Un movilizador de conciencias. Oswaldo Payá y su cátedra de la libertad y los derechos

24 07 2012

«La Cátedra de la libertad y de los derechos humanos,

la fuente de la virtudes cívicas y la base del gran edificio de nuestra felicidad»

Félix Varela

 

Acaba de morir en Bayamo, al este de Cuba, Oswaldo Payá, coordinador del Movimiento Cristiano Liberación (MCL), premio Sájarov del Parlamento Europeo a los Derechos Humanos y la Libertad de Pensamiento, dos veces nominado para el premio Nobel de la paz, y creador de una de las iniciativas más conocidas del movimiento disidente cubano: el Proyecto Varela. Con él viajaba Harold Cepero Escalante, activista del MCL y nativo de Ciego de Ávila, quien también falleció. En el vehículo había, además, dos pasajeros que sufrieron heridas leves: Ángel Carromero, consejero técnico de la Junta de Moratalaz, distrito de Madrid, y Aron Modig, presidente de la Liga de la Juventud Demócrata Cristiana Sueca (KDU)  asociada a la Democracia Cristiana.

Según el diario Granma, “Un lamentable accidente de tránsito en el que fallecieron dos personas y dos resultaron heridas, se produjo este domingo 22 de julio a las 13:50 horas en la localidad conocida como La Gavina, a 22 km de la ciudad de Bayamo, provincia de Granma. (…) Según testigos presenciales, el hecho ocurrió cuando el conductor de un auto turístico rentado, perdió el control y se impactó contra un árbol”. La nota consigna el nombre de los fallecidos, pero omite su condición de disidentes.

En cambio, la hija de Oswaldo Payá, Rosa María, ha declarado hoy en la web del opositor que “Las informaciones que nos llegaron de los muchachos que iban en el carro con él es que había otro auto intentando sacarlos de la carretera y que los embistieron en todo momento. Así que pensamos que esto no fue un accidente, que les querían hacer daño y terminaron matando a mi padre”.

Iroel Sánchez, tan diligente como de costumbre (http://lapupilainsomne.wordpress.com/2012/07/23/quienes-son-los-extranjeros-accidentados-en-cuba/), se apresura a desacreditar, con carácter preventivo, a los acompañantes de los fallecidos, para minar de antemano su credibilidad en caso de que éstos hagan declaraciones que contradigan la versión oficial. De Ángel Carromero dice que mientras aplaude los recortes que el Partido Popular impone en España, hace en Cuba “turismo injerencista”. Y a Aron Modig lo califica como el defensor de que se instaure en Suecia un equivalente del Tea Party.

Se trate de un accidente, de un intento de intimidación que se “extralimitó” en sus objetivos, o de un verdadero asesinato, algo que sólo podrían esclarecer los supervivientes, lo cierto es que en el Comité Central la sensación será de alivio por haberse librado de una incómoda y pertinaz piedra en el zapato. Y se felicitarán de que en el accidente hayan muerto, justamente, los más incómodos, mientras los dos extranjeros sólo han recibido heridas leves, lo cual despeja el horizonte de incómodas reacciones internacionales.

Oswaldo Payá abogaba por un cambio pacífico y desde dentro.  “Porque si el cambio es violento, el gobierno que venga será un gobierno de fuerza y si esperamos que el cambio llegue desde afuera, entonces el pueblo no será protagonista del cambio”. Fue el promotor del único proyecto que ha hecho uso de uno de los escasísimos resquicios que ofrece la primera ley de la República para manifestar legalmente el descontento popular.

El Artículo  86 de la Constitución de la República de Cuba, en su inciso G, asegura que la iniciativa de las leyes compete a los ciudadanos. En este caso será requisito indispensable que ejerciten la iniciativa 10.000 ciudadanos, por lo menos, que tengan condición de electores. Basándose en este derecho, el MCL de Oswaldo Payá consiguió y entregó a la Asamblea Nacional del Poder Popular 11.000 firmas de ciudadanos con derecho al voto apoyando un referéndum para llevar a consulta popular cinco puntos esenciales:

•Derecho a asociarse libremente

•Derecho a la libertad de expresión y de prensa

•Amnistía

•Derechos de los cubanos a formar empresas

•Una nueva ley electoral.

