El Kalashnikov de Silvio Rodríguez

29 03 2026

Luis Manuel García Méndez

Desde mi infancia en los ya lejanos 60 del pasado siglo, los omnipresentes discursos de Fidel Castro y las canciones de Silvio Rodríguez formaron parte de la banda sonora de mi vida. Al primero dejé de escucharlo mucho antes de que dejara de hablar. Al segundo lo sigo escuchando, haciendo abstracción de sus declaraciones, del mismo modo que sigo admirando el Guernica del misógino Picasso, leyendo al Borges que admiraba a Pinochet, al Neruda adulador de Stalin y al Cervantes cuyas filiaciones desaparecieron en los recodos del tiempo, no su literatura.

Aquel joven rebelde llamado Silvio Rodríguez rasgaba su guitarra en 23 y 12 a la salida de la Cinemateca y escribió Resumen de noticias. El Silvio Rodríguez de hoy, en la entrevista “El mundo está dirigido por un régimen autoritario, belicista y ladrón. Y no es Cuba” (El País, 26-03-2026), recuerda que “aquella novedad no fue bien vista por algunos; tanto que a veces las canciones —y con ellas los cantores‑‑ eran interpretados como contra la Revolución, y se tejían leyendas absurdas sobre nosotros”. Y pasó el tiempo y pasó que para muchos es hoy el cantautor oficial del régimen cubano.

Desglosando el título de la entrevista, podemos coincidir en que el gobierno actual de la potencia hegemónica (que no dirige el mundo, pero manda mucho) tiene aspiraciones autoritarias, es belicista en contra de sus propias promesas y ladrón en la medida que su presidente ejerce la rapiña universal y ha hecho de la Casa Blanca Inc. un negocio familiar. Pero Silvio Rodríguez pasa por alto que él también habita en un régimen más que autoritario, dictatorial, que otorga 15 años de prisión por manifestarse; en un régimen belicista que patrocinó guerrillas armadas en medio mundo e invasiones a tierras lejanas, y que hoy emplea todos sus recursos bélicos contra su propio pueblo. Un régimen ladrón desde el primer minuto, cuando repartió como botín de guerra entre los vencedores las casas, los autos y los bienes usurpados a sus legítimos propietarios, y que ha seguido rapiñando hasta hoy, algo que Silvio Rodríguez no puede ignorar.

Cuando lo entrevisté (Silvio Rodríguez: Mi amor con el porvenir; La Gaceta de Cuba. La Habana, junio de 1989) confesaba su sueño incumplido de haber sido guerrillero en aquella época heroica. “Nunca he estado más satisfecho de mí que en aquellos años. Aunque todavía me siento capaz de ser guerrillero”. A sus 79 años, ha recibido un vale para que cualquier unidad militar le entregue un fusil con el que defender la revolución en caso de ataque norteamericano. Lo que no especifica Silvio es qué revolución va a defender. ¿La revolución de los generales y jerarcas que viven confortablemente en su propio barrio o en el antiguo Havana Yatch Club? ¿La revolución de la junta militar GAESA que se ha apropiado de la economía cubana para su propio beneficio? ¿La revolución de los Castros que ya no alardean de pureza ideológica sino de Mercedes-Benz y yates? ¿La revolución de la señora que en Coco Solo recibe cinco dólares mensuales de pensión por 40 años de trabajo, carece de analgésicos para su ciática, y cocina con leña y a oscuras un poco de arroz? ¿O la revolución idílica que Silvio, sin las carencias de Coco Solo, perpetúa en su imaginación? Cierto izquierdista nostálgico se acaba de tragar sin un reproche la milonga que le contó el presidente Díaz Canel, mientras paseaban por pasillos impecables entre plantas tropicales, sobre las solidarias cocinas de leña y otras costumbres prehistóricas que están floreciendo en el país. Pero el casoplón de Galapagar donde vive el izquierdista atento a Díaz Canel está a 7500 kilómetros de Coco Solo, mientras la casa de Silvio queda a veinte minutos. Cuando reciba su flamante Kalashnikov será consciente de qué va a defender.

