La otredad peligrosa

1 12 2012

La historia humana es la historia de la pluralidad. Desde que el homo sapiens apareció en África, su migración a todo el planeta conformó etnias, lenguas, culturas, religiones, y con ello apareció la otredad. El otro no siempre era el buen vecino del valle contiguo con quien se intercambiaba sal por orégano. Era, con frecuencia, el clan rival al que se disputaban territorios de caza, la raza inferior que debía ser exterminada a favor de la raza elegida, o el enemigo ideológico que encarnaba el mal absoluto.

La pluralidad ha convivido durante milenios con dos fuerzas antitéticas: el respeto y la convivencia Vs. la intolerancia. La cultura occidental es, posiblemente, el mejor ejemplo de respeto y convivencia: se ha nutrido de las más diversas fuentes continuamente trasvasadas entre filósofos, científicos, escritores y artistas, hasta el punto de que una novela de Philip Roth o de Carpentier serían impensables sin el precedente del pensamiento griego, la oratoria romana, el Talmud o la mitología yoruba. La intolerancia, frecuente disfraz de intereses espurios, ha aportado, por su parte, cientos de millones de muertos, pogromos, esclavitud y ostracismo de pueblos enteros, genocidios, éxodos masivos, aniquilación de culturas. Una y otra vez, los “virtuosos de la unanimidad” y los gobernantes incapaces o tiránicos (o ambos inclusive) han echado mano del “otro” como culpable de aquellos males que ellos eran incapaces de subsanar o, incluso, de los que su propio desgobierno provocaba. La raza y la religión han sido disfraces frecuentes de esa “otredad” interesada. No hay que remontarse a la historia antigua para descubrirlo. Basta leer el periódico.

Quien visitara a inicios del siglo XVI a los inuit de Groenlandia, las comunidades laponas o algunas islas intocadas del Pacífico, podría tener la engañosa sensación de que la humanidad era homogénea: su biotipo, sus dioses y costumbres. Ya por entonces Cuba era plural: los restos de la escasa población indígena, conquistadores andaluces y extremeños, los primeros esclavos africanos, aventureros de media Europa atraídos por la promesa de un mundo nuevo y fabuloso. De modo que entre los cubanos, incluso antes de ser propiamente cubanos, la pluralidad no era la excepción, sino la regla. A pesar de las barreras levantadas durante siglos a la mezcla entre razas, credos y costumbres, esa pluralidad ha producido uno de los paradigmas universales de mulatez. No sólo se combinaron los ADN. Se amulataron los dioses, las mitologías, las culturas hasta entonces encastilladas por la geografía.

De modo que hoy un cubano puede tener cualquier biotipo, rezar a cualquier dios (o a varios al unísono) y nutrirse de cualquier fuente cultural sin que le sea ajena. Espero no pecar de chovinista al afirmar que la llamada globalización no comenzó en Internet sino en el Caribe.

Por el contrario que otros pueblos confinados por la etnia, la religión excluyente o las murallas de la historia, los cubanos nos sabemos herederos del planeta. Ante lo ajeno desplegamos curiosidad, no nos blindamos en una cápsula de folklor. Si salimos al mundo, no solemos atrincherarnos en el gueto: asimilamos usos y costumbres sin perdernos de vista a nosotros mismos. Y si echamos la vista atrás, veremos que casi cuatro siglos de esclavitud y sociedad patriarcal férreamente estratificada no consiguieron abolir la convivencia.

A pesar de que fue la guerra de independencia más cruenta de América, en la nuestra se vio a españoles y criollos, blancos, chinos y negros, peleando por la misma libertad. Y a peninsulares y criollos bajo el pabellón español. No fue una guerra de etnias o banderas, sino de ideas. Por eso cuando el capitán general Ramón Blanco y Erenas propuso a Máximo Gómez unir fuerzas en nombre de la raza contra el invasor norteamericano, el generalísimo le respondió que no veía peligro en el apoyo norteamericano (propiciado por el Partido Revolucionario Cubano, a cambio de la Enmienda Teller, que garantizaba la independencia de la Isla). Se luchaba por la libertad, no por la raza. Fue la guerra sin odio preconizada por Martí, que no se ensañó en el vencido.

Aunque la discriminación de género, racial y económica perseveró en la República, en las grandes luchas de la nación contra las dictaduras y por los derechos del ciudadano hicieron causa común blancos y negros, hombres y mujeres. Cuando se sentaron a debatir el futuro, comunistas y socialdemócratas, liberales y conservadores, flexibilizaron sus programas ideológicos hasta acordar una de las constituciones más avanzadas y progresistas de su tiempo: la de 1940.

Se ha hablado mucho, y con razón, de los males de aquella república viciada por el abuso y la corrupción, pero en ella la pluralidad también tuvo su asiento. La población universitaria de mujeres, por ejemplo, era, proporcionalmente, la mayor de América. Y pocos países del continente fueron tan permisivos como Cuba respecto a la orientación sexual y religiosa de sus ciudadanos.

La revolución de 1959 fue, sin dudas, un acontecimiento crucial de nuestra historia, aplaudido por la inmensa mayoría de los cubanos que, basándose en el programa socialdemócrata de La historia me absolverá, avizoraron una república honrada, justa, redistributiva, “con todos y para el bien de todos”. Lamentablemente, desde Robespierre a la fecha, toda revolución que emprende una drástica transformación sistémica suele sentirse investida de la certeza absoluta y, desde esa verdad revelada, pone en práctica la unanimidad por decreto. Ello explica que, junto a grandes avances sociales a favor de los más humildes, incorporación de la mujer y socialización del saber y la cultura, se practicara un pogromo sistemático contra la otredad: religiosa, ideológica, de orientación sexual. En las tristemente célebres UMAP se confinaron por igual a creyentes en dioses ajenos a una sociedad atea, y a creyentes en una sexualidad ajena a una sociedad machista-leninista. Para quienes disintieran en el orden político o ideológico se destinaron los espacios extremos: muy adentro o muy afuera: la cárcel o el exilio. Se acuñó el término “gusano” para denominar a quien no creyera en el nuevo paradigma y la bancada de la oposición se confinó en la distancia. La otredad no tenía cabida en la historia, sólo en la geografía. La intolerancia, entendida como “intransigencia revolucionaria” se elevó a la categoría de virtud.

Tras los años de hierro, se practicó una unanimidad por decreto de baja intensidad. Se disolvieron las UMAP, se toleró a regañadientes a los creyentes, la homofobia se practicó como motivo de exclusión para estudios superiores y altos cargos. No así la biodiversidad política, dado que ésta atañe directamente a la médula del poder. La expresión “baja intensidad” puede ser engañosa, como demostraron en 1980 los mítines de repudio donde gritaban “que se vaya la escoria” y se escarnecía a quienes cumplieran la consigna. Se abrieron las cárceles a los reos que aceptaran sumarse al éxodo, demostrando así la equivalencia entre otredad y delincuencia. Una masiva operación de higiene social purgaría la patria.

La filiación ideológica del gobierno se mantuvo incólume hasta la disolución del campo socialista. Entonces Das Kapital cedió su sitio en las estanterías a Este sol del mundo moral, de Cintio Vitier, una vindicación del  nacionalismo criollo, martiano y decimonónico. Se permitió a los creyentes el bilingüismo: ya podían creer al unísono en ambos judíos: Jesucristo y Karl Marx. Mariela Castro ha promovido la tolerancia (espantosa palabra con aroma de perdonavidas) de la diferencia sexual, aunque la otredad política se mantiene como delito de Estado y es punible: hasta un cuarto de siglo, como se demostró en la primavera de 2004.

La pluralidad no es en Cuba historia antigua, sino un hecho que ha sobrevivido a todos los intentos de uniformizar a la ciudadanía, llegando a la pluralidad esquizofrénica del yo cuando alguien ostenta una personalidad para la asamblea y otra para la intimidad. Algo que no es exclusivo de los cubanos, desde luego, pero que entre nosotros ha adquirido la categoría de instinto.

Si repasamos la prensa nacional, encontraremos referencias a la pluralidad en gramática, a la pluralidad de enfoques en un evento científico, a la pluralidad estilística de los escritores, pero se mantiene el axioma de que la unanimidad ideológica es condición imprescindible para la unidad, y que sólo ella nos salvará del enemigo. Lo cual encierra una paradoja: si estamos condenados al pensamiento único para evitar la intromisión del enemigo, es éste, en la práctica, quien gobierna el más importante de nuestros asuntos internos: las libertades de que dispone (o no) el ciudadano de la Isla.

Resulta curioso que, contra la noción de un mundo unipolar, se defiende a nivel internacional una pluralidad que en la política doméstica se penaliza. Frente a la democracia occidental como paradigma globalizado, la política exterior cubana, en nombre de la autodeterminación, invoca el derecho a la diferencia de los gobiernos de Gadafi en Libia, de Bashar al-Assad en Siria o de Kim Jong-Un en Corea del Norte. ¿Por qué entonces, apelando a idéntico razonamiento, no se admite en casa la autodeterminación de los cubanos, su derecho a la pluralidad ideológica, siempre que ella no se ejerza desde la violencia?

Durante los últimos 60 años, los paradigmas de los gobernantes cubanos han mutado desde el programa socialdemócrata del Moncada a la ortodoxia de inspiración soviética y de ahí a un nacionalismo indeciso entre el monopolio de la propiedad estatal y la incipiente empresa privada. Del Estado paternalista a un tímido estímulo a la iniciativa personal. Del ateísmo programático y la inapelable ciudadanía heterosexual, a la admisión de sexualidades alternativas y religiones ajenas a las deidades del marxismo-leninismo. Se ha flexibilizado la relación del gobierno con la diáspora, aunque aún dista mucho de concederle los derechos ciudadanos que en cualquier otra latitud son inapelables.

Pero no basta que cada cubano pueda creer libremente en su sexualidad o sus dioses. Hace falta que cada cubano pueda creer libremente en sí mismo, en sus propias ideas, y que éstas no sean motivo de exclusión. Y no es una mera cuestión de derechos ciudadanos, por muy importantes que estos sean. Cuba se encuentra en un punto de inflexión. Tres decenios de ayuda soviética contribuyeron a paliar las carencias de la economía insular. Tres lustros de ayuda venezolana han salvado al país de sumergirse más en las calamidades del Período Especial. Hoy el gobierno sabe que estos paliativos pueden ser eventuales, y que sin el esfuerzo de toda la nación, el país no saldrá adelante en un mundo donde la eficiencia es la ideología primera. Sobre todo en un país cuyo mayor recurso natural es la capacidad y el talento de sus ciudadanos.

Tras medio siglo, las exhortaciones al sacrificio por abstracciones como la patria, la Revolución, el socialismo o el futuro han perdido densidad. Necesitamos que cada cubano trabaje por sí mismo y por los suyos, y sólo la suma de todos esos esfuerzos hará la prosperidad de la nación. Pero para eso cada ciudadano deberá no sólo creer en sí mismo, sino saber que sus ideas sobre el destino del país, sean cuales sean, tienen cabida en el corpus de una nación plural cuyo futuro nos pertenece a todos. Nadie tiene el monopolio del futuro. Ningún ideario dispone de un certificado de autenticidad que le permita derogar a los otros. El destino del país es la suma de millones de destinos individuales, cada uno de los cuales debe saberse representado. La patria no es un Estado o un gobierno, sino un destino compartido, porque, como decía Tucídides, la ciudad no son sus murallas sino sus habitantes, todos sus habitantes, sin exclusiones.

Si consultamos el Diccionario de la Real Academia, veremos que la intransigencia es sólo un sustantivo. No existe el verbo intransigir. Sí aparece, en cambio, el verbo transigir, definido como “consentir en parte con lo que no se cree justo, razonable o verdadero, a fin de acabar con una diferencia”, “ajustar algún punto dudoso o litigioso, conviniendo las partes voluntariamente en algún medio que componga y parta la diferencia de la disputa”. Cuba necesita abandonar la rigidez del sustantivo y asumir cuanto antes la flexibilidad del verbo.

 

“La otredad peligrosa”; en: Espacio Laical, nº 4, La Habana, 2012, pp. 78-80. http://espaciolaical.org/contens/32/7880.pdf





Outsiders

31 01 2012

Reflexionar sobre el papel que deben jugar en el acontecer insular los intelectuales cubanos que viven fuera de la Isla, exige un análisis previo sobre qué es un intelectual y qué funciones cumple o debe cumplir en la vida pública.

A la pregunta ¿qué es un intelectual? se han dado muchas respuestas. Quien trabaja con su cerebro y no con sus manos podría ser la más elemental, en cuyo caso incluiríamos a un bróker de la bolsa y excluiríamos a Picasso. Según Michael Löwy, en Para una sociología de los intelectuales revolucionarios, al no ser una clase, los intelectuales, creadores de productos ideológico-culturales, no se definen en relación con los medios  de producción. Pueden elegir, de modo que no existe inteligentzia neutra. Lo cual se puede aplicar a cualquier ciudadano, cuya ideología no está estrictamente signada por su extracción social. Añade Löwy que al regirse por “valores” ajenos al dinero, los intelectuales “sienten una aversión casi natural contra el capitalismo”, algo que no merece comentarios.

Gramsci señalaba que “todos los hombres son intelectuales, pero no todos los hombres cumplen en la sociedad la función de intelectuales”. Y añadía que “los intelectuales modernos son directores y organizadores involucrados en la tarea práctica de construir la sociedad”. Una boutade gramsciana que nunca ha alcanzado el carácter de ley. Norberto Bobbio opina que los intelectuales son expresión de la sociedad de su tiempo y que el momento histórico es crucial en su definición y también de su responsabilidad histórica. Lo cual es seguramente cierto, y aplicable a toda la humanidad.

Si el intelectual no siempre es “un individuo dotado de la facultad de representar, encarnar y articular un mensaje, una visión, una actitud, filosofía u opinión para y en favor de un público”, como aseguraba Gramsci, sí es, en la definición de Umberto Eco, “quién realiza trabajos creativos bien sea en las artes o en las ciencias, y propone ideas innovadoras”. Y añadiría que, en general, deberá ejercer una reflexión crítica sobre la realidad en su ámbito de competencia que no se limita a las humanidades. En una cultura intertextual, médicos, físicos, biólogos, informáticos, etc., proyectan sobre la realidad una reflexión en ocasiones más esclarecedora que los intelectuales “tradicionales”.

A lo largo de la historia, los intelectuales han asumido diferentes papeles, desde la Paideia griega, que debía dotar al individuo de conocimiento y control sobre sí mismo y sobre sus expresiones y prepararlo para ejercer sus deberes como ciudadano, no siempre como político (aunque Solón fuese el prototipo del intelectual-político en la Grecia presocrática). Hasta el intelectual público romano: Ovidio, Tácito, Séneca. Papel que cambió drásticamente en una sociedad teocéntrica y teocrática, el Medioevo, donde los monjes eran apenas guardianes de la cultura. El hombre del Renacimiento, relativamente independiente pero subordinado al poder de sus mecenas. El intelectual en el capitalismo, cuyos márgenes de libertad se ensancharon, y las complejas relaciones en el socialismo entre los intelectuales y los aparatos partidistas y el Estado.

Umberto Eco, en “Papel del intelectual”, distingue distintos tipos:

Los intelectuales orgánicos (Ulises al servicio de Agamenón), quienes, según él, “deben aceptar la idea de que el grupo, al que en cierto sentido han decidido pertenecer, no les ame demasiado”. “Si les ama demasiado y les da palmaditas en la espalda (…) son intelectuales del régimen”. Sobre éstos decía Gramsci que eran captados por la clase dominante para que otorguen a su proyecto “homogeneidad y legitimidad” y creen “una ideología que trascienda a las clases”. Adolf Hitler tuvo excelentes científicos e intelectuales orgánicos, como Martin Heidegger. Y John Fitzgerald Kennedy reclutó una corte de intelectuales prestigiosos, como Arthur M. Schlessinger Jr. y McGeorge Bundy.

Los intelectuales platónicos, aquellos que, como Platón, a pesar de su experimento fallido con el tirano de Siracusa, creen que pueden enseñar a gobernar. Apostilla Eco: “Si tuviésemos que vivir en la isla de la Utopía de Tomás Moro o en uno de los falansterios de Fourier, lo pasaríamos peor que un moscovita en los tiempos de Stalin”. Como bien sabía Octavio Paz, es “muy distinto mandar a pensar: lo primero corresponde al gobernante, lo segundo al intelectual. Los intelectuales en el poder dejan de ser intelectuales (…) sustituyen la crítica por la ideología”. La segunda otorga al poder un fundamento moral, lógico e histórico; la primera juzga y, cuando es necesario, contradice y critica.

Los maestros aristotélicos, quienes enseñan todo tipo de cosas, pero no dan consejos precisos.

Y los intelectuales críticos con su propio clan, más que con los enemigos, al estilo de Sócrates, que operan como “conciencia crítica de su grupo”, a los que tampoco se les ama demasiado. Este será creativo, elaborará ideas interesantes que el político inteligente deberá considerar, aunque no las aplique textualmente. Según Carlos Fabreti, esos “intelectuales tienen una responsabilidad: la crítica sistemática de los argumentos esgrimidos por el poder, el cuestionamiento radical y continuo del ‘pensamiento único’ que pretenden imponernos”. Claro que ello habitualmente no gusta a los políticos.

Jorge Castañeda atribuye a los intelectuales de América Latina el papel de guardianes de la conciencia nacional, demandantes de responsabilidad, baluartes de rectitud, defensores de los principios humanistas, críticos del sistema y de los abusos de poder. Lo cual, a mi juicio, es mucho pedir.

El ejercicio de esta “conciencia crítica” ha resultado con frecuencia nefasto para sus protagonistas: ostacismo, cárcel, exilio, persecución y muerte. El fiscal fascista que juzgó a Antonio Gramsci dictaminó: “Durante veinte años debemos impedir que este cerebro funcione”, y fue condenado a veinte años. Murió en prisión a los 46 años de edad. La periodista Anna Politkovskaya, quien reveló los crímenes en Chechenia, recibió dos balazos en la nuca. La lista sería interminable.

De modo que, al menos en teoría, el intelectual debe ser parte de la “conciencia crítica” de la sociedad que habita. Ni más ni menos, a mi juicio, que todo aquel, intelectual o no, que desee ejercer su papel de ciudadano y no conformarse con figurar en las estadísticas demográficas.

En las circunstancias actuales de Cuba, eso sería óptimo. Desde el derrumbe del campo socialista, el país ha estado abocado a una redefinición continua que ha afectado a la economía, la política, la relación entre el poder y los ciudadanos y de estos entre sí, entre el exilio y el insilio, entre el discurso ideológico y la praxis social. Podría decirse, siguiendo a Gramsci, que el país se enfrenta a una “crisis de hegemonía”, en cuyo caso se impone la necesidad de un debate público y sin limitaciones, con el objetivo de articular nuevos consensos. Un debate que convoque a todos los estamentos de la sociedad, pero donde los intelectuales (o algunos intelectuales, en particular los aristotélicos y los críticos, para no generalizar), al disponer de un discurso estructurado sobre la sociedad que es su campo profesional de actuación, podrían aportar a la clase política argumentaciones muy atendibles.

Y, de hecho, ese debate ocurre, aunque no con la profundidad, la transparencia y la amplitud que la actual situación del país requeriría. Tiene lugar en foros profesionales, debates más o menos cerrados y en medios que, por razones editoriales o tecnológicas, tienen escasa incidencia en la población de la Isla. Los distintos llamamientos a debates públicos realizados desde el poder han sido oportunidades perdidas. Sus resultados no se han ventilado con la trasparencia que merecían ni desembocaron en referendos que sancionaran democráticamente las principales inquietudes de los ciudadanos, quienes han operado como una intelectualidad aristotélica a su pesar, pues sus juicios concretos se han convertido, en su ósmosis hacia el poder, en opiniones difusas más próximas a la estadística que a la ideología.

