Discursos

27 11 2009

Ya son varios los generadores automáticos de discursos que es posible encontrar en internet. El Academy Awards Speech Generator (http://www.atom.com/spotlights/oscar_speech”) permite crear en minutos su discurso de aceptación de un Oscar. Como la mayoría de los políticos nunca ganará un Oscar (aunque muchos lo merecerían), podrán acudir a http://www.quinipanylotopan.jpl.name/discurso.htm, un Generador automático de discursos de perfil ancho. O, si lo prefiere y sus propósitos van en esa dirección, puede apelar al Generador automático de discursos revolucionarios (http://www.codigovenezuela.com/2009/11/generador-automatico-de-discursos-revolucionarios/).

Esto es algo que en tiempos de crisis bien podría favorecer la higiene mental y auditiva de la población y contribuir al saneamiento de las finanzas mundiales, al reconvertir hacia oficios más útiles a decenas de miles de escribas.

En Cuba ya es parte de la mitología nacional la incontinencia verbal del Orador en Jefe, ahora traspasada a la escritura. Despreciando las lecciones de Borges sobre el cuento breve, ha cometido discursos de nueve horas y “Reflexiones” en cinco partes que José Cipriano de la Luz y Caballero habría resumido en un aforismo. Sus pacientísimos oidores han pasado la prueba, de pie, en medio de la Plaza de la Revolución, contando una y otra vez las cornisas de la raspadura, mientras el asfalto se derrite bajo un sol de justicia. Fuera de la Isla, hasta donde tengo noticias, no se perpetran discursos de extensión equivalente ─los auditorios cautivos son cada vez más escasos─, aunque sí discursos semejantes en capacidad redundante y exceso de palabras como cáscaras de plátano (sin plátano).

Cada discurso de largo alcance desata una oleada de visitas al ortopédico con cargo a la Seguridad Social y sesiones de acupuntura para recuperarse de los traumatismos posturales. Eso sin contar las lesiones en el aparato auditivo y las lesiones cerebrales, a veces irreversibles. La literatura médica reporta la aparición de un nuevo rasgo evolutivo llamado a persistir en nuestra especie: párpados auditivos que permiten a sus felices propietarios sumirse a voluntad en el silencio, manteniendo una expresión atenta y sin que el resto de la concurrencia se entere. Ningún homo silentis ha accedido a la solución quirúrgica que proponen los médicos.

De los líderes supremos hacia abajo, dirigentazos, dirigentes y dirigenticos han seguido su ejemplo. Tras la fórmula mágica “compañeros y compañeras” (“señores y señoras”, “compatriotos y compatriotas”) a cualquier hora, en cualquier instancia y por cualquier motivo, el orador de turno te suelta un discurso de una hora. El sermón laico puede conmemorar el triunfo o la catástrofe; funerales o nacimientos; aniversarios, efemérides, felonías del enemigo o autoelogios (habitualmente camuflados bajo el “nosotros” de modestia. ¿Por qué nosotros? ¿Qué culpa tenemos?, piensa la audiencia hasta que comprende que nosotros es un seudónimo).

Al año, esto se traduce en millones de horas-dirigente y horas-escriba dedicadas a redactar y pronunciar discursos. El ingreso a un partido político y la promoción hacia la estratosfera gubernamental no contemplan ningún examen de redacción y gramática. De modo que un daño colateral es la violencia de género y de número, de sintaxis y pronunciación contra las víctimas del discurso, quienes comenzarán a emplear indiscriminadamente “el entusiasmo que nos caracteriza”, “la acertada gestión del gobierno”, “la crisis de liderazgo y confianza”, “en este sentido valoramos positivamente”, “podemos decir con toda propiedad”, “las criminales maniobras del enemigo”, etc., etc.

Los nuevos módulos generadores de discursos fabrican automáticamente peroratas impresionantes, inteligentes, que ofrecen a primer oído una engañosa sensación de coherencia. Por ejemplo:

“Queridos compañeros, un relanzamiento específico de todos los sectores implicados exige la precisión y la determinación de las condiciones financieras y administrativa existentes. Sin embargo, no hemos de olvidar que la condición sine qua non rectora del proceso radica en una elaboración cuidadosa y sistemática de las estrategias adecuadas de las nuevas proposiciones”.

Como se observa, esto no significa nada, pero ofrece una sensación muy decorativa de profundidad, cualidad primera que debe distinguir a cualquier discurso que se cometa.

