Inteligéntsia

26 08 2011

Con un espectáculo en el Gran Teatro de La Habana, se acaba de celebrar el 50 aniversario de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Como artista invitado, asistió el general Raúl Castro, quien instó a los asistentes a reencontrarse en “el centenario», aunque cabe sospechar, sin ser demasiado suspicaz, que el general-presidente no pensaba en la pervivencia de la institución, sino en la de su propio régimen.

En “La cultura de la Rusia soviética”, Isaiah Berlin nos recuerda que tras las purgas quedó perfectamente establecido que “la misión de los intelectuales (…) no era interpretar, debatir, analizar ni aun menos desarrollar o extrapolar a nuevas esferas los principios del marxismo, sino simplificarlos, adoptar una interpretación acordada de su significado y luego repetir machaconamente por cualquier medio disponible y en todas las ocasiones que se presentasen el mismo conjunto de verdades oficiales”.

Y es a esas “verdades oficiales” a las que seguramente hacía referencia el presidente de la UNEAC, Miguel Barnet, al afirmar que la institución es una «herramienta de la vanguardia intelectual» que ha servido a «los ideales más nobles de la revolución socialista», un «laboratorio de ideas», un «nicho de debate» y un sitio para promover lo mejor de la cultura cubana. A qué ideales, debates e ideas se refiere queda claro cuando invoca a Fidel Castro como «autor intelectual» de la UNEAC. Y en esto tiene razón.

Siguiendo a Walter Benjamin, según el cual la obra de arte “ha perdido su aura”, su carácter sagrado, y se ha convertido en mercancía, el Estado estuvo dispuesto, desde los primeros años de la revolución, a adquirir esa mercancía y convertirla en instrumento ideológico que aportara legitimidad al nuevo orden.

Como en la URSS, el Estado cubano comprendió desde muy temprano que necesitaba a intelectuales orgánicos bien remunerados y/o apadrinados desde el poder que asumieran su condición de élite por encima del ciudadano común, pero, al mismo tiempo, ejerce sobre ellos periódicamente el recordatorio de su condición subalterna respecto al poder y dependiente de la gracia de éste. A veces se les humilla directamente o se les reprende como a escolares cuando trasgreden algún límite, y en caso de que insistan, se les reprime de acuerdo a la gravedad de su desacato.

Desde el 30 de junio de 1961, los límites quedaron muy claros: “¿Cuáles son los derechos de los escritores y de los artistas, revolucionarios o no revolucionarios?  Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, ningún derecho” (Fidel Castro; Palabras a los intelectuales). Ya lo había dicho Benito Mussolini: “Todo en el Estado, nada contra el Estado, nada fuera del Estado”. (Discurso de la Ascensión, 26 de mayo de 1927).

Según Berlin, Stalin patentó un método infalible para navegar entre el fanatismo utópico y el oportunismo cínico. Tras los períodos de terror, breves interregnos de clemencia durante los cuales se reprimía a los represores de turno, se abría un breve espacio para la crítica inofensiva y el pueblo respiraba aliviado porque los líderes se habían enterado, por fin, de los excesos cometidos. Hasta que todo volvía a empezar una vez que el período de “relajación” comenzaba a excederse en sus márgenes de libertad. Sin alcanzar los niveles bíblicos de represión practicados en la URSS, un sistema semejante se ha aplicado a los intelectuales de la Isla, alternando períodos de relativa indulgencia con decenios grises (o negros, en dependencia de las lentillas que use cada cual).

Podríamos aceptar, como afirma Miguel Barnet, que la UNEAC ha acompañado «críticamente» el proceso cubano, aunque deberemos aclarar que los límites de esa “crítica” siempre han sido dictados desde el poder, dado que para éste el pensamiento crítico es más peligroso que la subversión abierta, que puede combatir (y ha combatido) confortablemente con la violencia como razón de Estado. Por ello se ha afanado en domesticar al intelectual mediante cargos burocráticos, premios, viajes, honores y condecoraciones; asimilarlo hasta que sea inofensivo. El intelectual “integrado” reduce por cuenta propia sus márgenes de libertad. La represión es superflua.

En caso de que el intelectual se resista a la domesticación, el Estado dosificará el castigo de acuerdo al grado de indocilidad: exclusión del sistema editorial y los medios de prensa, galerías o espacios teatrales; negación de permisos de viajes; enajenación de sus medios de vida; ostracismo y/o escarnio público y, llegado el caso, la cárcel. La condena a silencio forzoso y el ostracismo público contará con la complicidad de buena parte de sus colegas, bien sea por puro cálculo –todo contacto con el sentenciado (altamente infeccioso) es dañino para la salud profesional— o porque la rectitud moral del excluido es un reproche indirecto al oportunismo y la sumisión del gremio.

Ralf Dahrendorf, en Homo Sociologicus (1968) afirma que “los bufones de las sociedades modernas son los intelectuales (…) tienen la tarea de dudar de todo lo que es evidente, de hacer relativa toda autoridad, de preguntar aquellas preguntas que nadie se atreve a plantear”. Añade que “Su papel es no interpretar papel alguno. El bufón no está arriba, pues no puede dictar a los demás las leyes de sus acciones. Tampoco está debajo, porque actúa como conciencia crítica de los poderosos (…) El poder del bufón está en su libertad en relación con la jerarquía del orden social”.

Pero en Cuba hasta el teatro bufo fue eliminado por decreto. Eso no significa que podamos incluir a todos los asistentes al cincuentenario de la UNEAC en un mismo saco.

Los más deseables para el poder, y cada vez más escasos, son los “legitimadores incondicionales”: intelectuales que aceptan sinceramente el poder establecido, y se sienten representados por él. Aunque no siempre sean, dada la estatura de sus obras, los que otorgan mayor legitimidad al poder. Suelen confundirse con los “intelectuales orgánicos”, según la definición gramsciana, cuyo máximo exponente sería el “intelectual político”, integrado a la élite del poder y que asume la construcción del aparato cultural e ideológico al servicio del Estado.

Si aceptamos el aserto de Kant, según el cual “No hay que esperar que los reyes filosofen o que los filósofos se conviertan en reyes, ni siquiera es de desear, porque la posesión de la fuerza corrompe inevitablemente el libre juicio de la razón”, podríamos dudar de que el “intelectual político” sea un verdadero intelectual, dado que la legitimidad de sus ideas estaría subordinada a su condición política.

