Vivir (o morir) del cuento

2 07 2013

Intervención de Luis Manuel García Méndez en la presentación de su antología personal Vindicación de Macbeth (Editorial Verbum, Madrid, 2013), y la Mesa redonda sobre el presente y el destino del cuento, con la participación de Juana Martínez, catedrática de la Universidad Complutense, y la escritora española Cristina Cerrada.

Casa de América, Madrid, 2 de julio, 2013

El cuento es un extraño artefacto literario. Novela con vocación de poema. Poema con ínfulas de novela. Se le atribuye brevedad, tensión, intensidad; un único tema y una nómina limitada de personajes. Pero no siempre ocurre. Género mudable, en evolución, inasible, resbaladizo, suele ser difícil encontrar los factores comunes entre cuentos largos, demorados, fluviales, donde el protagonista es el ambiente, y microcuentos como bengalas, más cerca del poema que de la narrativa. Hay cuentos que gravitan alrededor de un acontecimiento y otros, alrededor de un personaje. Cuentos que nos mantienen en vilo hasta saber qué, y otros, hasta saber cómo. Historias protagonizadas, incluso, por la estructura narrativa.

Siempre que se intenta definir el cuento, recuerdo aquella sabia definición de “novela” como “cualquier libro que se anuncie en su portada con la palabra novela”, e invoco la posibilidad de aplicárselo al cuento.

Lo cierto es que la novela camina hacia su desenlace como un transeúnte curioso que se desvía cada vez que algo llama su atención. El cuento, en cambio, se mueve como una flecha. Cualquier distracción puede convertirlo en un disparo fallido. Y aunque los cuentos suelen reunirse en colecciones, e incluso en cuentinovelas con una sólida vocación unitaria, todo cuento debe cerrarse en sí mismo, ser autosuficiente, crear sin muletas un efecto particular en el lector.

Etimológicamente, la palabra “cuento” deriva de contar, computare, es decir, calcular. De modo que existe una equivalencia entre contar o enumerar objetos y contar o enumerar sucesos, de ahí esa vocación matemática que exhibe todo buen cuento: cada línea, cada palabra cuenta. Quien haya intentado sustraer una palabra o una oración a un cuento de Jorge Luis Borges, habrá descubierto que en él todas las palabras son lo que los arquitectos llamarían estructurales. Hay peligro de derrumbe. Y esta necesidad de narrar con la máxima economía de medios es común al cuento popular tradicional, al chiste callejero y al cuento literario moderno.

Parecería que en tiempos de twits y SMS, cuando todos afirman no disponer de tiempo (salvo para perderlo); en una época de lecturas a retazos en autobuses y vagones de metro, los lectores deberían inclinarse por el cuento breve e intenso que puede paladearse en cuatro paradas de metro. Sin embargo, desde hace varios decenios, al menos en España, el cuento cede espacio a la novela, a pesar de que en este país existen más de mil concursos anuales de cuentos, entre ellos algunos de los mejor dotados del planeta. La explicación de este fenómeno merecería un capítulo aparte. Podría achacarse, sin dudas, al marketing editorial y la incidencia del best seller, pero sólo en parte. A ello se sumaría no una cuestión de extensión, sino de intensidad. No es lo mismo la lectura desatenta de una novela (en especial, del tipo de novela de lectura masiva), donde a veces puedes deslizarte sobre tres o cuatro páginas sin perder el hilo, que la intensa lectura de un cuento, donde cinco líneas pueden ser cruciales.

Hoy Cristina Cerrada nos ha hablado del cuento en España y ofrece signos alentadores protagonizados por algunas editoriales de literatura (es necesario hacer la salvedad dada la proliferación de editoriales que publican otra cosa) que incluyen cada vez más libros de cuentos en su línea de trabajo. La profesora Juana Martínez ya ha explicado que es bien diferente el comportamiento del género en América Latina, donde ha contabilizado más de 6000 libros de cuentos publicados, un ejercicio literario del que se han ocupado, casi sin excepción, todos los maestros de la narrativa continental.

A pesar de que aún es un fenómeno reciente, y que la narrativa suele responder despacio a los desafíos tecnológicos, las nuevas formas de literatura digital, las narrativas corales, los textos abiertos donde el lector puede elegir, conscientemente o al azar, entre varios desenlaces que se bifurcan, todo ello tendrá, sin dudas, sus efectos sobre el destino del cuento. Como ya lo tienen sobre el mercado del libro las ediciones digitales y la lectura online, desde la edición hasta la publicación y la distribución de los textos. De modo que las conjeturas sobre el futuro del género entran cada vez más en un territorio cuya cartografía es incierta.

En el caso de Cuba, el cuento ha sido un género cultivado por los mejores narradores desde las primeras décadas del siglo XX, con las obras de Enrique Serpa (Felisa y yo, 1937), Carlos Montenegro y Lino Novás Calvo. Montenegro, además de su excepcional novela Hombres sin mujer (1938), nos dejó grandes relatos como “El caso de William Smith”. De Lino Novás Calvo son dos extraordinarios libros de cuentos: La luna nona y otros cuentos (1942) y Cayo Canas (1946), y escribió uno de los mejores cuentos de la literatura latinoamericana, “La noche de Ramón Yendía”. Y esa gran cuentística alcanzó su esplendor en los años 50 con libros como El gallo en el espejo (1953), de Enrique Labrador Ruiz; Aquelarre (1954), de Ezequiel Vieta; Cuentos fríos (1956), de Virgilio Piñera; El cuentero (1958), de Onelio Jorge Cardoso; El otro Cayo (1959), de Lino Novás Calvo, y Guerra del tiempo (1958), de Alejo Carpentier; más los cuentos de Lydia Cabrera, Ángel Arango, Félix Pita Rodríguez, Eliseo Diego, Dora Alonso y Lezama Lima. Con eso bastaría para hablar de una sólida cuentística cubana. Pero esa tradición se mantendrá y se enriquecerá durante el medio siglo siguiente, con voces singulares y diversas que “tocan todos los palos”, como dirían los cantaores flamencos: cuentos “realistas” (en las más diversas interpretaciones de este término), oníricos, fantásticos, históricos, futuristas, tecnológicos, alucinados, terroríficos, policíacos. La diversidad de temas y motivos asumidos por el cuento en Cuba supera ampliamente el espectro que abarca la novela. Y la nómina de autores es tan extensa que cualquier intento agotaría la paciencia de ustedes o pecaría de parcial e injusta.

¿Por qué se mantiene la tradición del cuento en Cuba?

Pienso que existen motivos de diversa índole. En primer lugar, las editoriales continúan publicando libros de cuentos con, al menos, la misma intensidad que otras formas narrativas, y desde criterios de calidad, dado de los condicionamientos de mercado nunca han sido una prioridad para la industria editorial cubana. En segundo lugar, los escritores continúan escribiendo cuentos, no sólo porque es un excelente espacio de aprendizaje narrativo, y permite experimentaciones y ensayos “a escala” que quizás mañana se trasvasarán a la novela, sino también porque existe una industria editorial donde esos libros tendrán cabida. Y también porque entre las urgencias del pan ganar, es más fácil cerrar un cuento sin perder el tono, la intensidad, que cerrar una novela de 300 páginas. Aunque no me avalan estadísticas fiables, opino que hay en Cuba un público lector de cuentos, y habría varias razones para que así fuera: El cuento está más cerca de la elipsis y el sobreentendido que caracterizan la oralidad cubana. La larga tradición del género y su peso editorial a lo largo de muchos años tiene que haber modulado el mercado.

Además de lo anterior, hay una peculiaridad del cuento en Cuba que merece una mención aparte. Medio siglo de periodismo anémico, elusivo, obediente, silencioso, ha provocado en el lector cubano una inanición informativa crónica. La historia, como los ríos, tiene sus meandros, sus mansas desembocaduras y sus rápidos. La de Cuba entre 1959 a la fecha ha discurrido casi siempre entre peligrosos rápidos y sinuosos meandros, excelente materia prima para los narradores. Mijaíl Bajtín afirmó que “cada día posee su lema, sus vocabularios, sus acentos”, y eso es particularmente visible en una buena parte de la cuentística cubana escrita desde 1959. Por el contrario que la novela, cuya respuesta a las urgencias de lo cotidiano sufre una suerte de retraso inercial, la respuesta del cuento es relativamente rápida. Basta repasar la presencia del héroe en la cuentística cubana para descubrir una evolución desde el héroe épico de los años 60 hasta el superviviente como héroe del “Período Especial” y el “héroe a su pesar” de las guerras africanas que aparece en la cuentística desde mediados de los años 90; pasando por el “héroe nacional del trabajo”, figura fugaz, cercana al realismo-socialista, en la segunda mitad de los 60 y en los 70.

Bastaría un ejemplo para ilustrar ese atractivo adicional, extraliterario: cuando se publicó el cuento de Senel Paz El lobo, el bosque y el hombre nuevo (1991), en varias redacciones periodísticas había artículos, reportajes, entrevistas sobre los temas de la homosexualidad y la intolerancia. Permanecían pospuestos, olvidados, en proceso de aprobación (algo que en la dinámica de la prensa cubana puede durar varios años) o rechazados, en ocasiones con consecuencias desagradables para sus autores. La publicación del cuento “liberó” de su prisión domiciliaria algunos de esos textos y generó un saludable debate social. Esto se explica por la minuciosa gradación de la censura, desde la televisión en el más alto grado hasta los libros de literatura y las revistas culturales de escasa tirada que gozan de una censura de “baja intensidad” (es un decir).

 

El libro que nos sirve de excusa para reunirnos esta noche, Vindicación de Macbeth, es el primero de una colección que ha iniciado la editorial Verbum: autoantologías de diferentes autores, cada uno de los cuales se encargará de ese ejercicio difícil y penoso que es seleccionar lo que consideras mejor de tu propia obra.

A la altura de 2013, dos tercios de mi vida, cuarenta años, discurrieron en la Isla, y los siguientes diecinueve, en España. Escribí mi primer libro de cuentos en 1981, aunque no se publicaría hasta 1987. Trece años de escritor insiliado y diecinueve de escritor exiliado. Tres de mis quince libros publicados o en prensa han aparecido dentro y fuera de la Isla; cuatro, sólo en Cuba, y los ocho restantes, sólo fuera. De estos quince libros, seis son de cuentos para adultos: Sin perder la ternura (1987), Los amados de los dioses (1987), Los Forasteros (1987), Habanecer (1992), El éxito del Tigre (2003) y El Señor de los Naufragios (2011). A los que se suman tres volúmenes inéditos de cuentos: Jardines Invisibles (2010), Test de Rorschach  (2012) y el último, Topografía del tiempo  (2013).

Entresacar de esos nueve libros los que considero mis mejores cuentos ha sido una labor temeraria. Raras veces el autor es un buen crítico de su obra. Además de la propia impericia, desde luego, pesan demasiado el afecto por los textos, las huellas que deja en su percepción el proceso de la escritura. Para un antologador externo, en cambio, todos los textos son contemporáneos, nacen en el momento de la lectura, y los observa con idéntico desapego. El autor sufre una persistente asincronía. De mi primer libro de cuentos, Sin perder la ternura, me separan treinta y dos años; del último, Topografía del tiempo, dos semanas. Sólo por eso me sé incapaz de evaluarlos imparcialmente. El antologador que soy yo a la altura de 2013 es muy diferente al yo que escribió su primer libro, pero lo recuerdo perfectamente, y eso también condiciona el resultado final.

En mis cuentos, como en buena parte de la narrativa cubana, coexisten pacíficamente realismo y fabulación, lo cotidiano y lo fantástico, el siglo XVI con el hoy y el mañana, geografías inmediatas que se pueden recorrer calle por calle y mundos alucinados, de coordenadas inquietantes. En este libro hay bares trashumantes; fusiles que se niegan a obedecer a su soldado;  una guerra entre los escribas de un país muy raro; la historia de un tigre que compone ficciones con gran éxito de crítica y de público. Aquí un náufrago puebla con la imaginación su isla desierta; las calles, los edificios y los objetos se amotinan contra sus creadores; los dioses peregrinan en busca de sus creyentes y son devueltos a sus cielos de origen.

Pero también aparece un antiguo profesor de Física mientras pesca sobre una cámara de camión, asediado por los tiburones del estrecho de la Florida, intentando, cuando menos, mantenerse inmóvil en la corriente. El viejo héroe de la guerra despierta de madrugada sabiendo que mañana será expulsado deshonrosamente del trabajo, y un joven rememora las consecuencias personales de lo ocurrido en 1980, cuando 125.000 cubanos huyeron por el puerto del Mariel.

Son también muy diversas las perspectivas desde las cuales están escritas estas historias: su concepción y la  panoplia de temas y motivos las instalan en tres espacios diferentes: La literatura posnacional y sus fronteras líquidas donde se situarían la mayor parte de los cuentos de El éxito del Tigre, El Señor de los Naufragios, Test de Rorschach y Topografía del tiempo. La literatura nacional (Sin perder la ternura o Habanecer). Y la “literatura exonacional”, aquella que, por su sintaxis, norma lingüística, temas y motivos, podría inscribirse en el canon de lo nacional, pero al estar escrita desde otra perspectiva (geográfica, artística, e incluso ideológica en el caso sui géneris de Cuba), aporta a ese canon una mirada excéntrica. Además de que, como ya afirmara Valle Inclán, “las cosas no son como las vemos sino como las recorda­mos”. Es el caso de Jardines invisibles, y de las novelas El restaurador de almas (2001) y Bitácora del silencio (2012).

Durante esta inmersión, este buceo en mis propios textos —los que todavía soy incapaz de leer sin corregirlos, y los que leo como si los hubiera escrito un desconocido—, me pregunté qué tendrían en común historias tan dispares, tan diversas y tan distantes en el tiempo y el espacio. Entrevistado, Augusto Monterroso afirmó en cierta ocasión: “todo lo que escribí era un llamado a la revolución, pero estaba hecho de manera tan sutil que lo único que logré a la postre fue que los lectores se volvieran reaccionarios”. Mi obra no es, obviamente, un llamado a ninguna revolución (ni a la contrarrevolución, la involución, la evolución o cualquier otra proclama que termine en “ción”), sobre todo porque ignoro lo que significa esa palabra. Al cabo, toda revolución se contrarrevoluciona a sí misma. Nace preñada de su enemigo. Entonces, ¿qué podrían tener en común estas historias? Y descubrí que más allá de su diversidad, ellas están transitadas por lo que Mijaíl Bajtín llamaría un cronotopo: “el hombre como víctima de la historia”.

A mi generación, políticos, padres y maestros nos repitieron una y otra vez que nuestro destino luminoso, como hombres nuevos del siglo XXI, sería construir la historia. Tuvimos que crecer para percatarnos de que nuestro verdadero destino sería padecerla.

 





Abolición de las islas (Narrativas nacionales y posnacionales en el Caribe contemporáneo)

31 10 2012

Una mirada sobre los principales caminos de la actual narrativa del Caribe hispanohablante, especialmente a la pos-posmodernidad: la narrativa de la reformulación de la memoria, la metaforización de lo cotidiano en los descendientes de García Márquez, el realismo escatológico, el nuevo policíaco, la literatura posnacional y el ensayo narrativo en las literaturas cubana, dominicana y portorriqueña, pero también en las diaspóricas: cubanamericans, newricans, dominicans, caribeños, especialmente cubanos, dispersos desde México a Rusia y de Canadá a Chile, con polos muy intensos en Madrid, Barcelona, México D. F. y Miami.

 

El siglo XX literario comienza en América Latina a fines del XIX, con el modernismo, cuando el subcontinente deja de copiar a Europa y empieza a transcribir su propia naturaleza, busca sus esencias y transita desde una literatura que intenta otorgar ciudadanía letrada a las selvas y a una naturaleza inédita, hasta las vanguardias y la literatura urbana que emergerá de los nuevos bosques de cemento en Buenos Aires, México, Bogotá, La Habana, Montevideo.

Una literatura que se multiplica durante los períodos de bonanza económica de las guerras mundiales con la consiguiente expansión del mercado de la cultura. Argentina se convierte en el centro editorial de la lengua, seguida por México. Ello coincide con las dictaduras políticamente correctas durante la primera mitad del siglo, gracias al papel imperial de Estados Unidos que considera el resto del continente su propio patio. La fractura de 1959, con la Revolución Cubana, y la utopía guerrillera que cunde por todo el Sur, prefiguran no un caso (nunca cumplido) de civilización contra barbarie, sino, por acción y reacción, de barbarie contra barbarie. El eclipse de la guerrilla y de los gobiernos dictatoriales marcó el inicio de la utopía neoliberal que, en menos de un decenio, demostraría su incapacidad para subvertir las enormes diferencias distributivas y los grandes déficits estructurales de la región. Mientras Asia fomentaba el crecimiento de tigres y otros felinos económicos, América Latina perdía (con excepciones, desde luego) no años, sino decenios. Pero algo había cambiado. En todo el continente brotaban democracias estables como nunca antes en nuestra historia. Tan creíbles, que permitieron la aparición, por la vía de las urnas, de aquello que con la caída de Allende en Chile se había frustrado: la multiplicación de los modelos, desde la socialdemocracia en Chile, Brasil, Argentina y Uruguay, hasta el despertar de los populismos en Venezuela, Bolivia, Nicaragua y Ecuador: la guerrilla de las urnas; otra vuelta de tuerca, como diría Carson McCullers.

En República Dominicana, Puerto Rico y Cuba, los tres países que nos ocupan, la historia discurrió por caminos divergentes aunque con muchos puntos de contacto. Los tres provienen de un largo estadio colonial, pero, tras las respectivas guerras contra la metrópoli española, mientras República Dominicana y Cuba emergen como repúblicas independientes (aun con el yugo de la Enmienda Platt en esta última, que duraría hasta los años 30), Puerto Rico, donde no existió un poderoso impulso independentista, se convierte en un “Estado libre asociado” a Estados Unidos, frase a la que sólo le sobraba la palabra “libre”, porque pasarían muchos años antes que los boricuas fueran consultados al respecto. En esa isla, tras la II Guerra Mundial, aparecería, eso sí, un fuerte movimiento nacionalista, expresión del sector más radical de la burguesía puertorriqueña, y apelativo emocional para una juventud que comienza a tener conciencia histórica. Es entonces cuando Pedro Albizu Campos alcanza la categoría de símbolo. Un movimiento que se atenúa en los 60, cuando cunde una suerte de posnacionalismo. La isla cuenta con estabilidad política, caudalosos créditos e inversión extranjera. Dadas las garantías que le ofrece un territorio sujeto a la voluntad congresional, Puerto Rico es un destino óptimo para el capital norteamericano. La comunidad boricua en Estados Unidos se multiplica y los nexos con el Norte ya no son entre Estados o territorios, sino entre ramas de una misma familia. Los newricans son el primer gueto latino en Nueva York. Al mismo tiempo, en Puerto Rico el proceso de anexión se amplía. La estrecha simbiosis económica con el capital norteamericano se convierte en simbiosis política, especialmente del Partido Popular, cuya política de gobierno queda sometida a las necesidades de la inversión extranjera. No sería hasta la generación de los 70 que se produciría un repunte de un nacionalismo de inspiración marxista. Aunque minoritario, como han demostrado los referendos de los últimos lustros: la mayor parte del electorado rechaza por igual independizarse de la Unión y convertirse en un Estado de la Unión. Prefieren el status quo.

