Día 33

12 10 2013

(12 de octubre, 2013)

Arzúa – Santiago de Compostela: 41,10 km

A Roncesvalles: 760,81 km

A Santiago de Compostela: 0 km

Cuando me despierto a las 4:30 de la mañana estoy cansado de tanto caminar en sueños. Me he pasado la noche de travesía por los accidentados caminos del subconsciente. Ahora regreso a la realidad y a las 7:15 salgo a una fría mañana que se calentará paso a paso.

Como falta al menos una hora y cuarto para que amanezca, y las señales del camino pueden ser engañosas, opto por seguir la carretera, un trayecto más largo pero sin posibilidad de perderse, hasta que ésta se cruce con el camino dentro de dos kilómetros, en un sitio llamado Pregontoño, no sé si porque allí los pobladores hacen preguntas escabrosas.

El camino de hoy es más o menos llano con subidas y bajadas, ninguna de ellas drástica. La ruta hasta Santiago de Compostela se divide en dos etapas: una, de 19,1 kilómetros, hasta Pedrouzo, y otra, de 22 kilómetros, de Pedrouzo hasta Santiago de Compostela. Como muchos peregrinos, estoy seguro de no quedarme esta noche en Pedrouzo, que no tiene nada de especial, y continuar 15 kilómetros más hasta Monte do Gozo, a 5 kilómetros de Santiago de Compostela, desde donde se divisan las torres de la catedral. Eso haría una etapa de 36,3 kilómetros, pero mi duda se mantiene. ¿Por qué quedarme a 5 kilómetros de Santiago, cuando con un pequeño esfuerzo adicional, en poco más de una hora, puedo alcanzar la ciudad esta misma tarde? Mi esposa me espera mañana, pero podría darle la sorpresa de llegar esta noche.

El camino, siempre paralelo a la carretera, alterna sembrados y bosques, pequeñas aldeas como Calzada, Calle, Boavista, Salceda o Santa Irene, que han perdido el viejo rostro de aquella Galicia rural un tanto lúgubre para sustituirlo con nuevas casas amplias y ajardinadas.

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Galicia bucólica

Me detengo a tomar un café cerca de Santa Irene y observo con asombro en la televisión lo que, de momento, me parece una ceremonia latinoamericana con entorchados, desfiles, uniformes surtidos y aviones que surcan el cielo. No me había percatado de que hoy es 12 de octubre, el Día de la Hispanidad, y en Madrid tiene lugar el desfile de todos los años para celebrar que, mientras buscaba chinos, un italiano tropezó de casualidad con unos americanos a los que “descubrió”, aunque ya ellos se habían descubierto a sí mismos varios milenios atrás.

Transitar los bosques autóctonos, los nuevos bosques de eucaliptos, o la combinación de ambos para producir un nuevo bosque mestizo, es un placer. El camino bajo las altas copas de los árboles es ancho, mullido y despejado. Un verdadero descanso para los pies que rondan ya los 20 kilómetros.

Cruzo Pedrouzo por su margen este y continúo por un extenso bosque hasta Amenal, donde la carretera y el camino se cruzan. Me detengo en una cafetería, pido un bocadillo porque ya pasa de la una y sé que no voy a llegar a mi destino antes de las cuatro o las cinco de la tarde, saco el ordenador y me conecto a la red wi-fi del establecimiento. Llamo por teléfono a la Oficina de Atención al Peregrino en Santiago de Compostela. Me informan que mañana estará abierta hasta las nueve de la noche. Al revisar la página de Renfe, me llevo una decepción: a partir de las cuatro de la tarde, no habrá ningún tren hasta mañana a las nueve, y en este, al parecer, no hay plazas disponibles. El viaje en autobús, otra posibilidad, tarda unas siete horas. De todos modos, si llegara a Santiago antes de las nueve, podría solicitar la Compostela, el documento que expide la Oficina de Atención al Peregrino a quienes han hecho a pie cien kilómetros o más, y en bicicleta o a caballo, doscientos. Y después, buscar algún medio de transporte hacia Madrid, sea hoy o mañana a primera hora.

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Muy cerca

La posibilidad de quedarme en Monte do Gozo mirando las torres de la catedral en la distancia, para mañana entrar triunfalmente a primera hora, no me seduce. Aunque sea lo más recomendable para aquellos peregrinos que no conocen Santiago y que dedicarán, de ese modo, el día a la ciudad. Yo he visitado Santiago varias veces, he visto el botafumeiro en acción, y sé que nadie me echará de menos en la misa.

Por la lentitud de la conexión a Internet, he perdido bastante tiempo en estas búsquedas, y si quiero llegar a Santiago, todavía faltan 16 kilómetros, más de tres horas de camino. Aunque esto de la distancia empieza a ser relativo. Desde Arzúa se levantan, cada medio kilómetro y en todas las intersecciones del camino, mojones que señalan la dirección y los kilómetros que faltan para Santiago, pero estas cifras quedan en suspenso poco antes de San Paio, cuando ya se escucha el ruido de los aviones en el Aeropuerto internacional de Lavacolla. En teoría, quedan 10 kilómetros hasta Santiago de Compostela. En realidad, recorreré tres o cuatro más, hasta completar 41,1 kilómetros (que bien contados, podrían ser 43).

Atravieso la interminable zona boscosa de Vilamaior hasta San Marcos, donde el camino se bifurca: si continúo hacia delante, tomaré la carretera que conduce a Santiago, si me desvío a la izquierda, llegaré a Monte do Gozo, que es lo que hace la mayoría de los peregrinos. Son las tres y cuarenta y cinco y me faltan cinco kilómetros para la Plaza del Obradoiro.

Durante mi primera noche de camino, en Zubiri, un vasco me dijo que etapas de más de 40 kilómetros sólo las hacían los de Bilbao, de modo que si llego esta tarde a Santiago me tendrán que conceder la ciudadanía honorífica de Bilbao.

Decidido a concluir hoy mi viaje, continúo.

Después de atravesar casi toda la ciudad de este a oeste, llego al centro y, ante todo, me dirijo a la Oficina de Atención al Peregrino, donde me entregan la Compostela. En ella consta en latín que el peregrino Aloisium Manuelum ha cumplido sobradamente la ruta jacobea. 760 kilómetros. 660 más que el mínimo exigido. Un holandés con residencia en Costa Rica, el voluntario que me expide el documento y busca la traducción de mi nombre al latín, me felicita tres o cuatro veces. Al parecer, por cada loco que llega desde Roncesvalles, hay 20 o 30 cienkilometristas.

