Idea (del libro Habanecer, 1992)

1 02 1990

Portada Habanecer 186

La camilla sorteó felizmente largos corredores, cardúmenes de pacientes e impacientes, enfermeras, cirujanos distraídos y la mirada aún transparente de un niño en el cunero.

La cabeza rapada del hombre descansa ahora sobre la mesa de operaciones y alguien se ocupa de pintarla con agua mentiolada. El estudiante aprovecha la acción plástica para revisar los antecedentes del caso: comenzó varios meses atrás con trastornos de conducta, pérdidas momentáneas de conciencia y cefalea.

Eso quiere decir, aunque no aparezca en la hoja clínica, que Efren Blanco fue, hasta un día más o menos bien determinado de hace cinco meses, un trabajador disciplinado, laborioso, indiferente, amante de las tradiciones heredables y codificadas por ello en su subconsciente desde la más tierna infancia. Efren Blanco  ha sido (hasta la aparición de los síntomas) un ejecutor. No un preguntante o un decididor. Lo suyo nunca fue dudar o decidir. Fue siempre un hombre bondadoso en la medida de sus posibilidades (pero sin extremarse); afectuoso con su familia y amigos (pero sin extremarse tampoco), y extremadamente respetuoso del orden jerárquico.

Desde aquel (im)preciso día en adelante, Efren Blanco comenzó a sufrir dolores de cabeza que, de inicio, fueron atribuidos al ruido de las máquinas, aunque llevaba treinta años escuchando, sin afecciones evidentes, el canto desacompasado de esas mismas máquinas. Efren apeló a la ingestión masiva de aspirinas; hasta que le ocurrió su primer desmayo. De éste se percataron inmediatamente, porque cayó al suelo sin soltar la palanca que regulaba la velocidad de la estera mecánica. El final de la línea se superpobló de cadenas. Días más tarde, antes que Efren Blanco acudiera al médico y, por supuesto, después que lo alejaron de la palanca, el hecho se repitió. En ese momento, ya Efren padecía fuertes trastornos de conducta que lo hacían punto menos que irreconocible, incluso para su familia: comenzó a otear alrededor con miradas inquisitivas de reciente adquisición. Comenzó a preguntar todo lo que ignoraba (y no era poco). Se transformó de oidor en opinante. Empezó, incluso, a tratar de entender a sus hijos, inescrutables hasta entonces como los planes técnico‑económicos. Y, lo que es peor, empezó a dudar de algunas tradiciones instaladas, de algunas órdenes que antes acataba, bovino y neutral, con expresión de cantón suizo. Se convirtió en un ejecutor imperfecto, contaminado de dudas y decisiones propias.

Ya su mal había avanzado hasta ese extremo cuando se iniciaron las exploraciones clínicas que ahora el estudiante, en su primera operación dentro de la especialidad, repasa para tener claros los procedimientos, por si acaso el profe le pregunta:

Primero fue la placa de cráneo que sólo arrojó algunas calcificaciones.

Después, el electroencefalograma descartó la epilepsia, y la arteriografía cerebral mostró un área muy vascularizada en la supuesta zona de la lesión.

Por último, aplicaron la resonancia magnética nuclear y la tomografía axial. Ambos procedimientos revelaron la existencia de un tumor asombrosamente esférico en la región parietal.

El estudiante trata de memorizar los pasos por orden de aparición, y observa el entubado, la anestesia general endotraqueal. Después, claro profe, el procedimiento casi carpinteril (la diferencia más palmaria es la asepsia) de hacer los trépanos con el taladro (Trépanos uno, dos… ¿Trépanos se acentúa?) y seccionar la tapa del cráneo. Ya el profe puede cortar la dura madre a tijera y bisturí, y el estudiante mira lo más posible para que no se le olvide. Entonces queda al descubierto la masa encefálica, ese esferoide cuya superficie, en los libros de texto, en los medios audiovisuales y en los muertos de aprender, allá en la escuela, siempre le ha parecido la foto aérea de un delta paranoico: poblada de circunvoluciones, esos cauces por donde corren las ideas. Pero ahora el estudiante se queda entre decepcionado y estupefacto, porque bajo la dura madre se revela una superficie convexa, gris, inmaculada como una pelota de goma maciza, sólo alterada por pálidas sombras de (quizás) circunvoluciones recién nacidas, como quintas copias al papel carbón.

