Pócker al descubierto

30 11 2010

De joven, Platón defendió la mentira de Estado como instrumento para gobernar a los ciudadanos-niños, que deberían ser mantenidos en la ignorancia, aunque años más tarde, en Las Leyes, rectificó su aserto inicial y adujo que justificar la mentira era una perversión del poder. San Agustín distinguía ocho tipos de mentiras, algunas de las cuales eran perfectamente aceptables, y Tomás de Aquino, tres: la útil, la humorística y la maliciosa. Sólo la última era pecado mortal. Maquiavelo aseguraba que “un príncipe prudente no puede ni debe mantener fidelidad en las promesas, cuando tal fidelidad redunda en perjuicio propio”. Y Federico II de Prusia propuso en 1778 un concurso filosófico bajo el epígrafe “¿Es conveniente engañar al pueblo, sea induciéndole a nuevos errores, o manteniéndole en los que ya se encuentra?”.

Toda forma de poder ha apelado a la mentira como instrumento de dominación y, en particular, la diplomacia ha sido siempre el arte del bien mentir.

Hace varias semanas, en una operación global, WikyLeaks filtró a cinco medios de prensa de alcance mundial 251.287 cables emitidos por las embajadas norteamericanas en todo el mundo, el mayor conjunto de documentos confidenciales dados a conocer jamás. Estos documentos ocupan desde ayer las portadas de El País, en España, The New York Times, en EE. UU., The Guardian, en Reinio Unido, Le Monde, en Francia, y Der Spiegel, en Alemania. Y continuarán apareciendo durante los próximos días.

Si las filtraciones anteriores de WikyLeaks se referían a las guerras de Afganistán e Irak –la página se ofrece para recibir filtraciones que desvelen comportamientos no éticos por parte de gobiernos y empresas de todo el mundo, y concretamente de los países con regímenes totalitarios–, en esta ocasión no queda títere con cabeza, razón por la que todos los gobiernos coinciden en lamentar que, por una vez, la verdad ocupe el sitio del eufemismo.

Espionaje al secretario general de la ONU; presiones sobre jueces y fiscales españoles para que obstaculicen causas abiertas que afectan a intereses norteamericanos; las componendas chinas en el caso de Corea; solicitud de información biográfica, biométrica y financiera sobre líderes palestinos; datos físicos de los aspirantes a la presidencia de Paraguay en 2008; detalles sobre instalaciones militares y compraventa de armas en la región de los Grandes Lagos; oferta de 85.000 dólares por cada recluso de Guantánamo acogido en España. Darfur, Sudán, Afganistán, Pakistán, Somalia, Myanmar, Irán, Corea del Norte, Irak, el proceso de paz en Oriente Próximo, los derechos humanos, los crímenes de guerra, la ayuda humanitaria, el terrorismo.

Ningún tema y ninguna figura se salva en las filtraciones. La verdadera opinión de los diplomáticos sobre Putin, el macho alfa de la política rusa, y Demetri Medvedev, su escudero, y la estrecha relación entre Putin y Berlusconi, que incluye “el intercambio de espléndidos regalos y la firma de lucrativos contratos energéticos”, según afirma el NY Times, de modo que Berlusconi «parece cada vez más el portavoz de Putin» en Europa. Sobre la poco creativa Angela Merkel con su carácter de «teflón». Sankozy, un aliado en quien no se puede confiar. Muamar al Gadafi, un hipocondríaco inflamado de botox. Zapatero, político cortoplacista adscrito a una izquierda “trasnochada y romántica”. Hamid Karzai, un «completo paranoico», y su entorno corrupto. O Mahmud Ahmadineyad, el Adolf Hitler persa.

En agosto pasado, una vez revelados los 90.000 informes militares estadounidenses clasificados sobre Afganistán, el ex presidente cubano Fidel Castro, en entrevista a TeleSur, afirmó que habría que «hacer una estatua» a WikiLeaks. Por una vez, coincidimos. Claro que en caso de que la página de Julian Assange revelara los documentos secretos del gobierno cubano, yo conservaría el monumento y Castro se apresuraría a derribarlo.

John Arbuthnot, médico de la Reina Ana y autor satírico escocés, en El arte de la mentira política (Ediciones Sequitur, Madrid, 2006), firmado originalmente por  su amigo Jonathan Swift aunque  no fuera de su autoría, afirma que “En cuanto a las mentiras que anuncian prodigios, se limita el Autor a sugerir a quienes quieran inventarlas que sus Cometas, Ballenas o Dragones mantengan siempre un tamaño razonable; y que respecto a los temporales, tormentas, tempestades y terremotos deberá siempre decirse que ocurrieron a alguna comarca alejada del lugar en que se está al menos la distancia que un hombre puede recorrer a caballo en un día”. Y Castro lleva cincuenta años afirmando que las tormentas, tempestades y terremotos siempre ocurren en tierras tan lejanas como las que WikyLeaks explora.