Ya sé que esta noche no podré viajar a Madrid. La sorpresa queda derogada, de modo que llamo a mi mujer para que me consiga por Internet para mañana algún pasaje en tren, en avión, en dirigible.

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La casa del apóstol

Mientras, me acerco a la oficina de turismo y me recomiendan varios albergues. Elijo el más cercano, que no es propiamente un albergue de peregrinos. En él, la biodiversidad va desde un señor atildado de chaqueta y gabardina, con una gran maleta y aspecto de vendedor de biblias a domicilio, hasta jóvenes neo hippies que se afanan por preparar los porros más elegantes de la cristiandad. Y algunos peregrinos jóvenes, sobre todo franceses, alemanes y norteamericanos. El sitio no es ni una maravilla ni un desastre. Lo suficiente para dormir esta noche a cubierto.

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Obradoiro

Cumplo el rito de todos los días y una vez duchado y vestido, me dirijo a un bar que queda justo frente a la catedral. Pido un café, una copa de brandy, y extraigo de su estuche un habano Romeo y Julieta que ha venido dando tumbos en mi mochila durante un mes. Después de beberme el café, mientras caliento en la palma de la mano la copa de brandy, enciendo el habano y me dedico a ver cómo cae suavemente la noche sobre las torres de la catedral, que se van disolviendo en las tinieblas. Al mismo tiempo, 760 kilómetros que han sido mi realidad durante un mes, comienzan a convertirse en recuerdo, sin que se sepa cuál es la equivalencia exacta entre la distancia y la memoria.

A pesar de que hoy he recorrido más de 40 kilómetros, no estoy extenuado. Pero quisiera permanecer así, contemplando el atardecer, muchas horas. Saber que el camino ha concluido, y que a partir de mañana tendré que digerir poco a poco todo lo sucedido en tantos días de peregrinaje, me coloca en una especie de limbo: lacio, a la expectativa.

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La catedral. E$l camino.La noche

Hay un momento mágico, cuando la catedral desaparece en la noche, el habano concluye y el último sorbo de brandy me indica que ha llegado el momento de levantarme y echar a andar.

Otros serán los caminos.

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Brindis por un final

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O por un nuevo camino

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Día 32

11 10 2013

  (11 de octubre, 2013)

Palas de Rei – Arzúa: 29,52 km

A Roncesvalles: 719,71 km

A Santiago de Compostela: 41,10 km

Después de desayunar, abandono el albergue a las siete y quince de la mañana. El termómetro de una farmacia baja de los diez grados. Hoy es jornada larga, con subidas y bajadas no demasiado pronunciadas. A la salida del pueblo, coincido con un peregrino francés de Marsella que, según me cuenta, empezó en Roncesvalles con su esposa. Pero hoy ella decidió peregrinar en autobús, y él camina a su ritmo. No sabe inglés, y está aprendiendo español (primer curso, supongo) de modo que nos entendemos como dos extraterrestres de diferentes planetas. Y pregunta los nombres en castellano de plantas, aves, amaneceres, etc. Esto tiene que ser una señal de que mi destino es como profesor de Español para extranjeros. De todos modos, falta hora y media para el amanecer, y cuatro ojos y dos linternas ven más que dos ojos (miopes).

Nos alcanza un norteamericano que me pregunta directamente si soy cubano. Su abuelo era cubano y emigró en los años 20. Antes de continuar a toda velocidad, me cuenta que es capellán de la prisión de Phoenix, Arizona. Eso explica su velocidad. En caso de necesidad puede salir pitando más rápido que los reclusos.

Entre prados y bosques llego a Leboreiro, donde está la iglesia románica de Santa María, de una nave, con ábside circular, techo de madera y una hermosa figura de la virgen en la portada. Enfrente está la fachada del antiguo hospicio de peregrinos del siglo XII. Y a las puertas de la iglesia, un cabeceiro: un gran canasto circular de palos entrelazados, cubierto con una techumbre cónica de paja y apoyado en una base de piedra. Antecesor del hórreo, se empleaba para conservar el maíz.

Más adelante se cruza en mi camino un personaje singular: como salido de una ilustración de algún manuscrito medieval, aparece un joven con sandalias, sombrero de ala recogida, barba hasta la mitad del pecho, melena hirsuta y sayal marrón de monje. En lugar del morral vacío, va arrastrando un carrito donde trae sus bártulos. Un perro con cara de aburrido lo acompaña. Es el logotipo del peregrino clásico, el que intentan reproducir con escasa fortuna la mitad de los escultores municipales del camino. Viene de ver al apóstol, porque va en dirección contraria.

Entro más tarde a Furelos por un bello puente de piedra, y de ahí a Melide, de unos 5.000 habitantes, y con un tráfico intenso. Casi todo el camino va paralelo a la carretera, cuando no coincide con ella, pero resulta agradable atravesar huertas y, a partir de Santa María de Melide, extensos bosques donde buena parte del camino discurre bajo el túnel formado por las ramas de los árboles que se entrelazan en lo alto.

Ascensos y descensos a veces pronunciados jalonan toda la ruta, hasta concluir, en la llegada a Arzúa, con una pendiente que sube casi doscientos metros en menos de tres kilómetros.

De la profusión de peregrinos en Roncesvalles, Logroño, León y Burgos, he pasado a una despoblación notable del camino. No sé dónde han ido a dar los colegas, pero lo cierto es que con frecuencia camino una hora o más sin ver a nadie. Por suerte, el camino está perfectamente señalizado.

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A partir de Castañeda y, sobre todo, de Ribadiso de Baixo, el paisaje se abre y puedo ver los montes cultivados hasta cerca de la cima, sitio reservado a bosques como penachos que adornaran el cenit de las lomas. Semejante a esos cortes de cabello que suelen usar los jóvenes raperos: un bonete de pelo que se yergue en una cabeza casi rasurada. Es el mismo tipo de convivencia entre agricultura y naturaleza que he visto en Suiza. La suizificación gallega.

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Una boina de bosque

Justo en Ribadiso, cuando Arzúa dista apenas tres kilómetros, ocurre un milagro: al doblar un recodo, aparecen decenas de caminantes, como si un manantial de peregrinos manara de las peñas. Adolescentes pelirrojos escuchando sus iphones, señoras ataviadas de picnic dominical que se toman fotos con báculo y paisaje, un norteamericano de impecable atuendo y su hija de nueve o diez años con su bastoncito a medida. Todos con sus vieiras y sus mochilitas de colores surtidos. En contraste, los demás parecemos bastos seres salidos de los bosques con pesadas mochilas, camisetas resudadas y el polvo de media España en las botas. En el pret a porter del apóstol no ganaremos ni un premio de consolación.

