catástrofe. En la memoria la reciente crisis de los balseros del verano de 1994, Copa América de la miseria.

Treinta y un años más tarde, también en época de carnavales, “Cuba ta fatá”, posiblemente más que entonces. Es cierto que la implosión de la antigua Unión Soviética se llevó por delante el 35% de la economía cubana. Ahora, y aunque todavía sus efectos son muy recientes, prestigiosos economistas (no es mi caso) hablan de un 11% y aumentando. El problema es que entonces partíamos de una economía mínimamente funcional: la producción agrícola nos daba de comer sin muchas alegrías, la vida era difícil pero no catastrófica y Fidel Castro, todavía investido de una aureola mística para muchos cubanos,  intentó suplir los víveres con épica. Muchos se empecinaban en que era una catástrofe compartida, aunque en el fondo supieran que siempre hubo una casta que sólo compartía con el pueblo llano la retórica. También es cierto que poco tiempo después de la implosión soviética dispusimos de un nuevo mecenas petrolero: Hugo Chávez. A Venezuela no la pudimos ordeñar con tanta intensidad ni durante tanto tiempo como a la vaca soviética, pero Fidel Castro no tuvo que cerrar la granja.

Tres décadas más tarde, ya no creen en la retórica ni los que la redactan ni sus copistas serviles ni sus escasos palmeros que en medio mundo todavía sueñan con la Caperucita Roja. Por primera vez, desde la primera mitad del siglo XIX, cuando el movimiento anexionista difundió con fuerza la idea de que nos iría mejor adhiriéndonos a la pujante democracia norteamericana, que permanecer atados (de pies y manos) a los restos del decadente imperio español, se escuchan voces, y no son pocas, que claman por la “extracción” (término que asociamos a Nicolás Maduro) de la gerontocracia cubana en pleno.

La misma gerontocracia que ahora nos invita a la Opción 0, otra ocurrencia del comandante en jefe que acaba de desempolvar Díaz Canel quien, con un bamboleo nervioso, la agitó ante las cámaras como un Indiana Jones que acabara de encontrar los Manuscritos del Mar Muerto. Se trata de retroceder 500 años e irnos a vivir en las cuevas que un día alojaron a los guanajatabeyes, para que no podamos ver cómo ellos envían a París o Londres a los descendientes de la Casa Real. La misma gerontocracia que acaba de cerrar la Universidad de La Habana, algo que en casi 300 años sólo habían conseguido Fulgencio Batista y el COVID 19. La dictadura también puede ser una pandemia. Cero transporte público. Reducción de la jornada laboral. Y liberar de sus funciones a los delegados del Poder Popular cuya responsabilidad lo permita, es decir, a todos. Su única función es aplaudir y eso se resuelve solicitando a la televisión aplausos enlatados.

Aunque el país está a oscuras, sólo se practican las operaciones de vida o muerte en los hospitales, el transporte y la producción están paralizados, aumenta la delincuencia ante la inacción policial que sólo se moviliza en caso de protesta ciudadana, y los aviones descansan en la pista por falta de combustible, el diario Granma anuncia la buena nueva de que países como Irán, China y Rusia se solidarizan con Cuba. Rusia “analiza posibles” acciones para apoyar a la isla en apuros. Si Cuba tuviera dinero, piensan los chinos. Si no temiera enfadar a mi amigo Donald Trump por una islita irrelevante, lejana y pedigüeña, piensa Vladimir Putin. Si más allá del antiamericanismo tuviéramos alguna sintonía con ese país de ateos timbaleros, piensan los ayatolás. Pero ya se sabe que la retórica solidaria es gratuita.

¿Sería la anexión diferida, modelo Delcys Rodríguez, una solución para Cuba? ¿Y para los cubanos? Si nos fijamos en las últimas propuestas del presidente Trump, veremos que su amor por la democracia no supera su amor por el dinero. Se estima que las empresas de su familia han incrementado su patrimonio en unos 1400 millones de dólares gracias a la Casa Blanca Corporation. Su proyecto turístico-inmobiliario para Gaza, previamente desinfectada de gazatíes, va en esa dirección. A Ucrania le cobrará  cada centavo de ayuda en minerales estratégicos y electricidad de Zaporiya. Una vez establecidas por la Delta Force las bases de la conversación con Venezuela, descubrimos que su principal interés es el petróleo y los minerales, para lo cual es más útil un testaferro amedrentado que un presidente electo con el 70% de los votos.  La democracia siempre puede esperar.

En el supuesto caso de que el presidente Trump decidiera fundar en los Everglades una residencia penitenciaria de la tercera edad con nuestros generales y doctores, ¿cuál sería el siguiente paso? ¿Nombraría a la Delcys Rodríguez cubana para administrar la finca en su nombre? Salvo grandes reservas de níquel y cobalto, Cuba no dispone de los ingentes recursos petroleros para sufragar su reconstrucción y que quede una suculenta plusvalía por los servicios prestados. Cuba es más pequeña que Venezuela, pero su nivel de destrucción es casi Gaza tras seis décadas sometida a intensos bombardeos de malgobierno. Tampoco dispone Cuba de una oposición equiparable a la venezolana. Se trata de un país de infraestructuras destruidas y con una población drásticamente envejecida. Aunque 30 años atrás podía hablarse de una mano de obra altamente calificada, el éxodo ha drenado una buena parte de ese talento y a los jóvenes en condiciones de trabajar y de reproducirse para subsanar la catástrofe demográfica. Por otra parte, el país cuenta con una nutrida diáspora que dispondría de un territorio virgen donde invertir prácticamente sin competencia local. ¿Eso sería positivo para los cubanos? Más para unos que para otros, pero dadas las circunstancias actuales, incluso para los cubanos más pobres de la isla podría ser preferible que vivir en cuevas y rayar la yuca silvestre contra la corteza de los árboles, la opción que nos ofrece el presidente Díaz Canel, a riesgo de mancharse la guayabera.

No sería la primera vez que Estados Unidos interviene en nuestras pendencias. Los 10 años de la primera guerra de independencia terminaron en la Paz del Zanjón. Los mambises fueron incapaces de ganar la guerra y los españoles tampoco consiguieron una victoria. Entre 1895 y 1898 otra guerra ensangrentó a Cuba sin que se vislumbrara una victoria clara de las armas cubanas. Aunque los estimados no son totalmente fiables, entre muertos en combate, enfermedades y la criminal Reconcentración de Valeriano Weyler, un país que no llegaba al millón y medio de habitantes vio reducida su población en unos 300.000. Tanto la historiografía castrista como buena parte de la opinión pública (y publicada) española coinciden en hablar de la irrupción norteamericana en esa guerra como un acto de rapiña para apoderarse de la isla. Castro no podía admitir que sus referentes del XIX hubieran aplaudido la llegada de los Rough Riders. Los españoles digieren mejor su derrota por la potencia emergente, que por los heroicos nativos, casi desarmados. Una mentalidad supremacista y neocolonial a la que no es ajena la izquierda. Pero si visitamos el Diario de campaña de Máximo Gómez, generalísimo de las tropas cubanas e inmortalizado en el billete de diez pesos, veremos la desesperación con que exhortaba a la intervención norteamericana para que tanta sangre no terminara en otro Pacto del Zanjón. El Partido Revolucionario Cubano en Estados Unidos no sólo abogó por la intervención, sino que compró con bonos de la República la voluntad de un par de Senadores, con lo cual también consiguió la Enmienda Teller, que garantizaría la independencia de Cuba (por el contrario que Puerto Rico o Filipinas) y que los bonos de la República se hicieran efectivos. La intervención remató en unos meses más de 13 años de sufrimiento. Aunque impusieran la Enmienda Platt y todo el territorio del archipiélago (con la excepción de la Base Naval de Guantánamo) no fue propiedad de sus legítimos habitantes hasta los años 30, lo cierto es que Cuba se convirtió en una república sustancialmente mejor que casi todas sus homólogas de Latinoamérica, ocupaba los primeros lugares en casi todos los índices, y fue capaz de conciliar sensibilidades políticas dispares en una de las constituciones más avanzadas de su tiempo, la de 1940.

