Fragmento de la noveleta Daños colaterales

31 03 2012

Portada Daños colaterales

 

La esperanza es un buen desayuno,

pero una mala cena.

Francis Bacon (Novun Organum)

 

Varios años antes de que el profesor Urbano Rocasol soñara con surcar el Mediterráneo, el general Ramiro Valdivieso temió durante semanas que el cargamento no llegara a tiempo. Su hombre en la península le aseguró que cumpliría, pero no es fácil escabullirse a través de las escasas zonas muertas de los radares, pasar inadvertido al ojo casi Dios de los satélites.

Por fin, apostado en lo alto de una duna, el general observa la maniobra a través del sensor infrarrojo de sus prismáticos. La lancha de veinte metros de eslora, afilada y sigilosa como un suspiro, detuvo sus motores hace algunos minutos, momento en que Ramiro pudo escuchar la perfección del silencio. El viento no mece esta noche ni una brizna de hierba y hasta el mar parece lago, con un oleaje imperceptible acariciando tímido la arena de la playa. Desde su atisbadero, el general observa el traslado de las cajas que van siendo estibadas en la camioneta verde oliva. A través del visor, los hombres son manchas de calor corporal recortadas contra el relente de la madrugada. Cuando toda la carga ha sido desembarcada, Juan Dos, El Jimagua, idéntico a su hermano (salvo en el destinatario de sus devociones), de pie al borde del agua, se vuelve hacia el visor infrarrojo y hace un amago de saludo militar que Ramiro responde con un leve gesto de la mano.

Visiblemente incómodo dentro de esta chaqueta de ante con forros interiores high tech, y calzando unos mocasines Clark de purísima piel (a 500 yuanes el par), en lugar de sus habituales botas, Juan Dos cuelga su mochila del hombro derecho y se acomoda en la lancha, que arranca con un zumbido y enrumba hacia el Norte a toda velocidad. En escasos minutos, la embarcación desaparece del sensor, engullida por la noche. El general da la espalda al mar y desciende la duna. No espera a que el jeep se detenga completamente. Salta a la cabina con una agilidad que envidiarían hombres más jóvenes, y el conductor acelera por el camino de tierra en dirección a la zona alta de la ciudad.

 

Juan Dos disfruta una sensación de libertad, de euforia: el viento del estrecho en su cara, el picor salado de la mar, la oscuridad que la lancha va sajando, las imperceptibles vibraciones del motor, como si cabalgase a un ser vivo, y oye el golpeteo no tan imperceptible del casco al rozar de vez en vez la superficie de las olas. Si no fuera por ese roce, diríase que viaja en vuelo rasante sobre el agua. A ciento cincuenta nudos no hay mucha diferencia entre la navegación y el vuelo. De acudir a su destino en línea recta, en cuarenta minutos tocarían tierra, pero la computadora de a bordo modifica continuamente el rumbo para aprovechar las cambiantes zonas muertas de los radares, eludir las planeadoras neumáticas de la guardia costera y, lo que es más difícil, engañar al ojo omnividente de los cielos. O, al menos, que las sospechas de ese sucedáneo de Dios se conjuguen demasiado tarde.

A las dos horas de navegación zigzagueante, han doblado hacia el oeste la península y se adentran en una de las zonas menos vigiladas del país: los Everglades. Cualquier intruso deberá sortear las emboscadas de los cazadores furtivos, quienes lo mismo capturan animales salvajes que turistas domesticados, y las milicias de autoprotección del pueblo seminole, con jurisdicción total en su territorio —se cuenta que en ocasiones abortan las visitas de forasteros incómodos practicando ritos ancestrales. Maledicencia de los caras pálidas, desde luego—. Cualquier intruso deberá evitar los corredores de los narcos, que pagan puntual peaje a los seminole, y no se descarta el encuentro con algún caimán a dieta rigurosa por el menguar de sus víctimas en la cadena alimentaria, aunque ni así se resignan a la herboristería. Al parecer, el patrón conoce la ruta exacta que les evitará incómodos encuentros. Con la mirada fija en la computadora, se desliza como una culebra a veinte nudos por el espeso manglar. Juan Dos tiene la impresión de que se estrellarán en cualquier momento, pero tras cada obstáculo, nuevos canales se abren como por arte de magia.