¿Por qué hacerle una estatua a WikyLeks? Obviamente, las opiniones de un diplomático sobre Putin o Berlusconi son mera anécdota, aunque reconfiguren las reglas de la diplomacia al uso. El asunto va más allá.

Para bien o para mal, los seres humanos no estamos dotados para la telepatía, en cuyo caso la sociedad tendría que haberse construido sobre la verdad y no sobre las distintas formas de simulación que hoy la sustentan. Si en las relaciones interpersonales la mentira puede ser piadosa, en las relaciones de poder es siempre perversa. El profesor norteamericano Michael P. Lynch (“Democracy as a Space of Reasons”, en: J. Elkins y A. Norris, editores; Truth in Politics, University of Pennsylvania Press) afirma que “creemos que el mentiroso está contando sinceramente su verdad y, al creerle, cedemos parte de nuestra libertad en función de la mentira. Pasamos a estar sometidos a la voluntad del otro”. Y eso, en el ejercicio de la cosa pública es más grave. El ciudadano sometido a la mentira quedará menguado en su capacidad de decisión. “Sin esa sinceridad pública, el ciudadano de a pie”, escribe Lynch, “no puede, por ejemplo, tomar una decisión acertada sobre el candidato que mejor representa sus intereses. Y en la medida en que no pueden tomarse esas decisiones, el proceso democrático resultará ilusorio y el poder del pueblo quedará reducido a un mero eslogan”. Eso es “la democracia herida”.

Internet ha abierto la puerta a una democracia más plena. No sólo es más difícil ocultar una verdad comprometedora, sino que cada ciudadano puede expresar, con mayor o menor solvencia, su propia verdad. El comercio de ideas ha abandonado las capillas y círculos cerrados, los medios tradicionales más o menos independientes, más o menos manipulados por grupos de influencia. No es de extrañar, entonces, que los totalitarismos se hayan apresurado a limitar, mutilar o simplemente suprimir el acceso a Internet, y que las democracias gasten sumas ingentes en hurtar de la mirada pública aquellas informaciones que otorgarían al ciudadano un poder de decisión más condicionado por la verdad que por la publicidad política.

WikyLeks está abriendo esa nueva ventana, todavía secreta, en el campo abierto de Internet. Por esa razón, en una entrevista concedida por Julian Assange a El País el 24 de octubre pasado, éste, al preguntarle “¿Cree que la revolución digital e iniciativas como Wikileaks traerán periodismo independiente?”, responde: “Podemos ir en las dos direcciones. Puede que lleguemos a un sistema en que haya una mayor fiscalización y acuerdos internacionales para suprimir la libertad de prensa o puede que vayamos a un nuevo estándar en que la gente espere y demande material que exponga más a los poderes; y un entorno comercial en que este tipo de exposición sea rentable; y un entorno legal en que esto esté protegido”.

Y esa es la razón principal del monumento. WikyLeks coloca a la sociedad ante un jardín de senderos que se bifurcan, como diría Borges: o cambian las reglas del juego y se confirma la verdad como uno de los derechos fundamentales de los seres humanos, equiparable a la libertad, con lo cual los poderes políticos, económicos y mediáticos tendrán que jugar pócker al descubierto y se equipararían los derechos del elector y el elegido, del empresario y el cliente, del consumidor de información y de quien la emite, o la libertad de expresión y prensa, puestas al servicio del poder, se verán seriamente dañadas.

Como explica el intelectual italiano Paolo Flores D’Arcais (El soberano y el disidente, Montesinos Editor, Madrid, 2006), “la aniquilación de la verdad y la aniquilación de la democracia caminan al mismo ritmo, constituyen dos indicadores recíprocos y convergentes: las libertades públicas y las mentiras políticas circulan de forma inversamente proporcional”. La nueva democracia está obligada a minimizar o a suprimir la mentira política.

La Revolución Industrial cambió para siempre los modos de producción. La Revolución Científico-Técnica ha abierto a la humanidad horizontes impensados hasta entonces, incluso la conciencia de su propio destino como especie y su responsabilidad con el planeta que habitamos. La Revolución de la Información ha conseguido el diálogo planetario y ha suprimido las distancias. La Revolución de la Verdad será una revolución moral, el acceso a la utopía que los hombres vienen soñando con escaso éxito desde el inicio de los tiempos.

“Pocker al descubierto”, en: “ Habaneceres”, Madrid, 30/11/2010

 





La conciencia y el poder

17 04 2002

En «La Noche», su  obra teatral, José Saramago narra los sucesos del 24-25 de abril de 1974, en un periódico de Portugal, y a propósito toca la tarea del periodismo de investigación, que es desentrañar los resortes reales del poder. Y apenas ayer, en la presentación del nuevo libro de Sanpedro sobre la globalización, denunció el poder del dinero como único poder real, descalificando de plano a la democracia con la pregunta: ¿Cuándo la Coca Cola se ha presentado a las elecciones? Una pregunta ingeniosa, sin dudas. Le agradecería al premio Nobel que también se hiciera otra, menos elegante, pero muy objetiva: ¿Cuándo el Señor Fidel castro se ha presentado a las elecciones? Claro que también Saramago es víctima de “La Noche”, y aplica selectivamente el bisturí de la conciencia, según sea la fuente de poder a la que se refiera.