En Cuba, deberán modificar el software para introducirle palabras claves como “imperialismo yanqui”, “las masas oprimidas”, “nuestro heroico pueblo” (no confundir ambas frases), “el criminal bloqueo”, “la mafia de Miami”, “el saqueo neocolonial”.

De modo que una frase como ésta:

“No es indispensable argumentar el peso y la significación de estos problemas, ya que el reforzamiento y desarrollo de las estructuras permite en todo caso explicitar las razones fundamentales de las premisas básicas adoptadas”.

Sea regenerada del siguiente modo:

“No es indispensable argumentar el peso y la significación de la presión imperialista, ya que el reforzamiento y desarrollo de las estructuras de dominación permite, en todo caso, explicitar las razones fundamentales de las premisas básicas adoptadas para la emancipación de nuestros pueblos oprimidos”.

Así de fácil. Aunque otras bien podrían emplearse tal cual, sin invertir horas de programación:

“Sin embargo, no hemos de olvidar el nuevo modelo de actividad de la organización. Esto nos obliga a un exhaustivo análisis del sistema de formación de cuadros que corresponda a las necesidades. Por último, y como definitivo elemento esclarecedor, cabe añadir que la consulta con los militantes cumple deberes importantes en la determinación de toda una casuística de amplio espectro”.

Gracias a la nueva tecnología del palabreo automático, los dirigentes podrían generar sus discursos sin ayuda y los oidores no se verían condenados a interpretar las palabras que les arrojan. Bastará dejarse mecer por la música del idioma. Aunque esto podría inclinar masivamente al público hacia la lectura de poesía, con el consiguiente peligro para la clase dirigente. Ya decía Maquievelo en El Príncipe, que “en lo que se refiere a los súbditos, y a pesar de que no exista amenaza extranjera alguna, ha de cuidar que no conspiren secretamente”. Y se sabe que la poesía compartida es una conspiración.

“Discursos “; en: Habaneceres, 27/11/2009





Volver

10 01 2009

Cuéntase que un hijo menor se aburría en su granja natal, porque vivir en el interior del país lo abrumaba, de modo que un buen día pidió:

─Padre, entregue la parte de la hacienda que corresponda a éste, su hijo, por herencia. Me voy por ahí a recorrer el mundo.

El padre le asignó lo que en pura justicia le tocaba y lo vio partir; apesadumbrado, porque lo quería bien,  a pesar de que no trabajaba  ni la cuarta parte que  su primogénito.

El muchacho se marchó al extranjero y recorrió algunos sitios antes de ir a dar al país de los sodomitas y gomorreos, que tenían muy avanzada, por entonces, la industria del entertainment. Se sumió en los placeres con nocturnidad y ensañamiento, hasta que cierto día amaneció sin un centavo. Fue entonces la hambruna, y terminó cuidando puercos en casa de otro  granjero donde hasta el pan de anteayer estaba racionado.

Llegado a este punto, se acordó de los siervos en su granja natal comiendo solomillo tres veces por semana. Lió sus bártulos y regresó a sus predios clamando:

─Padre, he pecado contra el cielo y contra tí. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo. Hazme como a uno de tus jornaleros.

El padre se le echó al cuello y lo besó. Ordenó que lo vistieran de limpio y lo calzaran, le colocó un anillo en el anular de la mano derecha y mandó a matar el becerro más grueso para festejar el regreso de su hijo menor.

─Este, mi hijo, muerto era, y ha revivido; habíale perdido, y es hallado.

Y comenzó la comilona, la fiesta, el regocijo; guateque muy mentado por años en la crónica oral.

Regresó entonces del campo el primogénito, de tierra colorada hasta los ojos, y escuchando el barullo preguntó qué era aquello. Cuando su padre salió a la puerta y le pidió que entrase, dijo con justa ira:

─He aquí tantos años que te sirvo, no habiendo traspasado jamás tu mandamiento, y no me has dado un cabrito para gozarlo con mis amigos. Mas cuando vino éste, tu hijo, que ha consumido tu hacienda con rameras, le has matado el becerro más grueso.

─Hijo ─respondió el padre─ tú siempre estás conmigo, todas mis cosas son tuyas.

─Qué lástima ser siervo de lo que soy dueño ─rezongó el primogénito mientras hacía las maletas.

 

“Volver”; en: Habaneceres, 2009





Versiones

15 11 2008

«Y dijo el Señor: ¿Quién es el mayordomo fiel y prudente, al

cual el señor pondrá sobre su  familia,

para que a tiempo les de su ración?

