Día 32

11 10 2013

  (11 de octubre, 2013)

Palas de Rei – Arzúa: 29,52 km

A Roncesvalles: 719,71 km

A Santiago de Compostela: 41,10 km

Después de desayunar, abandono el albergue a las siete y quince de la mañana. El termómetro de una farmacia baja de los diez grados. Hoy es jornada larga, con subidas y bajadas no demasiado pronunciadas. A la salida del pueblo, coincido con un peregrino francés de Marsella que, según me cuenta, empezó en Roncesvalles con su esposa. Pero hoy ella decidió peregrinar en autobús, y él camina a su ritmo. No sabe inglés, y está aprendiendo español (primer curso, supongo) de modo que nos entendemos como dos extraterrestres de diferentes planetas. Y pregunta los nombres en castellano de plantas, aves, amaneceres, etc. Esto tiene que ser una señal de que mi destino es como profesor de Español para extranjeros. De todos modos, falta hora y media para el amanecer, y cuatro ojos y dos linternas ven más que dos ojos (miopes).

Nos alcanza un norteamericano que me pregunta directamente si soy cubano. Su abuelo era cubano y emigró en los años 20. Antes de continuar a toda velocidad, me cuenta que es capellán de la prisión de Phoenix, Arizona. Eso explica su velocidad. En caso de necesidad puede salir pitando más rápido que los reclusos.

Entre prados y bosques llego a Leboreiro, donde está la iglesia románica de Santa María, de una nave, con ábside circular, techo de madera y una hermosa figura de la virgen en la portada. Enfrente está la fachada del antiguo hospicio de peregrinos del siglo XII. Y a las puertas de la iglesia, un cabeceiro: un gran canasto circular de palos entrelazados, cubierto con una techumbre cónica de paja y apoyado en una base de piedra. Antecesor del hórreo, se empleaba para conservar el maíz.

Más adelante se cruza en mi camino un personaje singular: como salido de una ilustración de algún manuscrito medieval, aparece un joven con sandalias, sombrero de ala recogida, barba hasta la mitad del pecho, melena hirsuta y sayal marrón de monje. En lugar del morral vacío, va arrastrando un carrito donde trae sus bártulos. Un perro con cara de aburrido lo acompaña. Es el logotipo del peregrino clásico, el que intentan reproducir con escasa fortuna la mitad de los escultores municipales del camino. Viene de ver al apóstol, porque va en dirección contraria.

Entro más tarde a Furelos por un bello puente de piedra, y de ahí a Melide, de unos 5.000 habitantes, y con un tráfico intenso. Casi todo el camino va paralelo a la carretera, cuando no coincide con ella, pero resulta agradable atravesar huertas y, a partir de Santa María de Melide, extensos bosques donde buena parte del camino discurre bajo el túnel formado por las ramas de los árboles que se entrelazan en lo alto.

Ascensos y descensos a veces pronunciados jalonan toda la ruta, hasta concluir, en la llegada a Arzúa, con una pendiente que sube casi doscientos metros en menos de tres kilómetros.

De la profusión de peregrinos en Roncesvalles, Logroño, León y Burgos, he pasado a una despoblación notable del camino. No sé dónde han ido a dar los colegas, pero lo cierto es que con frecuencia camino una hora o más sin ver a nadie. Por suerte, el camino está perfectamente señalizado.

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A partir de Castañeda y, sobre todo, de Ribadiso de Baixo, el paisaje se abre y puedo ver los montes cultivados hasta cerca de la cima, sitio reservado a bosques como penachos que adornaran el cenit de las lomas. Semejante a esos cortes de cabello que suelen usar los jóvenes raperos: un bonete de pelo que se yergue en una cabeza casi rasurada. Es el mismo tipo de convivencia entre agricultura y naturaleza que he visto en Suiza. La suizificación gallega.

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Una boina de bosque

Justo en Ribadiso, cuando Arzúa dista apenas tres kilómetros, ocurre un milagro: al doblar un recodo, aparecen decenas de caminantes, como si un manantial de peregrinos manara de las peñas. Adolescentes pelirrojos escuchando sus iphones, señoras ataviadas de picnic dominical que se toman fotos con báculo y paisaje, un norteamericano de impecable atuendo y su hija de nueve o diez años con su bastoncito a medida. Todos con sus vieiras y sus mochilitas de colores surtidos. En contraste, los demás parecemos bastos seres salidos de los bosques con pesadas mochilas, camisetas resudadas y el polvo de media España en las botas. En el pret a porter del apóstol no ganaremos ni un premio de consolación.

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Por fin arribo a Arzúa, de la que tengo buenos recuerdos. Aquí estuve hace tres años, en Casa Lucas, una bella casa rural a ocho kilómetros del pueblo. Quería visitar Santiso y Cercio, donde nacieron mis abuelos.

Una vez duchado y comido (un chuletón de ternera gallega que jamás olvidaré, aunque no haya conocido personalmente a la vaca), llamo a Casa Lucas para saludar a los dueños, que insisten en venir a buscarme para que pase la tarde con ellos. Una velada estupenda, diferente, en un sitio donde la naturaleza se ha prodigado generosa, y con personas entrañables.

Me cuentan que una agencia organiza tours de peregrinos, sobre todo norteamericanos. En un autobús los dejan en un punto, provistos de pequeñas mochilas y merienda. Cada cinco kilómetros comprueban que estén bien y curan sus ampollas si fuera necesario. A los quince kilómetros los llevan a cenar y dormir en una casa rural, y a la mañana siguiente continúan donde lo dejaron. Nada queda al azar.

Mañana tengo una larga jornada. Pasaré de Pedrouzo y llegaré a Monte do Gozo, a cinco kilómetros de Santiago. Treinta y seis kilómetros que confío recorrer en ocho horas. De modo que el domingo entraré en la ciudad antes de las diez de la mañana.

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2 responses

14 10 2013
Esther Garcia

En verdad eres genial y muy decidido, me gustaría mucho saber como terminas esta caminata, aunque te quedan tan solo 35 km para lograr tu objetivo.
De todo corazón te felicito y solo necesito termines de publicar en este blog los días que te faltan.
Con respeto y admiración Esther García

15 10 2013
Lidia Doweyko

Leí con mucho gusto que esperaba entrar a la ciudad en Domingo. Como ya hoy es lunes pues le felicito por haber terminado este viaje de camino. Me ha gustado mucho sus narrativos del camino que pintaron un paisaje de la naturaleza combinada con la humanidad muy espectacular. Gracias Luis.

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