Nuestro Premio Nobel

15 10 2010

La ciudad y los perros fue publicada en 1963; La casa verde, en 1965, y Conversación en La Catedral, en 1969. Si añadimos diez años para su traducción y difusión, comprobaremos que a Mario Vargas Llosa le debían hace treinta años el Premio Nobel de Literatura. Aunque más vale tarde que ese nunca padecido por Borges, Carpentier y Guimaraes Rosas, por sólo citar a algunos. Y en ello coincide el periodista cubano M. H. Lagarde, según el cual, Vargas Llosa “debió recibir el galardón muchos años antes, cuando el autor de Confesión en la Catedral era mucho más escritor que político”. Confío en que haya leído la novela con más atención que su título.

En su ambición de constituirse en el sumo pontífice de la literatura universal, la Academia Sueca se rige por un extraño sistema de cuotas y asignaciones que nos ha deparado, en los últimos años, premios misteriosos cuando no insólitos, como si se cumpliera el aserto borgeano y los suecos se dedicaran a “descubrir nuevos talentos”, aunque Borges apostillaba que a él no le desagradaría ser descubierto. El Nobel de Mario Vargas Llosa es, en cambio, tan incuestionable, que hasta sus enemigos han tenido que admitir su justicia. Atacan su “ética”, o lo que ellos llaman “ética”, sus opiniones filosóficas o sus preferencias políticas, pero no aquello por lo cual, y no por otras razones, se le ha concedido este premio.  En su caso no se ha cumplido el vaticinio de Pablo Neruda cuando le dijo que “por cada elogio recibirás dos insultos”.

Ajeno a modas y estados gregarios de opinión, Vargas Llosa se situó, frente al análisis estructural y las teorías del Nouveau Roman, en lo “teóricamente incorrecto” sustentando en La orgía perpetua (1975) y La verdad de las mentiras (1990) la inmanencia del narrador como contador de historias que merecían ser contadas, y se desmarcó de la literatura como mero juego retórico, pirotecnia verbal, pasarela exhibicionista de experimentación formal, no aquella que se pone al servicio de la historia. Cuando Carlos Barral afirmó que la literatura era puro lenguaje, haciéndose eco de las tesis en boga, Vargas Llosa mostró su total desacuerdo, y se declaró desde muy temprano contra aquellas novelas “sin acción, de pura atmósfera, de lenguaje moroso, intransitivo”, como nos dice Jorge Edwards. El reciente Nobel hundió sus raíces en la mejor narrativa de todos los tiempos, desde Tirante el Blanco y El Quijote, hasta Flaubert y Conrad. Y como crítico dedicó numerosos ensayos a los grandes maestros, pero hizo más, hizo algo que los escritores no suelen hacer: consagrar todo un volumen, García Márquez: historia de un deicidio (1971) a uno de sus contemporáneos.

Como se dice en el flamenco, Mario Vargas Llosa, el narrador, ha tocado todos los palos. Desde sus primeras novelas, precoces en su madurez, hasta las novelas gozosas y juveniles de la edad adulta, pasando por ejercicios de maestría literaria, como La casa verde, y novelas totales, como Conversación en La Catedral y La guerra del fin del mundo (1981). Desde Lima y Los Andes a las islas del Pacífico o la “guerra santa” de Canudos; desde su novela de dictadores, La fiesta del Chivo (2000), hasta las atrocidades del colonialismo belga denunciadas por Roger Casement, nacionalista irlandés y cónsul británico en El Congo (El sueño del celta, 2010), sus novelas “funcionan como laberintos constructivos que han de ir siendo descifrados gradualmente por la inteligencia y la imaginación del lector”, como afirma Antonio Muñoz Molina. La narrativa de Vargas Llosa, quien sostiene que los únicos límites de la novela realista son los límites de la realidad, que no tiene límites, no se conforma con el lector que mastica y traga historias precocinadas. Como toda gran literatura, la suya condena al lector a la complicidad inteligente. Y lo ha conseguido con talento, mucho trabajo, pero también con una alegría de la escritura que contamina su obra, porque para él, la literatura es “una servidumbre y un gozo, un gran gozo”. Vargas Llosa ha conseguido que ese gozo de la gran literatura rebase los confines de su Perú natal y de Latinoamérica para convertirse en patrimonio universal. En España, además, como escribe Juan Luis Cebrián, Vargas Llosa fue uno de los grandes escritores latinoamericanos que “nos ayudaron a descubrir los perfiles de nuestra propia identidad, frente a la cultura acartonada, provinciana y triste que el franquismo patrocinaba”.

