Dos mulatos posnacionales

1 06 2010

Un mulato de 150 kilos, nacido y criado al norte de New Jersey, un “nerd” del gueto con vocación de escritor, se encuentra en un momento impreciso, a fines de los años 90, en un cañaveral dominicano frente a dos hombres mal encarados quienes le exigen la traducción exacta de la palabra “fire”.

Un mulato cosmopolita, nacido y criado en La Habana, con vocación de escritor, se encuentra en un momento impreciso, a inicios de los años 90, en Livadia, Crimea, medio siglo después de la Conferencia de Yalta, que marcó un nuevo reparto del mundo y el inicio de la Guerra Fría. Allí el mulato cosmopolita intenta atrapar una yazikus, la mítica mariposa cuyo último ejemplar conocido fue cazado por el último zar de todas las Rusias, Nicolás II, una mañana de 1912.

¿Qué relación podría existir entre ellos? Es la pregunta que intentaré responder, partiendo de la base que tanto Livadia[1], la novela que protagoniza el mulato de Yalta, como Brief Wondrous Life of Oscar Wao[2], la que protagoniza el “nerd” de New Jersey, son “novelas ejemplares” de una literatura posnacional cuyas fronteras se extienden, en el Caribe, desde el norte de Estados Unidos hasta Siberia Occidental, pasando por toda Europa.

La mirada posnacional

Edward W. Said[3], al referirse a su identidad, sustituye la metáfora del árbol que hunde sus raíces en la tierra (que alimenta y encarcela el árbol) por “un cúmulo de flujos y corrientes” antes que como “una identidad sólida”. La nación de desterritorializa y se desacraliza, en palabras de Bernat Castany Prado[4]. Ya Claudio Magris[5] proponía una concepción heraclitiana, líquida, de la identidad: “el río es por excelencia la figura interrogativa de la identidad, con la eterna pregunta de si podemos o no bañarnos dos veces en sus aguas”. Y Carlos Monsiváis ha denominado “posnacionalista” al proceso de crisis política, económica y cultural de su país, precedido, a fines de los 60 y principios de los 70, por una reformulación de las representaciones culturales de la nación.

Según Christopher Domínguez Michael, “la extinción de las literaturas nacionales, al menos en América Latina, no será desde luego un proceso ni natural ni lineal. Implica la desmantelación de un concepto firmemente establecido en la academia, en la opinión pública, en el espíritu de muchos escritores aún ligados sentimentalmente al nacionalismo cultural. Contra lo que suele pensarse en el extranjero (y en México mismo), ese proceso de desarraigo arranca con el siglo veinte: la tradición cosmopolita es la tradición central —aunque no la única— de la literatura mexicana moderna”[6]. Domínguez recuerda cómo la sociedad letrada de América Latina siempre se sintió el extremo occidental de la cultura occidental, de modo que “narradores como Salvador Elizondo y Alejandro Rossi (ambos nacidos en 1932 y ambos traducidos al francés) se desplazan por la literatura mundial con absoluta libertad, viajando indistintamente hacia el mundo de los suplicios chinos o regresando a las raíces del caudillismo hispánico; un Sergio Pitol (1933) hace suya la literatura centroeuropea, lo mismo que otros escritores, como Juan García Ponce (1932-2003), Hugo Hiriart (1942) o Fabio Morábito (1955), corroboran en sus obras ese fenómeno del cual Borges es un epítome: el cosmopolitismo latinoamericano es una de las grandes escuelas del siglo veinte”. Y subraya que en el presente globalizado, donde la información viaja a una velocidad sin precedentes y el español recobra la universalidad del Siglo de Oro, “la narrativa (y la poesía) latinoamericanas, además, se benefician de una globalización cultural que, permitiéndonos abandonar la obsoleta noción romántica de literatura nacional, nos devuelve, con más ganancias que pérdidas, al universalismo de las Luces”[7]. De este modo, se cancela “la identificación romántica entre cultura y nación, misma que convertía al escritor latinoamericano en una suerte de embajador ontológico de su país, destinado a explicar los misterios esotéricos de México, del Perú, de Colombia al público europeo”[8]. Es “el fin de nuestra excepcionalidad y de los fueros que el realismo mágico, falso o verdadero, conllevó”[9].

