Vivir (o morir) del cuento

2 07 2013

Intervención de Luis Manuel García Méndez en la presentación de su antología personal Vindicación de Macbeth (Editorial Verbum, Madrid, 2013), y la Mesa redonda sobre el presente y el destino del cuento, con la participación de Juana Martínez, catedrática de la Universidad Complutense, y la escritora española Cristina Cerrada.

Casa de América, Madrid, 2 de julio, 2013

El cuento es un extraño artefacto literario. Novela con vocación de poema. Poema con ínfulas de novela. Se le atribuye brevedad, tensión, intensidad; un único tema y una nómina limitada de personajes. Pero no siempre ocurre. Género mudable, en evolución, inasible, resbaladizo, suele ser difícil encontrar los factores comunes entre cuentos largos, demorados, fluviales, donde el protagonista es el ambiente, y microcuentos como bengalas, más cerca del poema que de la narrativa. Hay cuentos que gravitan alrededor de un acontecimiento y otros, alrededor de un personaje. Cuentos que nos mantienen en vilo hasta saber qué, y otros, hasta saber cómo. Historias protagonizadas, incluso, por la estructura narrativa.

Siempre que se intenta definir el cuento, recuerdo aquella sabia definición de “novela” como “cualquier libro que se anuncie en su portada con la palabra novela”, e invoco la posibilidad de aplicárselo al cuento.

Lo cierto es que la novela camina hacia su desenlace como un transeúnte curioso que se desvía cada vez que algo llama su atención. El cuento, en cambio, se mueve como una flecha. Cualquier distracción puede convertirlo en un disparo fallido. Y aunque los cuentos suelen reunirse en colecciones, e incluso en cuentinovelas con una sólida vocación unitaria, todo cuento debe cerrarse en sí mismo, ser autosuficiente, crear sin muletas un efecto particular en el lector.

Etimológicamente, la palabra “cuento” deriva de contar, computare, es decir, calcular. De modo que existe una equivalencia entre contar o enumerar objetos y contar o enumerar sucesos, de ahí esa vocación matemática que exhibe todo buen cuento: cada línea, cada palabra cuenta. Quien haya intentado sustraer una palabra o una oración a un cuento de Jorge Luis Borges, habrá descubierto que en él todas las palabras son lo que los arquitectos llamarían estructurales. Hay peligro de derrumbe. Y esta necesidad de narrar con la máxima economía de medios es común al cuento popular tradicional, al chiste callejero y al cuento literario moderno.

Parecería que en tiempos de twits y SMS, cuando todos afirman no disponer de tiempo (salvo para perderlo); en una época de lecturas a retazos en autobuses y vagones de metro, los lectores deberían inclinarse por el cuento breve e intenso que puede paladearse en cuatro paradas de metro. Sin embargo, desde hace varios decenios, al menos en España, el cuento cede espacio a la novela, a pesar de que en este país existen más de mil concursos anuales de cuentos, entre ellos algunos de los mejor dotados del planeta. La explicación de este fenómeno merecería un capítulo aparte. Podría achacarse, sin dudas, al marketing editorial y la incidencia del best seller, pero sólo en parte. A ello se sumaría no una cuestión de extensión, sino de intensidad. No es lo mismo la lectura desatenta de una novela (en especial, del tipo de novela de lectura masiva), donde a veces puedes deslizarte sobre tres o cuatro páginas sin perder el hilo, que la intensa lectura de un cuento, donde cinco líneas pueden ser cruciales.

Hoy Cristina Cerrada nos ha hablado del cuento en España y ofrece signos alentadores protagonizados por algunas editoriales de literatura (es necesario hacer la salvedad dada la proliferación de editoriales que publican otra cosa) que incluyen cada vez más libros de cuentos en su línea de trabajo. La profesora Juana Martínez ya ha explicado que es bien diferente el comportamiento del género en América Latina, donde ha contabilizado más de 6000 libros de cuentos publicados, un ejercicio literario del que se han ocupado, casi sin excepción, todos los maestros de la narrativa continental.

A pesar de que aún es un fenómeno reciente, y que la narrativa suele responder despacio a los desafíos tecnológicos, las nuevas formas de literatura digital, las narrativas corales, los textos abiertos donde el lector puede elegir, conscientemente o al azar, entre varios desenlaces que se bifurcan, todo ello tendrá, sin dudas, sus efectos sobre el destino del cuento. Como ya lo tienen sobre el mercado del libro las ediciones digitales y la lectura online, desde la edición hasta la publicación y la distribución de los textos. De modo que las conjeturas sobre el futuro del género entran cada vez más en un territorio cuya cartografía es incierta.

En el caso de Cuba, el cuento ha sido un género cultivado por los mejores narradores desde las primeras décadas del siglo XX, con las obras de Enrique Serpa (Felisa y yo, 1937), Carlos Montenegro y Lino Novás Calvo. Montenegro, además de su excepcional novela Hombres sin mujer (1938), nos dejó grandes relatos como “El caso de William Smith”. De Lino Novás Calvo son dos extraordinarios libros de cuentos: La luna nona y otros cuentos (1942) y Cayo Canas (1946), y escribió uno de los mejores cuentos de la literatura latinoamericana, “La noche de Ramón Yendía”. Y esa gran cuentística alcanzó su esplendor en los años 50 con libros como El gallo en el espejo (1953), de Enrique Labrador Ruiz; Aquelarre (1954), de Ezequiel Vieta; Cuentos fríos (1956), de Virgilio Piñera; El cuentero (1958), de Onelio Jorge Cardoso; El otro Cayo (1959), de Lino Novás Calvo, y Guerra del tiempo (1958), de Alejo Carpentier; más los cuentos de Lydia Cabrera, Ángel Arango, Félix Pita Rodríguez, Eliseo Diego, Dora Alonso y Lezama Lima. Con eso bastaría para hablar de una sólida cuentística cubana. Pero esa tradición se mantendrá y se enriquecerá durante el medio siglo siguiente, con voces singulares y diversas que “tocan todos los palos”, como dirían los cantaores flamencos: cuentos “realistas” (en las más diversas interpretaciones de este término), oníricos, fantásticos, históricos, futuristas, tecnológicos, alucinados, terroríficos, policíacos. La diversidad de temas y motivos asumidos por el cuento en Cuba supera ampliamente el espectro que abarca la novela. Y la nómina de autores es tan extensa que cualquier intento agotaría la paciencia de ustedes o pecaría de parcial e injusta.

¿Por qué se mantiene la tradición del cuento en Cuba?

Pienso que existen motivos de diversa índole. En primer lugar, las editoriales continúan publicando libros de cuentos con, al menos, la misma intensidad que otras formas narrativas, y desde criterios de calidad, dado de los condicionamientos de mercado nunca han sido una prioridad para la industria editorial cubana. En segundo lugar, los escritores continúan escribiendo cuentos, no sólo porque es un excelente espacio de aprendizaje narrativo, y permite experimentaciones y ensayos “a escala” que quizás mañana se trasvasarán a la novela, sino también porque existe una industria editorial donde esos libros tendrán cabida. Y también porque entre las urgencias del pan ganar, es más fácil cerrar un cuento sin perder el tono, la intensidad, que cerrar una novela de 300 páginas. Aunque no me avalan estadísticas fiables, opino que hay en Cuba un público lector de cuentos, y habría varias razones para que así fuera: El cuento está más cerca de la elipsis y el sobreentendido que caracterizan la oralidad cubana. La larga tradición del género y su peso editorial a lo largo de muchos años tiene que haber modulado el mercado.

Además de lo anterior, hay una peculiaridad del cuento en Cuba que merece una mención aparte. Medio siglo de periodismo anémico, elusivo, obediente, silencioso, ha provocado en el lector cubano una inanición informativa crónica. La historia, como los ríos, tiene sus meandros, sus mansas desembocaduras y sus rápidos. La de Cuba entre 1959 a la fecha ha discurrido casi siempre entre peligrosos rápidos y sinuosos meandros, excelente materia prima para los narradores. Mijaíl Bajtín afirmó que “cada día posee su lema, sus vocabularios, sus acentos”, y eso es particularmente visible en una buena parte de la cuentística cubana escrita desde 1959. Por el contrario que la novela, cuya respuesta a las urgencias de lo cotidiano sufre una suerte de retraso inercial, la respuesta del cuento es relativamente rápida. Basta repasar la presencia del héroe en la cuentística cubana para descubrir una evolución desde el héroe épico de los años 60 hasta el superviviente como héroe del “Período Especial” y el “héroe a su pesar” de las guerras africanas que aparece en la cuentística desde mediados de los años 90; pasando por el “héroe nacional del trabajo”, figura fugaz, cercana al realismo-socialista, en la segunda mitad de los 60 y en los 70.

Bastaría un ejemplo para ilustrar ese atractivo adicional, extraliterario: cuando se publicó el cuento de Senel Paz El lobo, el bosque y el hombre nuevo (1991), en varias redacciones periodísticas había artículos, reportajes, entrevistas sobre los temas de la homosexualidad y la intolerancia. Permanecían pospuestos, olvidados, en proceso de aprobación (algo que en la dinámica de la prensa cubana puede durar varios años) o rechazados, en ocasiones con consecuencias desagradables para sus autores. La publicación del cuento “liberó” de su prisión domiciliaria algunos de esos textos y generó un saludable debate social. Esto se explica por la minuciosa gradación de la censura, desde la televisión en el más alto grado hasta los libros de literatura y las revistas culturales de escasa tirada que gozan de una censura de “baja intensidad” (es un decir).

 

El libro que nos sirve de excusa para reunirnos esta noche, Vindicación de Macbeth, es el primero de una colección que ha iniciado la editorial Verbum: autoantologías de diferentes autores, cada uno de los cuales se encargará de ese ejercicio difícil y penoso que es seleccionar lo que consideras mejor de tu propia obra.

A la altura de 2013, dos tercios de mi vida, cuarenta años, discurrieron en la Isla, y los siguientes diecinueve, en España. Escribí mi primer libro de cuentos en 1981, aunque no se publicaría hasta 1987. Trece años de escritor insiliado y diecinueve de escritor exiliado. Tres de mis quince libros publicados o en prensa han aparecido dentro y fuera de la Isla; cuatro, sólo en Cuba, y los ocho restantes, sólo fuera. De estos quince libros, seis son de cuentos para adultos: Sin perder la ternura (1987), Los amados de los dioses (1987), Los Forasteros (1987), Habanecer (1992), El éxito del Tigre (2003) y El Señor de los Naufragios (2011). A los que se suman tres volúmenes inéditos de cuentos: Jardines Invisibles (2010), Test de Rorschach  (2012) y el último, Topografía del tiempo  (2013).

Entresacar de esos nueve libros los que considero mis mejores cuentos ha sido una labor temeraria. Raras veces el autor es un buen crítico de su obra. Además de la propia impericia, desde luego, pesan demasiado el afecto por los textos, las huellas que deja en su percepción el proceso de la escritura. Para un antologador externo, en cambio, todos los textos son contemporáneos, nacen en el momento de la lectura, y los observa con idéntico desapego. El autor sufre una persistente asincronía. De mi primer libro de cuentos, Sin perder la ternura, me separan treinta y dos años; del último, Topografía del tiempo, dos semanas. Sólo por eso me sé incapaz de evaluarlos imparcialmente. El antologador que soy yo a la altura de 2013 es muy diferente al yo que escribió su primer libro, pero lo recuerdo perfectamente, y eso también condiciona el resultado final.

En mis cuentos, como en buena parte de la narrativa cubana, coexisten pacíficamente realismo y fabulación, lo cotidiano y lo fantástico, el siglo XVI con el hoy y el mañana, geografías inmediatas que se pueden recorrer calle por calle y mundos alucinados, de coordenadas inquietantes. En este libro hay bares trashumantes; fusiles que se niegan a obedecer a su soldado;  una guerra entre los escribas de un país muy raro; la historia de un tigre que compone ficciones con gran éxito de crítica y de público. Aquí un náufrago puebla con la imaginación su isla desierta; las calles, los edificios y los objetos se amotinan contra sus creadores; los dioses peregrinan en busca de sus creyentes y son devueltos a sus cielos de origen.

Pero también aparece un antiguo profesor de Física mientras pesca sobre una cámara de camión, asediado por los tiburones del estrecho de la Florida, intentando, cuando menos, mantenerse inmóvil en la corriente. El viejo héroe de la guerra despierta de madrugada sabiendo que mañana será expulsado deshonrosamente del trabajo, y un joven rememora las consecuencias personales de lo ocurrido en 1980, cuando 125.000 cubanos huyeron por el puerto del Mariel.

Son también muy diversas las perspectivas desde las cuales están escritas estas historias: su concepción y la  panoplia de temas y motivos las instalan en tres espacios diferentes: La literatura posnacional y sus fronteras líquidas donde se situarían la mayor parte de los cuentos de El éxito del Tigre, El Señor de los Naufragios, Test de Rorschach y Topografía del tiempo. La literatura nacional (Sin perder la ternura o Habanecer). Y la “literatura exonacional”, aquella que, por su sintaxis, norma lingüística, temas y motivos, podría inscribirse en el canon de lo nacional, pero al estar escrita desde otra perspectiva (geográfica, artística, e incluso ideológica en el caso sui géneris de Cuba), aporta a ese canon una mirada excéntrica. Además de que, como ya afirmara Valle Inclán, “las cosas no son como las vemos sino como las recorda­mos”. Es el caso de Jardines invisibles, y de las novelas El restaurador de almas (2001) y Bitácora del silencio (2012).

Durante esta inmersión, este buceo en mis propios textos —los que todavía soy incapaz de leer sin corregirlos, y los que leo como si los hubiera escrito un desconocido—, me pregunté qué tendrían en común historias tan dispares, tan diversas y tan distantes en el tiempo y el espacio. Entrevistado, Augusto Monterroso afirmó en cierta ocasión: “todo lo que escribí era un llamado a la revolución, pero estaba hecho de manera tan sutil que lo único que logré a la postre fue que los lectores se volvieran reaccionarios”. Mi obra no es, obviamente, un llamado a ninguna revolución (ni a la contrarrevolución, la involución, la evolución o cualquier otra proclama que termine en “ción”), sobre todo porque ignoro lo que significa esa palabra. Al cabo, toda revolución se contrarrevoluciona a sí misma. Nace preñada de su enemigo. Entonces, ¿qué podrían tener en común estas historias? Y descubrí que más allá de su diversidad, ellas están transitadas por lo que Mijaíl Bajtín llamaría un cronotopo: “el hombre como víctima de la historia”.