El Nobel, según los académicos suecos, se le concede “por su cartografía de las estructuras del poder y sus incisivas imágenes de la resistencia individual, la revuelta y la derrota”. Efectivamente, pocos escritores del siglo XX (y ya, del XXI) han personificado como él la defensa de la libertad individual, al ser humano frente al poder de los estados y las ideologías.

Mientras Borges repudió las dictaduras de izquierda pero alabó “la clara espada” de Pinochet, y Cortázar denunció las dictaduras de derecha pero admiró las de izquierda, Vargas Llosa ha repudiado por igual a unas y otras, a contracorriente de la intelligentzia occidental que aplaude las revoluciones latinoamericanas mientras pueda seguirlas vía satélite desde Nueva York o París.  Vargas Llosa aplaudió en las revoluciones de Cuba y Nicaragua su carácter libertario al deponer sangrientas tiranías, y se desmarcó tras su giro antidemocrático con el mismo fervor que denunció las dictaduras de Argentina y Chile, o las grandes religiones políticas del siglo XX, los dogmas y las ortodoxias sacramentales, soporte teórico de los regímenes más despiadados. En México, calificó al priísmo como una “dictadura perfecta” en 1990 y se vio obligado a abandonar el país.

Como Albert Camus, Vargas Llosa descree de quien “pone al hombre al servicio de la idea, el que está dispuesto a sacrificar el hombre que vive al que vendrá”, porque una sola persona es más valiosa que cualquier idea. Vargas Llosa se aproxima al liberalismo tradicional, aquella sociedad soñada por la Ilustración que garantizaría el derecho de cada hombre a la libertad de conciencia, la libertad responsable para decidir sobre su propia vida, piedra angular de la dignidad individual y colectiva. En ese sentido, ha sido fiel a sus convicciones, en consonancia con la sociedad abierta postulada por Karl Popper, y su atenta lectura de Berlin, Mises, Herzen, Dahrendorf, Hayek y los liberales anglosajones.

El diario Granma, al calificar a Vargas Llosa como “antinobel de la ética”, subraya sus “desplantes neoliberales”. Ciertamente, yo tampoco coincido con muchos de sus puntos de vista, en particular, su defensa de la autarquía del mercado como garante de una prosperidad que se expandirá automáticamente a toda la sociedad, ni con la minimización del Estado como agente que garantice la redistribución social de la riqueza. Difiero de su elogio a Margaret Thatcher o de su defensa a posteriori de la invasión a Irak. Sin olvidar que tras criticar la segunda intifada de los palestinos, denunció en Gaza las políticas de Israel. O que ha defendido los derechos de los homosexuales y el de las mujeres a abortar, con el mismo énfasis que ha censurado los nacionalismos excluyentes. En cualquier caso, estemos o no de acuerdo con él, sus ensayos y su periodismo son diáfanos, rigurosos, no apelan al engaño, la triquiñuela o el dato escondido. Merecen una réplica de empaque equivalente, no el circunloquio de la descalificación. Y, desde luego, tal como nos enseñó en su día Rosa Luxemburgo, “La libertad sólo para los que apoyan al gobierno, sólo para los miembros de un partido (por numeroso que éste sea) no es libertad en absoluto. La libertad es siempre y exclusivamente libertad para el que piensa de manera diferente”. La defensa de esa libertad no es una graciosa concesión, sino un principio.