J Vs. Wao

Tanto el mulato cosmopolita que caza mariposas en Yalta como el “nerd” de origen dominicano pero nacido y criado al norte de New Jersey, son los protagonistas y alter ego de sus autores: Junot Díaz  y José Manuel Prieto. Junot Díaz (Santo Domingo, 1968) emigró a los siete años a Nueva Jersey con su familia. Se licenció en Rutgers University e hizo un master en Cornell. Actualmente imparte escritura creativa en el Massachussets Tecnological Institute. José Manuel Prieto (La Habana, 1962) se fue a estudiar a la URSS a inicios de los 80 y se graduó de ingeniero en Novosibirsk, Siberia Occidental. Vivió en Rusia más de doce años, se trasladó a México D.F. y enseñó en el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE) desde 1994 hasta el 2004. Actualmente vive en Nueva York y es director del Joseph A. Unanue Latino Institute de la Universidad Seton Hall.

La maravillosa vida breve de Oscar Wao es una saga de inmigrantes dominicanos, pero es también medio siglo de historia dominicana. Una novela acerca de “un pobre nerd[10] negro y jodido del gueto llamado Óscar Wao”, un chico dominicano gordo que no conquista a las chicas, que no puede bailar, que es el opuesto de todos los estereotipos que tenemos los dominicanos de lo que son los “hombres”. “Óscar no iba a ser el caribeño sexy por el que la industria del turismo vive y muere. Me di cuenta de que podía escribir acerca de este chico nerd que vive obsesionado por la historia y por las chicas, que sólo es bueno para la fantasía y para la ciencia ficción y que sin embargo (trágica, cómicamente) pertenece a una comunidad y a una cultura que propiamente no se enloquece por los nerd de color ni por sus intereses”, según el propio Junot.

Pero es también la historia de una maldición, el fukú, que persigue a los dominicanos, según Díaz, desde la llegada de Colón a América, y de cómo esta desgracia se ceba en la familia de Óscar durante el trujillismo y el postrujillismo, con sus secuelas de violencia. Una historia que parece marcar el destino de toda la descendencia y cuya larga mano los atrapa incluso lejos de la isla, en el gueto.

En Livadia (también publicada como Mariposas nocturnas del imperio ruso), un joven contrabandista de origen cubano (origen apenas esbozado en unos pocos momentos) trafica visores nocturnos y otros artilugios “desviados” de los arsenales de un Ejército Rojo en plena descomposición. Se mueve continuamente por el Norte y Este de Europa hasta que recibe de un cliente sueco el encargo de conseguir una mariposa rarísima, cuyo último ejemplar conocido fue capturado hacia 1912 por el zar Nicolas II en los jardines del palacio que la familia imperial rusa se hizo construir en Livadia, cerca de Yalta, en la península de Crimea. Instalado en esa localidad, en la que (en teoría) permanece al acecho de la mariposa, el narrador redacta el borrador de lo que pretende ser una respuesta a las cartas que allí le envía V., la muchacha siberiana que lo abandonó después de que él, no sin correr riesgos, la ayudara a escapar del burdel de Estambul donde trabajaba.

Prieto apela a moldes propios de la novela de aventuras, del libro de viajes, de la novela epistolar, la novela negra y del relato iniciático; cuando en realidad todos ellos sólo son el soporte argumental de un largo repaso a toda la tradición epistolar, con ciertos tintes de ensayo filosófico. Un libro organizado sobre la excusa de cartas recibidas por el autor, pero que nunca conoceremos. Presuntamente estamos en presencia del largo borrador de su respuesta (que más tarde desaparecerá). O de un rescate (mal planeado y peor ejecutado) que no termina en fracaso gracias a la divina intervención de una capa propia de Harry Potter. La historia de un entomólogo aficionado y rico que encomienda a un contrabandista la persecución (condenada al fracaso) de una mariposa rara cuya descripción es incierta. Todo el entramado sólo pretende otorgar un esqueleto narrativo a la educación sentimental del protagonista y, sobre todo, a un delicioso repaso de toda la tradición epistolar que desemboca drásticamente en las urgencias del email. Relato jalonado por las cartas que el autor-protagonista recibe de V. y con cada capítulo perfectamente ubicado en la múltiple geografía del relato, lo cual es también una ubicación temporal.