No sólo el estudiante. El profe, el anestesista, los asistentes y enfermeras se miran perplejos —y esa perplejidad es más significativa porque ellos sí están aburridos de fisgonear el cerebro del prójimo—. A pesar de tanta perplejidad compartida, hay que seguir, porque, lisa o no la superficie, debajo está el tumor.

El transductor ultrasónico (¿transqué, profe?) los va guiando como perro de aguas entrenado para cazar tumores. El cirujano resecciona de modo segmentario (había otra resección, pero no me acuerdo. Ah, sí, la otra), con mucho cuidado para afectar lo menos posible al paciente, hasta una profundidad de tres centímetros, donde se pone al descubierto el tumor: una esferita azul, traslúcida, de quince milímetros de diámetro. El profe y su equipo vuelven a mirarse asombrados, porque tampoco han visto un tumor de aspecto tan inofensivo. Hasta el estudiante, que jamás se ha encontrado cara a cara con un tumor en persona, se da cuenta de que los tumores no pueden ser objetos tan seráficos. O reconsidera sus valoraciones previas, o reconsidera el tumor.

El estudiante ignora lo que el narrador sí conoce —a esto le llaman el dato escondido—: que hace cinco meses, durante una reunión en la fábrica, treinta años de intuiciones y silencio archivados en el subconsciente de Efren Blanco se pusieron de acuerdo, y una idea imprevisible nació en su cerebro. Una idea sutil como ciertas brisas de agosto, equilibrada como una pirámide, precisa como un láser, sencilla como un teorema de Pitágoras. Entonces, ante el estupor de la concurrencia,  se puso de pie y dejó fluir durante algunos minutos las palabras reverdecidas que condensaban treinta años de ideas probables, de ideas nonatas, sepultadas bajo la pantanosa superficie de su indiferencia. Cuando los integrantes de la mesa presidencial salieron de su asombro, le prometieron estudiar su proposición.

Transcurrieron meses, prórrogas, dilaciones, detallados estudios, cuidadosas valoraciones, trámites a los que toda idea debe sumisión y respeto, sin una respuesta a la (sorpresiva, subversiva, intempestiva) idea. Durante ese tiempo, los trastornos en la personalidad de Efren Blanco se fueron acentuando. Entonces le recomendaron reposo y un chequeo que acaba de concluir ahora, sobre la mesa de operaciones, cuando el profe, con la punta del bisturí, roza la idea, y la idea se desprende, se eleva, antigravitacional y azul. Liberada de esa claustrofobia que hace peligrosísima cualquier idea enconada, comienza a flotar por el salón. (En casos extremos, llegan a convertirse en ideas malignas y hacen metástasis de consecuencias casi siempre fatales).

Aunque ignora de qué se trata, el estudiante persigue a saltos a la idea por todo el salón. Pero es inútil, porque las ideas tienden a la altura y no padecen de vértigo. Guiado por un instinto que hasta ese momento ignoraba, el estudiante le habla con cariño, trata de convencerla para que baje. Y la idea se deja conmover, desciende y se posa en la mano del estudiante, quien le acaricia la superficie con la yema del dedo índice.

El profe decide dar por concluida la operación y analizar esa cosa más tarde, pero la idea percibe la intención de reducirla a trofeo de laboratorio y se desprende de la mano, roza con un gesto amistoso la mejilla del estudiante y, gracias a su impunidad de idea, atraviesa el cristal de la ventana. Él la ve alejarse volando en dirección a la ciudad y la despide con un movimiento levísimo de la mano.

Absorto en su despedida, el estudiante se pierde el final de la historia, cuando el profe concluye su labor de alta costura, convencido de que la operación ha sido un éxito, que no habrá recaídas ni secuelas.

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