«Bienaventurado aquel siervo, al cual cuando el señor

viniere, hallare haciendo así.

«En verdad os digo, que él le pondrá sobre todos sus bienes.

«Mas si el tal siervo  dijere en su corazón: Mi señor tarda

en venir: y comenzare a herir a los siervos y a las criadas,

y a comer y a beber y a  embriagarse;

«Vendrá el señor de aquel siervo el día que no espera, y a la hora

que no sabe, y le apartará, y pondrá su parte con los infieles.»

(Lc. 12: 42‑46)

 

 

Primera versión

 

Cierto mayordomo a quien su amo aleccionaba continuamente acerca de la virtud, la probidad y la dedicación, probó a sustraer una cosilla sin importancia. Tanto, que a aquello no podía llamársele ni siquiera hurto. Menos aún robo. El placer que le proporcionó la cosilla, unido al encanto de lo prohibido y a la alta productividad del nuevo oficio, incomparable con su trabajo como mayordomo, le alentaron a reincidir. La siguiente operación extrajo del disfrute público una cosilla no tan illa (casi cosa), pero al parecer tampoco fue notado. Ya iba por la cuarta o quinta sustracción, cuando se percató de que su amo no era ajeno a sus manejos, pero los eludía mirando empecinadamente en sentido opuesto. Los discursos sobre la virtud, la probidad y la dedicación seguían sucediéndose al mismo ritmo que antes, por lo que el mayordomo sospechó un abismo entre las palabras y los hechos, llenándose de regocijo y medrando desde entonces sin recato en una escalada que lo llevó desde las cosillas a las cosas y de ahí a las cosotas. Paralelamente, tuvieron lugar aciagos sucesos ajenos (pero no tan ajenos) a esta historia, provocados por el lastimoso estado de la hacienda y su precaria administración ─más atribuibles al señor que al mayordomo─. Los lamentos subieron de tono hasta llegar a oídos de las haciendas vecinas, expandiéndose los ecos por toda la comarca. En este punto fue cuando el señor volvió los ojos hacia el mayordomo, justo a tiempo para  presenciar su último desafuero. Llamó a sí con gritos de alarma a los guardianes y congregó alrededor del ladrón a la población toda de la hacienda. Halló sin demasiada dificultad (porque él sabía dónde) las cosillas, las cosas, las cosotas, y el mayordomo cargó con cuanta culpa le cupo y con algunas más de contrabando; y fue por mucho tiempo, en la memoria de la ciudadanía, el gran culpable del aciago estado de la hacienda y su precaria administración.

Ya el mito empezaba a disiparse en la conciencia pública, cuando el señor creyó llegado el momento de contratar a un nuevo mayordomo, a quien instruyó mediante magistrales discursos sobre la virtud, la probidad y la dedicación, mientras empecinaba su mirada en un sentido diametralmente opuesto.

 

Segunda versión

Érase una hacienda donde dos mayordomos se repartían las tareas. No equitativamente, porque mientras uno estaba dotado de inusual talento y probidad sin mácula, el otro era un palurdo y ratero de poca monta. Su única y graciosa virtud era la inapelable fidelidad al señor, cuyas palabras escuchaba con la misma expresión que el perrito de la RCA Victor.

Pasado cierto tiempo, el señor de improviso y sin explicaciones (plausibles) destituyó al probo y eficiente, confirmando en su puesto al ratero. Esa noche, mientras contemplaba desde lejos al mayordomo confirmado que le operaba un enroque entre media pinta de vino por idéntica cantidad de agua, el señor recordó la advertencia que le administrara esa mañana:

─Sólo gracias a mi benevolencia sigues en tu lugar.

(Tu fidelidad bien vale media pinta de vino o un jamón de cordero. Por ella pago el precio justo. No más. A ti te queda reflexionar que nadie dará tanto por tan poco, porque son pocos los hombres que saben usar la fidelidad. Algunos ni siquiera la necesitan. Piénsalo bien); pero ese parlamento sólo lo murmuró entre paréntesis, para sus adentros, porque hay verdades implícitas que se marchitan una vez pronunciadas.

Y recordó la cuadrilla de aldeanos que comentaban la tarde anterior, mientras cernían el grano, las virtudes del otro mayordomo:

─Sería mejor señor que el señor mismo.

