Historias paralelas (del libro Salto mortal, 1993)

30 11 1993

Portada Salto Mortal 159

Te lanzas del último carro patrullero, chirriantes las gomas por el frenazo inconcluso, con el AK terciado, la culata plegada y la misma expresión que has visto a los comandos en las acciones fulminantes y siempre exitosas de Hollywood. La misma expresión que asumías cuando jugabas a policías y ladrones, emboscándote en las orillas mugrosas del río Luyanó, agazapándote entre la hierba y el hedor de las aguas que por entonces tus células olfativas, de reciente estreno, pasaba por alto, absortas en olfatear el peligro que te acechaba en un zaguán de La Fernanda, entre los matorrales de un placer yermo a dos cuadras de Serafina y Rita, o en los meandros de una casa de vecindad Blanchy adentro. Y siempre era él, tu inseparable amigo, tocayo y enemigo, el niño que admiraste en secreto (porque eso no se confiesa) con la fruición que nunca concediste a las personas mayores. Él, policía empecinado y capricornio como un mastín, capaz de perseguirte hasta dentro de la noche, aunque muchacho, ven a comer que se te enfría la sopa, nada más quieres estar callejeando. Ladrón escurridizo, ingenioso, que con la temeridad de un sobresalto podía trasvestirse de perseguidor a perseguido y tenderte mil acechanzas entre los gajos de un almendro, o enterrado en la boca desdentada de una alcantarilla. Con él iniciaste tu asombro en asuntos de sexo, cuando se apareció con una colección de postales que su papá escondía en la última gaveta del chiforrober, y donde se veía tan clarito el asunto que no podías creerlo.

 

Acabas de despertar con el timbrazo del teléfono. No. No descuelgues. Sí. Descuélgalo, pero no hables. ¿Qué? ¿Qué dice? ¿Quién es? ¿Qué pasa, tú? (Con la misma expresión que asumías cuando jugabas a policías y ladrones, emboscándote en las orillas mugrosas del río Luyanó, agazapándote entre la hierba y el hedor de las aguas. Y siempre era él, tu inseparable amigo, tocayo y enemigo: policía empecinado, ladrón escurridizo). ¿Qué pasa? Dice. Se jodió esto. ¿Cómo que se ? Dice que la fiana está ahí. Ese es Manolo. Tú me dijiste . Fíjate. No me vengas ahora . Tú me dijiste que esto era seguro. Olvídate de lo que yo te dije y muévete. Alguien nos echó palante. Seguro. Muévete, que si no, te van a mover. Suerte que la manzana esta es un queso. Pasillos y recovecos y jardines con doble salida y muros por donde quiera. Vuela, Luisito. Mierda. Apúrate. Me cogí un dedo. Suelta. Dale. Saca las cosas. Vuela, carajo, vuela.

 