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Por fin arribo a Arzúa, de la que tengo buenos recuerdos. Aquí estuve hace tres años, en Casa Lucas, una bella casa rural a ocho kilómetros del pueblo. Quería visitar Santiso y Cercio, donde nacieron mis abuelos.

Una vez duchado y comido (un chuletón de ternera gallega que jamás olvidaré, aunque no haya conocido personalmente a la vaca), llamo a Casa Lucas para saludar a los dueños, que insisten en venir a buscarme para que pase la tarde con ellos. Una velada estupenda, diferente, en un sitio donde la naturaleza se ha prodigado generosa, y con personas entrañables.

Me cuentan que una agencia organiza tours de peregrinos, sobre todo norteamericanos. En un autobús los dejan en un punto, provistos de pequeñas mochilas y merienda. Cada cinco kilómetros comprueban que estén bien y curan sus ampollas si fuera necesario. A los quince kilómetros los llevan a cenar y dormir en una casa rural, y a la mañana siguiente continúan donde lo dejaron. Nada queda al azar.

Mañana tengo una larga jornada. Pasaré de Pedrouzo y llegaré a Monte do Gozo, a cinco kilómetros de Santiago. Treinta y seis kilómetros que confío recorrer en ocho horas. De modo que el domingo entraré en la ciudad antes de las diez de la mañana.





Día 31

10 10 2013

(10 de octubre, 2013)

Portomarín – Palas de Rei: 25,06 km

A Roncesvalles: 690,19 km

A Santiago de Compostela: 70,62 km

Con el perdón de algún lector asiduo (si lo hubiera), aquí he vuelto a corregir las distancias. En Bercianos del Real Camino me contaron que éstas habían cambiado, con lo que modifiqué la norma de cálculo, pero al parecer no era tan así. Corrijo entonces la distancia recorrida y la pendiente y tendré que reajustar todas las anteriores acumuladas, no la distancia diaria que sí es correcta.

La de anoche no fue una noche de sueño tropeloso como esas a las que ya estoy habituado, sino verdaderamente rara. A las diez y media me caía de sueño y dormí de un tirón hasta las dos, cuando, ante la imposibilidad de dormirme de nuevo, me levanté y escribí hasta las cuatro. Regresé a la cama, y me dormí de nuevo profundamente de cinco a siete. Menos mal que el camino se acaba, porque si en adelante mi sueño va a ser como una serie de TV, por episodios, lo llevo crudo.

Salí desayunado a las ocho y me interné en la niebla, más espesa que ayer. Pero antes falté a una promesa. Ayer me bebí un café en una cafetería del pueblo y descubrí con asombro, pese a mi experiencia, que el café siempre puede ser peor. Juré, como Scarlett O’Hara en Lo que el viento se llevó, que jamás volvería a tomar un café en ese sitio. Pero hoy, temiendo que fuera el único abierto en los próximos kilómetros, reincidí. Con idéntica pesadumbre en el paladar. En los siguientes quinientos metros había, al menos, cuatro establecimientos abiertos.

Antes de salir, reservo en el Mesón de Benito, de Palas de Rei, atinada elección, como comprobaré más tarde. En Sarria me contaba un peregrino leonés que tuvo que visitar varios hospitales y parar un par de días porque no en uno, sino en tres albergues diferentes se cundió de chinches que tenían la intención de comérselo vivo. Entonces me explicó que él arrancaba a caminar sin saber dónde llegaría cada día, y que al llegar se quedaba en el primer albergue que encontrase, sin averiguar antes condiciones, calidades, u opiniones de otros peregrinos. Aunque es norma que los albergues sean limpios y confortables, en algunos los servicios son muy viejos, destacan por su poca higiene o ha habido brotes de chinches. Y el único modo de evitarlo es informarse. Aunque vayas a cumplirle al Apóstol con la mayor devoción del mundo, es excesivo pedirle a Santiago que esté al tanto de cada chinche y cada peregrino, y que evite el encuentro por intercesión divina. No me fastidies, carallo, para eso está Internet, dirá el santo.

Salvo la trepada inicial para salir del valle del Miño, casi toda la jornada es de suaves ascensos y descensos, o largas planicies que hacen de la marcha un paseo.

Hasta pasadas las diez y media no se levanta la niebla. Todo el camino discurre paralelo a la carretera, y voy cruzando una Galicia que recuerda cada vez menos el pasado: maquinaria, tractores, plantas de procesamiento, fábricas, trasiego de camiones. Conociendo Suiza, siempre he pensado que Galicia es una Suiza no domesticada. Pero aquí la doma del monte avanza deprisa.

Cerca de Gonzar sello la credencial y luego atravieso lo más rápido posible Castromaior (tampoco me gusta el vigente Castromenor, por ello lo evito siempre que puedo).

Antes del Hospital da Cruz, en un sitio donde la carretera corta el camino, se detiene un coche, bajan cuatro personas en atuendo de peregrinos, sacan del maletero sus mochilas bonsái y arrancan a caminar con el entusiasmo de un cantaor flamenco por bulerías. Se ve que llevan muchos kilómetros (de autovía). Si es lo que me imagino, seguiré sin entenderlo. Engañarse a sí mismos es imposible. Y si son creyentes, tampoco pasarán inadvertidos al omnisciente, a menos que confíen en que su acción coincida con un parpadeo de Dios.

Capillas, cruces de peregrinos, pazos y cruceiros van apareciendo entre Vendas de Narón, donde me bebo un refresco, y Ligonde, a nueve kilómetros, dos horas, de mi destino.

Entro al Consello de Monterroso que, de ser guatemalteco, sería brevísimo, en homenaje al escritor latinoamericano que con más tino ahorraba las palabras. Pero este tiene 114 kilómetros cuadrados, demasiado para que al despertar el dinosaurio todavía estuviese allí. Andaría huido por los Montes de Vacaloura.

La entrada a Palas de Rei, demasiado grande para los 800 habitantes que le conceden la guías, discurre por un extenso parque donde empiezan a aparecer albergues de peregrinos. Yo debo continuar hasta la entrada del pueblo. En el albergue me da la bienvenida Manuel (en inglés, francés, gallego, hasta que le digo que hablo castellano desde mi más tierna infancia) con un inusual apretón de manos. No sé cómo le sentará a un sueco, pero los cubanos somos gentes de contacto físico, de tocarnos al hablar. El tacto tiende puentes por donde transitan las palabras.

