Intrascendencia

4 12 2012

Exilio

es llegar a entender

que el día que tanto esperamos

no será más que una noticia

encapsulada entre dos comerciales

de Pepsi y Tylenol.

Jesús J. Barquet;Destinos”

 

Navegando por la red, me asaltó hace poco la última foto de un Fidel Castro rural, contra un fondo de arbustos (no descarto la moringa porque jamás la he visto). La camisita de cuadros –reminiscencia de las que un día vendieron en Flogar por la libreta de productos industriales— lo traviste de paisano, lejanas ya las glorias del sempiterno uniforme verde olivo. La imagen me recordó la escena final de Marlon Brando en El Padrino. Minutos antes de ser fulminado por un infarto, juega con su nieto en el huerto e intenta asustarlo con una dentadura improvisada de cáscaras de naranja. Pero Brando no metía tanto miedo como Castro.

La mano huesuda, de uñas afiladas, admonitoria. La boca entreabierta. El gesto amargo. Pero, sobre todo, la mirada de loco furioso al fondo de las cuencas hundidas de los ojos, como de calavera apenas revestida de piel, algo que acentúa la sombra proyectada por el ala del sombrero. Otra de las fotos es más lúgubre: el gesto contraído y la mano en la cintura, donde algún día llevó la pistola. (Supongo que ya no le permitan portar armas).

Castro se empeña en demostrar que está vivo y en activo, apelando al expediente de los secuestradores clásicos: sostiene el periódico del día. Pero se equivoca.

Gracias a que se extravió en las calles de Santiago de Cuba, la ciudad que habitó durante años, salió ileso del Moncada. Aficionado a las miras telescópicas, durante  la guerra no sufrió ni un rasguño. Fidel Castro sobrevivió a cientos de complots para asesinarlo. Vio aparecer y esfumarse a diez inquilinos de la Casa Blanca, a todos los líderes del campo socialista y sus homólogos asiáticos. Ya estaba en el poder cuando levantaron el Muro de Berlín y siguió en el poder cuando lo derribaron. Desde 1959 se ha vaticinado una y otra vez, con más deseos que datos, la caída de su régimen. Su muerte inminente ha sido anunciada una docena de veces, y muchos periódicos ya tienen preparada la cabecera y el artículo que publicarán ese día en primera.

Las botellas de champán, ron 25 años y vino gran reserva que muchos guardan a la espera de ese día, se han ido añejando en las bodegas. Confiemos que se conserven a la temperatura adecuada.

Desde su infancia, Fidel Castro soñó un mundo a la medida de sí mismo. Y como político, en buena medida, lo consiguió. Cientos de hombres murieron bajo sus órdenes en nombre del restablecimiento de la democracia que más tarde él demolería hasta los cimientos. Utilizó a los demócratas en la guerra y a los viejos comunistas en la paz. Y luego los desechó sin el menor escrúpulo. Ministros, consejeros, tecnócratas de corte soviético, generales que ganaron las guerras de las que él se jactaría, cowboys de la revolución y jóvenes promesas sufrieron la misma suerte cuando la preservación de su poder personal lo hizo recomendable. Como diría Monterroso, y el dinosaurio permanecía allí. Hasta que fue su propio cuerpo el que se declaró en rebeldía. El comandante no ha podido encarcelar a su cuerpo por ese desacato. Ni fusilarlo. Ni mandarlo al exilio. No le ha quedado más remedio que confinar a su cuerpo en el famoso plan pijama, destino de cientos de funcionarios cubanos a lo largo de medio siglo.

Si la ambición del comandante se redujese a conservar el poder hasta que la muerte nos separe, como un alcalde de San Nicolás del Peladero, el balance de su vida habría sido un éxito. Pero él siempre aspiró a más. Quiso ser un estadista memorable, un líder de talla mundial, una figura histórica, perdurar en la posteridad.

Lamentablemente (para él) y por suerte (para la humanidad), el destino lo dotó  con una isla minúscula y unos pocos millones de súbditos. Su carta a Kruschov durante la Crisis de los Misiles (o de Octubre, o de los Misiles de Octubre), donde lo instaba a dar el primer golpe, es pavorosa. El mundo nos debería estar agradecido por cargar con él a solas. Ya entonces, Nikita Kruschov aclaró a Fidel que en las grandes ligas de la política mundial, un pequeño zar del Caribe no pasaba de cargabates, cosa que Castro jamás le perdonará.

Su hegemonía en la insurgencia continental se diluyó a la misma velocidad que las guerrillas y la aventura africana es apenas un capítulo exótico (salvo para quienes dejaron allí a sus muertos) en la historia del continente negro.

Su fugaz liderazgo en el Movimiento de los No Alineados no pasó a mayores. Castro estaba demasiado alineado para el gusto de la concurrencia, y su alegría por la invasión soviética a Afganistán no tuvo quórum.

Si fue su propósito establecer un nuevo paradigma, el fracaso ha sido rotundo. Los estadistas suelen comportarse como arquitectos, no como brigadas de demolición. Basta mirar el lamentable estado de la Isla para alejarse de semejante fórmula. Incluso el llamado “Socialismo del siglo XXI” dista mucho del modelo impuesto por Castro a los cubanos. Chávez ha aprovechado, eso sí, las recetas populistas/represivas de su mentor cubano, pero eso no es un sistema de gobierno, sino un código mafioso, un régimen de prisiones. Lo que no ha conseguido el venezolano es la proyección escénica de su mentor. Hay quienes nacen para interpretar a Shakespeare y otros no rebasan el teatro bufo. Por eso resulta curioso que un político tan sagaz como Castro, que ha cultivado su imagen al detalle, no haya tenido la prudencia de morirse a tiempo, antes interpretar la caricatura de sí mismo.

El presunto estadista que iba a convertir a Cuba en un modelo para el mundo entero, un país que en diez o quince años sobrepasaría en PIB per cápita a Estados Unidos –en la Biblioteca Nacional, los diarios donde constan sus desatinos de entonces no son accesibles salvo permisos especiales– arruinó en dos lustros una economía solvente y la remató a golpes de inspiradas campañas dignas del realismo mágico. Quizás eso explique su amistad con Gabriel García Márquez. Éste se limitó a escribir la saga de Macondo. Castro patentó el socialismo macondiano.

¿Será una figura histórica? ¿Ocupará un escaño en el parlamento de la posteridad? Desde luego, para los cubanos será para siempre una cicatriz de medio siglo. Un queloide en la historia de Cuba. En cuanto a la posteridad, Fidel Castro no lega una filosofía, como Karl Marx; ni una teoría memorable, como Einstein; ni es el padre de una nación, como Washington, sino el padrastro maltratador que se ha ensañado con la pobre Patria y con sus hijos. Su modelo de Estado, estructuralmente ineficiente y subvencionado, duró lo mismo que las subvenciones. (En nombre de la independencia nacional, consiguió que Cuba fuera más dependiente que nunca antes en su historia). Y ese modelo ya ha mutado hacia un protocapitalismo indeciso que sólo aspira a preservar los privilegios de la dinastía militar.

El ideario de Fidel Castro está emborronado en miles de discursos repetitivos y contradictorios: demócrata, comunista, prosoviético, antisoviético y prosoviético again, internacionalista, nacionalista, leninista y martiano, pacifista mientras fraguaba invasiones y guerrillas; predicador de la virtud mientras la Isla se convertía en confortable escala de la cocaína. En nombre de la autodeterminación y contra un pensamiento único global, invoca el derecho a la diferencia de sátrapas sirios, libios, serbios o coreanos.  En nombre de su autodeterminación, se erige a domicilio en sumo sacerdote del pensamiento único.

Sólo tres constantes en medio siglo: su avaricia del poder absoluto, su aversión a la libertad y el bienestar de los cubanos, y su odio a Estados Unidos, único enemigo a la medida de su arrogancia. Este último ha sido su mejor coartada para venderse de inocente David mientras ejercía en casa de Goliat abusón. Supongo que la avaricia y el odio sean insuficientes para conseguirle un escaño en la historia.

Siempre he creído en la sabiduría que subyace bajo muchos chistes populares. Uno que escuché hace veinte años narraba el regreso de Fidel Castro a la tierra tras medio siglo en el más allá. Caminando por una Habana reverdecida, constata con asombro que nadie lo reconoce y, peor aún, que nadie ha oído hablar de él. Acude entonces a la biblioteca y consulta la enciclopedia. Efectivamente, allí está:

Castro, Fidel: Dictador cubano que vivió durante la Era de los Van Van. (Ver Van Van).

Y la enciclopedia dedica diez páginas a los Van Van, con profusión de fotos y discografía.

Morirse a plazos y no al contado tiene efectos secundarios, daños colaterales. El que nos abrumaba sin compasión con discursos de ocho horas por el placer de escucharse a sí mismo, balbucea incoherencias ahora cuando le conceden unos minutos de cámara. Al dueño de la palabra le han escamoteado el espacio para sus reflexiones desde que atacó a Deng Xiaoping, arquitecto del neocapitalismo chino. Desde entonces, apenas le han permitido algunos twitts incoherentes sobre el yoga y la moringa. Y sufre en vida la suerte de Mao: Raúl Castro implementa en su nombre las políticas que él siempre aborreció.

El que ha sido durante años el acontecimiento más esperado por el exilio, es ya una noticia intrascendente, “una noticia / encapsulada entre dos comerciales / de Pepsi y Tylenol”, como reza el poema de Jesús J. Barquet. Una noticia que tendrá más resonancias paleontológicas que políticas, como cuando nos informan que ha desaparecido el último ejemplar de cierta especie rara, un fósil viviente al que creíamos extinto desde hace mucho tiempo. Aunque enarbole el periódico del día para demostrar su existencia, aunque no se haya hecho pública la noticia, ni hayan exhibido el féretro en la Plaza de la Revolución, el Comandante está en un error. Ha muerto lentamente de intrascendencia. Dado el pésimo estado de los servicios públicos, han olvidado retirar su cadáver.

