Fragmento de la novela Bitácora del silencio, 2012

31 05 2012

Sábado 29 de marzo, 1980

 Como de costumbre, he sido el primero en levantarme. Mientras me lavaba los dientes, he puesto un café con la candela bajita, para que el agua hirviendo pase lentamente y arrastre hasta la última molécula de cafeína. Me serví una buena taza con poca azúcar y regresé a mi cuarto, donde Helena está rendida, de lado, desnuda sobre la sábana azul, con la mitad de su pelo castaño y tupido sobre la cara. Me acerco a ella sin tocarla y huelo su espalda: en el leve olor a sudor flota alguna colonia desvaída. Mi aliento a la altura del coxis le hace cosquillas y se vuelve sin despertarse. Me deslumbran sus pechos bien separados, redondos, de curvatura levemente caída para empinarse de inmediato hacia los pezones grandes y de un rosado intenso, dos gotas de rose is a rose is a rose is a rose que un grifo invisible hubiera dejando caer sobre las puntas de sus pechos. Echo mi aliento también sobre sus pezones, que se arrugan en un mohín de reconocimiento, aunque ella siga durmiendo, las puntas erizadas y pulposas como suculentas frambuesas. Helena nunca ronca y su respiración es casi inaudible. A veces me da miedo. Bajo hasta su pubis y olfateo el triángulo de vello espeso pero suave. Me gusta respirar por la mañana ese olor acre a sudor y secreciones, dulcificado por el semen. Me alejo para no despertarla y me siento junto a la ventana, sorbo un buche de café y prendo un cigarro.  El olor a sexo y café humeante en la mañana otorga al primer cigarro del día un sabor glorioso. Dan ganas de masticar el humo, que el cigarro tenga un metro de largo y dure media hora. Es el único cigarro del día que sabe así. Como si supiera que estoy sentado justo enfrente, ella se vuelve hacia mí. Es tan hermosa, que mirarla durante mucho rato me da ganas de llorar. El ombligo en la llanura del vientre, la cintura breve abriéndose generosa hacia las caderas, las piernas larguísimas y, sobre todo, ese rostro de óvalo alargado, cejas altas y labios gruesos, esa expresión de niña desprevenida, como si siempre estuviera a punto de sorprenderse, pero que estalla como fuegos artificiales cuando se ríe a carcajadas.

(…)

Bajo la ducha, se me eriza la piel, como se me erizó aquel lunes, después de todo un fin de semana pensando hasta la extenuación en la reunión del viernes previo. (…) Sacudo la cabeza para deshacerme de las goticas de agua y de los recuerdos, y descubro sobre la repisa un periódico que anuncia la aprobación del Decreto-Ley número 36, sobre la disciplina de los dirigentes y funcionarios administrativos estatales. Está por ver cómo los convencen de que practiquen la antropofagia por razones religiosas y no de estricta supervivencia. Qué necesidad tendrían de devorarse entre ellos mientras abunde la caza menor.

En la cocina, mi abuelasuegra (deja que se entere la viuda de Afanásiev) me da los buenos días con el cariño de costumbre; mi suegra, con la cortesía habitual, y Cuarzo, mi pastor alsaciano, menea el rabo como la batuta de Herbert von Karajan dirigiendo El vuelo de la guasasa. Como Helena, Cuarzo suele esperar con alegría los sábados y los domingos, pero por otras razones: yo soy el único que lo saca a larguísimos paseos, y el único que le permite montar a cuanta perra ruina se ponga a tiro. Que deje una estela de perritos mestizos por todo el barrio. No le gustan ni por error las dálmatas o las lebreles afganas. Lo de él son las perras satas. Como su dueño. En mañanas como hoy, cuando debo echar a la basura los cadáveres de dos gatos que ha cazado de madrugada, Cuarzo sonríe o algo parecido con esa dotación de dientes que suscitan el cultivo de su amistad.

Cuando regreso del paseo, Helena me notifica con una sonrisa que ya está despierta tras un buen café, y lista para lo que sea, donde sea y como sea. Y que esta tarde (después de dormir un poquito la siesta, si quieres) podríamos ir al cine. Por la noche estamos invitados a una fiesta en casa de su prima Ángela.