Cada firmante sabía que su acto de soberanía podía acarrearle la pérdida del empleo, de sus estudios universitarios e incluso de su libertad (cosa que le sucedió a más de cuarenta activistas del MCL durante la “Primavera Negra” de 2004), y que desde entonces sería hostigado y marginado. Sólo por ello, no es arriesgado afirmar que cada una de esas firmas equivale a miles de firmas. Si consideramos que los promotores del proyecto no dispusieron de ningún medio de difusión, y que antes de que el ex presidente norteamericano Jimmy Carter lo mencionara públicamente, la frase “Proyecto Varela” no significaba nada para la inmensa mayoría de los cubanos, cabría preguntarse cuántos millones de firmantes potenciales no existirán en la Isla.

En cualquier país del mundo, esto sería un trámite normal. En Cuba, a pesar de ser constitucional, la recogida de firmas tuvo que superar serios obstáculos. Y una vez entregadas, la reacción del gobierno fue tan desproporcionada como su miedo. Una “Propuesta de Modificación Constitucional” según la cual «El régimen económico, político y social consagrado en la Constitución es intocable». Una caricatura de referendo que otorgó a los cubanos el “derecho obligatorio” a decidir entre el socialismo irrevocable y el socialismo irrevocable. Este simulacro ha sido una de las más ridículas pataletas de Fidel Castro en medio siglo, y la mayor evidencia de su miedo al pueblo en cuyo nombre pretendía gobernar.

Como bien dijo O’Brien a Winston en la novela 1984, de George Orwell,  “el Partido quiere tener el poder por amor al poder mismo. No nos interesa el bienestar de los demás; sólo nos interesa el poder (…) Sabemos que nadie se apodera del mando con la intención de dejarlo. El poder no es un medio, sino un fin en si mismo. No se establece una dictadura para salvaguardar una revolución, se hace la revolución para establecer una dictadura”.

El hecho de que 11.000 cubanos se hubiesen atrevido a desafiar al régimen, merecía la movilización de todo el país para aplastarlos, sin importar el grado de coacción, o  los recursos necesarios; ni siquiera la credibilidad de los resultados. Más importante que la unanimidad es la apariencia de unanimidad. Que el peso de la muchedumbre desanime a los próximos 11.000, o 20.000 o 50.000 que se atrevan a retar al poder absoluto.  Crear en el súbdito la noción de que nada de lo que haga lo convertirá en ciudadano, nada de lo que opine o piense cambiará el statu quo, y que sólo tiene tres alternativas: el aplauso, el silencio o el exilio.

Según datos de las autoridades cubanas, 9.664.685 ciudadanos apostaron “espontáneamente” por el castrismo perpetuo. Y uno de los mejores indicios del pánico que desató el MCL de Oswaldo Payá con su proyecto Varela fue el hecho de que, por primera vez en más de cuatro décadas, el gobierno permitió firmar (que sí, desde luego) a los cubanos que estaban en trámites para salir del país, un derecho que hizo extensivo, en sus respectivos consulados, a los exiliados que apoyaran el régimen actual como única opción (para quienes residen en la isla, por supuesto). Aunque previendo falta de quórum, consignaron que “estos casos serán contabilizados o no, según determine la Asamblea Nacional del Poder Popular”.  Una vez estampada su firma, exiliados y aspirantes recuperarían su condición de no-ciudadanos.

El Proyecto  Varela despertó en su día un masivo apoyo del exilio, pero también oposición. Se le acusaba de aceptar la Constitución vigente, y de marginar al exilio al apelar al voto de quienes cuentan con ese derecho. Pero confío en que incluso sus opositores habrán comprendido el poder de este documento, algo que entendió desde el primer momento el gobierno cubano. Por primera vez una iniciativa disidente contó con una verdadera base social. Por primera vez miles de cubanos perdieron el miedo. Por primera vez numerosos países atisbaron el embrión de una sociedad civil nacida “dentro” de la Isla a la que apoyar. Por primera vez una propuesta de la disidencia rebasó el veto de silencio, se difundió por Radio Bemba, y en las sobremesas, los pasillos, guaguas y parques de Cuba, la gente comentó no tanto el contenido del Proyecto Varela, sino los cojones de esos 11.000 cubanos que se han puesto de pie frente al poder con su firma como única arma. Y en el imaginario de la isla, tener cojones suele ser más respetado que tener la razón.