 

“Intrascendencia”; en: Cubaencuentro, Madrid, 04/12/2012. http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/intrascendencia-281972





Libro de estilo

12 06 2012

La última reflexión de Fidel Castro, “Conductas que no se olvidan”, me recuerda un chiste que me hicieron dos rusos en Moscú a mediados de los años 80. Erich Honecker sale del Kremlim, donde acaba de tener una larga entrevista con Leonid Brezhniev, y le dice a su chofer: “A Berlín”. “Usted querrá decir hacia el aeropuerto, ¿no?”. “A Berlín”, repite Honecker. “¿Por carretera?”, pregunta el chofer. “Por carretera”, corrobora el mandatario alemán. Y comienzan el largo viaje hacia el oeste. Entonces Erich Honecker pide al chofer que se detenga, baja del vehículo, recoge algunas piedras y las echa al maletero. “Continúe”, ordena. Y empieza a hacer lo mismo cada diez kilómetros. Alarmado, el chofer se comunica con Leonid Brezhniev en Moscú y le dice: “Camarada Brezhniev, el camarada Honecker ha enloquecido”.  Y le describe la recogida de piedras cada diez kilómetros. Brezhniev consulta a sus asesores y ordena al chofer: “Regresa al Kremlim de inmediato. Ha habido un error. Le hemos instalado a Honecker el programa del Lunajod”.

A pesar de aquella famosa foto de Leonid y Erich pegándose un apasionado beso en la boca (presuntamente con lengua) en 1979, y que inspiraría el mural “Brotherhood Kiss”, de Dmitri Vrubel, sobre el muro de Berlín, Honecker no fue un simple recadero. Cientos de asesinatos y miles de disidentes torturados engrosaron su hoja de servicios.

En su última reflexión, “Conductas que no se olvidan”, el expresidente cubano califica a Erich Honecker como “El alemán más revolucionario que he conocido” y le dedica “el sentimiento más profundo de solidaridad”. En ella señala que le “correspondió el privilegio de observar su conducta cuando este pagaba amargamente la deuda contraída por aquel que vendió su alma al diablo por unas pocas líneas de Vodka”. Suponemos que el “vendido” es Mijaíl Gorbachov, aunque lejos de ser un adicto al vodka, como su sucesor, intentó limitar en la URSS su consumo, algo que no incrementó su popularidad.

Como es habitual, Castro evade el hecho de que “El alemán más revolucionario” fue depuesto por sus propios compañeros del Politburó. Tras huir a la URSS, pedir asilo en la embajada chilena de Moscú y ser extraditado a Berlín, fue encarcelado y procesado por alta traición, por el asesinato de 192 personas que intentaron cruzar el muro durante su mandato,  y la tortura y muerte de miles de disidentes.

Pero lo más interesante de esta reflexión no es su contenido, sus elusiones o sus dislates, como afirmar que la época actual  “es infinitamente cambiante, si se compara con cualquier otra anterior”. Lo más interesante es su extensión: 81 palabras, 497 caracteres incluyendo fecha, hora y firma.

Y no es una casualidad, sino un cambio radical en el libro de estilo del Reflexivo en Jefe. El post “Teófilo Stevenson”, del 12 de junio, tiene 68 palabras, 422 caracteres. “Días insólitos”, del 9 Junio, tiene 974 palabras, 5.842 caracteres, aunque de ellos, sólo son (presuntamente) suyos 713 caracteres, 130 palabras. El resto es una larguísima cita, un ejercicio de corta y pega que demuestra más habilidad con el ratón que con las neuronas.

Uno de sus post más recientes, del 10 de junio, “¿Qué son los FC?”, se reduce a 420 caracteres, 68 palabras all included. En él confiesa que los FC son sus recaditos a “los funcionarios cubanos responsabilizados con la producción de alimentos esenciales para la vida de nuestro pueblo” con los que intenta transmitirles sus “modestos conocimientos adquiridos durante largos años y [que] considero útiles”. Algo tan contraproducente como unas instrucciones para conquistar el Polo Sur escritas por Robert Falcon Scott, o un manual de guerra en las Malvinas a cargo del Teniente General Leopoldo Galtieri. Confío en que dichos funcionarios no le hagan demasiado caso, considerando que entre sus más sonadas FC se encuentran el Cordón de La Habana, el Plan Lechero, la Brigada Invasora que defolió la isla y la convirtió en el mayor productor de marabú del mundo, la Zafra de los Diez Millones y Ubre Blanca, cuyo resultado final ha sido el sistema de racionamiento y la crisis alimentaria más larga de que se tienen noticias.

En sus reflexiones de fines de la década pasada, Castro solía extenderse unas 1.500 palabras. De 9.484 caracteres consta la del 28 de marzo de 2007, donde dicta una de sus primeras FC prohibiendo la producción de etanol, para no dedicar a combustibles tierras que presuntamente se destinarían a alimentar a la población. Al final, ni lo uno ni lo otro. Eso por no remontarnos a sus discursos de siete, ocho y hasta diez horas, empeñado en convertirse en el político insular que más palabras ha dejado caer sobre los cubanos desde Hatuey a la fecha.

Es como si Ryoki Inoue, el escritor brasileño de origen japonés que ha publicado 1.072 novelas, se convirtiera de pronto en Augusto Monterroso. Por eso no deja de ser sospechoso que este Ryoki Inoue de la política se recluya en algunas decenas de palabras.

Desde hace mucho se habla de los frecuentes “apagones” mentales del Castro mayor, interrumpidos por chispazos de algo semejante a la lucidez. Todos recordamos la entrevista que le hizo Randy Alonso, quien apenas asentía con la cabeza mientras el comandante enhebraba sin ton ni son bombas atómicas, guerras mundiales, petróleo, arcabuces y tropas de la OTAN, en una especie de wikipedia aleatoria. O la entrevista a propósito del hundimiento del barco sudcoreano, que bien podría servir como material de estudio en las facultades de Medicina sobre los efectos del Alzheimer. Y en las escuelas de Marketing sobre lo que ocurre cuando alguien intenta llevar su adicción a las cámaras más allá de lo aconsejable.

Conociendo la naturaleza del personaje, es fácil suponer que ninguno de sus cortesanos, amanuenses y edecanes se atreviera a publicar una reflexión que no fuera explícitamente aprobada por él. Lo que no significa que las escribiera. Bastaría indicar las citas citables y dictar las líneas maestras. Otros se encargarían de la redacción siguiendo el libro de estilo y al final el autor daría su visto bueno. Pero para convalidar la autoría de sus reflexiones, el comandante necesitaría una dosis mínima de “alumbrones”.

Los textos que ahora nos obsequia más parecen desvaríos momentáneos, bisbiseos alucinados, que ejercicios intelectuales. ¿Un accidente temporal? ¿Un apagón de largo alcance? Ya veremos qué nos regala Cubadebate en los próximos días.

No creo en la justicia divina. Hasta donde alcanzo, los mirahuecos no son automáticamente sancionados con la ceguera, ni los maltratadores, con la parálisis. Pero no deja de ser una forma de justicia poética privar de la palabra a quien ha abusado de ella (y de nosotros) durante medio siglo.

 

“Libro de estilo”; Madrid, 12/06/2012





Una renuncia condicional

20 02 2008

Tras 49 años y 49 días de ejercicio continuado y absoluto del poder, y seis días antes de que la Asamblea Nacional elija al nuevo presidente del Consejo de Estado, Fidel Castro ha explicado al pueblo de Cuba, en una nota que ocupa la portada del diario Granma, “que no aspiraré ni aceptaré —repito— no aspiraré ni aceptaré, el cargo de Presidente del Consejo de Estado y Comandante en Jefe”. Recuerda que ha sido presidente desde el 15 de febrero de 1976 y, antes, “Primer Ministro durante casi 18 años”, y que siempre dispuso “de las prerrogativas necesarias para llevar adelante la obra revolucionaria”, es decir, que ejerció el poder sin cortapisas.

Una lectura atenta del documento, donde habla de “mi estado crítico de salud”, “mi estado precario de salud”, y de una recuperación “no exenta de riesgos”, demuestra que su negativa a la reelección (garantizada de no producirse este anuncio), no ha sido provocada por un “deber elemental” de no aferrarse “a cargos, ni mucho menos obstruir el paso a personas más jóvenes”. En alguien que ha monopolizado el poder durante medio siglo, esta declaración de intenciones sería risible si no fuera trágica. Fidel Castro nunca ha pensado en una jubilación anticipada, sino, como él mismo dice, en “cumplir el deber hasta el último aliento”. Se siente un hombre predestinado, irremplazable. Por eso confiesa: “me preocupó siempre, al hablar de mi salud, evitar ilusiones que en el caso de un desenlace adverso, traerían noticias traumáticas a nuestro pueblo (…). Prepararlo para mi ausencia, sicológica y políticamente, era mi primera obligación”. Pocas veces la vanidad absoluta y el hedonismo político se habrán expresado con tanto desparpajo. “Evitar ilusiones” al pueblo cubano, “prepararlo” paternalmente para asumir su “ausencia”, “noticia traumática” que él mismo llora anticipadamente sabiéndola irreparable para toda la nación (y, posiblemente, para el mundo). Si se niega a la reelección es porque no tiene otra salida, al estar imposibilitado para “ocupar una responsabilidad que requiere movilidad y entrega total que no estoy en condiciones físicas de ofrecer”.

Pero, ¿realmente no tiene otra salida?

Si retrocedemos diecinueve meses, volveremos al instante en que cedió provisionalmente la presidencia a su hermano Raúl, no sólo porque lo prescribe la Constitución cubana, sino “por méritos personales”. Durante este año y medio, Raúl Castro ha proclamado la necesidad de reformas, aperturas y libertades, pero, en la práctica, sólo ha convocado asambleas donde los cubanos han hecho catarsis, sin que hasta ahora el pataleo se haya materializado.

Pragmático y admirador del modelo chino, Raúl Castro ha estado siempre bajo la férrea tutela de su hermano, quien le ha impedido (real o simbólicamente) llevar su voluntad reformista más allá de la retórica. ¿Podrá hacerlo ahora? Dos elementos lo tensan en direcciones opuestas: lo frena su miedo filial; lo empuja su convicción de que sólo un plan de reformas que alivie la agonía cotidiana del cubano le permitirá gobernar sin sobresaltos los años que le queden. Su hermano hundió al país en la indigencia mientras dialogaba con la Historia. Él tendrá que rescatarlo dialogando con el Panadero, el Agricultor, el Carnicero. En caso de parálisis prolongada, no sólo es incierto su destino como clase política, sino también el de sus hijos, una vez que el pueblo cubano supere el encantamiento del máximo líder. Y Raúl Castro, al contrario que su hermano, es un hombre de familia.