En aquella entrevista de 1989, en respuesta a mi pregunta sobre la posibilidad de una honestidad menos jacobina, más tolerante con la diferencia, incluso pragmática, Silvio afirmaba: “No creo que la honestidad tenga que tener como ingrediente el extremismo, aunque pueda padecer de él. La honestidad es una de las más altas aspiraciones del espíritu exigente. (…) Por eso la honestidad es una búsqueda dolorosa en cualquier tiempo de la vida, y hallazgo para los más exigentes, para los más rigurosos de voluntad. Aun así, se puede errar siendo honesto, y se puede acertar por lo contrario. Pero no creo que esto obligatoriamente nos amolde, con los años, a una “honestidad de perfil ancho”.

Y a la honestidad apelan no pocas preguntas de la periodista Gladys Serrano en El País. El cantautor admite que es posible una intervención militar norteamericana y se refiere a una manifestación de cubanos en Miami “pidiendo que derribaran el Gobierno a la fuerza”, mediante una intervención extranjera, deduce él, obviando la capacidad subversiva de la ira local. Olvida que el actual gobierno se instauró derribando por la fuerza al anterior y que su sueño de ser guerrillero consistía en derrocar gobiernos por la fuerza. Escamotea el hecho de que el gobierno actual no se mantiene por consenso sino por la fuerza, como demostraron en 2021 (“Las fuerzas del orden debían garantizar la seguridad de los que se manifestaban”, admite Silvio, y condenó entonces la represión), y siguen demostrando cada día que se mantienen gracias a una represión que no cesa. Obvia también Silvio que desde mayo de 1960, cuando Fidel Castro pronunció su discurso “Elecciones para qué”, se anuló toda posibilidad de cambiar el gobierno democráticamente. A pesar de lo cual la oposición en Cuba apela a medios pacíficos. Silvio Rodríguez prefiere no calificar a “quienes quieren que a su propio país lo bombardeen y lo invadan”. La inmensa mayoría de los cubanos, resida donde resida, firmaría una solicitud de que su país, nuestro país, no fuese bombardeado, porque las bombas tienen la mala costumbre de no ser escrupulosamente selectivas. Pero el propio Silvio Rodríguez debería reconocer que quienes han bombardeado, invadido el país y usurpado el derecho de autodeterminación de sus habitantes son, precisamente, quienes lo gobiernan. No creo que al paso de Silvio por las calles de La Habana alguien vaya rellenando los baches como cráteres de un bombardeo persistente, pintando las fachadas y escondiendo a los ancianos famélicos que hurgan en la basura. Por tanto, si no se ha enterado de quién es el peor enemigo de los cubanos es porque no quiere.

Admite que ha sufrido censura pocas veces y casi siempre por parte de sus amigos, “para poderme defender en caso necesario”. “Pero cuando la mala fe, la estupidez o la cobardía han intentado reprimirme, no han podido. Autocensuras no he padecido”. De modo que todo lo que estamos leyendo en esta entrevista son sus propias y honradas opiniones, sin censura ni autocensura. Y cuando dice no haberse desilusionado nunca de la “revolución” ni del gobierno podemos deducir que es sincero aunque “los Gobiernos están formados por personas y cada cual en su predio hace lo que entiende o lo que cree que le beneficia personalmente”. O sea, los de abajo deben sacrificarse sin fecha de caducidad para que los del gobierno se beneficien personalmente. Yo, que vivo en una sociedad plural, cuando entiendo que mis gobernantes están legislando para su propio beneficio y no para los gobernados, no voto por ellos. Casi me olvido: en Cuba sólo puedes votar por uno o por el mismo.

Para Silvio Rodríguez “El oportunismo y el extremismo existen en todas las ideologías”. De nuevo el argumento bíblico: Quien esté libre de culpas que lance la primera piedra. Si no criticas a todo el universo, con qué derecho me criticas. “Hablan del régimen y esas palabritas que les gustan, pero regímenes tenemos todos”. De nuevo.

