Círculos viciosos

26 07 2002

Olvidando su pasado golpista, cuando intentó convertir al ejército en instrumento político, y quizás en previsión de otro golpe de Estado, esta vez en serio, el presidente Hugo Chávez apuesta por la despolitización del ejército, que debe asumir una neutralidad suiza, aunque se le concede la opción del aplauso (chavista, of course).

La represión cotidiana, el control de los desafectos y el dominio de la calle apelando a la intimidación o al número, queda en manos de los “círculos bolivarianos”, entidad en que el presidente Hugo Chávez, con un notable poder de síntesis, ha resumido lo peor de los CDR y lo peor de las Brigadas de Acción Rápida.

Estos círculos ni construyen nada (que sería lo bueno del Contingente Blas Roca, tropa de choque), ni convocan vecinos para chapear jardines, vacunar niños o reciclar materias primas. En síntesis: espionaje, chivatazo y palo o cabilla envueltos en papel de periódico. O armas de más grueso calibre. Basta recordar los 17 muertos del 11 de abril, cuya lista oficial ni siquiera se ha publicado, aunque una comisión parlamentaria investiga los sucesos.

El mejor modo de conocer sus funciones, es leer el “Programa ideológico de los Círculos Bolivarianos”, dirigido a ellos por el Movimiento Quinta República, y que se ha divulgado en la red.

Debiendo “estar preparados para una fase de violencia”, el documento advierte que “Al enemigo hay que conocerlo. (…)¿Dónde viven, con quién, como se llaman? ¿Dónde viven sus familiares y cómo se llaman? ¿Dónde estudian sus hijos, cómo se llaman? ¿Cuáles son sus teléfonos y placas de carro? ¿Cuáles son sus vicios, amantes, sitios que frecuentan?”. Información necesaria, dado que, como se explica más adelante, en el “Memorando de la Dirección Táctica del Movimiento Quinta República para la Comisión de Estrategia Ideológica de los Círculos Bolivarianos”, estos enemigos deberán ser objeto de la violencia revolucionaria, dado que “La violencia permite la búsqueda y la consecución del progreso y el triunfo de nuestros ideales”. Y en este caso no se trata de responder a la “violencia contrarrevolucionaria”, como dirían los clásicos. A los círculos chavistas se les alerta para que no permitan la disención, “porque la causa revolucionaria hay que abrazarla de manera integral”. Ni se admiten “separaciones ni oposiciones al pensamiento chavista”. La razón es que “La unidad de nuestro movimiento es esencial y por ello no podemos permitir disentimientos”. Cualquier parecido con la otra realidad, no es pura coincidencia.

Y para que no queden dudas sobre quién tiene la sartén por el mango, se aclara: “Ya nuestro presidente Chávez lo dijo: «…y nosotros tenemos las armas». Usarlas es corolario que se cae por su propio peso.

¿Qué hacer con los opositores? Muy fácil: “combatirlos con las armas y el terror, porque la lucha cobra sentido cuando se está ante algo o alguien que debe ser abatido”.

Y aunque Hugo Chávez es un presidente democráticamente electo, una suerte de epitafio declara que “Los partidos tradicionales y la democracia están pulverizados”. De modo que “no se permite defender ninguna ideología que pueda dar cohesión y fortaleza a la ya desaparecida democracia”.

¿Qué viene tras la extinción de la democracia oligárquica? Algo que el documento llama “la revolución del Soberano”. ¿Coronarán a Chávez?

Y para propiciar el advenimiento de la Nueva Era, se orienta fomentar el “descrédito de los medios de comunicación para captarlos a favor de la revolución, esto a través de la Ley de Contenidos, próxima a ser discutida y aprobada por nuestra Asamblea Nacional”; “ataques continuos a instituciones tales como la Iglesia católica, cuyos jerarcas, como bien lo ha dicho nuestro presidente Chávez, «es un tumor que hay que extirpar». El resto de las instituciones, ya es sabido por todos, están a favor de la revolución”.

A pesar de que estén “a favor”, se ordena “lograr la unidad con cualquier organización que nos apoye, infiltrar sus bases, pero sin aceptar contradicciones de ninguna naturaleza”. Es decir, no basta que estén a favor, tienen que estar A FAVOR.

Y no dejar ni rastro de aquella democracia con separación de poderes, requiere “instaurar formas políticas de control popular en la administración pública de justicia (tribunales que atiendan al proceso revolucionario y fallen a su favor)”.

Es suma, más que un círculo bolivariano, se trata de una brigada de demoliciones. Cosa que no sería preocupante si se tratara de cuatro gatos, pero el pasado 26 de junio, Le Monde publicó que los círculos cuentan ya con 123.000 militantes, entre ellos 800 motociclistas que pueden movilizarse en tiempo récord. Explica el diario francés que para constituir un comité basta reunir entre ocho y once personas, que debidamente identificados se inscribirán en la Casa Militar, como corresponde a su cáracter. Del resto se encargan los asesores chavistas, quienes los entrenarán en el armamento que ya están descargando camiones militares en los barrios periféricos.

De modo que si hoy se encargan de atacar manifestaciones, hostigar a los diputados de la oposición, intimidar a los periodistas, y zanjar a golpes cualquier síntoma de oposición; mañana podrán matarlos. Y no es exageración ni acusación maligna. En uno de sus párrafos más inspirados, el documento explica textualmente:

“Nuestro ideal revolucionario concibe al hombre como un ser dispuesto a sacrificar su vida en aras de sus ideales, y esto debe significar que, si se está dispuesto a sacrificar la vida, la del contrario también puede ser tomada en razón de ese mismo objetivo, que es la revolución”.

Sobran los comentarios.

“Círculos viciosos”; en:Cubaencuentro, Madrid, 26 de julio, 2002. http://arch.cubaencuentro.com/internacional/2002/07/26/9136.html.

 





Ginebra una vez más

4 04 2002

Comienza para las autoridades cubanas, una vez más, la batallita de Ginebra, bailando en la cuerda floja para conseguir que no se les aplique una sanción por violar los más elementales derechos humanos.

El gobierno de La Habana fue condenado por la Comisión de DDHH, ininterrumpidamente, desde 1990 a 1997. Se le impuso un relator que la Isla no aceptó, amparándose en su autodeterminación y creando más dudas, si cabe, sobre sus votos de respeto a los derechos humanos. En 1998, la moción de condena no fue aprobada, hecho que la prensa cubana celebró como un gran triunfo. Efímero, a juzgar por las sucesivas condenas sufridas entre 1999 y 2001, al aprobarse por mayoría —22 votos contra 20 y 10 abstenciones en 2001— las resoluciones presentadas por la República Checa. Lo que no significa que La Habana haya hecho el más mínimo caso a la exhortación a “asegurar el respeto de los derechos humanos y las libertades fundamentales en Cuba».

¿Tiene algún sentido condenar al gobierno de la Isla, cuando ello no entraña más que una condena moral, sin ninguna consecuencia política o económica?

¿Tiene sentido que Estados Unidos y el exilio cubano derrochen cada año miles de horas-cabildeo para conseguir una nueva condena?

Y por último: ¿Tiene sentido que las autoridades de la empobrecida Isla se gasten cada año, en viajes y reuniones de funcionarios, en tráfico de influencias y ayudas por votos a países africanos, sumas que paliarían el hambre y la falta de medicamentos de los cubanos, todo para evitar una condena en Ginebra?

El reciente discurso del canciller Felipe Pérez Roque, en el 58º período de sesiones de la Comisión de Derechos Humanos de ONU en Ginebra, el pasado 26 de marzo, puede esclarecer algunas de esas dudas. Pérez Roque insiste en varios aspectos:

1-Urge democratizar y hacer transparentes los métodos de la Comisión, y subraya su falta de credibilidad y su extrema politización.

2-Define a la Comisión como rehén de los países ricos, y ejemplifica su doble rasero con la crítica al estado de los DDHH en 18 países del Tercer Mundo (en el caso de Cuba por brutales presiones) y ninguno del primero. “¿Es porque no existen tales violaciones, o porque resulta imposible en esta Comisión criticar a un país rico?”. Y explica el peso de los países desarrollados dado que éstos “Son los que pueden acreditar aquí delegaciones numerosas, son los que presentan la mayoría de las resoluciones y decisiones que se adoptan, son los que tienen todos los recursos para realizar su trabajo”.

