El destape de “Machadito”

2 08 2011

El octubre de 2008, el metropolita Kiril Gundjaev condecoró en el Palacio de la Revolución de La Habana a Raúl Castro con la Orden Príncipe Danilo de la Buena Fe de Primer Grado, y le entregó la Orden Honor y Gloria, de la misma iglesia, para Fidel Castro, quien en esos momentos no estaba muy ortodoxo de salud. Siguiendo la probada fórmula de Domino’s y Telepizza, la iglesia inauguraba su servicio de órdenes a domicilio.

En agradecimiento, Fidel Castro enunció que la iglesia ortodoxa “es una fuerza espiritual” que “en los momentos críticos de la historia de Rusia jugó un papel importante” y que tiene los mismos principios éticos que el presidente venezolano Hugo Chávez, algo que él considera un elogio. Subrayó que esa iglesia “no es enemiga del socialismo”, recordando quizás al Patriarca Sergei, quien proclamó en 1927 su lealtad al gobierno soviético –la iglesia ortodoxa serbia apoyará con entusiasmo años más tarde a Radovan Karadzic– que, entre 1917 y 1937 detuvo a 136.000 clérigos, de los cuales sólo sobrevivieron 40.000.

La condecoración de los Castro fue noticia en numerosos medios, sin percatarse de su injusticia: José Ramón Machado Ventura, el más ortodoxo pope de la fe castrista, no recibió de sus homólogos rusos ni una medallita de san Jonás de Moscú, a él, que pasó tantos años evitando que se lo tragara la ballena.

Pero ahora su propia iglesia lo ha condecorado con el discurso por el 58 aniversario del Asalto al Moncada, monopolio durante decenios del Metropolitano de La Habana.

Médico de profesión, José Ramón Machado Ventura ha sido durante más de treinta años el ideólogo sin demasiadas ideas de un Partido que tampoco ha deslumbrado por sus aportes teóricos al marxismo. Un oscuro (casi diría siniestro, y no me refiero a sus apellidos, de infausta memoria para la cubanía) funcionario, un burócrata autoritario y fiel, sin otras aspiraciones que servir y que, por ello, lejos de intentar imponer su antigua ortodoxia, algo que queda fuera de su alcance, está dispuesto asumir la nueva retórica con la misma fe que la anterior. “Machadito” (resulta chocante que sigan chiqueando, como si fuera el chico de los recados, a este anciano que ocupa la segunda plaza en el escalafón cubano) soltó en Ciego de Ávila un discurso sin imprevistos ni revelaciones, desde el título: “La batalla de hoy tiene un frente decisivo en el combate cotidiano y sin tregua contra nuestros propios errores y deficiencias”. Algún lingüista debería hacer un estudio comparado de las retóricas totalitarias.

Apegado al guión, tras la retórica habitual sobre los mártires, y citar a mambises y combatientes, el equivalente de las batallitas que cuentan los viejitos jubilados en los parques, le echó un par de piropos a Ciego de Ávila por su gestión económica, aunque días atrás la asamblea provincial hablara más de fracasos que de éxitos.

Puntualizó que “debemos cumplir cabalmente la orientación del compañero Raúl, de que lo que acordemos no puede convertirse nunca más en un papel que duerma el sueño eterno en la gaveta de un buró”. Y que “hay que romper definitivamente la mentalidad de la inercia”. De lo cual se desprende que la inercia era de otros, la inercia de siboneyes y taínos, al igual que las gavetas donde se confinaron cincuenta años de buenos propósitos. O siglos, quizás se refiera a las gavetas de la Capitanía General.

A tono con los nuevos tiempos, reconoció que en la entrega de tierras ociosas “todavía hay empresas y formas productivas que no declaran toda la tierra ociosa o deficientemente explotada que tienen, a lo que se añade la demora en la ejecución de los trámites”, y que “algunos de los que ya las recibieron tienen morosidad en ponerlas en producción”. Confiemos en que no demoren otro medio siglo.

