Vivir (o morir) del cuento

2 07 2013

Intervención de Luis Manuel García Méndez en la presentación de su antología personal Vindicación de Macbeth (Editorial Verbum, Madrid, 2013), y la Mesa redonda sobre el presente y el destino del cuento, con la participación de Juana Martínez, catedrática de la Universidad Complutense, y la escritora española Cristina Cerrada.

Casa de América, Madrid, 2 de julio, 2013

El cuento es un extraño artefacto literario. Novela con vocación de poema. Poema con ínfulas de novela. Se le atribuye brevedad, tensión, intensidad; un único tema y una nómina limitada de personajes. Pero no siempre ocurre. Género mudable, en evolución, inasible, resbaladizo, suele ser difícil encontrar los factores comunes entre cuentos largos, demorados, fluviales, donde el protagonista es el ambiente, y microcuentos como bengalas, más cerca del poema que de la narrativa. Hay cuentos que gravitan alrededor de un acontecimiento y otros, alrededor de un personaje. Cuentos que nos mantienen en vilo hasta saber qué, y otros, hasta saber cómo. Historias protagonizadas, incluso, por la estructura narrativa.

Siempre que se intenta definir el cuento, recuerdo aquella sabia definición de “novela” como “cualquier libro que se anuncie en su portada con la palabra novela”, e invoco la posibilidad de aplicárselo al cuento.

Lo cierto es que la novela camina hacia su desenlace como un transeúnte curioso que se desvía cada vez que algo llama su atención. El cuento, en cambio, se mueve como una flecha. Cualquier distracción puede convertirlo en un disparo fallido. Y aunque los cuentos suelen reunirse en colecciones, e incluso en cuentinovelas con una sólida vocación unitaria, todo cuento debe cerrarse en sí mismo, ser autosuficiente, crear sin muletas un efecto particular en el lector.

Etimológicamente, la palabra “cuento” deriva de contar, computare, es decir, calcular. De modo que existe una equivalencia entre contar o enumerar objetos y contar o enumerar sucesos, de ahí esa vocación matemática que exhibe todo buen cuento: cada línea, cada palabra cuenta. Quien haya intentado sustraer una palabra o una oración a un cuento de Jorge Luis Borges, habrá descubierto que en él todas las palabras son lo que los arquitectos llamarían estructurales. Hay peligro de derrumbe. Y esta necesidad de narrar con la máxima economía de medios es común al cuento popular tradicional, al chiste callejero y al cuento literario moderno.

Parecería que en tiempos de twits y SMS, cuando todos afirman no disponer de tiempo (salvo para perderlo); en una época de lecturas a retazos en autobuses y vagones de metro, los lectores deberían inclinarse por el cuento breve e intenso que puede paladearse en cuatro paradas de metro. Sin embargo, desde hace varios decenios, al menos en España, el cuento cede espacio a la novela, a pesar de que en este país existen más de mil concursos anuales de cuentos, entre ellos algunos de los mejor dotados del planeta. La explicación de este fenómeno merecería un capítulo aparte. Podría achacarse, sin dudas, al marketing editorial y la incidencia del best seller, pero sólo en parte. A ello se sumaría no una cuestión de extensión, sino de intensidad. No es lo mismo la lectura desatenta de una novela (en especial, del tipo de novela de lectura masiva), donde a veces puedes deslizarte sobre tres o cuatro páginas sin perder el hilo, que la intensa lectura de un cuento, donde cinco líneas pueden ser cruciales.

Hoy Cristina Cerrada nos ha hablado del cuento en España y ofrece signos alentadores protagonizados por algunas editoriales de literatura (es necesario hacer la salvedad dada la proliferación de editoriales que publican otra cosa) que incluyen cada vez más libros de cuentos en su línea de trabajo. La profesora Juana Martínez ya ha explicado que es bien diferente el comportamiento del género en América Latina, donde ha contabilizado más de 6000 libros de cuentos publicados, un ejercicio literario del que se han ocupado, casi sin excepción, todos los maestros de la narrativa continental.

A pesar de que aún es un fenómeno reciente, y que la narrativa suele responder despacio a los desafíos tecnológicos, las nuevas formas de literatura digital, las narrativas corales, los textos abiertos donde el lector puede elegir, conscientemente o al azar, entre varios desenlaces que se bifurcan, todo ello tendrá, sin dudas, sus efectos sobre el destino del cuento. Como ya lo tienen sobre el mercado del libro las ediciones digitales y la lectura online, desde la edición hasta la publicación y la distribución de los textos. De modo que las conjeturas sobre el futuro del género entran cada vez más en un territorio cuya cartografía es incierta.

En el caso de Cuba, el cuento ha sido un género cultivado por los mejores narradores desde las primeras décadas del siglo XX, con las obras de Enrique Serpa (Felisa y yo, 1937), Carlos Montenegro y Lino Novás Calvo. Montenegro, además de su excepcional novela Hombres sin mujer (1938), nos dejó grandes relatos como “El caso de William Smith”. De Lino Novás Calvo son dos extraordinarios libros de cuentos: La luna nona y otros cuentos (1942) y Cayo Canas (1946), y escribió uno de los mejores cuentos de la literatura latinoamericana, “La noche de Ramón Yendía”. Y esa gran cuentística alcanzó su esplendor en los años 50 con libros como El gallo en el espejo (1953), de Enrique Labrador Ruiz; Aquelarre (1954), de Ezequiel Vieta; Cuentos fríos (1956), de Virgilio Piñera; El cuentero (1958), de Onelio Jorge Cardoso; El otro Cayo (1959), de Lino Novás Calvo, y Guerra del tiempo (1958), de Alejo Carpentier; más los cuentos de Lydia Cabrera, Ángel Arango, Félix Pita Rodríguez, Eliseo Diego, Dora Alonso y Lezama Lima. Con eso bastaría para hablar de una sólida cuentística cubana. Pero esa tradición se mantendrá y se enriquecerá durante el medio siglo siguiente, con voces singulares y diversas que “tocan todos los palos”, como dirían los cantaores flamencos: cuentos “realistas” (en las más diversas interpretaciones de este término), oníricos, fantásticos, históricos, futuristas, tecnológicos, alucinados, terroríficos, policíacos. La diversidad de temas y motivos asumidos por el cuento en Cuba supera ampliamente el espectro que abarca la novela. Y la nómina de autores es tan extensa que cualquier intento agotaría la paciencia de ustedes o pecaría de parcial e injusta.

¿Por qué se mantiene la tradición del cuento en Cuba?

Pienso que existen motivos de diversa índole. En primer lugar, las editoriales continúan publicando libros de cuentos con, al menos, la misma intensidad que otras formas narrativas, y desde criterios de calidad, dado de los condicionamientos de mercado nunca han sido una prioridad para la industria editorial cubana. En segundo lugar, los escritores continúan escribiendo cuentos, no sólo porque es un excelente espacio de aprendizaje narrativo, y permite experimentaciones y ensayos “a escala” que quizás mañana se trasvasarán a la novela, sino también porque existe una industria editorial donde esos libros tendrán cabida. Y también porque entre las urgencias del pan ganar, es más fácil cerrar un cuento sin perder el tono, la intensidad, que cerrar una novela de 300 páginas. Aunque no me avalan estadísticas fiables, opino que hay en Cuba un público lector de cuentos, y habría varias razones para que así fuera: El cuento está más cerca de la elipsis y el sobreentendido que caracterizan la oralidad cubana. La larga tradición del género y su peso editorial a lo largo de muchos años tiene que haber modulado el mercado.

Además de lo anterior, hay una peculiaridad del cuento en Cuba que merece una mención aparte. Medio siglo de periodismo anémico, elusivo, obediente, silencioso, ha provocado en el lector cubano una inanición informativa crónica. La historia, como los ríos, tiene sus meandros, sus mansas desembocaduras y sus rápidos. La de Cuba entre 1959 a la fecha ha discurrido casi siempre entre peligrosos rápidos y sinuosos meandros, excelente materia prima para los narradores. Mijaíl Bajtín afirmó que «cada día posee su lema, sus vocabularios, sus acentos», y eso es particularmente visible en una buena parte de la cuentística cubana escrita desde 1959. Por el contrario que la novela, cuya respuesta a las urgencias de lo cotidiano sufre una suerte de retraso inercial, la respuesta del cuento es relativamente rápida. Basta repasar la presencia del héroe en la cuentística cubana para descubrir una evolución desde el héroe épico de los años 60 hasta el superviviente como héroe del “Período Especial” y el “héroe a su pesar” de las guerras africanas que aparece en la cuentística desde mediados de los años 90; pasando por el “héroe nacional del trabajo”, figura fugaz, cercana al realismo-socialista, en la segunda mitad de los 60 y en los 70.

Bastaría un ejemplo para ilustrar ese atractivo adicional, extraliterario: cuando se publicó el cuento de Senel Paz El lobo, el bosque y el hombre nuevo (1991), en varias redacciones periodísticas había artículos, reportajes, entrevistas sobre los temas de la homosexualidad y la intolerancia. Permanecían pospuestos, olvidados, en proceso de aprobación (algo que en la dinámica de la prensa cubana puede durar varios años) o rechazados, en ocasiones con consecuencias desagradables para sus autores. La publicación del cuento “liberó” de su prisión domiciliaria algunos de esos textos y generó un saludable debate social. Esto se explica por la minuciosa gradación de la censura, desde la televisión en el más alto grado hasta los libros de literatura y las revistas culturales de escasa tirada que gozan de una censura de “baja intensidad” (es un decir).

 

El libro que nos sirve de excusa para reunirnos esta noche, Vindicación de Macbeth, es el primero de una colección que ha iniciado la editorial Verbum: autoantologías de diferentes autores, cada uno de los cuales se encargará de ese ejercicio difícil y penoso que es seleccionar lo que consideras mejor de tu propia obra.

A la altura de 2013, dos tercios de mi vida, cuarenta años, discurrieron en la Isla, y los siguientes diecinueve, en España. Escribí mi primer libro de cuentos en 1981, aunque no se publicaría hasta 1987. Trece años de escritor insiliado y diecinueve de escritor exiliado. Tres de mis quince libros publicados o en prensa han aparecido dentro y fuera de la Isla; cuatro, sólo en Cuba, y los ocho restantes, sólo fuera. De estos quince libros, seis son de cuentos para adultos: Sin perder la ternura (1987), Los amados de los dioses (1987), Los Forasteros (1987), Habanecer (1992), El éxito del Tigre (2003) y El Señor de los Naufragios (2011). A los que se suman tres volúmenes inéditos de cuentos: Jardines Invisibles (2010), Test de Rorschach  (2012) y el último, Topografía del tiempo  (2013).

Entresacar de esos nueve libros los que considero mis mejores cuentos ha sido una labor temeraria. Raras veces el autor es un buen crítico de su obra. Además de la propia impericia, desde luego, pesan demasiado el afecto por los textos, las huellas que deja en su percepción el proceso de la escritura. Para un antologador externo, en cambio, todos los textos son contemporáneos, nacen en el momento de la lectura, y los observa con idéntico desapego. El autor sufre una persistente asincronía. De mi primer libro de cuentos, Sin perder la ternura, me separan treinta y dos años; del último, Topografía del tiempo, dos semanas. Sólo por eso me sé incapaz de evaluarlos imparcialmente. El antologador que soy yo a la altura de 2013 es muy diferente al yo que escribió su primer libro, pero lo recuerdo perfectamente, y eso también condiciona el resultado final.

En mis cuentos, como en buena parte de la narrativa cubana, coexisten pacíficamente realismo y fabulación, lo cotidiano y lo fantástico, el siglo XVI con el hoy y el mañana, geografías inmediatas que se pueden recorrer calle por calle y mundos alucinados, de coordenadas inquietantes. En este libro hay bares trashumantes; fusiles que se niegan a obedecer a su soldado;  una guerra entre los escribas de un país muy raro; la historia de un tigre que compone ficciones con gran éxito de crítica y de público. Aquí un náufrago puebla con la imaginación su isla desierta; las calles, los edificios y los objetos se amotinan contra sus creadores; los dioses peregrinan en busca de sus creyentes y son devueltos a sus cielos de origen.

Pero también aparece un antiguo profesor de Física mientras pesca sobre una cámara de camión, asediado por los tiburones del estrecho de la Florida, intentando, cuando menos, mantenerse inmóvil en la corriente. El viejo héroe de la guerra despierta de madrugada sabiendo que mañana será expulsado deshonrosamente del trabajo, y un joven rememora las consecuencias personales de lo ocurrido en 1980, cuando 125.000 cubanos huyeron por el puerto del Mariel.

Son también muy diversas las perspectivas desde las cuales están escritas estas historias: su concepción y la  panoplia de temas y motivos las instalan en tres espacios diferentes: La literatura posnacional y sus fronteras líquidas donde se situarían la mayor parte de los cuentos de El éxito del Tigre, El Señor de los Naufragios, Test de Rorschach y Topografía del tiempo. La literatura nacional (Sin perder la ternura o Habanecer). Y la “literatura exonacional”, aquella que, por su sintaxis, norma lingüística, temas y motivos, podría inscribirse en el canon de lo nacional, pero al estar escrita desde otra perspectiva (geográfica, artística, e incluso ideológica en el caso sui géneris de Cuba), aporta a ese canon una mirada excéntrica. Además de que, como ya afirmara Valle Inclán, “las cosas no son como las vemos sino como las recorda­mos». Es el caso de Jardines invisibles, y de las novelas El restaurador de almas (2001) y Bitácora del silencio (2012).

Durante esta inmersión, este buceo en mis propios textos —los que todavía soy incapaz de leer sin corregirlos, y los que leo como si los hubiera escrito un desconocido—, me pregunté qué tendrían en común historias tan dispares, tan diversas y tan distantes en el tiempo y el espacio. Entrevistado, Augusto Monterroso afirmó en cierta ocasión: “todo lo que escribí era un llamado a la revolución, pero estaba hecho de manera tan sutil que lo único que logré a la postre fue que los lectores se volvieran reaccionarios”. Mi obra no es, obviamente, un llamado a ninguna revolución (ni a la contrarrevolución, la involución, la evolución o cualquier otra proclama que termine en “ción”), sobre todo porque ignoro lo que significa esa palabra. Al cabo, toda revolución se contrarrevoluciona a sí misma. Nace preñada de su enemigo. Entonces, ¿qué podrían tener en común estas historias? Y descubrí que más allá de su diversidad, ellas están transitadas por lo que Mijaíl Bajtín llamaría un cronotopo: “el hombre como víctima de la historia”.

A mi generación, políticos, padres y maestros nos repitieron una y otra vez que nuestro destino luminoso, como hombres nuevos del siglo XXI, sería construir la historia. Tuvimos que crecer para percatarnos de que nuestro verdadero destino sería padecerla.

 





Vivir sin la patria es…

10 09 2009

 

El día de nuestra llegada a Cuba, me preguntaba si Daniel iría a recuperar la patria perdida (en caso de que aún sea su patria y de que la hubiese perdido). Claro que si la patria es el “Estado libre del cual somos miembros y cuyas leyes protegen nuestra libertad”, de momento seguirá siendo súbdito del rey Juan Carlos, aunque nos haya costado un disgusto conseguirle la nacionalidad española. Tenía 14 años y, como menor de edad, tuvimos que acompañarlo. Un solemne juez sevillano lo miró como el rey Arturo a punto de nombrarlo caballero de la mesa redonda: “Dígale que debe jurar (o prometer) fidelidad a la Constitución y al Rey”. Nury le tradujo y Daniel respondió que “a la Constitución sí, pero no al rey, porque yo soy republicano”.  Ante la insistencia del juez, y pensando que se trataba de una broma sin mayor importancia, ella le tradujo textualmente. De inmediato, el juez respondió, con una ira contenida como de Borbón venido a menos, que en tal caso no podía concederle la nacionalidad. “Una pregunta, señor juez”, le dije, “¿qué edad tiene el chico?”. “Catorce años”, respondió dubitativo. “¿Es menor de edad o no? ¿Lo representamos nosotros o no?”. Admitió a regañadientes. “Entonces, él es el más juancarlista de España hasta su mayoría de edad, porque lo digo yo, que lo represento”. A la salida de los juzgados, el más reciente españolito del reino, con una sonrisa de complicidad, nos dijo: “Pero acabamos de ganarle una batalla a los monárquicos”.

A lo que iba antes del desvío: si, de acuerdo a Rousseau, sin libertad no hay patria, sólo país, la natio de Cicerón (folklore de lenguaje, costumbres, religión y paisajes) y patria es la república, sus instituciones y un modo de vida acorde con ellas, seguiríamos en las mismas. Y concluí entonces que debería conformarse con la matria, un lugar interior en el que crear una “habitación propia”, según Julia Kristeva. (Aunque la matria vasca era aquella que Unamuno contraponía a la patria española, y ya eso me va gustando menos)

Pero he seguido dándole vueltas al asunto, quizás demasiadas, y por muchas razones. Durante bastante (todo mi) tiempo me insistieron en que había que defender la patria, aunque el enemigo nunca se presentó. Ahora soy un apátrida según el diccionario castrista. (Si me porto bien quizás me asciendan a miembro de la “comunidad cubana en el exterior”). Pero, ¿hay equivalencia entre el patriotismo y la geografía? ¿El viejito de Miami que sueña cada noche, desde hace 45 años, con su patio de gallinas y mangos en Jatibonico es un apátrida? ¿El habitante de la Isla es un patriota por puro fatalismo geográfico? Y más. Me percato de que próceres, caudillos y dictadores, todos son patriotas. Hay nacionalistas y socialistas y nacionalsocialistas. ¿En qué quedó aquello de la “identidad nacional”? Y, por cierto, ¿los marxistas no eran internacionalistas? Es curioso que tras la invasión alemana a la URSS, en la proclama de Stalin no se llame a los rusos a defender el socialismo, sino a la Madre Rusia.  ¿De qué patria hablamos en el caso de Cuba? ¿De qué nacionalismo? ¿Romántico, de izquierdas? ¿O religioso, con sus textos sagrados, su catequesis y su promesa de un cielo llamado comunismo para quienes no pequen contra el señor? ¿O el nacionalismo banal promulgado por Michael Billig? (Utilitario, pragmático, multidireccional).

Y está, además, el presunto sustrato histórico de ese patriotismo y ese nacionalismo cuyas raíces y fronda han sido meticulosamente podadas como un bonsái. Aunque la bandera nacional es la de Teurbe Tolón y del anexionista Narciso López, aunque lo haya sido Ignacio Agramonte, todo anexionista es antipatriota por definición. “Anexionista” es el mayor agravio en la jerga oficial cubana. Disidentes, defensores de los Derechos Humanos, periodistas y bibliotecarios independientes son anticastristas, pero como se cumple la ecuación patria = socialismo = Fidel Castro, son antipatrióticos por carácter transitivo, y anexionistas por algún otro carácter que no se especifica. Se sobreentiende. Ha sido anunciada, en cambio, la anexión a Venezuela, que sería gramaticalmente peligrosa (podríamos empezar a hablar como Hugo Chávez).

Tampoco los autonomistas del XIX entran en el canon, aunque les tributaran sus respetos el generalísimo Máximo Gómez y José Martí. Hasta donde recuerdo, ambos tuvieron una participación más activa en la independencia de la Isla que los ideólogos del Partido Comunista. No así en la reescritura de la historia.

Si el nacionalpatriotismo oficial se concilia con el medio millón de cubanos que han practicado el internacionalismo por cuenta del gobierno. ¿Por qué no se concilia con los dos millones que lo han practicado por cuenta propia?

 

No sé si la patria nos “contempla orgullosa”, pero yo la contemplo dubitativo.

 

Espero aclararme en dos o tres días. De momento quisiera introducir el tema con un cuento, como una reminiscencia de mi infancia, cuando me despertaban cada mañana con el programa de Tía Tata Cuenta Cuentos, “arriba, arriba, compañeritos, llegó la hora del cuentecito”, y yo salía pitando tan pronto empezaba a cantar Carlos Puebla, porque ya sabía que llegó el Comandante y mandó a parar. El cuento aparece en la edición española de Habanecer. No en la cubana, de 1992, por la sencilla razón de que lo escribí en 1998. Como todos los cuentos de ese libro, ocurre el 28 de agosto de 1987. Y éste, específicamente, entre las 5:08 y las 6:52 am.

 

 

VIVIR SIN LA PATRIA, ES VIVIR

 

Virgilio entorna cinco centímetros la puerta del garaje y atisba a derecha e izquierda, pero la vuelve a cerrar con cuidado. Los últimos patrulleros se alejan hacia la Avenida 41. Qué nochecita. Virgilio espera dos minutos y lo intenta de nuevo con sigilo. La calle está desierta. Ahora o nunca. Y abre de par en par. Se sienta al timón y, al tiempo que gira la llave del encendido, se dirige al enorme fardo, envuelto en una lona gris, que ocupa toda la parte posterior del camión: Perdóname, Virgencita. Se detiene un instante en la calle para recordarle a su amigo Arnaldo: Media hora, acuérdate. Arnaldo asiente mientras cierra la puerta, pero no hay quien le quite de la cabeza que de ésta pierde el camión. Y suerte si no me meten preso. Pero, bueno, para eso están los amigos. Sube a despertar a su hermano porque dentro de media hora deberán salir hacia Brisas del Mar para recoger el camión, que Virgilio abandonará a cien metros del mar con la llave bajo el asiento. Eso es si no lo cogen, si no hay moros en la costa (moros vestidos de verde olivo), si… Mejor no me caliento la cabeza. Virgilio está arrebatado de la azotea. Yo me juego el camión, pero él se juega el pellejo. Ni loco me monto yo en el trasto ese. Pasa con cuidado junto a su prima Lucía, que anoche abandonó al marido y no encontró nada mejor que aparecerse a medianoche con una grabadora y dos maletines a llorar sus penas. Qué nochecita. Y sacude a su hermano, que algo bueno debe estar soñando, porque sonríe.

