La Tierra Prometida (fragmento de la novela El restaurador de almas)

1 07 2002

Portada Restaurador de almas 203

Una brisa de tierra húmeda viene a ramalazos desde el este, donde nubarrones oscuros son sajados por el filo del horizonte. Nubarrones de lluvia, nubarrones de esperanza y miedo que asedian siempre a esta Villa; vecina por igual de la brisa húmeda procedente de la costa; de los barcos sin luces ni bandera que atracan sigilosos para intercambiar aperos ingleses y lienzos flamencos, por salazones y tabaco de la tierra, comercio tan prohibido como fructífero, y de los otros barcos: los de bandera negra y negras intenciones que zarpan desde la vecina Isla de la Tortugas. A ellos se ha referido hoy el Padre en su sermón, y todos los vecinos se estremecieron ante el nombre de Juan David Nau, que hace apenas cuatro años dejó su huella de sangre frente a las costas de la Villa. Pero quien más lo recuerda es el Capitán Salvador Hernández de Medina, nacido en Bayamo, tierra del bravo Golomón y los mentados sucesos del Obispo Altamirano secuestrado por el pirata Girón. Casado en Remedios con María Vidal, defendió la Villa en el 52; y hasta sufrió por pura casualidad la toma de Puerto Príncipe en el 64. Morgan y sus herejes se adentraron arrasándolo todo desde Santa María. De ida, recaudaron cincuenta mil pesos, quinientas reses y sal. Pero no era suficiente. Su condición  de forastero en la villa, salvó al Capitán de las torturas por indagar el paradero de caudales y alhajas. Presenció vientres abiertos en canal, decapitaciones y amigos desmembrados, que entregaban su alma entre rugidos, unos por empecinamiento y otros por no tener nada que denunciar, como no fuera unos pocos apereros de labranza y la vega en que durante años se les fuera la vida. Hasta los documentos del cabildo y los libros bautismales fueron pasto de la furia. Con aquel recuerdo enturbiando su mirada, el Capitán dirigió en el 67 la partida de remedianos que atravesó el estrecho hacia la isla donde, según noticias, podía estar aún Juan David Nau. La chalupa bogaba con precaución hacia la playa. Juan de Morales, demasiado joven para sobreponer el miedo a la curiosidad, tuvo que contener sus energías y acompasar el remo a la cautela de los otros. El Capitán, presto como un resorte a saltar, oteaba el hilillo de humo que se levantaba desde algún punto de la costa y ondeaba en la brisa, como una contraseña o un aviso.

 

Juan David Nau no había cumplido aún los treinta y siete años cuando salió de la Isla Tortuga, comandando un puñado de hermanos de la costa a inicios del 67. A pesar de sus dos buques perdidos y ninguna victoria definitiva, como aquellas de Henry Morgan que eran la comidilla y la envidia de todos los hombres libres de la mar, fue elegido de nuevo capitán por su fiereza, por el don de convencer a los hombres con una mirada. A medio cerrar sus heridas, ya andaba enrolando piratas para una nueva partida contra los españoles. Odio y venganza eterna les había jurado desde aquel día en Campeche: Su tripulación en pleno fue sorprendida y pasada a cuchillo por los soldados del Rey. Libró la vida tendiéndose, embadurnado de sangre, entre mutilaciones y cabezas sajadas. Más tarde  resucitó con sigilo, se enjuagó las costras en el río y cambiando el traje por el de un español muerto en la refriega, consiguió de dos negros ─a cambio de libertad prometida y jamás cumplida─ un bote con que llegar a La Tortuga. La historia se difundió a la velocidad del rumor entre los barcos de bandera negra, alimentando la leyenda del hombre que a los veinte años fuera engagé de un viejo bucanero en La Española y antes de los treinta, uno de los piratas más temibles del siglo.

 

Álvaro Godínez, que será recordado como sabio en el oír con los cinco sentidos, allá en una tierra lejanísima que por hoy ni siquiera sospecha, detuvo con un gesto a Juan de Morales, que se empinaba en su sitio para atisbar la playa. Pero también él traía en tensión hasta el último nervio, y los músculos se le resistían a este bogar en dirección a la amenaza. Recordaba los sobresaltos de medianoche por un disparo que los hacía cobijarse a medio vestir en la manigüa; los gritos de los torturados; sobre todo aquella primavera del 52, cuando los franceses se hicieron dueños de la Villa y sus diez años fueron asolados para siempre por el rostro de mortal indefensión de su padre, atravesado por una pica y enarbolado como un estandarte por aquel gigante de ojos inocuos y rostro patibulario. Pero se sacudió al padre de la memoria y continuó bogando, en obediencia al Capitán Medina, que amainaba los remos con un gesto: soto voce parecía decir la palma aleteando hacia abajo. Porque nunca se sabe si una celada los aguardaría bajo la columna de humo que emergía de una chalupa despanzurrada sobre la playa. La distancia no permitía conjeturarlo. Ni qué eran aquellas manchas oscuras diseminadas sobre la enceguecedora claridad de la arena. Medina sospechó por primera vez que fuera cierto el mensaje enviado por Juan David Nau al Capitán General. Pero ni aún así se avenía a ceerlo. Ningun barco se vislumbraba entre el sedoso verde aqua del mar y el azul desleído del cielo, en aquel abril mediado de 1667.

 

Los vientos del norte, que arreciaron en febrero sobre la costa septentrional de Cuba, ayudaron a la captura de dos botes por Juan David Nau y su tropa, frente a Boca de las Carabelas. Más seguros, se apostaron en la cayería, al acecho de algún mercante suculento. Aunque era malo el tiempo para la navegación, no supusieron que discurrirían meses de espera. Como tampoco que dos españoles habían presenciado la captura de los botes, que darían la alarma en la Villa de Remedios, que la población se aprestaría a la defensa y clamaría por refuerzos a La Habana. Pero aunque no lo adivinaran por entonces, se enterarían de todos modos.

 

Cuando el bote distaba un tiro de arcabuz de la playa, ya habían transcurrido dos meses desde que la mala nueva de piratas al acecho en los cayos quebrara la amodorrada paz de la Villa. En San Cristóbal de La Habana se negaron a creer que se tratara del mismo hombre. Por muerto lo tenían en aquella acción de Campeche. De todos modos, aparejaron una fragata ligera con diez piezas de las mejores y ochenta hombres armados por dotación. Tan seguros del triunfo, que incluso un negro de apellido Escobedo, verdugo por oficio, fue enrolado con órdenes precisas. Un negro que, ya a escasa distancia de la costa, los remedianos del Capitán Morales puedieron distinguir junto a la chalupa averiada. Agitaba algo con una rama en la hoguera, denunciada por el humo. Las manchas sobre la arena fueron cobrando forma. El gris impersonal que otorga la distancia fue sustituido por azules, amarillos, verdes, y el herrumbre de la sangre seca.

 

La fragata enviada desde San Cristóbal de La Habana, se acercó sin demasiadas precauciones a la cayería, confiando en la superioridad de sus piezas. Juan David Nau supo que sería un suicidio darle batalla abierta en la mar. Enmascaró sus botes y vigiló los movimientos del enemigo, en espera de su hora. Anochecía cuando la fragata fondeó a dos tiros del sitio donde Nau esperaba. Los españoles hicieron fuego en la playa y cenaron, vigilados por los ojos hambrientos de los piratas: tres semanas a ripios de carne guisada con millo machacado una vez por día. Ni una galleta, ni una gota de vino, ni una lasca de queso guardaban las bodegas. Y el hambre activó el odio, y el odio concedió al brazo más fuerzas que un asado o una garrafa de aguardiente: Aún no amanecía cuando un enjambre de balas picoteó los costados de la fragata adormilada, quedando tiempo apenas a los españoles para echar mano a las armas, antes que el grito en cuatro idiomas que barría la playa se convirtiera en abordaje.

 

La quilla del bote rozó la arena de esa misma playa y los remeros se echaron  al mar para vararlo a unos pasos de la fogata. El Capitán Medina se aproximó al negro, que masticaba y sonreía de algún chiste siniestro que debía  estar leyendo en el horizonte, porque su mirada atravesaba a los hombres sin verlos.

─¿Escobedo?

Pero tampoco escuchaba. Con la parsimonia de un rumiante, mascaba y sonreía, extraviado en un terror sin regreso. Medina pasó una mano ante los ojos del negro, pero éste continuó en sus visiones distantes. La mirada del Capitán resbaló por la ramita hasta la hoguera y se levantó de golpe, con una expresión de repugnancia que apenas si emuló a Juan de Morales, quien desde el desembarco se encaminó hacia aquella mancha oscura y palpitante que bullía al extremo de la playa. Un cambio de la brisa lo abofeteó con el hedor de la carroña: millares de cangrejos moviéndose sobre los cuerpos decapitados por decenas: en posiciones grotescas o marciales, vestidos o desnudos, mutilados o casi íntegros. Y sobre los cangrejos, una nube de insectos que siseaba  como aceite hirviendo. Juan de Morales reculó sin poderse contener. El rostro verdoso. Una resaca inapelable subió desde su estómago. Pero dos hombres ya lo habían alcanzado y se contuvo. Intentó refugiarse de la visión en los arbustos que cerraban el arenal. Entonces descubrió, colgadas de las ramas como frutas, decenas de cabezas nimbadas de moscas, la mirada perdida en dirección al horizonte que se tragó a Juan David Nau y sus hombres a bordo de la fragata artillada. Juan de Morales resistió el espectáculo de la masacre con una entereza más que digna de sus diecisiete años recién cumplidos, pero un vómito interminable lo arrodilló en la arena al percatarse del pene cercenado que los piratas embutieron en cada boca entreabierta; como si les concedieran para el viaje un último puro de Vuelta Arriba por cabeza.

 

Casi un día duró la resistencia de la fragata, pero poco podían hacer los artilleros contra la horda dislocada de los piratas. Tres abordajes fueron repelidos con una saña que obligó a Juan David Nau a ordenar retirada para lamerse las heridas a prudencial distancia de las armas españolas. Hasta que vieron el agua ensangrentada chorrear por los desagües del buque. Un último ataque bastaría: Aunque todavía los españoles abrieron brecha con el fuego graneado, no tardó en ser enarbolado un trapo blanco y las armas fueron arrojadas por la borda. Juan David Nau fue el primero en pisar la cubierta tapizada de cadáveres. Su orden fue ultimar a los heridos y recluir al resto en la bodega. Treinta y ocho hombres de los ochenta se apiñaron en el vientre de la fragata.

 

Juan de Morales y Pedrín Márquez fueron arrumbados por el Capitán Morales en el fondo del bote. Apenas si habían podido arrastrase hasta allí por su cuenta después de vaciarse sobre la arena. Pedrín, a la altura de sus veinticinco, ya no era el muchachito que cayó postrado en el río frente a la desnudez de Doña Ana de Reinoso, primera de las mujeres que han alebrestado su imaginación hasta ese día; pero ni así pudo reponerse del dantesco paisaje de aquel cayo (¿para qué habré venido? Mamá tenía razón). Pero sus colores regresaron antes que los de Juan de Morales, inmóvil en el fondo del bote a causa de un desfallecimiento, una ausencia de si, que es como un sucedáneo de la muerte.

 

Y ese desfallecimiento, ese sucedáneo de la muerte se parece a la que sentirá cuatro años después Juan David Nau, quien ha venido a dar al Golfo de Darién, tierra de indios bravos. Su expedición a Nicaragua terminó en fracaso. En Puerto Cabello poco pudo obtener, aún cuando decenas de vecinos fueron atormentados a machetazos para revelar sus escondrijos. Aquel mulato que echó al mar atado ─pasto de tiburones─, le abrió el camino a San Pedro, pero tendrían que salvar emboscadas donde perdió la mitad de su tropa antes de alcanzar el pueblecito miserable, incendiado por despecho al cabo de quince días. El resto murió en el asalto a una urca sin botín, o se dispersó en los bosques. La pérdida del buque que hasta aquella tierra fatal lo había conducido, selló su destino. Por eso siente ahora un desfallecimiento, una ausencia de si, que es como un sucedáneo de la muerte; mientras los indios comedores de carne humana le arrancan los dos brazos y se le empieza a ir en oleadas la vida. Primero, el alarido de la mutilación; después, el horror de ver sus propios brazos dorándose a la brasa, el hedor de la chamusquina. Más tarde, una lasitud casi confortable donde flotan recuerdos; hasta que una pierna le es cercenada, pero ya ni lo siente. Y es entonces apenas un vaivén, un flotar

 

Como el vaivén que mecía las percepciones semicerradas de Juan de Morales, cuando la barca se alejó y los hombres remaron con energía para que la resaca no los regresara a la playa donde setenta y nueve hombres irían disolviéndose en el olvido.

 

Y un olvido selectivo acosa en su hora última a Juan David Nau, cebándose inclusive en su viaje de gloria a Maracaibo, tomado tras rendir el fuerte de la barra, y de ahí a Gibraltar, donde tras gran mortandad puso fuego, amenazando hacer lo mismo a Maracaibo, pero los vecinos juntaron el rescate; no sin que todo ornamento de valor fuera desmontado. El olvido perdona los recuerdos más viejos de su infancia, y aquella tarde frente a Boca de las Carabelas, cuando cumplió la venganza que jurara tendido entre los cadáveres de Campeche. Su mirada paneó los rostros de aquellos españoles que habían resistido como leones, dejándole muerta o sin remedio a la tercera parte de su tripulación. Muchos le sostuvieron la mirada con una audacia que él sabía admirar. Pero en ese momento un tal Escobedo, cenizo de pavor, se arrodilló a sus pies para confesarle, a cambio de su vida, que había embarcado con órdenes precisas de ahorcar a todos los piratas, comenzando por él. Y el negro se reía de puro miedo, sin poder contenerse.

 

Mientras el bote de los remedianos se alejaba de la playa, donde setenta y ocho cadáveres eran desmenuzados por los animales, el verdugo Escobedo continuaba sonriendo, como de un chiste macabro que fuera leyendo en el horizonte; o de su propio terror ante la ira de Juan David Nau.

En aquella ocasión, el pirata, saliendo de la bodega, ordenó le fueran subidos los prisioneros uno por uno. Y es su último recuerdo en esta hora del Darién, cuando ya la vida lo abandona: uno por uno los esperó a la salida de la claraboya para irles rebanando personalmente el cuello. Excepto al último, que envió con una misiva al Capitán General de La Habana, notificando el destino de sus hombres. Los cuerpos rodaban escaleras abajo: surtidores de sangre que bañaban a los prisioneros, y las cabezas se fueron amontonando en cubierta: treinta y seis, una por cada año de la vida de Juan David Nau. Pocos más le fueron asignados ─por la Divina Providencia o por los indios del Darién─, pero bastaron para afamar el sitio donde había nacido, las Arenas de Olona, y que adoptó como sobrenombre durante veinte años: L’Olonnais para los franceses, El Olonés para los españoles.

 





Poemas del libro Utopiario

31 03 2002

Portada Utopiario 64

Padre nuestro, que ¿estás?

 

Sólo quisiera yo que mi padre mirara con mis ojos.

William Shakespeare

(Sueño de una noche de Verano)

 

A mi padre jamás necesitaron amaestrarlo

Fue autodidacta en la obediencia incondicional

a las utopías que fraguó motu propio

con la materia prima que ellos le ofrecieron

Mi padre no fabricó el carruaje del triunfo

Pero pagó el pecado original

descendiendo

de su automóvil

para solicitar el puesto más humilde en la lanza

Y empujó     hasta el día de su muerte

con el fervor      de las beatas

y los mártires de la edad antigua

Nunca padeció otra devoción que no fuera empujar

con toda su alma    y la cabeza gacha

Aunque al final vino la duda     esa alimaña

a cebarse en sus discursos y sus mitos

Le dentellaba la idolatría  como un virus de presa

(No podía decapitarla    porque se había incubado

algún día de su ya remota adolescencia)

Y cuando creyó que no creía

jugó a no creer que no creía

El infarto te salvó    padre

de un cáncer en la fe

Confiaste que tocaríamos el cielo

sin estaciones orbitales ni ascensores

Fuiste crédulo y fiel

Carlos Marx y Dios premiarán tus buenas intenciones

Sea leve tu tránsito

padre

hacia la nada

Descansa en paz     Vuelve tus ojos al infinito

No mires   por favor   hacia la Tierra

Una verdad obscena podría desvirgar tu inocencia

Duerme para siempre en el regazo de tus mitologías

Descansa en paz

padre

Descansa

Quizás los dioses te hayan destinado

a un cielo malva claro    sólo apto para crédulos

Quizás te muestren a los turistas                            rara avis

Y un ángel contrabandista haga pasar

por ciertas tus mejores visiones sin coartada

Quizás proyecte para ti cada día

el holograma de tus sueños

Quizás seas feliz              Padre                   Quizás

Quizás te envidie.

 

 

 (Nos)otros

 

Pendientes de cierta estrella azul

que dibujaba en el nadir

la órbita fugaz de una sonrisa

sólo descubrimos muchos años después

que algún titiritero de la esperanza

oculto tras su nube de palabras

la manejaba / nos manejaba   con un hilo

Trastablillando  encandilados de futuro

tirábamos del carro

(oros y bermellones de la victoria)

con entusiasmo que parecía inédito

─aunque sólo fuera la reedición abreviada

didáctica   de ilusiones censuradas por mil

generaciones de inquisidores─

Y mientras uncíamos a la lanza

la única adolescencia que algún dios

avaro nos asignara                         con las pupilas

absortas en el cenit de la patria

otros cayeron bajo las ruedas

Escuchamos el crepitar de sus huesos

cuando en la carne hendida

voló un canto de sangre

Lamento sin voz   peces decapitados

(sin otra culpa    algunos    que la libélula

posada entre la libertad y el parabrisas)

No pocos se suicidaron de distancia

Pero habría sido un crimen

de lesa colectividad detenerse

Todo por la causa                            repetían

Todo por la causa

Amaestrados en el fervor

por la fotografía en blanco y negro

la antítesis

la simetría bilateral

sobreseímos una angustia vergonzante

todo por la causa

Y por la causa hubo

alquimistas de la verdad hermética

talismanes contra los sueños no planificados

autos de fe (con menos fe que autos)

Pero al cabo el hilo se partió

la estrella se detuvo      como un punto

suspensivo      huérfano

Y la mirada se desplomó al camino

(finísimo polvo de ilusiones calcinadas)

Por eso añoro hoy

una amnistía general a nuestras culpas

incluso las que no cometimos

pero que vimos perpetrar

(todo por la causa)

sin otra indignación que la duda

Un conjuro que amaine

esta epidemia de incertidumbre

ulcerando mis afirmaciones

(Ya tengo más preguntas que respuestas

y ando a la par con mis hijos

buscando quien conteste)

No eludo sus por qué    para ahorrar tiempo

sino                                                      para ahorrar miedo

Una niebla instaurada por resolución ministerial

ha confinado     amaneceres y crepúsculos

al folklor y los cronómetros

Se proscribe su ambigua catadura

De día   nos amenaza     la sombra

De noche                                                           el resplandor

Y descubrimos bajo la corteza

de los viejos ídolos         (papel maché laqueado:

bermellones y verdes

sospechosamente escandalosos)

desechos de periódicos

noticias olvidadas

en el desván de la memoria

Y las viejas consignas

que ayer amaestraron el silencio

se descascaran con premeditación

de girasoles copiados a Van Goth

por algún retratista de la feria

Se han abaratado demasiado los costos

La tinta cuesta más que las palabras

Y en el mercadillo fugaz

de la esperanza

Sólo se ofertan a precios de rebaja

ídolos plásticos

de consumo masivo

desechables.