Los “legitimadores por omisión” son, posiblemente, mayoría. La mayoría silenciosa. Evaden por igual los cargos públicos y la disidencia manifiesta; siempre que sea posible, evitan firmar cartas de apoyo o de condena; optan por la estricta especialización en sus respectivas artes y se acogen a un minucioso equilibrio entre la necesidad expresiva y la supervivencia. Combatidos en tiempos de fervor, cuando se exigía al intelectual una “definición”, es ahora para el poder, en tiempos de bancarrota ideológica, condición apetecible: No le exijo que me aplauda, señor mío. Ocupe sus manos en empuñar el pincel o pulsar las teclas.

Por último, la “inteligéntsia crítica” es aquella que hace públicas en sus obras y en el debate social, académico, ideológico o cultural sus críticas de mayor o menor calado. Una categoría que va desde la crítica participante, instalada en la defensa esencial del sistema y su perfectibilidad, hasta la disidencia que propone su desmontaje. Si esta última es siempre sometida a la más ruda represión, la respuesta a la primera es elástica: los márgenes de permisividad han variado con los años y los vaivenes de la rigidez ideológica. En la medida que el establisment ha perdido legitimidad, se ha visto obligado a aceptar márgenes mayores a la crítica, en particular a la que se produce fuera del país y que es fácilmente silenciable por una prensa cautiva. Y depende también del medio donde se recoja: hay mínimos niveles de admisibilidad en la televisión o los grandes medios de comunicación, que se van ampliando cuando se trata de revistas culturales o libros de escasa tirada y, por tanto, de corto alcance en lo que a accesibilidad pública se refiere.

Gracias a estos márgenes, algunos intelectuales críticos –disidentes en su fuero interno en muchos casos, aunque no lo hagan explícito más allá del salón de su casa—gradan con exactitud la munición de su crítica: grueso calibre en intervenciones académicas outside the borders, lo que otorga mayor credibilidad a su discurso en sociedades abiertas e informadas, y balas de fogueo en la televisión local, con lo que mantienen la pelota por las bandas pero sin salirse del campo, algo que los colocaría fuera de juego y anularía sus prerrogativas.

Tampoco esto es absoluto. La crisálida del intelectual no siempre desemboca en mariposa.

Es bien conocido que muchos pirómanos a los veinte años descubren a los cincuenta su vocación de bomberos. Y obtener un confortable puesto –con la adquisición del esprit de corps burocrático–, bienestar y honores ayuda mucho a sofocar los ardores juveniles. El azote del poder se convierte poco a poco en consejero que advierte de los riesgos que puede correr el propio poder que ahora lo cobija; la crítica jacobina evoluciona a crítica cortesana. Se centra en la carrocería del poder, no en su motor o su sistema de transmisión.

También puede suceder lo opuesto: el guardia rojo a los veinte se desilusiona por el incumplimiento de sus expectativas y acentúa su lado crítico hasta el extremo opuesto, aunque ello, en una sociedad donde le está vedado dar cuenta puntual de su evolución, ocurre con frecuencia en silencio. De modo que el público lee un buen día con sorpresa en el diario El País “Los anillos de la serpiente”, el “destape” de Jesús Díaz, quien fuera durante decenios lo más parecido al “intelectual orgánico” gramsciano.

Existe también entre algunos intelectuales un síndrome que merecería un serio estudio siquiátrico: la fascinación por el poder que han padecido por igual Gabriel García Márquez y Pablo Armando Fernández, quien ha admitido que volvió a nacer el día que conoció a Fidel Castro. Supongo que no se trate de una excusa para trucar su edad.

Dados los estragos que ha causado durante medio siglo el totalitarismo y su indefectible respuesta, la simulación –ya se ha apuntado lo hiperbólico que resulta llamar doble a una moral defectuosa–, podría aplicarse a gremios de taxistas, albañiles e incluso de políticos idénticas categorías que a la inteligéntsia. La diferencia es, exclusivamente, de visibilidad, razón por la cual una zona del exilio exige a éstos una audacia crítica que disculpa a los pescadores de orilla y las amas de casa. Una exigencia éticamente discutible al pronunciarse desde la distancia, agravada por la no categorización. Encaramado en su presunta “superioridad moral”, el exilio rancio parece incapaz de distinguir a los “intelectuales políticos”, arquitectos ideológicos del sistema, del resto, cuyo ejercicio (o no) de la crítica y la profundidad de ésta dependen, como entre los restantes once millones de cubanos, tanto de sus deseos como de sus posibilidades. Recibir con menosprecio esas críticas que se ejercen (y no sin riesgo) desde adentro es la mejor complicidad a que podrían aspirar los mandantes cubanos.

Para Platón, sólo un rey filósofo, el gran salvador, conseguiría sacar a la polis de su crisis. Sólo un rey así, especializado en reflexionar sobre la justicia, la paz y la armonía, estaría predestinado a resolver los grandes problemas de la sociedad. No dudo de la sabiduría y el buen hacer de muchos de los invitados al cincuentenario de la UNEAC, pero me temo que si ésta ha sido, en palabras de su presidente, «laboratorio de ideas» y «nicho de debate» de los pasados cincuenta años, habrá que buscar un nicho donde sepultar viejos debates y otros laboratorios donde cocinar las ideas del próximo medio siglo.

 

“Inteligéntsia”; en: Cubaencuentro, Madrid, 26/08/2011. http://www.cubaencuentro.com/cuba/articulos/inteligentsia-267467

 





La furia de los vikingos

9 06 2011

Los telediarios abren últimamente con noticias insólitas.

El ex primer ministro conservador islandés Geeir H. Haarde comparece ante la justicia acusado de negligencia grave durante su mandato.  Lo juzgará el Landsdomur, un tribunal especial creado en 1905 para juzgar a políticos aforados. Es el primer político encausado por su actuación durante la reciente crisis.

Sigurdur Einarsson, presidente ejecutivo del más temerario banco de Islandia, el Kaupthing, es detenido en su mansión de 12 millones de euros en Chelsea, uno de los barrios más exclusivos de Londres. La hipoteca no suponía ningún problema. Después de comprarla, se la alquiló a su propio banco. Las 2.400 páginas de su causa son una novela de terror financiero.

El todopoderoso presidente y director gerente del FMI, Dominique Strauss-Kahn, con cara perro apaleado, es juzgado en Nueva York por delitos sexuales contra una humilde camarera.

Los curas pedófilos comparecen ante la justicia. Se congelan las cuentas de algunos dictadores e ingresan en las listas de los más buscados por la justicia internacional. Se suprimen amnistías y puntos finales y los torturadores latinoamericanos pasan al banquillo.

