Carné de héroe

1 02 2012

Velkan Ionescu ha adquirido en condiciones ventajosas una casa de 420 metros cuadrados en la ciudad. Viaja sin coste en los transportes públicos, no paga por los medicamentos que consume, disfruta exenciones de impuestos y podrá jubilarse cinco años antes que sus compatriotas. Velkan Ionescu tiene el carné de héroe por haber participado en las revueltas de 1989 que, al costo de mil muertos, acabó con la dictadura de Nocolae Ceaucescu.

La Ley de Agradecimiento aprobada en 2004 en Rumanía para compensar a los héroes de aquellos enfrentamientos y a las familias de quienes perdieron la vida, estableció un carné que otorga a sus poseedores no pocas ventajas. En un país con enormes diferencias retributivas e injusticia social, casi todo se puede comprar, incluso el carné de héroe que hoy disfrutan unos 20.000 rumanos entre los cuales se distribuyen unos cien millones de euros anuales. Si esa hubiera sido la cantidad real de opositores, Ceaucescu no hubiera durado una semana.

No es raro, entonces, que Velkan Ionescu fuese un anticomunista precoz que, a los cinco años de edad (nació en 1984), se enfrentó a los milicianos de los cuerpos de seguridad y a los francotiradores que masacraron la manifestación frente a la casa del sacerdote Lazlo Tökes, en Timisoara. Aunque su mayor mérito “revolucionario” es ser sobrino de un importante capo del sindicato de estafadores que desde la administración y gracias a jugosos contactos políticos, lava expedientes, crea pedigrís heroicos y convierte a convictos por asesinato en paladines de la libertad. Comenzando por antiguos mandos de la temida policía política que se han reconvertido en demócratas anticomunistas y libertarios gracias a que poseen información que podría comprometer las carreras de algunos flamantes políticos rumanos con una larga hoja de servicios al antiguo régimen.

Como todos los regímenes de esa naturaleza, el de Ceucescu intentó, de grado o por fuerza, conseguir la complicidad de la mayor parte de sus ciudadanos (“pínchalo, pínchalo, aquí todo el mundo tiene que pincharlo”, aquella frase memorable de El hombre de Maisinicú), por lo que no es raro que de los 23 millones de rumanos, unos 700.000 colaboraran con la policía política. De los restantes se exigía, cuando menos, el silencio, la complicidad light. Así, cuando Ion Illescu tomó el poder en 1990, repartió certificados de revolucionarios, como quien reparte indulgencias, entre numerosos esbirros y chivatos. Aunque dejó el poder en 1996, conservó su escaño en el Senado, es decir, su seguro de impunidad a todo riesgo, hasta 2008.

Quizás por eso, como afirma Radu Filipescu, quien fue opositor a Ceaucescu, sufrió prisión y ahora encabeza una campaña para acabar con los privilegios, para el pueblo rumano los únicos revolucionarios auténticos son los muertos, los heridos y los que no tienen carné.

En 1959, con el triunfo de los nuevos héroes, comenzó en Cuba el reparto de privilegios. Discrecional, sin necesidad de una Ley de Agradecimiento ni de un carné de héroe, dado que institucionalizar los privilegios habría sido incompatible con la teoría de que aquellos hombres y mujeres habían arriesgado sus vidas en beneficio de la patria y no de ellos mismos (lo cual es cierto en la mayor parte de los casos), y habría obligado a un reparto más equitativo del botín que, al final, se distribuyó entre un selecto grupo de combatientes, una antología de héroes que, en la práctica, no fueron premiados por su valentía sino por su obediencia a toda prueba.

La cubana fue la primera revolución televisiva. Fidel Castro empleó profusamente el nuevo medio de comunicación, no sólo para seducir con su discurso a la población cubana, sino para crear una imagen que perduraría durante decenios en el imaginario de la izquierda. Un culto estalinista a la personalidad que abrumara de estatuas a los cubanos habría dañado esa operación de marketing, de modo que ese culto ha sido en Cuba igualmente absoluto, pero dejando mínimas evidencias. Del mismo modo, un reparto explícito del botín, en un continente donde todos los dictadores lo hacen, habría sido contraproducente, como admitió el propio Fidel Castro en 1973.