Aunque admite que “una juventud que ha nacido en un país empobrecido, como es el nuestro, a lo mejor no encuentra razones para creer en el país” y que “la gente la está pasando muy mal”, asume que ello se debe al “recrudecimiento del bloqueo”. Incluso cuando la periodista le pregunta por la responsabilidad del gobierno, se limita a argumentar que la apertura económica debió implementarse hace 30 años porque, y esta tesis sí resulta asombrosa “El modelo económico que dictaba el socialismo de libreta es muy idealista”. Si aceptamos que ni se autocensura ni admite la censura, deberemos concluir que Silvio Rodríguez cree que  “el socialismo de libreta” consistió en otorgarnos a todos exactamente los mismos bienes independientemente de nuestro aporte o posición social. ¿Ignora la existencia de una élite que nunca, desde el primer minuto, padeció “el socialismo de libreta”? ¿Desconoce las drásticas y cada vez mayores desigualdades en Cuba? ¿Ignora que desposeer a los cubanos de derechos políticos y económicos para conducirlo a la total dependencia fue un método de dominación total que convertía a los ciudadanos en súbditos, menores de edad sin capacidad de decidir, y que en ello nunca hubo una motivación “idealista”?

Y arriba a una conclusión que no es novedad desde que el primer homínido labró un cuchillo de obsidiana,  casi una ley de la naturaleza: “la gente produce mejor y más cuando se puede beneficiar directamente de lo que hace”. ¿No le resulta extraño entonces que Fidel Castro haya anulado la capacidad de decisión individual a favor de la obediencia?

En su descargo, argumenta ignorancia: “Yo no tengo la forma de juzgar lo que sucede allá arriba porque lo desconozco, pero conozco que en la superestructura hay diferentes formas de ver las cosas”. Hace referencia a la pugna entre ortodoxos y “abiertos, con un sentido más realista”. Pero admite la existencia de un “allá arriba” cuyos designios, como los de Dios, son inescrutables. Un allá arriba que él, estando tan cerca, no puede juzgar.

Aunque Silvio Rodríguez sabe que la yuca nunca vino de Wisconsin y que los pollos no se criaban en Kansas, desliza las culpas hacia el lugar de siempre: “Habría que ver cómo hubiéramos sido sin el bloqueo. Eso es otra utopía. No nos permitieron verlo”. Efectivamente, yo también creo que el embargo ha sido un continuado error de la política norteamericana que le hace el juego al castrismo ofreciéndole un culpable. A Silvio Rodríguez, una persona inteligente, ¿no le resulta curioso que todo amago de apertura norteamericana haya sido respondido por el gobierno cubano con una bofetada que la hiciera inviable?: el Mariel contra Carter, las avionetas derribadas contra Clinton, obligándolo a recrudecer el embargo, incluso la última Reflexión del Comandante denunciando la nueva maniobra del imperialismo: el restablecimiento por Obama de relaciones diplomáticas. Posiblemente la última oportunidad perdida.

A propósito, me gustaría parafrasear a Silvio: “Habría que ver cómo hubiéramos sido sin este gobierno durante  65 años. Con el restablecimiento de la república y la Constitución de 1940 que Fidel Castro prometió desde la Sierra Maestra. Eso es otra utopía. No nos permitieron verlo”.

Pero para él, “Cuba solo ha intentado ser un país donde todo el mundo tenga derechos, pueda ir a la universidad y a cualquier tipo de operación. Estuvimos por muchos años en un florecimiento”. Lo que me recuerda a aquel marinero cubano que pidió asilo hace muchos años en Canarias. Entrevistado por la radio, el locutor le preguntó si era falso lo de la enseñanza gratuita y la atención médica universal en Cuba, a lo que el marinero respondió que educación y medicina eran en la isla gratuitas y universales. ¿Entonces por qué pide asilo? Tras una pausa, el marinero respondió: Es que los cubanos no siempre estamos estudiando o enfermos. Y ahora a mí me queda el desconcierto de haberme perdido algo, porque en cuarenta años habitando la isla, me perdí el tal “florecimiento”.