Y el señor, suficientemente rico para permitir hurtos mayores, no temía a la estupidez, pero sí a la inteligencia. Aquel ladronzuelo estúpido y agradecido a su indulgencia, le sería para siempre fiel ─el término se usa en su sentido doméstico, no financiero─; no así el inteligente, que  en su soberbia, al verlo apercibirse de los robos del otro sin tomar medidas, podría conjeturar que le temía o, de suponerlo en la ignorancia, tildarlo de imbécil y creerse superior, más digno del señorío que él.

Y nadie hay, efectivamente, tan rico en poder o señorío como para compartirlo.

Razones  de sobra para que ahora el ex‑mayordomo, dotado de inusual talento y probidad sin mácula, deambule los caminos con su atado de ropa, su incertidumbre del mañana, sus exámenes de conciencia y sus dudas.

 

“Versiones”; en: Habaneceres, 2008





Categorías

5 08 2008

Dos amigos habían sido invitados a un convite. Ambos eran notables en sus oficios, quizás los más notables de la ciudad, a pesar de que sus oficios en sí pertenecían la categoría tercera, la de los hacedores. La categoría de quienes levantan los palacios, tienden los caminos, preparan los manjares y componen el mundo. La segunda era la categoría de los decidores, quienes narraban con lujo de detalles y de palabras las peripecias de los hombres y dioses. Y, de paso, alababan con lujo de adjetivos a la primera categoría, los decididores. Estos últimos, es decir, estosd primeros, mantenían un comercio singular con las dos categorías postreras: a cambio de manjares, castillos y palabras entregaban órdenes y orientaciones.

En aquella ocasión, los dos hacedores se encaminaban  a casa de un decididor muy principal que era quien organizaba el convite. Ambos tenían una idea bastante clara de su propia valía, con la diferencia de que uno prefería demostrarla y el otro, mostrarla.

En llegando al banquete, el que mostraba continuamente su valía ocupó en la mesa un puesto de primera A (casi palco presidencial), mientras el otro prefirió el asiento que más abajo halló.

Llegando el jefe de protocolo, procedió a ciertos enroques: el hacedor que se había situado casi en la cabecera de la mesa  fue desterrado hacia el último asiento, aunque no fuera, por cierto, el último de los allí presentes; mientras que el segundo hacedor, sentado más abajo de lo que le correspondía, fue ascendido hasta las proximidades de los decididores, codo a codo con los decidores más renombrados, en cuya compañía contrajo  el gusto por paladear faisanes y discursos.

 

 

“Categorías”; en: Habaneceres, 2008





Job, El Paciente

1 08 2008

Cierto día en que conversaban animadamente, Satanás pidió permiso a Jehová para infringir a Job los más rudos sufrimientos y probar así su paciencia. El señor, que se aburría por entonces, firmó un decreto de autorización para ver en qué terminaba aquello[1].

Job era por entonces un patriarca célebre por su piedad y su paciencia, por sus siete hijos y sus tres hijas, sus siete mil ovejas, tres mil camellos, quinientas yuntas de bueyes y quinientos jumentos.

Primero, Satán logró que una tribu árabe le robara los bueyes y los jumentos. Después, el fuego del cielo azotó sus rebaños. Los caldeos le arrebataron los tres mil camellos. Y por último, un huracán se llevó a bolina los pilares de su casa, que al derrumbarse lo dejó huérfano de hijos.

Job montó en cólera, pero se llamó a reflexión y discurrió que alguien por allá arriba ─al más alto nivel, dadas las proporciones de los desastres─ le estaba haciendo una trastada. Abandonó sus primeros impulsos y cortándose al rape los cabellos, se rasgó los vestidos antes de postrarse en tierra y adorar al Señor diciendo:

─Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo regresaré a la tierra. El Señor me lo dio todo. El Señor me lo ha quitado. Se ha hecho lo que es de su  agrado. Bendito sea el nombre del Señor.

Por último, Job  comenzó a padecer la úlcera más vasta de la literatura médica: se extendía desde la planta del pie hasta la coronilla. Mientras se raía la podredumbre con un trozo de teja, sentado en un estercolero ─ni siquiera la ambientación fue confiada al azar─, su mujer le reprochaba tan cretina simplicidad, a lo que respondió:

─Has hablado como una mujer sin seso. Si recibimos los bienes de la mano de Dios, ¿por qué no recibir también sus males?