A mi generación, políticos, padres y maestros nos repitieron una y otra vez que nuestro destino luminoso, como hombres nuevos del siglo XXI, sería construir la historia. Tuvimos que crecer para percatarnos de que nuestro verdadero destino sería padecerla.

 





Fragmento de la novela Bitácora del silencio, 2012

31 05 2012

Sábado 29 de marzo, 1980

 Como de costumbre, he sido el primero en levantarme. Mientras me lavaba los dientes, he puesto un café con la candela bajita, para que el agua hirviendo pase lentamente y arrastre hasta la última molécula de cafeína. Me serví una buena taza con poca azúcar y regresé a mi cuarto, donde Helena está rendida, de lado, desnuda sobre la sábana azul, con la mitad de su pelo castaño y tupido sobre la cara. Me acerco a ella sin tocarla y huelo su espalda: en el leve olor a sudor flota alguna colonia desvaída. Mi aliento a la altura del coxis le hace cosquillas y se vuelve sin despertarse. Me deslumbran sus pechos bien separados, redondos, de curvatura levemente caída para empinarse de inmediato hacia los pezones grandes y de un rosado intenso, dos gotas de rose is a rose is a rose is a rose que un grifo invisible hubiera dejando caer sobre las puntas de sus pechos. Echo mi aliento también sobre sus pezones, que se arrugan en un mohín de reconocimiento, aunque ella siga durmiendo, las puntas erizadas y pulposas como suculentas frambuesas. Helena nunca ronca y su respiración es casi inaudible. A veces me da miedo. Bajo hasta su pubis y olfateo el triángulo de vello espeso pero suave. Me gusta respirar por la mañana ese olor acre a sudor y secreciones, dulcificado por el semen. Me alejo para no despertarla y me siento junto a la ventana, sorbo un buche de café y prendo un cigarro.  El olor a sexo y café humeante en la mañana otorga al primer cigarro del día un sabor glorioso. Dan ganas de masticar el humo, que el cigarro tenga un metro de largo y dure media hora. Es el único cigarro del día que sabe así. Como si supiera que estoy sentado justo enfrente, ella se vuelve hacia mí. Es tan hermosa, que mirarla durante mucho rato me da ganas de llorar. El ombligo en la llanura del vientre, la cintura breve abriéndose generosa hacia las caderas, las piernas larguísimas y, sobre todo, ese rostro de óvalo alargado, cejas altas y labios gruesos, esa expresión de niña desprevenida, como si siempre estuviera a punto de sorprenderse, pero que estalla como fuegos artificiales cuando se ríe a carcajadas.

(…)

Bajo la ducha, se me eriza la piel, como se me erizó aquel lunes, después de todo un fin de semana pensando hasta la extenuación en la reunión del viernes previo. (…) Sacudo la cabeza para deshacerme de las goticas de agua y de los recuerdos, y descubro sobre la repisa un periódico que anuncia la aprobación del Decreto-Ley número 36, sobre la disciplina de los dirigentes y funcionarios administrativos estatales. Está por ver cómo los convencen de que practiquen la antropofagia por razones religiosas y no de estricta supervivencia. Qué necesidad tendrían de devorarse entre ellos mientras abunde la caza menor.

En la cocina, mi abuelasuegra (deja que se entere la viuda de Afanásiev) me da los buenos días con el cariño de costumbre; mi suegra, con la cortesía habitual, y Cuarzo, mi pastor alsaciano, menea el rabo como la batuta de Herbert von Karajan dirigiendo El vuelo de la guasasa. Como Helena, Cuarzo suele esperar con alegría los sábados y los domingos, pero por otras razones: yo soy el único que lo saca a larguísimos paseos, y el único que le permite montar a cuanta perra ruina se ponga a tiro. Que deje una estela de perritos mestizos por todo el barrio. No le gustan ni por error las dálmatas o las lebreles afganas. Lo de él son las perras satas. Como su dueño. En mañanas como hoy, cuando debo echar a la basura los cadáveres de dos gatos que ha cazado de madrugada, Cuarzo sonríe o algo parecido con esa dotación de dientes que suscitan el cultivo de su amistad.

Cuando regreso del paseo, Helena me notifica con una sonrisa que ya está despierta tras un buen café, y lista para lo que sea, donde sea y como sea. Y que esta tarde (después de dormir un poquito la siesta, si quieres) podríamos ir al cine. Por la noche estamos invitados a una fiesta en casa de su prima Ángela.

Mientras recapitulo el plan siesta-cine-fiesta, me doy cuenta de que parece un cronograma de la Facultad: una siesta durante la que no se duerme, un cine en que sí se duerme, y una fiesta donde quisiera dormirme, sólo que la bulla no me lo permitirá.

Domingo 30 de marzo, 1980

Anoche la fiesta fue tan estúpida como de costumbre, pero más larga. Nos cogió la confronta de las cuatro de la mañana. Entre una cosa y la misma cosa (porque dos cosas no hubo), nos dormimos a las seis. Hoy nos hemos levantado con resaca, sueño y el tiempo justo para ir a almorzar a casa de tío Manolo. Decirle que estamos descojonados y que preferimos comernos una tortilla y quedarnos remoloneando, no es admisible. Como el comité militar. Salvo certificado médico, no hay excusa.

Durante toda la tarde nos extendimos hablando del clima, de las últimas películas, novelas, chismes, boberías surtidas. No nos interesa la pelota, no podemos hablar de mujeres delante de las mujeres y de política es preferible que no hablemos. Mi padre es la voz del Partido; mi tío, La Voz de las Américas; yo, la voz de una adolescencia tardía, ingenua y contestona (según ambos), y los demás son como la voz de la conciencia: no solemos oírlos. Sostener una conversación de tres horas sorteando los grandes temas nacionales es una prueba de amor familiar y bienllevancia.

Como ellos notaron a la media hora, yo estaba lejos, distraído. Tuve que zafarme con una excusa que olvidé inmediatamente. Estaba lejos, desde luego, y no podía decirles cuan lejos querían enviarme. Mi padre posiblemente no lo sepa hasta que no sea un hecho. Con él estoy discutiendo desde los catorce años, cuando me percaté de que el bingo nacional estaba trucado, porque cantaban fichas que no aparecían en ningún cartón.  Discutimos hasta el día de su pasado cumpleaños, cuando le prometí solemnemente no hablar con él nunca más de política. “Mira, viejo, si quieres hablar de política, monologa; yo te miraré como si fueras un paisaje. Ya soy huérfano de madre. No voy a perder al único padre que tengo. Ya Carlos y Federico me han dicho que no me adoptan. Para cubano, con Paul Lafargue tuvieron sobredosis”.

Mi tío Manolo bien podría saberlo. ¿O será mejor no preocuparlo desde ahora? De momento, esperaré.

A mi hermano, ni se diga, nunca mejor dicho, y a Helena. A Helena, tarde o temprano tendré que decírselo. Sospecho que me apoyará, pero temo que sus ilusiones progresistas —que su marido progrese, que le den un carro, una casa y viajecitos a Extranjia— puedan verse seriamente devaluadas. No es lo mismo la recogida que la siembra; no es lo mismo que el ingeniero de tu marido coseche fósiles a que el sepulturero de tu marido siembre finados en un panteón con la esperanza  de que algún día se conviertan en fósiles. Mira que eres hablamierda, Álvaro. Si Helena se interesara en tu suculento futuro, ahora mismo te soltaba como a una papa caliente. Lo más cerca que ha estado de interesarse por tus bolsillos ha sido al quitarte los pantalones.

No sé. No sé. Tengo que decírselo a alguien, pero no quiero. De momento, cargo con mi pesao.

Por la tarde, parloteo de casi cualquier cosa con mi suegra. De noche, ya de regreso a la Facultad, entablo conversación con un viejo en la guagua y con una muchacha en el directo a Pinar del Río. Cualquiera que me vea, no me reconocería. En estos viajes, hasta que apagan la luz, sólo suelo conversar con Hans Schnier, con Funes El Memorioso, con Jerórimo de Azcoitia y otros de su calaña.

Lo de hoy no es incontinencia verbal. Como el camello, estoy abrevando palabras para cubrir la travesía de silencio que me espera.

(…)

Lunes 31 de marzo, 1980

Debo reconocer que aquella tarde tuve mucho miedo. El miedo y el vértigo que se sienten al tropezar en el borde de la azotea. Pánico a presentirte volando hacia el asfalto. Imagino que cuando uno está en el aire, viendo como la calle se acerca a toda velocidad, no habrá tiempo ni cabeza para el miedo. Ante la inminencia del splash, uno se encomendará a Dios, o a Carlos Federico Vladimir, la Santísima Trinidad, tratará de agarrarse a un balcón, a una persiana, a una tendedera o al cogote del vecino asomado imprudente a su ventana; uno intentará desesperadamente frenar en el aire, caer de pie como los gatos, sobrevivir. El caso es que estoy en caída libre. Ya no tengo miedo a resbalar en el borde de la azotea.

Recuerdo que entré a la reunión temblando (quisiera pensar que por dentro). No se trataba de un debate entre iguales, ni de un juicio donde una instancia imparcial sopesaría pruebas y razones. Yo entraba como el ratón a una asamblea de gatos noruegos: ni siquiera comprenderían mis alegatos.

Tenía miedo al castigo, desde luego. Pero más miedo le tenía a esa condición de res entrando al matadero cabeza abajo, colgada de la cadena de montaje, de res a la que previamente le han cortado la lengua para que no chille.

Aun cuando al final me preguntaron si tenía algo que decir, aun cuando alegué (todavía dubitativo por la sorpresa) todo lo que pude en mi descargo —tratando de echar mano a la reserva estratégica de dignidad para mantener la compostura—, ellos no sólo contaban con que yo iba desprevenido a enfrentar acusaciones que ellos venían preparando minuciosamente desde hacía meses, sino que ni siquiera escucharon lo que yo pude buenamente hilvanar. En el aula, quizás yo había aventurado opiniones un tanto heterodoxas. En círculos íntimos, con alumnos más o menos cercanos, había hecho comentarios alternativos (mi tío dice que eso siempre se conjuga en pasado: alterna-tuvo). En la reunión estaba Dos Menos Diez, Dos, para abreviar (aunque él quisiera ser Uno). Al caminar, su pie izquierdo apunta hacia el Noroeste y su pie derecho, hacia el Noreste, de modo que a velocidad de crucero, sus pasos hacia el norte son una lenta sumatoria vectorial. Aún así, tiene la intención de llegar lejos. Aquella tarde me di cuenta por su mirada que Dos Menos Diez, secretario del Comité de la Juventud Comunista y mi alumno de cuarto año, lo sabía todo, presencialmente o por mensajería. Y aquello me dejó momentáneamente fuera de combate. Mi alegato estuvo lejos de mis discursos más brillantes.

Pero aprendí otras cosas esa tarde: Héctor Porfirio Pastor podía no alcanzar ni la centésima parte de mis lecturas ni mi currículum científico, pero en aquel pequeño salón con una mesa, una docena de sillas, dos ventanas y una bandera, él era el Partido, y el Partido es el Gobierno, el Gobierno es el Estado, el Estado es la Patria, y la Patria Toda, desde sus orígenes hasta el día que el Sol se convierta en supernova y todo se vaya al carajo, es el Pueblo, todo el Pueblo. De modo que frente a mí no estaba el fiscal HP2 acusándome a mí (insecto, piojo, hormiga), sino Todo el Pueblo de Cuba, los nueve millones, y todos todos los mártires y próceres de la Patria, desde el indio Hatuey a la fecha, es decir, todo lo que, para abreviar, llaman “La Revolución”. Y, no sé qué haría otro, pero yo me apendejé, para qué voy a negarlo. Si dijera otra cosa, el bolígrafo se negaría a escribirlo y las páginas de este diario se cerrarían mordiéndome la mano. Así que me apendejé. Dejo constancia en acta.

Por cierto, si alguna vez me releo y ya no me acuerdo, escogí este cuaderno, porque es lo suficientemente pequeño como para llevarlo siempre encima, dormir con él, colocarlo sobre el murito del baño cuando me ducho y guardarlo en un bolsillo bajo estricta vigilancia del botón. Sé que es una comemierdada poner todo esto por escrito. Si lo cogen, entonces sí dispondrían de “pruebas documentales”, no esa película con guión de Antonin Artaud que le están pasando ahora al rector. Pero tengo que hacerlo. No sé por qué. Y me da miedo averiguarlo. De momento, tengo que hacerlo. Y escribir como quien se confiesa a un sacerdote mudo. Si también sobre tí tengo que escribir a tropezones de eufemismos y silencios, estoy jodido.

Mañana debo pensar en la estrategia de mi defensa. Una apertura inglesa, erizo, en formación flexible: pinchar y escabullirme. Pero mañana. A esta hora ya no puedo ni con mi alma. Qué falta me haría Laura, la abogada. Desde que me sorprendió practicando alpinismo (encaramado sobre las cumbres de su prima Isel­) no puedo ni llamarla por teléfono. Debe ser la mujer de este planeta que más veces se ha cagado en mi madre.