El 24 de febrero, 614 parlamentarios de la Asamblea Nacional acudirán a ratificar con su voto a los candidatos ya elegidos por la cúpula del régimen: un nuevo Consejo de Estado con su presidente, y éste, salvo sorpresa (o gobierno por persona interpuesta), será Raúl Castro. Teóricamente, el nombramiento desatará sus manos. Pero antes, deberá sobreponerse a su carácter epigonal. Su hermano, aun despojado del cargo, conserva intacto su poder simbólico y lo seguirá ejerciendo a través de sus “Reflexiones” en la atalaya del diario Granma, “un arma más del arsenal con la cual se podrá contar”. Y añade en la nota, no sin ironía: “Tal vez mi voz se escuche. Seré cuidadoso”.

De modo que esta renuncia puede leerse como un paso previo a su ausencia definitiva, cuando comience a materializarse la sucesión-transición. Pero también puede leerse en una clave más perversa: Fidel Castro, incapacitado para ejercer el poder que le correspondería, cede el sitio a su hermano y pasa, como Dios, a una oposición ejercida desde las alturas del poder simbólico, otro modo de maniatarlo. Y desde ahora anuncia que su deber elemental es “aportar experiencias e ideas cuyo modesto valor proviene de la época excepcional que me tocó vivir”. Y añade que desconfía “de las sendas aparentemente fáciles de la apologética, o la autoflagelación como antítesis”, en referencia quizás al proceso asambleario donde la población ha vertido sus críticas a instancias del Castro menor. Porque, como ya había advertido el 17 de diciembre de 2007, “la inteligencia del ser humano en una sociedad revolucionaria ha de prevalecer sobre sus instintos”. La ideología vs. la pragmática, el ideal sacrificial a costa del pan.

Aunque Castro se extiende en las bondades de su relevo, los “cuadros de la vieja guardia”, “la generación intermedia que aprendió junto a nosotros los elementos del complejo y casi inaccesible arte de organizar y dirigir una revolución”, y los más jóvenes que “cuentan con la autoridad y la experiencia para garantizar el reemplazo”, no se resigna a confiarles la nave sin estrecha tutela.

En el mejor de los casos, se esperan aperturas económicas, reformas dentro del sistema y algunas libertades vigiladas. Algo que los habitantes de la Isla aplaudirán, al tiempo que concederá a la nomenclatura cubana un nuevo plazo para su reacomodo en cualquiera de los post previsibles. Pero sólo si Raúl asume el cargo y supera sus pánicos infantiles.

 





El ego como arquitectura

4 10 2007

Si usted pasea por las avenidas de esa Génova que en plena euforia industrializadora levantó Mussolini —enormes cajas de zapatos atestadas de gente—, si cierra los ojos y los abre en los distritos residenciales del Moscú años 50, apenas notará la diferencia. Una arquitectura pesada, sombría, destinada a una masa cuyas individualidades debían confinarse en la intimidad de los hogares. De puertas afuera, el valor del individuo era apenas estadístico: pólipo del arrecife, cifra en la abusiva contabilidad del cardumen. Mutilar los signos exteriores de la individualidad contribuía a diseñar colmenas de súbditos cuya libertad quedaba limitada al aplauso.

Una arquitectura que tiene su reflejo, salvando las distancias, en los mamotretos de hormigón que rodean la antigua Plaza Cívica de La Habana, luego Plaza de la Revolución, especialmente los que alojan al Comité Central del Partido Comunista. Construidos por el dictador Fulgencio Batista y Zaldívar, su sucesor prefirió instalarse allí, rebautizándolo como Palacio de la Revolución, y evitar el Capitolio y el Palacio Presidencial, que invocaban una tradición republicana difícil de conciliar con el proyecto de Estado que Fidel Castro tenía en mente.

Al reflexionar sobre la relación entre el poder y la cultura, George Orwell afirmaba que bajo un régimen totalitario el poeta podía existir, el prosista debería elegir entre el silencio y la muerte, mientras el arquitecto podría salir beneficiado. Y el autor de 1984 sabía de qué hablaba.

Quienes repasen La arquitectura del poder, de Deyan Sudjic, comprobarán cómo los grandes monumentos arquitectónicos han sido secreciones del poder. Con las excusas del arte o la historia, la patria, el pueblo y la memoria, el poder siempre se ha homenajeado a sí mismo en piedra, acero, mármol y cristal. Los dictadores desconfían de la palabra. Un poema épico o una biografía, la novela y el ensayo servil están siempre a merced de la relectura, la nota al pie, la edición crítica, la revisión in memorian, hasta la reedición cero y la extinción, aunque algún ejemplar sobreviva en la zona museable de las bibliotecas. La piedra, en cambio, invoca una eternidad que, de momento, la biología proscribe. La piedra es unívoca, piensan, no está sujeta a reinterpretaciones.

Keops se construyó la tumba más alta, y Darío El Grande, una ciudad, Persépolis. Siglos más tarde, lo imitarían Pedro el Grande en San Petersburgo y el presidente Juscelino Kubitschek en Brasilia (aunque las democracias son menos pródigas arquitectónicamente que los regímenes totalitarios). El monarca absoluto y el dictador disponen sin cortapisas de los recursos y pueden satisfacer su ego a costa del interés general. Los planes que Hitler encomendó a su arquitecto Albert Speer para hacer de Berlín la capital imperial de Europa continuaron durante toda la guerra. Y el Moscú hambreado de la posguerra vio levantarse siete rascacielos, apodados por los rusos “los cojones de Stalin” dado el material empleado en las obras.

El París de Haussmann, el Valle de los Caídos de Franco, la catedral ordenada a Karl Vitberg por Alejandro I y destruida por Stalin para levantar un paquidérmico palacio de los trabajadores que no pasó del estado larval. La Gran Mezquita de Saddam Hussein, donde 30.000 fieles invocarían a Alá, y el dictador invocaría a sus mentores: Nabucodonosor y Stalin. La Exposición Universal Romana y el Palacio de la Civilización Italiana, de Mussolini. El paso desde la dinastía Ming y su Ciudad Prohibida, hasta la explanada maoísta, casi llanura, de Tiananmen, y, abonado por los amos del capitalismo de Estado, el bosque de rascacielos que asalta hoy el sky line de Shanghái y Beijing. Del poder horizontal al vertical, del sagrado emperador, divinidad heredada por el secretario del Partido, al dinero como religión.

Intentos no sólo de celebrar, sino de perpetuar en piedra una visualidad del poder. Estar presente, encajarse en la memoria colectiva, ser, como las estatuas de la Isla de Pascua, un testigo del pasado para conjurar el olvido, y un vigilante del futuro. Y para ello son más útiles los edificios que las estatuas. Los cambios de régimen suelen reprimir a las estatuas derrocadas: las de Stalin o Lenin cayendo en Europa del Este, las de Saddam en Iraq o las de los mandatarios republicanos en La Habana, arrancadas una por una en la Avenida de los Presidentes. Sólo quedan, sobre su pedestal, los zapatos de bronce de don Tomás Estrada Palma, primer presidente cubano.

Los edificios suelen reciclarse, trátese del Kremlin, del Capitolio habanero, del EL-DE Hause, cuartel general de la Gestapo en Colonia, o de la Lubianka en Moscú (este último no es, posiblemente, un ejemplo feliz, dado que no lo ha necesitado). Pero, aun transformados en museos o bloques de oficinas, los edificios memorian su pasado imperial, republicano, comunista o meramente siniestro.

Fidel Castro es un dictador que comparte rasgos con muchos de sus homólogos: es histriónico como Mussolini, a quien recuerda en su oratoria enfática, repetitiva y didáctica; tiene una noción mesiánica equivalente a la de Hitler; carece de escrúpulos como Stalin, y está dispuesto a cualquier desmán para conservar el poder; es tan hábil en el arte de la intriga y en tejer su propia leyenda como Mao, y, además, ejerce de líder planetario, síndrome que raras veces ataca a los caciques de naciones pequeñas.

Sin embargo, a pesar de que durante medio siglo ha dispuesto a su albedrío del presupuesto de la Nación y de las ayudas internacionales, cuantiosas durante la mitad de su reinado, más que como un constructor, Fidel Castro se ha comportado como una brigada de demoliciones encargada de derribar las ciudades, especialmente La Habana, con la perseverancia de un Pol Pot en tempo de bolero.

En medio siglo no se ha levantado en Cuba ni un solo edificio emblemático que funcione como reforzador de identidad, como logotipo del país o la ciudad, o que, simplemente, con la excusa de atraer al turismo, festeje al caudillo. No hay Torres Petronas, ni Guggenheim de Bilbao, ni Arco Gateway de Saint Louis, ni Ópera de Sídney, por mencionar iconos recientes. Lo más cercano a una arquitectura icónica serían las Escuelas de Arte, pero la obra fue detenida y en parte abandonada a la maleza.

Curiosamente, el mayor edificio levantado en La Habana desde 1959, y que no sea continuación o cierre de alguna obra precedente, es la embajada de la Unión Soviética: una mole de concreto con apariencia de menhir, coronada por una extraña apófisis, como si al edificio le hubieran encajado por la azotea un bolígrafo alienígena del que asoma apenas el casquillo. Durante su construcción, los habaneros comentaban con sorna que tras concluir aquel castillo de hormigón, los rusos declararían la guerra a Cuba. Para más desgracia, el bolódromo —en Cuba se conocía a los rusos como “bolos”— está situado en Miramar, zona arbolada con elegantes mansiones y edificios de tres o cuatro alturas, de modo que las suaves colinas mueren en el mar casi sin tropiezos. El bolódromo es como la osamenta de un tiranosaurio en una pastelería.