No pocas veces he repetido que el debate sobre el presente y el futuro de Cuba atañe, en primer lugar, a los cubanos, intelectuales o no, que residen en la lsla. Y, en segunda instancia, a quienes habitamos allende el Malecón. Las razones son obvias: sobre los cubanos de la Isla recae el peso de las dificultades que padece el país, de modo que son ellos los primeros interesados en remediarlas; son ellos los que disponen de los derechos ciudadanos que a sus compatriotas del exilio les son enajenados tan pronto truecan su geografía, y si bien el exiliado puede regresar (o no), quienes viven en la Isla saben que de sus decisiones de hoy dependerá la habitabilidad de su propio futuro y el de sus hijos.

Exhortar a la frugalidad y al sacrificio a los cubanos en nombre de un ideal que ciertos grupos de izquierda defienden con fervor ante lonchas de jamón serrano y algún Ribera del Duero Gran Reserva, me resulta tan inmoral como exhortar a esos mismos cubanos a derribar al gobierno al precio de sus vidas, mientras se trasiega un sándwich cubano y un batido de mamey en el Palacio de los Jugos.

Y entre esos cubanos del inside puede que sean algunos/muchos/los intelectuales quienes dispongan de mejores recursos para ejercer su “conciencia crítica”, dado que poseen los recursos teóricos y una información de primera mano sobre la realidad cubana. Aunque esa “conciencia crítica” pueda estar condicionada no sólo por el miedo a las represalias, sino por el mero cálculo de su escasa rentabilidad a corto plazo. Para Edward Said, “la dependencia económica del poder mediante subvenciones o ayudas para las investigaciones son formas de control de los intelectuales”. En un país donde todos los medios culturales y de difusión, así como otorgar (o no) libertad de movimiento, están en manos del Estado,  la dignidad contestataria puede ser temeraria.

Eso no significa, desde luego, que a los cubanos que residen fuera de la Isla, y en particular a sus intelectuales, les esté vedada la participación en ese debate. Muy por el contrario, sería recomendable. Dado que en la diáspora habita el 15% de los cubanos del planeta, vetar su participación equivaldría a la exclusión de todos los habitantes de la ciudad de La Habana.

Sin que me avale ninguna estadística confiable, opino que la mayoría de los cubanos de la diáspora conserva su interés por los acontecimientos de la Isla, bien sea porque ésta afecta a sus familias allí o porque se sienten con derecho a ejercer su ciudadanía insular, así sea virtual. Y creo que sería muy útil para el país que esas voces fuesen escuchadas y se sumasen a las de sus compatriotas en la Isla. Las razones son varias.

En primer lugar, al conservar su ciudadanía cubana (incluso tras haber adquirido otra, cosa que la Constitución prohíbe pero el gobierno mantiene), les asiste el derecho de participar en la vida pública de su país. Si, como reza la página del Ministerio de Relaciones Exteriores, esa diáspora es esencialmente económica, comparable con otras poblaciones migrantes de nuestro continente, deberían recibir un trato equivalente: preservar sus derechos económicos, sociales y políticos y ejercerlos desde cualquier geografía.

Entre esa población outsider existe una elevada proporción de profesionales altamente calificados, formados en Cuba y/o fuera de Cuba, cuya aportación al debate social, político, económico, artístico y científico que prefigure el futuro de la Isla, no debería desecharse. Portadores de una experiencia profesional y ciudadana adquirida en otros contextos, ésta les concede la posibilidad de pronunciarse partiendo de enfoques y perspectivas que enriquecerían el debate y, en sintonía con sus colegas de la Isla, conjurar males futuros y sortear obstáculos evitables. Como ya observó Gramsci, la escolarización proporcionada por un Estado responde a su aparato ideológico. Inyectar sabidurías otorgadas por otros modelos de escolarización sería, por fuerza, enriquecedor. Y no me refiero a predominio alguno, sino a las bondades de la biodiversidad.

Dado que Cuba se encuentra inmersa en un proceso de cambio y que, por su carácter de economía abierta en medio de un mundo globalizado, le sería casi imposible superar su crisis actual de modo endogámico, sería esencial para el país apelar al capital intelectual, a la experiencia profesional, empresarial y científica de su diáspora, sobre todo si la perspectiva de Cuba es sumarse al verdadero motor del desarrollo en el siglo XXI: la sociedad del conocimiento.

Una participación activa de ese capital humano, e incluso del otro capital, en el proceso de renovación y remodelación de la sociedad cubana, facilitaría la apertura de puentes y espacios de colaboración entre ambas orillas; el traspaso de know how, tecnologías e información; mercados de bienes y servicios, y mercados de ideas.

Para ello, desde luego, sería imprescindible que el Estado cubano reconsiderara sus relaciones con la diáspora. Ya que preserva su condición nacional, es moralmente insostenible no preservar sus derechos ciudadanos, así como a entrar o salir libremente de la Isla y disponer allí de las mismas prerrogativas que sus compatriotas residentes en Cuba. Sería inaceptable otorgar a la diáspora el derecho de aportar su capital profesional al tiempo que se le amputan otros derechos. E imponer condicionamientos políticos a esa participación bastaría para sentenciar su inviabilidad.

Ciertamente, una parte de la diáspora, atenta a sus carreras profesionales y a las coordenadas sociopolíticas de las sociedades donde se han reinsertado, se desentiende de los asuntos cubanos. Y está en todo su derecho. Son noruegos o canadienses vocacionales. Según un estudio realizado en Miami por la Florida International University (FIU), sólo una pequeña parte de los exiliados en esa ciudad regresaría a la Isla incluso en caso de que cambiaran drásticamente las condiciones que los empujaron al exilio. Han rehecho sus vidas y ya tienen hijos y nietos que viven, como diría Gustavo Pérez-Firmat, en el hyphen: cubano-americanos, cubano-españoles. Pero, gracias a las nuevas tecnologías de la información, muchos de ellos estarían dispuestos a contribuir con sus saberes y experiencia, aunque no se radicaran en la Isla. Pocos países de nuestro entorno cuentan con ese capital potencialmente disponible para su relanzamiento.

Relicto de aquel unamuniano “¡Qué inventen ellos!”, se mantienen en nuestros países no pocos prejuicios ideológicos contra los intelectuales: una élite improductiva y desasida de la vida práctica, y ante la cual la sociedad suele adoptar posiciones extremas: la reverencia o la descalificación. La historia demuestra, en cambio, que aquellos países que primero comprendieron la fuerza motriz de las ideas son hoy las sociedades económica y socialmente más avanzadas. Cuba cuenta con una doble reserva de la materia prima más importante del siglo XXI: el talento: una población altamente instruida en la Isla y una sólida masa profesional en su diáspora. Al Estado cubano atañe la responsabilidad, pensando en el destino de la nación más que en el ejercicio confortable del poder, de crear las condiciones para que esa doble reserva de talento se revierta en bien de toda la sociedad, o, por el contrario, inhibir su despliegue por temor a los “daños colaterales” que pueda ocasionar, pues, como escribió a Nikita Kruschev en 1954 el académico Piotr Kapitsa: “una de las condiciones para el desarrollo del talento es la libertad de desobediencia”.

El papel del intelectual contemporáneo ya no es el mismo que en época de Emil Zolá, Antonio Gramsci o Jean Paul Sartre. Una sociedad mucho más compleja y el recuento de la experiencia histórica excluyen los sitiales de gurús supremos. Aun así, el talento sigue siendo “incómodo” para toda forma de poder que no asuma a la intelectualidad y su “conciencia crítica” como parte inalienable del tejido social y propulsor de su desarrollo. El Estado moderno no puede entresacar con una pinza de cejas aquellos saberes deseables y desechar los saberes incómodos. Está condenado a comprar el pack completo.

Umberto Eco afirmaba que nada lo irritaba más (o lo hacía sonreír) que ver a los intelectuales utilizados como oráculos. Y nada más alejado de este texto que pretenderse oracular. Me bastaría que algunas de estas ideas alimentaran el debate entre los hombres y mujeres destinados a construir la Cuba del mañana.

“Outsiders”; en: Espacio Laical, nº 1, La Habana, 2012, pp. 69-71. http://www.espaciolaical.org/contens/29/6971.pdf





Discusiones bizantinas

27 01 2012

Quien repase el Documento base para la Primera Conferencia Nacional del Partido Comunista de Cuba, coincidirá con las palabras de Raúl Castro en el aeropuerto de La Habana, tras despedir al presidente iraní Mahmud Ahmadineyad: “no hay que hacerse tantas ilusiones con la conferencia ni levantar mucha perspectiva (sic) (…) Ahora es una cuestión interna del partido”. Si no hay que hacerse tantas ilusiones y es un mero asunto de política interna, ¿para qué perder tiempo en formalidades de esa naturaleza cuando el país está abocado a la inminente bancarrota?

Como en un chiste que contaban los moscovitas, al romperse el tren que conducía a la URSS por el camino del socialismo, Leonid Brezhniev pidió a los maquinistas y mecánicos que subieran a bordo y se sentaran. “Pero el tren está roto, camarada”. “No importa. Siéntense. Y ahora muévanse hacia delante y hacia atrás, como si estuvieran sometidos a la inercia del tren en movimiento”. Cuando todos lo imitaron, Brezhniev sentenció: “Como ven, el tren no se mueve. Pero parece que se mueve”.

El documento de marras recuerda en su retórica añeja a aquella discusión bizantina perpetrada por los monjes para  decidir si las sandalias reglamentarias serían negras o marrón, el color de la cuerda con que se anudarían la sotana y su calibre específico, mientras Mohamed Mahomet II, El Conquistador, sitiaba Constantinopla, y el ejército de Constantino XIII se desangraba para impedirlo. (Mohamed Mahomet II dispondría más tarde de mucho tiempo libre para ocuparse de los monjes).

El punto I, “Funcionamiento, métodos y estilo de trabajo del Partido” es un calco de cientos de documentos anteriores, y reitera el dogma de que el PCC es la vanguardia de la sociedad, no porque sus ideas sean las más eficientes, avanzada o innovadoras; ni porque cuente con la mayoría de los votos en una pugna electoral con otras formaciones; ni siquiera porque sus miembros sean los más cualificados. Es la vanguardia porque es la vanguardia.

Si alguien quisiera armar un diccionario de dialecto burocrático, el punto II, El trabajo político e ideológico, es una fuente indispensable. En él aparecen todas las frases hechas de este medio siglo: “fortalecer la unidad nacional”, “impulsar la participación”, “evaluar sistemáticamente”, “profundizar en la conciencia”, “estimular la protección y cuidado de los bienes”, “incentivar la participación real y efectiva”, “promover en el pueblo la cultura económica, jurídica, tributaria y medioambiental”, “perfeccionar la atención política”, “desarrollar la labor política e ideológica”, “proyectar estrategias”, “combatir enérgicamente”, “enfrentar los prejuicios”, “consolidar la política cultural”, “adecuar la enseñanza del marxismo leninismo”. (¿Adecuarla al protocapitalismo de Estado?). De modo que cuando nos llama a “enfrentar las manifestaciones de formalismo”, uno se queda tan perplejo como ante una revista sadomaso encabezada por un editorial sobre las virtudes de la moral cristiana y los beneficios de la abstinencia.

En ese mismo punto se llama a “reflejar a través de los medios audiovisuales, la prensa escrita y digital, la realidad cubana en toda su diversidad” y a “estimular que los medios de comunicación masiva sean una plataforma eficaz de expresión para la cultura y el debate”. Dicho por los mayores perseguidores de la libertad de expresión, son afirmaciones equidistantes entre el cinismo y el humor negro.

En cuanto al punto III, la Política de cuadros, lo más novedoso es la reiteración de la limitación a diez años de los altos cargos (cuando la esperanza de vida de ningún alto dirigente cubano alcanza esa cifra). Es una humorada “promover que los cuadros surjan de la base” desde una cúpula integrada, casi exclusivamente, por septuagenarios autoelegidos por razones históricas. Y garantizar la “sólida preparación técnico-profesional, probadas cualidades éticas, políticas e ideológicas” es apenas una boutade futurista. Pedir a los cuadros  “mayor agilidad e iniciativa” desde la parsimonia con que el raulismo está desplegando sus tímidas reformas es un total contrasentido. Y “demandar de los cuadros el cumplimiento de las disposiciones legales y exigir, cuando corresponda, la responsabilidad a los infractores”  es una verdadera novedad, el pleno reconocimiento de que en Cuba no todos son iguales ante la ley. En cualquier país medianamente funcional esa especificación resulta innecesaria. Cuadros o no cuadros, todos los ciudadanos están obligados al “cumplimiento de las disposiciones legales”. Reiterarlo es como recordarles que en su condición de cuadros deben respirar más o menos regularmente.

En las Relaciones del Partido con la UJC y las organizaciones de masas, el punto IV, se ofrecen las instrucciones de cómo continuar manteniendo con ellas la misma relación fraternal del titiritero con su marioneta: “garantizar un vínculo sistemático”; “atención a los pioneros, adolescentes y jóvenes”; “garantizar que el método y las formas para la selección de sus cuadros sean…”, e incluso “promover espacios para la recreación” y “perfeccionar las publicaciones juveniles” (al estilo del diario Granma).

De modo que cuando Ricardo Alarcón afirma en relación a la Conferencia que “la renovación es indispensable en todo, (y) es absolutamente indispensable en la isla” quiere decir absolutamente nada. Correlacionar este documento con decenas o cientos de documentos anteriores demostraría que esa “renovación” ni siquiera alcanza a la sintaxis.

Y Mariela Castro, tan especializada como de costumbre, confía que la conferencia “ayude a desbloquear el proyecto de ley sobre los derechos de transexuales y homosexuales”. ¿Y los derechos de los once millones restantes, e incluso de los trans y homos cuando no cumplen su estricto papel de criaturas sexuales en la que el marielismo-leninismo las quiere confinar?

A mediados de noviembre pasado, Pedro Campos publicó en Kaos en la Red su artículo “Cuba: La Conferencia puede ser la última oportunidad” (www.kaosenlared.net/noticia/cuba-conferencia-puede-ser-ultima-oportunidad). En él, Campos reitera algo sobre lo que ha hecho énfasis en textos anteriores: que la revolución del 59 fue política, pero dejó pendiente la revolución social. “Estatizó toda la propiedad, pero no la socializó, ni cambió la organización asalariada del trabajo que tipifica el capitalismo. Del capitalismo privado, pasamos a un capitalismo monopolista estatal y (…) un orden político centralizado. Aquella revolución (…) nunca realizó los cambios democráticos y socializantes necesarios”. Por el contrario, instauró el estado-parásito subvencionado por la URSS y Venezuela.

Campos acusa al status quo de déficits democráticos, estatismo, corrupción y retranca a la implantación de “un socialismo más participativo y democrático” por el que él aboga. Y ahora “el estado enfatiza su carácter controlador y recaudador de las finanzas y los recursos, al tiempo que trata de desentenderse de sus compromisos sociales” (suma “lo peor del “socialismo de estado” y “lo peor del capitalismo neoliberal”). Concluye que “capitalismo estatal más capitalismo privado, suma capitalismo” promovido por “una burocracia que pierde, por días, la vergüenza revolucionaria”. (Si alguna vez la tuvo, le faltó por anotar). Y teme que “nos arrebaten la revolución” “unos cuantos obcecados, desviados por los vicios, egos y ánimos de lucro que engendra el poder”.  Un temor superfluo, porque la revolución ya le fue escamoteada al pueblo cubano en los años 60.

Tras un análisis objetivo, y en gran medida certero, de la realidad cubana, Campos no puede evitar deslizarse hacia la Política-Ficción y la Sociología-Ficción, una tendencia de la izquierda que sicoanalistas más capacitados que yo deberán estudiar algún día. Argumenta que la variante tropical del sistema chino no será posible en Cuba porque nuestra historia “ha generado en nosotros un sentimiento muy fuerte contrario a la explotación, a la sumisión, a la dominación, a trabajar para otros: los cubanos preferimos trabajar para nosotros mismos y nuestras familias, lo cual nos hace autogestionarios, por principio, algo que no está tan enraizado en la conciencia social china de carácter cuasi-feudal”. Lo cual podría explicar que dos millones de cubanos se hayan ido (y 50 millones de chinos), pero no que los once millones restantes hayan soportado medio siglo de explotación, sumisión y dominación trabajando para otros. Alerta que en dos años puede Cuba convertirse en neocolonia con la entrada masiva de capital norteamericano, aunque confía en que “el rechazo de los cubanos al imperialismo, y especialmente al imperialismo norteamericano, hace muy difícil aquí reintroducir el capital del Norte en amplia escala; no así sus productos”. Sin que nos explique por qué rechazarían los cubanos el capital que levanta una empresa y ofrece empleo, y no los productos. El militante del partido parece usurpar el puesto al científico social. Un militante incapaz de alcanzar ciertas verdades cuando estas florezcan fuera de los límites de su pastizal ideológico.

Teme, no sin cierta razón que el rechazo popular al seudosocialismo imperante incline el péndulo político al otro extremo. Anuncia la posibilidad de una verdadera revolución y concluye que “Si al pueblo no queda otra opción que la revolución política, no culpen a los revoltosos, a los inconformes, a los desposeídos, a los revolucionarios, a los que decidan cambiar el gobierno a como dé lugar”.

¿Estamos, como augura Campos, en vísperas de una segunda revolución si el gobierno no implanta los cambios hacia un socialismo libertario y participativo? Una población harta e incrédula de sus gobernantes, una gerontocracia más atenta a su supervivencia que al bienestar de los gobernados, una economía en bancarrota y un panorama de crisis internacional son ingredientes óptimos para prefigurar un estallido, pero, a menos que ocurra un grave error de cálculo o una catástrofe, no se avizora la revuelta que predice Campos, y menos aún hacia ese socialismo participativo y libertario que sería una primicia mundial.

La historia de los totalitarismos del siglo XX demuestra que esos estallidos re-revolucionarios raras veces se producen. En Cuba, la re-revolución ha sido migratoria. El Estado emplea ingentes recursos en penetrar a los grupos opositores desde su estado larval y reprime con rudeza desproporcionada la más mínima disidencia, podando continuamente su base social. Aunque existen imponderables que podrían propiciar estallidos espontáneos y, posiblemente, fuera de todo control, en particular el de la disidencia tradicional: agravamiento extremo de la crisis mundial, hundimiento de la economía cubana, un exceso represivo y no convenientemente ocultado, o un mal cálculo del equilibrio entre pequeñas aperturas que creen esperanza y anclajes conservadores que preserven el status quo. En ese caso, ¿dispararía el ejército contra el pueblo? Me gustaría asegurar, como Campos, que no, pero los generales serán los grandes beneficiados de un poscastrismo a su medida que ya prefiguran. Si están dispuestos a inmolar la felicidad de once millones de compatriotas a su proyecto de reencarnar como la oligarquía de la Cuba futura, ¿dudarían en fusilar in situ a diez soldados reticentes para garantizar la obediencia de los otros?