Oswaldo Payá ha muerto a causa de un lamentable accidente, de una operación premeditada o de un error de cálculo, ya se sabrá. Pero su vida no fue ni un accidente ni un error, sino una larga y paciente movilización de las conciencias. Y creo que por ello, más allá de acuerdos o disonancias con sus opiniones políticas, todos los cubanos, sin excepción, incluso sus acosadores y verdugos durante tantos años, le debemos tributo.

 

“Un movilizador de conciencias”; en: Cubaencuentro, Madrid, 24/07/2012. http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/un-movilizador-de-conciencias-278706





Laura Pollán: el decoro de muchos

17 10 2011

Un héroe mitológico suele estar investido de poderes excepcionales que le permiten exterminar monstruos, salvar inocentes, levantar ciudades o desfacer entuertos. De esto último se ocupó don Alonso Quijano, aunque su fuerza residía en su debilidad, su desvalimiento ante una realidad mezquina que él insistía en convertir en una realidad acrisolada por los altos ideales caballerescos.

Laura Pollán (13-02-1948 – 14-10-2011), que acaba de morir en La Habana, también insistió en que una realidad mezquina tendría que ser radicalmente transformada a la medida de los hombres. No vestía cota de malla, ni cabalgaba sobre Bucéfalo ni disponía de la espada Tizona. Su cota era un sencillo vestido blanco y empuñaba un gladiolo. Pero con esas armas infundió pánico a los dueños de las pistolas y a los guardianes de los calabozos. Sólo el pánico explica el ensañamiento con que son maltratadas y denigradas las Damas de Blanco, ella la primera.

Si una persona excepcional, un héroe de acuerdo a los patrones actualizados del siglo XXI, es aquel que conquista las cimas de las artes, la política o las ciencias, Laura Pollán no lo fue. Pero “cuando hay muchos hombres sin decoro, hay otros que llevan en sí el decoro de muchos hombres”, como dijo José Martí. Y la excepcionalidad de Laura Pollán reside en que acaparó el decoro de muchos conciudadanos. Una maestra de Literatura, ama de casa y esposa que hasta 2003 no se había inmiscuido en política, reunió el valor y el decoro necesario para echar a la calle su repudio a la injusticia cuando su esposo Héctor Maseda y otros 74 cubanos fueron condenados a larguísimas penas acusados de pensar diferente.

A pesar del acoso y los golpes de las turbas organizadas, a pesar de enfrentarse a un Estado que dispone de todos los medios para difamar y denigrar sin derecho a réplica y con total impunidad, a pesar de las amenazas que convirtieron su casa de Neptuno 963 en una plaza sitiada, perseveró hasta la muerte en enfrentarse al dragón armada con un gladiolo, ya no por la liberación de su esposo, o de todos los presos políticos, sino de todos los cubanos. Incluso aquellos enrolados de grado o por fuerza en las golpizas y los mítines de repudio. También esos, prisioneros de su odio o de su miedo.

«Yo no hablo de política”, decía Laura Pollán, “sino de Derechos Humanos». Pero en Cuba la palabra “derechos” es subversiva, y el Estado necesita despojarnos de una parte de nuestra humanidad para convertirnos en cómplices, aunque sea aquellos cómplices silenciosos de los que hablaba Martin Niemöller: ”Primero vinieron a buscar a los comunistas y no dije nada porque yo no era comunista. Luego vinieron a por los judíos y no dije nada porque yo no era judío. Luego vinieron a por los sindicalistas y no dije nada porque yo no era sindicalista. Luego vinieron a por los católicos y no dije nada porque yo era protestante. Luego vinieron a por mí pero, para entonces, ya no quedaba nadie que dijera nada”.