Despotricó contra “el derroche y los gastos superfluos”, “contra la indisciplina social y laboral, la deficiente contabilidad, el mal aprovechamiento de los recursos, las actitudes burocráticas generadoras de rutina, indolencia o esquematismo y contra procedimientos absurdos que nada tienen que ver con el socialismo”. Es decir, con el “nuevo socialismo”. El anterior es ahora una suerte de Jurásico neblinoso.

Curiosamente, el mismo Machado Ventura de la ortodoxia estatalizante nos dice ahora que “proyectaremos el trabajo de nuestra organización política de manera que se dejen atrás prejuicios hacia el sector no estatal de la economía”. Llamo la atención sobre la palabra prejuicio, “opinión previa y tenaz, por lo general desfavorable, acerca de algo que se conoce mal”, según el diccionario de la RAE. Dicho por el gobierno que desmanteló, persiguió, satanizó e incluso persiguió judicialmente la empresa privada, resulta tan sorprendente como escuchar que Adolf Hitler tenía prejuicios contra los judíos.

Recalcó Machado las palabras de su jefe en el sentido de que las reformas se harán «sin prisas, pero sin pausas» (dada su juventud, los dirigentes cubanos disponen de todo el tiempo del mundo), para dar “soluciones definitivas a viejos problemas” (creados por nosotros, le faltó decir) y “sin que nadie se crea dueño de la verdad absoluta”, “con pies y oídos bien puestos sobre la tierra, muy atentos a la opinión de la gente, listos para rectificar sobre la marcha”, en un alarde demócrata que, dicho a destiempo, le habría costado el puesto.

De sus escasas y casi siempre tangenciales apariciones públicas, todos recordamos a Machado Ventura desde lo que los ingenieros llaman la vista en planta, la perspectiva cenital desde la cual se descubría su calva precariamente enmascarada por cuatro pelos que nacían en la patilla izquierda y, abrumados por el esfuerzo, alcanzaban la oreja derecha. En tiempos recientes, bien sea por la falta de laca, porque los cuatro pelos naufragaron o porque algún nieto deslenguado le dijera “no seas ridículo, abuelo, con esos cuatro pelos pareces un calvo entre signos de admiración”, se decidió por el destape y ha asumido su alopecia con una dignidad tardía.

Del mismo modo, ahora descubrimos que bajo los cuatro pelos de la ortodoxia se escondía un reformista auténtico, con inclinaciones democráticas. Posiblemente a eso se refiera cuando nos exhorta en su discurso a “predicar con el ejemplo”. Aunque, volviendo a la iglesia ortodoxa, me temo que le va mejor lo de predicar que lo del ejemplo.

 

“El destape de Machadito”; en: Cubaencuentro, Madrid, 02/08/2011. http://www.cubaencuentro.com/cuba/articulos/el-destape-de-machadito-266288





Joven ha de ser

16 05 2011

“Joven ha de ser quien lo quiera ser

por su propia voluntad”.

(Rafael Ortiz y Pedraza Ginori; El final no llegará)

 

En el recién concluido congreso del Partido Comunista de Cuba, una de las medidas más comentadas ha sido la recomendación de limitar “a un máximo de dos períodos consecutivos de cinco años el desempeño de los cargos políticos y estatales fundamentales” y “que se garantice el rejuvenecimiento sistemático en toda la cadena de cargos administrativos y partidistas (…) sin excluir al actual Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros ni al Primer Secretario del Comité Central”. Se apostilla que “ello es posible y necesario en las actuales circunstancias, bien distintas a las de las primeras décadas de de la Revolución, aún no consolidada y por demás sometida a constantes amenazas y agresiones”. Esto confirma el sentido del humor de Raúl Castro o su desprecio por la inteligencia de los cubanos, como si ignoráramos que esas “primeras décadas” suman medio siglo, en cuyo caso la tal revolución ha demorado más en consolidarse que un helado en el microondas.