Varios estudiantes de la Universidad de Oriente eran por entonces compañeros y amigos del hijo del comandante Guillermo García, a la sazón capo provincial. Tras acudir varias veces a casa de su compañero, los estudiantes denunciaron los privilegios que se disfrutaban en esa casa, en contraste con el discurso oficial que blasonaba de igualdad e instaba al sacrificio. El propio Fidel Castro insistió en reunirse con los estudiantes en asamblea y tras pulverizarlos con un discurso sin derecho a réplica, concluyó que el mayor error del comandante Guillermo García no era disponer de bienes o recursos que el resto de los cubanos ni soñaba, sino permitir la entrada en su casa de esos estudiantes traicioneros y malagradecidos.

A menos que sea políticamente recomendable para mover el tablero de la política doméstica, la corrupción, el cohecho, el nepotismo, la malversación y el abuso de poder son siempre menos graves que su divulgación. Y eso no es una enfermedad tardía del totalitarismo cubano.

En 1959 el viejo Partido Socialista Popular nombró auditor del recién creado Ministerio del Interior a un tío abuelo mío. Su primera tarea fue inventariar los bienes del ministerio, entre ellos los bienes incautados a los jerarcas del batistato. Más tarde, fue comprobando personalmente las existencias. Una vez concluido el trabajo, solicitó una entrevista al ministro, a quien se quejó. Cientos de casas, automóviles, equipos de aire acondicionado y mobiliarios completos habían sido usurpados para su propio beneficio por los oficiales. Y le entregó una lista detallada de esos deslizamientos de la cosa pública a la cosa nostra. El ministro echó un vistazo a la lista y, en pocas palabras, le ofreció una lección magistral sobre los conceptos de Inversión, Riesgo, Dividendos y Ganancia. Según él, quienes habían invertido en la guerra sus vidas, a riesgo de perderlas, tenían derecho a obtener más dividendos de la victoria que quienes conservaron a buen recaudo ese capital. Sin inversión, no hay riesgo, y sin riesgo, no hay ganancia. Esa tarde, mi tío abuelo descubrió un Karl Marx ventrílocuo. La voz que salía de sus labios cerrados era la de Milton Friedman. Había intentado hacer justicia, aun cuando no fuera políticamente correcta, y le ajusticiaron el resto de su existencia. Hasta entonces, él era un místico de la revolución proletaria y ya se sabe que los místicos siempre fueron tratados con recelo por los sacerdotes de la fe, los mismos que organizarán su canonización después de muertos. Los cadáveres no dan sorpresas. Desde entonces hasta el día de su muerte, mi tío abuelo despachó gasolina en una estación de servicio. La noche de su velorio, aparecieron dos trabajadores de uniforme y colocaron junto al féretro una corona que contenía, ella sola, más flores que todas las demás juntas. Demostración cuantitativa de amor que venía acompañada por una cinta: De tus compañeros del Partido que nunca te olvidaremos. Supongo que, efectivamente, si pasaban con frecuencia a llenar los tanques de sus coches oficiales en la gasolinera de mi tío abuelo, les sería muy difícil olvidarlo.

Pero ni siquiera quienes invirtieron en la guerra sus vidas, a riesgo de perderlas, recibieron el mismo trato. Los conceptos de Inversión, Riesgo, Dividendos y Ganancia a los que aludía el ministro estaban trucados. En 1993 se fundó la Asociación de Combatientes de la Revolución Cubana, que “aglutina en una sola organización social a más de 330.000 cubanos de todas las edades, quienes han estado en las líneas del frente de las batallas revolucionarias desde la década de 1930 hasta el día de hoy”. A finales de diciembre de 2011 un grupo de veteranos de Santiago de Cuba, ante las deplorables condiciones en que viven sin ninguna ayuda gubernamental, y “ante la falta de respuesta de las autoridades”, han elevado sus denuncias a la prensa no gubernamental.

Por muchas razones, comunes a todas las sociedades sometidas a sistemas totalitarios –control absoluto, represión desmedida, poda de los vínculos entre la disidencia y su base social, minado de todos los grupos por agentes y chivatos, brigadas de acción rápida, control absoluto de los medios y la elevación del miedo a sistema de gobierno–, aunque hoy la mayor parte de la población descrea de sus gobernantes, los grupos de la disidencia en Cuba no pasa de algunos miles de miembros, a los que se suman blogueros y periodistas independientes. Su mera existencia es doblemente heroica, dadas las circunstancias y el permanente acoso del que son víctimas.