Falta una hora para el amanecer cuando la lancha sale a una llanura de hierbas y agua, para detenerse en un cayo de monte. El patrón, que no ha dicho ni media palabra en todo el viaje, le señala, con el cañón de un arma que ha extraído de algún escondrijo bajo el tablero, una choza agazapada entre los matorrales. Juan Dos mira el arma y saca lentamente del bolsillo interior de su chaqueta una tarjeta de plástico verde que arroja al hombre, quien la atrapa al vuelo pero no mueve la mirada ni para comprobar que la cantidad sea la acordada. Juan Dos salta a tierra, y el patrón arranca a toda velocidad sin dejar de apuntarle. Gracias a sus precauciones, el contrabandista lleva vivo cuarenta y dos años y piensa seguir en ese estado otros cincuenta.

Juan Dos sonríe mientras entra a la choza. «Ni un cabo suelto», le dijo el general. Bien empezamos. Consulta su brújula y de un taconazo corrobora que en la esquina noroeste el piso de tierra suena a hueco. Bajo la trampilla de madera hay un elegante maletín Sansonite embalado en plástico azul. Tras echarle un vistazo, vacía en el maletín el contenido de su mochila y la arroja al nicho, cerrando de nuevo la trampilla. Entre los presagios del amanecer, su aspecto de hombre de negocios, levemente marcial quizás, contrasta con el paisaje del pantano.

Clarea ya cuando se escucha el ruido de un motor. Un enorme Cherokee X-1000 tatuado con los colores de la reserva seminole se detiene frente a la cabaña. Las puertas deslizantes se abren sin un chasquido y desde el asiento del conductor un hombre con las facciones más raras que Juan Dos ha visto en su vida le suelta una palabra en la lengua de los navajos, una palabra que Juan, no muy sobrado de neuronas, se ha esforzado en recordar durante semanas. En respuesta, Juan Dos pronuncia «oruatnec» y el otro lo invita a subir.

Mientras se deslizan a ochenta kilómetros por hora a través del estrechísimo camino, Juan lo mira de vez en vez, porque bajo las facciones aindiadas se esconde un compendio de etnografía humana: labios finos de algún antepasado anglosajón, ojos rasgados huyendo hacia las sienes, piel mulata más que cobriza y, para rematar, un par de ojos azules y una melena rubia que cae en larga coleta a la espalda, aprisionada por un anillo de plata, lo que contrasta con su uniforme y su placa de alguacil de los seminole. Juan Dos no puede menos que admirar la pericia con que este hombre conduce un cacharro de dos mil seiscientos kilos y quinientos caballos de potencia por un camino tan ajustado como una camiseta de neopreno. Claro que la computadora ayuda, advirtiéndole de antemano todos los recovecos del camino.

Tras una hora de barrizales sin otro paisaje que el espeso matorral, el camino los deposita en una carretera secundaria que en cinco minutos se convierte en la vía de acceso 388 y los emboca a la Super South: 24 x 24: veinticuatro carriles atestados de vehículos las veinticuatro horas. Antes de entrar al expressway, deben trasponer, a velocidad de zona escolar, el peaje electrónico. Los sensores comprueban la matrícula, el registro del estado técnico del vehículo, cobran el tramo y desactivan la conducción manual. Aunque el alguacil detesta que una máquina lo conduzca, no le queda más remedio. De ir hasta la ciudad por una carretera secundaria, corre el riesgo de tropezar con los policías blancos de la InterCity. Sus relaciones con ellos jamás han sido cordiales. Y con este pasajero a bordo, mejor no tentar a la suerte. Bastante suerte ha tenido con esta inesperada paga extra.