Hospitalizada el 7 de octubre, murió el viernes 14 a las 19:50, a sus 63 años, de un paro cardiaco tras una semana en estado muy grave por complicaciones respiratorias. Aquejada de diabetes y dengue, más las secuelas de detenciones, golpizas y acoso sicológico –detenida y “arrastrada” el 8 de septiembre junto al santuario de El Cobre, cerca de Santiago de Cuba; sometida a un “acto de repudio” en su propia casa el  día 24 del mismo mes—, Laura Pollán no ingresará en las estadísticas de los crímenes políticos. No fue asesinada en una mazmorra ni tiroteada en la calle. En un país que blasona de su sistema sanitario, que prorroga con las tecnologías más avanzadas la agonía de su anciano dictador y prodiga cuidados especiales a sus compinches extranjeros, Laura Pollán “disfrutó” la atención médica que, según el gobierno, merecen los ciudadanos de la Isla: un hospital sin medios ni recursos, sucio y destartalado: un moridero donde van a parar quienes no tienen acceso al sistema sanitario de élite que es propiedad privada de la aristocracia verde olivo, sus familiares y amigos. Quizás por eso el bloguero oficialista Iroel Sánchez, expresidente del Instituto Cubano del Libro, se ha precipitado a entrevistar a Armando Elías González Rivera, jefe de Cuidados Intensivos del Hospital Calixto García: «El doctor nos acreditó que la paciente recibió todas las atenciones y medicamentos necesarios (…) requirió en su caso de ventilación artificial, traqueostomia, tratamiento con antibióticos y antivirales, transfusiones sanguíneas, además de múltiples exámenes complementarios, incluidos estudios del Instituto de Medicina Tropical Pedro Kourí». Recuerda al niño malo de la clase que cuando le tiran un taco a la maestra, se apresura a proclamar: Yo no fui. Yo no fui. Indicio de culpabilidad más que de inocencia. Iroel Sánchez está garantizando que, en caso de necesidad, él no reciba los cuidados intensivos del hospital Calixto García. A su circunscripción ideológica le corresponde el CIMEQ.

Laura Pollán, la humilde maestra de Literatura que convirtió su reclamo personal en reclamo de la nación, suscitó, armada con un gladiolo, un temor de los poderosos que se ha recrudecido con su muerte y los llevó a desplegar “un burdo operativo policial dentro y fuera del hospital Calixto García, a cambiar el cuerpo de Laura varias veces de ambulancia para que no supiéramos hacia qué morgue lo llevaban y finalmente a no sacar, siquiera, una breve nota necrológica en la prensa nacional”, como cuenta en su blog Yoani Sánchez. Acosada hasta después de muerta, Eduardo Díaz Fleitas y Pedro Argüelles Morán, del Grupo de los 75, y al menos 11 mujeres fueron detenidos en la región oriental para impedirles acudir a su sepelio.

Si un indicio suficiente de la existencia de un héroe es su persistencia en las sagas y los anales de los pueblos, hoy basta escribir “Laura Pollán” en Google para obtener 550.000 resultados. Es lo que ocurre cuando comienzas luchando por la libertad de un hombre y terminas luchando por la libertad de todos.

Parte de sus cenizas han viajado a Manzanillo, su ciudad de nacimiento; el resto, serán esparcidas en un campo de flores. Los agricultores saben que ciertos abonos causan una proliferación sorprendente. Las dictaduras, también. Al gobierno sólo le queda declarar ilegales los gladiolos y prohibir, en todo el territorio nacional, el color blanco.

 

“Laura Pollán: el decoro de muchos”; en: Cubaencuentro, Madrid, 17/10/2011. http://www.cubaencuentro.com/cuba/articulos/laura-pollan-el-decoro-de-muchos-269455





Después de las seis

18 07 2011

Entre julio de 2010 y abril de 2011, 115 presos políticos cubanos fueron excarcelados y trasladados a España junto con 647 familiares, a razón de 5,63 familiares por preso.

Se ha afirmado que la operación fue acordada entre el gobierno de Raúl Castro, la Iglesia Católica cubana, dotada por primera vez de cierto protagonismo, y el gobierno español. El diputado del PP Teófilo de Luis calificó, en un debate parlamentario, de «inmisericorde y vergonzante» la colaboración del cardenal Ortega en el proceso de excarcelaciones y opinó que a los presos «no se les dejó ninguna opción de permanecer en Cuba» y se «les forzó al destierro». Aunque el ex prisionero Julio César Gálvez ha afirmado: «Yo no pedí venir a España», lo cierto es que, tal y como han aclarado el Arzopispado de La Habana y Laura Pollán, presidenta de las Damas de Blanco, a los reclusos incluidos en el proceso el cardenal Ortega les informó sobre su inminente excarcelación y les consultó si deseaban o no viajar a España. «Nadie ha obligado a ningún preso a que abandone el país», afirmó Pollán, y citó los casos de Rafael Ibarra, un preso político que no aceptó viajar, y continúa en prisión, y de su esposo, Héctor Maseda, uno de los 12 excarcelados que decidieron permanecer en Cuba. Aunque es perfectamente comprensible que la mayoría decidiera abandonar el país.

