Elegguá y el destino cubano. Entrevista a Tony Évora

25 08 2011

Cubano por nacimiento, idiosincrasia y por su extraordinaria vitalidad creativa y humana, Tony Évora (La Habana, 1937), se enamoró de la música a los once años de edad, en el Instituto Edison de La Habana, y le mantiene una fidelidad a prueba de exilios. Licenciado en Bellas Artes, fue diseñador de Lunes de Revolución y el primer director artístico del Instituto Cubano del Libro, donde realizó las sobrecubiertas de decenas de títulos técnicos extranjeros fusilados sin pagar derechos de autor –las llamadas Ediciones Revolucionarias con su R distintiva–. Casado con una checa viajó a Praga en 1968 y allí les sorprendió la invasión soviética apoyada por Castro. Tras una huida rocambolesca de Checoslovaquia, alcanzaron Linz y Salzburgo. Trabajó en Italia para Feltrinelli y fue deportado a Francia. Tras presenciar en París los coletazos del Mayo francés, se estableció en Londres. Allí fue diseñador de los libros universitarios de la editorial Longman. Entre 1973 y 1975 diseñó y produjo en Madrid los primeros ocho volúmenes de la Enciclopedia de Cuba. De regreso a Inglaterra, obtuvo un máster en grabado en el Chelsea School of Art y estudió musicología en la Universidad de Londres. Fue colaborador durante años de Encuentro de la Cultura Cubana. Entre 2004 y 2010 impartió en Barcelona dos cursos anuales sobre arte y sobre música española a estudiantes norteamericanos.

Periodista, profesor, animador cultural, artista plástico, diseñador y musicólogo, los cultos afrocubanos y la música son los temas por excelencia de su obra plástica que ha expuesto, desde 1977, en Suiza, Génova, San Juan de Puerto Rico, en varias localidades inglesas, en el Algarve portugués, Bélgica, Madrid y Miami. Ha publicado Orígenes de la música cubana (1997), El libro del bolero (2001) y Música cubana. Los últimos cincuenta años (2003), los tres en Alianza Editorial Vive en una pequeña playa valenciana, en un piso atestado de libros, cuadros, tambores y discos.

 

Tony, ¿cómo fue tu encuentro con la música y con las artes plásticas? ¿Cómo sincretizaste, una palabra que seguramente te traerá otras resonancias, ambos amores que, hasta donde sé, ocupan idéntico espacio en tu vida profesional?

Ambos fueron surgiendo paralelamente. Mi primer bongó fueron los culos de dos cazuelas. Y mis primeros dibujos en acuarela eran sobre papel de bajo gramaje. Desde muy joven me di cuenta de que Cuba es blanquinegra; a veces lograba colarme en un bembé o en un güemilere; me fascinaba ese mundo, a pesar de que mi madre era muy católica. Ya de mayor, me reveló que aguantó hasta el último momento para que no naciera el 17 de diciembre, día de san Lázaro, equivalente al poderoso Babalú-Ayé de la santería. De ahí que vine al mundo en los primeros diez minutos del día 18. ¡Qué ironía! Con el tiempo fui profundizando mi interés en las creencias afrocubanas, gracias a las obras de Fernando Ortiz, Lydia Cabrera y Rómulo Lachateñeré.

 

Lunes de Revolución ya ocupa un sitio clave en el imaginario cultural cubano. Fue, sin dudas, el gran suplemento cultural de su tiempo, no sólo por sus contenidos, que ponían al día la cultura cubana con las vanguardias del mundo entero, sino también por su empaque gráfico. ¿Cómo fue para ti esa experiencia?

Extraordinaria en todos los sentidos: allí conocí a un grupo de brillantes escritores y poetas. Ya me habían publicado dos o tres portadas cuando una de esas noches que pasé por el periódico me ofrecieron que diseñara el suplemento para reemplazar a Jacques Brouté. Recuerdo que mi primer número completo fue el dedicado a la visita de Sartre y Simone de Beauvoir en febrero 1960, con excelentes fotos de Mayito (Mario García Joya). Desde el verano de 1958 trabajaba en la agencia de publicidad McCann Erickson, y tenía unas ganas enormes de dejar aquello y hacer cosas rabiosas y realmente útiles a la sociedad. En Lunes tuve total libertad para jugar con los conceptos gráficos Dada, surrealistas, De Stijl y constructivistas, que me fascinaban. También estaba influenciado por los norteamericanos del Push Pin Studio, por Saul Bass, Herb Lubalin y otros, así como por la escuela cartelística polaca con Lenica y Swerzy al frente. Me bullían en la cabeza los experimentos gráficos de El Lissitzky y de Kurt Schwitters, tanto como el Bauhaus y los suprematistas. Estimulado por esas ideas, intenté sacudir la palma criolla, hastiado con la modorra que primaba en las publicaciones del país.

Entonces ni se conocía en Cuba la fotocomposición de textos. Todo era alta ingeniería en metal. Los textos mecanografiados eran compuestos por los linotipistas en sofisticadas máquinas Linotype o Intertype, que fundían en plomo y al ancho requerido las líneas de matrices de cobre. Usábamos fuentes como Century, Bodoni o Futura. Lunes se imprimía en rotativas a relieve sobre papel gaceta de baja calidad, que absorbe mucha tinta. Lograba la relación entre el contenido y la presentación gráfica –entre otros elementos– dejando mucho espacio blanco en que aparecían infinitos juegos con una R del siglo XIX, sólida y expandida, de la fundición inglesa Stephenson Blake, que lo mismo reproducía blanca sobre un fondo negro o rojo, de cabeza o al revés, cosa que según me enteré más tarde preocupaba al régimen. A menudo hacía meticulosas combinaciones tipográficas, montajes de letras individuales recortadas de alfabetos reproducidos fotográficamente, caracteres que no existían en Cuba. Eran detalles que distinguían al suplemento.

En aquellos días me gustaba ir a escuchar a La Lupe (1936-1992), que incorporó al cancionero nacional un canto marginal, malicioso, a veces hiriente. Era un verdadero espectáculo, una show woman que combinaba talento y mal gusto; vocalizaba a su manera, acompañada del pianista Homero, a quien solía pegar con un zapato de tacón de aguja. Su estilo irreverente levantaba ronchas en aquella Habana estupefacta ante el fenómeno revolucionario, pero sus adeptos la seguimos al club La Red. Por entonces, la transformación de un programa nacionalista en un socialismo soviético creó terribles tensiones y, a nivel musical, La Lupe consiguió reflejar las ganas que tenía el pueblo de gritar, de mandarlo todo al carajo, de arañarse y llorar de rabia. Se largó de la isla en 1962.

 

Pero Lunes no estuvo exento de polémica, en particular sus frontales ataques al movimiento origenista. ¿Cómo recuerdas aquello y su fulminante desaparición del panorama nacional?

El núcleo central de Lunes estaba formado por creadores de la generación de 1950 que se convirtieron en perseguidores de los origenistas, incluyendo a dos renegados de Orígenes: Virgilio Piñera y José Rodríguez Feo. Recuerdo una noche en que defendí al poeta Eliseo Diego a capa y espada –hacía un par de años que había leído En la calzada de Jesús del Monte–. Se discutía demasiado y se escribían muchas cosas a la carrera: los criollos solemos ser hiperbólicos y desmesurados. Pero debo recalcar que ni ideológica ni estéticamente el equipo de Lunes cuajaba como una unidad. Sin embargo, no disimulábamos nuestras simpatías por Karl Marx, André Breton, el arte y el teatro contemporáneo, así como el existencialismo en boga. Alejado de las líneas estéticas que identificaron a las revistas Orígenes y Ciclón, el polémico, talentoso y sin duda elitista grupo que hacía el suplemento alentó la creación sin cortapisas desde su aparición el 23 de marzo de 1959, gracias al entusiasmo de Carlos Franqui, el director del periódico Revolución.

El gobierno reconocía que la cultura era un arma para la construcción de una nueva sociedad, aunque no siempre supo alcanzar los mejores resultados –como en el caso del racismo, todavía rampante en la isla– dada su conocida ineptitud. Sabiendo que tarde o temprano saldría hacia Praga, aprovechando una beca del Estado checo, a principios de 1961 le pedí al pintor Raúl Martínez que me reemplazara, e hizo un trabajo estupendo.

Puede parecer una obviedad, pero a menudo se olvida que los problemas con Lunes no acabaron con su cierre, todo lo contrario. El último número (6 de noviembre de 1961) fue una protesta sutil contra lo acontecido en las tres reuniones que tuvieron lugar en la Biblioteca Nacional los días 16, 23 y 30 de junio, entre un considerable número de escritores, artistas y músicos, enfrentados a los farragosos monólogos de Castro, flanqueado por el presidente Dorticós y Alfredo Guevara, director del ICAIC. Aunque en sus páginas no se publicaron los feroces ataques y acusaciones hechas al suplemento y al periódico, creo recordar que aquel último número se debatía entre un canto del cisne y el derecho del ahorcado al pataleo, ofreciendo un hermoso homenaje al arte moderno y, en particular, a Picasso, simpatizante de la revolución, cuyas obras representaban una postura radical contra las rígidas normas de interpretación artística de los viejos comunistas.

 

En el Instituto del Libro diseñaste una R muy distinta a la de Lunes, donde aparecieron, saltándose a la torera los derechos de autor, que por entonces la revolución declaraba abolidos, de obras científicas y técnicas extranjeras. ¿Cómo recuerdas aquella experiencia? ¿Sabes que hoy se prohíbe sacar de Cuba libros de Ediciones R para que no existan pruebas de aquellas violaciones de los acuerdos internacionales sobre derechos de autor que posteriormente Cuba firmó? ¿Qué te ocurrió en la entrevista en la editorial Longman cuando presentaste en tu currículo esas ediciones?

Castro es un inepto pero tiene una curiosa memoria. Cerca de las navidades de 1966 fui nombrado director artístico del recién creado Instituto del Libro. Aunque al principio no éramos más que cuatro gatos, una madrugada se apareció con un primer lote de libros técnicos publicados en inglés en los países avanzados, para ser “fusilados” (acción por la que siente una verdadera pasión) y que yo les hiciera nuevas sobrecubiertas en español. El comandante aprovechó para preguntarme si era yo el que ponía la revolución al revés en Lunes, con aquellas R en diversas posiciones. Asentí y aproveché para mostrarle el nuevo logotipo que había diseñado para sus “Ediciones Revolucionarias”, que aprobó entusiasmado.

Comencé a vivir en Londres hacia finales de octubre de 1968, alternando trabajos para varias editoriales, lavando platos en el hotel Ritz y tocando las congas en la banda de Edmundo Ros, la única orquesta latina en aquella época. Una tarde, buscando trabajo como ilustrador en una agencia de artistas, viendo lo preocupado que estaba pues ya el Home Office me había informado que o bien conseguía un trabajo fijo o me tendría que largar del país, una señora mayor, alta y muy amable, comentó haber visto en la revista The Bookseller un anuncio de empleo en la importante editorial Longman. El mensaje era claro: buscaban un diseñador de libros con amplia experiencia para hacerse cargo de su catálogo universitario. Presenté mi solicitud y finalmente fui entrevistado a fines de diciembre. Y ahí fue cuando lo de los libros fusilados tuvo cola. Durante la entrevista en Longman yo iba sacando del portfolio ejemplos de mi trabajo y el director me pidió que le tradujera los títulos de algunas de aquellas sobrecubiertas cubanas. De pronto, montó en cólera: “¡Pero esos son nuestros autores!” chilló. Me quedé lívido. De nada valió que le explicara que en Cuba había un solo empleador, un hombre que no creía en los derechos de autor y que yo tenía que acatar sus deseos. Supe que no me contratarían, pero entonces intervino su acompañante, el jefe de personal: “Pero John, ¿no ves que el Sr. Évora ha sido ‘our man in Havana’ todos estos años?”, refiriéndose a la novela de Graham Greene. Aquel oportuno comentario disipó la cólera del director, todos reímos la ocurrencia y yo salí de la entrevista felicitándome por haber decidido vivir en un país con ese sentido del humor. El 31 de diciembre me llamaron para ofrecerme el cargo, y el 2 de enero le llevé una caja de bombones a la señora que me había alertado.