Como es lógico, el día después muchos cubanos dirán en voz alta lo que de momento cuchichean en familia, alguno intentará blasonar de una disidencia tan clandestina que nadie la conoció en su día. Se producirá el reciclaje a demócratas y las más variopintas excusas para actitudes inexcusables. Aunque parezca increíble, habrá quienes se parapeten tras la buena fe o la ignorancia. Y, de un modo u otro, todos serán llamados a reconstruir el nuevo país, que no será posible sin la colaboración de todos los cubanos. Quienes hoy arriesgan su integridad y su vida no necesitarán carnés de héroes. Ya lo han obtenido en el tribunal sin apelación de nuestra memoria.

 

“Carné de héroe”; en: Cubaencuentro, Madrid, 01/02/2012. http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/carne-de-heroe-273528

 





¿Un chino porvenir?

19 01 2011

El 3 de julio de 1941, después de diez días sumido en un estupefacto silencio, Stalin hizo su primer llamamiento a la defensa del país. No se dirigió a los comunistas, ni siquiera a los ciudadanos soviéticos. “¡Camaradas!, ¡Ciudadanos! ¡Hermanos y Hermanas! ¡Hombres de nuestro Ejército y nuestra Marina!. ¡Me dirijo a vosotros, mis amigos!” era el encabezamiento de su discurso.  Tras las purgas, los asesinatos y el Gulag, dirigirse a sus partidarios o a los comunistas en general habría rebajado la capacidad de convocatoria. Tampoco llama a la defensa del comunismo, del socialismo o del estalinismo, palabras cuidadosamente omitidas. Su llamamiento explica que esta guerra “por la libertad de nuestro país se mezclará con la de los pueblos de Europa y América por su independencia, por las libertades democráticas. Será un frente unido de pueblos defendiendo la libertad y contra la esclavitud”.  Homologa la lucha de los rusos con la del resto de Europa y América en nombre de una libertad y una democracia de la que los rusos carecían, y contra la esclavitud que, sin dudas, impondrían los nazis. Basta un análisis lexicográfico elemental para detectar la intencionalidad política del discurso, y cómo, en una situación de vida o muerte, se han evitado escrupulosamente las palabras que vertebraban la retórica clásica del estalinismo.

Durante el último cuarto del siglo XX, se puso de moda entre algunos lingüistas la Lexicometría, el análisis estadístico de los textos, que aún emplean los servicios de inteligencia, los programas para la interceptación de mensajes y conversaciones, y algunos filólogos que aspiran a dotar al análisis textual de cierta probidad matemática. Y, sin dudas, cuando se trata de analizar un texto no literario puede arrojar interesantes resultados que, desde luego, deberán ser corroborados (o no) por el análisis de significados.

Aunque el título no invita, he leído con atención el Proyecto de Lineamientos de la Política Económica y Social (http://www.cubadebate.cu/wp-content/uploads/2010/11/proyecto-lineamientos-pcc.pdf) publicado por el gobierno cubano a fines el año pasado, y ha sido sumamente instructivo. En la parte introductoria podemos leer que “Sólo el socialismo es capaz de vencer las dificultades y preservar las conquistas de la Revolución”, y que “en la actualización del modelo económico, primará la planificación y no el mercado”. Se aclara que “el socialismo es igualdad de derechos e igualdad de oportunidades para todos los ciudadanos, no igualitarismo”, aunque ello parafrasea la constitución estadounidense. Tras esa introducción, esperamos la inflamada retórica habitual donde la economía se supedita a la política. Si practicamos el experimento lexicográfico a ver qué texto nos espera, el resultado es, cuando menos, curioso.