En buena aritmética, Raúl Castro nos dice que en el hipotético caso de que su hermano ocupara un cargo, no podrá ser reelegido más allá del 2021, es decir, a los 95 años, y Raúl no permanecerá en el cargo más allá de los 90. Y descubre algo que aparece en todos los manuales de Recursos Humanos: que “los dirigentes no surgen de escuelas ni del amiguismo favorecedor, se hacen en la base, desempeñando la profesión que estudiaron, en contacto con los trabajadores y deben ascender gradualmente a fuerza del liderazgo”.  Como dijo Fidel Castro, “se acabó la época de los politiqueros, se acabó la época de los privilegiados, se acabó la época de los oportunistas”, aunque esas palabras se remontan a su discurso en la Universidad Central “Marta Abreu”, de Santa Clara, el 15 de marzo de 1959. Y que “cualquier jerarca de cuarta o quinta categoría se cree con el derecho a que un militar le maneje el automóvil y le cuide las espaldas cual si estuviese temiendo constantemente un merecido puntapié”, pero eso es de La Historia me absolverá (1953).

El Castro menor, al mejor estilo de Deng Xiaoping invocando a Mao, al defender el relevo generacional, la meritocracia, “la promoción a cargos decisorios de mujeres, negros, mestizos y jóvenes, sobre la base del mérito y las condiciones personales” –añade que “no haber resuelto este último problema en más de medio siglo es una verdadera vergüenza”–, y lo que él llama “un verdadero y amplio ejercicio democrático”, explica la supervivencia de estos desaciertos porque “no hemos sido consecuentes con las incontables orientaciones que desde los primeros días del triunfo revolucionario y a lo largo de los años nos impartió el compañero Fidel”. Efectivamente, éste afirmó que “somos los primeros partidarios de que se establezca aquí un régimen representativo de gobierno y producto de la voluntad popular, (…) que se sometan los gobernantes al veredicto del pueblo cuantas veces sean necesarias, y que el pueblo exprese su voluntad soberana cuantas veces sea necesario”. Fue en el Fórum Tabacalero, el 8 de abril de 1959. Durante los siguientes cincuenta años estuvo demasiado ajetreado, se le fue olvidando lo de “someterse al veredicto del pueblo” y, desde luego, de limitar su mandato a dos períodos, la gusanera mal pensante lo habría considerado una burda copia de la legislación estadounidense.

Y eso, a pesar de que “esta generación [la que hizo la revolución] no puede ser tan buena como las generaciones futuras, porque esta generación no se educó en una doctrina revolucionaria (…). La generación formidable, la generación maravillosa va a ser la generación venidera; esa sí va a ser más perfecta que nosotros”. (Fidel Castro en la Avenida de Michellson, en Santiago de Cuba, el 11 de marzo de 1959). Y a pesar de que “¡Este país cree en los jóvenes! ¡Esta Revolución cree en los jóvenes, en sus magníficas calidades, en sus grandes perspectivas! (…) Es decir, que históricamente en nuestra patria los hombres de la edad de ustedes fueron gestores y ejecutores de las grandes revoluciones”. (Fidel Castro a los estudiantes el 11 de Mayo de 1973). ¿O sería precisamente por eso? Porque históricamente los jóvenes “fueron gestores y ejecutores de las grandes revoluciones”, y más vale curarse en salud.