Ni siquiera, como su amigo Saddam, Fidel Castro levantó sus propios palacios. Prefirió okupar y remodelar las mansiones abandonadas por la burguesía en fuga. Es cierto que se han edificado insultos urbanísticos, al estilo de Alamar, en casi todas las provincias, y que muchos podrían defender con sobradas razones su carácter emblemático del último medio siglo, pero yo soy más piadoso y prefiero pasarlos por alto. Por otra parte, la restauración selectiva de La Habana Vieja es apenas la (presunta) recuperación de una memoria arquitectónica seudocolonial, no sólo ajena, sino en franco contraste con la (presunta) ideología revolucionaria. Los Chevrolets y Cadillacs de los 50 que ruedan por esas calles redondean una escenografía al servicio de los turistas, quienes se sumergen en un espacio virtual donde la Revolución no ha llegado ni, invocando a Carlos Puebla, el “Comandante mandó a parar” y donde, por tanto, no “se acabó la diversión”. El espejismo no prueba la existencia del oasis. Ningún turista, desde luego, aceptaría un tour por los centrales azucareros desmantelados, por la arquitectura de las escuelas en el campo, como barcos clónicos encallados en los naranjales, o la visita a los restos fósiles de la central atómica de Juraguá, que nunca procesó (para nuestro alivio) un gramo de uranio. La Revolución que en su día vendió sobre planos la arquitectura del porvenir, ofrece ahora al contado un pasado de diseño.

Durante medio siglo, el gobierno cubano ha dilapidado enormes sumas en costear una agenda política de gran potencia —promover la insurgencia, comprar conciencias y perpetrar invasiones en tres continentes—. Lo que quedaba, se destinó a una industrialización dependiente y obsoleta de nacimiento, y a desarbolar el país para convertirlo en un mega latifundio agrícola que, a pesar de las inversiones en maquinaria y productos químicos, nunca satisfizo la demanda. La universalización de la enseñanza, la atención médica y la hipertrofia militar son los grandes rubros del país. Pero el esmirriado cuerpo de la nación es incapaz de sostener una cabeza hidrocefálica y unos puños como mandarrias de cinco kilos. Mientras, las ciudades, carentes de mantenimiento y renovación, han ido involucionando hasta las ruinas superpobladas que, con toda precisión, muestra Antonio José Ponte en La fiesta vigilada. Pero la indigencia arquitectónica no se debe a la falta de medios. El líder cubano dispone de una contabilidad paralela. La llamada “cuenta personal del Comandante en Jefe” sufraga todas sus iniciativas y caprichos: batallas de ideas, rescate de Elianes, campañas internacionales, e incluso, a fines de los 80, construir todo un polo científico con varios centros de investigación sin, como se dijo, “afectar el presupuesto nacional” —las arcas del Comandante se nutren de la divina providencia—. Si hubiera en él alguna voluntad constructiva, la cuenta mágica proveería los fondos.

¿Es acaso voluntad de Fidel Castro, político narcisista, prendado de su propia imagen, legar a la posteridad un paisaje de ruinas? La respuesta, como los buenos cócteles, puede tener varios ingredientes.

El primero, y posiblemente el menos importante, es su extracción rural, sus modales campesinos cuando llega a estudiar a la capital y es objeto de burla o desprecio por parte de una alta sociedad que nunca lo aceptó como a un igual. Una sociedad que desapareció rumbo al Norte y abandonó la ciudad a su merced cuando él bajó triunfante de la Sierra Maestra. Y Fidel Castro no perdona. Ni a un antiguo camarada que decidió abandonar el séquito de incondicionales —Huber Matos, Mario Chanes de Armas—; ni al que demuestre la incompetencia del líder —Arnaldo Ochoa, estratega que ganó la guerra de Angola desoyendo las instrucciones de Castro; el ministro del Azúcar Orlando Borrego, tras vaticinar en 1970 el fracaso de la Zafra de los Diez Millones—; ni al carismático que robe cámara y protagonismo a la prima donna —Camilo Cienfuegos, Ernesto Guevara—; ni a un jefe de Estado que no le conceda la jerarquía que él mismo se atribuye —Eisenhower, Kruschov—; ni siquiera a un médico, un escritor o un deportista que “deserte” del cuartelillo nacional. No es raro que no perdonara a una Habana pecadora y frívola, pero donde los combatientes clandestinos, y no los guerrilleros de la Sierra, donaron la mayor cuota de mártires. Fidel Castro pretendió, incluso, arrebatarle la capitalidad del país.

El segundo ingrediente es su condición de no-estadista. Hitler soñaba con mil años de Tercer Reich, aun sin su presencia, y Albert Speer diseñó la capital del imperio. Fidel Castro desmanteló el Estado republicano y, como nunca estuvo dispuesto a someter su poder personal al imperio de instituciones que lo limitarían, se ha resistido a crear una estructura institucional, ni siquiera para que perpetúe su régimen. Es, eso sí, un político atento a la conservación del poder absoluto a costa de la felicidad y el bienestar de los cubanos; a costa de abolir y luego trucar la democracia. Optó por el voluntarismo y la improvisación como leyes supremas de la República, con periódicos cambios de rumbo: obras a medias, proyectos inconclusos, imposible planificación a largo plazo, recursos al servicio de la política o de la “iluminación” de turno. Él ha disfrutado del poder más absoluto. Hoy, ahora. No construye porvenir, porque lo sabe un territorio ingobernable.

El último componente del cóctel es la inflación de su ego. Desde muy temprano, Cuba no ha sido su objetivo, sino su plataforma de despegue internacional. La tribuna desde donde proyectar sus ambiciones, primero, continentales, y luego, universales. Cuba es, también, la alcancía —fondos propios o depositados por los “países hermanos”, desde la Unión Soviética hasta Venezuela— para costear su agenda de gran potencia: un servicio de inteligencia y de relaciones internacionales hipertrofiados; la adquisición de intelectuales, sindicalistas, políticos e incluso gobiernos dóciles; la promoción de la insurgencia; la implementación de campañas internacionales, y, llegado el caso, las invasiones —armadas y desarmadas— para crear o consolidar zonas de influencia.

Fidel Castro comenzó a edificar el monumento a sí mismo en la mente de los cubanos pero, en la medida que se fueron desencantando —hasta el punto de aguardar su muerte como quien espera a que escampe la Historia, venga la inclemencia que venga—, exportó la obra a la mente de una extensa y difuminada red de admiradores que rentabiliza su discurso reivindicativo sin padecer su práctica totalitaria. Ha construido un poder que rebasa con mucho los límites de la Isla, y una imagen, una mitología, cuidadas hasta el detalle. Ese ha sido, con diferencia, el mayor éxito de su mandato.

Google arroja 2.800.000 entradas para “Fidel Castro”; siete veces más que las de “Gorbachov” y un millón más que las de “Mao Zedong”. Todavía es superado con creces por las 15.700.000 entradas de “Stalin”.

El Comandante no ha legado un zigurat ni una pirámide, ni un museo monumental o una torre emblemática, ni la configuración institucional de un país, ni un ideario o un Manual de Instrucciones para los fidelistas del porvenir —no hay Libro Rojo, ni Idea Juche, ni ¿Qué hacer? leninista, ni Mein Kampf—. Sus infinitos discursos se han acompasado con demasiada agilidad a los vaivenes de la coyuntura política.

Arquitecto de su propio ego, Fidel Castro es la única obra perdurable de Fidel Castro.

 

“El ego como arquitectura”; en: Letras Libres, Madrid, octubre, 2007. http://www.letraslibres.com/index.php?art=12445

 





Clonaciones

28 05 2002

La famosa Ubre Blanca, única vaca con establo privado, música de Mozart y aire acondicionado, visitada por presidentes y delegaciones de alto nivel, otorgó a sus ordeñadores, durante el día más Guinness de su vida, 109,5 litros de leche. Y durante su temporada récord, 24.268,9 litros en 305 días. En el imaginario de la Isla, las ubres de esta vaca ejemplar ocuparon el pedestal del obrero y la koljosiana.

Mientras la aparición del “hombre nuevo”, escrupulosamente limpio del pasado burgués, se iba prorrogando año tras año, la aparición de la “vaca nueva” ya era un hecho. Los más mínimos acontecimientos de su vacuna vida eran reseñados por la prensa, que le dedicó un sentido epitafio el día de su muerte. Y como cualquier prócer de la Patria, tuvo su estatua en mármol blanco. Previsoras, las autoridades cubanas han conservado durante casi dos décadas un puñado de sus células, que ahora se han convertido en noticia.

Según un científico cubano, tras la desaparición del campo socialista, la producción de leche disminuyó un 50%.Su declaración establece una extraña relación causa/efecto, dado que la masa ganadera cubana disminuyó inexorablemente desde 1959 hasta 1990, y de ahí a la actualidad, pasando desde una cabeza de ganado por habitante, hasta casi cuatro habitantes por cabeza de ganado hoy. A inicios de los 70, se disminuyó drásticamente la cuota de carne que se distribuía por la libreta de (des)abastecimiento, explicando en un documento que se debatió en los centros de trabajo y estudios del país que la drástica contracción de la cabaña amenazaba con el ingreso de las vacas cubanas al libro rojo de la fauna. Sin mayores explicaciones ni culpables (es más fácil mencionar a la matanza furtiva que a la política furtiva).Y por entonces faltaban casi veinte años para que se detuviera el flujo de carne rusa.

Claro que si se entiende como producción de leche cubana el añadirle agua a la leche en polvo que llegaba desde la antigua RDA, ciertamente la caída del muro de Berlín tuvo para la Isla consecuencias lácteas que las vacas locales fueron incapaces de paliar.

El caso es que en las células de Ubre Blanca depositan hoy sus esperanzas las autoridades cubanas. Cumpliendo orientaciones directas del señor Fidel Castro, el Centro de Investigaciones de Mejoramiento Animal, dirigido por José Morales, se encuentra empeñado en la tarea de choque de clonar a Ubre Blanca, algo de “máxima prioridad para el país y para el Comandante en Jefe”, según el citado director, quien también asegura que la aparición de Ubre Blanca-2 es inminente.

De modo que tenemos a las puertas la versión lechera de la Zafra de los 10 Millones, el Cordón de La Habana y el desmonte masivo de tierras, que transformaría la Isla en un fértil vergel de punta a punta, y terminó desfoliando vastas extensiones, que al cabo tampoco se convirtieron en plantíos.