En República Dominicana, la inestabilidad (1900-1916) fue seguida por la invasión norteamericana de 1916, que se extendería hasta 1924, cuando tendría lugar en todo el Caribe un período de bonanza económica, la Danza de los Millones (1924-1929), que concluiría con el día negro en la bolsa de Nueva York. Desde 1930, Rafael Leónidas Trujillo estableció una de las peores dictaduras del continente, ya pródigo en dictaduras, y convirtió a Santo Domingo en su propia finca, donde hombres, bienes y mujeres ajenas eran propiedad del capo hasta 1961, cuando lo cosieron a tiros, abriendo un nuevo período de inestabilidad que culminará con una nueva invasión norteamericana en 1965. Desde 1966 hasta 1978 y del 86 al 96 impera la semidictadura de Joaquín Balaguer, antiguo acólito de Trujillo y eminencia gris de la política dominicana durante décadas, ejerciendo el poder personalmente o por delegación en Leonel Fernández, su ahijado político y presidente entre el 96 y el 2000 y, de nuevo, de 2004 a 2008, con períodos intermedios de dominio del PRD y de Hipótito Mejías. Es durante las últimas cuatro décadas, entre crisis cíclicas y escándalos, cuando se produce una acelerada “modernización” del país: las maquiladoras, la explosión de la industria turística, la emigración masiva hacia Estados Unidos y España que se revierte en forma de remesas, inyección de capital que activa la pequeña empresa y desarrolla una creciente clase media que comienza a remodelar la sociedad dominicana.

Un panorama sui géneris se produce en Cuba. Durante los primeros 57 años del siglo (1902-1959) tiene lugar un período republicano menos turbulento que el de otras naciones del continente, pero no exento de sobresaltos (asonadas, revueltas y dictaduras, principalmente las de Gerardo Machado, 1929-1933, y la dictadura batistiana entre 1952 y 1958), a pesar de lo cual, el país consiguió despojarse de la Enmienda Platt, cláusula impuesta en 1902 por Estados Unidos, y aprobar la Constitución de 1940, una de las más progresistas de su época. Durante esa primera mitad de siglo, Cuba recibe más de un millón de inmigrantes, mayoritariamente españoles, y registra un sostenido crecimiento económico que convierte a la Isla, devastada a fines del XIX por las guerras de Independencia, en una de las naciones más prósperas de América Latina, aun sin contar con los recursos energéticos de Venezuela o la tradición educacional y desarrollista de Argentina y Uruguay, que se encontraban por entonces a la cabeza de la región en casi todos los índices. La revolución contra Fulgencio Batista entroniza en el poder a Fidel Castro en enero de 1959, momento en que se inicia en Cuba una trayectoria histórica singular, marcada por la enemistad hacia Estados Unidos, antiguo socio económico y político, y su acercamiento al Este de Europa tras establecerse una “república popular”, al estilo de los totalitarismos del llamado “campo socialista”, pero condimentada con una fuerte dosis de caudillismo hispanoamericano de corte mesiánico —Tirano Banderas con la hoz y el martillo–. Un gobierno que, durante su primera década, contó con un mayoritario apoyo popular, enfrentó durante los 60 una guerra civil que se extendió por casi toda la isla, y un éxodo masivo de las clases altas y medias, creadoras de la segunda ciudad cubana del planeta: Miami. Tras esa primera “Era del Entusiasmo”, cuando La Habana ocupó la capitalidad cultural del continente y se convirtió en el mayor exportador mundial de guerrillas, los 70 y los 80 presenciaron su alineación con la Unión Soviética (la “Era Welcome Tovarich”) y el desvío hacia África de su vocación hegemónica en el patrocinio de los movimientos insurgentes. Entre 1989 y 1990, tras la desaparición de la Unión Soviética y sus subsidios, comienza la “Era Good Bye Lenin” que dura hasta hoy. Cuba deja de ser un país subvencionado y queda librada a su suerte, entre el embargo y la ineficacia, sólo paliada en los últimos años por el salvavidas petrolero de Venezuela. Es lo que se ha denominado “Período Especial en Tiempos de Paz”, un eufemismo para nombrar la mayor crisis de la historia cubana, que ha conducido a la Isla en medio siglo de discutir los primeros puestos en América Latina a discutir los últimos, intentando evitar el descenso a la tercera división del Tercer Mundo. A la literatura de esta era postsoviética vamos a referirnos.

 

¿Existen elementos comunes entre las tres islas, a pesar de la marcada singularidad de cada una? Además de su pasado hispánico, su presente poscolonial y cierta comunión de idiosincrasia que proviene de la cocción de similares ingredientes étnicos en un mismo clima, las tres están marcadas por la cercanía de Estados Unidos. Decisiva, aunque diferente en magnitud y sentido entre las tres. Puerto Rico es, de hecho, parte de la Unión. Su emigración es interna, no sometida a los malabarismos de la emigración ilegal. Es, sin dudas, la que menos sobresaltos ha sufrido en el orden político y económico y, curiosamente, se ha negado a la anglización, manteniendo lengua y cultura como hecho diferencial. En Dominicana, como en Cuba, es muy acusada la dualidad amor/odio hacia Estados Unidos, admiración a su prosperidad y sus avances tecnológicos y odio a su prepotencia materializada en sucesivas invasiones. En Dominicana, la presencia de una gran comunidad emigrada que retroalimenta continuamente la economía del país, y los intensos lazos socio-económicos con Estados Unidos componen un entramado casi insoluble. Cuba, en cambio, aunque en 1959 era la más norteamericana de las naciones latinoamericanas, rompió bruscamente esos nexos y cambió radicalmente de bando en el tablero de la Guerra Fría, hecho que ha determinado su radical singularidad, su perfil político e ideológico en el continente y en una zona importante del Tercer Mundo poscolonial. Aunque de distinta naturaleza y severidad, el trujillismo y el castrismo han marcado sus destinos, como las diferentes naturalezas de sus respectivas diásporas han marcado desde la distancia la conformación de una nacionalidad posnacional.

 

Narrativas del Caribe hispanohablante

En Puerto Rico, una cualidad que salta generaciones y estilos es el uso lúdico de la lengua coloquial, la musicalidad de la isla permeando el discurso literario. Tras la generación de escritores de 1950, ideológicamente nacionalista, los narradores de los 70, desde el coloquialismo, la yuxtaposición de códigos y la ironía, se proponen dar voz a ciertas zonas de lo real puertorriqueño que antes habían sido ignoradas o poco trabajadas artísticamente: la sexualidad homoerótica y lesbiana, la negritud, el submundo de los toxicómanos. Protagonizan esta etapa Edgardo Rodríguez Juliá (1946), Manuel Ramos Otero (1948-1992), Magali García Ramis (1946) y Rosario Ferré (1942). Hay que mencionar a Rafael Luis Sánchez, con La guaracha del Macho Camacho (1976)[1] y La importancia de llamarse Daniel Santos (1988)[2], y a Ana Lydia Vega, autora de Pasión de historia y otras historias de pasión (1987)[3], en particular, del cuento “Sobre tumbas y héroes”. En los escritores de la generación de los 90, la palabra no es tanto la queja de los 80, sino la denuncia directa, el grito, la amenaza, la invitación. Ahí encontramos a Luis López Nieves (“Seva”, 1984)[4]; Eduardo Lalo (“Naturaleza muerta”, 1992)[5]; Mayra Santos Febres (“Marina y su olor”, 1995)[6]; José Liboy (Cada vez te despides mejor, 2004)[7]; Pedro Cabiya (“Historia del hombre que huyó a buscar la fortuna”, 1999)[8]; Elidio La Torre Lagares (“El día que llovió dinero en Adjuntas”, 2000)[9], y Francisco Font (“Érase un hombre pegado a una oreja pegada a un hombre”, 2004)[10].

En la isla vecina, la nueva camada de la narrativa dominicana retoma lo experimental y juega con las técnicas del flash back o del fade out, del cine; del fluir síquico; de la improvisación del jazz o el rock; se experimenta con los planos narrativos, las fragmentaciones temporales, las fusiones de lo real con lo deseado o con lo imaginario; dominan el juego, el erotismo, el humor y la ironía que gira alrededor del gran producto de exportación literaria dominicana: el trujillato. Un precursrs de esta nueva narrativa fue José Luis González[11]. En esta horneada encontramos La fértil agonía del amor (1982)[12], de Marcio Veloz Maggiolo; El recurso de la cámara lenta (1996)[13] y particularmente el cuento “Los ojos de Sara”, de Ramón Tejada Holguín; Piedra de sacrificio (1999)[14], de Ángela Hernández Núñez, y La tercera cara de la moneda (1987)[15], de Manuel García Cartagena.

En el capítulo “El campo roturado”, de su libro Tumbas sin sosiego[16], Rafael Rojas afirma que

Hoy la cultura cubana experimenta todos los síntomas del quiebre de un canon nacional. Emergen nuevas hibridaciones en el arte y nuevas subjetividades en la literatura. (…) Un orden postcolonial comienza a ser rebasado por otro transnacional, (…) El despliegue de alteridades en la isla y la diáspora dibuja un nuevo mapa de actores culturales que rompe el molde machista de la ciudadanía revolucionaria. (…) La moralidad de esos actores se funda, como diría Jean Francois Lyotard[17], en atributos posmodernos: alteridad, diferencia, transgresión, ingravidez, marginalidad, resistencia, impostura.

Según Rojas, existen tres políticas intelectuales en la narrativa cubana: la política del cuerpo, la de la cifra y la del sujeto. La política del cuerpo propone sexualidades y erotismos, morbos y escatologías como prácticas liberadoras del sujeto. La política “de la cifra” practica una interlocución más letrada con los discursos nacionales. Descifrar o traducir la identidad cubana en códigos estéticos de la alta literatura occidental. Un territorio fecundo de “la cifra”, según Rojas, es el de la novela histórica. Búsqueda de significantes de ficción en ciertas zonas del pasado de Cuba que apela al recurso de la alegoría para narrar oblicuamente el presente político. La política del sujeto es más convencional que la del cuerpo y menos erudita que la de la cifra. Anclada en el canon realista de la novela moderna, esta política se propone clasificar e interpretar las identidades de los nuevos sujetos, como si se tratara de un ejercicio taxonómico.

Yo prefiero hablar de cinco caminos por los que discurren las nuevas narrativas del Caribe: Iluminación de lo cotidiano; Reformulación de la memoria; Realismo escatológico; Ensayo narrativo y Neopolicíaco. Así como una literatura posnacional que puede ingresar en cualquiera de las categorías anteriores.

 

Iluminación de lo cotidiano

Esta zona participaría de las políticas de la cifra y la del sujeto, definidas por Rojas, iluminando la realidad inmediata mediante diferentes procedimientos con participación variable de lo testimonial o el libre juego de lo imaginario.

En el caso de Cuba, encontramos aquí Tuyo es el reino (1998)[18], de Abilio Estévez[19]; Misiones (2001)[20], de Reinaldo Montero; La noche del aguafiestas (2000)[21], de Antón Arrufat; Cuentos de todas partes del imperio (2000)[22] y Contrabando de sombras (2002)[23], de Antonio José Ponte; El libro de la realidad (2001)[24], de Arturo Arango; Habanecer, de Luis Manuel García Méndez (1993, 2005)[25] y Esther en ninguna parte (2006)[26], de Eliseo Alberto Diego.

En Dominicana iluminan lo cotidiano “Así llenamos nuestros espacios temporales” (1986)[27] y “La verdadera historia de la mujer que era incapaz de amar” (1987)[28], de Ramón Tejada Holguín, desde el humor, el erotismo, el juego entre autor y personajes. En Un día en la vida de Joe Di Magio II (1985)[29] y Cartas al espejo (1985)[30], Manuel García Cartagena aparece el flujo de la conciencia heredero de Joyce con oportunos toques de humor y una eficaz instrumentalización del idioma. En Cómo recoger la sombra de las flores (1988)[31], Ángela Hernández Núñez juega con diferentes texturas del idioma, desde un lenguaje poético hasta la estructuración directa y cuidada de los diálogos en textos de  atmósfera. Hay que mencionar también a Julio Adames, con “Unos gatos empujan la pared” (1990)[32], y “El bocal de seis flores” (1993)[33], de Rafael García Romero. Un ejemplo de la simbiosis entre discursos yuxtapuestos, lo encontramos en Rita Indiana Hernández (La estrategia de Chochueca, 2000)[34]:

El local empezaba a llenarse de gente como a la una, chamaquitos hermosos, todavía sin barba, bailoteando en esta gelatina absurda que nos han dejado nuestros padres, después de tanto que queremos, tanto we want the world and we want it, tanta carcajada histórica, tanto Marx y compañero para esto, esta brincadera de pequeñas bestias sin idea, este mac universo en el que o te tumbas a contemplar burbujas en el screensaver o te tumbas (p. 73).

Posiblemente el más notable narrador dominicano que ilumina tangencialmente lo cotidiano sea Marcio Veloz Maggiolo (Santo Domingo, 1936), narrador, poeta, ensayista, crítico literario, arqueólogo y antropólogo, especialmente en sus novelas El hombre del acordeón (2003)[35] y La mosca soldado (2004)[36].

En Puerto Rico, la Generación McOndo de los 90, por oposición al Macondo del realismo mágico, se convierte en un nuevo, refrescante y llamativo referente de la literatura regional. Precursor, Manuel Abreu Adorno se anticipa en 15 años al McOndismo con su libro de relatos Llegaron los hippies (1978)[37].

 

Reformulación de la memoria

Llamo así al campo de la novela histórica que, directa o indirectamente, ilumina las zonas oscuras de lo contemporáneo mediante la reconstrucción del pasado. Esto ocurre en la obra de Ana Lydia Vega (1946), escritora puertorriqueña que practica la recuperación de lo histórico haciendo hincapié en la mujer y lo femenino. Demetria (2007)[38], novela de Pedro Amador Lloréns, recoge el ambiente de las haciendas del siglo XIX en Puerto Rico, y Demetria, su protagonista, es un modelo feminista del siglo XIX. Luis López Nieves[39], quien ha creado leyendas urbanas que los puertorriqueños asumen como verdades históricas literalmente legendarias, escribe en 1984 su cuento “Seva”, que crea conmoción nacional al reescribir la historia oficial de la invasión norteamericana a Puerto Rico del 25 de julio de 1898. Comienza simulando ser una carta escrita por el autor a un periódico de San Juan, y que fue publicado por éste, se habla de documentos que comprobarían que la invasión se produjo en verdad en mayo de 1898, y que encontró una resistencia tan heroica en Seva que las tropas norteamericanas liquidaron al pueblo completo, instalaron sobre sus escombros la base militar Roosevelt Roads y construyeron en las inmediaciones otro pueblo, llamado Ceiba, que existe realmente, para evitar una rebelión popular y trastocar la historia. Fue infructuoso que López Nieves intentase explicar que aquello era solamente ficción, porque “Seva” se convirtió en historia de inmediato y la gente comenzó a exigir justicia y esclarecimiento del pasado. Rosario Ferré[40], por su parte, despliega en su poderosa obra la historia de su país vista desde la clase dominante, y su tránsito de la independencia de España a la dependencia de Estados Unidos.

En República Dominicana, Marcio Veloz Maggiolo reformula la memoria en Cuentos, recuentos y casicuentos (1986)[41], El Jefe iba descalzo (1993)[42], Trujillo, Villa Francisca y otros fantasmas (1996)[43], El hombre del acordeón (2003) y La mosca soldado (2004).

En Cuba, podemos mencionar Como un mensajero tuyo (1998)[44], de la cubano-portorriqueña Mayra Montero; La novela de mi vida (2001)[45], de Leonardo Padura; Mujer en traje de batalla (2001)[46], de Antonio Benítez Rojo, La visita de la Infanta (2005)[47], de Reinaldo Montero, y El restaurador del almas (2002)[48], de Luis Manuel García Méndez.

 

Realismo escatológico

Según la portorriqueña Mayra Santos Febres (1966)[49], “la sensualidad es la manera más directa de conectarse con el mundo. Sin los sentidos no vemos, ni olemos, ni tocamos, ni oímos, ni gustamos del mundo. El resto es derivativo. El pensamiento es la huella de los sentidos y a veces su trampa. Por querer escapar de la trampa, regreso a la sensualidad. Quizás así podamos repensar el mundo de una manera más íntegra. (…) Yo no creo en marginalidades fijas, quizás porque pertenezco a varias. Soy mujer, negra, caribeña y quién sabe qué otras cosas más que me colocan en un margen. Pero he observado que este margen siempre es móvil. A veces estoy en el centro (por cuestiones de educación, de clase quizás) y a veces soy la abyecta (por razones de piel, por pertenecer a un país colonizado por EE.UU.). Precisamente por esa movilidad me doy permiso para transitar por varios mundos, por varios márgenes”[50]. De su cuento “Resinas para Aurelia”[51] es el siguiente fragmento:

Así fue como de jardinero municipal, Lucas se convirtió en rescatador de cadáveres de putas ahogadas. Pues, para su asombro, seguían apareciendo cuerpos de rameras entre las aguas del rio, mucho después de que él rescatara a todas las que habría ahogado la inundación. De vez en cuando, lo llamaban del municipio para que fuera a recoger cadáveres realengos. Otra puta ahogada por “la inundación” decían entre risitas los policías que llamaban a Lucas a trabajar. Se acopló a la costumbre, después de los primeros meses, e iba ya él solo, patrullando las riberas del rio, para economizarle las llamadas a los oficiales y no tener que interrumpir su rutina de jardinero, a la que volvió después de la primera tanda de rescates.