Medio tocayo, su padre nació en La Habana, y sus abuelos en la misma zona de Galicia (muy cerca de aquí, por cierto) donde nacieron los míos. Curioso, entra a este blog mientras me ducho y almuerzo, y echamos una larga conversación de sobremesa. Coincidimos en que el camino es una experiencia personal, intransferible, y que cada peregrino debe encontrar sus razones, sus motivos y su propio paso. Supeditarse al de otros durante muchas etapas no suele dar buen resultado.

Tres jornadas, 65 kilómetros, me separan de Santiago. Pero posiblemente demore meses en digerir todas las experiencias del camino. A veces, mientras estoy en la ruta, me asalta la sensación de que llevo años, siglos caminando. Y puede que sea cierto. Aunque antes no lo supiera.





Día 30

9 10 2013

(9 de octubre, 2013)

Sarria – Portomarín: 22,75 km

A Roncesvalles: 665,13 km

A Santiago de Compostela: 95,68 km

Despierto a las seis, pero me quedo trabajando hasta pasadas las nueve, primero en el albergue y luego en un bar de las inmediaciones. Mientras estoy en el bar veo pasar a, ¿quién si no?, mi amigo coreano que me saluda efusivo.

Después de trepar el empinado casco viejo de la ciudad, salgo de Sarria por el Ponte Aspera, puente románico de cuatro ojos (siglo XIII) y me adentro en un bosque encantado, aunque un tanto lúgubre, de árboles antiquísimos.

La etapa será una copia de la de ayer, con subidas, bajadas, repechos, largas planicies y, sobre todo, la abrumadora presencia de la niebla, que me acompañará hasta pasadas las once de la mañana, cuando levante brevemente para volver a disolver el paisaje.

En medio de la niebla, el olfato se agudiza: tierra mojada, hierba, la leña ardiendo en un hogar, que me recuerda la finca en el campo donde veraneaba de niño. Y, sobre todo, el permanente olor de las vacas que no invoca en lo absoluto el aroma de esas mismas vacas transformadas en filetón a la plancha.

En Barbadelo entro a un bar para sellar la nueva credencial, porque la anterior ya se llenó hasta la última página. Desde aquí hasta Santiago deberé sellar al menos dos veces al día. Basta caminar cien kilómetros para obtener la Compostela y, al parecer, algunos se mueven por la ruta en coche coleccionando sellos y no kilómetros de camino. Ignoro las motivaciones. Si es por razones religiosas, difícil será engañar a Dios. Si es por razones espirituales, no puedes engañarte a ti mismo. Y hasta donde alcanzo, ninguna empresa mejora el salario por hacer el Camino de Santiago y demostrarlo documentalmente.

A la salida del pueblo, espera una chica, tablilla en mano, para pedir dinero en nombre de la Asociación de Sordos. Le hablo en lengua de signos y no comprende nada, desde luego. Es una de las tantas chicas rumanas que pululan por España con el mismo timo sin tomarse el trabajo de aprender lengua de signos. No esperaba encontrar a ninguna en medio del camino, en este pueblo perdido. Alerto a los peregrinos, pero ya ha timado a un par de norteamericanas que venían delante.

Además de los viejos conocidos que voy encontrando aquí y allá, noto la arribazón de nuevos caminantes, los cienkilometreros. Se les detecta por el lustre de las botas, las ampollas frescas y los pasos aun dubitativos.

Ya es para nosotros habitual desplazarnos hasta un sitio que llamamos aeropuerto, encerrarnos en una cápsula de abolir distancias, y descender a cinco o diez mil kilómetros después de algunas horas encajados en un asiento de la clase turista. Sin ello no tendríamos la visión global del mundo que hoy disfrutamos. Cualquier hijo de vecino, no un Marco Polo o un Cristóbal Colón, ha puesto el pie en varios continentes, ha presenciado decenas de ciudades y ha conocido personas de múltiples razas, culturas y lenguas. Quizás eso a muchos nos haga más comprensivos, más tolerantes, más abiertos a la otredad de lo que un día fuimos, cuando todo hombre nacía y moría en veinte kilómetros a la redonda y su mundo se reducía a su clan, aldea, tribu. El otro era siempre un enemigo potencial.

Cerrar los ojos mirando la Torre Eiffel y abrirlos mirando la de Pisa tiene su encanto, que a los antiguos habría resultado encantamiento. Caminar también tiene el suyo. Ver como poco a poco lo que antes quedaba frente a la mirada se pierde a tus espaldas, cómo se alternan prados, repechos, aldeas, cumbres, tiene la propiedad del tacto. Vas tocando el paisaje con tus pasos. Es otro tu sentido de la geografía, la equivalencia entre tiempo y distancia. Posiblemente el sudor y el cansancio, el paso largo o el penoso ascenso, se conviertan en marcadores fluorescentes en los márgenes del libro de los paisajes.

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Mis pies recuerdan aun el descenso vertiginoso de los Pirineos entre una vegetación densa, una muralla verde. Las elevaciones cada vez más suaves del resto de Navarra. Los extensos viñedos de La Rioja. Las llanuras de Castilla León, con sus trigales como un mar dorado que mira impávido al caminante. Las montañas de León hasta trepar a la frontera de Galicia, y ahora este nuevo mar de crestas, bosques y prados guarnecidos por las cimas. La memoria de mis pies servirá de recordatorio a la memoria de mi cabeza cada vez que intente invocar el camino.

Durante millones de años, hasta que fue domesticada la primera bestia, los homínidos abandonaron África y trashumaron a todo el planeta por el simple expediente de colocar un pie después del otro. El paso era la medida de todas las distancias. Volver durante un mes a ese estadio primero es una lección de lo que verdaderamente somos en relación con nuestro mundo, del espacio que ocupamos en la naturaleza una vez desprovistos de medios mecánicos.

Varios kilómetros más adelante, una vaca se evade de su prado perseguida por el pastor e invade el camino, con el consiguiente desparrame de peregrinos, aunque, por suerte, no éramos muchos en este tramo. La vaca con vocación de toro, tras recorrer doscientos metros de camino, se pierde en un prado vecino.