Para recompensar aquella paciencia admirable ─tanto, que hasta resultaba sospechosa, discurrió el Señor─, Jehová curó sus llagas, duplicó sus bienes y, para no tener que resucitar a los hijos anteriores, a la sazón en muy mal estado, lo dotó de la virilidad necesaria para hacerse de una nueva familia.

Job agradeció al Señor aquel inesperado plan reposición, pero en su fuero interno ─tan interno que ni Jehová, el omnisciente, pudo enterarse─ siguió pensando que si para ganar una apuesta Dios era capaz de arrasarle la vida, tendría que ser «un muy grande hideputa».

 

 

“Job, el paciente”; en: Habaneceres, 01/01/2008


[1]La leyenda no aclara por qué Satán, estando en la oposición, pediría permiso a Jehová. ¿O mantendrán algún  pacto de gobierno?





Vanidad

9 04 2008

Dos oradores ocuparon los extremos del templo para dirigir sus plegarias al Señor. El uno, un fariseo; el otro, un publicano. El primero decía:

─Te doy gracias, Señor, por haberme hecho justo. Yo no soy como  los otros hombres: ladrones, despiadados, adúlteros; ni aún como ese publicano miserable. Ayuno dos veces por semana, soy honesto, discreto, humanitario, amo más al prójimo que a mí;  en el pecho me anidan la compasión y la ternura, soy…

Y no pudo terminar, porque un rayo, enviado del cielo  con una puntería láser,  lo hizo añicos. Después Jehová depositó su alma en cierto sitio del limbo que no constaba ni en los inventarios.

El segundo hombre, un publicano, apenas alzaba los ojos al cielo con recato y clamaba:

─Dios, seme propicio. Soy pecador, pero mi fe en tu indulgencia es infinita.

Y Dios le hizo saber que sus pecados, sus robos, sus adulterios, sus crímenes y malversaciones le habían sido sobreseídos según sus atribuciones de acuerdo a la legislación vigente.

Conversando esa tarde sobre tales sucesos, un lugarteniente de Jehová se deshizo en elogios a los novísimos dispositivos de mira adquiridos poco ha ─«Nunca más justos por pecadores, Señor, nunca mais»─. Y le encomió su sabia decisión de electrocutar a aquel soberbio, castigando como se merecía la fatuidad, y perdonar en el publicano arrepentido sus humanas flaquezas. El Señor hacía silencio mientras  para sus muy adentros rezongaba: «Más perfecto que yo, nadie, carajo».

 

“Vanidad”; en: Habaneceres, 2008





La tierra prometida

8 04 2008

 

Aquella temporada los israelitas estaban en Egipto. Pero la cosa había comenzado años atrás. José era a la sazón el hijo dilecto de Jacob, y sus hermanos, celosos del explícito favoritismo del patriarca, restablecieron el equilibrio familiar de un modo contundente: vendieron a José, y a muy buen precio tomando en cuenta la inflación, a los tratantes egipcios.

Aunque tuvo que hacerse a sí mismo, sin influencias ni intermediarios, a José no le fue nada mal en el Egipto; algo inusual en aquella época, cuando ser extranjero no reportaba beneficio alguno. Pero su buena estrella declinó, precisamente por no inclinarse hasta el ángulo que con insistencia le solicitaban.

Tras negarse a yacer con la esposa de Putifar ─oficial de la corte y su amo, para más detalle─, bastante Putifar ella misma, José fue injustamente acusado por la donna, que no aceptaba el principio de voluntariedad, y terminó encarcelado.

Pero José tuvo su happy end: aclarado el Puti affaire, llegó a primer ministro. No es que tuviera dotes excepcionales, pero una de las condiciones para ocupar la plaza era no haber yacido con la Putifara[1]. Salvo José y los muy menores de edad, no hallaron a nadie que la cumpliera.

Habiendo tomado el poder, aprovechó José para invitar a toda su familia. Y sin muchas dilaciones, vinieron en manada desde el Oriente, tradicionalmente menos desarrollado, los israelitas. El Egipto no aguanta más, tarareaban los enfardeladores.

Con el tiempo las cosas se complicaron, y un faraón llegó a ordenar la matanza de todos los hijos varones de los judíos que habían inmigrado. Y no eran pocos. Fue entonces cuando una mujer colocó a su recién nacido en una cesta y lo confió al río. Recogido por la hija del rey, se salvó el niño de la matanza y fue bautizado como Moisés (salvado de las aguas).