Martes 1 de abril, 1980

 Raquel Vasallo es de esas personas a las que todo el mundo llama por su nombre completo. No por pleitesía. Suena mejor Raquelvasallo que Raquel. Hay nombres cojos; necesitan recostarse a un apellido. Con ella, todo va siempre suave, resbala como manteca de cacao. Sabe decir que sí y decir que no con la misma amabilidad y una mirada afectuosa, casi de admiración. Llegas a creerte que el “no” se debe a alguna obligación misteriosa, pero que su corazoncito te aplaude hasta despellejarse los ventrículos. Aunque sea una ilusión óptima. Y eso que tiene bajo sus órdenes —es un decir— a una pandilla de profesores muy jóvenes, académicamente solventes pero conscientes (o muy, o extremadamente conscientes) de que integran una promoción no asistida por los sistemas de ayuda a los pueblos hermanos o por los planes emergentes de “necesitamos técnicos con urgencia”, aunque sean ingenieros prefabricados. Profesores universitarios de 25, 26, 27 años (la mitad de mis alumnos son más viejos) que se sabe un resultado de la selección natural —en primer año, entramos 145, pasamos 42 a segundo año y a tercero, 23—. En fin, que todos somos comemierdas con ínfulas (justificadas) y deseos de demostrarle al mundo que los geólogos rusos son carne de paleontólogo, que la deriva continental es inobjetable, la tectónica verticalista, una reliquia, y que antes de nosotros, era el caos. Lo cierto, volviendo a lo que iba,  es que siempre el diálogo con Raquelvasallo ha sido fluido. Hasta aquel lunes aciago. (…) Mientras más la miro, menos entiendo el matrimonio de Raquelvasallo con HP2.  La libélula y el coyote. Heidi apretando con el yeti. En fin. En la naturaleza eso no ocurre. Algunos ADN deberían ser incompatibles con el resto de la especie.

(…)

Estoy escribiendo al regreso, no del almuerzo, sino de mi asombro. Al mediodía se apareció Ángel Villar, mi alumno de cuarto. ¿Ya almorzó, profe? No. Yo tampoco. ¿Quiere que almorcemos juntos? Y bajamos juntos al comedor, asaeteados por las miradas de un par de profesores, del decano desde su atalaya y de José Dorado, Dos Menos Diez, quien salía en ese momento del laboratorio. Era todo un gesto de desacato (…). Todavía estoy entre asombrado, admirado y agradecido.

Miércoles 2 de abril, 1980

Ahora mismo estoy solo en el departamento y me siento más acompañado que si estuviera lleno de gente. Es posible que el quedarme a solas conmigo mismo me ayude a conocerme mejor, a investigar mis carencias y mis sobrancias (si las hubiera, digo), a saber cómo manejar con la máxima eficiencia este instrumento que la naturaleza me ha otorgado: yo mismo. E ir tomando mis notas de campo, muestrearme, examinarme a mí mismo bajo la lupa a ver qué tipo de estratificación escondo, qué metamorfismos he sufrido, la cristalización de mis minerales. Quizás si uno nace solo en medio de Siberia o de la pampa argentina, nunca llega a percatarse de la magnitud de la soledad. Hay que “disfrutarla” por contraste, cuando te la conceden por decreto. No sé si es relax & enjoy, como recomiendan en caso de violación, esto de encontrarle alguna ventaja a mi condena. Por otra parte, ni siquiera sé si me interesa adentrarme en el profundo conocimiento de mí mismo. ¿Y si acabo descubriendo que no soy el hombre con quien me gustaría pasar el resto de mi vida?





Fragmento de la noveleta Daños colaterales

31 03 2012

Portada Daños colaterales

 

La esperanza es un buen desayuno,

pero una mala cena.

Francis Bacon (Novun Organum)

 

Varios años antes de que el profesor Urbano Rocasol soñara con surcar el Mediterráneo, el general Ramiro Valdivieso temió durante semanas que el cargamento no llegara a tiempo. Su hombre en la península le aseguró que cumpliría, pero no es fácil escabullirse a través de las escasas zonas muertas de los radares, pasar inadvertido al ojo casi Dios de los satélites.

Por fin, apostado en lo alto de una duna, el general observa la maniobra a través del sensor infrarrojo de sus prismáticos. La lancha de veinte metros de eslora, afilada y sigilosa como un suspiro, detuvo sus motores hace algunos minutos, momento en que Ramiro pudo escuchar la perfección del silencio. El viento no mece esta noche ni una brizna de hierba y hasta el mar parece lago, con un oleaje imperceptible acariciando tímido la arena de la playa. Desde su atisbadero, el general observa el traslado de las cajas que van siendo estibadas en la camioneta verde oliva. A través del visor, los hombres son manchas de calor corporal recortadas contra el relente de la madrugada. Cuando toda la carga ha sido desembarcada, Juan Dos, El Jimagua, idéntico a su hermano (salvo en el destinatario de sus devociones), de pie al borde del agua, se vuelve hacia el visor infrarrojo y hace un amago de saludo militar que Ramiro responde con un leve gesto de la mano.

Visiblemente incómodo dentro de esta chaqueta de ante con forros interiores high tech, y calzando unos mocasines Clark de purísima piel (a 500 yuanes el par), en lugar de sus habituales botas, Juan Dos cuelga su mochila del hombro derecho y se acomoda en la lancha, que arranca con un zumbido y enrumba hacia el Norte a toda velocidad. En escasos minutos, la embarcación desaparece del sensor, engullida por la noche. El general da la espalda al mar y desciende la duna. No espera a que el jeep se detenga completamente. Salta a la cabina con una agilidad que envidiarían hombres más jóvenes, y el conductor acelera por el camino de tierra en dirección a la zona alta de la ciudad.

 

Juan Dos disfruta una sensación de libertad, de euforia: el viento del estrecho en su cara, el picor salado de la mar, la oscuridad que la lancha va sajando, las imperceptibles vibraciones del motor, como si cabalgase a un ser vivo, y oye el golpeteo no tan imperceptible del casco al rozar de vez en vez la superficie de las olas. Si no fuera por ese roce, diríase que viaja en vuelo rasante sobre el agua. A ciento cincuenta nudos no hay mucha diferencia entre la navegación y el vuelo. De acudir a su destino en línea recta, en cuarenta minutos tocarían tierra, pero la computadora de a bordo modifica continuamente el rumbo para aprovechar las cambiantes zonas muertas de los radares, eludir las planeadoras neumáticas de la guardia costera y, lo que es más difícil, engañar al ojo omnividente de los cielos. O, al menos, que las sospechas de ese sucedáneo de Dios se conjuguen demasiado tarde.

A las dos horas de navegación zigzagueante, han doblado hacia el oeste la península y se adentran en una de las zonas menos vigiladas del país: los Everglades. Cualquier intruso deberá sortear las emboscadas de los cazadores furtivos, quienes lo mismo capturan animales salvajes que turistas domesticados, y las milicias de autoprotección del pueblo seminole, con jurisdicción total en su territorio —se cuenta que en ocasiones abortan las visitas de forasteros incómodos practicando ritos ancestrales. Maledicencia de los caras pálidas, desde luego—. Cualquier intruso deberá evitar los corredores de los narcos, que pagan puntual peaje a los seminole, y no se descarta el encuentro con algún caimán a dieta rigurosa por el menguar de sus víctimas en la cadena alimentaria, aunque ni así se resignan a la herboristería. Al parecer, el patrón conoce la ruta exacta que les evitará incómodos encuentros. Con la mirada fija en la computadora, se desliza como una culebra a veinte nudos por el espeso manglar. Juan Dos tiene la impresión de que se estrellarán en cualquier momento, pero tras cada obstáculo, nuevos canales se abren como por arte de magia.

Falta una hora para el amanecer cuando la lancha sale a una llanura de hierbas y agua, para detenerse en un cayo de monte. El patrón, que no ha dicho ni media palabra en todo el viaje, le señala, con el cañón de un arma que ha extraído de algún escondrijo bajo el tablero, una choza agazapada entre los matorrales. Juan Dos mira el arma y saca lentamente del bolsillo interior de su chaqueta una tarjeta de plástico verde que arroja al hombre, quien la atrapa al vuelo pero no mueve la mirada ni para comprobar que la cantidad sea la acordada. Juan Dos salta a tierra, y el patrón arranca a toda velocidad sin dejar de apuntarle. Gracias a sus precauciones, el contrabandista lleva vivo cuarenta y dos años y piensa seguir en ese estado otros cincuenta.

Juan Dos sonríe mientras entra a la choza. «Ni un cabo suelto», le dijo el general. Bien empezamos. Consulta su brújula y de un taconazo corrobora que en la esquina noroeste el piso de tierra suena a hueco. Bajo la trampilla de madera hay un elegante maletín Sansonite embalado en plástico azul. Tras echarle un vistazo, vacía en el maletín el contenido de su mochila y la arroja al nicho, cerrando de nuevo la trampilla. Entre los presagios del amanecer, su aspecto de hombre de negocios, levemente marcial quizás, contrasta con el paisaje del pantano.

Clarea ya cuando se escucha el ruido de un motor. Un enorme Cherokee X-1000 tatuado con los colores de la reserva seminole se detiene frente a la cabaña. Las puertas deslizantes se abren sin un chasquido y desde el asiento del conductor un hombre con las facciones más raras que Juan Dos ha visto en su vida le suelta una palabra en la lengua de los navajos, una palabra que Juan, no muy sobrado de neuronas, se ha esforzado en recordar durante semanas. En respuesta, Juan Dos pronuncia «oruatnec» y el otro lo invita a subir.

Mientras se deslizan a ochenta kilómetros por hora a través del estrechísimo camino, Juan lo mira de vez en vez, porque bajo las facciones aindiadas se esconde un compendio de etnografía humana: labios finos de algún antepasado anglosajón, ojos rasgados huyendo hacia las sienes, piel mulata más que cobriza y, para rematar, un par de ojos azules y una melena rubia que cae en larga coleta a la espalda, aprisionada por un anillo de plata, lo que contrasta con su uniforme y su placa de alguacil de los seminole. Juan Dos no puede menos que admirar la pericia con que este hombre conduce un cacharro de dos mil seiscientos kilos y quinientos caballos de potencia por un camino tan ajustado como una camiseta de neopreno. Claro que la computadora ayuda, advirtiéndole de antemano todos los recovecos del camino.

Tras una hora de barrizales sin otro paisaje que el espeso matorral, el camino los deposita en una carretera secundaria que en cinco minutos se convierte en la vía de acceso 388 y los emboca a la Super South: 24 x 24: veinticuatro carriles atestados de vehículos las veinticuatro horas. Antes de entrar al expressway, deben trasponer, a velocidad de zona escolar, el peaje electrónico. Los sensores comprueban la matrícula, el registro del estado técnico del vehículo, cobran el tramo y desactivan la conducción manual. Aunque el alguacil detesta que una máquina lo conduzca, no le queda más remedio. De ir hasta la ciudad por una carretera secundaria, corre el riesgo de tropezar con los policías blancos de la InterCity. Sus relaciones con ellos jamás han sido cordiales. Y con este pasajero a bordo, mejor no tentar a la suerte. Bastante suerte ha tenido con esta inesperada paga extra.

Entran a un tramo despejado, y las balizas los aceleran hasta ciento cincuenta millas por hora, pero en un par de minutos ya están metidos en el caudaloso río de vehículos que acude cada mañana a la ciudad. El piloto automático reduce hasta la velocidad estándar, ciento veinte millas por hora, y ajusta la distancia mínima de seguridad entre vehículos: cuatro metros y medio. En los automóviles aledaños, una mujer se maquilla, otra ve la tele, un atildado señor se afeita, y tres niños desayunan camino a la escuela. Juan Dos descubre que su conductor multirraza ha cerrado los ojos. El lector de iris del tablero también se ha percatado, e imparte órdenes al asiento, que se reclina suavemente hasta convertirse en una cama. El alguacil ronca con una tranquilidad que Juan Dos envidia.

* * *

 

Embriagado por el aire yodado de la mar que penetra por los ventanales del anfiteatro, el profesor Urbano Rocasol sienta el principio da conversa que signará sus enseñanzas: «La verdadera sabiduría tiene siempre más preguntas que respuestas. Dudar es su principio rector, su llave maestra». En su oficina, frente al monitor que transmite en diferido la clase, el general Ramiro Valdivieso para de golpe las orejas en la palabra «dudar», y no las baja hasta «maestra». El general sabe que comprender la historia requiere una exhaustiva información. Y modelar la historia, más. El profesor comenta ahora que las religiones han practicado durante milenios una pedagogía exactamente inversa: pensar es tarea del Sumo Hacedor, y la nuestra se remite a explicar su obra, usuarios del software que Dios puso en nuestras manos (siempre atendiendo al Manual) y con la expresa prohibición de desentrañar el hardware, terminantemente inscrito en la Oficina Celestial de Patentes. «Feuerbach nos aportó una noción un tanto diferente, entendiendo que la religión es el disfraz de la relación sentimental, cordial, cognoscitiva, e incluso sexual, entre los hombres. La palabra Hombres tiene aquí una acepción genérica, señor Ja Ja Ja  —reprende a un alumno de la penúltima fila—. Etimológicamente, puede que Feuerbach tuviera razón: religión: religare: unión. Y los dioses son un reflejo de los hombres, con sus vicios, virtudes y aspiraciones. Recuerden las canallescas y barrioteras broncas del Olimpo o el zapping sexual de los orichas —se aclara la garganta—. Con el tiempo, el hombre fue perfeccionando sus dioses, procreando por cruce divino nuevos dioses mestizos, hibridando el ADN celestial de distintas culturas. El resultado son los grandes sementales: Jehová, Buda, Alá. Fue un tiempo trágico para la comunión (¿amor?) entre el hombre y su Hacedor. Los capos del cielo eligieron portavoces en la tierra, y ya en el Concilio de Nicea, en Asia Menor, convocado en el 325 por Constantino I, se establecieron los símbolos de la iglesia (Dios no parece atenerse al mundo audiovisual) y sus principios, obligatorios para todos los cristianos, so pena de ser juzgados por delitos contra el Estado».

Desde la penúltima fila del anfiteatro, Marina contempla con admiración a su padre; aunque no soporta que le dé clases continuamente, con esa voz de bajo que parece venir desde el fondo de alguna biblioteca asediada por el olvido, invocando siempre la cita justa en el momento justo, dada su memoria, digna de Funes, que le permite recordar la página, el párrafo, el tipo de letra y hasta el ISBN de un libro que leyó hace veinte años.

«Claro que Dios no participó en aquel concilio. Bastante tuvo con crear el mundo en el tiempo récord de una semana —continúa el profe—. Desde entonces, disfruta jubilación anticipada. Algunos pensadores maliciosos sospechan que ni siquiera lo consultaron en las preliminares de aquella asamblea; ateniéndose a que, desde entonces, terratenientes y nobles, burgueses protestantes (la religión más empresarial), dictadores, mandantes y mangantes, han suplantado la voz de los dioses, han gobernado en su nombre y por prescripción divina, así sean, en su fuero más interno, perfectamente ateos —de nuevo se aclara la garganta (otros deberán aclararse las ideas) —. Y si les digo todo esto, es para promover en ustedes la independencia de toda palabra divina (empezando por el carácter relativo de mi propio magisterio), cosa que se obtiene, exclusivamente, mediante el sano ejercicio de la palabra propia. Siempre atendiendo a esa sabia recomendación del señor Vox Populi: Asegurarse de que el cerebro está conectado antes de empezar a hablar. Hasta mañana. A la misma hora».