Virgilio maneja con cuidado por la Avenida 31. Aunque a esta hora no hay ni con quien chocar, se detiene en cada semáforo y respeta escrupulosamente todas las reglas del tránsito y tres o cuatro más. No vaya a pararme un policía por cualquier bobería y ahí mismo termine mi viaje. ¿Verdad, Virgencita? Y el enorme bulto parece que asintiera, sacudido por un bache en el asfalto. Qué jodido me tienen los baches. Uno nunca se acostumbra. Y eso que la vida en Cuba es puro bache. La dictadura del proletariado, ¿eh, Virgencita? Qué chiste. Nace proletario para que tú veas. Hasta las moscas te cagan. Patria o Muerte, Venceremos. Pero no sé cuándo venceremos, porque llevamos treinta años muriéndonos por la patria y los únicos que vencen son ellos. Nosotros: esperando la guagua de la abundancia. Mientras, vete comiendo tu chícharo y tu huevito, que no sé cómo no nos hemos vuelto amarillos como los chinos, Virgencita, con la de huevo y chícharo que nos hemos soplado en este país. Pero no te preocupes, que si nos sube el colesterol, nos curan gratis. Y como el trabajo educa a las masas, dale a cortar caña y al trabajo oblivuntario los domingos y horas extras para ganar la batalla de la producción y derrotar al Imperialismo. Ellos ya están educados, por eso no tienen que sudar la camisa. Y la batalla al Imperialismo ya se la ganaron: como que se mudaron para las casas que eran de los burgueses, y así cualquiera espera por la derrota final del Imperialismo. ¿Para qué tiraron sus tiros y sus discursitos? ¿Verdad, Virgencita? Por eso tanta candanga con la defensa del país y la guardia y las milicias, que si el Imperialismo viene y derrota nuestra gloriosa Revolución, ¿a dónde van a parar ellos, eh Virgencita? Porque saber saber lo único que saben es repetir, y eso vete a una cueva para que veas: hasta el eco hace lo mismo. Tú gritas: Comandante en Jefe, Ordene. Y la cueva repite: Comandante ComandanteComandante Ordene OrdeneOrdene. Igualito. Y allá va el proletario a defender la patria para que no se joda la dictadura. Qué chiste. Y morir por la patria es vivir, como dice el himno. Pero no te preocupes, que el entierro es gratis. (Virgilio se persigna, porque hablar de muerte en este trance le parece de mal agüero). Claro, los proletarios tienen que morir por la patria para que ellos vivan de la patria. Por eso yo, Virgencita, voy echando, que vivir, aunque sea sin la patria, es vivir.

Ya ha rebasado el túnel de la bahía y enfila lo más rápido posible por la Monumental, pasando a ochenta kilómetros por hora junto a una valla que anuncia: «Cuba: Territorio libre de América». Somos los más libres del mundo. ¿Eh, Virgencita? Hasta de libertad nos libramos. Figúrate tú, el único país donde hace falta visa para salir. Que si no, ya esto sería la dictadura sin proletariado. Y ni protestes, que ahí mismo eres un agente del Imperialismo y el barretín que te cae no te lo limpias ni con agua bendita. Que la educación es gratis y masiva para que aprendas a decir que sí sin faltas de ortografía. Déjate de andar pensando por tu cuenta, que para eso están ellos. Ya lo dijeron el calvito Lenin y los dos barbudos, y si hay algo que añadir, para eso está el otro barbudo. Bocabajo todo el mundo. Ser prole y de Palo Cagao. Naciste Cagao y te tratan a Palos. ¿Qué te parece? Como no tienes papá que viaje ni sea jefe ni nada de eso, te toca ver los muñequitos en blanco y negro, conformarte con los tres jugueticos de mierda que alcances por la libreta al año, quedarte sin leche a los siete (para eso ya eres grande), disfrazarte con ropitas de la tienda, que hasta los lindos lucen feos, dime tú los como yo, y que te levante la novia un hijito de papá vestido de etiquetas imperialistas, que su papi viaja al monstruo y compra todo lo que puede; a ver si vacía las tiendas y arruina al Imperialismo. Para que aprendan lo que es la escasez, coño. Porque, óyeme, Virgencita, lo que uno tiene que inventar para vivir en este país: rellenar fosforeras irrellenables, cocinar con mierda de vaca, comer hamburguesas de lombrices, fabricarte tu antena para ver el satélite, mantener rodando un Chevrolet del 48 como éste, tortilla de mango, picadillo de gofio, bisté de cáscara de toronja. Si no se desarrolla la mollera es un milagro. Y cuando te casas, Virgencita, como eres prole y no tienes conectos (los únicos conectos míos son con el pico, los ladrillos y la hormigonera) lo que te toca son tres días en un hotelito de ya tú sabes. Y esa es la Luna de Miel-Da. Y ni te quejes, que los indios de Bolivia viven peor. Y a mí qué cojones me importan los indios de Bolivia. Cuando en mi casa ni huevos hay, no vienen a traerme comida los indios, y menos los cowboys. Y cuando el prole tiene prole, como es prole, lo que le toca es apretarse en el último cuarto, o inventar una barbacoa. Beatricita, Yazmín, Danilo el mayor, Beatriz y yo en nueve metros cuadrados, ¿qué te parece, Virgencita?, con televisor, cocina y mi suegra dando vueltas. Multiplica por dos con la barbacoa, que si no me facho las maderas de la obra no la hago nunca, y calcula. Y divide entre dos la altura, que ahora hay que andar medio agachado todo el tiempo, como si viviéramos en una cueva de los cromañones. Hasta los indios taínos se hacía su bajareque del tamaño que les daba la gana. Pero estamos en la dictadura del proletariado, Virgencita, y los prole tenemos que sacrificarnos. Primero, para que nuestros hijos llegaran a la abundancia, pero como ya los hijos llegaron, y la abundancia no, ahora es para que nuestros nietos, pero al paso tan chévere que llevamos, ni los tataranietos. Porque el futuro pertenece por entero al socialismo. Eso lo han dicho bien clarito: el futuro. Y como el presente pertenece por entero al capitalismo; yo voy echando, Virgencita, que el futuro está a noventa millas. No en la microbrigada, que ese fue el último futuro que yo tuve. Cuatro años. Cuatro años me pasé en la micro trabajando como un loco. Aunque sea en Alamar, un apartamento es un apartamento. Y hacer por fin chucuchucu con Beatriz sin andar en el sigilo de si los niños se despiertan y cuidado, papito, no hagas bulla. Aunque sea en Alamar ese, en un edificio como caja de zapatos,todas iguales, llenas de comemierdas que se pasaron cuatro, cinco, siete años paleando concreto para tener un huequito en una de las cajas. Pero ni así. Cuatro años. Y cuando había escogido hasta el apartamento, y estábamos distribuyendo a los muchachos, y el último cuarto es el de nosotros, y… Ahí vino la asamblea, y empezaron a decir que las necesidades del país, y que la Revolución, y el caso del caso es que ellos se quedaron con la mitad de los apartamentos, para dárselos después a la querida de un general, que si fuera por el culo debían darle el edificio completo, o al dirigentico que trajeron de Remanganaguas, que para algo se lo ganó con el sudor de su lengua, o a algún chileno de esos que después se pasan el día hablando mierda de Cuba. Y como el bobo de Virgilio ni tiene culo, ni echa discursos y nació en Cochabamba de Palo Cagao, ahí le dijeron que lo sentimos mucho, pero sabemos que tú comprenderás las necesidades de la Revolución y que estaban de acuerdo en que me fuera otros cuatro años para la micro porque precisamente ahora empieza un nuevo edificio y… Oye, Virgencita, cogí un sube: que se metieran la micro por el culo, y el apartamento también. Y que me importaban un huevo las necesidades de la Revolución, porque a la tal Revolución en la puñetera vida le han importado las necesidades mías. Candela, Virgencita. Por poco hasta me botan del trabajo. Pero la uniquísima ventaja de los prole es que más pabajo no nos pueden botar. Y ahí me quedé, en el Palo Cagao de siempre, pero peor. ¿Tú me entiendes? Porque tuve, como quien dice, la llave de la casita en la mano. Y me la quitaron. Ahí fue cuando me entró la idea. Que yo nunca. No por la política ni por la patria ni nada de eso. Allá ellos que viven de la patria y de la política. No quería dejar solos a los viejos. Ni a Beatriz y a los niños, aunque sea por un tiempito, que después yo los mando a buscar. Y los amigos de toda la vida. ¿Me entiendes? Además, ¿por qué voy a tenerme que ir de mi país, a pasar frío y hablar idioma raro y a que me miren como el que se coló en la fiesta sin invitación, y todo para vivir como la gente? Pero no hay arreglo, Virgencita, porque en este país hay que irse y volver de extranjero, que entonces sí te tratan de a señor. Por eso me entró la comezón y ahí mismo dije: si no me dan casa en Alamar, me voy a la mar, a ver si me la dan en Miami. Mira, Virgencita, yo sé que ser prole es la misma mierda en cualquier parte, pero allá por lo menos los burgueses no se disfrazan, y si te la ganas, te la ganas. No vienen después a quitártela en nombre de la contrarrevolución mundial. Peor de lo que estoy, no voy a estar. Y como yo lo único que quiero es una casita chiquitica para mis chamas y mi mujer, mi arrocito con pollo y mi lechón asado de vez en cuando, y ver la pelota en colores tomándome una cerveza fría. Que no es mucho, ¿no, Virgencita? Y sin engome raro: curralando. Mira: si he trabajado veinte años por la tal Revolución que no es ni familia mía, ¿cómo coño no me voy a matar por mi mujer y por mis chamas? ¿Tú no crees? Pero yo no estoy loco para tirarme en una goma de camión, que de esos llega uno de cien. Si no son los tiburones, es la sed o las olas o los guardafronteras. Y con lo salao que yo he sido toda mi vida, seguro que soy el 99 de los que no lleguen. Por eso tuve que hacer mi enmarañe, pero no me lo veas como irrespetancia contigo. Yo te juro por mi madre, Virgencita, que si llego vivo, con lo primero que gane te hago una ofrenda así de grande. Uno puede ser pobre y bien agradecido. Pero no me quedó más remedio. Bueno, no se me ocurrió otra cosa. Y como la Iglesia del Carmen estaba en obras. Y como mi primo Gerardo les lleva los papeles. Y como de casualidad conocí al carpintero ese: un león haciendo imágenes. Ahí mismo se me juntaron las tres cosas y clic, se me encendió el bombillo. Mira, Virgencita, si es un sacrilegio, yo te pido perdón, pero esto no tiene arreglo y a mí lo de la otra vida con aire acondicionado y cerveza fría no me convence mucho, con tu perdón. Ni el cielo ni el comunismo, que es el cielo de esta otra religión. Y te lo explico claro clarito para que me eches una mano en el mar. Y yo te cumplo, Virgencita. Por mi madre que te cumplo.

Mientras, se detiene en Brisas del Mar, sin un alma a estas horas. Camina hasta el borde del agua como quien trata de orientarse, cuando la única orientación posible está bien a la vista. Como le dijo su amigo Israel, ésta es la mejor hora, porque los guardafronteras van de cabeza pa la cama, y los playeros ni se han levantado. No porque te vayan a chivatear, pero capaz que se te monten veinte y hundan el bote. Entra de marcha atrás hasta el borde del agua, zafa las cuerdas y la lona cae, poniendo al descubierto una enorme esfinge de la Virgen de la Caridad del Cobre, y a sus pies el bote, tripulado por los tres remeros que la miran en trance. Por la rampa de madera, mediante cuerdas y poleas, baja Virgilio a la Virgen con toda la compaña. Cuando ya están en la arena, saca con mucho respeto a los tres navegantes, acomoda a la Virgen en la arena, y revisa de un vistazo el agua, la comida, el palo que deberá ajustar, la vela y los remos de repuesto que hay en el fondo del bote. Sube la rampa y se aleja con el camión, que quedará parqueado entre dos casas vacías. Regresa corriendo y tras besar el manto (Perdóname, Virgencita, y ayúdame, que me va a hacer falta), encomienda su destino a Yemayá y se echa al mar de un empujón, tocando por última vez (o así lo supone) la arena de la Isla con la punta del remo.

El diminuto bote ya es una manchita ávida de asomarse a la línea azul del horizonte, cuando una ventolera súbita mece el manto de la Virgen, y Juan Moreno, uno de los remeros, cae de espaldas sobre la arena. Su mano se levanta y oscila un par de veces como diciendo adiós a Virgilio, antes que otra ráfaga lo tumbe de lado.

 

cuando amanece

Virgilio ignora que será detectado por el radar, que una patrullera saldrá en su busca, lo detendrán ya en aguas internacionales y los cuatro años siguientes no los pasará en la micro de Alamar, sino muy cerca: en el Combinado del Este, la cárcel más moderna del país, donde el Comité de Base de la Unión de Jóvenes Comunistas acaba de pintar a la entrada un enorme cartel: «Todo lo que somos hoy, se lo debemos a la Revolución y al Socialismo». Firmado: Fidel Castro.

 

cuando amanece

Virgilio ignora que los radares fueron apagados hoy, en el horario de menos tráfico de balseros, en cumplimiento del plan de ahorro, que no será detectado por una lancha patrullera que merodea en las inmediaciones, pero sí por la Corriente del Golfo, que lo desviará nueve grados, de modo que a los dos días ya estará fuera de las rutas comerciales. Ignora que diez días más tarde, el sol y la sed, el azul y la desesperación, lo harán beber sus propios orines y agua salada, y que a los doce días verá a Beatriz y a los niños justo en el jardín que se extenderá ante la proa. Y que irá a su encuentro. Quién sabe si los halle, porque al bote nunca regresará.

 

cuando amanece

Virgilio ignora que la Virgen no le guarda ningún rencor, y que Yemayá está hoy de buenas, que ni los guardafronteras ni el mar, ni los tiburones ni el sol, ni la sed ni el azul omnipresente, espléndidamente siniestro, podrán impedir que un buque del Coast Guard lo recoja, nueve días más tarde, con los remos partidos en las manos, una llaga en lugar de espalda y la enorme sonrisa manchada de sangre por las grietas de sus labios partidos. Ignora que Miami tiene aún más edificios y más altos y más bonitos que los que ha visto en las fotos. Pero también ignora que será él, Virgilio Fernández, el encargado de limpiar sus cristales. Y que por ahorrar pasará hambre, y beberá cerveza sólo los sábados, que los rubios lo tratarán casi peor que en las cafeterías de La Habana, y vivirá en un cuartico de LittleHaiti, el Palo Cagao de Miami. Ignora que pasarán siete largos años antes que pueda abrazar a Beatriz, a Beatricita, a Yazmín y a Danilo el mayor. Y que ese día le donará a la Virgen de la Caridad del Cobre una imagen idéntica a aquella que hallaron los bañistas, varada en Brisas del Mar, diciéndole adiós con un súbito aleteo de su manto.

 

“Vivir sin la patria es…” Publicado en: Habanerías, Actualizado 10/09/2009





El engañoso reflejo de las cosas

2 12 2006

¿Cuántas posibilidades de elección tuvo Dios al construir el universo?, se preguntaba Albert Einstein, y ¿cuántas posibilidades de construir su universo tiene un escritor? Si consideramos el puñado de temas a los que se puede reducir toda literatura, y el surtido de herramientas narrativas disponibles, nada desdeñable después del tránsito por las vanguardias, pero tampoco ilimitado, las posibilidades resultan mucho menores que las de Dios, quien tenía en su mano inventar, incluso, la Teoría de Probabilidades. Pero si introducimos en la ecuación la reserva de circunstancias y a ello añadimos las percepciones posibles de un mismo texto, entonces el escritor se acerca a las posibilidades de Dios.

Es arriesgada la búsqueda del espacio común donde pueden tocarse dos autores, dos modos de reformular la realidad, dos libros, esos hechos tan singulares. Y, efectivamente, si algo aflora de inmediato son las disensiones. Partiendo incluso de sus propias obras precedentes y de las expectativas que convocan, cabe esperar más diferencias que aproximaciones de perspectiva entre Fábulas sin (contra) sentido, de Jorge Domingo Cuadriello, y Todo por un dólar, de Eduardo del Llano. Dos libros breves, brevísimos, compactos, cuyas piezas se precipitan en ambos casos hacia el final, con aquella urgencia por quitarnos de encima una alimaña de la que hablaba Cortázar.

Eduardo del Llano (Moscú, 1962) es narrador, guionista y profesor de Escritura de guiones. Su calidad de humorista data de los que ya parecen prehistóricos tiempos de Nos y Otros. Ha publicado los volúmenes de cuento El beso y el plan (1997), Cabeza de ratón (1998) y Los viajes de Nicanor (2000), entre otros, y reside en La Habana. Las historias que componen este libro —“Sweat Dreams”, “Senectud rebelde”, “Regina”, “Nicanor y los peces”, “La fruta prohibida”, “El subversivo”, “lovestorio” y “Monte Rouge”— remiten al universo donde despierta un día Gregorio Samsa: subtitulado de sueños; viejos atrincherados, la revolución en un asilo; el estatus de estandarte vitalicio que puede adquirir un culo; la relación entre los sucesivos alumbramientos de una guppy y el advenimiento de un segundo Mesías; manzanas antigravitatorias; un extraño subversivo que hace de madrugada pintadas a favor, no en contra; el amor entre el más que centenario y la muchacha o la resurrección de la virilidad a los 110, y de cómo unos respetuosos policías solicitan la ayuda del vigilado para colocarle los micrófonos. Todas en clave de humor y transitadas por una fina ironía. Historias veloces, cinematográficas (de hecho, el corto de ficción Monte Rouge ya ha provocado un notable revuelo), donde las escuetas descripciones aparecen como acotaciones a los diálogos, sobre los que descansa la trama. Un lenguaje sin sobresaltos, preciso, imprescindible, va empujando al lector hacia el final. Los escasos meandros juegan con los equívocos, estallan en algún gag o aprovechan los sobreentendidos para “engrosar” la textura narrativa sin conceder al lector un remanso.

Jorge Domingo Cuadriello (La Habana, 1954) es, desde hace dieciocho años, investigador literario en el Instituto de Literatura y Lingüística de La Habana, donde se ha ocupado de los españoles en las letras cubanas, especialmente durante el siglo XX, aunque también ha publicado un Diccionario cubano de seudónimos (2000) y los volúmenes de cuentos La sombra en el muro (1993) y Diacromía y otros sucesos (1996). Estas Fábulas sin (contra)sentido—la “Fábula del poeta inédito”, la del náufrago, la del desdichado señor Pérez, la de hombres y herraduras, la del hombre ordenado, la “Fábula por una pierna feliz”, y la del misántropo tímido— asumen un realismo excéntrico, tangencial, traspasado por un humor cuyo timbre varía desde el humor corrosivo, casi vitriólico, que ilumina la historia del misántropo tímido que “es” malvado, pero obtiene un sitio en la devoción de sus conciudadanos por puro enroque de las circunstancias, o la del hombre ordenado hasta post-mortem, llegando a la intensa humanidad, diríase ternura, que atraviesa historias como la de la pierna y la del desdichado señor Pérez. En el centro, quedan la fábula del náufrago, una verdadera elipsis de la soledad, o la interesante progresión de amores truncos en la “Fábula de hombres y herraduras”. Por el contrario que los cuentos de Del Llano, Cuadriello construye sus historias en una lengua continuamente matizada, donde las descripciones del narrador en tercera cobran un protagonismo que en las anteriores asumían directamente los hablantes a través de sus diálogos. En algunas fábulas, como la del náufrago, la equívoca atmósfera construida con las descripciones “es” la historia. En otras, los personajes no tienen derecho a expresarse per se. Basta la manipulación de que son objeto. Pero siempre, en mayor o menor grado, hay una suerte de piedad del autor hacia sus criaturas, muy evidente en las fábulas de hombres y herraduras, del desdichado señor Pérez y de la pierna feliz. Mientras Del Llano los libraba a su suerte “sin garantías”, Cuadriello habla por ellos a cambio de concederles un “aterrizaje blando” en las inclemencias de la realidad.

Entonces, ¿qué nos permite unir en una sola reseña libros dispares? ¿Qué puentes transitan entre ellos?

Es cierto que los cuentos de Cuadriello son elusivos, son Turguéniev y un poco Chéjov, mientras los de Del Llano son también un poco Chéjov, pero muy Kafka (pasado por el gran Dino Risi de Los monstruos). Pero, curiosamente, ambos están en la saga del Italo Calvino que construyó “ciudades invisibles” y “barones rampantes”. Ambos trazan tal cartografía de la realidad que, para acceder a sus puertos, al decir del italiano nacido en Cuba, “no sabría trazar la ruta en la carta ni fijar la fecha de llegada”. Ciertamente, en ambos, siguiendo con Calvino, “no hay lenguaje sin engaño”. Ambos trucan las coordenadas, juegan en las excéntricas, eluden más que aluden, solicitando continuamente la complicidad del lector. El policía de “Monte Rouge” es tan equívoco como el náufrago de Cuadriello. Las alusiones de ambos apelan a un lector entendido sin excluir al que no rebasará un primer o segundo círculo de la complicidad.

Pero el elemento que permite transitar de uno a otro sin accidentes es que ambos construyen una realidad “paralela”, “perisférica”, espejo y caricatura de la anterior, una realidad donde son libres de practicar ciertas operaciones de riesgo con sus personajes. Desembozadamente, en el caso de Del Llano; subrepticiamente, en el caso de Cuadriello. Más allá de las diferencias, ambos saben, como Italo Calvino, que “la falsedad no está nunca en las palabras, está en las cosas”.

 

El engañoso reflejo de las cosas, en: Encuentro de la Cultura Cubana; Buena letra, n.° 43, invierno, 2006/2007, pp. 283-284. (Domingo Cuadriello, Jorge; Fábulas sin (contra) sentido; Ediciones Vitral, Obispado de Pinar del Río, Pinar del Río, Cuba, 2005, 50 pp. / Llano, Eduardo del; Todo por un dólar; Miniletras H. Kliczkowski,, Madrid, 2006, 63 pp. ISBN: 84-96-592-04-9.).

 





Inmóvil en la Corriente

31 01 2002

“La obediencia simula subordinación, lo mismo

que el miedo a la policía simula honradez”. 