“Discusiones bizantinas”; en: Cubaencuentro, Madrid, 27/01/2012. http://www.cubaencuentro.com/cuba/articulos/discusiones-bizantinas-273356





Acompañar y servir. No prevalecer. Entrevista a Roberto Veiga González, editor de Espacio Laical

22 11 2011

Roberto Veiga González (Matanzas, 1964), jurista de profesión, comenzó a colaborar en el proyecto de la revista Espacio Laical el 29 de junio de 2005, y el 21 de diciembre del mismo año se convirtió en su editor. Es profesor del Seminario San Carlos y San Ambrosio de La Habana. Dado que Espacio Laical está protagonizando buena parte del debate teórico que se está produciendo en la Isla en este momento de inflexión de su historia, y al renovado papel de la Iglesia Católica en ese debate, le hemos propuesto un cuestionario que toca varios temas clave para el destino de la nación.

Estimado Roberto, uno de los sucesos posiblemente más dañinos para la nación cubana fue la abolición de la diversidad en la prensa ocurrida a inicios de los 60. Ello suprimió un importante observatorio crítico del devenir insular que, a los efectos sociales, juega el mismo papel que las llamadas células avisadoras en el organismo. Salvo contadas excepciones en ciertos momentos del último medio siglo, la prensa oficial cubana se ha comportado como un buró de agitación y propaganda. En ese clima, todavía imperante, aparecen algunas revistas católicas como Palabra Nueva, Vitral y Vivarium, de mediados de los 90, y Espacio Laical (2005),  por citar algunas. Obviamente, ellas no existirían sin la feliz conjunción entre el interés y la profesionalidad de sus editores y el apoyo de la Iglesia Católica. ¿En qué medida ha sido un proyecto de sus editores que ha recibido el apoyo de la Iglesia, o una política de la Iglesia que ha convocado a los editores? ¿En qué medida esta nueva prensa y su implicación en los temas sociales ha sido aceptada por el gobierno y qué obstáculos ha tenido que sortear?

Roberto Veiga González (RVG): La diversidad de análisis, de criterios y de propuestas siempre enriquece la vida nacional, pues constituye una posibilidad para advertir las fallas que dañan el devenir social y encauzar nuevos rumbos que puedan conducir al país hacia una mayor prosperidad y un mayor equilibrio. Esto es posible, únicamente, cuando existe un potente y responsable entramado de entidades ciudadanas que constituyen la sociedad civil –sindicatos, y otras asociaciones de profesionales, de estudiantes, de campesinos, de vecinos, entre otras (siempre autónomas y democráticas)–, y la sociedad política ­–una pluralidad de partidos políticos, así como mecanismos para que los ciudadanos controlen el cumplimiento de la constitución, el desempeño del parlamento y la gestión del gobierno, entre otras maneras–. Y la prensa resulta un medio indispensable para socializar los análisis, los criterios y las propuestas, así como las gestiones de toda esa diversidad. En tal sentido, los medios de comunicación tienen que ser tan plurales como plural sea cada sociedad.

En Cuba no ha sido así en los últimos cincuenta años. Hemos vivido en un sistema socio-político que se fundamenta en la dirección de una “vanguardia”. Y esta, como un resultado de esa lógica, es quien asume el derecho único de pensar el país –aun cuando tolere otras opiniones y en algunos momentos haya efectuado ciertas consultas a la ciudadanía–.  Esta premisa de los ideólogos del socialismo de Estado –ya fracasado históricamente– ha empobrecido las potencialidades de nuestra sociedad y, por supuesto, el desempeño de la prensa. Si bien es cierto que, en determinados momentos, ha sido posible encontrar en alguna prensa escrita (Juventud Rebelde, por ejemplo) y en ciertos espacios de la radio –en muy escasas ocasiones a través de la televisión– algunas expresiones autónomas del sentir de los ciudadanos. También se hace necesario destacar el surgimiento, en la década de los 90, de publicaciones importantes que disfrutan de una juiciosa autonomía en relación con los preceptos ideológicos imperantes, como son las revistas Temas, La Gaceta de Cuba y Criterios. Y, más recientemente, la llegada de Internet, el correo electrónico y la memoria flash han contribuido –enormemente, aunque sólo en un sector de la población– a ampliar y a democratizar el acceso a la información y el espacio de debate.

En medio de esa realidad, y de manera muy especial en el brevemente esbozado contexto de los años 90 y de los 2000, han ido surgiendo y consolidándose las publicaciones de la Iglesia Católica.  Con ello, la Iglesia pretende poseer sus propios medios para desarrollar la misión evangelizadora, en la cual se integran todos los temas: espirituales, culturales, familiares, sociales, económicos y hasta políticos, pues todos los ámbitos de la vida son constitutivos de la naturaleza humana y comprometen la realización de cada persona –criatura de Dios, por quien debe velar la institución religiosa.

Por lo general, las publicaciones –entre las cuales se encuentran las que mencionas– no surgieron por una disposición que emanara solamente de una iniciativa estratégica de la correspondiente jerarquía eclesiástica (el Arzobispo de La Habana en los casos de Palabra Nueva, Vivarium y Espacio Laical, y el Obispo de Pinar del Río en el caso de Vitral). Más bien, los pastores convocaron a la búsqueda de nuevos medios para la acción de la Iglesia en la sociedad cubana y fueron apoyando los proyectos que lograron surgir, allí donde germinaron ciertas condiciones que lo favorecían.

Esta nueva prensa, en sus inicios, fue vista como un peligro, pues para algunos podía constituir una competencia desestabilizadora. Así pensaron muchísimas de las autoridades, y algunos que no poseían cargos políticos, estatales o gubernativos, sino ciudadanos medios –llamados revolucionarios– que concebían el devenir social desde una ortodoxia estalinista muy poco abierta a lo diverso. Esto, como es obvio, ha provocado inconvenientes, entre los cuales se encuentran: la suspicacia y el disgusto ante diferentes opiniones aparecidas en estos medios y la amonestación a algunos colaboradores por los criterios vertidos, así como la advertencia a intelectuales que se desempeñan en instituciones oficiales para que no escriban en nuestros medios. Sin embargo, esta realidad ha ido cambiando gracias a la apertura por parte de muchos y a la labor transparente y constructiva –nada desestabilizadora– que ha marcado el desempeño de la generalidad de estas publicaciones.

 

Hoy, Espacio Laical es un referente imprescindible para comprender la sociedad cubana y su devenir, los conflictos más candentes y los debates que prefiguran el destino de la nación. Observo una paulatina transición, desde sus comienzos hasta hoy, en el énfasis: desde los temas inherentes a la comunidad católica cubana, hacia los temas que atañen a toda la nación y su destino. Al mismo tiempo, es evidente, desde el diseño hasta los contenidos, así como el nivel de los colaboradores, una acentuada profesionalización. ¿Qué factores humanos y materiales han propiciado ese cambio? ¿Cómo ha repercutido todo ello en el alcance de la publicación, su distribución en la Isla, la ganancia de nuevos lectores, no obligatoriamente dentro de la comunidad católica, y las relaciones con el Estado?

RVG: Los católicos debemos servir al prójimo y nuestro prójimo más cercano es el cubano que sufre y que para conseguir sus anhelos necesita sanarse y reconciliarse consigo mismo y con el otro. En tal sentido, la revista debe ofrecer a Jesucristo, para que todo aquel que alcance a tener fe pueda renovarse humanamente. Por ello estamos obligados a dedicar un bloque de la publicación a temas espirituales, teológicos y filosóficos-religiosos. Sin embargo, no hemos conseguido articular debidamente este espacio; lo cual constituye un reto.

Por otro lado, nos percatamos muy pronto de que también debíamos trabajar en otra dimensión de la reconciliación. Para hacerlo consensuamos promover el encuentro, el diálogo y el consenso entre cubanos. En este ámbito, con la ayuda de Dios –pues muchísimas circunstancias parecían hacer imposible dicho propósito–, hemos tenido más suerte. La revista se propuso ser un espacio para la comunión entre los más diversos criterios que laten en la nación cubana, siempre que se formulen con fundamentos y por medio de un lenguaje de diálogo, capaz de tender puentes y no construir trincheras de combate. Esto ha sido muy bien acogido por el público, pues los cubanos demandan –con urgencia y ansiedad– mucha serenidad para tratar los asuntos del país y espacios para expresar, o ver reflejadas, sus preocupaciones y expectativas. Por esta misma razón ha ido aumentando la cantidad de nacionales –residentes en la Isla y en la diáspora, con diversos credos ideológicos, políticos, filosóficos y religiosos– que ofrecen su contribución, con el deseo de brindar un pequeño aporte al bien de Cuba, de cada cubano. Esta identificación de la revista con la suerte de las más plurales preocupaciones y expectativas que agobian a nuestros compatriotas ha intensificado la relación de la publicación y de la Iglesia –institución a la cual pertenece– con la nación cubana.

En cuanto a mi valoración acerca de la relación de la revista con el Estado, todo depende de qué entendemos por Estado. Si lo reducimos a las autoridades y funcionarios que rigen el país, entonces debo decir que pueden admitirse distintas interpretaciones. Algunos han expresado que no les gusta la publicación y hasta han hecho algún esfuerzo por entorpecerla, pero otros –que constituyen un sector significativo– la siguen y la valoran. Esto ya es un paso positivo en la relación del Estado con la revista y con la Iglesia, pero sobre todo con los criterios que se expresan en la misma.

Has mencionado que el compromiso de la revista “desde la Iglesia y como Iglesia” es con el “bienestar de Cuba” y tu rechazo a que ella “se convierta en la plataforma de una única visión de la cosas, aunque esta emane del Evangelio y, por ende, la abrimos a la exposición de los criterios más disímiles, siempre que estos sean lógicos y profundos y se expresen a través de metodologías que no contradigan los valores de la fe cristiana”. En una sociedad transitada por medio siglo de laicismo, abolición de la enseñanza católica y ateísmo programático, y donde las posiciones mayoritarias de la sociedad en temas como el matrimonio (incluso el matrimonio gay), el aborto, la sexualidad y la educación distan mucho de la doctrina oficial de la iglesia, ¿se plantea Espacio Laical el debate abierto de estos temas ofreciendo espacio a criterios antagónicos, a pesar de que la revista se haga “desde la Iglesia y como Iglesia”?

RVG: Para la Iglesia, una de las maneras de realizar su catolicidad (aspiración de universalidad) es ofreciendo espacios con el propósito de que todos puedan expresarse, siempre que la intención sea procurar el bien por medio del bien. Pero, además, esto le exige asumir lo positivo de todo el abanico de criterios y deseos de la sociedad, perfilarlo desde fundamentos evangélicos y promoverlo. En tal sentido, la Iglesia debe sentirse obligada a dialogar con todas las opiniones de este mundo y tratar de alimentarse de las mismas –cuando esto sea posible y en la medida pertinente–. Nuestra revista es un instrumento de la Iglesia que, en alguna medida, la ayuda a realizar ese servicio.

Sin embargo, dada las urgencias de nuestra realidad, así como las inquietudes y angustias de los pensadores relacionados con nuestra publicación, se ha postergado el debate en relación con los temas que mencionas, por ejemplo: aborto, sexualidad y matrimonio. No obstante, opino que –llegado el momento– el Consejo Editorial aceptará concederle el espacio necesario al intercambio de ideas sobre estas materias. ¿Por qué no? Compartir los argumentos, siempre que se haga con profundidad y respeto, contribuye a la comprensión y al acercamiento entre las personas con opiniones diferentes, y esto es parte de la misión de la Iglesia.

 

La publicación ha insistido en que el estado actual y el futuro de la nación exige hermanar a sus miembros, rearticular consensos y fraguar un nuevo pacto social en esa Casa Cuba que reúna y acepte la diferencia alrededor de un proyecto común, “intentar promover toda la diversidad de la nación” y “procurar una relación fraterna entre toda esa pluralidad; pues solo así se contribuye verdaderamente a la unidad en la diversidad”. Has hablado de “un espíritu de diálogo, no de deslegitimación ni de confrontación”. Y creo que no de otro modo alcanzará el país una reformulación de su destino donde quepan todos. ¿Crees que ello sea posible en la circunstancia actual o que existan indicios que permitan avizorarlo en un futuro próximo? El Partido Comunista, en su Proyecto Documento Base de la Primera Conferencia Nacional del PCC, insiste en equiparar Patria, Revolución y Socialismo, un monopolio de la imagen de nación que no deja demasiado margen a esa diversidad respetuosa e incluyente.

RVG: Estoy convencido de que el equilibrio y el progreso de la nación dependen de la capacidad que tengamos para encontrarnos, para dialogar, para llegar a consensos, para cincelar una sociedad renovada. Y esto es posible si quienes poseemos esta convicción –desde todo el espectro político e ideológico de la nación–, trabajamos arduamente por lograrlo. Sin embargo, en algunos momentos tengo mis dudas acerca de que –aunque sea posible– resulte verdaderamente probable. Posible y probable no son términos idénticos.

Si analizamos las circunstancias actuales que prefiguran el acontecer nacional podemos advertir fuertes –fortísimos–  elementos que entorpecen la promoción de un camino de encuentro, de diálogo y de refundación. En las estructuras partidistas, estatales y gubernamentales abundan los dirigentes y funcionarios atrincherados en viejos esquemas políticos que tienden a la exclusión y al inmovilismo. No obstante, también debo resaltar que existen otros con una sólida capacidad política y con una suficiente claridad acerca de los cambios que necesita el país, aunque a veces sea difícil distinguirlos públicamente.

Por otro lado, quienes hasta ahora poseen los controles políticos de nuestra emigración rechazan de manera visceral la posibilidad de dialogar con los afines a la Revolución y se sulfuran ante la posibilidad de que se produzca en Cuba una reforma, en la que participen activamente las actuales autoridades, encaminada a lograr mayores cuotas de libertad y de justicia, así como un mayor bienestar espiritual y material. Sin embargo, también debo destacar que en nuestra emigración han ido destacándose nuevas personalidades y entidades que constituyen un signo de esperanza.

Otro sector a mencionar es la disidencia. Un segmento significativo de esta tampoco contribuye a un auténtico clima de diálogo, aunque muchas veces en su discurso se aboga por el mismo, porque el fundamento de sus propuestas y el espíritu de su quehacer político están marcados por la metodología de la confrontación y del aniquilamiento del otro. Este sector no tiene poder y posee mucha menos influencia que los dos anteriormente indicados. Sin embargo, algunas instituciones extranjeras y medios de comunicación, también foráneos, le conceden determinada relevancia y consiguen cierto influjo del mismo en sectores de la opinión pública internacional y en posiciones políticas de determinados gobiernos.

Es posible percibir que varios sectores hasta ahora muy bien instalados políticamente no favorecen –en la medida que reclaman nuestras urgencias– la constitución de un sendero de encuentro, de diálogo, de consenso, de refundación. A veces pienso, y hasta me convenzo, que el presidente Raúl Castro tiene conciencia de cuán vulnerable hace esto a la nación y que tiene previsto crear condiciones para revertir –en alguna medida– este peligro. Ciertamente, tal vez piense hacerlo de una manera diferente a la que podamos preferir unos y otros, pero –de todos modos– podría ser beneficioso para el país y colocarlo en un peldaño superior que le facilite una redefinición sistemática y un ascenso continuo. Sin embargo, en ocasiones me sorprendo –muy preocupado– creyendo descubrir que no puede hacerlo, que no podrá lograrlo. Esto sería fatal, por eso se hace imprescindible ayudar a que el proceso sea probable.

En estos momentos, está circulando el Proyecto Documento Base de la Primera Conferencia Nacional del PCC. Lamentablemente, parece que no satisface las expectativas de la inmensa mayoría. El documento propone cambios interesantes, como los relacionados con el papel de los medios de comunicación, pero faltan muchísimos otros cambios que deberían debatirte en ese evento, y continúa colocando al PCC dentro de una concepción dogmática y de poder que lo  aleja de una verdadera función política.

No es posible reconocer que existe un distanciamiento entre las ideas del PCC y del pueblo, en especial de los jóvenes, y asegurar que esto es debido a que no han funcionado los mecanismos para el trabajo ideológico. Si fuera así, tan simple, la cuestión sería resolver la manera de que todos comprendan y asuman los criterios de quienes dirigen el Partido. Pero la cuestión es mucho más compleja. Nuestra sociedad es muy, pero muy plural, y no habrá solución si todos no procuramos entender a cada uno de nosotros. En tal sentido, más bien sería el Partido quien debe tratar de comprender los criterios de toda la diversidad nacional y establecer un diálogo con ella.

Se hace obligatorio redefinir el lugar de la ideología y la manera de emplearla. Por supuesto que siempre habrá ideología en el desempeño social de todo país. Incluso sería conveniente que en cada sociedad convivan y se proyecten varias ideologías desde una dinámica de enriquecimiento mutuo. Esto podría ser muy beneficioso. Sin embargo, un trabajo político-ideológico entendido como un universo de mensajes continuos e intensos que pretenden mostrar un conjunto de conceptos, valores y principios, así como hechos históricos que parecen confirmar la realización de los mismos, con el propósito de brindar herramientas para que los ciudadanos resistan una crisis ya larga, que puede parecer interminable, en la que se les consumen sus vidas, suele resultar un quehacer casi estéril y hasta producir hastío. Lo que debe proyectarse de manera continua e intensa es un entramado de gestiones, tan diversas y universales como sea posible, encaminadas a presentar propuestas, a dialogarlas y a lograr consensos acerca de cómo conseguir el mayor bienestar posible para nuestro presente y para nuestro futuro. En fin, hacer política en la sociedad y con toda la sociedad.

Por otro lado, el documento plantea que deben separarse las funciones partidistas de aquellas otras gubernativas y empresariales. Sin embargo, se aferra a orientar que el Partido puede reunir a las administraciones y a todos los factores (como le llaman) para que les rindan cuentas. Igualmente, y para confirmar la contradicción, propone que los dirigentes del Partido roten por cargos de dirección en el Estado y en el gobierno. No estoy en contra de que militantes y dirigentes del Partido ocupen cargos de dirección en el Estado, en el gobierno y en el empresariado; pero desearía que lo hagan porque hayan resultado ser los mejores para hacerlo y como producto de mecanismos democráticos, y no porque sean militantes del Partido y como resultado de una planeación en la dirección del mismo.

Asimismo, el documento plantea que se pueden disfrutar de todos los derechos y hasta ocupar cargos públicos, etcétera, sin discriminación racial, de género, de creencias religiosas y de orientación sexual. Esto constituye el resultado de un proceso positivo que se viene gestando desde hace años y tal vez ahora llegue a un momento importante de consolidación.  No obstante, el documento no precisa si podrá participar toda la pluralidad de criterios socio-políticos que existe en cada uno de estos segmentos de la sociedad. Esto último resulta muy importante en materia de igualdad y participación ciudadana. Lamentablemente, todo el proceso de reformas está marcado y dañado por cuestiones de esta índole. Se suelen anunciar las transformaciones desde una presunta voluntad de apertura amplia y profunda y por ende efectiva, pero después –cuando se elaboran las medidas y se comienzan a implementar– resulta limitada y quebrantada dicha voluntad. Esto puede tener una explicación. Sin embargo, el país no puede esperar mucho más sin correr un alto riesgo. Se hace imprescindible asumir una robusta dosis de apertura y claridad, integralidad y celeridad.

Muchas más pueden ser las críticas a dicho documento, pero continuar desbordaría la intención de una entrevista. Realmente, desearía un Estado no confesional; sin embargo, por ahora no hubiera pretendido que se renunciara a mantener los imaginarios de Revolución y de socialismo, pero sí que los reinterpretaran –sin que ello implicase una claudicación para nadie–, de manera que hicieran al Partido más político y más democrático, y al Estado más inclusivo y más republicano.