La palabra “patria” no se menciona, y las palabras “revolución” y “socialismo” sólo aparecen dos veces en 32 páginas. Aunque el título habla de política económica y social, la palabra “ciudadano” aparece sólo dos veces y 16 la palabra “inversionista”; “derechos”, una vez; “obligaciones”, 4, y los términos recaudatorios: “tributario” o “impositivo”, 6. “Satisfacer las necesidades de la población” se menciona una vez, el término “necesidades”, 4, y 13 veces la palabra “consumo”. En cambio, “capital”, o “capitalización” aparecen en 15 ocasiones. ¿Qué capital? “Pesos cubanos”, 3; “pesos convertibles”, una, y “divisas”, 10. “Internacional” se repite 26 veces, contra 23 “nacionales” y, al menos en el papel, las 40 “exportaciones” superan a las 38 “importaciones”. Aunque en la Cuba futura primará la “planificación”, palabra que aparece 13 veces, sobre el “mercado”, esta última se repite en 27 ocasiones, a una por página, o casi.

Con estos antecedentes, nos adentramos en el texto que empieza culpando de la situación actual a la crisis mundial, la pérdida del 15 % en el poder de compra de las exportaciones entre 1997 y 2009, el bloqueo, desde luego; los huracanes y la sequía, aunque reconoce “baja eficiencia, descapitalización de la base productiva y la infraestructura”, el déficit de la balanza de pagos, y el elevado monto de los vencimientos de la deuda, así como “las tierras todavía ociosas, que constituyen cerca del 50 %”. Quienes dirigen la economía cubana desde 1959, cuando era solvente, sin deuda y con una balanza de pagos favorable, no son culpables de su descalabro, sino el pueblo, envejecido y estancado en su crecimiento poblacional, habituado a gratuidades, subsidios y paternalismo estatal que ahora serán erradicados. También se impone “incrementar la productividad del trabajo, elevar la disciplina y el nivel de motivación del salario y los estímulos”, pero tampoco se aclara quién los desestimuló en su momento.

Lo primero que llama la atención es el énfasis relativo. Aunque se anuncia la intención de “preservar las conquistas de la Revolución”, el documento dedica tres páginas a las políticas sociales y el resto a las políticas económicas, con un acento especial en las políticas económicas externas, la macroeconomía, las exportaciones y el turismo que, en total, ocupan casi la mitad del texto.

En general, sus lineamientos ponderan aquellas vías que, efectivamente, pueden reconducir la economía cubana, abierta e interdependiente, hacia una feliz reinserción en la economía mundial. Se hace énfasis en “Continuar propiciando la participación del capital extranjero” (acápite 89)[1] y que éste otorgue “acceso a tecnologías de avanzada, métodos gerenciales, sustitución de importaciones, y no menos importante: satisfacer las necesidades de la población” (90), así como “Favorecer la diversificación en la participación de empresarios de diferentes países” (94). La monogamia económica con Estados Unidos, la Unión Soviética y Venezuela en menor medida han sido funestas para el desempeño de la economía cubana. De momento, el texto no menciona la posibilidad de ofrecer un espacio a inversionistas cubanos del exilio que aportarían no sólo capital, “tecnologías de avanzada y métodos gerenciales”, sino un particular conocimiento de la realidad cubana pero desde una óptica globalizada.

Las estrategias de desarrollo, sin olvidar las exportaciones tradicionales cuya eficiencia deberá aumentarse, apuestan por producciones de alto valor añadido, especialmente la industria médico-farmacéutica y la informática. En ese sentido, Cuba cuenta con una mano de obra altamente calificada, un recurso que se filtra día a día hacia el exilio por falta de oportunidades y que, en los últimos años, dadas las limitaciones en el acceso a la educación superior (que se anuncian mayores en el futuro) no se repone a la misma velocidad que se pierde. Ha sido muy confortable gobernar durante medio siglo sin oposición ni prensa independiente y, sobre todo, sin la presión de cumplir un programa en menos de cuatro años y rendir cuentas a los electores. Ahora, de la agilidad con que se redireccione la economía cubana dependerá su destino: Corea del Sur o Guatemala.