George Bernard Shaw

 

A lomos de la Corriente del Golfo, media milla al norte de La Habana, deriva Fernando mientras pesca, sentado en el borde de una cámara de camión inflada hasta 120 centímetros de diámetro: un anillo de caucho para sus bodas con la mar, un salvavidas de caramelo lamido por el azul del océano. Va a echar mano a la cajetilla de cigarros cuando siente una presencia, una sombra, premonición casi. Saca las piernas del agua por instinto, al tiempo que una cabeza en forma de T, con dos ojillos en sus extremos, un martillo con dientes, aparece exactamente bajo él, a un metro de profundidad. Una cornuda, piensa mientras el cuerpo gris claro nada con un zigzagueo. Cuatro metros como mínimo. El terror ralentiza los segundos. A la velocidad del miedo, parece que el animal nunca terminara de pasar. Fernando sabe que el tiburón, con sólo voltearse, podría comérselo con cámara y avíos. Pero se aleja. Hunde de nuevo las piernas en el agua y patea con desesperación hacia la costa. Mira en derredor buscando la aleta dorsal, aunque sabe que bien podría no darle tiempo. Virgencita, yo te pongo una vela, dos, tres. Pero en este minuto, más confía en sus piernas que en la Virgencita, a la que en un flashazo de humor involuntario, ve flotando en el aire, ataviada con la trusa roja y las tetas XL de Pamela Anderson. Si sonríe ante su propia visión, ni se da cuenta. Se proyecta hacia la costa a una velocidad de pescador en trance de ser pescado. La cámara choca contra los arrecifes y se raja con un estallido. Fernando trepa de un salto y se arrodilla sobre las rocas, se persigna y da gracias a Yemayá y a la Virgen de la Caridad del Cobre —aunque sea más destetada que su tía Eulalia—. A cien metros de la costa, una aleta dorsal gira en redondo y se pierde mar afuera. Triángulo gris oculto entre pirámides de espuma y agua. Fernando no logra verla.

Camina despacio hacia su casa con las manos vacías y la cámara rota al hombro. Las rodillas le tiemblan. Por hoy, terminó la pesca.

Pero eso sucedió hace tres años. Ahora cierra con cuidado la puerta para no despertar al niño y se adentra en esta madrugada de marzo. Hace quince días que no puede salir al mar. Primero unos nortes, después un brisote del sur. Nancy lleva una semana desesperada, sin nada para darle de comer a Daniel. Por suerte, una vecina le dio un pedacito de carne y otra le prestó dos huevos; gracias a esa solidaridad que ha sobrevivido cuatro décadas de escasez. Una solidaridad que se resiste a extinguirse, aunque las abrumadoras carencias de estos tiempos la erosionen día a día. Los perros ─como dice su tío Miguel Angel─ engendran perritos; los gatos, gaticos, y la miseria, miserables.

Sobre la cabeza de Fernando, como un enorme sombrero, la cámara de camión inflada. En un saco, los sedales y avíos, el pomo de café y dos cajetillas de cigarros dentro de un nylon. En total, cuarenta kilogramos. Camina entre las casas del Fanguito: parche sobre parche de madera, hojalata y cartón tabla. Cruza el puente sobre el río Almendares y desemboca a Miramar sumido en la tiniebla: hay apagón otra vez. Fernando otea en derredor. En estos tiempos de supervivencia y picaresca, hay quienes pescan peces jugándose el pellejo, como él, y otros pescan, a punta de navaja, turistas extraviados, bicicleteros, viejas con jabas, transeúntes indefensos con 99 papeletas para optar al título “el bobo de la noche”; la variopinta fauna de comemierdas desprevenidos en medio de los apagones. Aunque el botín no sea suculento, pueden limpiarte de un chavetazo los avíos, la cámara y hasta la vida, que esa sí no hay dios que la reponga. Y mi vida es la única que tengo. Demasiadas horas en la mar le han entrenado para entablar largos diálogos con Dios. Es un decir. Los peces son sordos y con alguien hay que hablar. Aunque ese cabrón no lo escuche. Se cuidará de no arrimar la oreja a lo que se comenta en esta Isla. En media hora se volvería loco. Si cuerdo armó este manicomio de planeta en una semana, cualquiera sabe lo que haría un dios con guayabitos en la azotea. Pero con alguien hay que hablar. De vez en vez dos cámaras a la deriva se cruzan sobre el azul, intercambian cuatro palabras o un cigarro, y siguen cada uno su rumbo. Quizás donde comen dos, coman tres —peor, sin dudas—, pero donde pescan dos no pesca ninguno.

Fernando abandona la zona más oscura con un suspiro de alivio, y por fin toma la Avenida Tercera hacia el oeste. Miramar, lujoso barrio de la antigua burguesía, languideció por tres decenios, pero ahora renace: los lumínicos y las vallas de las corporaciones extranjeras sustituyen el alumbrado público, abolido por algún genio del ahorro, y no precisamente el genio de la lámpara.

Apenas ha asomado a la avenida, cuando detecta desde lejos una pareja de policías que vienen a su encuentro. Se cobija en el portal de la casa más cercana, tras un rosal enorme que oculta incluso la cámara. Con la que está pasando Nancy, es mejor prevenir. A veces no ocurre nada. Sobre todo si son policías de los viejos. Pero con éstos nuevos que han traído desde Oriente, nunca se sabe. Sobrevivir en la Isla pasa por comprender que lo que no está prohibido es obligatorio. Lo jodido es cuando te prohíben respirar, y uno va de puntillas entre la disnea y el pánico. Por eso con los guardias lo mejor es esperar a que pasen de largo. Podrían tener el día malo y quitarle la cámara, los avíos, para revenderlos tres cuadras más alante. Entre policías y ladrones, Fernando prefiere no encontrarse con nadie. Bastante tiene uno con la mar, donde no escasean los malos encuentros.

Por fin desaparecen de su vista sin detectarlo, y sigue su camino. Cuatrocientos metros más adelante, un estallido de luz rompe la sombra urbana, casi rural. Bajo un lumínico que anuncia Photofast (puritito castellano) luz y música salen a borbotones por los ventanales. Varias parejas bailan: muchachas muy jóvenes con vestidos tan ajustados que les marcan hasta los lunares, hombres maduros en guayabera o camisas de seda importadas. Hasta un asiático de impecable cuello y corbata, que intenta acompañar la música con la copa, y un sentido del ritmo digno de Hiroito. Fernando detecta la escena de un vistazo. ¿Estarán celebrando la asamblea del Partido? Pero ¿de qué partido? Ellos ni siquiera ven al hombre que pasa frente a la ventana, camino de la costa,  como un espectro de la realidad real que viene a perturbar su guateque de realidad virtual. Si eso de la reencarnación no es un  cuento tibetano, cuando me toque la próxima corrida quiero reencarnar en extranjero y, de ser posible, extranjero en Extranjia.

Aunque extranjero en Cuba no estaría mal. Con cuatro dólares ya son  millonarios, en contraste con  los aborígenes. Nativos calificados a precio de saldo, sin sindicatos ni huelgas. Vaya fauna. Yo me quedo con mis peces. Incluso los peores nadan derecho, y bastan unas pocas nociones de Ictiología para adivinarles las intenciones.

Aunque a Cachita, su vecina, no le ha ido mal. La flamante ingeniera industrial, orgullo de sus papás, quienes colgaron el título en medio de la sala, junto al cuadro de los cisnes en el estanque. Todavía se recuerda en el barrio la fiesta que le obsequiaron sus viejos tras graduarse cum laude. En los cinco años que duró como ingeniera en la fábrica, consiguió un bono para comprarse un ventilador Orbita, y otro para un refrigerador Impud. Una ingeniera de éxito. Cuando cerraron la fábrica en el 91, pasó año y medio vendiendo en la terminal del Lido los coquitos prietos que hace su mamá. Se le desinfló el nalgamento y empezó a coger el color mustio de los coquitos. Había noches peores, cuando no paraba de llorar porque algún policía le quitó la mercancía, y la amenazó con meterla en el tanque si volvía a verla por allí. ¿Dónde voy a vender ahora?, preguntaba la esperanza blanca de la familia, entre jipidos, a sus abrumados padres. Hasta que ligó el trabajo de su vida: por cien dólares al mes limpia y cocina en casa de un empresario español. Se merienda cada tarde un pancito con jamón y un vaso de leche, y hasta le permiten recaudar para sus viejos lo que sobra del almuerzo. El gallego, con su cara de cabronazo, no se atreve a tocar a Cachita ni con la punta de una uña, porque su trigueña  le ha hecho un amarre a lo cortico. Sus peores días son cuando el gaito mete un fiestón: tiene que preparar el triple de comida, aguantarle las manos a algunos invitados, que confunden el culo de Cachita con un buffet de autoservicio, y al día siguiente amanece la casa como si hubiera pasado una piara de esos patanegra que tanto menciona el galleguíbiri. Y arriba soportarle la muela al patrón, que cuando se juma (un güiro sí y otro también) se suelta a hablar mierda. Figúrate, Fernandito, que una noche se me acerca babeando y me dice: Este país es una maravilla, tía. Hay que estar aquí, Cachita, sembrado, cuando el comandante la palme y se joda la marrana La suerte. La suerte. ¿Qué te decía? Usted decía que la suerte. Ah, claro. La suerte es, Cachita. Lo mejor: Si tú supieras lo baratos que salen en este país los aduaneros, las putas y los generales.  Y yo callá, Fernandito. Lo mío es la limpieza, mesa y mantel a su hora, y ni me van ni me vienen sus trapicheos raros, los maletines de dinero que le trae un calvito, los sobres que reparte, o a qué coño se dedica su empresa. Callaíta callaíta  ya le he comprado a los viejos su video, su televisor en colores, y a mamá no le falta su inhalador para el asma. Mira, tómate otra cervecita, que más vele tener la boca ocupada. Y a Fernando le entra una sed retroactiva en la memoria, porque justo ahora pasa frente a una máquina de vender refrescos y cervezas (only in dolars). Recuerda al hijo de un amigo ─siete años, alumno ejemplar─, que no entendió por qué se podía comprar refrescos «con la moneda del imperialismo» y «no con los billetes de José Martí».  Y de paso comprendió que los papás no poseen todas las explicaciones, o se abstienen para que sus hijos desarrollen sus dotes autodidactas. Con lo que vale ahora un Martí, se nos ha quedado en apostolillo. Apóstol Washington, mi socio, y si tiras pa Jefferson, mejor.

Pero ningún apóstol de consumo nacional o de importación acompaña en esta hora solitaria a Fernando, mientras transita la capital del dólar, que ocupa el ala oeste de la capital de Cuba, entre la Avenida 9na y el mar. Supermercados, discotecas, bares y restaurantes —estatales, extranjeros, paralegales y clandestinos—, corporaciones y tiendas. Billete del enemigo por la mano, brother, o no entras. Hasta la antigua embajada de Perú, donde en el 80 se metió su primo Anselmo y diez mil más, y que luego convirtieron en el Museo de la Marcha del Pueblo Combatiente —por el desfile multitudinario, no por el pueblo que abandonó el museo del socialismo y se marchó a combatir allende los mares—. Ahora lo han demolido para construir en su lugar un aparthotel de lujo para extranjeros, que esos no se van a fugar de la Insula. Si hasta vienen voluntarios pacá. Yo no sé si Cuba es “un largo lagarto verde, con ojos de piedra y agua”, como recitábamos en la escuela, pero en este barrio el lagarto es verde fula, verde lechuga, verde Washington. Verde que te quiero verte, pero no te veo ni de casualidad. A ver si hoy engancho un buen pargo, Cachita convence a su gallego de que el pescado es lo más sublime para el alma divertir, y me caen unos fulitas pa la coba nueva del chama. Cubita la verde, porque lo que es Cubita la roja está en candela. No por gusto la candela es colorá.

En Cubita la roja Fernando impartía clases de Física en un preuniversitario en el campo, por doce dólares mensuales. Toda la semana sin ver a su mujer, comiendo en bandeja de aluminio y soportando quinientas adolescencias juntas, como si con la suya no le hubiera bastado. Y todo para dotar a aquellos pichones de ignorantes con título de una sabiduría que se adhería a sus cerebros con la perdurabilidad de un post it. Tanto interiorizó las leyes de Newton que una tarde, sentado a la sombra de un naranjo, y sin que le cayera en la cabeza una manzana —suceso prodigioso en aquel territorio—, comprendió que si fuerza es igual a masa por aceleración al cuadrado, lo mejor que podía hacer con la fuerza que le quedaba, era acelerar al cuadrado e irse de allí sin decir ni adiós. No fuera que entre malcomeres,  maldormires y calentones más solitarios que una tenia saginata, viniera a menos su masa, ya bastante mermada por el desamparo proteico. O que su mujer —ausencia quiere decir recuerdo, recuerdo a aquel novio que tuve— le aumentara la masa con una cornamenta digna de que colgaran su cabeza, con mirada de vidrio, en alguna pared de La Vigía.

Un año después de encontrarse aplicando la ley de Arquímedes a bordo de su cámara sobre la Mar Océana, nació Daniel. Y entonces Fernando supo, definitivamente, que un niño necesita, para su crecimiento, algo más que un biberón de gases ideales, así lo patentara Gay-Lussac.  Tampoco le resultaría confortable dormir sobre un blando colchón de discursos, aunque su función sea dormir al personal con acciones preferenciales de un futuro en fuga, más huidizo que el horizonte. Ni emplear como pañales las felices estadísticas y vaticinios del diario Granma. Desechables, pero no impermeables. De modo que ya va a cumplir seis años sobre la mar, donde su sexto sentido de la huida le ha salvado el pellejo tres o cuatro veces. Aunque más teme a los bichos de tierra firme, piensa mientras se adentra en una nueva zona de apagones, y escruta en derredor. La Cuba en sombras. Y en la penumbra, ese olor indefinible a batey vertical. Ya no hay dos gardenias para ti: La gente siembra cebollas en las macetas y cría cerdos en las bañaderas, pollos en los balcones. La ciudad se vuelve campo. El hedor a cochiquera comienza a flotar sobre las avenidas. Y el bicherío de fiesta. Vectores, les dicen ahora, porque no es lo mismo que te cague una mosca a que te cague un vector. Y seguro la picada de un vector duele menos que la de un mosquito. De contra andan esos por ahí vendiendo pan con conejo. Para beneplácito del Ratoncito Pérez, los gatos marrulleros han ingresado en La Habana al libro rojo de la fauna, y a las tradiciones culinarias de la Era Post-Nitza Villapol. De epidemias sí se han sobrecumplido los planes. Cuando no es el dengue es el mozambique. Si no andas piano te baila un microbio de esos, la pelona  te hinca bien el anzuelo, cobra sedal, y cuando vienes a ver estás cantando el Manisero, haciéndole la segunda a Moisés Simons en persona, con acompañamiento de Chano Pozo, o echando unos pasillos con Malanga en la cuartería de Papá Dios.

Por fin, a la altura de la calle 110, Fernando se echa al agua en su cámara. Deriva en la Corriente del Golfo cerca de la costa y empieza la faena de obtener un poco más de carnada. Frente al Hotel Comodoro, ya ha capturado tres chopas y dos ronquitos diminutos. Desde el muelle, un hombre le grita en algún idioma pedregoso.  Fernando no entiende, pero sonríe y le regala un ronquito. El turista toma el pez y lo examina. Después intenta lanzarle la media botella de ron que tiene en la mano, pero la jinetera que lo acompaña trata de detenerlo. El se libera y la arroja, pero está tan borracho, que la botella se rompe contra las rocas. Un largo animal de color gris claro siente el estallido de la botella a media milla, y nada hacia la costa. El turista hace un gesto de disculpa hacia Fernando, que le agradece de todos modos por señas. El casi nunca toma ron, y menos pescando. Hiciste la noche, piensa mirando a la mulata, porque recuerda lo que le ha contado Adita, la jinetera de su barrio: Cuando el hombre se emborracha no tiene que trabajar y le saquea el bolsillo. Ninguno se acuerda al día siguiente cuánto gastó en la discoteca. Adita, como muchas otras, sueña con un extranjero que se case con ella y la saque del país. Mientras, ya tiene ahorrado el dinero para su «fasten» (el «fasten your belt» que ansía leer cuando se anuncie el despegue), pero confía ahorrar un poco más, para llegar afuera con algún dinero. Ya cumplió los treinta años. Quizás nunca lo logre. La competencia desleal de las niñas la pone furiosa. Catorce años recién cumplidos, Fernandito,  y su madre la coloca en la cama de los turistas, como si la llevara a la escuela. Menos mal que el mío es varón, suspira él aliviado. La tentación es mucha. Una niña bien dotada sabe que puede ganar por día 300 veces más que sus padres. Este país está loco: las ingenieras friegan suelos, las niñas se disfrazan de jineteras —triunfadoras de la noche, perseguidas por la maledicencia y la envidia—  para la fiesta de la escuela; los profesores de física pescan pargos, y los pescadores de pargos, pacas de cocaína abandonadas. En La (Pu)Tasca de la Marina Hemingway,  coto de caza, campean por sus respetos las ejecutivas de la gozadera. Tanto, que hasta reivindican sus derechos laborales. Durante cierta racha de persecuciones, el gerente se negó a dejarlas entrar (a menos que ya fueran con un turista). Las jineteras concertaron una huelga y las ventas bajaron tanto, que se vio obligado a parlamentar. Los pingueros locales también tienen un éxito notable entre los pálidos culos septentrionales, y en las asociaciones gays ya saben que la pinga no es sólo una pértiga que usan los filipinos para transportar baldes, aunque sea la única definición que conocen los frígidos de la Real Academia de la Lengua. Del internacionalismo proletario hemos pasado al internacionalismo prostibulario que, eso sí, ha demostrado las posibilidades del sistema educacional: en las academias de idiomas hay lleno completo para aprender italiano. Las vacas estarán en vías de extinción, pero la Ínsula sigue siendo un importante exportador de carne. Desde sus inviernos sexuales, acuden al trópico como caníbales de Nueva Guinea, en busca de su ración de carne humana. Desde recónditos pueblos de la Lombardía y la meseta castellana, llegan  enlatados en vuelos charter, al reclamo del lejano rumor: Sección de Oportunidades: Putas en oferta. Precios de fábrica. Y el escualo también ha escuchado. Persigue el sonido de la botella al estrellarse contra los arrecifes, pero por el camino halló una mojarra desprevenida y eso varió su rumbo.

La mulata desaparece con su presa, contribuyendo al incremento del turismo, y Fernando vuelve a lo suyo, que de ello dependen los féferes de su hijo. No va a salir Nancy a jinetearlos.  La idea ha acudido por su cuenta, sin que él la convoque, y la espanta sacudiendo la cabeza. Sólo de imaginarse a su mujer rondando los hoteles en busca de un turista al que hincar los dientes de su sexo, se le hiela la sangre. Dame salud, Virgencita, y que podamos sobrevivir del anzuelo, sin resbalar hacia el fondo por el beril de la vida. Qué picúo me salió eso. Y suelta la carcajada. A lo mejor he eludido mi verdadera vocación  como compositor de boleros.

Frente al Teatro Karl Marx, Fernando ve una sombra que se acerca. Piensa en algún compañero de pesca, pero se trata de una balsa rústica que dos hombres conducen mar afuera. Zarparon del Karl Marx con rumbo a los hermanos Marx. Pasan a unas yardas y él les desea mentalmente suerte, porque la van a necesitar. El conoce la mar y sabe que atravesar 90 millas de océano abierto en ese trasto y llegar vivo a la Florida es un milagro que ni los tres infelices de la Caridad del Cobre. Ni loco metería él a Danielito  en una aventura así. La desesperación no piensa, se dice mientras echa de nuevo su anzuelo al agua. Y capaz que los americanos los viren patrás cuando ya estén llegando. Pobrecitos.

Locos o desesperados. Lo peor es la sensación de que el tiempo se ha detenido. Y lo peor peor, es que uno desee que se quede así, ante el temor de que cualquier cambio sea de Guatemala a Guatepeor.  Su primo Efraín, cirujano del Ortopédico, que al terminar su consulta pedalea media Habana vendiendo a domicilio jamones pinareños traídos de contrabando, le confesó el domingo: Mira, Fernandito, no vayas a creerte que tú eres el único en lidiar contra la Corriente del Golfo. Aquí todos nadamos dieciocho horas al día contra la corriente. Cuando acaba la semana echamos cuentas: Si no hemos ido patrás,  somos unos bárbaros, mi primo, unos campeones del maratón inmóvil.

Frente a la boca del río Almendares, Fernando se aleja de la costa, porque tiene suficiente carnada para buscar peces mayores. Al pie de la Chorrera, en el malecón, un grupo de jóvenes baila aún con la música de una grabadora que llega hasta él en el silencio del amanecer. Una botella de ron pasa de mano en mano. El malecón es gratis. Y la alegría también. A mi  me matan, pero yo gozo. El ron no mata el hambre, asere, ni conjura el mañana, pero ni a la Bayer se le ha ocurrido un mejor analgésico contra la realidad. ¿Es o no es?  Esos se buscaron su propia discoteca, masculla Fernando y patea mar afuera en busca de un azul más  hondo.

Cuando el cielo clarea, ya está a 500 metros de la costa. Le gusta ver la ciudad desde aquí: el malecón entre el río y la entrada de la bahía formando un arco: la sonrisa de la ciudad. Un derrumbe aquí y otro allá, como si a la sonrisa de La Habana le faltaran los dientes. Habrá que ponerle dentadura postiza, piensa. Y recuerda a su tía Eulalia. Mirando desde su ventana el barrio de Jesús María, carcomido de derrumbes, sólo dijo una palabra la semana pasada, como si hablara a Dios: Beirut, Señor.