Muy cerca de Portugal, donde se estrenara la obra de Saramago, se ha debatido la Ley de Objeción de Conciencia de los periodistas. De acuerdo con ella,  el redactor puede rescindir su contrato cuando un cambio en la orientación ideológica o informativa del órgano de prensa atente contra sus principios, o ante una modificación de las condiciones de trabajo que le signifique un perjuicio grave. La ley le concede incluso el derecho a negarse a participar en informaciones contrarias a los principios éticos del periodismo –cuáles son esos principios es algo más que nebuloso; y para percatarse bastará leer la prensa de una semana, que va desde el cotilleo venéreo al amarillismo y la información de trasmano y sin pruebas sólidas, que en otras latitudes costaría al periodista y al periódico un juicio por difamación–. Por último, protege el derecho del periodista a la forma y contenido de sus textos, que en caso de enmienda sólo podrán ser publicados con su firma si otorga su consentimiento.

No es difícil establecer el puente que conecta el debate de esa ley con la obra teatral de Saramago. La conciencia y el poder han mantenido desde siempre una relación dialéctica, con harta frecuencia nada cordial. Si lo analizamos a grosso modo, basta observar que el propósito del poder es siempre imponer a la mayoría un diseño político, lo que puede demandar desde la demagogia y el engaño hasta la fuerza bruta. Siempre que se cumpla el propósito, los fines serán sobreseídos por la historia (al menos por la historia inmediata, y tengamos en cuenta que el poder y la política son las artes de lo inmediato). Para ello el poder contrata sus amanuenses. Por su parte, la conciencia debe ser reflexión del hombre ante su tiempo, búsqueda de valores inmanentes y hallazgo de parámetros éticos más o menos perdurables. Podría decirse incluso, llegados al extremo, que el ejercicio consecuente de la conciencia, o una política de principios, está contraindicada al político, cuya supervivencia sólo está garantizada por un pragmatismo sin remilgos. Los hay que han perdurado más allá de lo imaginable gracias a su frenético travestismo.

De modo que ni en sus fines ni en sus medios, la conciencia y el poder coinciden, aunque puedan tocarse eventualmente cuando los valores de la conciencia resulten instrumentos útiles a los propósitos del poder. Como son instrumentos del poder (o de las distintas facciones del poder) los medios de comunicación. En países autoritarios, de un modo burdo y directo, y por ello con escasa efectividad ─el hombre sospecha siempre de las verdades unívocas y busca con entusiasmo las verdades clandestinas─. En países democráticos, con un grado variable de «libertad de prensa», mediante procedimientos más sutiles. Basta observar en la prensa actual la redacción diferencial de una misma información cuando la editan ABC, El País y El Mundo, por referirnos a España, e incluso las diferencias entre una misma noticia sobre Cuba aparecida en el Nuevo Herald y en el Miami Herald, a unos metros de distancia. Diferencias que no sólo constituyen un acto de servicio (aunque con frecuencia también), sino una estrategia de marketing –cómo y qué desea saber nuestro presunto lector, ese consumidor de palabras que hace posible la rentabilidad de la empresa–.  El dato es el mismo, la verdad objetiva es una, pero la subjetiva, inoculada por el comentario, por ciertos adjetivos y el enfoque, suele ser bien diferente, cuando no opuesta. Cada órgano de prensa responde a una zona del poder, elegida o asignada, que modula su objetividad y define sus propósitos globales. De modo que hablar de «libertad de prensa» en sentido total, sería algo discutible. Tendríamos que acudir a publicaciones tan independientes, que apenas tienen peso en la opinión pública.

Por suerte, a diferencia de las autocracias que establecen el monopolio del poder y de su discurso, sin márgenes ni alternativas; en democracia las distintas facciones del poder real y de su representante, el poder político, dictan discursos diferenciales y con frecuencia contradictorios, de modo que al cabo la «libertad de prensa» se aproxima a la realidad, no por intención puntual, sino por una vasta sumatoria de verdades parciales y tendenciosas. Es la verdad estadística. En ella existen espacios, aunque sean pequeños o marginales,  incluso para un periodismo ético que bien podría ser el que Saramago demanda –de más está decir que no para sus amigos, sino para sus enemigos–, y más aún, el que merece la sufrida masa de lectores, harta de adivinar qué diablos pasa bajo la superficie engañosa de las palabras.

 

“Conciencia y poder”; en:Cubaencuentro, Madrid, 17 de abril, 2002. http://arch.cubaencuentro.com/cultura/2002/04/17/7395.html.