 

Los carteles cubanos de los 60 fueron una revelación que rebasó el mundo gráfico de su tiempo para insertarse en lo mejor de las artes plásticas. ¿Cuál fue tu participación en aquel movimiento?

Aunque el diseño de carteles siempre ha sido el tema más divulgado, entre 1959 y 1965 aparecieron otros aspectos como el diseño de libros, revistas, logotipos y otros soportes que a menudo se han ignorado u olvidado a pesar de su gran calidad visual y el importante rol que desempeñaron. Conocía a todos los protagonistas que intervinieron en elevar el nivel del diseño aplicado; con ellos viví la lucidez, la euforia y las contradicciones de aquellos años. Me movía bastante, desde las portadas de Bohemia, las ediciones de Casa de las Américas, Lunes de Revolución, el ICAIC y los carteles puramente ideológicos.

 

En 1962 viajas a cursar estudios en Praga. ¿Cómo recuerdas aquel período?

En UMPRUM, abreviatura de la Escuela Superior de Artes Aplicadas, tuve dos profesores excelentes, el pintor surrealista Frantisek Muzika y el grabador e ilustrador Karel Svolinsky. Por suerte, uno hablaba francés y el otro algo de italiano, por lo que podíamos comunicarnos mientras aprendía términos checos, compartiendo jarras de la mejor cerveza del mundo con mis compañeros. Con una pequeña plaza ajardinada de por medio, frente a UMPRUM se levanta una hermosa sala de música sinfónica, y como gozaba de un considerable descuento por ser estudiante, durante tres años pude asistir a infinidad de conciertos.

En la escuela pude trabajar libremente el aguafuerte en todas sus variantes, incluyendo la punta seca y la mezzotinta, así como el grabado en madera y la xilografía, la litografía sobre viejas piedras de Baviera y la serigrafía. En la sección de tipografía yo mismo componía los textos a mano, según los fuera necesitando. Pero no todo consistía en estudiar y aprender técnicas nuevas. Los estudiantes criollos organizábamos cada año verdaderas fiestas populares en las que fungía como director musical y conguero, y Perico (Hiraldo Lima, que murió de SIDA en La Habana en los años 80) era el encargado de la coreografía.

Aparte de las labores en la escuela, me dediqué a diseñar tres carteles en formato grande para un concurso anunciando la conferencia de la Unión Internacional de Arquitectos que tendría lugar en La Habana aquel verano de 1963. En ellos se aprecia mi manera de diseñar: en lugar de imponer un estilo determinado lo que busco siempre es una buena idea, a la que me adapto sin problemas. Gané los dos primeros premios y la invitación de viajar a la isla, lo que me permitió pasar unos días con César y su madre en una cabañita del hotel Kaguama de Varadero antes de regresar a Praga.

En 1965, al terminar mis estudios en Praga, regresé a Cuba en un barco ruso que partió de Varna, en el Mar Negro, con cientos de becados. Tuve algunas dificultades para encontrar trabajo, a pesar de estar mejor preparado que otros diseñadores. Hice trabajos para la Editorial Universitaria y para la Imprenta Nacional, donde mantuve mi amistad con Felito Ayón, quien me presentó a Bola de Nieve un día que estábamos tomando la sauna en el último piso del hotel Habana Libre, y se apareció el crooner y gran pianista. Al despedirse, Bola me levantó la toalla de pronto y dijo “¡Ay, hijo, que Dios te la bendiga!”

 

¿En qué momento abandonas Cuba? ¿Cómo fue el periplo que te llevó a establecerte en Inglaterra?

Estaba en Praga en 1968 con mi esposa checa, y una semana después de la invasión soviética de Checoslovaquia y de conocer el apoyo de Castro a aquel crimen, logramos escapar por un pelo. El tren con destino a Viena fue detenido a la altura de Linz; nos hicieron bajar y nos arrancaron nuestras maletas, así como tres cajitas de diapositivas con una selección de mi trabajo gráfico. El oficial ruso, de cuyo cuello colgaba una metralleta, nos ordenó correr hacia la tierra de nadie entre Checoslovaquia y Austria. Detrás de él, un soldado sujetaba a dos pastores alemanes. Corríamos sin mirar atrás, perseguidos por los perros. Sonó un disparo, y uno de los pastores alemanes fue abatido por un vigía del lado austriaco. Al alcanzar la torre, agotados, nos sentimos a salvo. Esa noche del 29 de agosto 1968, después de cenar frugalmente, dormimos en la mejor celda de Linz.

Gracias al VW Beetle comprado en Salzburgo con la ayuda de mi amigo Adolf Opel, de Viena, pudimos visitar al pintor Wifredo Lam en la costa genovesa. Conversar con Lam sobre arte consiguió sacarme de mi profundo ensimismamiento. Atrás dejaba a mi hijo, a mis padres y a mi hermana. Lam tuvo la gentileza de darnos algún dinero. Nunca olvidaré su último abrazo. Me dijo algo así como “Chico, olvídate de las tendencias artísticas y haz tu propia obra. ¡Inventa algo”!

De allí alcanzamos Milán. El editor Giangiacomo Feltrinelli, un millonario de izquierdas que poseía la mayor colección de textos originales de Marx y Engels, a quien yo había conocido en el 60 ó 61, me dio trabajo diseñando cubiertas de libros, asegurándome que él seguiría apoyando a Castro, aunque respetaba mi decisión. Feltrinelli fue la primera editorial en publicar Doctor Zhivago, de Pasternák en Occidente. Estábamos encantados de vivir en Milán, cuando una noche se aparecieron varios policías en un Jeep con instrucciones de que los siguiéramos hasta la frontera con Francia. Estaba acusado de ser un espía checo. Ni siquiera pude despedirme. En 1972, Feltrinelli, alias “Osvaldo”, fundador de los GAP (Grupos de Acción Partisana), fue víctima de la bomba artesanal con que pretendía volar una torre de alta tensión.

 

Tanto en tu obra plástica como en tus libros sobre música, están muy presentes los ritmos y los cultos afrocubanos. Sé que en el caso de la música has sido creyente y practicante. ¿También en el caso de las religiones afrocubanas cuyas claves dominas perfectamente? ¿No crees que hay mucho de helénico, sobre todo en el panteón yoruba, y que eso lo hace perfectamente compatible con las esencias de la cultura occidental?

Mi temprano interés en la santería y otras creencias afrocubanas se debió a mi curiosidad por el sincretismo religioso operado en la isla, y ya tenía evidencias suficientes de que a mucha gente le funcionaba mejor hacerse de “registro” con un babalao que rezar decenas de veces a la Virgen, al Señor, o a un santo católico. A veces pienso que los tambores me acercaron a las creencias.

En el verano de 1973, recién casado por tercera vez, dejé la editorial Longman para mudarnos a Madrid y producir los primeros ocho volúmenes de la Enciclopedia de Cuba, un hermoso proyecto sufragado por varios exiliados en Puerto Rico y Miami. Entretanto, mi mujer y más tarde madre de nuestras hijas, aprendía castellano. La labor para sacar adelante aquellos libros enormes –siempre contando con la ayuda orientadora de Gastón Baquero, cuya amistad y ejemplo perviven en mí aun después de su muerte–, incluía mandar a componer en metal los textos, corregirlos y, con pruebas limpias, maquetar cada página, situando las ilustraciones como guía para los operarios de los talleres de impresión offset que manejaban los fotolitos. Me convertí en el hombre-orquesta.

Durante aquellos febriles meses, también diseñé tres libros seminales de la etnóloga Lydia Cabrera, que residía en Madrid con su compañera Titina: La laguna sagrada de San Joaquín; Yemayá y Ochún. Kariocha, Iyalorichas y Olorichas, y el voluminoso Anaforuana. Ritual y símbolos de la iniciación en la sociedad secreta Abakuá, en el que tuve que descifrar muchos conceptos y organizar el material para maquetar el contenido correctamente. Lo más curioso es que verdaderos especialistas de la cultura abakuá, como el profesor norteamericano Ivor Miller, y algunos africanos que todavía me escriben, consideran ese volumen una biblia. La gran iyalocha de Cuba y yo nos hicimos muy amigos. Con su inveterado sentido del humor, siempre se refería a mi mujer como Lady Liz. En su apartamento madrileño, Lydia me hizo asiento de Changó, y me dio un otán, la piedra negra que guarda el aché del oricha.

 

Durante muchos años César Évora fue el hijo de Tony Évora, pero al convertirse en un actor famoso, sobre todo después de establecerse en México, empezaste a ser el padre de César Évora. ¿Cómo se siente esa transición cuando los hijos ocupan un espacio propio? ¿Cómo fue tu reencuentro con César en New York tras veinte años sin verse?

Vivo orgulloso de mi hijo, un hombre entero, con mucha vida interior. Cuando se le ocurrió presentarse a una prueba en el ICAIC, César estudiaba Geofísica. Algunos de los que le atendieron eran conocidos míos y les asombró la figura y el talento innato de aquel joven de 20 años. Fue reclutado para las pantallas, estudió actuación y, si no recuerdo mal, la primera película en que apareció fue Cecilia. Años después fue invitado a New York a hacer el papel de un amante de Lorca en una obra teatral sobre el asesinato del poeta granadino. ¿Te imaginas mi excitación cuando recibí su llamada? Para entonces yo era director del Departamento de Artes Visuales, Música y Gestión Editorial de la Universidad Brookes de Oxford. Pedí una semana para reunirme con César. Después de veinte años sin vernos, encontré a un hombre casado y con dos hijos pequeños. Nos abrazábamos todo el tiempo, apenas comíamos, teníamos tanto que contarnos.

Una mañana que él tenía libre, nos fuimos al MOMA, donde encontramos expuesto uno de mis posters del Che Guevara. La ficha decía “Autor desconocido”. César quería ir a la administración del museo y aclarar la autoría, pero le expliqué que esa era la información que les había enviado La Habana. Justo en ese momento, escuchamos una música sabrosona. Al momento reconocí el sonido de las dos trompetas de la Sonora Matancera y la voz de Celia Cruz. Era un desfile que pasaba por Park Avenue celebrando el día de Puerto Rico. Nos sumamos a la multitud y empezamos a echar un pie. ¡Un momento increíble!

 

En uno de tus libros has afirmado que la música afrocubana “…nace del encuentro de varios individuos que la conciben colectivamente. Mientras el solista se desgañita con alabanzas a los grandes del pasado, el ritmo de los tambores pulsa el tiempo presente y futuro. Si el canto inmoviliza la acción en el pasado, gracias a la alquimia del movimiento, el ritmo la impulsa hacia el porvenir”. ¿Consideras que en tu obra ha ocurrido lo mismo, es decir, una especie de proyección hacia el futuro de esos anclajes de la memoria que has preservado como pocos en tu cubanía inclaudicable?