Escuchas las instrucciones para el operativo: El grupo uno entrará a la casa por la Avenida 37. Lo cubrirán dos hombres, uno en cada esquina. Dos, sí. La manzana esta es un queso y no podemos derrochar gente. Javier y Guzmán: Ustedes se quedan en 42. Cubran la cuadra y ojo con las bocacalles. Deben ser dos, pero nunca se sabe. A lo mejor tienen visita. Andrés y Fermín, a la Calle 36. Andrade y tú, el nuevo, ¿cómo te llamas? Tú, Luis, y Andrade, cubran 37. Es el sector menos probable, pero no se duerman, que estos pájaros pueden volar para cualquier sitio. Vamos, muchacho. Andrade, fornido y brusco, camina delante de ti, bamboleándose como un barco para contrarrestar la cojera que le dejó un punzonazo imprevisto hace seis meses. Muévete. Muévete. Porque tú te desplazas con la cautela de un felino aprendiz, todavía contaminado de vídeos a medio digerir y manuales que en la escuela explicaban todo lo explicable, pero que no mencionaban lo inexplicable, quizás por esa omnisciencia pedante de los manuales, como para no dejar dudas. Y es tan difícil aprender sin dudar. Todo eso, y El Superpolicía, Fuerte Apache, El caso Neill, revolotean a tu alrededor mientras te emboscas, tras una lacónica seña de Andrade, en la rampa que da acceso al garage de una escuela. Saltar obstáculos. Disparar a la carrera. Puntería rápida, que la calle no es una feria y los delincuentes no son paticos de aluminio. Y en eso, sonríes, eras el uno. Disparabas casi sin mirar, como si te hubieran instalado un ojo director en el cañón de la Makaróv. Sólo en caso extremo, ¿comprenden? Ustedes son policías, no pistoleros. Y en táctica también, que vino a continuar tus sesiones de peón cuatro reina con Jacinto, porque a él eso sí que no. Yo no sé cómo tú tienes paciencia y nalgas para estar tres horas delante del tablerito ese. Lo de él era el movimiento, la calle, donde lidereaba sin esfuerzo. El nombramiento era obvio. Nadie se lo discutía. Y menos tú, que eras el cerebro, como decía él cuando te miraba, en espera de una idea nueva para sorprender a la pandilla de La Carolina que venía con Buscaperros al frente, medio enano y con bíceps de estibador por su adicción a las pesas y los constructivos desde quinto grado. Pero él no tenía paciencia. Tú, en cambio, tienes que probar la tuya ahora, inmóvil como un poste. Esperar es siempre un oficio difícil.

 

¿Por la puerta? ¿Tú eres comemierda? Sale por el fondo. Mira. De la ventana saltamos al patio, y de ahí al otro edificio. Yo me voy por allá. Tú brinca los dos muros y sale por el pasillo a 37. No te vuelvas loco. Despacio. Como si fueras un vecino cualquiera. Ven acá. Por poco sales como un sanaco, con la jabita en la mano. Métete la plata debajo de la camisa. Amárratela a la cintura. Nos vemos en casa de Andino. Dale. Huye. Con la cautela de que hacías uso durante tus sesiones de peón cuatro reina con Jacinto. Yo no sé cómo tú tienes paciencia y nalgas. Lo de él era el movimiento, la calle. Tú eras el cerebro, como decía él cuando te miraba, en espera de una idea nueva para sorprender a la pandilla de La Carolina. Y tú… Huye, carajo, huye.

 

Tratas de recordar las lecciones que aprendiste cuando eras el rey del truco, el mago de la maraña imprevista para perdértele a los demás, el que adivinaba siempre los escondites bobos, cuando te tocaba hacer de policía. Yo que tantas veces hice de . Ser ladrón siempre fue más entretenido. Uno los veía venir y se reía por dentro. Tú verás que los engaño. Tú verás. Menos a él, que me olía como a un kilómetro. Y ahora de fia . Policía. Policía no. Pichón, como ellos dicen. Límpiate con el diplomita, muchacho. Mejor no, va y te raspas. Cuando veas una pistola de frente, ahí mismo te cagas. ¿Verdad, Benito? ¿Este niño no es de los que se embolsan cuando ven una pistola de verdad abriéndoles la boca? Oye, y no te vayas a limpiar después con el diploma, que es de cartulina. Se creen que uno . Ojalá que salgan por aquí,

 

Te escurres por los pasillos tratando de no hacer ruido, de no despertar a los perros, de no olvidar las lecciones que aprendiste cuando eras el rey del truco, el mago de la maraña imprevista. Yo que tantas veces hice de fiana. Ser ladrón siempre fue más entretenido. Uno los veía venir. Tú verás que los engaño. Menos a él, que me olía a un kilómetro. Ahora sí tengo que hilar fino para que la fiana no me huela. Y saltas dos muros para caer en el pasillo de salida. Caminas con cautela y estás a punto de alcanzar la calle. Despacio, viejo. Como si contigo no fuera. Despacito. Los músculos en tensión para dispararte si no quedara más remedio. Confías. Tú no estás fichado. Desconfías. Dice El Brujo que los fianas viejos saben leerle a la gente los pensamientos en la cara. Suerte que siempre hay su nuevo. ¿Y si no? Confías, pero por si acaso . Entonces alcanzas la acera y caminas hacia la esquina. Como si contigo no fuera.