Desde una milla mar afuera, los que van a sus trabajos se ven apenas como hormigas. Los escasos autos son cucarachitas con ruedas. Si no fuera por Daniel, a lo mejor abandonaría este cabalgar cada noche sobre las olas. Un oficio más seco, donde uno sepa que entre los pies y el suelo hay una micra de aire, no cien metros de proceloso azul. Con lo bonito que se ve el mar desde el muro, cuando le disparas todo el repertorio a una niña que conociste ayer (ayúdame, Dios mío, si no la ligo hoy me muero de las calenturas sin consuelo). O cuando la ciudad se derrite en el microondas de agosto, y tú te abandonas a los salitres y las brisas que traen todos los frescores del ancho mundo, y los sudores se amansan. Lo jodido es cuando las luces de la costa son  el único refugio posible. ¿Qué coño hago yo aquí —piensa—, si por definición soy un mamífero terrestre? En fin, hay que joderse. Si en lugar de estudiar a Newton, el spin y los orbitales,  me hubiera hecho administrador de algo robable, Danielito tendría garantizada la chaúcha. Ya se sabe que la propiedad social es propiedad del primer social que le meta mano.  El megamonopolio estatal es como el elefante en el Amazonas: se lo comen las pirañas, que miden veinte centímetros, pero tienen voluntad de supervivientes y un hambre del carajo. Claro que yo no llego ni a piraña. Una chopa mojonera de orilla. Ese soy yo. Y suerte que voy nadando. Aunque cada día me cueste más trabajo.

Por eso Fernando continúa pescando, a riesgo de que una aleta (como la que ahora asoma a una milla de distancia) venga a interrumpir para siempre su trabajo. Hoy la mañana no ha sido buena ─una presencia cercana que por ahora desconoce, podría hacerla peor─. Sólo le queda esperar. De todos modos, el tiempo en este país es lo que sobra. Incluso el tiempo de las generaciones. Su padre lo arrulló con la historia de que los sacrificios de hoy serían el abono del mañana. Fernando se niega a dormir la infancia de su hijo con el mismo cuento de hadas. Es mejor que se críe en silencio. La felicidad es siempre futurible. Ya lo aprenderá solo cuando sea grande.

Por fin un tirón lo saca de sus meditaciones y cobra rápido cordel, aún sin saber que un hermoso pargo de diez libras se debate en el anzuelo, y que un animal gris, de unos cuatro metros, ha olfateado a casi una milla las gotas de sangre y viene a toda velocidad tras el pez herido. Fernando pelea el pargo centímetro a centímetro. Con mucho mucho mucho cuidado para que el sedal no se parta en un tirón, o el anzuelo casero se desprenda y le deje al extremo del hilo un desconsuelo de diez libras (no menos debe pesar ese bicho).  Fernando lo va cobrando con cautela: veinte  centímetros para los zapaticos nuevos, otros veinte para un pantalón, que con lo que ha crecido el enano, ya es un abuso ponerle eso los domingos; veinte centímetros más y a lo mejor alcanza para que Nancy se compre una blusita en la shooping. Cuando lo siente muy cerca, prefiere no abusar de su buena suerte, y lo extrae rápido del agua. Los coletazos del pez son un contento para la mirada: el sol se quiebra en minúsculos arcoiris al refractarse en las gotas de agua que hace saltar en su agonía. La cornuda llega justo a tiempo para ver a su presa perderse en dirección al cielo. Fernando lucha con el pargo, que intenta  desasirse, cuando ve la aleta  circundando la cámara, como si la estudiara antes de atacar. Pero han sido muchos días sin una presa como ésta. Fernando no está hoy en condiciones de ceder, ni aunque sepa que treparse en un ring con Mohamed Alí es una pelea más pareja que echarle cojones a este bicho en mar abierto. Toma un pequeño arpón y se dispone a defender sus ciento veinte centímetros de territorio. Vete de aquí, cabrona, le grita a la cornuda como si ella pudiera escucharlo. Por suerte para él, ella  no tiene muy claro que se lo puede comer con cámara y avíos. Ha sobrevivido, porque es precavida y teme a los objetos desconocidos. En  su mundo, un pez redondo y negro que flota es cosa rara. Por fin, se atiene a las normas que la han salvado de muchos disgustos, y se pierde zigzagueando hacia el este.

Fernando sabe  que la sesión de hoy ha concluido. Con suerte, si consigue sacar su pesca a tierra. Patea en dirección a la costa, vigilando la aleta que emerge de vez en vez a cierta distancia. Un movimiento brusco hunde el pargo un instante en las aguas. El olor de la sangre vuelve a llamar al escualo. La aleta gira en U y regresa a toda velocidad. Fernando la ve a trescientos metros, cuando sólo cincuenta lo separan de la costa. Podría lanzarle el pez para distraerla, pero no está dispuesto a sacrificar la comida  de su hijo. Calcula la distancia mientras patea con toda su alma. Cuando la cornuda está a doscientos metros, aún le faltan veinticinco para alcanzar el acantilado. Ciento cincuenta y quince. Treinta y cinco. Al tiempo que Fernando  salta hacia las rocas, el tiburón emerge como una bala, abre las fauces, proyecta hacia adelante sus dos primeras hileras de dientes, y lanza una dentellada. De pie sobre las rocas, una vez alcanzado el equilibrio entre arañazos y un doloroso corte en la mano izquierda, Fernando se vuelve hacia la cornuda, que gira al pie del diente de perro. Le hace muecas. Baila una extraña danza ritual, cojeando sobre el filo de las rocas: Te jodí, mamasita. Te jodí. Una pareja de enamorados mañaneros le dispara una mirada de éste se volvió loco.

Sin mirar atrás, con la euforia del triunfo, recoge sus bártulos y salta el muro. Más de media hora de caminata bajo el sol lo separa de su casa.

Ha recorrido una cuadra hacia el oeste, cuando Fernando siente unas gotas persistentes que caen sobre su pie derecho. ¿Qué coño? Y de un vistazo hacia atrás, descubre el rastro de sangre que ha ido abandonando sobre la acera. Deja caer entonces la cámara y los avíos. Con un mecagoendios, descubre que la dentellada última del escualo no se cerró en el aire. El corte es tan limpio, que Fernando siente un corrientazo helado recorrerle el espinazo, un escalofrío de pánico al pensar  que con idéntica facilidad habría cercenado su pierna. Aunque  ve esfumarse los zapaticos del niño, no puede menos que dar gracias al dios de los pescadores de orilla, sea quien sea. Examina la dentellada   de ese cabrón bicho: un corte en semicírculo que ha seccionado carne y vértebras con más precisión que la mejor navaja. La cuarta parte del pargo, cola incluida, ha desaparecido. Ningún comprador serio (es decir, con dólares y paladar para apreciar un pargo a la plancha), aceptará este animal mutilado. Me cago mil millones de veces en la madre tiburona que la parió. No hay arreglo. Con su ticket y su código  de barras, el pantaloncito nuevo, los zapatos y hasta la presunta blusa de Nancy, se van corriendo de regreso a la shooping. Para un día que tengo suerte. Un día. Y ya camina hacia su casa, amansando su desgracia con el consuelo de que fue el pargo y no su pantorrilla, de que siete libras y pico de buen pescado no son nada despreciables. El consuelo de no te martirices, Fernando, tú tienes un día de suerte de vez en cuando. Otros, nunca.

Cuando franquea el portal de su casa, Danielito se abraza a sus piernas. Fernando lo carga. Cómo pesa. El pescado es un buen alimento. Y le pide: Un beso esquimal. Frotan sus narices. El niño hurga en el saco y a duras penas arrastra el pargo hacia la cocina gritando mamá mamá. Mañana es sábado y Fernando quisiera llevarlo a la playa o al cine o… Pero se resigna, como cada fin de semana, a encerrarse en casa frente al televisor.

Se deja caer sin fuerzas en una silla arrimada a la puerta.  Nancy  aparece sobresaltada: ¿Te pasó algo? ¿A mí? Nada. Y a ese pez, ¿cómo le arrancaron la cola? ¿Te atacó un animal? No, muchacha, ¿tú me ves algo de menos? Nancy hunde las manos en su pelo y recuesta la cabeza de Fernando en su viente.  El cierra los ojos y entonces le cae de golpe todo el cansancio de las horas que ha pasado en la mar. Se duerme durante algunos segundos, pero la voz de ella lo despierta: Dime la verdad. ¿Fué otro animal el que le arrancó el pedazo a ese pescado? Posiblemente, otorga Fernando, pero yo no lo vi. Quién sabe todo lo que ocurre allá abajo. ¿Hay café? Sí. Ahora te traigo. Nancy sabe que Fernando no le cuenta nunca toda la verdad. Ni cuando llegó con la cámara reventada. Ni cuando un brisote casi lo mete en medio de la Corriente del Golfo, y vino a salir en Santa María del Mar, a quince kilómetros de La Habana. Ni cuando una picúa, esos perros de la mar, le arrancó un trozo a la altura de los gemelos. Ni cuando el mar de leva se lo llevó océano adentro, y  de no ser por un mercante panameño que lo izó a bordo, habría muerto de sed y hambre y tiburones en ese maldito estrecho donde descansa sin paz  una ancha lista de cubanos. Nancy lo sabe, y cada noche tiembla de miedo pensando lo solo que se debe sentir entre la noche sin techo del cielo y la noche sin fondo del mar. Pensando en su propia soledad si una mañana no regresa, ni al día siguiente, ni al otro —dos días lo supo muerto cuando lo arrastró la corriente, tres días cuando lo rescató el carguero—, y nadie responda a sus preguntas, ni quede de su hombre otra memoria que Daniel y sus propios recuerdos.  Incluso le ha instado a que regrese a sus clases de física en cualquier preuniversitario. Ahora que muchos profesores se están yendo a trabajar en el turismo, seguro consigues una escuela aquí mismo, en La Habana. Pero él dice no sé qué de un biberón de gases ideales y desecha la idea.  Mira, Nancy, tu hermano, el genio de la familia, el físico nuclear graduado en Rusia, se ha convertido en camarero para arañar unos dólares de propina. El físico se suicidó para que sobreviviera el hombre: todo lo que soñó y todo lo que estudió no le sirve ni para diferenciar un lenguado a la parrilla de un pargo a la plancha. Mi primo  Efraín se arriesga a caer preso con cada jamón que vende. Yo me arriesgo en la mar. Y los que se conforman con la limosna del Gobierno, los que regresan cada tarde de sus oficinas como jamelgos cansados, amarillentos, arrastrando los pies, son los que más se arriesgan: a ser las primeras víctimas de la próxima epidemia. Dan lástima. Se les para el rabo pensando  en un bisté de filete: y si pasan por la puerta de un restaurant,  de sólo oler ponen cara de orgasmo.  No están viviendo, Nancy,  están durando. Lo importante es que Danielito hoy se comerá un buen filete de pescado. Y en eso queda siempre la conversación, piensa ella  mientras le acerca a Fernando la taza de café humeante.

Le besa la cabeza que huele a salitre, a sudor y a miedo. Ella sabe distinguir el olor del miedo. Y trata de no imaginarse qué animal pudo cercenar de un corte exacto ese trozo al pez. Lo mejor será limpiarlo y guardarlo en el frío, que con estos calores todo se echa a perder a una velocidad del diablo. Sería el colmo.

Fernando prende un cigarro mientras saborea el café. Danielito, sentado en el suelo, alinea  los anzuelos por orden de tamaño. Cuidado no te pinches.  No, papi. Cuidado. Los ojos se le cierran de puro agotamiento. Aquí mismo se quedaría rendido. Aunque se cayera de la silla seguiría roncando. Pero tiene que sobreponerse a su cansancio. Cuando termine el cigarro, me doy una ducha y aterrizo en la cama. Fernando acaba de cumplir 31 años. Sabe que deberá hallar otra solución para su vida, que no podrá seguir pescando eternamente sobre una cámara de camión inflada hasta 120 centímetros de diámetro: algún tiburón podría ganarle la carrera. Bueno, hasta ahí llegó mi pesca. Pero no es tan sencillo. ¿Qué sería de Nancy y del niño? No sé. No sé. A quinientos metros de distancia encienden el enorme lumínico que el día de su estreno rezaba:

El futuro pertenece por entero a la Revolución y al Socialismo

Pero estos tres años le han cariado las letras, y ahora desgrana un enigmático mensaje:

El futuro per    ece por en  ero a la   evolución y al           ismo

El decir, que : El futuro perece por enero a la  evolución y al  ismo. Eso de que perece por enero suena a slogan del otro bando. Y si pertenece será a la evolución y al ismo. ¿Comunismo? ¿Capitalismo? ¿Feudalismo? ¿Surrealismo? ¿Cubismo? ¿Minimalismo o maximalismo? Marxismalismo parece que no. ¿A qué ismo pertenecerá nuestro futuro? Quién sabe. De cualquier modo, piensa casi dormido mientras da la última cachada al cigarro y lanza el cabo a la calle, posiblemente mi único futuro inmediato sea el ecologismo: discutirle cada noche a la naturaleza el alimento empleando tecnología del paleolítico temprano  Para que la pelea sea de tú a tú con los peces, y yo tenga tantas oportunidades de comérmelos a ellos, como ellos de comerme a mi.  Viva Greenpeace. Y antes de entrar a la casa, Fernando piensa que más vale no pensar demasiado, y garantizar del mejor modo posible el único futuro que conoce. Acaricia las crenchas rebeldes de su hijo. El niño ha ordenado escrupulosamente los anzuelos, y el muy bien de su padre le convoca una sonrisa que ilumina todo el barrio. Mientras se encamina hacia la ducha, Fernando se pregunta de qué número será el anzuelo necesario para pescar nuestro destino.

“Inmóvil en la Corriente”, Sevilla, 2002





Crónica de la inocencia perdida (La cuentística cubana contemporánea)

30 10 1996

 

“Es difícil vivir sobre los puentes

Atrás quedó la negra boca el odio

y no aparece el esplendor

esto es también el esplendor

pero tampoco”

Ramón Fernández Larrea: “Poema transitorio”[1]

 

Si una muchacha de 15 años, cuyos padres militan en el Partido Comunista, se enamora de un joven que está a punto de partir hacia el exilio de Miami, nuevos Montescos y Capuletos aparecen, demostrando que del amor a la muerte, de la política al dinero, los temas siguen siendo eternos. Incluso en Cuba, de cuyos autores siempre se espera una escritura política, una tesis política, hasta una sintaxis quizás y una gramática políticas.

Por suerte, ya en 1976 un precursor de la narrativa de los 80, Rafael Soler, en un cuento de su libro “Noche de fósforos”, donde un joven le escribe a su madre:

“Comprendió que no podría volver a escribir como antes. Y tampoco le salía nada en otro tono. Como ni siquiera sabía en qué tono iba a escribir, decidió escribir sin ninguno, sino simplemente, como si le contara a la madre lo que quería contarle, con las palabras que le salieran. Sólo así pudo escribir. Al terminar, se sentía como si de verdad hubiera hablado con ella. De cómo había escrito no podía opinar”.[2]

Desde que Rafael Soler “Comprendió que no podía volver a escribir como antes”, la narrativa cubana, sumida en la primera mitad de los 70 en lo que Ambrosio Fornet llamó acertadamente “el quinquenio gris”, empezó a ser otra.

Y hasta me atrevería a afirmar que la cuentística cubana de los últimos quince años es la historia de la pérdida de la inocencia. Para comprenderlo, valdría la pena recordar lo ocurrido hasta entonces.

Durante lo que he llamado el Primer Período Didáctico de la cuentística revolucionaria (1959‑1966), ocurrió el proceso de consolidación revolucionaria. El acto de vivir se convierte en algo tan impostergable, que el hecho literario queda relegado por la realidad a muy segundo plano. Tienen lugar los sucesos que alimentarán en gran medida la Narrativa de la Violencia que se producirá en el período posterior: desde el enfrentamiento armado a la contrarrevolución, que se prolongó casi un decenio, con su elevado costo en vidas y recursos, Playa Girón, la actividad terrorista de la CIA y los grupos más agresivos del exilio.

Ángel Rama, analizando el devenir literario de las revoluciones rusa, mexicana y en cierta medida, la cubana, señala que en los albores de la revolución se produce poca literatura y quienes están en mejores condiciones para hacerla son, precisamente, los derrotados. Aunque esto no se cumpla estrictamente en nuestro caso, sí tiene lugar el proceso de creación en dos vertientes opuestas: una literatura sin asidero en la circunstancia inmediata, por un lado, y una literatura circunstancial por el otro. Esta última, comprometida, deslumbrada por la Revolución, trata de explicarla desde la perspectiva poco fiable que concede el asombro, haciendo uso de un didactismo a veces ingenuo y excesivamente explícito. A ella me refiero al nombrar la etapa.

Al tiempo que se radicalizaba la Revolución y tenía lugar el auge de los movimientos guerrilleros en América Latina, ocurre el paso de la lucha contra bandidos, episodio central del período anterior, a la lucha ideológica, cuyo suceso fundamental fue el combate contra la microfacción; a la lucha económica que culmina, en 1970, con la zafra, un decenio permeado de voluntarismo.

Entre 1966 y 1970 se produce la mejor cuentística de la Revolución, cuya calidad sólo recientemente ha sido igualada y en parte superada. La narrativa de la violencia tiene como tema central la guerra, desde el período insurreccional hasta la lucha contra bandidos recién concluida. Caracterizada por conflictos de alto dramatismo, evade la mitificación de la guerra mediante una disección participante y crítica a la vez de la realidad narrada. Esto escandaliza la concepción maniquea al uso de la guerra como choque entre malos malos y buenos buenos, lo que desata la inquisición ideológica contra los principales autores, la censura de los mejores libros, que no serían reeditados sino 20 años después; quedando sobreentendida a partir de entonces la incuestionabilidad del modelo paradigmático, caldo de cultivo donde florecerá la Narrativa del Cambio (1970‑1978) ó Segundo Período Didáctico.

El inicio de los 70 propició una literatura didacticoide que se siente obligada a explicitar sus posiciones ideológicas ─recordar la carta de Engels a Nina Kautsky─, medicina preventiva para evitar la combustión de barbas que ya habían ardido en el capítulo anterior. Al negar la creación artística como patrimonio de «cenáculos» o «individuos aislados», es decir, artistas ni juntos ni solitarios, y contraponer a esto las masas como genio creador, se cayó en la simplificación de negar el papel del individuo en la creación artística. A esto se unió una feroz precaución contra la «cultura capitalista» ─por lo cual se entendía generalmente la facturada en países capitalistas─. Se generó un autobloqueo cultural del que aún estamos emergiendo.

En este contexto se produce una narrativa anémica, que tiene como tema fundamental y perspectiva el hombre viejo en un mundo nuevo; excluyendo en general los conflictos que tensarían las fuerzas de la sociedad hacia su ulterior evolución. Pulularon personajes tan asépticos, con una ideología tan bien planchada, que sólo les faltaba para alcanzar la perfección que los lectores se los creyeran.

Ya desde los 70 se entronizaron en el país desviaciones y males que no serían “descubiertos” hasta mediados de los 80. Y es en este contexto que se produce la Narrativa de la Adolescencia (1978‑1988) que tiene su precursor en Rafael Soler.

Una nueva promoción de narradores se abre paso con libros que tienen, como común denominador, el estar escritos desde el punto de vista del niño‑joven‑adolescente, es decir, desde la perspectiva del asombro y del descubrimiento. Visión que coincide con la de los propios narradores.

Una literatura de la cotidianía, juzgada a través  de una óptica nueva. Una literatura del descubrimiento, donde lo ético y lo moral condicionan una visión más abierta, menos maniquea y que elude la politización explícita; más humanista, capaz de juzgar fenómenos como el exilio o la intolerancia sin apoyarse en slogans. Un ejemplo temprano es la antología Hacer el amor, preparada por Alex Fleites en 1986.

Literatura rica en matices, diversa, que aún enfocada esencialmente hacia lo cotidiano, puede moverse con comodidad en disímiles universos espacio‑temporales, excluye, por lo general, la concisión anecdótica de los narradores de la violencia, dado que aquí la anécdota no es más que una justificación para el planteamiento de acuciosas inquietudes éticas.

Libros como Salir al mundo de Arturo Arango (1982), Los otros héroes, de Carlo Calcines (1983), cuentos de Francisco López Sacha, como Me gusta la fiesta y Examen final. Vivimos en el submarino amarillo y Mañana es fin de curso, de José Ramón Fajardo y Carlo Calcines, entre otros, se suman a la cuentística de Leonardo Padura, Antonio Álvarez Gil, Ricardo Ortega, Alberto Rodríguez Tosca, Roberto Luis Rodríguez, Sergio Cevedo.

De cierto modo, podría llamarse a esta la narrativa de la ética, porque con el decursar del decenio se va acusando el tratamiento cada vez más frecuente e intenso de los conflictos éticos de la sociedad. Si en El niño aquel o Un rey en el jardín, de Senel Paz, el punto de vista es el de un espectador que descubre, ya en El lobo, el bosque y el hombre nuevo, el encuentro entre un joven comunista y un homosexual, da pie a una bellísima historia de la amistad que pivotea alrededor de la intolerancia, sin necesidad de convertirse en un alegato, y que juzga la sociedad desde ese punto de vista no explorado, que es el de los marginados por una moral estereotipada y por momentos capaz de sacrificar el árbol en aras de una supuesta salud del bosque.

Carlos Rafael Rodríguez[3] ha afirmado que el escritor no es «conciencia crítica de la sociedad», sino «testigo de la verdad». Yo creo, en cambio, que la pasividad de ese papel sería incompatible con las nuevas proposiciones de la narrativa cubana, que no intenta ser, sino formar parte de la conciencia crítica, perteneciente  a toda la sociedad, sin distingos ni parcelación del derecho a la crítica en cotos privados de sectores o grupos.

Y un medio frecuente de ejercer esta conciencia crítica es lo satírico, “colecciones en las que el absurdo de la vida cotidiana de personajes a veces inocuos, ofrecen una mirada (…) caricaturesca sobre la realidad capaz de dimensionarla y trascenderla[4]“.

El planteamiento es casi siempre más importante que la anécdota ─por lo que, refiriéndonos a la definición clásica del posmodernismo, podría hablarse de ciertas dosis en toda esta narrativa─, más en autores donde la dinamitación del argumento tiene un peso decisivo.

Una literatura que discurre en el ahora, por momentos el hoy, una literatura urbana, de ambiente básicamente habanero, ciudad donde por nacimiento o adopción reside el grueso de los narradores, y que opera por inferencia, a través de conflictos soterrados bajo la aparente inocuidad de lo cotidiano.