Ya Cuba tuvo en el siglo XIX una fuerte presencia migratoria en Estados Unidos, soporte económico para las guerras de independencia. Ahora dispone de una presencia mayor. Más allá de sus sustanciales diferencias generacionales, políticas y de estatus socioeconómico, en mi percepción a casi todos los une una fuerte relación con su país de origen. Sin idealizar, ese podría ser un factor positivo para el futuro de la isla. Es cierto que el país se ha descapitalizado aceleradamente durante los últimos años, pero también es cierto que esa diáspora distribuida por medio mundo ha adquirido su capacitación técnica y profesional en las economías más avanzadas del planeta. Su papel como colaboradores, consultores, inversionista o promotores de la Cuba futura podría ser un factor muy positivo en la reinserción del país en el siglo XXI.

¿Significa eso que la irrupción norteamericana en los asuntos cubanos sería la solución ideal de nuestros problemas? No necesariamente. Muchas cosas pueden salir mal y, al menos con la administración actual, debemos tener en cuenta que su intervención no sería ni altruista ni generosa. Aunque dadas las circunstancias actuales, el hecho de que sea interesada no tiene por qué convertirla en la peor opción.

Una posibilidad a mi juicio improbable sería la subversión del régimen actual por los propios cubanos de la isla, el restablecimiento de un sistema democrático y un Estado de derecho. Que el cambio de régimen sea un producto interno sería lo más deseable, pero la experiencia de Europa del Este demuestra que suele ser muy raro en regímenes totalitarios. Un desenlace improbable, aunque no imposible, en una sociedad muy envejecida, sin una conciencia ciudadana ni una sociedad civil articulada en las últimas seis décadas, con un movimiento disidente desestructurado y disperso, y con una élite que podría huir a las primeras de cambio, pero también plantear una defensa numantina de sus privilegios a cualquier precio. Haití está demasiado cerca y Rumanía, demasiado lejos.

Otra variante sería que el mismo gobierno implementara a marchas forzadas todas las modificaciones económicas y sociales en primera instancia, políticas en segunda, que no ha puesto en práctica durante 60 años, que consiga valedores, inversionistas y talento para materializarlo en tiempo récord, de modo que sus resultados se empiecen a ver de inmediato, antes que una explosión social o una irrupción externa barra el tablero de juego. Sería como pedirle guarapo al marabú. Conociendo al personal, más probable me parece la huida masiva y después de mí, el caos. Con la amenaza de un estado fallido en el horizonte.

La última de las últimas opciones sería la Opción cero. Pero hasta donde sé, ningún pueblo se suicida aunque así lo prescriban las Tablas de la Ley rescatadas por Díaz Canel. Una agonía lenta a la espera de que las elecciones de medio mandato en Estados Unidos den un respiro a la gerontocracia cubana, o que, entretenido con Irán, Trump se olvide de Cuba como antes se olvidó de Groenlandia, que es mucho más visible, y que México o Rusia envíen un barquito de petróleo para los Ladas de la policía y los Mercedes del Buró Político. O que baje la Caridad del Cobre, arregle el bote y salve a los náufragos. El comunismo milagrero.





15 02 2026

Una declaración de amor

Tras la captura y extracción, sin anestesia, de Nicolás Maduro el pasado 3 de enero, La Habana recibió las cenizas de 32 guardaespaldas, los llamados Avispas Negras, que en el momento de la verdad no consiguieron dar ni un picotazo a los comandos del Delta Force. Se cumple lo que sospechábamos: la élite de los soldados cubanos está más preparada para reprimir una manifestación pacífica de sus ciudadanos que para enfrentarse a sus homólogos.

Tras la asfixia energética y las sucesivas declaraciones del presidente norteamericano en el sentido de que Cuba está en lista de espera, “madura” para decirlo de algún modo, los autores de conocidos eslóganes como “Patria o Muerte”, “Aquí no se rinde nadie” (inapelable cuando apareció en el cementerio de Las Tunas) y “Hasta la victoria siempre”, acaban de publicar una “Declaración del Ministerio de Relaciones Exteriores”.

Podría esperarse la bravuconería habitual, frecuente en tiempos del Castro mayor, pródigo en invitaciones a invadir la isla si Norteamérica tenía bemoles para hacerlo, prometiéndoles el infierno en la tierra que defenderían hasta la muerte del penúltimo cubano. El último continuaría la lucha en algún exilio confortable. Había precedentes: Guapería en Jefe se extravió en las calles de Santiago de Cuba, donde había estudiado muchos años, y llegó tarde al Moncada. Hizo toda la guerra con un fusil de mira telescópica, la guerra on line. Salió sin un rasguño. Y su único disparo en Girón fue desde un tanque, a un buque ya hundido, cuando habían cesado los combates. Sus retos al imperio estaban perfectamente calculados. Sabía que podía hacerse el loco con impunidad porque ninguna administración norteamericana responsable le tomaría la palabra. Además de que Cuba era y es mucho más útil como recurso didáctico del fracaso comunista.

Pero ahora hay otro loco y está al otro lado del estrecho. Quizás eso explique que en lugar de la guapería habitual, el MINREX haya redactado una declaración de amor.

Empieza diciendo que “Cuba condena de manera inequívoca el terrorismo” y “reafirma su compromiso de cooperar con los Estados Unidos”. Atrás quedaron ETA y el IRA, los Black Panters y todas las guerrillas y narcoguerillas del ancho mundo, Arafat, la OLP más mortífera y  Septiembre Negro. Y aclara que “Cualquier interacción pasada que haya involucrado a personas posteriormente designadas como terroristas ocurrió únicamente en contextos humanitarios limitados”. Traducido: Querido Donald, esos fueron pecados de juventud, pero ahora estamos a tu disposición: Donde sea, como sea y para lo que sea, presidente Trump ordene.

Asegura la nota que “Cuba (…) no alberga, no apoya, no financia ni permite organizaciones terroristas o extremistas”. Es decir, que quedan abolidas por extremistas el PCC y las Brigadas de Acción Rápida. Y que tampoco las financia, dicen, cosa evidente, pura contabilidad.

“Cuba no alberga bases militares o de inteligencia extranjeras”, algo novedoso, porque en Cienfuegos y en el sur de La Habana los vecinos pensaban otra cosa. Y respecto a la Base Naval de Guantánamo ya le tenemos tanto cariño que la consideramos cosa nuestra. “Nuestro país mantiene una política de tolerancia cero frente al (…) lavado de dinero”. Una afirmación harto sospechosa. Aunque escasee el detergente, al menos se enjuaga.

“Cuba está dispuesta a reactivar y ampliar la cooperación bilateral” y “renovar la cooperación técnica con los Estados Unidos”, es decir, Querido Donald, ¿por qué no quieres que hagamos cositas juntos? Y le recuerda que “cuando ha existido voluntad de las partes, se ha podido avanzar”. ¿Recuerdas cuando vino Obama y se paseó por La Habana y el Castro mayor dijo que esa era otra maniobra del imperialismo? Pues no. Eran otros tiempos. Never more. Ya le pusimos encima una piedra para que no salga.

“El pueblo cubano y el pueblo estadounidense se benefician (…) de la coexistencia pacífica”. No te pongas belicoso, querido Donald. Nuestro pueblo adora a los yanquis. Mira cómo se han ido para allá en manada.

En conclusión: “Si tú me dices ven, lo dejo todo”, como decía la canción.





La posibilidad de lo imposible

28 06 2024

Escobar, Froilán; La noche bella no deja dormir,

Ilíada Ediciones, Versión Kindle, 2023. 156 pp.

La noche bella no deja dormir es una novela imposible que Froilán Escobar ha hecho posible. Las razones son cuatro: la rehumanización del mito; la abolición de las fronteras entre el personaje privado y el personaje público; la instalación del protagonista en un tiempo fluido donde pasado, presente y futuro se interdigitan, y la injerencia mutua entre el espacio objetivo de los hechos y el espacio simbólico de la escritura.

La novela de Froilán Escobar nos acerca a los últimos días en la vida de José Martí, desde su desembarco en Playitas de Cajobabo hasta Dos Ríos, pero esta es una descripción insuficiente porque el tiempo de la narración se expande hacia el pasado e incluso hacia el futuro, del mismo modo que las acciones van mucho más allá de lo meramente argumental.