Entran a un tramo despejado, y las balizas los aceleran hasta ciento cincuenta millas por hora, pero en un par de minutos ya están metidos en el caudaloso río de vehículos que acude cada mañana a la ciudad. El piloto automático reduce hasta la velocidad estándar, ciento veinte millas por hora, y ajusta la distancia mínima de seguridad entre vehículos: cuatro metros y medio. En los automóviles aledaños, una mujer se maquilla, otra ve la tele, un atildado señor se afeita, y tres niños desayunan camino a la escuela. Juan Dos descubre que su conductor multirraza ha cerrado los ojos. El lector de iris del tablero también se ha percatado, e imparte órdenes al asiento, que se reclina suavemente hasta convertirse en una cama. El alguacil ronca con una tranquilidad que Juan Dos envidia.

* * *

 

Embriagado por el aire yodado de la mar que penetra por los ventanales del anfiteatro, el profesor Urbano Rocasol sienta el principio da conversa que signará sus enseñanzas: «La verdadera sabiduría tiene siempre más preguntas que respuestas. Dudar es su principio rector, su llave maestra». En su oficina, frente al monitor que transmite en diferido la clase, el general Ramiro Valdivieso para de golpe las orejas en la palabra «dudar», y no las baja hasta «maestra». El general sabe que comprender la historia requiere una exhaustiva información. Y modelar la historia, más. El profesor comenta ahora que las religiones han practicado durante milenios una pedagogía exactamente inversa: pensar es tarea del Sumo Hacedor, y la nuestra se remite a explicar su obra, usuarios del software que Dios puso en nuestras manos (siempre atendiendo al Manual) y con la expresa prohibición de desentrañar el hardware, terminantemente inscrito en la Oficina Celestial de Patentes. «Feuerbach nos aportó una noción un tanto diferente, entendiendo que la religión es el disfraz de la relación sentimental, cordial, cognoscitiva, e incluso sexual, entre los hombres. La palabra Hombres tiene aquí una acepción genérica, señor Ja Ja Ja  —reprende a un alumno de la penúltima fila—. Etimológicamente, puede que Feuerbach tuviera razón: religión: religare: unión. Y los dioses son un reflejo de los hombres, con sus vicios, virtudes y aspiraciones. Recuerden las canallescas y barrioteras broncas del Olimpo o el zapping sexual de los orichas —se aclara la garganta—. Con el tiempo, el hombre fue perfeccionando sus dioses, procreando por cruce divino nuevos dioses mestizos, hibridando el ADN celestial de distintas culturas. El resultado son los grandes sementales: Jehová, Buda, Alá. Fue un tiempo trágico para la comunión (¿amor?) entre el hombre y su Hacedor. Los capos del cielo eligieron portavoces en la tierra, y ya en el Concilio de Nicea, en Asia Menor, convocado en el 325 por Constantino I, se establecieron los símbolos de la iglesia (Dios no parece atenerse al mundo audiovisual) y sus principios, obligatorios para todos los cristianos, so pena de ser juzgados por delitos contra el Estado».

Desde la penúltima fila del anfiteatro, Marina contempla con admiración a su padre; aunque no soporta que le dé clases continuamente, con esa voz de bajo que parece venir desde el fondo de alguna biblioteca asediada por el olvido, invocando siempre la cita justa en el momento justo, dada su memoria, digna de Funes, que le permite recordar la página, el párrafo, el tipo de letra y hasta el ISBN de un libro que leyó hace veinte años.

