Del libro Un asombro pendiente, 1994

30 11 1994

Portada Un asombro pendiente 103

S O S

 

Va el cuarto corazón que se me rompe

y tú sin saber nada.

Cierto es que se destrozan en silencio,

que no son corazones extrovertidos ni alarmistas.

Pero, por favor, presta atención.

Sólo me queda uno de repuesto.

 

 

 

Percances mitologicos

 

Hay hechos que la historia tergiversa:

por ejemplo, que Ulises se resecó

atado al mástil como una penca de tasajo;

que sus marinos viven aún y felicísimos

en la República Popular de las Sirenas,

que están por la coexistencia pacífica

y fuera de las rutas comerciales.

 

 

 

Dedos

 

Suelo contar mis dedos en los parques.

Si falta alguno, sé que anda por ahí

indicando el camino a un extraviado,

o sembrando cebollas,

o señalando incendios,

o adivinando húmedo

de dónde corre el aire.

Mi dedo vagabundo.

Si sobra, le doy una palmada

en la falange y susurro:

“Vete, muchacho, vete a buscar tu mano”.

Y él se aleja

dócilmente

en la noche.

 

 

 

Crítica literaria

 

Decidí consultar un poema, por turno,

con todos mis amigos.

Fui aplicando después sus sugerencias

en orden de aparición.

De modo que al final el poema regresó

a su concepción original, intuitiva.

Esto me ha hecho rescatar la confianza

en la fidelidad global de mis amigos.

 

 

 

Dos

 

Te debo un acto de amor

cuando no sólo parezca que la tierra tiembla,

sino que tiemble de verdad.

Te debo el momento en que una flor

pone cara de asombro.

Te debo una llamada telefónica

donde ardan las palabras y creemos,

en materia de comunicaciones,

una catástrofe nacional, irreparable.

Te debo un animal doméstico

que sea mitad delfín y madreselva,

un animal que desentierre diamantes de tu jardín

y se los coma.

Te debo el último recuerdo de un ahogado;

un aguacero en el Sahara,

una insolación en Queen Maud Land,

una nevada en Veintitrés y L.

Te debo la agonía de una libélula aplastada

contra el parabrisas.

Te debo la sombra del tiempo,

no su presencia dolorosa;

el momento justo en que toda la ciudad hace silencio

y se escucha a decenas de kilómetros

el ruido, al caer, de una moneda.

Te debo mi adolescencia, la que debí tener.

Te debo un curso sin examen final sobre el significado de la  palabra lejanía.

Te debo el vÍdeo de un sueño

y una foto, tipo carné, de la ternura.

Te debo la melancolía de un eunuco enamorado.

Te debo un elefante bonsai;

un bombillo incandescente donde nade,

al encenderlo, un pececito verde.

Te debo un dragón domesticado

por la princesa del castillo.

Te debo un amanecer detenido en los relojes

mientras hagamos el amor.

Y que la humanidad nunca descubra

esa hora de retraso.

 

 

 

Cuatro

 

Tienes un modo exquisito de abandonarme.

Lo haces con la curiosidad

de niño sorprendiendo

la desnudez de alguna prima.

Con la inocencia de quien

tomó una ruta equivocada.

Cuando regresas, reanudas el amor

como si hubieras ido un momentico al baño.

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