Mientras recapitulo el plan siesta-cine-fiesta, me doy cuenta de que parece un cronograma de la Facultad: una siesta durante la que no se duerme, un cine en que sí se duerme, y una fiesta donde quisiera dormirme, sólo que la bulla no me lo permitirá.

Domingo 30 de marzo, 1980

Anoche la fiesta fue tan estúpida como de costumbre, pero más larga. Nos cogió la confronta de las cuatro de la mañana. Entre una cosa y la misma cosa (porque dos cosas no hubo), nos dormimos a las seis. Hoy nos hemos levantado con resaca, sueño y el tiempo justo para ir a almorzar a casa de tío Manolo. Decirle que estamos descojonados y que preferimos comernos una tortilla y quedarnos remoloneando, no es admisible. Como el comité militar. Salvo certificado médico, no hay excusa.

Durante toda la tarde nos extendimos hablando del clima, de las últimas películas, novelas, chismes, boberías surtidas. No nos interesa la pelota, no podemos hablar de mujeres delante de las mujeres y de política es preferible que no hablemos. Mi padre es la voz del Partido; mi tío, La Voz de las Américas; yo, la voz de una adolescencia tardía, ingenua y contestona (según ambos), y los demás son como la voz de la conciencia: no solemos oírlos. Sostener una conversación de tres horas sorteando los grandes temas nacionales es una prueba de amor familiar y bienllevancia.

Como ellos notaron a la media hora, yo estaba lejos, distraído. Tuve que zafarme con una excusa que olvidé inmediatamente. Estaba lejos, desde luego, y no podía decirles cuan lejos querían enviarme. Mi padre posiblemente no lo sepa hasta que no sea un hecho. Con él estoy discutiendo desde los catorce años, cuando me percaté de que el bingo nacional estaba trucado, porque cantaban fichas que no aparecían en ningún cartón.  Discutimos hasta el día de su pasado cumpleaños, cuando le prometí solemnemente no hablar con él nunca más de política. “Mira, viejo, si quieres hablar de política, monologa; yo te miraré como si fueras un paisaje. Ya soy huérfano de madre. No voy a perder al único padre que tengo. Ya Carlos y Federico me han dicho que no me adoptan. Para cubano, con Paul Lafargue tuvieron sobredosis”.

Mi tío Manolo bien podría saberlo. ¿O será mejor no preocuparlo desde ahora? De momento, esperaré.

A mi hermano, ni se diga, nunca mejor dicho, y a Helena. A Helena, tarde o temprano tendré que decírselo. Sospecho que me apoyará, pero temo que sus ilusiones progresistas —que su marido progrese, que le den un carro, una casa y viajecitos a Extranjia— puedan verse seriamente devaluadas. No es lo mismo la recogida que la siembra; no es lo mismo que el ingeniero de tu marido coseche fósiles a que el sepulturero de tu marido siembre finados en un panteón con la esperanza  de que algún día se conviertan en fósiles. Mira que eres hablamierda, Álvaro. Si Helena se interesara en tu suculento futuro, ahora mismo te soltaba como a una papa caliente. Lo más cerca que ha estado de interesarse por tus bolsillos ha sido al quitarte los pantalones.

No sé. No sé. Tengo que decírselo a alguien, pero no quiero. De momento, cargo con mi pesao.

Por la tarde, parloteo de casi cualquier cosa con mi suegra. De noche, ya de regreso a la Facultad, entablo conversación con un viejo en la guagua y con una muchacha en el directo a Pinar del Río. Cualquiera que me vea, no me reconocería. En estos viajes, hasta que apagan la luz, sólo suelo conversar con Hans Schnier, con Funes El Memorioso, con Jerórimo de Azcoitia y otros de su calaña.

Lo de hoy no es incontinencia verbal. Como el camello, estoy abrevando palabras para cubrir la travesía de silencio que me espera.