Todos los cubanos, desde el busto de yeso que presidía la escuela hasta los discursos de yeso de los políticos, tenemos una imagen más o menos estereotipada de quien ha sido llamado Maestro, Apóstol, Prócer de la Patria, etc. El discurso martiano es no sólo uno de los más prolíficos del continente americano, sino también notable por su diversidad y sus enfoques en ocasiones ambiguos o contradictorios. Eso ha permitido a ideólogos de cualquier signo construir un Martí de referencia a su imagen y semejanza. (De Karl Marx dijo que “Como se puso del lado de los débiles, merece honor”, aplauso de los marxistas, y que “Espanta la tarea de echar a los hombres sobre los hombres”, aplauso de los antimarxistas, por ejemplo). Y también permite que cualquiera tenga su propio Apóstol tan fosilizado como aquel busto de yeso.

Frente a ese José Martí “ejemplar”, Escobar nos presenta un hombre enfermo, cansado, adolorido, no sólo de los pies o de las llagas, sino también del alma. La rehumanización del mito pasa por la presencia física de ese ser menudo, hecho a la ciudad y no a las serranías, que jadea montaña arriba cargado con su fusil, su pistola y su pesada mochila. Quiere demostrar que es también el hombre de guerra que no será nunca, como pronto sabremos, para demostrar a sus críticos que no es sólo un piquito de oro que invita a los demás al sacrificio, como dice el himno nacional “A las armas valientes corred” y no “corramos”, algo que observó en su día Nicolás Guillén. Ese Martí que para discutir de tú a tú con los generales de todas las guerras necesita que lo reconozcan, sino como a un igual, al menos como a un compañero de armas a quien asiste el derecho de los que se juegan la vida. Aunque desde la adolescencia lo haya arriesgado todo por la libertad de Cuba. Y ahí aparece como un fantasma recurrente Carmen Zayas Bazán, la esposa, la madre de su hijo que le reclama atención y manutención, porque un hijo es un compromiso inalienable que, según ella, no acepta como excusa la patria. Escobar no elude el conflicto: sacrificarlo todo por la patria puede resultar generoso, altruista quizás; pero abandonar sin recursos a su esposa y al hijo que nació sin que nadie le pidiera permiso no tiene tan buena prensa. Es difícil localizar con exactitud dónde queda la frontera entre la patria como deber y sacrificio, y la patria como vocación mesiánica de un hombre obsesionado por su papel en la historia, y no hablamos, desde luego, de eso que Fidel Castro, el apicultor en jefe, llamó “las mieles del poder”. La muerte evitó que José Martí alcanzara esas mieles que pueden provocar la diabetes de la corrupción. Cómo habría sido el Martí Presidente de la República es algo que jamás sabremos. La muerte lo sorprendió en su momento de luz, evitó que se fuera apagando con la niebla del tiempo.

El autor de La noche bella no deja dormir no elude conflictos. Aunque los de la carne no han sido nunca en Cuba pecados mortales, bucear en los pensamientos de Martí sobre su María de Guatemala, la niña de 16 años, “dicen que murió de amor”; o los 16 años de Modesta, la jovencita de la Sierra que “se puso zapatos y túnico nuevo para recibirlos”, con la que el Martí de 42 años mantiene un escarceo que no pasa a más por las premuras de la guerra, todo invita a un juicio contemporáneo en clave de pedofilia, aunque hace un siglo una relación de ese tipo fuera algo habitual. O los amores furtivos con su otra Carmen, la esposa de Manuel Mantilla, postrado en una silla de ruedas, que más tarde reconocería como propia a María, la segunda hija de Martí. Ese Martí que la ortodoxia patriótica de yeso prefiere escamotear a la púdica mirada de los ciudadanos.

El José Martí de los libros de texto se centra en el personaje público al servicio del ideal independentista o circunscrito a esferas profesionales: el periodismo literario, la poesía precursora del modernismo, el discurso latinoamericanista. En cambio, este Martí asciende Loma Pavano asediado por una suma promiscua de conflictos públicos y privados: su relación con los viejos generales, la necesidad de prevenir a la futura república del caudillismo autoritario, la contestación a sus críticos, el posible regreso a Estados Unidos para recaudar fondos y concertar expediciones (“iba vestido de población” en el momento de su muerte, nos cuentan), la relación con los soldados y con los ciudadanos que va encontrando a su paso, los compromisos de paternidad incumplidos, sus amores y sus deberes, los reproches de una Carmen y los halagos de la otra, las niñas de Guatemala o de la Sierra que insisten en su memoria, la difusa sensación de culpa, la madre distante y admonitoria, el incierto destino de una república que se balancea entre la metrópoli y la anexión, y la lucha contra sus propias limitaciones físicas. La abolición, en suma, de las fronteras entre el personaje privado y el personaje público.

A esto contribuye en no poca medida la construcción formal de la novela que se mueve entre el narrador omnisciente o semiomnisciente en tercera persona y el discurso indirecto libre, aproximándose en ocasiones al flujo de la conciencia. Este punto de vista introduce al lector en la intimidad del personaje. No se trata de la figura histórica a la que estamos habituados, colocada por la historiografía en la distancia, sino de un ser próximo, tangible, a nuestro alcance en su humana dimensión transitada por sus angustias y sus contradicciones.

Otro de los hallazgos que invisten a esta novela imposible es la instalación del protagonista en un tiempo fluido donde pasado, presente y futuro se interdigitan. Si bien el curso de los acontecimientos desde el desembarco hasta la muerte es el hilo temporal que vertebra la historia, los continuos flashback y flashforward, la intromisión del protagonista en un tiempo que todavía no ha ocurrido, permiten al personaje atisbar su muerte, las heridas que deforman su cadáver, la autopsia, los sucesivos enterramientos y exhumaciones e incluso la identidad de su asesino. Los tiempos se superponen, se solapan, de modo que Martí puede convocar la presencia de Modesta mientras María García Granados toca al piano una pieza de Arditi. El tiempo se ensancha o se encoge, regresa una y otra vez subrayando ciertas obsesiones. El tiempo recurrente siembra de pautas el fluir de su conciencia y pespuntea en la percepción del lector los hitos existenciales del personaje.

El último de los factores que hacen posible esta novela imposible es la injerencia mutua entre el espacio objetivo de los hechos y el espacio simbólico de la escritura. Si bien los acontecimientos de esos últimos días van sucediendo de una manera aproximadamente cronológica en lo que podríamos llamar, no sin precauciones, el plano de la realidad; existe otra realidad tan potente como la objetiva que nos arrastra hacia un espacio simbólico, y es la escritura del diario donde los acontecimientos se van filtrando de un modo nada facsimilar. Si bien hay referencias textuales al documento original, el diario escrito por Martí, existe ese otro diario que de alguna manera se escribe por su cuenta y donde aparecen incluso los detalles de su muerte. En ocasiones es el diario quien escribe a su autor, y no escasean los guiños cuando la textualidad de lo escrito difiere de la literalidad de los hechos. José Martí ha vivido toda su vida entre la realidad de un país sometido y la ficción de una patria libre. Entre las pequeñas miserias de lo cotidiano (estrecheces, enfermedad, incomprensiones, agravios) y la ficción de un apostolado luminoso. Entre las prosaicas servidumbres de la realidad y el fulgor de su propia escritura. Éste juego de espejos entre la realidad vivida y la realidad contada tiene aquí su expresión más obvia entre el angustioso ascenso de la montaña que convoca toda su debilidad humana, sus males y sus dolores, y la perfección de la palabra escrita.

Persistir durante toda la novela en el flujo de la conciencia martiana era, sin dudas, un peligro. Podría extenuar la atención del lector. Por suerte, Escobar salva el escollo con la irrupción de documentos, referencias, poemas, intervenciones de otros personajes que vienen desde el pasado, que aparecerán en el futuro pero ya constan en este presente, o de aquellos que acompañan al protagonista en sus últimos días: la inocente sensualidad de Modesta, el léxico singular de Marcos del Rosario, las recurrentes intervenciones de Máximo Gómez (¿Le pasa algo?), donde cabe toda su inquietud, su preocupación y su desasosiego. O la cortante presencia de Maceo: ¿Pero usted se queda conmigo o se va con Gómez? Y, desde luego, la excelente textura, la construcción minuciosa, el aliento poético de la palabra que es ya una seña de identidad en la literatura del autor.