Ya empiezan a aparecer los hórreos, algunos muy antiguos, con esa pátina de respetabilidad que otorga el tiempo. Otros de reciente factura, trucados, y algunos horreorosos. También cruces de hormigón o madera que ciertos peregrinos se encargan de condecorar con cintas, sombreros, camisetas, pañuelos, fotos del perro, “I love you, Frank” en una hoja arrancada de un cuaderno. Una quincallería kitsch que, lejos de embellecer, encanalla el paisaje. Por favor, peregrinos, esperen al próximo árbol de navidad. La naturaleza está mejor cualificada para el diseño que vosotros.

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En Mercadoiro, a siete kilómetros de mi destino, me como un pincho de tortilla acompañado por una caña. La tortilla más amarilla que recuerdo. No sé si es un homenaje a las flechas amarillas del camino, pero me aclaran que son huevos de gallinas de patio, caseras, alimentadas con maíz. Habitualmente para hacer los últimos kilómetros conecto mi motor de tortilla española. Ya de paso, zafo mis botas y sacudo de ellas unas piedrecitas minúsculas, de menos de un milímetro, pero que al andar resultan tan molestas como si llevara la Gran Piedra en el izquierdo y Gibraltar en el derecho.

Por fin la cima se abre al valle y aparece Portomarín sobre una elevación flanqueada por el río Miño, que aquí se embalsa.

Hoy en la mañana, un peregrino suizo que viaja en bicicleta reivindicaba, en un exceso geométrico, que posiblemente el camino original seguía el trazado más rectilíneo de las modernas autovías. Ignora que aquel peregrino, pobre y con frecuencia enfermo (no el rey, el general o el dignatario con su corte de edecanes), que viajaba con una calabaza de agua y el morral vacío, solía evadir los densos bosques, poblados por lobos, osos y ladrones, necesitaba pasar por las aldeas donde pedir cobijo y ayuda, y eso haría de ese camino original un trazado zigzagueante, diseñado por la necesidad antes que por la geometría.

Continúo junto a un gran prado de florecitas amarillas que haría muy feliz a Senel Paz, y el camino está cubierto de pequeñas láminas de mica que refulgen al sol, con lo cual ando como Lucy en el camino and with diamonds, una referencia que haría muy feliz a mi amigo Sacha.

A todo se acostumbra uno. Con frecuencia ni me percato de que llevo a la espalda una mochila de 12 o 13 kilos, peso excesivo de acuerdo a todas las recomendaciones, pero en mi caso necesario: el portátil, los cables, el cuaderno, la guía y un par de documentos son los kilos que sobran. Pero hoy sí me percato. Viene molestándome desde hace un par de kilómetros, posiblemente porque no esté bien ajustada. Deberé revisar las cinchas cuando llegue. Y soy el primero en llegar al albergue Portosantiago, que aunque reúne en un mismo salón nueve literas, tiene instalaciones comodísimas, más propias de hotel que de albergue.

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La entrada de la ciudad es magnífica, tras atravesar el largo puente sobre el Miño y ascender una escalera de piedra. Sólo falta escuchar los pífanos y los clarines en las torres anunciando tu llegada. Y, más adelante, en la plaza, ver la guardia en formación frente a la singular iglesia-fortaleza, maciza aunque dotada de amplias vidrieras y un rosetón enorme en plena fachada.

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Hoy he llegado a las tres menos cuarto, aunque habitualmente no suelo estar en el camino más allá de las dos. Es un castigo continuar caminando con el sol muy alto, aunque algunos peregrinos suelen andar hasta las cinco o seis de la tarde, bien porque vayan a paso de paseo dominical y parando en todos los chiringuitos, bien porque quieran cubrir distancias de treinta o más kilómetros. Creo que veinticinco kilómetros es una etapa prudente. Son los que debo recorrer mañana, así que deberé salir más temprano que hoy.





Día 29

8 10 2013

(8 de octubre, 2013)

Triacastela – Sarria: 18,37 km

A Roncesvalles: 642,38 km

A Santiago de Compostela: 118,43 km

Cuando desayuno y termino de preparar la mochila, son las siete y quince. Cruzo al bar de enfrente, pido un café, corrijo el post de antes de ayer y termino el de ayer que subo ya revisado. Cuando concluyo son las nueve y cuarto de la mañana. Reservo el albergue de Sarria por teléfono y echo a andar.

Hoy deberé decidir entre dos rutas: una que va hasta Sarria a través de Samos, unos 24 kilómetros, y la otra, que va por San Xil (poco más de 18 kilómetros). Esta última arranca con una fuerte pendiente, pero más tarde se horizontaliza. La otra es mucho más plana. La ruta por San Xil, que es el camino original, ofrece la mejor panorámica de la Galicia profunda (granjas, pequeñas aldeas, campos), mientras la otra ha sido trazada con fines comerciales, para que pase por el mayor número de pueblos. El encanto de ésta es el monasterio de Samos, el gran monumento del camino en Galicia, aparte de Santiago, que han ocupado los monjes casi ininterrumpidamente desde el siglo VI.

De uno me interesa especialmente Samos. Del otro, todo el camino: esa Galicia rural, profunda, bellísima, de la que huyeron mis abuelos, y no precisamente de su estética, sino del olvido, la soledad y la pobreza. Me decido por la última.

Saliendo de Triacastela el paisaje es bucólico: penachos de vegetación en las cimas, prados que las mejores podadoras del mundo, las vacas, han convertido en campos de golf, arroyos y riachuelos por todas partes y el rocío matinal coagulado en la punta de las hierbas en goticas que brillan al sol del amanecer como puntadas de luz, gemas de agua.

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Tras pasar A Ferrería y A Balsa, aldeas de bolsillo, el camino se enseria cuesta arriba hasta el Alto de Riocabo (907 m). Camino empedrado, pero no tanto como la subida a O Cebreiro. En los ascensos está vedada la conversación, pero no el soliloquio. Entablo un ameno diálogo conmigo mismo. “Gracias, LM, por dejar de fumar”. “No hay de qué. A mí también me convenía”. “Ya lo sé. De no ser así, estaría largando (más) el aliento en esta cuesta”.

Después de San Xil, tras un repecho de la carretera, el camino se vuelve llano y la vista a la izquierda, espectacular: montañas y colinas hasta donde alcanza la mirada y, en los valles, lagos de niebla. De un lago blanco de neblina emerge, como una isla, una pequeña cresta.