«Claro que Dios no participó en aquel concilio. Bastante tuvo con crear el mundo en el tiempo récord de una semana —continúa el profe—. Desde entonces, disfruta jubilación anticipada. Algunos pensadores maliciosos sospechan que ni siquiera lo consultaron en las preliminares de aquella asamblea; ateniéndose a que, desde entonces, terratenientes y nobles, burgueses protestantes (la religión más empresarial), dictadores, mandantes y mangantes, han suplantado la voz de los dioses, han gobernado en su nombre y por prescripción divina, así sean, en su fuero más interno, perfectamente ateos —de nuevo se aclara la garganta (otros deberán aclararse las ideas) —. Y si les digo todo esto, es para promover en ustedes la independencia de toda palabra divina (empezando por el carácter relativo de mi propio magisterio), cosa que se obtiene, exclusivamente, mediante el sano ejercicio de la palabra propia. Siempre atendiendo a esa sabia recomendación del señor Vox Populi: Asegurarse de que el cerebro está conectado antes de empezar a hablar. Hasta mañana. A la misma hora».

* * *

 

Juan aprovecha el sueño de su conductor para comprobar que todos los documentos del maletín estén en orden y se palpa la pierna derecha. Vista desde algún satélite, la ciudad debe semejar un enorme corazón alimentado a través del sistema vascular de las expressways, sístole, diástole, por un flujo continuo de humanos. Cuando Juan Dos consulta por segunda vez su reloj, los gorjeos de Cecilia Bartoli en La Cenerentola, de Rossini, despiertan al conductor con tiempo suficiente para que se despeje y asuma la conducción manual tras abandonar la SuperSouth por la 208 de acceso al Gran Miami. En menos de media hora están frente a un viejo hangar. La puerta metálica se abre a regañadientes con un lamento de metales oxidados. El alguacil le entrega las llaves de un Ford Cobalt parqueado en medio de la nave y concluye en perfecto castellano:

—Misión cumplida.

Juan Dos guarda las llaves y extrae un lector de iris.

—Antes, tengo que comprobar que nadie sabe que estoy aquí.

—Correcto —responde el alguacil colocándose el lector a modo de gafas.

Tras una ronda de preguntas, Juan Dos verifica el resultado, asiente, guarda el lector, se agacha, abre el maletín ante la mirada expectante del otro —por fin Maryann tendrá su virtual reality—, al tiempo que su mano derecha se desliza hacia la pantorrilla. Hay un destello en el aire y el alguacil mira incrédulo durante una fracción de segundo el mango del enorme cuchillo de caza que lo ha clavado contra el asiento de cuero gris después de partirle el corazón. Todavía se mueve espasmódicamente y los chorros de sangre golpean el parabrisas, cuando Juan Dos desciende y se quita los finísimos guantes de látex transparente donde constan las huellas dactilares de alguien. Los guarda en la Sansonite y se enfunda parsimoniosamente un segundo juego. Sale en el Ford y cierra de nuevo la puerta del hangar.

«Ni un cabo suelto en esta misión, ¿entiendes? —Juan Dos recuerda las últimas palabras de Ramiro Valdivieso­— El enemigo aprovecharía la más mínima excusa para abrirnos una causa ante el Tribunal Internacional. ¿Comprendes?». «Ni un cabo suelto —se repite Juan—. Por suerte, el hombre decía la verdad. Nadie sabe que estoy aquí. Y nadie lo sabrá». Hace una brevísima llamada telefónica y extrae la unidad de memoria del teléfono, que arrojará al río diez kilómetros después. Apaga el sistema de guiado por satélite del coche, consulta el mapa y dobla a la derecha en busca de la 406, que deberá conducirlo hasta el aeropuerto.

* * *

 

El anfiteatro se va desinflando. Pablito sabe que el profesor Urbano tiene razón en que la razón es la única razón que no admite otras razones que la razón. Toda fe tiene que ser matemáticamente demostrable, porque incluso el amor tendrá su ecuación. Ojalá y nunca se descubra. En sus reuniones del Comité de Base, concilios ateos, las orientaciones caen de las alturas. Traguen sin rechistar, muchachos. Prohibido escupir la hostia. Por eso algunos cuchichean que el profe ha lanzado su coña anticlerical, como si nadie entendiera lo de los símbolos de la iglesia y el delito de Estado, jugando a los escondidos con un pie en los clásicos, sin despegarse de primera base.

 

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