Quien haya seguido la política del gobierno cubano sabe que estas excarcelaciones no corresponden a un giro en su política respecto a la disidencia o a los derechos humanos, y la represión posterior lo corrobora. Ciertamente, ese lavado de imagen sirvió de argumento al ministro de Exteriores español para solicitar a la Unión Europea la derogación de la Posición Común, aunque no hayan variado las circunstancias que la motivaron. Pero, sobre todo, podría servir de argumento a la administración Obama para relajar o derogar el veto a sus ciudadanos de viajar a Cuba, algo vital para la economía insular en bancarrota. Al mismo tiempo, la Iglesia remozaba su imagen pública y ganaba un espacio de interlocución. En cualquier caso, la excarcelación de opositores políticos pacíficos es siempre una buena noticia.

Los cubanos excarcelados y sus familiares han llegado a España acogidos a un programa financiado por los Ministerios de Trabajo y Asuntos Sociales, y Asuntos Exteriores y de Cooperación, idéntico al que se aplica a otros refugiados por razones humanitarias. Tras una breve estancia de tránsito en Madrid, los refugiados han sido redistribuidos por los centros de acogida que Cruz Roja Española, la Asociación Comisión Católica Española de Migración y la Comisión Española de Ayuda a Refugiados tienen repartidos por todo el país. En una tercera fase, cada familia pasa a un piso de alquiler y recibe una ayuda de unos 1.390 euros al mes, más otras ayudas para la escolarización de los niños y la compra de libros de texto, y unos 300 euros al año para la compra de ropa, más cursos de formación para la búsqueda de empleo.

Lo primero que llama la atención de esta operación ha sido el número de familiares que han acompañado a los 115 ex prisioneros: 647. Como promedio, familias de siete miembros, aunque en algunos casos superan los 30. El ex preso político Néstor Rodríguez Lobaina ha dado las gracias al gobierno español por sacarlo de Cuba a él y a su familia, pero afirma que aquí se ha enfrentado a un “infierno de burocracia”. “Si el gobierno español no tenía las condiciones por estar en una crisis económica, yo no comprendo cómo hace un arreglo con la dictadura cubana para traer a 1.000 personas a un lugar donde no hay trabajo”, se pregunta. Y quizás tenga razón, aunque dicho por alguien que se ha beneficiado de esta generosidad resulta, cuando menos, indelicado.

Varios refugiados han agradecido a España por su acogida. Miguel Martínez afirma que “la ayuda ha sido generosa y alcanza”. Y Antonio Díaz, que “hemos tenido cubiertas nuestras necesidades. Nuestros hijos han ido a la escuela, han recibido atención médica, tenemos casas confortables, y una ayuda que nos permite subsistir en un nivel muy, pero muy digno”, aunque se queja de tener que renovar el permiso de trabajo cada tres meses y la demora en concederles el asilo político –se ha concedido hasta ahora el estatus de refugiado político a 53 disidentes o familiares, y a otros 400 la protección subsidiaria–, por lo que ha decidido trasladarse a Miami.

Pero lo que es noticia en los últimos días es, justamente, lo contrario. Al menos cuatro refugiados han perdido las ayudas. Entre ellos, Néstor Rodríguez Lobaina y Erick Caballero Martínez. El primero, por «reiteradas faltas de respeto al personal de la Cruz Roja», «actitud desafiante y amenazadora», incumplir con las ordenanzas del centro, su «desinterés y desprecio absoluto» por las ayudas concertadas para su proceso de integración, y, sobre todo, la «agresión» a otros cubanos, según el subdirector de migraciones de la Cruz Roja. Rodríguez Lobaina se declara el blanco de una «maniobra oscura» por parte de la ONG, en connivencia con la dictadura castrista, para separarlo de su familia. Afirma que le han quitado el abono de transporte, el derecho a realizar llamadas a Cuba, el suministro de algunos artículos personales y el alimento de los domingos. Que se le acabaron la pasta dental y el desodorante y que no ha recibido dinero para cortarse el cabello desde su llegada.

Erick Caballero, por su parte, amenazó en Torrelavega, Cantabria, con una huelga de hambre en protesta por las condiciones de vida. “Nos están tratando como unos simples inmigrantes”, dijo. Y ha denunciado a El Nuevo Herald que muchos no han recibido el dinero para ropa y transporte prometido, o que lo han recibido tarde, y que la asistencia médica ha sido deficiente y tardía. Se queja de los estrictos horarios y de la alimentación. “Yo salí de una prisión de máxima seguridad, y aquí ponen horario para todo: bañarme, comer, salir, la tele”, dijo Caballero. Agregó que algunos no han podido asistir a seminarios para hallar empleo porque no hay dinero para el transporte ni para ropa.