(…)

Lunes 31 de marzo, 1980

Debo reconocer que aquella tarde tuve mucho miedo. El miedo y el vértigo que se sienten al tropezar en el borde de la azotea. Pánico a presentirte volando hacia el asfalto. Imagino que cuando uno está en el aire, viendo como la calle se acerca a toda velocidad, no habrá tiempo ni cabeza para el miedo. Ante la inminencia del splash, uno se encomendará a Dios, o a Carlos Federico Vladimir, la Santísima Trinidad, tratará de agarrarse a un balcón, a una persiana, a una tendedera o al cogote del vecino asomado imprudente a su ventana; uno intentará desesperadamente frenar en el aire, caer de pie como los gatos, sobrevivir. El caso es que estoy en caída libre. Ya no tengo miedo a resbalar en el borde de la azotea.

Recuerdo que entré a la reunión temblando (quisiera pensar que por dentro). No se trataba de un debate entre iguales, ni de un juicio donde una instancia imparcial sopesaría pruebas y razones. Yo entraba como el ratón a una asamblea de gatos noruegos: ni siquiera comprenderían mis alegatos.

Tenía miedo al castigo, desde luego. Pero más miedo le tenía a esa condición de res entrando al matadero cabeza abajo, colgada de la cadena de montaje, de res a la que previamente le han cortado la lengua para que no chille.

Aun cuando al final me preguntaron si tenía algo que decir, aun cuando alegué (todavía dubitativo por la sorpresa) todo lo que pude en mi descargo —tratando de echar mano a la reserva estratégica de dignidad para mantener la compostura—, ellos no sólo contaban con que yo iba desprevenido a enfrentar acusaciones que ellos venían preparando minuciosamente desde hacía meses, sino que ni siquiera escucharon lo que yo pude buenamente hilvanar. En el aula, quizás yo había aventurado opiniones un tanto heterodoxas. En círculos íntimos, con alumnos más o menos cercanos, había hecho comentarios alternativos (mi tío dice que eso siempre se conjuga en pasado: alterna-tuvo). En la reunión estaba Dos Menos Diez, Dos, para abreviar (aunque él quisiera ser Uno). Al caminar, su pie izquierdo apunta hacia el Noroeste y su pie derecho, hacia el Noreste, de modo que a velocidad de crucero, sus pasos hacia el norte son una lenta sumatoria vectorial. Aún así, tiene la intención de llegar lejos. Aquella tarde me di cuenta por su mirada que Dos Menos Diez, secretario del Comité de la Juventud Comunista y mi alumno de cuarto año, lo sabía todo, presencialmente o por mensajería. Y aquello me dejó momentáneamente fuera de combate. Mi alegato estuvo lejos de mis discursos más brillantes.

Pero aprendí otras cosas esa tarde: Héctor Porfirio Pastor podía no alcanzar ni la centésima parte de mis lecturas ni mi currículum científico, pero en aquel pequeño salón con una mesa, una docena de sillas, dos ventanas y una bandera, él era el Partido, y el Partido es el Gobierno, el Gobierno es el Estado, el Estado es la Patria, y la Patria Toda, desde sus orígenes hasta el día que el Sol se convierta en supernova y todo se vaya al carajo, es el Pueblo, todo el Pueblo. De modo que frente a mí no estaba el fiscal HP2 acusándome a mí (insecto, piojo, hormiga), sino Todo el Pueblo de Cuba, los nueve millones, y todos todos los mártires y próceres de la Patria, desde el indio Hatuey a la fecha, es decir, todo lo que, para abreviar, llaman “La Revolución”. Y, no sé qué haría otro, pero yo me apendejé, para qué voy a negarlo. Si dijera otra cosa, el bolígrafo se negaría a escribirlo y las páginas de este diario se cerrarían mordiéndome la mano. Así que me apendejé. Dejo constancia en acta.

Por cierto, si alguna vez me releo y ya no me acuerdo, escogí este cuaderno, porque es lo suficientemente pequeño como para llevarlo siempre encima, dormir con él, colocarlo sobre el murito del baño cuando me ducho y guardarlo en un bolsillo bajo estricta vigilancia del botón. Sé que es una comemierdada poner todo esto por escrito. Si lo cogen, entonces sí dispondrían de “pruebas documentales”, no esa película con guión de Antonin Artaud que le están pasando ahora al rector. Pero tengo que hacerlo. No sé por qué. Y me da miedo averiguarlo. De momento, tengo que hacerlo. Y escribir como quien se confiesa a un sacerdote mudo. Si también sobre tí tengo que escribir a tropezones de eufemismos y silencios, estoy jodido.