Aunque la perspectiva es “orientar el desarrollo industrial, como dirección fundamental, hacia el fomento de las exportaciones, reduciendo su componente importado” (197), según el modelo chino, se apuesta también por “alternativas de financiamiento mediante la inversión extranjera de aquellas industrias no exportadoras pero que aseguren producciones esenciales a la economía o en la sustitución de importaciones” (99). De nada valdría apostar por sectores de alto valor añadido si lo obtenido se pierde como consecuencia de un sistema férreamente centralizado de decisiones, importaciones masivas de alimentos y otros rubros que el país puede producir con sólo aflojar las ataduras a los productores y modificar un fosilizado sistema de relaciones mercantiles. Por eso el acápite 167 propone la “utilización más efectiva de las relaciones monetario-mercantiles (…) promover una mayor autonomía de los productores (…) una gradual descentralización hacia los gobiernos locales”; “descentralizar el sistema de gestión económica y financiera” (168); “independizar las distintas formas de cooperativas de la intermediación de las empresas estatales” (169). Aunque se subraya que el Estado regulará “la cantidad de dinero en circulación y los niveles de créditos” (52) y “se mantendrá el carácter centralizado de la determinación de las políticas y del nivel planificado de los precios de los productos y servicios que estatalmente interese regular” (62). Lo cual ocurre en no pocos países. La pregunta es si apostarán por encontrar el punto de equilibrio entre la planificación y el mercado, o recaerán en el rígido e ilusorio determinismo del Gosplan y la Junta Central de Planificación, dado que “el sistema de planificación socialista continuará siendo la vía principal para la dirección de la economía nacional” (1).

Respecto a la agricultura, además de acelerar el traspaso de ese 50% de tierras ociosas (176), proponen “adecuar la producción agroalimentaria a la demanda y la transformación de la comercialización (…) limitando la circulación centralizada para aquellos renglones vinculados a los balances nacionales; otorgando un papel más activo a los mecanismos de libre concurrencia para el resto de las producciones” (170); “reestructurar el actual sistema de comercialización de los insumos y equipamiento” (171); “modificar el sistema de acopio y comercialización de las producciones agropecuarias mediante mecanismos de gestión más ágiles” (172). Y el acápite 177 anuncia que “la formación del precio de la mayoría de los productos responderá a la oferta y la demanda y, como norma, no habrá subsidios”. ¿Resolverá eso de una vez los graves problemas de la agricultura cubana? Dependerá del grado de libertad que se conceda al nuevo campesinado, lo atractivo que resulte el regreso a la tierra y siempre que los precios de los insumos y el sistema impositivo no los ahoguen antes de nacer. En tal caso, Cuba seguirá comprando lechugas en Canadá, pollos en Kentucky y mangos en Dominicana para abastecer a la población y a un turismo que continuará sin ser el motor de producciones subsidiarias.

El documento se refiere también a los factores medioambientales, a la eficiencia energética, y apuesta por el uso de energías alternativas, así como el empleo racional de los recursos hidráulicos (incluyendo “el reordenamiento de las tarifas del servicio”) (282).

La experiencia china demuestra que una mano de obra laboriosa, calificada (más, proporcionalmente, en el caso de Cuba) y sin derechos es muy atractiva para el capital, que es escurridizo, oportunista y que en un mundo globalizado cuenta con más derechos migratorios que las personas. Los chinos supieron seducirlo colgando mil millones de obreros potenciales en el anzuelo, hasta que hoy, en una situación de dominio, son ellos quienes se dejan seducir. Por eso es llamativo encontrar en este documento, racional en sus lineamientos esenciales, un exabrupto totalitario: “Aplicar el principio de: quien decide no negocia, en toda la actividad que desarrolle el país en el plano de las relaciones económicas internacionales” (67). Al parecer, los generales de La Habana todavía no han comprendido que en el campo de batalla de la economía mundial no pasan de reclutas. Y tampoco disponen de mil millones de chinos.

Un aspecto interesante es el que se refiere a la colaboración internacional. Durante decenios nos la han vendido como una operación altruista de proporciones épicas, sin informarnos sobre su peso en la agenda política personal de Fidel Castro. Aunque ya se sabe que buena parte de la cooperación médica se practica hoy contra reembolso o contra petróleo venezolano, ahora esto se eleva a política de Estado: “Propiciar que la colaboración internacional que Cuba recibe y ofrece se desarrolle de acuerdo con los intereses nacionales” (101). Véase que la palabra “nacionales” no equivale a “políticos”, aunque pudiera incluirlos. “Continuar desarrollando (…) la colaboración (…) y establecer los registros económicos y estadísticos (…) especialmente de los costos” (103). Y “considerar, en la medida que sea posible, en la colaboración solidaria que brinda Cuba, la compensación, al menos, de los costos” (104).