 

 

Cumpleaños

 

Habitamos ese país sin bordes

y sin fondo que es la supervivencia

Salvo mi sonrisa

que no consigue enmascarar  la angustia

nada tengo que ofrecer a mi hija

ni recién cumplidos (diez minutos hace)

los cinco mínimos años de su edad

Intento envolver en papel de regalo

uno solo de los mil y un millones

de atardeceres que han sido

Atardecer intransferible

que señalice para siempre

algún cauce fértil de su memoria

cicatriz de luz

tatuaje en la nostalgia

que ni siquiera se borre

una vez concluido todo el abecedario

Pero la ciudad urde contra su asombro

Una conspiración            de puertas clausuradas

de risas clausuradas

Algún postigo de párpados caídos

visillo a media asta

Calles desoladas de amantes y de niños

Sólo se escucha la tos de la ciudad

alveolos corroídos de quien fumó

hasta quemarse los dedos   la esperanza

para desmenuzar más tarde la colilla al viento

Rostros como lapsus visuales

Mausoleos de ceniza

Cicatrices de ventanas que algún día

acogieron sortilegios de amor

entre miradas y paisajes

Puertas cariadas de ausencia

Mutilaciones que supuran aún

asfalto y sueños agrios

Ciudad bombardeada que aguarda

el próximo escalofrío fuerza tres

en el lomo del mundo    para venirse abajo

Hasta el aire:            niebla sin nube

humo sin llama

Y me aterra que inhale esa sustancia procelosa

(ni coartada    ni antídoto)

y expela              como dragón sin princesa

dos fumaradas grises

que habrán erosionando ya

la rosada inocencia de sus pulmones

─apenas cinco                  los años de su edad

y no se ha dado cuenta─

Invento entonces una musiquita

con barcos de papel y hormigas marineras

Conjurar el pavor de su mirada

─sólo cinco los años de su edad─

Incluso contra todo pronóstico

persisto en mi atardecer

(terquedad de gallegos y asturianos

que vagan por mi sangre)

Intento suicida salvarlo para ella

en el azul sinuoso de la mar

pero el gris nos asedia

y el océano agoniza        con resignación

de paquidermo herido

Corre mi hija hacia su atardecer

Casi no me da tiempo a salvar su mirada

Por suerte y por ahora   no sólo soy más alto

sino también más rápido

No más convincente

A falta del peluche naranja

que intenta abandonar en una lágrima

ella quiere su atardecer

─lo prometido es deuda   siempre

que la maestra me encomienda tarea─

pero un decreto acaba de abolir

el atardecer    por indeciso

Y la ciudad ya se afila los dientes

cuando la noche se nos viene encima

No basta             un duérmete mi niña

un cuento con hadas madrinas

mi modo de abrazarla

como ofreciendo protección

cuando en verdad me acojo a su sonrisa

Mañana o el domingo   lo prometido es deuda

Deuda    deuda    deuda que pesa

como un asesinato en mi conciencia

Y no puedo saldarla.





Inmóvil en la Corriente

31 01 2002

“La obediencia simula subordinación, lo mismo

que el miedo a la policía simula honradez”. 

George Bernard Shaw

 

A lomos de la Corriente del Golfo, media milla al norte de La Habana, deriva Fernando mientras pesca, sentado en el borde de una cámara de camión inflada hasta 120 centímetros de diámetro: un anillo de caucho para sus bodas con la mar, un salvavidas de caramelo lamido por el azul del océano. Va a echar mano a la cajetilla de cigarros cuando siente una presencia, una sombra, premonición casi. Saca las piernas del agua por instinto, al tiempo que una cabeza en forma de T, con dos ojillos en sus extremos, un martillo con dientes, aparece exactamente bajo él, a un metro de profundidad. Una cornuda, piensa mientras el cuerpo gris claro nada con un zigzagueo. Cuatro metros como mínimo. El terror ralentiza los segundos. A la velocidad del miedo, parece que el animal nunca terminara de pasar. Fernando sabe que el tiburón, con sólo voltearse, podría comérselo con cámara y avíos. Pero se aleja. Hunde de nuevo las piernas en el agua y patea con desesperación hacia la costa. Mira en derredor buscando la aleta dorsal, aunque sabe que bien podría no darle tiempo. Virgencita, yo te pongo una vela, dos, tres. Pero en este minuto, más confía en sus piernas que en la Virgencita, a la que en un flashazo de humor involuntario, ve flotando en el aire, ataviada con la trusa roja y las tetas XL de Pamela Anderson. Si sonríe ante su propia visión, ni se da cuenta. Se proyecta hacia la costa a una velocidad de pescador en trance de ser pescado. La cámara choca contra los arrecifes y se raja con un estallido. Fernando trepa de un salto y se arrodilla sobre las rocas, se persigna y da gracias a Yemayá y a la Virgen de la Caridad del Cobre —aunque sea más destetada que su tía Eulalia—. A cien metros de la costa, una aleta dorsal gira en redondo y se pierde mar afuera. Triángulo gris oculto entre pirámides de espuma y agua. Fernando no logra verla.

Camina despacio hacia su casa con las manos vacías y la cámara rota al hombro. Las rodillas le tiemblan. Por hoy, terminó la pesca.

Pero eso sucedió hace tres años. Ahora cierra con cuidado la puerta para no despertar al niño y se adentra en esta madrugada de marzo. Hace quince días que no puede salir al mar. Primero unos nortes, después un brisote del sur. Nancy lleva una semana desesperada, sin nada para darle de comer a Daniel. Por suerte, una vecina le dio un pedacito de carne y otra le prestó dos huevos; gracias a esa solidaridad que ha sobrevivido cuatro décadas de escasez. Una solidaridad que se resiste a extinguirse, aunque las abrumadoras carencias de estos tiempos la erosionen día a día. Los perros ─como dice su tío Miguel Angel─ engendran perritos; los gatos, gaticos, y la miseria, miserables.

Sobre la cabeza de Fernando, como un enorme sombrero, la cámara de camión inflada. En un saco, los sedales y avíos, el pomo de café y dos cajetillas de cigarros dentro de un nylon. En total, cuarenta kilogramos. Camina entre las casas del Fanguito: parche sobre parche de madera, hojalata y cartón tabla. Cruza el puente sobre el río Almendares y desemboca a Miramar sumido en la tiniebla: hay apagón otra vez. Fernando otea en derredor. En estos tiempos de supervivencia y picaresca, hay quienes pescan peces jugándose el pellejo, como él, y otros pescan, a punta de navaja, turistas extraviados, bicicleteros, viejas con jabas, transeúntes indefensos con 99 papeletas para optar al título “el bobo de la noche”; la variopinta fauna de comemierdas desprevenidos en medio de los apagones. Aunque el botín no sea suculento, pueden limpiarte de un chavetazo los avíos, la cámara y hasta la vida, que esa sí no hay dios que la reponga. Y mi vida es la única que tengo. Demasiadas horas en la mar le han entrenado para entablar largos diálogos con Dios. Es un decir. Los peces son sordos y con alguien hay que hablar. Aunque ese cabrón no lo escuche. Se cuidará de no arrimar la oreja a lo que se comenta en esta Isla. En media hora se volvería loco. Si cuerdo armó este manicomio de planeta en una semana, cualquiera sabe lo que haría un dios con guayabitos en la azotea. Pero con alguien hay que hablar. De vez en vez dos cámaras a la deriva se cruzan sobre el azul, intercambian cuatro palabras o un cigarro, y siguen cada uno su rumbo. Quizás donde comen dos, coman tres —peor, sin dudas—, pero donde pescan dos no pesca ninguno.

Fernando abandona la zona más oscura con un suspiro de alivio, y por fin toma la Avenida Tercera hacia el oeste. Miramar, lujoso barrio de la antigua burguesía, languideció por tres decenios, pero ahora renace: los lumínicos y las vallas de las corporaciones extranjeras sustituyen el alumbrado público, abolido por algún genio del ahorro, y no precisamente el genio de la lámpara.

Apenas ha asomado a la avenida, cuando detecta desde lejos una pareja de policías que vienen a su encuentro. Se cobija en el portal de la casa más cercana, tras un rosal enorme que oculta incluso la cámara. Con la que está pasando Nancy, es mejor prevenir. A veces no ocurre nada. Sobre todo si son policías de los viejos. Pero con éstos nuevos que han traído desde Oriente, nunca se sabe. Sobrevivir en la Isla pasa por comprender que lo que no está prohibido es obligatorio. Lo jodido es cuando te prohíben respirar, y uno va de puntillas entre la disnea y el pánico. Por eso con los guardias lo mejor es esperar a que pasen de largo. Podrían tener el día malo y quitarle la cámara, los avíos, para revenderlos tres cuadras más alante. Entre policías y ladrones, Fernando prefiere no encontrarse con nadie. Bastante tiene uno con la mar, donde no escasean los malos encuentros.

Por fin desaparecen de su vista sin detectarlo, y sigue su camino. Cuatrocientos metros más adelante, un estallido de luz rompe la sombra urbana, casi rural. Bajo un lumínico que anuncia Photofast (puritito castellano) luz y música salen a borbotones por los ventanales. Varias parejas bailan: muchachas muy jóvenes con vestidos tan ajustados que les marcan hasta los lunares, hombres maduros en guayabera o camisas de seda importadas. Hasta un asiático de impecable cuello y corbata, que intenta acompañar la música con la copa, y un sentido del ritmo digno de Hiroito. Fernando detecta la escena de un vistazo. ¿Estarán celebrando la asamblea del Partido? Pero ¿de qué partido? Ellos ni siquiera ven al hombre que pasa frente a la ventana, camino de la costa,  como un espectro de la realidad real que viene a perturbar su guateque de realidad virtual. Si eso de la reencarnación no es un  cuento tibetano, cuando me toque la próxima corrida quiero reencarnar en extranjero y, de ser posible, extranjero en Extranjia.

Aunque extranjero en Cuba no estaría mal. Con cuatro dólares ya son  millonarios, en contraste con  los aborígenes. Nativos calificados a precio de saldo, sin sindicatos ni huelgas. Vaya fauna. Yo me quedo con mis peces. Incluso los peores nadan derecho, y bastan unas pocas nociones de Ictiología para adivinarles las intenciones.

Aunque a Cachita, su vecina, no le ha ido mal. La flamante ingeniera industrial, orgullo de sus papás, quienes colgaron el título en medio de la sala, junto al cuadro de los cisnes en el estanque. Todavía se recuerda en el barrio la fiesta que le obsequiaron sus viejos tras graduarse cum laude. En los cinco años que duró como ingeniera en la fábrica, consiguió un bono para comprarse un ventilador Orbita, y otro para un refrigerador Impud. Una ingeniera de éxito. Cuando cerraron la fábrica en el 91, pasó año y medio vendiendo en la terminal del Lido los coquitos prietos que hace su mamá. Se le desinfló el nalgamento y empezó a coger el color mustio de los coquitos. Había noches peores, cuando no paraba de llorar porque algún policía le quitó la mercancía, y la amenazó con meterla en el tanque si volvía a verla por allí. ¿Dónde voy a vender ahora?, preguntaba la esperanza blanca de la familia, entre jipidos, a sus abrumados padres. Hasta que ligó el trabajo de su vida: por cien dólares al mes limpia y cocina en casa de un empresario español. Se merienda cada tarde un pancito con jamón y un vaso de leche, y hasta le permiten recaudar para sus viejos lo que sobra del almuerzo. El gallego, con su cara de cabronazo, no se atreve a tocar a Cachita ni con la punta de una uña, porque su trigueña  le ha hecho un amarre a lo cortico. Sus peores días son cuando el gaito mete un fiestón: tiene que preparar el triple de comida, aguantarle las manos a algunos invitados, que confunden el culo de Cachita con un buffet de autoservicio, y al día siguiente amanece la casa como si hubiera pasado una piara de esos patanegra que tanto menciona el galleguíbiri. Y arriba soportarle la muela al patrón, que cuando se juma (un güiro sí y otro también) se suelta a hablar mierda. Figúrate, Fernandito, que una noche se me acerca babeando y me dice: Este país es una maravilla, tía. Hay que estar aquí, Cachita, sembrado, cuando el comandante la palme y se joda la marrana La suerte. La suerte. ¿Qué te decía? Usted decía que la suerte. Ah, claro. La suerte es, Cachita. Lo mejor: Si tú supieras lo baratos que salen en este país los aduaneros, las putas y los generales.  Y yo callá, Fernandito. Lo mío es la limpieza, mesa y mantel a su hora, y ni me van ni me vienen sus trapicheos raros, los maletines de dinero que le trae un calvito, los sobres que reparte, o a qué coño se dedica su empresa. Callaíta callaíta  ya le he comprado a los viejos su video, su televisor en colores, y a mamá no le falta su inhalador para el asma. Mira, tómate otra cervecita, que más vele tener la boca ocupada. Y a Fernando le entra una sed retroactiva en la memoria, porque justo ahora pasa frente a una máquina de vender refrescos y cervezas (only in dolars). Recuerda al hijo de un amigo ─siete años, alumno ejemplar─, que no entendió por qué se podía comprar refrescos «con la moneda del imperialismo» y «no con los billetes de José Martí».  Y de paso comprendió que los papás no poseen todas las explicaciones, o se abstienen para que sus hijos desarrollen sus dotes autodidactas. Con lo que vale ahora un Martí, se nos ha quedado en apostolillo. Apóstol Washington, mi socio, y si tiras pa Jefferson, mejor.

Pero ningún apóstol de consumo nacional o de importación acompaña en esta hora solitaria a Fernando, mientras transita la capital del dólar, que ocupa el ala oeste de la capital de Cuba, entre la Avenida 9na y el mar. Supermercados, discotecas, bares y restaurantes —estatales, extranjeros, paralegales y clandestinos—, corporaciones y tiendas. Billete del enemigo por la mano, brother, o no entras. Hasta la antigua embajada de Perú, donde en el 80 se metió su primo Anselmo y diez mil más, y que luego convirtieron en el Museo de la Marcha del Pueblo Combatiente —por el desfile multitudinario, no por el pueblo que abandonó el museo del socialismo y se marchó a combatir allende los mares—. Ahora lo han demolido para construir en su lugar un aparthotel de lujo para extranjeros, que esos no se van a fugar de la Insula. Si hasta vienen voluntarios pacá. Yo no sé si Cuba es “un largo lagarto verde, con ojos de piedra y agua”, como recitábamos en la escuela, pero en este barrio el lagarto es verde fula, verde lechuga, verde Washington. Verde que te quiero verte, pero no te veo ni de casualidad. A ver si hoy engancho un buen pargo, Cachita convence a su gallego de que el pescado es lo más sublime para el alma divertir, y me caen unos fulitas pa la coba nueva del chama. Cubita la verde, porque lo que es Cubita la roja está en candela. No por gusto la candela es colorá.

En Cubita la roja Fernando impartía clases de Física en un preuniversitario en el campo, por doce dólares mensuales. Toda la semana sin ver a su mujer, comiendo en bandeja de aluminio y soportando quinientas adolescencias juntas, como si con la suya no le hubiera bastado. Y todo para dotar a aquellos pichones de ignorantes con título de una sabiduría que se adhería a sus cerebros con la perdurabilidad de un post it. Tanto interiorizó las leyes de Newton que una tarde, sentado a la sombra de un naranjo, y sin que le cayera en la cabeza una manzana —suceso prodigioso en aquel territorio—, comprendió que si fuerza es igual a masa por aceleración al cuadrado, lo mejor que podía hacer con la fuerza que le quedaba, era acelerar al cuadrado e irse de allí sin decir ni adiós. No fuera que entre malcomeres,  maldormires y calentones más solitarios que una tenia saginata, viniera a menos su masa, ya bastante mermada por el desamparo proteico. O que su mujer —ausencia quiere decir recuerdo, recuerdo a aquel novio que tuve— le aumentara la masa con una cornamenta digna de que colgaran su cabeza, con mirada de vidrio, en alguna pared de La Vigía.

Un año después de encontrarse aplicando la ley de Arquímedes a bordo de su cámara sobre la Mar Océana, nació Daniel. Y entonces Fernando supo, definitivamente, que un niño necesita, para su crecimiento, algo más que un biberón de gases ideales, así lo patentara Gay-Lussac.  Tampoco le resultaría confortable dormir sobre un blando colchón de discursos, aunque su función sea dormir al personal con acciones preferenciales de un futuro en fuga, más huidizo que el horizonte. Ni emplear como pañales las felices estadísticas y vaticinios del diario Granma. Desechables, pero no impermeables. De modo que ya va a cumplir seis años sobre la mar, donde su sexto sentido de la huida le ha salvado el pellejo tres o cuatro veces. Aunque más teme a los bichos de tierra firme, piensa mientras se adentra en una nueva zona de apagones, y escruta en derredor. La Cuba en sombras. Y en la penumbra, ese olor indefinible a batey vertical. Ya no hay dos gardenias para ti: La gente siembra cebollas en las macetas y cría cerdos en las bañaderas, pollos en los balcones. La ciudad se vuelve campo. El hedor a cochiquera comienza a flotar sobre las avenidas. Y el bicherío de fiesta. Vectores, les dicen ahora, porque no es lo mismo que te cague una mosca a que te cague un vector. Y seguro la picada de un vector duele menos que la de un mosquito. De contra andan esos por ahí vendiendo pan con conejo. Para beneplácito del Ratoncito Pérez, los gatos marrulleros han ingresado en La Habana al libro rojo de la fauna, y a las tradiciones culinarias de la Era Post-Nitza Villapol. De epidemias sí se han sobrecumplido los planes. Cuando no es el dengue es el mozambique. Si no andas piano te baila un microbio de esos, la pelona  te hinca bien el anzuelo, cobra sedal, y cuando vienes a ver estás cantando el Manisero, haciéndole la segunda a Moisés Simons en persona, con acompañamiento de Chano Pozo, o echando unos pasillos con Malanga en la cuartería de Papá Dios.