Los personajes crecen al compás de sus autores: Aquel niño de Senel y los de Carlo Calcines, con el tiempo se fueron convirtiendo en adolescentes, para terminar en estudiantes u obreros transidos de rebeldía. Porque la crónica de esta narrativa es la crónica de la pérdida de la inocencia, alcanzando el desacato, el sentido de culpa, la reafirmación.

Pero la perspectiva se desplaza y el punto de vista adultece hasta una gran diversidad, confirmándose que “Una vez institucionalizada la vida social son ya muy diferentes las formas literarias emergentes”.[5]

Entre los narradores de los 80, la disección crítica de la sociedad, tímida en sus inicios, se va acentuando hacia fines del período. Ya no basta contemplar la vida y descubrirla.

Esto se subraya como tendencia a fines de los 80, en una decena de narradores que aún no alcanzan los treinta años o apenas los sobrepasan. De modo que la épica de lo cotidiano deja ver una violencia  implícita, que no excluye (y por el contrario, obliga a) búsquedas en los resortes sicológicos que mueven a los personajes.

Si en El jardín de las flores silvestres, de Miguel Mejides, obra típica de inicios de los 80, el viejo va quedando arrinconado y es finalmente acusado por los adultos, para quienes ya es un estorbo, ya a fines del decenio aparece el parque donde los ancianos de Atilio Caballero cuentean, el parque en vísperas de demolición para construir quién sabe qué. Y los viejos, en un acto de resistencia desesperada de su parque, se niegan a moverse, hasta que hijas, nietas y nueras, los llaman a almorzar y sólo entonces se retiran derrotados, cediendo el espacio a las bulldozers, que no son aquí lo nuevo contra lo viejo, el progreso contra la decadencia; sino una fuerza mecánica y ciega en función de sus propias leyes, apta para demoler una ética, un modo de vida, un sentido de la dignidad.

Pero sobre todo, en Solo de violín y viejo de Ricardo Ortega, el anciano estrafalario y maniático, que toca el violín a un vecindario indiferente cuando no hostil, y convoca la magia frente al niño lisiado y sensible, termina siendo arrojado al asilo por una mass media unida por la aureas mediocritas y un espíritu gregario contra el que se alza el niño, una vez muerto el viejo, para tocarles el violín, que gana entonces una lectura simbólica.

Los ultimísimos, narradores que se dan a conocer en los 90, bucean en una materia narrativa de reciente adquisición: la marginalidad, insinuándose con ellos (aún incipiente) una narrativa escrita desde cierta contracultura emergente. En ellos la drogadicción, la sexualidad como alucinógeno, la inadaptación, el heavy rock y la alienación, conforman una cultura friqui (neo hippies) que va a beber directamente en las fuentes de Henry Miller.

 

Anagnórisis y saturación. Censura y autocensura

Desde la cuentística didáctica de los 60 a la narrativa de la violencia, desde la segunda didáctica del quinquenio gris a la pérdida de la inocencia de los 80 y 90, el espectro de asuntos y enfoques ha discurrido  a través de un corsi e ricorsi, donde anagnórisis y saturación han devenido móviles del ejercicio literario. Una censura extraordinariamente susceptible decretó la anulación de la narrativa de la violencia, condenó Paradiso de Lezama (que sólo se reeditaría un cuarto de siglo más tarde), suprimió de casas editoriales y manuales a cuantos escritores abandonaran el país; de modo que un lector no avisado podría suponer a Guillermo Cabrera Infante, Lino Novas Calvo, Severo Sarduy y Reinaldo Arenas, entre otros, escritores netamente noruegos. Exclusión que empezó a quebrarse (aún tímidamente) a fines de los 80. La falta de papel, ingrediente de la crisis actual, fue la causa o la excusa que sirvieron para detener la publicación de algunos autores del exilio. Aunque en honor a la verdad, el exilio no ha sido menos intolerante con los escritores que permanecen en la Isla. Una censura que  produjo el quinquenio gris y dosis notables de autocensura en los narradores de los 70. La más reciente cuentística emerge a lo largo de esa paulatina apertura que fueron los 80. La perspectiva  infantil y adolescente de sus inicios, no despertó inmediatas suspicacias, y cuando ese punto de vista adulteció, ya eran otros los tiempos, aunque no tanto como quisiéramos. Libros inconvenientes, premiados a inicios de los 90, aún permanecen inéditos. Claro que la escasez de papel bien podría explicarlo. ¿O no? En otros casos, la demora editorial consigue mellar en todo o parte el filo de actualidad de algunos libros. Porque la anagnórisis ha actuado, quiéralo o no, sobre buena parte de la narrativa de los 80. Gracias a las escasas posibilidades de diálogo y a un periodismo edulcorado, donde triunfalismo, maniqueísmo y sinflictivismo (rayanos en el surrealismo) han conseguido una crónica desnutrición informativa de los lectores, conforman un hambre de verse de cuerpo entero en letra impresa, sin subterfugios ni eufemismos. Y por momentos la literatura se ha visto tentada a suplantar el papel que al periodismo correspondía, extraviándose en la crítica de ocasión, que aterroriza a los burócratas y envejece temprano. Para suerte de la literatura, como contrapartida, aparece en los 80 la saturación. Por abuso, el mensaje político que bombardea al cubano medio desde los libros en que aprende a leer a los seis años hasta el periódico, la TV, la radio, las consignas y vallas y hasta los impresos en las camisetas, va perdiendo sentido hasta convertirse en una especie de ruido ambiental. La saturación provoca una despolitización —en el plano de lo evidente— de la narrativa, que va más al fondo, hasta los resortes personales, humanos, profundos, del devenir cotidiano. Una inmersión en lo puntual que con frecuencia permite desentrañar con más acierto los conflictos raigales del hombre sumergido en el hoy y el ahora de la Isla. Pero el cambio de perspectiva  también se explica por la sucesión generacional. Si los autores de los 80, que asistieron a los últimos actos de la época heroica y participaron en la institucionalización del proceso revolucionario, sufren un desgarramiento al verse abocados a una perspectiva crítica de la realidad; en los narradores de los 90 el desasimiento es un proceso natural; su herejía es consustancial, casi diría cromosomática. La inocencia, que en las obras más recientes de los narradores de los 80 ha devenido conciencia crítica, es ya escepticismo en los ultimísimos. Los milicianos enfrentados a vida o muerte con los bandidos en la narrativa de la violencia, se han trocado por antihéroes extraviados en la selva angoleña y en la selva de una guerra donde no saben cómo ni por qué han venido a dar. Los obreros que en los 70 intentaban deshacerse de sus lastres ideológicos para alcanzar la estatura de la sociedad nueva, son los que para sobrevivir hurtan tiempo de la jornada y piezas de repuesto en la fábrica. Los impecables policías de los 70, han devenido enemigos irreconciliables de muchos personajes acuñados por los novísimos. Aquella Vivian desvirgada por Senel Paz en un lóbrego cuartucho lleno de poesía bien pudiera ser la hermana mayor de la Merchy que Raúl Aguiar prostituye mientras se evade hacia las visiones luminosas de su infancia ya ida para eludir el asco.

Si algún silencio persiste, no será culpable la censura. En definitiva, como ocurrió a sus homólogos norteamericanos con el Ulyses de Joyce, el silencio sólo han conseguido prestigiar el Paradiso de Lezama. Una censura omnipresente en los medios masivos de difusión, pero que se atenúa exponencialmente al decrecer el número de ejemplares. Bien sabe que un chiste indeseable frente a cuatro millones de teleespectadores es más peligroso que un poemario. El chiste y la política operan en lo inmediato. La literatura, fondista por definición, trata de asaltar la eternidad. Como resultado, una autocensura que, al menos entre los narradores más jóvenes, es tan rara como un caso de viruelas. Hablamos, por supuesto, de autocensura inducida; excluyéndose la que dimana de las propias convicciones y prejuicios. Mientras, una censura del mercado que desapareció durante tres décadas, asoma ahora la nariz, dada la escasez de papel que ha obligado a los narradores cubanos a buscar editores allende los mares.

Perdidos el asombro y la inocencia, madura la distancia histórica que permite calibrar los cómo y los por qué de su circunstancia histórico‑social, alcanzado un dominio de sus recursos técnicos, plena de diversidad y teniendo a la mano una de las materias primas históricas y socio‑culturales más ricas y contradictorias del planeta, la narrativa cubana contemporánea  constituye hoy, a juicio del crítico y narrador mexicano Hernán Lara Zavala, el corpus más interesante y prometedor de la literatura contemporánea en el continente.

Una narrativa con voz propia, pero sin micrófono. Carente de medios de difusión que sacien  a la impresionante masa de lectores conformada durante tres decenios de alfabetismo, ediciones masivas, instrucción generalizada y libros baratos.  Una narrativa condenada a ediciones minúsculas  o extranjeras y plaquettes sólo aptas para cuentos cortos. Una narrativa que, en su mejor momento, se debate entre proyectarse al exterior o condenarse al manuscrito. Para bien o para mal: la ganancia de un lector universal y la pérdida de su lector más natural y cómplice: el de aquí y ahora.

¿Y desde cuándo se escriben cosas así en Cuba? —preguntó un prestigioso profesor de la Universidad Nacional Autónoma de México luego de una lectura de tres cuentistas cubanos. Aún no tenía noticias del feliz divorcio entre la nueva narrativa y algún que otro paradigma idílico. Ni del compromiso entre cada narrador y su próxima página.

 

Crónica de la inocencia perdida”. “Encuentro sobre el Cuento en la Literatura Cubana”; en: Encuentro de la Cultura Cubana, n.º 1, verano, 1996, pp. 121-127.

 


[1]Fernández Larrea, Ramón: El pasado del cielo. Ed. Unión. La Habana, 1987. p. 81

[2]Soler, Rafael: Noche de fósforos. Ed. Arte y Literatura. La Habana, 1976. pp. 37-39

[3]Ex-Vicepresidente del Consejo de Estado y de Ministros.

[4]Padura, Leonardo: El derecho de nacer, en: La Gaceta de Cuba. La Habana, marzo-abril, 1992. p. 41

[5]Rama, Angel: Diez problemas para el novelista latinoamericano, en: Casa de las Américas. La Habana. p. 41





La hora fantasma de cada cual

30 03 1994

Confieso que empecé a leer con desconfianza La hora fantasma de cada cual, libro de cuentos (¿cuentos? ¿novela? ¿cuentinovela? ¿novelicuento?, quién sabe, qué importa) de Raúl Aguiar. Una parte del libro —la menos feliz, por cierto— había caído en mis manos durante la última edición del premio Caimán Barbudo. La rebasé con rapidez y me adentré en la segunda parte. Y entonces esa magia que es toda buena literatura hizo su aparición. El antiteque cedió espacio hasta desaparecer, dejando al descubierto eso de humano que siempre vale en el hombre, lo que hace trascender el proceso de escritura desde un laborioso juego malabar con las palabras, a una entrega, sin esperanzas de reciprocidad, a esa quinta dimensión que es la imaginación humana. Sólo entonces la sintaxis cede espacio al corazón, los personajes cobran cierta vida que de algún modo nos trasciende y el punto final firma un compromiso que el escritor ya no está autorizado a eludir. Un compromiso que desde este momento Raúl Aguiar ha contraído con nosotros, sus lectores.

Hay tareas más arduas que otras, y no es de las más livianas aquella que alguna vez tentó a Dostoievski: descubrir el rostro oculto de la sociedad, ese que la pacatería prefiere susurrar y no decir. Un rostro en que hay tanta humanidad como en cualquier otro, y a veces más al desnudo. De ese mundo se encarga Raúl, sortea con suerte remolinos y escollos, devolviéndonos a salvo y magullados en la otra orilla. Por eso nos queda, al cabo de las páginas, esa sensación dolorosa y feliz de una excursión con paisajes, montañas, manigua densa y roquedales: el cansancio de los caminos y la tentación de regresar mañana, el año próximo, en el siguiente libro.

 

Presentación del libro La hora fantasma de cada cual, 1994

 





Historias paralelas (del libro Salto mortal, 1993)

30 11 1993

Portada Salto Mortal 159

Te lanzas del último carro patrullero, chirriantes las gomas por el frenazo inconcluso, con el AK terciado, la culata plegada y la misma expresión que has visto a los comandos en las acciones fulminantes y siempre exitosas de Hollywood. La misma expresión que asumías cuando jugabas a policías y ladrones, emboscándote en las orillas mugrosas del río Luyanó, agazapándote entre la hierba y el hedor de las aguas que por entonces tus células olfativas, de reciente estreno, pasaba por alto, absortas en olfatear el peligro que te acechaba en un zaguán de La Fernanda, entre los matorrales de un placer yermo a dos cuadras de Serafina y Rita, o en los meandros de una casa de vecindad Blanchy adentro. Y siempre era él, tu inseparable amigo, tocayo y enemigo, el niño que admiraste en secreto (porque eso no se confiesa) con la fruición que nunca concediste a las personas mayores. Él, policía empecinado y capricornio como un mastín, capaz de perseguirte hasta dentro de la noche, aunque muchacho, ven a comer que se te enfría la sopa, nada más quieres estar callejeando. Ladrón escurridizo, ingenioso, que con la temeridad de un sobresalto podía trasvestirse de perseguidor a perseguido y tenderte mil acechanzas entre los gajos de un almendro, o enterrado en la boca desdentada de una alcantarilla. Con él iniciaste tu asombro en asuntos de sexo, cuando se apareció con una colección de postales que su papá escondía en la última gaveta del chiforrober, y donde se veía tan clarito el asunto que no podías creerlo.

 

Acabas de despertar con el timbrazo del teléfono. No. No descuelgues. Sí. Descuélgalo, pero no hables. ¿Qué? ¿Qué dice? ¿Quién es? ¿Qué pasa, tú? (Con la misma expresión que asumías cuando jugabas a policías y ladrones, emboscándote en las orillas mugrosas del río Luyanó, agazapándote entre la hierba y el hedor de las aguas. Y siempre era él, tu inseparable amigo, tocayo y enemigo: policía empecinado, ladrón escurridizo). ¿Qué pasa? Dice. Se jodió esto. ¿Cómo que se ? Dice que la fiana está ahí. Ese es Manolo. Tú me dijiste . Fíjate. No me vengas ahora . Tú me dijiste que esto era seguro. Olvídate de lo que yo te dije y muévete. Alguien nos echó palante. Seguro. Muévete, que si no, te van a mover. Suerte que la manzana esta es un queso. Pasillos y recovecos y jardines con doble salida y muros por donde quiera. Vuela, Luisito. Mierda. Apúrate. Me cogí un dedo. Suelta. Dale. Saca las cosas. Vuela, carajo, vuela.

 

Escuchas las instrucciones para el operativo: El grupo uno entrará a la casa por la Avenida 37. Lo cubrirán dos hombres, uno en cada esquina. Dos, sí. La manzana esta es un queso y no podemos derrochar gente. Javier y Guzmán: Ustedes se quedan en 42. Cubran la cuadra y ojo con las bocacalles. Deben ser dos, pero nunca se sabe. A lo mejor tienen visita. Andrés y Fermín, a la Calle 36. Andrade y tú, el nuevo, ¿cómo te llamas? Tú, Luis, y Andrade, cubran 37. Es el sector menos probable, pero no se duerman, que estos pájaros pueden volar para cualquier sitio. Vamos, muchacho. Andrade, fornido y brusco, camina delante de ti, bamboleándose como un barco para contrarrestar la cojera que le dejó un punzonazo imprevisto hace seis meses. Muévete. Muévete. Porque tú te desplazas con la cautela de un felino aprendiz, todavía contaminado de vídeos a medio digerir y manuales que en la escuela explicaban todo lo explicable, pero que no mencionaban lo inexplicable, quizás por esa omnisciencia pedante de los manuales, como para no dejar dudas. Y es tan difícil aprender sin dudar. Todo eso, y El Superpolicía, Fuerte Apache, El caso Neill, revolotean a tu alrededor mientras te emboscas, tras una lacónica seña de Andrade, en la rampa que da acceso al garage de una escuela. Saltar obstáculos. Disparar a la carrera. Puntería rápida, que la calle no es una feria y los delincuentes no son paticos de aluminio. Y en eso, sonríes, eras el uno. Disparabas casi sin mirar, como si te hubieran instalado un ojo director en el cañón de la Makaróv. Sólo en caso extremo, ¿comprenden? Ustedes son policías, no pistoleros. Y en táctica también, que vino a continuar tus sesiones de peón cuatro reina con Jacinto, porque a él eso sí que no. Yo no sé cómo tú tienes paciencia y nalgas para estar tres horas delante del tablerito ese. Lo de él era el movimiento, la calle, donde lidereaba sin esfuerzo. El nombramiento era obvio. Nadie se lo discutía. Y menos tú, que eras el cerebro, como decía él cuando te miraba, en espera de una idea nueva para sorprender a la pandilla de La Carolina que venía con Buscaperros al frente, medio enano y con bíceps de estibador por su adicción a las pesas y los constructivos desde quinto grado. Pero él no tenía paciencia. Tú, en cambio, tienes que probar la tuya ahora, inmóvil como un poste. Esperar es siempre un oficio difícil.

 

¿Por la puerta? ¿Tú eres comemierda? Sale por el fondo. Mira. De la ventana saltamos al patio, y de ahí al otro edificio. Yo me voy por allá. Tú brinca los dos muros y sale por el pasillo a 37. No te vuelvas loco. Despacio. Como si fueras un vecino cualquiera. Ven acá. Por poco sales como un sanaco, con la jabita en la mano. Métete la plata debajo de la camisa. Amárratela a la cintura. Nos vemos en casa de Andino. Dale. Huye. Con la cautela de que hacías uso durante tus sesiones de peón cuatro reina con Jacinto. Yo no sé cómo tú tienes paciencia y nalgas. Lo de él era el movimiento, la calle. Tú eras el cerebro, como decía él cuando te miraba, en espera de una idea nueva para sorprender a la pandilla de La Carolina. Y tú… Huye, carajo, huye.

 

Tratas de recordar las lecciones que aprendiste cuando eras el rey del truco, el mago de la maraña imprevista para perdértele a los demás, el que adivinaba siempre los escondites bobos, cuando te tocaba hacer de policía. Yo que tantas veces hice de . Ser ladrón siempre fue más entretenido. Uno los veía venir y se reía por dentro. Tú verás que los engaño. Tú verás. Menos a él, que me olía como a un kilómetro. Y ahora de fia . Policía. Policía no. Pichón, como ellos dicen. Límpiate con el diplomita, muchacho. Mejor no, va y te raspas. Cuando veas una pistola de frente, ahí mismo te cagas. ¿Verdad, Benito? ¿Este niño no es de los que se embolsan cuando ven una pistola de verdad abriéndoles la boca? Oye, y no te vayas a limpiar después con el diploma, que es de cartulina. Se creen que uno . Ojalá que salgan por aquí,

 

Te escurres por los pasillos tratando de no hacer ruido, de no despertar a los perros, de no olvidar las lecciones que aprendiste cuando eras el rey del truco, el mago de la maraña imprevista. Yo que tantas veces hice de fiana. Ser ladrón siempre fue más entretenido. Uno los veía venir. Tú verás que los engaño. Menos a él, que me olía a un kilómetro. Ahora sí tengo que hilar fino para que la fiana no me huela. Y saltas dos muros para caer en el pasillo de salida. Caminas con cautela y estás a punto de alcanzar la calle. Despacio, viejo. Como si contigo no fuera. Despacito. Los músculos en tensión para dispararte si no quedara más remedio. Confías. Tú no estás fichado. Desconfías. Dice El Brujo que los fianas viejos saben leerle a la gente los pensamientos en la cara. Suerte que siempre hay su nuevo. ¿Y si no? Confías, pero por si acaso . Entonces alcanzas la acera y caminas hacia la esquina. Como si contigo no fuera.

 

para que vean. Yo sí no me apendejo. Ojalá que salgan por aquí. Ojalá. Eh, ¿qué es eso? Acabas de ver una sombra y, después, a un hombre que sale persiguiendo su sombra, levemente indeciso, pero. No puede ser. ¿Y si es? ¿Y si no es? Si no es, no importa. Pero, ¿y si es? Oye, párate ahí. Párate ahí o disparo.

 

Te detienes indeciso. No sabes si correr o quedarte quieto como te conmina la voz. ¿Y si me registran? Con el 38 y el dinero estoy cogido. A lo mejor no me registran. Pero. No. Ni lo veo. Y él me tiene en la mirilla. Me cago en el farol ese. No me registran, tú verás. Yo soy un ciudadano que sale para el trabajo y . Coño. A ese yo lo conozco. ¿Qué hace él metido a fiana?

 

¿Usted no es? No. Pero . Yo a tí te conozco.

¿Usted no es? No. Pero . Yo a tí te conozco.

 

Y ambos se escrutan, uno frente al otro. ¿Serán jimaguas estos dos? ─piensa Andrade─. Pero no. Sus imágenes quedan estupefactas, comprobando que a la raya izquierda que parte el cabello de Luisito corresponde la raya derecha de Luisito, que a la cicatriz en la oreja derecha de Luisito corresponde la cicatriz en la oreja izquierda de Luisito; aunque la ropa les impida comprobar que los lunares y la diminuta lesión sacrolumbar, los callos y las pequeñas cicatrices con que la vida fue signando a Luisito, tienen su réplica exacta, especular, en el cuerpo de Luisito. Señales indistinguibles aún para Andrade, observador innato. Quedan durante algunos segundos suspendidas sus historias, sus destinos intransferibles, resultado de causas y efectos incontables; como si el tiempo se hubiera tomado la atribución de sentarse a descansar oprimiendo la «pausa», de modo que las imágenes y los sonidos queden inmovilizados en la pantalla de la noche. Después oprime como al descuido la tecla de nuevo y.

 

Ven para acá. Es que yo . Olvídate del apuro. De todas maneras, en la esquina no te van a dejar pasar. Le estamos montando un operativo a unos tipos que metieron un palo gordo. Ven. Métete aquí. Quieto. Quieto ahí. Pues mira, yo te conozco de… No. Quédate quieto. No, chico. Ni te preocupes. Esto lo matamos enseguida.

 

¿Y si me quedo tranquilito hasta que pase todo? A lo mejor libro. Yo no estoy fichado. Pero va y cogen al Uña y a Jaimito, y se van de chivas, y ahí mismo me traban de manso palomón. Qué va. Yo voy echando. Es que estoy apurado. ¿Y eso?