Uno de los aspectos que más expectación ha despertado es la ampliación del trabajo por cuenta propia y la autorización de constituir empresas y contratar trabajadores. Algo imprescindible, a menos que se quiera promover un estallido social, cuando se prevé el despido de más de un millón de trabajadores, la cuarta parte de la población activa. Según el diario Granma (http://www.granma.cubaweb.cu/2010/09/24/nacional/artic10.html), podrán realizarse por cuenta propia 178 actividades, “de las cuales 83 podrán contratar fuerza de trabajo sin necesidad de que sean convivientes o familiares del titular”. Los Lineamientos de la política económica y social contemplan la aparición de “mercados de aprovisionamiento que vendan a precios mayoristas y sin subsidio para el sistema empresarial y presupuestado, los cooperativistas, arrendadores, usufructuarios y trabajadores por cuenta propia” (9). El hecho de que no haya, al menos en el papel, distingos ni, presuntamente, diferencias de precios para empresas estatales y privadas sienta un sano precedente de fair play en la competitividad. Y se reorientarán “a corto plazo las producciones del sector industrial con vistas a asegurar los requerimientos de los mercados de insumos necesarios a las distintas formas de producción (en particular, las cooperativas y trabajadores por cuenta propia)” (199). Por otra parte, “el sistema impositivo estará basado en los principios de la generalidad y la equidad de la carga tributaria, se aplicarán mayores gravámenes a los ingresos más altos, para contribuir a atenuar las desigualdades entre los ciudadanos” (57), lo cual es, en sentido general, justo, siempre que el monto de los impuestos no ahogue precozmente a los empresarios emergentes, y siempre que se destierre la discrecionalidad impositiva, como hace temer la Resolución No. 287/2010, según la cual “los Consejos de la Administración municipales del Poder Popular pueden revisar e incrementar los tipos impositivos mínimos establecidos. Para ello deben tener en cuenta las características de la vivienda o habitación, zona de ubicación y las propias del contribuyente”. ¿Cuáles son las características “propias del contribuyente”? ¿Queda a discreción de cada Consejo? Otro pésimo condicionante es el acápite 5: “La planificación abarcará no solo el sistema empresarial estatal y las empresas cubanas de capital mixto, sino que regulará también las formas no estatales que se apliquen”. ¿Significa que se planificará la producción a los cuentapropistas, artículos, precios, consumo de energía e insumos? ¿El Gosplan ataca de nuevo?

Aunque lo más significativo es que “en las nuevas formas de gestión no estatales no se permitirá la concentración de la propiedad en personas jurídicas o naturales” (3). ¿Qué significa “concentración de la propiedad”? ¿Cuál es el límite? ¿Penderá sobre los empresarios la espada de la expropiación en el caso de que sean demasiado exitosos? Obviamente, los mandatarios cubanos no han leído atentamente a Deng Xiaoping, o lo han leído en la versión revisada y corregida por el pánico de Fidel Castro a que alguien se enriquezca con su trabajo.

Entre los despidos programados y los ya en ejecución, decenas o cientos de miles serán de profesionales. Pero de las 178 actividades por cuenta propia permitidas, ni una sola requiere calificación superior. A lo sumo, técnicos electrónicos, mecánicos o programadores. Y esto no es casual. El Estado considera a los profesionales SU inversión y, por tanto, SU propiedad. Mía o de nadie, como diría el mariachi. Y, por otra parte, teme la competencia de un sector privado altamente calificado que no se conforme con fabricar hebillas de plástico, sino que incursione en sectores de alto valor añadido que el Estado pretende monopolizar. Dado que no se ofrece a esos profesionales la posibilidad de emplearse (legalmente) por su cuenta, sólo les quedan tres opciones: la ilegalidad, el subempleo de sus capacidades o el exilio. Pérdida neta para el país en los tres casos: la ilegalidad no paga impuestos, el subempleo resta productividad al país, y el exilio… bueno, el exilio envía remesas, quizás sea, de las tres, la opción más productiva.