¿Se estará perdiendo el respeto por las jerarquías? ¿Será verdad que todos los hombres son iguales ante la ley? ¿Estará cambiando el mundo y ya ni el poder ni el dinero disfrutan de inmunidad? Tampoco así. Hay dictadores excusables con mansión en París e inversiones en Norteamérica. Los piratas somalíes apuntan su AKM en el Golfo de Adén mientras sus intermediarios apuntan su chequera en la City de Londres. Occidente ingresa asqueado en sus fondos de inversión las fortunas esquilmadas por los sátrapas a sus pueblos.

Al encausar a los criminales de guerra nazis, los juicios de Núremberg fueron en 1945 el principio del fin de la impunidad absoluta que hasta entonces disfrutaban los políticos y militares para desatar genocidios, limpiezas étnicas y otras desinfecciones sociales. Claro que eran, obviamente, los perdedores de la guerra. A los vencedores habitualmente no se les juzga.

De entonces a acá han pasado por el Tribunal Penal Internacional de La Haya generales, ex mandatarios y criminales de diferente rango, genocidas todos de sus propios pueblos. No están todos los que son, desde luego, pero sí son todos los que están. Incluso hemos escuchado a un enviado especial del gobierno ruso en Libia afirmar que Gadafi perdió la legitimidad al disparar contra su propio pueblo. Lo nunca visto desde Iván El Terrible. La inmunidad parlamentaria o eclesiástica y la autodeterminación como coartada están siendo puestas en duda por una justicia que, en teoría, se pretende internacional. Aunque, de momento, sólo se pretende.

Pero el caso de Islandia es singular. Un país donde los bancos quiebran sin ser rescatados, sus directivos pueden ir a la cárcel por su extrema codicia y el primer ministro, por negligencia criminal ante sus electores.

Con escasos recursos, salvo su abundante energía geotérmica y sus bancos de pesca, Islandia fue hasta inicios del siglo XX uno de los países más pobres de Europa, diezmado durante siglos por el hambre y las enfermedades, erupciones catastróficas, suelos estériles, clima implacable. Tiene en su haber, en cambio, una de las tradiciones democráticas más antiguas de Europa. En los 80, inspirados por Ronald Reagan y Margaret Thatcher, el país que había sido católico y más tarde luterano, se convirtió al neoliberalismo. Privatizaciones, entre ellas la de la pesca, bajos impuestos, desregulaciones, tasa del impuesto de sociedades del 18%, una de las más bajas del mundo; 24,5% del impuesto al valor agregado; una regulación laboral flexible; hasta la eliminación del impuesto sobre el Patrimonio en 2006. De modo que Milton Friedman quedó encantado cuando visitó Reikiavik. Se diversificó su economía. Manufacturas, servicios, software y biotecnología. La pesca pasó del 90 al 40% de sus exportaciones: además de pescado, productos marinos, aluminio y ferrosilicio. El país invirtió en educación, energía verde y tecnología. En 2008, el PIB percápita de Islandia en términos de paridad de poder adquisitivo fue el decimocuarto del mundo y tenía la catorceava esperanza de vida más alta, 80,67 años. El paro se redujo al 1%. Así, en el índice de desarrollo humano de la ONU 2007/2008 ocupó el primer lugar. Y en 2009 fue clasificado por la ONU como el tercer país más desarrollado del mundo. Los 320.000 islandeses parecían los seres más felices del planeta. El tigrillo celta suscitaba admiración.

De los banqueros se decía antes que era una ocupación muy aburrida que se limitaba al 3-6-3: 3% de interés a los ahorradores, 6% de interés a los préstamos y estar a las 3 en punto en el campo de golf. No sé si por la escasez de campos de golf, pero a los banqueros islandeses no les bastaba con el bacalao y el aluminio. A inicios del siglo XXI, el Estado privatizó la banca y, a imitación de sus colegas trasatlánticos, el capital financiero inició una estampida expansionista, aprovechando la desregulación y unos tipos de interés del 15% que fascinaron de inmediato a los rentistas, jubilados e inversionistas austríacos, alemanes, ingleses y holandeses. A través de Icesave (Landsbanki) y Kaupthing Edge (Kaupthing) se captaron unos 9.000 millones de euros. Si sus primos americanos empaquetaban subprimes como esas cajas de la suerte que venden a un euro en las tiendas chinas, ellos se dedicaron a captar dinero y echarlo a rodar en Las Vegas de las finanzas, hasta el punto de que los activos de los tres grandes bancos multiplicaban por 12 el PIB de Islandia. Los ejecutivos se concedían a sí mismos, a familiares, amigos y políticos afines, a menudo sin garantías, créditos millonarios que reinvertían en la ruleta financiera. La bolsa multiplicó por nueve su valor en cuatro años. Se triplicaron los precios de la vivienda. El ahorro disminuyó del 15 al 10% del PIB, la formación bruta de capital pasó del 18% al 33%. Los vikingos se volvieron locos: aprovechando que los salarios subían, que la riqueza parecía salir de la nada, y el carnaval de crédito, cada familia compró dos y tres casas, y hoy en Islandia hay 1,5 automóviles por habitante (los bebés no conducen y cada islandés sigue teniendo un solo culo). La codicia y la estupidez combinadas pueden ser letales.

De modo que antes de la quiebra, la deuda de los tres grandes bancos del país, Glitnir, Landsbanki y Kaupthing, era seis veces mayor que el PIB de Islandia. Pero la fiesta estaba a punto de concluir. En 2006, el Danske Bank advirtió que el sistema financiero corría peligro. Y ya en abril de 2008 la catástrofe era inminente, a pesar de lo cual, Landsbanki blasonaba de solvencia y culpaba de su mala prensa al acoso de especuladores internacionales. Cuando estaba a punto de culpar al imperialismo y al bloqueo, llegó la hecatombe. Se abrieron las cajitas sorpresa y sólo contenían aire (viciado). Lehman Brothers, clasificada poco antes por las agencias de riesgo como lo mejor para el alma divertir, se desplomó. Entonces el gobierno británico detectó que Landsbanki estaba repatriando capitales, le aplicó la ley antiterrorista y congeló sus fondos. Gancho a la mandíbula que ocasionó la caída en cadena de toda la banca islandesa. Los vikingos descubrieron asombrados que el tigre financiero no pasaba de gato marrullero. Holanda y Reino Unido devolvieron a sus nacionales el 100% de los depósitos y exigen a Islandia 3.700 millones de euros, un tercio de su PIB. El gobierno islandés interviene Landsbanki, garantiza sus ahorros a los clientes islandeses pero deja en el limbo a los extranjeros.