Una novela, en suma, que nos aproxima desde una perspectiva singular a uno de los personajes más extraordinarios de la historia cubana. Una novela que consigue desenfardelar el cuerpo momificado del mito hasta revelarnos al ser en la plenitud de su dolorosa humanidad.

https://www.cubaencuentro.com/cultura/articulos/la-posibilidad-de-lo-imposible-344107





Día 33

12 10 2013

(12 de octubre, 2013)

Arzúa – Santiago de Compostela: 41,10 km

A Roncesvalles: 760,81 km

A Santiago de Compostela: 0 km

Cuando me despierto a las 4:30 de la mañana estoy cansado de tanto caminar en sueños. Me he pasado la noche de travesía por los accidentados caminos del subconsciente. Ahora regreso a la realidad y a las 7:15 salgo a una fría mañana que se calentará paso a paso.

Como falta al menos una hora y cuarto para que amanezca, y las señales del camino pueden ser engañosas, opto por seguir la carretera, un trayecto más largo pero sin posibilidad de perderse, hasta que ésta se cruce con el camino dentro de dos kilómetros, en un sitio llamado Pregontoño, no sé si porque allí los pobladores hacen preguntas escabrosas.

El camino de hoy es más o menos llano con subidas y bajadas, ninguna de ellas drástica. La ruta hasta Santiago de Compostela se divide en dos etapas: una, de 19,1 kilómetros, hasta Pedrouzo, y otra, de 22 kilómetros, de Pedrouzo hasta Santiago de Compostela. Como muchos peregrinos, estoy seguro de no quedarme esta noche en Pedrouzo, que no tiene nada de especial, y continuar 15 kilómetros más hasta Monte do Gozo, a 5 kilómetros de Santiago de Compostela, desde donde se divisan las torres de la catedral. Eso haría una etapa de 36,3 kilómetros, pero mi duda se mantiene. ¿Por qué quedarme a 5 kilómetros de Santiago, cuando con un pequeño esfuerzo adicional, en poco más de una hora, puedo alcanzar la ciudad esta misma tarde? Mi esposa me espera mañana, pero podría darle la sorpresa de llegar esta noche.

El camino, siempre paralelo a la carretera, alterna sembrados y bosques, pequeñas aldeas como Calzada, Calle, Boavista, Salceda o Santa Irene, que han perdido el viejo rostro de aquella Galicia rural un tanto lúgubre para sustituirlo con nuevas casas amplias y ajardinadas.

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Galicia bucólica

Me detengo a tomar un café cerca de Santa Irene y observo con asombro en la televisión lo que, de momento, me parece una ceremonia latinoamericana con entorchados, desfiles, uniformes surtidos y aviones que surcan el cielo. No me había percatado de que hoy es 12 de octubre, el Día de la Hispanidad, y en Madrid tiene lugar el desfile de todos los años para celebrar que, mientras buscaba chinos, un italiano tropezó de casualidad con unos americanos a los que “descubrió”, aunque ya ellos se habían descubierto a sí mismos varios milenios atrás.

Transitar los bosques autóctonos, los nuevos bosques de eucaliptos, o la combinación de ambos para producir un nuevo bosque mestizo, es un placer. El camino bajo las altas copas de los árboles es ancho, mullido y despejado. Un verdadero descanso para los pies que rondan ya los 20 kilómetros.

Cruzo Pedrouzo por su margen este y continúo por un extenso bosque hasta Amenal, donde la carretera y el camino se cruzan. Me detengo en una cafetería, pido un bocadillo porque ya pasa de la una y sé que no voy a llegar a mi destino antes de las cuatro o las cinco de la tarde, saco el ordenador y me conecto a la red wi-fi del establecimiento. Llamo por teléfono a la Oficina de Atención al Peregrino en Santiago de Compostela. Me informan que mañana estará abierta hasta las nueve de la noche. Al revisar la página de Renfe, me llevo una decepción: a partir de las cuatro de la tarde, no habrá ningún tren hasta mañana a las nueve, y en este, al parecer, no hay plazas disponibles. El viaje en autobús, otra posibilidad, tarda unas siete horas. De todos modos, si llegara a Santiago antes de las nueve, podría solicitar la Compostela, el documento que expide la Oficina de Atención al Peregrino a quienes han hecho a pie cien kilómetros o más, y en bicicleta o a caballo, doscientos. Y después, buscar algún medio de transporte hacia Madrid, sea hoy o mañana a primera hora.

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Muy cerca

La posibilidad de quedarme en Monte do Gozo mirando las torres de la catedral en la distancia, para mañana entrar triunfalmente a primera hora, no me seduce. Aunque sea lo más recomendable para aquellos peregrinos que no conocen Santiago y que dedicarán, de ese modo, el día a la ciudad. Yo he visitado Santiago varias veces, he visto el botafumeiro en acción, y sé que nadie me echará de menos en la misa.

Por la lentitud de la conexión a Internet, he perdido bastante tiempo en estas búsquedas, y si quiero llegar a Santiago, todavía faltan 16 kilómetros, más de tres horas de camino. Aunque esto de la distancia empieza a ser relativo. Desde Arzúa se levantan, cada medio kilómetro y en todas las intersecciones del camino, mojones que señalan la dirección y los kilómetros que faltan para Santiago, pero estas cifras quedan en suspenso poco antes de San Paio, cuando ya se escucha el ruido de los aviones en el Aeropuerto internacional de Lavacolla. En teoría, quedan 10 kilómetros hasta Santiago de Compostela. En realidad, recorreré tres o cuatro más, hasta completar 41,1 kilómetros (que bien contados, podrían ser 43).

Atravieso la interminable zona boscosa de Vilamaior hasta San Marcos, donde el camino se bifurca: si continúo hacia delante, tomaré la carretera que conduce a Santiago, si me desvío a la izquierda, llegaré a Monte do Gozo, que es lo que hace la mayoría de los peregrinos. Son las tres y cuarenta y cinco y me faltan cinco kilómetros para la Plaza del Obradoiro.

Durante mi primera noche de camino, en Zubiri, un vasco me dijo que etapas de más de 40 kilómetros sólo las hacían los de Bilbao, de modo que si llego esta tarde a Santiago me tendrán que conceder la ciudadanía honorífica de Bilbao.

Decidido a concluir hoy mi viaje, continúo.

Después de atravesar casi toda la ciudad de este a oeste, llego al centro y, ante todo, me dirijo a la Oficina de Atención al Peregrino, donde me entregan la Compostela. En ella consta en latín que el peregrino Aloisium Manuelum ha cumplido sobradamente la ruta jacobea. 760 kilómetros. 660 más que el mínimo exigido. Un holandés con residencia en Costa Rica, el voluntario que me expide el documento y busca la traducción de mi nombre al latín, me felicita tres o cuatro veces. Al parecer, por cada loco que llega desde Roncesvalles, hay 20 o 30 cienkilometristas.

Ya sé que esta noche no podré viajar a Madrid. La sorpresa queda derogada, de modo que llamo a mi mujer para que me consiga por Internet para mañana algún pasaje en tren, en avión, en dirigible.

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La casa del apóstol

Mientras, me acerco a la oficina de turismo y me recomiendan varios albergues. Elijo el más cercano, que no es propiamente un albergue de peregrinos. En él, la biodiversidad va desde un señor atildado de chaqueta y gabardina, con una gran maleta y aspecto de vendedor de biblias a domicilio, hasta jóvenes neo hippies que se afanan por preparar los porros más elegantes de la cristiandad. Y algunos peregrinos jóvenes, sobre todo franceses, alemanes y norteamericanos. El sitio no es ni una maravilla ni un desastre. Lo suficiente para dormir esta noche a cubierto.