Por fin, a la altura de la calle 110, Fernando se echa al agua en su cámara. Deriva en la Corriente del Golfo cerca de la costa y empieza la faena de obtener un poco más de carnada. Frente al Hotel Comodoro, ya ha capturado tres chopas y dos ronquitos diminutos. Desde el muelle, un hombre le grita en algún idioma pedregoso.  Fernando no entiende, pero sonríe y le regala un ronquito. El turista toma el pez y lo examina. Después intenta lanzarle la media botella de ron que tiene en la mano, pero la jinetera que lo acompaña trata de detenerlo. El se libera y la arroja, pero está tan borracho, que la botella se rompe contra las rocas. Un largo animal de color gris claro siente el estallido de la botella a media milla, y nada hacia la costa. El turista hace un gesto de disculpa hacia Fernando, que le agradece de todos modos por señas. El casi nunca toma ron, y menos pescando. Hiciste la noche, piensa mirando a la mulata, porque recuerda lo que le ha contado Adita, la jinetera de su barrio: Cuando el hombre se emborracha no tiene que trabajar y le saquea el bolsillo. Ninguno se acuerda al día siguiente cuánto gastó en la discoteca. Adita, como muchas otras, sueña con un extranjero que se case con ella y la saque del país. Mientras, ya tiene ahorrado el dinero para su «fasten» (el «fasten your belt» que ansía leer cuando se anuncie el despegue), pero confía ahorrar un poco más, para llegar afuera con algún dinero. Ya cumplió los treinta años. Quizás nunca lo logre. La competencia desleal de las niñas la pone furiosa. Catorce años recién cumplidos, Fernandito,  y su madre la coloca en la cama de los turistas, como si la llevara a la escuela. Menos mal que el mío es varón, suspira él aliviado. La tentación es mucha. Una niña bien dotada sabe que puede ganar por día 300 veces más que sus padres. Este país está loco: las ingenieras friegan suelos, las niñas se disfrazan de jineteras —triunfadoras de la noche, perseguidas por la maledicencia y la envidia—  para la fiesta de la escuela; los profesores de física pescan pargos, y los pescadores de pargos, pacas de cocaína abandonadas. En La (Pu)Tasca de la Marina Hemingway,  coto de caza, campean por sus respetos las ejecutivas de la gozadera. Tanto, que hasta reivindican sus derechos laborales. Durante cierta racha de persecuciones, el gerente se negó a dejarlas entrar (a menos que ya fueran con un turista). Las jineteras concertaron una huelga y las ventas bajaron tanto, que se vio obligado a parlamentar. Los pingueros locales también tienen un éxito notable entre los pálidos culos septentrionales, y en las asociaciones gays ya saben que la pinga no es sólo una pértiga que usan los filipinos para transportar baldes, aunque sea la única definición que conocen los frígidos de la Real Academia de la Lengua. Del internacionalismo proletario hemos pasado al internacionalismo prostibulario que, eso sí, ha demostrado las posibilidades del sistema educacional: en las academias de idiomas hay lleno completo para aprender italiano. Las vacas estarán en vías de extinción, pero la Ínsula sigue siendo un importante exportador de carne. Desde sus inviernos sexuales, acuden al trópico como caníbales de Nueva Guinea, en busca de su ración de carne humana. Desde recónditos pueblos de la Lombardía y la meseta castellana, llegan  enlatados en vuelos charter, al reclamo del lejano rumor: Sección de Oportunidades: Putas en oferta. Precios de fábrica. Y el escualo también ha escuchado. Persigue el sonido de la botella al estrellarse contra los arrecifes, pero por el camino halló una mojarra desprevenida y eso varió su rumbo.

La mulata desaparece con su presa, contribuyendo al incremento del turismo, y Fernando vuelve a lo suyo, que de ello dependen los féferes de su hijo. No va a salir Nancy a jinetearlos.  La idea ha acudido por su cuenta, sin que él la convoque, y la espanta sacudiendo la cabeza. Sólo de imaginarse a su mujer rondando los hoteles en busca de un turista al que hincar los dientes de su sexo, se le hiela la sangre. Dame salud, Virgencita, y que podamos sobrevivir del anzuelo, sin resbalar hacia el fondo por el beril de la vida. Qué picúo me salió eso. Y suelta la carcajada. A lo mejor he eludido mi verdadera vocación  como compositor de boleros.

Frente al Teatro Karl Marx, Fernando ve una sombra que se acerca. Piensa en algún compañero de pesca, pero se trata de una balsa rústica que dos hombres conducen mar afuera. Zarparon del Karl Marx con rumbo a los hermanos Marx. Pasan a unas yardas y él les desea mentalmente suerte, porque la van a necesitar. El conoce la mar y sabe que atravesar 90 millas de océano abierto en ese trasto y llegar vivo a la Florida es un milagro que ni los tres infelices de la Caridad del Cobre. Ni loco metería él a Danielito  en una aventura así. La desesperación no piensa, se dice mientras echa de nuevo su anzuelo al agua. Y capaz que los americanos los viren patrás cuando ya estén llegando. Pobrecitos.

Locos o desesperados. Lo peor es la sensación de que el tiempo se ha detenido. Y lo peor peor, es que uno desee que se quede así, ante el temor de que cualquier cambio sea de Guatemala a Guatepeor.  Su primo Efraín, cirujano del Ortopédico, que al terminar su consulta pedalea media Habana vendiendo a domicilio jamones pinareños traídos de contrabando, le confesó el domingo: Mira, Fernandito, no vayas a creerte que tú eres el único en lidiar contra la Corriente del Golfo. Aquí todos nadamos dieciocho horas al día contra la corriente. Cuando acaba la semana echamos cuentas: Si no hemos ido patrás,  somos unos bárbaros, mi primo, unos campeones del maratón inmóvil.

Frente a la boca del río Almendares, Fernando se aleja de la costa, porque tiene suficiente carnada para buscar peces mayores. Al pie de la Chorrera, en el malecón, un grupo de jóvenes baila aún con la música de una grabadora que llega hasta él en el silencio del amanecer. Una botella de ron pasa de mano en mano. El malecón es gratis. Y la alegría también. A mi  me matan, pero yo gozo. El ron no mata el hambre, asere, ni conjura el mañana, pero ni a la Bayer se le ha ocurrido un mejor analgésico contra la realidad. ¿Es o no es?  Esos se buscaron su propia discoteca, masculla Fernando y patea mar afuera en busca de un azul más  hondo.

Cuando el cielo clarea, ya está a 500 metros de la costa. Le gusta ver la ciudad desde aquí: el malecón entre el río y la entrada de la bahía formando un arco: la sonrisa de la ciudad. Un derrumbe aquí y otro allá, como si a la sonrisa de La Habana le faltaran los dientes. Habrá que ponerle dentadura postiza, piensa. Y recuerda a su tía Eulalia. Mirando desde su ventana el barrio de Jesús María, carcomido de derrumbes, sólo dijo una palabra la semana pasada, como si hablara a Dios: Beirut, Señor.

Desde una milla mar afuera, los que van a sus trabajos se ven apenas como hormigas. Los escasos autos son cucarachitas con ruedas. Si no fuera por Daniel, a lo mejor abandonaría este cabalgar cada noche sobre las olas. Un oficio más seco, donde uno sepa que entre los pies y el suelo hay una micra de aire, no cien metros de proceloso azul. Con lo bonito que se ve el mar desde el muro, cuando le disparas todo el repertorio a una niña que conociste ayer (ayúdame, Dios mío, si no la ligo hoy me muero de las calenturas sin consuelo). O cuando la ciudad se derrite en el microondas de agosto, y tú te abandonas a los salitres y las brisas que traen todos los frescores del ancho mundo, y los sudores se amansan. Lo jodido es cuando las luces de la costa son  el único refugio posible. ¿Qué coño hago yo aquí —piensa—, si por definición soy un mamífero terrestre? En fin, hay que joderse. Si en lugar de estudiar a Newton, el spin y los orbitales,  me hubiera hecho administrador de algo robable, Danielito tendría garantizada la chaúcha. Ya se sabe que la propiedad social es propiedad del primer social que le meta mano.  El megamonopolio estatal es como el elefante en el Amazonas: se lo comen las pirañas, que miden veinte centímetros, pero tienen voluntad de supervivientes y un hambre del carajo. Claro que yo no llego ni a piraña. Una chopa mojonera de orilla. Ese soy yo. Y suerte que voy nadando. Aunque cada día me cueste más trabajo.

Por eso Fernando continúa pescando, a riesgo de que una aleta (como la que ahora asoma a una milla de distancia) venga a interrumpir para siempre su trabajo. Hoy la mañana no ha sido buena ─una presencia cercana que por ahora desconoce, podría hacerla peor─. Sólo le queda esperar. De todos modos, el tiempo en este país es lo que sobra. Incluso el tiempo de las generaciones. Su padre lo arrulló con la historia de que los sacrificios de hoy serían el abono del mañana. Fernando se niega a dormir la infancia de su hijo con el mismo cuento de hadas. Es mejor que se críe en silencio. La felicidad es siempre futurible. Ya lo aprenderá solo cuando sea grande.

Por fin un tirón lo saca de sus meditaciones y cobra rápido cordel, aún sin saber que un hermoso pargo de diez libras se debate en el anzuelo, y que un animal gris, de unos cuatro metros, ha olfateado a casi una milla las gotas de sangre y viene a toda velocidad tras el pez herido. Fernando pelea el pargo centímetro a centímetro. Con mucho mucho mucho cuidado para que el sedal no se parta en un tirón, o el anzuelo casero se desprenda y le deje al extremo del hilo un desconsuelo de diez libras (no menos debe pesar ese bicho).  Fernando lo va cobrando con cautela: veinte  centímetros para los zapaticos nuevos, otros veinte para un pantalón, que con lo que ha crecido el enano, ya es un abuso ponerle eso los domingos; veinte centímetros más y a lo mejor alcanza para que Nancy se compre una blusita en la shooping. Cuando lo siente muy cerca, prefiere no abusar de su buena suerte, y lo extrae rápido del agua. Los coletazos del pez son un contento para la mirada: el sol se quiebra en minúsculos arcoiris al refractarse en las gotas de agua que hace saltar en su agonía. La cornuda llega justo a tiempo para ver a su presa perderse en dirección al cielo. Fernando lucha con el pargo, que intenta  desasirse, cuando ve la aleta  circundando la cámara, como si la estudiara antes de atacar. Pero han sido muchos días sin una presa como ésta. Fernando no está hoy en condiciones de ceder, ni aunque sepa que treparse en un ring con Mohamed Alí es una pelea más pareja que echarle cojones a este bicho en mar abierto. Toma un pequeño arpón y se dispone a defender sus ciento veinte centímetros de territorio. Vete de aquí, cabrona, le grita a la cornuda como si ella pudiera escucharlo. Por suerte para él, ella  no tiene muy claro que se lo puede comer con cámara y avíos. Ha sobrevivido, porque es precavida y teme a los objetos desconocidos. En  su mundo, un pez redondo y negro que flota es cosa rara. Por fin, se atiene a las normas que la han salvado de muchos disgustos, y se pierde zigzagueando hacia el este.

Fernando sabe  que la sesión de hoy ha concluido. Con suerte, si consigue sacar su pesca a tierra. Patea en dirección a la costa, vigilando la aleta que emerge de vez en vez a cierta distancia. Un movimiento brusco hunde el pargo un instante en las aguas. El olor de la sangre vuelve a llamar al escualo. La aleta gira en U y regresa a toda velocidad. Fernando la ve a trescientos metros, cuando sólo cincuenta lo separan de la costa. Podría lanzarle el pez para distraerla, pero no está dispuesto a sacrificar la comida  de su hijo. Calcula la distancia mientras patea con toda su alma. Cuando la cornuda está a doscientos metros, aún le faltan veinticinco para alcanzar el acantilado. Ciento cincuenta y quince. Treinta y cinco. Al tiempo que Fernando  salta hacia las rocas, el tiburón emerge como una bala, abre las fauces, proyecta hacia adelante sus dos primeras hileras de dientes, y lanza una dentellada. De pie sobre las rocas, una vez alcanzado el equilibrio entre arañazos y un doloroso corte en la mano izquierda, Fernando se vuelve hacia la cornuda, que gira al pie del diente de perro. Le hace muecas. Baila una extraña danza ritual, cojeando sobre el filo de las rocas: Te jodí, mamasita. Te jodí. Una pareja de enamorados mañaneros le dispara una mirada de éste se volvió loco.

Sin mirar atrás, con la euforia del triunfo, recoge sus bártulos y salta el muro. Más de media hora de caminata bajo el sol lo separa de su casa.

Ha recorrido una cuadra hacia el oeste, cuando Fernando siente unas gotas persistentes que caen sobre su pie derecho. ¿Qué coño? Y de un vistazo hacia atrás, descubre el rastro de sangre que ha ido abandonando sobre la acera. Deja caer entonces la cámara y los avíos. Con un mecagoendios, descubre que la dentellada última del escualo no se cerró en el aire. El corte es tan limpio, que Fernando siente un corrientazo helado recorrerle el espinazo, un escalofrío de pánico al pensar  que con idéntica facilidad habría cercenado su pierna. Aunque  ve esfumarse los zapaticos del niño, no puede menos que dar gracias al dios de los pescadores de orilla, sea quien sea. Examina la dentellada   de ese cabrón bicho: un corte en semicírculo que ha seccionado carne y vértebras con más precisión que la mejor navaja. La cuarta parte del pargo, cola incluida, ha desaparecido. Ningún comprador serio (es decir, con dólares y paladar para apreciar un pargo a la plancha), aceptará este animal mutilado. Me cago mil millones de veces en la madre tiburona que la parió. No hay arreglo. Con su ticket y su código  de barras, el pantaloncito nuevo, los zapatos y hasta la presunta blusa de Nancy, se van corriendo de regreso a la shooping. Para un día que tengo suerte. Un día. Y ya camina hacia su casa, amansando su desgracia con el consuelo de que fue el pargo y no su pantorrilla, de que siete libras y pico de buen pescado no son nada despreciables. El consuelo de no te martirices, Fernando, tú tienes un día de suerte de vez en cuando. Otros, nunca.

Cuando franquea el portal de su casa, Danielito se abraza a sus piernas. Fernando lo carga. Cómo pesa. El pescado es un buen alimento. Y le pide: Un beso esquimal. Frotan sus narices. El niño hurga en el saco y a duras penas arrastra el pargo hacia la cocina gritando mamá mamá. Mañana es sábado y Fernando quisiera llevarlo a la playa o al cine o… Pero se resigna, como cada fin de semana, a encerrarse en casa frente al televisor.

Se deja caer sin fuerzas en una silla arrimada a la puerta.  Nancy  aparece sobresaltada: ¿Te pasó algo? ¿A mí? Nada. Y a ese pez, ¿cómo le arrancaron la cola? ¿Te atacó un animal? No, muchacha, ¿tú me ves algo de menos? Nancy hunde las manos en su pelo y recuesta la cabeza de Fernando en su viente.  El cierra los ojos y entonces le cae de golpe todo el cansancio de las horas que ha pasado en la mar. Se duerme durante algunos segundos, pero la voz de ella lo despierta: Dime la verdad. ¿Fué otro animal el que le arrancó el pedazo a ese pescado? Posiblemente, otorga Fernando, pero yo no lo vi. Quién sabe todo lo que ocurre allá abajo. ¿Hay café? Sí. Ahora te traigo. Nancy sabe que Fernando no le cuenta nunca toda la verdad. Ni cuando llegó con la cámara reventada. Ni cuando un brisote casi lo mete en medio de la Corriente del Golfo, y vino a salir en Santa María del Mar, a quince kilómetros de La Habana. Ni cuando una picúa, esos perros de la mar, le arrancó un trozo a la altura de los gemelos. Ni cuando el mar de leva se lo llevó océano adentro, y  de no ser por un mercante panameño que lo izó a bordo, habría muerto de sed y hambre y tiburones en ese maldito estrecho donde descansa sin paz  una ancha lista de cubanos. Nancy lo sabe, y cada noche tiembla de miedo pensando lo solo que se debe sentir entre la noche sin techo del cielo y la noche sin fondo del mar. Pensando en su propia soledad si una mañana no regresa, ni al día siguiente, ni al otro —dos días lo supo muerto cuando lo arrastró la corriente, tres días cuando lo rescató el carguero—, y nadie responda a sus preguntas, ni quede de su hombre otra memoria que Daniel y sus propios recuerdos.  Incluso le ha instado a que regrese a sus clases de física en cualquier preuniversitario. Ahora que muchos profesores se están yendo a trabajar en el turismo, seguro consigues una escuela aquí mismo, en La Habana. Pero él dice no sé qué de un biberón de gases ideales y desecha la idea.  Mira, Nancy, tu hermano, el genio de la familia, el físico nuclear graduado en Rusia, se ha convertido en camarero para arañar unos dólares de propina. El físico se suicidó para que sobreviviera el hombre: todo lo que soñó y todo lo que estudió no le sirve ni para diferenciar un lenguado a la parrilla de un pargo a la plancha. Mi primo  Efraín se arriesga a caer preso con cada jamón que vende. Yo me arriesgo en la mar. Y los que se conforman con la limosna del Gobierno, los que regresan cada tarde de sus oficinas como jamelgos cansados, amarillentos, arrastrando los pies, son los que más se arriesgan: a ser las primeras víctimas de la próxima epidemia. Dan lástima. Se les para el rabo pensando  en un bisté de filete: y si pasan por la puerta de un restaurant,  de sólo oler ponen cara de orgasmo.  No están viviendo, Nancy,  están durando. Lo importante es que Danielito hoy se comerá un buen filete de pescado. Y en eso queda siempre la conversación, piensa ella  mientras le acerca a Fernando la taza de café humeante.

Le besa la cabeza que huele a salitre, a sudor y a miedo. Ella sabe distinguir el olor del miedo. Y trata de no imaginarse qué animal pudo cercenar de un corte exacto ese trozo al pez. Lo mejor será limpiarlo y guardarlo en el frío, que con estos calores todo se echa a perder a una velocidad del diablo. Sería el colmo.

Fernando prende un cigarro mientras saborea el café. Danielito, sentado en el suelo, alinea  los anzuelos por orden de tamaño. Cuidado no te pinches.  No, papi. Cuidado. Los ojos se le cierran de puro agotamiento. Aquí mismo se quedaría rendido. Aunque se cayera de la silla seguiría roncando. Pero tiene que sobreponerse a su cansancio. Cuando termine el cigarro, me doy una ducha y aterrizo en la cama. Fernando acaba de cumplir 31 años. Sabe que deberá hallar otra solución para su vida, que no podrá seguir pescando eternamente sobre una cámara de camión inflada hasta 120 centímetros de diámetro: algún tiburón podría ganarle la carrera. Bueno, hasta ahí llegó mi pesca. Pero no es tan sencillo. ¿Qué sería de Nancy y del niño? No sé. No sé. A quinientos metros de distancia encienden el enorme lumínico que el día de su estreno rezaba:

El futuro pertenece por entero a la Revolución y al Socialismo

Pero estos tres años le han cariado las letras, y ahora desgrana un enigmático mensaje:

El futuro per    ece por en  ero a la   evolución y al           ismo

El decir, que : El futuro perece por enero a la  evolución y al  ismo. Eso de que perece por enero suena a slogan del otro bando. Y si pertenece será a la evolución y al ismo. ¿Comunismo? ¿Capitalismo? ¿Feudalismo? ¿Surrealismo? ¿Cubismo? ¿Minimalismo o maximalismo? Marxismalismo parece que no. ¿A qué ismo pertenecerá nuestro futuro? Quién sabe. De cualquier modo, piensa casi dormido mientras da la última cachada al cigarro y lanza el cabo a la calle, posiblemente mi único futuro inmediato sea el ecologismo: discutirle cada noche a la naturaleza el alimento empleando tecnología del paleolítico temprano  Para que la pelea sea de tú a tú con los peces, y yo tenga tantas oportunidades de comérmelos a ellos, como ellos de comerme a mi.  Viva Greenpeace. Y antes de entrar a la casa, Fernando piensa que más vale no pensar demasiado, y garantizar del mejor modo posible el único futuro que conoce. Acaricia las crenchas rebeldes de su hijo. El niño ha ordenado escrupulosamente los anzuelos, y el muy bien de su padre le convoca una sonrisa que ilumina todo el barrio. Mientras se encamina hacia la ducha, Fernando se pregunta de qué número será el anzuelo necesario para pescar nuestro destino.