A ritmo de rumba celta, la inflación se desbocó, la corona pasó de 70 por euro a 250 (lo que, por otra parte, ha favorecido las exportaciones); el PIB ha caído un 15% (en España, con todo y crisis, ha caído un 8%), los bancos perdieron unos 100.000 millones de dólares, el endeudamiento del país asciende al 300%, y los islandeses están hipotecados hasta las cejas y han perdido la mitad de su poder adquisitivo. El paro subió al 8% y la deuda pública se ha encaramado por encima del 100% del PIB. El país ha retrocedido una década. De modo que tuvo que pedir un préstamo a Rusia y ayuda al FMI, que le ha aplicado sus recetas habituales (no me refiero a la camarera de Manhattan). A pesar de todo, se prevé que la economía del país crezca un 3% este año.

Ante las presiones internacionales, el gobierno acordó que los ciudadanos pagaran en 15 años y al 5,5% de interés la deuda contraída por los bancos del país. Islandia dedicaría e eso el 1,4% de su PIB hasta 2026. Y entonces ocurrió lo que ocurrió: sin alzarse en armas en sus numerosos volcanes, a golpes de cazuela y pancarta, los vikingos enfurecidos dijeron que no, obligaron al parlamento a anular el acuerdo y llevarlo a referendo que, por supuesto, no aprobó el 97% de la población. Que cada ciudadano pague las deudas contraídas con los bancos, bien, pero que pague las deudas de los bancos con quién sabe quién, ni hablar.

Ahora la izquierda en pleno aplaude al pueblo y al gobierno islandés, gente que quiere tener su destino en sus propias manos, que no salva bancos hundidos por la avaricia ni perdona a políticos incompetentes, lo que prefigura un mundo de políticos y banqueros bien sujetos al control de sus pueblos, sin inmunidad ni patentes de corso. Otra banca es posible. Y en parte tienen razón. Pero sólo en parte.

Gylfi Zoega, uno de los más brillantes economistas de Islandia, asegura que el colapso de los bancos no fue una elección. No había dinero para rescatarlos.  De lo contrario, el gobierno los habría salvado. Y Hannes Guissurasson, neoliberal y asesor del gobierno anterior se pregunta ¿qué ley vulnera la excesiva toma de riesgos?, y vaticina que muy pocos banqueros terminarán en prisión. Lo cierto es que tras la quiebra del sistema bancario, el Estado lo ha nacionalizado, ha inyectado en ellos un capital equivalente a la cuarta parte del PIB, y se prevé que en breve comience su reprivatización. Del mismo modo que en Europa y EE. UU., como cuenta Stephane Hessel en ¡Indignaos!, los financieros causantes de la crisis han regresado a los beneficios y los bonus, puede que regrese a Islandia de puntillas el fantasma de Milton Friedman y que sólo nos enteremos después de tres erupciones volcánicas o cuando estalle la próxima crisis.

 

“La furia de los vikingos”; en: Cubaencuentro, Madrid, 09/06/2011. http://www.cubaencuentro.com/internacional/articulos/la-furia-de-los-vikingos-263931





El ego como arquitectura

4 10 2007

Si usted pasea por las avenidas de esa Génova que en plena euforia industrializadora levantó Mussolini —enormes cajas de zapatos atestadas de gente—, si cierra los ojos y los abre en los distritos residenciales del Moscú años 50, apenas notará la diferencia. Una arquitectura pesada, sombría, destinada a una masa cuyas individualidades debían confinarse en la intimidad de los hogares. De puertas afuera, el valor del individuo era apenas estadístico: pólipo del arrecife, cifra en la abusiva contabilidad del cardumen. Mutilar los signos exteriores de la individualidad contribuía a diseñar colmenas de súbditos cuya libertad quedaba limitada al aplauso.

Una arquitectura que tiene su reflejo, salvando las distancias, en los mamotretos de hormigón que rodean la antigua Plaza Cívica de La Habana, luego Plaza de la Revolución, especialmente los que alojan al Comité Central del Partido Comunista. Construidos por el dictador Fulgencio Batista y Zaldívar, su sucesor prefirió instalarse allí, rebautizándolo como Palacio de la Revolución, y evitar el Capitolio y el Palacio Presidencial, que invocaban una tradición republicana difícil de conciliar con el proyecto de Estado que Fidel Castro tenía en mente.

Al reflexionar sobre la relación entre el poder y la cultura, George Orwell afirmaba que bajo un régimen totalitario el poeta podía existir, el prosista debería elegir entre el silencio y la muerte, mientras el arquitecto podría salir beneficiado. Y el autor de 1984 sabía de qué hablaba.

Quienes repasen La arquitectura del poder, de Deyan Sudjic, comprobarán cómo los grandes monumentos arquitectónicos han sido secreciones del poder. Con las excusas del arte o la historia, la patria, el pueblo y la memoria, el poder siempre se ha homenajeado a sí mismo en piedra, acero, mármol y cristal. Los dictadores desconfían de la palabra. Un poema épico o una biografía, la novela y el ensayo servil están siempre a merced de la relectura, la nota al pie, la edición crítica, la revisión in memorian, hasta la reedición cero y la extinción, aunque algún ejemplar sobreviva en la zona museable de las bibliotecas. La piedra, en cambio, invoca una eternidad que, de momento, la biología proscribe. La piedra es unívoca, piensan, no está sujeta a reinterpretaciones.

Keops se construyó la tumba más alta, y Darío El Grande, una ciudad, Persépolis. Siglos más tarde, lo imitarían Pedro el Grande en San Petersburgo y el presidente Juscelino Kubitschek en Brasilia (aunque las democracias son menos pródigas arquitectónicamente que los regímenes totalitarios). El monarca absoluto y el dictador disponen sin cortapisas de los recursos y pueden satisfacer su ego a costa del interés general. Los planes que Hitler encomendó a su arquitecto Albert Speer para hacer de Berlín la capital imperial de Europa continuaron durante toda la guerra. Y el Moscú hambreado de la posguerra vio levantarse siete rascacielos, apodados por los rusos “los cojones de Stalin” dado el material empleado en las obras.

El París de Haussmann, el Valle de los Caídos de Franco, la catedral ordenada a Karl Vitberg por Alejandro I y destruida por Stalin para levantar un paquidérmico palacio de los trabajadores que no pasó del estado larval. La Gran Mezquita de Saddam Hussein, donde 30.000 fieles invocarían a Alá, y el dictador invocaría a sus mentores: Nabucodonosor y Stalin. La Exposición Universal Romana y el Palacio de la Civilización Italiana, de Mussolini. El paso desde la dinastía Ming y su Ciudad Prohibida, hasta la explanada maoísta, casi llanura, de Tiananmen, y, abonado por los amos del capitalismo de Estado, el bosque de rascacielos que asalta hoy el sky line de Shanghái y Beijing. Del poder horizontal al vertical, del sagrado emperador, divinidad heredada por el secretario del Partido, al dinero como religión.