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Obradoiro

Cumplo el rito de todos los días y una vez duchado y vestido, me dirijo a un bar que queda justo frente a la catedral. Pido un café, una copa de brandy, y extraigo de su estuche un habano Romeo y Julieta que ha venido dando tumbos en mi mochila durante un mes. Después de beberme el café, mientras caliento en la palma de la mano la copa de brandy, enciendo el habano y me dedico a ver cómo cae suavemente la noche sobre las torres de la catedral, que se van disolviendo en las tinieblas. Al mismo tiempo, 760 kilómetros que han sido mi realidad durante un mes, comienzan a convertirse en recuerdo, sin que se sepa cuál es la equivalencia exacta entre la distancia y la memoria.

A pesar de que hoy he recorrido más de 40 kilómetros, no estoy extenuado. Pero quisiera permanecer así, contemplando el atardecer, muchas horas. Saber que el camino ha concluido, y que a partir de mañana tendré que digerir poco a poco todo lo sucedido en tantos días de peregrinaje, me coloca en una especie de limbo: lacio, a la expectativa.

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La catedral. E$l camino.La noche

Hay un momento mágico, cuando la catedral desaparece en la noche, el habano concluye y el último sorbo de brandy me indica que ha llegado el momento de levantarme y echar a andar.

Otros serán los caminos.

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Brindis por un final

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O por un nuevo camino





Día 32

11 10 2013

  (11 de octubre, 2013)

Palas de Rei – Arzúa: 29,52 km

A Roncesvalles: 719,71 km

A Santiago de Compostela: 41,10 km

Después de desayunar, abandono el albergue a las siete y quince de la mañana. El termómetro de una farmacia baja de los diez grados. Hoy es jornada larga, con subidas y bajadas no demasiado pronunciadas. A la salida del pueblo, coincido con un peregrino francés de Marsella que, según me cuenta, empezó en Roncesvalles con su esposa. Pero hoy ella decidió peregrinar en autobús, y él camina a su ritmo. No sabe inglés, y está aprendiendo español (primer curso, supongo) de modo que nos entendemos como dos extraterrestres de diferentes planetas. Y pregunta los nombres en castellano de plantas, aves, amaneceres, etc. Esto tiene que ser una señal de que mi destino es como profesor de Español para extranjeros. De todos modos, falta hora y media para el amanecer, y cuatro ojos y dos linternas ven más que dos ojos (miopes).

Nos alcanza un norteamericano que me pregunta directamente si soy cubano. Su abuelo era cubano y emigró en los años 20. Antes de continuar a toda velocidad, me cuenta que es capellán de la prisión de Phoenix, Arizona. Eso explica su velocidad. En caso de necesidad puede salir pitando más rápido que los reclusos.

Entre prados y bosques llego a Leboreiro, donde está la iglesia románica de Santa María, de una nave, con ábside circular, techo de madera y una hermosa figura de la virgen en la portada. Enfrente está la fachada del antiguo hospicio de peregrinos del siglo XII. Y a las puertas de la iglesia, un cabeceiro: un gran canasto circular de palos entrelazados, cubierto con una techumbre cónica de paja y apoyado en una base de piedra. Antecesor del hórreo, se empleaba para conservar el maíz.

Más adelante se cruza en mi camino un personaje singular: como salido de una ilustración de algún manuscrito medieval, aparece un joven con sandalias, sombrero de ala recogida, barba hasta la mitad del pecho, melena hirsuta y sayal marrón de monje. En lugar del morral vacío, va arrastrando un carrito donde trae sus bártulos. Un perro con cara de aburrido lo acompaña. Es el logotipo del peregrino clásico, el que intentan reproducir con escasa fortuna la mitad de los escultores municipales del camino. Viene de ver al apóstol, porque va en dirección contraria.

Entro más tarde a Furelos por un bello puente de piedra, y de ahí a Melide, de unos 5.000 habitantes, y con un tráfico intenso. Casi todo el camino va paralelo a la carretera, cuando no coincide con ella, pero resulta agradable atravesar huertas y, a partir de Santa María de Melide, extensos bosques donde buena parte del camino discurre bajo el túnel formado por las ramas de los árboles que se entrelazan en lo alto.

Ascensos y descensos a veces pronunciados jalonan toda la ruta, hasta concluir, en la llegada a Arzúa, con una pendiente que sube casi doscientos metros en menos de tres kilómetros.

De la profusión de peregrinos en Roncesvalles, Logroño, León y Burgos, he pasado a una despoblación notable del camino. No sé dónde han ido a dar los colegas, pero lo cierto es que con frecuencia camino una hora o más sin ver a nadie. Por suerte, el camino está perfectamente señalizado.

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A partir de Castañeda y, sobre todo, de Ribadiso de Baixo, el paisaje se abre y puedo ver los montes cultivados hasta cerca de la cima, sitio reservado a bosques como penachos que adornaran el cenit de las lomas. Semejante a esos cortes de cabello que suelen usar los jóvenes raperos: un bonete de pelo que se yergue en una cabeza casi rasurada. Es el mismo tipo de convivencia entre agricultura y naturaleza que he visto en Suiza. La suizificación gallega.

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Una boina de bosque

Justo en Ribadiso, cuando Arzúa dista apenas tres kilómetros, ocurre un milagro: al doblar un recodo, aparecen decenas de caminantes, como si un manantial de peregrinos manara de las peñas. Adolescentes pelirrojos escuchando sus iphones, señoras ataviadas de picnic dominical que se toman fotos con báculo y paisaje, un norteamericano de impecable atuendo y su hija de nueve o diez años con su bastoncito a medida. Todos con sus vieiras y sus mochilitas de colores surtidos. En contraste, los demás parecemos bastos seres salidos de los bosques con pesadas mochilas, camisetas resudadas y el polvo de media España en las botas. En el pret a porter del apóstol no ganaremos ni un premio de consolación.

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Por fin arribo a Arzúa, de la que tengo buenos recuerdos. Aquí estuve hace tres años, en Casa Lucas, una bella casa rural a ocho kilómetros del pueblo. Quería visitar Santiso y Cercio, donde nacieron mis abuelos.

Una vez duchado y comido (un chuletón de ternera gallega que jamás olvidaré, aunque no haya conocido personalmente a la vaca), llamo a Casa Lucas para saludar a los dueños, que insisten en venir a buscarme para que pase la tarde con ellos. Una velada estupenda, diferente, en un sitio donde la naturaleza se ha prodigado generosa, y con personas entrañables.

Me cuentan que una agencia organiza tours de peregrinos, sobre todo norteamericanos. En un autobús los dejan en un punto, provistos de pequeñas mochilas y merienda. Cada cinco kilómetros comprueban que estén bien y curan sus ampollas si fuera necesario. A los quince kilómetros los llevan a cenar y dormir en una casa rural, y a la mañana siguiente continúan donde lo dejaron. Nada queda al azar.

Mañana tengo una larga jornada. Pasaré de Pedrouzo y llegaré a Monte do Gozo, a cinco kilómetros de Santiago. Treinta y seis kilómetros que confío recorrer en ocho horas. De modo que el domingo entraré en la ciudad antes de las diez de la mañana.





Día 31

10 10 2013

(10 de octubre, 2013)

Portomarín – Palas de Rei: 25,06 km

A Roncesvalles: 690,19 km

A Santiago de Compostela: 70,62 km

Con el perdón de algún lector asiduo (si lo hubiera), aquí he vuelto a corregir las distancias. En Bercianos del Real Camino me contaron que éstas habían cambiado, con lo que modifiqué la norma de cálculo, pero al parecer no era tan así. Corrijo entonces la distancia recorrida y la pendiente y tendré que reajustar todas las anteriores acumuladas, no la distancia diaria que sí es correcta.

La de anoche no fue una noche de sueño tropeloso como esas a las que ya estoy habituado, sino verdaderamente rara. A las diez y media me caía de sueño y dormí de un tirón hasta las dos, cuando, ante la imposibilidad de dormirme de nuevo, me levanté y escribí hasta las cuatro. Regresé a la cama, y me dormí de nuevo profundamente de cinco a siete. Menos mal que el camino se acaba, porque si en adelante mi sueño va a ser como una serie de TV, por episodios, lo llevo crudo.