Con los cadáveres recuperados siempre era la misma historia. Primero se tiraba al rio, nadando, para desenredar los cuerpos de entre la maleza que lograba detener la deriva de las putas ahogadas. Les desenmarañaba el pelo para ver si podía identificarlas. Cuando llegaba a ellas, algunas ya tenían los labios picados por los peces, o los párpados poblados de crustáceos, y las tripas habitadas por pequeños camarones y pulgas acuáticas. Era difícil identificarlas, si no llega a ser por la cadenita en el tobillo izquierdo que delataba profesión. A las desfiguradas las cargaba suavemente, como si estuvieran dormidas y las llevaba directamente a la morgue. Con otras, casi todas de muerte más fresca, se encariñaba, no sabía por qué razón. Entonces se las llevaba para la casa. Les preparaba algún aceite con esencia de olor para quitarles del rostro el rictus de la sorpresa de encontrarse ahogadas, el susto de pesadilla en la faz y los músculos. Les acariciaba experto la carne, les destensaba el semblante con las manos pensando en cómo nadie las iría a reclamar, en cómo las tirarían al vertedero, cremadas, sin una sola caricia de despedida, aquellos cuerpos que el pueblo entero había manoseado y de los cuales ahora se querían desentender. “Nadie te quiere tocar,” les decía Lucas por lo bajo, “nadie te quiere tocar y nadie sabría cómo hacerlo ahora más que yo.” No era gran cosa lo que hacía por ellas, lo sabía. Pero al entregar a la morgue un cuerpo nuevo de aquellos que le provocaban cariño, se enorgullecía de lo bellos que quedaban, con la piel tersa y aceitada, con olor a plantas frescas de menta, con la cara en reposo. Antes de montarlas de nuevo en su guincha municipal, les destrababa del tobillo la infame cadenita de oro, y se la guardaba en el bolsillo de su pantalón. Quizás así las tratarían mejor.

En esta vertiente se inserta también Mayra Montero, quien nació en La Habana en 1952, pero desde hace muchos años vive en Puerto Rico. Ha publicado varias novelas que han sido traducidas a numerosos idiomas. Entre ellas, La última noche que pasé contigo (1991)[52], Del rojo de su sombra  (1998)[53] y Como un mensajero tuyo (1998)[54], todas publicadas por Tusquets Editores. Obtuvo el XXII premio La sonrisa vertical, para literatura erótica, por su novela Púrpura profundo (2001)[55].

De República Dominicana es José Alcántara Almánzar (1946), quien ha publicado, entre otros, Las máscaras de la seducción (Premio Anual de Cuento, 1983)[56], La carne estremecida (Premio Anual de Cuento, 1989)[57], El sabor de lo prohibido. Antología personal de cuentos (1993)[58], y Presagios de la noche. Antología de cuentos (2005)[59]. Alcántara nos dice:

En cuanto al “tema del hombre marginado” a que te refieres, es algo que llevo muy dentro, pues crecí en un barrio humilde de Santo Domingo, donde la marginación en todas sus formas me conmovió desde que tuve uso de razón, llevándome a tomar conciencia de lo que significan la desigualdad, el rechazo, el ostracismo: el neorrealismo social, el neorrealismo psicológico y lo fantástico.

El erotismo, que es la expresión cultural de la sexualidad, ocupa en mi obra un espacio nuclear, tanto en los personajes marginales como en los de clase media o alta. Con una franqueza que a veces raya en el atrevimiento, las manifestaciones eróticas y las obsesiones sexuales de mis personajes son, más que juegos, respuestas de la condición humana ante situaciones diversas[60].

En Cuba, esta formulación tiene numerosos ejemplos, tanto de escritores residentes dentro como fuera de la Isla: Te dí la vida entera (1996)[61], de Zoé Valdés; Al otro lado (1997)[62], de Yanitzia Canetti; El hombre, la hembra y el hambre (1998)[63], de Daína Chaviano; Trilogía sucia de la Habana (1998)[64], de Pedro Juan Gutiérrez[65]; Cuentos frígidos (1998)[66], de Pedro de Jesús; Perversiones en el Prado (1999)[67], de Miguel Mejides; Siberiana (2000)[68], de Jesús Díaz, y El paseante cándido (2001)[69], de Jorge Ángel Pérez. Así como otras obras que participan de varias sensibilidades: de Ena Lucía Portela, Cien botellas en una pared (2002)[70] y El pájaro: pincel y tinta china[71] (1999). El Período Especial ha generado ya un subgénero dentro de la narrativa cubana de ambas orillas: miseria, desesperación, atmósfera sofocante y claustrofóbica, y escatología de lo cotidiano son sus ingredientes esenciales. Una nueva picaresca recorre las novelas y cuentos que aparecen durante los últimos dos decenios en la Isla. Y su reflejo invertido en la naciente literatura del Miami cubano es una poética del desarraigo, contenida y con frecuencia sublimada en la obra de Carlos Victoria (1950-2007), angustiosa como un grito en la novela Boarding Home, de Guillermo Rosales, publicada en España como La casa de los náufragos[72] (2003).

 

El ensayo narrativo

Se trata de textos que se encuentran a medio camino entre lo narrativo y lo ensayístico, o donde el argumento es mera excusa para hilvanar un discurso ensayístico. Es el caso de Antonio José Ponte en La fiesta vigilada (2007)[73]; Iván de la Nuez, en Fantasía Roja (2006)[74]; o Eliseo Alberto, en su Informe contra mí mismo (1997)[75]. De La fiesta vigilada es el siguiente fragmento, que bien podría ser ejemplar de este procedimiento, de esta tierra de nadie (de ambos) entre ficción y reflexión, “reficción” que continúa el largo proceso de mulatez genérica:

Putas y putos un tanto metafísicos, la mayor parte daba poca importancia a las contundencias corporales. Decanos del oficio, se hallaban ya por encima del sexo. Y ofrecían, sobre todo, tiempo a sus clientes.

Pedían que se les contestara con una invitación al viaje. Daban historia a cambio de geografía.

Merodeaban hoteles ya que no podían hacer lo mismo con embajadas y consulados.

El dinero podía volar ante sus ojos, que ellos tomarían flemáticamente un espectáculo de tal clase. ¿Qué significaba una transacción efectuada con billetes cuando se la comparaba con esa otra donde trocaban tiempo por espacio?

 

Neopolicíaco

Se caracteriza por su aproximación a la novela negra y porque la trama apenas es la apoyatura del planteamiento de una literatura más social que lo habitual del género.

En Puerto Rico encontramos a Ana Lydia Vega, con su Pasión de historia y otras historias de pasión (1987). En Cuba, a Amir Valle[76], Lorenzo Lunar, Daniel Chavarría y Leonardo Padura[77]. Leonardo Padura es, posiblemente, no sólo el escritor policíaco más conocido en Cuba, sino el escritor cubano vivo más conocido fuera de la Isla, y su saga de novelas protagonizadas por el detective Mario Conde ha sido ampliamente estudiada.

Prefiero subrayar las singularidades de Lorenzo Lunar. Con la novela negra Que en vez de infierno encuentres gloria (2003)[78], Lunar consigue construir, en las primeras diez páginas, un universo particular: el barrio: cerrado, con leyes propias y, sobre todo, vivo. Un universo real, literariamente real. En Polvo en el viento (2005)[79], el barrio se expande a la ciudad, que no funciona como un espacio cerrado, sino como un espejo del país, del tiempo angustioso, de la desesperanza, esta sí, cerrada, donde son prisioneros todos los personajes por igual: policías y bandidos, funcionarios y drogadictos, creyentes y ateos, “fieles” por decreto a una religión laica. Personajes de vidas rotas, machacadas por la miseria, extraviadas en un mundo donde el relativismo moral no es perversión sino garantía de supervivencia. Una corte de los milagros donde cualquier destello de esperanza, cualquier aspiración es aplastada sin piedad. El lector se sienta voyeur, mirahuecos, fisgón, a medida que el policía va abriendo las puertas del barrio, ventilando intimidades. En Polvo en el viento parece que César (¿el mismo César ansioso de culpables, lo sean o no, de la novela anterior?) no conoce verdaderamente a nadie. Universo paralelo donde el sexo (hetero, homo, bi, múltiple, incestuoso), el arte, las drogas, la música, no cumplen una función orgiástica. Son rituales funerarios, preámbulos de una muerte buscada como único revulsivo de la realidad. Es una suerte de última cena donde los comensales engullen desaforadamente de todos los platos con la certeza de que nunca concluirán la digestión. Si el sexo es el último reducto de libertad individual en la Isla, en esta isla de Lunar es siempre dominio o amenaza, instrumento, moneda, compra, venta, huida o muerte. Si en Que en vez de infierno… una muerte real convocaba al policía a desbrozar un mundo que conoce; en Polvo en el viento, la presunta muerte de un símbolo, de una alegoría (en consonancia con toda la muerte simbólica que atraviesa la novela) empuja a otro policía completamente distinto a forzar una realidad que le resulta ajena, que es incapaz de comprender, para acompasarla a sus necesidades. Si la primera es una historia simple, convincente y fragmentada con inteligencia para construir la trama, donde, al final, gana el delincuente (“a veces es mejor que olvides que sabes cosas”, le dicen al policía cuando pierde); en la segunda, una novela de trama más compleja, donde hay un juego evanescente entre lo inmediato y lo simbólico, todos pierden. Como si César hubiera echado a andar una maquinaria de destrucción. Que en vez de infierno… es una novela tragicómica, ha declarado el autor, porque en Cuba “vivimos un humor negro tristón”[80].

 

La música y la narrativa de la ciudad

Rafael Rojas[81] apunta que:

Existe, sin embargo, un lugar donde el campo literario comienza a dar muestras de una sorprendente integración: ese lugar es La Habana. Cualquiera que lea las interesantes novelas El pájaro: pincel y tinta china (1998), de Ena Lucía Portela, Perversiones en el Prado (1999), de Miguel Mejides, y El paseante cándido (2001) de Jorge Ángel Pérez, (…) retoman una línea de la alta modernidad literaria, transitada por Guillermo Cabrera Infante en Tres tristes tigres y Reinaldo Arenas en El color del verano, que consiste en estetizar los rumores y chismes de la ciudad letrada. (…) Esta topología simbólica de la ciudad es más legible aún en una narrativa como la de El Rey de la Habana (1999) de Pedro Juan Gutiérrez o La sombra del caminante (2001) de Ena Lucía Portela. (…) la estetización de las ruinas que practican novelas como Los palacios distantes de Abilio Estévez y Contrabando de sombras de Antonio José Ponte.

Algo equivalente ocurre con la música en la narrativa del Caribe, En República Dominicana, la isla se escucha gracias al bolero. Es el caso de la novela Sólo cenizas hallarás (Bolero) (1980)[82], de Pedro Vergés, y de Enriquillo Sánchez y su Musiquito. Anales de un déspota y un bolerista (1993)[83]. Textos que no alcanzan la cota de excelencia de la puertorriqueña Mayra Santos Febres en su “Sirenita Selena se viste de pena” (2000)[84] o la excepcional novela El hombre del acordeón (2003), de Marcio Veloz Maggiolo.

 

Literaturas posnacionales

La redefinición del concepto de nacionalidad no es nada nuevo, aunque la globalización ha reavivado no sólo el tema, sino el hecho.

Edward W. Said[85], al referirse a su identidad, sustituye la metáfora del árbol que hunde sus raíces en la tierra (que alimenta y encarcela el árbol) por “un cúmulo de flujos y corrientes” antes que como “una identidad sólida”. La nación de desterritorializa y se desacraliza, en palabras de Bernat Castany Prado[86]. Ya Claudio Magris[87] proponía una concepción líquida, fluida, de la identidad: “el río es por excelencia la figura interrogativa de la identidad, con la eterna pregunta de si podemos o no bañarnos dos veces en sus aguas”. Y Carlos Monsiváis ha denominado “posnacionalista” al proceso de crisis política, económica y cultural del país, precedido, a fines de los 60 y principios de los 70 por una reformulación de las representaciones culturales de la nación.

Según Christopher Domínguez Michael, “la extinción de las literaturas nacionales, al menos en América Latina, no será desde luego un proceso ni natural ni lineal. Implica la desmantelación de un concepto firmemente establecido en la academia, en la opinión pública, en el espíritu de muchos escritores aún ligados sentimentalmente al nacionalismo cultural. Contra lo que suele pensarse en el extranjero (y en México mismo), ese proceso de desarraigo arranca con el siglo veinte: la tradición cosmopolita es la tradición central –aunque no la única– de la literatura mexicana moderna”[88]. Domínguez recuerda cómo la sociedad letrada de América Latina siempre se sintió el extremo occidental de la cultura occidental, de modo que “narradores como Salvador Elizondo y Alejandro Rossi (ambos nacidos en 1932 y ambos traducidos al francés) se desplazan por la literatura mundial con absoluta libertad, viajando indistintamente hacia el mundo de los suplicios chinos o regresando a las raíces del caudillismo hispánico; un Sergio Pitol (1933) hace suya la literatura centroeuropea, lo mismo que otros escritores, como Juan García Ponce (1932-2003), Hugo Hiriart (1942) o Fabio Morábito (1955), corroboran en sus obras ese fenómeno del cual Borges es un epítome: el cosmopolitismo latinoamericano es una de las grandes escuelas del siglo veinte”. Y subraya que en el presente globalizado, donde la información viaja a una velocidad sin precedentes y el español recobra la universalidad del Siglo de Oro, “La narrativa (y la poesía) latinoamericanas, además, se benefician de una globalización cultural que, permitiéndonos abandonar la obsoleta noción romántica de literatura nacional, nos devuelve, con más ganancias que pérdidas, al universalismo de las Luces”[89]. De este modo, se cancela “la identificación romántica entre cultura y nación, misma que convertía al escritor latinoamericano en una suerte de embajador ontológico de su país, destinado a explicar los misterios esotéricos de México, del Perú, de Colombia al público europeo”[90]. Es “el fin de nuestra excepcionalidad y de los fueros que el realismo mágico, falso o verdadero, conllevó”[91].

La traslación hacia lo posnacional de una importante zona literaria es algo que se observa con extraordinaria claridad en el Caribe, tras medio siglo (el doble, en el caso de Puerto Rico) de emigraciones masivas e intercambio fluido con Norteamérica y Europa, más que con otras naciones del continente. Si ya puede hablarse de una cultura chicana, que no es propiamente mexicana ni propiamente norteamericana (la nacionalidad reformulada), también puede hablarse de los newricans, los dominicanamericans y los cubanamericans, pero en otros términos: escrituras posnacionales, descentradas, multifocales.

Es particularmente interesante el boon de la narrativa dominicana en New York, donde encontramos a Loida Martiza Pérez (Geographies of Home, 1999)[92], Julia Álvarez (Yo, 1997)[93], Viriato Sención (Los que falsificaron la firma de Dios, 1995)[94], Nelly Rosario, Angie Cruz y Junot Díaz. Factor común entre ellos es el desarraigo insular y la recreación de un país anclado en la memoria, el país de la infancia, y el uso de un lenguaje que encaja en la estructura del inglés tanto los modismos y aportaciones del gueto, como las piezas de un español dominicano que nadan en el discurso como peces perfectamente aclimatados a esas nuevas aguas. Por el contrario que lo que ocurre en escritores norteamericanos de origen cubano, como Cristina García[95] y Oscar Hijuelos[96], para quienes lo cubano es escenografía y contexto, para ellos lo dominicano (temas, personajes y caracterizaciones) es la sustancia narrativa. Así como los conflictos del gueto por componer una identidad que ya no es dominicana y que aún no es norteamericana (en Junot Díaz[97] y en Soledad de Cruz, por ejemplo). Pero existe también una literatura anclada en una sensibilidad posnacional escrita por autores cubanos o de origen cubano desperdigados por el mundo. Obras que eluden “lo cubano” sin asumirse como apófisis de las culturas de sus países de acogida. Es el caso de José Manuel Prieto (Enciclopedia de una vida en Rusia, 1997; Livadia, 1999, y Rex, 2007)[98], de muchas obras de Mayra Montero[99] o de Orestes Hurtado (Cuentos de salir, 2009)[100].

La globalización, con su extraordinaria movilidad de las personas, la información y las ideas, ha terminado de abolir la dictadura de escuelas estéticas y movimientos culturales dominantes. Las periferias se aproximan, la alternancia y movilidad de los centros emisores de la cultura es un hecho al que no son ajenos los mecanismos del mercado global y su manipulación del arte en tanto que mercancía.   De ahí que la diversidad de los caminos, de las búsquedas y las indagaciones que hoy siguen las literaturas del Caribe no sean indicios de singularidad, sino de concurrencia. La Historia comienza a subsanar la Geografía. El siglo XXI prefigura la abolición de las islas.

 

Abolición de las islas (Narrativas nacionales y posnacionales en el Caribe contemporáneo)”; Madrid, 2012


[1] Sánchez, Luis Rafael; La guaracha del Macho Camacho; Ed. De la Flor, Buenos Aires, 1976.

[2] Sánchez, Luis Rafael; La importancia de llamarse Daniel Santos, Ediciones del Norte, Hanover, 1988.

[3] Vega, Ana Lydia; Pasión de historia y otras historias de pasión; Ediciones de la Flor, Buenos Aires, 1987.

[4] López Nieves, Luis; “Seva” (cuento, 1984); Ed. Norma, Colombia, 2006.

[5] Lalo, Eduardo; “Naturaleza muerta” (cuento, 1992); en: La isla silente, Isla Negra Editores, San Juan de Puerto Rico, 2002.

[6] Santos Febres, Mayra; “Marina y su olor” (cuento, 1995); en: Pez de vidrio y otros cuentos; Ediciones Huracán, Río Piedras, Puerto Rico, 1996.

[7] Liboy, José; Cada vez te despides mejor, Isla Negra Editores, San Juan, Puerto Rico, 2003.

[8] Cabiya, Pedro; “Historia del hombre que huyó a buscar la fortuna”; en: Historias tremendas; Isla negra Editores, San Juan, Puerto Rico, 1999.

[9] La  Torre Lagares, Elidio; “El día que llovió dinero en Adjuntas” (cuento); en: Septiembre, Editorial Cultural,  San Juan, Puerto Rico, 2000.