La Iglesia Católica como institución ha jugado en Cuba diferentes papeles a lo largo de su larga historia. No hubo en las colonias inglesas o francesas una denuncia de la masacre de los nativos equivalente a la de Las Casas. Connivente con la esclavitud y con la colonia frente al movimiento independentista, a pesar de algunas figuras de alto relieve que apoyaron la causa cubana. Alineada con los estamentos del poder durante la república. Sometida más tarde por el Estado y el gobierno revolucionarios, ha devenido recientemente una interlocutora necesaria para las liberaciones de disidentes, por ejemplo, hecho interpretado por algunos como un saludable ejercicio de mediación y por otros como una claudicación. Más allá de las distancias, los cubanos estamos condenados a entendernos si queremos sobrevivir como nación. ¿En qué medida percibe el pueblo de Cuba a la Iglesia como un factor importante de ese diálogo y de esa conciliación, y en qué medida desconfía de que su intervención esté condicionada por sus propios fines como institución y no por los intereses de la mayoría de los cubanos, creyentes o no creyentes?

RVG: Tiene usted cierta razón en esas aseveraciones que ha hecho acerca de la Iglesia en la historia de Cuba. No obstante, la realidad posee muchos matices y, por tanto, no pueden hacerse afirmaciones tan categóricas, ni en contra ni a favor. Resulta imposible hacer ahora un recuento histórico capaz de ofrecer una visión de la Iglesia más positiva que la presentada en la introducción de su pregunta. Sin embargo, daré algunas breves pinceladas que permitan demostrar que es posible.

Es cierto que la Iglesia no estuvo, en bloque –como yo hubiera preferido hoy–, en contra de la esclavitud. Pero, como usted afirma, hubo figuras de la Iglesia que abogaron en contra de la misma, y en Cuba la Iglesia hizo un esfuerzo tremendo por lograr un trato más humano para los esclavos. Hasta tal punto fue la presión que intentó hacer la institución en este sentido, que los hacendados comenzaron a traer de España los capellanes para sus haciendas, con el propósito de que no fueran sacerdotes obligados a obedecer los requerimientos de la Iglesia en la Isla en materia de atención a la esclavitud.

En cuanto a la connivencia con España en contra de la independencia, debo recordar que para lograrlo hubo que desarrollar una política de descubanización del clero. La Iglesia había asumido una labor fundadora de la nación, promoviendo la cubanidad, así como los fundamentos de las diferentes formas políticas que pretendían realizar la misma: el reformismo, el autonomismo y el independentismo. Todas las posiciones políticas, siempre que pretendieran fundar lo cubano, fueron acogidas y alimentadas por la Iglesia. Ahí está el ejemplo de la faena desarrollada por el Colegio-Seminario de San Carlos y San Ambrosio de La Habana. Esta labor fue tan importante que no pudieron dejar de beber de sus fundamentos libertarios casi ninguno de los patricios que hicieron posible la nación y la independencia, por lejanos que estuvieran de la fe católica.

En este sentido, también existen muchos argumentos que pudieran matizar sus afirmaciones acerca de una Iglesia alineada únicamente con los estamentos del poder durante la república, y sometida más tarde por el Estado y el gobierno revolucionarios. La Iglesia jamás fue sometida durante la etapa revolucionaria. Ella –como consecuencia de una lucha entre la institución eclesiástica y la Revolución, conflicto en el cual tuvieron responsabilidad ambas partes– fue estigmatizada, agredida y acorralada, pero esto no conllevó que fuera dominada. La Iglesia no se dejó dominar y asumió el confinamiento con mucha entereza y dignidad, lo cual hizo posible que resistiera, creciera, se consolidara, ganara en influjo social y consiguiera legitimarse como un actor nacional responsable. Para conocer la Iglesia de estos tiempos se hace imprescindible estudiar el Encuentro Nacional Eclesial Cubano realizado en 1986, que fue el resultado de 10 años de diálogo entre todos los miembros de la Iglesia en Cuba, donde la misma decidió ser muy, pero muy evangélica y muy, pero muy cubana, abierta a todos y dispuesta a acompañar a cada cubano, fuera quien fuera. Invito a estudiar el documento final de este proceso.

El actual papel de la Iglesia como posible interlocutora no es un rol sacado de abajo de la manga, sino el resultado de una historia que, tal vez, algunos no conozcan bien (o no quieren conocer). La historia de la Iglesia en Cuba, y en especial durante este último medio siglo, ha hecho posible que la inmensa mayoría del pueblo la perciba como un factor importante de diálogo y de conciliación. Claro, existen algunos que dudan de sus intenciones –dudar es un derecho–. Sin embargo, debo precisar que muchos de esos prejuicios acerca del actual desempeño de la Iglesia tienen origen en la campaña de un sector que no le perdona a la institución procurar un arreglo entre todos los cubanos, donde nadie resulte perdedor, y se logre un cambio ordenado del modelo socio-político-económico que responda realmente a los deseos de la nación, del cubano medio, del cubano pobre. Ese otro sector lleva años añorando la confrontación, el aniquilamiento del otro y el caos como medios para erigirse luego en “únicos salvadores” del país. Por eso consideran la labor de la Iglesia como una claudicación motivada por intereses mezquinos y oportunismos de todo tipo. Pero esto no debe preocuparnos; ya Martí nos advirtió que es sólo el amor quien ve, que quienes aman, edifican, y quienes odian, destruyen.

Una de las grandes virtudes de Espacio Laical es no recluirse en “un pensamiento netamente católico o que emane del catolicismo” (te cito), sino el haber conseguido un espacio plural de debate que ha tocado muchos de los temas cruciales que inquietan (y angustian) a los cubanos. ¿Es posible mantener esa línea editorial y conservar ciertos equilibrios sin levantar los obstáculos que terminaron con una revista como Vitral?

RVG: Dos escenarios pudieran hacer fracasar el proyecto de Espacio Laical, antes de tiempo, antes de que cumpla su cometido. El primero, si los sectores intransigentes logran detener y revertir el proceso de reformas que, aunque lento y poco claro, se va realizando sin dar pasos atrás, y entre sus propósitos esté interrumpir todo empeño de participación real y de diálogo serio. El segundo, si el proceso de reformas continúa, pero con mucha lentitud, escasísima claridad, poca audacia para desatar los debates y limitada capacidad de escucha de la opinión ciudadana; porque ello podría generar una falta de confianza y una apatía que genere poca disposición para hacer públicas las opiniones y participar en la construcción de una Cuba mejor. Estos escenarios son posibles. Sin embargo, nosotros rezamos para que no ocurran y cada día sean más las posibilidades de expresar los criterios, dialogar y alcanzar consensos, a través de todo un universo de medios, entre los cuales se encuentre nuestra revista. De esta manera, como es lógico, también un día la publicación llegará a su fin, pero no de forma traumática.

Se ha hablado de que en ocasiones Espacio Laical y otras revistas católicas presentan una “realidad virtual”, un diálogo que es, de momento, incipiente. Yo, en cambio, soy de los que considera que ya hay que trabajar para el mañana, prefigurar el diálogo y el entendimiento entre todos los cubanos. A ello has respondido que “sería injusto no reconocer cuánto se ha avanzado en los últimos años”. ¿Puedes enumerar esos avances?

RVG: La cuestión nacional se ha convertido en tema central de muchísimos diálogos entre vecinos, compañeros de trabajo y de estudio, amigos y familiares. Dichos coloquios, a veces, sobrepasan la mera conversación y se convierten en foros de debate que van creando una opinión socializada. Estas charlas han demostrado que los cubanos pueden encontrarse e incluso ponerse de acuerdo, a pesar de las diferencias de criterios. Estos intercambios tienen hoy un espacio que los privilegia: el e-mail y, en muchos casos, han conseguido determinada institucionalización, como es el ejemplo de esta misma publicación, Cubaencuentro.

En la sociedad civil de la Isla existen muchos espacios de diálogo institucionalizados. Mencionaré algunos de los más destacados en La Habana: las revistas La Gaceta de Cuba y Temas, así como el espacio de debate de esta última conocido como Último Jueves; y los proyectos La Cofradía de la Negritud, con su boletín; el ciclo de talleres “Pensar la Revolución”, en el Centro Cultural Juan Marinello, donde participó una vigorosa juventud de izquierda; la Cátedra Haydée Santamaría; el proyecto El guardabosques, con su boletín; la Red Protagónica Observatorio Critico, con su compendio de noticias y análisis; Estado de Sats; así como diversos espacios promovidos por la UNEAC, y numerosísimas tertulias y reuniones de personas afines.

En la Iglesia Católica, por sólo mencionar algunos espacios de diálogo institucionalizados en la Arquidiócesis de La Habana, tenemos El Aula Fray Bartolomé de Las Casas (de los padres dominicos); el Centro Cultural Padre Félix Varela; el Centro Fe y Cultura (de los padres jesuitas); la Cátedra Razón y Fe; SIGNIS-Cuba; el Centro de Bioética Juan Pablo II; el Centro de Estudios Arquidiocesano, y las revistas ECOS, Vivarium, Spes Habana, Amor y Vida, Bioética, Palabra Nueva y Espacio Laical.

Las iglesias evangélicas también poseen espacios de este tipo. Citaré a dos de los más importantes: el Centro de Reflexión y Diálogo de Cárdenas, con su publicación, y el Centro Memorial Martin Luther King, con su revista Caminos.

Es cierto que todo esto no es suficiente, pero sería irresponsable e irrespetuoso asegurar que en Cuba no hay diálogo acerca de los problemas nacionales. No obstante, reitero, no es suficiente. Hace falta que surjan muchos más espacios de diálogo, incluso de naturaleza distinta a los mencionados. Igualmente se hace necesario abrir el gran espacio público nacional para que todos estos pequeños espacios públicos de debate puedan presentarse ante el pueblo e interactuar con el mismo, con el propósito de socializar los más diversos criterios y procurar la posible comunión entre los mismos –única manera de cincelar continuamente nuestro pacto social y hacer transitar a la nación por senderos de armonía y progreso.

La historia de Cuba está plagada de imposiciones y del diálogo de las pistolas, aunque hay excepciones memorables, como la que fraguó la Constitución de 1940. Has afirmado que percibir el proyecto que defienden la Iglesia y Espacio Laical como un proyecto que piensa ser la única salvación, sería un error”. Es reconfortante esa aceptación preliminar de que el destino de Cuba pasa por muchas formulaciones posibles (y seguramente reconciliables). ¿Aceptaría la Iglesia la emergencia de un Estado laico, aconfesional, al estilo de muchos estados europeos, y donde la fe abandonara lo institucional y se circunscribiera a la esfera íntima?

RVG: La Iglesia, por supuesto, prefiere que el Estado sea laico. De esta manera no existiría ninguna religión o ideología oficial ni privilegiada, en un contexto donde se promuevan por igual todas las religiones e ideologías –aunque desde una igualdad proporcional y no numérica, pues esta última siempre es injusta–. La Iglesia desea que esté garantizada, por un lado, la libertad de las conciencias y, por otro lado, la posibilidad de socializar todo lo que emane de esa libertad de conciencia, o sea, la expresión de todo el pensamiento, así como la manera de procurar proyectarlo en la realidad. En tal sentido, la Iglesia apuesta por la no confesionalidad del Estado, pero rechaza que la fe, un atributo de la conciencia humana, sea confinada a la esfera Íntima. Esto no sería consecuente con un modelo de sociedad que proclama y defiende la libertad de conciencia, la libertad para expresar las opiniones, así como la libertad para participar en la construcción del país. Exigir que la fe religiosa y que los criterios humanos que se fundamentan en esa fe sean circunscritos a la esfera íntima sería una discriminación.

Desear que la fe pueda tener una expresión pública y desarrollarse por medio de lo institucional no quiere decir que la Iglesia desee un poder para imponerse sobre el resto de la sociedad. La Iglesia debe poder expresar públicamente sus opiniones sobre todos los temas, así como enseñar –a quienes lo deseen– su doctrina y educar desde fundamentos cristianos, aunque siempre –como es lógico– sin contar con mecanismos coactivos que obliguen a quienes no lo prefieran a asumir sus criterios. De esta manera, los razonamientos de la Iglesia participarían en la conformación de lo social únicamente en la medida en que sean asumidos libremente por los ciudadanos y estos, en el ejercicio de su cuota de soberanía, participen en el diseño del Estado, de la cultura, de la economía, del derecho, etcétera.

Debo aclarar que los cristianos –y de manera muy particular los que participamos en el proyecto de Espacio Laical– tampoco deseamos conseguir, a toda costa, la hegemonía social del cristianismo. Sólo nos interesa ofrecer nuestras convicciones y nuestros criterios para que sean valorados y aceptados sólo cuando la mayoría de la sociedad considere que representarían un bien para todos. No deseamos prevalecer, sino acompañar y servir.

Soy de la opinión (no apoyada en estadística alguna) de que la religiosidad de los cubanos es, en su mayoría, meramente circunstancial, e incluso instrumental: el pacto con la divinidad a cambio de una dádiva, creer en Santa Bárbara cuando truena. Con la revolución, el catolicismo como una práctica habitual de la mayoría de los cubanos –fe sincera, contrato social o liturgia exenta de contenido— dio paso a un ateísmo por decreto. Desde los 90, en cambio, al caducar la fe en el futuro, las iglesias se han llenado por quienes buscan una fe sustitutoria, e incluso por quienes buscan un paliativo a sus necesidades más imperiosas. La sociedad abierta y plural a la que aspiramos, donde cada hombre pueda realizar sin cortapisas su destino en la medida de sus sabidurías y posibilidades, y sin el contrapeso de la tradición, ¿no propiciaría una sociedad más ensimismada en el éxito que en la espiritualidad, y vaciaría las iglesias a la misma velocidad que se han llenado?

RVG: Es posible que podamos llegar a presenciar el escenario esbozado por usted, sobre todo si tenemos en cuenta lo elemental de la religiosidad de muchísimos cubanos y el afán de éxito, a toda costa, que está reprimido y atormenta a muchos. No obstante, muy bien los cubanos pudieran desear el éxito y ocuparse también de acrecentar la espiritualidad. Ambos aspectos pueden ser complementarios y enriquecerse mutuamente, haciendo a la persona cada vez más humana. De hecho, en encuestas realizadas por la Iglesia Católica hemos comprobado que la espiritualidad es una de las demandas más importantes de muchos cubanos. Y esto es importante, sobre todo si tenemos en cuenta las circunstancias desde las cuales hemos de partir para construir el presente y el futuro.

El pueblo cubano es maravilloso, pero carece de una economía capaz de permitirle el bienestar, es pobre, posee escasa formación cívica, se ha fragmentado, y no cuenta con los suficientes elementos y espacios para participar en el diseño social. Y, según la apreciación de muchos, con el agravante de que estaremos sometidos cada vez más a una tecnocracia que va acumulando poder y se está convirtiendo en una clase en si y para si que, llegado el momento, podría pactar con lo peor del planeta, incluso con mafias que operan por el mundo, algunas en países muy cercanos a Cuba. Esto podría hacer de nuestra Isla un lugar donde se desate, con vigor, la impiedad. Para afrontar esto será necesario que la ciudadanía, o una buena parte de ella, estén preparada política, intelectual y espiritualmente.

Para conseguir esto último tendrán que trabajar muchos las iglesias. Y para hacerlo, será imprescindible que venzan dos grandes retos. El primero, se hace necesario que puedan comprender muy bien la complejidad –presente y futura– de la sociedad cubana, así como encontrar la manera de dialogar con la misma y ofrecerle oportunidades fascinantes para que crezcan en el espíritu. El segundo, dado que nuestro pueblo necesita de mucha espiritualidad, de una intensa mística de la libertad y de la fraternidad, sería imprescindible que las iglesias cincelen y articulen –con mucho compromiso– la espiritualidad que emana de su fe, pues para ofrecer mucho hay que poseer mucho.

“Acompañar y servir. No prevalecer”; en: Cubaencuentro, Madrid, 22/11/2011. http://www.cubaencuentro.com/entrevistas/articulos/acompanar-y-servir-no-prevalecer-270805





Cuba en su encrucijada (Entrevista a Carmelo Mesa Lago)

21 06 2011

Catedrático Distinguido Emérito de Economía y Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Pittsburgh, Carmelo Mesa Lago ha sido catedrático visitante en la Universidad Internacional de la Florida, Universidad de Tulane, Universidad de Salamanca e Instituto Universitario Ortega y Gasset, así como asesor regional en Seguridad Social en la CEPAL. Es miembro de la Academia Nacional de Seguridad Social (EE. UU.) y de la Junta Editorial de la Revista Internacional de Seguridad Social (Ginebra) y fue Presidente de la Asociación de Estudios Latinoamericanos (LASA, EEUU). Autor de 79 libros y 250 artículos/capítulos de libros, sobre seguridad social, Cuba y sistemas económicos comparados, publicados en ocho idiomas en 33 países; entre sus libros más recientes encontramos: Atención de la salud para los pobres en América Latina y el Caribe (1992), Breve historia económica de Cuba socialista (1994)Manual de economía de la seguridad social en América Latina (1998), Buscando un modelo económico para América Latina ¿mercado, socialista o mixto? (2002), La economía y el bienestar social en Cuba a comienzos del siglo XXI (2003), Las reformas de pensiones en América Latina y su impacto en los principios de seguridad social (2004), Cuba’s aborted reform: Socioeconomic effects, international comparisons and transition policies (con Pérez-López, 2005), Las reformas de salud en América Latina y el Caribe y su impacto en los principios de seguridad social (2006), Reassembling social security: A survey of pension and healthcare reforms in Latin America (2008) y World crisis effects on social security in Latin America and the Caribbean: Lessons and policies (2010). Consultor en seguridad social y salud de los más importantes organismos internacionales, ha conducido investigaciones y asesorías en pensiones, salud o protección social en 19 países latinoamericanos, cuatro países del Caribe anglófono, dos europeos, dos africanos y dos asiáticos. Ha recibido premios y bolsas de investigación de instituciones europeas, norteamericanas, latinoamericanas y asiáticas, incluyendo el Premio Internacional de la OIT al Trabajo Decente (compartido con Nelson Mandela) y fue finalista al Premio Príncipe de Asturias en Ciencias Sociales en 2009.

El pasado 6 de junio, Mesa Lago ofreció en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, en Madrid, la conferencia “Servicios sociales bajo la revolución cubana (1959-2011): Salud, educación, vivienda, pensiones, desempleo y salario real”, germen de la presente entrevista.

 

La Revolución ha hecho hincapié en su carácter social. Cuba en 1958 estaba entre los tres primeros países de América Latina en cuanto a los promedios nacionales de sus prestaciones sociales, pero con enormes diferencias entre grupos de ingreso y entre la ciudad y el campo. Son indiscutibles los logros cubanos en alfabetización, educación y asistencia sanitaria, no así en vivienda, mientras que las pensiones ajustadas a la inflación se han deteriorado. ¿En qué medida estos cincuenta años han sido un avance y en qué medida un retroceso en cuanto a las prestaciones sociales?