En su tradicional técnica de “divide y vencerás”, como quien juega unas simultáneas del poder, Fidel Castro ha promovido a lo largo de los años a camadas de nuevos cuadros con el propósito de relativizar la impunidad de los históricos. Y con la misma soltura los ha defenestrado cuando alcanzaban el cenit. Raúl Castro intenta explicarlo en el reciente congreso: “A pesar de que no dejamos de hacer varios intentos para promover jóvenes a cargos principales, la vida demostró que no siempre las selecciones fueron acertadas”. Y más adelante se refiere a “la falta de rigor y visión que abrieron brechas a la promoción acelerada de cuadros inexpertos e inmaduros a golpe de simulación y oportunismo”. En cualquier caso, “hoy afrontamos las consecuencias de no contar con una reserva de sustitutos debidamente preparados, con suficiente experiencia y madurez”. Como si ese hecho hubiera sido durante medio siglo una omisión y no una intención.

En su informe al congreso, Raúl Castro también critica el formalismo, el inmovilismo, los “dogmas y consignas vacías” –“los discursos politiqueros pasaron de moda. Aquello de reunir al pueblo y tenerlo dos horas parado para que desfilaran veinte señores hablando boberías, no”, ya lo dijo su hermano en la Plaza de Camagüey, el 4 de enero de 1959–, e insta a abandonar resueltamente “el erróneo concepto de que para ocupar un cargo de dirección se exigía, como requisito tácito, militar en el Partido o la Juventud Comunista”. Otra novedad. Si en su día se permitió a los creyentes militar en el Partido, ahora “la militancia no debe significar una condición vinculante al desempeño de puesto de dirección alguno en el Gobierno o el Estado, sino la preparación para ejercerlos y la disposición de reconocer como suyos la política y el Programa del Partido”. Sólo nos queda una duda: si alguien tiene “la disposición de reconocer como suyos la política y el Programa del Partido”, ¿cómo explicará su negativa a ingresar en el Partido cuando éste se lo proponga? ¿No se sospechará automáticamente de que en el fondo no hace tan suyos la política y el programa?

Otra novedad es que en un país donde la economía, la ciencia, el arte y hasta la filatelia han estado regidos por consideraciones políticas, donde el presidente de la Asociación de Sordos era un cuadro oyente del Partido que se colocaba un audífono apagado como parte del uniforme, ahora se propone que “el dirigente administrativo” sea “quien decida”. Aunque “el Partido esté representado y opine”, “el factor que determina es el jefe, ya que debemos preservar y potenciar su autoridad, en armonía con el Partido” (sic). Raúl Castro apuesta por juzgar, promover o remover sobre la base de los resultados. Más vale tarde que nunca, porque “si nosotros no lográramos la abundancia aquí sería, sencillamente, porque fuéramos unos incapaces completos de lograrlo, sería sencillamente porque no quisiéramos. Pero (…) la vamos a lograr haciendo las cosas como debemos hacerlas y, eso sí, quitando todo el que no sirve del lugar donde está e irlo poniendo en otro lugar”, aunque eso no lo dijo Raúl Castro, sino su hermano mayor en el teatro de la CTC el 6 de marzo de 1964. Cuarenbta y siete años más tarde, la única duda es si “no quisieron” o fueron “unos incapaces completos”.

Como apunta acertadamente Brian Latell en su libro Después de Fidel, Raúl ha creado en el MINFAR lo más parecido a una meritocracia cubana, y quienes lo conocen coinciden en que es un buen padre preocupado por el destino de sus hijos (“las consecuencias de haber introducido en las revoluciones socialistas contemporáneas el estilo de las monarquías absolutas”, dijo Fidel Castro de Mao Zedong en 1966), pero como Deng Xiaoping (ma non troppo), Raúl no puede (y posiblemente no quiera) hacerlo sin invocar una y otra vez las altas enseñanzas de su hermano, cuyo espíritu preside estas reformas.

Lo curioso de estas novedades es que, al bucear en las hemerotecas, descubrimos su carácter de eco. Viejas palabras, promesas y discursos que hoy se reescriben de acuerdo a las nuevas normas ortográficas de la Real Academia. La esfera, como saben los geómetras y los políticos, es la figura perfecta, ensimismada en su propia excelencia.