La Comisión Española de Ayuda al Refugiado expulsó a fines de junio a siete cubanos de su centro de acogida en Málaga y del programa de atención del que se beneficiaban. Entre los expulsados está Carlos Martín Gómez, que hace unos días emprendió, junto a cuatro familiares, una huelga de hambre al no lograr alquilar un piso donde establecerse. La institución explicó en un comunicado que los expulsados habían mantenido “continuos conflictos entre ellos, llegando a la agresión física” obligando al reajuste de “la distribución de este grupo familiar por habitaciones”. Los acusa de “proferir amenazas directas e indirectas, agresiones verbales y faltas manifiestas al respeto” contra los trabajadores del centro; la introducción de “alcohol en el centro o exhibir armas blancas en el patio”, así como su “falta de compromiso” al abandonar los cursos formativos y limitarse “a reivindicar actuaciones y prestaciones más allá de las establecidas”.

(Imaginemos el alborozo en el Palacio de la Revolución ante estos sucesos: Eso les pasa por no leer el Granma. Son delincuentes comunes. Yo se lo dije a los gaitos, pero no me hicieron caso).

Julio César Gálvez y Ricardo González Alfonso también se han quejado de su acogida. Y Regis Iglesias declaró a El Nuevo Herald que “la falta de un estatus [de refugiado político] ha impedido insertarnos en la sociedad española”, aunque agradece la ayuda económica recibida. En entrevista concedida a Libertad Digital, Juan Carlos Herrera declara que quiere regresar a Cuba ante el “trato hostil” y “vengativo” del Gobierno español y la “violación” de sus derechos. También Néstor Rodríguez Lobaina ha pedido que se le devuelva a la prisión de donde salió. Dado que no se han cumplido los once meses reglamentarios, supongo que esas repatriaciones serán perfectamente viables.

¿Han sido diametralmente diferentes las condiciones de acogida en unos y otros lugares? ¿O han sido diferentes las visiones de unos y otros sobre circunstancias más o menos similares?

Hay una situación objetiva: España está en plena crisis y su tasa de desempleo es la mayor de Europa, de modo que la integración plena, que empieza por la independencia económica, se vislumbra difícil. Cuando el economista Miguel Martínez se queja de la lenta homologación de títulos académicos y universitarios («un trámite muy lento y burocratizado», admite un portavoz de Accem) y duda de las “posibilidades de que podamos acceder al mercado laboral conforme a nuestros estudios y preparación”, se integra al clamor de varios millones de españoles.  Es el caso del odontólogo Alfredo Pulido, aunque según éste, “Nada es comparable con una prisión, y menos en Cuba”.

Según las ONG de acogida, algunos han conseguido algunos trabajos esporádicos, pero ningún contrato permanente. La secretaria general de CEAR, Estrella Galán, asegura que los cubanos cuentan con la «simpatía» de la sociedad española, pero que los pocos que han encontrado trabajo ha sido en la economía sumergida, o que, como cualquier parado de larga duración, “ante el temor a perder las ayudas, sopesan bastante las ofertas de trabajo». Por todas estas razones, el gobierno ha decidido prorrogar otros seis meses los subsidios, siempre que «las personas formen parte activa del proceso de integración«, en palabras del subdirector para Migraciones de Cruz Roja, José Javier Sánchez.

Lo cierto es que desde octubre, nueve disidentes se han trasladado a Miami, uno a Chile y otro a la República Checa, y la cifra podría ascender a una treintena. Las autoridades norteamericanas ya han creado un programa de visados para los asilados políticos cubanos. Si se trata de reunirse con sus familiares y encontrar un espacio promisorio, es perfectamente razonable. Si alguno confía en las subvenciones norteamericanas al exilio político cubano, debería tomar nota de las quejas de Reina Luisa Tamayo, madre Orlando Zapata, porque la ayuda que ha estado recibiendo se está «agotando» y actualmente ninguno de sus doce familiares, alojados en cuatro apartamentos (a un alquiler de 1.295 dólares mensuales cada uno) tiene trabajo que les garantice el sustento en los próximos meses. De momento, ya buscan un nuevo lugar donde vivir, más económico.