* * *

 

Juan aprovecha el sueño de su conductor para comprobar que todos los documentos del maletín estén en orden y se palpa la pierna derecha. Vista desde algún satélite, la ciudad debe semejar un enorme corazón alimentado a través del sistema vascular de las expressways, sístole, diástole, por un flujo continuo de humanos. Cuando Juan Dos consulta por segunda vez su reloj, los gorjeos de Cecilia Bartoli en La Cenerentola, de Rossini, despiertan al conductor con tiempo suficiente para que se despeje y asuma la conducción manual tras abandonar la SuperSouth por la 208 de acceso al Gran Miami. En menos de media hora están frente a un viejo hangar. La puerta metálica se abre a regañadientes con un lamento de metales oxidados. El alguacil le entrega las llaves de un Ford Cobalt parqueado en medio de la nave y concluye en perfecto castellano:

—Misión cumplida.

Juan Dos guarda las llaves y extrae un lector de iris.

—Antes, tengo que comprobar que nadie sabe que estoy aquí.

—Correcto —responde el alguacil colocándose el lector a modo de gafas.

Tras una ronda de preguntas, Juan Dos verifica el resultado, asiente, guarda el lector, se agacha, abre el maletín ante la mirada expectante del otro —por fin Maryann tendrá su virtual reality—, al tiempo que su mano derecha se desliza hacia la pantorrilla. Hay un destello en el aire y el alguacil mira incrédulo durante una fracción de segundo el mango del enorme cuchillo de caza que lo ha clavado contra el asiento de cuero gris después de partirle el corazón. Todavía se mueve espasmódicamente y los chorros de sangre golpean el parabrisas, cuando Juan Dos desciende y se quita los finísimos guantes de látex transparente donde constan las huellas dactilares de alguien. Los guarda en la Sansonite y se enfunda parsimoniosamente un segundo juego. Sale en el Ford y cierra de nuevo la puerta del hangar.

«Ni un cabo suelto en esta misión, ¿entiendes? —Juan Dos recuerda las últimas palabras de Ramiro Valdivieso­— El enemigo aprovecharía la más mínima excusa para abrirnos una causa ante el Tribunal Internacional. ¿Comprendes?». «Ni un cabo suelto —se repite Juan—. Por suerte, el hombre decía la verdad. Nadie sabe que estoy aquí. Y nadie lo sabrá». Hace una brevísima llamada telefónica y extrae la unidad de memoria del teléfono, que arrojará al río diez kilómetros después. Apaga el sistema de guiado por satélite del coche, consulta el mapa y dobla a la derecha en busca de la 406, que deberá conducirlo hasta el aeropuerto.

* * *

 

El anfiteatro se va desinflando. Pablito sabe que el profesor Urbano tiene razón en que la razón es la única razón que no admite otras razones que la razón. Toda fe tiene que ser matemáticamente demostrable, porque incluso el amor tendrá su ecuación. Ojalá y nunca se descubra. En sus reuniones del Comité de Base, concilios ateos, las orientaciones caen de las alturas. Traguen sin rechistar, muchachos. Prohibido escupir la hostia. Por eso algunos cuchichean que el profe ha lanzado su coña anticlerical, como si nadie entendiera lo de los símbolos de la iglesia y el delito de Estado, jugando a los escondidos con un pie en los clásicos, sin despegarse de primera base.

 





El Señor de los naufragios (cuento del libro homónimo)

5 05 2011

El náufrago comprueba con el pulgar el filo del cuchillo que ha estado amolando contra una laja de arenisca durante media hora. Le da las gracias en voz alta a la piedra —se ha habituado durante estos doce años a dialogar con bichos, árboles y minerales para no perder la costumbre— y con todo respeto solicita su permiso, por favor, es por razones de pura necesidad, antes de descortezar dos palmos del sabicú cimarrón cuidando que no se quiebre la capa cuando la desprende del tronco.

El tronco donde han grabado a fuego el nombre de la taberna pende de dos cadenas sobre la puerta en esta noche borrascosa de noviembre. Ese rótulo es el primero en contemplar la llegada de los dos grafólogos, como peces de tierra adentro, nadando en la oceánica densidad de la lluvia. Los hombres se acogen chorreando a la densa atmósfera de la taberna. Cuelgan sus gabardinas cerca de la lumbre y se sacuden como perdigueros tras rescatar un pato de la laguna. El fuego crepita y chisporrotea al evaporar las gotas de lluvia. Los hombres se acodan en la barra y piden dos jarras grandes de ponche con mucho ron. Entre sorbo y sorbo, conversan sobre un programa informático para descifrar la escritura cuneiforme, y sobre los nuevos mapas para adentrarse en la geografía ignota de los códices mayas. A la segunda jarra, pasean la mirada por el batiburrillo que ocupa las repisas a espaldas del tabernero: entre botellas de brandy, ginebra y whisky, hay herrajes de galeones, cordajes y mascarones de proa, raíces esculpidas por la resaca, un catalejo y dos pistolones de chispa. Medio oculta tras una linterna sorda, el primer grafólogo descubre una botella verde que al parecer contiene un rollo de corteza.

La corteza abandona en sus manos un aroma verde: transpiración de la jungla. El hombre camina por la arena, saludando de vez en vez, buen día señor, buen día señora, hasta el extremo de la playa, donde se levanta su choza estival de eucaliptus jóvenes y hojas de cocotero en la techumbre. Con mucho cuidado, despliega la corteza sobre su mesa: dos tablones que rescató del Tornado, sobre cuatro tocones. Cuidando que se seque cada trazo antes de continuar, dibuja con tinte de bija su mensaje.

¿Un mensaje? No sé. Nunca lo he abierto. El tabernero les comenta que un niño halló la botella hace ya mucho entre los sargazos y las maderas arrojadas a la costa por una tormenta, y la cambió al coleccionista de naufragios por un puñado de chocolatinas. Los grafólogos la sostienen con cuidado, eliminan el polvo con una servilleta; comprueban que el rollo parece de corteza (abedul no es) (¿eucaliptus?) (qué va) (¿una planta tropical?), y solicitan permiso para abrir la botella, lacada con alguna resina vegetal que desconocen.

—Si la compran, es toda suya.

—Anótela en la cuenta.

Y comienzan a escamar la superficie de la resina con una cuchilla, intentando sacar trozos lo más grandes posibles, para enviarlos al laboratorio si fuera preciso.

Preciso es dibujar cada letra, cada contorno, cada signo. Los cinco pelos de puerco jíbaro que forman la mota del pincel tienen la manía de coger cada uno por su rumbo. Tarda dos horas en concluir la tarea, y calza la corteza con varias piedras, de modo que los vientos alisios sequen parejo la superficie. Una vez seca, lo comprueba con las yemas de los dedos y enrolla el pliego con sumo cuidado. Toma la única botella de vidrio que pudo salvar e introduce el rollo muy despacio para que no se quiebre al paso por la estrecha boca. Cuando su mensaje yace a buen recaudo en el frasco, se adentra en la floresta por un trillo que reabre todos los meses a filo de machete. La lujuria vegetal de la isla no tardará en cerrarlo.

Apenas los grafólogos despliegan la quebradiza corteza, asoma la silueta de una isla: el mapa ingenuo, casi medieval: las coordenadas roídas por el salitre, el dibujo naif de las montañas y la laguna, la toponimia de geógrafo amateur desdibujada por el tiempo. El escrito al pie del croquis los mantiene enfrascados durante diez minutos. El tabernero husmea el manuscrito, pero no entiende nada, porque está redactado en un idioma extraño, de caracteres suaves y redondos como oleaje de verano. Por eso no comprende la excitación repentina de los grafólogos, que se cubren con sus gabardinas y abandonan casi corriendo la taberna mientras protegen con mimo el rollo de corteza, porque afuera sigue diluviando. Como muchachos con juguete nuevo, se apresuran hacia el hotel con intención de regresar al continente en el primer vuelo de mañana.

La mañana concluye cuando el náufrago se acerca al gigantesco tornasol. A falta de una enciclopedia botánica, es el nombre con que ha bautizado a este árbol recto de corteza grisácea, cuya leche blanquísima adquiere en pocos minutos un rosa viejo, bermellón cuando cuaja, y rojo herrumbre a la semana. Sangra el tronco en una güira cortada y se apresura hacia la playa. Tiene que esperar unos minutos antes que la leche del árbol haya alcanzado la textura exacta, y lacra entonces con cuidado la boca de la botella. En cuatro o cinco días se endurecerá como madera, y habrá impermeabilizado totalmente su mensaje.

En el laboratorio de la universidad, el mensaje es fotocopiado, escaneado, descifrado signo por signo. Se analiza la tinta, los trazos del pincel, una espora que vagaba en el aire y fue capturada bajo la cola de una «a» minúscula. Las pruebas practicadas al rollo de corteza confirman las sospechas de los grafólogos quienes solicitan financiación a varios institutos, pero el interés científico y el interés presupuestario raras veces coinciden. La expedición no puede zarpar hasta la primavera siguiente, justo cuando la vegetación estalla en una isla solitaria, dejada quizás de la mano de Dios, pero no del Hombre.

El hombre cuenta las olas desde el acantilado. La quinta choca con la cuarta resaca. No alcanza jamás los colmillos de la costa. Regresa mar adentro y no recalará en ninguna playa de la isla. Repite el conteo varias veces, y cuando está bien seguro, lanza la botella en el momento justo. Después de unos instantes de zozobra, ve el punto verde a flote, extraviado en tanto azul. Y lo que le falta. La botella duda entre la tierra y el mar, pero la fuerza de las aguas no cree en indecisiones existenciales y la arrastra hacia el horizonte. El hombre despide a su mensaje desde el farallón y le desea feliz viaje.

El viaje de los grafólogos entre Sidney y Brisbane es monótono y lento, pero, por suerte, luminoso, con el mar siempre a estribor. En Brisbane zarpan hacia el este-sudeste. Barloventean entre Norfolk y el extremo noroeste de Nueva Zelanda. Cerca de Three Kings Island, ponen rumbo sur a través del estrecho pasadizo: East Key a estribor y la Fosa de Kermadec, madre de tsunamis y volcanes, a babor. Hacia el levante se extiende el gran desierto de agua y sal: el océano Pacífico. Peinan con cuidado el mar desde los 35 a los 40 grados de latitud sur y entre los 165 y los 170 grados de longitud oeste. A pocas millas del extremo sudeste del cuadrante, descubren al fin una isla con alturas máximas de dos mil cien metros. Si alguna isla coincidiera con el croquis, sería ésta.

La isla es apenas un recuerdo engullido por el horizonte cuando la corriente ecuatorial conduce la botella hacia el sur. Durante años traspone los más solitarios paralelos del planeta, siendo abandonada en las gélidas manos de la corriente austral, que la arrastra al sur de la Patagonia, y le permite franquear sin tocar puerto el estrecho de Magallanes. La botella atraviesa la planicie atlántica, avistando apenas la costa occidental de África, donde es descubierta de nuevo por la corriente ecuatorial que decide volverla al oeste, en dirección al golfo de México. Pero la botella evade los circuitos turísticos y deriva lentamente, desorientada por la estela de los barcos, hasta tropezar con unas pequeñas islas que se yerguen sobre vertiginosas simas marinas a lomos de la cordillera centro atlántica, la columna vertebral de la Tierra. Una tormenta la abandona cierta tarde en una playa meridional de Sao Jorge, cerca de Calheta. Encallada en la arena es descubierta por un niño adicto a las chocolatinas y al helado de fresa, para encallar por fin en una taberna de Ponta Delgada, en Sao Miguel, islas Azores, y ser descubierta por dos grafólogos adictos a los crucigramas históricos de la palabra.

La palabra asombro será la más recurrida en los cuadernos de campo de los grafólogos. Cuando desembarcan en la isla, la erosión ha borrado de la arenisca las huellas del cuchillo que muchas veces se afiló contra ella; el sabicú cimarrón vistió de corteza nueva su desnudez de dos palmos y la cicatriz en el enorme tronco del tornasol es tan tenue que jamás la distinguirán a simple vista. En la playa, asolados por algún huracán, yacen los restos de una choza: entre los troncos semienterrados en la arena hallan la cabeza oxidada de un martillo y dos monedas enmascaradas de verdín. Decepcionados ante la pobreza del yacimiento, algunos descreen ya de un largo viaje por tan poca cosa. Pero apenas se adentran en la jungla, comienzan a descubrir figuras tatuadas en los árboles y las piedras, troncos tallados hasta dos metros de altura, rocas cinceladas en obediencia a sus formas primigenias: siluetas de hombres y mujeres caminando, oteando el horizonte, sentados ante una mesa o recostados a la vera del río, disfrutando las mariposas que vuelan a golpes de trincha en los troncos circundantes, o el trino de los pájaros de piedra. En las laderas de una colina hay cientos de siluetas caminando, paseando del brazo, roturando la tierra, construyendo casas, haciendo el amor. Se multiplican hacia el interior de la isla, y ya son miles en las inmediaciones de la cueva: la boca, tallada a cincel como una puerta, se abre en un farallón rocoso donde frisos, columnas y tejado crean la ilusión de que una casa entera ha sido incrustada dentro de la montaña. En el gran salón, iluminado por una claraboya del techo, una verdadera multitud ocupa las paredes: comerciantes, tenderos, mendigos, niños jugando con aros de metal, caballeros sobre sus alazanes que se inclinan hacia las damas en sus carruajes, un titiritero, un escuadrón de soldados, un oso que danza al compás del caramillo. Y en el centro, recostado en amplia butaca de troncos, frente a una mesa de piedra, el esqueleto que preside la multitud como un venerable cabeza de familia. Apenas retiran de su mano derecha el rollo de pergamino, como si no esperara otra cosa, la osamenta se desmorona en silencio.