 

¿No te lo dije? Oye los tiros. Ya los cogieron. Salieron por 36. Como dijo el capitán. Es un lince el viejo ese. Dicen que una vez . Está bien. Dale. Si estás apurado . Pero, oye, cualquier cosa tírate al piso, que las balas perdidas no traen el nombre del muerto. Allá en la escuela . Está bien. Increíble. Seguro que te conozco. Segurito. Como si fueras yo. Bueno, nos vemos. Yo le aviso al de la esquina.

 

Con tal de que esos no canten antes que yo llegue a la esquina. Con tal de que me de tiempo. Con tal de que él no se de cuenta. Con tal de que el fiana de la esquina no se ponga pesado. Con tal de que no se le pase de pronto la inocencia al nuevo ese. Libré. Si me coge otro, me registra hasta la cerilla de las orejas. Pero él. Un muchacho sano, como decía mi pura. Un comemierda, vieja, mira como me le fui.

 

Si llega a ser otro, le registro hasta la cerilla de las orejas. Pero él. Se ve que es un muchacho sano, como decía mi pura. Un comemierda, vieja, ese no gana nunca; mira que venir a meterse en el medio de la candela. Por poco lo jodo. Atención punto cinco. Atención punto cinco. Hay uno adentro todavía. No abandonen las posiciones. No dejen salir ni entrar a nadie. Falta uno. ¿Entendido? Cambio. Entendido. Cambio y cierro. Y yo que le dije . A ver si le meten un tiro por culpa mía. Qué comemierda soy. Déjame llamarlo. Oye, párate ahí. Párate.

 

Ya se dio cuenta. Me cago en él. Estoy jodido. Y te vuelves con el Colt 38 cañón corto en la mano derecha.

 

Lo miras un momento perplejo, contraído, como te contraías en las riberas del Luyanó para esconderte mejor detrás de los macizos de yerba guinea y guizazo de caballo; antes que el fogonazo te mate la inocencia y el plomo achaparrado que acaba de salir del Colt que acaba de salir de la cintura de Luisito, te tumbe de espaldas contra el pavimento.

 

Vuela, Luisito. Vuela, que ahora sí te joden. ¿Por qué no se habrá demorado cinco minutos en salir de su comemierde ?

 

Frase segada cuando dos años de entrenamiento oprimen el disparador del AK y una ráfaga corta corta en dos la espalda de Luisito que huye de Luisito. Y la espalda, muy cerca de la esquina, continúa su huida, pero hacia el piso. Emerges del aturdimiento, te pones de pie, y caminas hacia Luisito, que yace de bruces y se contrae, como se contraía en las riberas del Luyanó para esconderse mejor detrás de los macizos de yerba guinea y guizazo de caballo; pero ahora son los espasmos y la mano aferrada al Colt 38, que desprendes despacio de los dedos agarrotados, como si fuera un delicadísimo mecanismo a punto de estallar. Con el brazo sano, lo vuelves, y Luisito te sonríe desde el piso con los dientes manchados de sangre.

 

Ganaste. Tú que no ganabas nunca. Ganaste. Pero por poco te jodo.

 

Las palabras no han terminado de disolverse en la noche cuando llegan el capitán y los demás y te felicitan, coño muchacho, ahora sí te graduaste. A ver. A ver. No se cagó ni nada. No te me desmayes, que el arañazo ese te lo curan en dos semanas. Dentro de quince días ya estás zapateando como nuevo. Tú verás. Seguro te dan un ascenso o una condecoración. Tú verás. Pero te apartas sin sonreír y vomitas la comida de anoche. Completa. Y entre una arqueada y otra piensas que la gloria combativa no es tan lustrosa, tan impecable y bien planchada como la habías imaginado. Ni «cumpliste con honor», ni «un ascenso a lo mejor, o una condecoración», redimen tus ojos de esa mancha bermellón que se empieza a interponer como una niebla entre tus ojos y el paisaje. Ni la alegría, «ahora sí te graduaste». Ni el miedo a la muerte, que uno lo siente después que la muerte pasó y otro día será.

 

Cuando los acuestan en la misma ambulancia, sospechas que esta noche Luisito mató de un tiro un pedazo de tu infancia. Miras sus ojos, muy fijos en el bombillo blanquecino del techo, a pesar de los tumbos que va dando la ambulancia por la Avenida 41, precedida por el aullido de la sirena, y piensas si Luisito no pensará lo mismo.

Porque no sabes, Luisito, que cuando los desnuden en el hospital perderán los rótulos, las cifras con que la sociedad ha tenido la osadía de inventariarlos, y entonces nadie sabrá quién es quién. Y será mucho más difícil convalescer de la perplejidad que de las heridas.

Porque no sabes, Luisito, que una herida mortal puede tener la voluntad de cerrarse, con la cautela de labios empecinados en hacer silencio; mientras un balazo sin importancia puede agravarse por causas aparentemente desconocidas.

Porque no sabes, Luisito, que los ojos de Luisito ya no se apartarán del bombillo blanquecino. Que tu inocencia, la mitad de tu infancia y la infancia toda de Luisito, la adolescencia toda de Luisito, no resucitarán.





Salto mortal hacia unos ojos verdes (del libro Recuerdos del olvido, 1992)

30 10 1992

Luis Manuel García Méndez; Recuerdos del olvido  (plaquette, cuento); Ed. Unión; La Habana, Cuba, 1992. 32 pp.

Portada Recuerdos del olvido 82

Tres cuentos sobre la nostalgia y sus acechos, el pasado siempre agazapado, esperando por un mínimo desliz de la memoria, el decursar del tiempo y su erosión a veces indetectable… hasta un día. Historias de hoy que pudieron ser escritas ayer, mañana.

Salto mortal hacia unos ojos verdes

Al perro que no tuve

(el paraíso perdido)

Carlitos se peina peina peina peina ante el espejo, tratando de que las ondulaciones del cabello se parezcan lo más posible a las que vio antes de ayer en una revista que llevaron a casa de Fiquito. Hace doce minutos que sustituye intentos fallidos por intentos fallidos, y no es sino ahora, cuando el nivel de exigencia ha descendido lo suficiente, que se conforma con ondulaciones más o menos aproximadas. Abre el escaparate y no encuentra la camisa de listas verdes, la que más grande le queda y, por eso, la que más le gusta. Al fondo hay un bulto de ropa por planchar. Lo levanta. Debajo está el viejo bozal de Tingo. Toma un momento entre los dedos las correas masticadas, verdosas de humedad y babas fósiles, y las deja en el mismo sitio. Abre el bulto y encuentra la camisa, como recién sacada de una botella. Él sabe que la vieja se la plancharía, nunca antes de arrearle un sermón, no uses más las camisas de tu padre, mira que después se pone bravo. Y prefiere plancharla él mismo. Más o menos. Mientras disimula, o por lo menos calienta las arrugas, continúa mirando el bozal dentro del escaparate abierto, y dentro del bozal ve a Tingo antes que tuviera bozal, cuando se conocieron a la entrada del zoológico. Alguna perra lo había parido en las inmediaciones y el cachorro se dio al vagabundeo entre los árboles copudos, evitando con un instinto envidiable las jaulas de los grandes felinos y el foso de los leones. Nacido varios días antes del ciclón Kate, Tingo alcanzó la sabiduría en materia de supervivencia aquella noche, cuando las ráfagas de 130 kilómetros por hora arrasaron la floresta y sufrió una experiencia irrepetible: llovían árboles. Bajo cada uno podía quedar su corta experiencia, espachurrada. Al día siguiente, cuando deambulaba, ciego de miedo y de ciego, como cualquier cachorro, entre las piernas de los humanos que intentaban evacuar cadáveres de árboles y apaciguar a las fieras nerviosas, alguien cayó al tropezar con él. Alguien que lo acarreó por una oreja, como un paquete, hasta la puerta, frente a la estatua de los venados, que ni se inmutaron. Alguien que lo lanzó a casi tres metros de distancia, a los pies de Carlitos, que había asistido esa mañana a curiosear los estragos del ciclón, avisado de que algo raro debía estar ocurriendo por los rugidos, relinchos, balidos, gruñidos, bramidos, graznidos, barritos, gamitidos, chillidos, rebudios, aullidos, silbidos, tauteos y mugidos de los animales. En lugar de fieras evadidas, cercos policíacos y fusiles con cápsulas de narcóticos, halló a Tingo, uno de los más raros estragos del Kate en todo el territorio nacional. Carlitos y Tingo, que aún no era Tingo, aunque ya era, se miraron exploratoriamente. Carlitos, desconfiando, con toda razón, de la pureza racial de Tingo. Tingo desconfiando, con toda razón, del género humano. Al fin depusieron sus desconfianzas y Tingo lo persiguió una cuadra. El niño miraba de cuando en cuando hacia atrás, momentos en que el perro se detenía y simulaba cierta indiferencia, que era su modo de precaverse. En una de esas retrovisiones,

Carlitos decide llevárselo a casa. Se detiene.

Tingo también.

Carlitos se acerca.

Tingo se aleja.

Carlitos lo persigue.

Tingo corre.

Carlitos se resigna. Regresa despacio.

Tingo sigue su huella a cierta y prudencial distancia, que no rebasa la esquina inmediata a la puerta por donde entra Carlitos para salir, minutos más tarde, con una escudilla en cuyo fondo yacen los restos de un litro de leche. La coloca en la acera y cierra la puerta. Otea desde la ventana, pero Tingo nota, receloso, la cabeza, y no se acerca a menos de seis metros. Carlitos termina aburriéndose y se va adentro. Media hora más tarde, descubre la escudilla vacía y los ojos agradecidos del perro desde la esquina. Dos días duró esa relación de enamorados lejanos, conciliados por una escudilla de leche. La distancia se fue acortando escudilla a escudilla, en la medida que se resignaban las dudas de Carlitos sobre la autenticidad racial de Tingo, y se disolvía en leche la desconfianza del perro. A la altura de la cuarta escudilla. Tingo permitió que Carlitos le pasara la mano y entró en la casa persiguiendo sus talones, asestándole inocentes zarpazos en tono de espérate espérate, repite Carlitos a su madre que lo llama ahora. Da los machucones finales a la camisa, desconecta la plancha y se sienta a comer, no con muchas ganas, porque teme llegar tarde. Adita Martínez, la niña más codiciada de 9º A, lo espera a las seis y media en la Fuente Luminosa, y lo último de lo último sería llegar tarde después de haber ensayado, durante casi dos meses, torpes invitaciones y tímidos halagos; más complejos que una escudilla de leche a la puerta de la casa. Casi dos meses inventando ante el espejo poses cautivantes, y preparando al acostarse discursos ingeniosos, amorosos, sabrosos y todo, menos empalagosos. Discursos que seducirían a Adita Martínez y le demostrarían que Carlitos es, efectivamente, el hombre de su vida. Discursos que más tarde serían abrumados, embrollados, reducidos a chorritos entrecortados de palabras; porque los ojos verdes de Adita tienen la propiedad de transmutar el torrente verbal de Carlitos en arroyos intermitentes de verano. Hoy no, hoy sí que no ─piensa y engulle sin pausas una cucharada tras otra (te vas a atragantar, muchacho), para no llegar tarde─. Corre a ponerse la camisa. Cierra el escaparate confinando a la oscuridad el bozal, confinando al Tingo que el bozal no ha olvidado, confinando sus recuerdos, y sale disparado. Chao, mima. Corre hasta la esquina, dobla la calle Reparto hacia Ulloa y desemboca por la calle Santa Rosa a la Avenida 26, que lo depositará, sano y salvo, cuatro minutos más tarde, en los ojos de Adita. Aunque no se da cuenta, porque ya son sus pies y no él quienes escogen el camino jalonado por la costumbre, es la misma ruta que tantas veces siguió con Tingo camino a la Ciudad Deportiva, aunque el trayecto de Tingo fuera una serie deshilvanada de meandros, lazos de pisadas anudándose y desanudándose a las piernas de Carlitos, como después perseguían juntos los flais en el campo corto, los roletazos y toques de bola, los batazos largos se va se va se fueeeee, por el center fil, y así llegaban bien cansados, sobre todo Tingo que, ignorante de las más elementales reglas del béibol, corría tras los jugadores, tras la pelota, tras el viento, tras las mariposas, tras sus visiones que a veces no tenían ni hilación con la realidad, ni con nada. Ese perro está loco, tú. Míralo. No te lo pierdas. Oye, Carlitos, mándalo a un sicólogo para perros. Seguro está enfermo de los nervios. Esa es la vieja tuya, que lo tiene quimbao. Porque Amanda detestaba a los perros y sólo le había consentido a Tingo con la condición de que no ensuciara (meara, cagara u otra conjugación), porque a mí nadie me considera, y además de aguantarles el reguero, con lo manganzones que están, el colmo es que venga un perro. Pero Carlitos no practicó la educación integral de Tingo. Le dejaba correr enloquecido, aunque a veces le echara a perder el juego, como cuando atrapó la pelota primero que él y mientras lo capturaban, les entraron tres carreras. Ganas me dan de tirar la pelota a jon con perro y todo. Pero era imposible convencerlo de que jugara banco. Cierta vez lo confinaron entre dos cajas vacías, pero los aullidos resultaron menos soportables que sus correteos por el campo corto. En el segundo ining tuvieron que soltarlo. Y en la casa sus meadas y otros embarres aparecían detrás del sofá, bajo la cama, al fondo de la cocina. Algunos destrozos de chancletas viejas fueron sobreseídos, no así los memorables zapatos nuevos de Amanda, que Tingo redujo a poco menos que huaraches pasándose por los dientes cada centímetro cuadrado de piel. Desde ese día, el odio teórico de Amanda se convirtió en lucha de contrarios sin unidad, contradicción antagónica insoluble por la vía pacífica. Desde aquel día Amanda advirtió: llévate el perro de la casa, porque si no, el día menos pensado. Y ese día fue la mañana siguiente de aquel otro cuando Tingo derribó de la mesita el búcaro favorito de la abuela; y apenas pudo escapar a la lluvia de insultos y escobazos, aprovechando la puerta entreabierta y un alto al fuego decretado por el cansancio de Amanda. A su regreso, Carlitos lo halló empapado, tiritando de aguacero y miedo, en la acera de enfrente. Amanda le advirtió que si no lo botaba sería peor, pero Carlitos no podía suponer. Ni siquiera le extrañó que a la mañana siguiente Amanda le dijera: Vete, vete corriendo, que vas a llegar tarde; yo le doy a Tingo la comida. A las diez de la mañana, la vaga inquietud tomó cuerpo de premonición, aún imprecisa, y Carlitos abandonó la escuela con un pretexto irrecordable, caminó de prisa las seis o siete cuadras hasta Tingo, echado a la puerta de su casa. Había algo inquietante en la posición del perro, yaciendo de flanco sobre la acera; en el hilo de saliva amarillenta que se descolgaba del hocico y ya había labrado un cauce que desembocaba en la calle. Carlitos se acercó con lentitud. Apoyó la carpeta contra la pared y empezó a pasarle la mano a Tingo por el lomo. Pero el perro no pareció reconocerlo. Abrió los ojos y lo miró con una pupila vidriosa donde pelotas, visiones y mariposas se habían apagado. Carlitos insistió en llamarlo, en acariciarle el lomo con tantos recuerdos compartidos, más que con las manos; pero Tingo le gruñó, por primera vez en tanto tiempo, por última vez en tan poco tiempo. Movió con trabajo el hocico y lanzó hacia la mano de Carlitos una dentellada desfalleciente que se quedó a mitad de camino. El retiró la mano y lo vio levantarse, temblando como de frío, aunque junio derretía el asfalto de las calles. Tingo echó a andar a trompicones, y en la esquina se detuvo convulsionado por un vómito verdoso que hizo saltar unas lágrimas sin lágrimas de sus ojos. La mano de Carlitos intentó una nueva caricia, pero el mordisco del perro le advirtió que ya Tingo no era Tingo, que los puentes habían sido levantados, que ahora el perro y él quedaban en dos orillas opuestas. Lo siguió calle abajo, viéndolo tropezar y tambalearse, viéndolo caer de vez en vez, acezante, cruzar a ciegas la Avenida de Puentes Grandes y salvar su lenta agonía entre chirridos de frenos y maldiciones de choferes. Las últimas cuadras de ese camino hacia la nada, el mismo que lo conduce hoy hacia los labios de Adita Martínez, la niña más codiciada de 9º A, las hizo Tingo entre chorros de saliva, vómitos y saltos torpes, porque la rigidez ya había hecho presa de sus patas delanteras. En la rotonda intentó bajar a la calle, pero sus patas lo engañaron y se desplomó al pie de la acera, con las mandíbulas contraídas, los ojos desorbitados como si intentara obtener a través de ellos no pelotas, ni visiones, ni mariposas, sino el aire elemental que los músculos petrificados le negaban. Al final, las contracciones lo hicieron saltar de un lado a otro como un pelele; los ojos giraron enloquecidos en las órbitas para detenerse, desmesurados, en una nube que debía estar muy muy lejos, porque esa mañana el cielo mostraba un azul sin accidentes, desleído por el Sol. Carlitos se sentó en el contén y dejó que sus lágrimas rodaran en silencio. Ni sollozos, ni espasmos que precavieran a los transeúntes. Durante media hora fue un niño descubriendo la muerte frente a un perro que no regresaría para explicársela. No tuvo valor para recoger el cadáver. Lo dejó allí mismo, en el sitio que Tingo había escogido; en el sitio que había escogido a Tingo para incorporar su muerte a los anales del asfalto. Durante los días subsiguientes evitó pasar por el lugar, y cuando volvió a verlo, ya el perro no era más que una calcomanía borrosa de la muerte, estampada por las ruedas de alguna rastra. Ya sus huesos, su piel, sus vísceras desecadas por el sol, se habían integrado al paisaje, como una naturaleza muerta (técnica mixta) ocupando un discreto rincón en el lienzo de asfalto.

(el paraíso cobrado)

Durante meses, Carlitos evitó caminar sobre el recuerdo de Tingo, sobre sus restos tatuados en la calle. Aún hoy, cuando ve a Adita esperándolo al pie de la fuente, sus pies eluden el lugar, encuentran otro cauce para alcanzar los ojos verdes, más húmedos que el chorro de la fuente, tan húmedos quizás como las mismas esperanzas de Carlitos. El discurso inaugural se reduce a una sonrisa y ¿quieres tomar helado? Rondan la fuente, se salpican, ella da un saltico hacia él como para no mojarse, como para salpicarlo con sus ojos, pero él no se da cuenta. Ella sí. Sabe que el salto fue mitad hidrofobia, mitad sabiduría no aprendida, ni premeditada; una sabiduría adquirida, quizás, en el código genético. Por eso es ella la que se sonroja. Sortean el tráfico y caminan junto a la verja de la Ciudad Deportiva. Ella desliza las manos por el alambre y de vez en vez se sacude de los dedos el polvillo de óxido. Él trata de alcanzar la eficiencia oratoria que ha venido preparando bajo la acuciosa mirada del Carlitos que habita en el espejo, el Carlitos que a esta hora se debe estar riendo como loco. Hay tramos de silencio, tramos de Matemática, Física, Español, tramos de playa, de fiestas, de canciones, amigos, bailes, revistas, mi familia y la tuya; hasta que llegan a la Ward. Naranja‑piña, mantecado, rizado de chocolate y cola. A ella no le gusta mucho, pero, bueno, está bien, si tú quieres. Un jimaguas. Y la naranja‑piña se reduce a un paladeo frutal y lejano, más que a la introducción para: Piña, naranja, y tú que pareces una fruta madura, ¿a qué sabes?, a todas las frutas juntas o mejor quizás, así debe saber una muchacha como tú, y ella sonrojada, tú eres tremendo, Carlitos, tú sí eres tremenda, y con lo que me gustan a mí las frutas, sobre todo las frutas que saben a todas las frutas y… Pero eso es lo que le dirá varias horas más tarde el Carlitos del espejo. No lo que fue, sino lo que pudo y no fue. Y ahora, a la salida de la Ward: ¿Quieres ir hasta el parque? ¿Cuál? El del pescado. ¿Tan lejos? No es tanto, chica. Mira: yo tengo que llegar temprano. Rápido. Rápido. Está bien, pero… Y caminan sobre las salpicaduras de luz y sombra, bajo los árboles que se interponen entre ellos y el cielo. Escogen el penúltimo banco, junto a la pequeña celda, de cara a los yerbazales indomados que se yerguen, más allá de la cerca, altaneros frente al césped domesticado. Tres minutos de conversación más tarde, Carlitos agota los temas que no le interesa tratar, y su lengua se niega a fabricar las palabras que sí quisiera decir, las palabras que Adita espera sin atreverse a provocarlas, y sin saber cómo. Carlitos se caga cien mil veces en Carlitos y, entre desesperado y náufrago en el océano de su incertidumbre, toma bruscamente la mano derecha de Adita entre las suyas y la aprieta fuerte, como para evitar su huida. Cierra los ojos, y se da cuenta de que ésto, más que una caricia, es una agresión. Entonces, con los ojos todavía cerrados, afloja lentamente la presión. Teme que ella diga algo, teme que la mano se le escape, como un pescado neurótico del chinchorro, como un sinsonte de la trampa, teme. Pero, aun liberada, la mano de Adita continúa allí y Carlitos siente que los dedos de ella se mueven, buscan el espacio entre los suyos, se trenzan. Cuando abre los ojos, ya las dos manos se han convertido en una mano de diez dedos, y los ojos de Adita están, más húmedos que nunca, muy fijos en los suyos. Caminan de regreso con las manos tomadas. Ensayan las caricias más torpes, las más inolvidables por eso mismo. Hablan de todo lo que saben y de lo que no saben, porque ya la lengua de Carlitos se ha recuperado de su parálisis momentánea, y defiende con fervor la música de Wamb, el heavy metal, los conciertos de rock del Ferretero, que él va a cada rato con su hermano; mientras Adita defiende con fervor a Roberto Carlos, las telenovelas y a José José. Qué va. Yo a ese José José sí que no lo resisto. Pues mira, que a mí sí… Pero ahora es distinto. Tú estás conmigo y en el Ferretero… ¿Qué? Que eso de oír a José José es una cheada y estando conmigo… Pues mira, fácil, yo soy una chea. Así que no estoy más contigo y ya. Y Adita echa a correr. Salta la calle hasta la fuente. Y de nuevo Carlitos se caga cien mil veces en Carlitos, pero ya está más entrenado y lo hace rápido, lo suficiente para alcanzarla casi de inmediato. Oye, chica, espérate. No seas boba. Sí. Soy boba por salir contigo y chea porque quiero. Oye, yo… Pero ella cruza casi sin mirar hasta la desembocadura de la Avenida 26. Justo antes de alcanzar la acera, Carlitos la retiene por un brazo. Mira, Adita, no seas boba. Suéltame. Si te suelto, te vas. ¿Y a tí que más te da, si yo soy una chea? Perdóname. No. Perdóname, chica. Oye a José José, y a Los Papines y a la orquesta sinfónica si tú quieres. Y a Roberto Carlos. También. ¿Y tú no decías que…? No. No importa. Yo te quiero así mismo (al fin me salió, coño). Entonces Carlitos la abraza, le toma el rostro y lo levanta hasta el suyo. Los labios de ella, cerrados, se unen por un momento a los de él, que trata de entreabrirlos como le dijo su hermano. Pero los de ella sólo se apoyan, contraídos. Y los senos pequeños titilan contra su pecho, y los muslos se apoyan en los muslos, y la piernas tiemblan, porque en ellas se refugian las precauciones que fueron desalojadas de la cabeza, el miedo que fue desahuciado del corazón. Y los pies de ambos, muy juntos, descansan sobre los restos de Tingo, que se diluyen en el asfalto, ahora que su recuerdo comienza a engrosar los neblinosos anales del olvido.