Silvio Rodríguez dice aspirar a una Cuba en la que quepan también las voces disidentes. “Lo positivo es que la gente tenga oportunidad de expresar lo que piensa y que de la discusión y del diálogo surjan las verdades”. Pero a continuación afirma que “A los de la oposición no les deseo mal, pero no les deseo que ganen. No por mí, sino por lo que significaría para este país”. Es decir, que expresen lo que piensen siempre que piensen más o menos como yo. Y aquí se abre la elección entre la posibilidad y la certeza: no sabemos “lo que significaría para este país” un gobierno democrático y una economía de mercado para todos, no para cierta élite. Pero sí tenemos la certeza de lo que ha significado para el país el castrismo y sus epílogos.

“Me niego a pensar que el futuro va a ser uno de falta de sentimientos humanos. Si eso fuera así, la vida es un fracaso. Y no creo que lo sea”, concluye Silvio Rodríguez, como si los sentimientos humanos fueran patrimonio exclusivo de una mal llamada “izquierda” que en Cuba, en la Unión Soviética, en China o Corea del Norte nunca ha establecido un proyecto humanista, sino un proyecto hegemónico de dominación, en primer lugar, de sus propios pueblos.

Por el contrario que Pablo Milanés, quien aceptó, no sin dolor, que sus ilusiones juveniles habían sido pervertidas, este Silvio Rodríguez Senior, presuntamente honesto e inmune a la censura y la autocensura, ha terminado asesinando al Silvio Rodríguez Junior de Resumen de noticias al cobijarse del aguacero de realidad bajo el paraguas de sus utopías. Sé que resulta muy difícil admitir que te han trucado sesenta años de tu vida. En 1985, mi padre apagaba la tele para no ver a Fidel Castro criticando la revolución. Silvio Rodríguez también podría apagar la tele y cobijarse en el silencio; o recoger su Kalashnikov y, al frente del Batallón de la Tercera Edad, enfrentarse a la 82 División Aerotransportada; o enfrentarse sin miedo al Resumen de las Nuevas Noticias.





Aniversario de una derrota

28 12 2008

El uno de enero de 1959, en el Parque Céspedes de Santiago de Cuba, el doctor Fidel Castro Ruz pronunció el primero de los miles de discursos con que abrumaría a la audiencia durante el próximo medio siglo. Anunció que se devolverían al pueblo “las garantías, y la absoluta libertad de prensa y todos los derechos individuales”, que “la economía del país se restablecerá inmediatamente”. Se impondría el “respeto al derecho y a los pensamientos de los demás”. “No es el poder en sí lo que a nosotros nos interesa, sino que la Revolución cumpla su destino”.

Si nos atenemos a sus palabras el 16 de octubre de 1953, durante su alegato en el juicio por el asalto al cuartel Moncada, ese destino sería recuperar “un país libre que nos legaron nuestros padres”, una República que “tenía su constitución, sus leyes, sus libertades; presidente, congreso, tribunales; todo el mundo podía reunirse, asociarse, hablar y escribir con entera libertad. El Gobierno no satisfacía al pueblo pero el pueblo podía cambiarlo (…) Existía una opinión pública respetada y acatada (…) partidos políticos”. De modo que la primera ley de la nueva Revolución proclamaría “la Constitución de 1940 como la verdadera ley suprema del Estado”. Además, “junto con la conquista de las libertades públicas y la democracia política” (no a costa de ellas) la Revolución se proponía resolver los problemas de la tenencia de la tierra, de la vivienda, la educación y la salud del pueblo, eliminar el desempleo e industrializar el país.