Carmelo Mesa Lago: En un artículo publicado en América Latina Hoy (2008) he demostrado que, en vísperas de la Revolución y respecto a promedios nacionales en indicadores sociales, Cuba se ordenaba entre los tres primeros países latinoamericanos (por ejemplo, tenía la mortalidad infantil inferior), pero con diferencias notables entre grupos de ingreso y entre las zonas urbanas y las rurales (así la mortalidad infantil era la mitad de la nacional en La Habana pero el doble en el campo, donde se concentraba la pobreza). La Revolución universalizó e hizo gratuitos los servicios educativos y sanitarios, eliminando o reduciendo notablemente dichas brechas y también expandió la cobertura de las pensiones. Esto fue posible por la acción del Estado y 65.000 millones de dólares recibidos de la URSS en el período 1960-1990, de los cuales Cuba solo devolvió 500 millones. En 1989, la Isla se colocaba a la cabeza de América Latina y de muchos países socialistas en la gran mayoría de sus indicadores sociales. Pero la desaparición de la URSS y el campo socialista provocó la caía del 35% del PIB entre 1989 y 1993, y esto, unido a serios errores de política económica interna, causó un severo deterioro de los servicios e indicadores sociales. Ocurrió una mejoría con la recuperación que comenzó en 1995 impulsada por reformas tímidas hacia el mercado, pero a comienzos del siglo XXI, Fidel revirtió las reformas, lanzó la Batalla de Ideas, recentralizó la toma de decisiones y debilitó el sistema económico antes de la crisis económica mundial, lo cual ha vuelto a dañar los servicios sociales que, además, se han hecho insostenibles financieramente en el largo plazo, como ha reconocido Raúl Castro.

 

Desde los años 60, Cuba prácticamente eliminó el desempleo por el rápido expediente de inflar las plantillas que hicieron irrentables las empresas estatales. En tu conferencia citaste el dato oficial de que el desempleo disminuyó entre 1989 y 2009 de 8% a 1,6%, aunque te referiste a un desempleo oculto de 34% en los años 90. El progresivo deterioro del poder adquisitivo de los salarios ha hecho evidente que, en lugar de crearse empleo, se redistribuyó el desempleo. Y ello creó una subcultura sintetizada en la frase: “El estado simula que me paga y yo simulo que trabajo”. Dijiste que casi la mitad de los nuevos cuentapropistas son jubilados o proceden de la economía sumergida y, dada la presión fiscal y la corrupción de inspectores que imponen su propio sistema tributario, 27.000 trabajadores por cuenta propia han devuelto sus licencias. Raúl Castro propone terapias de shock que incluyen el despido de más de un millón de trabajadores que, presuntamente, encontrarán empleo en la economía no estatal. ¿En qué medida esa fuerza laboral podrá reajustarse a una economía competitiva y esto podría ocasionar una fractura social de consecuencias imprevisibles?

CML: En un artículo reciente publicado en Espacio Laical analizo este problema. Supongamos que una fábrica necesita 100 trabajadores pero el Estado emplea 200, eso reduce el desempleo “abierto” pero disminuye a la mitad la productividad laboral y el salario, a más de crear desempleo “oculto” o contratación de mano de obra innecesaria (“plantillas infladas”). Esta práctica, que se expandió a través de la Revolución, se agravó con la crisis de los 90 porque cientos de fábricas y empresas fueron cerradas por falta de insumos importados y demanda de las exportaciones cubanas por los desaparecidos países socialistas. Sin embargo, el gobierno mantuvo los salarios de los trabajadores, muchos de los cuales se fueron a casa, y con ello aumentó el desempleo oculto a 34% en 1993 según cálculos de la CEPAL; aunque después de 1998 aquella dejó de publicar esas estimaciones. El desempleo oficial era 1,6% en 2010, pero los 500.000 trabajadores estatales excedentes que debían ser despedidos en marzo de 2011 equivalían a 10% de la fuerza de trabajo, por lo que el total de desempleo era realmente 11,6%, muy superior al promedio regional. Por otra parte, el salario “real” (ajustado a la inflación) descendió 73% entre 1989 y 2010, o sea, que el poder adquisitivo cayó a una cuarta parte, un severo desincentivo para el trabajo estatal y la productividad. El plan era despedir un millón de trabajadores a fines de 2011 (20% de la fuerza laboral) y 1,8 millones para 2014 (39%). Los desplazados deberían encontrar ocupación en el sector “no estatal” (privado) pero se autorizaron solo 178 ocupaciones, muchas de ellas de poca monta (payasos, carretilleros, forradores de botones) y la mitad no podía contratar empleados. Además, los impuestos son excesivos (hasta 40% sobre el ingreso, 25% por fuerza laboral y seguridad social, 10% sobre ventas, etc.), lo que creó desincentivos para registrarse como cuentapropista legal, de ahí que la mayoría de los “nuevos” 138.000 cuentapropistas lo eran ya antes como ilegales o se trataba de jubilados y 27.000 devolvieron las licencias. La Ministra de Finanzas y Precios declaró a la Asamblea Nacional el pasado diciembre, que el impuesto a la fuerza laboral crecería gradualmente según aumentase el número de empleados por los cuentapropistas, a fin de desanimar la contratación y así evitar la concentración de la riqueza. El gobierno anunció que el ingreso por impuestos sobre los cuentapropistas aumentaría 300% en 2011 pero mató al ganso antes de que pusiera los huevos de oro. A fines de febrero Raúl anunció el fracaso de esta política, pero el VI Congreso del PCC no hizo correcciones, en mayo se informó que se estudiaba una posposición y/o revisión de los impuestos y que todos los cuentapropistas podrían contratar empleados. Si esto no se hace y no se expande el número de ocupaciones privadas importantes, o bien los despidos no ocurrirán o, si ocurren, se generará una situación social peligrosa.

 

En los 90 se observó un decrecimiento en el ritmo de la educación superior, comprensible dado que los profesionales que, obligatoriamente, tienen que trabajar para el Estado fueron los más afectados por la crisis. Durante lo que va de siglo, gracias a la creación de las universidades municipales y otras vías, se observa un incremento desproporcionado de las ciencias humanísticas y sociales y de la pedagogía en un país donde la educación primaria se contrae y en un mundo cuya solvencia depende cada vez más de la alta capacidad tecnológica. Si sumamos a eso el notable éxodo de profesionales, ¿coloca esto a Cuba en una situación de desventaja a los efectos de reinsertarse en una economía mundial altamente competitiva? ¿Limita las posibilidades del país a una economía tercermundista con bajos índices de valor añadido y servicios?

CML: La “Batalla de Ideas” lanzada por Fidel a comienzos de este siglo provocó una explosión de las universidades municipales y de la matrícula, que saltó 128% entre 1989 y 2010, pero con un comportamiento muy distinto por disciplinas: las humanidades y ciencias sociales aumentaron 2.850% y la pedagogía 1.118%, pero las ciencias agrícolas solo 24% y las ciencias naturales y matemáticas decrecieron 30%, esto último es una amenaza para el desarrollo económico del país. A pesar del enorme aumento de la matrícula en pedagogía ocurrió una seria escasez de maestros (por los bajísimos salarios) y para paliar el vacío se creó un programa de “maestros emergentes” integrado por jóvenes del campo que recibían un entrenamiento rápido; la calidad de la enseñanza se deterioró y se reveló que muchos de los universitarios recién ingresados sufrían de graves faltas de ortografía y estaban incapacitados para tener éxito en sus carreras. Raúl eliminó el programa de maestros emergentes y las escuelas en el campo, al tiempo que estableció cuotas de ingreso para las disciplinas en que había sobre-matrícula, y ofreció incentivos a los maestros retirados para que volvieran a las aulas. El VI Congreso ha ratificado estas medidas, pero se necesita mucho más esfuerzo y reasignación de recursos para aumentar la matrícula y la capacidad de los universitarios en las carreras clave para el desarrollo. Un artículo que he publicado este año en la revista Temas estudia los problemas actuales de los servicios sociales en Cuba.

 

Los índices de salud de Cuba son, en buena medida, impresionantes: la segunda esperanza de vida de la región, tras Costa Rica; una mortalidad infantil que ha decrecido un 56% a pesar de la crisis, sólo menor a la de Canadá. Pero hay datos contradictorios, ¿por qué mientras ha decrecido la mortalidad infantil, ha aumentado un 61% la mortalidad materna? ¿Por qué disminuyen un 25% las camas de hospital mientras la población envejece y requiere más ingresos? Por otra parte, la escasez de medicamentos y la exportación de médicos especialistas (aunque la cantidad de médicos por 10.000 habitantes se haya duplicado), ¿se ha reflejado en los índices de salud del país?

CML: El gobierno ha seguido asignando sus escasos recursos para continuar reduciendo la mortalidad infantil que es la segunda más baja en el hemisferio porque esto se utiliza como “bandera” del desempeño de la sanidad cubana, pero el costo de disminuir aún más este indicador es sustancial y creciente, mientras que la infraestructura de agua potable y alcantarillado se abandonó y deterioró, lo que provoca enfermedades como diarreas agudas, hepatitis e intoxicación por alimentos contaminados. La mortalidad materna creció 61% en el período debido a que a las embarazadas a las que se descubre problemas en el feto se les aconseja abortar (lo cual reduce la mortalidad infantil) y por ello Cuba tiene la mayor tasa de abortos de la región. La severa escasez de medicamentos (la enorme mayoría solo puede comprarse en las tiendas de divisas) e infecciones post-parto explican este fenómeno. Fidel no cerró muchos hospitales ginecológicos y pediátricos a pesar de que tienen índices de ocupación inferiores al 50% (porque Cuba tiene la tasa de fecundidad menor del hemisferio y la población está disminuyendo), mientras que la población envejece y hay una grave escasez de asilos para ancianos y hospitales geriátricos, todo lo cual demuestra la irracionalidad en la asignación del gasto sanitario. La relación de médicos por 10.000 habitantes se duplicó en 1989-2010, pero un tercio de ellos trabaja en el extranjero (principalmente en Venezuela, que paga alrededor de 5.000 millones de dólares anuales por los servicios de profesionales cubanos), provocando una disminución del acceso de la población. Un acuerdo del VI Congreso estipula garantizar que la graduación de especialistas médicos cubra las necesidades del país y las que se generen por los compromisos internacionales. Hay evidencia abundante que la calidad de la atención médico-hospitalaria se ha deteriorado seriamente pero esto no se refleja en la mayoría de los indicadores de salud.

 

Basta una visita a La Habana para percatarse de que la pobreza ha aumentado considerablemente. En tu última conferencia de Madrid, afirmabas que en La Habana hay al menos un 20% de pobres y que la cifra debe ser superior en el interior del país. En 2009, sólo el 15% de esos pobres ha recibido asistencia social. ¿Cómo se han calculado esas cifras? Dado que ese gobierno pretende abandonar el modelo paternalista, ¿no debería implementar algún modelo asistencialista para evitar la pobreza extrema a los sectores más vulnerables? ¿No es contraproducente que el gasto en asistencia social haya disminuido?

CML: El gobierno cubano no publica series estadísticas sobre pobreza, pero una encuesta tomada en La Habana en 2002 y reportada por científicos sociales cubanos indica que el 20% de la población estaba en situación de pobreza. Debido a la crisis actual es lógico inducir que dicho porcentaje ha crecido, y existe evidencia de que la situación es peor en el interior de la Isla. Tomando la cifra de beneficiarios de asistencia social en La Habana en 2010 (dada por la Oficina Nacional de Estadística, ONE) y estimando el número de pobres basado en el porcentaje conservador de 2002, calculé que sólo 15% de los pobres reciben asistencia social. En 1994, tres científicos sociales cubanos (Julio Carranza, Pedro Monreal y Luis Gutiérrez) recomendaron en un libro clave que se sustituyeran los subsidios a los productos (por ejemplo, alimentos vendidos en el racionamiento a un precio inferior al precio de mercado) por subsidios a las personas, porque los primeros benefician a toda la población incluyendo al grupo de mayor ingreso. Esto equivalía a crear una red mínima de protección social focalizada en los pobres. Aunque dicho libro y sus autores sufrieron entonces la crítica oficial, Raúl adoptó esta política en el VI Congreso y este la ratificó. El problema es que la eliminación de las “gratuidades” y el plan de despidos aumentarán el número de necesitados a par que el presupuesto asignado a la asistencia social se redujo 38% en 1989-2011 (sólo 1,5% del PIB se asigna a la asistencia social). Habría que aumentar sustancialmente el presupuesto en ese rubro, estimar de manera precisa el número de pobres y desarrollar un método adecuado de focalización de los subsidios asistenciales como han hecho Brasil, Chile y Costa Rica.

 

Como ha reconocido el propio gobierno cubano, el actual sistema de seguridad social es insostenible. En veinte años el déficit de las pensiones ha crecido un 733% y la relación entre trabajadores activos y pensionados ha pasado de 3,6 a 3,1. Dado el éxodo de personas jóvenes, la baja natalidad y el envejecimiento de la población, ¿crees que la apertura (tímida, limitada y reticente) al trabajo por cuenta propia podrá evitar la bancarrota de la seguridad social cubana?

CML: El déficit del sistema de pensiones de seguridad social equivalió a 41% del gasto en 2009 y es creciente (debido al envejecimiento de la población) y sufragado por el Estado. La cotización sobre los salarios es 12% pagada por las empresas y sólo una proporción muy pequeña de trabajadores cotiza un 5% (esta contribución se estipuló por la reforma tributaria de 1994 pero se pospuso y ahora está supeditada a que los trabajadores reciban primero un incremento salarial). Para equilibrar las finanzas, la cotización debió ser 20,4% en 2009 y continuar aumentando cada año. Se ignora cuál es la deuda actuarial a largo plazo del sistema, pero debe ser una de las mayores en la región. El porcentaje de personas mayores de 60 años creció de 11% a 17,4% en 1986-2009 y seguirá aumentando con mayor rapidez. A pesar del alto costo del sistema (casi 8% del PIB en 2009), la pensión promedio real (ajustada a la inflación) disminuyó a la mitad entre 1989 y 2009. Las edades de retiro en Cuba eran de las más bajas en América Latina (55 las mujeres y 60 los hombres) y como la esperanza de vida al tiempo del retiro era de las más altas, el tiempo promedio de recibir una pensión era el más largo, aumentando el costo. Una reforma del sistema previsional en 2008 aumentó las edades de jubilación en cinco años para ambos sexos, lo que se está haciendo gradualmente en siete años (yo había recomendado 20 años, pero la magnitud y crecimiento del déficit forzó la reducción del período). Esta y otras medidas de la reforma están bien encaminadas pero no lograrán restablecer el desequilibro financiero-actuarial del sistema. Los trabajadores por cuenta propia no tenían cobertura obligatoria en pensiones, sino voluntaria y pocos se acogían a ésta. Raúl y el VI Congreso hicieron obligatoria la cobertura y si se materializa la proyectada expansión del cuentapropismo, podría aliviar el déficit, pero se impone una cotización de 15% comparada con 5% a los pocos asalariados estatales que contribuyen, y esto es un obstáculo a la referida expansión.

 

La situación de la vivienda en Cuba ya es, más que catastrófica, trágica, con un déficit de 600.000 viviendas reconocido por el gobierno y que posiblemente se eleve a 1.000.000. ¿Podrían las nuevas medidas ayudar a resolver ese problema a medio plazo, o sólo beneficiará a un pequeño sector con elevados ingresos?

CML: Hay un consenso generalizado entre académicos dentro y fuera de Cuba de que la vivienda es el problema más grave que enfrenta el país. La reforma urbana de 1960 facilitó que los arrendatarios de viviendas se convirtieran en propietarios pagando dichos alquileres por 20 años y se dice que dos tercios de la población es propietaria de sus casas, pero también prohibió la compraventa así como la hipoteca (que pudiera usarse como colateral para obtener préstamos encaminados al mantenimiento y ampliación inmobiliaria). Otros tres problemas han sido: el deterioro y destrucción de las viviendas existentes por la falta de mantenimiento y oferta de materiales de construcción a la población, así como varios huracanes que causaron grandes destrozos, y la insuficiente construcción de nuevas viviendas: el número edificado cayó 44% entre 1989 y 2009, mientras que las unidades construidas por 1.000 habitantes se redujeron de 6 a 3 y aún no se han reparado/reconstruido las viviendas afectadas por ciclones recientes. Por ello el déficit habitacional se da oficialmente como 600.000, aunque mi estimado es de un millón. La “permuta” permite el trueque de casas o apartamentos de “similar” valor, pero está cuajada de trabas burocráticas y corrupción. El VI Congreso autoriza la compraventa, no elimina la permuta aunque estipula su flexibilización, legitima la construcción de viviendas por la población (existentes de facto por decenios) y promete satisfacer la demanda de materiales de construcción para la conservación y rehabilitación de viviendas. Estos cambios requieren de leyes o decretos que los regulen y no podemos anticipar los resultados en la práctica. En todo caso, los grupos de menor ingreso carecerán de recursos para adquirir materiales de construcción cuyos subsidios han sido ahora eliminados.

 

En el horizonte del próximo quinquenio hay varios factores que podrían modificar drásticamente la ecuación cubana: la muerte de Fidel Castro e incluso de su hermano, y de algunos funcionarios que ocupan puestos claves en la nomenclatura, dada la edad de la mayor parte de la cúpula; la perspectiva de encontrar petróleo en los bloques cubanos del Golfo de México; la posibilidad de un cambio de gobierno en Venezuela, primer socio comercial cubano con 9.000 millones de intercambio y petróleo a precios preferenciales; el levantamiento del embargo o su atenuación (considerando el cambio de opinión de la comunidad cubana, menor entre aquellos con derecho al voto, la visión más realista del presidente Obama y las perspectivas petroleras del Golfo), y la posible eliminación de barreras migratorias, lo que podría acentuar el éxodo, sobre todo de personas jóvenes, haciendo menos sostenible la seguridad social. ¿Te atreverías a aventurar algunas hipótesis sobre la incidencia de estos factores en el destino de la Cuba futura?

CML: Esta es una pregunta muy compleja que envuelve numerosas variables, la gran mayoría muy difíciles de predecir. Sin embargo, hay algunas seguras, como la eventual desaparición de la actual dirigencia de los “históricos”, aunque se ignora cuál será la posición de los relevos en la nueva generación (Marino Murillo, ex Ministro de Economía y Planificación y actual encargado de la implementación de los acuerdos del VI Congreso, parece ser uno de ellos, pero el equipo económico fue despedido en 2009-2010). Obama confronta problemas tremendos como las tres guerras, la crisis económica y su reelección, por lo que es difícil que gaste sus escasas municiones para modificar radicalmente la actual política hacia Cuba y, a pesar del cambio positivo de opinión entre los exilados cubanos en la Florida respecto al embargo y las relaciones con Cuba, ellos siguen eligiendo congresistas que se oponen a cualquier apertura. El descubrimiento de petróleo sería una bonanza a largo plazo para Cuba, pero requiere de tiempo para que produzca frutos, a más de que hasta ahora no se ha encontrado petróleo de calidad adecuada para su explotación y exportación. Varios académicos cubanos han advertido que la dependencia cubana de Venezuela es muy peligrosa y también lo es la excesiva concentración en la venta de servicios profesionales. En 2010 la economía venezolana tuvo uno de los peores desempeños en la región pero el alza de los precios del petróleo en 2011 es una inyección al régimen. Si Chávez pierde el poder en las próximas elecciones presidenciales, las consecuencias serían devastadoras para Cuba. Los recientes convenios con China podrían aliviar pero no sustituir la ayuda venezolana, porque Cuba tiene poco que exportar a China, cuyos dirigentes son más pragmáticos que Chávez. El posible éxodo que podría generar una apertura a la salida de cubanos solo atenuaría el déficit de las pensiones si los que emigran son ancianos o jubilados, mientras que una emigración de jóvenes ayudaría a reducir el desempleo pero implicaría una fuga de cerebros. En resumen, los problemas económico-sociales de Cuba sólo pueden resolverse con reformas estructurales integrales y profundas (más allá de las actuales, cuajadas de trabas y desincentivos) lo cual requeriría resolver el conflicto que probablemente existe dentro de la dirigencia cubana.