Creo que mis conocimientos de las creencias religiosas venidas de África, condimentadas con ciertos elementos del catolicismo, han alimentado mi obra visual, particularmente el efecto que ha tenido la música popular, bastante plagada de conceptos y términos que denotan la influencia de dichas creencias. Ignacio Piñeiro, por poner un ejemplo, compuso algunos sones donde se advierte ese fenómeno, como En la alta sociedad, No juegues con los santos y la rumbita Arrolla cubano, números que María Teresa Vera, creyente ella misma, interpretó con mucha gracia con el apoyo de Lorenzo Hierrezuelo. Y eso ocurre incluso al nivel musical más alto, como es el caso de Roldán y García Caturla, quien utilizó con mayor frecuencia fragmentos melódicos reconocibles, tomados de la música callejera, como en el caso de su Berceuse campesina, que adopta la melodía de un son popular. El sincretismo traspasó la obra y la vida de Caturla, hasta su muerte. Blanco casado con la negra Manuela y, tras morir ésta, con su hermana Catalina, será asesinado a balazos por un pistolero negro a sueldo de los acusados en un juicio que él presidiría como juez de Remedios. Sus polémicas técnicas de composición del siglo XX provenían de la influencia de sus estudios en Europa y de sus vínculos con la Pan American Association of Composers (PAAC). A través de la PAAC se organizaron conciertos y se grabaron programas radiales con las obras de Caturla y Roldán en Estados Unidos, así como una serie de conciertos en Europa entre 1931 y 1932. Es sorprendente que la música escrita por esta vanguardia sea apenas conocida en Cuba. La obra completa de ambos nunca ha sido impresa y publicada, y antes de la antología editada por la EGREM a principios de los 90 era virtualmente imposible conseguir grabaciones de su música.

Antes mencionaste que hay mucho de helénico en las creencias afrocubanas. Vale la pena recordar que los principales cultos afrocubanos son el yoruba o lucumí (Regla de Ocha, o santería); el kimbisa o mayombe de la zona del Congo (Regla de Palo Monte) y los llamados ñáñigos (la Sociedad Secreta Abakuá). A través de los siglos, los sistemas religiosos de varias etnias se mezclaron lo suficiente como para crear un verdadero caos, contradiciéndose unas a otras con bastante frecuencia, dentro de un fabuloso mundo de leyendas llamadas pattakís, transmitidas oralmente y más tarde transcritas en modestos cuadernos o libretas. La mitología yoruba, que en cierta forma es comparable a la griega en riqueza filosófica y valores poéticos, constituye el único bagaje sostenible de ideas sobre la creación del mundo que ha sobrevivido entre los afrocubanos. Es más, cuando en la isla o en Miami se dice que una persona es “hijo” o “hija” de Changó, Ochún, Yemayá, Obbatalá u Oggún, no hace falta decir más sobre su carácter y lo que cabe esperarse de ella. Asimismo, en el oricha Elegguá, un diablillo socarrón que abre y cierra los caminos, que lo mismo dispensa el bien al malo que el mal al bueno según una lógica disparatada, se encarna a cabalidad la concepción del destino del cubano.

 

“Elegguá y el destino cubano”; en: Cubaencuentro, Madrid, 25/08/2011. http://www.cubaencuentro.com/entrevistas/articulos/eleggua-y-el-destino-cubano-267406

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Ego te absolvo

3 08 2011

En el frío mes de enero de 1996 nos reunimos en Madrid un grupo de narradores cubanos, todos de la diáspora, en un encuentro que se llamaba “La Isla entera”, pero terminó siendo “La media Isla”, dada la negativa del gobierno cubano de permitir su asistencia a los escritores invitados residentes en Cuba.

De ese encuentro recuerdo dos noches en vela. La primera fue la que pasamos Eliseo Alberto, José Lorenzo Fuentes y yo escuchando una espectacular disertación de Manolo Granados sobre la estructura social, los hábitos, costumbres y creencias de una familia negra cubana, y sus marcadas diferencias con la familia blanca que yo conocía. Aquello fue, al menos para mí, una verdadera revelación. Es una lástima que no se haya grabado.

La segunda noche comenzó, en realidad, a media tarde, cuando Lichi me entregó el manuscrito de su Informe contra mí mismo y me pidió que lo leyera. Tenía serias dudas sobre la procedencia o no de publicarlo.

Implacable como una buena novela de misterio, el manuscrito me atrapó desde la primera página hasta la última, que concluí a las cinco de la mañana.

El hilo conductor, casi diría la excusa de este libro, es el informe que la Seguridad del Estado le pide sobre su propia familia, convirtiéndolo en el chivato de los suyos. Sobre él advierte Lichi: “Yo estoy preso en un file. Aquellas hojas manuscritas, donde dije que colaborar voluntariamente con la historia significaba un privilegio del cual estaría orgulloso hasta el fin de mis días, son el antecedente directo de este libro”.

Pero Informe contra mí mismo es mucho más. Es un análisis íntimo, personal, de la travesía histórica de eso que se insiste en llamar Revolución. Es la anatomía de un desconcierto y de una desilusión. El libro podría ser la primera historia emocional de la Revolución Cubana, pero también del exilio, que se cierra en el capítulo final cuando pregunta “¿Quieren que les cuente qué me pasa?”. Y, “en dos palabras”, que se extienden diez páginas, desgrana una extensa nómina del exilio cultural cubano.

Este libro exorciza tus demonios, le dije a Lichi a la mañana siguiente, tus demonios y tus ángeles, pero también los nuestros. Si no lo publicas, será un exorcismo no consumado, trunco.

Y su publicación, ya lo sabemos, conmovió a propios y extraños.

Ahora Lichi se ha marchado hacia el último exilio.

Como a todo escritor, lo espera el juicio definitivo de sus lectores, perdurar en la memoria, y confío en que pase la prueba.

Pero yo prefiero recordarlo ahora como el hombre bueno que se atrevió a escribir sus angustias (y las nuestras), sus entusiasmos y su desaliento (y los nuestros), y lo hizo desde una Cuba que nada tiene que ver con las ideologías o la geografía. Una Cuba ubicua, ajena a adentros y afueras, que sobrevuela las ideologías porque es anterior y posterior a sectas y ortodoxias.

Ahora, cuando vemos a algunos que en su día fueron dilectos funcionarios fabricarse laboriosos currículos disidentes con la esperanza de que una amnesia global asole el planeta, quiero recordar a quien no dudó en informar contra sí mismo. Más aun, a quien sabía de los informes que otros habían escrito sobre él, y supo que la piedad con ellos sería también la piedad consigo mismo: “digo aquí que los perdono, pues es la única manera de perdonarme”.

El juicio de la posteridad literaria será cuestión de tiempo, pero, si acaso existe, ahora mismo Lichi se estará presentando frente a un tribunal omnisciente, al narrador en tercera persona por antonomasia. Espero que considere entre los debes y los haberes que Eliseo Alberto Diego, lejos de la maledicencia al uso y las palabras emponzoñadas, supo encontrar a cada uno, aunque fuera mínimo, su lado bueno; que hizo de la nostalgia una profesión y supo que perdonar era el único modo de perdonarse. Y que considerados todos estos atenuantes sentencie “Ego te absolvo” y le conceda el acceso al sitio donde, seguramente, lo está esperando, impaciente, su padre.

“Ego te absolvo”; en: Cubaencuentro, Madrid, 03/08/2011. http://www.cubaencuentro.com/cultura/articulos/ego-te-absolvo-266343

 





De la libertad y Terminator

24 06 2011

En Mi viaje a la Rusia soviética, publicado en 1921, Fernando de los Ríos cuenta que al entrevistarse con Lenin en su oficina del Kremlin, le preguntó por la libertad, y Lenin le aclaró que “nosotros nunca hemos hablado de libertad, sino de dictadura del proletariado”, algo que “en Rusia podría durar unos cuarenta o cincuenta años”. “¿Libertad para qué?”, concluyó Lenin. De los Ríos se pregunta entonces “¿Bajo qué régimen hay que vivir en tanto se llega a la meta…? ¿Bajo el “despotismo ilustrado” de una “vanguardia” de la clase obrera, que controla toda la economía, la cultura y la expresión de un país?”.

Años más tarde, Albert Einstein, en su conocido artículo “¿Por qué Socialismo?”, advertía que “Una economía planificada puede estar acompañada de la completa esclavitud del individuo. (…) ¿cómo es posible, con una centralización de gran envergadura del poder político y económico, evitar que la burocracia llegue a ser todopoderosa y arrogante? ¿Cómo pueden estar protegidos los derechos del individuo y cómo asegurar un contrapeso democrático al poder de la burocracia?”.

Libertad, despotismo, utopía, poder, sociedad, individuo. En esas palabras se condensa la tragedia del socialismo real y, en particular, la que ha asolado a Cuba durante medio siglo.

Recientemente, la editorial Aduana Vieja ha publicado tres libros transitados oblicua o perpendicularmente por esas palabras, tres libros entre los cuales descubrimos de inmediato vasos comunicantes, puentes tendidos por la escritura entre las dos orillas, la del individuo y la del poder, mientras al fondo del cañón fluye la sociedad: sus visibles remolinos de aplausos y su corriente de fondo, casi subterránea, de frustración y miedo.

En Última novela: Cuba. Treinta años de Mariel (Ed. Aduana Vieja, 2010, 148 pp.), Ramón Luque se acerca a los autores de la generación del Mariel a través de una escritura híbrida entre la narrativa, el periodismo, la memoria personal y el ensayo. Una escritura ágil, sin pausas, que sumerge al lector en una levedad engañosa, la de los textos perfectamente anudados. Los protagonistas visibles son José Abreu, Luis de la Paz, Armando de Armas y Rodolfo Martínez Sotomayor, a los que se unen los fantasmas de Reinaldo Arenas, Carlos Victoria y Guillermo Rosales. Aunque el verdadero protagonista es la voluntad libertaria de un grupo de amigos, compinches literarios segregados por la historia y cuyo único refugio fue la geografía. Más que una comunión estética —es difícil conjugar en un corpus único la prosa avasallante de Arenas, los mecanismos de relojería de Victoria y el grito angustioso de Rosales, por poner algunos ejemplos—, los escritores de Mariel estaban unidos por la desolación. En Cuba, ellos reivindicaron al individuo frente al poder que suplantaba la voz de una sociedad silenciada. En el exilio, reivindicaron el cuerpo frente a la maquinaria estandarizadora de una sociedad donde nunca encontraron su justo lugar, al tiempo que inventaban “un Miami littéraire”, como decía Jesús Díaz en 1999 al referirse a Rosales y Victoria.

En todos ellos, en mayor o menor medida, encontramos la misma angustia del desajuste, de la incapacidad del “amoldamiento”. Un desarraigo que asola por igual a sus personajes de la Isla y del exilio. Un exilio que no es sólo ese espacio físico de la diáspora, esa patria de repuesto, especialmente Miami. Eso explica que las tres novelas de Victoria sean verdaderos Bildungsromanen, especialmente La travesía secreta y La ruta del mago, mientras Puente en la oscuridad las anuda mediante una búsqueda inversa que desdibuja la frontera entre realidad, nostalgia y mitología. Abel (La ruta del mago, 1997), Marcos Manuel Velazco (La travesía secreta, 1994) y Natán Velázquez (Puente en la oscuridad, 1993) tienen diferentes nombres, pero los tres componen un mismo Aprendizaje de Wilhelm Meister. Los tres intentan exorcizar a los mismos fantasmas: la soledad, el desarraigo y el difícil ajuste a dos sociedades que exigen su tributo, cada una en su propia moneda. De modo que los verdaderos exilios son esas huidas interiores a las que parecen propensos muchos de los personajes que pueblan la literatura de los autores de esta generación, una suerte de respuesta transgresora a las presiones de la realidad exterior. Los exilios subsidiarios del alcohol y la muerte, la noche y la literatura; excepto el propio cuerpo, ese refugio último.