Esa misma noche, a la luz de la hoguera que los congrega en el centro de su campamento, los grafólogos descifran el manuscrito.

Después de varios días de búsquedas, comprueban que sólo un esqueleto y cuatro mil seiscientas dos siluetas, debidamente contabilizadas y fotografiadas, pueblan la isla. Poco queda por hacer. En una rústica caja entierran con toda ceremonia al señor de los Naufragios, y al despedir el duelo de quien olvidó consignar su nombre, los grafólogos leen una vez más, en voz alta, el mensaje que aquel hombre escribió cierto día de cierto año. Un mensaje escrito para nadie donde cuenta que no siempre naufragar es un naufragio, que la soledad es una sustancia engañosa y que no equivale, obligatoriamente, a la ausencia de compañía. Soledad, dice, es una palabra muy rara. A veces dan deseos de consolarla. He atisbado barcos en la distancia. A algunos les he hecho señales por costumbre. A otros, no, por precaución o por miedo. Y cuenta que si un día los hombres fabricamos a Dios, si rumiamos el tiempo como ninguna otra especie (herbívoros de eternidad), ¿por qué no poblar el tiempo? He encontrado en esta isla, dice, algunas respuestas para mis muchas preguntas, pero otras quedaron en el aire. Necesitaba compañeros de una sabiduría superior a mis escasas letras. No fui un dios cicatero o mandón. Me prodigué en miles de hombres y mujeres, atento a acomodarlos en el mundo como herreros, leñadores o maestros según la piedra o la corteza me dictara su mejor acomodo. Nunca pretendí regir sobre ellos. Los escuché en silencio durante horas, sabiendo que un buen dios debe ser mortal y falible. No sus criaturas. Si algún día llegan otros hombres a esta isla, confío en que aprendan a escucharlos.





Se publica Diario delirio habanero

2 03 2010

Acaba de aparecer en España, publicado por Mono Azul Editora dentro de su colección Vuelapluma, mi Diario Delirio habanero. Un adelanto de ese libro fue el diario de mi viaje a Cuba durante el verano de 2009 que publiqué en este mismo blog. El libro inserta artículos, ensayos breves, un texto de ficción, y reportajes que complementan el esqueleto narrativo del volumen.

Portada Diario Delirio

La nota de contraportada afirma:

 

Luis Manuel regresa a Cuba en el verano de 2009 para tantear el mundo que dejó, la ciudad que amó y construyó en Habanecer. Frente a él, la isla en peso, con la plenitud de sus ruinas, en la que hoy vive y se desvive por seguir viviendo la Revolución. La Cuba que visiona el autor a su vuelta del exilio es un país surreal que delira y camina entre un porvenir de estrecha ortodoxia y un presente dicotómico, el patria o muerte y su cada vez más susurrante venceremos.

 

Satírico, con un humor cercano y fresco, nada melodra­mático, irónico, con disparos certeros de elocuencia y ­asientos de afilada erudición, el autor nos conduce a ­través de los pasajes de este diario en los que se paladea el ­sabor de una realidad que se cansó de soñar, que agotó su ­sueño. La ­Habana es una de las ciudades más amadas de la Tierra. Ella desgrana contra el mar la sintonía de una pelea ­perdida, de una batalla eterna. Hijo de esta ciudad, el autor se habanizó hace años, y habanece otra vez ahora, sin sal en los ojos, en medio de una saudade llena de rigor y anclada al cariño hacia un país que siempre deja huella. Y duele tocar cada cicatriz. Duele desabrazarse.

 

Quienes lo deseen, pueden leer el primer capítulo, es decir, el primer día, en http://www.monoazuleditora.blogspot.com/

Próximamente a la venta en la red de librerías, el libro puede adquirirse ya en http://www.monoazuleditora.com/36429.html

 





Vivir sin la patria es…

10 09 2009

 

El día de nuestra llegada a Cuba, me preguntaba si Daniel iría a recuperar la patria perdida (en caso de que aún sea su patria y de que la hubiese perdido). Claro que si la patria es el “Estado libre del cual somos miembros y cuyas leyes protegen nuestra libertad”, de momento seguirá siendo súbdito del rey Juan Carlos, aunque nos haya costado un disgusto conseguirle la nacionalidad española. Tenía 14 años y, como menor de edad, tuvimos que acompañarlo. Un solemne juez sevillano lo miró como el rey Arturo a punto de nombrarlo caballero de la mesa redonda: “Dígale que debe jurar (o prometer) fidelidad a la Constitución y al Rey”. Nury le tradujo y Daniel respondió que “a la Constitución sí, pero no al rey, porque yo soy republicano”.  Ante la insistencia del juez, y pensando que se trataba de una broma sin mayor importancia, ella le tradujo textualmente. De inmediato, el juez respondió, con una ira contenida como de Borbón venido a menos, que en tal caso no podía concederle la nacionalidad. “Una pregunta, señor juez”, le dije, “¿qué edad tiene el chico?”. “Catorce años”, respondió dubitativo. “¿Es menor de edad o no? ¿Lo representamos nosotros o no?”. Admitió a regañadientes. “Entonces, él es el más juancarlista de España hasta su mayoría de edad, porque lo digo yo, que lo represento”. A la salida de los juzgados, el más reciente españolito del reino, con una sonrisa de complicidad, nos dijo: “Pero acabamos de ganarle una batalla a los monárquicos”.

A lo que iba antes del desvío: si, de acuerdo a Rousseau, sin libertad no hay patria, sólo país, la natio de Cicerón (folklore de lenguaje, costumbres, religión y paisajes) y patria es la república, sus instituciones y un modo de vida acorde con ellas, seguiríamos en las mismas. Y concluí entonces que debería conformarse con la matria, un lugar interior en el que crear una “habitación propia”, según Julia Kristeva. (Aunque la matria vasca era aquella que Unamuno contraponía a la patria española, y ya eso me va gustando menos)

Pero he seguido dándole vueltas al asunto, quizás demasiadas, y por muchas razones. Durante bastante (todo mi) tiempo me insistieron en que había que defender la patria, aunque el enemigo nunca se presentó. Ahora soy un apátrida según el diccionario castrista. (Si me porto bien quizás me asciendan a miembro de la “comunidad cubana en el exterior”). Pero, ¿hay equivalencia entre el patriotismo y la geografía? ¿El viejito de Miami que sueña cada noche, desde hace 45 años, con su patio de gallinas y mangos en Jatibonico es un apátrida? ¿El habitante de la Isla es un patriota por puro fatalismo geográfico? Y más. Me percato de que próceres, caudillos y dictadores, todos son patriotas. Hay nacionalistas y socialistas y nacionalsocialistas. ¿En qué quedó aquello de la “identidad nacional”? Y, por cierto, ¿los marxistas no eran internacionalistas? Es curioso que tras la invasión alemana a la URSS, en la proclama de Stalin no se llame a los rusos a defender el socialismo, sino a la Madre Rusia.  ¿De qué patria hablamos en el caso de Cuba? ¿De qué nacionalismo? ¿Romántico, de izquierdas? ¿O religioso, con sus textos sagrados, su catequesis y su promesa de un cielo llamado comunismo para quienes no pequen contra el señor? ¿O el nacionalismo banal promulgado por Michael Billig? (Utilitario, pragmático, multidireccional).

Y está, además, el presunto sustrato histórico de ese patriotismo y ese nacionalismo cuyas raíces y fronda han sido meticulosamente podadas como un bonsái. Aunque la bandera nacional es la de Teurbe Tolón y del anexionista Narciso López, aunque lo haya sido Ignacio Agramonte, todo anexionista es antipatriota por definición. “Anexionista” es el mayor agravio en la jerga oficial cubana. Disidentes, defensores de los Derechos Humanos, periodistas y bibliotecarios independientes son anticastristas, pero como se cumple la ecuación patria = socialismo = Fidel Castro, son antipatrióticos por carácter transitivo, y anexionistas por algún otro carácter que no se especifica. Se sobreentiende. Ha sido anunciada, en cambio, la anexión a Venezuela, que sería gramaticalmente peligrosa (podríamos empezar a hablar como Hugo Chávez).

Tampoco los autonomistas del XIX entran en el canon, aunque les tributaran sus respetos el generalísimo Máximo Gómez y José Martí. Hasta donde recuerdo, ambos tuvieron una participación más activa en la independencia de la Isla que los ideólogos del Partido Comunista. No así en la reescritura de la historia.

Si el nacionalpatriotismo oficial se concilia con el medio millón de cubanos que han practicado el internacionalismo por cuenta del gobierno. ¿Por qué no se concilia con los dos millones que lo han practicado por cuenta propia?

 

No sé si la patria nos “contempla orgullosa”, pero yo la contemplo dubitativo.

 

Espero aclararme en dos o tres días. De momento quisiera introducir el tema con un cuento, como una reminiscencia de mi infancia, cuando me despertaban cada mañana con el programa de Tía Tata Cuenta Cuentos, “arriba, arriba, compañeritos, llegó la hora del cuentecito”, y yo salía pitando tan pronto empezaba a cantar Carlos Puebla, porque ya sabía que llegó el Comandante y mandó a parar. El cuento aparece en la edición española de Habanecer. No en la cubana, de 1992, por la sencilla razón de que lo escribí en 1998. Como todos los cuentos de ese libro, ocurre el 28 de agosto de 1987. Y éste, específicamente, entre las 5:08 y las 6:52 am.

 

 

VIVIR SIN LA PATRIA, ES VIVIR

 

Virgilio entorna cinco centímetros la puerta del garaje y atisba a derecha e izquierda, pero la vuelve a cerrar con cuidado. Los últimos patrulleros se alejan hacia la Avenida 41. Qué nochecita. Virgilio espera dos minutos y lo intenta de nuevo con sigilo. La calle está desierta. Ahora o nunca. Y abre de par en par. Se sienta al timón y, al tiempo que gira la llave del encendido, se dirige al enorme fardo, envuelto en una lona gris, que ocupa toda la parte posterior del camión: Perdóname, Virgencita. Se detiene un instante en la calle para recordarle a su amigo Arnaldo: Media hora, acuérdate. Arnaldo asiente mientras cierra la puerta, pero no hay quien le quite de la cabeza que de ésta pierde el camión. Y suerte si no me meten preso. Pero, bueno, para eso están los amigos. Sube a despertar a su hermano porque dentro de media hora deberán salir hacia Brisas del Mar para recoger el camión, que Virgilio abandonará a cien metros del mar con la llave bajo el asiento. Eso es si no lo cogen, si no hay moros en la costa (moros vestidos de verde olivo), si… Mejor no me caliento la cabeza. Virgilio está arrebatado de la azotea. Yo me juego el camión, pero él se juega el pellejo. Ni loco me monto yo en el trasto ese. Pasa con cuidado junto a su prima Lucía, que anoche abandonó al marido y no encontró nada mejor que aparecerse a medianoche con una grabadora y dos maletines a llorar sus penas. Qué nochecita. Y sacude a su hermano, que algo bueno debe estar soñando, porque sonríe.

Virgilio maneja con cuidado por la Avenida 31. Aunque a esta hora no hay ni con quien chocar, se detiene en cada semáforo y respeta escrupulosamente todas las reglas del tránsito y tres o cuatro más. No vaya a pararme un policía por cualquier bobería y ahí mismo termine mi viaje. ¿Verdad, Virgencita? Y el enorme bulto parece que asintiera, sacudido por un bache en el asfalto. Qué jodido me tienen los baches. Uno nunca se acostumbra. Y eso que la vida en Cuba es puro bache. La dictadura del proletariado, ¿eh, Virgencita? Qué chiste. Nace proletario para que tú veas. Hasta las moscas te cagan. Patria o Muerte, Venceremos. Pero no sé cuándo venceremos, porque llevamos treinta años muriéndonos por la patria y los únicos que vencen son ellos. Nosotros: esperando la guagua de la abundancia. Mientras, vete comiendo tu chícharo y tu huevito, que no sé cómo no nos hemos vuelto amarillos como los chinos, Virgencita, con la de huevo y chícharo que nos hemos soplado en este país. Pero no te preocupes, que si nos sube el colesterol, nos curan gratis. Y como el trabajo educa a las masas, dale a cortar caña y al trabajo oblivuntario los domingos y horas extras para ganar la batalla de la producción y derrotar al Imperialismo. Ellos ya están educados, por eso no tienen que sudar la camisa. Y la batalla al Imperialismo ya se la ganaron: como que se mudaron para las casas que eran de los burgueses, y así cualquiera espera por la derrota final del Imperialismo. ¿Para qué tiraron sus tiros y sus discursitos? ¿Verdad, Virgencita? Por eso tanta candanga con la defensa del país y la guardia y las milicias, que si el Imperialismo viene y derrota nuestra gloriosa Revolución, ¿a dónde van a parar ellos, eh Virgencita? Porque saber saber lo único que saben es repetir, y eso vete a una cueva para que veas: hasta el eco hace lo mismo. Tú gritas: Comandante en Jefe, Ordene. Y la cueva repite: Comandante ComandanteComandante Ordene OrdeneOrdene. Igualito. Y allá va el proletario a defender la patria para que no se joda la dictadura. Qué chiste. Y morir por la patria es vivir, como dice el himno. Pero no te preocupes, que el entierro es gratis. (Virgilio se persigna, porque hablar de muerte en este trance le parece de mal agüero). Claro, los proletarios tienen que morir por la patria para que ellos vivan de la patria. Por eso yo, Virgencita, voy echando, que vivir, aunque sea sin la patria, es vivir.