“Inmóvil en la Corriente”, Sevilla, 2002





Del libro Un asombro pendiente, 1994

30 11 1994

Portada Un asombro pendiente 103

S O S

 

Va el cuarto corazón que se me rompe

y tú sin saber nada.

Cierto es que se destrozan en silencio,

que no son corazones extrovertidos ni alarmistas.

Pero, por favor, presta atención.

Sólo me queda uno de repuesto.

 

 

 

Percances mitologicos

 

Hay hechos que la historia tergiversa:

por ejemplo, que Ulises se resecó

atado al mástil como una penca de tasajo;

que sus marinos viven aún y felicísimos

en la República Popular de las Sirenas,

que están por la coexistencia pacífica

y fuera de las rutas comerciales.

 

 

 

Dedos

 

Suelo contar mis dedos en los parques.

Si falta alguno, sé que anda por ahí

indicando el camino a un extraviado,

o sembrando cebollas,

o señalando incendios,

o adivinando húmedo

de dónde corre el aire.

Mi dedo vagabundo.

Si sobra, le doy una palmada

en la falange y susurro:

“Vete, muchacho, vete a buscar tu mano”.

Y él se aleja

dócilmente

en la noche.

 

 

 

Crítica literaria

 

Decidí consultar un poema, por turno,

con todos mis amigos.

Fui aplicando después sus sugerencias

en orden de aparición.

De modo que al final el poema regresó

a su concepción original, intuitiva.

Esto me ha hecho rescatar la confianza

en la fidelidad global de mis amigos.

 

 

 

Dos

 

Te debo un acto de amor

cuando no sólo parezca que la tierra tiembla,

sino que tiemble de verdad.

Te debo el momento en que una flor

pone cara de asombro.

Te debo una llamada telefónica

donde ardan las palabras y creemos,

en materia de comunicaciones,

una catástrofe nacional, irreparable.

Te debo un animal doméstico

que sea mitad delfín y madreselva,

un animal que desentierre diamantes de tu jardín

y se los coma.

Te debo el último recuerdo de un ahogado;

un aguacero en el Sahara,

una insolación en Queen Maud Land,

una nevada en Veintitrés y L.

Te debo la agonía de una libélula aplastada

contra el parabrisas.

Te debo la sombra del tiempo,

no su presencia dolorosa;

el momento justo en que toda la ciudad hace silencio

y se escucha a decenas de kilómetros

el ruido, al caer, de una moneda.

Te debo mi adolescencia, la que debí tener.

Te debo un curso sin examen final sobre el significado de la  palabra lejanía.

Te debo el vÍdeo de un sueño

y una foto, tipo carné, de la ternura.

Te debo la melancolía de un eunuco enamorado.

Te debo un elefante bonsai;

un bombillo incandescente donde nade,

al encenderlo, un pececito verde.

Te debo un dragón domesticado

por la princesa del castillo.

Te debo un amanecer detenido en los relojes

mientras hagamos el amor.

Y que la humanidad nunca descubra

esa hora de retraso.

 

 

 

Cuatro

 

Tienes un modo exquisito de abandonarme.

Lo haces con la curiosidad

de niño sorprendiendo

la desnudez de alguna prima.

Con la inocencia de quien

tomó una ruta equivocada.

Cuando regresas, reanudas el amor

como si hubieras ido un momentico al baño.





Historias paralelas (del libro Salto mortal, 1993)

30 11 1993

Portada Salto Mortal 159

Te lanzas del último carro patrullero, chirriantes las gomas por el frenazo inconcluso, con el AK terciado, la culata plegada y la misma expresión que has visto a los comandos en las acciones fulminantes y siempre exitosas de Hollywood. La misma expresión que asumías cuando jugabas a policías y ladrones, emboscándote en las orillas mugrosas del río Luyanó, agazapándote entre la hierba y el hedor de las aguas que por entonces tus células olfativas, de reciente estreno, pasaba por alto, absortas en olfatear el peligro que te acechaba en un zaguán de La Fernanda, entre los matorrales de un placer yermo a dos cuadras de Serafina y Rita, o en los meandros de una casa de vecindad Blanchy adentro. Y siempre era él, tu inseparable amigo, tocayo y enemigo, el niño que admiraste en secreto (porque eso no se confiesa) con la fruición que nunca concediste a las personas mayores. Él, policía empecinado y capricornio como un mastín, capaz de perseguirte hasta dentro de la noche, aunque muchacho, ven a comer que se te enfría la sopa, nada más quieres estar callejeando. Ladrón escurridizo, ingenioso, que con la temeridad de un sobresalto podía trasvestirse de perseguidor a perseguido y tenderte mil acechanzas entre los gajos de un almendro, o enterrado en la boca desdentada de una alcantarilla. Con él iniciaste tu asombro en asuntos de sexo, cuando se apareció con una colección de postales que su papá escondía en la última gaveta del chiforrober, y donde se veía tan clarito el asunto que no podías creerlo.

 

Acabas de despertar con el timbrazo del teléfono. No. No descuelgues. Sí. Descuélgalo, pero no hables. ¿Qué? ¿Qué dice? ¿Quién es? ¿Qué pasa, tú? (Con la misma expresión que asumías cuando jugabas a policías y ladrones, emboscándote en las orillas mugrosas del río Luyanó, agazapándote entre la hierba y el hedor de las aguas. Y siempre era él, tu inseparable amigo, tocayo y enemigo: policía empecinado, ladrón escurridizo). ¿Qué pasa? Dice. Se jodió esto. ¿Cómo que se ? Dice que la fiana está ahí. Ese es Manolo. Tú me dijiste . Fíjate. No me vengas ahora . Tú me dijiste que esto era seguro. Olvídate de lo que yo te dije y muévete. Alguien nos echó palante. Seguro. Muévete, que si no, te van a mover. Suerte que la manzana esta es un queso. Pasillos y recovecos y jardines con doble salida y muros por donde quiera. Vuela, Luisito. Mierda. Apúrate. Me cogí un dedo. Suelta. Dale. Saca las cosas. Vuela, carajo, vuela.

 

Escuchas las instrucciones para el operativo: El grupo uno entrará a la casa por la Avenida 37. Lo cubrirán dos hombres, uno en cada esquina. Dos, sí. La manzana esta es un queso y no podemos derrochar gente. Javier y Guzmán: Ustedes se quedan en 42. Cubran la cuadra y ojo con las bocacalles. Deben ser dos, pero nunca se sabe. A lo mejor tienen visita. Andrés y Fermín, a la Calle 36. Andrade y tú, el nuevo, ¿cómo te llamas? Tú, Luis, y Andrade, cubran 37. Es el sector menos probable, pero no se duerman, que estos pájaros pueden volar para cualquier sitio. Vamos, muchacho. Andrade, fornido y brusco, camina delante de ti, bamboleándose como un barco para contrarrestar la cojera que le dejó un punzonazo imprevisto hace seis meses. Muévete. Muévete. Porque tú te desplazas con la cautela de un felino aprendiz, todavía contaminado de vídeos a medio digerir y manuales que en la escuela explicaban todo lo explicable, pero que no mencionaban lo inexplicable, quizás por esa omnisciencia pedante de los manuales, como para no dejar dudas. Y es tan difícil aprender sin dudar. Todo eso, y El Superpolicía, Fuerte Apache, El caso Neill, revolotean a tu alrededor mientras te emboscas, tras una lacónica seña de Andrade, en la rampa que da acceso al garage de una escuela. Saltar obstáculos. Disparar a la carrera. Puntería rápida, que la calle no es una feria y los delincuentes no son paticos de aluminio. Y en eso, sonríes, eras el uno. Disparabas casi sin mirar, como si te hubieran instalado un ojo director en el cañón de la Makaróv. Sólo en caso extremo, ¿comprenden? Ustedes son policías, no pistoleros. Y en táctica también, que vino a continuar tus sesiones de peón cuatro reina con Jacinto, porque a él eso sí que no. Yo no sé cómo tú tienes paciencia y nalgas para estar tres horas delante del tablerito ese. Lo de él era el movimiento, la calle, donde lidereaba sin esfuerzo. El nombramiento era obvio. Nadie se lo discutía. Y menos tú, que eras el cerebro, como decía él cuando te miraba, en espera de una idea nueva para sorprender a la pandilla de La Carolina que venía con Buscaperros al frente, medio enano y con bíceps de estibador por su adicción a las pesas y los constructivos desde quinto grado. Pero él no tenía paciencia. Tú, en cambio, tienes que probar la tuya ahora, inmóvil como un poste. Esperar es siempre un oficio difícil.

 

¿Por la puerta? ¿Tú eres comemierda? Sale por el fondo. Mira. De la ventana saltamos al patio, y de ahí al otro edificio. Yo me voy por allá. Tú brinca los dos muros y sale por el pasillo a 37. No te vuelvas loco. Despacio. Como si fueras un vecino cualquiera. Ven acá. Por poco sales como un sanaco, con la jabita en la mano. Métete la plata debajo de la camisa. Amárratela a la cintura. Nos vemos en casa de Andino. Dale. Huye. Con la cautela de que hacías uso durante tus sesiones de peón cuatro reina con Jacinto. Yo no sé cómo tú tienes paciencia y nalgas. Lo de él era el movimiento, la calle. Tú eras el cerebro, como decía él cuando te miraba, en espera de una idea nueva para sorprender a la pandilla de La Carolina. Y tú… Huye, carajo, huye.

 

Tratas de recordar las lecciones que aprendiste cuando eras el rey del truco, el mago de la maraña imprevista para perdértele a los demás, el que adivinaba siempre los escondites bobos, cuando te tocaba hacer de policía. Yo que tantas veces hice de . Ser ladrón siempre fue más entretenido. Uno los veía venir y se reía por dentro. Tú verás que los engaño. Tú verás. Menos a él, que me olía como a un kilómetro. Y ahora de fia . Policía. Policía no. Pichón, como ellos dicen. Límpiate con el diplomita, muchacho. Mejor no, va y te raspas. Cuando veas una pistola de frente, ahí mismo te cagas. ¿Verdad, Benito? ¿Este niño no es de los que se embolsan cuando ven una pistola de verdad abriéndoles la boca? Oye, y no te vayas a limpiar después con el diploma, que es de cartulina. Se creen que uno . Ojalá que salgan por aquí,

 

Te escurres por los pasillos tratando de no hacer ruido, de no despertar a los perros, de no olvidar las lecciones que aprendiste cuando eras el rey del truco, el mago de la maraña imprevista. Yo que tantas veces hice de fiana. Ser ladrón siempre fue más entretenido. Uno los veía venir. Tú verás que los engaño. Menos a él, que me olía a un kilómetro. Ahora sí tengo que hilar fino para que la fiana no me huela. Y saltas dos muros para caer en el pasillo de salida. Caminas con cautela y estás a punto de alcanzar la calle. Despacio, viejo. Como si contigo no fuera. Despacito. Los músculos en tensión para dispararte si no quedara más remedio. Confías. Tú no estás fichado. Desconfías. Dice El Brujo que los fianas viejos saben leerle a la gente los pensamientos en la cara. Suerte que siempre hay su nuevo. ¿Y si no? Confías, pero por si acaso . Entonces alcanzas la acera y caminas hacia la esquina. Como si contigo no fuera.

 

para que vean. Yo sí no me apendejo. Ojalá que salgan por aquí. Ojalá. Eh, ¿qué es eso? Acabas de ver una sombra y, después, a un hombre que sale persiguiendo su sombra, levemente indeciso, pero. No puede ser. ¿Y si es? ¿Y si no es? Si no es, no importa. Pero, ¿y si es? Oye, párate ahí. Párate ahí o disparo.

 

Te detienes indeciso. No sabes si correr o quedarte quieto como te conmina la voz. ¿Y si me registran? Con el 38 y el dinero estoy cogido. A lo mejor no me registran. Pero. No. Ni lo veo. Y él me tiene en la mirilla. Me cago en el farol ese. No me registran, tú verás. Yo soy un ciudadano que sale para el trabajo y . Coño. A ese yo lo conozco. ¿Qué hace él metido a fiana?

 

¿Usted no es? No. Pero . Yo a tí te conozco.

¿Usted no es? No. Pero . Yo a tí te conozco.

 

Y ambos se escrutan, uno frente al otro. ¿Serán jimaguas estos dos? ─piensa Andrade─. Pero no. Sus imágenes quedan estupefactas, comprobando que a la raya izquierda que parte el cabello de Luisito corresponde la raya derecha de Luisito, que a la cicatriz en la oreja derecha de Luisito corresponde la cicatriz en la oreja izquierda de Luisito; aunque la ropa les impida comprobar que los lunares y la diminuta lesión sacrolumbar, los callos y las pequeñas cicatrices con que la vida fue signando a Luisito, tienen su réplica exacta, especular, en el cuerpo de Luisito. Señales indistinguibles aún para Andrade, observador innato. Quedan durante algunos segundos suspendidas sus historias, sus destinos intransferibles, resultado de causas y efectos incontables; como si el tiempo se hubiera tomado la atribución de sentarse a descansar oprimiendo la «pausa», de modo que las imágenes y los sonidos queden inmovilizados en la pantalla de la noche. Después oprime como al descuido la tecla de nuevo y.

 

Ven para acá. Es que yo . Olvídate del apuro. De todas maneras, en la esquina no te van a dejar pasar. Le estamos montando un operativo a unos tipos que metieron un palo gordo. Ven. Métete aquí. Quieto. Quieto ahí. Pues mira, yo te conozco de… No. Quédate quieto. No, chico. Ni te preocupes. Esto lo matamos enseguida.

 

¿Y si me quedo tranquilito hasta que pase todo? A lo mejor libro. Yo no estoy fichado. Pero va y cogen al Uña y a Jaimito, y se van de chivas, y ahí mismo me traban de manso palomón. Qué va. Yo voy echando. Es que estoy apurado. ¿Y eso?

 

¿No te lo dije? Oye los tiros. Ya los cogieron. Salieron por 36. Como dijo el capitán. Es un lince el viejo ese. Dicen que una vez . Está bien. Dale. Si estás apurado . Pero, oye, cualquier cosa tírate al piso, que las balas perdidas no traen el nombre del muerto. Allá en la escuela . Está bien. Increíble. Seguro que te conozco. Segurito. Como si fueras yo. Bueno, nos vemos. Yo le aviso al de la esquina.

 

Con tal de que esos no canten antes que yo llegue a la esquina. Con tal de que me de tiempo. Con tal de que él no se de cuenta. Con tal de que el fiana de la esquina no se ponga pesado. Con tal de que no se le pase de pronto la inocencia al nuevo ese. Libré. Si me coge otro, me registra hasta la cerilla de las orejas. Pero él. Un muchacho sano, como decía mi pura. Un comemierda, vieja, mira como me le fui.

 

Si llega a ser otro, le registro hasta la cerilla de las orejas. Pero él. Se ve que es un muchacho sano, como decía mi pura. Un comemierda, vieja, ese no gana nunca; mira que venir a meterse en el medio de la candela. Por poco lo jodo. Atención punto cinco. Atención punto cinco. Hay uno adentro todavía. No abandonen las posiciones. No dejen salir ni entrar a nadie. Falta uno. ¿Entendido? Cambio. Entendido. Cambio y cierro. Y yo que le dije . A ver si le meten un tiro por culpa mía. Qué comemierda soy. Déjame llamarlo. Oye, párate ahí. Párate.

 

Ya se dio cuenta. Me cago en él. Estoy jodido. Y te vuelves con el Colt 38 cañón corto en la mano derecha.

 

Lo miras un momento perplejo, contraído, como te contraías en las riberas del Luyanó para esconderte mejor detrás de los macizos de yerba guinea y guizazo de caballo; antes que el fogonazo te mate la inocencia y el plomo achaparrado que acaba de salir del Colt que acaba de salir de la cintura de Luisito, te tumbe de espaldas contra el pavimento.

 

Vuela, Luisito. Vuela, que ahora sí te joden. ¿Por qué no se habrá demorado cinco minutos en salir de su comemierde ?

 

Frase segada cuando dos años de entrenamiento oprimen el disparador del AK y una ráfaga corta corta en dos la espalda de Luisito que huye de Luisito. Y la espalda, muy cerca de la esquina, continúa su huida, pero hacia el piso. Emerges del aturdimiento, te pones de pie, y caminas hacia Luisito, que yace de bruces y se contrae, como se contraía en las riberas del Luyanó para esconderse mejor detrás de los macizos de yerba guinea y guizazo de caballo; pero ahora son los espasmos y la mano aferrada al Colt 38, que desprendes despacio de los dedos agarrotados, como si fuera un delicadísimo mecanismo a punto de estallar. Con el brazo sano, lo vuelves, y Luisito te sonríe desde el piso con los dientes manchados de sangre.

 

Ganaste. Tú que no ganabas nunca. Ganaste. Pero por poco te jodo.

 

Las palabras no han terminado de disolverse en la noche cuando llegan el capitán y los demás y te felicitan, coño muchacho, ahora sí te graduaste. A ver. A ver. No se cagó ni nada. No te me desmayes, que el arañazo ese te lo curan en dos semanas. Dentro de quince días ya estás zapateando como nuevo. Tú verás. Seguro te dan un ascenso o una condecoración. Tú verás. Pero te apartas sin sonreír y vomitas la comida de anoche. Completa. Y entre una arqueada y otra piensas que la gloria combativa no es tan lustrosa, tan impecable y bien planchada como la habías imaginado. Ni «cumpliste con honor», ni «un ascenso a lo mejor, o una condecoración», redimen tus ojos de esa mancha bermellón que se empieza a interponer como una niebla entre tus ojos y el paisaje. Ni la alegría, «ahora sí te graduaste». Ni el miedo a la muerte, que uno lo siente después que la muerte pasó y otro día será.

 

Cuando los acuestan en la misma ambulancia, sospechas que esta noche Luisito mató de un tiro un pedazo de tu infancia. Miras sus ojos, muy fijos en el bombillo blanquecino del techo, a pesar de los tumbos que va dando la ambulancia por la Avenida 41, precedida por el aullido de la sirena, y piensas si Luisito no pensará lo mismo.

Porque no sabes, Luisito, que cuando los desnuden en el hospital perderán los rótulos, las cifras con que la sociedad ha tenido la osadía de inventariarlos, y entonces nadie sabrá quién es quién. Y será mucho más difícil convalescer de la perplejidad que de las heridas.

Porque no sabes, Luisito, que una herida mortal puede tener la voluntad de cerrarse, con la cautela de labios empecinados en hacer silencio; mientras un balazo sin importancia puede agravarse por causas aparentemente desconocidas.

Porque no sabes, Luisito, que los ojos de Luisito ya no se apartarán del bombillo blanquecino. Que tu inocencia, la mitad de tu infancia y la infancia toda de Luisito, la adolescencia toda de Luisito, no resucitarán.





Salto mortal hacia unos ojos verdes (del libro Recuerdos del olvido, 1992)

30 10 1992

Luis Manuel García Méndez; Recuerdos del olvido  (plaquette, cuento); Ed. Unión; La Habana, Cuba, 1992. 32 pp.

Portada Recuerdos del olvido 82

Tres cuentos sobre la nostalgia y sus acechos, el pasado siempre agazapado, esperando por un mínimo desliz de la memoria, el decursar del tiempo y su erosión a veces indetectable… hasta un día. Historias de hoy que pudieron ser escritas ayer, mañana.