Idea (del libro Habanecer, 1992)

1 02 1990

Portada Habanecer 186

La camilla sorteó felizmente largos corredores, cardúmenes de pacientes e impacientes, enfermeras, cirujanos distraídos y la mirada aún transparente de un niño en el cunero.

La cabeza rapada del hombre descansa ahora sobre la mesa de operaciones y alguien se ocupa de pintarla con agua mentiolada. El estudiante aprovecha la acción plástica para revisar los antecedentes del caso: comenzó varios meses atrás con trastornos de conducta, pérdidas momentáneas de conciencia y cefalea.

Eso quiere decir, aunque no aparezca en la hoja clínica, que Efren Blanco fue, hasta un día más o menos bien determinado de hace cinco meses, un trabajador disciplinado, laborioso, indiferente, amante de las tradiciones heredables y codificadas por ello en su subconsciente desde la más tierna infancia. Efren Blanco  ha sido (hasta la aparición de los síntomas) un ejecutor. No un preguntante o un decididor. Lo suyo nunca fue dudar o decidir. Fue siempre un hombre bondadoso en la medida de sus posibilidades (pero sin extremarse); afectuoso con su familia y amigos (pero sin extremarse tampoco), y extremadamente respetuoso del orden jerárquico.

Desde aquel (im)preciso día en adelante, Efren Blanco comenzó a sufrir dolores de cabeza que, de inicio, fueron atribuidos al ruido de las máquinas, aunque llevaba treinta años escuchando, sin afecciones evidentes, el canto desacompasado de esas mismas máquinas. Efren apeló a la ingestión masiva de aspirinas; hasta que le ocurrió su primer desmayo. De éste se percataron inmediatamente, porque cayó al suelo sin soltar la palanca que regulaba la velocidad de la estera mecánica. El final de la línea se superpobló de cadenas. Días más tarde, antes que Efren Blanco acudiera al médico y, por supuesto, después que lo alejaron de la palanca, el hecho se repitió. En ese momento, ya Efren padecía fuertes trastornos de conducta que lo hacían punto menos que irreconocible, incluso para su familia: comenzó a otear alrededor con miradas inquisitivas de reciente adquisición. Comenzó a preguntar todo lo que ignoraba (y no era poco). Se transformó de oidor en opinante. Empezó, incluso, a tratar de entender a sus hijos, inescrutables hasta entonces como los planes técnico‑económicos. Y, lo que es peor, empezó a dudar de algunas tradiciones instaladas, de algunas órdenes que antes acataba, bovino y neutral, con expresión de cantón suizo. Se convirtió en un ejecutor imperfecto, contaminado de dudas y decisiones propias.

Ya su mal había avanzado hasta ese extremo cuando se iniciaron las exploraciones clínicas que ahora el estudiante, en su primera operación dentro de la especialidad, repasa para tener claros los procedimientos, por si acaso el profe le pregunta:

Primero fue la placa de cráneo que sólo arrojó algunas calcificaciones.

Después, el electroencefalograma descartó la epilepsia, y la arteriografía cerebral mostró un área muy vascularizada en la supuesta zona de la lesión.

Por último, aplicaron la resonancia magnética nuclear y la tomografía axial. Ambos procedimientos revelaron la existencia de un tumor asombrosamente esférico en la región parietal.

El estudiante trata de memorizar los pasos por orden de aparición, y observa el entubado, la anestesia general endotraqueal. Después, claro profe, el procedimiento casi carpinteril (la diferencia más palmaria es la asepsia) de hacer los trépanos con el taladro (Trépanos uno, dos… ¿Trépanos se acentúa?) y seccionar la tapa del cráneo. Ya el profe puede cortar la dura madre a tijera y bisturí, y el estudiante mira lo más posible para que no se le olvide. Entonces queda al descubierto la masa encefálica, ese esferoide cuya superficie, en los libros de texto, en los medios audiovisuales y en los muertos de aprender, allá en la escuela, siempre le ha parecido la foto aérea de un delta paranoico: poblada de circunvoluciones, esos cauces por donde corren las ideas. Pero ahora el estudiante se queda entre decepcionado y estupefacto, porque bajo la dura madre se revela una superficie convexa, gris, inmaculada como una pelota de goma maciza, sólo alterada por pálidas sombras de (quizás) circunvoluciones recién nacidas, como quintas copias al papel carbón.

No sólo el estudiante. El profe, el anestesista, los asistentes y enfermeras se miran perplejos —y esa perplejidad es más significativa porque ellos sí están aburridos de fisgonear el cerebro del prójimo—. A pesar de tanta perplejidad compartida, hay que seguir, porque, lisa o no la superficie, debajo está el tumor.

El transductor ultrasónico (¿transqué, profe?) los va guiando como perro de aguas entrenado para cazar tumores. El cirujano resecciona de modo segmentario (había otra resección, pero no me acuerdo. Ah, sí, la otra), con mucho cuidado para afectar lo menos posible al paciente, hasta una profundidad de tres centímetros, donde se pone al descubierto el tumor: una esferita azul, traslúcida, de quince milímetros de diámetro. El profe y su equipo vuelven a mirarse asombrados, porque tampoco han visto un tumor de aspecto tan inofensivo. Hasta el estudiante, que jamás se ha encontrado cara a cara con un tumor en persona, se da cuenta de que los tumores no pueden ser objetos tan seráficos. O reconsidera sus valoraciones previas, o reconsidera el tumor.

El estudiante ignora lo que el narrador sí conoce —a esto le llaman el dato escondido—: que hace cinco meses, durante una reunión en la fábrica, treinta años de intuiciones y silencio archivados en el subconsciente de Efren Blanco se pusieron de acuerdo, y una idea imprevisible nació en su cerebro. Una idea sutil como ciertas brisas de agosto, equilibrada como una pirámide, precisa como un láser, sencilla como un teorema de Pitágoras. Entonces, ante el estupor de la concurrencia,  se puso de pie y dejó fluir durante algunos minutos las palabras reverdecidas que condensaban treinta años de ideas probables, de ideas nonatas, sepultadas bajo la pantanosa superficie de su indiferencia. Cuando los integrantes de la mesa presidencial salieron de su asombro, le prometieron estudiar su proposición.

Transcurrieron meses, prórrogas, dilaciones, detallados estudios, cuidadosas valoraciones, trámites a los que toda idea debe sumisión y respeto, sin una respuesta a la (sorpresiva, subversiva, intempestiva) idea. Durante ese tiempo, los trastornos en la personalidad de Efren Blanco se fueron acentuando. Entonces le recomendaron reposo y un chequeo que acaba de concluir ahora, sobre la mesa de operaciones, cuando el profe, con la punta del bisturí, roza la idea, y la idea se desprende, se eleva, antigravitacional y azul. Liberada de esa claustrofobia que hace peligrosísima cualquier idea enconada, comienza a flotar por el salón. (En casos extremos, llegan a convertirse en ideas malignas y hacen metástasis de consecuencias casi siempre fatales).

Aunque ignora de qué se trata, el estudiante persigue a saltos a la idea por todo el salón. Pero es inútil, porque las ideas tienden a la altura y no padecen de vértigo. Guiado por un instinto que hasta ese momento ignoraba, el estudiante le habla con cariño, trata de convencerla para que baje. Y la idea se deja conmover, desciende y se posa en la mano del estudiante, quien le acaricia la superficie con la yema del dedo índice.

El profe decide dar por concluida la operación y analizar esa cosa más tarde, pero la idea percibe la intención de reducirla a trofeo de laboratorio y se desprende de la mano, roza con un gesto amistoso la mejilla del estudiante y, gracias a su impunidad de idea, atraviesa el cristal de la ventana. Él la ve alejarse volando en dirección a la ciudad y la despide con un movimiento levísimo de la mano.

Absorto en su despedida, el estudiante se pierde el final de la historia, cuando el profe concluye su labor de alta costura, convencido de que la operación ha sido un éxito, que no habrá recaídas ni secuelas.





Radiografía de un salto (del libro Habanecer, 1992)

1 02 1990

Portada Habanecer 186

La última puerta de la 79 se abre con un resoplido y tú saltas, tropiezas con alguien, disculpe, disculpe, y atraviesas corriendo la Avenida 1ª, después de echar un vistazo preventivo a derecha e izquierda. Desde el momento que alcanzaste la guagua a una cuadra de la parada, desde el momento que te enganchaste al racimo de hombres colgados, supiste que sólo tenías dos posibilidades: que todos los relojes del mundo sufrieran una parálisis momentánea, o correr. Como ignoras que la primera variante es, si no probable, al menos, posible, optaste por la segunda. Mientras vuelas por el separador central de 5ª Avenida, mientras tu camisa a cuadritos, tu pantalón de caqui y tus botas van dejando atrás, como Ben Johnson a tu abuela paterna, a los corredores miramarenses y mañaneros, a los shorts Adidas, las zapatillas Mizuno y las bandas elásticas Ralley alrededor de las ideas, perdón, de las frentes, tu pelo, desmayado casi de tan lacio, va pegando saltos, aleteando en lo alto, ni que eso ayudara a cruzar la cerca peerles a las ocho en punto, a introducir la tarjeta en la ranura justo dos segundos antes que el reloj de ese temible salto hacia las ocho y un minuto. Coñó. Resuellas. Por poco. Si no corro . Y recuerdas, en un pase instantáneo de la memoria, la 79 que se te escapó justo llegando a la parada, y la otra (por fin); el olor a pasteles frescos dos minutos y medio más tarde, qué hambre, apúrate guagüita, y el cartel de CUBALSE (Cuba al Servicio del Extranjero), ─¿cuándo crearán CUBALSEC: Cuba al Servicio de los Cubanos?─ medio minuto antes de doblar a la izquierda, tres minutos antes de que el árbitro de la puntualidad disparara tus doscientos metros planos contra la raya roja que pendía sobre tu cabeza. Si no fuera porque la vieja se antojó a esa hora de que le cargara cuatro latas de agua, figúrate, mamá, se me hace tarde; cuando venga, mamá, cuando venga. ¿Y me quedo seca todo el día? Tú eres un desconsiderado. Está bien. Está bien. No se me puede olvidar más. Cuando llegue, sin cambiarme de ropa ni nada, le lleno el bidón de lavar y el de la cocina y ya. ¿Contenta, vieja? Sí, mijito, yo siempre se lo digo a Candita, que tú eres más considerado conmigo . De todas maneras, a esa hora de la tarde la cola para las duchas es del carajo, así que cargando el agua hago tiempo. Con la práctica que tengo en la cargadera de agua, eso es rápido. ¿Desde séptimo, no? Creo que sí. Once o doce años tendrías cuando el viejo te llamó con su voz de bajo: Desde hoy el asunto del agua es cosa tuya, que ya estás bien hombre para ayudar ─con la misma solemnidad que si te armara caballero─. Al principio te sentiste orgulloso de ser tan hombre ya, pero después . Mira que me jodía aquello; porque cuando el piquete salía corriendo de la secundaria para casa de Chuchito a oír la grabadora, o a coger la FM, que su padre había puesto en la azotea una antena de esas que parecen una araña pelúa, y la Super Q, la WGBS, se oían super; yo tenía que ir a cargar la cabrona agua. Sin chivichana ni nada, que de todas maneras, uno dejaba cuatro latas llenas allá abajo, y mientras subía las primeras, se las robaban con latas y todo. Una a una. O dos. Aunque había días que yo no podía con dos, y otros días, ni con mi alma. Lo mismo en el pre, cuando a Chuchito le trajeron el vídeo y todas las películas aquellas de kung‑fu y carros y jevas encueras, y todos se iban en molote para allá, mientras el bobo se quedaba cargando agua. Menos mal que a Xiomara la dejaban salir por la noche, que si no, me bota por aguador. Y cuando no era el agua eran los mandados, y cuando no . Siempre había una jodedera diferente. O la misma, pero todos los días.

Caminas hacia el traspatio, abres la puerta de la caseta, te cambias de ropa y sacas las herramientas. Después que pasó lo que pasó, tío Román me decía: ¿Tu padre no estará tan encabronado porque ahora tiene que cargar el agua? Pero no era por eso.

Sales. Cierras la caseta con candado y caminas hacia el frente, carretilla por delante, bordeando el edificio del museo. Pasas al lado de la estatua en mármol blanco de una muchacha, quién sabe si vistiéndose o desnudándose, mientras el gato de mármol blanco se lude contra sus piernas, y los saludas. Buen día, Xiomara. Buen día, Blanquita. Porque estás seguro de que es gata, aunque el escultor no se ocupó de esas minucias, y más seguro aún de que la muchacha tiene las mismas corvas que Xiomara. Conduces la carretilla por el caminito, subes el contén y te detienes al pie del flamboyán, ¿te acuerdas? Como al segundo día por poco me caigo de allá arriba. Casi nadie se podía trepar al copito, pero yo pesaba ciento veinte libras. Y como había menos peste, menos empuja empuja, y menos posibilidades de tropezarse con Frank, con Guillermo El Abacuá, con Aníbal El Gallego, con Pedro El Gordo; aunque conmigo casi nunca se metieron. Un muchachito sin comida, sin buena ropa, sin dinero. Echate pallá, comemierda. Tampoco les salí con boconerías, que por eso llevaron a tres o cuatro para allá atrás, donde nadie se metiera, y después los dejaban tirados, hechos un ripio. Yo lo vi. Sin moverme del nido. Hasta aprendí a orinar pegado al tronco, despacito, y que el orine resbalara por la corteza sin caerle a nadie arriba, que entonces sí me hubiera metido en una candela. Bueno, depende, porque había sus infelices que ya no protestaban por nada, como si la única manera de sobrevivir fuera quedarse callados. Injertados. Depende de lo que uno quiera injertar, y del tronco. Hay palos que no sirven y hay plantas que no aguantan. Depende del clima también. Guillermo y El Gallego estaban en su elemento. Pero dos o tres familias que hicieron campamento para aquella punta de la cerca, vivían, dormían, soñaban con pánico. Yo tampoco serví para injerto aquella vez.

Tus ojos descienden por el tronco sin salpicar a nadie. Qué bien ha crecido la malanga ésta. Y rápido. Mejor hago los trasplantes por la tarde, que esa es la hora buena, como decía Prieto, aquel negro viejo que hablaba con las azucenas y los gladiolos cuando nadie lo oía, el que te enseñó cuanto podía ser enseñado de todo lo que sabía, a dos leguas de la finca de tu abuelo. Mejor los colores para jardín que las plantas aromáticas, muchacho. Esas hay que sembrarlas donde alguien las huela. La jardinería no es obra de desperdicio, y las plantas de olor hasta se molestan cuando ven el despilfarro. Se les enquista el perfume y se mustian. Fíjate, para preparar esquejes o hacer trasplantes, lo más importante es el cuido, muchacho, el buen trato. No te das cuenta hasta después de muchos años, pero las plantas son suceptibles como mujeres preñadas. Si uno las cariñea un poco, se dan que es una maravilla, pero si no . Y cuando miras hacia las rocas en desorden que se amontonan más allá del camino, decides que el viejo tenía razón, porque los jardines a la inglesa son demasiado tiesos. Eso es para llanuras bien organizaditas y casas cuadradas con columnas medio clásicas de esas y paredes viejísimas de bloques sin pintar. Esos jardines se parecen a un plan de trabajo, ¿verdad, viejo? Y el viejo asiente en tu imaginación, con el sombrero ladeado y la frente, que el sol ha dividido en dos tonos de carmelita oscuro, al descubierto. A la italiana o a la francesa tampoco, que ahí hasta las plantas se ven como plásticas. Nada más que sirven para pasear mujeres de películas, tan lindas que parecen de mentira; medio amanerados que son los jardines esos. Ahí en el pedregal lo mejor es un jardín oriental, ¿verdad, viejo? Un jardín medio misterioso con parterres, setos vivos, terrazas aprovechando los desniveles, macizos y arriates que aparezcan así, como de casualidad, y las piedras saliendo del césped japonés, con lenguas de vaca y magueyes en las más grandes. Sonríes mirando la escalera flanqueada de setos vivos, un sauce llorón por allá, unos bancos de piedra y un arroyito. Pero despiertas, porque, ¿de dónde voy a sacar agua para un arroyito? Si por aquí hubiera agua, no habría pasado tanta sed, que fueron una vaso de agua o dos al día. Como la acaparaban los mandantes, figúrate. Y a veces era por no bajar, que si me movía, enseguida me volaban el puesto.

Mejor me pongo a trabajar, en vez de estar mirando el jardín en mi cabeza. Las arecas las dejo para más tarde. Mejor tuso bajito el seto, que con las lluvias ésto revienta a crecer de un día para otro. Comienzas a podar bien parejo, en dirección a la calle, y cuando te agarras a la cerca que separa el césped de la acera, para virar en redondo, es como si todos los recuerdos hubieran quedado guardados en la memoria del alambre, porque, con la nitidez del Hotel Tritón emergiendo entre los árboles, aparece aquella tarde de 1980 cuando, a la salida del pre, Chuchito, Vázquez y Adriano le soltaron sin prólogo:

─Te estábamos esperando para ir a ver el show ese que han montado en la embajada.

─¿Qué show?

─¿Tú no lees periódicos? El de la embajada del Perú, viejo. Fidel quitó los policías y se está metiendo un montón de gente.

─No puedo, tengo que cargar .

─No jodas con el agua, que lo de la embajada no tiene segunda tanda. Después le haces un cuento a la vieja. Nosotros vamos contigo, vaya.

Llegaron a 5ª y 72 a media tarde. Nadie tuvo que indicarles. Desde lejos te diste cuenta: una guagua vacía en la esquina, autos abandonados, grupos del más diverso pelaje con mochilas, maletines y jabas caminando 5ª arriba. El tráfico casi paralizado por la aglomeración de curiosos y aspirantes a la peruanización. Y la bulla. Al otro lado de la verja, cientos de manos invitando, entren, entren, gritos, maldiciones, risas, cantos. Y los de afuera: Váyanse. Más queda para los que quedamos. Y los de adentro: Comunistas. Comunistas. Y los de afuera: Comemierdas. Comemierdas. Una gorda con una carterita minúscula quería entrar pero no podía treparse a la cerca. La halaban desde adentro, pero la gorda se caía. Entonces los de adentro y los de afuera hicieron un convenio de ayuda mutua, gorda mediante, y los de afuera metieron el hombro bajo las nalgas de la gorda y a la una, a las dos y a las tres. Ya está arriba. Cuando cayó del otro lado, por poco se lleva la cerca y a dos hombres del encontronazo. Entonces la gorda se viró: Abajo el comunismo. Y desde afuera: No sea malagradecida, que los comunistas hasta la ayudaron a irse del comunismo. Una Halley‑Davison de mil c.c. frenó en seco a tu lado, el chofer se bajó, apagó la moto, extrajo la llave y te la puso en la mano: Coge, te la regalo. Allá me voy a comprar una Honda. Volvió la espalda y se zambuyó en la embajada de un salto, entre dos manos levantadas que sostenían carnés rojos ardiendo. Y tú parado en la acera, estupefacto. Oye, deja eso, que te vas a buscar un barretín. Fue en ese momento cuando te diste cuenta que la llave seguía en tu mano, y la soltaste como si te hubiera picado. Pero más te picó la proposición de Adriano:

─¿Nos metemos?

─¿Tú estás loco?

─¿Loco por qué? ¿No me digas que tú no quieres ver el mundo y comprar tu pacotilla y ?

─Deja eso.

─Ni que fuera tan fácil

─¿Tan fácil qué?

─Eso.

─¿Tú no has leído en el periódico ?

─No jodas. Si es por el periódico, allá todo el mundo pasa hambre, y después vienen como mi tía: cargados de pacotilla hasta aquí.

─Yo me quedo.

─¿Y tú ?