Salí desayunado a las ocho y me interné en la niebla, más espesa que ayer. Pero antes falté a una promesa. Ayer me bebí un café en una cafetería del pueblo y descubrí con asombro, pese a mi experiencia, que el café siempre puede ser peor. Juré, como Scarlett O’Hara en Lo que el viento se llevó, que jamás volvería a tomar un café en ese sitio. Pero hoy, temiendo que fuera el único abierto en los próximos kilómetros, reincidí. Con idéntica pesadumbre en el paladar. En los siguientes quinientos metros había, al menos, cuatro establecimientos abiertos.

Antes de salir, reservo en el Mesón de Benito, de Palas de Rei, atinada elección, como comprobaré más tarde. En Sarria me contaba un peregrino leonés que tuvo que visitar varios hospitales y parar un par de días porque no en uno, sino en tres albergues diferentes se cundió de chinches que tenían la intención de comérselo vivo. Entonces me explicó que él arrancaba a caminar sin saber dónde llegaría cada día, y que al llegar se quedaba en el primer albergue que encontrase, sin averiguar antes condiciones, calidades, u opiniones de otros peregrinos. Aunque es norma que los albergues sean limpios y confortables, en algunos los servicios son muy viejos, destacan por su poca higiene o ha habido brotes de chinches. Y el único modo de evitarlo es informarse. Aunque vayas a cumplirle al Apóstol con la mayor devoción del mundo, es excesivo pedirle a Santiago que esté al tanto de cada chinche y cada peregrino, y que evite el encuentro por intercesión divina. No me fastidies, carallo, para eso está Internet, dirá el santo.

Salvo la trepada inicial para salir del valle del Miño, casi toda la jornada es de suaves ascensos y descensos, o largas planicies que hacen de la marcha un paseo.

Hasta pasadas las diez y media no se levanta la niebla. Todo el camino discurre paralelo a la carretera, y voy cruzando una Galicia que recuerda cada vez menos el pasado: maquinaria, tractores, plantas de procesamiento, fábricas, trasiego de camiones. Conociendo Suiza, siempre he pensado que Galicia es una Suiza no domesticada. Pero aquí la doma del monte avanza deprisa.

Cerca de Gonzar sello la credencial y luego atravieso lo más rápido posible Castromaior (tampoco me gusta el vigente Castromenor, por ello lo evito siempre que puedo).

Antes del Hospital da Cruz, en un sitio donde la carretera corta el camino, se detiene un coche, bajan cuatro personas en atuendo de peregrinos, sacan del maletero sus mochilas bonsái y arrancan a caminar con el entusiasmo de un cantaor flamenco por bulerías. Se ve que llevan muchos kilómetros (de autovía). Si es lo que me imagino, seguiré sin entenderlo. Engañarse a sí mismos es imposible. Y si son creyentes, tampoco pasarán inadvertidos al omnisciente, a menos que confíen en que su acción coincida con un parpadeo de Dios.

Capillas, cruces de peregrinos, pazos y cruceiros van apareciendo entre Vendas de Narón, donde me bebo un refresco, y Ligonde, a nueve kilómetros, dos horas, de mi destino.

Entro al Consello de Monterroso que, de ser guatemalteco, sería brevísimo, en homenaje al escritor latinoamericano que con más tino ahorraba las palabras. Pero este tiene 114 kilómetros cuadrados, demasiado para que al despertar el dinosaurio todavía estuviese allí. Andaría huido por los Montes de Vacaloura.

La entrada a Palas de Rei, demasiado grande para los 800 habitantes que le conceden la guías, discurre por un extenso parque donde empiezan a aparecer albergues de peregrinos. Yo debo continuar hasta la entrada del pueblo. En el albergue me da la bienvenida Manuel (en inglés, francés, gallego, hasta que le digo que hablo castellano desde mi más tierna infancia) con un inusual apretón de manos. No sé cómo le sentará a un sueco, pero los cubanos somos gentes de contacto físico, de tocarnos al hablar. El tacto tiende puentes por donde transitan las palabras.

Medio tocayo, su padre nació en La Habana, y sus abuelos en la misma zona de Galicia (muy cerca de aquí, por cierto) donde nacieron los míos. Curioso, entra a este blog mientras me ducho y almuerzo, y echamos una larga conversación de sobremesa. Coincidimos en que el camino es una experiencia personal, intransferible, y que cada peregrino debe encontrar sus razones, sus motivos y su propio paso. Supeditarse al de otros durante muchas etapas no suele dar buen resultado.

Tres jornadas, 65 kilómetros, me separan de Santiago. Pero posiblemente demore meses en digerir todas las experiencias del camino. A veces, mientras estoy en la ruta, me asalta la sensación de que llevo años, siglos caminando. Y puede que sea cierto. Aunque antes no lo supiera.





Día 30

9 10 2013

(9 de octubre, 2013)

Sarria – Portomarín: 22,75 km

A Roncesvalles: 665,13 km

A Santiago de Compostela: 95,68 km

Despierto a las seis, pero me quedo trabajando hasta pasadas las nueve, primero en el albergue y luego en un bar de las inmediaciones. Mientras estoy en el bar veo pasar a, ¿quién si no?, mi amigo coreano que me saluda efusivo.

Después de trepar el empinado casco viejo de la ciudad, salgo de Sarria por el Ponte Aspera, puente románico de cuatro ojos (siglo XIII) y me adentro en un bosque encantado, aunque un tanto lúgubre, de árboles antiquísimos.

La etapa será una copia de la de ayer, con subidas, bajadas, repechos, largas planicies y, sobre todo, la abrumadora presencia de la niebla, que me acompañará hasta pasadas las once de la mañana, cuando levante brevemente para volver a disolver el paisaje.

En medio de la niebla, el olfato se agudiza: tierra mojada, hierba, la leña ardiendo en un hogar, que me recuerda la finca en el campo donde veraneaba de niño. Y, sobre todo, el permanente olor de las vacas que no invoca en lo absoluto el aroma de esas mismas vacas transformadas en filetón a la plancha.

En Barbadelo entro a un bar para sellar la nueva credencial, porque la anterior ya se llenó hasta la última página. Desde aquí hasta Santiago deberé sellar al menos dos veces al día. Basta caminar cien kilómetros para obtener la Compostela y, al parecer, algunos se mueven por la ruta en coche coleccionando sellos y no kilómetros de camino. Ignoro las motivaciones. Si es por razones religiosas, difícil será engañar a Dios. Si es por razones espirituales, no puedes engañarte a ti mismo. Y hasta donde alcanzo, ninguna empresa mejora el salario por hacer el Camino de Santiago y demostrarlo documentalmente.

A la salida del pueblo, espera una chica, tablilla en mano, para pedir dinero en nombre de la Asociación de Sordos. Le hablo en lengua de signos y no comprende nada, desde luego. Es una de las tantas chicas rumanas que pululan por España con el mismo timo sin tomarse el trabajo de aprender lengua de signos. No esperaba encontrar a ninguna en medio del camino, en este pueblo perdido. Alerto a los peregrinos, pero ya ha timado a un par de norteamericanas que venían delante.

Además de los viejos conocidos que voy encontrando aquí y allá, noto la arribazón de nuevos caminantes, los cienkilometreros. Se les detecta por el lustre de las botas, las ampollas frescas y los pasos aun dubitativos.

Ya es para nosotros habitual desplazarnos hasta un sitio que llamamos aeropuerto, encerrarnos en una cápsula de abolir distancias, y descender a cinco o diez mil kilómetros después de algunas horas encajados en un asiento de la clase turista. Sin ello no tendríamos la visión global del mundo que hoy disfrutamos. Cualquier hijo de vecino, no un Marco Polo o un Cristóbal Colón, ha puesto el pie en varios continentes, ha presenciado decenas de ciudades y ha conocido personas de múltiples razas, culturas y lenguas. Quizás eso a muchos nos haga más comprensivos, más tolerantes, más abiertos a la otredad de lo que un día fuimos, cuando todo hombre nacía y moría en veinte kilómetros a la redonda y su mundo se reducía a su clan, aldea, tribu. El otro era siempre un enemigo potencial.