Intentos no sólo de celebrar, sino de perpetuar en piedra una visualidad del poder. Estar presente, encajarse en la memoria colectiva, ser, como las estatuas de la Isla de Pascua, un testigo del pasado para conjurar el olvido, y un vigilante del futuro. Y para ello son más útiles los edificios que las estatuas. Los cambios de régimen suelen reprimir a las estatuas derrocadas: las de Stalin o Lenin cayendo en Europa del Este, las de Saddam en Iraq o las de los mandatarios republicanos en La Habana, arrancadas una por una en la Avenida de los Presidentes. Sólo quedan, sobre su pedestal, los zapatos de bronce de don Tomás Estrada Palma, primer presidente cubano.

Los edificios suelen reciclarse, trátese del Kremlin, del Capitolio habanero, del EL-DE Hause, cuartel general de la Gestapo en Colonia, o de la Lubianka en Moscú (este último no es, posiblemente, un ejemplo feliz, dado que no lo ha necesitado). Pero, aun transformados en museos o bloques de oficinas, los edificios memorian su pasado imperial, republicano, comunista o meramente siniestro.

Fidel Castro es un dictador que comparte rasgos con muchos de sus homólogos: es histriónico como Mussolini, a quien recuerda en su oratoria enfática, repetitiva y didáctica; tiene una noción mesiánica equivalente a la de Hitler; carece de escrúpulos como Stalin, y está dispuesto a cualquier desmán para conservar el poder; es tan hábil en el arte de la intriga y en tejer su propia leyenda como Mao, y, además, ejerce de líder planetario, síndrome que raras veces ataca a los caciques de naciones pequeñas.

Sin embargo, a pesar de que durante medio siglo ha dispuesto a su albedrío del presupuesto de la Nación y de las ayudas internacionales, cuantiosas durante la mitad de su reinado, más que como un constructor, Fidel Castro se ha comportado como una brigada de demoliciones encargada de derribar las ciudades, especialmente La Habana, con la perseverancia de un Pol Pot en tempo de bolero.

En medio siglo no se ha levantado en Cuba ni un solo edificio emblemático que funcione como reforzador de identidad, como logotipo del país o la ciudad, o que, simplemente, con la excusa de atraer al turismo, festeje al caudillo. No hay Torres Petronas, ni Guggenheim de Bilbao, ni Arco Gateway de Saint Louis, ni Ópera de Sídney, por mencionar iconos recientes. Lo más cercano a una arquitectura icónica serían las Escuelas de Arte, pero la obra fue detenida y en parte abandonada a la maleza.

Curiosamente, el mayor edificio levantado en La Habana desde 1959, y que no sea continuación o cierre de alguna obra precedente, es la embajada de la Unión Soviética: una mole de concreto con apariencia de menhir, coronada por una extraña apófisis, como si al edificio le hubieran encajado por la azotea un bolígrafo alienígena del que asoma apenas el casquillo. Durante su construcción, los habaneros comentaban con sorna que tras concluir aquel castillo de hormigón, los rusos declararían la guerra a Cuba. Para más desgracia, el bolódromo —en Cuba se conocía a los rusos como “bolos”— está situado en Miramar, zona arbolada con elegantes mansiones y edificios de tres o cuatro alturas, de modo que las suaves colinas mueren en el mar casi sin tropiezos. El bolódromo es como la osamenta de un tiranosaurio en una pastelería.

Ni siquiera, como su amigo Saddam, Fidel Castro levantó sus propios palacios. Prefirió okupar y remodelar las mansiones abandonadas por la burguesía en fuga. Es cierto que se han edificado insultos urbanísticos, al estilo de Alamar, en casi todas las provincias, y que muchos podrían defender con sobradas razones su carácter emblemático del último medio siglo, pero yo soy más piadoso y prefiero pasarlos por alto. Por otra parte, la restauración selectiva de La Habana Vieja es apenas la (presunta) recuperación de una memoria arquitectónica seudocolonial, no sólo ajena, sino en franco contraste con la (presunta) ideología revolucionaria. Los Chevrolets y Cadillacs de los 50 que ruedan por esas calles redondean una escenografía al servicio de los turistas, quienes se sumergen en un espacio virtual donde la Revolución no ha llegado ni, invocando a Carlos Puebla, el “Comandante mandó a parar” y donde, por tanto, no “se acabó la diversión”. El espejismo no prueba la existencia del oasis. Ningún turista, desde luego, aceptaría un tour por los centrales azucareros desmantelados, por la arquitectura de las escuelas en el campo, como barcos clónicos encallados en los naranjales, o la visita a los restos fósiles de la central atómica de Juraguá, que nunca procesó (para nuestro alivio) un gramo de uranio. La Revolución que en su día vendió sobre planos la arquitectura del porvenir, ofrece ahora al contado un pasado de diseño.

Durante medio siglo, el gobierno cubano ha dilapidado enormes sumas en costear una agenda política de gran potencia —promover la insurgencia, comprar conciencias y perpetrar invasiones en tres continentes—. Lo que quedaba, se destinó a una industrialización dependiente y obsoleta de nacimiento, y a desarbolar el país para convertirlo en un mega latifundio agrícola que, a pesar de las inversiones en maquinaria y productos químicos, nunca satisfizo la demanda. La universalización de la enseñanza, la atención médica y la hipertrofia militar son los grandes rubros del país. Pero el esmirriado cuerpo de la nación es incapaz de sostener una cabeza hidrocefálica y unos puños como mandarrias de cinco kilos. Mientras, las ciudades, carentes de mantenimiento y renovación, han ido involucionando hasta las ruinas superpobladas que, con toda precisión, muestra Antonio José Ponte en La fiesta vigilada. Pero la indigencia arquitectónica no se debe a la falta de medios. El líder cubano dispone de una contabilidad paralela. La llamada “cuenta personal del Comandante en Jefe” sufraga todas sus iniciativas y caprichos: batallas de ideas, rescate de Elianes, campañas internacionales, e incluso, a fines de los 80, construir todo un polo científico con varios centros de investigación sin, como se dijo, “afectar el presupuesto nacional” —las arcas del Comandante se nutren de la divina providencia—. Si hubiera en él alguna voluntad constructiva, la cuenta mágica proveería los fondos.

¿Es acaso voluntad de Fidel Castro, político narcisista, prendado de su propia imagen, legar a la posteridad un paisaje de ruinas? La respuesta, como los buenos cócteles, puede tener varios ingredientes.