Se refiere también el diario Granma a “su catadura moral”, una vileza si consideramos que Mario Vargas Llosa ha hecho siempre gala, con amigos y enemigos, de una caballerosidad infrecuente. Jamás ha ventilado en público su diferencia con García Márquez, a pesar de que, por lo que se sabe, tendría sobradas razones. Pocos meses antes de la muerte de José Saramago, Vargas Llosa lo visitó en su casa de Lanzarote. Y confiesa que cuando recibió la noticia del Nobel, estaba enfrascado en la admirada relectura de El reino de este mundo. Aunque Saramago y Carpentier se ubicaran en las antípodas de sus propias convicciones. Pero quizás esta referencia sea elogio y no diatriba. Si la “catadura moral” de Nicolae Ceausescu, Mengistu Haile Mariam y Robert Mugabe los hicieron acreedores de la Orden Nacional José Martí, es una deferencia excluir a Mario Vargas Llosa.

El antropólogo Marvin Harris (Cows, Pigs, Wars and Witches: The Riddles of Culture), al analizar las verdaderas razones de la cacería de brujas durante la Edad Media nos cuenta que las víctimas eran gente del pueblo llano y, sólo como excepción, nobles y sacerdotes. Según él, la caza de brujas “dispersó y fragmentó todas las energías latentes de protestas. Desmovilizó a los pobres y desposeídos, aumentó la distancia social, les llenó de sospechas mutuas, enfrentó al vecino contra el vecino, aisló a cada uno, hizo a todos temerosos, aumentó la inseguridad de todo el mundo, hizo a cada uno sentirse desamparado y dependiente de las clases gobernantes (…) De esta manera evitó que los pobres afrontaran al establishment eclesiástico y secular con peticiones de redistribución de la riqueza y nivelación del rango. La manía de las brujas (…) era la bola mágica de las clases privilegiadas y poderosas de la sociedad. Éste era su secreto”.  En suma, añade Harris, su significado práctico consiste en “desplazar la responsabilidad de la crisis de la sociedad medieval tardía desde la iglesia y el Estado hacia demonios imaginarios (…) las masas depauperadas, alienadas, enloquecidas, atribuyeron sus males al desenfreno del Diablo en vez de a la corrupción del clero y la rapacidad de la nobleza. La Iglesia y el Estado no sólo se libraron de toda inculpación, sino que se convirtieron en (…) los grandes protectores de la humanidad frente a un enemigo omnipresente pero difícil de detectar”.

Eso posiblemente explique la necesidad de convertir en diablos y brujas, mercenarios y testaferros del Imperio, vendidos, lacayos y apátridas a todos los que opinen de modo diferente, un modo de “desplazar la responsabilidad de la crisis”.

En la línea de defensa de un nacionalismo de trinchera que ha ido suplantando en los últimos decenios al antiguo internacionalismo proletario, se refiere también la nota del Granma a “la negación de sus orígenes”, a lo que el propio autor responde: “Yo soy peruano, lo que hago, lo que digo expresa el país en el que he nacido y en el que he vivido las principales experiencias”. Y en El país de las mil caras (1984) reconoce que “el Perú es para mí una especie de enfermedad incurable y mi relación con él es intensa, áspera, llena de la violencia que caracteriza a la pasión”. Admite también que “España es un país que no era mío y que yo he hecho mío porque me acogió”. Una frase que dos millones de cubanos refrendarán sin mayores aclaraciones.

Aunque en este caso ninguno de los dos está en lo cierto. Mario Vargas Llosa es más que peruano o español, más que latinoamericano. Y este premio Nobel se nos ha concedido por igual a todos los ciudadanos del planeta que consideramos la gran literatura un patrimonio universal, y a los que creemos en la libertad como derecho inalienable de la condición humana.

 

“Nuestro premio Nobel “; en: Habaneceres, 15/10/2010

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