Además de otros muchos factores, como el “síndrome del líder”, la emigración como válvula de escape, la represión a la disidencia, la desinformación y la mitología, un elemento que ha evitado durante medio siglo la subversión del sistema, ha sido el mantenimiento, hoy precario, de algunas garantías sociales. Por eso el documento apuesta por “continuar preservando las conquistas de la Revolución” (129), aunque especifica que la “protección mediante la asistencia social” será “a las personas que lo necesiten” (131 y 165), y que “los servicios que se brindan a la población” serán rediseñados “según las posibilidades de la economía” (131), porque “resulta imprescindible reducir o eliminar gastos excesivos en la esfera social” (132);  “disminuir la participación relativa del Presupuesto del Estado en el financiamiento de la seguridad social” (154); “reducir gratuidades indebidas y subsidios personales excesivos” (161), y “la eliminación ordenada de la libreta de abastecimiento” (162), anotando que “es necesario perfeccionar las vías para proteger a la población vulnerable o de riesgo en la alimentación” (163). Se anuncia el cobro (sin subsidios) de los comedores obreros allí donde se mantengan (164) y el reajuste en los ingresos a las universidades de acuerdo a las necesidades del país (148). Al mismo tiempo, “deberá priorizarse el consumo de proteína animal, ropa y calzado; la venta de efectos electrodomésticos, materiales de construcción, mobiliario, ajuares del hogar, entre otros” (288).

En un aspecto tan sensible como la vivienda, cuyo déficit alcanza al medio millón, el documento propone “adoptar nuevas formas organizativas en la construcción, tales como: las cooperativas y el contratista como trabajador por cuenta propia” (272); priorizar “las labores de mantenimiento y conservación del fondo habitacional” (273); fomentar la fabricación de casas por cuenta propia, curso en TV incluido, y que la reparación de edificios multifamiliares corran por cuenta de los inquilinos (276). La “venta a la población [de materiales] con costos mínimos y sin subsidios” (277) y “aplicar fórmulas flexibles para la permuta, compra, venta y arriendo de viviendas, para facilitar la solución de las demandas habitacionales de la población” (278).

Volviendo a la Lexicometría, ésta no andaba muy descaminada: en el documento hay más obligaciones que derechos, obtener capital y conseguir que las exportaciones superen a las importaciones es el propósito, y la voluntad de planificación tendrá que subordinarse a las realidades del mercado.

¿Qué Cuba prefiguran estos Lineamientos para los años venideros?

Ante todo, es evidente que el tiempo del país subvencionado llega a su fin. Incluso el petróleo venezolano es incierto. Urge encontrar soluciones para que no se consume la bancarrota del país y de una fórmula de poder que ha sobrevivido durante medio siglo. A pesar de los votos de fe en la Revolución y la “planificación socialista” (al mejor estilo Fidel), las leyes del mercado vertebran todo el proyecto de economía exportadora, al estilo chino, en el que Raúl cifra su única esperanza de conservar el poder político haciendo concesiones económicas. Chino, ma non troppo. Es obvia la voluntad del generalato en mantener el control y la “planificación”, atajar el “éxito excesivo” del empresariado naciente, monopolizar la mano de obra altamente calificada y las industrias punta, y vetar la entrada al capital del exilio, lo que consumaría la bancarrota simbólica, al tiempo que libran a su suerte a una buena parte de la población activa y recortan las garantías sociales. ¿Podrán mantener el control sin desestimular el espíritu emprendedor y la creación de riqueza? ¿Conseguirán que una buena parte de la mano de obra altamente calificada se resigne a subutilizar sus capacidades? ¿Comprenderá la población que en un Estado nada paternalista y con garantías sociales recortadas, una nomenklatura parasitaria es prescindible? No hay dudas de que el modelo de desarrollo que propone el proyecto es, en lo esencial, ajustado a las potencialidades del país, sólo que quienes proyectan el camino lo han minado también con sus obstáculos a la libertad y sus baches de control donde la creatividad podría hundirse. Es, en cualquier caso, una Cuba diferente donde el Estado deja de ser el empleador omnímodo y el padrecito que reparte salud y educación, y una buena parte de la población empezará a ser dueña de su destino, al menos en lo económico, la primera de las libertades. Echará de menos las restantes. Y es eso, justamente, lo que más temen los generales.