De Carlos Victoria es el segundo libro, sus Cuentos completos (Ed. Aduana Vieja, 2010, 206 pp.), en una feliz reedición que añade a la anterior los cuentos de El salón del ciego y un hermoso prólogo de Madeline Cámara. Si con Luque recorrimos los predios de la generación Mariel, con Victoria nos codeamos con una galería de personajes marginados y marginales, seres que intentan ser ellos mismos frente al patrón de una presunta “normalidad”. La huida, ese es el tema de Victoria, y el exilio es apenas una de sus manifestaciones. La intolerancia, la inadaptación y el exilio no son en él cotos privados de nuestra insularidad transida de política; se extiende también a esa sociedad donde han sido acarreados por la resaca de la huida: una sociedad intolerante a su manera, cuadriculada por un andamiaje de normas y costumbres, y sometida a la dictadura del mercado. Quizás por eso la geografía de Carlos Victoria es incierta, dubitativa, los personajes transitan de un paisaje a otro, viven en Miami con el mismo gesto de habitar La Habana.  “Desde el comienzo de mi carrera noté que todo a mi alrededor conspiraba para que yo dejara de ser quien estaba siendo”, confiesa Victoria. La angustia del desarraigo y la marginalidad eclosionan en la ambigüedad de “El resbaloso”, uno de los textos más inquietantes del volumen. Ese personaje inasible, perseguido nadie sabe exactamente por qué. (¿O será precisamente por eso, porque una sociedad que nos obliga al tributo del cuerpo no acepta a ese espíritu que no puede ser disecado en las actas de la República?). Ese espíritu de la noche en la ciudad que se deshace hacia un recuerdo de la ciudad.

Si el puente entre los libros de Luque y Victoria son evidentes, el que une a ambos con Buena Vista Social Blog. Internet y libertad de expresión en Cuba, coordinado y editado por Beatriz Calvo Peña (Ed. Aduana Vieja, 2010, 329 pp.), requiere ciertas explicaciones.

Buena Vista Social Blog combina en sabias dosis el ensayo sociopolítico con textos más o menos periodísticos o íntimos de los propios blogueros y nos permite ir desentrañando un fenómeno que ha crecido selvático durante los últimos años. Este volumen dota a la blogosfera de una suerte de urbanismo a posteriori, al analizarlo como un nuevo medio de comunicación que parte de la necesidad y la iniciativa personal, pero también de esa anagnórisis que padece la cubanía independientemente de la latitud donde radique, a lo que se suma la necesidad testimonial y la urgencia de construir una sociedad civil cuyo tránsito del universo virtual al real ya se está produciendo. El libro apunta acertadamente al hecho de que la confluencia en los blogs de intimidad e intencionalidad testimonial y política ensaya y prediseña la sociedad del mañana. Y en ello radica el hecho diferencial de la blogosfera cubana: toda ella tiende a recomponer la sociedad plural abolida por decreto, incluso desde la intimidad.

En “Arte bloguética”, Yoani Sánchez habla de sus posts como un ejercicio de cobardía: “Cada nuevo post impide que la presión aumente dentro de mí y estalle de forma comprometedora. De modo que los kilobytes deben cargar con mi impotencia cívica, con mis pocas posibilidades de —en la vida real— decir todo esto”.

La blogosfera nos demuestra que la sociedad de mañana no se construye con discursos de caudillos o hazañas de héroes, sino con los pequeños miedos y las pequeñas heroicidades de todos nosotros. La voz online ya no es un código secreto entre conjurados. Va tomando la calle, el cuchicheo, el susurro, y ese, como bien saben los carceleros de la palabra, es el preámbulo del grito.

Jürgen Habermas proponía un tipo ideal de sociedad, donde la acción comunicativa fuera el eje central y, según Foucault, el sujeto-cuerpo se halla inmerso en la sociedad y es determinado por ella a partir de normas y reglas, de modo que el sujeto se interconecta con la sociedad  a partir de las relaciones de poder que ejerce y que padece. La blogosfera ha empezado a restituir el equilibrio ideal de Habermas, a equilibrar las relaciones de poder que, según Foucault, la sociedad padece, con las que ejerce.

En la práctica, el socialismo declara construir una sociedad libre donde el propio hombre no lo es, aunque Marx y Engels, en El Manifiesto Comunista, hablaban de “una asociación en que el libre desenvolvimiento de cada uno será la condición del libre desenvolvimiento de todos”. De modo que, para los puristas del marxismo, la blogosfera respondería mejor a los clásicos que esa “nueva sociedad” que no educa para ser libre, sino para obedecer y sacrificarse, en la mejor retórica bíblica, si deseas conquistar el paraíso terrenal del comunismo donde sobrarán manzanas por la libre.

En 1884, José Martí, al comentar el libro La futura esclavitud, de Herbert Spencer, anota que en un hipotético socialismo “De ser siervo de sí mismo, pasaría el hombre a ser siervo del Estado. De ser esclavo de los capitalistas (…) iría a ser esclavo de los funcionarios. (…) Y como los funcionarios son seres humanos, y por tanto abusadores, soberbios y ambiciosos, y en esa organización tendrían gran poder (…) El funcionarismo autocrático abusará de la plebe cansada y trabajadora. Lamentable será, y general, la servidumbre”.

La blogosfera es, ante todo, como anota este libro, un espacio de libertad. Una nueva forma de democracia donde el sujeto no sólo tiene voto, sino voz. Una voz que prescinde de intermediarios y censores. No pocos centros de poder acusan a la blogosfera de caótica. Y tienen razón. Es tan caótica como la libertad.

Pero la blogosfera es más que eso.

En la segunda entrega de Terminator, cuando Hollywood decidió que el futuro gobernador de California no debería hacer papeles de villano, Robert Patrick encarna al robot T-1000, un prototipo de metal líquido que es capaz de transformarse en cualquier persona y reconstruirse a si mismo aunque lo desintegren. La llamada Revolución Cubana también intentó desintegrar a su “terminator”, la sociedad de la Isla: escindió los afectos y bloqueó el diálogo entre las dos orillas, suplantó la familia de la sangre con la familia ideológica, condenó al individuo que no aceptara la servidumbre e inmolara su yo en el altar de una sociedad prediseñada mediante técnicas de ingeniería social, dictaminó la obediencia del hombre al poder, aunque cuidándose de enmascararlo como “ el bien común”. Toda Revolución funciona como un artefacto explosivo y ésta no fue la excepción. Los escritores de Mariel son esquirlas de esa explosión. Su angustia y su soledad han ido engrosando el corpus literario del exilio, que es también el corpus literario (diverso, contradictorio, enriquecedor) de todos nosotros. Hoy, esas esquirlas y muchas otras que la onda expansiva arrojó a todos los confines, comienzan a reunirse en la blogosfera como gotas de metal líquido empeñadas en reconfigurar el cuerpo de la nación. Y los guionistas del castrismo, menos imaginativos y capaces que los de Hollywood, no serán capaces de evitarlo.

 

“De la libertad y Terminator”; en: Cubaencuentro, Madrid, 24/06/2011. http://www.cubaencuentro.com/cultura/articulos/de-la-libertad-y-terminator-264537





Los años del miedo

10 06 2011

A mediados de 2003, realicé un tour por todas las librerías de Madrid con el propósito de colocar para su venta la revista Encuentro de la Cultura Cubana. En una librería de Moncloa dejé un par de números y el librero me pidió que volviera días más tarde para darme respuesta. Cuando regresé, me confesó que le gustaba mucho la revista y que ya era difícil encontrar publicaciones que “busquen un diálogo con lectores de contenidos, no de colorines” (intento ser textual), pero que le resultaba imposible venderla en su librería. ¿Por qué? Porque la mayoría de mis clientes son franquistas, concluyó. La respuesta me dejó por un momento anonadado, pero poco a poco fui entendiendo la lógica de aquel librero. Y Los años del miedo (Editorial Planeta, Barcelona, 2011, 558 pp.), de Juan Eslava Galán, ha contribuido a despejar decisivamente las dudas que me quedaban.

En la saga de su exquisita Historia de España contada para escépticos, que no deja títere con cabeza, Los años del miedo nos desgrana la historia cotidiana de la España franquista entre 1939 y 1952 con una prosa ágil y oportunamente irónica que se mueve entre el reportaje y el ensayo histórico. Lo anterior bastaría para recomendar su lectura. Pero a los cubanos este libro nos aporta tantas coincidencias, despierta tantas complicidades, que a menudo no estamos muy seguros de a qué país se refiere el autor.

La economía de supervivencia en la España que nos describe Eslava Galán produjo el café de cáscara de cacahuete tostada, ensalada de collejas, arroz de liebre al felino doméstico, sopas de peladuras de papas y arroz con ajo, conocido como “arroz de Franco”. Y también tuvieron su Nitza Villapol recetando bisté de cáscara de toronja y picadillo de cáscara de plátano. En Cocina de recursos, de Ignasi Domènech, se detalla, entre otras delicatessen, la tortilla de papas sin huevos y sin papas. Aquella España tuvo también coches a pedales, paladares clandestinos, y el motor de agua de Francisco Gascón, equivale a la bicicleta para desmochar de un innovador cubano. Y los planes fantásticos de la autarquía: esquistos bituminosos que harían de España un país petrolero, reservas incalculables de oro… como quien dice Cordón de La Habana y Zafra de los Diez Millones. Mientras, el gasto militar franquista ascendía al 63% del PIB. El cubano se desconoce.

La retórica también resultará extraordinariamente familiar. ¡La sangre de los que cayeron por la Patria no consiente el olvido!, machacaba la radio. Franco Franco Franco, gritan en la Plaza de Oriente. Fidel Fidel Fidel, en la Plaza de la Revolución. En todos los organismos oficiales responden al teléfono con el “¡Arriba España! Dígame”, equivalente del “Patria o muerte. Ministerio de Industrias” de los cubanos 60. Toda carta, incluso las de amor, debía encabezarse con el “Saludo a Franco. ¡Arriba España!”, como cerrábamos las nuestras con un “Revolucionariamente”, Pepito. El diccionario se purga de extranjerismos: aguardiente jerezano por coñac, ensaladilla imperial en lugar de ensaladilla rusa, los hoteles Internacional pasan a llamarse Nacional; Margarita Gautier, La Dama de las Camelias, se convierte en Margarita Gutiérrez, y la Caperucita Roja será desde ese momento la Caperucita Encarnada. Batida contra lo extranjero que Cuba extenderá al jazz, al rock y al béisbol, donde aparecerá una nueva nomenclatura: el campo corto, el jardín izquierdo; aunque el strike y el out se resistieron.

Concluye Eslava Galán que el español está condenado a ser mitad monje y mitad soldado. Como el cubano: mitad miliciano, mitad comisario político. “En España o se es católico o no se es nada”, declaró Franco en 1938. (La calle, la universidad, Cuba pertenecen a los revolucionarios). De modo que fingir religiosidad aunque seas ateo en la España franquista tiene su equivalente en esconder en el armario el corazón de Jesús o el altar a Eleguá. Fingir falangismo auténtico, sobre todo si te cogió la guerra en zona roja. “No significarse” era la consigna. Para que nadie se piense que inventamos la doble moral. La terrible historia de Teófilo, que para obtener su cartilla de racionamiento se ve obligado a decir que se avergüenza de su padre, encarcelado por republicano, es dolorosamente familiar.

Según el escritor falangista Agustín de Foxá, “Tenemos una dictadura dulcificada por la corrupción”. De modo que frailes pedófilos, militares ladrones, violadores falangistas gozaban de total impunidad… siempre que no flaquera su fe en el Caudillo y en Dios.

La educación pasó a ser coto exclusivo de la iglesia (“demasiadas misas para tan poco niño”, recordaba Terenci Moix) que se encargó de lavar sus cerebritos con el mismo entusiasmo que empleará años más tarde el Estado cubano tras convertir la educación en su coto exclusivo. Cualquier agricultor sabe que el vivero es el primer secreto de una buena cosecha. Los curas, como más tarde los ideólogos del Partido, imponen la moda: el largo de las faldas, la profundidad de los escotes y los peinados. Por entonces atemorizan las calles en su cruzada contra la inmoralidad “Los Luises”, niñatos de buena familia, una especie de brigada de acción rápida comandada por el padre Llanos, quien terminará convirtiéndose al comunismo con la misma fe jesuita y ejerciendo de misionero en la jungla chabolista madrileña del Pozo del Tío Raimundo, hasta su muerte “en olor de santidad marxista-leninista”. Aunque las normas morales eran relativas: el adulterio de la mujer era terminantemente censurado. El del hombre, comprensible. También se sancionará al militante del partido que en Cuba perdone una infidelidad a su mujer. De lo contrario no tenemos noticias. A veinte años de distancia, ambos regímenes restringieron la vida nocturna en nombre de una moralidad revolucionariofalangista.