Salto mortal hacia unos ojos verdes

Al perro que no tuve

(el paraíso perdido)

Carlitos se peina peina peina peina ante el espejo, tratando de que las ondulaciones del cabello se parezcan lo más posible a las que vio antes de ayer en una revista que llevaron a casa de Fiquito. Hace doce minutos que sustituye intentos fallidos por intentos fallidos, y no es sino ahora, cuando el nivel de exigencia ha descendido lo suficiente, que se conforma con ondulaciones más o menos aproximadas. Abre el escaparate y no encuentra la camisa de listas verdes, la que más grande le queda y, por eso, la que más le gusta. Al fondo hay un bulto de ropa por planchar. Lo levanta. Debajo está el viejo bozal de Tingo. Toma un momento entre los dedos las correas masticadas, verdosas de humedad y babas fósiles, y las deja en el mismo sitio. Abre el bulto y encuentra la camisa, como recién sacada de una botella. Él sabe que la vieja se la plancharía, nunca antes de arrearle un sermón, no uses más las camisas de tu padre, mira que después se pone bravo. Y prefiere plancharla él mismo. Más o menos. Mientras disimula, o por lo menos calienta las arrugas, continúa mirando el bozal dentro del escaparate abierto, y dentro del bozal ve a Tingo antes que tuviera bozal, cuando se conocieron a la entrada del zoológico. Alguna perra lo había parido en las inmediaciones y el cachorro se dio al vagabundeo entre los árboles copudos, evitando con un instinto envidiable las jaulas de los grandes felinos y el foso de los leones. Nacido varios días antes del ciclón Kate, Tingo alcanzó la sabiduría en materia de supervivencia aquella noche, cuando las ráfagas de 130 kilómetros por hora arrasaron la floresta y sufrió una experiencia irrepetible: llovían árboles. Bajo cada uno podía quedar su corta experiencia, espachurrada. Al día siguiente, cuando deambulaba, ciego de miedo y de ciego, como cualquier cachorro, entre las piernas de los humanos que intentaban evacuar cadáveres de árboles y apaciguar a las fieras nerviosas, alguien cayó al tropezar con él. Alguien que lo acarreó por una oreja, como un paquete, hasta la puerta, frente a la estatua de los venados, que ni se inmutaron. Alguien que lo lanzó a casi tres metros de distancia, a los pies de Carlitos, que había asistido esa mañana a curiosear los estragos del ciclón, avisado de que algo raro debía estar ocurriendo por los rugidos, relinchos, balidos, gruñidos, bramidos, graznidos, barritos, gamitidos, chillidos, rebudios, aullidos, silbidos, tauteos y mugidos de los animales. En lugar de fieras evadidas, cercos policíacos y fusiles con cápsulas de narcóticos, halló a Tingo, uno de los más raros estragos del Kate en todo el territorio nacional. Carlitos y Tingo, que aún no era Tingo, aunque ya era, se miraron exploratoriamente. Carlitos, desconfiando, con toda razón, de la pureza racial de Tingo. Tingo desconfiando, con toda razón, del género humano. Al fin depusieron sus desconfianzas y Tingo lo persiguió una cuadra. El niño miraba de cuando en cuando hacia atrás, momentos en que el perro se detenía y simulaba cierta indiferencia, que era su modo de precaverse. En una de esas retrovisiones,

Carlitos decide llevárselo a casa. Se detiene.

Tingo también.

Carlitos se acerca.

Tingo se aleja.

Carlitos lo persigue.

Tingo corre.

Carlitos se resigna. Regresa despacio.

Tingo sigue su huella a cierta y prudencial distancia, que no rebasa la esquina inmediata a la puerta por donde entra Carlitos para salir, minutos más tarde, con una escudilla en cuyo fondo yacen los restos de un litro de leche. La coloca en la acera y cierra la puerta. Otea desde la ventana, pero Tingo nota, receloso, la cabeza, y no se acerca a menos de seis metros. Carlitos termina aburriéndose y se va adentro. Media hora más tarde, descubre la escudilla vacía y los ojos agradecidos del perro desde la esquina. Dos días duró esa relación de enamorados lejanos, conciliados por una escudilla de leche. La distancia se fue acortando escudilla a escudilla, en la medida que se resignaban las dudas de Carlitos sobre la autenticidad racial de Tingo, y se disolvía en leche la desconfianza del perro. A la altura de la cuarta escudilla. Tingo permitió que Carlitos le pasara la mano y entró en la casa persiguiendo sus talones, asestándole inocentes zarpazos en tono de espérate espérate, repite Carlitos a su madre que lo llama ahora. Da los machucones finales a la camisa, desconecta la plancha y se sienta a comer, no con muchas ganas, porque teme llegar tarde. Adita Martínez, la niña más codiciada de 9º A, lo espera a las seis y media en la Fuente Luminosa, y lo último de lo último sería llegar tarde después de haber ensayado, durante casi dos meses, torpes invitaciones y tímidos halagos; más complejos que una escudilla de leche a la puerta de la casa. Casi dos meses inventando ante el espejo poses cautivantes, y preparando al acostarse discursos ingeniosos, amorosos, sabrosos y todo, menos empalagosos. Discursos que seducirían a Adita Martínez y le demostrarían que Carlitos es, efectivamente, el hombre de su vida. Discursos que más tarde serían abrumados, embrollados, reducidos a chorritos entrecortados de palabras; porque los ojos verdes de Adita tienen la propiedad de transmutar el torrente verbal de Carlitos en arroyos intermitentes de verano. Hoy no, hoy sí que no ─piensa y engulle sin pausas una cucharada tras otra (te vas a atragantar, muchacho), para no llegar tarde─. Corre a ponerse la camisa. Cierra el escaparate confinando a la oscuridad el bozal, confinando al Tingo que el bozal no ha olvidado, confinando sus recuerdos, y sale disparado. Chao, mima. Corre hasta la esquina, dobla la calle Reparto hacia Ulloa y desemboca por la calle Santa Rosa a la Avenida 26, que lo depositará, sano y salvo, cuatro minutos más tarde, en los ojos de Adita. Aunque no se da cuenta, porque ya son sus pies y no él quienes escogen el camino jalonado por la costumbre, es la misma ruta que tantas veces siguió con Tingo camino a la Ciudad Deportiva, aunque el trayecto de Tingo fuera una serie deshilvanada de meandros, lazos de pisadas anudándose y desanudándose a las piernas de Carlitos, como después perseguían juntos los flais en el campo corto, los roletazos y toques de bola, los batazos largos se va se va se fueeeee, por el center fil, y así llegaban bien cansados, sobre todo Tingo que, ignorante de las más elementales reglas del béibol, corría tras los jugadores, tras la pelota, tras el viento, tras las mariposas, tras sus visiones que a veces no tenían ni hilación con la realidad, ni con nada. Ese perro está loco, tú. Míralo. No te lo pierdas. Oye, Carlitos, mándalo a un sicólogo para perros. Seguro está enfermo de los nervios. Esa es la vieja tuya, que lo tiene quimbao. Porque Amanda detestaba a los perros y sólo le había consentido a Tingo con la condición de que no ensuciara (meara, cagara u otra conjugación), porque a mí nadie me considera, y además de aguantarles el reguero, con lo manganzones que están, el colmo es que venga un perro. Pero Carlitos no practicó la educación integral de Tingo. Le dejaba correr enloquecido, aunque a veces le echara a perder el juego, como cuando atrapó la pelota primero que él y mientras lo capturaban, les entraron tres carreras. Ganas me dan de tirar la pelota a jon con perro y todo. Pero era imposible convencerlo de que jugara banco. Cierta vez lo confinaron entre dos cajas vacías, pero los aullidos resultaron menos soportables que sus correteos por el campo corto. En el segundo ining tuvieron que soltarlo. Y en la casa sus meadas y otros embarres aparecían detrás del sofá, bajo la cama, al fondo de la cocina. Algunos destrozos de chancletas viejas fueron sobreseídos, no así los memorables zapatos nuevos de Amanda, que Tingo redujo a poco menos que huaraches pasándose por los dientes cada centímetro cuadrado de piel. Desde ese día, el odio teórico de Amanda se convirtió en lucha de contrarios sin unidad, contradicción antagónica insoluble por la vía pacífica. Desde aquel día Amanda advirtió: llévate el perro de la casa, porque si no, el día menos pensado. Y ese día fue la mañana siguiente de aquel otro cuando Tingo derribó de la mesita el búcaro favorito de la abuela; y apenas pudo escapar a la lluvia de insultos y escobazos, aprovechando la puerta entreabierta y un alto al fuego decretado por el cansancio de Amanda. A su regreso, Carlitos lo halló empapado, tiritando de aguacero y miedo, en la acera de enfrente. Amanda le advirtió que si no lo botaba sería peor, pero Carlitos no podía suponer. Ni siquiera le extrañó que a la mañana siguiente Amanda le dijera: Vete, vete corriendo, que vas a llegar tarde; yo le doy a Tingo la comida. A las diez de la mañana, la vaga inquietud tomó cuerpo de premonición, aún imprecisa, y Carlitos abandonó la escuela con un pretexto irrecordable, caminó de prisa las seis o siete cuadras hasta Tingo, echado a la puerta de su casa. Había algo inquietante en la posición del perro, yaciendo de flanco sobre la acera; en el hilo de saliva amarillenta que se descolgaba del hocico y ya había labrado un cauce que desembocaba en la calle. Carlitos se acercó con lentitud. Apoyó la carpeta contra la pared y empezó a pasarle la mano a Tingo por el lomo. Pero el perro no pareció reconocerlo. Abrió los ojos y lo miró con una pupila vidriosa donde pelotas, visiones y mariposas se habían apagado. Carlitos insistió en llamarlo, en acariciarle el lomo con tantos recuerdos compartidos, más que con las manos; pero Tingo le gruñó, por primera vez en tanto tiempo, por última vez en tan poco tiempo. Movió con trabajo el hocico y lanzó hacia la mano de Carlitos una dentellada desfalleciente que se quedó a mitad de camino. El retiró la mano y lo vio levantarse, temblando como de frío, aunque junio derretía el asfalto de las calles. Tingo echó a andar a trompicones, y en la esquina se detuvo convulsionado por un vómito verdoso que hizo saltar unas lágrimas sin lágrimas de sus ojos. La mano de Carlitos intentó una nueva caricia, pero el mordisco del perro le advirtió que ya Tingo no era Tingo, que los puentes habían sido levantados, que ahora el perro y él quedaban en dos orillas opuestas. Lo siguió calle abajo, viéndolo tropezar y tambalearse, viéndolo caer de vez en vez, acezante, cruzar a ciegas la Avenida de Puentes Grandes y salvar su lenta agonía entre chirridos de frenos y maldiciones de choferes. Las últimas cuadras de ese camino hacia la nada, el mismo que lo conduce hoy hacia los labios de Adita Martínez, la niña más codiciada de 9º A, las hizo Tingo entre chorros de saliva, vómitos y saltos torpes, porque la rigidez ya había hecho presa de sus patas delanteras. En la rotonda intentó bajar a la calle, pero sus patas lo engañaron y se desplomó al pie de la acera, con las mandíbulas contraídas, los ojos desorbitados como si intentara obtener a través de ellos no pelotas, ni visiones, ni mariposas, sino el aire elemental que los músculos petrificados le negaban. Al final, las contracciones lo hicieron saltar de un lado a otro como un pelele; los ojos giraron enloquecidos en las órbitas para detenerse, desmesurados, en una nube que debía estar muy muy lejos, porque esa mañana el cielo mostraba un azul sin accidentes, desleído por el Sol. Carlitos se sentó en el contén y dejó que sus lágrimas rodaran en silencio. Ni sollozos, ni espasmos que precavieran a los transeúntes. Durante media hora fue un niño descubriendo la muerte frente a un perro que no regresaría para explicársela. No tuvo valor para recoger el cadáver. Lo dejó allí mismo, en el sitio que Tingo había escogido; en el sitio que había escogido a Tingo para incorporar su muerte a los anales del asfalto. Durante los días subsiguientes evitó pasar por el lugar, y cuando volvió a verlo, ya el perro no era más que una calcomanía borrosa de la muerte, estampada por las ruedas de alguna rastra. Ya sus huesos, su piel, sus vísceras desecadas por el sol, se habían integrado al paisaje, como una naturaleza muerta (técnica mixta) ocupando un discreto rincón en el lienzo de asfalto.

(el paraíso cobrado)

Durante meses, Carlitos evitó caminar sobre el recuerdo de Tingo, sobre sus restos tatuados en la calle. Aún hoy, cuando ve a Adita esperándolo al pie de la fuente, sus pies eluden el lugar, encuentran otro cauce para alcanzar los ojos verdes, más húmedos que el chorro de la fuente, tan húmedos quizás como las mismas esperanzas de Carlitos. El discurso inaugural se reduce a una sonrisa y ¿quieres tomar helado? Rondan la fuente, se salpican, ella da un saltico hacia él como para no mojarse, como para salpicarlo con sus ojos, pero él no se da cuenta. Ella sí. Sabe que el salto fue mitad hidrofobia, mitad sabiduría no aprendida, ni premeditada; una sabiduría adquirida, quizás, en el código genético. Por eso es ella la que se sonroja. Sortean el tráfico y caminan junto a la verja de la Ciudad Deportiva. Ella desliza las manos por el alambre y de vez en vez se sacude de los dedos el polvillo de óxido. Él trata de alcanzar la eficiencia oratoria que ha venido preparando bajo la acuciosa mirada del Carlitos que habita en el espejo, el Carlitos que a esta hora se debe estar riendo como loco. Hay tramos de silencio, tramos de Matemática, Física, Español, tramos de playa, de fiestas, de canciones, amigos, bailes, revistas, mi familia y la tuya; hasta que llegan a la Ward. Naranja‑piña, mantecado, rizado de chocolate y cola. A ella no le gusta mucho, pero, bueno, está bien, si tú quieres. Un jimaguas. Y la naranja‑piña se reduce a un paladeo frutal y lejano, más que a la introducción para: Piña, naranja, y tú que pareces una fruta madura, ¿a qué sabes?, a todas las frutas juntas o mejor quizás, así debe saber una muchacha como tú, y ella sonrojada, tú eres tremendo, Carlitos, tú sí eres tremenda, y con lo que me gustan a mí las frutas, sobre todo las frutas que saben a todas las frutas y… Pero eso es lo que le dirá varias horas más tarde el Carlitos del espejo. No lo que fue, sino lo que pudo y no fue. Y ahora, a la salida de la Ward: ¿Quieres ir hasta el parque? ¿Cuál? El del pescado. ¿Tan lejos? No es tanto, chica. Mira: yo tengo que llegar temprano. Rápido. Rápido. Está bien, pero… Y caminan sobre las salpicaduras de luz y sombra, bajo los árboles que se interponen entre ellos y el cielo. Escogen el penúltimo banco, junto a la pequeña celda, de cara a los yerbazales indomados que se yerguen, más allá de la cerca, altaneros frente al césped domesticado. Tres minutos de conversación más tarde, Carlitos agota los temas que no le interesa tratar, y su lengua se niega a fabricar las palabras que sí quisiera decir, las palabras que Adita espera sin atreverse a provocarlas, y sin saber cómo. Carlitos se caga cien mil veces en Carlitos y, entre desesperado y náufrago en el océano de su incertidumbre, toma bruscamente la mano derecha de Adita entre las suyas y la aprieta fuerte, como para evitar su huida. Cierra los ojos, y se da cuenta de que ésto, más que una caricia, es una agresión. Entonces, con los ojos todavía cerrados, afloja lentamente la presión. Teme que ella diga algo, teme que la mano se le escape, como un pescado neurótico del chinchorro, como un sinsonte de la trampa, teme. Pero, aun liberada, la mano de Adita continúa allí y Carlitos siente que los dedos de ella se mueven, buscan el espacio entre los suyos, se trenzan. Cuando abre los ojos, ya las dos manos se han convertido en una mano de diez dedos, y los ojos de Adita están, más húmedos que nunca, muy fijos en los suyos. Caminan de regreso con las manos tomadas. Ensayan las caricias más torpes, las más inolvidables por eso mismo. Hablan de todo lo que saben y de lo que no saben, porque ya la lengua de Carlitos se ha recuperado de su parálisis momentánea, y defiende con fervor la música de Wamb, el heavy metal, los conciertos de rock del Ferretero, que él va a cada rato con su hermano; mientras Adita defiende con fervor a Roberto Carlos, las telenovelas y a José José. Qué va. Yo a ese José José sí que no lo resisto. Pues mira, que a mí sí… Pero ahora es distinto. Tú estás conmigo y en el Ferretero… ¿Qué? Que eso de oír a José José es una cheada y estando conmigo… Pues mira, fácil, yo soy una chea. Así que no estoy más contigo y ya. Y Adita echa a correr. Salta la calle hasta la fuente. Y de nuevo Carlitos se caga cien mil veces en Carlitos, pero ya está más entrenado y lo hace rápido, lo suficiente para alcanzarla casi de inmediato. Oye, chica, espérate. No seas boba. Sí. Soy boba por salir contigo y chea porque quiero. Oye, yo… Pero ella cruza casi sin mirar hasta la desembocadura de la Avenida 26. Justo antes de alcanzar la acera, Carlitos la retiene por un brazo. Mira, Adita, no seas boba. Suéltame. Si te suelto, te vas. ¿Y a tí que más te da, si yo soy una chea? Perdóname. No. Perdóname, chica. Oye a José José, y a Los Papines y a la orquesta sinfónica si tú quieres. Y a Roberto Carlos. También. ¿Y tú no decías que…? No. No importa. Yo te quiero así mismo (al fin me salió, coño). Entonces Carlitos la abraza, le toma el rostro y lo levanta hasta el suyo. Los labios de ella, cerrados, se unen por un momento a los de él, que trata de entreabrirlos como le dijo su hermano. Pero los de ella sólo se apoyan, contraídos. Y los senos pequeños titilan contra su pecho, y los muslos se apoyan en los muslos, y la piernas tiemblan, porque en ellas se refugian las precauciones que fueron desalojadas de la cabeza, el miedo que fue desahuciado del corazón. Y los pies de ambos, muy juntos, descansan sobre los restos de Tingo, que se diluyen en el asfalto, ahora que su recuerdo comienza a engrosar los neblinosos anales del olvido.





Corolario (del libro Habanecer, 1992)

1 02 1990

Portada Habanecer 186

Hasta esta hora de este viernes 28 de agosto de 1987, la ciudad ha respirado 2.425.634 m3 de aire, sus 1.384 columpios se han  mecido 622.800 veces; en los 96 cines, 144.000,5 pares de ojos pastaron besos, asesinatos y chistes en colores y cinemascope; 39.000 pares de nalgas erosionaron, en los 134 parques, los bancos de madera y granito; se escucharon 1.234.000 canciones; acaban de nacer 83 niños, que esperan alcanzar 73 años y medio y que ocuparán el espacio, cada vez más exiguo, que dejaron los 45 muertos velados, llorados, enterrados y mañana olvidados, de este día; la ciudad gastó  6.889.218 pesos, se comió 120.500 pollos, 164.000 docenas de huevos, y bebió 1.956.432 litros de agua.  Como consecuencia,  al Caribe fueron a dar 1.854.973 litros de orines y  326,95  toneladas  de mierda. 4.300.000  pasajeros  sufrieron  las inclemencias del transporte urbano y 383.920 afortunados capturaron un taxi. Hasta esta hora de este viernes 28 de agosto de 1987, la ciudad de San Cristóbal  de La Habana hizo el amor 157.437 veces.

