Volver

10 01 2009

Cuéntase que un hijo menor se aburría en su granja natal, porque vivir en el interior del país lo abrumaba, de modo que un buen día pidió:

─Padre, entregue la parte de la hacienda que corresponda a éste, su hijo, por herencia. Me voy por ahí a recorrer el mundo.

El padre le asignó lo que en pura justicia le tocaba y lo vio partir; apesadumbrado, porque lo quería bien,  a pesar de que no trabajaba  ni la cuarta parte que  su primogénito.

El muchacho se marchó al extranjero y recorrió algunos sitios antes de ir a dar al país de los sodomitas y gomorreos, que tenían muy avanzada, por entonces, la industria del entertainment. Se sumió en los placeres con nocturnidad y ensañamiento, hasta que cierto día amaneció sin un centavo. Fue entonces la hambruna, y terminó cuidando puercos en casa de otro  granjero donde hasta el pan de anteayer estaba racionado.

Llegado a este punto, se acordó de los siervos en su granja natal comiendo solomillo tres veces por semana. Lió sus bártulos y regresó a sus predios clamando:

─Padre, he pecado contra el cielo y contra tí. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo. Hazme como a uno de tus jornaleros.

El padre se le echó al cuello y lo besó. Ordenó que lo vistieran de limpio y lo calzaran, le colocó un anillo en el anular de la mano derecha y mandó a matar el becerro más grueso para festejar el regreso de su hijo menor.

─Este, mi hijo, muerto era, y ha revivido; habíale perdido, y es hallado.

Y comenzó la comilona, la fiesta, el regocijo; guateque muy mentado por años en la crónica oral.

Regresó entonces del campo el primogénito, de tierra colorada hasta los ojos, y escuchando el barullo preguntó qué era aquello. Cuando su padre salió a la puerta y le pidió que entrase, dijo con justa ira:

─He aquí tantos años que te sirvo, no habiendo traspasado jamás tu mandamiento, y no me has dado un cabrito para gozarlo con mis amigos. Mas cuando vino éste, tu hijo, que ha consumido tu hacienda con rameras, le has matado el becerro más grueso.

─Hijo ─respondió el padre─ tú siempre estás conmigo, todas mis cosas son tuyas.

─Qué lástima ser siervo de lo que soy dueño ─rezongó el primogénito mientras hacía las maletas.

 

“Volver”; en: Habaneceres, 2009

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