3-Interpreta el planeta como una tiranía de Estados Unidos, y aunque antes acusaba en bloque a todos los países ricos, más tarde los invita a una coalición anti norteamericana y alerta sobre “un peligro común a todos: el intento de imponer una dictadura mundial al servicio de la poderosa superpotencia y sus transnacionales, que ha declarado sin ambages que se está con ella o contra ella”. Admite, en cambio, que Estados Unidos fue excluido del foro, sin que hayan dado resultado sus esfuerzos por regresar.

4- Reclama varios derechos: al desarrollo y a recibir financiamiento para lograrlo. Derecho a recibir compensación por los siglos de esclavitud y colonialismo. Derecho a que se condone la deuda externa. Derecho a salir de la pobreza, a la alimentación, a garantizar la atención de la salud, derecho a la vida, a la educación, a disfrutar del conocimiento científico y de nuestras culturas autóctonas. Derecho a la soberanía, a vivir en un mundo democrático, justo y equitativo.

5-Y exige a Estados Unidos no “seguir desatando guerras que no solo no resuelven los conflictos, sino crean otros nuevos y aún más peligrosos”, que renuncie al empleo del arma nuclear, que no rompa el tratado ABM, que acepte el principio de verificación de la convención sobre armas biológicas, firme el Protocolo de Kyoto, otorgue el 0,7% de su PIB al desarrollo de las naciones más desfavorecidas, ponga fin a sus prácticas proteccionistas unilaterales e imponer arbitrarios aranceles, y una decena de exigencias más, como ocuparse del caso Enron y no de la corrupción ajena, etc., etc.

Ciertamente, hay varios puntos en los que al canciller cubano le asiste la razón: la Comisión está politizada y sus decisiones no se atienen, exclusivamente, a la justicia o injusticia de la moción, sino a un balance de influencias. Y Cuba, al ejercer un intenso cabildeo, no está excluida.

Existen, sin dudas, violaciones de los DDHH en los países ricos, pero al ser, sin excepción, países democráticos, la impunidad ante tales hechos es infinitamente menor que en naciones donde rigen sistemas totalitarios.

El predominio de Estados Unidos es indiscutible. No obstante, Cuba jamás se pronunció contra los desafueros del Imperialismo Soviético, ni contra la usurpación del Tibet por los chinos, de modo que sus acusaciones resultan demasiado interesadas para ser confiables.

Igualmente, podemos coincidir en la mayoría sus exigencias a Estados Unidos —en especial cuando se refiere al Protocolo de Kyoto, o los acuerdos y convenciones de desarme—, sólo que debería hacerlas extensivas a China o Rusia. Cosa difícil cuando la Isla ni siquiera acepta la convención internacional referida al uso de minas antipersonal, de las que en Angola dejó un extenso sembrado; ni ha sido un ejemplo de pacifismo, al promover guerras en tres continentes y enviar en 30 años más tropas cubanas al exterior que en los 500 años anteriores de historia insular.

Cuba se abroga el derecho de detentar el monopolio comercial e imponer a sus ciudadanos una plusvalía superior al 200% en los productos que les vende en una moneda que ni siquiera es la del país, de modo que sus quejas sobre los aranceles norteamericanos —que otros países podrían reivindicar en justicia— son de un cinismo difícilmente explicable.

En principio, el reconocimiento del derecho de todos los ciudadanos del planeta a la educación, la asistencia sanitaria y una vida digna, son loables. Pero, ¿cómo conseguirlo? Es algo de lo que Cuba se desentiende, o al menos descarga en otros esa responsabilidad. ¿Pueden unos gobernantes que han empobrecido a su propio país, dictar pautas en ese sentido? Es algo dudoso. Y si no fuera trágica, sería risible la pretensión de que Cuba es ejemplo de “un mundo democrático, justo y equitativo”. No obstante, coincidimos en exigir a las naciones desarrolladas una mayor sensibilidad en las soluciones globales, una mayor implicación en equilibrar la balanza de la riqueza en el planeta. Y que a los países del Tercer Mundo les corresponde poner voluntad de desarrollo, combatir la corrupción, las guerras fratricidas y fomentar una transparencia que invite a la ayuda, y no la desestimule.

Ahora bien, más allá de coincidencias o descoincidencias, ¿qué relación existe entre Enron, Kyoto, el tratado ABM o el 0,7%, y el hecho de que en Cuba no existe un sistema democrático, se persigue cualquier opinión alternativa y todas las libertades ciudadanas están sujetas a los omnímodos dictados de un solo ciudadano? Ninguna. Se trata, simplemente, de esquivar la mirada crítica de la comunidad internacional dirigiéndola hacia otra parte. Y el subterfugio es el de costumbre: “los asuntos internos del país” y la “autodeterminación”, que han servido de coartada y cortina a las dictaduras de cualquier signo.

Cuando Pérez Roque se pregunta: “¿Por qué no luchar por la democracia no sólo dentro de los países, sino en las relaciones entre los países?”. Yo respondería: “¿Por qué no luchar por la democracia dentro de los países, y también en las relaciones entre los países?”. Y asegura que “Nos opondremos con todas nuestras fuerzas al intento de singularizar a Cuba”. Pero reivindica la singularidad de Cuba: una presunta “democracia participativa” que incluye al dictador más veterano del planeta, un anti capitalismo presuntamente feroz que nadie comparte, y un desprecio total por la voluntad de su pueblo, afín a los peores gobernantes del planeta.

¿Vale la pena entonces que Cuba se sumerja en una batalla anual por evitar la condena? Según el propio canciller cubano, no. Para él “No existe el país con la autoridad moral para proponer una condena contra Cuba”. Añadiendo que quienes le condenan no lo hacen “por supuestas convicciones democráticas o compromiso con la defensa de los derechos humanos”, sino “por falta de valor para enfrentar las presiones de Estados Unidos, y esa traición no podría merecer otra cosa que nuestro desprecio”. La explicación de tanta seguridad es que Cuba constituye la luz y guía “para miles de millones de hombres y mujeres de América Latina, África, Asia y Oceanía”. Siendo así, una condena sería casi un mérito. Y poniendo a Fidel Castro —hijo de Jehová Marx— en el lugar de Cristo, llega a exclamar: “Confiamos en que no aparezca ahora un Judas en Latinoamérica”.

Pero el juego es más complejo. En caso de no ser sancionado, el gobierno cubano blasonará ante la comunidad internacional, y ofrecerá argumentos a sus (aún) seguidores en el mundo. En caso de perder, alimentará la teoría del victimismo que con tanta habilidad ha empleado durante casi medio siglo.

¿Vale la pena hacer esfuerzos porque se apruebe la moción de condena? Decididamente, sí. En primer lugar, porque es una condena moral, no una sanción económica cuyas consecuencias recaerían en el pueblo cubano y no en sus gobernantes. Y existe otra razón: Por vocación doctrinaria, romanticismo trasnochado, intereses viles, antiyanquismo acérrimo o pura ingenuidad, todavía existen millones de personas en el planeta, gobiernos incluso, que perdonan al señor Fidel Castro lo que han censurado a otros dictadores. De ese modo, el largo drama del pueblo cubano despierta menos simpatías y comprensión que el de otros. Así, la reiteración de la condena es, cuando menos, un dato que incitará a pensar a gobiernos y personas que aún miran hacia Cuba a través de un prisma erróneo si la realidad imaginada coincide con la realidad que padecen diariamente once millones de cubanos.

No se condena a Cuba en las Naciones Unidas. Se condena al gobierno cubano. Y condenar al gobierno es un modo de salvar a Cuba.

“Ginebra una vez más”; en: Cubaencuentro, Madrid, 4 de abril, 2002. http://arch.cubaencuentro.com/internacional/2002/04/04/7155.html.





La Revolución intranquila

12 06 2001

Tras una participación masiva que obligó a mantener abiertos algunos colegios electorales hasta medianoche, Mohamed Jatamí ha sido reelegido presidente de Irán con el 80% de los votos, superando el 68% que consiguió en 1997. A una considerable distancia, le siguen el ex ministro de Trabajo Ahmad Tavakoli, representante de la “línea dura” del islamismo conservador, con un 15%.