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Junto a mí pasan dos jóvenes que me miran extrañados hablar con mi mano derecha. Debo aclarar que en ella hay una grabadora. No he enloquecido de camino. Dictando notas y tomando fotos debo andar atento para que no me ocurra lo de ayer y termine en una Galicia más profunda que la planificada.

Una nueva pendiente bastante abrupta corta los estratos de roca que asoman como las teclas de un gran órgano de catedral, y numerosas piedras sueltas obligan a caminar con cuidado. Aunque el camino está repleto de castañas que caen de los árboles, no me quiero pegar un castañazo. Y dispongo sólo de dos tobillos. Fabricado en 1954, para mí no hay ya piezas de recambio.

Entre Fontán y Fontearcuda atravieso bosques de castaños y robles, preámbulo del valle sepultado por la niebla. Es como caminar por una de esas leyendas gallegas de meigas y aparecidos. Las vacas son sustituidas por ovejas y el sol (apenas se sospecha) es algo que alumbra allá en lo alto, pero sólo salpica el suelo de vez en cuando.

 

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Me detengo a beber un zumo y a abandonar a la naturaleza los restos del anterior, y reemprendo el camino por una senda encajonada como el cauce de un arroyo de montaña. Al doblar un recodo aparece un perro, luego un pastor y detrás treinta y cinco vacas blancas, manchadas, marrones, todas con las ubres hinchadas de leche. Como si me pasara por delante, sobre sus propias patas, la sección de lácteos del supermercado: entera, desnatada y semi. Me aparto todo lo posible (las damas primero) para evitar una pisada accidental. Una vaca pesa seis o siete yo. Cierra la comitiva otro pastor, pero alemán.

Penetro de lleno en el corazón de la niebla (no de las tinieblas, Conrad). No se divisa nada más allá de cuarenta pasos. Un cuervo insiste en graznar desde alguna rama invisible. Añade un detalle Edgar Allan Poe a este paisaje.

La carretera está mojada como si hubiera llovido. Las gotas se condensan en mi ropa y en mi piel, porque en realidad voy atravesando una finísima llovizna que disputa a la gravitación universal su empecinada decisión de mantenerse suspendida en el aire, ni nube ni lluvia.

Aparece, fantasmal en medio de la niebla, una iglesia cerrada, como tantas en Galicia, sin párroco desde hace muchos años. Estas iglesias me recuerdan a mi abuelo gallego, un anticlerical militante que odiaba a los curas con la misma intensidad que a los políticos, y eso es mucho decir. Drástica sería la opresión del clero en aquella Galicia de principios del siglo XX para despertar un odio semejante.

Buscaba la Galicia de mis abuelos, y aunque oriundos de Pontevedra, la encontré en Pintín, en Furela, en Fontearcuda, en Montán, en Aguiada, en San Pedro do Camiño. Microscópicas aldeas con cuatro o cinco casas que hoy tienen coche a la puerta, Internet, TV vía satélite y teléfonos móviles. Hace cien años eran sólo viejas casas de piedras oscuras (y más oscuras por dentro a causa del humo), donde con frecuencia convivían humanos y animales, con puertas de un metro cincuenta y ventanucos mínimos por la humedad y el frío, en las que sólo cabía la soledad y la pobreza. Esa Galicia olvidada, donde jamás llegaba la mano del gobierno como no fuera para movilizar a los jóvenes hacia oscuras guerras en países exóticos (Cuba, Melilla, Filipinas), de donde regresaban (en el mejor de los casos, cuando regresaban) tan pobres como antes, pero con la memoria historiada (gracias, Borges) de cicatrices.

Gracias a la guerra de Melilla, de la que huyó el joven Gelasio, tengo un par de abuelos gallegos. Quizás sin ella también los habría tenido. La guerra contra la miseria no pactaba treguas ni armisticios. La niebla (un tanto melancólica) contribuye a invocar aquella Galicia. Posiblemente me acompañe hasta el final de esta etapa. Según me cuentan en Pintín, ayer levantó pasadas las dos de la tarde. Justo en Pintín, según el mapa, ya se ve Sarria desde el alto, pero hoy sólo se ven los árboles cercanos.

Después de esta naturaleza paulatina, resultaría sorprendente para mis mayores la dinámica feroz del trópico: aguaceros apocalípticos que duran quince minutos y escampan de golpe, momento en que el sol, diligente, comienza a evaporar los charcos.

La niebla es del mismo color que los ojos de mi abuelo, tristes incluso cuando se reía. Quizás porque perdió muy pronto a su mujer y a dos hijos, y tuvo que sacar adelante, él solo, a los tres restantes, ejerciendo los oficios más duros, los peor pagados. En sus 96 años no acumuló un gramo extra de grasa ni una carantoña de más. Lo recuerdo siempre dispuesto a ayudar, pero ni una sola caricia, como si fueran igualmente entecos su cuerpo y sus sentimientos. Sólo una vez, cuando a los cuatro años una niña me partió la cabeza de una pedrada (mi primera discusión seria con una dama, mi primera desilusión) y él me llevó a la Casa de Socorros de la calle San Lázaro. Nunca más me abrazó así.

También mi abuela, la asturiana, tenía los ojos grises, pero los suyos se reían a carcajadas cuando decía o hacía alguna de las suyas. Con esa alegría no pudo ni la viudez temprana, ni la hazaña de sacar adelante seis hijos con sus propias fuerzas. Quizás porque nació en Piedras Blancas, cerca del mar, y mi abuelo era hombre de tierra adentro.

Soy el primero en llegar al albergue Oasis, un verdadero hotel de peregrinos. Impecable. Y atrapo la única cama de una sola altura, sin vecino en los altos o en los bajos. Entonces me doy cuenta de que la niebla se ha condensado, goticas diminutas, en los pelos de mis brazos. El cromosoma que se ocupa de mi pilosiodad sufre un desfase geográfico. Mientras desaparecen los pelos de mi cabeza, más me crecen en los brazos. No es raro que la niebla los confundiera con la hierba y me condecorara con un rocío portátil.

Después de almuerzo, camino por Sarria: la iglesia románica de Santa María (siglo XIII), los restos del castillo de Sarria (siglo XIV), la iglesia del Salvador (siglo XI), con portada gótica aunque de planta románica. En la terminal de autobuses averiguo que hay uno hacia Samos a las seis de la tarde. Decido aprovechar lo mejor de ambas rutas y visitar el monasterio.