Los index de libros prohibidos, los sindicatos verticales franquistas y su Seguridad del Estado podrían haber servido de modelos a sus homólogos cubanos, aunque en esto última la ínsula ha superado a la Madre Patria.

La Ley de Cortes Españolas estableció un “parlamento orgánico” casi idéntico a nuestra Asamblea Nacional del Poder Popular. Español, vota sí a la ley de sucesión, clamaba la propaganda, y el 93% de los españoles lo hizo, o eso dijeron los periódicos. Y en sus 36 artículos, el Fuero reconoce, entre otros, el derecho de los españoles a la libertad de expresión y reunión, “mientras no se atente contra los principios del Estado” (sic).

Durante los primeros años 40, submarinos nazis repostaban en Cádiz, Vigo y Tenerife. Los rusos tendrán su base en Cienfuegos. Los productores españoles acudieron a trabajar en la Alemania nazi, y los leñadores cubanos fueron a Siberia. Franco envió al frente ruso su División Azul y dijo que en caso de necesidad un millón de españoles defenderían Berlín. Cuba, en operación conjunta, envió sus tropas a Etiopía, y un millón de cubanos están dispuestos a defender Miami.

Revisitando a Weber, nos percatamos de que una dictadura carismática como la cubana hasta fechas recientes, tiene diferencias importantes con una dictadura patrimonialista legitimada por la victoria en la Guerra Civil, en la que Franco se aupó al poder por delegación de sus conmilitones y creó suficientes complicidades para mantenerlo. Mientras Fidel Castro es un líder carismático y un político inteligente y de una habilidad extraordinaria, Albert Boadella nos dice de Franco: “Se sostuvo tantos años en el poder porque su debilidad mental descolocaba a todo su entorno. Tenía la crueldad, la frialdad, la perversidad del imbécil, que puede ser mucha y muy importante. Lo cierto es que tuvimos enfrente a un enemigo de bajísima categoría”.

A pesar de lo cual, en sus políticas y en sus rasgos personales hay inquietantes coincidencias. El culto a la personalidad emparienta al gallego del Ferrol con el gallego de Birán. Corría de boca en boca el chiste del aspirante a maestro nacional que en el examen de aptitud, ante las preguntas: ¿Quién descubrió América? ¿Quién pintó Las Meninas? ¿Quién escribió El Quijote?, responde invariablemente: Francisco Franco. Y es aceptado como maestro nacional, ¿o será maestro emergente? Franco tenía su Gibraltar, como Castro tiene Guantánamo. Franco eligió como artista plástico de cabecera a Juan de Ávalos y Fidel Castro, a Kcho. Ambos practicaron hasta lograr una retención urinaria notable, para desesperación de sus escoltas, ministros y contertulios. Ignoro si se trata de una cualidad típicamente gallega. Para Franco, cualquiera que estuviera en su contra era masón. Para Fidel Castro, mercenario y anexionista. Y la fulminante destitución de Ramón Serrano Suñer —Carmen Franco, la hija del Caudillo, había preguntado en la mesa “¿aquí quién manda, papá o el tío Ramón?”— recuerda a las fulminantes planes pijama concedidos por Fidel Castro a quienes creyeron un día tener más poder del que les tocaba por la libreta.

Todo eso me ha permitido comprender mejor al librero de Moncloa, y posiblemente explique por qué a la muerte de Franco, mientras la izquierda española descorchaba el champán y las democracias occidentales aplaudían la oportunidad histórica de España para transitar hacia la democracia, en Cuba se declararon tres días de duelo oficial.

 

“Los años del miedo”; en: Cubaencuentro, Madrid, 10/06/2011. http://www.cubaencuentro.com/cultura/articulos/los-anos-del-miedo-263991





Exhumación de la historia

27 05 2011

Cualquier volumen de geografía nos dirá que Kolimá es la zona más remota de Siberia Oriental, entre el Ártico y el mar de Ojotsk. En realidad, es el último círculo de un infierno helado, el Gulag, acrónimo de Glávnoie Upravlenie Lagueréi, Dirección General de los Campos, como nos cuenta Varlam Shalámov en sus Relatos de Kolimá –volumen I, volumen II (La orilla izquierda), y volumen III (El artista de la pala), publicado por la Editorial Minúscula (Barcelona, 2007, 2009 y 2010).

Rusia tiene una larga tradición carcelaria, que ha generado su propia literatura. Pero Apuntes de la Casa Muerta, de Dostoievski, parece una novela romántica en comparación con la realidad que rezuma el libro de Shalámov. La prisión aquí no es un camino de purificación, como anotaba Solzhenitsin, quien escribió en su Archipiélago Gulag: “Tu alma, antes seca, ahora rezuma con el sufrimiento. Aunque no ames al prójimo al estilo cristiano, la devoción se abre camino en tu corazón y comienzas a aprender a amar a los que te rodean”. Y más adelante: “El sentido de la existencia terrena no es la prosperidad (…) sino el desarrollo del alma. Desde este punto de vista, nuestros verdugos recibían el más terrible de los castigos: descendían al nivel de las bestias, se deshumanizaban. Bien podemos afirmar que ellos eran los verdaderos prisioneros del Archipiélago. (…) Nosotros allí encontramos nuestra libertad”.

En los Relatos de Kolimá no hay amor al prójimo, ni piedad, ni devoción. Nadie encuentra allí su comunión con Dios ni su libertad. En estos 101 cuentos (a la espera de que se traduzcan los últimos tres volúmenes), el Gulag es la cloaca donde la humanidad, presos, carceleros y libres, desciende hasta la condición infrahumana de depredadores o víctimas, en papeles mudables según lo indique la supervivencia. “En la insignificante capa muscular que aún quedaba adherida a nuestros huesos, y que aún nos permitía comer, movernos, respirar, e incluso serrar leña o recoger con la pala piedras en la carretilla por los inacabables tablones de madera en las mimas de oro, en esta capa muscular sólo cabía el odio, el sentimiento humano más imperecedero”, escribe Shalámov.

Estos cuentos no son obras maestras de la literatura. No renuevan el género ni rebasan la narración lineal y directa de los argumentos. Su desoladora fuerza reside en lo que cuenta. Cuento tras cuento, se añaden la nieve perpetua, el hielo, el pavoroso frío –por él sabemos que los condenados debían salir a trabajar dieciséis horas con cualquier temperatura, y que si hay neblina, el termómetro rondará los 40º bajo cero; si al respirar el aire se exhala ruidoso, serán 45º; y si a la respiración ruidosa la acompaña una agitación visible, habrá al menos 50º bajo cero–. Los asesinatos por un jersey de lana, por un gesto, por una palabra. Suicidios, automutilaciones. El que se corta la mano con un hacha, los que infectan sus heridas o compran saliva a los tuberculosos –nunca el bacilo de Koch fue mercancía–.  Cuenta de las violaciones y el intercambio del cuerpo por un trozo más de pan o un golpe menos. Las delaciones por un pitillo o por un cazo de sopa. O por la pavorosa prerrogativa de ser, por un momento, victimario.

En este entorno putrefacto, los libres se corrompen inmediatamente y los mandantes, zarecillos locales que tarde o temprano serían fusilados, se comportan como señores feudales con potestad sobre la vida y la muerte.

Allí desfilan por docenas los viejos revolucionarios del diecisiete, tras su paso por la Lubianka. Pero también los represaliados del Komintern: Derfel, un comunista francés, y Fritz David, un holandés. Y el joven campesino imita al hampa, la aristocracia de prisión. Según un sistema que reconocerán de inmediato los presos políticos cubanos, en Kolimá los políticos son la escoria en quienes se ensañan carceleros y delincuentes, y a estos se conceden todas las jerarquías: sólo son asesinos, violadores y ladrones; no han pecado con las ideas. Por eso muchos intelectuales quedan reducidos a “montadores de novelas” (con el añadido de rascarles los pies o la espalda a los hampones), al estilo de los antiguos bufones, en la corte de los nuevos amos, a cambio de protección y migajas. Eso nos cuenta la terrible historia del periodista que tras su paso por los campos se convierte en un ser irreconocible, un fantasma de sí mismo. La civilización y la cultura se desprenden de los intelectuales como una cáscara y ellos, aterrados, se convierten en guiñapos.  O, simplemente, se apagan, como en el cuento dedicado a Ósip Mandelshtam, donde en su agonía, el poeta chupa su último pedazo de pan porque sus dientes, a punto de desprenderse  por el escorbuto, no le permiten morderlo, el poeta que morirá dos días antes de la fecha oficial de su muerte. Durante esos dos días sus compañeros conservarán el cadáver para hacerse con su ración de pan.

Porque el pan o su ausencia son en este libro un personaje más: además de los piojos y la pelagra, el hambre cruza todo el libro: la poliavitaminosis, un eufemismo del hambre que será sustituido por RFI, agotamiento físico agudo, conduce a los prisioneros a convertirse en terminales, esos que con 1,80 metros pesan 48 kilos y que los demás miran como a muertos vivientes, sabedores de que ya han cruzado la línea sin retorno. El hambre vitalicia que acompañará, a quienes se salven, el resto de sus vidas.

Y junto al hambre, la percepción de encontrarse en una isla custodiada por el centinela polar de donde es imposible escapar: distancias infinitas de desierto helado que tratarán de franquear infructuosamente las insurrecciones del mayor Pugachov y la del coronel Yanovski, o los comunes que huyen llevándose a algún recluso débil, “las provisiones para el camino”. El canibalismo no es en este inframundo un suceso demasiado raro. O el fugitivo abatido por el cabo Póstnokov. Para no tener que cargarlo, le corta las manos para llevarlas como prueba. Por la noche, el mutilado se levanta y camina hasta un campamento tentando el camino con sus muñones helados. Por eso en el cuaderno del prisionero niño sus dibujos sólo incluyen soldados, alambradas, torres de seguridad, árboles negros, perros guardianes y un cielo azul, impasible

Ni siquiera en aquellos campos presididos por la siniestra leyenda “Honor y gloria al trabajo, ejemplo de entrega y heroísmo”, está ausente el humor. Cuando, tras el chasquido de los cerrojos, los guardias gritaban que “Un paso a la derecha o uno a la izquierda se considerarán fuga”, algún gracioso gritaba: “Y un salto hacia arriba, propaganda ilegal”. O el humor negro, como cuando en Novosibirsk se escapa un reo de un tren, y un soldado encuentra a un campesino en el mercado, rompe sus documentos y lo arrea hacia Siberia en sustitución de huido. El pobre hombre ni siquiera habla ruso.

Como el stlánik, un arbusto que pliega sus ramas y se acuesta para invernar bajo la nieve, y sólo resucita con la llegada de la primavera, tras diecisiete años, Varlam Shalámov regresa del infierno. Entonces reflexiona que la torre de vigilancia de los campos es el símbolo arquitectónico de nuestro tiempo. Y va más allá: los rascacielos de Moscú, nos dice, “son las torres (…) que vigilan a los reclusos moscovitas”.

En su Oda a Stalin, “el más grande de los hombres sencillos”, según él, Pablo Neruda afirma: “Stalin alza, limpia, construye, fortifica, preserva, mira, protege, alimenta, pero también castiga. Y esto es cuanto quería deciros, camaradas: hace falta el castigo”. Conocía al castigador y lo aplaudía, siempre que castigara a otros. Por eso este es un libro que todos deberían leer. Es la única forma de prevenir el castigo (dulce eufemismo para un genocidio) y de denunciar a los castigadores.