El modelo iraní de república islámica, instaurada en 1979 por el ayatolá Jomeini tras el derrocamiento del Sha Mohamed Reza Pahlavi, se basa en el Velayat-e Faquih, según el cual la máxima autoridad religiosa, el Guía de la Revolución, vocero de Alá, tiene un poder supremo, por encima del presidente electo, la voluntad popular materializada en el voto, el parlamento o las leyes. El actual ayatolá, Alí Jamenei, sucesor de Jomeini, dispone de un Consejo de Vigilancia y de un Consejo de Expertos —aproximadamente equivalentes al Tribunal Constitucional y el Consejo de Estado en Occidente—, de los cuales dependen el sistema judicial, las fuerzas armadas, los Guardianes de la Revolución, las milicias de los Basijis y la radiotelevisión iraní, controlando así los sectores claves del poder. El Consejo de Vigilancia determina también qué leyes, personas, normas o instituciones son compatibles con los principios teocráticos, desde la administración municipal y la justicia, hasta el funcionamiento de las universidades. En las presentes elecciones, por ejemplo, el Consejo ha rechazado más de 800 candidaturas, bien sea por su carácter disidente, o porque fueran presentadas por mujeres.

En su campaña a la presidencia de 1997, Mohamed Jatamí proponía, sin desmontar la República Islámica, la implantación de una democracia religiosa que garantizara una amplia libertad cultural y política, promoviera reformas económicas y abriera el país al mundo. El 70% de los votos (superior en el caso de las mujeres y los jóvenes), confirmó en aquella ocasión los deseos del pueblo iraní. Su reelección lo corrobora, aunque hoy el propio Jatamí considera que ha fracasado en su propósito. ¿Por qué? Durante cuatro años, el Consejo de Vigilancia se ha dedicado a reprimir a los nuevos partidos “jatamistas”, bloquear las decisiones del parlamento, controlado por los partidarios de Jatamí, y cerrar las puertas que intentaba abrir el presidente electo.

En abril de 2000, el parlamento, aún de mayoría conservadora, endureció la ley de prensa. El nuevo parlamento jatamista modificó la ley, pero fue vetado por el Consejo. La razón es que la prensa liberal aparecida en los últimos años ha canalizado muchas de las preocupaciones sociales, sobre todo de las mujeres, consideradas “menores de edad” de por vida, razón por la que se limita su función en la sociedad. Y las inquietudes de los menores de 25 años, que constituyen las dos terceras partes de la población iraní y son los más reacios a aceptar las limitaciones y la estratificación del poder legada por sus mayores, como también los más afectados por el paro. El ayatolá Jamenei ha tildado a la nueva prensa de ser «una base al servicio de los enemigos de Irán». Decenas de publicaciones han sido clausuradas, así como unos 400 cibercafés, que tras diez años de censura a la que llamaban “red satánica”, se expandieron vertiginosamente, demostrando la necesidad de apertura.

Para detener ese movimiento, la teocracia no ha dudado en encarcelar a centenares de periodistas, escritores y políticos partidarios del presidente Jatamí, cuyos principales asesores se encuentran en prisión o procesados; en asesinar a figuras descollantes de la cultura, entre ellos Said Hajarian, cerebro de las campañas electorales del presidente, quien fuera tiroteado frente al Ayuntamiento de Teherán a plena luz del día.

Por eso, la advertencia de Jatamí en su campaña electoral, que en Occidente suena a verdad de Perogrullo, en Irán es subversión: «Nadie debería estar por encima de la ley. En un gobierno democrático se debe reconocer a los opositores. El sistema no encarcela a los opositores bajo el pretexto de que intentan derrocarlo».

Las mujeres y los jóvenes tendrán seguramente un gran protagonismo en el futuro de Irán. Ellas, a pesar de ocupar hoy sólo el 15% de los puestos de trabajo, son el 60% de los estudiantes universitarios. Los jóvenes, que aportan el incremento anual del 4% en la población laboral activa, chocan contra una inflación de un 20% y un magro crecimiento del 2% de la economía, atada por un aparato estatal enorme y burocratizado, bajo el control de las fuerzas conservadoras, lo que ha permitido el surgimiento de una oligarquía teológica reacia a la apertura propuesta por Jatamí, quien aspira a eliminar frenos al desarrollo, poner orden al sistema de impuestos, alentar la iniciativa, privatizar empresas estatales ineficientes, atraer capitales, diversificar las exportaciones, desbloqueando el cambio de moneda hacia una cotización más realista que haga atractivos los productos locales al cliente internacional. Por eso no es casual que, según la agencia oficial de noticias iraní, IRNA, si la participación en las elecciones fue de un 83%, entre los jóvenes se eleva casi al 90, a pesar de que no pocos manifiestan su falta de confianza en la llamada “revolución tranquila” de Jatamí.

Ya hoy se le critica su debilidad ante los poderes fácticos, no aprovechar el apoyo popular para forzar a cambios más profundos y concesiones a la emergente sociedad civil, ampliación de la libertad política, sindical, de prensa y opinión, así como favorecer las asociaciones de diverso orden que han florecido últimamente. Otros van más allá, y le acusan de no romper definitivamente con el régimen de la aristocracia teológica que ha instaurado el placebo democrático: permitir la elección de un presidente, expresión de la voluntad popular, y vaciar de contenido el cargo, vetando así las aspiraciones de los iraníes; de modo que Jatamí sea apenas el envoltorio democrático de la autocracia, contribuyendo a prorrogar su supervivencia. Quizás por esa razón, Jatamí, aun con la seguridad de ser reelegido, tuvo serias dudas sobre su candidatura, que no presentó hasta último momento. Según la Constitución iraní, que no permite un tercer mandato, ésta es su última oportunidad de convertir a Irán en un país moderno, donde Fidel Castro no se sienta “como en su casa” en su próxima visita, y donde el canto del muecín llamando a la oración no sea la única música posible.

La revolución intranquila”; en: Cubaencuentro, Madrid,  12 de junio, 2001. http://www.cubaencuentro.com/meridiano/2001/06/12/2674.html.

 





Derecho al veto

15 05 2001

Asistimos a una nueva coincidencia histórica frente a un acontecimiento democrático entre las estrategias de ETA y del gobierno cubano. Hablo de las respectivas reacciones frente a las elecciones vascas efectuadas recientemente (donde el nacionalismo secesionista radical fue sancionado en las urnas), y la votación en la Comisión de Derechos Humanos en Ginebra (donde el gobierno de La Habana, violador sistemático de los derechos elementales, fue sancionado por la mayoría de las naciones presentes).

Durante los meses anteriores a la votación de Ginebra, Fidel Castro encomendó a su canciller una intensa labor de cabildeo para recabar votos favorables o abstenciones que evitaran la condena; pero, al mismo tiempo, emprendió una batalla de insultos y descalificaciones contra los gobiernos que presuntamente votarían en su contra.

La autonomía vasca, la más amplia de España y posiblemente de Europa, con atribuciones en casi todas las esferas y policía propia, ha elegido, por libre sufragio de sus ciudadanos, el parlamento que nombrará al Lehendakari o jefe de gobierno autonómico. Los partidos, con más o menos fortuna, han intentado conquistar el voto de los vascos mediante sus propuestas de gobierno. En cambio, la campaña electoral de ETA ha consistido en lo de siempre: tiros y bombas. Y la de su brazo político, EH, que acudió a las urnas con un pronóstico de voto que difícilmente alcanzaría el 10% del electorado vasco, alternó promesas de “paz” y “soberanía”, amenazas, insultos, violencia callejera y un discurso nacionalista y socialista que cada vez se acerca más al nacionalsocialismo. Un problema de sintaxis.

Mientras en el último día el resto de los candidatos pronunciaban sus discursos finales, ETA concluía su campaña haciendo estallar, a las 23:57 del viernes 11 de mayo, en la esquina de Goya y Velásquez, en Madrid, un Renault Clio de color rojo que contenía al menos 20 kilogramos de explosivos. Como resultado, graves daños en vehículos, fachadas, un hotel, una decena de comercios y una sucursal bancaria completamente destrozada; catorce heridos, uno de ellos grave, con impactos de metralla en la cara, quemaduras de segundo grado y contusión pulmorar. Se trata de un guardajurado de 56 años, quien cumplía su turno de trabajo en la sucursal bancaria. Es el tipo de “agente” del “imperialismo español” que ETA suele matar. Veintinueve coches bombas en Madrid, con un saldo de 53 muertos, entre ellos un niño de dos años, lo confirman. La tragedia pudo ser mayor, dada la afluencia de público a una discoteca cercana los viernes por la noche.