Junot Díaz, por su parte, organiza el relato en una cronología recta con oportunos flashback que van a esclarecer los antecedentes de la línea argumental maestra, capítulos acotados cronológicamente para facilitar la lectura y que se hunden en un pasado más remoto a medida que el lector necesita de esas subtramas complementarias. Las frecuentes notas al pie, firmadas descaradamente por el autor, esclarecen figuras y episodios de la historia dominicana y están dirigidas, obviamente, a un público anglo que no conoce necesariamente los pormenores históricos de la isla. En ese sentido, en ambos autores hay una voluntad de allanar el camino a un lector abstracto, no necesariamente cómplice. Los títulos de los subcapítulos en la novela de Díaz acentúan esa voluntad didáctica, aunque operan como contralectura desde la ironía y el desparpajo. Incluso las frases iniciales tras cada subtítulo subrayan el momento exacto de su engaste en la historia, del mismo modo que la sucesión de cartas y la localización geográfica de los capítulos lo hacen en Prieto. En la página 81, por ejemplo, nos dice Díaz: “Antes de que hubiera una Historia Americana, antes de que… (…)  estaba la madre, Hypatía Belicia Cabral”. Y esa progresión se mueve hacia atrás, desentrañado el pasado como un arqueólogo frente a los estratos del yacimiento: Belicia Cabral (1955-1962)… Pobre Abelardo (1944-1946).

En La maravillosa vida breve de Oscar Wao, éste es el alter ego de Junot Diaz. Es el Oscar Wao a Junot como el Wow es lo sorpresivo del spanglish transdicho como “guau” dominicano. Mientras, el verdadero J. de Livadia es J. M. Prieto.

También, los contextos en que se mueven ambos protagonistas y autores tienen cursos paralelos. Ambos residen en las capitales, en las casas matrices de sus respectivos imperios. Junot madura en el NY que se ratifica como capital, de Occidente primero y, más tarde (tras el desmerengamiento de la URSS), del mundo. Mientas, J. M. Prieto cursa sus estudios en la metrópoli del comunismo mundial. Y asiste, diez años después, a su caída, como Oscar Wao asiste desde el otro extremo al fin de la Guerra Fría y da cuenta de ello. Ya el protagonista de Enciclopedia de una vida en Rusia[11], un retrato sociopolítico del derrumbe de la URSS, reflexionaba: “El imperio, que había proyectado su pesadez hacia la lejanía de un futuro perfecto, cayó por el peso de mullidas alfombras persas, jaguares descapotables, perros de raza, debilitado por la meta de un vivir placentero que logró suplantar sus objetivos celestes”. Una lectura suspicaz permite atribuir a estas palabras, también, un destinatario lejano, un país que también colapsaría, al menos económicamente, tras la desaparición de la URSS. Claro que un análisis histórico de esta naturaleza, leído desde el dandismo que recorre toda la obra de Prieto, no pasa de ser una boutade con algunas certezas de fondo. Pero también Prieto sitúa su obra en Yalta, donde 45 años antes se había firmado el nuevo reparto del mundo y el inicio de la Guerra Fría y donde el autor-protagonista (¿por casualidad?) busca la rara mariposa cuyo último ejemplar conocido fue capturado (¿otra casualidad?) por Nicolás II, último zar de Rusia.

Y estos contextos geográficos se convierten en contextos culturales.

Díaz asume la cultura popular, la literatura de género, como alimento de su protagonista. Prieto, la tradición letrada europea.