En un cuento inolvidable de Shalámov, una vieja fosa abierta en la piedra desborda sus cadáveres que ruedan por la ladera del monte como si intentaran evadirse de la muerte. Entonces, el bulldozer americano recibido gracias al Land-Lease, la ayuda a Rusia durante la guerra, abre una enorme fosa y realiza el traslado de miles y miles de cadáveres incorruptos gracias al permafrost. Afloran tal como fueron enterrados: mutilados, marcados de piojos, heridos, baleados, muertos de inanición o de cansancio, con los ojos abiertos aún por el brillo del hambre. Prefigurando las palabras de este libro, los muertos regresan a la superficie. Siempre regresan.

 

(http://www.cubaencuentro.com/cultura/articulos/exhumacion-de-la-historia-263311)

“Exhumación de la historia”; en: Cubaencuentro, Madrid, 27/05/2011. http://www.cubaencuentro.com/cultura/articulos/exhumacion-de-la-historia-263311





Nuestro Premio Nobel

15 10 2010

La ciudad y los perros fue publicada en 1963; La casa verde, en 1965, y Conversación en La Catedral, en 1969. Si añadimos diez años para su traducción y difusión, comprobaremos que a Mario Vargas Llosa le debían hace treinta años el Premio Nobel de Literatura. Aunque más vale tarde que ese nunca padecido por Borges, Carpentier y Guimaraes Rosas, por sólo citar a algunos. Y en ello coincide el periodista cubano M. H. Lagarde, según el cual, Vargas Llosa “debió recibir el galardón muchos años antes, cuando el autor de Confesión en la Catedral era mucho más escritor que político”. Confío en que haya leído la novela con más atención que su título.

En su ambición de constituirse en el sumo pontífice de la literatura universal, la Academia Sueca se rige por un extraño sistema de cuotas y asignaciones que nos ha deparado, en los últimos años, premios misteriosos cuando no insólitos, como si se cumpliera el aserto borgeano y los suecos se dedicaran a “descubrir nuevos talentos”, aunque Borges apostillaba que a él no le desagradaría ser descubierto. El Nobel de Mario Vargas Llosa es, en cambio, tan incuestionable, que hasta sus enemigos han tenido que admitir su justicia. Atacan su “ética”, o lo que ellos llaman “ética”, sus opiniones filosóficas o sus preferencias políticas, pero no aquello por lo cual, y no por otras razones, se le ha concedido este premio.  En su caso no se ha cumplido el vaticinio de Pablo Neruda cuando le dijo que “por cada elogio recibirás dos insultos”.

Ajeno a modas y estados gregarios de opinión, Vargas Llosa se situó, frente al análisis estructural y las teorías del Nouveau Roman, en lo “teóricamente incorrecto” sustentando en La orgía perpetua (1975) y La verdad de las mentiras (1990) la inmanencia del narrador como contador de historias que merecían ser contadas, y se desmarcó de la literatura como mero juego retórico, pirotecnia verbal, pasarela exhibicionista de experimentación formal, no aquella que se pone al servicio de la historia. Cuando Carlos Barral afirmó que la literatura era puro lenguaje, haciéndose eco de las tesis en boga, Vargas Llosa mostró su total desacuerdo, y se declaró desde muy temprano contra aquellas novelas “sin acción, de pura atmósfera, de lenguaje moroso, intransitivo”, como nos dice Jorge Edwards. El reciente Nobel hundió sus raíces en la mejor narrativa de todos los tiempos, desde Tirante el Blanco y El Quijote, hasta Flaubert y Conrad. Y como crítico dedicó numerosos ensayos a los grandes maestros, pero hizo más, hizo algo que los escritores no suelen hacer: consagrar todo un volumen, García Márquez: historia de un deicidio (1971) a uno de sus contemporáneos.

Como se dice en el flamenco, Mario Vargas Llosa, el narrador, ha tocado todos los palos. Desde sus primeras novelas, precoces en su madurez, hasta las novelas gozosas y juveniles de la edad adulta, pasando por ejercicios de maestría literaria, como La casa verde, y novelas totales, como Conversación en La Catedral y La guerra del fin del mundo (1981). Desde Lima y Los Andes a las islas del Pacífico o la “guerra santa” de Canudos; desde su novela de dictadores, La fiesta del Chivo (2000), hasta las atrocidades del colonialismo belga denunciadas por Roger Casement, nacionalista irlandés y cónsul británico en El Congo (El sueño del celta, 2010), sus novelas “funcionan como laberintos constructivos que han de ir siendo descifrados gradualmente por la inteligencia y la imaginación del lector”, como afirma Antonio Muñoz Molina. La narrativa de Vargas Llosa, quien sostiene que los únicos límites de la novela realista son los límites de la realidad, que no tiene límites, no se conforma con el lector que mastica y traga historias precocinadas. Como toda gran literatura, la suya condena al lector a la complicidad inteligente. Y lo ha conseguido con talento, mucho trabajo, pero también con una alegría de la escritura que contamina su obra, porque para él, la literatura es “una servidumbre y un gozo, un gran gozo”. Vargas Llosa ha conseguido que ese gozo de la gran literatura rebase los confines de su Perú natal y de Latinoamérica para convertirse en patrimonio universal. En España, además, como escribe Juan Luis Cebrián, Vargas Llosa fue uno de los grandes escritores latinoamericanos que “nos ayudaron a descubrir los perfiles de nuestra propia identidad, frente a la cultura acartonada, provinciana y triste que el franquismo patrocinaba”.

El Nobel, según los académicos suecos, se le concede “por su cartografía de las estructuras del poder y sus incisivas imágenes de la resistencia individual, la revuelta y la derrota”. Efectivamente, pocos escritores del siglo XX (y ya, del XXI) han personificado como él la defensa de la libertad individual, al ser humano frente al poder de los estados y las ideologías.

Mientras Borges repudió las dictaduras de izquierda pero alabó “la clara espada” de Pinochet, y Cortázar denunció las dictaduras de derecha pero admiró las de izquierda, Vargas Llosa ha repudiado por igual a unas y otras, a contracorriente de la intelligentzia occidental que aplaude las revoluciones latinoamericanas mientras pueda seguirlas vía satélite desde Nueva York o París.  Vargas Llosa aplaudió en las revoluciones de Cuba y Nicaragua su carácter libertario al deponer sangrientas tiranías, y se desmarcó tras su giro antidemocrático con el mismo fervor que denunció las dictaduras de Argentina y Chile, o las grandes religiones políticas del siglo XX, los dogmas y las ortodoxias sacramentales, soporte teórico de los regímenes más despiadados. En México, calificó al priísmo como una “dictadura perfecta” en 1990 y se vio obligado a abandonar el país.

Como Albert Camus, Vargas Llosa descree de quien “pone al hombre al servicio de la idea, el que está dispuesto a sacrificar el hombre que vive al que vendrá”, porque una sola persona es más valiosa que cualquier idea. Vargas Llosa se aproxima al liberalismo tradicional, aquella sociedad soñada por la Ilustración que garantizaría el derecho de cada hombre a la libertad de conciencia, la libertad responsable para decidir sobre su propia vida, piedra angular de la dignidad individual y colectiva. En ese sentido, ha sido fiel a sus convicciones, en consonancia con la sociedad abierta postulada por Karl Popper, y su atenta lectura de Berlin, Mises, Herzen, Dahrendorf, Hayek y los liberales anglosajones.

El diario Granma, al calificar a Vargas Llosa como “antinobel de la ética”, subraya sus “desplantes neoliberales”. Ciertamente, yo tampoco coincido con muchos de sus puntos de vista, en particular, su defensa de la autarquía del mercado como garante de una prosperidad que se expandirá automáticamente a toda la sociedad, ni con la minimización del Estado como agente que garantice la redistribución social de la riqueza. Difiero de su elogio a Margaret Thatcher o de su defensa a posteriori de la invasión a Irak. Sin olvidar que tras criticar la segunda intifada de los palestinos, denunció en Gaza las políticas de Israel. O que ha defendido los derechos de los homosexuales y el de las mujeres a abortar, con el mismo énfasis que ha censurado los nacionalismos excluyentes. En cualquier caso, estemos o no de acuerdo con él, sus ensayos y su periodismo son diáfanos, rigurosos, no apelan al engaño, la triquiñuela o el dato escondido. Merecen una réplica de empaque equivalente, no el circunloquio de la descalificación. Y, desde luego, tal como nos enseñó en su día Rosa Luxemburgo, “La libertad sólo para los que apoyan al gobierno, sólo para los miembros de un partido (por numeroso que éste sea) no es libertad en absoluto. La libertad es siempre y exclusivamente libertad para el que piensa de manera diferente”. La defensa de esa libertad no es una graciosa concesión, sino un principio.

Se refiere también el diario Granma a “su catadura moral”, una vileza si consideramos que Mario Vargas Llosa ha hecho siempre gala, con amigos y enemigos, de una caballerosidad infrecuente. Jamás ha ventilado en público su diferencia con García Márquez, a pesar de que, por lo que se sabe, tendría sobradas razones. Pocos meses antes de la muerte de José Saramago, Vargas Llosa lo visitó en su casa de Lanzarote. Y confiesa que cuando recibió la noticia del Nobel, estaba enfrascado en la admirada relectura de El reino de este mundo. Aunque Saramago y Carpentier se ubicaran en las antípodas de sus propias convicciones. Pero quizás esta referencia sea elogio y no diatriba. Si la “catadura moral” de Nicolae Ceausescu, Mengistu Haile Mariam y Robert Mugabe los hicieron acreedores de la Orden Nacional José Martí, es una deferencia excluir a Mario Vargas Llosa.

El antropólogo Marvin Harris (Cows, Pigs, Wars and Witches: The Riddles of Culture), al analizar las verdaderas razones de la cacería de brujas durante la Edad Media nos cuenta que las víctimas eran gente del pueblo llano y, sólo como excepción, nobles y sacerdotes. Según él, la caza de brujas “dispersó y fragmentó todas las energías latentes de protestas. Desmovilizó a los pobres y desposeídos, aumentó la distancia social, les llenó de sospechas mutuas, enfrentó al vecino contra el vecino, aisló a cada uno, hizo a todos temerosos, aumentó la inseguridad de todo el mundo, hizo a cada uno sentirse desamparado y dependiente de las clases gobernantes (…) De esta manera evitó que los pobres afrontaran al establishment eclesiástico y secular con peticiones de redistribución de la riqueza y nivelación del rango. La manía de las brujas (…) era la bola mágica de las clases privilegiadas y poderosas de la sociedad. Éste era su secreto”.  En suma, añade Harris, su significado práctico consiste en “desplazar la responsabilidad de la crisis de la sociedad medieval tardía desde la iglesia y el Estado hacia demonios imaginarios (…) las masas depauperadas, alienadas, enloquecidas, atribuyeron sus males al desenfreno del Diablo en vez de a la corrupción del clero y la rapacidad de la nobleza. La Iglesia y el Estado no sólo se libraron de toda inculpación, sino que se convirtieron en (…) los grandes protectores de la humanidad frente a un enemigo omnipresente pero difícil de detectar”.

Eso posiblemente explique la necesidad de convertir en diablos y brujas, mercenarios y testaferros del Imperio, vendidos, lacayos y apátridas a todos los que opinen de modo diferente, un modo de “desplazar la responsabilidad de la crisis”.

En la línea de defensa de un nacionalismo de trinchera que ha ido suplantando en los últimos decenios al antiguo internacionalismo proletario, se refiere también la nota del Granma a “la negación de sus orígenes”, a lo que el propio autor responde: “Yo soy peruano, lo que hago, lo que digo expresa el país en el que he nacido y en el que he vivido las principales experiencias”. Y en El país de las mil caras (1984) reconoce que “el Perú es para mí una especie de enfermedad incurable y mi relación con él es intensa, áspera, llena de la violencia que caracteriza a la pasión”. Admite también que “España es un país que no era mío y que yo he hecho mío porque me acogió”. Una frase que dos millones de cubanos refrendarán sin mayores aclaraciones.