Como ya es costumbre, Arnaldo Otegui, candidato de EH, fué el único en no condenar el atentado, sino sólo “sus consecuencias”. Sigue siendo un misterio cómo se puede apoyar la bomba y lamentar las víctimas.

Una vez condenado el gobierno cubano en Ginebra, la “diplomacia” habanera sancionó a los gobiernos que votaron en su contra, mediante una violencia verbal que raras veces se escucha a un jefe de Estado. Lamebotas de los yanquis, pigmeos, cucarachas, monigotes, babosos, fueron algunos de los calificativos, a los que se sumó el desfile de presidentes latinoamericanos, convertidos en muñecones, durante los carnavales del primero de mayo. Adujo que el organismo internacional estaba manipulado por Estados Unidos; afirmación que no se repitió cuando los propios Estados Unidos fueron separados de la Comisión, por primera vez en medio siglo.

En respuesta al revés electoral, el periodista Gorka Landaburu, recibió el 15 de mayo en su domicilio un paquete bomba que le mutiló las manos de escribir. Y pocos días desués, en San Sebastián, asesinaron a Santiago Oleaga, director financiero de El Diario Vasco, quien por razones de su especialidad, jamás se sintió amenazado por ETA.

Las consecuencias de la estrategia cubana no sólo han sido plasmadas en una nueva condena en Ginebra. Se retira el embajador argentino en La Habana, y quedan suprimidas de hecho las relaciones consulares con Costa Rica. Las relaciones con México registran una tensión innecesaria. Y pública o privadamente, muchos electores latinoamericanos, autores con su voto de esos presidentes, sienten que la ofensa les alcanza.

No se trata de una coincidencia eventual que la respuesta de Fidel Castro, de ETA y de EH a un evento donde ciudadanos o mandatarios elegidos por los ciudadanos refrendan con el voto sus opiniones, sea la pirotecnia (retórica a su pesar, en el caso de Fidel Castro). Tanto el mandante de La Habana, como los pistoleros de Euskadi, se dicen representantes de sus pueblos sin que ello requiera la prueba de las urnas. Representan cierta “identidad profunda” de lo cubano y de lo vasco, imposible de demostrar mediante la estadística. Y si los respectivos pueblos se niegan a aportar la corroboración electoral, no será culpa de la propuesta castrista o etarra, sino de los pueblos, que deberán ser “reeducados” en la dirección correcta. Según estos “defensores del pueblo”, la función de los líderes no es encarnar la voluntad de los electores, sino corregir la estupidez o la minusvalía mental de la muchedumbre, pensando en su nombre.

Algo natural cuando se es infalibre. La condena del gobierno de Cuba, no fue una consecuencia de sus reiteradas violaciones de los derechos humanos, sino una conjura del imperialismo. La derrota de EH y, por tanto, de ETA, que pasó de 14 a 7 escaños en el parlamento, fue, en palabras de Otegui, una estrategia de los amantes de la patria vasca que prefirieron sumar sus votos al nacionalismo moderado contra el “españolismo”; no una prueba rotunda de que apenas el 9% de los vascos apoyan su nacionalismo radical. ¿Intentarán reeducar al 91% restante?

Por lo pronto, a Fidel Castro le asiste el derecho al veto, y lo ejerce con una coherencia indudable hace 42 años. A ETA y sus voceros de EH les queda por delante una larga tarea: matar a un millón y medio de vascos para alcanzar la mayoría. El veto calibre 38 es su consigna.

El resultado de ambas estrategias se resume en labores de desescombro.

Treinta toneladas de escombros en Madrid.

Los escombros de las relaciones con países hermanos de Latinoamérica, en La Habana.

Derecho al veto”; en: Cubaencuentro, Madrid,  15 de mayo, 2001. http://www.cubaencuentro.com/meridiano/2001/05/15/2330.html.

 





Los derechos y los izquierdos

30 03 2001

Que a cualquier ser humano le corresponden, por su mera existencia, ciertos derechos, es una concepción históricamente reciente. Las democracias arquetípicas del mundo antiguo concedían voto sólo a los ciudadanos libres, y esa condición de no-persona que es la esclavitud continúa vigente, explícita o implícitamente, en muchos países. En su día, los teólogos discutieron si las mujeres, los negros y los indígenas americanos tenían alma, lo cual los haría merecedores de otros derechos, no sólo el de pertenecer a la fauna local. Y no es necesaria una larga memoria para percatarnos de que el voto femenino es una novedad histórica. Hoy contemplamos con toda naturalidad la existencia de ciudadanos y naciones de primera, segunda y hasta cuarta categoría, dotados con los derechos correspondientes. O ciudadanos a los que sólo se les concede un valor muscular: injertos del Tercer Mundo en el Primero que permite ser competitivos a las naranjas de California y al brócoli de Murcia.

Aún así, el mero hecho de que en la resolución 217 A (III), la Asamblea General de las Naciones Unidas, acordara el 10 de diciembre de 1948 la Declaración Universal de Derechos Humanos fue un paso más gigantesco para la humanidad que el de Armstrong en la Luna. Por primera vez, un foro de seres humanos concedía a todos sus congéneres, aunque fuera sobre el papel, papel mojado si se quiere, ciertos derechos.

En los documentos que aparecen en el sitio web del Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba, y que puede leer cualquier humano con derecho a la Internet, se apela a la argumentación estadística para poner en dudas la legitimidad de la política de derechos humanos, aduciendo que al “ser establecida en 1946, la Comisión de Derechos Humanos estaba integrada por 18 países, cuando existían 53 Estados Miembros de las Naciones Unidas, es decir, el 34% de los Estados Miembros”. Y añade el MINREX que “en la actualidad, solo 53 países de los 189 integrantes de las Naciones Unidas componen la Comisión, o sea el 28%”. De inmediato nos preguntamos por qué La Habana, tan proclive a la estadística, se decantó por el sistema patentado en su día por Vladimir Ilich, y no por el que impera en la inmensa mayoría de las naciones. De cualquier modo, en los mismos documentos, el gobierno cubano declara su “compromiso firme y permanente con la promoción y protección de los derechos humanos” —estadísticas al margen—. ¿En qué consisten entonces sus objeciones? La esencial es que dada la proporción abusiva de los países del Norte en la Comisión de DDHH (el 20% de los escaños cuando son apenas el 15% de los miembros de la ONU, dice el MINREX), se han ponderado los derechos civiles por encima de los restantes como criterio para evaluar el estado de los DDHH en las naciones. Y Cuba tiene razón.

Recordemos que en la Declaración se consigna que TODOS los seres humanos tienen derecho a la seguridad social, a la satisfacción de sus derechos económicos (Artículo 22); derecho al trabajo libremente elegido, a una remuneración equitativa que asegure a él y a su familia una existencia digna, protección contra el desempleo y derecho a pertenecer y fundar sindicatos que le defiendan (Artículo 23); derecho a tiempo libre, descanso y vacaciones pagadas (Artículo 24);derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud y el bienestar y, en especial, la alimentación, el vestido, la vivienda, la asistencia médica y los servicios sociales; derecho a seguros por enfermedad, invalidez, viudez, vejez, etc.; así como la protección de la maternidad y los niños (Artículo 25); derecho a la educación y derecho de los padres a elegir la educación de su hijos (Artículo 26); a tomar parte libremente en la vida cultural de la comunidad, a participar en el progreso científico y en los beneficios que de él resulten (Artículo 27). Hay más, pero bastan estos para demostrar que en ningún país, que yo conozca, TODOS sus habitantes disfrutan del menú íntegro que nos ofrece la DUDH.Y distamos mucho de que esta situación se subvierta, distamos mucho de que todos los gobiernos y, en especial, los de las naciones desarrolladas, asuman un compromiso real por que ese derecho a la vida sea algo más que un documento. Y seguramente no será Don Mercado quien automáticamente lo resuelva.