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A las seis y veinte ya estoy en Samos, donde se levanta, monumental, casi Escorial, diría, el doble claustro y la iglesia flanqueados por el río. Mientras espero, porque la visita guiada al monasterio no comienza hasta las siete, voy al albergue de peregrinos, un tanto desangelado, y a la edificación más antigua del conjunto: la capilla mozárabe del Salvador o del Ciprés (siglo IX), junto a un altísimo ciprés al que se atribuyen mil años.

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La visita no decepciona, aunque las actuales edificaciones son del XVII y XVIII, muy reconstruidos la iglesia y los dos claustros después de los incendios del siglo XVI y de 1951. Los espacios imponen, y los frescos efectuados en los años 60 recogen escenas de la vida de san Benito, aunque a los compañeros del santo les han puesto rostros de personajes locales del siglo XX. Por las fotos de Franco visitando el monasterio, supongo que habrá entre ellos muchos fachas de pro.

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Uno de los doce monjes que habitan el convento me pregunta de dónde soy. “Cubano”. “¿Del exilio?”. “No”, le respondo. “De los que consideran sus compatriotas a todos los cubanos, vivan donde vivan. De los que aspiran a que esa pregunta sea algún día superflua. Aunque vivo en Madrid”.

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El monje nos cuenta que Samos fue el primer albergue y hospital de peregrinos de Europa, en funciones desde el siglo X, y que ello basta para probar que el camino original pasaba por Samos, no por San Xil, como afirma la mayoría de los textos. Tiene lógica, desde luego. Habría que consultar el Calixtino, la más antigua fuente de información sobre el camino. Pero será otro día. Esta noche dormiré de un tirón desde las diez y media hasta las seis de la mañana, algo que ya me venía haciendo falta.





Día 28

7 10 2013

(7 de octubre, 2013)

O Cebreiro – Triacastela: 21,69 km

A Roncesvalles: 624,01 km

A Santiago de Compostela: 136,80 km

Anoche, cuando el colega francés me comunicó el plan de etapa para hoy, le respondí que yo me quedaría antes. Me dijo entonces: salimos juntos y decide sobre la marcha. Pero tras otra noche de maldormir, a las cuatro concilio un sueño profundo y, desde luego, no me despierto a las cinco, como era el propósito de los demás para partir a las seis, sino casi media hora más tarde.

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La etapa hasta Triacastela, 21,89 kilómetros, me permitirá llegar temprano y adelantar, ir grabando información y disfrutar la entrada de Galicia. Llegar a Santiago de Compostela no es para mí un objetivo, sino un resultado. Lo verdaderamente importante es el camino. Aunque no tengo nada en contra de quienes hacen el camino por razones deportivas, o se proponen metas kilométricas diarias, vencer retos de resistencia, mi plan no es precisamente ese, y no quiero ganar un día si, a cambio, debo perder una semana.

Aproximadamente a las seis y cuarto ya estoy casi listo y voy hasta la cocina a llenar la cantimplora donde encuentro, haciendo sus cocinaditos matinales, ¿a quién si no? A mi colega coreano que me hace una reverencia más profunda y esta vez me da la mano con efusión. Desde Roncesvalles somos como esos vecinos de toda la vida que nunca han intercambiado palabra, pero cuya presencia otorga a la realidad una suerte de equilibrio. Si faltara, el mundo sería como un Lego defectuoso.

Salgo a las seis y media, treinta minutos después que mis colegas. En plena noche voy hasta Liñares entre descensos y ascensos suaves. Allí me cae la maldición de las meigas por algún pecado cometido por mis antepasados gallegos. En el cruce de la carretera, una flecha amarilla indica hacia un camino que desciende hacia la derecha. Bajo por ahí y continúo por una pista de gravilla que por momentos se convierte en carretera. Me resulta raro no encontrar una sola flecha amarilla en kilómetros, y más raro aun que el camino sea un descenso continuado, cuando en esta primera parte de la etapa la ruta debería ser más o menos horizontal, con leves subidas y bajadas. Para confirmar el aserto de que todos los días sale un tonto a la calle, y que el de hoy soy yo, aparece un minúsculo caserío y no compruebo que su nombre aparezca en el mapa, lo que habría bastado para volver sobre mis pasos.

El profundo silencio que precede al amanecer es roto por los pájaros que acompañan la salida del sol. Nunca me había percatado de esa sincronía.

Atravieso varias granjas ganaderas pero no hay ni un alma. Eso de que los campesinos se levantan para ordeñar a las vacas es cosa del pasado. Ahora parece que las vacas se ordeñan solas. Los únicos que salen a recibirme en las granjas son los perros: pastores alemanes que me insultan en su idioma.

En el fondo del valle veo una iglesia, varias casas y una granja. Aunque ya estoy seguro de que he errado el camino, no me queda más remedio que bajar y encontrar a alguien que me oriente. En el caserío, interpelo a un hombre que sale de un galpón. En un gallego muy cerrado que me resulta casi ininteligible, me indica que debo tomar una carretera hacia arriba, hasta salir al Alto do Poio. Dice que me he desviado tres kilómetros. En realidad, como comprobaré más tarde, me he desviado cuatro kilómetros y otros cuatro para reencontrar el camino. Ocho kilómetros que, añadidos a la ruta original, la elevan a 30 kilómetros. Pero lo peor en que he descendido hasta los 700 metros, y debo remontar hasta los 1.335 cuando, por fin, alcanzo el alto a las nueve y media de la mañana, y estoy a 8,76 kilómetros de O Cebreiro. He tenido que trepar más de 600 metros innecesariamente. Desayuno allí y continúo.

Por una persona a la que pregunto, me entero de que mi error es frecuente. La culpa es del dueño de una casa rural que ha puesto una flecha amarilla en dirección a ella, con lo que numerosos peregrinos se confunden. Es algo que debería ser sancionado. Más tarde me enteraré de que no he sido el único despistado de hoy. Otros siete u ocho peregrinos corrieron la misma suerte.

Del Alto do Poio en adelante el camino es una suerte de paseo, salvo al final, cuando la continua bajada pasa por trillos plagados de grandes piedras. Pero, de momento, voy casi paseando en paralelo a la carretera por una zona bellísima de lomas cultivadas hasta las cimas cubiertas por un penacho de bosque. Comprendo que mis abuelos no echaran de menos en Cuba su campo natal: escandalosamente verde todo el año, poblado de densos helechos y profusamente arbolado.

Por el camino las vaquerías se suceden una tras otra y rara vez se escucha a los lugareños hablar en castellano: el gallego es la lengua del hogar y la familia. Vacas rubias gallegas pastan a todo lo largo de la vía. Una rumia a pocos centímetros del borde del camino, como si posara para la foto. Y si no hay vacas presentes, el camino está plagado de sus recuerdos. Más vale no resbalar y caerse.