En casi medio siglo, las iluminaciones repentinas del mandatario cubano, adicto a lecturas diversas (economía, agricultura, ganadería, medicina, biotecnología, etc., etc.) han generado planes que harían manar sobre Cuba el cuerno de la abundancia en apenas unos años. Cuando se extirpó de los alrededores de La Habana una espléndida arboleda de frutales y cultivos diversos, para sustituirla por el café caturra de aciaga memoria, se desmontó una agricultura muy productiva para reemplazarla por la quimera de riqueza rápida. Dados los precios del café en el mercado mundial por entonces, el Cafetero en Jefe calculó dividendos espectaculares. Cuando el plan fracasó estrepitosamente, ni siquiera se ocupó de reconocer su error, responsabilizarse por las pérdidas o recuperar la agricultura tradicional en las áreas devastadas. Ya estaba listo para apostar fuerte, en la ruleta de la economía, por el azúcar. Tan fuerte, que la zafra de 1970, sin alcanzar siquiera la meta añorada, desmembró el tejido productivo al desviar de sus labores habituales a cientos de miles de trabajadores. Al cabo, su resultado más perdurable fueron los Van Van. De nada valieron las advertencias de los pocos especialistas que se atrevieron a contradecir las visiones del líder.

Si algo no se puede decir del señor Fidel Castro es que sea un hombre aburrido. Detesta los riesgos calculados de la economía de mercado. Y detesta por igual la pesada maquinaria de la llamada “economía socialista planificada”, con sus planes quinquenales y sus aburridas previsiones. Su espíritu guerrillero se niega a un sistema que depende del cálculo, sin emociones ni sorpresas. Como los buenos jugadores de Las Vegas, para él apostar es lo importante. Ya se encargará el pueblo cubano de sufragar las pérdidas. El pueblo cubano y sus sufridos acreedores internacionales, a los que ha sableado sin misericordia durante casi medio siglo. Rusos, argentinos, venezolanos, mexicanos, españoles, y un largo etcétera conocen en carne propia que otorgar crédito a Cuba es un deporte de riesgo.

Por el bien de los niños cubanos, únicos que concluyen su crecimiento a los siete años, por lo cual después de esa edad ya no necesitan leche, ojalá miles de ubres blancas comiencen a poblar los campos de Cuba. Claro que además de ser muy productivas, las nuevas ubres blancas deberán ser vacas autogestionadas: se buscarán la comida por su cuenta, e incluso se ordeñarán mutuamente. De ser confinadas en granjas estatales, podría ocurrir que se murieran de hambre, o que su leche regara sin provecho los establos, e incluso que el producto de sus ordeños, se cortara en los depósitos por falta de transporte, o carenara por error en una cantera de áridos, y no en la fábrica de quesos que le correspondía.

Pero ya puestos a la tarea de clonar, bien podrían los biotecnólogos de la Isla clonar a aquellos campesinos que con sabiduría, dedicación y escasos medios, surtían el mercado en abundancia, sin culpar jamás al clima, a Norteamérica o a Rusia en caso de mala cosecha. Clorar a los ganaderos que desde el siglo XVI convirtieron a la Isla en un importante exportador de cueros y salazones. O a los empresarios que legaron a los actuales gobernantes una economía saneada y ascendente, sin deudas y con un superávit en su balanza comercial.

Pero mucho me temo que si el experimento de Ubre Blanca resulta un éxito, el próximo candidato a la duplicación sea otro.

 

“Clonaciones”; en: Cubaencuentro, Madrid, 28 de mayo, 2002. http://arch.cubaencuentro.com/economia/2002/05/28/8156.html.

 





Educación política

4 04 2002

Decir  mentiras es cosa muy fea, suelen afirmar padres y maestros. Y seguramente no faltó algún jesuita que se lo repitiera al señor Fidel Castro durante sus ya lejanos años formativos. Muy hondo caló la frase en su conciencia. La recordó seguramente tras una conversación confidencial, el 19 de marzo pasado,  con el presidente mexicano Fox, quien le solicitraba visita corta y abstenerse de insultos en su viaje a la reunión de Monterrey. La recordó al concluir su discurso en la reunión con las palabras: “Les ruego a todos me excusen que no pueda continuar acompañándolos debido a una situación especial creada por mi participación en esta Cumbre, y me vea obligado a regresar de inmediato a mi país.” Tenía que decir la verdad, como le enseñaron los jesuitas, y “No podía decir menos, ni decirlo con más cuidado”, afirmaría recientemente en un show televisivo el mandatario cubano.  Tanto cuidado, que de inmediato el suceso acaparó el interés de los medios, opacando debates más serios, y  la prensa acosó a las autoridades cubanas y mexicanas en busca de una respuesta. Tanto Fox como Castañeda llegaron a afirmar que no se había ejercido ninguna presión, que justificara la estrepitosa salida del dictador cubano.

En contra de los principios que le inculcaron los jesuitas, FC guardó la verdad mientras los funcionarios mexicanos mentían a la prensa; amenazó con revelarla pero no lo hizo; hasta que, tras la votación mexicana en Ginebra apoyando  la moción uruguaya, el mandatario cubano no pudo más con los cargos de conciencia y reveló al mundo su conversación con Fox. Una conversación donde:

1-El propio FC garantizaba que el diálogo sería privado.

2-Que iría a la conferencia con espíritu constructivo, “a cooperar en el éxito de la conferencia” y a cooperar con Fox.

3-Que diría su “verdad con decencia y con la elegancia necesaria. No albergue el menor temor, que no voy a soltar ninguna bomba allí”.

4-Amenaza con armar “un escándalo mundial, si realmente ahora me dicen a mí que no vaya”.

5-Agradece a Fox haber “pensado en una fórmula decorosa, en que yo esté allí a la hora, escuche al Secretario General de las Naciones Unidas”.

Y 6- Pacta con Fox “quedar con ese acuerdo y quedamos amigos, como amigos y caballeros”.

Llama la atención en ese diálogo la prepotencia, las amenazas y el chantaje que rezuman las palabras de FC hacia “su amigo” Fox, así como la noción de su propia importancia en el planeta, al pensar que su no participación sería un escándalo mundial.  Al mejor estilo de El Padrino (I parte) Don Corleone subraya, humillante, que está haciendo un favor a su colega. Y, por otro lado, la incómoda posición de Fox, quien para complacer al presidente Bush y evitarse dificultades con su primer socio comercial y vecino, limita la participación de un mandatario extranjero, en una reunión internacional a la que éste ha sido invitado por la ONU.

Más tarde se verá que FC tiene un extraño modo de  respetar la privacidad, un concepto muy personal del “espíritu constructivo”, de la decencia y la elegancia, y más aún, un curioso concepto de la caballerosidad y la amistad.

¿Hicieron mal Fox y Castañeda al mentir sobre las presuntas presiones a FC? Desde el punto de vista ético, sí. Y tendrán que responder por sus palabras en una sociedad abierta y plural, donde la ciudadanía y la oposición están en el derecho constitucional de cuestionar a sus mandatarios. Desde el punto de vista político, hicieron lo único que les era dado hacer. Mentir, confiando en que FC cumpliría su palabra. ¿Hicieron mal al votar la moción uruguaya en Ginebra, aún conociendo las amenazas provenientes de La Habana?  Para el feliz curso de sus carreras políticas, sí. En conciencia, seguramente no: arriesgaron su probidad política para ejercer la defensa de valores hoy universales, los derechos humanos. Actitud que los honra.

¿Es triste que el presidente democráticamente electo de un país soberano acepte las presiones del vecino poderoso, en aras de conservar las mejores relaciones políticas y económicas? Es triste, pero comprensible, en la medida que una lesión en el orgullo de los gobernantes, se traduce en beneficios económicos para los gobernados.

¿Es triste que el dictador de un país soberano no acepte ningún tipo de presiones, ni siquiera en aras de conservar las mejores relaciones políticas y económicas? Es más triste aún esta discutible “honra”, en la que el orgullo de los gobernantes, bien vale el sacrificio y la miseria de los gobernados. Razón por la que resulta cínica la frase de FC en su reciente show para “desenmascarar” a Fox: “Los pueblos no son masas despreciables a las que se puede engañar y gobernar sin ética, pudor ni respeto alguno”.  Sobre todo tomando en cuenta que el primer respeto hacia los gobernados es el respeto a su libertad, a su derecho a expresarse sin temor a represalias, a actuar de acuerdo a sus convicciones, y elegir a quienes deberán representarlos. Algo que afirmó el propio Fidel Castro: “Nosotros proporcionamos  justicia social y resolvemos los sustanciales problemas sociales de todos los cubanos en un  clima de libertad, de respeto a los derechos individuales, de libertad de prensa y pensamiento, de democracia, de libertad para elegir su propio Gobierno” (La Habana, 1959).

Uno mintió como ejercicio político. El otro arrojó la verdad como instrumento de venganza. Cada cual votará por la gravedad de cada culpa.

En este caso, FC aduce que estaba éticamente obligado a revelar la verdad. Lo que no nos explica es por qué en 1981, durante los felices tiempos de la dictacracia priísta, cuando el entonces presidente Ronald Regan amenazó boicotear la Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno Norte-Sur que tendría lugar en México, FC aceptó en silencio no participar, a pedido de su amigo José López Portillo (¿no fue ése el autor de la masacre de estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas?), quien le invitó a unos días de asueto en Cozumel como desagravio. ¿Por qué entonces no hubo escándalo internacional ni resplandeció la verdad?

Ciertamente, aunque le pese a padres y maestros, en política no escasean las mentiras.  Y no es raro que el político sea un especialista en prometer lo imposible para más tarde incumplir incluso lo posible. No escasean los muertos en el armario, las conversaciones secretas y las cartas impublicables. ¿Cuál habría sido la reacción de FC si Nikita Kruschev, durante la Crisis de Octubre, escandalizado por la carta donde el mandatario cubano le pedía adelantarse a los norteamericanos y lanzar la bomba atómica, la hubiera publicado? ¿Cómo habría sentado a los que entonces veían en Cuba “el socialismo de rostro humano”, que el líder estaba dispuesto a inmolar a su propio pueblo en un ejercicio de egolatría y soberbia, que dejaría a seis millones de cubanos sin rostro, ni socialista ni capitalista ni todo lo contrario?