Ambos difieren también, radicalmente, en el vehículo literario empleado.

Díaz se define como un escritor de lengua inglesa aunque, obviamente, su universo narrativo es el mundo de LO dominicano. Es el escritor del gheto (el “ghetto writer”) que escribe con las palabras del gueto, la lengua de sus propias experiencias, un inglés mechado de español, un inglés manipulado con la libertad de la oralidad y sujeto siempre a la tensión dramática del argumento. Porque el lenguaje es también argumento. No hay plecas ni comillas, los parlamentos se ensamblan con las descripciones, las voces de narrador y personajes se  suceden sin interrupción y sin que perdamos el hilo de quién habla, captando inmediatamente los juegos temporales. Un lenguaje directo y descarnado, sincopado, diríase, que empuja continuamente al lector hacia delante. Ese inglés del gueto mechado de dominicanismos guarda todo su sabor gracias a la excelente traducción de una cubana, Achy Obejas:

“En cualquier lugar del mundo su promedio de bateo triple cero con las muchachas podía haber pasado inadvertido, pero se trataba de un varoncito dominicano, de una familia dominicana: se suponía que fuera un tíguere salvaje con las hembras (…) Un fracatán de familiares lo aconsejó (…) Escúchame, palomo, coge una muchacha y méteselo ya. Eso lo resuelve todo. Empieza con una fea”. (p. 35).

Pero también puede hablarnos de “la fokin sorpresa”, de que nadie quería ser “roommate del socio”, de los “bichos raros y losers y freaks y afeminaos”.

Prieto, por su parte, escribe desde la tradición rusa, que fluye a través de toda la obra en el tempo, en la naturaleza de las descripciones (Turguéniev más que Dostoievski), en un cierto regodeo en los circunloquios, un pausado acercamiento a la materia narrativa, una prosa tersa y otoñal. Un español escrito desde LO ruso, como un traductor de sí mismo, explicando al lector los giros de la lengua que un eslavo comprendería de inmediato:

“Le gritó—: Ponial? —que quería decir ‘¿Has entendido?’, pero en masculino, como dicho a un hombre, sin la a al final, indispensable para poner la frase en femenino; cambio de género que debía transmitirle a Leilah la gravedad de su amenaza. (…) la llamó Masha, porque es como si dijéramos ‘un Iván cualquiera’”. (p. 182).

O cuando dice: “darle a entender que había ‘mordido de parte a parte su juefo’, para utilizar una exacta expresión rusa. Mordido de parte a parte hasta dar con el hueso, lo duro” (p. 184).

En Prieto, el lenguaje puede llegar a ser cientificista, rebuscado, como cuando refiere que “Sudábamos a chorros, las papilas subcutáneas nos humectaban como después de un largo invierno” (p. 268). O: “el lente de estos googles recoge el flujo de fotones (…) en una banda de frecuencia inferior al rojo (…) los fotones en vuelo son acelerados por el alto voltaje (…) golpean con fuerza la pantalla fosforescente…” (p. 54).

Un lenguaje que busca, y con frecuencia consigue, una máxima precisión, aunque sea a costa de reajustar el tempo narrativo.

Un escritor dominicanamerican que escribe en inglés desde LO dominicano.

Un escritor cubano que escribe en español desde LO ruso.

Dos perspectivas desde lo posnacional.

La estilización y traslación al inglés de la oralidad dominicana, de la oralidad del gueto. Y la construcción de un lenguaje terso, metabolización de una tradición letrada europea, particularmente rusa, que evade ex profeso las coordenadas no sólo de la oralidad cubana sino del discurso letrado de la Isla, y no sólo del léxico, sino de la propia construcción sintáctica que suele denunciar al narrador de la Isla. A cambio: un español neutro, transparente para todos los hispanohablantes.

También desde el lenguaje hay en ambos una voluntad de aproximación a un lector invisible (internacional, posnacional, ¿el mercado?), una voluntad  mercadotécnica, sin que ello sea peyorativo. Christopher Domínguez Michael nos recuerda que “el mercado editorial predica la uniformidad y castiga, más que nunca antes en la historia moderna del libro, la dificultad intelectual y el riesgo formal”[12].