Medio siglo después, en Cuba existe un solo partido, propietario de todos los medios de comunicación y de la única ideología. Cualquier oposición pacífica o discurso alternativo está penado por la ley con sentencias abrumadoras —1.450 años de prisión fueron repartidos entre 75 disidentes y periodistas en la primavera de 2003—. En 1953, Fidel Castro fue condenado a quince años de prisión, de los cuales cumplió 22 meses, uno por cada soldado muerto en el asalto al cuartel Moncada. Cuba, con 487 presos por 100 mil habitantes, ocupa hoy el primer puesto en Latinoamérica y el sexto del mundo. La Cuba que iba a desterrar de la república el odio “como una sombra maldita”, dispone, proporcionalmente, de uno de los mayores ejércitos del mundo y ha construido sobre el “odio al imperialismo yanqui” y a los “traidores y enemigos de la patria”, es decir, a todo el que disienta, una política de subversión armada en América Latina, guerras africanas y represión interna. Satanizó al exilio y cortó los lazos de sangre con padres, hijos y hermanos. El saldo: decenas de miles de cubanos muertos en cárceles, ejecuciones, conflictos fratricidas, huidas desesperadas y guerras distantes.

Durante este medio siglo los problemas de educación y salud han sido, en lo esencial, resueltos. El sistema de salud se extiende por el país y presta asistencia a toda la población, independientemente de sus ingresos. Aunque hoy el estado de las instalaciones médicas es deplorable, y es crónica la falta de medicamentos y de profesionales capacitados, que son masivamente exportados a cumplir misiones por cuenta del Estado.

La educación es universal, masiva y obligatoria hasta noveno grado, gracias a lo cual Cuba tiene un nivel educacional promedio de doce grados, y más del 18 % de la población económicamente activa, unos 800.000, son profesionales —más de la mitad, mujeres, gracias a su incorporación a la vida social y laboral—. Cifra que disminuye por el éxodo, la migración de profesionales hacia áreas laborales con acceso al dólar y por un marcado descenso en el ingreso a las universidades. De acuerdo con la promesa de Fidel Castro a los maestros en 1953, hoy tendrían que recibir cada mes lo que se les paga en un año. Por esa razón existe una carencia dramática de profesores y maestros: 8.576 sólo en La Habana.

Gracias a la ley de Reforma Agraria, miles de campesinos recibieron las tierras que trabajaban y el Estado se apropió de las restantes para convertirse en el mayor terrateniente de la historia. En 1953, Castro estimaba que “Cuba podría albergar espléndidamente una población tres veces mayor (…) Lo inconcebible es que haya hombres que se acuesten con hambre mientras quede una pulgada de tierra sin sembrar”. Hoy, Cuba mantiene sin cultivar la mitad de sus tierras útiles y gasta 2.500 millones de dólares (2008) en importar, principalmente de Estados Unidos, más del 80% de los alimentos que consume.

A inicios de 2008, tras 49 años de monopolio estatal inmobiliario y del sector constructivo, el déficit era de 500.000 viviendas, duplicado tras el paso de los recientes huracanes. La cuarta parte de los cubanos habita en viviendas precarias o albergues temporales.

La dependencia de la Unión Soviética acentuó el carácter del país como monoproductor de azúcar y níquel. Hoy, el 80% de la industria azucarera ha sido desmantelado, las tecnologías soviéticas son obsoletas y energéticamente ineficaces; a los decenios de atraso tecnológico —el acceso a Internet es menor que en Nicaragua, Bolivia y Haití— se suma el déficit en infraestructuras (la única carretera que recorre todo el país data de 1933). Se ha perdido el tejido productivo de pequeñas y medianas industrias que surtían al mercado nacional y la deuda externa asciende a 40.000 millones de dólares.

El gobierno cubano suele culpar de ello al embargo norteamericano que, según sus datos, ha costado al país 90.000 millones de dólares. La subvención soviética a cambio de alineación política ascendió a 198.000 millones de dólares en treinta años, más 20.000 millones de deuda impagada. Es obvio que el diferendo con Norteamérica fue un suculento negocio y, de paso, sustentó la mitología de David frente a Goliat, que aún perdura en la izquierda nostálgica.