El primero, y posiblemente el menos importante, es su extracción rural, sus modales campesinos cuando llega a estudiar a la capital y es objeto de burla o desprecio por parte de una alta sociedad que nunca lo aceptó como a un igual. Una sociedad que desapareció rumbo al Norte y abandonó la ciudad a su merced cuando él bajó triunfante de la Sierra Maestra. Y Fidel Castro no perdona. Ni a un antiguo camarada que decidió abandonar el séquito de incondicionales —Huber Matos, Mario Chanes de Armas—; ni al que demuestre la incompetencia del líder —Arnaldo Ochoa, estratega que ganó la guerra de Angola desoyendo las instrucciones de Castro; el ministro del Azúcar Orlando Borrego, tras vaticinar en 1970 el fracaso de la Zafra de los Diez Millones—; ni al carismático que robe cámara y protagonismo a la prima donna —Camilo Cienfuegos, Ernesto Guevara—; ni a un jefe de Estado que no le conceda la jerarquía que él mismo se atribuye —Eisenhower, Kruschov—; ni siquiera a un médico, un escritor o un deportista que “deserte” del cuartelillo nacional. No es raro que no perdonara a una Habana pecadora y frívola, pero donde los combatientes clandestinos, y no los guerrilleros de la Sierra, donaron la mayor cuota de mártires. Fidel Castro pretendió, incluso, arrebatarle la capitalidad del país.

El segundo ingrediente es su condición de no-estadista. Hitler soñaba con mil años de Tercer Reich, aun sin su presencia, y Albert Speer diseñó la capital del imperio. Fidel Castro desmanteló el Estado republicano y, como nunca estuvo dispuesto a someter su poder personal al imperio de instituciones que lo limitarían, se ha resistido a crear una estructura institucional, ni siquiera para que perpetúe su régimen. Es, eso sí, un político atento a la conservación del poder absoluto a costa de la felicidad y el bienestar de los cubanos; a costa de abolir y luego trucar la democracia. Optó por el voluntarismo y la improvisación como leyes supremas de la República, con periódicos cambios de rumbo: obras a medias, proyectos inconclusos, imposible planificación a largo plazo, recursos al servicio de la política o de la “iluminación” de turno. Él ha disfrutado del poder más absoluto. Hoy, ahora. No construye porvenir, porque lo sabe un territorio ingobernable.

El último componente del cóctel es la inflación de su ego. Desde muy temprano, Cuba no ha sido su objetivo, sino su plataforma de despegue internacional. La tribuna desde donde proyectar sus ambiciones, primero, continentales, y luego, universales. Cuba es, también, la alcancía —fondos propios o depositados por los “países hermanos”, desde la Unión Soviética hasta Venezuela— para costear su agenda de gran potencia: un servicio de inteligencia y de relaciones internacionales hipertrofiados; la adquisición de intelectuales, sindicalistas, políticos e incluso gobiernos dóciles; la promoción de la insurgencia; la implementación de campañas internacionales, y, llegado el caso, las invasiones —armadas y desarmadas— para crear o consolidar zonas de influencia.

Fidel Castro comenzó a edificar el monumento a sí mismo en la mente de los cubanos pero, en la medida que se fueron desencantando —hasta el punto de aguardar su muerte como quien espera a que escampe la Historia, venga la inclemencia que venga—, exportó la obra a la mente de una extensa y difuminada red de admiradores que rentabiliza su discurso reivindicativo sin padecer su práctica totalitaria. Ha construido un poder que rebasa con mucho los límites de la Isla, y una imagen, una mitología, cuidadas hasta el detalle. Ese ha sido, con diferencia, el mayor éxito de su mandato.

Google arroja 2.800.000 entradas para “Fidel Castro”; siete veces más que las de “Gorbachov” y un millón más que las de “Mao Zedong”. Todavía es superado con creces por las 15.700.000 entradas de “Stalin”.

El Comandante no ha legado un zigurat ni una pirámide, ni un museo monumental o una torre emblemática, ni la configuración institucional de un país, ni un ideario o un Manual de Instrucciones para los fidelistas del porvenir —no hay Libro Rojo, ni Idea Juche, ni ¿Qué hacer? leninista, ni Mein Kampf—. Sus infinitos discursos se han acompasado con demasiada agilidad a los vaivenes de la coyuntura política.

Arquitecto de su propio ego, Fidel Castro es la única obra perdurable de Fidel Castro.

 

“El ego como arquitectura”; en: Letras Libres, Madrid, octubre, 2007. http://www.letraslibres.com/index.php?art=12445

 





La conciencia y el poder

17 04 2002

En «La Noche», su  obra teatral, José Saramago narra los sucesos del 24-25 de abril de 1974, en un periódico de Portugal, y a propósito toca la tarea del periodismo de investigación, que es desentrañar los resortes reales del poder. Y apenas ayer, en la presentación del nuevo libro de Sanpedro sobre la globalización, denunció el poder del dinero como único poder real, descalificando de plano a la democracia con la pregunta: ¿Cuándo la Coca Cola se ha presentado a las elecciones? Una pregunta ingeniosa, sin dudas. Le agradecería al premio Nobel que también se hiciera otra, menos elegante, pero muy objetiva: ¿Cuándo el Señor Fidel castro se ha presentado a las elecciones? Claro que también Saramago es víctima de “La Noche”, y aplica selectivamente el bisturí de la conciencia, según sea la fuente de poder a la que se refiera.

Muy cerca de Portugal, donde se estrenara la obra de Saramago, se ha debatido la Ley de Objeción de Conciencia de los periodistas. De acuerdo con ella,  el redactor puede rescindir su contrato cuando un cambio en la orientación ideológica o informativa del órgano de prensa atente contra sus principios, o ante una modificación de las condiciones de trabajo que le signifique un perjuicio grave. La ley le concede incluso el derecho a negarse a participar en informaciones contrarias a los principios éticos del periodismo –cuáles son esos principios es algo más que nebuloso; y para percatarse bastará leer la prensa de una semana, que va desde el cotilleo venéreo al amarillismo y la información de trasmano y sin pruebas sólidas, que en otras latitudes costaría al periodista y al periódico un juicio por difamación–. Por último, protege el derecho del periodista a la forma y contenido de sus textos, que en caso de enmienda sólo podrán ser publicados con su firma si otorga su consentimiento.