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Pasando O Biduedo, hay una hermosa vista del Monte Oribio y se distingue Triacastela en la distancia, aunque para llegar faltan siete kilómetros.

El último tramo serpentea bajo un túnel de árboles, entre ellos castaños centenarios con troncos que pueden sobrepasar los ocho metros de circunferencia, y cuyos frutos verdes tapizan el camino. Una senda umbría que se agradece tras la resolana de las montañas, aunque el día es fresco.

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En la misma entrada de Triacastela, donde la iglesia de Santiago recuerda su pasado jacobeo y quedan los restos de una cárcel de peregrinos, se levanta el moderno albergue municipal. Confortable y hermoso, está situado frente a un extenso prado y su trasera mira a una arboleda. Carece de wifi, cosa que suple el bar de enfrente. Mis colegas de las últimas jornadas han continuado, pero no sé hasta dónde.

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Después de almorzar y caminar el pueblo, aprovecho bien la tarde. Concluyo cerca de las doce de la noche. Hace mucho frío, de modo que el saco de dormir no es, como jornadas atrás, un artilugio molesto que me obliga a destaparme de madrugada, sino un reducto acogedor que, cerrado hasta la barbilla, crea un microclima que a las seis y media de la mañana me cuesta trabajo abandonar. Pero el camino espera y sólo faltan seis días para llegar a Santiago.





Día 27

6 10 2013

(6 de octubre, 2013)

Villafranca del Bierzo – O Cebreiro: 29,73 km

A Roncesvalles: 602,32 km

A Santiago de Compostela: 158,49 km

Salgo pasadas las seis y media con mi colega francés. La oscuridad sería absoluta de no ser por la Vía Láctea que se despliega como un planetario, pero de verdad. El camino se desplaza paralelo a la carretera, aunque el poco tráfico a esta hora no hace molesta esa vecindad.

Rumio si mi impresión de ayer fue injusta o acertada y no llego a ninguna conclusión. El caso es que mientras trabajaba en el vestíbulo del albergue, donde el wifi era más potente, apareció una pareja de peregrinos ya mayores. Eran cubanos, de Bauta. Los primeros peregrinos cubanos que encuentro en este viaje. De inmediato, el hombre me dice que viven en Georgia. Abandonaron Cuba en 1967 o 1969, como aclarando que son anticastristas de larga data, no de última hora. Me pregunta si vivo en España, desde cuándo y si nunca me he ido a Estados Unidos. Respondo a todo, y aunque la señora se muestra dispuesta a continuar la conversación, él la apura porque tienen que salir a algún sitio. Antes de irse, me comenta que soy el primer peregrino cubano que encuentra en cinco años viniendo a hacer el camino (no sé si cinco viajes a varias etapas por viaje, o si ha hecho cinco veces el camino). “A los cubanos no les gusta caminar 700 kilómetros”, concluye. Se deduce que él no se incluye en “los cubanos”. Se marchan y no vuelvo a verlos, a pesar de que el albergue es relativamente pequeño.

Puede que, verdaderamente, estuvieran apurados por ir a algún sitio, o puede que yo, que abandoné Cuba en los 90 y no vivo en Estados Unidos, la meca del exilio, no merezca su interlocución al no ser suficientemente anticastrista. Si fuera así, y no estoy seguro de que lo sea, me alegro de que la conversación haya sido breve. Mi experiencia con ese exilio fundamentalista y atrincherado en el pasado es equivalente a la que he tenido con sus homólogos de la Isla, aunque sean de signo opuesto.

Hablamos de lo divino y de lo humano hasta Trabadelo, donde nos bebemos un café y seguimos la marcha, una ascensión suave y continuada, que en Herrerías se convierte en una subida seria que remonta desde los 664 metros hasta los 921 en cuatro kilómetros, llegando a A Faba.

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Última mirada a León

Después de pasar Herrerías podemos elegir entre el camino tradicional y la carretera, un trayecto más largo pero con cuestas más suaves. Lo peor del camino tradicional no es la pendiente, sino las piedras que lo tapizan. Un vecino de la localidad nos dice que no, que apenas tiene más piedras de las que se ven en el arranque del camino, que son ciertamente pocas, y abandonamos la carretera a favor del sendero. En menos de doscientos metros ya vamos trepando, y así continuará en los próximos seis kilómetros, hasta A Faba y A Lagúa de Castela, por un roquedal que obliga a afirmar bien los pasos para que los tobillos sufran lo menos posible.

A partir de A Lagúa de Castela, cuando faltan tres kilómetros para coronar O Cebreiro, la ascensión más dura de todo el camino, decidimos concluir por la carretera, trayecto unos 300 o 400 metros más largo, pero de pendiente más suave y con unas vistas que quitan el aliento. La vertiente este nos ofrece una panorámica final de las montañas leonesas. Y, al llegar a la cima, el panorama se abre hacia el oeste: un oleaje de montañas hasta el horizonte: la puerta de Galicia.

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Primera mirada a Galicia

O Cebreiro es la frontera, el sitio donde Galicia y Castilla se encuentran. Una aldea que tiene algo de parque temático de la galleguitud, con las pallozas mejor conservadas de las sierras orientales, de planta oval y cubierta cónica de madera y paja de centeno cosida en retamas. Unas casas rústicas que parecen sacadas de una aldea celta, aunque estuvieron habitadas hasta los años 60. Salvo el santuario de Santa María la Real, de los siglos IX y X, es una aldea completa de servicios al peregrino: el Hospital de peregrinos fundado por Alfonso VI en 1072, que se levanta junto a la iglesia, restaurantes, hostales, lavanderías, bares, tiendas y el enorme albergue municipal que se abre al paisaje de Galicia.

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O Cebreiro

Mientras trabajo en un bar donde hay wifi, los colegas, en asamblea plenaria, deciden no detenerse donde debería acabar la etapa de mañana, en Triacastela, sino avanzar 12 kilómetros más. El propósito es compactar tres etapas en dos y llegar a Santiago el sábado. El amigo francés me lo cuenta cuando regreso al albergue, rayando la hora de cierre. La noche es gélida a 1.300 metros de altura, pero el cielo despejado (y el parte meteorológico) auguran para mañana una jornada sin lluvia, de suaves pendientes y descenso continuado hasta el final.

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O Cebreiro