 

para que vean. Yo sí no me apendejo. Ojalá que salgan por aquí. Ojalá. Eh, ¿qué es eso? Acabas de ver una sombra y, después, a un hombre que sale persiguiendo su sombra, levemente indeciso, pero. No puede ser. ¿Y si es? ¿Y si no es? Si no es, no importa. Pero, ¿y si es? Oye, párate ahí. Párate ahí o disparo.

 

Te detienes indeciso. No sabes si correr o quedarte quieto como te conmina la voz. ¿Y si me registran? Con el 38 y el dinero estoy cogido. A lo mejor no me registran. Pero. No. Ni lo veo. Y él me tiene en la mirilla. Me cago en el farol ese. No me registran, tú verás. Yo soy un ciudadano que sale para el trabajo y . Coño. A ese yo lo conozco. ¿Qué hace él metido a fiana?

 

¿Usted no es? No. Pero . Yo a tí te conozco.

¿Usted no es? No. Pero . Yo a tí te conozco.

 

Y ambos se escrutan, uno frente al otro. ¿Serán jimaguas estos dos? ─piensa Andrade─. Pero no. Sus imágenes quedan estupefactas, comprobando que a la raya izquierda que parte el cabello de Luisito corresponde la raya derecha de Luisito, que a la cicatriz en la oreja derecha de Luisito corresponde la cicatriz en la oreja izquierda de Luisito; aunque la ropa les impida comprobar que los lunares y la diminuta lesión sacrolumbar, los callos y las pequeñas cicatrices con que la vida fue signando a Luisito, tienen su réplica exacta, especular, en el cuerpo de Luisito. Señales indistinguibles aún para Andrade, observador innato. Quedan durante algunos segundos suspendidas sus historias, sus destinos intransferibles, resultado de causas y efectos incontables; como si el tiempo se hubiera tomado la atribución de sentarse a descansar oprimiendo la «pausa», de modo que las imágenes y los sonidos queden inmovilizados en la pantalla de la noche. Después oprime como al descuido la tecla de nuevo y.

 

Ven para acá. Es que yo . Olvídate del apuro. De todas maneras, en la esquina no te van a dejar pasar. Le estamos montando un operativo a unos tipos que metieron un palo gordo. Ven. Métete aquí. Quieto. Quieto ahí. Pues mira, yo te conozco de… No. Quédate quieto. No, chico. Ni te preocupes. Esto lo matamos enseguida.

 

¿Y si me quedo tranquilito hasta que pase todo? A lo mejor libro. Yo no estoy fichado. Pero va y cogen al Uña y a Jaimito, y se van de chivas, y ahí mismo me traban de manso palomón. Qué va. Yo voy echando. Es que estoy apurado. ¿Y eso?

 

¿No te lo dije? Oye los tiros. Ya los cogieron. Salieron por 36. Como dijo el capitán. Es un lince el viejo ese. Dicen que una vez . Está bien. Dale. Si estás apurado . Pero, oye, cualquier cosa tírate al piso, que las balas perdidas no traen el nombre del muerto. Allá en la escuela . Está bien. Increíble. Seguro que te conozco. Segurito. Como si fueras yo. Bueno, nos vemos. Yo le aviso al de la esquina.

 

Con tal de que esos no canten antes que yo llegue a la esquina. Con tal de que me de tiempo. Con tal de que él no se de cuenta. Con tal de que el fiana de la esquina no se ponga pesado. Con tal de que no se le pase de pronto la inocencia al nuevo ese. Libré. Si me coge otro, me registra hasta la cerilla de las orejas. Pero él. Un muchacho sano, como decía mi pura. Un comemierda, vieja, mira como me le fui.