[10] Font, Francisco; “Érase un hombre pegado a una oreja pegada a un hombre”; en: Caleidoscopio; Isla Negra Editores, San Juan de Puerto Rico, 2004.

[11] Ver González, José Luis; “Al fondo del caño había un negrito” (cuento); en: La galería y otros cuentos; Ediciones Era, México D.F., 1972. “La carta” (cuento); en: El hombre de la calle, San Juan, Puerto Rico, 1948. “La noche que volvimos a ser gente” (cuento); en: Mambrú se fue a la guerra; Ed. Joaquín Mortiz, México D.F., 1972.

[12] Veloz Maggiolo, Marcio; La fértil agonía del amor, Ed. Taller, Santo Domingo, 1982. Ver también Florbella; Editora Taller, Santo Domingo, 1986. Materia prima; Fundación Cultural Dominicana, Santo Domingo, 1988.   Ritos de cabaret; Fundación Cultural Dominicana, 1991.

[13] Tejada Holguín, Ramón; El recurso de la cámara lenta; Biblioteca Nacional, Santo Domingo, 1996.

[14] Hernández Núñez, Ángela; Piedra del sacrificio; Secretaría de Estado de Educación, Santo Domingo, 1999.

[15] García Cartagena, Manuel; “La tercera cara de la moneda” (cuento); en: Cuentos Premiados 1987; Casa de Teatro, Santo Domingo, 1987.

[16] Tumbas sin sosiego. Revolución, disidencia y exilio del intelectual cubano Ed. Anagrama, Barcelona, 2006.

[17] Moralidades postmodernas; Tecnos, Madrid, 1996.

[18] Estévez, Abilio; Tuyo es el reino; Ed. Tusquets, Barcelona, 1998.

[19] Ver también Estévez, Abilio; Los palacios distantes; Ed. Tusquets, Barcelona, 2002. Inventario secreto de La Habana; Ed. Tusquets, Barcelona, 2005.

[20] Montero, Reinaldo; Misiones; Ed. Letras Cubanas, La Habana, 2001.

[21] Arrufat, Antón; La noche del aguafiestas; Ed. Letras Cubanas, La Habana, 2000.

[22] Ponte, Antonio José; Cuentos de todas partes del imperio; Éditions Delatur, París, 2000.

[23] Ponte, Antonio José; Contrabando de sombras; Ed. Mondadori, Barcelona, 2002.

[24] Arango, Arturo; El libro de la realidad; Ed. Tusquets, Barcelona, 2001, ISBN: 978-84-8310-165-0
224 pp.

[25] García Méndez, Luis Manuel; Habanecer; Ed. Mono Azul, Sevilla, 2005.

[26] Diego, Eliseo Alberto; Esther en ninguna parte; Ed. Espasa, Madrid, 2006.

[27] Cuentos premiados; Concurso de Cuentos de Casa de Teatro, Santo Domingo, 1986.

[28] Cuentos premiados; Concurso de Cuentos de Casa de Teatro, Santo Domingo, 1987.

[29] Cuentos premiados; Concurso de Cuentos de Casa de Teatro, Santo Domingo, 1985.

[30] Íd.

[31] Cuentos premiados; Concurso de Cuentos de Casa de Teatro, Santo Domingo, 1988.

[32] Adames, Julio; “Unos gatos empujan la pared” (cuento); en: Cuentos premiados 1990; Casa de Teatro, Santo Domingo, 1990.

[33] García Romero, Rafael; “El bocal de seis flores” (cuento); en: Los ídolos de Amorgos; Ed. Alfa y Omega, Santo Domingo, 1993.

[34] Hernández, Rita Indiana; La estrategia de Chochueca; Isla Negra Editores, San Juan de Puerto Rico, 2000.

[35] Veloz Maggiolo, Marcio;  El hombre del acordeón; Ed. Siruela, Barcelona, 2003.

[36] Veloz Maggiolo, Marcio;  La mosca soldado; Ed. Siruela, Barcelona, 2004.

[37] Abreu Adorno, Manuel; Llegaron los hippies y otros cuentos; Huracán, Río Piedras, Puerto Rico, 1978.

[38] Amador Lloréns, Pedro; Demetria; Ed. Tanamá, San Juan de Puerto Rico, 2007.

[39] Ver López Nieves, Luis; El corazón de Voltaire; Ed. Norma, Colombia, 2005. Escribir para Rafa, cuentos; Ed. De la Flor, Argentina, 1987. La verdadera muerte de Juan Ponce de León; Ed. Norma, Colombia, 2006.

[40] Ver Ferré, Rosario; Maldito amor; Ed. Joaquín Mortiz, México D.F., 1987.

[41] Veloz Maggiolo, Marcio;  Cuentos, recuentos y casicuentos; Editora Taller, Santo Domingo, 1986.

[42] Veloz Maggiolo, Marcio;  El Jefe iba descalzo; Ed.  Alfa y Omega, Santo Domingo, 1993.

[43] Veloz Maggiolo, Marcio;  Trujillo, Villa Francisca y otros fantasmas; Banco de Reservas de la República Dominicana, Santo Domingo, 1996.

[44] Montero, Mayra; Como un mensajero tuyo; Ed. Tusquets, Barcelona, 1998.

[45] Padura, Leonardo; La novela de mi vida; Ed. Tusquets, Barcelona, 2001.

[46] Benítez Rojo, Antonio; Mujer en traje de batalla; Ed. Alfaguara, Madrid, 2001.

[47] Montero, Reinaldo; La visita de la Infanta; Ed. Letras Cubanas, La Habana, 2005.

[48] García Méndez, Luis Manuel; El restaurador de almas; Ed. Algar, Valencia, 2002.

[49] De esta autora son también Cualquier miércoles soy tuya; Ed. Mondadori, Barcelona, 2002. El cuerpo correcto; R&R Editoras, San Juan de Puerto Rico, 1998. Nuestra señora de la noche; Ed. Espasa Calpe Mexicana, S.A., México D.F., 2006. Pez de vidrio y otros cuentos; Ediciones Huracán, Río Piedras, Puerto Rico, 1996. Tercer Mundo; Trilce Ediciones, Puerto Rico, 2000.

[50] “Literatura para curar el asma”; en: http://www.barcelonareview.com/17/s_ent_msf.htm

[52] Montero, Mayra; La última noche que pasé contigo; Ed. Tusquets, Barcelona, 1991.

[53] Montero, Mayra; Del rojo de su sombra; Ed. Tusquets, Barcelona, 1998.

[54] Montero, Mayra; Como un mensajero tuyo; Ed. Tusquets, Barcelona, 1998.

[55] Montero, Mayra; Púrpura profundo; Ed. Tusquets, Barcelona, 2001.

[56] Alcántara Almánzar, José; Las máscaras de la seducción; Editora Taller, Santo Domingo, 1983.

[57] Alcántara Almánzar, José; La carne estremecida; Fundación Cultural Dominicana, Santo Domingo, 1989.

[58] Alcántara Almánzar, José; El sabor prohibido. Antología personal de cuentos; Editorial de la Universidad de Puerto Rico, Puerto Rico, 1993.

[59] Alcántara Almánzar, José; Presagios de la noche. Antología de cuentos (2005).

[60] “José Alcántara Almánzar : un clásico de la narrativa dominicana contemporánea”; en:  http://www.caribenet.info/pensare_06_mayor_alcantara.asp?l=

[61] Valdés, Zoé; Te di la vida entera; Ed. Planeta, Bercelona, 1996.

[62] Canetti, Yanitzia; Al otro lado; Seix Barral, Barcelona, 1997.

[63] Chaviano, Daína; El hombre, la  hembra y el hambre; Ed. Planeta, Bercelona, 1998.

[64] Gutiérrez, Pedro Juan; Trilogía sucia de la Habana; Ed. Anagrama, Barcelona, 1998.

[65] Ver también Gutiérrez, Pedro Juan; Carne de perro; Ed. Anagrama, Barcelona, 2003. El nido de la serpiente. Memorias del hijo del heladero; Ed. Anagrama, Barcelona, 2006.

[66] Jesús, Pedro de; Cuentos frígidos; Ed. Olalla, España, 1998.

[67] Mejides, Miguel; Perversiones en el Prado; Ed. Unión, La Habana, 1999.

[68] Díaz, Jesús; Siberiana; Ed. Espasa, Madrid, 2000.

[69] Pérez, Jorge Ángel; El paseante cándido; Ed. Unión, La Habana, 2001.

[70] Portela, Ena Lucía; Cien botellas en una pared; Fundación Caja de Granada, Ed. Debate, España, 2002.

[71] Portela, Ena Lucía; El pájaro: pincel y tinta china; Casiopea, Barcelona, 1999.

[72] La casa de los náufragos; Editorial Siruela, Barcelona, 2003.

[73] Ponte, Antonio José; La fiesta vigilada; Ed. Anagrama, Barcelona, 2007.

[74] Nuez, Iván de la; Fantasía roja; Ed. Debate, Barcelona, 2006.

[75] Diego, Eliseo Alberto; Informe contra mí mismo; Ed. Alfaguara, Madrid, 1997.

[76] Ver Valle, Amir; Entre el miedo y las sombras; Ed. Zoela, Granada, 2003.

[77] Ver Padura, Leonardo; Máscaras; Ed. Tusquets, Barcelona, 1997.

[78] Lunar, Lorenzo; Que en vez de infierno encuentres gloria; Ed. Zoela, Granada, 2003.

[79] Lunar, Lorenzo; Polvo en el viento; Plaza Mayor, San Juan de Puerto Rico, 2005.

[80] El País, 11 de julio, 2004. Dos nuevas entregas de la saga Leo Martín acaban de aparecer: La vida es un tango (2006) y Usted es la culpable (2007)

[81] Ob. Cit.

[82] Vergés, Pedro; Sólo cenizas hallarás (Bolero); Ed. Destino, Barcelona, 1982. 

[83] Sánchez, Enriquillo; Musiquito. Anales de un déspota y un bolerista; Editora Taller, Santo Domingo, 1993.

[84] Santos Febres, Mayra; Sirena Selena vestida de pena; Ed. Mondadori, Barcelona, 2000.

[85] Fuera de lugar; De Bolsillo, Barcelona, 2002, p. 377.

[86] “Las nuevas metáforas identitarias de la literatura posnacional”, en Konvergencias, Filosofía y Culturas en Diálogo, n.º 9, año III, junio de 2005, en http://www.konvergencias.net/literaturaposnacional.htm. Ver también: Bernat Castany Prado; Literatura Posnacional; Editum, Ediciones de la Universidad de Murcia, Servicio de Publicaciones, 2007.

[87] El Danubio; Anagrama, Barcelona, 1997, p. 21.

[88] “¿Fin de la literatura nacional?”; en: Reforma, Ciudad de México, agosto 21, 2005, en: http://atari2600.blogspot.com/2005_08_01_atari2600_archive.html

[89] Íd.

[90] Íd.

[91] Íd.

[92] Pérez, Loida Maritza; Geographies of Home; Viking Penguin Inc., Estados Unidos, 1999.

[93] Álvarez, Julia; Yo; Algonquin Books of Chapel Hill; Nueva York, 1997.

[94] Sención, Viriato; Los que falsificaron la firma de Dios; Editorial Taller, Salto Domingo, 1992

[95] García, Cristina; Soñar en cubano; Espasa Calpe, Madrid, 1993.

[96] Hijuelos, Oscar; Los reyes del mambo bailan canciones de amor; Ed. Siruela, Barcelona, 1992.

[97] Díaz, Junot; La maravillosa vida breve de Oscar Wao; Ed. Mondadori, Barcelona, 2008.

[98] Prieto, José Manuel; Enciclopedia de una vida en Rusia; Ed. Mondadori, Barcelona, 1997. PrietoMariposas nocturnas del Imperio Ruso (Livadia); Ed. Mondadori, Barcelona, 1999. Rex; Ed. Anagrama, Barcelona, 2007.

[99] Montero, Mayra; El capitán de los dormidos; Ed. Tusquets, Barcelona, 2002.

[100] Hurtado, Orestes; Cuentos de salir; Verbum, Madrid, 2009.





Tejer la realidad

24 06 2012

Froilán Escobar

La última adivinanza del mundo

Editorial Universidad Estatal a Distancia (EUNED)

San José, Costa Rica, 2009, 152 pp.

ISBN 978-9968-31-716-0

 

Cuando contemplamos un Miró o un van Gogh, cuando leemos una obra de Carpentier o de Borges, podemos saltarnos la portada o la identificación del cuadro en el museo. Bastan una mirada o un par de párrafos para saber que estamos frente a un Miró, un van Gogh, un Carpentier o un Borges. Como monógamos empedernidos, ellos son incapaces de ser infieles a su estilo.

Y ese es el caso de Froilán Escobar. Quien haya asistido a su ya nutrida y sólida obra —Martí a flor de labios (1991), El monte en el sombrero, (1986, 1991), Ana y sus estrella de olor (1994), El cartero trae el domingo (1995), El patio donde quedaba el mundo (1997), y La vieja que vuela (1993, 1997), entre otras— se percatará en pocas líneas de que La última adivinanza del mundo es “un Froilán”.

Y el trazo de su pintura es el lenguaje. Este libro no transcribe, literaturizándola, el habla popular campesina de la Isla, como podría creer un lector no avisado. Froilán construye una oralidad a partir de su propia poética, recompone el idioma y consigue su efecto más perdurable en el orden morfológico y sintáctico, como ya ha apuntado acertadamente Carlos Manuel Villalobos. Una libertad de lenguaje y construcción sintáctica que se remonta al canon barroco, al Martí de los textos más intrincados y boscosos, a la tradición délfica de Lezama. El texto apela al oído del lector y consigue otorgar un protagonismo al idioma, tan apreciado por raro en la literatura que corre. Aquí el lenguaje es también argumento.

Pero este libro no es “un Froilán más”. La novela conjuga, en apenas 150 páginas, las cualidades que son ya un sello en su obra —lenguaje, imaginería popular, el medio rural y la naturaleza como personajes— con el flujo de múltiples tradiciones que han alimentado el canon de la cultura occidental.

Froilán Escobar nos permite asistir, a través de la mirada de su protagonista, a la campaña de Antonio Maceo en el Occidente de Cuba durante la última guerra de independencia (1895-1898). Pero no una epopeya estilizada y “limpia” donde sólo corra, y en las dosis recomendables por el marketing, la sangre suficiente y necesaria para no ofender al olfato del lector. Tampoco es literatura gore o derroche de violencia gratuita. La protagonista, que vive los combates sin vivirlos y muere en la retaguardia sin morir, presencia la carnicería y los desmanes, la heroicidad, el odio sin paliativos y la crueldad de una guerra donde ambos contendientes estaban dispuestos a jugarse la aniquilación para conseguir la victoria. Como dice el narrador-personaje: “Afuera, vivaqueando en la lejanía, sonaban los tiros de la guerra. Maceo apuraba la matazón. El mundo en que vivíamos está que estaba terminando”.

Una epopeya griega (o un patakín yoruba) donde participan los hombres y los dioses. En esta guerra que abolía el ayer pagando en cuotas de mañana, “veíase a Changó lanzando su piedra del rayo y a la noche pelearse con el chisporroteo. Trataba de cortarle el moño. De no dejar que se subiera la candelada para arriba. Pero ya los mambises cabalgaban momentáneo por cerca de Pinar del Río, haciendo arrecio de amago sobre la plaza”. Los dioses, como en la batalla de Troya, toman partido, combaten en el bando de las armas cubanas y cobran su óbolo en muertos al contado: “Changó tiraba su piedra del rayo, ¡busumbán!, desde arriba, y Oyá, más atrás, echaba la candela. Se soltaban a caer rayos. Era mucho el repetirse mismo de la muerte. Los Ikú no paraban: iban en un cobrarse la vida por todos lados. Era grande el reguero de los que caían sin saberse cuáles quienes eran ellos”.

Los dioses controlan como grandes estrategas el campo de batalla, juegan a la vida y la muerte. Por eso su presencia no es aquí ornamental, como en toda una literatura donde los cultos afrocubanos son mero folklore sustitutivo del culto positivista al futuro. Cuando la protagonista baña a Elegguá con malanga, cuando su madrina hace “ofrenda de frutas de pitahaya a los Ibeyi, los jimaguas sagrados”, cuando de su frente “le estaba brotado un paisaje que ofrendaba, ilé obba” no son ritos banales de cara al turista literario que aplaude, sino “adivinación de los agüeros ocultos”, lo que le permite conocer a la protagonista que su padre está en peligro y que sólo ella puede cambiar su suerte.

Y la definición de este narrador-personaje es otro de los grandes aciertos de la novela. Como Sasa Stanisic en su novela Cómo el soldado repara el gramófono, como James G. Ballard en El imperio del sol, o Elem Klimov en la estremecedora película Ven y mira, Froilán Escobar observa la guerra a través de los ojos de una niña que no sólo la presencia desde una distancia que queda abolida por la magia de la ficción, sino que padece en la retaguardia las iniquidades de un mundo sin ley con todos los ingredientes de la contemporaneidad —pederastia, violencia de género, impunidad, crueldad extrema y una miseria que es la implacable enemiga que no cesa, la heroicidad de los pobres—. “Mi mamá mencionaba, verbigracia: harina, ñame, o un compuesto cualquiera de lo que comíamos, ¿y qué quedaba detrás mismo de lo que decía? Nada. Un aire. La palabra, apenitas. Ni un más. Ni un ni. Ni siquiera un sabor de frijoles. Lo que la boca pronunciaba, la barriga carecía de tenerlo”.

De vuelta a la tradición griega, esta Penélope no teje y desteje a la espera, en este caso, del padre que ha ido a la guerra. La niña construye, tuerce, modifica los sucesos con su puntada. Su madrina le anuncia la inminencia de la muerte que ronda a su padre en la guerra y le advierte que sólo ella puede modificar su sino. Tiene que aprender a tejer, no para consolar la espera, sino para rehacer la realidad en cada puntada, para salvarlo de cada peligro. Tejiendo la realidad, la niña teje el camino de la salvación para su padre. “Lo real sólo empieza a existir cuando empiezo a tejer los hilos”, nos dice. Y anota: “esta tela se borda como lo que yo una vez viví. Con la primera puntada que meto, sin que yo dé fijo en creérmelo todavía, aparece la invasión en Paso Viejo, en los empiezos de la cordillera, con una recua traída de insurrectos que vienen.(…) Pero apenas doy el pespunte, ya están saliéndose de donde lo oculto donde estaban,  para resucitarse puestos aquí”.