Cerrar los ojos mirando la Torre Eiffel y abrirlos mirando la de Pisa tiene su encanto, que a los antiguos habría resultado encantamiento. Caminar también tiene el suyo. Ver como poco a poco lo que antes quedaba frente a la mirada se pierde a tus espaldas, cómo se alternan prados, repechos, aldeas, cumbres, tiene la propiedad del tacto. Vas tocando el paisaje con tus pasos. Es otro tu sentido de la geografía, la equivalencia entre tiempo y distancia. Posiblemente el sudor y el cansancio, el paso largo o el penoso ascenso, se conviertan en marcadores fluorescentes en los márgenes del libro de los paisajes.

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Mis pies recuerdan aun el descenso vertiginoso de los Pirineos entre una vegetación densa, una muralla verde. Las elevaciones cada vez más suaves del resto de Navarra. Los extensos viñedos de La Rioja. Las llanuras de Castilla León, con sus trigales como un mar dorado que mira impávido al caminante. Las montañas de León hasta trepar a la frontera de Galicia, y ahora este nuevo mar de crestas, bosques y prados guarnecidos por las cimas. La memoria de mis pies servirá de recordatorio a la memoria de mi cabeza cada vez que intente invocar el camino.

Durante millones de años, hasta que fue domesticada la primera bestia, los homínidos abandonaron África y trashumaron a todo el planeta por el simple expediente de colocar un pie después del otro. El paso era la medida de todas las distancias. Volver durante un mes a ese estadio primero es una lección de lo que verdaderamente somos en relación con nuestro mundo, del espacio que ocupamos en la naturaleza una vez desprovistos de medios mecánicos.

Varios kilómetros más adelante, una vaca se evade de su prado perseguida por el pastor e invade el camino, con el consiguiente desparrame de peregrinos, aunque, por suerte, no éramos muchos en este tramo. La vaca con vocación de toro, tras recorrer doscientos metros de camino, se pierde en un prado vecino.

Ya empiezan a aparecer los hórreos, algunos muy antiguos, con esa pátina de respetabilidad que otorga el tiempo. Otros de reciente factura, trucados, y algunos horreorosos. También cruces de hormigón o madera que ciertos peregrinos se encargan de condecorar con cintas, sombreros, camisetas, pañuelos, fotos del perro, “I love you, Frank” en una hoja arrancada de un cuaderno. Una quincallería kitsch que, lejos de embellecer, encanalla el paisaje. Por favor, peregrinos, esperen al próximo árbol de navidad. La naturaleza está mejor cualificada para el diseño que vosotros.

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En Mercadoiro, a siete kilómetros de mi destino, me como un pincho de tortilla acompañado por una caña. La tortilla más amarilla que recuerdo. No sé si es un homenaje a las flechas amarillas del camino, pero me aclaran que son huevos de gallinas de patio, caseras, alimentadas con maíz. Habitualmente para hacer los últimos kilómetros conecto mi motor de tortilla española. Ya de paso, zafo mis botas y sacudo de ellas unas piedrecitas minúsculas, de menos de un milímetro, pero que al andar resultan tan molestas como si llevara la Gran Piedra en el izquierdo y Gibraltar en el derecho.

Por fin la cima se abre al valle y aparece Portomarín sobre una elevación flanqueada por el río Miño, que aquí se embalsa.

Hoy en la mañana, un peregrino suizo que viaja en bicicleta reivindicaba, en un exceso geométrico, que posiblemente el camino original seguía el trazado más rectilíneo de las modernas autovías. Ignora que aquel peregrino, pobre y con frecuencia enfermo (no el rey, el general o el dignatario con su corte de edecanes), que viajaba con una calabaza de agua y el morral vacío, solía evadir los densos bosques, poblados por lobos, osos y ladrones, necesitaba pasar por las aldeas donde pedir cobijo y ayuda, y eso haría de ese camino original un trazado zigzagueante, diseñado por la necesidad antes que por la geometría.

Continúo junto a un gran prado de florecitas amarillas que haría muy feliz a Senel Paz, y el camino está cubierto de pequeñas láminas de mica que refulgen al sol, con lo cual ando como Lucy en el camino and with diamonds, una referencia que haría muy feliz a mi amigo Sacha.

A todo se acostumbra uno. Con frecuencia ni me percato de que llevo a la espalda una mochila de 12 o 13 kilos, peso excesivo de acuerdo a todas las recomendaciones, pero en mi caso necesario: el portátil, los cables, el cuaderno, la guía y un par de documentos son los kilos que sobran. Pero hoy sí me percato. Viene molestándome desde hace un par de kilómetros, posiblemente porque no esté bien ajustada. Deberé revisar las cinchas cuando llegue. Y soy el primero en llegar al albergue Portosantiago, que aunque reúne en un mismo salón nueve literas, tiene instalaciones comodísimas, más propias de hotel que de albergue.

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La entrada de la ciudad es magnífica, tras atravesar el largo puente sobre el Miño y ascender una escalera de piedra. Sólo falta escuchar los pífanos y los clarines en las torres anunciando tu llegada. Y, más adelante, en la plaza, ver la guardia en formación frente a la singular iglesia-fortaleza, maciza aunque dotada de amplias vidrieras y un rosetón enorme en plena fachada.

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Hoy he llegado a las tres menos cuarto, aunque habitualmente no suelo estar en el camino más allá de las dos. Es un castigo continuar caminando con el sol muy alto, aunque algunos peregrinos suelen andar hasta las cinco o seis de la tarde, bien porque vayan a paso de paseo dominical y parando en todos los chiringuitos, bien porque quieran cubrir distancias de treinta o más kilómetros. Creo que veinticinco kilómetros es una etapa prudente. Son los que debo recorrer mañana, así que deberé salir más temprano que hoy.





Día 29

8 10 2013

(8 de octubre, 2013)

Triacastela – Sarria: 18,37 km

A Roncesvalles: 642,38 km

A Santiago de Compostela: 118,43 km

Cuando desayuno y termino de preparar la mochila, son las siete y quince. Cruzo al bar de enfrente, pido un café, corrijo el post de antes de ayer y termino el de ayer que subo ya revisado. Cuando concluyo son las nueve y cuarto de la mañana. Reservo el albergue de Sarria por teléfono y echo a andar.

Hoy deberé decidir entre dos rutas: una que va hasta Sarria a través de Samos, unos 24 kilómetros, y la otra, que va por San Xil (poco más de 18 kilómetros). Esta última arranca con una fuerte pendiente, pero más tarde se horizontaliza. La otra es mucho más plana. La ruta por San Xil, que es el camino original, ofrece la mejor panorámica de la Galicia profunda (granjas, pequeñas aldeas, campos), mientras la otra ha sido trazada con fines comerciales, para que pase por el mayor número de pueblos. El encanto de ésta es el monasterio de Samos, el gran monumento del camino en Galicia, aparte de Santiago, que han ocupado los monjes casi ininterrumpidamente desde el siglo VI.

De uno me interesa especialmente Samos. Del otro, todo el camino: esa Galicia rural, profunda, bellísima, de la que huyeron mis abuelos, y no precisamente de su estética, sino del olvido, la soledad y la pobreza. Me decido por la última.

Saliendo de Triacastela el paisaje es bucólico: penachos de vegetación en las cimas, prados que las mejores podadoras del mundo, las vacas, han convertido en campos de golf, arroyos y riachuelos por todas partes y el rocío matinal coagulado en la punta de las hierbas en goticas que brillan al sol del amanecer como puntadas de luz, gemas de agua.

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Tras pasar A Ferrería y A Balsa, aldeas de bolsillo, el camino se enseria cuesta arriba hasta el Alto de Riocabo (907 m). Camino empedrado, pero no tanto como la subida a O Cebreiro. En los ascensos está vedada la conversación, pero no el soliloquio. Entablo un ameno diálogo conmigo mismo. “Gracias, LM, por dejar de fumar”. “No hay de qué. A mí también me convenía”. “Ya lo sé. De no ser así, estaría largando (más) el aliento en esta cuesta”.

Después de San Xil, tras un repecho de la carretera, el camino se vuelve llano y la vista a la izquierda, espectacular: montañas y colinas hasta donde alcanza la mirada y, en los valles, lagos de niebla. De un lago blanco de neblina emerge, como una isla, una pequeña cresta.