 

“Cuba en su encrucijada”; en: Cubaencuentro, Madrid, 21/06/2011. http://www.cubaencuentro.com/entrevistas/articulos/cuba-en-su-encrucijada-264203





Joven ha de ser

16 05 2011

“Joven ha de ser quien lo quiera ser

por su propia voluntad”.

(Rafael Ortiz y Pedraza Ginori; El final no llegará)

 

En el recién concluido congreso del Partido Comunista de Cuba, una de las medidas más comentadas ha sido la recomendación de limitar “a un máximo de dos períodos consecutivos de cinco años el desempeño de los cargos políticos y estatales fundamentales” y “que se garantice el rejuvenecimiento sistemático en toda la cadena de cargos administrativos y partidistas (…) sin excluir al actual Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros ni al Primer Secretario del Comité Central”. Se apostilla que “ello es posible y necesario en las actuales circunstancias, bien distintas a las de las primeras décadas de de la Revolución, aún no consolidada y por demás sometida a constantes amenazas y agresiones”. Esto confirma el sentido del humor de Raúl Castro o su desprecio por la inteligencia de los cubanos, como si ignoráramos que esas “primeras décadas” suman medio siglo, en cuyo caso la tal revolución ha demorado más en consolidarse que un helado en el microondas.

En buena aritmética, Raúl Castro nos dice que en el hipotético caso de que su hermano ocupara un cargo, no podrá ser reelegido más allá del 2021, es decir, a los 95 años, y Raúl no permanecerá en el cargo más allá de los 90. Y descubre algo que aparece en todos los manuales de Recursos Humanos: que “los dirigentes no surgen de escuelas ni del amiguismo favorecedor, se hacen en la base, desempeñando la profesión que estudiaron, en contacto con los trabajadores y deben ascender gradualmente a fuerza del liderazgo”.  Como dijo Fidel Castro, “se acabó la época de los politiqueros, se acabó la época de los privilegiados, se acabó la época de los oportunistas”, aunque esas palabras se remontan a su discurso en la Universidad Central “Marta Abreu”, de Santa Clara, el 15 de marzo de 1959. Y que “cualquier jerarca de cuarta o quinta categoría se cree con el derecho a que un militar le maneje el automóvil y le cuide las espaldas cual si estuviese temiendo constantemente un merecido puntapié”, pero eso es de La Historia me absolverá (1953).

El Castro menor, al mejor estilo de Deng Xiaoping invocando a Mao, al defender el relevo generacional, la meritocracia, “la promoción a cargos decisorios de mujeres, negros, mestizos y jóvenes, sobre la base del mérito y las condiciones personales” –añade que “no haber resuelto este último problema en más de medio siglo es una verdadera vergüenza”–, y lo que él llama “un verdadero y amplio ejercicio democrático”, explica la supervivencia de estos desaciertos porque “no hemos sido consecuentes con las incontables orientaciones que desde los primeros días del triunfo revolucionario y a lo largo de los años nos impartió el compañero Fidel”. Efectivamente, éste afirmó que “somos los primeros partidarios de que se establezca aquí un régimen representativo de gobierno y producto de la voluntad popular, (…) que se sometan los gobernantes al veredicto del pueblo cuantas veces sean necesarias, y que el pueblo exprese su voluntad soberana cuantas veces sea necesario”. Fue en el Fórum Tabacalero, el 8 de abril de 1959. Durante los siguientes cincuenta años estuvo demasiado ajetreado, se le fue olvidando lo de “someterse al veredicto del pueblo” y, desde luego, de limitar su mandato a dos períodos, la gusanera mal pensante lo habría considerado una burda copia de la legislación estadounidense.

Y eso, a pesar de que “esta generación [la que hizo la revolución] no puede ser tan buena como las generaciones futuras, porque esta generación no se educó en una doctrina revolucionaria (…). La generación formidable, la generación maravillosa va a ser la generación venidera; esa sí va a ser más perfecta que nosotros”. (Fidel Castro en la Avenida de Michellson, en Santiago de Cuba, el 11 de marzo de 1959). Y a pesar de que “¡Este país cree en los jóvenes! ¡Esta Revolución cree en los jóvenes, en sus magníficas calidades, en sus grandes perspectivas! (…) Es decir, que históricamente en nuestra patria los hombres de la edad de ustedes fueron gestores y ejecutores de las grandes revoluciones”. (Fidel Castro a los estudiantes el 11 de Mayo de 1973). ¿O sería precisamente por eso? Porque históricamente los jóvenes “fueron gestores y ejecutores de las grandes revoluciones”, y más vale curarse en salud.

En su tradicional técnica de “divide y vencerás”, como quien juega unas simultáneas del poder, Fidel Castro ha promovido a lo largo de los años a camadas de nuevos cuadros con el propósito de relativizar la impunidad de los históricos. Y con la misma soltura los ha defenestrado cuando alcanzaban el cenit. Raúl Castro intenta explicarlo en el reciente congreso: “A pesar de que no dejamos de hacer varios intentos para promover jóvenes a cargos principales, la vida demostró que no siempre las selecciones fueron acertadas”. Y más adelante se refiere a “la falta de rigor y visión que abrieron brechas a la promoción acelerada de cuadros inexpertos e inmaduros a golpe de simulación y oportunismo”. En cualquier caso, “hoy afrontamos las consecuencias de no contar con una reserva de sustitutos debidamente preparados, con suficiente experiencia y madurez”. Como si ese hecho hubiera sido durante medio siglo una omisión y no una intención.

En su informe al congreso, Raúl Castro también critica el formalismo, el inmovilismo, los “dogmas y consignas vacías” –“los discursos politiqueros pasaron de moda. Aquello de reunir al pueblo y tenerlo dos horas parado para que desfilaran veinte señores hablando boberías, no”, ya lo dijo su hermano en la Plaza de Camagüey, el 4 de enero de 1959–, e insta a abandonar resueltamente “el erróneo concepto de que para ocupar un cargo de dirección se exigía, como requisito tácito, militar en el Partido o la Juventud Comunista”. Otra novedad. Si en su día se permitió a los creyentes militar en el Partido, ahora “la militancia no debe significar una condición vinculante al desempeño de puesto de dirección alguno en el Gobierno o el Estado, sino la preparación para ejercerlos y la disposición de reconocer como suyos la política y el Programa del Partido”. Sólo nos queda una duda: si alguien tiene “la disposición de reconocer como suyos la política y el Programa del Partido”, ¿cómo explicará su negativa a ingresar en el Partido cuando éste se lo proponga? ¿No se sospechará automáticamente de que en el fondo no hace tan suyos la política y el programa?

Otra novedad es que en un país donde la economía, la ciencia, el arte y hasta la filatelia han estado regidos por consideraciones políticas, donde el presidente de la Asociación de Sordos era un cuadro oyente del Partido que se colocaba un audífono apagado como parte del uniforme, ahora se propone que “el dirigente administrativo” sea “quien decida”. Aunque “el Partido esté representado y opine”, “el factor que determina es el jefe, ya que debemos preservar y potenciar su autoridad, en armonía con el Partido” (sic). Raúl Castro apuesta por juzgar, promover o remover sobre la base de los resultados. Más vale tarde que nunca, porque “si nosotros no lográramos la abundancia aquí sería, sencillamente, porque fuéramos unos incapaces completos de lograrlo, sería sencillamente porque no quisiéramos. Pero (…) la vamos a lograr haciendo las cosas como debemos hacerlas y, eso sí, quitando todo el que no sirve del lugar donde está e irlo poniendo en otro lugar”, aunque eso no lo dijo Raúl Castro, sino su hermano mayor en el teatro de la CTC el 6 de marzo de 1964. Cuarenbta y siete años más tarde, la única duda es si “no quisieron” o fueron “unos incapaces completos”.

Como apunta acertadamente Brian Latell en su libro Después de Fidel, Raúl ha creado en el MINFAR lo más parecido a una meritocracia cubana, y quienes lo conocen coinciden en que es un buen padre preocupado por el destino de sus hijos (“las consecuencias de haber introducido en las revoluciones socialistas contemporáneas el estilo de las monarquías absolutas”, dijo Fidel Castro de Mao Zedong en 1966), pero como Deng Xiaoping (ma non troppo), Raúl no puede (y posiblemente no quiera) hacerlo sin invocar una y otra vez las altas enseñanzas de su hermano, cuyo espíritu preside estas reformas.

Lo curioso de estas novedades es que, al bucear en las hemerotecas, descubrimos su carácter de eco. Viejas palabras, promesas y discursos que hoy se reescriben de acuerdo a las nuevas normas ortográficas de la Real Academia. La esfera, como saben los geómetras y los políticos, es la figura perfecta, ensimismada en su propia excelencia.

El 13 de marzo de 1966, Fidel Castro afirmaba que “Esta revolución es afortunadamente una revolución de hombres jóvenes. Y hacemos votos porque sea siempre una revolución de hombres jóvenes; hacemos votos para que todos los revolucionarios, en la medida que nos vayamos poniendo biológicamente viejos, seamos capaces de comprender que nos estamos volviendo biológica y lamentablemente viejos (…) ¿Y para qué sirve un partido donde todo gira alrededor de un hombre?”. Ese día apostó por que “todos nosotros los hombres de esta Revolución, cuando por una ley biológica vayamos siendo incapaces de dirigir este país, sepamos dejar nuestro sitio a otros hombres capaces de hacerlo mejor.  Preferible es organizar un Consejo de Ancianos donde a los ancianos se les escuche por sus experiencias adquiridas, se les oiga, pero de ninguna manera permitir que lleven adelante sus caprichos cuando la chochería se haya apoderado de ellos”. Nótese la muda del narrador: “sepamos dejar nuestro sitio” muta al Consejo de Ancianos a los que no se permitirá “que lleven adelante sus caprichos cuando la chochería se haya apoderado de ellos”. Sus caprichos. De ellos.

Pero ya se sabe que la edad es relativa. Para un muchacho de quince años, un hombre de treinta es un tembo; para un señor de sesenta, un muchachón. Y para Jirouemon Kimura, a sus 114 años, puede que los Castro sean dos señores en la flor de la edad.

 

“Joven ha de ser”; en: Cubaencuentro, Madrid, 16/05/2011. http://www.cubaencuentro.com/cuba/articulos/joven-ha-de-ser-262833





¿Un chino porvenir?

19 01 2011

El 3 de julio de 1941, después de diez días sumido en un estupefacto silencio, Stalin hizo su primer llamamiento a la defensa del país. No se dirigió a los comunistas, ni siquiera a los ciudadanos soviéticos. “¡Camaradas!, ¡Ciudadanos! ¡Hermanos y Hermanas! ¡Hombres de nuestro Ejército y nuestra Marina!. ¡Me dirijo a vosotros, mis amigos!” era el encabezamiento de su discurso.  Tras las purgas, los asesinatos y el Gulag, dirigirse a sus partidarios o a los comunistas en general habría rebajado la capacidad de convocatoria. Tampoco llama a la defensa del comunismo, del socialismo o del estalinismo, palabras cuidadosamente omitidas. Su llamamiento explica que esta guerra “por la libertad de nuestro país se mezclará con la de los pueblos de Europa y América por su independencia, por las libertades democráticas. Será un frente unido de pueblos defendiendo la libertad y contra la esclavitud”.  Homologa la lucha de los rusos con la del resto de Europa y América en nombre de una libertad y una democracia de la que los rusos carecían, y contra la esclavitud que, sin dudas, impondrían los nazis. Basta un análisis lexicográfico elemental para detectar la intencionalidad política del discurso, y cómo, en una situación de vida o muerte, se han evitado escrupulosamente las palabras que vertebraban la retórica clásica del estalinismo.

Durante el último cuarto del siglo XX, se puso de moda entre algunos lingüistas la Lexicometría, el análisis estadístico de los textos, que aún emplean los servicios de inteligencia, los programas para la interceptación de mensajes y conversaciones, y algunos filólogos que aspiran a dotar al análisis textual de cierta probidad matemática. Y, sin dudas, cuando se trata de analizar un texto no literario puede arrojar interesantes resultados que, desde luego, deberán ser corroborados (o no) por el análisis de significados.

Aunque el título no invita, he leído con atención el Proyecto de Lineamientos de la Política Económica y Social (http://www.cubadebate.cu/wp-content/uploads/2010/11/proyecto-lineamientos-pcc.pdf) publicado por el gobierno cubano a fines el año pasado, y ha sido sumamente instructivo. En la parte introductoria podemos leer que “Sólo el socialismo es capaz de vencer las dificultades y preservar las conquistas de la Revolución”, y que “en la actualización del modelo económico, primará la planificación y no el mercado”. Se aclara que “el socialismo es igualdad de derechos e igualdad de oportunidades para todos los ciudadanos, no igualitarismo”, aunque ello parafrasea la constitución estadounidense. Tras esa introducción, esperamos la inflamada retórica habitual donde la economía se supedita a la política. Si practicamos el experimento lexicográfico a ver qué texto nos espera, el resultado es, cuando menos, curioso.

La palabra “patria” no se menciona, y las palabras “revolución” y “socialismo” sólo aparecen dos veces en 32 páginas. Aunque el título habla de política económica y social, la palabra “ciudadano” aparece sólo dos veces y 16 la palabra “inversionista”; “derechos”, una vez; “obligaciones”, 4, y los términos recaudatorios: “tributario” o “impositivo”, 6. “Satisfacer las necesidades de la población” se menciona una vez, el término “necesidades”, 4, y 13 veces la palabra “consumo”. En cambio, “capital”, o “capitalización” aparecen en 15 ocasiones. ¿Qué capital? “Pesos cubanos”, 3; “pesos convertibles”, una, y “divisas”, 10. “Internacional” se repite 26 veces, contra 23 “nacionales” y, al menos en el papel, las 40 “exportaciones” superan a las 38 “importaciones”. Aunque en la Cuba futura primará la “planificación”, palabra que aparece 13 veces, sobre el “mercado”, esta última se repite en 27 ocasiones, a una por página, o casi.

Con estos antecedentes, nos adentramos en el texto que empieza culpando de la situación actual a la crisis mundial, la pérdida del 15 % en el poder de compra de las exportaciones entre 1997 y 2009, el bloqueo, desde luego; los huracanes y la sequía, aunque reconoce “baja eficiencia, descapitalización de la base productiva y la infraestructura”, el déficit de la balanza de pagos, y el elevado monto de los vencimientos de la deuda, así como “las tierras todavía ociosas, que constituyen cerca del 50 %”. Quienes dirigen la economía cubana desde 1959, cuando era solvente, sin deuda y con una balanza de pagos favorable, no son culpables de su descalabro, sino el pueblo, envejecido y estancado en su crecimiento poblacional, habituado a gratuidades, subsidios y paternalismo estatal que ahora serán erradicados. También se impone “incrementar la productividad del trabajo, elevar la disciplina y el nivel de motivación del salario y los estímulos”, pero tampoco se aclara quién los desestimuló en su momento.

Lo primero que llama la atención es el énfasis relativo. Aunque se anuncia la intención de “preservar las conquistas de la Revolución”, el documento dedica tres páginas a las políticas sociales y el resto a las políticas económicas, con un acento especial en las políticas económicas externas, la macroeconomía, las exportaciones y el turismo que, en total, ocupan casi la mitad del texto.

En general, sus lineamientos ponderan aquellas vías que, efectivamente, pueden reconducir la economía cubana, abierta e interdependiente, hacia una feliz reinserción en la economía mundial. Se hace énfasis en “Continuar propiciando la participación del capital extranjero” (acápite 89)[1] y que éste otorgue “acceso a tecnologías de avanzada, métodos gerenciales, sustitución de importaciones, y no menos importante: satisfacer las necesidades de la población” (90), así como “Favorecer la diversificación en la participación de empresarios de diferentes países” (94). La monogamia económica con Estados Unidos, la Unión Soviética y Venezuela en menor medida han sido funestas para el desempeño de la economía cubana. De momento, el texto no menciona la posibilidad de ofrecer un espacio a inversionistas cubanos del exilio que aportarían no sólo capital, “tecnologías de avanzada y métodos gerenciales”, sino un particular conocimiento de la realidad cubana pero desde una óptica globalizada.

Las estrategias de desarrollo, sin olvidar las exportaciones tradicionales cuya eficiencia deberá aumentarse, apuestan por producciones de alto valor añadido, especialmente la industria médico-farmacéutica y la informática. En ese sentido, Cuba cuenta con una mano de obra altamente calificada, un recurso que se filtra día a día hacia el exilio por falta de oportunidades y que, en los últimos años, dadas las limitaciones en el acceso a la educación superior (que se anuncian mayores en el futuro) no se repone a la misma velocidad que se pierde. Ha sido muy confortable gobernar durante medio siglo sin oposición ni prensa independiente y, sobre todo, sin la presión de cumplir un programa en menos de cuatro años y rendir cuentas a los electores. Ahora, de la agilidad con que se redireccione la economía cubana dependerá su destino: Corea del Sur o Guatemala.

Aunque la perspectiva es “orientar el desarrollo industrial, como dirección fundamental, hacia el fomento de las exportaciones, reduciendo su componente importado” (197), según el modelo chino, se apuesta también por “alternativas de financiamiento mediante la inversión extranjera de aquellas industrias no exportadoras pero que aseguren producciones esenciales a la economía o en la sustitución de importaciones” (99). De nada valdría apostar por sectores de alto valor añadido si lo obtenido se pierde como consecuencia de un sistema férreamente centralizado de decisiones, importaciones masivas de alimentos y otros rubros que el país puede producir con sólo aflojar las ataduras a los productores y modificar un fosilizado sistema de relaciones mercantiles. Por eso el acápite 167 propone la “utilización más efectiva de las relaciones monetario-mercantiles (…) promover una mayor autonomía de los productores (…) una gradual descentralización hacia los gobiernos locales”; “descentralizar el sistema de gestión económica y financiera” (168); “independizar las distintas formas de cooperativas de la intermediación de las empresas estatales” (169). Aunque se subraya que el Estado regulará “la cantidad de dinero en circulación y los niveles de créditos” (52) y “se mantendrá el carácter centralizado de la determinación de las políticas y del nivel planificado de los precios de los productos y servicios que estatalmente interese regular” (62). Lo cual ocurre en no pocos países. La pregunta es si apostarán por encontrar el punto de equilibrio entre la planificación y el mercado, o recaerán en el rígido e ilusorio determinismo del Gosplan y la Junta Central de Planificación, dado que “el sistema de planificación socialista continuará siendo la vía principal para la dirección de la economía nacional” (1).

Respecto a la agricultura, además de acelerar el traspaso de ese 50% de tierras ociosas (176), proponen “adecuar la producción agroalimentaria a la demanda y la transformación de la comercialización (…) limitando la circulación centralizada para aquellos renglones vinculados a los balances nacionales; otorgando un papel más activo a los mecanismos de libre concurrencia para el resto de las producciones” (170); “reestructurar el actual sistema de comercialización de los insumos y equipamiento” (171); “modificar el sistema de acopio y comercialización de las producciones agropecuarias mediante mecanismos de gestión más ágiles” (172). Y el acápite 177 anuncia que “la formación del precio de la mayoría de los productos responderá a la oferta y la demanda y, como norma, no habrá subsidios”. ¿Resolverá eso de una vez los graves problemas de la agricultura cubana? Dependerá del grado de libertad que se conceda al nuevo campesinado, lo atractivo que resulte el regreso a la tierra y siempre que los precios de los insumos y el sistema impositivo no los ahoguen antes de nacer. En tal caso, Cuba seguirá comprando lechugas en Canadá, pollos en Kentucky y mangos en Dominicana para abastecer a la población y a un turismo que continuará sin ser el motor de producciones subsidiarias.