Posiblemente el mayor hallazgo de esta novela es ese entretejer, nunca mejor dicho, la realidad invocada o construida y la realidad objetiva de la guerra a la que la protagonista no sólo asiste sino que la prefigura y tuerce los caminos de la vida y la muerte como un Elegguá que, equivocado de isla, hubiera ido a parar a Ítaca. “Estoy repitiendo su vivir, su ilé olódin. Doy todo rápido las puntadas para que aliste el jolongo y agarre al tiento el machete”.

En cierta ocasión, cuando amanece en la tela, el día que ella le regala a su padre a puntadas lo delata al enemigo. Entonces “se mete a esconderse en el monte. Yo en mi yo, tiemblo. No me alcanzan las hebras para tejer el derredor. No me alcanzan tampoco los ojos. (…)  Por tanto matorral el follaje, mi padre se me pierde de la vista. Tengo que desapretar los hilos para abrir ranuras que permitan entrar rayitos chiquiticos de la luz, con fin de distinguir su figura”.

Hasta un siglo después, las guerras no serían televisadas. La última adivinanza del mundo prefigura esa sintonía visual, pero, como en una web 2.0 o en un juego interactivo, el espectador-narrador-personaje compone los sucesos. Reacomoda la realidad desde la escritura, esta vez a puntadas sobre la tela.

Pero ninguno de esos artefactos verbales o argumentales escamotea (por el contrario, subrayan) la terrible textura de una realidad narrada con un verismo que la convierte en experiencia personal, cercana, para el lector. “El tiempo donde vivíamos los de acá, no se molestaba en irse para ningún lado”, dice la narradora recapitulando las terribles circunstancias de su vida. “La noche no sabe del tiempo. No tiene pasado, es un presente que no pasa. La noche dura en su eternidad. (…) Nadie se acordaba de los muertos que habían existido aquí. No estaban. No estábamos. No guardábamos memoria de que estuviéramos. Nadie de los enterrados aquí podía ser desenterrado para recordarse.  Vivíamos y moríamos en un oscuro”.

Si la narrativa actual se nos vuelve cada vez más anecdótica y cinematográfica (Hollywood y el best seller mandan, dictando una literatura “amable” de leer y tirar), este libro nos devuelve la epopeya.

El escritor portorriqueño Luis López Nieves escribió en 1984 su cuento “Seva”. El cuento comienza simulando ser una carta escrita por el autor a un periódico de San Juan, se habla de documentos que comprobarían que la invasión se produjo en verdad en mayo de 1898, no el 25 de julio, y que encontró una resistencia tan heroica en Seva que las tropas norteamericanas liquidaron al pueblo completo, instalaron sobre sus escombros la base militar Roosevelt Roads y construyeron en las inmediaciones otro pueblo, Ceiba, que existe realmente, para evitar una rebelión popular y trastocar la historia. Fue infructuoso que López Nieves intentase explicar que aquello era solamente ficción, porque “Seva” se convirtió en historia de inmediato y la gente comenzó a exigir justicia y esclarecimiento del pasado. Del mismo modo, sería infructuoso que Froilán Escobar intentara convencernos de que estamos frente a una ficción, que ésta no fue la guerra.

La poética de La última adivinanza del mundo nos conduce hacia ese espacio sin tiempo donde la palabra consigue crear una realidad que adquiere vida propia. A los lectores se nos concede la oportunidad de otorgar a estas palabras textura de experiencia personal, intransferible.

 

“Tejer la realidad”; en: La Nación, San José de Costa Rica, 24/06/2012





Fragmento de la novela Bitácora del silencio, 2012

31 05 2012

Sábado 29 de marzo, 1980

 Como de costumbre, he sido el primero en levantarme. Mientras me lavaba los dientes, he puesto un café con la candela bajita, para que el agua hirviendo pase lentamente y arrastre hasta la última molécula de cafeína. Me serví una buena taza con poca azúcar y regresé a mi cuarto, donde Helena está rendida, de lado, desnuda sobre la sábana azul, con la mitad de su pelo castaño y tupido sobre la cara. Me acerco a ella sin tocarla y huelo su espalda: en el leve olor a sudor flota alguna colonia desvaída. Mi aliento a la altura del coxis le hace cosquillas y se vuelve sin despertarse. Me deslumbran sus pechos bien separados, redondos, de curvatura levemente caída para empinarse de inmediato hacia los pezones grandes y de un rosado intenso, dos gotas de rose is a rose is a rose is a rose que un grifo invisible hubiera dejando caer sobre las puntas de sus pechos. Echo mi aliento también sobre sus pezones, que se arrugan en un mohín de reconocimiento, aunque ella siga durmiendo, las puntas erizadas y pulposas como suculentas frambuesas. Helena nunca ronca y su respiración es casi inaudible. A veces me da miedo. Bajo hasta su pubis y olfateo el triángulo de vello espeso pero suave. Me gusta respirar por la mañana ese olor acre a sudor y secreciones, dulcificado por el semen. Me alejo para no despertarla y me siento junto a la ventana, sorbo un buche de café y prendo un cigarro.  El olor a sexo y café humeante en la mañana otorga al primer cigarro del día un sabor glorioso. Dan ganas de masticar el humo, que el cigarro tenga un metro de largo y dure media hora. Es el único cigarro del día que sabe así. Como si supiera que estoy sentado justo enfrente, ella se vuelve hacia mí. Es tan hermosa, que mirarla durante mucho rato me da ganas de llorar. El ombligo en la llanura del vientre, la cintura breve abriéndose generosa hacia las caderas, las piernas larguísimas y, sobre todo, ese rostro de óvalo alargado, cejas altas y labios gruesos, esa expresión de niña desprevenida, como si siempre estuviera a punto de sorprenderse, pero que estalla como fuegos artificiales cuando se ríe a carcajadas.

(…)

Bajo la ducha, se me eriza la piel, como se me erizó aquel lunes, después de todo un fin de semana pensando hasta la extenuación en la reunión del viernes previo. (…) Sacudo la cabeza para deshacerme de las goticas de agua y de los recuerdos, y descubro sobre la repisa un periódico que anuncia la aprobación del Decreto-Ley número 36, sobre la disciplina de los dirigentes y funcionarios administrativos estatales. Está por ver cómo los convencen de que practiquen la antropofagia por razones religiosas y no de estricta supervivencia. Qué necesidad tendrían de devorarse entre ellos mientras abunde la caza menor.

En la cocina, mi abuelasuegra (deja que se entere la viuda de Afanásiev) me da los buenos días con el cariño de costumbre; mi suegra, con la cortesía habitual, y Cuarzo, mi pastor alsaciano, menea el rabo como la batuta de Herbert von Karajan dirigiendo El vuelo de la guasasa. Como Helena, Cuarzo suele esperar con alegría los sábados y los domingos, pero por otras razones: yo soy el único que lo saca a larguísimos paseos, y el único que le permite montar a cuanta perra ruina se ponga a tiro. Que deje una estela de perritos mestizos por todo el barrio. No le gustan ni por error las dálmatas o las lebreles afganas. Lo de él son las perras satas. Como su dueño. En mañanas como hoy, cuando debo echar a la basura los cadáveres de dos gatos que ha cazado de madrugada, Cuarzo sonríe o algo parecido con esa dotación de dientes que suscitan el cultivo de su amistad.

Cuando regreso del paseo, Helena me notifica con una sonrisa que ya está despierta tras un buen café, y lista para lo que sea, donde sea y como sea. Y que esta tarde (después de dormir un poquito la siesta, si quieres) podríamos ir al cine. Por la noche estamos invitados a una fiesta en casa de su prima Ángela.

Mientras recapitulo el plan siesta-cine-fiesta, me doy cuenta de que parece un cronograma de la Facultad: una siesta durante la que no se duerme, un cine en que sí se duerme, y una fiesta donde quisiera dormirme, sólo que la bulla no me lo permitirá.

Domingo 30 de marzo, 1980

Anoche la fiesta fue tan estúpida como de costumbre, pero más larga. Nos cogió la confronta de las cuatro de la mañana. Entre una cosa y la misma cosa (porque dos cosas no hubo), nos dormimos a las seis. Hoy nos hemos levantado con resaca, sueño y el tiempo justo para ir a almorzar a casa de tío Manolo. Decirle que estamos descojonados y que preferimos comernos una tortilla y quedarnos remoloneando, no es admisible. Como el comité militar. Salvo certificado médico, no hay excusa.

Durante toda la tarde nos extendimos hablando del clima, de las últimas películas, novelas, chismes, boberías surtidas. No nos interesa la pelota, no podemos hablar de mujeres delante de las mujeres y de política es preferible que no hablemos. Mi padre es la voz del Partido; mi tío, La Voz de las Américas; yo, la voz de una adolescencia tardía, ingenua y contestona (según ambos), y los demás son como la voz de la conciencia: no solemos oírlos. Sostener una conversación de tres horas sorteando los grandes temas nacionales es una prueba de amor familiar y bienllevancia.

Como ellos notaron a la media hora, yo estaba lejos, distraído. Tuve que zafarme con una excusa que olvidé inmediatamente. Estaba lejos, desde luego, y no podía decirles cuan lejos querían enviarme. Mi padre posiblemente no lo sepa hasta que no sea un hecho. Con él estoy discutiendo desde los catorce años, cuando me percaté de que el bingo nacional estaba trucado, porque cantaban fichas que no aparecían en ningún cartón.  Discutimos hasta el día de su pasado cumpleaños, cuando le prometí solemnemente no hablar con él nunca más de política. “Mira, viejo, si quieres hablar de política, monologa; yo te miraré como si fueras un paisaje. Ya soy huérfano de madre. No voy a perder al único padre que tengo. Ya Carlos y Federico me han dicho que no me adoptan. Para cubano, con Paul Lafargue tuvieron sobredosis”.

Mi tío Manolo bien podría saberlo. ¿O será mejor no preocuparlo desde ahora? De momento, esperaré.

A mi hermano, ni se diga, nunca mejor dicho, y a Helena. A Helena, tarde o temprano tendré que decírselo. Sospecho que me apoyará, pero temo que sus ilusiones progresistas —que su marido progrese, que le den un carro, una casa y viajecitos a Extranjia— puedan verse seriamente devaluadas. No es lo mismo la recogida que la siembra; no es lo mismo que el ingeniero de tu marido coseche fósiles a que el sepulturero de tu marido siembre finados en un panteón con la esperanza  de que algún día se conviertan en fósiles. Mira que eres hablamierda, Álvaro. Si Helena se interesara en tu suculento futuro, ahora mismo te soltaba como a una papa caliente. Lo más cerca que ha estado de interesarse por tus bolsillos ha sido al quitarte los pantalones.

No sé. No sé. Tengo que decírselo a alguien, pero no quiero. De momento, cargo con mi pesao.

Por la tarde, parloteo de casi cualquier cosa con mi suegra. De noche, ya de regreso a la Facultad, entablo conversación con un viejo en la guagua y con una muchacha en el directo a Pinar del Río. Cualquiera que me vea, no me reconocería. En estos viajes, hasta que apagan la luz, sólo suelo conversar con Hans Schnier, con Funes El Memorioso, con Jerórimo de Azcoitia y otros de su calaña.

Lo de hoy no es incontinencia verbal. Como el camello, estoy abrevando palabras para cubrir la travesía de silencio que me espera.

(…)

Lunes 31 de marzo, 1980

Debo reconocer que aquella tarde tuve mucho miedo. El miedo y el vértigo que se sienten al tropezar en el borde de la azotea. Pánico a presentirte volando hacia el asfalto. Imagino que cuando uno está en el aire, viendo como la calle se acerca a toda velocidad, no habrá tiempo ni cabeza para el miedo. Ante la inminencia del splash, uno se encomendará a Dios, o a Carlos Federico Vladimir, la Santísima Trinidad, tratará de agarrarse a un balcón, a una persiana, a una tendedera o al cogote del vecino asomado imprudente a su ventana; uno intentará desesperadamente frenar en el aire, caer de pie como los gatos, sobrevivir. El caso es que estoy en caída libre. Ya no tengo miedo a resbalar en el borde de la azotea.

Recuerdo que entré a la reunión temblando (quisiera pensar que por dentro). No se trataba de un debate entre iguales, ni de un juicio donde una instancia imparcial sopesaría pruebas y razones. Yo entraba como el ratón a una asamblea de gatos noruegos: ni siquiera comprenderían mis alegatos.

Tenía miedo al castigo, desde luego. Pero más miedo le tenía a esa condición de res entrando al matadero cabeza abajo, colgada de la cadena de montaje, de res a la que previamente le han cortado la lengua para que no chille.

Aun cuando al final me preguntaron si tenía algo que decir, aun cuando alegué (todavía dubitativo por la sorpresa) todo lo que pude en mi descargo —tratando de echar mano a la reserva estratégica de dignidad para mantener la compostura—, ellos no sólo contaban con que yo iba desprevenido a enfrentar acusaciones que ellos venían preparando minuciosamente desde hacía meses, sino que ni siquiera escucharon lo que yo pude buenamente hilvanar. En el aula, quizás yo había aventurado opiniones un tanto heterodoxas. En círculos íntimos, con alumnos más o menos cercanos, había hecho comentarios alternativos (mi tío dice que eso siempre se conjuga en pasado: alterna-tuvo). En la reunión estaba Dos Menos Diez, Dos, para abreviar (aunque él quisiera ser Uno). Al caminar, su pie izquierdo apunta hacia el Noroeste y su pie derecho, hacia el Noreste, de modo que a velocidad de crucero, sus pasos hacia el norte son una lenta sumatoria vectorial. Aún así, tiene la intención de llegar lejos. Aquella tarde me di cuenta por su mirada que Dos Menos Diez, secretario del Comité de la Juventud Comunista y mi alumno de cuarto año, lo sabía todo, presencialmente o por mensajería. Y aquello me dejó momentáneamente fuera de combate. Mi alegato estuvo lejos de mis discursos más brillantes.

Pero aprendí otras cosas esa tarde: Héctor Porfirio Pastor podía no alcanzar ni la centésima parte de mis lecturas ni mi currículum científico, pero en aquel pequeño salón con una mesa, una docena de sillas, dos ventanas y una bandera, él era el Partido, y el Partido es el Gobierno, el Gobierno es el Estado, el Estado es la Patria, y la Patria Toda, desde sus orígenes hasta el día que el Sol se convierta en supernova y todo se vaya al carajo, es el Pueblo, todo el Pueblo. De modo que frente a mí no estaba el fiscal HP2 acusándome a mí (insecto, piojo, hormiga), sino Todo el Pueblo de Cuba, los nueve millones, y todos todos los mártires y próceres de la Patria, desde el indio Hatuey a la fecha, es decir, todo lo que, para abreviar, llaman “La Revolución”. Y, no sé qué haría otro, pero yo me apendejé, para qué voy a negarlo. Si dijera otra cosa, el bolígrafo se negaría a escribirlo y las páginas de este diario se cerrarían mordiéndome la mano. Así que me apendejé. Dejo constancia en acta.

Por cierto, si alguna vez me releo y ya no me acuerdo, escogí este cuaderno, porque es lo suficientemente pequeño como para llevarlo siempre encima, dormir con él, colocarlo sobre el murito del baño cuando me ducho y guardarlo en un bolsillo bajo estricta vigilancia del botón. Sé que es una comemierdada poner todo esto por escrito. Si lo cogen, entonces sí dispondrían de “pruebas documentales”, no esa película con guión de Antonin Artaud que le están pasando ahora al rector. Pero tengo que hacerlo. No sé por qué. Y me da miedo averiguarlo. De momento, tengo que hacerlo. Y escribir como quien se confiesa a un sacerdote mudo. Si también sobre tí tengo que escribir a tropezones de eufemismos y silencios, estoy jodido.

Mañana debo pensar en la estrategia de mi defensa. Una apertura inglesa, erizo, en formación flexible: pinchar y escabullirme. Pero mañana. A esta hora ya no puedo ni con mi alma. Qué falta me haría Laura, la abogada. Desde que me sorprendió practicando alpinismo (encaramado sobre las cumbres de su prima Isel­) no puedo ni llamarla por teléfono. Debe ser la mujer de este planeta que más veces se ha cagado en mi madre.

Martes 1 de abril, 1980

 Raquel Vasallo es de esas personas a las que todo el mundo llama por su nombre completo. No por pleitesía. Suena mejor Raquelvasallo que Raquel. Hay nombres cojos; necesitan recostarse a un apellido. Con ella, todo va siempre suave, resbala como manteca de cacao. Sabe decir que sí y decir que no con la misma amabilidad y una mirada afectuosa, casi de admiración. Llegas a creerte que el “no” se debe a alguna obligación misteriosa, pero que su corazoncito te aplaude hasta despellejarse los ventrículos. Aunque sea una ilusión óptima. Y eso que tiene bajo sus órdenes —es un decir— a una pandilla de profesores muy jóvenes, académicamente solventes pero conscientes (o muy, o extremadamente conscientes) de que integran una promoción no asistida por los sistemas de ayuda a los pueblos hermanos o por los planes emergentes de “necesitamos técnicos con urgencia”, aunque sean ingenieros prefabricados. Profesores universitarios de 25, 26, 27 años (la mitad de mis alumnos son más viejos) que se sabe un resultado de la selección natural —en primer año, entramos 145, pasamos 42 a segundo año y a tercero, 23—. En fin, que todos somos comemierdas con ínfulas (justificadas) y deseos de demostrarle al mundo que los geólogos rusos son carne de paleontólogo, que la deriva continental es inobjetable, la tectónica verticalista, una reliquia, y que antes de nosotros, era el caos. Lo cierto, volviendo a lo que iba,  es que siempre el diálogo con Raquelvasallo ha sido fluido. Hasta aquel lunes aciago. (…) Mientras más la miro, menos entiendo el matrimonio de Raquelvasallo con HP2.  La libélula y el coyote. Heidi apretando con el yeti. En fin. En la naturaleza eso no ocurre. Algunos ADN deberían ser incompatibles con el resto de la especie.

(…)

Estoy escribiendo al regreso, no del almuerzo, sino de mi asombro. Al mediodía se apareció Ángel Villar, mi alumno de cuarto. ¿Ya almorzó, profe? No. Yo tampoco. ¿Quiere que almorcemos juntos? Y bajamos juntos al comedor, asaeteados por las miradas de un par de profesores, del decano desde su atalaya y de José Dorado, Dos Menos Diez, quien salía en ese momento del laboratorio. Era todo un gesto de desacato (…). Todavía estoy entre asombrado, admirado y agradecido.