Una de las primeras industrias del país, el turismo, aportó 1.982,2 millones brutos en 2007, mientras las remesas del exilio ascendieron a 1.000 millones netos —la exportación de carne humana es el único sector próspero de la economía castrista—. El país de inmigrantes (un millón y medio en la primera mitad del siglo XX), emitió dos millones de emigrantes en la segunda mitad. Tres veces más que aquellos “seiscientos mil cubanos”, a los que se refería Fidel Castro en 1953, “que están deseando ganarse el pan honradamente sin tener que emigrar de su patria en busca de sustento”. Otras 900.000 personas aspiran al exilio, en su mayoría mujeres y hombres blancos de entre 25 y 35 años, el 12% titulados superiores. Sin contar las 150.000 solicitudes de ciudadanía española que se prevén tras la aplicación de la Ley de Memoria histórica, gracias a la cual medio millón de cubanos podría mudarse a España. Y esto provoca un curioso “daño colateral”. Al ser mayoritariamente blanca la emigración, también lo son los receptores de las remesas en la Isla: US$81 anuales por cubano blanco, en contraste con los US$31 que recibe un negro.

La Revolución de 1959 anuló por decreto la discriminación racial pero la presencia de los negros es minoritaria en las universidades y abrumadora en cárceles y barrios marginales. Mientras Estados Unidos (con 12,1% de población afroamericana) estrena presidente negro, en las altas instancias del Gobierno cubano (país con 62% de negros y mestizos) la presencia negra es ornamental (4 de los 21 miembros del Buró Político; 2 de los 39 miembros del Consejo de Ministros).

Gracias al éxodo de jóvenes, los 77 años de esperanza de vida al nacer, la tasa anual de crecimiento, -0,2 (que en 2020 bajará a -0,3), y los 50 abortos por cada 100 partos, el país presenta un acusado envejecimiento, pero sin la inmigración compensatoria que en el primer mundo garantiza el sistema de pensiones.

La Cuba del día después heredará un país devastado cuya economía pasó en medio siglo de la cabeza a la cola de América Latina, del superávit al déficit, de acreedor a deudor, de conceder ayuda humanitaria, a recibirla. Un país donde la retribución no es medida del esfuerzo, las prostitutas multiplican el salario de los médicos, y los ingenieros sueñan ser camareros para agenciarse unos dólares; un país condenado a la picaresca de la supervivencia o a la huida. Heredará, también, junto a la conciencia de los derechos sociales, la escasa conciencia de los derechos individuales y de su papel como ciudadanos, de modo que la sociedad civil tendrá que reinventarse. Tres generaciones de cubanos han alcanzado la edad adulta amaestrados por una sociedad donde la subsistencia es el pago a la obediencia.

Pero también heredará una población instruida y capaz, laboriosa, emprendedora, como lo demuestran dos millones de exiliados que han universalizado su identidad, fraguando una especie de nacionalismo pos nacional: un exilio de escritores, artistas, profesionales y empresarios que el día de mañana pueden ser un apoyo y una fuente de capital. Los esfuerzos del castrismo para satanizar a ese exilio han sido inútiles. Al cabo, la sangre ha triunfado sobre el discurso. Y a ello no es ajena la permanente renovación del exilio. Un puente tejido con millones de nudos familiares puede prefigurar los puentes de mañana.

Aquel primero de enero, en Santiago de Cuba, Castro denunció que el dictador Fulgencio Batista había “arruinado al país” con su “repugnante politiquería, inventando fórmulas y más fórmulas de perpetuarse en el poder”. Y que los niños “habrán oído diez millones de discursos, y morirán al fin de miseria y decepción”. Hoy, tras oír “diez millones de discursos”, la inmensa mayoría de la población cifra sus esperanzas en una transición tras la muerte de Castro, quien también aseguró entonces que él era “inmune a las ambiciones y a la vanidad” y que “el poder no me interesa, ni pienso ocuparlo”.

Hoy celebramos sus 50 años en el poder. Y como él afirmara ese mismo día que “nunca se podrá llamar triunfo a lo que se obtenga con doblez y engaño”, no celebramos medio siglo del triunfo de la Revolución, sino de su derrota.

 

“Sueño roto” / “Somni Trencat”; en: Dominical, n.º 328, Madrid, Barcelona, 28 de diciembre, 2008, pp. 43-47.