¿Y yo? ¿Y yo? ¿Y yo? ¿Y yo? ¿Y yo? ¿Y yo? ¿Y yo? Nunca podrás precisar todo lo que pensaste en aquel momento, mientras caminabas entre Adrián y Vázquez y mi mamá y Xiomara y las latas de agua por la tarde y la voz de mi papá y el pantalón de salir se me rompió y vamos a hacerle un zurcidito invisible porque no hay otro y los labios pulposos de Xiomara en la penumbra del Payret y la guagua de bote en bote para Santa María los domingos y la grupa de Xiomara y la cinturita de Xiomara y las manos veloces de Xiomara y el sexo apretado y caliente de Xiomara y el olor a sudor de Xiomara en una posada y mi mamá huevos fritos otra vez huevos fritos y gracias que no hay otra cosa y la maleta abierta en casa de Vázquez y pulóvers Pierre Balmain y jeans Levis y Pumas y Pierre Cardin y Chemise Lacoste y Lois y Lee y la grabadora It’s a Sony Stereo Sound y las reuniones del comité de base de la UJC y los informes de balance y las escuelas al campo y las clases y las clases y las clases, mientras cruzas la calle entre Adrián y Vázquez, y la cola para el baño y la cola para la cafetería y la cola para la bodega y la cola para el agua y la cola para la guagua y la cola para el cine y la cola para la posada y la cola para la cola de la cola y el imperialismo y el bloqueo y los principios y la moral y el diversionismo ideológico y la melena esa que tú tienes y la penetración y los pantaloncitos apretados y las desviaciones y la música americana y la CIA y el Pentágono y los apátridas y los gusanos y Cuba sí yanquis no y yanquis go home y pin pon fuera abajo gusanera y patriaomuertevenceremos y pioneros por el comunismo seremos como el Che y no hay no hay no hay no hay no hay y prohibido entrar en short y prohibido entrar en mangas cortas y prohibido pisar el césped y prohibido jugar en la calle y prohibido entrar peludo y prohibido entrar si no es empleado y prohibido entrar y prohibido salir y prohibido prohibir prohibir y mi papá queyonotecoja queyonomeentere y las películas de Bruce Lee y los videos de Michael Jackson y los casetes y los pulóvers y los pitusas y los videos, mientras permaneces como una estatua al pie de la cerca sin escuchar los gritos a tu alrededor, de un lado y otro, arriba y abajo, y la Playboy aquella y la crisis del capitalismo y la inflación y la devaluación del dólar y los carros y las casas y las películas y los rascacielos de New York y las mujeres encueras y Xiomara y el vicio y la corrupción y la delincuencia y la marihuana y mi mamá y el rock probibido queyonotecoja el agua los videos la cola la juventud los pitusas Playboy las clases las reuniones patriaomuertevenceremos el pantalón se me rompió el diversionismo los huevos fritos la crisis Xiomara las guaguas It’s a Sony la corrupción, mientras Vázquez y Adriano te tienden las manos desde arriba:

─Salta, coño, salta.

Y tú saltas.

Y te ves en el aire, sobre la frontera de la cerca, como si no hubiera sucedido en la realidad real, sino en un video que viste alguna vez en casa de Chuchito.

Continúas podando cuesta arriba, pero el alambre de la cerca ha inoculado en tí aquella tarde cuando dos tipos de catadura nada dudosa les dieron la bienvenida al Mundo Libre (así mismo dijeron, aunque aquello parecía el Mundo Preso) y Vázquez, Adriano y tú (Chuchito los mirada desde afuera) encontraron un trocito minúsculo de hierba pisoteada donde sentarse a hacer planes, los tres mosqueteros, uno para todos y todos para uno, aquí, allá y donde sea, tú verás que cuando estemos allá, tú verás que, pero esa misma noche vino el padre de Vázquez y lo miró y no dijo nada y Vázquez se levantó y sin despedirse saltó la cerca para saltar la otra cerca un mes y medio más tarde, cuando un yate vino por el Mariel en busca de toda su familia. Quedamos nosotros, dijo Adriano; no nos podemos rajar. Y aquella noche durmieron acurrucados con el espacio indispensable para apoyar las espaldas en la cerca. Tú verás cuando lleguemos allá. Tú verás.

Al día siguiente, muy temprano, apareció tu padre. Si no sales de ahí, te voy a matar. Pero tú sabías que no. Si saltabas de regreso . No te vayas a rajar como Vázquez. Si saltabas. No te vayas a rajar, coño. Oiga, deje al muchacho tranquilo, que ya tiene edad para decidir. Cállese usted y no se meta. Sale. No salgas. Sale, quesinotevoya. Ya estás adentro. No te vayas a rajar. Sale. Pero si salgo, si salgo me mata. No. A pesar de que su padre estuvo parado frente a la cerca casi veinticuatro horas. A pesar de que no bebió ni comió durante veinticuatro horas. A pesar de que su padre lo estuvo mirando durante veinticuatro horas. NO (a pesar de).

Cuando se fue, respiraste aliviado, como quien ha estado esperando en un hospital de campaña que le amputen una pierna. Despiertas de la anestesia, y la ves yaciendo, como un objeto extraño, sobre un trozo de tela blanca. Todavía no sentías dolor, ni picazón entre los dedos fantasmas del pie. O del alma, porque te habías amputado un padre.

De los días siguientes sólo recuerdas el hambre y, sobre todo, la sed que precedió a la noche, la sed que no te permitió dormir, y por eso lo viste todo desde tu nido, en la copa del flamboyán. Sucedió al pie del árbol, mientras Adriano dormía aferrado a su rama, mientras tu lengua se hinchaba en la boca como llena de arena. Al principio no te diste cuenta, pero después el ruido del forcejeo subió, mitigado por la distancia, y saliste del letargo, mitad sed mitad sueño, y los viste allá abajo, al pie del árbol: Uno de los hombres le aguantaba los brazos a la mujer y otro le mantenía abiertas las piernas. A pesar del hombre que la oprimía contra el suelo y se movía y se movía, ella, con la ropa hecha jirones, levantaba la cabeza para mirar a un tipo medio calvo que lloraba con cara de infeliz (hasta lástima daba) y se le empañaban las gafas con el lloriqueo. Lo tenían arrodillado, con una cuchilla apoyada en el cuello, y le tiraban de los pelos (levanta la cabeza, coño) para que mirara para que mirara. Y ella, con ojos como de loca o de fiera, miraba llorar a su marido y le decía maricón maricón ─sin gritar─. Entonces, el que estaba arriba de ella (y se movía y se movía) le dijo cállate, puta, cállate. Y de un puñetazo la dejó medio desmadejada sobre la hierba; pero enseguida ella se repuso y se quedó mirando fijamente hacia el copito del érbol, como si con ella no fuera. Te miró con los ojos ausentes, te miró, con los ojos vidriosos desde muy muy lejos, te miró. Y era Xiomara. Tú la viste, pero ella no te estaba mirando. Aunque sabías que no era, pero era. Sus ojos te atravesaban para perderse en algún sitio. Entonces cerraste los tuyos y esperaste durante horas a que el silencio fuera casi perfecto. Cuando volviste a abrirlos, ya ellos no estaban. Te deslizaste por las ramas, alcanzaste el tronco y fuiste resbalando hacia abajo con mucho cuidado, no fueras a pisar a alguien y se despertara, y se rompiera aquel silencio tan extraño allí donde el silencio no existía. Caminaste sin hacer ruido sobre la yerba aplastada, sorteaste los cuerpos ovillados, recostados unos a otros, los cuerpos de cabezas colgantes, los ronquidos, las frases mutiladas, evadidas de los sueños. Buscaste un sitio de la cerca donde ellos no estuvieran, porque ya habían organizado guardias para evitar las deserciones, y para evitar las intromisiones también, porque ya somos demasiados. Y salté. Como nunca volveré a saltar en mi vida, ni aunque me prometan o me persigan. Salté. El tobillo derecho se me viró al caer, pero me levanté como si rebotara y corrí hasta tropezar con un policía.

─¿A dónde va?

─¿A dónde va? ¿Quiere agua? ¿Comida?

─No.

─¿Quiere ir al baño?

─No.

─¿A dónde va?

─A mi casa.

Regresas ahora con la podadora hasta la cerca y ves la figura estrafalaria del hombre que se levanta de un banco en el separador central, se estira, mueve los ojos en dirección al Sol y lo saluda con un gesto de viejos conocidos, se sacude la ropa y cruza la calle hacia tí. Qué tipo más raro.

El hombre se para frente a la tarja de la acera y lee en voz alta:

«Aquí murió valientemente el soldado Pedro Ortiz Cabrera, mientras custodiaba la embajada del Perú el día 1ro de abril de 1980, en cumplimiento de su deber».

El Pueblo de Cuba

Basta que te mire a los ojos para desactivar cualquier precaución, cualquier prejuicio:

─Joven, ¿podría regalarme una flor para mi solapa? Por favor ─y se indica el ojal. La desnudez de ese ojal es casi obscena.

─Un momento.

Regresas con una rosa roja a medio abrir. Le cortas el tronco, las hojas, pero no las espinas, porque a lo mejor se ofende, como a los hombres no .

─Los hombres también nos pinchamos, joven. Muchas gracias. ¿Usted es el jardinero?

─Sí.

─¿Conoce a Machado?

─¿Es jardinero?

─No. Antonio Machado. El poeta.

─Creo que en la escuela .

─Si usted es jardinero, no olvide:

Érase de un jardinero

 que hizo un jardín junto al mar

 y se metió a marinero.

 

 Estaba el jardín en flor

 y el jardinero se fue

 por esos mares de Dios.

─Y muchas gracias.

Dejándote a cambio una sonrisa de uso personal, intransferible, el hombre vuelve a su banco, donde en pocos momentos aparecerán, salidos de quién sabe dónde, decenas de niños que lo conocen desde siempre.

Retornas a la poda, pero los recuerdos no son tan dóciles como la hierba, y en la 132 que tomaste a la salida de la embajada, aquel hombre vuelve a levantarse, ahuyentado por la peste que traes de allá adentro, impregnada hasta en tus pesadillas. Antes de entrar, esperas en el parque de la esquina a que tu padre salga hacia el taller. Ay mijito, yo pensé que no te volvía a ver, lo recibió su madre. ¿Tienes hambre? ¿Quieres café? ¿Te preparo un baño? Vuelves a disfrutar el agua tibia, el desayuno caliente, la sábana con olor a hervidura que hizo crujir tus sueños durante varias horas, lo que duró el sentirte, por primera y única vez, huésped de honor en tu casa; soñarte recién llegado de la alfabetización, por ejemplo, del Escambray, de Girón, de la Sierra, por ejemplo, con el tufo a sudor y cansancio y mugre de los héroes. Pero te duraron poco los sueños. El rumor ascendente y los gritos te despertaron:

─Que se vaya que se vaya ─te sacó del letargo─, que se vaya la escoria ─despegó tus párpados precintados de legañas y sueño viejo, de noches arbóreas y sed y hambre─, que se vaya que se vaya que se vaya ─un estallido frente a la puerta del cuarto. Te arrodillaste de un salto en la cama, desglosaste tu sueño de los gritos y tropezaste con los ojos tristísimos de tu madre, sentada en el butacón recostado contra la puerta, contra los golpes contra la puerta, contra los gritos─, que se vaya que se vaya la escoria que se vaya ─y no empezaste a entender hasta que viste al Piti, el flaco del cuarto seis que compartía contigo masarreales, pitenes de pelota y abracados por bolas más o menos después de un manigüiti, trepado a la reja de la ventana─ que se vaya la escoria que se vaya ─y aunque lo viste flexionar hacia atrás el brazo, no previste el huevo que vino a estrellarse contra tu hombro derecho, dejándote anonadado, lo suficiente para que el Piti flexionara de nuevo el brazo, pero no tanto como para impedirte saltar y cerrar la ventana, justo en el momento que el huevo salía despedido, para estrellarse contra la jamba y salpicarle la cara al flaco, jódete cabrón—, que se vaya la escoria que se vaya —y los golpes y tu madre llorando en el butacón contra la puerta, contra los golpes, ay mijito, perdóname, es que estoy muy nerviosa—, que se vaya la escoria que se va —grito silenciado de cuajo, como si lo cortaran con un hacha. Murmullos y sonido de pies que se alejan, de suelas contra las baldosas y un clic de llave en la cerradura, pero no puede abrir la puerta, porque está atrancada por dentro, y se escuchan tres golpes secos.

—Abre, vieja. Soy yo.

Cuando tu madre abre, descubres que las dos hojas de la puerta están garabateadas de tiza (que se vaya la escoria que se vaya), y descubres a tu padre en medio de los insultos —pierna que regresara sola, saltando calles, escaleras y pasillos, después de la amputación.

—¿Usted qué hace aquí?

—Viejo, por favor.

—Usted se calla. Y usted . Para mí es como si ya se hubiera ido. Cuando regrese, no quiero verlo. Ya yo no tengo hijo.

Y te detienes antes de volver a la poda en sentido contrario, como te detuviste aquella noche, el puño alzado e indeciso, frente a la puerta de tío Román. Como te detuviste frente a la sonrisa inmóvil, congelada, de Chuchito, de Mayda, de Luly, cuando apareciste en el pre dos días más tarde; frente a la mirada inmóvil de Xiomara.

—Qué ganas de verte, mi amor, tú no sabes. ¿Qué te pasa? Respóndeme.

Pero Xiomara ya no era Xiomara:

—¿A quién? Escucho voces pero no sé de dónde.

Xiomara te miró con los ojos ausentes, te miró, con los ojos vidriosos desde muy muy lejos, te miró. Sus ojos te atravesaban para ir a perderse en algún sitio.

—Escucho voces como de alguien que se fue —Xiomara caminando hacia la escalera— ¿A quién voy a responderle si no hay nadie? —caminando hacia la salida, entrando como un fantasma del pasado en el mediodía, disolviéndose en la luz como un fantasma que desapareció sin dejar huellas, sin acudir siquiera al mitin de esa tarde que se hizo noche. Aquella noche cuando vahaste sin rumbo por las calles, hasta el beril del día siguiente, cuando llegaste a casa de tío Román.

—¿Qué te pasó, muchacho? Habla. ¿Qué te pasó?

Pero te faltaban aún dos días de silencio descubriendo todas las grietas, desconchados y manchas de humedad en el cielo raso, antes de vestirte.

—Vengo dentro de dos horas, tía

Y caminaste hasta el comité militar:

—Mire, teniente, yo quiero presentarme de voluntario para pasar el servicio militar.

—¿No estudias?

—No. Quiero pasar

—Ya me lo dijiste. Dame tu carné militar. Nosotros te citaremos. Espera el telegrama.

Pero después del examen médico, que tuvo lugar dos días más tarde, esperaste casi un mes sin que el telegrama (Fue lo mejor que hiciste, mi sobrino) te sacara (Paciencia, eso a veces se demora) del letargo (No te preocupes por buscar trabajo, si de todas maneras ) como si cada día fuera una fotocopia del anterior (¿Por qué no te llegas por allá? A lo mejor el telegrama se extravió. Tú sabes). Y tú volviste al comité militar.

—¿Se acuerda de mí, teniente?

—Tu nombre es . Ya me acuerdo. Mira, no te voy a engañar. En el CDR nos contaron lo de la embajada. En esas circunstancias, no podemos admitirte. ¿Me copias?

Las fuerzas armadas

La defensa del país

No es que haya ninguna ley que lo prohíba

Pero yo no puedo no puedo no

¿Me copias?

—Olvídate de eso —te dijo tío Román—. En mi trabajo creo que hay una plaza de ayudante.

(Pero la comprobación del CDR).

—No te preocupes. En la empresa de Javier están dando unos cursos.

(Pero la comprobación del CDR).

—No te vuelvas loco. Espera. Dice María que por allá hay.

(Pero la comprobación del CDR).

Y al final:

—Hablé con tu padre. Está cerrero. Me da pena, pero no quiere que regresese ni hoy ni nunca. Y . Tú sabes que aquí vivimos muy estrechos, con las niñas y . ¿Por qué no te vas a lo de tu abuelo?

Por eso te fuiste a Cabaiguán, pero las yucas y los plátanos eran tan aburridos, y tu abuelo que te miraba con unos ojos transparentes de no ver. Y Prieto hablando con los gladiolos y las azucenas cuando creía que nadie lo miraba; pero tú velabas aquellas conversaciones a través de la cerca, hasta un día:

—¿Estás viendo lo que yo veo? —le preguntó el viejo Prieto a un lirio—, parece que hay un mira mira de Palmira escondido detrás de la cerca. Hombre que mira y no habla, como las flores. ¿Lo dejamos escondido o lo dejamos entrar? ¿Sí? ¿Tú crees? Bueno. Sale de ahí, muchacho, que el negro viejo ni muerde ni pica. Y las flores, menos. Ven acá. Mira a ver qué dice el crisantemo ese. A mí toda la vejez se me ha ido para las orejas. Ríete. Ríete. Aquí hace falta una risa de vez en cuando, que la risa sin dientes de los viejos parece mueca, y las flores se asustan. Ríete. Ríete.

Y el administrador del museo, que pasa en ese momento, le hace señas al chofer de la pipa: Se tostó. Míralo como se ríe solo. Porque con el viejo aprendiste a reír otra vez, con una risa más sabia, menos estridente, que no asustara a las flores; a reírte así, por el mero gusto.

Pero la risa se te acabó aquel día, cuando tu abuelo te esperaba en la talanquera de la finca: Tu padre, dijo.

Cuando llegaste a La Habana, ya tu padre no reconocía a nadie, pero te llamaba bajito, como si la voz no le pudiera salir entre los dientes apretados.

Cuarenta horas más tarde, en el cuartico, más lóbrego y estrecho después del Sol y las flores, le hiciste un tilo a la vieja, la acostaste y le pasaste despacio la mano por las sienes sudadas, hasta que se durmió. Bebiste un poco de tilo y te metiste en la boca un caramelo de limón antes de empezar a colgar tu ropa en los percheros vacíos que encontraste en el ala derecha del escaparate: el ala de tu padre.

Buscas un caramelo en el bolsillo y encuentras la carta que no tuviste tiempo de leer esta mañana, que tuviste miedo de leer en la guagua, y aquí, aquí menos, después que el administrador te dijo el día que empezaste a trabajar:

—Mira, yo te pongo a prueba. Y si das la talla, no te ocupes de lo demás. La plaza es tuya. No te preocupes por la comprobación del CDR. Para jardinero no hace falta.

Estrujas la carta entre los dedos y notas algo rígido. Te pica demasiado la curiosidad. Sacas el sobre con borde a franjas azules y rojas, lo rasgas y de entre las hojas sale una foto en colores de Adriano, casi irreconocible con el pelo ondeado y castaño muy claro, él que nunca fue rubio, apoyando la espalda en un carro blanco y larguísimo de esos de película, con el brazo derecho sobre los hombros de una rubia grande y dientona y durita ella y muy tetona, con un escote hasta aquí, y una grabadora bien Sony y descomunal en la otra mano. A lo mejor ni la rubia es tuya. Y en el reverso, con tinta negra: «Te lo dije, comemierda».

Introduces de nuevo la foto en el sobre y lo guardas en el bolsillo del pantalón. Empiezas a recoger con el rastrillo la hierba cortada y el rastrillo de tu memoria recoje recuerdos, intenciones, aspiraciones, sueños, frustraciones y miedos. Los va apilando sin orden: Erase de un jardinero, It’s a Sony, que se vaya, patriaomuertevenceremos, los huevos fritos, Adriano, los videos, la rubia, que hizo un jardín junto al mar, cuatro latas de agua, el pantalón se me rompió, los ojos vidriosos desde muy lejos, el cuido es lo primero, muchacho, que se vaya, cuando regrese, no quiero verlo, el sexo apretado y caliente de Xiomara, prohibido prohibir prohibir, el carro blanco, el bloqueo, y se metió a marinero, la Super‑Q, escucho voces como de alguien que se fue, expulsión deshonrosa de la UJC, los hombres también nos pinchamos, voluntario, yo quiero, voluntario, el diversionismo, que se vaya la escoria, Christian Dior, a lo mejor el telegrama, estaba el jardín en flor, pin pon fuera, la defensa del país, ¿me copias?, apátrida, los principios, la cola para la cola de la cola, creo que hay una plaza, un curso, gusano, los rascacielos de New York, pero la comprobación en el CDR, y el jardinero se fue, tu padre está cerrero, la raya roja, si das la talla, no te ocupes, el cuartico apuntalado, se cae, se cae, vivimos muy estrechos, con las niñas y, que se vaya, que se vaya, Pierre Balmain, me llamaba bajito, como si la voz no le saliera, pega la oreja a ver qué dice el crisantemo, por esos mares de Dios, salta, coño, salta, y saltas de nuevo, y los recuerdos, intenciones, aspiraciones, sueños, frustraciones y miedos que tu memoria ha rastrillado quedan expectantes, mientras permaneces paralizado en el aire, justo sobre la frontera de la cerca, y tu desconcierto es total, porque no sabes desde dónde ni hacia dónde has saltado, aunque de un lado y otro te esperan, te hacen señas, y sus manos, y sus gritos, aunque no sabes de dónde vienen, porque ellos no tienen rostro (sabes que tan pronto caigas, en el lugar donde caigas, les nacerán rostros que por ahora desconoces, temes) y por eso te eternizas en el aire, aunque sabes que la eternidad es una materia sumamente frágil, y a pesar de que aleteas desesperadamente, sientes que caes hacia un lado (u otro) de la cerca, y no sabes hacia cuál, porque la duda se ha adueñado de tí como una alimaña pegajosa y no puedes librarte de ella, como tampoco has podido librarte de aquel mitin de repudio, que se vaya la escoria que se vaya, después que Xiomara desapareció sin dejar huellas, tu único alivio, que no te viera dando vueltas al Obelisco de Marianao vestido de hombre sandwich, que se vaya la escoria que se vaya, con

«OJO: ANTISOCIAL Y GUSANO»

escrito por el frente y

«SOY UN HIJO DE PUTA»

en grandes letras rojas a tu espalda.

Doscientos, trescientos estudiantes gritando. Y Mayda, y Luly y Chuchito gritando: que se vaya que se vaya que se vaya la escoria que se vaya. Y te dan de pronto un golpe en la cabeza, que se vaya, y un empujón, que se vaya, no le den más, caballeros, que se vaya quesevaya quesevayalaescoriaquesevaya, diez, quince cuadras, hasta que se aburrieron y te dejaron ir, entontecido, mudo, hasta el banco de un parque donde te sentaste durante horas a mirar con los ojos ausentes, con los ojos vidriosos desde muy lejos, atravesando las burlas y los gritos, las risas y los árboles, para perderse en algún sitio, con los cartones aún colgando del cuello.

Tan bien colgados, que en siete años no has podido quitártelos.