No es difícil establecer el puente que conecta el debate de esa ley con la obra teatral de Saramago. La conciencia y el poder han mantenido desde siempre una relación dialéctica, con harta frecuencia nada cordial. Si lo analizamos a grosso modo, basta observar que el propósito del poder es siempre imponer a la mayoría un diseño político, lo que puede demandar desde la demagogia y el engaño hasta la fuerza bruta. Siempre que se cumpla el propósito, los fines serán sobreseídos por la historia (al menos por la historia inmediata, y tengamos en cuenta que el poder y la política son las artes de lo inmediato). Para ello el poder contrata sus amanuenses. Por su parte, la conciencia debe ser reflexión del hombre ante su tiempo, búsqueda de valores inmanentes y hallazgo de parámetros éticos más o menos perdurables. Podría decirse incluso, llegados al extremo, que el ejercicio consecuente de la conciencia, o una política de principios, está contraindicada al político, cuya supervivencia sólo está garantizada por un pragmatismo sin remilgos. Los hay que han perdurado más allá de lo imaginable gracias a su frenético travestismo.

De modo que ni en sus fines ni en sus medios, la conciencia y el poder coinciden, aunque puedan tocarse eventualmente cuando los valores de la conciencia resulten instrumentos útiles a los propósitos del poder. Como son instrumentos del poder (o de las distintas facciones del poder) los medios de comunicación. En países autoritarios, de un modo burdo y directo, y por ello con escasa efectividad ─el hombre sospecha siempre de las verdades unívocas y busca con entusiasmo las verdades clandestinas─. En países democráticos, con un grado variable de «libertad de prensa», mediante procedimientos más sutiles. Basta observar en la prensa actual la redacción diferencial de una misma información cuando la editan ABC, El País y El Mundo, por referirnos a España, e incluso las diferencias entre una misma noticia sobre Cuba aparecida en el Nuevo Herald y en el Miami Herald, a unos metros de distancia. Diferencias que no sólo constituyen un acto de servicio (aunque con frecuencia también), sino una estrategia de marketing –cómo y qué desea saber nuestro presunto lector, ese consumidor de palabras que hace posible la rentabilidad de la empresa–.  El dato es el mismo, la verdad objetiva es una, pero la subjetiva, inoculada por el comentario, por ciertos adjetivos y el enfoque, suele ser bien diferente, cuando no opuesta. Cada órgano de prensa responde a una zona del poder, elegida o asignada, que modula su objetividad y define sus propósitos globales. De modo que hablar de «libertad de prensa» en sentido total, sería algo discutible. Tendríamos que acudir a publicaciones tan independientes, que apenas tienen peso en la opinión pública.

Por suerte, a diferencia de las autocracias que establecen el monopolio del poder y de su discurso, sin márgenes ni alternativas; en democracia las distintas facciones del poder real y de su representante, el poder político, dictan discursos diferenciales y con frecuencia contradictorios, de modo que al cabo la «libertad de prensa» se aproxima a la realidad, no por intención puntual, sino por una vasta sumatoria de verdades parciales y tendenciosas. Es la verdad estadística. En ella existen espacios, aunque sean pequeños o marginales,  incluso para un periodismo ético que bien podría ser el que Saramago demanda –de más está decir que no para sus amigos, sino para sus enemigos–, y más aún, el que merece la sufrida masa de lectores, harta de adivinar qué diablos pasa bajo la superficie engañosa de las palabras.

 

“Conciencia y poder”; en:Cubaencuentro, Madrid, 17 de abril, 2002. http://arch.cubaencuentro.com/cultura/2002/04/17/7395.html.





Machos

22 11 2001

Cada año las estadísticas nos arrojan pavorosas cifras de mujeres vejadas, maltratadas y, llegado el caso, asesinadas por sus maridos, compañeros, novios, pretendientes y propietarios. Las desfiguran con ácido en Bangla Desh. Les mutilan para siempre el placer en sociedades subsaharianas, para así garantizar la supremacía sexual del macho. Se les lapida por denuncias de adulterio en algunos países del Medio Oriente, al tiempo que la poligamia del varón queda debidamente legislada. Las encerraban los talibanes entre cuatro muros de hogar y cuatro muros de tela, y la evasión se pagaba con un disparo a la cabeza en el stadium, donde los machos asistían al espectáculo. Las mujeres son vendidas, compradas, traficadas, esclavizadas por deudas que siempre crecen exponencialmente. En España, no es raro que si una dama se resiste a aceptar mansamente (como antes), el machismo nuestro de cada día, se le aplique un correctivo radical, incluso in articulo mortis.

Y a precio de saldo: Si una mujer de 40 años, a quien las estadísticas otorgan otros cuarenta, es asesinada; la ley impondrá a su verdugo quince años, de los que cumplirá siete. En suma: cada año de vida de una mujer asesinada, vale apenas 64 días de libertad de su asesino.

En el mejor de los casos, el macho en funciones convierte a la mujer en parte del mobiliario doméstico: bonita, decorativa, insustancial. Sin la potencia del coche, ni el valor añadido de la casa como bien duradero.

Incluso en países donde la paridad entre los sexos es recogida en la legislación vigente, millones de mujeres padecen cada día una prisión domiciliaria que Amnistía Internacional no inspecciona. La única ONG que las atiende es Asesinos Sin Fronteras. Poderosa, a juzgar por la impunidad relativa de que disfrutan sus maltratadores.

Y hablamos de los casos conocidos; pero sólo el 10% se denuncian. Que las mujeres decidan denunciar a sus agresores, que accedan a casas de acogida, se reinserten socialmente y obtengan una independencia económica que es condición indispensable para las demás, son el tratamiento postraumático para una enfermedad social que ya alcanza niveles de epidemia. Milenios de machismo se rebelan contra la idea de que la igualdad no es un mero slogan.

Claro que según algunos jueces italianos (todos hombres), una mujer que vestía blue jeans iba provocando, por lo que tuvo que consentir la violencia del macho y es, por tanto, culpable de lesa complicidad. Al parecer, tendría que cambiar el jean por el burka para impermeabilizar su honra en la versión de esos jueces italianos.

Y aunque Occidente ha cerrado filas contra los talibanes, no por haber institucionalizado el maltrato a la mujer, sino por su apoyo al terrorismo; habrá en nuestras sociedades muchos hombres que, en su fuero interno, suspiren de envidia por ese lugar donde las mujeres han sido confinadas al sitio que les corresponde.

Enfermedades que parecían inmanentes, han sido erradicadas. Contra otras nos inmunizamos desde la infancia. ¿Existirá alguna vacuna social que prevenga esta violencia oscura? ¿Realiza la sociedad un verdadero esfuerzo para comprender sus causas y erradicar el humus de frustración y modelos machistas del triunfador —si la mujer es quien triunfa, matarla a golpes es siempre un remedio definitivo—, que en mortal combinación nos ofrece la realidad, sumados a la ración de violencia cotidiana que tragamos sin rechistar en la tele? ¿O deberemos asumir como fatalismo histórico que la violencia es condición sine qua nonpara el florecimiento de nuestro mundo?