Miércoles 2 de abril, 1980

Ahora mismo estoy solo en el departamento y me siento más acompañado que si estuviera lleno de gente. Es posible que el quedarme a solas conmigo mismo me ayude a conocerme mejor, a investigar mis carencias y mis sobrancias (si las hubiera, digo), a saber cómo manejar con la máxima eficiencia este instrumento que la naturaleza me ha otorgado: yo mismo. E ir tomando mis notas de campo, muestrearme, examinarme a mí mismo bajo la lupa a ver qué tipo de estratificación escondo, qué metamorfismos he sufrido, la cristalización de mis minerales. Quizás si uno nace solo en medio de Siberia o de la pampa argentina, nunca llega a percatarse de la magnitud de la soledad. Hay que “disfrutarla” por contraste, cuando te la conceden por decreto. No sé si es relax & enjoy, como recomiendan en caso de violación, esto de encontrarle alguna ventaja a mi condena. Por otra parte, ni siquiera sé si me interesa adentrarme en el profundo conocimiento de mí mismo. ¿Y si acabo descubriendo que no soy el hombre con quien me gustaría pasar el resto de mi vida?





El traidor y el héroe

9 05 2012

El traidor de Praga (Ed. Verbum, Madrid, 2012), de Humberto López y Guerra, es, en varios sentidos, una obra original en el contexto de la literatura cubana.

La historia gira alrededor de un momento clave del siglo XX: la inminente caída del socialismo real a partir de la Perestroika y la Glasnost implementadas por Gorbachov. En el arranque de la novela, una reunión nos muestra a viejos ejecutivos de la política que se aferran a los botes salvavidas antes del inminente naufragio, sin importar lo que le ocurra al resto del pasaje. Las nomenklaturas se niegan a asumir mansamente su extinción y crean los Comandos Internacionales de Solidaridad, cuyo propósito es reactivar (más bien calentar) la Guerra Fría y torpedear el proceso de distensión, internacionalizar el comunismo de trincheras que los cubanos conocemos perfectamente.

No voy a revelar, desde luego, el argumento de esta novela. Sí anticipo a los lectores que está bien tramada y mantiene un ritmo con frecuencia trepidante en la mejor tradición del género. La agilidad narrativa apenas decae en algunos instantes y el lenguaje, conciso, pero efectivo, funciona a disposición de la trama, lo cual es un acierto.

El argumento de la ficción narrativa está engastado en una circunstancia histórica concreta, que el autor maneja con solvencia y, en muchos casos, revelando información desconocida para la inmensa mayoría de los lectores. Personajes reales e imaginarios se codean a lo largo del libro. Ello otorga a la historia una credibilidad adicional que va más allá de la mera veracidad literaria. Por momentos, crea la ilusión de estar asistiendo a la historia, no a una ficción que se sustenta sobre la historia.

No es una casualidad ni una graciosa concesión de los dioses ciegos de la literatura. La novela ha sido edificada sobre una prolija investigación que va desde las grandes líneas de la política y la historia del siglo XX hasta los detalles de la acción que, con frecuencia, conceden a la narrativa una credibilidad adicional. Ausente de Cuba durante cuarenta años, el autor realizó varios viajes a la Isla para captar la atmósfera, el ambiente, la vida cotidiana que es imposible capturar desde la distancia. La feliz incorporación de esa percepción a la novela le añade el aroma, el sabor de la realidad.

Decía al inicio que El traidor de Praga es, en varios sentidos, una obra original en el contexto de la literatura cubana. ¿Por qué?

Durante el último medio siglo, la literatura cubana, tanto la escrita dentro como fuera de la Isla, se ha sumergido, salvo excepciones, en la endogamia ideotemática, gracias a la conjugación de diversos factores. En primer lugar, la excepcionalidad de la historia cubana reciente en el contexto de América Latina. En segundo lugar, la insularización de la vida artística y literaria, sobre todo hasta fines de los 80, y los escasos contactos con el exterior, salvo aquellos en que la política primaba sobre la literatura, lo cual fraguó una literatura desasida de los grandes movimientos culturales contemporáneos. Y, como corolario, dentro de la Isla, una industria editorial que favoreció la aparición y la difusión de varias generaciones de autores, pero, al mismo tiempo, los confinó en el batey nacional si exceptuamos esporádicas escapadas al mercado mundial de las palabras. La literatura de la diáspora también se refugió recurrentemente en la ficcionalización de la memoria, algo que es casi una norma en las narrativas exiliadas.

El traidor de Praga se incorpora a una tendencia relativamente reciente en la literatura cubana: expandir las fronteras ideotemáticas y, sin perder una perspectiva insular, apropiarse de una realidad más vasta y desmontar los códigos de la “excepcionalidad” cubana rearticulándola en el flujo histórico de la contemporaneidad globalizada. Humberto López lo consigue, en buena medida por su condición de ciudadano de la Isla y del planeta.

Otro acierto de la novela es romper el trazado de esa historia circular en la cual nos hemos sumido durante medio siglo. Aquí la microhistoria cubana se globaliza, se suma al intento de “contrarreforma” con que la vieja nomenklatura comunista mundial intenta subvertir la democratización iniciada por Gorbachov. El tan cacareado internacionalismo proletario (que en Cuba va abdicando a favor del internacionalismo propietario) cede su lugar en la novela al terrorismo internacionalizado.

Al margen de sus grandes aciertos, la novela incurre, a mi juicio, en algunos desajustes de lenguaje cuando ciertas expresiones resultan inverosímiles en boca de un agente de la CIA o de la Seguridad cubana. Por otra parte, la banda final de los muchachones reclutados por El Topo se parece demasiado a esos grupos de mercenarios al parecer mercantilistas y despiadados, pero en el fondo tiernos y justicieros, que abundan en las películas de Hollywood. Quizás un equipo profesional de la CIA fuera más creíble en tanto que veracidad narrativa.

La imagen que se ofrece del mundo de los segurosos cubanos, alemanes y rusos, es la de una manada de lobos dispuestos a matarse a dentelladas entre ellos, no sólo al enemigo, en un juego de intrigas y zancadillas. En contraste con travestis, chulos de la revolución, psicópatas o tenebrosos jefazos, el único “normal” es justamente el traidor. Mientras, en el ala opuesta, todo parece una familia feliz que se cuida y protege mutuamente, y donde un adjunto soplón es apenas sancionado con un cambio de departamento. Creo que ambos polos deberían ser más matizados. No pertenezco a ningún cuerpo de seguridad, pero posiblemente no escaseen hijos de puta y personas más o menos decentes en ambos bandos.

Más allá de pequeños desaciertos, El traidor de Praga mantiene la atención del lector y cumple con creces la expectativa de género. Una historia, en suma, que, como reza la contraportada, “desvela los entresijos del espionaje internacional”. “Nunca sabremos con certeza si sucedió realmente, aunque todo es posible…”. Y esa mera posibilidad es, posiblemente, lo más inquietante.

 

“El traidor y el héroe”; en: Cubaencuentro, Madrid, 09/05/2012. http://www.cubaencuentro.com/cultura/articulos/el-traidor-y-el-heroe-276526





Fragmento de la noveleta Daños colaterales

31 03 2012

Portada Daños colaterales

 

La esperanza es un buen desayuno,

pero una mala cena.

Francis Bacon (Novun Organum)

 

Varios años antes de que el profesor Urbano Rocasol soñara con surcar el Mediterráneo, el general Ramiro Valdivieso temió durante semanas que el cargamento no llegara a tiempo. Su hombre en la península le aseguró que cumpliría, pero no es fácil escabullirse a través de las escasas zonas muertas de los radares, pasar inadvertido al ojo casi Dios de los satélites.

Por fin, apostado en lo alto de una duna, el general observa la maniobra a través del sensor infrarrojo de sus prismáticos. La lancha de veinte metros de eslora, afilada y sigilosa como un suspiro, detuvo sus motores hace algunos minutos, momento en que Ramiro pudo escuchar la perfección del silencio. El viento no mece esta noche ni una brizna de hierba y hasta el mar parece lago, con un oleaje imperceptible acariciando tímido la arena de la playa. Desde su atisbadero, el general observa el traslado de las cajas que van siendo estibadas en la camioneta verde oliva. A través del visor, los hombres son manchas de calor corporal recortadas contra el relente de la madrugada. Cuando toda la carga ha sido desembarcada, Juan Dos, El Jimagua, idéntico a su hermano (salvo en el destinatario de sus devociones), de pie al borde del agua, se vuelve hacia el visor infrarrojo y hace un amago de saludo militar que Ramiro responde con un leve gesto de la mano.

Visiblemente incómodo dentro de esta chaqueta de ante con forros interiores high tech, y calzando unos mocasines Clark de purísima piel (a 500 yuanes el par), en lugar de sus habituales botas, Juan Dos cuelga su mochila del hombro derecho y se acomoda en la lancha, que arranca con un zumbido y enrumba hacia el Norte a toda velocidad. En escasos minutos, la embarcación desaparece del sensor, engullida por la noche. El general da la espalda al mar y desciende la duna. No espera a que el jeep se detenga completamente. Salta a la cabina con una agilidad que envidiarían hombres más jóvenes, y el conductor acelera por el camino de tierra en dirección a la zona alta de la ciudad.

 

Juan Dos disfruta una sensación de libertad, de euforia: el viento del estrecho en su cara, el picor salado de la mar, la oscuridad que la lancha va sajando, las imperceptibles vibraciones del motor, como si cabalgase a un ser vivo, y oye el golpeteo no tan imperceptible del casco al rozar de vez en vez la superficie de las olas. Si no fuera por ese roce, diríase que viaja en vuelo rasante sobre el agua. A ciento cincuenta nudos no hay mucha diferencia entre la navegación y el vuelo. De acudir a su destino en línea recta, en cuarenta minutos tocarían tierra, pero la computadora de a bordo modifica continuamente el rumbo para aprovechar las cambiantes zonas muertas de los radares, eludir las planeadoras neumáticas de la guardia costera y, lo que es más difícil, engañar al ojo omnividente de los cielos. O, al menos, que las sospechas de ese sucedáneo de Dios se conjuguen demasiado tarde.

A las dos horas de navegación zigzagueante, han doblado hacia el oeste la península y se adentran en una de las zonas menos vigiladas del país: los Everglades. Cualquier intruso deberá sortear las emboscadas de los cazadores furtivos, quienes lo mismo capturan animales salvajes que turistas domesticados, y las milicias de autoprotección del pueblo seminole, con jurisdicción total en su territorio —se cuenta que en ocasiones abortan las visitas de forasteros incómodos practicando ritos ancestrales. Maledicencia de los caras pálidas, desde luego—. Cualquier intruso deberá evitar los corredores de los narcos, que pagan puntual peaje a los seminole, y no se descarta el encuentro con algún caimán a dieta rigurosa por el menguar de sus víctimas en la cadena alimentaria, aunque ni así se resignan a la herboristería. Al parecer, el patrón conoce la ruta exacta que les evitará incómodos encuentros. Con la mirada fija en la computadora, se desliza como una culebra a veinte nudos por el espeso manglar. Juan Dos tiene la impresión de que se estrellarán en cualquier momento, pero tras cada obstáculo, nuevos canales se abren como por arte de magia.

Falta una hora para el amanecer cuando la lancha sale a una llanura de hierbas y agua, para detenerse en un cayo de monte. El patrón, que no ha dicho ni media palabra en todo el viaje, le señala, con el cañón de un arma que ha extraído de algún escondrijo bajo el tablero, una choza agazapada entre los matorrales. Juan Dos mira el arma y saca lentamente del bolsillo interior de su chaqueta una tarjeta de plástico verde que arroja al hombre, quien la atrapa al vuelo pero no mueve la mirada ni para comprobar que la cantidad sea la acordada. Juan Dos salta a tierra, y el patrón arranca a toda velocidad sin dejar de apuntarle. Gracias a sus precauciones, el contrabandista lleva vivo cuarenta y dos años y piensa seguir en ese estado otros cincuenta.

Juan Dos sonríe mientras entra a la choza. «Ni un cabo suelto», le dijo el general. Bien empezamos. Consulta su brújula y de un taconazo corrobora que en la esquina noroeste el piso de tierra suena a hueco. Bajo la trampilla de madera hay un elegante maletín Sansonite embalado en plástico azul. Tras echarle un vistazo, vacía en el maletín el contenido de su mochila y la arroja al nicho, cerrando de nuevo la trampilla. Entre los presagios del amanecer, su aspecto de hombre de negocios, levemente marcial quizás, contrasta con el paisaje del pantano.

Clarea ya cuando se escucha el ruido de un motor. Un enorme Cherokee X-1000 tatuado con los colores de la reserva seminole se detiene frente a la cabaña. Las puertas deslizantes se abren sin un chasquido y desde el asiento del conductor un hombre con las facciones más raras que Juan Dos ha visto en su vida le suelta una palabra en la lengua de los navajos, una palabra que Juan, no muy sobrado de neuronas, se ha esforzado en recordar durante semanas. En respuesta, Juan Dos pronuncia «oruatnec» y el otro lo invita a subir.

Mientras se deslizan a ochenta kilómetros por hora a través del estrechísimo camino, Juan lo mira de vez en vez, porque bajo las facciones aindiadas se esconde un compendio de etnografía humana: labios finos de algún antepasado anglosajón, ojos rasgados huyendo hacia las sienes, piel mulata más que cobriza y, para rematar, un par de ojos azules y una melena rubia que cae en larga coleta a la espalda, aprisionada por un anillo de plata, lo que contrasta con su uniforme y su placa de alguacil de los seminole. Juan Dos no puede menos que admirar la pericia con que este hombre conduce un cacharro de dos mil seiscientos kilos y quinientos caballos de potencia por un camino tan ajustado como una camiseta de neopreno. Claro que la computadora ayuda, advirtiéndole de antemano todos los recovecos del camino.

Tras una hora de barrizales sin otro paisaje que el espeso matorral, el camino los deposita en una carretera secundaria que en cinco minutos se convierte en la vía de acceso 388 y los emboca a la Super South: 24 x 24: veinticuatro carriles atestados de vehículos las veinticuatro horas. Antes de entrar al expressway, deben trasponer, a velocidad de zona escolar, el peaje electrónico. Los sensores comprueban la matrícula, el registro del estado técnico del vehículo, cobran el tramo y desactivan la conducción manual. Aunque el alguacil detesta que una máquina lo conduzca, no le queda más remedio. De ir hasta la ciudad por una carretera secundaria, corre el riesgo de tropezar con los policías blancos de la InterCity. Sus relaciones con ellos jamás han sido cordiales. Y con este pasajero a bordo, mejor no tentar a la suerte. Bastante suerte ha tenido con esta inesperada paga extra.

Entran a un tramo despejado, y las balizas los aceleran hasta ciento cincuenta millas por hora, pero en un par de minutos ya están metidos en el caudaloso río de vehículos que acude cada mañana a la ciudad. El piloto automático reduce hasta la velocidad estándar, ciento veinte millas por hora, y ajusta la distancia mínima de seguridad entre vehículos: cuatro metros y medio. En los automóviles aledaños, una mujer se maquilla, otra ve la tele, un atildado señor se afeita, y tres niños desayunan camino a la escuela. Juan Dos descubre que su conductor multirraza ha cerrado los ojos. El lector de iris del tablero también se ha percatado, e imparte órdenes al asiento, que se reclina suavemente hasta convertirse en una cama. El alguacil ronca con una tranquilidad que Juan Dos envidia.

* * *

 

Embriagado por el aire yodado de la mar que penetra por los ventanales del anfiteatro, el profesor Urbano Rocasol sienta el principio da conversa que signará sus enseñanzas: «La verdadera sabiduría tiene siempre más preguntas que respuestas. Dudar es su principio rector, su llave maestra». En su oficina, frente al monitor que transmite en diferido la clase, el general Ramiro Valdivieso para de golpe las orejas en la palabra «dudar», y no las baja hasta «maestra». El general sabe que comprender la historia requiere una exhaustiva información. Y modelar la historia, más. El profesor comenta ahora que las religiones han practicado durante milenios una pedagogía exactamente inversa: pensar es tarea del Sumo Hacedor, y la nuestra se remite a explicar su obra, usuarios del software que Dios puso en nuestras manos (siempre atendiendo al Manual) y con la expresa prohibición de desentrañar el hardware, terminantemente inscrito en la Oficina Celestial de Patentes. «Feuerbach nos aportó una noción un tanto diferente, entendiendo que la religión es el disfraz de la relación sentimental, cordial, cognoscitiva, e incluso sexual, entre los hombres. La palabra Hombres tiene aquí una acepción genérica, señor Ja Ja Ja  —reprende a un alumno de la penúltima fila—. Etimológicamente, puede que Feuerbach tuviera razón: religión: religare: unión. Y los dioses son un reflejo de los hombres, con sus vicios, virtudes y aspiraciones. Recuerden las canallescas y barrioteras broncas del Olimpo o el zapping sexual de los orichas —se aclara la garganta—. Con el tiempo, el hombre fue perfeccionando sus dioses, procreando por cruce divino nuevos dioses mestizos, hibridando el ADN celestial de distintas culturas. El resultado son los grandes sementales: Jehová, Buda, Alá. Fue un tiempo trágico para la comunión (¿amor?) entre el hombre y su Hacedor. Los capos del cielo eligieron portavoces en la tierra, y ya en el Concilio de Nicea, en Asia Menor, convocado en el 325 por Constantino I, se establecieron los símbolos de la iglesia (Dios no parece atenerse al mundo audiovisual) y sus principios, obligatorios para todos los cristianos, so pena de ser juzgados por delitos contra el Estado».

Desde la penúltima fila del anfiteatro, Marina contempla con admiración a su padre; aunque no soporta que le dé clases continuamente, con esa voz de bajo que parece venir desde el fondo de alguna biblioteca asediada por el olvido, invocando siempre la cita justa en el momento justo, dada su memoria, digna de Funes, que le permite recordar la página, el párrafo, el tipo de letra y hasta el ISBN de un libro que leyó hace veinte años.