Ya ha rebasado el túnel de la bahía y enfila lo más rápido posible por la Monumental, pasando a ochenta kilómetros por hora junto a una valla que anuncia: «Cuba: Territorio libre de América». Somos los más libres del mundo. ¿Eh, Virgencita? Hasta de libertad nos libramos. Figúrate tú, el único país donde hace falta visa para salir. Que si no, ya esto sería la dictadura sin proletariado. Y ni protestes, que ahí mismo eres un agente del Imperialismo y el barretín que te cae no te lo limpias ni con agua bendita. Que la educación es gratis y masiva para que aprendas a decir que sí sin faltas de ortografía. Déjate de andar pensando por tu cuenta, que para eso están ellos. Ya lo dijeron el calvito Lenin y los dos barbudos, y si hay algo que añadir, para eso está el otro barbudo. Bocabajo todo el mundo. Ser prole y de Palo Cagao. Naciste Cagao y te tratan a Palos. ¿Qué te parece? Como no tienes papá que viaje ni sea jefe ni nada de eso, te toca ver los muñequitos en blanco y negro, conformarte con los tres jugueticos de mierda que alcances por la libreta al año, quedarte sin leche a los siete (para eso ya eres grande), disfrazarte con ropitas de la tienda, que hasta los lindos lucen feos, dime tú los como yo, y que te levante la novia un hijito de papá vestido de etiquetas imperialistas, que su papi viaja al monstruo y compra todo lo que puede; a ver si vacía las tiendas y arruina al Imperialismo. Para que aprendan lo que es la escasez, coño. Porque, óyeme, Virgencita, lo que uno tiene que inventar para vivir en este país: rellenar fosforeras irrellenables, cocinar con mierda de vaca, comer hamburguesas de lombrices, fabricarte tu antena para ver el satélite, mantener rodando un Chevrolet del 48 como éste, tortilla de mango, picadillo de gofio, bisté de cáscara de toronja. Si no se desarrolla la mollera es un milagro. Y cuando te casas, Virgencita, como eres prole y no tienes conectos (los únicos conectos míos son con el pico, los ladrillos y la hormigonera) lo que te toca son tres días en un hotelito de ya tú sabes. Y esa es la Luna de Miel-Da. Y ni te quejes, que los indios de Bolivia viven peor. Y a mí qué cojones me importan los indios de Bolivia. Cuando en mi casa ni huevos hay, no vienen a traerme comida los indios, y menos los cowboys. Y cuando el prole tiene prole, como es prole, lo que le toca es apretarse en el último cuarto, o inventar una barbacoa. Beatricita, Yazmín, Danilo el mayor, Beatriz y yo en nueve metros cuadrados, ¿qué te parece, Virgencita?, con televisor, cocina y mi suegra dando vueltas. Multiplica por dos con la barbacoa, que si no me facho las maderas de la obra no la hago nunca, y calcula. Y divide entre dos la altura, que ahora hay que andar medio agachado todo el tiempo, como si viviéramos en una cueva de los cromañones. Hasta los indios taínos se hacía su bajareque del tamaño que les daba la gana. Pero estamos en la dictadura del proletariado, Virgencita, y los prole tenemos que sacrificarnos. Primero, para que nuestros hijos llegaran a la abundancia, pero como ya los hijos llegaron, y la abundancia no, ahora es para que nuestros nietos, pero al paso tan chévere que llevamos, ni los tataranietos. Porque el futuro pertenece por entero al socialismo. Eso lo han dicho bien clarito: el futuro. Y como el presente pertenece por entero al capitalismo; yo voy echando, Virgencita, que el futuro está a noventa millas. No en la microbrigada, que ese fue el último futuro que yo tuve. Cuatro años. Cuatro años me pasé en la micro trabajando como un loco. Aunque sea en Alamar, un apartamento es un apartamento. Y hacer por fin chucuchucu con Beatriz sin andar en el sigilo de si los niños se despiertan y cuidado, papito, no hagas bulla. Aunque sea en Alamar ese, en un edificio como caja de zapatos,todas iguales, llenas de comemierdas que se pasaron cuatro, cinco, siete años paleando concreto para tener un huequito en una de las cajas. Pero ni así. Cuatro años. Y cuando había escogido hasta el apartamento, y estábamos distribuyendo a los muchachos, y el último cuarto es el de nosotros, y… Ahí vino la asamblea, y empezaron a decir que las necesidades del país, y que la Revolución, y el caso del caso es que ellos se quedaron con la mitad de los apartamentos, para dárselos después a la querida de un general, que si fuera por el culo debían darle el edificio completo, o al dirigentico que trajeron de Remanganaguas, que para algo se lo ganó con el sudor de su lengua, o a algún chileno de esos que después se pasan el día hablando mierda de Cuba. Y como el bobo de Virgilio ni tiene culo, ni echa discursos y nació en Cochabamba de Palo Cagao, ahí le dijeron que lo sentimos mucho, pero sabemos que tú comprenderás las necesidades de la Revolución y que estaban de acuerdo en que me fuera otros cuatro años para la micro porque precisamente ahora empieza un nuevo edificio y… Oye, Virgencita, cogí un sube: que se metieran la micro por el culo, y el apartamento también. Y que me importaban un huevo las necesidades de la Revolución, porque a la tal Revolución en la puñetera vida le han importado las necesidades mías. Candela, Virgencita. Por poco hasta me botan del trabajo. Pero la uniquísima ventaja de los prole es que más pabajo no nos pueden botar. Y ahí me quedé, en el Palo Cagao de siempre, pero peor. ¿Tú me entiendes? Porque tuve, como quien dice, la llave de la casita en la mano. Y me la quitaron. Ahí fue cuando me entró la idea. Que yo nunca. No por la política ni por la patria ni nada de eso. Allá ellos que viven de la patria y de la política. No quería dejar solos a los viejos. Ni a Beatriz y a los niños, aunque sea por un tiempito, que después yo los mando a buscar. Y los amigos de toda la vida. ¿Me entiendes? Además, ¿por qué voy a tenerme que ir de mi país, a pasar frío y hablar idioma raro y a que me miren como el que se coló en la fiesta sin invitación, y todo para vivir como la gente? Pero no hay arreglo, Virgencita, porque en este país hay que irse y volver de extranjero, que entonces sí te tratan de a señor. Por eso me entró la comezón y ahí mismo dije: si no me dan casa en Alamar, me voy a la mar, a ver si me la dan en Miami. Mira, Virgencita, yo sé que ser prole es la misma mierda en cualquier parte, pero allá por lo menos los burgueses no se disfrazan, y si te la ganas, te la ganas. No vienen después a quitártela en nombre de la contrarrevolución mundial. Peor de lo que estoy, no voy a estar. Y como yo lo único que quiero es una casita chiquitica para mis chamas y mi mujer, mi arrocito con pollo y mi lechón asado de vez en cuando, y ver la pelota en colores tomándome una cerveza fría. Que no es mucho, ¿no, Virgencita? Y sin engome raro: curralando. Mira: si he trabajado veinte años por la tal Revolución que no es ni familia mía, ¿cómo coño no me voy a matar por mi mujer y por mis chamas? ¿Tú no crees? Pero yo no estoy loco para tirarme en una goma de camión, que de esos llega uno de cien. Si no son los tiburones, es la sed o las olas o los guardafronteras. Y con lo salao que yo he sido toda mi vida, seguro que soy el 99 de los que no lleguen. Por eso tuve que hacer mi enmarañe, pero no me lo veas como irrespetancia contigo. Yo te juro por mi madre, Virgencita, que si llego vivo, con lo primero que gane te hago una ofrenda así de grande. Uno puede ser pobre y bien agradecido. Pero no me quedó más remedio. Bueno, no se me ocurrió otra cosa. Y como la Iglesia del Carmen estaba en obras. Y como mi primo Gerardo les lleva los papeles. Y como de casualidad conocí al carpintero ese: un león haciendo imágenes. Ahí mismo se me juntaron las tres cosas y clic, se me encendió el bombillo. Mira, Virgencita, si es un sacrilegio, yo te pido perdón, pero esto no tiene arreglo y a mí lo de la otra vida con aire acondicionado y cerveza fría no me convence mucho, con tu perdón. Ni el cielo ni el comunismo, que es el cielo de esta otra religión. Y te lo explico claro clarito para que me eches una mano en el mar. Y yo te cumplo, Virgencita. Por mi madre que te cumplo.

Mientras, se detiene en Brisas del Mar, sin un alma a estas horas. Camina hasta el borde del agua como quien trata de orientarse, cuando la única orientación posible está bien a la vista. Como le dijo su amigo Israel, ésta es la mejor hora, porque los guardafronteras van de cabeza pa la cama, y los playeros ni se han levantado. No porque te vayan a chivatear, pero capaz que se te monten veinte y hundan el bote. Entra de marcha atrás hasta el borde del agua, zafa las cuerdas y la lona cae, poniendo al descubierto una enorme esfinge de la Virgen de la Caridad del Cobre, y a sus pies el bote, tripulado por los tres remeros que la miran en trance. Por la rampa de madera, mediante cuerdas y poleas, baja Virgilio a la Virgen con toda la compaña. Cuando ya están en la arena, saca con mucho respeto a los tres navegantes, acomoda a la Virgen en la arena, y revisa de un vistazo el agua, la comida, el palo que deberá ajustar, la vela y los remos de repuesto que hay en el fondo del bote. Sube la rampa y se aleja con el camión, que quedará parqueado entre dos casas vacías. Regresa corriendo y tras besar el manto (Perdóname, Virgencita, y ayúdame, que me va a hacer falta), encomienda su destino a Yemayá y se echa al mar de un empujón, tocando por última vez (o así lo supone) la arena de la Isla con la punta del remo.

El diminuto bote ya es una manchita ávida de asomarse a la línea azul del horizonte, cuando una ventolera súbita mece el manto de la Virgen, y Juan Moreno, uno de los remeros, cae de espaldas sobre la arena. Su mano se levanta y oscila un par de veces como diciendo adiós a Virgilio, antes que otra ráfaga lo tumbe de lado.

 

cuando amanece

Virgilio ignora que será detectado por el radar, que una patrullera saldrá en su busca, lo detendrán ya en aguas internacionales y los cuatro años siguientes no los pasará en la micro de Alamar, sino muy cerca: en el Combinado del Este, la cárcel más moderna del país, donde el Comité de Base de la Unión de Jóvenes Comunistas acaba de pintar a la entrada un enorme cartel: «Todo lo que somos hoy, se lo debemos a la Revolución y al Socialismo». Firmado: Fidel Castro.

 

cuando amanece

Virgilio ignora que los radares fueron apagados hoy, en el horario de menos tráfico de balseros, en cumplimiento del plan de ahorro, que no será detectado por una lancha patrullera que merodea en las inmediaciones, pero sí por la Corriente del Golfo, que lo desviará nueve grados, de modo que a los dos días ya estará fuera de las rutas comerciales. Ignora que diez días más tarde, el sol y la sed, el azul y la desesperación, lo harán beber sus propios orines y agua salada, y que a los doce días verá a Beatriz y a los niños justo en el jardín que se extenderá ante la proa. Y que irá a su encuentro. Quién sabe si los halle, porque al bote nunca regresará.

 

cuando amanece

Virgilio ignora que la Virgen no le guarda ningún rencor, y que Yemayá está hoy de buenas, que ni los guardafronteras ni el mar, ni los tiburones ni el sol, ni la sed ni el azul omnipresente, espléndidamente siniestro, podrán impedir que un buque del Coast Guard lo recoja, nueve días más tarde, con los remos partidos en las manos, una llaga en lugar de espalda y la enorme sonrisa manchada de sangre por las grietas de sus labios partidos. Ignora que Miami tiene aún más edificios y más altos y más bonitos que los que ha visto en las fotos. Pero también ignora que será él, Virgilio Fernández, el encargado de limpiar sus cristales. Y que por ahorrar pasará hambre, y beberá cerveza sólo los sábados, que los rubios lo tratarán casi peor que en las cafeterías de La Habana, y vivirá en un cuartico de LittleHaiti, el Palo Cagao de Miami. Ignora que pasarán siete largos años antes que pueda abrazar a Beatriz, a Beatricita, a Yazmín y a Danilo el mayor. Y que ese día le donará a la Virgen de la Caridad del Cobre una imagen idéntica a aquella que hallaron los bañistas, varada en Brisas del Mar, diciéndole adiós con un súbito aleteo de su manto.

 

“Vivir sin la patria es…” Publicado en: Habanerías, Actualizado 10/09/2009





Bar Mañana (del libro El éxito del tigre)

6 06 2003

No aparece en las guías turísticas ni en el directorio telefónico, nadie en La Habana podrá indicarle la dirección exacta del Bar Mañana, su teléfono, la calle, cerca de qué, al ladito de dónde, ni siquiera el barrio donde puede preguntar por él. Pretender un práctico que lo conduzca por los procelosos cauces de la ciudad hasta sus puertas, es inútil. Algunos lo han situado en la frontera portuaria de La Habana Vieja, en el centro noctámbulo del Vedado, o en un mirador de Buenavista. Y hasta donde yo sé, todos tienen razón: el Bar Mañana habita en la ciudad, aunque en las oficinas de turismo eviten pronunciar su nombre. No es una mitomanía de algún canadiense con sobredosis de trópico, ansioso por derrotar a su vecino que recorrió el Ganges en quince días. Ni el delirium tremens de Manolo El Gago, que en-en-entre do-dos vasos de Chispaetrén altamente inflamable, me comunicó una noche que no era un cuento de camino, que e-e-existe de verdad verdad, mi herma mi herma mi hermanito, aunque el único camino para llegar es el de la pura casualidad, la suerte, el azar, el ya tú sabes, el averigua, inventa y arréglatelas como puedas. Los que han entrado alguna vez, evaden el tema. Me ha sido difícil recopilar información: desde los bares de mala muerte hasta los night clubs de la buena vida. Cada cual tiene su versión.