El 13 de marzo de 1966, Fidel Castro afirmaba que “Esta revolución es afortunadamente una revolución de hombres jóvenes. Y hacemos votos porque sea siempre una revolución de hombres jóvenes; hacemos votos para que todos los revolucionarios, en la medida que nos vayamos poniendo biológicamente viejos, seamos capaces de comprender que nos estamos volviendo biológica y lamentablemente viejos (…) ¿Y para qué sirve un partido donde todo gira alrededor de un hombre?”. Ese día apostó por que “todos nosotros los hombres de esta Revolución, cuando por una ley biológica vayamos siendo incapaces de dirigir este país, sepamos dejar nuestro sitio a otros hombres capaces de hacerlo mejor.  Preferible es organizar un Consejo de Ancianos donde a los ancianos se les escuche por sus experiencias adquiridas, se les oiga, pero de ninguna manera permitir que lleven adelante sus caprichos cuando la chochería se haya apoderado de ellos”. Nótese la muda del narrador: “sepamos dejar nuestro sitio” muta al Consejo de Ancianos a los que no se permitirá “que lleven adelante sus caprichos cuando la chochería se haya apoderado de ellos”. Sus caprichos. De ellos.

Pero ya se sabe que la edad es relativa. Para un muchacho de quince años, un hombre de treinta es un tembo; para un señor de sesenta, un muchachón. Y para Jirouemon Kimura, a sus 114 años, puede que los Castro sean dos señores en la flor de la edad.

 

“Joven ha de ser”; en: Cubaencuentro, Madrid, 16/05/2011. http://www.cubaencuentro.com/cuba/articulos/joven-ha-de-ser-262833





Una renuncia condicional

20 02 2008

Tras 49 años y 49 días de ejercicio continuado y absoluto del poder, y seis días antes de que la Asamblea Nacional elija al nuevo presidente del Consejo de Estado, Fidel Castro ha explicado al pueblo de Cuba, en una nota que ocupa la portada del diario Granma, “que no aspiraré ni aceptaré —repito— no aspiraré ni aceptaré, el cargo de Presidente del Consejo de Estado y Comandante en Jefe”. Recuerda que ha sido presidente desde el 15 de febrero de 1976 y, antes, “Primer Ministro durante casi 18 años”, y que siempre dispuso “de las prerrogativas necesarias para llevar adelante la obra revolucionaria”, es decir, que ejerció el poder sin cortapisas.

Una lectura atenta del documento, donde habla de “mi estado crítico de salud”, “mi estado precario de salud”, y de una recuperación «no exenta de riesgos», demuestra que su negativa a la reelección (garantizada de no producirse este anuncio), no ha sido provocada por un “deber elemental” de no aferrarse “a cargos, ni mucho menos obstruir el paso a personas más jóvenes”. En alguien que ha monopolizado el poder durante medio siglo, esta declaración de intenciones sería risible si no fuera trágica. Fidel Castro nunca ha pensado en una jubilación anticipada, sino, como él mismo dice, en “cumplir el deber hasta el último aliento”. Se siente un hombre predestinado, irremplazable. Por eso confiesa: “me preocupó siempre, al hablar de mi salud, evitar ilusiones que en el caso de un desenlace adverso, traerían noticias traumáticas a nuestro pueblo (…). Prepararlo para mi ausencia, sicológica y políticamente, era mi primera obligación”. Pocas veces la vanidad absoluta y el hedonismo político se habrán expresado con tanto desparpajo. “Evitar ilusiones” al pueblo cubano, “prepararlo” paternalmente para asumir su “ausencia”, “noticia traumática” que él mismo llora anticipadamente sabiéndola irreparable para toda la nación (y, posiblemente, para el mundo). Si se niega a la reelección es porque no tiene otra salida, al estar imposibilitado para “ocupar una responsabilidad que requiere movilidad y entrega total que no estoy en condiciones físicas de ofrecer”.

Pero, ¿realmente no tiene otra salida?