«Claro que Dios no participó en aquel concilio. Bastante tuvo con crear el mundo en el tiempo récord de una semana —continúa el profe—. Desde entonces, disfruta jubilación anticipada. Algunos pensadores maliciosos sospechan que ni siquiera lo consultaron en las preliminares de aquella asamblea; ateniéndose a que, desde entonces, terratenientes y nobles, burgueses protestantes (la religión más empresarial), dictadores, mandantes y mangantes, han suplantado la voz de los dioses, han gobernado en su nombre y por prescripción divina, así sean, en su fuero más interno, perfectamente ateos —de nuevo se aclara la garganta (otros deberán aclararse las ideas) —. Y si les digo todo esto, es para promover en ustedes la independencia de toda palabra divina (empezando por el carácter relativo de mi propio magisterio), cosa que se obtiene, exclusivamente, mediante el sano ejercicio de la palabra propia. Siempre atendiendo a esa sabia recomendación del señor Vox Populi: Asegurarse de que el cerebro está conectado antes de empezar a hablar. Hasta mañana. A la misma hora».

* * *

 

Juan aprovecha el sueño de su conductor para comprobar que todos los documentos del maletín estén en orden y se palpa la pierna derecha. Vista desde algún satélite, la ciudad debe semejar un enorme corazón alimentado a través del sistema vascular de las expressways, sístole, diástole, por un flujo continuo de humanos. Cuando Juan Dos consulta por segunda vez su reloj, los gorjeos de Cecilia Bartoli en La Cenerentola, de Rossini, despiertan al conductor con tiempo suficiente para que se despeje y asuma la conducción manual tras abandonar la SuperSouth por la 208 de acceso al Gran Miami. En menos de media hora están frente a un viejo hangar. La puerta metálica se abre a regañadientes con un lamento de metales oxidados. El alguacil le entrega las llaves de un Ford Cobalt parqueado en medio de la nave y concluye en perfecto castellano:

—Misión cumplida.

Juan Dos guarda las llaves y extrae un lector de iris.

—Antes, tengo que comprobar que nadie sabe que estoy aquí.

—Correcto —responde el alguacil colocándose el lector a modo de gafas.

Tras una ronda de preguntas, Juan Dos verifica el resultado, asiente, guarda el lector, se agacha, abre el maletín ante la mirada expectante del otro —por fin Maryann tendrá su virtual reality—, al tiempo que su mano derecha se desliza hacia la pantorrilla. Hay un destello en el aire y el alguacil mira incrédulo durante una fracción de segundo el mango del enorme cuchillo de caza que lo ha clavado contra el asiento de cuero gris después de partirle el corazón. Todavía se mueve espasmódicamente y los chorros de sangre golpean el parabrisas, cuando Juan Dos desciende y se quita los finísimos guantes de látex transparente donde constan las huellas dactilares de alguien. Los guarda en la Sansonite y se enfunda parsimoniosamente un segundo juego. Sale en el Ford y cierra de nuevo la puerta del hangar.

«Ni un cabo suelto en esta misión, ¿entiendes? —Juan Dos recuerda las últimas palabras de Ramiro Valdivieso­— El enemigo aprovecharía la más mínima excusa para abrirnos una causa ante el Tribunal Internacional. ¿Comprendes?». «Ni un cabo suelto —se repite Juan—. Por suerte, el hombre decía la verdad. Nadie sabe que estoy aquí. Y nadie lo sabrá». Hace una brevísima llamada telefónica y extrae la unidad de memoria del teléfono, que arrojará al río diez kilómetros después. Apaga el sistema de guiado por satélite del coche, consulta el mapa y dobla a la derecha en busca de la 406, que deberá conducirlo hasta el aeropuerto.

* * *

 

El anfiteatro se va desinflando. Pablito sabe que el profesor Urbano tiene razón en que la razón es la única razón que no admite otras razones que la razón. Toda fe tiene que ser matemáticamente demostrable, porque incluso el amor tendrá su ecuación. Ojalá y nunca se descubra. En sus reuniones del Comité de Base, concilios ateos, las orientaciones caen de las alturas. Traguen sin rechistar, muchachos. Prohibido escupir la hostia. Por eso algunos cuchichean que el profe ha lanzado su coña anticlerical, como si nadie entendiera lo de los símbolos de la iglesia y el delito de Estado, jugando a los escondidos con un pie en los clásicos, sin despegarse de primera base.

 





Radiografía de la infamia

17 02 2012

Iván Griegórevich regresa tras 29 años en el Gulag y visita a su primo Nikólai Andréyevich, eminente científico que en la obra Vida y destino, de Vasili Grossman, se balancea entre la grandeza y la infamia. La escena, que ocupa el capítulo 4 de Todo fluye (Debolsillo, Barcelona, 2010), de Vasili Grossman, es un prodigio de contención y síntesis narrativa. El científico exitoso habla de los tiempos de la angustia, cuando podía llegar una visita indeseada en plena madrugada, de las cartas que tuvo que firmar y las infamias que se vio obligado a cometer. Pero ahora, muerto Stalin, el mundo es luminoso, y pasa entonces a relacionar los éxitos de la ciencia y la industria soviética. El que acaba de regresar desde tres decenios en el inframundo, apenas habla. Su silencio es dramático, trágico, acusatorio. Viene del mundo de los muertos, y los muertos no hablan. Posiblemente sea uno de los silencios más elocuentes de la literatura.

Si en Vida y destino, Vasili Grossman compuso la epopeya soviética por antonomasia, la Guerra y paz del siglo XX, en Todo fluye, su testamento literario, concluido en 1963, pocos meses antes de su muerte, en 1964, el autor avanza mucho más allá, no en la narración de los hechos, sino en la indagación de sus causas más profundas.

La visita a su primo, detenerse ante el edificio donde aún vive, casada con otro, la que fue el gran amor de su juventud, y el encuentro casual con un alto personaje de la nomenklatura cuya delación, allá en la universidad, arrojó a Siberia la vida entera de Iván, son los tres instantes en que las catacumbas y el penthouse de la Rusia soviética se encuentran frente a frente.

Iván descubre que en Moscú el diktat del Partido ha ido estandarizando a las personas a su medida (la convicción, el mimetismo o la simulación han construido un solo discurso que cada uno repite con su propia dicción). En cambio, en el Gulag, él encontró todos los estratos que componen la historia rusa: viejos oficiales zaristas, mencheviques, trotskistas, campesinos deskulakizados, funcionarios soviéticos, generales, poetas, ingenieros triturados por la maquinaria del Estado, pero todos anclados en sus convicciones originales, sin necesidad de simular la fe de cada momento, porque, en su caso, la libertad de pensar es la única de que disponen como prisioneros. (Muchos verán en ello, también, una metáfora de nuestro propio exilio, donde la libertad admite esos anclajes y nos permite percibir en las sucesivas oleadas un corte geológico que va desde el republicanismo al poscastrismo). Comprende entonces Iván que las alambradas de los campos se han extendido y acordonan toda la geografía del país.

Grossman disecciona en esta novela la naturaleza de los informantes y chivatos, los somete a juicio con fiscales y defensores con la despiadada eficiencia de un cirujano. ¿En qué medida fueron instrumentos voluntarios de la perversa política de Estado y en qué medida ellos también fueron víctimas relativas, a la expectativa de convertirse en cualquier momento en víctimas absolutas? Invoca el destino, posiblemente más trágico, de las mujeres en el Gulag. Recrea, a través de la mirada de una antigua koljosiana, el Holodomor, el asesinato en masa por hambre cometido por el Estado contra los campesinos ucranianos de1932 a 1933, y que costó entre 7 y 10 millones de vidas. Debo confesar a los lectores demasiado sensibles que Grossman consigue imágenes tan poderosas (y dantescas) que pueden acudir a nuestros insomnios con una asiduidad poco recomendable.

Sobre el Holodomor hay un pasaje hermoso y sobrecogedor de esa humanidad enloquecida por el hambre:

“Cada hambriento muere a su manera. En una cabaña están en guerra, se vigilan los unos a los otros, se arrebatan las migas. (…) Pero en otras casas el amor es inquebrantable. (…) La gente se dio cuenta de que allí donde vencía el odio, morían más rápidamente. Aunque el amor tampoco salvó ninguna vida”. (pp. 190-191).

Pero este último Vasili Grossman va mucho más allá que la mera tragedia. Su protagonista anota en un cuaderno que cuando piensa en el estalinismo no piensa en Stalin, sino en Lenin. No en el Lenin culto, polemista, lector y melómano que subrayan sus hagiógrafos, sino en el Lenin intolerante con cualquier idea que no fuera la suya, el que apelaba a cualquier medio para obtener el poder (“todas sus capacidades, su voluntad, su pasión estaban subordinadas a un único objetivo: hacerse con el poder”, p. 236), el Lenin que “no buscaba la verdad, buscaba la victoria” (p. 235), el que despreciaba cualquier fórmula democrática y, sobre todo, la libertad.

El autor analiza entonces, en contraste con la historia de Occidente, donde el progreso ha estado asociado a la ganancia de libertad; la historia de Rusia: un progreso siempre asociado a la esclavitud y a su incremento, durante 900 años, que alcanza su clímax en el sistema soviético. ¿Quién era entonces, entre los brillantes líderes de Octubre (Bujarin, Trotski, Ríkov, Zinóviev, Kámenev) el llamado a heredar el legado de Lenin? Sin dudas, el heredero natural era Stalin, que aunaba lo más auténtico del leninismo: su odio profundo a la libertad y la democracia, lo que permitiría construir un Estado del que todos los rusos fueran siervos. Universalizar la servidumbre, y empleo ex profeso la palabra porque desde entonces “el mundo comprendió la fuerza del Estado popular construido sobre la esclavitud (…) Naciones y Estados podrían desarrollarse en nombre de la fuerza y contra la libertad (…) No era éste alimento para la gente sana; era un narcótico para los desdichados, los enfermos y los débiles, para los atrasados o los vencidos” (p. 250). Y añade que “Stalin ajustició a los amigos más íntimos y a los compañeros de armas de Lenin porque impedían (…) el verdadero leninismo” (p. 257).

El autor analiza las paranoias de Stalin como el miedo al cadáver de la libertad que él mismo había asesinado y el encabalgamiento en su ideología entre el ancestral despotismo oriental y la ilustración marxista de Occidente, y sentencia que Lenin, el gran revolucionario ruso, fue, en realidad, el mayor conservador, al derogar los escasos ocho meses de libertad y reinstaurar, a un nivel hasta entonces desconocido, la tradicional esclavitud del hombre ruso.

Todo fluye es un doloroso canto a la libertad, un libro conmovedor donde entre las tiniebla aparece, con toda su densidad, la grandeza humana. Es más que una novela. Una lectura insoslayable. Una lección de vida que para nosotros, los cubanos, puede ser tan luminosa como inquietante.

 

“Radiografía de la infamia”; en: Cubaencuentro, Madrid, 17/02/2012. http://www.cubaencuentro.com/cultura/articulos/radiografia-de-la-infamia-274046





De la libertad y Terminator

24 06 2011

En Mi viaje a la Rusia soviética, publicado en 1921, Fernando de los Ríos cuenta que al entrevistarse con Lenin en su oficina del Kremlin, le preguntó por la libertad, y Lenin le aclaró que “nosotros nunca hemos hablado de libertad, sino de dictadura del proletariado”, algo que “en Rusia podría durar unos cuarenta o cincuenta años”. “¿Libertad para qué?”, concluyó Lenin. De los Ríos se pregunta entonces “¿Bajo qué régimen hay que vivir en tanto se llega a la meta…? ¿Bajo el “despotismo ilustrado” de una “vanguardia” de la clase obrera, que controla toda la economía, la cultura y la expresión de un país?”.

Años más tarde, Albert Einstein, en su conocido artículo “¿Por qué Socialismo?”, advertía que “Una economía planificada puede estar acompañada de la completa esclavitud del individuo. (…) ¿cómo es posible, con una centralización de gran envergadura del poder político y económico, evitar que la burocracia llegue a ser todopoderosa y arrogante? ¿Cómo pueden estar protegidos los derechos del individuo y cómo asegurar un contrapeso democrático al poder de la burocracia?”.

Libertad, despotismo, utopía, poder, sociedad, individuo. En esas palabras se condensa la tragedia del socialismo real y, en particular, la que ha asolado a Cuba durante medio siglo.

Recientemente, la editorial Aduana Vieja ha publicado tres libros transitados oblicua o perpendicularmente por esas palabras, tres libros entre los cuales descubrimos de inmediato vasos comunicantes, puentes tendidos por la escritura entre las dos orillas, la del individuo y la del poder, mientras al fondo del cañón fluye la sociedad: sus visibles remolinos de aplausos y su corriente de fondo, casi subterránea, de frustración y miedo.

En Última novela: Cuba. Treinta años de Mariel (Ed. Aduana Vieja, 2010, 148 pp.), Ramón Luque se acerca a los autores de la generación del Mariel a través de una escritura híbrida entre la narrativa, el periodismo, la memoria personal y el ensayo. Una escritura ágil, sin pausas, que sumerge al lector en una levedad engañosa, la de los textos perfectamente anudados. Los protagonistas visibles son José Abreu, Luis de la Paz, Armando de Armas y Rodolfo Martínez Sotomayor, a los que se unen los fantasmas de Reinaldo Arenas, Carlos Victoria y Guillermo Rosales. Aunque el verdadero protagonista es la voluntad libertaria de un grupo de amigos, compinches literarios segregados por la historia y cuyo único refugio fue la geografía. Más que una comunión estética —es difícil conjugar en un corpus único la prosa avasallante de Arenas, los mecanismos de relojería de Victoria y el grito angustioso de Rosales, por poner algunos ejemplos—, los escritores de Mariel estaban unidos por la desolación. En Cuba, ellos reivindicaron al individuo frente al poder que suplantaba la voz de una sociedad silenciada. En el exilio, reivindicaron el cuerpo frente a la maquinaria estandarizadora de una sociedad donde nunca encontraron su justo lugar, al tiempo que inventaban “un Miami littéraire”, como decía Jesús Díaz en 1999 al referirse a Rosales y Victoria.

En todos ellos, en mayor o menor medida, encontramos la misma angustia del desajuste, de la incapacidad del “amoldamiento”. Un desarraigo que asola por igual a sus personajes de la Isla y del exilio. Un exilio que no es sólo ese espacio físico de la diáspora, esa patria de repuesto, especialmente Miami. Eso explica que las tres novelas de Victoria sean verdaderos Bildungsromanen, especialmente La travesía secreta y La ruta del mago, mientras Puente en la oscuridad las anuda mediante una búsqueda inversa que desdibuja la frontera entre realidad, nostalgia y mitología. Abel (La ruta del mago, 1997), Marcos Manuel Velazco (La travesía secreta, 1994) y Natán Velázquez (Puente en la oscuridad, 1993) tienen diferentes nombres, pero los tres componen un mismo Aprendizaje de Wilhelm Meister. Los tres intentan exorcizar a los mismos fantasmas: la soledad, el desarraigo y el difícil ajuste a dos sociedades que exigen su tributo, cada una en su propia moneda. De modo que los verdaderos exilios son esas huidas interiores a las que parecen propensos muchos de los personajes que pueblan la literatura de los autores de esta generación, una suerte de respuesta transgresora a las presiones de la realidad exterior. Los exilios subsidiarios del alcohol y la muerte, la noche y la literatura; excepto el propio cuerpo, ese refugio último.

De Carlos Victoria es el segundo libro, sus Cuentos completos (Ed. Aduana Vieja, 2010, 206 pp.), en una feliz reedición que añade a la anterior los cuentos de El salón del ciego y un hermoso prólogo de Madeline Cámara. Si con Luque recorrimos los predios de la generación Mariel, con Victoria nos codeamos con una galería de personajes marginados y marginales, seres que intentan ser ellos mismos frente al patrón de una presunta “normalidad”. La huida, ese es el tema de Victoria, y el exilio es apenas una de sus manifestaciones. La intolerancia, la inadaptación y el exilio no son en él cotos privados de nuestra insularidad transida de política; se extiende también a esa sociedad donde han sido acarreados por la resaca de la huida: una sociedad intolerante a su manera, cuadriculada por un andamiaje de normas y costumbres, y sometida a la dictadura del mercado. Quizás por eso la geografía de Carlos Victoria es incierta, dubitativa, los personajes transitan de un paisaje a otro, viven en Miami con el mismo gesto de habitar La Habana.  “Desde el comienzo de mi carrera noté que todo a mi alrededor conspiraba para que yo dejara de ser quien estaba siendo”, confiesa Victoria. La angustia del desarraigo y la marginalidad eclosionan en la ambigüedad de “El resbaloso”, uno de los textos más inquietantes del volumen. Ese personaje inasible, perseguido nadie sabe exactamente por qué. (¿O será precisamente por eso, porque una sociedad que nos obliga al tributo del cuerpo no acepta a ese espíritu que no puede ser disecado en las actas de la República?). Ese espíritu de la noche en la ciudad que se deshace hacia un recuerdo de la ciudad.

Si el puente entre los libros de Luque y Victoria son evidentes, el que une a ambos con Buena Vista Social Blog. Internet y libertad de expresión en Cuba, coordinado y editado por Beatriz Calvo Peña (Ed. Aduana Vieja, 2010, 329 pp.), requiere ciertas explicaciones.

Buena Vista Social Blog combina en sabias dosis el ensayo sociopolítico con textos más o menos periodísticos o íntimos de los propios blogueros y nos permite ir desentrañando un fenómeno que ha crecido selvático durante los últimos años. Este volumen dota a la blogosfera de una suerte de urbanismo a posteriori, al analizarlo como un nuevo medio de comunicación que parte de la necesidad y la iniciativa personal, pero también de esa anagnórisis que padece la cubanía independientemente de la latitud donde radique, a lo que se suma la necesidad testimonial y la urgencia de construir una sociedad civil cuyo tránsito del universo virtual al real ya se está produciendo. El libro apunta acertadamente al hecho de que la confluencia en los blogs de intimidad e intencionalidad testimonial y política ensaya y prediseña la sociedad del mañana. Y en ello radica el hecho diferencial de la blogosfera cubana: toda ella tiende a recomponer la sociedad plural abolida por decreto, incluso desde la intimidad.

En “Arte bloguética”, Yoani Sánchez habla de sus posts como un ejercicio de cobardía: “Cada nuevo post impide que la presión aumente dentro de mí y estalle de forma comprometedora. De modo que los kilobytes deben cargar con mi impotencia cívica, con mis pocas posibilidades de —en la vida real— decir todo esto”.