 





Idea (del libro Habanecer, 1992)

1 02 1990

Portada Habanecer 186

La camilla sorteó felizmente largos corredores, cardúmenes de pacientes e impacientes, enfermeras, cirujanos distraídos y la mirada aún transparente de un niño en el cunero.

La cabeza rapada del hombre descansa ahora sobre la mesa de operaciones y alguien se ocupa de pintarla con agua mentiolada. El estudiante aprovecha la acción plástica para revisar los antecedentes del caso: comenzó varios meses atrás con trastornos de conducta, pérdidas momentáneas de conciencia y cefalea.

Eso quiere decir, aunque no aparezca en la hoja clínica, que Efren Blanco fue, hasta un día más o menos bien determinado de hace cinco meses, un trabajador disciplinado, laborioso, indiferente, amante de las tradiciones heredables y codificadas por ello en su subconsciente desde la más tierna infancia. Efren Blanco  ha sido (hasta la aparición de los síntomas) un ejecutor. No un preguntante o un decididor. Lo suyo nunca fue dudar o decidir. Fue siempre un hombre bondadoso en la medida de sus posibilidades (pero sin extremarse); afectuoso con su familia y amigos (pero sin extremarse tampoco), y extremadamente respetuoso del orden jerárquico.

Desde aquel (im)preciso día en adelante, Efren Blanco comenzó a sufrir dolores de cabeza que, de inicio, fueron atribuidos al ruido de las máquinas, aunque llevaba treinta años escuchando, sin afecciones evidentes, el canto desacompasado de esas mismas máquinas. Efren apeló a la ingestión masiva de aspirinas; hasta que le ocurrió su primer desmayo. De éste se percataron inmediatamente, porque cayó al suelo sin soltar la palanca que regulaba la velocidad de la estera mecánica. El final de la línea se superpobló de cadenas. Días más tarde, antes que Efren Blanco acudiera al médico y, por supuesto, después que lo alejaron de la palanca, el hecho se repitió. En ese momento, ya Efren padecía fuertes trastornos de conducta que lo hacían punto menos que irreconocible, incluso para su familia: comenzó a otear alrededor con miradas inquisitivas de reciente adquisición. Comenzó a preguntar todo lo que ignoraba (y no era poco). Se transformó de oidor en opinante. Empezó, incluso, a tratar de entender a sus hijos, inescrutables hasta entonces como los planes técnico‑económicos. Y, lo que es peor, empezó a dudar de algunas tradiciones instaladas, de algunas órdenes que antes acataba, bovino y neutral, con expresión de cantón suizo. Se convirtió en un ejecutor imperfecto, contaminado de dudas y decisiones propias.

Ya su mal había avanzado hasta ese extremo cuando se iniciaron las exploraciones clínicas que ahora el estudiante, en su primera operación dentro de la especialidad, repasa para tener claros los procedimientos, por si acaso el profe le pregunta:

Primero fue la placa de cráneo que sólo arrojó algunas calcificaciones.

Después, el electroencefalograma descartó la epilepsia, y la arteriografía cerebral mostró un área muy vascularizada en la supuesta zona de la lesión.

Por último, aplicaron la resonancia magnética nuclear y la tomografía axial. Ambos procedimientos revelaron la existencia de un tumor asombrosamente esférico en la región parietal.

El estudiante trata de memorizar los pasos por orden de aparición, y observa el entubado, la anestesia general endotraqueal. Después, claro profe, el procedimiento casi carpinteril (la diferencia más palmaria es la asepsia) de hacer los trépanos con el taladro (Trépanos uno, dos… ¿Trépanos se acentúa?) y seccionar la tapa del cráneo. Ya el profe puede cortar la dura madre a tijera y bisturí, y el estudiante mira lo más posible para que no se le olvide. Entonces queda al descubierto la masa encefálica, ese esferoide cuya superficie, en los libros de texto, en los medios audiovisuales y en los muertos de aprender, allá en la escuela, siempre le ha parecido la foto aérea de un delta paranoico: poblada de circunvoluciones, esos cauces por donde corren las ideas. Pero ahora el estudiante se queda entre decepcionado y estupefacto, porque bajo la dura madre se revela una superficie convexa, gris, inmaculada como una pelota de goma maciza, sólo alterada por pálidas sombras de (quizás) circunvoluciones recién nacidas, como quintas copias al papel carbón.

No sólo el estudiante. El profe, el anestesista, los asistentes y enfermeras se miran perplejos —y esa perplejidad es más significativa porque ellos sí están aburridos de fisgonear el cerebro del prójimo—. A pesar de tanta perplejidad compartida, hay que seguir, porque, lisa o no la superficie, debajo está el tumor.

El transductor ultrasónico (¿transqué, profe?) los va guiando como perro de aguas entrenado para cazar tumores. El cirujano resecciona de modo segmentario (había otra resección, pero no me acuerdo. Ah, sí, la otra), con mucho cuidado para afectar lo menos posible al paciente, hasta una profundidad de tres centímetros, donde se pone al descubierto el tumor: una esferita azul, traslúcida, de quince milímetros de diámetro. El profe y su equipo vuelven a mirarse asombrados, porque tampoco han visto un tumor de aspecto tan inofensivo. Hasta el estudiante, que jamás se ha encontrado cara a cara con un tumor en persona, se da cuenta de que los tumores no pueden ser objetos tan seráficos. O reconsidera sus valoraciones previas, o reconsidera el tumor.

El estudiante ignora lo que el narrador sí conoce —a esto le llaman el dato escondido—: que hace cinco meses, durante una reunión en la fábrica, treinta años de intuiciones y silencio archivados en el subconsciente de Efren Blanco se pusieron de acuerdo, y una idea imprevisible nació en su cerebro. Una idea sutil como ciertas brisas de agosto, equilibrada como una pirámide, precisa como un láser, sencilla como un teorema de Pitágoras. Entonces, ante el estupor de la concurrencia,  se puso de pie y dejó fluir durante algunos minutos las palabras reverdecidas que condensaban treinta años de ideas probables, de ideas nonatas, sepultadas bajo la pantanosa superficie de su indiferencia. Cuando los integrantes de la mesa presidencial salieron de su asombro, le prometieron estudiar su proposición.

Transcurrieron meses, prórrogas, dilaciones, detallados estudios, cuidadosas valoraciones, trámites a los que toda idea debe sumisión y respeto, sin una respuesta a la (sorpresiva, subversiva, intempestiva) idea. Durante ese tiempo, los trastornos en la personalidad de Efren Blanco se fueron acentuando. Entonces le recomendaron reposo y un chequeo que acaba de concluir ahora, sobre la mesa de operaciones, cuando el profe, con la punta del bisturí, roza la idea, y la idea se desprende, se eleva, antigravitacional y azul. Liberada de esa claustrofobia que hace peligrosísima cualquier idea enconada, comienza a flotar por el salón. (En casos extremos, llegan a convertirse en ideas malignas y hacen metástasis de consecuencias casi siempre fatales).

Aunque ignora de qué se trata, el estudiante persigue a saltos a la idea por todo el salón. Pero es inútil, porque las ideas tienden a la altura y no padecen de vértigo. Guiado por un instinto que hasta ese momento ignoraba, el estudiante le habla con cariño, trata de convencerla para que baje. Y la idea se deja conmover, desciende y se posa en la mano del estudiante, quien le acaricia la superficie con la yema del dedo índice.

El profe decide dar por concluida la operación y analizar esa cosa más tarde, pero la idea percibe la intención de reducirla a trofeo de laboratorio y se desprende de la mano, roza con un gesto amistoso la mejilla del estudiante y, gracias a su impunidad de idea, atraviesa el cristal de la ventana. Él la ve alejarse volando en dirección a la ciudad y la despide con un movimiento levísimo de la mano.

Absorto en su despedida, el estudiante se pierde el final de la historia, cuando el profe concluye su labor de alta costura, convencido de que la operación ha sido un éxito, que no habrá recaídas ni secuelas.





Radiografía de un salto (del libro Habanecer, 1992)

1 02 1990

Portada Habanecer 186

La última puerta de la 79 se abre con un resoplido y tú saltas, tropiezas con alguien, disculpe, disculpe, y atraviesas corriendo la Avenida 1ª, después de echar un vistazo preventivo a derecha e izquierda. Desde el momento que alcanzaste la guagua a una cuadra de la parada, desde el momento que te enganchaste al racimo de hombres colgados, supiste que sólo tenías dos posibilidades: que todos los relojes del mundo sufrieran una parálisis momentánea, o correr. Como ignoras que la primera variante es, si no probable, al menos, posible, optaste por la segunda. Mientras vuelas por el separador central de 5ª Avenida, mientras tu camisa a cuadritos, tu pantalón de caqui y tus botas van dejando atrás, como Ben Johnson a tu abuela paterna, a los corredores miramarenses y mañaneros, a los shorts Adidas, las zapatillas Mizuno y las bandas elásticas Ralley alrededor de las ideas, perdón, de las frentes, tu pelo, desmayado casi de tan lacio, va pegando saltos, aleteando en lo alto, ni que eso ayudara a cruzar la cerca peerles a las ocho en punto, a introducir la tarjeta en la ranura justo dos segundos antes que el reloj de ese temible salto hacia las ocho y un minuto. Coñó. Resuellas. Por poco. Si no corro . Y recuerdas, en un pase instantáneo de la memoria, la 79 que se te escapó justo llegando a la parada, y la otra (por fin); el olor a pasteles frescos dos minutos y medio más tarde, qué hambre, apúrate guagüita, y el cartel de CUBALSE (Cuba al Servicio del Extranjero), ─¿cuándo crearán CUBALSEC: Cuba al Servicio de los Cubanos?─ medio minuto antes de doblar a la izquierda, tres minutos antes de que el árbitro de la puntualidad disparara tus doscientos metros planos contra la raya roja que pendía sobre tu cabeza. Si no fuera porque la vieja se antojó a esa hora de que le cargara cuatro latas de agua, figúrate, mamá, se me hace tarde; cuando venga, mamá, cuando venga. ¿Y me quedo seca todo el día? Tú eres un desconsiderado. Está bien. Está bien. No se me puede olvidar más. Cuando llegue, sin cambiarme de ropa ni nada, le lleno el bidón de lavar y el de la cocina y ya. ¿Contenta, vieja? Sí, mijito, yo siempre se lo digo a Candita, que tú eres más considerado conmigo . De todas maneras, a esa hora de la tarde la cola para las duchas es del carajo, así que cargando el agua hago tiempo. Con la práctica que tengo en la cargadera de agua, eso es rápido. ¿Desde séptimo, no? Creo que sí. Once o doce años tendrías cuando el viejo te llamó con su voz de bajo: Desde hoy el asunto del agua es cosa tuya, que ya estás bien hombre para ayudar ─con la misma solemnidad que si te armara caballero─. Al principio te sentiste orgulloso de ser tan hombre ya, pero después . Mira que me jodía aquello; porque cuando el piquete salía corriendo de la secundaria para casa de Chuchito a oír la grabadora, o a coger la FM, que su padre había puesto en la azotea una antena de esas que parecen una araña pelúa, y la Super Q, la WGBS, se oían super; yo tenía que ir a cargar la cabrona agua. Sin chivichana ni nada, que de todas maneras, uno dejaba cuatro latas llenas allá abajo, y mientras subía las primeras, se las robaban con latas y todo. Una a una. O dos. Aunque había días que yo no podía con dos, y otros días, ni con mi alma. Lo mismo en el pre, cuando a Chuchito le trajeron el vídeo y todas las películas aquellas de kung‑fu y carros y jevas encueras, y todos se iban en molote para allá, mientras el bobo se quedaba cargando agua. Menos mal que a Xiomara la dejaban salir por la noche, que si no, me bota por aguador. Y cuando no era el agua eran los mandados, y cuando no . Siempre había una jodedera diferente. O la misma, pero todos los días.

Caminas hacia el traspatio, abres la puerta de la caseta, te cambias de ropa y sacas las herramientas. Después que pasó lo que pasó, tío Román me decía: ¿Tu padre no estará tan encabronado porque ahora tiene que cargar el agua? Pero no era por eso.

Sales. Cierras la caseta con candado y caminas hacia el frente, carretilla por delante, bordeando el edificio del museo. Pasas al lado de la estatua en mármol blanco de una muchacha, quién sabe si vistiéndose o desnudándose, mientras el gato de mármol blanco se lude contra sus piernas, y los saludas. Buen día, Xiomara. Buen día, Blanquita. Porque estás seguro de que es gata, aunque el escultor no se ocupó de esas minucias, y más seguro aún de que la muchacha tiene las mismas corvas que Xiomara. Conduces la carretilla por el caminito, subes el contén y te detienes al pie del flamboyán, ¿te acuerdas? Como al segundo día por poco me caigo de allá arriba. Casi nadie se podía trepar al copito, pero yo pesaba ciento veinte libras. Y como había menos peste, menos empuja empuja, y menos posibilidades de tropezarse con Frank, con Guillermo El Abacuá, con Aníbal El Gallego, con Pedro El Gordo; aunque conmigo casi nunca se metieron. Un muchachito sin comida, sin buena ropa, sin dinero. Echate pallá, comemierda. Tampoco les salí con boconerías, que por eso llevaron a tres o cuatro para allá atrás, donde nadie se metiera, y después los dejaban tirados, hechos un ripio. Yo lo vi. Sin moverme del nido. Hasta aprendí a orinar pegado al tronco, despacito, y que el orine resbalara por la corteza sin caerle a nadie arriba, que entonces sí me hubiera metido en una candela. Bueno, depende, porque había sus infelices que ya no protestaban por nada, como si la única manera de sobrevivir fuera quedarse callados. Injertados. Depende de lo que uno quiera injertar, y del tronco. Hay palos que no sirven y hay plantas que no aguantan. Depende del clima también. Guillermo y El Gallego estaban en su elemento. Pero dos o tres familias que hicieron campamento para aquella punta de la cerca, vivían, dormían, soñaban con pánico. Yo tampoco serví para injerto aquella vez.

Tus ojos descienden por el tronco sin salpicar a nadie. Qué bien ha crecido la malanga ésta. Y rápido. Mejor hago los trasplantes por la tarde, que esa es la hora buena, como decía Prieto, aquel negro viejo que hablaba con las azucenas y los gladiolos cuando nadie lo oía, el que te enseñó cuanto podía ser enseñado de todo lo que sabía, a dos leguas de la finca de tu abuelo. Mejor los colores para jardín que las plantas aromáticas, muchacho. Esas hay que sembrarlas donde alguien las huela. La jardinería no es obra de desperdicio, y las plantas de olor hasta se molestan cuando ven el despilfarro. Se les enquista el perfume y se mustian. Fíjate, para preparar esquejes o hacer trasplantes, lo más importante es el cuido, muchacho, el buen trato. No te das cuenta hasta después de muchos años, pero las plantas son suceptibles como mujeres preñadas. Si uno las cariñea un poco, se dan que es una maravilla, pero si no . Y cuando miras hacia las rocas en desorden que se amontonan más allá del camino, decides que el viejo tenía razón, porque los jardines a la inglesa son demasiado tiesos. Eso es para llanuras bien organizaditas y casas cuadradas con columnas medio clásicas de esas y paredes viejísimas de bloques sin pintar. Esos jardines se parecen a un plan de trabajo, ¿verdad, viejo? Y el viejo asiente en tu imaginación, con el sombrero ladeado y la frente, que el sol ha dividido en dos tonos de carmelita oscuro, al descubierto. A la italiana o a la francesa tampoco, que ahí hasta las plantas se ven como plásticas. Nada más que sirven para pasear mujeres de películas, tan lindas que parecen de mentira; medio amanerados que son los jardines esos. Ahí en el pedregal lo mejor es un jardín oriental, ¿verdad, viejo? Un jardín medio misterioso con parterres, setos vivos, terrazas aprovechando los desniveles, macizos y arriates que aparezcan así, como de casualidad, y las piedras saliendo del césped japonés, con lenguas de vaca y magueyes en las más grandes. Sonríes mirando la escalera flanqueada de setos vivos, un sauce llorón por allá, unos bancos de piedra y un arroyito. Pero despiertas, porque, ¿de dónde voy a sacar agua para un arroyito? Si por aquí hubiera agua, no habría pasado tanta sed, que fueron una vaso de agua o dos al día. Como la acaparaban los mandantes, figúrate. Y a veces era por no bajar, que si me movía, enseguida me volaban el puesto.

Mejor me pongo a trabajar, en vez de estar mirando el jardín en mi cabeza. Las arecas las dejo para más tarde. Mejor tuso bajito el seto, que con las lluvias ésto revienta a crecer de un día para otro. Comienzas a podar bien parejo, en dirección a la calle, y cuando te agarras a la cerca que separa el césped de la acera, para virar en redondo, es como si todos los recuerdos hubieran quedado guardados en la memoria del alambre, porque, con la nitidez del Hotel Tritón emergiendo entre los árboles, aparece aquella tarde de 1980 cuando, a la salida del pre, Chuchito, Vázquez y Adriano le soltaron sin prólogo:

─Te estábamos esperando para ir a ver el show ese que han montado en la embajada.

─¿Qué show?

─¿Tú no lees periódicos? El de la embajada del Perú, viejo. Fidel quitó los policías y se está metiendo un montón de gente.

─No puedo, tengo que cargar .

─No jodas con el agua, que lo de la embajada no tiene segunda tanda. Después le haces un cuento a la vieja. Nosotros vamos contigo, vaya.

Llegaron a 5ª y 72 a media tarde. Nadie tuvo que indicarles. Desde lejos te diste cuenta: una guagua vacía en la esquina, autos abandonados, grupos del más diverso pelaje con mochilas, maletines y jabas caminando 5ª arriba. El tráfico casi paralizado por la aglomeración de curiosos y aspirantes a la peruanización. Y la bulla. Al otro lado de la verja, cientos de manos invitando, entren, entren, gritos, maldiciones, risas, cantos. Y los de afuera: Váyanse. Más queda para los que quedamos. Y los de adentro: Comunistas. Comunistas. Y los de afuera: Comemierdas. Comemierdas. Una gorda con una carterita minúscula quería entrar pero no podía treparse a la cerca. La halaban desde adentro, pero la gorda se caía. Entonces los de adentro y los de afuera hicieron un convenio de ayuda mutua, gorda mediante, y los de afuera metieron el hombro bajo las nalgas de la gorda y a la una, a las dos y a las tres. Ya está arriba. Cuando cayó del otro lado, por poco se lleva la cerca y a dos hombres del encontronazo. Entonces la gorda se viró: Abajo el comunismo. Y desde afuera: No sea malagradecida, que los comunistas hasta la ayudaron a irse del comunismo. Una Halley‑Davison de mil c.c. frenó en seco a tu lado, el chofer se bajó, apagó la moto, extrajo la llave y te la puso en la mano: Coge, te la regalo. Allá me voy a comprar una Honda. Volvió la espalda y se zambuyó en la embajada de un salto, entre dos manos levantadas que sostenían carnés rojos ardiendo. Y tú parado en la acera, estupefacto. Oye, deja eso, que te vas a buscar un barretín. Fue en ese momento cuando te diste cuenta que la llave seguía en tu mano, y la soltaste como si te hubiera picado. Pero más te picó la proposición de Adriano:

─¿Nos metemos?