El abuelo Severino

tiene todos los achaques de la edad y tres o cuatro más de sobrecumplimiento: le gotea el grifo de la pirinola cuando orina y hay que cambiarle el calzoncillo cuatro veces al día; devuelve a golpes de tos los Montecristo que se fumó durante toda su vida; confunde a sus nietos y a veces no encuentra su casa en el mismo sitio al regreso del parque; incluso habla por teléfono con muertos que enterró hace veinte años. Pero recuerda con una fidelidad documental su infancia en Lalín cuando Primo de Rivera, el buque de la Naviera Atlántica que lo condujo a través del océano en tercera clase; su primera visión del Morro, y sobre todo los alegres años de la guerra, cuando Hemingway cazaba submarinos en la cayería, y él cazaba mulatas en los bares del puerto. ¿El Bar Mañana? Cómo no. Acabadito de abrir. No se verá uno igual en mucho tiempo. Figúrate: la puerta toda de cristales y el anuncio en verde y amarillo sobre el arco de la entrada:  Bar Mañana (Open 24 hours). Todo el local iluminado de ámbar: ni blanco café, ni rojo bayú: mitad y mitad. Y el olor, qué olor: alcohol dulzón con perfumes, respiraciones, nubes de humo rubio, el cuero de los butacones y las banquetas. En un pequeño escenario tras la barra, bailan por turnos una mulatona de concurso, y una trigueña de ojos verdes con el culo más redondo que un mapamundi. Al fondo está la ruleta (la primera de La Habana, creo) girando bajo un chorro de luz, al compás de Amalia y su culo interplanetario. Mientras el coupier vigila tieso como una estaca, los jugadores y los chismosos se arremolinan, gritan y chupan de sus vasos con una sed de condenados a muerte. A la derecha está el escenario de la jazz band, siempre de lo mejor, no vayas a pensar. Y la barra de cedro pulido: un espejo, mijo, limpísima, hasta te puedes peinar en el reflejo de la madera. Pero noventa centavos la cerveza. Carísima. Claro que es un sitio de alto copete. Figúrate.  Con el peso a 1,06 dólares. Una cerveza Hatuey helada en un vaso helado, y el pozuelito de maní tostado, y la mulata meneando el mundo, deja que la veas. Se te salen los ojos. Al único que no se le salen es a Tony Mandarria, que fue boxeador de los completos, y le quedó el cerebro medio espachurrado a golpes. Pero el Don le cogió lástima y lo contrató para que se plantara en una esquina toda la noche, entre dos arecas, con su chaqueta a cuadros y sus zapatones del once y medio. Quieto parado. Tú ves la gritería y la jodedera que hay  en cualquier sitio. Nada de nada.  En el Bar Mañana no se mueve ni Dios, que cuando Tony Mandarria se te para al lado por andar armando escándalo, mejor te vas tú solito, antes que te suelte por la escalera de incendios pabajo, directo a los cubos de basura. Pero si el pendenciero es de billete, como un americano borracho que se pasó de gritón la semana pasada (creo, o el mes pasado, o el año pasado, no sé), Tony lo acompaña hasta la puerta y le dice algo al oído. Que hasta sabe hablar, aunque no lo parezca. No vuelven en una semana. Y Tony se para en su sitio, serio como una columna. Con la única que se ríe es con la rubita que vende cigarros. Cosa linda. Con su carita de Caperucita Roja. Yo siempre le compro una cajetilla, aunque lo mío son los Montecristo, tú sabes. Y en el doble fondo trae las cosas más raras: que si una medalla del Ejército Libertador, unos galones que fueron de los mambises, o el pomo de un machete que, dice ella, empuñó el propio Generalísimo. Demasiadas tetas para ser una anticuaria seria, le dije un día. Y se reía pechiparando el tetamento. Con tal de meterle el billete en la alcancía de sus tetas, hasta los que no fuman le compran su cajetilla. Allí hay de todo, mijo: mafiosos, chulos de éxito, policías de paisano (los de uniforme van noche por noche a recaudar impuestos), empresarios, hijitos de papá. Esos son los más bulleros, pero hasta Tony les sonríe (diferente que a la rubia, ¿me entiendes?), y la mulata desenfunda a veces una teta en su honor.  Como que tienen el billete suelto. Detrás de la ruleta, oculta por una cortina, está la oficina del Don: un hombre ventrudo, vestido de blanco hasta las sienes, que sale a beberse un Martini y a saludar a los habituales, o a entregarle un sobre azul a los policías del Coronel Urbano: lizancia de apretura parpetua, dice él, porque el español le sale medio enredado. Es el sitio más elegante de La Habana, mijo. Lástima que uno sea ya un viejo cagalitroso. Si no, me iba contigo ahora mismo, nos tomábamos unos rones, y te presentaba a la mulata Amalia: una hembra total, no las lagartijas flacas que se buscan ustedes.

Arsenio Regalado, taxista,

vendedor de gasolina, tabacos Cohiba y bisutería de coral negro, guía turístico, guardaespaldas y representante artístico de Magaly y Yamilé, profesionales en la danza del (bajo) vientre, asegura que sí, que existió, pero en enero de 1960 ya lo habían cerrado. Fue el gobierno. Ocho años antes que viniera la Ofensiva aquella y casi le ponen a La Habana entera un cartelito de Cerrado por Reformas. Al Bar Mañana lo cogió la amoladora anticipada. Una vez estuve hablando con el barman de allí. Un hombre extraño: Bigote chorreado, los pelos largos (cuando aquello la onda era la mota Elvis o la rutina chuchera del Benny). Me contó que el Bar iba en picada desde que el dueño se fue. Yo lo había oído mentar: era un húngaro, creo, ¿o sería rumano? Un tipo alante: contrataba a los mejores músicos por almuerzo y ron cuando no los conocían ni sus parientes. Figúrate que en el Bar Mañana cantó el Benny de chiquito, la Elena Burke cuando era flaca, José Antonio Méndez cuando no tenía baches en la cara (ni acné juvenil le había salido), y hasta Portillo de la Luz venía de la escuela a descargar con su guitarrita. Alantísimo estaba el hombre. Los veía venir y los agarraba antes que llegaran.

Un curda titular y consetudinario de Marianao

salió pitando de allí, porque aquello era una mierda, tú. Fue a mediados de los sesenta, que de eso no te acuerdas porque debías mearte en los pañales. Pero todavía La Habana era La Habana. ¿Me entiendes? Ahora es Luanda, o Ulan Bator, o Puerto Príncipe; pero La Habana, no. Sigo. Sigo. Y donde quiera, como quien dice, te podías bailar media botella de Matusalén, hoy contento y mañana bien. Pero aquello era un desierto. No había nada de nada. Un ron de séptima, cigarros y fósforos. Los anaqueles vacíos. El camarero suciango y sin afeitar. Un desastre, chico. Y para mi que yo estaba mareado ese día, porque te lo juro que tenían en la victrola un disco de los Van Van, y ésos no aparecieron hasta cinco años más tarde. ¿Te acuerdas? Yo sé que van van, yo sé… Y no fueron, asere. Los diez millones aquellos. Pero los Van Van sí fueron. Si yo lo digo: hasta que no pongan en este país a un músico de presidente… Pa que le coja el ritmo al personal, ¿captas la onda? Sí. Es que me voy embalando, mi socio. Bueno, ya que estaba allí, me soplé un par de rones inmandables de aquellos, y como tú sabes que ron sin conversación es la pura salación, pues me enredé a hablar con el barman, más cansado que chivo de carricoche. Tipango raro. El hombre me contó que el dueño se olió lo que venía y en el 57 —fíjate tú, en el 57, dos años antes que bajara la tropa del Patilla— vendió el bar y se piró pa la Yuma, que cuando eso no había molotera ni balseros, ni Hermanos al Rescate, que aquí cada uno se rescataba solito o no lo rescataba nadie. Pues el tipango tenía un olfato de Coco Chanel, tú sabes. Se olía el pescado frito cuando tiraba el anzuelo. Dice que era un polaco de Alemania, un tan Pszczolkowski —ponme otro ron, pariente, que se me acaba de torcer la lengua con el apellido—, y que se olió lo del Hitler y la desgracia que les iba a caer, y lo jodíos que iban a estar los judíos, muchisísimo antes. Y ahí mismitico dijo que Pichicoski hay uno solo y les dejó una raya de Berlín a La Habana. Vaya, que rayó el mapa de lado a lado, no vaya a ser que el Hitler me encuentre en los barrios de por aquí. Y eso porque no pudo llegar a Nueva York, que según el barman rarete, ésa era su onda. Y aquí puso su bar el polaco. Visión de telescopio tenía, y cuando vio las barbas del vecino acabaditas de llegar a la Sierra, que no habían ni bajado, dijo: Mejor pongo en remojo la cara, que yo soy lampiño. Lo vendió todo, compró dólares, y se fue sin decir adiós, como dice el Septeto. Y allá cogió puesto fijo antes que llegaran de a molote.

La viuda del primo de un vecino del barman

que se carteaba Vía México —tú sabes que en aquella época, cuando los gusanos no se habían convertido en mariposas, escribirse con el Norte era Harta Traición—, me contó que el hermano de su ex-marido, era vecino en Miami, puerta-con-puerta, del dueño del Bar Mañana, un tal Pszczloquesea. Dicen que el pobre hombre no cayó con el pie derecho. Ni con el izquierdo. Cayó de culo y había un clavo en el suelo. Puso un negocito de no sé qué y otro de qué sé yo; pero ninguno funcionaba. Que había tenido un olfato impecable para los negocios (decía). Que donde ponía el ojo nacía dinero como guayabas (decía también) Pero allá no se le dieron ni mamoncillos, la fruta más boba del mundo: chupa y recontrachupa pa no sacar ni sustancia. Allá el polaco perdió el olfato. Va y le dio sinusitis con eso del clima. Terminó vendiendo tickets para el tío vivo de la feria, vizco de alcohol barato. Nadie sabe si estaba borracho aquella tarde, pero el tan previsor (decía él), no pudo preveer que un Pontiac del 68 cogería la curva a cincuenta millas y que lo lanzaría, ya cadáver, sobre el seto bien cuidado de Miss Donovan.

El Compañero Esteban de la Cuadra,

jubilado del DOR, miembro del PCC, oficial de las MTT, ex-dirigente de la CTC, ex-combatiente quizás del MININT y presidente del CDR nº. 18 del Municipio Arroyo Naranjo, encontró el Bar Mañana a inicios de los setenta, y por pura casualidad, cuando salía de una reunión en la JUCEPLAN y acudía a una cita con «El Compañero que nos Atiende» en el tercer banco, hilera derecha, del parque situado al costado del MINREX. Después de bajar,  durante cuarenta y cinco minutos seguidos, orientaciones de uso externo (Línea Política del Partido sobre información económica, teniendo en cuenta la situación internacional, la creciente agresividad del Imperialismo, las fraternales relaciones con la URSS y el Campo Socialista, y la etapa de tránsito hacia el Comunismo) tenía la boca más seca que penca de bacalao noruego. Y le llamó la atención aquel lumínico: Bar Mañana en azul cobalto sobre rojo bandera soviética. Mire, Compañero, cuando aquello la Revolución había eliminado casi todos los bares: centros de conspiración contrarrevolucionaria, antros de vagos y lumpens. A los pocos que quedaron, se les asignó una denominación acorde con una economía planificada: Unidad Etílica 08-24 se llamaba ése de ahí. Y a aquel bar le habían puesto «Mañana».  Una provocación. El Mañana, pregúnteselo a cualquiera, es patrimonio exclusivo del Partido. Por eso entré. No vaya a pensar otra cosa. Desde afuera no se oía nada, pero tan pronto abrí la puerta, estalló altísimo la música: unos melenudos gritaban un rock de esos en el televisor. En inglés. Y la estantería tras la barra, repleta de licores extranjeros, propagandas de Heinecken, Ballantine’s. ¿Se imagina? Un antro aquello. Una pústula de la sociedad de consumo en medio de la Revolución. Pero el colmo es que cuando pedí una cerveza, el camarero me dijo que never (anote: N-e-v-e-r), que aquello era «Sólo para Extranjeros, pariente». ¿Cómo se atreve a decirme que un cubano, en su propio país, no tiene derecho…? ¿Cubano de Miami? Mire, hasta me subió la presión. ¿De Miami yo, un Combatiente de la Revolución? Pues entonces no hay cervecita, pariente. Si quieres te doy un vaso de agua y vete por la sombrita. Aquí todo es en dólares. Saqué el carné del Partido, para que aquel individuo supiera con quién estaba tratando. ¿Sabe lo que me dijo? ¿Sabe lo que me dijo? ¿No sabe lo que me dijo? Que allí aceptaban Visa, American Express y Master Card, pero «esa mierda no». Mire, Compañero, me subió un vapor. ¿Qué se había creído aquel agente del Imperialismo? Salí volando y a los diez minutos regresé con la policía, al mismísimo sitio, estoy seguro. Pero (se lo juro) del bar aquel no había ni rastro, como si se hubiera esfumado. Increíble. Le entregué el informe a la Seguridad. Supe que pasaron el caso a la Sección de Búsqueda y Captura. Lo rastrearon por toda La Habana sin encontrarlo. Hasta «el Compañero que nos Atiende» me recomendó un chequeo, por si la tensión de trabajo y eso. Usted sabe. No me dijo que estuviera loco, pero mencionó no sé qué de alucinaciones y sicosis de guerra. Qué sicosis ni un carajo. Yo le juro que lo vi, Compañero. Por mi madre. Todavía ignoro si atraparon o no aquel bar prófugo de la justicia.

Lola la Fiera

ya está quitada de la vida (alegre), pero recuerda con mucho cariño el Bar Mañana, que frecuentó cada noche a fines de los ochenta: Era una Isla en la Isla. ¿Me entiendes, nene? En la calle había que estar al hilo: la vieja del CDR vigilaba cuándo entrabas y cuándo salías, si andabas con extranjeros, si entrabas con paquetes, si salías con paquetes (un paquete la vieja, vaya). Hasta se ponía a oler detrás de la ventana, como un perro mariguanero del aeropuerto, si freías un chuletón cuando por la libreta había tocado pollo de dieta. Los guardias te cargaban por deporte, te empapelaban, te registraban hasta el culo para sacarte los dólares, o te metían en la jaula sin decirte ni por qué ni por cuánto. Como los de zoonosis recogiendo perros satos. Una desgracia, nene. Pero en el Mañana se ligaba al descaro, el dólar rodaba sin líos, el baño tenía un ambientador permanente de mariguana, y policía que entraba, policía que salía por la otra puerta, con cara de astronauta en el planeta equivocado. Una locura, nene. Allí navegaban los más raros de La Habana: era como la máquina del tiempo: si veías a alguien con campanas, o con minifalda y botas del ejército, o con el pelo pintado de verde, o con media teta afuera; seguro seguro que dentro de tres o cuatro o cinco años, hasta los jubilados van a estar en esa onda. Y así con todo: la música de mañana, los bailes, el ambiente, los olores que serían, allí eran. Una locura, te lo digo yo. Pero se acabó la diversión, llegó el Comandante y mandó a parar: me echaron tres añejos por unos dolarillos, y cuando salí del tanque no pude tropezar con el Mañana ni buscándolo, que es cuando menos lo encuentras. Aunque no sé ni qué decirte. El otro día fui a un bar nuevo, de esos que hicieron en Miramar, y era como virar cinco años: igualito igualito. Vaya usted a saber lo que estarán haciendo ahora en el Mañana. Tirando cohetes a la Luna. Seguro. Alantísimo estarán. Una locura, nene, una locura.