Llama la atención que el señor Fidel Castro, indignado hoy por las mentiras que a diestra y siniestra emitían los dirigentes mexicanos, haya dicho alguna vez que “la ideología del “26 Julio” es la ideología de un sistema de justicia social  dentro el concepto mas ancho de democracia, de libertad y de derechos humanos” (La Habana, febrero 1959), y que no se trataba de un movimiento comunista, ya que difería básicamente del  comunismo en una serie de puntos básicos. Por entonces se refería a la anulación de los partidos políticos en Cuba como una medida temporal, y no como una anulación permanente (Caracas, 1959) y prometía que “La próxima cosa serán elecciones generales. Yo creo que con la  Constitución de 1940.  Porque en cualquier  lugar donde el Gobierno desea permanecer por un período largo sin elecciones libres, porque no cuentan con el apoyo de la gente, ellos  empiezan a hacer inventos, planeando vías para permanecer un montón de tiempo, y nosotros no estamos en ese caso” (La Habana, 1959). Algo que ya había explicado en Santiago de Cuba el 3 de enero: “Esa es la razón por la que  los gobiernos constitucionales tienen un período de mandato fijo. Si son malos, pueden ser desalojados por el pueblo, que puede votar por un gobierno mejor”.

Claro que pueden no ser mentiras rotundas, sino apenas lapsus de su memoria, que regresa continuamente a la infancia de la Revolución y recuerda con toda exactitud la más pequeña batallita de la Sierra Maestra.

Durante aquellos lejanos tiempos en que aún FC no padecía esta repentina propensión a la verdad revelada, proponía en Caracas (1959) convertir en democracias a todos los países ibero-americanos, eliminar las dictaduras del continente, y lanzar un programa de pasaporte común, mercado común y más participación en los asuntos internacionales. Algo así como el ALCA, pero encabezado por Fidel Castro. Y aún más, sus votos democráticos le llevaron a afirmar: “No es posible, para los representantes  de las democráticas Venezuela y Cuba escuchar los   discursos en que Trujillo habla de libertad y dignidad humana.  Cuba (propone) a la OEA  la necesidad  de quitar a los representantes de las dictaduras o retirarlos de esta organización. Nosotros hemos barrido Cuba (…) y tenemos la determinación de no permitir nunca más una nueva dictadura (Caracas, 1959).

¿Comprenderá el señor Fidel Castro que su dictadura repugne hoy en el continente con idéntica intensidad? ¿Comprenderá que les resulte difícil escuchar al canciller Pérez Roque hablando de libertad y dignidad humana? ¿Comprenderá, en suma, que las democracias  latinoamericanas no hacen sino  atender, a 43 años de distancia, su llamamiento a aislar y excluir a la dictadura pendiente del hemisferio? ¿Le alcanzará la lucidez y su repentino amor por la verdad, para reconocer que quizás algún día, un Vargas Llosa que aún no conocemos, lo convierta en protagónico de “La Fiesta del Caballo” o cosa así?

De este suceso se desprenden algunas conclusiones tan obvias que no vale la pena formularlas, como la diferencia entre un país donde el presidente responde de sus actos y sus palabras, y otro donde cuestionar al presidente está penado por la ley, y cualquier noticia internacional “incómoda” es censurada.

Pero la mayor lección de este suceso es que en un pequeño país pobre (o empobrecido, que no es lo mismo) y endeudado, reliquia de la guerra fría y sin mayor ascendiente sobre los demás, no sólo se ha devaluado la moneda y la economía, la calidad del presente y las expectativas de futuro, sino que se acaba de devaluar, con carácter irreversible, la palabra dada por  su presidente a un colega de un país presuntamente amigo. Y más allá de su signo, existe una complicidad gremial entre los políticos de todos los pelajes. Hay  conductas de las que todo el gremio toma muy buena nota. No creo que ninguno se arriesgue, nunca más, a confiar en la palabra del señor Fidel Castro, aunque desde su tumba le aplauda, el alma de su preceptor jesuita.

 

“Educación política”, Abril, 2002





FC Export Inc.

1 09 2001

Por si alguien no lo sabía, el mandatario cubano no es uno, sino dos: siguiendo un patrón que los cubanos conocemos bien, existe un FC de consumo nacional y un FC de exportación. A veces coinciden, pero no siempre.

FC Export Inc. fue uno de los oradores más aplaudidos durante la reunión de Durban, Sudáfrica, contra el racismo y la xenofobia. Entre otras verdades incontestables, recordó que en cien países el ingreso per cápita es hoy inferior al de hace quince años, que la fortuna de los tres hombres más ricos del mundo es superior al producto interno bruto sumado de los 48 países más pobres, y que 200 multimillonarios cuentan con ingresos ocho veces superiores a los de los 582 millones de terrícolas más pobres. Habló del racismo y la xenofobia como “un fenómeno social, cultural y político, no un instinto natural de los seres humanos”, cosa que más o menos todos sabemos. Y descargó toda la responsabilidad del desequilibrio mundial en la conquista y explotación del Nuevo Mundo, el reparto de África y Asia entre las naciones europeas, y la práctica del colonialismo y la esclavitud; exigiendo a las naciones desarrolladas compensaciones por sus crímenes pasados, presentes y futuros. ¿De dónde saldría el dinero para abonar estas compensaciones destinadas a equilibrar la balanza mundial del desarrollo? El Sr. Fidel Castro tiene la respuesta: entregar sin dilación a los países pobres el 0,7% del PNB de las naciones desarrolladas; abolir la carrera armamentista y el comercio de armas y destinar al desarrollo “una buena parte del millón de millones de dólares que se dedica cada año a la publicidad comercial, forjadora de ilusiones y hábitos de consumo imposibles de alcanzar, junto al veneno que destruye las identidades y las culturas nacionales”. Así de fácil.

Sin dudas, el desequilibrio mundial es a la larga insostenible, y sobre las naciones más ricas recae la responsabilidad de contribuir al desarrollo de los países más pobres. No sólo porque les corresponde cierta responsabilidad histórica de su desdicha (aunque también), sino porque en la aldea global nadie puede desentenderse de lo que le ocurre al vecino. No hay nación suficientemente impermeable como para impedir que la avalancha migratoria, los fundamentalismos, las guerras y el terrorismo no toquen a su puerta. Males que tienen su origen y/o su sustento en la miseria endémica y la falta de expectativas.

La tesis maniquea de FC, según la cual la culpa de todo la tienen las naciones colonialistas y esclavistas, el capital y los monopolios —en cumplimiento de su viejo axioma “la culpa es de otro”, sea el imperialismo, el embargo, la caída del comunismo o los ciclones—, no explica por qué Corea del Norte y del Sur son hoy tan diferentes, por qué Chile es cada vez más rico y Cuba cada vez más pobre, por qué Rusia, país colonial, es hoy más pobre que los tigrillos asiáticos, que un día fueron colonia, o la diferencia entre la India y Australia, ambas ex-colonias inglesas.

Debe ser muy grato a los oídos de ciertos mandatarios africanos, insultantemente ricos en países insultantemente pobres, escuchar que toda la culpa es de otro, y posiblemente se afilen los dientes ante la perspectiva de compensaciones económicas.

Su receta para obtener los recursos compensatorios parece responder a aquel slogan del 68, “sean realistas, pidan lo imposible”. Cuando alega que el desarme universal y la abolición de la propaganda comercial darían recursos suficientes para el desarrollo, los presentes le aplauden como si fuera un chiste o una metáfora. Todos, incluso él, saben que decirlo es mucho más fácil que hacerlo. Pero es difícil creer en la receta cuando proviene de uno de los países más pobres y mejor armados de América Latina. Un país que exportó la Revolución a los tres continentes, de modo que “más de medio millón de cubanos han cumplido misiones internacionalistas absolutamente voluntarias”, según FC Export. Voluntariedad que no se cree ningún cubano. Y se jacta de su contribución a la abolición del apartheid, y la conversión de Sudáfrica en un país libre. Tan libre, que disfruta de pluripartidismo, democracia representativa y del derecho de opinión (fue algo que olvidó señalar).

FC Export se hizo eco de “la persecución a que son sometidos los gitanos en Europa”, de los 500 mexicanos muertos el año pasado en la frontera con Estados Unidos —más de los que murieron, según él, en al muro de Berlín, aunque se declara contrario a cualquier muro—. FC Import habría aclarado que una cosa son los gitanos europeos, y otra los disidentes cubanos. O que en el Estrecho de la Florida yacen 30.000 cubanos, mojados de cuerpo entero, en contraste con los espaldas mojadas mexicanos. O que las trabas impuestas por Cuba a la emigración y al “tráfico libre de personas” que él le exige al ALCA no constituyen un muro, porque anda escaso el cemento.

Y para concluir, FC Export felicitó “al presidente Mbeki por la democrática y valiente idea de que los participantes en el plenario de la Mesa Redonda preguntasen todo lo que quisieran”, según el diario Granma. Algo que a FC Import jamás se le hubiera ocurrido.

 

Septiembre, 2001

 





Vaticinios

8 08 2001

Si no aprendemos de la Historia, nos vemos obligados a repetirla. Cierto.

Pero si no cambiamos el futuro, nos veremos obligados a soportarlo.

Y eso podría ser peor.

Alvin Toffler

 

“El futuro ya no es lo que era”, dijo un tal Anónimo, y lo repitieron con otras palabras Paul Valery y Arthur Clarke. Puede decirse que el futuro ya no es lo que solía ser aquel 16 de octubre de 1953, cuando el joven abogado Fidel Castro Ruz leyó su alegato de defensa “La historia me absolverá”. Aquel texto nos permite cotejar el dibujo del porvenir que en aquellos días nos ofrecía el protolíder cubano con la realidad a medio siglo de distancia.