─¿Tú estás loco?

─¿Loco por qué? ¿No me digas que tú no quieres ver el mundo y comprar tu pacotilla y ?

─Deja eso.

─Ni que fuera tan fácil

─¿Tan fácil qué?

─Eso.

─¿Tú no has leído en el periódico ?

─No jodas. Si es por el periódico, allá todo el mundo pasa hambre, y después vienen como mi tía: cargados de pacotilla hasta aquí.

─Yo me quedo.

─¿Y tú ?

¿Y yo? ¿Y yo? ¿Y yo? ¿Y yo? ¿Y yo? ¿Y yo? ¿Y yo? Nunca podrás precisar todo lo que pensaste en aquel momento, mientras caminabas entre Adrián y Vázquez y mi mamá y Xiomara y las latas de agua por la tarde y la voz de mi papá y el pantalón de salir se me rompió y vamos a hacerle un zurcidito invisible porque no hay otro y los labios pulposos de Xiomara en la penumbra del Payret y la guagua de bote en bote para Santa María los domingos y la grupa de Xiomara y la cinturita de Xiomara y las manos veloces de Xiomara y el sexo apretado y caliente de Xiomara y el olor a sudor de Xiomara en una posada y mi mamá huevos fritos otra vez huevos fritos y gracias que no hay otra cosa y la maleta abierta en casa de Vázquez y pulóvers Pierre Balmain y jeans Levis y Pumas y Pierre Cardin y Chemise Lacoste y Lois y Lee y la grabadora It’s a Sony Stereo Sound y las reuniones del comité de base de la UJC y los informes de balance y las escuelas al campo y las clases y las clases y las clases, mientras cruzas la calle entre Adrián y Vázquez, y la cola para el baño y la cola para la cafetería y la cola para la bodega y la cola para el agua y la cola para la guagua y la cola para el cine y la cola para la posada y la cola para la cola de la cola y el imperialismo y el bloqueo y los principios y la moral y el diversionismo ideológico y la melena esa que tú tienes y la penetración y los pantaloncitos apretados y las desviaciones y la música americana y la CIA y el Pentágono y los apátridas y los gusanos y Cuba sí yanquis no y yanquis go home y pin pon fuera abajo gusanera y patriaomuertevenceremos y pioneros por el comunismo seremos como el Che y no hay no hay no hay no hay no hay y prohibido entrar en short y prohibido entrar en mangas cortas y prohibido pisar el césped y prohibido jugar en la calle y prohibido entrar peludo y prohibido entrar si no es empleado y prohibido entrar y prohibido salir y prohibido prohibir prohibir y mi papá queyonotecoja queyonomeentere y las películas de Bruce Lee y los videos de Michael Jackson y los casetes y los pulóvers y los pitusas y los videos, mientras permaneces como una estatua al pie de la cerca sin escuchar los gritos a tu alrededor, de un lado y otro, arriba y abajo, y la Playboy aquella y la crisis del capitalismo y la inflación y la devaluación del dólar y los carros y las casas y las películas y los rascacielos de New York y las mujeres encueras y Xiomara y el vicio y la corrupción y la delincuencia y la marihuana y mi mamá y el rock probibido queyonotecoja el agua los videos la cola la juventud los pitusas Playboy las clases las reuniones patriaomuertevenceremos el pantalón se me rompió el diversionismo los huevos fritos la crisis Xiomara las guaguas It’s a Sony la corrupción, mientras Vázquez y Adriano te tienden las manos desde arriba:

─Salta, coño, salta.

Y tú saltas.

Y te ves en el aire, sobre la frontera de la cerca, como si no hubiera sucedido en la realidad real, sino en un video que viste alguna vez en casa de Chuchito.

Continúas podando cuesta arriba, pero el alambre de la cerca ha inoculado en tí aquella tarde cuando dos tipos de catadura nada dudosa les dieron la bienvenida al Mundo Libre (así mismo dijeron, aunque aquello parecía el Mundo Preso) y Vázquez, Adriano y tú (Chuchito los mirada desde afuera) encontraron un trocito minúsculo de hierba pisoteada donde sentarse a hacer planes, los tres mosqueteros, uno para todos y todos para uno, aquí, allá y donde sea, tú verás que cuando estemos allá, tú verás que, pero esa misma noche vino el padre de Vázquez y lo miró y no dijo nada y Vázquez se levantó y sin despedirse saltó la cerca para saltar la otra cerca un mes y medio más tarde, cuando un yate vino por el Mariel en busca de toda su familia. Quedamos nosotros, dijo Adriano; no nos podemos rajar. Y aquella noche durmieron acurrucados con el espacio indispensable para apoyar las espaldas en la cerca. Tú verás cuando lleguemos allá. Tú verás.

Al día siguiente, muy temprano, apareció tu padre. Si no sales de ahí, te voy a matar. Pero tú sabías que no. Si saltabas de regreso . No te vayas a rajar como Vázquez. Si saltabas. No te vayas a rajar, coño. Oiga, deje al muchacho tranquilo, que ya tiene edad para decidir. Cállese usted y no se meta. Sale. No salgas. Sale, quesinotevoya. Ya estás adentro. No te vayas a rajar. Sale. Pero si salgo, si salgo me mata. No. A pesar de que su padre estuvo parado frente a la cerca casi veinticuatro horas. A pesar de que no bebió ni comió durante veinticuatro horas. A pesar de que su padre lo estuvo mirando durante veinticuatro horas. NO (a pesar de).

Cuando se fue, respiraste aliviado, como quien ha estado esperando en un hospital de campaña que le amputen una pierna. Despiertas de la anestesia, y la ves yaciendo, como un objeto extraño, sobre un trozo de tela blanca. Todavía no sentías dolor, ni picazón entre los dedos fantasmas del pie. O del alma, porque te habías amputado un padre.

De los días siguientes sólo recuerdas el hambre y, sobre todo, la sed que precedió a la noche, la sed que no te permitió dormir, y por eso lo viste todo desde tu nido, en la copa del flamboyán. Sucedió al pie del árbol, mientras Adriano dormía aferrado a su rama, mientras tu lengua se hinchaba en la boca como llena de arena. Al principio no te diste cuenta, pero después el ruido del forcejeo subió, mitigado por la distancia, y saliste del letargo, mitad sed mitad sueño, y los viste allá abajo, al pie del árbol: Uno de los hombres le aguantaba los brazos a la mujer y otro le mantenía abiertas las piernas. A pesar del hombre que la oprimía contra el suelo y se movía y se movía, ella, con la ropa hecha jirones, levantaba la cabeza para mirar a un tipo medio calvo que lloraba con cara de infeliz (hasta lástima daba) y se le empañaban las gafas con el lloriqueo. Lo tenían arrodillado, con una cuchilla apoyada en el cuello, y le tiraban de los pelos (levanta la cabeza, coño) para que mirara para que mirara. Y ella, con ojos como de loca o de fiera, miraba llorar a su marido y le decía maricón maricón ─sin gritar─. Entonces, el que estaba arriba de ella (y se movía y se movía) le dijo cállate, puta, cállate. Y de un puñetazo la dejó medio desmadejada sobre la hierba; pero enseguida ella se repuso y se quedó mirando fijamente hacia el copito del érbol, como si con ella no fuera. Te miró con los ojos ausentes, te miró, con los ojos vidriosos desde muy muy lejos, te miró. Y era Xiomara. Tú la viste, pero ella no te estaba mirando. Aunque sabías que no era, pero era. Sus ojos te atravesaban para perderse en algún sitio. Entonces cerraste los tuyos y esperaste durante horas a que el silencio fuera casi perfecto. Cuando volviste a abrirlos, ya ellos no estaban. Te deslizaste por las ramas, alcanzaste el tronco y fuiste resbalando hacia abajo con mucho cuidado, no fueras a pisar a alguien y se despertara, y se rompiera aquel silencio tan extraño allí donde el silencio no existía. Caminaste sin hacer ruido sobre la yerba aplastada, sorteaste los cuerpos ovillados, recostados unos a otros, los cuerpos de cabezas colgantes, los ronquidos, las frases mutiladas, evadidas de los sueños. Buscaste un sitio de la cerca donde ellos no estuvieran, porque ya habían organizado guardias para evitar las deserciones, y para evitar las intromisiones también, porque ya somos demasiados. Y salté. Como nunca volveré a saltar en mi vida, ni aunque me prometan o me persigan. Salté. El tobillo derecho se me viró al caer, pero me levanté como si rebotara y corrí hasta tropezar con un policía.

─¿A dónde va?

─¿A dónde va? ¿Quiere agua? ¿Comida?

─No.

─¿Quiere ir al baño?

─No.

─¿A dónde va?

─A mi casa.

Regresas ahora con la podadora hasta la cerca y ves la figura estrafalaria del hombre que se levanta de un banco en el separador central, se estira, mueve los ojos en dirección al Sol y lo saluda con un gesto de viejos conocidos, se sacude la ropa y cruza la calle hacia tí. Qué tipo más raro.

El hombre se para frente a la tarja de la acera y lee en voz alta:

«Aquí murió valientemente el soldado Pedro Ortiz Cabrera, mientras custodiaba la embajada del Perú el día 1ro de abril de 1980, en cumplimiento de su deber».

El Pueblo de Cuba

Basta que te mire a los ojos para desactivar cualquier precaución, cualquier prejuicio:

─Joven, ¿podría regalarme una flor para mi solapa? Por favor ─y se indica el ojal. La desnudez de ese ojal es casi obscena.

─Un momento.

Regresas con una rosa roja a medio abrir. Le cortas el tronco, las hojas, pero no las espinas, porque a lo mejor se ofende, como a los hombres no .

─Los hombres también nos pinchamos, joven. Muchas gracias. ¿Usted es el jardinero?

─Sí.

─¿Conoce a Machado?

─¿Es jardinero?

─No. Antonio Machado. El poeta.

─Creo que en la escuela .

─Si usted es jardinero, no olvide:

Érase de un jardinero

 que hizo un jardín junto al mar

 y se metió a marinero.

 

 Estaba el jardín en flor

 y el jardinero se fue

 por esos mares de Dios.

─Y muchas gracias.

Dejándote a cambio una sonrisa de uso personal, intransferible, el hombre vuelve a su banco, donde en pocos momentos aparecerán, salidos de quién sabe dónde, decenas de niños que lo conocen desde siempre.

Retornas a la poda, pero los recuerdos no son tan dóciles como la hierba, y en la 132 que tomaste a la salida de la embajada, aquel hombre vuelve a levantarse, ahuyentado por la peste que traes de allá adentro, impregnada hasta en tus pesadillas. Antes de entrar, esperas en el parque de la esquina a que tu padre salga hacia el taller. Ay mijito, yo pensé que no te volvía a ver, lo recibió su madre. ¿Tienes hambre? ¿Quieres café? ¿Te preparo un baño? Vuelves a disfrutar el agua tibia, el desayuno caliente, la sábana con olor a hervidura que hizo crujir tus sueños durante varias horas, lo que duró el sentirte, por primera y única vez, huésped de honor en tu casa; soñarte recién llegado de la alfabetización, por ejemplo, del Escambray, de Girón, de la Sierra, por ejemplo, con el tufo a sudor y cansancio y mugre de los héroes. Pero te duraron poco los sueños. El rumor ascendente y los gritos te despertaron:

─Que se vaya que se vaya ─te sacó del letargo─, que se vaya la escoria ─despegó tus párpados precintados de legañas y sueño viejo, de noches arbóreas y sed y hambre─, que se vaya que se vaya que se vaya ─un estallido frente a la puerta del cuarto. Te arrodillaste de un salto en la cama, desglosaste tu sueño de los gritos y tropezaste con los ojos tristísimos de tu madre, sentada en el butacón recostado contra la puerta, contra los golpes contra la puerta, contra los gritos─, que se vaya que se vaya la escoria que se vaya ─y no empezaste a entender hasta que viste al Piti, el flaco del cuarto seis que compartía contigo masarreales, pitenes de pelota y abracados por bolas más o menos después de un manigüiti, trepado a la reja de la ventana─ que se vaya la escoria que se vaya ─y aunque lo viste flexionar hacia atrás el brazo, no previste el huevo que vino a estrellarse contra tu hombro derecho, dejándote anonadado, lo suficiente para que el Piti flexionara de nuevo el brazo, pero no tanto como para impedirte saltar y cerrar la ventana, justo en el momento que el huevo salía despedido, para estrellarse contra la jamba y salpicarle la cara al flaco, jódete cabrón—, que se vaya la escoria que se vaya —y los golpes y tu madre llorando en el butacón contra la puerta, contra los golpes, ay mijito, perdóname, es que estoy muy nerviosa—, que se vaya la escoria que se va —grito silenciado de cuajo, como si lo cortaran con un hacha. Murmullos y sonido de pies que se alejan, de suelas contra las baldosas y un clic de llave en la cerradura, pero no puede abrir la puerta, porque está atrancada por dentro, y se escuchan tres golpes secos.

—Abre, vieja. Soy yo.

Cuando tu madre abre, descubres que las dos hojas de la puerta están garabateadas de tiza (que se vaya la escoria que se vaya), y descubres a tu padre en medio de los insultos —pierna que regresara sola, saltando calles, escaleras y pasillos, después de la amputación.

—¿Usted qué hace aquí?

—Viejo, por favor.

—Usted se calla. Y usted . Para mí es como si ya se hubiera ido. Cuando regrese, no quiero verlo. Ya yo no tengo hijo.

Y te detienes antes de volver a la poda en sentido contrario, como te detuviste aquella noche, el puño alzado e indeciso, frente a la puerta de tío Román. Como te detuviste frente a la sonrisa inmóvil, congelada, de Chuchito, de Mayda, de Luly, cuando apareciste en el pre dos días más tarde; frente a la mirada inmóvil de Xiomara.

—Qué ganas de verte, mi amor, tú no sabes. ¿Qué te pasa? Respóndeme.

Pero Xiomara ya no era Xiomara:

—¿A quién? Escucho voces pero no sé de dónde.

Xiomara te miró con los ojos ausentes, te miró, con los ojos vidriosos desde muy muy lejos, te miró. Sus ojos te atravesaban para ir a perderse en algún sitio.

—Escucho voces como de alguien que se fue —Xiomara caminando hacia la escalera— ¿A quién voy a responderle si no hay nadie? —caminando hacia la salida, entrando como un fantasma del pasado en el mediodía, disolviéndose en la luz como un fantasma que desapareció sin dejar huellas, sin acudir siquiera al mitin de esa tarde que se hizo noche. Aquella noche cuando vahaste sin rumbo por las calles, hasta el beril del día siguiente, cuando llegaste a casa de tío Román.

—¿Qué te pasó, muchacho? Habla. ¿Qué te pasó?

Pero te faltaban aún dos días de silencio descubriendo todas las grietas, desconchados y manchas de humedad en el cielo raso, antes de vestirte.

—Vengo dentro de dos horas, tía

Y caminaste hasta el comité militar:

—Mire, teniente, yo quiero presentarme de voluntario para pasar el servicio militar.

—¿No estudias?

—No. Quiero pasar

—Ya me lo dijiste. Dame tu carné militar. Nosotros te citaremos. Espera el telegrama.

Pero después del examen médico, que tuvo lugar dos días más tarde, esperaste casi un mes sin que el telegrama (Fue lo mejor que hiciste, mi sobrino) te sacara (Paciencia, eso a veces se demora) del letargo (No te preocupes por buscar trabajo, si de todas maneras ) como si cada día fuera una fotocopia del anterior (¿Por qué no te llegas por allá? A lo mejor el telegrama se extravió. Tú sabes). Y tú volviste al comité militar.

—¿Se acuerda de mí, teniente?

—Tu nombre es . Ya me acuerdo. Mira, no te voy a engañar. En el CDR nos contaron lo de la embajada. En esas circunstancias, no podemos admitirte. ¿Me copias?

Las fuerzas armadas

La defensa del país

No es que haya ninguna ley que lo prohíba

Pero yo no puedo no puedo no

¿Me copias?

—Olvídate de eso —te dijo tío Román—. En mi trabajo creo que hay una plaza de ayudante.

(Pero la comprobación del CDR).

—No te preocupes. En la empresa de Javier están dando unos cursos.

(Pero la comprobación del CDR).

—No te vuelvas loco. Espera. Dice María que por allá hay.

(Pero la comprobación del CDR).

Y al final:

—Hablé con tu padre. Está cerrero. Me da pena, pero no quiere que regresese ni hoy ni nunca. Y . Tú sabes que aquí vivimos muy estrechos, con las niñas y . ¿Por qué no te vas a lo de tu abuelo?

Por eso te fuiste a Cabaiguán, pero las yucas y los plátanos eran tan aburridos, y tu abuelo que te miraba con unos ojos transparentes de no ver. Y Prieto hablando con los gladiolos y las azucenas cuando creía que nadie lo miraba; pero tú velabas aquellas conversaciones a través de la cerca, hasta un día:

—¿Estás viendo lo que yo veo? —le preguntó el viejo Prieto a un lirio—, parece que hay un mira mira de Palmira escondido detrás de la cerca. Hombre que mira y no habla, como las flores. ¿Lo dejamos escondido o lo dejamos entrar? ¿Sí? ¿Tú crees? Bueno. Sale de ahí, muchacho, que el negro viejo ni muerde ni pica. Y las flores, menos. Ven acá. Mira a ver qué dice el crisantemo ese. A mí toda la vejez se me ha ido para las orejas. Ríete. Ríete. Aquí hace falta una risa de vez en cuando, que la risa sin dientes de los viejos parece mueca, y las flores se asustan. Ríete. Ríete.

Y el administrador del museo, que pasa en ese momento, le hace señas al chofer de la pipa: Se tostó. Míralo como se ríe solo. Porque con el viejo aprendiste a reír otra vez, con una risa más sabia, menos estridente, que no asustara a las flores; a reírte así, por el mero gusto.

Pero la risa se te acabó aquel día, cuando tu abuelo te esperaba en la talanquera de la finca: Tu padre, dijo.

Cuando llegaste a La Habana, ya tu padre no reconocía a nadie, pero te llamaba bajito, como si la voz no le pudiera salir entre los dientes apretados.

Cuarenta horas más tarde, en el cuartico, más lóbrego y estrecho después del Sol y las flores, le hiciste un tilo a la vieja, la acostaste y le pasaste despacio la mano por las sienes sudadas, hasta que se durmió. Bebiste un poco de tilo y te metiste en la boca un caramelo de limón antes de empezar a colgar tu ropa en los percheros vacíos que encontraste en el ala derecha del escaparate: el ala de tu padre.

Buscas un caramelo en el bolsillo y encuentras la carta que no tuviste tiempo de leer esta mañana, que tuviste miedo de leer en la guagua, y aquí, aquí menos, después que el administrador te dijo el día que empezaste a trabajar:

—Mira, yo te pongo a prueba. Y si das la talla, no te ocupes de lo demás. La plaza es tuya. No te preocupes por la comprobación del CDR. Para jardinero no hace falta.