Una de las informaciones más asombrosas relacionadas con los excarcelados cubanos la ofrece Fran Cosme (http://www.primaveradecuba.org/Articulo/22odisea). Según él, “dos minutos antes de abordar el avión, funcionarios de la embajada española les dieron a firmar un compromiso que dentro de sus tantos puntos contenía uno que los obligaba a abstenerse de formular críticas al gobierno cubano y al español, así como abstenerse también de manifestaciones políticas”. El autor no cita la fuente y, dadas las pruebas, resulta difícil compatibilizar esas exigencias (claramente inconstitucionales) con el hecho de que el 19 de julio de 2010, diez ex prisioneros solicitaron por escrito a los cancilleres de la Unión Europea que no fuese revocada la posición común, tal como solicitaba el ministro Moratinos, sin que, hasta donde se sabe, se produjeran represalias. O que Regis Iglesias y Miguel Martínez aceptaran una invitación a una conferencia de prensa organizada en Madrid por Unión Progreso y Democracia (UPyD), en la que ambos señalaron que España ha incumplido el “Proceso de acogida e integración social a personas pidiendo protección internacional”. En esa ocasión, Fernando Maura, de UPyD, sostuvo que “los trajeron como mercancía política para cambiar la posición común de la Unión Europea hacia Cuba”. Olvidó decir que en aquella conferencia de prensa, Iglesias y Martínez también eran “mercancía”, en este caso de la política doméstica.

Responsables de las ONG de acogida han afirmado que la mayor parte de los excarcelados llegó con unas «expectativas muy altas que no se han podido cumplir». Y eso nos lleva a un fenómeno endémico en la sociedad cubana: la sobrevaloración de lo extranjero. Frente a la retórica de Granma, según la cual, excepto Cuba, Corea del Norte y Venezuela, el mundo entero está a punto de hundirse en la miseria, los cubanos han desarrollado un imaginario del Malecón pallá en el cual los jamones pata negra y los trajes de Armani florecen como la verdolaga. Basta recogerlos. Eso explica que muchas familias consideren las remesas vitalicias de sus parientes out of borders una especie de derecho adquirido por el simple hecho de permanecer en la Isla, cuidándola para que no se hunda y que al regresar de visita la encontremos en el mismo sitio. Y que el primo segundo de la tía política no pida un par de tenis para ir a la escuela, sino unos Converse último modelo.

Durante medio siglo ha actuado sobre nosotros una pinza perversa. Por un lado, el poder ha intentado convencernos de que los cubanos, faro y guía del universo, somos el pueblo elegido, tributario natural de la solidaridad internacional. Y predica con el ejemplo: casi 198.000 millones logró sacarle a los rusos, y 21.000 millones de deuda impagada. Más lo que le debe al Club de París y las subvenciones venezolanas.

La otra mandíbula de la pinza es la indefensión. El cubano que reside en la Isla no está autorizado a mejorar su situación económica, algo que debe comprender el visitante que llega, y el amigo o pariente que lo recibe si tiene la suerte de brincar el charco. Quienes lo ayudan, invitan o convidan como muestra de amistad, afecto, amor u otros sucedáneos, cumplen una obligación que no requiere más explicaciones.

En el caso que nos ocupa, puede que algunos consideren una obligación internacional la subvención a quienes luchan por la democracia en Cuba, y han sufrido prisión por ello. Es comprensible que eso fuera así mientras permanecían en la Isla, hostigados por el régimen que les negaba, incluso, el acceso a un puesto de trabajo. Y es justo que se les otorguen subsidios temporales y facilidades para integrarse a esta sociedad en uno de sus momentos más difíciles, algo de lo que no disfrutan millones de sus compatriotas, “simples inmigrantes”, en palabras de Erick Caballero.

Pero ningún país del mundo tiene obligaciones o deberes con la Isla. El destino de Cuba es, exclusivamente, un asunto de los cubanos.

Un amigo que fue a recibir a uno de los primeros grupos de excarcelados me contó de una señora que, al bajar del avión, le manifestó su intención de continuar desde España la lucha por la democratización de Cuba. Y él le respondió: “Después de las seis”. “¿Cómo?”, preguntó ella. “Después de las seis. A esa hora termina la jornada de trabajo”.

 

“Después de las seis”; en: Cubaencuentro, Madrid, 18/07/2011. http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/despues-de-las-seis-265503