Dije antes que Cuba tiene razón, y me explico: se ponderan, efectivamente, los derechos civiles. Los derechos fundamentales, que condicionarían el acceso de todos los seres humanos a un nivel digno de vida, dependen de factores económicos que sólo evolucionarán con lentitud. Los derechos civiles, en cambio, expresan la relación entre el poder y el individuo: actor con plenos derechos, incluso al respeto de su individualidad; o mero tornillo cuyo derecho es responder con obediencia a la rueda dentada del poder. Dependen, por tanto, de algo tan volitivo como la actitud de los hombres que detentan el poder ante los demás hombres. ¿La inquietud del gobierno cubano es pura vocación de equitatividad? No. ¿A qué se debe entonces su interés en subrayar esos derechos fundamentales? ¿A qué se debe que el MINREX exprese como posición de Cuba “el reconocimiento del carácter universal, indivisible, interdependiente e interrelacionado de todos los derechos humanos (...) dándole a todos el mismo peso, tanto a los derechos civiles y políticos como a los económicos, sociales y culturales, incluido el derecho al desarrollo”?

Dado que nadie cumple con todo esto, ¿con qué moral se me acusa?, apostilla La Habana. Además, el gobierno cubano considera que garantiza a los ciudadanos de la Isla un nivel de vida digno. También depende de lo que se entienda por dignidad: sistema gratuito de salud sin medicamentos ni medios; educación elegida por el gobierno (pater nostrum), dictada por maestros mal pagados y en éxodo de escuelas en ruinas, abrumados por la falta de recursos mínimos; una libreta de racionamiento que garantiza la alimentación subsahariana que su inventor no ha disfrutado en estos 40 años; derecho a adquirir en dólares que no se ganan la ropa y otros bienes imprescindibles; derecho a hacinarse tres generaciones en casa de los abuelos, o a que la mitad de las viviendas de la Isla se encuentren en situación ruinosa (según afirmación reciente de Carlos Lage); derecho a que el ingeniero y el médico ganen 15 dólares mensuales, otorgando al Estado una plusvalía de miedo (con lo que la gratuidad de las gratuidades queda en mero teorema); por no hablar del “libre” acceso a la cultura, o la libertad sindical. O del proclamado “derecho al desarrollo”, que Fidel Castro ha aplicado por el revés: colocando en la cola a un país que estaba a la cabeza de América Latina. En fin, el derecho, en este caso del Estado, a convertir el país que recibió en la primera mitad del siglo un millón de inmigrantes, en el país de donde huyeron dos millones en la segunda mitad. Sin discriminar a los zurdos, creo que se confunden los derechos con los izquierdos.

La desesperación reciente de La Habana por demostrar que en la Isla existe una genuina democracia —difícil tarea cuando menos de la mitad de los parlamentarios son elegidos por votación popular, y se reúnen una semana al año, lo que da cuenta de su peso en la maquinaria gubernamental—; los pataleos y acusaciones a Argentina o la República Checa y Polonia; la campaña más adjetiva que objetiva desatada en la prensa ante la inminente sanción condenatoria que le espera a mediados de marzo, todo forma parte de una habitual manipulación: suplir con himnos universalistas (a los que no falta su dosis de razón) la falta de respuesta a las preguntas más elementales sobre la realidad cubana.

¿Mueren de enfermedades curables los niños africanos? Sí. ¿Y eso qué relación tiene con que los cubanos sean discriminados hasta el ostracismo por sus ideas políticas (Artículo 2)? ¿Carecen de pan los campesinos etíopes? Sí. ¿Y eso qué relación tiene con que ningún cubano disfrute de la libertar de disentir, so pena de palizas, arrestos, mítines de repudio y otros izquierdos humanos que otorga FC (Artículos 3 y 5)? ¿Carecen de derecho a la salud las mujeres afganas? Efectivamente. ¿Y eso qué relación tiene con que en Cuba no sólo carezcan de las más elementales garantían las personas juzgadas por los tribunales, sino que incluso se les condene a prisión por “peligrosidad”, es decir, prisión profiláctica que precede al delito (Artículos 8,9 y 10)? ¿Carecen de toda seguridad los trabajadores haitianos? También. ¿Y eso qué relación tiene con que el Estado cubano interfiera arbitrariamente en la vida privada de sus ciudadanos, viole la correspondencia, mancille desde el monopolio de los medios de comunicación la honra de quienes disientan, o imponga la división de las familias según el grado de devoción política (Artículos 12, 15 y 16)? ¿Cruzan el Río Bravo los hambreados espaldas mojadas y son cazados por la policía migratoria norteamericana? Efectivamente. ¿Y eso qué relación tiene con que en Cuba el derecho a la libre circulación sea potestad del Estado, mediante el arbitrario permiso de salida, y se le niegue por definición a una parte importante de los ciudadanos; que el derecho a la nacionalidad o a cambiarla sean armas políticas o medios de recaudación, y que el intento de huida fuera penado con largas condenas (Artículos 13 y 15)? El propio MINREX reconoce en sus documentos que de esto lo que más le interesa es “el movimiento sin restricciones de las remesas financieras que los ciudadanos de otros países envíen a sus familias en el país de origen”. ¿Por qué será?

Y aunque el niño que padece esclavitud sexual en Tailandia o los meninos da rúa en Río de Janeiro carecen de todos los derechos, no creo que eso justifique el derecho de FC sobre la propiedad de sus súbditos (Artículo 17), la libertad de opinar (siempre que sea de acuerdo con el gobierno), y la de asociarse (a las organizaciones establecidas y controladas por el Estado) (Artículos 17 al 20). Por no hablar de su peculiar ejercicio de la libertad de recibir información, según la cual estas líneas no podrán ser leídas por los ciudadanos cubanos, cuya castidad ideológica Fidel Castro pretende preservar, tamizando este mundo revuelto antes de colocarlo ante sus ojos. Este mundo donde los hombres luchan por sus derechos, sin que un sumo pontífice se abrogue la potestad de instituir una libreta de racionamiento para administrar sus izquierdos: 80 gramos de pan y la más plena libertad de hacer silencio.

 

“Los derechos y los izquierdos”; en: Cubaencuentro, Madrid, 30 de marzo, 2001. http://www.cubaencuentro.com/encuba/2001/03/30/1751.html.

 