El teniente Félix Urbano

de la Policía Nacional Revolucionaria asegura que más temprano que tarde localizarán y cerrarán ese bar clandestino, tan difícil de atrapar como el mercurio de un termómetro roto. Asegura que varios agentes lo han localizado, pero al salir en busca de refuerzos (sospechando que por su porte y aspecto muchos parroquianos serían fugitivos), jamás encontraron el camino de regreso. Aunque el caso más siniestro fue el del agente Rufino Salgado Gómez. Avisó a la central por su walkie-talkie: que se encontraba en el Bar Mañana, y ofreció sus coordenadas exactas. A pesar de que el operativo policial fue inmediato, al llegar sólo encontramos una vivienda en demolición. El rastreo minucioso del área descubrió a la mañana siguiente su walkie-talkie, su placa y su uniforme completo. Faltaba la pistola. El Sargento Salgado fue ascendido póstumamente, y desde el año pasado, una escuela primaria lleva su nombre. Sobre ese bar pende hoy una acusación de homicidio en primer grado, que no quedará impune. Puede usted estar seguro, compañero periodista. Por eso considero que debería esperar a que cerráramos el caso. No creo que hoy sea el momento políticamente oportuno para publicarlo. Las investigaciones continúan.

María Elena Gómez, viuda de Salgado,

aceptó contra su voluntad inaugurar la escuela que lleva el nombre de su hijo mayor «desaparecido heroicamente en cumplimiento del deber». Qué desaparecido ni desaparecido. Desapareció de la Policía y de este país, pero los desaparecidos no escriben, ni mandan fotos, ni llaman por teléfono. Y esa…ese muchacho (¿o muchacha?) (ya no sé ni qué decir) llama todas las semanas y escribe cada mes. Yo se lo comuniqué a la Policía. Les dije que no perdieran el tiempo buscándolo. Mírelo aquí. Mírelo, Teniente. Pero me dijeron que ese no era, que la CIA tiene aparatos para inventar fotos. Por Dios, que CIA ni CIA. No hay CIA que engañe a una madre, y ese (esa) es Rufino, o como se llame ahora. Que estas fotos eran material restringido, que debía entregarlas como prueba, que ellos encontrarían a los asesinos de mi hijo. Qué ganas de comer catibía. Mírelo antes con su uniforme, y mírelo ahora. Y la Señora María Elena me muestra un mazo de fotos donde aparece una mulata opulenta, atiborrada de silicona y coronada por una sospechosa melena rubia. Es Rufino, o como se llame. El mismo. Sin pistola ni placa, con tetas y con un culo que ya quisiera yo en mis buenos tiempos, pero es mi hijo. Ganas me dan de ampliar la foto y mandársela al director de la escuela, para que los niños conozcan a su mártir.

Yo

no camino más. Y no camino. Me detengo bajo la sombra de un laurel en la Avenida Kohly. Desde las siete de la mañana he hecho dos entrevistas y veinte kilómetros bajo un sol que derrite el asfalto y las ideas. No camino más. Me siento sobre una escalinata de mármol. Espero que no viva nadie aquí, y sobre todo que no tengan perro.  Apoyo la espalda en la balaustrada y cierro los ojos. Siento como cada poro se abre para recibir la leve brisa que viene del mar. Me quedaría aquí sentado una semana. O hasta que apareciera un ómnibus, un taxi, la alfombra de Aladino. No camino más. «Permiso». Ni me muevo. «Permiso, por favor». Es una voz que no viene de mi subconsciente, sino de algún sitio sobre mi cabeza. «¿Se siente mal?». Abro los ojos. Es de noche. Increíble. ¿Me habré dormido? El hombre me mira preocupado. «¿Se siente mal?». No. Yo… Impecables como un anuncio de BMW, el hombre y la mujer me scanean de pies a cabeza con mirada de arqueólogos. Disculpen. Y me levanto para cederles el paso. Suben los diez escalones sin volver la vista. Yo los sigo hasta que trasponen la puerta de cristal: verde amarilla verde, al ritmo del neón que cierra como un arco la entrada: Bar Mañana (Open 24 hours). Coñó. Eso no estaba aquí hace un momento. ¿Será posible? Parece que sí. Y me detengo ante la puerta. Apoyo la punta de los dedos en el cristal y siento la frialdad del aire acondicionado. Palpo en el bolsillo los míseros diez pesos, acurrucados (¿avergonzados?) en el fondo. Sea lo que sea. Y entro al local, inundado por una suave luz ámbar. El golpe de frío disipa mi sudor en un instante. El olor dulzón del alcohol se mezcla con perfumes, respiraciones, nubes de humo rubio, opacando el cuero de los butacones y las banquetas. En un pequeño escenario tras la barra, sin placa ni pistola, una mulata rellena de silicona hasta límites pornográficos, se enrosca como serpiente alrededor de una barra de acero. Al fondo, la ruleta gira bajo un potente cono halógeno, vigilada por el coupier como tallado en cera, un manojo de jugadores expectantes y una bandada de curiosos. La música zizaguea por el salón como si emergiera de todas partes, apenas una levísima vibración corre sobre la madera pulida de la barra, que termina en las manos del barman, de pie ante mi, con una sonrisa profesional tatuada en la cara. ¿Qué va a beber el Señor? ¿Señor? ¿De cuándo a acá un cubano de a pie, periodista raso y con diez pesos arrugados, es Señor? ¿Cuánto vale una cerveza? Depende. ¿Hatuey, Heinecken, Miller, Coro..? Hatuey. Noventa centavos. ¿De dólar? No. De peso. Aunque si el Señor no ha podido comprar pesos, aceptamos dólares al cambio. ¿Qué cambio? El cambio del día. Hoy es… Un momento, por favor. 1:1,06. ¿Un dólar por 1,06 pesos? No. Un peso por 1,06 dólares. ¿Pesos como éstos? Y coloco sobre la mesa la cara arrugada de Máximo Gómez. Exactamente, Señor. Tráigame una Hatuey, por favor. Con cara de beduino huérfano de camello  a cien kilómetros del oasis más próximo, miro la cerveza fluir dentro del vaso helado. Me la bebo de un golpe y pido otra. Mientras rumio maní tostado, escucho un susurro a mis espaldas. Un hombre de mirada raída me tiende la mano huesuda; musita algo que no entiendo, por amor de Dios (quizás). Recuerdo que en mi bolsillo yace un peso huérfano de padre y madre, y se lo entrego. La cara del hombre se ilumina como un verano en Varadero.  Ni que le hubiera dado un dólar. Pero se esfuma tras la espalda del gorila con chaqueta a cuadros que lo lleva en vilo hasta una puerta lateral. Regresa, se mete algo en el bolsillo de la americana, y me mira sin ver con sus ojos neutros, antes de reinstalarse entre dos arecas sobre el pedestal de sus zapatones once y medio. Una muchacha pasa vendiendo cigarros. No, gracias. Levanta a medias la tapa de la cajuela. Tengo emblemas, condecoraciones, medallas. ¿Medallas? Muestra un amplio surtido de grados militares, órdenes al mérito, distintivos del Partido, escudos de la policía, y hasta una medalla de Héroe Nacional del Trabajo. No, gracias. Y se va, de mesa en mesa, con sus Malboro, sus Camel, sus tetas extra ining y su chatarra. Al fondo, un hombre grita y manotea en inglés al coupier, que sólo mueve las cejas. El gorila acompaña al discutidor hasta la puerta y le desea buenas noches al oído. La mulatona ha cedido el turno a una trigueña apocalíptica (¿será capitán de artillería?), aunque la barra y el meneo se mantienen. Una bandada de muchachones entra. Ocupan el centro del salón con aire de dueños, y silban a la trigueña, que desenfunda una teta en su honor. Aplausos prolongados. Sin mediar palabra, un camarero cubre su mesa de saladitos, vasos, cubitera y dos botellas de Chivas Regal. Hasta el gorila les sonríe (increíble, no tiene colmillos), a pesar de que arman más escándalo que el yanqui borracho. Dos policías entran y se colocan a hurtadillas en la esquina menos visible. Se armó la jodedera. Pero los policías sólo miran embelesados el nalgamento de la trigueña, mientras el barman llama por teléfono. Desde una cortira que oculta la pared del fondo viene un hombre ventrudo, vestido de blanco hasta las sienes, y se acerca a los policías, que se cuadran como reclutas ante su comandante en jefe. Mias saludas a la Coronel Urbano. Y les entrega un sobre azul tamaño carta. Los policías echan una última ojeada a la trigueña y se marchan tan subrepticiamente como entraron. Estos tienen cara de astronautas que no se equivocaron de planeta, pienso y concluyo la tercera cerveza. Tres Hatuey en fila india son demasiados indios para mi vejiga. Sin abrir las fauces, me responde el gorila con un dedo índice del tamaño de un plátano: Al fondo a la derecha. Y en el baño orino una cerveza completa. El espejo me devuelve la imagen de mi mismo con el pelo engominado, una corbata a rayas y un traje gris acero. Desde arriba examino mi figura que no es mía: el pasador de oro, el cinto marrón, los pantalones de muselina, los mocasines Martinelli. No puede ser. No puede. Pero mi cara es la misma. La herida que me hice ayer en el pulgar izquierdo. El lunar que heredé de mi abuela. Tengo que irme de aquí. La cuenta, por favor. Le dejo un peso de propina y cuando estoy a punto de salir, el gorila me detiene. Se jodió la mona. De aquí no salgo. Pero el hombre me señala hacia la barra, donde el barman sostiene una Sansonite. Su portafolios, Señor. Eso no es mío. ¿Seguro? Segurísimo. Revísela, por favor. Usted entró con ella. Y efectivamente, dentro están mis papeles, mi grabadora suturada con tape azul. Gracias. Y por fin salgo hacia los últimos rescoldos de la tarde. Camino sin mirar atrás hasta la Avenida 41. Dos Ladas agonizantes y un Chevrolet del 50 esperan el cambio de luces, un ómnibus adornado con racimos de pasajeros se vuela la parada entre los hijoeputa chofer de la gente, y un cardumen de bicicletas sudorosas. Respiro aliviado cuando descubro la pizzería cerrada por reparaciones, el mercadito cerrado por reparaciones, el país cerrado por reparaciones. Una brisa caliente viene desde la Lisa y el Salón Rosado permanece en silencio. Subo hasta 43 para evitar las aguas albañales que borbotean en la acera y por fin me desplomo en mi sofá, que cruje como siempre. Cuelgo tras la puerta mi vieja mochila y extraigo los papeles, la grabadora, la caja de Populares. Mientras el cigarro humea en el cenicero, me quito las botas y el pulóver. Vacío los bolsillos del pantalón y descubro con pavor el billete de cinco pesos. No puede ser. Lo coloco sobre la mesa, al lado de la Olivetti. No puede ser. Miro en otra dirección, mastico un pedazo de pan, oteo hacia la calle oscura como boca de lobo, pero al regresar, el billete sigue ahí, burlándose de mi asombro. Quizás una ducha me extirpe ese maldito bar de la memoria. Pero hoy no hay agua. Lleno en el tanque un cubo de veinticinco litros y me lo echo por encima. Cuando salgo, me siento ante la máquina y miro hacia el techo. Le vendría bien una mano de pintura. Terapia de realidad real que suprima la realidad virtual. (No está. No está. No está). Confío en el poder persuasivo de la insistencia. Autohipnosis. Pero el billete sigue allí, e intento vencer mi pavor examinándolo: República de Cuba, eso está bien. Pero no existen billetes azules de cinco pesos. No existen billetes con la cara de Narciso López. No existe ningún puñetero billete que diga En Dios confiamos. No existe, coño, no existe.  Y después de leer el año de emisión, voy rompiendo, meticulosamente,  las páginas donde he transcrito mis entrevistas, mis sospechas, las ridículas teorías que hasta hoy formaban la columna vertebral de mi artículo. No. Quizás no sea el momento políticamente oportuno para publicarlo. Ni para pensarlo. Ni para sospecharlo. Quizás ese bar sea una alucinación colectiva. No se puede mear hoy la cerveza que me tomé mañana. Y decido cepillarme los dientes y acostarme antes que esta mierda me vuelva loco. Escupo en el lavabo: agua blanquecina de dentrífico donde flotan diminutas cascarillas de maní tostado. Pero echo dos jarros de agua y todas se van por el tragante sin decir adiós, y esperemos que para no volver, como decía el Septeto.

A la mañana siguiente, sobre la máquina de escribir, hay un billete verde de cinco pesos, Patria o Muerte, desde el que Antonio Maceo me mira con su patriótica cara de tranca. La de siempre. Puedo beberme con tranquilidad el primer café de la mañana y apuntarme con alivio a la aplastante mayoría: el Bar Mañana no existe. Se lo explicaré a Guillermo: No existe. No ha existido. No se puede escribir un artículo de ciencia-ficción. Que me envíe a entrevistar a los macheteros que ganaron la emulación, al que inventó la bicicleta de tumbar cocos o a la abuelita de Manicaragua que es teniente de las milicias. Cualquier cosa. Ni Bar ni Mañana. Hoy es el único mañana de ayer. Y en la esquina compro una caja de Populares, me deshago de dos Maceos, entre ellos el fatídico billete (por si acaso) y recibo  tres pesos manoseados que examino casi con cariño: Un peso correcto, con su Patriaomuerte y su Martí, que me mira por encima del hombro. Otro peso sin problemas ideológicos: República de Cuba, Banco Nacional, respaldo en oro… bla, bla, bla. Pero en el último, el Apóstol de la Patria que todos los niños del país tienen de busto presente a la entrada de la escuela, el inequívoco, el intocable, el autor material de aquella independencia, el presunto (está por confirmarse la sentencia) autor intelectual de esta otra; el mismo José Martí y Pérez, quizás a costa de la inscripción que orla los bajos del billete: Ni en Dios confiamos, se ríe a carcajadas.