Mañana debo pensar en la estrategia de mi defensa. Una apertura inglesa, erizo, en formación flexible: pinchar y escabullirme. Pero mañana. A esta hora ya no puedo ni con mi alma. Qué falta me haría Laura, la abogada. Desde que me sorprendió practicando alpinismo (encaramado sobre las cumbres de su prima Isel­) no puedo ni llamarla por teléfono. Debe ser la mujer de este planeta que más veces se ha cagado en mi madre.

Martes 1 de abril, 1980

 Raquel Vasallo es de esas personas a las que todo el mundo llama por su nombre completo. No por pleitesía. Suena mejor Raquelvasallo que Raquel. Hay nombres cojos; necesitan recostarse a un apellido. Con ella, todo va siempre suave, resbala como manteca de cacao. Sabe decir que sí y decir que no con la misma amabilidad y una mirada afectuosa, casi de admiración. Llegas a creerte que el “no” se debe a alguna obligación misteriosa, pero que su corazoncito te aplaude hasta despellejarse los ventrículos. Aunque sea una ilusión óptima. Y eso que tiene bajo sus órdenes —es un decir— a una pandilla de profesores muy jóvenes, académicamente solventes pero conscientes (o muy, o extremadamente conscientes) de que integran una promoción no asistida por los sistemas de ayuda a los pueblos hermanos o por los planes emergentes de “necesitamos técnicos con urgencia”, aunque sean ingenieros prefabricados. Profesores universitarios de 25, 26, 27 años (la mitad de mis alumnos son más viejos) que se sabe un resultado de la selección natural —en primer año, entramos 145, pasamos 42 a segundo año y a tercero, 23—. En fin, que todos somos comemierdas con ínfulas (justificadas) y deseos de demostrarle al mundo que los geólogos rusos son carne de paleontólogo, que la deriva continental es inobjetable, la tectónica verticalista, una reliquia, y que antes de nosotros, era el caos. Lo cierto, volviendo a lo que iba,  es que siempre el diálogo con Raquelvasallo ha sido fluido. Hasta aquel lunes aciago. (…) Mientras más la miro, menos entiendo el matrimonio de Raquelvasallo con HP2.  La libélula y el coyote. Heidi apretando con el yeti. En fin. En la naturaleza eso no ocurre. Algunos ADN deberían ser incompatibles con el resto de la especie.

(…)

Estoy escribiendo al regreso, no del almuerzo, sino de mi asombro. Al mediodía se apareció Ángel Villar, mi alumno de cuarto. ¿Ya almorzó, profe? No. Yo tampoco. ¿Quiere que almorcemos juntos? Y bajamos juntos al comedor, asaeteados por las miradas de un par de profesores, del decano desde su atalaya y de José Dorado, Dos Menos Diez, quien salía en ese momento del laboratorio. Era todo un gesto de desacato (…). Todavía estoy entre asombrado, admirado y agradecido.

Miércoles 2 de abril, 1980

Ahora mismo estoy solo en el departamento y me siento más acompañado que si estuviera lleno de gente. Es posible que el quedarme a solas conmigo mismo me ayude a conocerme mejor, a investigar mis carencias y mis sobrancias (si las hubiera, digo), a saber cómo manejar con la máxima eficiencia este instrumento que la naturaleza me ha otorgado: yo mismo. E ir tomando mis notas de campo, muestrearme, examinarme a mí mismo bajo la lupa a ver qué tipo de estratificación escondo, qué metamorfismos he sufrido, la cristalización de mis minerales. Quizás si uno nace solo en medio de Siberia o de la pampa argentina, nunca llega a percatarse de la magnitud de la soledad. Hay que “disfrutarla” por contraste, cuando te la conceden por decreto. No sé si es relax & enjoy, como recomiendan en caso de violación, esto de encontrarle alguna ventaja a mi condena. Por otra parte, ni siquiera sé si me interesa adentrarme en el profundo conocimiento de mí mismo. ¿Y si acabo descubriendo que no soy el hombre con quien me gustaría pasar el resto de mi vida?


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