Derecho a los derechos

16 03 2001

La expresión “Proyecto Varela” ha entrado de nuevo en circulación gracias a los líderes religiosos del exilio cubano, quienes respaldaron recientemente la convocatoria a un referendo, dentro del marco constitucional cubano, en busca de cambios políticos.
Oswaldo Payá Sardinas, presidente del Movimiento Cristiano Liberación y autor del Proyecto Varela, aboga por un cambio pacífico y desde dentro. “Porque si el cambio es violento, el gobierno que venga será un gobierno de fuerza y si esperamos que el cambio llegue desde afuera, entonces el pueblo no será protagonista del cambio”.
Pero el Proyecto Varela no es nuevo. En vísperas de la visita papal a Cuba, Payá lo presentó en la Nunciatura Apostólica cubana. ¿En qué consiste? El Artículo86 de la Constitución de la República de Cuba, en su inciso G, asegura que la iniciativa de las leyes compete a los ciudadanos. En este caso será requisito indispensable que ejerciten la iniciativa 10.000 ciudadanos, por lo menos, que tengan condición de electores. Es este el fundamento legal, dentro del marco constitucional cubano actual, que han tomado como base. Se trataría entonces de conseguir 10.000 firmas de ciudadanos con derecho al voto, apoyando un referéndum para llevar a consulta popular cinco puntos esenciales:
•Derecho a asociarse libremente
•Derecho a la libertad de expresión y de prensa
•Amnistía
•Derechos de los cubanos a formar empresas
•Una nueva ley electoral.
La petición se entregará en mano a los ciudadanos, después de tener su consentimiento, y cada uno la devolverá, firmada o no. El texto de la petición y las firmas se entregarán después a la Asamblea Nacional del Poder, encargada de llevar a la práctica el referendo.
En cualquier país del mundo esto sería un trámite normal. En Cuba, a pesar de encontrarse recogido en la Constitución, puede encontrar serios obstáculos. El primero es que una buena parte de los opositores que firmarían gustosamente la petición han sido desprovistos de sus derechos políticos. La segunda es ese doble discurso que el cubano común se ve obligado a mantener por pura supervivencia: la verdad privada y el silencio público. De modo que muchos, aunque no comulguen con el sistema actual, enfrentados a la decisión de hacer público mediante su firma el discurso privado, se abstendrán. Son enormes las presiones que harán más difícil su ya precaria situación en caso contrario. Tercero: el gobierno se encargará de boicotear por todos los medios la recogida de firmas. Y cuarto: una vez que se obtengan, podrá hacer caso omiso a su propia Constitución y no necesitará siquiera explicar al pueblo cubano su postura, dado que la prensa hará disciplinado silencio al respecto. Millones de cubanos ni siquiera sabrán que se ha violado la Constitución, un documento que en su día votó la casi totalidad de los electores.
¿Puede ocurrir? Me atrevería a vaticinar que en caso de recogerse las 10.000 firmas sorteando los enormes escollos que ello supone eso será precisamente lo que ocurra. El gobierno cubano, que blasona de contar con la adhesión masiva de los cubanos, jamás se atreverá a poner en manos de sus adeptos decisiones neurálgicas para su monopolio del poder, como el derecho a asociarse libremente, que sacaría de las catacumbas a los grupos opositores, los engrosaría mediante la amnistía y fomentaría sindicatos libres, el derecho a la libertad de expresión y de prensa, cuando bien saben que la información es poder; por no hablar de los derechos económicos y de una nueva ley electoral, que someterían sus monopolios tradicionales a la competencia.
Peor sería para el gobierno llevar estas consultas a referendo y ponerse más en evidencia ignorando un resultado adverso. ¿Por qué recoger entonces esas 10.000 firmas que posiblemente nunca se traduzcan en una consulta popular? Porque ello puede ser la evidencia más escandalosa de que el gobierno cubano es inconstitucional, incluso si el referente es su propia constitución y, por inferencia, no acepta la voluntad de la inmensa mayoría de los cubanos que un día aprobaron el documento. Y porque “los cubanos también tenemos derecho a los derechos», como subrayó Payá en una ocasión. No sólo el derecho a la resignación y al silencio.

“Derecho a los derechos”; en: Cubaencuentro, Madrid, 16 de marzo, 2001. http://www.cubaencuentro.com/encuba/2001/03/19/1583.html.





Civilización competitiva

5 03 2001

A fines de 1985 me mostraron en Kazán, capital de la Tartaria soviética, la estatua de un Lenin tan adolescente que aún tenía pelo. Situada frente a la universidad local, reproducía la imagen que tendría cuando cursó estudios allí. El guía se dedicó a explicarme con fervor que de las miles de estatuas repartidas por todo el país, aquella era la que lo representaba más joven, si se exceptúa una de Lenin niño erigida en Odesa. Sin poder reprimirme, le pregunté si no había ninguna de la madre de Lenin embarazada. No me respondió, pero deduje que si de él dependiera, ya me hubiera teletransportado con la mirada a algún campo (no campus) siberiano. Dos siglos atrás, idéntico castigo me habría infringido un pope de ironizar a propósito del icono local. Pero las religiones cambian.

Es norma universal, que cuanto más los necesitan, más invocan los pueblos a sus dioses. Y la necesidad del pueblo ruso es dolorosamente antigua. Una tradición que enlaza sin respiro al Padrecito Dios, al Padrecito Zar, al Padrecito Stalin… y a todos los padrecitos provinciales, municipales y locales. El resultado: un respeto-temor casi cromosomático a las jerarquías, una medrosa devoción al poder, como de perro apaleado, que noté incluso entre las personas más cultas. Eso explica muchas cosas.

Rusia, a medio camino entre Asia y Europa, ha padecido durante siglos un desgarramiento entre la tradición oligárquica del Oriente y la vocación occidentalizante de sus clases altas. Entre el feudalismo y la ilustración. Entre gobiernos despóticos para los cuales el mujik no se distinguía muy claramente de cualquier otro animal doméstico, y el refinamiento de sus cortes francófilas y germanófilas, que no distinguían muy claramente al mujik de cualquier otro… Mira qué casualidad.

Ramiro Villapadierna escribía hace un tiempo en ABC que: «La libre competencia capitalista es un esquema duro de convivencia, rebajado sin embargo en Occidente por siglos de civilización cristiana y desarrollo de principios cívicos. En la Europa Oriental, en cambio, esta ley de la selva económica se ha instalado sobre una sociedad castrada éticamente y desnortada (¿deshonrada?) moralmente y los resultados parecen salvajes».

No hay dudas: la ley del sálvense quién pueda capitalista ha instaurado en los países del este una especie de Far East donde sólo sobrevive el John Wayne que más rápido desenfunde su Colt 44. El crimen organizado es, de lejos, el sector de la economía rusa que mejor funciona. El 70% del comercio ruso paga protección a la mafia. En Eslovaquia y la República Checa la inseguridad ciudadana es tal que por cada policía hay 7 guardias privados. El esquema de inversión piramidal que antes esquilmó a 4 millones de rumanos, hurta 1.500 millones a los ahorradores albaneses, y ya sabemos en qué acabó la operación. ¿Causas? El desmoronamiento de unas normas de convivencia instauradas por decreto durante decenios; la no aparición de nuevas normas, dado que quienes ayer asaltaron el poder en nombre de la dictadura del proletariado se repartieron más tarde el botín en nombre de la democracia y la dictadura del libre mercado. Y un vacío de poder intermedio que llenaron de inmediato las únicas fuerzas políticas organizadas: las mafias. Todo eso es cierto.

Como resultado, los comunistas (ya más socialdemocratizados) asaltan la Duma a puro voto, se desempolvan los bustos de Lenin, Stalin resurrecto mira admonitorio desde las pancartas, se afilan las hoces y se lustran los martillos. Un alto oficial de la KGB (con cara de oficial de la KGB) gana por amplia mayoría, y una parte nada despreciable de los rusos añora mano dura. En Occidente algunos se sobresaltan, o cuando menos se extrañan de esta inconsecuencia política de los rusos. Quizás los mismos que descubrieron asombrados, años atrás, que el coloso tuviera los pies de barro y se desmoronara sin intervención de los mísiles.

Para un observador medianamente atento, tanto aquello como ésto son consecuencia lógica de dos milenios de autocracia.

Si usted captura una gallina silvestre y la inmoviliza contra el suelo colocándole la bota sobre el cuello durante media hora, al soltarla el ave buscará refugio lo más lejos posible de la bota. Si, en cambio, la mantiene durante días o semanas, suministrándole una ración suficiente de grano, cuando retire la bota, el animal revoloteará atontado, divagará sin saber muy bien qué hacer con su repentina libertad.

Porque la libertad requiere aprendizaje. No basta disponerla por decreto. El inexorable atraso económico, producto de atar con ligaduras políticas las leyes económicas, y recrudecido por la carrera armamentista, la gran guerra patria que los soviéticos no lograron ganar, demostrándose que los misiles pueden ser más letales cuando no se disparan; una geopolítica de talla extra que le quedaba holgada a ese megapaís subdesarrollado; los males endémicos de una sociedad que intentó domesticar el talento; la doble moral y la corrupción; así como la desestimulación al entronizarse la primera ley del socialismo: «Yo simulo que trabajo y el Estado simula que me paga»; todo ello hizo que una pequeña apertura se convirtiera en grieta y derrumbara el edificio completo.

¿Pero hacia dónde se derrumbó?

Hacia un remedo de democracia donde los demócratas de hoy son los autócratas de ayer. Hacia un capitalismo salvaje sin las más mínimas garantías sociales, y con un 30% de los sufridos mujiks bajo el límite de pobreza. Hacia un reparto del botín donde medran las mafias y los cuadros más astutos del Partido, reconvertidos de la nomenklatura a la revista Fortune. Hacia un país multinacional que sólo logró el consenso de la mordaza, y ahora, retiradas las mordazas, pretende acallar a tiros la gritería. Hacia una sociedad mimética que perdió sus viejas coordenadas y no encuentra las nuevas (seguramente no son esos Mickey Mouse que sustituyen en los lienzos de Arbat los paisajes nevados y las troikas).