 

Si llega a ser otro, le registro hasta la cerilla de las orejas. Pero él. Se ve que es un muchacho sano, como decía mi pura. Un comemierda, vieja, ese no gana nunca; mira que venir a meterse en el medio de la candela. Por poco lo jodo. Atención punto cinco. Atención punto cinco. Hay uno adentro todavía. No abandonen las posiciones. No dejen salir ni entrar a nadie. Falta uno. ¿Entendido? Cambio. Entendido. Cambio y cierro. Y yo que le dije . A ver si le meten un tiro por culpa mía. Qué comemierda soy. Déjame llamarlo. Oye, párate ahí. Párate.

 

Ya se dio cuenta. Me cago en él. Estoy jodido. Y te vuelves con el Colt 38 cañón corto en la mano derecha.

 

Lo miras un momento perplejo, contraído, como te contraías en las riberas del Luyanó para esconderte mejor detrás de los macizos de yerba guinea y guizazo de caballo; antes que el fogonazo te mate la inocencia y el plomo achaparrado que acaba de salir del Colt que acaba de salir de la cintura de Luisito, te tumbe de espaldas contra el pavimento.

 

Vuela, Luisito. Vuela, que ahora sí te joden. ¿Por qué no se habrá demorado cinco minutos en salir de su comemierde ?

 

Frase segada cuando dos años de entrenamiento oprimen el disparador del AK y una ráfaga corta corta en dos la espalda de Luisito que huye de Luisito. Y la espalda, muy cerca de la esquina, continúa su huida, pero hacia el piso. Emerges del aturdimiento, te pones de pie, y caminas hacia Luisito, que yace de bruces y se contrae, como se contraía en las riberas del Luyanó para esconderse mejor detrás de los macizos de yerba guinea y guizazo de caballo; pero ahora son los espasmos y la mano aferrada al Colt 38, que desprendes despacio de los dedos agarrotados, como si fuera un delicadísimo mecanismo a punto de estallar. Con el brazo sano, lo vuelves, y Luisito te sonríe desde el piso con los dientes manchados de sangre.

 

Ganaste. Tú que no ganabas nunca. Ganaste. Pero por poco te jodo.

 

Las palabras no han terminado de disolverse en la noche cuando llegan el capitán y los demás y te felicitan, coño muchacho, ahora sí te graduaste. A ver. A ver. No se cagó ni nada. No te me desmayes, que el arañazo ese te lo curan en dos semanas. Dentro de quince días ya estás zapateando como nuevo. Tú verás. Seguro te dan un ascenso o una condecoración. Tú verás. Pero te apartas sin sonreír y vomitas la comida de anoche. Completa. Y entre una arqueada y otra piensas que la gloria combativa no es tan lustrosa, tan impecable y bien planchada como la habías imaginado. Ni «cumpliste con honor», ni «un ascenso a lo mejor, o una condecoración», redimen tus ojos de esa mancha bermellón que se empieza a interponer como una niebla entre tus ojos y el paisaje. Ni la alegría, «ahora sí te graduaste». Ni el miedo a la muerte, que uno lo siente después que la muerte pasó y otro día será.

 

Cuando los acuestan en la misma ambulancia, sospechas que esta noche Luisito mató de un tiro un pedazo de tu infancia. Miras sus ojos, muy fijos en el bombillo blanquecino del techo, a pesar de los tumbos que va dando la ambulancia por la Avenida 41, precedida por el aullido de la sirena, y piensas si Luisito no pensará lo mismo.

Porque no sabes, Luisito, que cuando los desnuden en el hospital perderán los rótulos, las cifras con que la sociedad ha tenido la osadía de inventariarlos, y entonces nadie sabrá quién es quién. Y será mucho más difícil convalescer de la perplejidad que de las heridas.

Porque no sabes, Luisito, que una herida mortal puede tener la voluntad de cerrarse, con la cautela de labios empecinados en hacer silencio; mientras un balazo sin importancia puede agravarse por causas aparentemente desconocidas.

Porque no sabes, Luisito, que los ojos de Luisito ya no se apartarán del bombillo blanquecino. Que tu inocencia, la mitad de tu infancia y la infancia toda de Luisito, la adolescencia toda de Luisito, no resucitarán.


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