Aunque en este caso ninguno de los dos está en lo cierto. Mario Vargas Llosa es más que peruano o español, más que latinoamericano. Y este premio Nobel se nos ha concedido por igual a todos los ciudadanos del planeta que consideramos la gran literatura un patrimonio universal, y a los que creemos en la libertad como derecho inalienable de la condición humana.

 

“Nuestro premio Nobel “; en: Habaneceres, 15/10/2010





Dos mulatos posnacionales

1 06 2010

Un mulato de 150 kilos, nacido y criado al norte de New Jersey, un “nerd” del gueto con vocación de escritor, se encuentra en un momento impreciso, a fines de los años 90, en un cañaveral dominicano frente a dos hombres mal encarados quienes le exigen la traducción exacta de la palabra “fire”.

Un mulato cosmopolita, nacido y criado en La Habana, con vocación de escritor, se encuentra en un momento impreciso, a inicios de los años 90, en Livadia, Crimea, medio siglo después de la Conferencia de Yalta, que marcó un nuevo reparto del mundo y el inicio de la Guerra Fría. Allí el mulato cosmopolita intenta atrapar una yazikus, la mítica mariposa cuyo último ejemplar conocido fue cazado por el último zar de todas las Rusias, Nicolás II, una mañana de 1912.

¿Qué relación podría existir entre ellos? Es la pregunta que intentaré responder, partiendo de la base que tanto Livadia[1], la novela que protagoniza el mulato de Yalta, como Brief Wondrous Life of Oscar Wao[2], la que protagoniza el “nerd” de New Jersey, son “novelas ejemplares” de una literatura posnacional cuyas fronteras se extienden, en el Caribe, desde el norte de Estados Unidos hasta Siberia Occidental, pasando por toda Europa.

La mirada posnacional

Edward W. Said[3], al referirse a su identidad, sustituye la metáfora del árbol que hunde sus raíces en la tierra (que alimenta y encarcela el árbol) por “un cúmulo de flujos y corrientes” antes que como “una identidad sólida”. La nación de desterritorializa y se desacraliza, en palabras de Bernat Castany Prado[4]. Ya Claudio Magris[5] proponía una concepción heraclitiana, líquida, de la identidad: “el río es por excelencia la figura interrogativa de la identidad, con la eterna pregunta de si podemos o no bañarnos dos veces en sus aguas”. Y Carlos Monsiváis ha denominado “posnacionalista” al proceso de crisis política, económica y cultural de su país, precedido, a fines de los 60 y principios de los 70, por una reformulación de las representaciones culturales de la nación.

Según Christopher Domínguez Michael, “la extinción de las literaturas nacionales, al menos en América Latina, no será desde luego un proceso ni natural ni lineal. Implica la desmantelación de un concepto firmemente establecido en la academia, en la opinión pública, en el espíritu de muchos escritores aún ligados sentimentalmente al nacionalismo cultural. Contra lo que suele pensarse en el extranjero (y en México mismo), ese proceso de desarraigo arranca con el siglo veinte: la tradición cosmopolita es la tradición central —aunque no la única— de la literatura mexicana moderna”[6]. Domínguez recuerda cómo la sociedad letrada de América Latina siempre se sintió el extremo occidental de la cultura occidental, de modo que “narradores como Salvador Elizondo y Alejandro Rossi (ambos nacidos en 1932 y ambos traducidos al francés) se desplazan por la literatura mundial con absoluta libertad, viajando indistintamente hacia el mundo de los suplicios chinos o regresando a las raíces del caudillismo hispánico; un Sergio Pitol (1933) hace suya la literatura centroeuropea, lo mismo que otros escritores, como Juan García Ponce (1932-2003), Hugo Hiriart (1942) o Fabio Morábito (1955), corroboran en sus obras ese fenómeno del cual Borges es un epítome: el cosmopolitismo latinoamericano es una de las grandes escuelas del siglo veinte”. Y subraya que en el presente globalizado, donde la información viaja a una velocidad sin precedentes y el español recobra la universalidad del Siglo de Oro, “la narrativa (y la poesía) latinoamericanas, además, se benefician de una globalización cultural que, permitiéndonos abandonar la obsoleta noción romántica de literatura nacional, nos devuelve, con más ganancias que pérdidas, al universalismo de las Luces”[7]. De este modo, se cancela “la identificación romántica entre cultura y nación, misma que convertía al escritor latinoamericano en una suerte de embajador ontológico de su país, destinado a explicar los misterios esotéricos de México, del Perú, de Colombia al público europeo”[8]. Es “el fin de nuestra excepcionalidad y de los fueros que el realismo mágico, falso o verdadero, conllevó”[9].

J Vs. Wao

Tanto el mulato cosmopolita que caza mariposas en Yalta como el “nerd” de origen dominicano pero nacido y criado al norte de New Jersey, son los protagonistas y alter ego de sus autores: Junot Díaz  y José Manuel Prieto. Junot Díaz (Santo Domingo, 1968) emigró a los siete años a Nueva Jersey con su familia. Se licenció en Rutgers University e hizo un master en Cornell. Actualmente imparte escritura creativa en el Massachussets Tecnological Institute. José Manuel Prieto (La Habana, 1962) se fue a estudiar a la URSS a inicios de los 80 y se graduó de ingeniero en Novosibirsk, Siberia Occidental. Vivió en Rusia más de doce años, se trasladó a México D.F. y enseñó en el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE) desde 1994 hasta el 2004. Actualmente vive en Nueva York y es director del Joseph A. Unanue Latino Institute de la Universidad Seton Hall.

La maravillosa vida breve de Oscar Wao es una saga de inmigrantes dominicanos, pero es también medio siglo de historia dominicana. Una novela acerca de “un pobre nerd[10] negro y jodido del gueto llamado Óscar Wao”, un chico dominicano gordo que no conquista a las chicas, que no puede bailar, que es el opuesto de todos los estereotipos que tenemos los dominicanos de lo que son los “hombres”. “Óscar no iba a ser el caribeño sexy por el que la industria del turismo vive y muere. Me di cuenta de que podía escribir acerca de este chico nerd que vive obsesionado por la historia y por las chicas, que sólo es bueno para la fantasía y para la ciencia ficción y que sin embargo (trágica, cómicamente) pertenece a una comunidad y a una cultura que propiamente no se enloquece por los nerd de color ni por sus intereses”, según el propio Junot.

Pero es también la historia de una maldición, el fukú, que persigue a los dominicanos, según Díaz, desde la llegada de Colón a América, y de cómo esta desgracia se ceba en la familia de Óscar durante el trujillismo y el postrujillismo, con sus secuelas de violencia. Una historia que parece marcar el destino de toda la descendencia y cuya larga mano los atrapa incluso lejos de la isla, en el gueto.

En Livadia (también publicada como Mariposas nocturnas del imperio ruso), un joven contrabandista de origen cubano (origen apenas esbozado en unos pocos momentos) trafica visores nocturnos y otros artilugios “desviados” de los arsenales de un Ejército Rojo en plena descomposición. Se mueve continuamente por el Norte y Este de Europa hasta que recibe de un cliente sueco el encargo de conseguir una mariposa rarísima, cuyo último ejemplar conocido fue capturado hacia 1912 por el zar Nicolas II en los jardines del palacio que la familia imperial rusa se hizo construir en Livadia, cerca de Yalta, en la península de Crimea. Instalado en esa localidad, en la que (en teoría) permanece al acecho de la mariposa, el narrador redacta el borrador de lo que pretende ser una respuesta a las cartas que allí le envía V., la muchacha siberiana que lo abandonó después de que él, no sin correr riesgos, la ayudara a escapar del burdel de Estambul donde trabajaba.

Prieto apela a moldes propios de la novela de aventuras, del libro de viajes, de la novela epistolar, la novela negra y del relato iniciático; cuando en realidad todos ellos sólo son el soporte argumental de un largo repaso a toda la tradición epistolar, con ciertos tintes de ensayo filosófico. Un libro organizado sobre la excusa de cartas recibidas por el autor, pero que nunca conoceremos. Presuntamente estamos en presencia del largo borrador de su respuesta (que más tarde desaparecerá). O de un rescate (mal planeado y peor ejecutado) que no termina en fracaso gracias a la divina intervención de una capa propia de Harry Potter. La historia de un entomólogo aficionado y rico que encomienda a un contrabandista la persecución (condenada al fracaso) de una mariposa rara cuya descripción es incierta. Todo el entramado sólo pretende otorgar un esqueleto narrativo a la educación sentimental del protagonista y, sobre todo, a un delicioso repaso de toda la tradición epistolar que desemboca drásticamente en las urgencias del email. Relato jalonado por las cartas que el autor-protagonista recibe de V. y con cada capítulo perfectamente ubicado en la múltiple geografía del relato, lo cual es también una ubicación temporal.

Junot Díaz, por su parte, organiza el relato en una cronología recta con oportunos flashback que van a esclarecer los antecedentes de la línea argumental maestra, capítulos acotados cronológicamente para facilitar la lectura y que se hunden en un pasado más remoto a medida que el lector necesita de esas subtramas complementarias. Las frecuentes notas al pie, firmadas descaradamente por el autor, esclarecen figuras y episodios de la historia dominicana y están dirigidas, obviamente, a un público anglo que no conoce necesariamente los pormenores históricos de la isla. En ese sentido, en ambos autores hay una voluntad de allanar el camino a un lector abstracto, no necesariamente cómplice. Los títulos de los subcapítulos en la novela de Díaz acentúan esa voluntad didáctica, aunque operan como contralectura desde la ironía y el desparpajo. Incluso las frases iniciales tras cada subtítulo subrayan el momento exacto de su engaste en la historia, del mismo modo que la sucesión de cartas y la localización geográfica de los capítulos lo hacen en Prieto. En la página 81, por ejemplo, nos dice Díaz: “Antes de que hubiera una Historia Americana, antes de que… (…)  estaba la madre, Hypatía Belicia Cabral”. Y esa progresión se mueve hacia atrás, desentrañado el pasado como un arqueólogo frente a los estratos del yacimiento: Belicia Cabral (1955-1962)… Pobre Abelardo (1944-1946).

En La maravillosa vida breve de Oscar Wao, éste es el alter ego de Junot Diaz. Es el Oscar Wao a Junot como el Wow es lo sorpresivo del spanglish transdicho como “guau” dominicano. Mientras, el verdadero J. de Livadia es J. M. Prieto.

También, los contextos en que se mueven ambos protagonistas y autores tienen cursos paralelos. Ambos residen en las capitales, en las casas matrices de sus respectivos imperios. Junot madura en el NY que se ratifica como capital, de Occidente primero y, más tarde (tras el desmerengamiento de la URSS), del mundo. Mientas, J. M. Prieto cursa sus estudios en la metrópoli del comunismo mundial. Y asiste, diez años después, a su caída, como Oscar Wao asiste desde el otro extremo al fin de la Guerra Fría y da cuenta de ello. Ya el protagonista de Enciclopedia de una vida en Rusia[11], un retrato sociopolítico del derrumbe de la URSS, reflexionaba: “El imperio, que había proyectado su pesadez hacia la lejanía de un futuro perfecto, cayó por el peso de mullidas alfombras persas, jaguares descapotables, perros de raza, debilitado por la meta de un vivir placentero que logró suplantar sus objetivos celestes”. Una lectura suspicaz permite atribuir a estas palabras, también, un destinatario lejano, un país que también colapsaría, al menos económicamente, tras la desaparición de la URSS. Claro que un análisis histórico de esta naturaleza, leído desde el dandismo que recorre toda la obra de Prieto, no pasa de ser una boutade con algunas certezas de fondo. Pero también Prieto sitúa su obra en Yalta, donde 45 años antes se había firmado el nuevo reparto del mundo y el inicio de la Guerra Fría y donde el autor-protagonista (¿por casualidad?) busca la rara mariposa cuyo último ejemplar conocido fue capturado (¿otra casualidad?) por Nicolás II, último zar de Rusia.