La blogosfera nos demuestra que la sociedad de mañana no se construye con discursos de caudillos o hazañas de héroes, sino con los pequeños miedos y las pequeñas heroicidades de todos nosotros. La voz online ya no es un código secreto entre conjurados. Va tomando la calle, el cuchicheo, el susurro, y ese, como bien saben los carceleros de la palabra, es el preámbulo del grito.

Jürgen Habermas proponía un tipo ideal de sociedad, donde la acción comunicativa fuera el eje central y, según Foucault, el sujeto-cuerpo se halla inmerso en la sociedad y es determinado por ella a partir de normas y reglas, de modo que el sujeto se interconecta con la sociedad  a partir de las relaciones de poder que ejerce y que padece. La blogosfera ha empezado a restituir el equilibrio ideal de Habermas, a equilibrar las relaciones de poder que, según Foucault, la sociedad padece, con las que ejerce.

En la práctica, el socialismo declara construir una sociedad libre donde el propio hombre no lo es, aunque Marx y Engels, en El Manifiesto Comunista, hablaban de “una asociación en que el libre desenvolvimiento de cada uno será la condición del libre desenvolvimiento de todos”. De modo que, para los puristas del marxismo, la blogosfera respondería mejor a los clásicos que esa “nueva sociedad” que no educa para ser libre, sino para obedecer y sacrificarse, en la mejor retórica bíblica, si deseas conquistar el paraíso terrenal del comunismo donde sobrarán manzanas por la libre.

En 1884, José Martí, al comentar el libro La futura esclavitud, de Herbert Spencer, anota que en un hipotético socialismo “De ser siervo de sí mismo, pasaría el hombre a ser siervo del Estado. De ser esclavo de los capitalistas (…) iría a ser esclavo de los funcionarios. (…) Y como los funcionarios son seres humanos, y por tanto abusadores, soberbios y ambiciosos, y en esa organización tendrían gran poder (…) El funcionarismo autocrático abusará de la plebe cansada y trabajadora. Lamentable será, y general, la servidumbre”.

La blogosfera es, ante todo, como anota este libro, un espacio de libertad. Una nueva forma de democracia donde el sujeto no sólo tiene voto, sino voz. Una voz que prescinde de intermediarios y censores. No pocos centros de poder acusan a la blogosfera de caótica. Y tienen razón. Es tan caótica como la libertad.

Pero la blogosfera es más que eso.

En la segunda entrega de Terminator, cuando Hollywood decidió que el futuro gobernador de California no debería hacer papeles de villano, Robert Patrick encarna al robot T-1000, un prototipo de metal líquido que es capaz de transformarse en cualquier persona y reconstruirse a si mismo aunque lo desintegren. La llamada Revolución Cubana también intentó desintegrar a su “terminator”, la sociedad de la Isla: escindió los afectos y bloqueó el diálogo entre las dos orillas, suplantó la familia de la sangre con la familia ideológica, condenó al individuo que no aceptara la servidumbre e inmolara su yo en el altar de una sociedad prediseñada mediante técnicas de ingeniería social, dictaminó la obediencia del hombre al poder, aunque cuidándose de enmascararlo como “ el bien común”. Toda Revolución funciona como un artefacto explosivo y ésta no fue la excepción. Los escritores de Mariel son esquirlas de esa explosión. Su angustia y su soledad han ido engrosando el corpus literario del exilio, que es también el corpus literario (diverso, contradictorio, enriquecedor) de todos nosotros. Hoy, esas esquirlas y muchas otras que la onda expansiva arrojó a todos los confines, comienzan a reunirse en la blogosfera como gotas de metal líquido empeñadas en reconfigurar el cuerpo de la nación. Y los guionistas del castrismo, menos imaginativos y capaces que los de Hollywood, no serán capaces de evitarlo.

 

“De la libertad y Terminator”; en: Cubaencuentro, Madrid, 24/06/2011. http://www.cubaencuentro.com/cultura/articulos/de-la-libertad-y-terminator-264537





Exhumación de la historia

27 05 2011

Cualquier volumen de geografía nos dirá que Kolimá es la zona más remota de Siberia Oriental, entre el Ártico y el mar de Ojotsk. En realidad, es el último círculo de un infierno helado, el Gulag, acrónimo de Glávnoie Upravlenie Lagueréi, Dirección General de los Campos, como nos cuenta Varlam Shalámov en sus Relatos de Kolimá –volumen I, volumen II (La orilla izquierda), y volumen III (El artista de la pala), publicado por la Editorial Minúscula (Barcelona, 2007, 2009 y 2010).

Rusia tiene una larga tradición carcelaria, que ha generado su propia literatura. Pero Apuntes de la Casa Muerta, de Dostoievski, parece una novela romántica en comparación con la realidad que rezuma el libro de Shalámov. La prisión aquí no es un camino de purificación, como anotaba Solzhenitsin, quien escribió en su Archipiélago Gulag: “Tu alma, antes seca, ahora rezuma con el sufrimiento. Aunque no ames al prójimo al estilo cristiano, la devoción se abre camino en tu corazón y comienzas a aprender a amar a los que te rodean”. Y más adelante: “El sentido de la existencia terrena no es la prosperidad (…) sino el desarrollo del alma. Desde este punto de vista, nuestros verdugos recibían el más terrible de los castigos: descendían al nivel de las bestias, se deshumanizaban. Bien podemos afirmar que ellos eran los verdaderos prisioneros del Archipiélago. (…) Nosotros allí encontramos nuestra libertad”.

En los Relatos de Kolimá no hay amor al prójimo, ni piedad, ni devoción. Nadie encuentra allí su comunión con Dios ni su libertad. En estos 101 cuentos (a la espera de que se traduzcan los últimos tres volúmenes), el Gulag es la cloaca donde la humanidad, presos, carceleros y libres, desciende hasta la condición infrahumana de depredadores o víctimas, en papeles mudables según lo indique la supervivencia. “En la insignificante capa muscular que aún quedaba adherida a nuestros huesos, y que aún nos permitía comer, movernos, respirar, e incluso serrar leña o recoger con la pala piedras en la carretilla por los inacabables tablones de madera en las mimas de oro, en esta capa muscular sólo cabía el odio, el sentimiento humano más imperecedero”, escribe Shalámov.

Estos cuentos no son obras maestras de la literatura. No renuevan el género ni rebasan la narración lineal y directa de los argumentos. Su desoladora fuerza reside en lo que cuenta. Cuento tras cuento, se añaden la nieve perpetua, el hielo, el pavoroso frío –por él sabemos que los condenados debían salir a trabajar dieciséis horas con cualquier temperatura, y que si hay neblina, el termómetro rondará los 40º bajo cero; si al respirar el aire se exhala ruidoso, serán 45º; y si a la respiración ruidosa la acompaña una agitación visible, habrá al menos 50º bajo cero–. Los asesinatos por un jersey de lana, por un gesto, por una palabra. Suicidios, automutilaciones. El que se corta la mano con un hacha, los que infectan sus heridas o compran saliva a los tuberculosos –nunca el bacilo de Koch fue mercancía–.  Cuenta de las violaciones y el intercambio del cuerpo por un trozo más de pan o un golpe menos. Las delaciones por un pitillo o por un cazo de sopa. O por la pavorosa prerrogativa de ser, por un momento, victimario.

En este entorno putrefacto, los libres se corrompen inmediatamente y los mandantes, zarecillos locales que tarde o temprano serían fusilados, se comportan como señores feudales con potestad sobre la vida y la muerte.

Allí desfilan por docenas los viejos revolucionarios del diecisiete, tras su paso por la Lubianka. Pero también los represaliados del Komintern: Derfel, un comunista francés, y Fritz David, un holandés. Y el joven campesino imita al hampa, la aristocracia de prisión. Según un sistema que reconocerán de inmediato los presos políticos cubanos, en Kolimá los políticos son la escoria en quienes se ensañan carceleros y delincuentes, y a estos se conceden todas las jerarquías: sólo son asesinos, violadores y ladrones; no han pecado con las ideas. Por eso muchos intelectuales quedan reducidos a “montadores de novelas” (con el añadido de rascarles los pies o la espalda a los hampones), al estilo de los antiguos bufones, en la corte de los nuevos amos, a cambio de protección y migajas. Eso nos cuenta la terrible historia del periodista que tras su paso por los campos se convierte en un ser irreconocible, un fantasma de sí mismo. La civilización y la cultura se desprenden de los intelectuales como una cáscara y ellos, aterrados, se convierten en guiñapos.  O, simplemente, se apagan, como en el cuento dedicado a Ósip Mandelshtam, donde en su agonía, el poeta chupa su último pedazo de pan porque sus dientes, a punto de desprenderse  por el escorbuto, no le permiten morderlo, el poeta que morirá dos días antes de la fecha oficial de su muerte. Durante esos dos días sus compañeros conservarán el cadáver para hacerse con su ración de pan.

Porque el pan o su ausencia son en este libro un personaje más: además de los piojos y la pelagra, el hambre cruza todo el libro: la poliavitaminosis, un eufemismo del hambre que será sustituido por RFI, agotamiento físico agudo, conduce a los prisioneros a convertirse en terminales, esos que con 1,80 metros pesan 48 kilos y que los demás miran como a muertos vivientes, sabedores de que ya han cruzado la línea sin retorno. El hambre vitalicia que acompañará, a quienes se salven, el resto de sus vidas.

Y junto al hambre, la percepción de encontrarse en una isla custodiada por el centinela polar de donde es imposible escapar: distancias infinitas de desierto helado que tratarán de franquear infructuosamente las insurrecciones del mayor Pugachov y la del coronel Yanovski, o los comunes que huyen llevándose a algún recluso débil, “las provisiones para el camino”. El canibalismo no es en este inframundo un suceso demasiado raro. O el fugitivo abatido por el cabo Póstnokov. Para no tener que cargarlo, le corta las manos para llevarlas como prueba. Por la noche, el mutilado se levanta y camina hasta un campamento tentando el camino con sus muñones helados. Por eso en el cuaderno del prisionero niño sus dibujos sólo incluyen soldados, alambradas, torres de seguridad, árboles negros, perros guardianes y un cielo azul, impasible

Ni siquiera en aquellos campos presididos por la siniestra leyenda “Honor y gloria al trabajo, ejemplo de entrega y heroísmo”, está ausente el humor. Cuando, tras el chasquido de los cerrojos, los guardias gritaban que “Un paso a la derecha o uno a la izquierda se considerarán fuga”, algún gracioso gritaba: “Y un salto hacia arriba, propaganda ilegal”. O el humor negro, como cuando en Novosibirsk se escapa un reo de un tren, y un soldado encuentra a un campesino en el mercado, rompe sus documentos y lo arrea hacia Siberia en sustitución de huido. El pobre hombre ni siquiera habla ruso.

Como el stlánik, un arbusto que pliega sus ramas y se acuesta para invernar bajo la nieve, y sólo resucita con la llegada de la primavera, tras diecisiete años, Varlam Shalámov regresa del infierno. Entonces reflexiona que la torre de vigilancia de los campos es el símbolo arquitectónico de nuestro tiempo. Y va más allá: los rascacielos de Moscú, nos dice, “son las torres (…) que vigilan a los reclusos moscovitas”.

En su Oda a Stalin, “el más grande de los hombres sencillos”, según él, Pablo Neruda afirma: “Stalin alza, limpia, construye, fortifica, preserva, mira, protege, alimenta, pero también castiga. Y esto es cuanto quería deciros, camaradas: hace falta el castigo”. Conocía al castigador y lo aplaudía, siempre que castigara a otros. Por eso este es un libro que todos deberían leer. Es la única forma de prevenir el castigo (dulce eufemismo para un genocidio) y de denunciar a los castigadores.

En un cuento inolvidable de Shalámov, una vieja fosa abierta en la piedra desborda sus cadáveres que ruedan por la ladera del monte como si intentaran evadirse de la muerte. Entonces, el bulldozer americano recibido gracias al Land-Lease, la ayuda a Rusia durante la guerra, abre una enorme fosa y realiza el traslado de miles y miles de cadáveres incorruptos gracias al permafrost. Afloran tal como fueron enterrados: mutilados, marcados de piojos, heridos, baleados, muertos de inanición o de cansancio, con los ojos abiertos aún por el brillo del hambre. Prefigurando las palabras de este libro, los muertos regresan a la superficie. Siempre regresan.

 

(http://www.cubaencuentro.com/cultura/articulos/exhumacion-de-la-historia-263311)

“Exhumación de la historia”; en: Cubaencuentro, Madrid, 27/05/2011. http://www.cubaencuentro.com/cultura/articulos/exhumacion-de-la-historia-263311





Huir de la espiral

2 07 2010

El editor Hubert Nyssen dijo sobre Huir de la espiral, de Nivaria Tejera (Ed. Verbum, Madrid, 2010, 143 pp.): “no es una novela ni, por otra parte, un poema o una epopeya, ni tampoco un relato. Es una obra difícil, hermética, enigmática. Y aterradora para quienes no soportan la insurrección lingüística. Para los demás, en revancha, de pronto, ¡qué deslumbramiento!”.  Y Nyssen es uno de los grandes editores del siglo XX en lengua francesa.

Efectivamente, quien se adentre en este libro de difícil clasificación no deberá buscar un argumento clásico, estructurado, un poemario o un ensayo al uso. Huir de la espiral no apela a nuestra intelección, sino a nuestra percepción, a una sensibilidad que debe encontrar su propia sintonía con el texto.

En entrevista que integra el homenaje que Encuentro de la cultura cubana tributó a la autora (n.º 39, invierno de 2005-2006), Nivaria cuenta a Pío E. Serrano, que “Al huir del desastre (…) uno se siente algo así como expuesto a habitar un descampado para convertirse en —y valga en su arrogancia el título de Musil— un hombre sin atributos, un paria…

Ese descampado vertiginoso, como un Maelstrom que intenta engullir al protagonista, es el angustioso espacio del libro.

Nivaria Tejera se inserta en la generación de los 50, aunque nunca participó de lo que suele llamarse un espíritu generacional. Fue anunciada por Cintio Vitier en Lo cubano en la poesía (1958) como una de las voces poéticas emergentes. Publicó en el número 35 de Orígenes el capítulo 9 de El barranco, que ya prefiguraba el tono, la atmósfera híbrida de Huir de la espiral, entre lo onírico, lo alucinado y golpes de realidad —en particular, las recurrentes referencias de la prensa a la guerra de Viertnam, que funcionan como anclas o señalizaciones para fijar el discurso a un tiempo histórico concreto y que, al mismo tiempo, ofrece la mirada al hecho histórico central de los 60 desde la otra cara del espejo: la del exilio.

En Nivaria puede rastrearse la influencia (más espiritual que estilística) de Kafka, Beckett, Bernhardt, de Broch y de los surrealistas que la fascinaron durante su primera estancia en París. Basta seguir el curso de sus personajes. Entre la niña de El barranco (1959), el Sidelfiro de Sonámbulo del sol (1971), Claudio Tisesias Blecher en Huir de la espiral (1987) y la escritora exiliada de Espero la noche para soñarte, Revolución (2002) hay una progresión: variaciones de la angustia, desde la mirada aterrada a la Guerra Civil Española, hasta la el desasimiento, la atormentada espiral del exilio.

“del exiliado-suicida

del exiliado-vértigo de las esquinas

y su azoramiento de extraviado

del exiliado-mendigo

del exiliado-tartamudo en silencio” (p. 32)

Y aunque en el texto, París es la presencia recurrente en el deambular caótico de Claudio Tisesias Blecher, Cuba está siempre en el doble fondo de la memoria, como el motor de esa angustia de la que el personaje intenta huir entre audiciones de música, literatura y una permanente errancia —él mismo se califica como una especie de “Licenciado Vidrieras” (p. 89)—, como si su destino fuera la huida. Escribe Nivaria:

“conveniencias inconveniencias

silenciadoras alienadforas usurpadoras

de la libertad primaria del inocente compromiso

aquél que se llamaba revolución

hoy apoltronada

sin aliento ya” (p. 43)

Porque “EL SITIO DONDE SIN CESAR ESTOY PRESENTE ES EL SITIO DE DONDE SIN CESAR ME ALEJO” (p. 93)

Pero esa errancia no lo salva, no lo redime ni lo reinserta. Por el contrario, parece destinado a regresar siempre al punto, a la angustia de partida:

“un círculo sin fin la espiral del exilio

enraizándonos a pesar suyo

en la inmovilidad

siempre el mismo giro del agazapado” (p. 45)

Es cuando “Claudio se desprende de Tiresias por la abertura derecha y continúa un torpe recorrido a tientas en la oscuridad” (p. 47).

Y ese exilio, que recorre todo el libro con una fuerza y una crudeza estremecedoras, como no he hallado en ningún otro libro de la diáspora cubana, no es mera pérdida de coordenadas geográficas, de referentes familiares o históricos, no es un cisma de la biografía, sino una difuminación de la identidad:

“Su falta de origen

—¿de dónde eres?

—¿por qué?

—por tu acento

—qué más da

—por el tipo pareces…” (p. 77)

Y, en términos bíblicos, la caída:

“él       caída exilio exaltación

rutas por donde los demás pasan sin verlo

caída

exaltación

exilio” (p. 52)

Pero, en este caso, por el pecado original de otros: “—no más “enemigos interiores” no más “delincuentes subversivos” no más “grupos incontrolados” (…) caza al hombre anonadándolo  extirpándole sus órganos vitales poco a poco por la tortura pulida que no deja trazas con los ayudas de cámara los galenospsiquiatras capacitados para convertir en locos a los utópicos” (p. 100).

Una angustia que no se limita a la pérdida de coordenadas, al extrañamiento de la identidad o los circuitos alucinados de la errancia, sino que se encona, se retroalimenta, con la reincidencia cíclica de la memoria:

“ese tránsito entre apagar y encender la memoria

—La memoria apagarla encenderla…

a fin de que alguien se aísle a cumplir cien años insonoros

“mañana mañana mañana…” (p. 115)

Claudio Tisesias Blecher ignora “que el tiempo es un falso curandero de la memoria” (p. 129). Nivaria Tejera, no. Huir de la espiral es la huella de esa memoria atormentada, la certificación de que la huida es imposible. Por mucho que nos extraviemos por “las calles largas y tristes “del extranjero” ese país de la plana intemperie a cielo descubierto hasta donde el eco de los pasos agota su reflexión…” (p. 53), la memoria siempre nos encuentra.

 

“Huir de la espiral”; en Revista Hispano-Cubana, Madrid, 2010