La tierra prometida

8 04 2008

 

Aquella temporada los israelitas estaban en Egipto. Pero la cosa había comenzado años atrás. José era a la sazón el hijo dilecto de Jacob, y sus hermanos, celosos del explícito favoritismo del patriarca, restablecieron el equilibrio familiar de un modo contundente: vendieron a José, y a muy buen precio tomando en cuenta la inflación, a los tratantes egipcios.

Aunque tuvo que hacerse a sí mismo, sin influencias ni intermediarios, a José no le fue nada mal en el Egipto; algo inusual en aquella época, cuando ser extranjero no reportaba beneficio alguno. Pero su buena estrella declinó, precisamente por no inclinarse hasta el ángulo que con insistencia le solicitaban.

Tras negarse a yacer con la esposa de Putifar ─oficial de la corte y su amo, para más detalle─, bastante Putifar ella misma, José fue injustamente acusado por la donna, que no aceptaba el principio de voluntariedad, y terminó encarcelado.

Pero José tuvo su happy end: aclarado el Puti affaire, llegó a primer ministro. No es que tuviera dotes excepcionales, pero una de las condiciones para ocupar la plaza era no haber yacido con la Putifara[1]. Salvo José y los muy menores de edad, no hallaron a nadie que la cumpliera.

Habiendo tomado el poder, aprovechó José para invitar a toda su familia. Y sin muchas dilaciones, vinieron en manada desde el Oriente, tradicionalmente menos desarrollado, los israelitas. El Egipto no aguanta más, tarareaban los enfardeladores.

Con el tiempo las cosas se complicaron, y un faraón llegó a ordenar la matanza de todos los hijos varones de los judíos que habían inmigrado. Y no eran pocos. Fue entonces cuando una mujer colocó a su recién nacido en una cesta y lo confió al río. Recogido por la hija del rey, se salvó el niño de la matanza y fue bautizado como Moisés (salvado de las aguas).

Hasta los cuarenta años, Moisés no hizo nada notable. Es decir, hizo lo que hace casi todo el mundo hasta los cuarenta años, y la mayoría, hasta mucho después. El primer acto que lo conduciría a las páginas del Antiguo Testamento fue matar a un egipcio que maltrataba a un hebreo y poner el desierto de por medio entre la policía faraónica y su pellejo. Allí se le apareció Jehová en forma de zarza ardiendo ─estuvo a punto de no reconocerlo, porque le pareció una zarza ardiendo─ y le ordenó que sacara a su pueblo de Egipto, donde la cosa ya no podía ponerse mala, porque estaba peor, y lo trasladara a Palestina. Si tienen un mapa a mano, se darán cuenta que dado el transporte público de la época, aquello era más aventurado que huir de Haití hacia Miami en una chalupa remendada. Pero Jehová daba las órdenes y no aceptaba justificaciones.

─No me importa cómo lo harán. Inventen y resuelvan ─le dijo a Moisés en un chisporroteo final y categórico.

Cuentan que el faraón, enemigo de aquel exilio masivo que podía crearle una situación embarazosa frente a la opinión pública mundial, les negó el permiso de salida, aunque recaudaría 150 kedets por judío.

Jehová envió entonces ─«Para que me respeten, carajo»─ las diez plagas de Egipto: las aguas del Nilo se convirtieron en sangre (AB positiva); ranas, moscas y mosquitos cubrieron todo el país; la peste diezmó el ganado (ya de por sí bastante apestoso) y los hombres se cubrieron de úlceras cancerosas (el napalm de Dios); el granizo y las langostas devastaron las cosechas; las tinieblas se enseñorearon por tres días del país (el mayor apagón de que se tienen noticias) y un ángel muy selectivo exterminó a todos los primogénitos de los egipcios, para regocijo de los secungénitos, que ascendieron en el escalafón.

Por fin, el faraón (puede que Amenofis II, de la dinastía XVIII, o Menefta, de la dinastía XIX), para quitarse de arriba toda aquella desgracia, autorizó la salida. Y los israelitas partieron. A su paso por las calles, los egipcios enardecidos, más contra  Jehová que contra aquellos infelices ─bastante tenían con lo que les esperaba─, los apedrearon con jeroglíficos obscenos[2].

Después que Moisés permaneció cuarenta días en el Sinaí haciendo algunas gestiones personales, los hebreos emprendieron el cruce del desierto. Jehová se ocupó del apoyo logístico, enviándoles maná, una especie de rocío alimenticio[3], vitamínico y saborizado, e hizo salir agua de la peña de Horeb para rellenar las desérticas cantimploras. También les escribió los diez mandamientos, de su puño y letra, en las tablas de la ley. Pero la caligrafía de Dios era como la mía. Por eso andamos como andamos.  Y cruzaron el Mar Rojo caminando sobre las aguas, lo que demuestra la flotabilidad del pueblo judío.

Después de mucho desierto y conatos de revuelta, y protestas en el comedor, porque

─Otra vez maná. caballeros, ni un pancito con mantequilla. Qué barbaridad.

Jehová, para castigar sus continuas murmuraciones y crímenes, los condenó a vagar durante cuarenta años en busca de la tierra prometida. «Y si siguen de protestantes, más».

A pesar de su infinita paciencia, llegó un momento en que Moisés puso en duda la palabra del Señor, siendo condenado, según el Código Penal de Jehová, a no penetrar jamás en la dichosa tierra prometida.

A la edad de 120 años (la receta del maná se ha perdido) murió Moisés en el monte Nebo, a la vista de la tierra que había perseguido durante ochenta años. Su pueblo lo lloró treinta días, durante los cuales hubo cielo despejado, es decir, que a Jehová no le resbaló ni una lagrimita de conmiseración por la mejilla.

 

“La tierra prometida”; en: Habaneceres, 2008


[1]Tenía cundida a la corte de un mal cuyo nombre desconocemos. Los escribas se negaban a mancillar con los jeroglíficos correspondientes (un trazo en espiral, una araña peluda y dos o tres estafilococos), hasta el papiro más rústico, un reciclado que se vendía en piezas de a ocho y medio por trece.

[2]Grabados en cuarcitas de dureza 8.

[3]Recientemente, algunos investigadores han afirmado que se trataba de un concentrado proteico a base de algas. Se apoyan en un estudio muy pormenorizado del desarrollo que ya por entonces había alcanzado la tecnología celestial.


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