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Junto a mí pasan dos jóvenes que me miran extrañados hablar con mi mano derecha. Debo aclarar que en ella hay una grabadora. No he enloquecido de camino. Dictando notas y tomando fotos debo andar atento para que no me ocurra lo de ayer y termine en una Galicia más profunda que la planificada.

Una nueva pendiente bastante abrupta corta los estratos de roca que asoman como las teclas de un gran órgano de catedral, y numerosas piedras sueltas obligan a caminar con cuidado. Aunque el camino está repleto de castañas que caen de los árboles, no me quiero pegar un castañazo. Y dispongo sólo de dos tobillos. Fabricado en 1954, para mí no hay ya piezas de recambio.

Entre Fontán y Fontearcuda atravieso bosques de castaños y robles, preámbulo del valle sepultado por la niebla. Es como caminar por una de esas leyendas gallegas de meigas y aparecidos. Las vacas son sustituidas por ovejas y el sol (apenas se sospecha) es algo que alumbra allá en lo alto, pero sólo salpica el suelo de vez en cuando.

 

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Me detengo a beber un zumo y a abandonar a la naturaleza los restos del anterior, y reemprendo el camino por una senda encajonada como el cauce de un arroyo de montaña. Al doblar un recodo aparece un perro, luego un pastor y detrás treinta y cinco vacas blancas, manchadas, marrones, todas con las ubres hinchadas de leche. Como si me pasara por delante, sobre sus propias patas, la sección de lácteos del supermercado: entera, desnatada y semi. Me aparto todo lo posible (las damas primero) para evitar una pisada accidental. Una vaca pesa seis o siete yo. Cierra la comitiva otro pastor, pero alemán.

Penetro de lleno en el corazón de la niebla (no de las tinieblas, Conrad). No se divisa nada más allá de cuarenta pasos. Un cuervo insiste en graznar desde alguna rama invisible. Añade un detalle Edgar Allan Poe a este paisaje.

La carretera está mojada como si hubiera llovido. Las gotas se condensan en mi ropa y en mi piel, porque en realidad voy atravesando una finísima llovizna que disputa a la gravitación universal su empecinada decisión de mantenerse suspendida en el aire, ni nube ni lluvia.

Aparece, fantasmal en medio de la niebla, una iglesia cerrada, como tantas en Galicia, sin párroco desde hace muchos años. Estas iglesias me recuerdan a mi abuelo gallego, un anticlerical militante que odiaba a los curas con la misma intensidad que a los políticos, y eso es mucho decir. Drástica sería la opresión del clero en aquella Galicia de principios del siglo XX para despertar un odio semejante.

Buscaba la Galicia de mis abuelos, y aunque oriundos de Pontevedra, la encontré en Pintín, en Furela, en Fontearcuda, en Montán, en Aguiada, en San Pedro do Camiño. Microscópicas aldeas con cuatro o cinco casas que hoy tienen coche a la puerta, Internet, TV vía satélite y teléfonos móviles. Hace cien años eran sólo viejas casas de piedras oscuras (y más oscuras por dentro a causa del humo), donde con frecuencia convivían humanos y animales, con puertas de un metro cincuenta y ventanucos mínimos por la humedad y el frío, en las que sólo cabía la soledad y la pobreza. Esa Galicia olvidada, donde jamás llegaba la mano del gobierno como no fuera para movilizar a los jóvenes hacia oscuras guerras en países exóticos (Cuba, Melilla, Filipinas), de donde regresaban (en el mejor de los casos, cuando regresaban) tan pobres como antes, pero con la memoria historiada (gracias, Borges) de cicatrices.

Gracias a la guerra de Melilla, de la que huyó el joven Gelasio, tengo un par de abuelos gallegos. Quizás sin ella también los habría tenido. La guerra contra la miseria no pactaba treguas ni armisticios. La niebla (un tanto melancólica) contribuye a invocar aquella Galicia. Posiblemente me acompañe hasta el final de esta etapa. Según me cuentan en Pintín, ayer levantó pasadas las dos de la tarde. Justo en Pintín, según el mapa, ya se ve Sarria desde el alto, pero hoy sólo se ven los árboles cercanos.

Después de esta naturaleza paulatina, resultaría sorprendente para mis mayores la dinámica feroz del trópico: aguaceros apocalípticos que duran quince minutos y escampan de golpe, momento en que el sol, diligente, comienza a evaporar los charcos.

La niebla es del mismo color que los ojos de mi abuelo, tristes incluso cuando se reía. Quizás porque perdió muy pronto a su mujer y a dos hijos, y tuvo que sacar adelante, él solo, a los tres restantes, ejerciendo los oficios más duros, los peor pagados. En sus 96 años no acumuló un gramo extra de grasa ni una carantoña de más. Lo recuerdo siempre dispuesto a ayudar, pero ni una sola caricia, como si fueran igualmente entecos su cuerpo y sus sentimientos. Sólo una vez, cuando a los cuatro años una niña me partió la cabeza de una pedrada (mi primera discusión seria con una dama, mi primera desilusión) y él me llevó a la Casa de Socorros de la calle San Lázaro. Nunca más me abrazó así.

También mi abuela, la asturiana, tenía los ojos grises, pero los suyos se reían a carcajadas cuando decía o hacía alguna de las suyas. Con esa alegría no pudo ni la viudez temprana, ni la hazaña de sacar adelante seis hijos con sus propias fuerzas. Quizás porque nació en Piedras Blancas, cerca del mar, y mi abuelo era hombre de tierra adentro.

Soy el primero en llegar al albergue Oasis, un verdadero hotel de peregrinos. Impecable. Y atrapo la única cama de una sola altura, sin vecino en los altos o en los bajos. Entonces me doy cuenta de que la niebla se ha condensado, goticas diminutas, en los pelos de mis brazos. El cromosoma que se ocupa de mi pilosiodad sufre un desfase geográfico. Mientras desaparecen los pelos de mi cabeza, más me crecen en los brazos. No es raro que la niebla los confundiera con la hierba y me condecorara con un rocío portátil.

Después de almuerzo, camino por Sarria: la iglesia románica de Santa María (siglo XIII), los restos del castillo de Sarria (siglo XIV), la iglesia del Salvador (siglo XI), con portada gótica aunque de planta románica. En la terminal de autobuses averiguo que hay uno hacia Samos a las seis de la tarde. Decido aprovechar lo mejor de ambas rutas y visitar el monasterio.

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A las seis y veinte ya estoy en Samos, donde se levanta, monumental, casi Escorial, diría, el doble claustro y la iglesia flanqueados por el río. Mientras espero, porque la visita guiada al monasterio no comienza hasta las siete, voy al albergue de peregrinos, un tanto desangelado, y a la edificación más antigua del conjunto: la capilla mozárabe del Salvador o del Ciprés (siglo IX), junto a un altísimo ciprés al que se atribuyen mil años.

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La visita no decepciona, aunque las actuales edificaciones son del XVII y XVIII, muy reconstruidos la iglesia y los dos claustros después de los incendios del siglo XVI y de 1951. Los espacios imponen, y los frescos efectuados en los años 60 recogen escenas de la vida de san Benito, aunque a los compañeros del santo les han puesto rostros de personajes locales del siglo XX. Por las fotos de Franco visitando el monasterio, supongo que habrá entre ellos muchos fachas de pro.

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Uno de los doce monjes que habitan el convento me pregunta de dónde soy. “Cubano”. “¿Del exilio?”. “No”, le respondo. “De los que consideran sus compatriotas a todos los cubanos, vivan donde vivan. De los que aspiran a que esa pregunta sea algún día superflua. Aunque vivo en Madrid”.

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El monje nos cuenta que Samos fue el primer albergue y hospital de peregrinos de Europa, en funciones desde el siglo X, y que ello basta para probar que el camino original pasaba por Samos, no por San Xil, como afirma la mayoría de los textos. Tiene lógica, desde luego. Habría que consultar el Calixtino, la más antigua fuente de información sobre el camino. Pero será otro día. Esta noche dormiré de un tirón desde las diez y media hasta las seis de la mañana, algo que ya me venía haciendo falta.