En Junot Díaz la novela empieza por la detallada explicación del fukú americanus, la desgracia inicial de nuestra sufrida historia (según él, Dominicana es el kilómetro cero del fukú), y desfilan en los momentos clave del pasado y del presente la mangosta y el hombre sin rostro, tanto en sueños como en una realidad que sobrepasa a las peores pesadillas.

Prieto viene de una tradición occidental, de otro canon de lo maravilloso, de modo que cuando se ve a sí mismo desde afuera en su propia habitación, no apela a los orishas o a los santos mulatos del catolicismo sincrético de la Isla, sino a la memoria de madame Blavatzki y la magia de sus cartas instantáneas. Y eso es parte de la tradición cultural como objeto de elección. Prieto no encaja sus ficciones en una tradición heredada, sino en una tradición elegida.

Por su parte, Díaz no expresa la alienación de quien se siente ajeno a dos culturas, sino que condensa sin complejos los elementos de esas dos culturas y lee en clave de cultura popular norteamericana, en clave Marvel, por decirlo de alguna manera, la maldición ancestral del fukú. Oscar Wao y, por inferencia, el autor, descodifica la realidad en claves de Akira, idioma élfico, Dongeous and Dragons, juegos de rol, Star Trek, Robotech, Madame X, caballeros jedays, Space Opera, Terminator 2 y, en sus propias palabras, “la fokin Tierra-Media” (p. 183).

J., personaje-autor de José Manuel Prieto, se cataloga en Livadia como “alguien con el alma dividida, que albergaba la sospecha (…) de una presencia ahora mismo en otro lugar (…) Yo no era una divinidad. Tampoco era un exiliado, no me gustaba esa palabra (…) Era sólo un viajero” (pp. 116-117). Un viajero cosmopolita en la mejor tradición occidental que asume su naturaleza nómada situándose, como un observador de paso, en todos los lugares. O en el no lugar. Es el pasajero que asume paisajes como aeropuertos: tránsitos, no destinos. Nadie como él resume la ciudadanía como flujo. Desde ese punto de vista es, posiblemente, el escritor más posnacional de los dos.

Ambos autores proceden, salvando las distancias, de una experiencia dictatorial. En Díaz, el trujillismo, principal producto dominicano de exportación literaria, está presente en toda la saga familiar con la fatalidad del fokú, maldición que alcanza al protagonista tres decenios después de la muerte de Trujillo. En Prieto, no es en la opaca presencia del castrismo —nunca mencionado— donde afloran las coordenadas de la experiencia totalitaria. Las alusiones al imperio y su caída se pueden rastrear en la escritura tangencial, la naturalidad con que se asume la poda de libertades e, incluso, en cierto momento, el protagonista maldice “la libertad de expresión, un valor rastreramente burgués” (p. 291) y apuesta por “una ley que permitiera la violación de la correspondiera en aras de la seguridad nacional”, reivindicando la restauración de “gabinetes negros” para el saqueo de la correspondencia privada (p. 292).

En Díaz, la tradición dictatorial y sus secuelas desencadenan la historia, son argumento. En Prieto, la retórica totalitaria es un sustrato que yace bajo la aparente libertad, en un tono, un susurro, una cuidada elección de las palabras. Escribe Prieto:

“el estilo de gobierno que impera en un país se transparenta en la actitud que asumen los padres de familia, los directores de escuela y hasta los administradores de poca monta. Kizmovna había visto infinidad de filmes con escenas de interrogatorios a miembros díscolos del partido y había copiado a la perfección las inflexiones…” (p. 140).

Antes y después de este libro, Prieto confirma el perfil de su narrativa. Con su precedente Enciclopedia de una vida en Rusia, un retrato sociopolítico de la caída del imperio a inicios de los años 90, y en la posterior novela, Rex[13], construida como un juego de espejos en torno a un joven maestro privado de origen cubano que trabaja en casa de unos archimillonarios rusos radicados en la Costa del Sol.