Antes de ofrecernos un vaticinio del futuro que se construiría bajo sus órdenes, FC vindicó su derecho a subvertir por la fuerza un orden tiránico. Citaba a tales efectos a las monarquías teocráticas de la antigüedad, a los pensadores de la antigua India, las ciudades estado de Grecia y a la República Romana, a Juan de Salisbury, Santo Tomás de Aquino, Martín Lutero, Felipe Melanchtlon, Calvino, Juan Mariana, los reformadores escoceses y Jorge Buchman, Juan Altusio, Juan Jacobo Rousseau, la Declaración de los Derechos del Hombre (“Cuando una persona se apodere de la soberanía, debe ser condenada a muerte por los hombres libres”) y a Montesquieu, entre otros, con una memoria prodigiosa que le abandonó en 1959, porque desde entonces hasta hoy la más tímida disidencia ha sido objeto de sanciones desmesuradas, tildadas de acciones al servicio de una potencia extranjera (el monopolio del poder trae de ñapa el monopolio de la cubanía). Él mismo lo explica citando en su alegato a Montesquieu: “Así como es necesaria la virtud en una democracia, el honor en una monarquía, hace falta el temor en un Gobierno despótico, en cuanto a la virtud, no es necesaria, y en cuanto a honor, sería peligroso”. Desde aquel instante podíamos empezar a preocuparnos por nuestro futuro, el sitio donde, como dijeran Mike Mc Avennie y Woody Allen, habríamos de pasar el resto de nuestras vidas.

¿Cuál era el futuro de Cuba que proponía aquel abogado? Se resumía en cinco leyes que “serían proclamadas inmediatamente”. La primera “devolvía al pueblo la soberanía y proclamaba la Constitución de 1940 como la verdadera ley suprema del Estado”. La segunda era la Ley de Reforma Agraria que se pondría en marcha. La tercera, otorgaría “a los obreros y empleados el derecho de participar del 30% de las utilidades en todas las grandes empresas”. “La cuarta ley revolucionaria concedía a todos los colonos el derecho a participar del 55% del rendimiento de la caña y cuota mínima de 40 mil arrobas a todos los pequeños colonos que llevasen tres años o más de establecidos”. Y la quinta ley “ordenaba la confiscación de todos los bienes a todos los malversadores de todos los Gobiernos” y a herederos de dineros mal habidos. Cosa que también se puso en práctica. Concluyendo “que la política cubana en América sería de estrecha solidaridad con los pueblos democráticos del continente”, porque “Cuba debía ser baluarte de libertad y no eslabón vergonzoso de despotismo”. De seis, dos. Mal average.

Otros buenos propósitos del joven abogado eran “asegurar a cada trabajador manual e intelectual una existencia decorosa”, así como resolver los ocho problemas: “El problema de la tierra, el problema de la industrialización, el problema de la vivienda, el problema del desempleo, el problema de la educación y el problema de la salud del pueblo; (…) junto con la conquista de las libertades públicas y la democracia política”. En cuanto al problema habitacional, se proponía financiar “la construcción de viviendas en toda la Isla en escala nunca vista, bajo el criterio de que si lo ideal en el campo es que cada familia posea su propia parcela, lo ideal en la ciudad es que cada familia viva en su propia casa o apartamento”. Medio siglo después, el legado es la destrucción de las ciudades “en escala nunca vista”, sólo el pequeño agricultor de 1959 posee la tierra, y aquel joven abogado que citaba los criterios anti latifundistas de la Constitución del 40 es el mayor terrateniente del planeta. Vamos a peor: de ocho, dos, y quizás pecamos de generosos.

“Cuba sique siendo una factoría productora de materia prima”. (…) “el Estado se cruza de brazos y la industrialización espera por las calendas griegas”, decía él por entonces y no parece haber transcurrido medio siglo. Incluso resulta asombroso que desde esa distancia, aquel abogado nos dicte un programa de Gobierno que se ajusta bastante a lo que esperan los cubanos de una transición: “Un Gobierno revolucionario con el respaldo del pueblo y el respeto de la nación, después de limpiar las instituciones de funcionarios venales y corrompidos, procedería inmediatamente a industrializar el país, movilizando todo el capital inactivo que pasa actualmente de mil quinientos millones a través del Banco Nacional y del Banco de Fomento Agrícola e Industrial y sometiendo la magna tarea al estudio, dirección, planificación y realización por técnicos y hombres de absoluta competencia, ajenos por completo a los manejos de la política”. Claro que ya no existen los millones que él heredó y dilapidó graciosamente.

Cierto que algunas cosas han variado: el cubano es hoy un pueblo más instruido, y dispone de índices de atención médica y educacional superiores. El país de inmigrantes se convirtió en país de emigrantes. De estar a la cabeza de América Latina en sus parámetros económicos, se ha trasladado a la cola. Del superávit al déficit. De acreedor a deudor. De conceder ayuda humanitaria, a recibirla. Hasta Malasia y el Vietnam devastado por una de las peores guerras del siglo le otorgan créditos blandos que parecen limosnas. Los gallegos acuden de turistas a la Isla. Los cubanos acuden de braceros a Almería, se asilan en Honduras, se baten con los tiburones del Estrecho para pisar la tierra prometida. Cuba dispone de uno de los mayores ejércitos del mundo con relación a sus habitantes, la moneda nacional es el U.S. dólar, las prostitutas multiplican el salario de los médicos, y los ingenieros sueñan ser camareros al servicio de un patrón catalán, que ahora acuden como bodegueros de alto standing. O mejor, despertarse algún día convertido en extranjero, para poder vivir decorosamente en el Vedado, fundar su propia empresa en Miramar y llevar a los niños de vacaciones a Varadero. O a Santa María, para no ser muy ambiciosos.

Por todo ello, coincido con aquel joven abogado cuando aseguraba en su alegato: “No podréis negarme que el régimen de Gobierno que se le ha impuesto a la nación es indigno de su tradición y de su historia”. Lo que él pronunció como una acusación, se encargó de convertirlo más tarde en vaticinio.

 

La Historia: pendiente de absolución (II) ”; en: Cubaencuentro, Madrid,8 de agosto, 2001. http://www.cubaencuentro.com/opinion/2001/08/08/3488.html.

 





La historia: pendiente de absolución

2 08 2001

A propósito de los recientes festejos por el 26 de julio, he releído el texto del alegato de defensa de Fidel Castro Ruz, conocido como “La historia me absolverá”—título heredado de Adolf Hitler—, 25.241 palabras pronunciadas el16 de octubre de 1953, y he intentado cotejar el dibujo que de aquellos días nos ofrecía el protolíder cubano, su diseño de porvenir para la Isla, con la realidad que tiene lugar medio siglo más tarde, gracias, en buena medida, a su intervención.

Según FC, la dictadura en curso de Fulgencio Batista había significado para Cuba un retroceso de 20 años, y “arruinado al país con la conmoción, la ineptitud y la zozobra se dedica a la más repugnante politiquería, inventando fórmulas y más fórmulas de perpetuarse en el poder”. Y esa dictadura llegó cuando acababa “de cumplir cincuenta años la República que tantas vidas costó para la libertad, el respeto y la felicidad de todos los cubanos”, porque “nacimos en un país libre que nos legaron nuestros padres”. De modo que todavía no era la seudorrepública que más tarde nos enseñaron en la escuela, sino una forma de organización socio-política que su posterior sepulturero definía de la siguiente manera:

“Había una vez una República. Tenía su Constitución, sus Leyes, sus Libertades; Presidente, Congreso, Tribunales; todo el mundo podía reunirse, asociarse, hablar y escribir con entera libertad. El Gobierno no satisfacía al pueblo pero el pueblo podía cambiarlo y ya sólo faltaban unos días para hacerlo. Existía una opinión pública respetada y acatada y todos los problemas de interés colectivo eran discutidos libremente. Había partidos políticos, horas doctrinales de radio, programas polémicos de televisión, actos públicos y en el pueblo palpitaba el entusiasmo. Este pueblo había sufrido mucho y si no era feliz, deseaba serlo y tenía derecho a ello. Lo habían engañado muchas veces y miraba el pasado con verdadero terror. Creía ciegamente que éste no podría volver; estaba orgulloso de su amor a la libertad y vivía engreído de que ella sería respetada como cosa sagrada: sentía una noble confianza en la seguridad de que nadie se atrevería a cometer el crimen de atentar contra sus instituciones democráticas. Deseaba un cambio, una mejora, un avance, y lo veía cerca. Toda su esperanza estaba en el futuro”.

Si llega a escribirlo hoy un periodista independiente, estaría cumpliendo condena de 25 años (sin amnistía).

Por entonces la Constitución del 40, que FC defiende con fervor en su alegato, había sido sustituida por unos estatutos a la medida del nuevo amo, y que entrañaban una contradicción: aunque se reconocía que “La soberanía reside en el pueblo y de éste emanan todos los poderes” (Art. 118), se añadía que “El presidente de la República será designado por el Consejo de Ministros” y que a su vez “Corresponde al presidente nombrar y remover libremente a los ministros, sustituyéndolos en las oportunidades que proceda”, de modo que se eligieron entre ellos, y, a su vez, se atribuyeron el derecho a modificar la constitución. Un procedimiento cuyas virtudes tuvo tiempo de reconsiderar en los años siguientes, para ponerlo en práctica, corregido y mejorado, tan pronto asumió el mando de la Isla, hasta el punto de gobernar casi 20 años sin constitución alguna, hacerse una a medida para los 30 siguientes, y olvidar que, según él mismo dijo en su alegato, “es un principio elemental de Derecho Público que no existe la constitucionalidad allí donde el Poder Constituyente y el Poder Legislativo residen en el mismo organismo. Si el Consejo de Ministros hace las leyes, los decretos, los reglamentos y al mismo tiempo tiene facultad de modificar la Constitución en diez minutos, ¡maldita la falta que nos hace un Tribunal de Garantías Constitucionales!”.(Y ¡maldita la falta que nos hace una Asamblea Nacional del Poder Popular que jamás ha votado en contra!, digo yo). Obviando también, una vez ocupado el trono, que “El que tratare de impedir o estorbar la celebración de elecciones generales, incurrirá en una sanción de privación de libertad de cuatro a ocho años”, cosa que recordó a sus jueces.