El hombre necesita libertad, qué duda cabe, pero antes necesita pan. Y eso Occidente, que accedió primero al pan y luego a la libertad, debía saberlo. Si Estados Unidos, sólo Estados Unidos, invirtiera en Rusia la décima parte de lo que gastó en la carrera armamentista que terminó desangrando a la URSS —mecanismos de control mediante, o Marbella se repleta de jeques eslavos—, quizás otro gallo cantaría “Noches de Moscú”. Pero ya es costumbre: en Nicaragua, que les hubiera costado mucho menos, hicieron lo mismo.

Y si, por su parte, los rusos le hubieran llenado bien la panza de grano a la gallina antes de retirar la bota, la gallina ahíta se habría dedicado con calma a hacer la digestión democrática. Pero una gallina hambrienta que estrena libertad suele ser impredecible. Y eso a Occidente debía preocuparle: esta gallina tiene mísiles nucleares. Un vecino amigo pero caótico e impredecible, puede ser más peligroso que un enemigo coherente. Y sólo hay dos formas de paz estable y duradera: la paz de los sepulcros, y la paz de la riqueza. A la primera no regresarán. A la segunda sólo llegarán, sin ayuda, a muy largo plazo. Y como se sabe, los fabricantes de democracias nuevas suelen otorgar garantías cortas.

Pero yo me pregunto si «en Occidente siglos de civilización cristiana y desarrollo de principios cívicos» atenúan la ley de la selva. Si miramos a nuestro pasado, veremos en los albores del capitalismo la misma crueldad sin disfraces que hoy «disfrutan» los países recién avenidos al sistema. No fue con civilización cristiana que Occidente esquilmó a sus colonias, ni con principios cívicos se edificaron las factorías de Manchester. La llamada sociedad del bienestar no es un obsequio de la civilización, sino una conquista de los trabajadores a la que se avino el capital, a regañadientes, para evitar males mayores, sobre todo ese Este comunista que tan útil le fue durante decenios al movimiento obrero de Occidente. Eludir el fantasma de la subversión bien valía una disminución de la plusvalía, si a cambio se instauraba una sociedad estable donde el capital se moviera sin temores y el progreso no estuviera a merced del sobresalto. Aún cuando lamente las iniquidades que el llamado socialismo real perpetró contra sus propios pueblos, el pensionista de hoy deberá agradecer a aquellos bolcheviques desconocidos, causantes, en buena medida, de su pensión estable y su cartilla de la seguridad social.

Incluso hoy los principios cristianos no parecen imperar entre los niños explotados por Adidas, que nunca podrán comprar las zapatillas que fabrican; o entre quienes mantienen en Angola la guerra de diamante y petróleo a cambio de armas obsoletas; o los que exportan alimentos prohibidos y medicinas caducadas.

Pero el fantasma ya no existe. En los libros de historia y las enciclopedias, el comunismo se conjuga en pasado. Y el capital vuelve a la carga. El neoliberalismo se expande. Los gobiernos tienden alfombras al dinero que sobrevuela el planeta cada vez con menos limitaciones, en busca de oportunidades. Ser competitivo es más importante que ser cristianamente civilizado. Y el primer principio cívico es la ganancia. Se pone en entredicho aún la más tímida justicia distributiva y el propio Estado del bienestar resulta «insostenible» si queremos ser competitivos.

Lejos ya el peligro de la subversión, caen las máscaras. La precariedad del empleo empieza a llamarse «movilidad del mercado laboral». La vocación de servicio público se convierte en ineficacia. La privatización nos salvará de la decadencia y la moderación salarial nos abrirá las puertas del futuro. Suscríbase a un plan privado de pensiones si quiere garantizar una vejez tranquila. Recuerde que todos somos iguales ante Dios, pero algunos teólogos modernos sospechan que sólo accederán al Reino de los Cielos los más competitivos.

“Civilización competitiva”; en: Cubaencuentro, Madrid, 27 de febrero, 2001. http://www.cubaencuentro.com/meridiano/2001/03/05/1316.html.

 





Chatchareo

4 01 2001

Reconozco que hasta el día en que tuve la suerte de que me encomendaran moderar nuestro Encuentro en la Red a viva voz, es decir el chat que nos reúne aquí cada noche/tarde entre 11:30 y 12:30 de la noche (hora española) ó 5:30-6:30 (hora de Miami y La Habana), no había entrado a ningún chat. Antes que se abriera el nuestro, probé a ingresar en algunos para ver cómo funcionaban, y la experiencia me desanimó: bajo la capucha del anonimato, los contertulios aprovechaban su tiempo en dilapidarlo alegremente hablando sandeces en el mejor de los casos, o pasando a la ofensa, el insulto y la grosería en el peor (aunque siempre se puede ser peor). La incomunicación y el stress de la vida contemporánea, quizás explicaría esa necesidad de vomitar introversiones y rencores en la red, salpicando al personal.

De modo que el primer día abrí el chat con (fundados) temores de que aquello deviniera en un gallinero de mil gallinas carareando en idiomas distintos. Los cubanos somos (para bien y para mal) emocionales y de lengua rápida (no siempre certera). Con frecuencia hacemos caso omiso a la recomendación de asegurarse que el cerebro está conectado antes de empezar a hablar. Y, ciertamente, el primer chat fue algo caótico, aunque ni de lejos se acercó a mis peores predicciones. Más de una hora de criterios divergentes sin un solo insulto o descalificación, es algo más que notable en esta red de redes.

Intentando establecer ciertos principios que modularan nuestro intercambio durante esa hora de diálogo, la primera semana encabecé el chat con este texto:

«Queridos amigos: ante todo, deseo compartir con ustedes este Encuentro que, como explica Jesús Díaz en nuestro editorial, intentará facilitar la comunicación y el diálogo entre los cubanos de todas las latitudes, con el mayor respeto, pero también con la mayor libertad para que cada uno exprese sus propias ideas.»

«Ninguna idea, ningún criterio será censurado. Sólo abominamos de los llamamientos a la violencia, la ofensa personal, u opiniones discriminatorias de cualquier orden.»

«Aspiramos a que éste se convierta en el espacio de todos, piensen lo que piensen y vivan donde vivan; aunque sabemos las extraordinarias limitaciones que pesan sobre los que residen en Cuba para tener acceso a la red. Lamentablemente, no está en nuestras manos remediarlo. Pero mantenemos nuestra disposición de que, quienes puedan y lo deseen, nos acompañen.»

«Este lugar no es, obviamente, un foro de intelectuales. Es un foro de cubanos o de personas que se interesan por el tema cubano, desde cualquier óptica o perspectiva. Por eso no obviaremos ningún tema —política, cultura, deporte, realidad social o cualquier otro que se les ocurra—, y serán ustedes mismos quienes vayan aportando el fluir de nuestro diálogo.»

«Pero aspiramos, eso sí, a que ejercitemos el viejo arte de la buena conversación, que suele ser amena y sustanciosa, sin excluir el buen humor o la franca discrepancia (por muy duro que tecleemos, ninguna voz aquí se alzará más que la otra).»

«Todos los cubanos necesitamos comunicarnos, en ocasiones por esa soledad en compañía a la que nos confina el exilio en los puntos más inverosímiles del planeta; en otras, porque se nos ha confinado en el exilio del silencio, el peor de todos. Por eso, ustedes tienen la palabra».

Ese texto,que ya hoy no aparece, se ha convertido, por suerte, en algo innecesario.

Debo reconocer que yo soy el primero y feliz asombrado, de que en menos de una semana nuestro chat haya tomado un rumbo que es un excelente presagio para la futura convivencia de todos los cubanos. Desde Estados Unidos, Chile, México, Colombia, España, Portugal y (sospechamos, porque a nadie se le insta a decir de dónde viene) Cuba, han acudido compatriotas, portando cada uno su experiencia, su cubanía (no confundir con el cubaneo, aclaró un internauta la semana pasada) tamizada por el entorno donde viven. Ha habido intercambio de opiniones basadas en una sólida y meditada percepción de nuestra realidad, puntos de vista alternativos, en ocasiones diametralmente opuestos, pero ninguna voz ha puesto en circulación la ofensa o la descalificación barata como argumento. Si «el compañero que nos atiende» ha entrado de vigía al chat, confiando informar del parloteo agresivo y torpe de la «gusanera» y la «mafia anticubana», se las habrá visto negras para redactar su informe sin dar cuenta de la inteligencia, la mesura y el buen ambiente del debate entre esta «escoria» repartida por medio mundo.