Y estos contextos geográficos se convierten en contextos culturales.

Díaz asume la cultura popular, la literatura de género, como alimento de su protagonista. Prieto, la tradición letrada europea.

Ambos difieren también, radicalmente, en el vehículo literario empleado.

Díaz se define como un escritor de lengua inglesa aunque, obviamente, su universo narrativo es el mundo de LO dominicano. Es el escritor del gheto (el “ghetto writer”) que escribe con las palabras del gueto, la lengua de sus propias experiencias, un inglés mechado de español, un inglés manipulado con la libertad de la oralidad y sujeto siempre a la tensión dramática del argumento. Porque el lenguaje es también argumento. No hay plecas ni comillas, los parlamentos se ensamblan con las descripciones, las voces de narrador y personajes se  suceden sin interrupción y sin que perdamos el hilo de quién habla, captando inmediatamente los juegos temporales. Un lenguaje directo y descarnado, sincopado, diríase, que empuja continuamente al lector hacia delante. Ese inglés del gueto mechado de dominicanismos guarda todo su sabor gracias a la excelente traducción de una cubana, Achy Obejas:

“En cualquier lugar del mundo su promedio de bateo triple cero con las muchachas podía haber pasado inadvertido, pero se trataba de un varoncito dominicano, de una familia dominicana: se suponía que fuera un tíguere salvaje con las hembras (…) Un fracatán de familiares lo aconsejó (…) Escúchame, palomo, coge una muchacha y méteselo ya. Eso lo resuelve todo. Empieza con una fea”. (p. 35).

Pero también puede hablarnos de “la fokin sorpresa”, de que nadie quería ser “roommate del socio”, de los “bichos raros y losers y freaks y afeminaos”.

Prieto, por su parte, escribe desde la tradición rusa, que fluye a través de toda la obra en el tempo, en la naturaleza de las descripciones (Turguéniev más que Dostoievski), en un cierto regodeo en los circunloquios, un pausado acercamiento a la materia narrativa, una prosa tersa y otoñal. Un español escrito desde LO ruso, como un traductor de sí mismo, explicando al lector los giros de la lengua que un eslavo comprendería de inmediato:

“Le gritó—: Ponial? —que quería decir ‘¿Has entendido?’, pero en masculino, como dicho a un hombre, sin la a al final, indispensable para poner la frase en femenino; cambio de género que debía transmitirle a Leilah la gravedad de su amenaza. (…) la llamó Masha, porque es como si dijéramos ‘un Iván cualquiera’”. (p. 182).

O cuando dice: “darle a entender que había ‘mordido de parte a parte su juefo’, para utilizar una exacta expresión rusa. Mordido de parte a parte hasta dar con el hueso, lo duro” (p. 184).

En Prieto, el lenguaje puede llegar a ser cientificista, rebuscado, como cuando refiere que “Sudábamos a chorros, las papilas subcutáneas nos humectaban como después de un largo invierno” (p. 268). O: “el lente de estos googles recoge el flujo de fotones (…) en una banda de frecuencia inferior al rojo (…) los fotones en vuelo son acelerados por el alto voltaje (…) golpean con fuerza la pantalla fosforescente…” (p. 54).

Un lenguaje que busca, y con frecuencia consigue, una máxima precisión, aunque sea a costa de reajustar el tempo narrativo.

Un escritor dominicanamerican que escribe en inglés desde LO dominicano.

Un escritor cubano que escribe en español desde LO ruso.

Dos perspectivas desde lo posnacional.

La estilización y traslación al inglés de la oralidad dominicana, de la oralidad del gueto. Y la construcción de un lenguaje terso, metabolización de una tradición letrada europea, particularmente rusa, que evade ex profeso las coordenadas no sólo de la oralidad cubana sino del discurso letrado de la Isla, y no sólo del léxico, sino de la propia construcción sintáctica que suele denunciar al narrador de la Isla. A cambio: un español neutro, transparente para todos los hispanohablantes.

También desde el lenguaje hay en ambos una voluntad de aproximación a un lector invisible (internacional, posnacional, ¿el mercado?), una voluntad  mercadotécnica, sin que ello sea peyorativo. Christopher Domínguez Michael nos recuerda que “el mercado editorial predica la uniformidad y castiga, más que nunca antes en la historia moderna del libro, la dificultad intelectual y el riesgo formal”[12].

En Junot Díaz la novela empieza por la detallada explicación del fukú americanus, la desgracia inicial de nuestra sufrida historia (según él, Dominicana es el kilómetro cero del fukú), y desfilan en los momentos clave del pasado y del presente la mangosta y el hombre sin rostro, tanto en sueños como en una realidad que sobrepasa a las peores pesadillas.

Prieto viene de una tradición occidental, de otro canon de lo maravilloso, de modo que cuando se ve a sí mismo desde afuera en su propia habitación, no apela a los orishas o a los santos mulatos del catolicismo sincrético de la Isla, sino a la memoria de madame Blavatzki y la magia de sus cartas instantáneas. Y eso es parte de la tradición cultural como objeto de elección. Prieto no encaja sus ficciones en una tradición heredada, sino en una tradición elegida.

Por su parte, Díaz no expresa la alienación de quien se siente ajeno a dos culturas, sino que condensa sin complejos los elementos de esas dos culturas y lee en clave de cultura popular norteamericana, en clave Marvel, por decirlo de alguna manera, la maldición ancestral del fukú. Oscar Wao y, por inferencia, el autor, descodifica la realidad en claves de Akira, idioma élfico, Dongeous and Dragons, juegos de rol, Star Trek, Robotech, Madame X, caballeros jedays, Space Opera, Terminator 2 y, en sus propias palabras, “la fokin Tierra-Media” (p. 183).

J., personaje-autor de José Manuel Prieto, se cataloga en Livadia como “alguien con el alma dividida, que albergaba la sospecha (…) de una presencia ahora mismo en otro lugar (…) Yo no era una divinidad. Tampoco era un exiliado, no me gustaba esa palabra (…) Era sólo un viajero” (pp. 116-117). Un viajero cosmopolita en la mejor tradición occidental que asume su naturaleza nómada situándose, como un observador de paso, en todos los lugares. O en el no lugar. Es el pasajero que asume paisajes como aeropuertos: tránsitos, no destinos. Nadie como él resume la ciudadanía como flujo. Desde ese punto de vista es, posiblemente, el escritor más posnacional de los dos.

Ambos autores proceden, salvando las distancias, de una experiencia dictatorial. En Díaz, el trujillismo, principal producto dominicano de exportación literaria, está presente en toda la saga familiar con la fatalidad del fokú, maldición que alcanza al protagonista tres decenios después de la muerte de Trujillo. En Prieto, no es en la opaca presencia del castrismo —nunca mencionado— donde afloran las coordenadas de la experiencia totalitaria. Las alusiones al imperio y su caída se pueden rastrear en la escritura tangencial, la naturalidad con que se asume la poda de libertades e, incluso, en cierto momento, el protagonista maldice “la libertad de expresión, un valor rastreramente burgués” (p. 291) y apuesta por “una ley que permitiera la violación de la correspondiera en aras de la seguridad nacional”, reivindicando la restauración de “gabinetes negros” para el saqueo de la correspondencia privada (p. 292).

En Díaz, la tradición dictatorial y sus secuelas desencadenan la historia, son argumento. En Prieto, la retórica totalitaria es un sustrato que yace bajo la aparente libertad, en un tono, un susurro, una cuidada elección de las palabras. Escribe Prieto:

“el estilo de gobierno que impera en un país se transparenta en la actitud que asumen los padres de familia, los directores de escuela y hasta los administradores de poca monta. Kizmovna había visto infinidad de filmes con escenas de interrogatorios a miembros díscolos del partido y había copiado a la perfección las inflexiones…” (p. 140).

Antes y después de este libro, Prieto confirma el perfil de su narrativa. Con su precedente Enciclopedia de una vida en Rusia, un retrato sociopolítico de la caída del imperio a inicios de los años 90, y en la posterior novela, Rex[13], construida como un juego de espejos en torno a un joven maestro privado de origen cubano que trabaja en casa de unos archimillonarios rusos radicados en la Costa del Sol.

En ambos casos, no nos encontramos ante lo que Bernat Castany Prado llama “posnacionalismo reactivo”[14], que “suele estar protagonizado por un emigrante o un bicultural que, viéndose presionado explícita o implícitamente a elegir la identidad nacional del país de recepción, decide enrocarse en una apatridia crítica hacia todo nacionalismo. Está claro que este tipo de posnacionalismo puede apelar a valores cosmopolitas, neoliberales, nihilistas o democráticos para justificar sus posiciones pero, más que su contenido, lo que lo caracteriza es su punto de partida: el rechazo a dejarse encerrar en unas categorías que no dan cuenta de la complejidad y la ambigüedad de las identidades individuales”. Tanto Díaz como Prieto asumen su posnacionalidad, no como respuesta o reivindicación del no lugar, sino como el resultado natural de sus propias biografías. No son escritores nacionales porque no son individuos nacionales. Su identidad es el “no lugar” o, mejor, el “todos los lugares”. Por el contrario que los chicanos, que “se reivindican como tales (…) [y que construyen, por tanto] un falso posnacionalismo puesto que no trasciende las categorías nacionales sino que inventa nuevas, manteniendo, de este modo, la cosmovisión nacionalista”[15], Díaz y Prieto eluden el concepto mismo de nacionalidad, para instalar sus escrituras en el universo líquido de lo posnacional, lo cual puede parecer más obvio en la obra de Prieto, pero es igualmente constatable en la de Díaz, desde el vehículo que emplea: un inglés impuro, transgresor de los cánones de una presunta excelencia hacia la frontera mudable de la hibridación. Y ambos, desde luego, están lejos de incurrir en lo que se ha llamado  “literatura posnacionalista”, empeñada en “hacer pedagogía de la cosmovisión posnacional”[16].

Ya sabemos, entonces, que el mulato del cañaveral dominicano y el  mulato de Yalta están en escenarios antípodas, que protagonizan propuestas diferentes, pero también sabemos que un cañaveral dominicano y un palacio de veraneo en Yalta pueden estar unidos por la misma corriente de una nacionalidad fluyente, imprecisa, trashumante, electiva.

“Dos mulatos posnacionales”, Madrid, 2010


[1] Mariposas nocturnas del Imperio Ruso (Livadia); Mondadori, Barcelona, 1999.

[2] La maravillosa vida breve de Oscar Wao; Mondadori, Barcelona, 2008.

[3] Fuera de lugar; De Bolsillo, Barcelona, 2002, p. 377.

[4] “Las nuevas metáforas identitarias de la literatura posnacional”, en Konvergencias, Filosofía y Culturas en Diálogo, n.º 9, año III, junio de 2005, en http://www.konvergencias.net/literaturaposnacional.htm. Ver también: Bernat Castany Prado; Literatura Posnacional; Editum, Ediciones de la Universidad de Murcia, Servicio de Publicaciones, 2007.

[5] El Danubio; Anagrama, Barcelona, 1997, p. 21.

[6] “¿Fin de la literatura nacional?”; en: Reforma, Ciudad de México, agosto 21, 2005, en: http://atari2600.blogspot.com/2005_08_01_atari2600_archive.html

[7] Íd.

[8] Íd.

[9] Íd.

[10] Estereotipo de persona inteligente que persigue apasionadamente, actividades intelectuales y conocimientos impropios de su edad, y con malas habilidades sociales, por lo que suele ser objeto de burlas.

[11] José Manuel Prieto; Mondadori, Barcelona, 1997.

[12] “¿Fin de la literatura nacional?”; en Reforma, Ciudad de México, agosto 21, 2005.

[13] Ed. Anagrama, Barcelona, 2007.

[14] “Literatura postnacional en Latinoamérica”; en: http://www.habanaelegante.com/SpringSummer2006/Expresion.html

[15] Íd.

[16] Íd.