Hasta los cuarenta años, Moisés no hizo nada notable. Es decir, hizo lo que hace casi todo el mundo hasta los cuarenta años, y la mayoría, hasta mucho después. El primer acto que lo conduciría a las páginas del Antiguo Testamento fue matar a un egipcio que maltrataba a un hebreo y poner el desierto de por medio entre la policía faraónica y su pellejo. Allí se le apareció Jehová en forma de zarza ardiendo ─estuvo a punto de no reconocerlo, porque le pareció una zarza ardiendo─ y le ordenó que sacara a su pueblo de Egipto, donde la cosa ya no podía ponerse mala, porque estaba peor, y lo trasladara a Palestina. Si tienen un mapa a mano, se darán cuenta que dado el transporte público de la época, aquello era más aventurado que huir de Haití hacia Miami en una chalupa remendada. Pero Jehová daba las órdenes y no aceptaba justificaciones.

─No me importa cómo lo harán. Inventen y resuelvan ─le dijo a Moisés en un chisporroteo final y categórico.

Cuentan que el faraón, enemigo de aquel exilio masivo que podía crearle una situación embarazosa frente a la opinión pública mundial, les negó el permiso de salida, aunque recaudaría 150 kedets por judío.

Jehová envió entonces ─«Para que me respeten, carajo»─ las diez plagas de Egipto: las aguas del Nilo se convirtieron en sangre (AB positiva); ranas, moscas y mosquitos cubrieron todo el país; la peste diezmó el ganado (ya de por sí bastante apestoso) y los hombres se cubrieron de úlceras cancerosas (el napalm de Dios); el granizo y las langostas devastaron las cosechas; las tinieblas se enseñorearon por tres días del país (el mayor apagón de que se tienen noticias) y un ángel muy selectivo exterminó a todos los primogénitos de los egipcios, para regocijo de los secungénitos, que ascendieron en el escalafón.

Por fin, el faraón (puede que Amenofis II, de la dinastía XVIII, o Menefta, de la dinastía XIX), para quitarse de arriba toda aquella desgracia, autorizó la salida. Y los israelitas partieron. A su paso por las calles, los egipcios enardecidos, más contra  Jehová que contra aquellos infelices ─bastante tenían con lo que les esperaba─, los apedrearon con jeroglíficos obscenos[2].

Después que Moisés permaneció cuarenta días en el Sinaí haciendo algunas gestiones personales, los hebreos emprendieron el cruce del desierto. Jehová se ocupó del apoyo logístico, enviándoles maná, una especie de rocío alimenticio[3], vitamínico y saborizado, e hizo salir agua de la peña de Horeb para rellenar las desérticas cantimploras. También les escribió los diez mandamientos, de su puño y letra, en las tablas de la ley. Pero la caligrafía de Dios era como la mía. Por eso andamos como andamos.  Y cruzaron el Mar Rojo caminando sobre las aguas, lo que demuestra la flotabilidad del pueblo judío.

Después de mucho desierto y conatos de revuelta, y protestas en el comedor, porque

─Otra vez maná. caballeros, ni un pancito con mantequilla. Qué barbaridad.

Jehová, para castigar sus continuas murmuraciones y crímenes, los condenó a vagar durante cuarenta años en busca de la tierra prometida. «Y si siguen de protestantes, más».

A pesar de su infinita paciencia, llegó un momento en que Moisés puso en duda la palabra del Señor, siendo condenado, según el Código Penal de Jehová, a no penetrar jamás en la dichosa tierra prometida.

A la edad de 120 años (la receta del maná se ha perdido) murió Moisés en el monte Nebo, a la vista de la tierra que había perseguido durante ochenta años. Su pueblo lo lloró treinta días, durante los cuales hubo cielo despejado, es decir, que a Jehová no le resbaló ni una lagrimita de conmiseración por la mejilla.

 

“La tierra prometida”; en: Habaneceres, 2008


[1]Tenía cundida a la corte de un mal cuyo nombre desconocemos. Los escribas se negaban a mancillar con los jeroglíficos correspondientes (un trazo en espiral, una araña peluda y dos o tres estafilococos), hasta el papiro más rústico, un reciclado que se vendía en piezas de a ocho y medio por trece.

[2]Grabados en cuarcitas de dureza 8.

[3]Recientemente, algunos investigadores han afirmado que se trataba de un concentrado proteico a base de algas. Se apoyan en un estudio muy pormenorizado del desarrollo que ya por entonces había alcanzado la tecnología celestial.