En ambos casos, no nos encontramos ante lo que Bernat Castany Prado llama “posnacionalismo reactivo”[14], que “suele estar protagonizado por un emigrante o un bicultural que, viéndose presionado explícita o implícitamente a elegir la identidad nacional del país de recepción, decide enrocarse en una apatridia crítica hacia todo nacionalismo. Está claro que este tipo de posnacionalismo puede apelar a valores cosmopolitas, neoliberales, nihilistas o democráticos para justificar sus posiciones pero, más que su contenido, lo que lo caracteriza es su punto de partida: el rechazo a dejarse encerrar en unas categorías que no dan cuenta de la complejidad y la ambigüedad de las identidades individuales”. Tanto Díaz como Prieto asumen su posnacionalidad, no como respuesta o reivindicación del no lugar, sino como el resultado natural de sus propias biografías. No son escritores nacionales porque no son individuos nacionales. Su identidad es el “no lugar” o, mejor, el “todos los lugares”. Por el contrario que los chicanos, que “se reivindican como tales (…) [y que construyen, por tanto] un falso posnacionalismo puesto que no trasciende las categorías nacionales sino que inventa nuevas, manteniendo, de este modo, la cosmovisión nacionalista”[15], Díaz y Prieto eluden el concepto mismo de nacionalidad, para instalar sus escrituras en el universo líquido de lo posnacional, lo cual puede parecer más obvio en la obra de Prieto, pero es igualmente constatable en la de Díaz, desde el vehículo que emplea: un inglés impuro, transgresor de los cánones de una presunta excelencia hacia la frontera mudable de la hibridación. Y ambos, desde luego, están lejos de incurrir en lo que se ha llamado  “literatura posnacionalista”, empeñada en “hacer pedagogía de la cosmovisión posnacional”[16].

Ya sabemos, entonces, que el mulato del cañaveral dominicano y el  mulato de Yalta están en escenarios antípodas, que protagonizan propuestas diferentes, pero también sabemos que un cañaveral dominicano y un palacio de veraneo en Yalta pueden estar unidos por la misma corriente de una nacionalidad fluyente, imprecisa, trashumante, electiva.

“Dos mulatos posnacionales”, Madrid, 2010


[1] Mariposas nocturnas del Imperio Ruso (Livadia); Mondadori, Barcelona, 1999.

[2] La maravillosa vida breve de Oscar Wao; Mondadori, Barcelona, 2008.

[3] Fuera de lugar; De Bolsillo, Barcelona, 2002, p. 377.

[4] “Las nuevas metáforas identitarias de la literatura posnacional”, en Konvergencias, Filosofía y Culturas en Diálogo, n.º 9, año III, junio de 2005, en http://www.konvergencias.net/literaturaposnacional.htm. Ver también: Bernat Castany Prado; Literatura Posnacional; Editum, Ediciones de la Universidad de Murcia, Servicio de Publicaciones, 2007.

[5] El Danubio; Anagrama, Barcelona, 1997, p. 21.

[6] “¿Fin de la literatura nacional?”; en: Reforma, Ciudad de México, agosto 21, 2005, en: http://atari2600.blogspot.com/2005_08_01_atari2600_archive.html

[7] Íd.

[8] Íd.

[9] Íd.

[10] Estereotipo de persona inteligente que persigue apasionadamente, actividades intelectuales y conocimientos impropios de su edad, y con malas habilidades sociales, por lo que suele ser objeto de burlas.

[11] José Manuel Prieto; Mondadori, Barcelona, 1997.

[12] “¿Fin de la literatura nacional?”; en Reforma, Ciudad de México, agosto 21, 2005.

[13] Ed. Anagrama, Barcelona, 2007.

[14] “Literatura postnacional en Latinoamérica”; en: http://www.habanaelegante.com/SpringSummer2006/Expresion.html

[15] Íd.

[16] Íd.

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