El documento se refiere también a los factores medioambientales, a la eficiencia energética, y apuesta por el uso de energías alternativas, así como el empleo racional de los recursos hidráulicos (incluyendo “el reordenamiento de las tarifas del servicio”) (282).

La experiencia china demuestra que una mano de obra laboriosa, calificada (más, proporcionalmente, en el caso de Cuba) y sin derechos es muy atractiva para el capital, que es escurridizo, oportunista y que en un mundo globalizado cuenta con más derechos migratorios que las personas. Los chinos supieron seducirlo colgando mil millones de obreros potenciales en el anzuelo, hasta que hoy, en una situación de dominio, son ellos quienes se dejan seducir. Por eso es llamativo encontrar en este documento, racional en sus lineamientos esenciales, un exabrupto totalitario: “Aplicar el principio de: quien decide no negocia, en toda la actividad que desarrolle el país en el plano de las relaciones económicas internacionales” (67). Al parecer, los generales de La Habana todavía no han comprendido que en el campo de batalla de la economía mundial no pasan de reclutas. Y tampoco disponen de mil millones de chinos.

Un aspecto interesante es el que se refiere a la colaboración internacional. Durante decenios nos la han vendido como una operación altruista de proporciones épicas, sin informarnos sobre su peso en la agenda política personal de Fidel Castro. Aunque ya se sabe que buena parte de la cooperación médica se practica hoy contra reembolso o contra petróleo venezolano, ahora esto se eleva a política de Estado: “Propiciar que la colaboración internacional que Cuba recibe y ofrece se desarrolle de acuerdo con los intereses nacionales” (101). Véase que la palabra “nacionales” no equivale a “políticos”, aunque pudiera incluirlos. “Continuar desarrollando (…) la colaboración (…) y establecer los registros económicos y estadísticos (…) especialmente de los costos” (103). Y “considerar, en la medida que sea posible, en la colaboración solidaria que brinda Cuba, la compensación, al menos, de los costos” (104).

Uno de los aspectos que más expectación ha despertado es la ampliación del trabajo por cuenta propia y la autorización de constituir empresas y contratar trabajadores. Algo imprescindible, a menos que se quiera promover un estallido social, cuando se prevé el despido de más de un millón de trabajadores, la cuarta parte de la población activa. Según el diario Granma (http://www.granma.cubaweb.cu/2010/09/24/nacional/artic10.html), podrán realizarse por cuenta propia 178 actividades, “de las cuales 83 podrán contratar fuerza de trabajo sin necesidad de que sean convivientes o familiares del titular”. Los Lineamientos de la política económica y social contemplan la aparición de “mercados de aprovisionamiento que vendan a precios mayoristas y sin subsidio para el sistema empresarial y presupuestado, los cooperativistas, arrendadores, usufructuarios y trabajadores por cuenta propia” (9). El hecho de que no haya, al menos en el papel, distingos ni, presuntamente, diferencias de precios para empresas estatales y privadas sienta un sano precedente de fair play en la competitividad. Y se reorientarán “a corto plazo las producciones del sector industrial con vistas a asegurar los requerimientos de los mercados de insumos necesarios a las distintas formas de producción (en particular, las cooperativas y trabajadores por cuenta propia)” (199). Por otra parte, “el sistema impositivo estará basado en los principios de la generalidad y la equidad de la carga tributaria, se aplicarán mayores gravámenes a los ingresos más altos, para contribuir a atenuar las desigualdades entre los ciudadanos” (57), lo cual es, en sentido general, justo, siempre que el monto de los impuestos no ahogue precozmente a los empresarios emergentes, y siempre que se destierre la discrecionalidad impositiva, como hace temer la Resolución No. 287/2010, según la cual “los Consejos de la Administración municipales del Poder Popular pueden revisar e incrementar los tipos impositivos mínimos establecidos. Para ello deben tener en cuenta las características de la vivienda o habitación, zona de ubicación y las propias del contribuyente”. ¿Cuáles son las características “propias del contribuyente”? ¿Queda a discreción de cada Consejo? Otro pésimo condicionante es el acápite 5: “La planificación abarcará no solo el sistema empresarial estatal y las empresas cubanas de capital mixto, sino que regulará también las formas no estatales que se apliquen”. ¿Significa que se planificará la producción a los cuentapropistas, artículos, precios, consumo de energía e insumos? ¿El Gosplan ataca de nuevo?

Aunque lo más significativo es que “en las nuevas formas de gestión no estatales no se permitirá la concentración de la propiedad en personas jurídicas o naturales” (3). ¿Qué significa “concentración de la propiedad”? ¿Cuál es el límite? ¿Penderá sobre los empresarios la espada de la expropiación en el caso de que sean demasiado exitosos? Obviamente, los mandatarios cubanos no han leído atentamente a Deng Xiaoping, o lo han leído en la versión revisada y corregida por el pánico de Fidel Castro a que alguien se enriquezca con su trabajo.

Entre los despidos programados y los ya en ejecución, decenas o cientos de miles serán de profesionales. Pero de las 178 actividades por cuenta propia permitidas, ni una sola requiere calificación superior. A lo sumo, técnicos electrónicos, mecánicos o programadores. Y esto no es casual. El Estado considera a los profesionales SU inversión y, por tanto, SU propiedad. Mía o de nadie, como diría el mariachi. Y, por otra parte, teme la competencia de un sector privado altamente calificado que no se conforme con fabricar hebillas de plástico, sino que incursione en sectores de alto valor añadido que el Estado pretende monopolizar. Dado que no se ofrece a esos profesionales la posibilidad de emplearse (legalmente) por su cuenta, sólo les quedan tres opciones: la ilegalidad, el subempleo de sus capacidades o el exilio. Pérdida neta para el país en los tres casos: la ilegalidad no paga impuestos, el subempleo resta productividad al país, y el exilio… bueno, el exilio envía remesas, quizás sea, de las tres, la opción más productiva.

Además de otros muchos factores, como el “síndrome del líder”, la emigración como válvula de escape, la represión a la disidencia, la desinformación y la mitología, un elemento que ha evitado durante medio siglo la subversión del sistema, ha sido el mantenimiento, hoy precario, de algunas garantías sociales. Por eso el documento apuesta por “continuar preservando las conquistas de la Revolución” (129), aunque especifica que la “protección mediante la asistencia social” será “a las personas que lo necesiten” (131 y 165), y que “los servicios que se brindan a la población” serán rediseñados “según las posibilidades de la economía” (131), porque “resulta imprescindible reducir o eliminar gastos excesivos en la esfera social” (132);  “disminuir la participación relativa del Presupuesto del Estado en el financiamiento de la seguridad social” (154); “reducir gratuidades indebidas y subsidios personales excesivos” (161), y “la eliminación ordenada de la libreta de abastecimiento” (162), anotando que “es necesario perfeccionar las vías para proteger a la población vulnerable o de riesgo en la alimentación” (163). Se anuncia el cobro (sin subsidios) de los comedores obreros allí donde se mantengan (164) y el reajuste en los ingresos a las universidades de acuerdo a las necesidades del país (148). Al mismo tiempo, “deberá priorizarse el consumo de proteína animal, ropa y calzado; la venta de efectos electrodomésticos, materiales de construcción, mobiliario, ajuares del hogar, entre otros” (288).

En un aspecto tan sensible como la vivienda, cuyo déficit alcanza al medio millón, el documento propone “adoptar nuevas formas organizativas en la construcción, tales como: las cooperativas y el contratista como trabajador por cuenta propia” (272); priorizar “las labores de mantenimiento y conservación del fondo habitacional” (273); fomentar la fabricación de casas por cuenta propia, curso en TV incluido, y que la reparación de edificios multifamiliares corran por cuenta de los inquilinos (276). La “venta a la población [de materiales] con costos mínimos y sin subsidios” (277) y “aplicar fórmulas flexibles para la permuta, compra, venta y arriendo de viviendas, para facilitar la solución de las demandas habitacionales de la población” (278).

Volviendo a la Lexicometría, ésta no andaba muy descaminada: en el documento hay más obligaciones que derechos, obtener capital y conseguir que las exportaciones superen a las importaciones es el propósito, y la voluntad de planificación tendrá que subordinarse a las realidades del mercado.

¿Qué Cuba prefiguran estos Lineamientos para los años venideros?

Ante todo, es evidente que el tiempo del país subvencionado llega a su fin. Incluso el petróleo venezolano es incierto. Urge encontrar soluciones para que no se consume la bancarrota del país y de una fórmula de poder que ha sobrevivido durante medio siglo. A pesar de los votos de fe en la Revolución y la “planificación socialista” (al mejor estilo Fidel), las leyes del mercado vertebran todo el proyecto de economía exportadora, al estilo chino, en el que Raúl cifra su única esperanza de conservar el poder político haciendo concesiones económicas. Chino, ma non troppo. Es obvia la voluntad del generalato en mantener el control y la “planificación”, atajar el “éxito excesivo” del empresariado naciente, monopolizar la mano de obra altamente calificada y las industrias punta, y vetar la entrada al capital del exilio, lo que consumaría la bancarrota simbólica, al tiempo que libran a su suerte a una buena parte de la población activa y recortan las garantías sociales. ¿Podrán mantener el control sin desestimular el espíritu emprendedor y la creación de riqueza? ¿Conseguirán que una buena parte de la mano de obra altamente calificada se resigne a subutilizar sus capacidades? ¿Comprenderá la población que en un Estado nada paternalista y con garantías sociales recortadas, una nomenklatura parasitaria es prescindible? No hay dudas de que el modelo de desarrollo que propone el proyecto es, en lo esencial, ajustado a las potencialidades del país, sólo que quienes proyectan el camino lo han minado también con sus obstáculos a la libertad y sus baches de control donde la creatividad podría hundirse. Es, en cualquier caso, una Cuba diferente donde el Estado deja de ser el empleador omnímodo y el padrecito que reparte salud y educación, y una buena parte de la población empezará a ser dueña de su destino, al menos en lo económico, la primera de las libertades. Echará de menos las restantes. Y es eso, justamente, lo que más temen los generales.

 

“¿Un chino porvenir?”; en: Cubaencuentro, Madrid, 19/01/2011. http://www.cubaencuentro.com/cuba/articulos/un-chino-porvenir-254016


[1] En lo adelante, los números entre paréntesis corresponden a los acápites del documento.





Herencias

26 09 2002

En conversaciones con los cubanos residentes en el planeta extrainsular se habla con frecuencia del “día después”. ¿Qué ocurrirá? ¿Cómo transitará la Isla hacia la democracia, la pluralidad y la economía de mercado? ¿Qué lastres y ventajas portará al adentrarse en ese futuro? ¿Quiénes, cuándo, cómo? Cientos de preguntas, que no cesan ni siquiera ahora, cuando sabemos que el socialismo perpetuo es carne constitucional, con la aprobación, o al menos con la firma, de ocho millones y pico de cubanos.

En conversaciones con los cubanos residentes en la Isla, quienes habitan ese agónico espacio que es la supervivencia, se detecta una inquietud por el mañana, que sólo aflora, ciertamente, cuando los apremios del hoy, del ahora mismo, otorgan un espacio para la reflexión. Una inquietud que no cesa ni con la declaración del socialismo in eternis, que todos firman y menos afirman.

Puede que Pablo o Juan, quienes han edificado su existencia bajo la devoción irrestricta al líder, se nieguen a derogar el rumbo que ha signado sus vidas, porque sería como reconocer que sus sueños, sus sacrificios, sus convicciones, su currículum vitae  sólo han sido parte de la documentación necesaria para redactar el mayor timo histórico en los anales de la Isla. Pablo y Juan simplemente no desean concebir  el cambio.

Pero la inmensa mayoría sabe que su mundo va a cambiar. ¿Para mejor? ¿Para peor? That’s the question. Un  profesional de 55 años con un Lada destartalado y un apartamento en Alamar, que vende dulce de coco los domingos para arañar unos pesos, no está muy seguro que el  neoliberalismo sea más benevolente con él que el socialismo. El funcionario que ignora el corrimiento al rojo postulado por la Física, pero conoce al dedillo el corrimiento al (mercado) negro de los inventarios, también recela del futuro, pero por otra razón.

Muchas serán las herencias que recibirá esa Cuba del día después, presuponiendo que sea una Cuba plural, democrática, que conserve ciertas garantías sociales y conceda libertades individuales, empezando por las económicas. Herencias buenas, malas y todo lo contrario.

Entre las buenas, esa Cuba heredará un pueblo saludable y un capital humano con niveles de instrucción  muy superiores a los de su entorno geográfico. Instrucción que será una excelente base para la puesta al día de mano de obra altamente calificada, y a precios competitivos –respecto a los parámetros europeos y norteamericanos–, posible atractivo para los inversionistas.  Instrucción que liberada se traducirá en iniciativa y productividad. Heredará un pueblo habituado a ciertas garantías sociales, lo que condicionará el comportamiento de los políticos futuros, en cuanto al presunto recorte de derechos adquiridos. Heredará un  entorno no demasiado masacrado por la industrialización; y un exilio que no ha cortado los lazos familiares con el país de origen (sus remesas son hoy una de las principales fuentes de ingreso), y cuyo aporte puede ser decisivo en la creación de pequeñas y medianas empresas que son, como se sabe, las primeras creadoras de empleo. Claro que los beneficios de esta herencia dependerán del carácter emprendedor de los cubanos de la Isla.

En un curso de post grado sobre la República Cubana que se ofreció recientemente en El Escorial, el historiador y ensayista español Antonio Elorza sustentaba la tesis de que en Cuba el florecimiento de una economía de mercado en la base  no tendría lugar, y que su recuperación sería muy lenta, porque el espíritu empresarial había sido podado hasta la raíz. Por el contrario, y como muestra la más pequeña apertura (cuentapropistas, mercado campesino, y el siempre presente mercado negro),  por no hablar del éxito económico de la comunidad exiliada, el espíritu empresarial de los cubanos ha demostrado una capacidad admirable de supervivencia en las condiciones más arduas; de modo que si algo ocurrirá será todo lo contrario: una explosión de creatividad tantos años contenida, ante la  perspectiva de una libertad de ejecución inédita.

En la otra orilla, la futura república heredará una economía completamente desestructurada y en proceso de descapitalización. Heredará un país plagado de industrias obsoletas e ineficaces. Heredará una deuda externa de $40 mil millones. $11,208.9 millones en moneda libremente convertible; $24,500 millones a Rusia, más unos $2,200 millones a sus antiguos socios de Europa del Este; y unos $3,000 millones, acumulada en los últimos cinco años por préstamos obtenidos de proveedores particulares, para financiar el déficit anual de su cuenta corriente. Una de las deudas  per cápita más altas  del mundo.  Una deuda que inhabilita hoy al país para obtener nuevos créditos, aunque bien podría engrosar en un futuro próximo. A Japón le debe $1,700 millones,  $1,200 millones a la Argentina en bancarrota. El 10.8% de su deuda es con España, más $200 millones en deudas privadas.. A Panamá se le deben $400 millones, aunque muchos empresarios se abstienen de hacerlo público por temor a que el gobierno cubano suspenda definitivamente los pagos. México ha renegociado  la deuda cubana de $380 millones. La deuda con Venezuela ya ronda los $200 millones, y ha provocado suspensión en los envíos de petróleo. En septiembre de 2001 Francia congeló $175 millones en créditos comerciales a corto plazo por el impago de $10.5 millones; al igual que los  $120 millones congelados por España. Atlantis Diesel Engines, de Sudáfrica, retuvo cargamentos de piezas y maquinarias por impago de $85 millones. Exportadores chilenos detuvieron embarques de macarela enlatada por lo mismo. Los plazos de los $107 millones renegociados con Berlín en el 2000, tampoco han sido satisfechos. Y así sucesivamente. Más la negativa de Cuba de aceptar cualquier recomendación del demonizado FMI, lo que aumenta la desconfianza de los acreedores.

Y al continuar gastando más de lo que gana, el país se ha visto obligado a negociar nuevos préstamos, de corto plazo y altos intereses, para cubrir ese déficit. El informe de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), organismo de la ONU, indica que si en el  2000 el déficit cubano fue de $687 millones, el de 2001 es de $758 millones. ”Lo que consumimos y requerimos del exterior todavía sobrepasa en mucho lo que logramos exportar y esto no puede ser indefinido”, admitió el vicepresidente del Consejo de Ministros, José Ramón Fernández.

Un país en bancarrota no declarada, cuya deuda heredará la Cuba futura. ¿Podría condonarse esa deuda a la próxima república en bien de una transición indolora? La Ley Helms-Burton dice todo lo contrario. Y Carmelo Mesa-Lago, profesor de economía de la Universidad Internacional de la Florida, afirma que habrá que reconocer y renegociar la deuda, si se quiere acceder a inyecciones de capital. ”Es una situación desastrosa para el futuro, pero hay que pensar que es posible lograr que algunos países importantes perdonen la deuda, parcial o totalmente. (…) De hecho eso ya ha ocurrido con algunos países pequeños altamente endeudados”. Aunque por su propia situación económica, algunos acreedores no perdonarán graciosamente la deuda cubana. Y con razón.

La república futura heredará decenios de atraso tecnológico e insuficientes infraestructuras.

Heredará medio siglo de indisciplina laboral y pésimos hábitos contraídos tras la entronización del slogan real del socialismo, donde “el trabajador simula que trabaja y el estado simula que le paga”.

Heredará, también, junto a la conciencia de los derechos sociales,  la escasa conciencia de los derechos individuales, de modo que la sociedad civil tendrá que reinventarse. Tres  generaciones de cubanos han alcanzado la edad adulta amaestrados por una sociedad paternalista donde la subsistencia es el pago a la obediencia; ajenos a una noción clara de su papel  como ciudadanos.

Heredará, en suma, medio siglo de potenciales desaprovechadas, atizamiento de odios,  enaltecimiento del orgullo nacional (como nunca antes) y sublimación de lo extranjero (como nunca antes también). Medio siglo y dos millones de compatriotas extraviados en un exilio abrumadoramente irreversible. Más decenas o cientos de miles de vidas perdidas en huidas desesperadas, cárceles, ejecuciones, conflictos fratricidas  y guerras distantes.

Aunque posiblemente la peor herencia sea esa sensación, pesada como una losa de granito, que gravita sobre la inmensa mayoría de los  ciudadanos de la Isla y del destierro. La sensación de que algo tan ineludible como el destino pesa sobre nosotros. De que el presente es inamovible, y que el futuro inmediato puede depararnos cosas peores, o mejores, pero que escapan a nuestra voluntad. La oscura sensación, inducida por medio siglo de monoteísmo político –tan abrumador, que no admite siquiera la herejía del silencio–, de nuestra nulidad como protagonistas de la historia patria. Nos basta, con frecuencia, sentirnos víctimas indefensas del destino; y asumir que el curso de Cuba dependerá de la Corriente del Golfo, de los alisios o de sus orishas tutelares, pero no de nuestra pequeña y multitudinaria participación.

Esa será la primera herencia de la que deberemos librarnos; si aspiramos algún día a que la Cuba posible sea una conjunciones de esos millones de Cubas probables que fraguamos, a solas, cada uno de nosotros.

 

Herencias; en: Cubaencuentro, Madrid, 26 de septiembre, 2002. http://arch.cubaencuentro.com/opinion/2002/09/26/10005.html.

 





Cuba D.C.