Dudo que alguna vez erradiquemos esa violencia doméstica si, al mismo tiempo, no erradicamos la violencia global en esa casa grande que es el planeta.

No encuentro mayores diferencias entre ese macho hogareño que no acepta la menor violación de su territorio, so pena de una paliza, y el supermacho que desde su sillón presidencial asesta palizas de cañonazos a los débiles (léase hembras) que se pasan de la raya, o cárcel y escarnio a los disidentes que se atreven a levantar la voz al SuperMacho en Jefe. Por no hablar del machismo financiero, ése que viola sistemáticamente los derechos más elementales de las tres cuartas partes de la humanidad (¿será la parte hembra?) y los condena a morir de la peor paliza, que es el hambre. La única diferencia entre ese machito domiciliario y los machos del poder y las finanzas (así sean, anatómicamente, hembras(, la única diferencia entre esas violencias, es de orden cuantitativo: unos disponen de sus puños, un cuchillo o una pistola; otros, de cazabombarderos, lásers, bolsas de valores, cuerpos represivos y demás armamento pesado.

Una cualidad de todos esos machos domésticos es que piensan (si piensan) y hablan en nombre de sus hembras. Ellos deciden, y a la mujer corresponde el papel de quórum, aunque no es formalmente imprescindible. Si el macho decide, seguramente a la hembra le tocará hacer los ajustes necesarios para que se cumpla su dictamen.

En el orden internacional, un país macho puede darse el lujo de menospreciar sin temor una resolución de la ONU; contaminar sin reparo y que otros limpien el planeta; aplastar sin contemplaciones el secesionismo de alguna díscola provincia; o mantener con total impunidad la ocupación de una nación ajena, con el pretexto de que la está civilizando —el machito doméstico llama a eso “enseñarla a respetar y comportarse correctamente”—.

Los países hembras, por su parte, deberán clamar justicia en las instituciones internacionales; rendir pleitesía a los poderes fácticos y machos de este mundo; atender con cuidado las instrucciones de los varones financieros, y atenerse a las consecuencias en caso de que se atrevan a desordenar la casa planetaria y armar pendencia.

La política interna tampoco se salva: sobran casos de gobiernos consensuados, dialogantes, más dados a seducir y pactar que a dar órdenes, gobiernos hembras diríase. Tan pronto alcanzan la mayoría absoluta, se convierten en gobiernos machos y pueden al fin exclamar: Aquí mando yo, carajo. En el mejor de los casos: el macho democráticamente electo.

Claro que el macho autoelegido no está obligado a esas servidumbres femeninas. Su machoría es siempre absoluta.

En Cuba asistimos hoy a un evento semejante. El Macho en Jefe acaba de decidir que, aun en el estado lamentable de la economía insular, aun destrozada por un huracán que ha dejado sin recursos ni hogar a miles de familias, el país puede permitirse despreciar la oferta de ayuda de Estados Unidos, o la cooperación de las organizaciones internacionales que se tomarían el derecho, eso sí, de evaluar por su cuenta los daños, distribuir la ayuda y fiscalizar que llegue verdaderamente a los más necesitados. Y eso es algo que el Macho en Jefe no puede permitir: que alguien venga a repartir bienes en su casa, y hacerse acreedor del agradecimiento de Su Pueblo Hembra. De modo que al Pueblo Hembra corresponde respetar su decisión, mostrarse agradecido con lo que Él tenga a bien darle, y sufrir en silencio su infortunio, con la conciencia clara de que la dignidad de Su Señor está a salvo. En el imaginario machista (o machista-leninista según el caso), al señor le corresponde monopolizar el orgullo y el uso de la palabra. A la hembra se le otorgan dos derechos: la resignación y el silencio.

En toda la escala del machómetro, desde el amo de casa al presidente, cuando la pelea es entre iguales, la actitud cambia.

Si la novia que lo ha abandonado, y a la que iba dispuesto a demostrar el Teorema del Mariachi (“mía o de nadie”), aparece con un hermano de dos metros y ciento diez kilos, el machito doméstico trocará el cuchillo por la retórica, y hasta terminará concertando un “pacto de hombres” sobre la mesa de negociaciones de algún bar.

Si un machazo internacional se atreve a espiar a otro, y el otro le captura el avión, lo desguaza, lo registra, y se niega terminantemente a devolverlo, no pasa nada. Intercambio de insultos, matonismo retórico, pero ambos saben que el otro sabe que yo sé que tú sabes, ¿comprendes?

De donde se deduce que el macho territorial, intransigente, listo a desenfundar el puño o el misil si va en ello el honor (y se comprueban debidamente las carencias del enemigo), es también un animal gregario. Y eso es, posiblemente, lo más peligroso.

Machos”; en: Cubaencuentro, Madrid,  22 de noviembre, 2001. http://www.cubaencuentro.com/internacional/2001/11/22/4981.html.

 





Metástasis del poder

30 01 1997

La ciencia española está de fiesta.

Como demuestra el artículo publicado recientemente en la revista Nature, los equipos dirigidos por los españoles Piero Crespo Baraja y Xosé Bustelo, en el Instituto Nacional de Salud de Estados Unidos y en la Universidad de Stony Brook respectivamente, han descubierto el mecanismo molecular que emplea el oncogen vav para transmitir instrucciones cancerígenas a las células sanas. De modo que si se lograra bloquear esa información, las células sanas seguirían a su aire, sin hacer el menor caso al perverso vav.

La noticia nos alegra a todos, especialmente a los que hacemos una vida insana y nicotínica. Desde hoy encenderemos el próximo ducado con un pelín más de esperanza de llegar a viejos.

Lo que parece más difícil de descubrir, y aunque se descubra sería aún más difícil de erradicar, es el mecanismo mediante el cual el oncogen del poder transmite información cancerígena a un político sano y altruista ─que creía en su misión de cambiar (para mejor) el mundo─, alentándolo a un crecimiento desmedido de su ambición, a una necesidad multiplicada de poder que (quizás se diga a si mismo) mañana le permitirá transformar (para mejor y más rápido, dado que posee más medios con qué hacerlo) el mundo; sin importar las componendas, trapacerías y corruptelas que sean necesarias; porque el oncogen del poder tiene la rara propiedad de deprimir prejuicios morales y barreras éticas. Hasta que la naturaleza social obra lo suyo (aunque no siempre), y el político, al fin, hace metástasis.

“Metástasis del poder”; en: Diario de Jaén, Jaén, España, 30 de enero, 1997, p. 25.