 

“¿Un chino porvenir?”; en: Cubaencuentro, Madrid, 19/01/2011. http://www.cubaencuentro.com/cuba/articulos/un-chino-porvenir-254016


[1] En lo adelante, los números entre paréntesis corresponden a los acápites del documento.





China: misión cumplida

3 07 2001

El Partido Comunista de China acaba de cumplir 80 años, con lo que ingresa, por derecho propio, en la tercera edad. El aniversario ha sido celebrado en el Gran Palacio del Pueblo de Beijing, donde Jiang Zemin, ante la cúpula del país y 6.000 invitados, pronunció el discurso de rigor, enumerando los triunfos de estas ocho décadas, y desgranó la historia del partido, desde que fuera fundado durante un congreso celebrado en Shanghai el primero de julio de 1921, a partir de diferentes organizaciones de todo el país. Mao Zedong, quien sería El Gran Timonel del trasatlántico asiático desde la toma del poder en 1949 hasta su muerte, estuvo presente en aquella ocasión.

Según Jiang Zemin, bajo la dirección del partido “se ha establecido el sistema socialista y realizado los más amplios y profundos cambios sociales jamás vistos en China”, mediante la integración de la teoría marxista y la realidad china —a lo que bien podrían sumar las enseñanzas de los teóricos del capitalismo moderno—. Desde que el partido lograra el poder, su propósito ha sido alcanzar la prosperidad china y de los chinos —pasando por la Revolución Cultural, la persecución de gorriones, las hambrunas sin fin y la eliminación de millones de chinos non gratos—, así como el gran renacimiento nacional —entiéndase la Gran China, cuyas fronteras incluyen el anexado Tibet, Taiwán, la Manchuria, parte del sudeste asiático y diversos territorios que hoy, coyunturalmente, pertenecen a otras naciones, algo que China tiene la firme voluntad de corregir en los próximos 50 años, cuando el destino del país será “coronado por la victoria”—. Confiemos en que los ideólogos chinos, recordando la masiva importación de coolíes a Cuba durante el siglo XIX e inicios del XX, no descubran que la isla del lejano Caribe pertenece al proyecto de esa Gran China imperial que se perfila en el horizonte.

En resumen, Zemin concluye que el partido, autor de la independencia nacional, representa los intereses populares y que el pueblo, una vez liberado, se ha convertido en dueño de su propio destino, gracias al establecimiento de lo que él llama “un régimen estatal de dictadura democrática popular”. Traducido al cristiano, esto quiere decir que en China existe un capitalismo de Estado que recibe con aplausos a los “tigres de papel” (papel moneda, se sobreentiende) del capitalismo mundial, da por buenos los derechos económicos de sus ciudadanos al grito de “enriquecéos”, y santifica los métodos más despiadados de explotación, incluyendo precariedades y prestaciones sociales dignas del mejor capitalismo subdesarrollado. El capitalismo, en la versión china, santifica el resultado sin importar los métodos: salarios de miseria para una mano de obra cautiva seducen a las trasnacionales; las córneas y los riñones de los condenados a muerte devuelven la salud a los acaudalados de Occidente, y el tráfico de niños ya se ha convertido en un importante renglón de sus exportaciones. Pero al mismo tiempo, oh maravilla, el partido garantiza los derechos civiles del socialismo: nada de sindicatos que defiendan los derechos de los trabajadores, cosa que da muy mala imagen a los inversionistas; ni asociaciones alternativas o movimientos disidentes. Es decir: dictadura democrática popular, como su nombre indica. Y si alguien no está de conforme, que recuerde los 3.000 ejecutados al año, cifra que, según Amnistía Internacional, dobla la cifra total de los condenados a muerte en el resto del mundo. Claro que si algo abunda en China, son chinos.

Ese es, según Jiang Zemin, el mejor método —lo peor de ambos mundos— para convertir a China en “un país socialista moderno, próspero, democrático y civilizado”.

China: misión cumplida”; en: Cubaencuentro, Madrid,  3 de julio, 2001. http://www.cubaencuentro.com/meridiano/2001/07/03/2926.html.