Si retrocedemos diecinueve meses, volveremos al instante en que cedió provisionalmente la presidencia a su hermano Raúl, no sólo porque lo prescribe la Constitución cubana, sino “por méritos personales”. Durante este año y medio, Raúl Castro ha proclamado la necesidad de reformas, aperturas y libertades, pero, en la práctica, sólo ha convocado asambleas donde los cubanos han hecho catarsis, sin que hasta ahora el pataleo se haya materializado.

Pragmático y admirador del modelo chino, Raúl Castro ha estado siempre bajo la férrea tutela de su hermano, quien le ha impedido (real o simbólicamente) llevar su voluntad reformista más allá de la retórica. ¿Podrá hacerlo ahora? Dos elementos lo tensan en direcciones opuestas: lo frena su miedo filial; lo empuja su convicción de que sólo un plan de reformas que alivie la agonía cotidiana del cubano le permitirá gobernar sin sobresaltos los años que le queden. Su hermano hundió al país en la indigencia mientras dialogaba con la Historia. Él tendrá que rescatarlo dialogando con el Panadero, el Agricultor, el Carnicero. En caso de parálisis prolongada, no sólo es incierto su destino como clase política, sino también el de sus hijos, una vez que el pueblo cubano supere el encantamiento del máximo líder. Y Raúl Castro, al contrario que su hermano, es un hombre de familia.

El 24 de febrero, 614 parlamentarios de la Asamblea Nacional acudirán a ratificar con su voto a los candidatos ya elegidos por la cúpula del régimen: un nuevo Consejo de Estado con su presidente, y éste, salvo sorpresa (o gobierno por persona interpuesta), será Raúl Castro. Teóricamente, el nombramiento desatará sus manos. Pero antes, deberá sobreponerse a su carácter epigonal. Su hermano, aun despojado del cargo, conserva intacto su poder simbólico y lo seguirá ejerciendo a través de sus «Reflexiones» en la atalaya del diario Granma, “un arma más del arsenal con la cual se podrá contar”. Y añade en la nota, no sin ironía: “Tal vez mi voz se escuche. Seré cuidadoso”.

De modo que esta renuncia puede leerse como un paso previo a su ausencia definitiva, cuando comience a materializarse la sucesión-transición. Pero también puede leerse en una clave más perversa: Fidel Castro, incapacitado para ejercer el poder que le correspondería, cede el sitio a su hermano y pasa, como Dios, a una oposición ejercida desde las alturas del poder simbólico, otro modo de maniatarlo. Y desde ahora anuncia que su deber elemental es “aportar experiencias e ideas cuyo modesto valor proviene de la época excepcional que me tocó vivir”. Y añade que desconfía “de las sendas aparentemente fáciles de la apologética, o la autoflagelación como antítesis”, en referencia quizás al proceso asambleario donde la población ha vertido sus críticas a instancias del Castro menor. Porque, como ya había advertido el 17 de diciembre de 2007, «la inteligencia del ser humano en una sociedad revolucionaria ha de prevalecer sobre sus instintos”. La ideología vs. la pragmática, el ideal sacrificial a costa del pan.

Aunque Castro se extiende en las bondades de su relevo, los “cuadros de la vieja guardia”, “la generación intermedia que aprendió junto a nosotros los elementos del complejo y casi inaccesible arte de organizar y dirigir una revolución”, y los más jóvenes que “cuentan con la autoridad y la experiencia para garantizar el reemplazo”, no se resigna a confiarles la nave sin estrecha tutela.

En el mejor de los casos, se esperan aperturas económicas, reformas dentro del sistema y algunas libertades vigiladas. Algo que los habitantes de la Isla aplaudirán, al tiempo que concederá a la nomenclatura cubana un nuevo plazo para su reacomodo en cualquiera de los post previsibles. Pero sólo si Raúl asume el cargo y supera sus pánicos infantiles.