FC hablaba en su alegato en nombre de los cubanos humildes, a quienes describía pormenorizadamente. Empezando por los soldados, a quienes se prohibía “conversar con cualquier ciudadano de la oposición, es decir, el 99% del pueblo … ? ¡Qué desconfianza …! ¡Ni a las vírgenes vestales de Roma se les impuso semejante regla!”. Las casitas que les habían prometido no pasaban de 300 en toda la Isla, cuando “con lo gastado en tanques, cañones y armas había para fabricarle una casa a cada alistado”. Recuerda “a los seiscientos mil cubanos que están sin trabajo deseando ganarse el pan honradamente sin tener que emigrar de su patria en busca de sustento” (y ya los emigrantes van por dos millones). “A los cuatrocientos mil obreros industriales y braceros cuyos retiros, todos, están desfalcados, cuyas conquistas les están arrebatando, cuyas viviendas son las infernales habitaciones de las cuarterías, cuyos salarios pasan de las manos del patrón a las del garrotero” (valga hoy la redundancia). Recuerda a los agricultores que trabajan una tierra que no es suya y “que no pueden amarla, ni mejorarla, ni embellecerla, plantar un cedro o un naranjo”. Habla en nombre de “los treinta mil maestros y profesores tan abnegados, sacrificados y necesarios al destino mejor de las futuras generaciones y que tan mal se les trata y se les paga; a los veinte mil pequeños comerciantes abrumados de deudas, arruinados por las crisis y rematados por una plaga de funcionarios filibusteros y venales, a los diez mil profesionales jóvenes (…) que salen de las aulas con sus títulos, deseosos de lucha y llenos de esperanza, para encontrarse en un callejón sin salida, cerradas todas las puertas, sordas al clamor y a la súplica”. Y a los maestros les promete entre 200 y 350 pesos (dólares al cambio de entonces) mensuales, es decir, que hoy deberían ganar entre 4.400 y 7.700 pesos, para que no vivan “asediados por toda clase de mezquinas privaciones”. Más el uso gratuito del transporte a los maestros rurales, años sabáticos, etc. “¿De dónde sacar el dinero necesario?”, se preguntaba FC en su alegato. Y respondía: “Cuando no lo roben, cuando no haya funcionarios venales que se dejen sobornar por las grandes empresas con detrimento del fisco, cuando los inmensos recursos de la nación estén movilizados y se dejen de comprar tanques, bombarderos y cañones en este país sin fronteras, sólo para guerrear contra el pueblo, y se le quiera educar en vez de matar, entonces habrá dinero de sobra”. Lo dijo él, que conste.

Pero FC es aún más contundente al avizorar el futuro describiendo el presente, cuando nos habla de que “cuatrocientas mil familias del campo y de la ciudad viven hacinadas en barracones, cuarterías y solares sin las más elementales condiciones de higiene y salud”; o de que “Cuba podría albergar espléndidamente una población tres veces mayor, no hay razón pues para que exista miseria entre sus actuales habitantes. Los mercados debieran estar abarrotados de productos; las despensas de las casas debieran estar llenas; todos los brazos podrían estar produciendo laboriosamente. No, eso no es inconcebible. Lo inconcebible es que haya hombres que se acuesten con hambre mientras quede una pulgada de tierra sin sembrar”. Para concluir que los niños “habrán oído diez millones de discursos, y morirán al fin de miseria y decepción”. Lamentablemente, citando al mismo, para los cubanos se mantiene invariable que sus “caminos de angustia están empedrados de engaños y falsas promesas”.

La Historia: pendiente de absolución”; en: Cubaencuentro, Madrid,2 de agosto, 2001. http://www.cubaencuentro.com/opinion/2001/08/02/3393.html.





Yo, el supremo

4 05 2001

“Yo, el Supremo Dictador de la República…”. Así empezaba Roa Bastos la mayor novela de dictadores escrita en América Latina. Los cubanos, en cambio, disponemos, por desgracia, de una realidad histórica tan delirante como su novela, con la diferencia que llevamos 42 años leyéndola con todo el cuerpo.

El discurso de nuestro Supremo el pasado primero de mayo es una pieza digna de figurar en la literatura siquiátrica. Tras contar a los sufridos asistentes su versión condensada de la historia de América, al mejor estilo del Reader´s Digest, afirma sin rubor que su triunfo de 1959 forjó “una nueva etapa en la historia de este hemisferio”. Y dado que se trata de Su Revolución, es Él, Oh Lord, el partero de la nueva era, el que cortó la cinta en la Expo Porvenir de América Latina (o de América Toda). Tres lustros promoviendo guerrillas en Latinoamérica concluyeron en una democratización del continente, lejos de los parámetros del Poder Popular. Tres lustros de guerras africanas concluyeron con aquel Megistu huyendo con su botín, las facciones angolanas repartiéndose petróleo y diamantes sobre un tapete de miseria y sangre, y miles de viudas cubanas recordando a sus muertos. Tras diez años de ausencia rusa y Período Especial, tenemos al Supremo de regreso, proclamándose el segundo fundador de América.

Y como un Supremo no puede menos que tener un Supremo Enemigo, afirma que “Todo cuanto hicieron los gobiernos de Estados Unidos en este hemisferio hasta el momento actual estuvo fuertemente influido por su obsesión y temor ante la presencia desconcertante de la Revolución Cubana”. De modo que una Isla de once millones de habitantes, cuyo peso económico decrece y cuya influencia internacional ha pasado de ser canónica a ser histriónica, protagoniza la atención del Norte hacia todo un continente poblado por más de 500 millones de almas. Rara anomalía de las estadísticas.

Claro que esa América Latina que olímpicamente desprecia, es aquella que en los 60, integrada en la OEA —“repugnante institución, invalidada moralmente para siempre por el entreguismo y la traición”—, expulsó a Cuba del gremio “Con una abyección repugnante que pasará a la historia como ejemplo sin precedentes de infamia” (la redacción es un abuso idiomático). La misma América Latina que hoy se presta a “una gigantesca anexión (…) a Estados Unidos”.

Según nuestro Supremo, el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) tiene como propósito “liquidar la soberanía, impedir la integración, devorar los recursos y frustrar el destino de un conjunto de pueblos (…) con lengua latina, cultura e historia comunes”. Claro que la apoyan gobiernos “burgueses y oligárquicos, sin principios políticos ni éticos, que votaron junto a Estados Unidos en Ginebra, por oportunismo o cobardía, para servirle en bandeja de plata pretextos y justificaciones a un gobierno de extrema derecha de Estados Unidos, con el objetivo de mantener su bloqueo genocida, e incluso podrían servir como excusa para agredir al pueblo de Cuba”. Y en sus inferencias podría ir más allá: la tercera guerra mundial, el fin de la galaxia, la extinción del Sol.

No continuaré citando la sarta de insultos, porque el espacio de mi columna es breve. Lo cierto es que nuestro Supremo tiene el legítimo derecho de opinar lo que desee sobre el ALCA, pero quizás fuera más persuasivo si ofreciera datos concretos sobre sus nefastas consecuencias, fijándose incluso en México, cuya experiencia en el Libre Comercio no es nada desdeñable. El único amago reflexivo que nos hace es alertar sobre la sustitución de materias primar naturales (presuntas exportaciones de nuestros países) por homólogos sintéticos, de donde se infiere que del Río Grande hacia el sur no hay nada exportable. En cuyo caso no habría comercio, ni libre ni preso. Y Cuba debería olvidarse del azúcar, el ron, los tabacos y el níquel, y promocionar su tecnología espacial.

Su panorama es francamente unipolar: USA lo comprará todo en América Latina, lo controlará todo, y los latinoamericanos se convertirán en productores de materias primas, no se sabe bien para qué, porque antes nos dijo que eran sustituibles, y mano de obra barata (casi tan barata como la cubana). Muchos cultivos desaparecerán por la competencia desleal de la subvencionada y tecnológica agricultura norteamericana, y cuando venga una crisis, medio mundo se morirá de hambre por culpa del ALCA. Al margen de que las monedas nacionales desaparecerán —como ya ha ocurrido en Cuba; aunque Él afirme que se ha revalorizado el peso criollo siete veces entre 1994 y 1999, olvidando el detalle de que se ha devaluado 22 veces respecto a 1959—. Aumentará el desempleo al Norte y al Sur del continente (por arte de magia). Debacle con hecatombe y genocidio, para continuar con su estilo.

Algo que no nos explica es el por qué, siendo tan mala malísima el ALCA, y tan enemigo de Cuba Estados Unidos, ese país no le propuso a nuestro Supremo integrarse a la comparsa, y hacerle así muchísimo daño.

Claro que esos gobiernos anexionistas no les cuentan a sus pueblos las verdades que nos revela el Supremo, “ocultan información” —rubro en que Él tiene una amplia experiencia—. Sólo Venezuela y Brasil comprenden estas verdades y “encabezan la resistencia”. Sólo por un problema de cortesía acudieron a Quebec y firmaron el acuerdo.

Y después de advertirnos que en sus palabras no hay ni rastros de exageración, nuestro Supremo solicita un plebiscito para que los pueblos de Latinoamérica decidan si desean o no que sus países integren el ALCA.

Plebiscito. Palabra burguesa que siempre ha denostado. Palabra mágica que viene repitiendo la oposición en Cuba durante decenios. Y ahora es pronunciada, al fin, por sus labios. Claro que la regla es “hagan lo que yo digo y no digan lo que yo hago”.

¿Le asiste algún derecho para exhortar a un plebiscito? En el orden de las ideas abstractas, le asiste incluso el derecho de proponer el deshielo de la Antártida para irrigar el Sahara. En el orden de las competencias, sólo le correspondería implementar un plebiscito en su propio país, y comprobar con cifras supervisadas que los cubanos detestan el ALCA y lo adoran a Él. La respuesta es tan obvia que en 42 años no se ha atrevido a hacerlo. En el orden del marketing político, era algo previsible:

1º-Demostrar que la fiesta a la que no me han invitado, es un fracaso.

2º-Devolver, con un cocotazo retórico, la bofetada que algunos países latinoamericanos le asestaron en Ginebra.

3º-Mantenerse, aunque sólo sea por bocón, en los titulares de la prensa.

4º-Distraer al personal de la Isla, sumido en el área de nulo comercio, en la crisis sin fondo (ni siquiera monetario), la libreta de racionamiento light, y la explotación del hombre por El Hombre.

Quizás la culpa la tengamos los periodistas, que comentamos sus suculentas ocurrencias en lugar de hacer un espeso silencio. O esos mandatarios que en los eventos internacionales se apresuran a hacerse la foto de rigor, por pura curiosidad paleontológica, aunque más tarde, cuando se trate de discutir en serio, no le hagan ni el más mínimo caso.

 

Yo, el supremo”; en: Cubaencuentro, Madrid, 4 de mayo, 2001. http://www.cubaencuentro.com/encuba/2001/05/04/2199.html.