En uno de los primeros chats, un internauta, en respuesta a una intervención mía donde intentaba conducir el diálogo por un camino reflexivo, me soltó: «Ya se nos puso almidonado el moderador». Y tenía razón. El temor a que el diálogo resbalara hacia la banalidad y el «chatchareo» vacuo, hizo que en ocasiones me «almidonara». La derogación de esos temores por el curso que ha ido tomando el chat y que se debe, justo es reconocerlo, a la capacidad de diálogo de quienes participan, más que a mi propio papel como moderador, ha obsoletizado el almidón. De modo que el chat se ha ido decantando hacia la textura de la buena conversación: esa donde la reflexión y el chiste conviven sin obstruirse, y el análisis colectivo de un tema que a todos nos preocupa, deja margen para el diálogo «a lo cortico» entre dos cubanos que intercambian emails y acuerdan transmutar el encuentro virtual en un acto físico.

Todos echamos de menos más presencia de compatriotas residentes en la Isla, pero poco podemos hacer al respecto. Sólo invitarlos y extrañarlos.

Un índice positivo es que cada noche el chat se extiende más de lo establecido, y cunden las protestas porque a muchos la hora de «chatchareo» les sabe a poco. Yo sospecho, en cambio, que su duración es también parte de su éxito: nos quedamos cada noche con ganas de continuar mañana, y disponemos de un día para rumiar opiniones inesperadas, o réplicas que nos inducen a la duda, la mejor de las gimnasias mentales. Hasta hoy, no hemos llegado nunca a ese punto muerto donde no queda nada que decir. Y es un estímulo que así sea.

Una desventaja del chat respecto a la conversación real es que tenemos las manos ocupadas tecleando y no podemos hablar con ellas —ni nos verían—. Otra, que no podemos mirar a los ojos del que habla, y debemos conformarnos con mirar sus palabras —eso ya no estoy muy seguro de que sea siempre un handicap.

Pero hay ventajas: El diálogo imposible con un cubano que vive en las antípodas, se hace realidad. Nadie interrumpe a nadie porque los textos aparecen en orden estrictamente sucesivo. No influyen ni el cargo, ni la categoría ni el status de quien habla: en la red todos somos democráticamente iguales. Tampoco convence quien más grita, porque a lo sumo puedes escribir en mayúsculas. También permite la interdigitación de varios diálogos simultáneos, sin que la conversación se convierta en algo ininteligible.

La vanidad de quienes ejercemos alguna tarea intelectual, nos inocula con lamentable asiduidad una suerte de hipoacusia selectiva de las opiniones ajenas. Estamos muy ocupados escuchándonos a nosotros mismos, o (con)venciendo al prójimo mediante un abusivo KO cultural. En el chat escucho más de lo que digo, y lo mejor es que escucho muchísimas opiniones interesantes, cosa que agradezco desde aquí a quienes ya han participado, y de antemano a quienes lo harán en un futuro.

Los cubanos no recibimos durante la primera mitad de siglo una sólida educación para la democracia —esa capacidad de respetar, como principio, a toda persona; y de respetar aunque no se acate el pensamiento ajeno—; y peor aún en la segunda mitad, donde se nos impuso un pensamiento único en cada orilla. En una, sin otra apelación que el exilio.

De modo que estamos obligados a adquirir un curso ultrarrápido de educación democrática, si pretendemos que la Cuba del mañana sea ese sitio plural y entrañable al que aspiramos. No será un chat, por supuesto, el que nos enseñe; sino la convicción de que nuestra libertad no es un mero ornamento, de que nuestra voz merece un lugar —ninguno y todos no son alternativas viables— en el concierto de lo cubano, y que delegar en otros el ejercicio del pensamiento, es la mejor manera de vender a precio de saldo nuestra libertad.

“Chatchareo”; en: Cubaencuentro, Madrid, 4 de enero, 2001. http://www.cubaencuentro.com/lamirada/2001/01/04/564.html.





Referéndum ¿innecesario?

15 12 1996

Cuando leí que los malagueños de Borge decidieron hacer un referéndum para elegir entre humanidad y neoliberalismo, recordé de inmediato el caso absolutamente opuesto, pero idiomáticamente colindante; el del escritor argentino Jorge Luis Borges, quien al recibir una distinción en Chile de manos de los militares de Pinochet, hizo referencia a «la clara espada» (la de los golpistas chilenos) en contra de «la furtiva dinamita» (la de los supuestos terroristas). Hoy sabemos cuántos inocentes fueron víctimas dela «clara espada», que desmembró una sociedad entera y dispersó sus fragmentos por medio mundo.

Pero los de Borge apuestan por la humanidad, apuestan por un mundo que gaste más en medios para curar que en medios para matar, en alimentos que en cañones. Un mundo donde la ley de la oferta y la demanda, el implacable orden del mercado, la ley suprema de la ganancia al menor costo posible, no sea precisamente lo que nos distinga de nuestros parientes del reino animal; sino nuestra condición humana: la misma que ha creado el arte y las guerras, pero también la que nos concede dos derechos incompatibles con la ley de la selva: la bondad y la solidaridad.

Muchos podrían pensar que se trata de un simple gesto sin mayores consecuencias, un referéndum innecesario que no cambiará un ápice la diametral injusticia del orden internacional. Cierto. Pero también es cierto que el Hombre deberá plantearse el siglo XXI en otros términos, que no son precisamente edificar la opulencia sobre las espaldas de 800 millones de hambrientos, o parcelar el mundo en cotos de riqueza y cotos de caza. O vender armas sin que conste en acta al mejor postor, para después acudir en misiones humanitarias, con despliegue de medios televisivos, con el fin de rescatar a los supervivientes. No es, ni lejanamente, un gesto inútil el de los ciudadanos de Borge. Si no empezamos a hablar ahora de unas nuevas reglas del juego que rescaten la condición del hombre, estaremos ayudando con nuestra dosis de silencio a convertir este planeta en la mayor bomba de tiempo de la historia.

“Referéndum”; en: Diario de Jaén, Jaén, España, 15 de diciembre, 1996, p. 51.





Belmez: los rostros de Dios

20 08 1996

Pocos dudan a estas alturas que hay fenómenos para los cuales la ciencia no ofrece de momento una explicación; sus herramientas son aún incapaces de apretar todas las tuercas del Universo. De tontos sería negar como obra de superchería lo que somos incapaces de explicar. Y ese es el caso de las caras de Bélmez, que cumplen 25 años tan insólitas como el primer día.

Tres mil personas se reunirán en breve para conmemorarlo con hipótesis parasicobiofísicas, durante el I Congreso Nacional dedicado al tema, que se celebrará en el salón de actos de la cooperativa Nuestra Señora de la Paz.

Yo no soy parasicólogo (bastante trabajo me cuesta ya explicar los vaivenes de la realidad objetiva) pero me atrevería a adelantar una hipótesis: quizás Dios hace 25 años, y ante el próximo advenimiento de la democracia tras una noche más larga que las polares, asomó su rostro para ver de cerca cómo le iría a los españoles con ese ejercicio singular. Quizás los desplazamientos, los nuevos semblantes que aparecen y desaparecen, sean síntomas de sus cambios de humor ante escándalos y corruptelas, victorias y derrotas en el aprendizaje de la duda ─es siempre más fácil descargar toda (i)rresponsabilidad en un autócrata que gobierne en nombre de la divina providencia, que asumir a conciencia esa mínima porción de poder que el voto nos confiere─; quizás debíamos indagar qué trastornos han sufrido las caras de Bélmez durante las batallas electorales. Alerto a los parasicobiofísicos que se reunirán en breve.Puede que tengan a mano los resultados, un tanto criptográficos, como siempre, de una encuesta divina. Dios tendrá también sus preferencias: ¿será popular o socialista? Si resulta un Dios de Izquierda Unida, sería el mayor hallazgo de la historia. Pero mantengan en secreto los resultados. Jordi Pujol podría intentar con Él un pacto de gobierno.

“Belmez: Los rostros de Dios”; en: Diario de Jaén, Jaén, España, 20 de agosto, 1996, p. 22.