Estrujas la carta entre los dedos y notas algo rígido. Te pica demasiado la curiosidad. Sacas el sobre con borde a franjas azules y rojas, lo rasgas y de entre las hojas sale una foto en colores de Adriano, casi irreconocible con el pelo ondeado y castaño muy claro, él que nunca fue rubio, apoyando la espalda en un carro blanco y larguísimo de esos de película, con el brazo derecho sobre los hombros de una rubia grande y dientona y durita ella y muy tetona, con un escote hasta aquí, y una grabadora bien Sony y descomunal en la otra mano. A lo mejor ni la rubia es tuya. Y en el reverso, con tinta negra: «Te lo dije, comemierda».

Introduces de nuevo la foto en el sobre y lo guardas en el bolsillo del pantalón. Empiezas a recoger con el rastrillo la hierba cortada y el rastrillo de tu memoria recoje recuerdos, intenciones, aspiraciones, sueños, frustraciones y miedos. Los va apilando sin orden: Erase de un jardinero, It’s a Sony, que se vaya, patriaomuertevenceremos, los huevos fritos, Adriano, los videos, la rubia, que hizo un jardín junto al mar, cuatro latas de agua, el pantalón se me rompió, los ojos vidriosos desde muy lejos, el cuido es lo primero, muchacho, que se vaya, cuando regrese, no quiero verlo, el sexo apretado y caliente de Xiomara, prohibido prohibir prohibir, el carro blanco, el bloqueo, y se metió a marinero, la Super‑Q, escucho voces como de alguien que se fue, expulsión deshonrosa de la UJC, los hombres también nos pinchamos, voluntario, yo quiero, voluntario, el diversionismo, que se vaya la escoria, Christian Dior, a lo mejor el telegrama, estaba el jardín en flor, pin pon fuera, la defensa del país, ¿me copias?, apátrida, los principios, la cola para la cola de la cola, creo que hay una plaza, un curso, gusano, los rascacielos de New York, pero la comprobación en el CDR, y el jardinero se fue, tu padre está cerrero, la raya roja, si das la talla, no te ocupes, el cuartico apuntalado, se cae, se cae, vivimos muy estrechos, con las niñas y, que se vaya, que se vaya, Pierre Balmain, me llamaba bajito, como si la voz no le saliera, pega la oreja a ver qué dice el crisantemo, por esos mares de Dios, salta, coño, salta, y saltas de nuevo, y los recuerdos, intenciones, aspiraciones, sueños, frustraciones y miedos que tu memoria ha rastrillado quedan expectantes, mientras permaneces paralizado en el aire, justo sobre la frontera de la cerca, y tu desconcierto es total, porque no sabes desde dónde ni hacia dónde has saltado, aunque de un lado y otro te esperan, te hacen señas, y sus manos, y sus gritos, aunque no sabes de dónde vienen, porque ellos no tienen rostro (sabes que tan pronto caigas, en el lugar donde caigas, les nacerán rostros que por ahora desconoces, temes) y por eso te eternizas en el aire, aunque sabes que la eternidad es una materia sumamente frágil, y a pesar de que aleteas desesperadamente, sientes que caes hacia un lado (u otro) de la cerca, y no sabes hacia cuál, porque la duda se ha adueñado de tí como una alimaña pegajosa y no puedes librarte de ella, como tampoco has podido librarte de aquel mitin de repudio, que se vaya la escoria que se vaya, después que Xiomara desapareció sin dejar huellas, tu único alivio, que no te viera dando vueltas al Obelisco de Marianao vestido de hombre sandwich, que se vaya la escoria que se vaya, con

«OJO: ANTISOCIAL Y GUSANO»

escrito por el frente y

«SOY UN HIJO DE PUTA»

en grandes letras rojas a tu espalda.

Doscientos, trescientos estudiantes gritando. Y Mayda, y Luly y Chuchito gritando: que se vaya que se vaya que se vaya la escoria que se vaya. Y te dan de pronto un golpe en la cabeza, que se vaya, y un empujón, que se vaya, no le den más, caballeros, que se vaya quesevaya quesevayalaescoriaquesevaya, diez, quince cuadras, hasta que se aburrieron y te dejaron ir, entontecido, mudo, hasta el banco de un parque donde te sentaste durante horas a mirar con los ojos ausentes, con los ojos vidriosos desde muy lejos, atravesando las burlas y los gritos, las risas y los árboles, para perderse en algún sitio, con los cartones aún colgando del cuello.

Tan bien colgados, que en siete años no has podido quitártelos.






Fragmentos de la novela Aventuras eslavas de Don Antolín del Corojo y Crónica del Nuevo Mundo según Iván El Terrible, 1989

29 07 1989

Capítulo VI

De lo que avino a un enanito de Blancanieves que se hizo comunista, con nociones de sustología y parición del aguacate, hedor y lucha de clases y la fatigada ascensión al cielo de don Antolín del Corojo, el Tabaquito huérfano, helicópteros y semáforos, con flauta y sin pasaporte, la esmerada plática del hermano Evangelio y los dedos en lata, los silbidos hacen cola y otras admirables razones de Antolín el Grande

Portada Aventuras-eslavas 176Patidifuso me quedé con aquello de irme pa Rusia. Va y mañana vienen a decirme: Antolín, lo hemos seleccionado para una excursión a la Luna. Y Antolín ahí, de lo más tranquilo; porque eso de ir a la Luna ya no tenga gracia. Pero aquello de Rusia. Que si fuera ahora en la actualidad. Mira tú. De turismo y discutido. Cualquiera va. Bueno, amarré a ponerme nervioso y se me cayó la cesta, y el desparrame de gardenias fue que ni en las novelitas de Corín Tellado. Pero me hice ahí mismo un confesionario padentro: Ven acá, Antolín, ¿qué nerviosera es la tuya, negrito? (…) Mírate a tí mismo personalmente: el guajirito Antolín, Antolín el Chiquito, Antolincito el rebijío del Corojo, y la Revolución, de grandísima que es, lo manda pa las tierras de Rusia, a viajar los países como un personaje de novela. Empecé a decirle que sí a Manolito, que si no me ataja todavía estuviera el guajiro diciendo SÍ SÍ  SÍ  SÍ . Vamos pa la casa y se lo contamos a mi vieja. Como él no había comido, cuando llegamos le dije: Vieja, caliente algo para Manolito y para mí, que venimos desfondados del cuello pabajo. Y mientras cocinaba —bueno, cocinar, cocinar, no tanto, porque un arroz con huevos fritos y boniato hervido casi no se cocina—, Manolito y yo elucubrando cómo le entrábamos a Mamá. Hasta que me decidí: hay que entrarle por el directo y como cosa hecha, antes que le dé la calambrina y la indefinición. Mamá, me voy a estudiar pa Rusia con los Jóvenes Rebeldes. Ni me quiero acordar del aspaviento y la lloradera que se armó en mi casa. Yo tengo como creencia cierta que es desde ese día que no pare el aguacate. Como que los árboles también tienen sus neurosis y con Mamá pegando alaridos allá, no digo yo el aguacate, hasta la palma real, que debe ser más asentada, se amarra a no dar palmiche para más nunca más. Entre más yo le explicaba, más se aspavientaba Mamá. Una tragedia griega, pero en el Corojo. (…)

—Ay, mi hijito, que no voy a verte más en esta vida. Mira que Consuelo se encontró antes de ayer un dedo en una lata de carne rusa. Y un dedo de negro, que allá en Rusia no hay. Dice el hermano Evangelio que es como un mundo aparte, un purgatorio, y que a la entrada tienen una cortina grandísima de hierro. Y al que pase y vea lo que hay de la cortina padentro, a ese no lo dejan vivo, para que no cuente después las atrocidades que suceden.

Y por cuenta de la gritería entra tío Néstor, que nunca estuvo ni con los batistianos ni con los rebeldes, ni con los indios ni con los caobois, pero siempre buscaba su acomodo. Pega a enterarse de las noticias y le dice a Mamá:

—Mejor lo dejas ir, mi hermana, no sea que de todas maneras te lo lleven. Fíjate que eso de las latas no es cosa comprobada y si se queda aquí a lo mejor el día menos pensado te lo movilizan para el monte y ahí te devuelven a Antolincito en una lata de madera. Y eso sí es cosa comprobada. Con un Antolín en el monte alcanza para toda la familia. Además, si esto se cae, puede que sea mejor tener bien lejos al vejigo, que los americanos se la van a arrancar a todos los comunistas, empezando por tu marido, que la Revolución le trastornó el seso.

(…)

Y a las seis menos cuarto, que no se me olvida, nos montamos en el tren lechero hasta La Habana, donde nos recogió un camión de los Jóvenes Rebeldes a la una o las dos de la madrugada.

(…)

Pensar que yo, Antolín Mena Carvajal, Antolín el Chiquito, que había ido solo a Pinar de Río dos veces y por asuntos de familia, estaba ahora en La Habana, solito solo, y en que me iba para Rusia y a montar barco y a correr el mundo como un capitán de quince años. Bueno, de dieciséis, pero eso no le hace. Y en el piensa piensa me trabó el ¡De Pie!, pero lelo como estaba fui el último en lavarme los dientes y salí atrás de todo el mundo. Aunque no era más que cruzar la calle —bueno, LA CALLE, que ahí en Carlos III los carros fu fu fu, pasaban medio volando medio corriendo—. Y yo en la acera, esperando a que acabaran de pasar cuando en ese instante, figúrate tú, todos los carros se empiezan a parar al lado mío. Y yo: ¿por qué se pararán los carros esos? Entonces viene por detrás de mí El Helicóptero y me grita: Pasa, comemierda, que tienes la roja puesta. Así estaba yo de aguajirao en aquel tiempo, que ni desayuné ni nada por andar velando a los demás para cruzar con ellos al regreso.

(…)

Ya yo estaba bastante mal de la gripe, que al final resultó pulmonía; pero no decía ni hola, porque enfermo sí no me iban a embarcar y se me caía el viaje. Primero muerto.

(…)

Yo creo que la navegadera iba todavía por frente a Matanzas, cuando me ingresaron. Ya estaba más del lado de allá que del lado de acá. Y pega los médicos rusos a halarme, hasta que me volvieron a poner de este lado. A la salida de La Habana fue cuando se me empeoró, con el llovizneo de aquella tarde y los cielos grises. Una tristeza de los elementos que era lo peor de lo peor para irse en barco. Óigame, negrito, cuando el aparato aquel pegó a moverse y despega y despega del muelle. Poquito, un poquito más, y rápido por el canal pafuera, y yo empecé a ver las calles que se iban patrás y la gente Adiós Adiós (Ay Dios, oía yo) y los pañuelos y las banderitas (…) —y éramos nosotros mismos yéndonos de la costa pafuera, hasta Rusia sin parar—; ahí me pegaron a pasar por la cabeza el capitán Nemo, Mamá, la Isla Misteriosa, Angelita, el «Titanic», Robinson Crusoe, Papá, el quimbombó de la vieja, las clases de Geografía, la cortina de hierro, un dos tres cuatro arriba los pobres del mundo, y si me muero por el camino, seguro me echan al mar como en El Corsario Negro. Ya el Morro parecía una puntilla parada, un fósforo sin caja, y La Habana ni engurruñando los ojos casi se veía. No diga usted el Corojo.

Capítulo VII

Discreto, nuevo y confuso coloquio sobre la etimología inconclusa del cha cha cha, semiótica de los malicones y sitios de perdición, higiene de los caimanes o el peligro de las importaciones, estilagas, milicianos y rock&roll, con nociones de Culosofía, Manolito el Suápiti y el sistema cubano de información o la prensa plana no tan plana, indigestión de realidad o las visiones de Iván y otros sucesos que adornan y acreditan esta grande historia.

                                                             

 

Este capítulo será confuso como las primeras impresiones, confuso como la Teoría de la Relatividad para mi abuela, los asesinatos de Agatha Christie, los trámites para una permuta, las novelas de Hermann Broch, o la solución al último teorema de Fermat —de paso, por si algún lector se aburre de este confuso capítulo, lo invito a demostrar que no hay números enteros x, y, z que satisfagan la ecuación xn+yn=zn, cuando n es un entero mayor que dos. Aunque los matemáticos le vienen dando vueltas a eso hace trescientos años, puede que usted tenga más suerte y descubra, gracias a esta novela, su talento matemático. O, en caso contrario, puede que se convenza de lo entretenida que es la literatura.

Este capítulo será tan confuso como los acontecimientos que tienen lugar en las retinas de un ruso, habituadas a recibir abedules, ranas hibernadas en los arroyos hasta la próxima primavera, troikas, distancias nevadas y otros paisajes Turgueniev, que de pronto obtienen la imagen de La Habana 1960.

(…)

Lo cierto es que los sentidos de Iván comenzaron a adentrarse en una ciudad donde los autos se movían a cien kilómetros por hora, donde el lechón asado no sabía a lechón asado (ejemplo de relatividad), gracias al fuego proporcionado por la madera olorosa de la guayaba; una ciudad donde cada fruta era un capítulo aparte en los anales de los sabores, y un coctel de frutas, el apretado resumen de un finalista desconcertado antes de la última prueba. Entonces la lengua de Iván fue sintiéndose cada vez más impotente, más abandonada. Empezó a padecer crisis de personalidad. Si las orejas son dos, y los ojos, y los brazos, ¿por qué yo tan sola y húmeda y encarcelada tras los dientes? La lengua hacía lo humanamente posible, pero por mucho que separara la piña del caimito, el mango de la fruta bomba, era incapaz de responder cuál era cuál y le ordenaba a la garganta: trágatelo y líbrame de esta carga, pachalusta, entre remordimientos y complejos de inferioridad.

Una ciudad donde en cualquier parte los acechaban altoparlantes gritando rock&roll y cha cha cha. Donde, lo que es peor, nadie sabía por qué el cha cha cha se llamaba cha cha cha. Donde, además, eso no le importaba a nadie y cualquiera sabía distinguir el cha cha cha del danzón, del danzonete prueba y vete, de la guarachita, del bolero, del son, y más aún del Concierto número uno de Chaikovski para piano y orquesta. Donde cualquiera sabía bailar cha cha cha, cantar cha cha cha y soñar cha cha cha (…) Iván comenzó a sospechar posibles etimologías en el sonido de las hojas del cocotero mecidas por los alisios tropicales, en el ronroneo de la soga que sostiene la hamaca en el cuadro La siesta, en el crepitar de los chichachacharrones de viento, el siseo de los churros al naufragar en el aceite hirviente, el almidonado crujir de un faldo dril cien con cadena de oro dieciocho, Santa Bárbara veintidós, camisetilla, tacos dos tonos y bacán de Prado y Neptuno incluido, o en el acezante quejido de una faja atenazada, como América Latina entre el subdesarrollo y las transnacionales, entre la fuerza centrípeta de la saya y la fuerza centrífuga de las nalgas.

(…)

Una ciudad bella, limpia (entonces), moderna, con Ten Cents, superoferta para las amas de casa, y niños vendiendo periódicos, oiga, señor, cómpreme la noticia, y hasta el negrito que anunciaba las últimas internacionales y domésticas cantando, bailando, haciendo cuentos de relajo y que vendía mucho más que los otros: “Oye la noticia, monina: lo de Stevenson el fuácata. No te lo pierdas. Fue a darse bombo y le dieron hasta por el bombo. Fue mucho lo que le pusieron. Un papelazo de competencia. Lo que dice la vieja mía, caballeros: el que nace pa changuí, ni aunque se pinte de cheche”. La ciudad del Tikoa Club, del Two Brother’s Bar, del Sloppy Joe’s, los Forshane Shoes y del Caballero de París obsequiando estampitas y recibiendo muy digno las limosnas, como si se tratara de meras contribuciones de aquestos sus vasallos, y la ruleta gira y gira en el Salón Rojo del Capri, hagan juego señoras y señores, el banco pierde y se ríe, el punto gana y se va, y más niños a medio la limpieza señor, el Diamante de Neptuno, y milicianos adelante, milicianos a marchar, sólo tenemos un ideal, y los night‑clubs amor, amor que falsa eres, tú me engañaste y con tu traición, ven mi corazón te llama, y el casimir erecto contra el dacrón húmedo de las damas, y el niño mami mami, cómprame ese avioncito, camina, muchacho, siempre tienes que pararte delante de la vidriera de Los Reyes Magos. Y posadas donde se fornica contra reloj. Y el ciego, por el amor de Dios, señor, la Caridad del Cobre me pidió que fuera, ella sabe lo mío, y marchando vamos hacia un ideal, y las mulatas de Tropicana impecablemente vestidas con tres estrellitas ubicadas estratégicamente en el nombre del hijo, en el epíritu y en el santo, meneando el caderamen según una órbita elíptica que ni Kepler, y cantando en son de guarachita que somos socialistas palante y palante, y los hombres a media calle girando ciento ochenta grados al paso de un apocalíptico, prodigioso y extrovertido culo, y fue entonces cuando Iván sospechó la cultura tropical del culo. El culo totémico, homenaje a ancestrales divinidades paganas. El culo como atributo de la personalidad. El culo mito, ritual, inspiración, activando la espoleta del genio poético: mami, si te pones cascabeles, eso suena mejor que la orquesta sinfónica; niña, mañana mismo voy pal oculista, porque estoy viendo doble, en esa Sierra Maestra yo me alzo cuando tú quieras. El culo unidad y lucha de contrarios. El culo intermediario, porque en Belascoaín y Zanja una reyerta con asomo de cabillas envueltas en periódicos fue zanjada por un culo talla extra que apareció, inocentemente (si puede hablarse de la inocencia de los culos) en la acera de enfrente. El culoulouloulo (con eco). El culo ambivalente y contradictorio, objeto de discordia y concordia nacional. El culo mitológico de Paulina, la del bidet. El culo de puntilla, el de manzana, el culo melocotón, el palangana (para los menos exigentes en cuestiones de estilo). El culo corazón, quizás el que de un modo más inmediato toque las fibras sentimentales del hombre. El culo socialista, por lo equitativo. El culo tímido, por lo noculo. El culo equilibrista, tan al borde de la caída siempre. El culo evocador, en fin, nostálgico, ¿te acuerdas de aquel culo? El culo resignado del viejito: niña: con lo que tú tienes y con lo que yo sé… El culo de carné y el panorámico, el culo VW y el culo Cadillac, fueron introduciendo a Iván en los misterios de la Culosofía.

(…)

Y mientras, Manolito el Suápiti voceando: “Entérense con María Cruz. Dice que a la tercera va la vencida. Ciento seis abriles y le dio pasaporte a la incultura. Ya no hay quien tupa a la ocamba. Clara como el dril cien. Vaya, Revolución, el Hoy, con las viejas más viejas y los pollos más pollos. No se lo pierda, señor. Festival de rubias en La Habana. No se preocupe, que hasta sin espejuelos se les ven los chichones en la fotografía. Vacilen el rubietaje que nos mandaron los checos. Nada de nada, que estas checas están más buenas que las otras checas, aunque no sirvan para lo mismo. Directas de Uropa, caballeros. Directas de Uropa”.

(…)

Entonces Iván empezó a reponerse de sus visiones, se dijo a sí mismo que el cambio de horario, la humedad relativa del aire, la dieta quizás. Y poco a poco empezó a comprender, a pesar de la confusión que permea toda esta historia y, por extensión, este capítulo. Un capítulo que será, como anuncié al principio, muy confuso. Tanto, que todavía no sé cómo voy a escribirlo.