29 06 2001

Los emotivos desmayos de las divas del cine mudo no dieron tanto que hablar como el desmayo protagonizado por los 74 años de Fidel Castro, en vivo y en directo por la televisión cubana, mientras se dirigía en el Cotorro a una nutrida concurrencia el sábado pasado.

No menos de treinta artículos inundaron la prensa en apenas dos días, algunos de primera plana; Arafat y Chávez fueron los primeros en hacerle llegar sendos mensajes pidiéndole que no desmayara en su empeño. Se pasó revista a su historia clínica y ha habido todo tipo de diagnósticos: desde la leve lipotimia, un desbalance térmico que los ancianos ya no pueden compensar como los jóvenes, una arritmia cardíaca, una isquemia cerebral similar a la que, según comenta El Nuevo Herald, ya sufrió durante un Consejo de Estado en 1997, y que de durar más de unos pocos segundos, al dejar sin irrigación arterial el cerebro, lo dejaría fuera de combate, convertido en un vegetal, a juego con su atuendo. A propósito, se ha pasado revista en estos días a las diferentes ocasiones en que FC se ha quedado en blanco en la tribuna, vacíos que ha sorteado simulando buscar un papel extraviado. Aunque quizás el diagnóstico más “preciso” haya sido el del canciller Felipe Pérez Roque, quien trató de calmar a la multitud explicando que “el compañero Fidel ha tenido (…) un momentáneo descenso”. Claro que no se trata del descenso que muchos vienen esperando desde 1960, sino de un ensayo, al que el propio FC se refirió en broma como “hacerse el muerto para ver qué entierro le hacían”. En un futuro próximo sabremos si le gustó la parálisis de la gerontocracia histórica, la vacilación de Carlos Lage, que se dirigía a la tribuna en cámara lenta, la discusión de su secretario, Carlos Balenciaga, con su canciller Felipito, el raudo asalto a los micrófonos de Pérez Roque, como de actor secundario que intenta atrapar al vuelo un protagónico, sabiendo que esas oportunidades se dan una vez en la vida. Cosa de la que algo sabían Carlos Aldana y Roberto Robaina cuando les concedieron su jubilación anticipada.

Durante los últimos días se han vertido millones de palabras para analizar las reacciones de las personas e instituciones más afectadas por el desmayo, pensando, claro está, en el desmayo final, idea que pasó por la mente de todos, amigos y enemigos, mientras se apagaba “la voz más alta de Cuba”, como la llama el locutor Rafael Serrano, y “el padre de nuestra independencia” (ídem) caía hacia la tribuna. Los escudos blindados desplegados a su alrededor por los miembros de la escolta, mientras lo sacaban en brazos, son la última versión del escudo que tradicionalmente ha desplegado el gobierno y la prensa cubana alrededor de sus problemas de salud y el tema tabú de su muerte. Pero lo cierto es que pasada cierta edad, el tema se ha hecho recurrente: notas de prensa, rumores, documentales enteros donde se pregunta a los cubanos por la era D.C., el éxito en U.S.A. de los pulóveres con la inscripción B.C. (Before Castro), ofrendas a la Caridad del Cobre para que lo cuele en la lista de espera, planes de contingencia, trifulcas sucesorias, y, sobre todo, decenas de chistes.

Todo esto ha demostrado que la llamada “dirección colegiada”, a que se ha referido FC en reiteradas ocasiones para eludir la marca de fábrica “dictadura personal”, es apenas un chiste que alude al colegio nacional, donde hay muchos alumnos, pero un solo director, cuya muerte provocará confusión y reyertas en el patio de la escuela. Ni amigos ni enemigos están preparados para lo inevitable. La Era D.C. es una ecuación con muchas variables y pocas (o ninguna) constante.

¿Estamos preparados para el cambio?

En el caso de las autoridades cubanas, hay una línea dinástica predeterminada, cuyo cumplimiento es, cuando menos, riesgoso: por razones de edad y de talento, y dos nuevas generaciones que aspiran al poder, sin que el grado de simulación que impera en la vida pública cubana permita conjeturar, razonablemente, la dirección en que lo ejercerán (suponiendo que el Jurasic Park no los purgue antes). Esta situación de indeterminación es la maniobra post-mortem del líder cubano: al presuponer que su obra continuará sin cambios —cosa de la que su propia inteligencia debe, razonablemente, dudar—, confirma para la posteridad el papel de héroe clásico, guerrillero perpetuo, azote de la injusticia y prócer ideológico del Tercer Mundo que ha pretendido representar durante medio siglo de cara a la galería. Aunque entre bambalinas sus propios utileros comenten que todo cuanto ha hecho ha sido, en cada momento, lo más apropiado para su perpetuación en el poder. Si el esquema ilusorio de la Revolución Milenarista se derrumbara, la rebatiña por el poder, la ascensión de personajillos y el caos bien podrían fomentar en una parte del pueblo cubano la nostalgia por aquellos felices tiempos en que FC nos gobernaba. Una jugada maestra, continuadora de esa praxis que ha consistido, durante más de 40 años en alimentar la megalomanía de un cubano con la infelicidad de los otros.

En cuanto a la disidencia interna: ¿Existe un plan de acción para el instante en que el desmayo sea irreversible? ¿Será lo adecuado forzar de inmediato a un cambio, convocando a la calle, o esperar a que se diriman las reyertas sucesorias y saber entonces a qué atenernos? Ignoro cuál o cuáles serán las variantes de actuación en cada caso, pero si hay algo claro es que urge posicionarse, buscar vías para multiplicar su poder de convocatoria (aún en estas condiciones extremadamente difíciles), porque ellos son, sin dudas, la primera línea de una sociedad civil que tendrá la difícil misión de abortar un segundo acto de la tragedia nacional.

El exilio, que ha clamado durante decenios por la nueva era, que celebrará el último desmayo con más pirotecnia que el fin de milenio, ¿está preparado para asumirlo? ¿Está preparado para comprender que, en primera instancia, nuestra tarea será apoyar incondicionalmente a todas las tendencias políticas que propugnen desde la Isla la restauración de las instituciones democráticas? ¿Está preparado el exilio para cambiar el discurso reivindicativo hacia un discurso de cooperación, encuentro y diálogo con nuestros hermanos de la Isla que durante decenios han luchado por la democracia en medio de la persecución y el silencio? La perseverancia de las ayudas familiares y los sólidos nexos personales entre cubanos de las dos orillas me permiten conjeturar que el exiliado de a pie está preparado. No obstante, tengo mis dudas sobre algunas formaciones políticas: ¿podrán, quienes han crecido en la confrontación y se han alimentado de la beligerancia, reciclarse hacia la colaboración generosa por el bien de todos los cubanos? ¿Podrán, de inmediato, ponerse al servicio del futuro cubano, sin pretender de inmediato un protagonismo que recaerá, sin dudas, sobre los actores políticos de la Isla? En perspectiva, Cuba reconocerá a todos sus ciudadanos, de adentro y de afuera, y su destino será obra de todos; pero conviene recordar que 40 años de propaganda no pasan en vano, y que una abrupta entrada del exilio puede reforzar las tesis más apocalípticas de la gerontocracia en el poder; mientras la colaboración desmantelará prejuicios y aceitará la transición indolora hacia un futuro plural y democrático.

¿Está preparado el gobierno norteamericano para un cambio drástico en Cuba? Por ahora, la única preparada es la Guardia Costera, que entrará en máxima alerta ante una posible avalancha. Cuarenta años de tozudo e ineficaz embargo, que sólo ha servido como excusa política a FC, me permiten dudar sobre su capacidad de reaccionar de modo flexible y ajustado a las necesidades de la Isla, de cara a una transición. El hecho de que cualquier gobierno norteamericano responde, ante todo, a los intereses de Norteamérica, no recomienda exigirle peras al olmo, para evitar decepciones. Y la diversidad de fuerzas, con frecuencia contrarias, que se conjugan en su política, tampoco permite un pronóstico fiable.

Y el último, que sería el primero: la población de la Isla. ¿Está preparada? Es obvio que no hay muestreos de opinión serios. Pero cualquiera que tome el pulso a la calle notará la coexistencia de esperanza y miedo, ansiedad por que acabe de ocurrir y desconfianza en lo que pueda ocurrir. Muchos mayores temen a un futuro de capitalismo salvaje sin garantías sociales. Los jóvenes, crecidos en la simulación, el discurso hueco y la picaresca, sin una sociedad civil que les ofrezca variantes con las que vertebrar sus ilusiones, confían más en la salida personal (con pavorosa frecuencia sólo “salida”), que en la penosa reconstrucción de un país desmantelado. Muchos están cansados: 40 años construyendo el socialismo más la perspectiva de pasarse otros 20 construyendo el capitalismo es pasarse la vida entera en obras. Se detesta el poder absoluto y paralizante. Se detesta al vacío donde cabría lo mejor y lo peor. Confío en la inteligencia, la capacidad de adaptación y la flexibilidad de nuestros compatriotas de la Isla; confío en su creatividad para construir un futuro mejor, pero no dejo de pensar que la transición puede ser ardua para todos, y especialmente dolorosa en el caso de los menos aptos.

El último chiste sobre el desmayo, cuenta que el médico que lo atendió en la ambulancia sale demacrado y los escoltas le preguntan: Doctor, ¿hay esperanzas? Y el médico contesta: No. Se está recuperando.

Yo confío en que haya esperanzas para todos en el futuro D.C. de la Isla, pero antes deberemos desmayar el desmayo, y no desmayar en el pre diseño de un porvenir que no puede caernos encima como un diluvio en plena seca, sin premeditación y con mucha alevosía. En cierta época se repitió hasta el aburrimiento que “los hombres mueren, el Partido es inmortal”. Fraguar desde ahora una Cuba próspera, plural y democrática, es la mejor manera de confirmar que las leyes de la naturaleza no tienen excepciones.

 

Cuba D.C. ”; en: Cubaencuentro, Madrid,29 de junio, 2001. http://www.cubaencuentro.com/encuba/2001/06/29/2883.html.

 





Civilización competitiva

5 03 2001

A fines de 1985 me mostraron en Kazán, capital de la Tartaria soviética, la estatua de un Lenin tan adolescente que aún tenía pelo. Situada frente a la universidad local, reproducía la imagen que tendría cuando cursó estudios allí. El guía se dedicó a explicarme con fervor que de las miles de estatuas repartidas por todo el país, aquella era la que lo representaba más joven, si se exceptúa una de Lenin niño erigida en Odesa. Sin poder reprimirme, le pregunté si no había ninguna de la madre de Lenin embarazada. No me respondió, pero deduje que si de él dependiera, ya me hubiera teletransportado con la mirada a algún campo (no campus) siberiano. Dos siglos atrás, idéntico castigo me habría infringido un pope de ironizar a propósito del icono local. Pero las religiones cambian.

Es norma universal, que cuanto más los necesitan, más invocan los pueblos a sus dioses. Y la necesidad del pueblo ruso es dolorosamente antigua. Una tradición que enlaza sin respiro al Padrecito Dios, al Padrecito Zar, al Padrecito Stalin… y a todos los padrecitos provinciales, municipales y locales. El resultado: un respeto-temor casi cromosomático a las jerarquías, una medrosa devoción al poder, como de perro apaleado, que noté incluso entre las personas más cultas. Eso explica muchas cosas.

Rusia, a medio camino entre Asia y Europa, ha padecido durante siglos un desgarramiento entre la tradición oligárquica del Oriente y la vocación occidentalizante de sus clases altas. Entre el feudalismo y la ilustración. Entre gobiernos despóticos para los cuales el mujik no se distinguía muy claramente de cualquier otro animal doméstico, y el refinamiento de sus cortes francófilas y germanófilas, que no distinguían muy claramente al mujik de cualquier otro… Mira qué casualidad.

Ramiro Villapadierna escribía hace un tiempo en ABC que: “La libre competencia capitalista es un esquema duro de convivencia, rebajado sin embargo en Occidente por siglos de civilización cristiana y desarrollo de principios cívicos. En la Europa Oriental, en cambio, esta ley de la selva económica se ha instalado sobre una sociedad castrada éticamente y desnortada (¿deshonrada?) moralmente y los resultados parecen salvajes”.

No hay dudas: la ley del sálvense quién pueda capitalista ha instaurado en los países del este una especie de Far East donde sólo sobrevive el John Wayne que más rápido desenfunde su Colt 44. El crimen organizado es, de lejos, el sector de la economía rusa que mejor funciona. El 70% del comercio ruso paga protección a la mafia. En Eslovaquia y la República Checa la inseguridad ciudadana es tal que por cada policía hay 7 guardias privados. El esquema de inversión piramidal que antes esquilmó a 4 millones de rumanos, hurta 1.500 millones a los ahorradores albaneses, y ya sabemos en qué acabó la operación. ¿Causas? El desmoronamiento de unas normas de convivencia instauradas por decreto durante decenios; la no aparición de nuevas normas, dado que quienes ayer asaltaron el poder en nombre de la dictadura del proletariado se repartieron más tarde el botín en nombre de la democracia y la dictadura del libre mercado. Y un vacío de poder intermedio que llenaron de inmediato las únicas fuerzas políticas organizadas: las mafias. Todo eso es cierto.

Como resultado, los comunistas (ya más socialdemocratizados) asaltan la Duma a puro voto, se desempolvan los bustos de Lenin, Stalin resurrecto mira admonitorio desde las pancartas, se afilan las hoces y se lustran los martillos. Un alto oficial de la KGB (con cara de oficial de la KGB) gana por amplia mayoría, y una parte nada despreciable de los rusos añora mano dura. En Occidente algunos se sobresaltan, o cuando menos se extrañan de esta inconsecuencia política de los rusos. Quizás los mismos que descubrieron asombrados, años atrás, que el coloso tuviera los pies de barro y se desmoronara sin intervención de los mísiles.

Para un observador medianamente atento, tanto aquello como ésto son consecuencia lógica de dos milenios de autocracia.

Si usted captura una gallina silvestre y la inmoviliza contra el suelo colocándole la bota sobre el cuello durante media hora, al soltarla el ave buscará refugio lo más lejos posible de la bota. Si, en cambio, la mantiene durante días o semanas, suministrándole una ración suficiente de grano, cuando retire la bota, el animal revoloteará atontado, divagará sin saber muy bien qué hacer con su repentina libertad.

Porque la libertad requiere aprendizaje. No basta disponerla por decreto. El inexorable atraso económico, producto de atar con ligaduras políticas las leyes económicas, y recrudecido por la carrera armamentista, la gran guerra patria que los soviéticos no lograron ganar, demostrándose que los misiles pueden ser más letales cuando no se disparan; una geopolítica de talla extra que le quedaba holgada a ese megapaís subdesarrollado; los males endémicos de una sociedad que intentó domesticar el talento; la doble moral y la corrupción; así como la desestimulación al entronizarse la primera ley del socialismo: “Yo simulo que trabajo y el Estado simula que me paga”; todo ello hizo que una pequeña apertura se convirtiera en grieta y derrumbara el edificio completo.

¿Pero hacia dónde se derrumbó?

Hacia un remedo de democracia donde los demócratas de hoy son los autócratas de ayer. Hacia un capitalismo salvaje sin las más mínimas garantías sociales, y con un 30% de los sufridos mujiks bajo el límite de pobreza. Hacia un reparto del botín donde medran las mafias y los cuadros más astutos del Partido, reconvertidos de la nomenklatura a la revista Fortune. Hacia un país multinacional que sólo logró el consenso de la mordaza, y ahora, retiradas las mordazas, pretende acallar a tiros la gritería. Hacia una sociedad mimética que perdió sus viejas coordenadas y no encuentra las nuevas (seguramente no son esos Mickey Mouse que sustituyen en los lienzos de Arbat los paisajes nevados y las troikas).

El hombre necesita libertad, qué duda cabe, pero antes necesita pan. Y eso Occidente, que accedió primero al pan y luego a la libertad, debía saberlo. Si Estados Unidos, sólo Estados Unidos, invirtiera en Rusia la décima parte de lo que gastó en la carrera armamentista que terminó desangrando a la URSS —mecanismos de control mediante, o Marbella se repleta de jeques eslavos—, quizás otro gallo cantaría “Noches de Moscú”. Pero ya es costumbre: en Nicaragua, que les hubiera costado mucho menos, hicieron lo mismo.

Y si, por su parte, los rusos le hubieran llenado bien la panza de grano a la gallina antes de retirar la bota, la gallina ahíta se habría dedicado con calma a hacer la digestión democrática. Pero una gallina hambrienta que estrena libertad suele ser impredecible. Y eso a Occidente debía preocuparle: esta gallina tiene mísiles nucleares. Un vecino amigo pero caótico e impredecible, puede ser más peligroso que un enemigo coherente. Y sólo hay dos formas de paz estable y duradera: la paz de los sepulcros, y la paz de la riqueza. A la primera no regresarán. A la segunda sólo llegarán, sin ayuda, a muy largo plazo. Y como se sabe, los fabricantes de democracias nuevas suelen otorgar garantías cortas.

Pero yo me pregunto si “en Occidente siglos de civilización cristiana y desarrollo de principios cívicos” atenúan la ley de la selva. Si miramos a nuestro pasado, veremos en los albores del capitalismo la misma crueldad sin disfraces que hoy “disfrutan” los países recién avenidos al sistema. No fue con civilización cristiana que Occidente esquilmó a sus colonias, ni con principios cívicos se edificaron las factorías de Manchester. La llamada sociedad del bienestar no es un obsequio de la civilización, sino una conquista de los trabajadores a la que se avino el capital, a regañadientes, para evitar males mayores, sobre todo ese Este comunista que tan útil le fue durante decenios al movimiento obrero de Occidente. Eludir el fantasma de la subversión bien valía una disminución de la plusvalía, si a cambio se instauraba una sociedad estable donde el capital se moviera sin temores y el progreso no estuviera a merced del sobresalto. Aún cuando lamente las iniquidades que el llamado socialismo real perpetró contra sus propios pueblos, el pensionista de hoy deberá agradecer a aquellos bolcheviques desconocidos, causantes, en buena medida, de su pensión estable y su cartilla de la seguridad social.

Incluso hoy los principios cristianos no parecen imperar entre los niños explotados por Adidas, que nunca podrán comprar las zapatillas que fabrican; o entre quienes mantienen en Angola la guerra de diamante y petróleo a cambio de armas obsoletas; o los que exportan alimentos prohibidos y medicinas caducadas.

Pero el fantasma ya no existe. En los libros de historia y las enciclopedias, el comunismo se conjuga en pasado. Y el capital vuelve a la carga. El neoliberalismo se expande. Los gobiernos tienden alfombras al dinero que sobrevuela el planeta cada vez con menos limitaciones, en busca de oportunidades. Ser competitivo es más importante que ser cristianamente civilizado. Y el primer principio cívico es la ganancia. Se pone en entredicho aún la más tímida justicia distributiva y el propio Estado del bienestar resulta “insostenible” si queremos ser competitivos.

Lejos ya el peligro de la subversión, caen las máscaras. La precariedad del empleo empieza a llamarse “movilidad del mercado laboral”. La vocación de servicio público se convierte en ineficacia. La privatización nos salvará de la decadencia y la moderación salarial nos abrirá las puertas del futuro. Suscríbase a un plan privado de pensiones si quiere garantizar una vejez tranquila. Recuerde que todos somos iguales ante Dios, pero algunos teólogos modernos sospechan que sólo accederán al Reino de los Cielos los más competitivos.

“Civilización competitiva”; en: Cubaencuentro, Madrid, 27 de febrero, 2001. http://www.cubaencuentro.com/meridiano/2001/03/05/1316.html.