La Revolución intranquila

12 06 2001

Tras una participación masiva que obligó a mantener abiertos algunos colegios electorales hasta medianoche, Mohamed Jatamí ha sido reelegido presidente de Irán con el 80% de los votos, superando el 68% que consiguió en 1997. A una considerable distancia, le siguen el ex ministro de Trabajo Ahmad Tavakoli, representante de la “línea dura” del islamismo conservador, con un 15%.

El modelo iraní de república islámica, instaurada en 1979 por el ayatolá Jomeini tras el derrocamiento del Sha Mohamed Reza Pahlavi, se basa en el Velayat-e Faquih, según el cual la máxima autoridad religiosa, el Guía de la Revolución, vocero de Alá, tiene un poder supremo, por encima del presidente electo, la voluntad popular materializada en el voto, el parlamento o las leyes. El actual ayatolá, Alí Jamenei, sucesor de Jomeini, dispone de un Consejo de Vigilancia y de un Consejo de Expertos —aproximadamente equivalentes al Tribunal Constitucional y el Consejo de Estado en Occidente—, de los cuales dependen el sistema judicial, las fuerzas armadas, los Guardianes de la Revolución, las milicias de los Basijis y la radiotelevisión iraní, controlando así los sectores claves del poder. El Consejo de Vigilancia determina también qué leyes, personas, normas o instituciones son compatibles con los principios teocráticos, desde la administración municipal y la justicia, hasta el funcionamiento de las universidades. En las presentes elecciones, por ejemplo, el Consejo ha rechazado más de 800 candidaturas, bien sea por su carácter disidente, o porque fueran presentadas por mujeres.

En su campaña a la presidencia de 1997, Mohamed Jatamí proponía, sin desmontar la República Islámica, la implantación de una democracia religiosa que garantizara una amplia libertad cultural y política, promoviera reformas económicas y abriera el país al mundo. El 70% de los votos (superior en el caso de las mujeres y los jóvenes), confirmó en aquella ocasión los deseos del pueblo iraní. Su reelección lo corrobora, aunque hoy el propio Jatamí considera que ha fracasado en su propósito. ¿Por qué? Durante cuatro años, el Consejo de Vigilancia se ha dedicado a reprimir a los nuevos partidos “jatamistas”, bloquear las decisiones del parlamento, controlado por los partidarios de Jatamí, y cerrar las puertas que intentaba abrir el presidente electo.

En abril de 2000, el parlamento, aún de mayoría conservadora, endureció la ley de prensa. El nuevo parlamento jatamista modificó la ley, pero fue vetado por el Consejo. La razón es que la prensa liberal aparecida en los últimos años ha canalizado muchas de las preocupaciones sociales, sobre todo de las mujeres, consideradas “menores de edad” de por vida, razón por la que se limita su función en la sociedad. Y las inquietudes de los menores de 25 años, que constituyen las dos terceras partes de la población iraní y son los más reacios a aceptar las limitaciones y la estratificación del poder legada por sus mayores, como también los más afectados por el paro. El ayatolá Jamenei ha tildado a la nueva prensa de ser “una base al servicio de los enemigos de Irán”. Decenas de publicaciones han sido clausuradas, así como unos 400 cibercafés, que tras diez años de censura a la que llamaban “red satánica”, se expandieron vertiginosamente, demostrando la necesidad de apertura.

Para detener ese movimiento, la teocracia no ha dudado en encarcelar a centenares de periodistas, escritores y políticos partidarios del presidente Jatamí, cuyos principales asesores se encuentran en prisión o procesados; en asesinar a figuras descollantes de la cultura, entre ellos Said Hajarian, cerebro de las campañas electorales del presidente, quien fuera tiroteado frente al Ayuntamiento de Teherán a plena luz del día.

Por eso, la advertencia de Jatamí en su campaña electoral, que en Occidente suena a verdad de Perogrullo, en Irán es subversión: “Nadie debería estar por encima de la ley. En un gobierno democrático se debe reconocer a los opositores. El sistema no encarcela a los opositores bajo el pretexto de que intentan derrocarlo”.

Las mujeres y los jóvenes tendrán seguramente un gran protagonismo en el futuro de Irán. Ellas, a pesar de ocupar hoy sólo el 15% de los puestos de trabajo, son el 60% de los estudiantes universitarios. Los jóvenes, que aportan el incremento anual del 4% en la población laboral activa, chocan contra una inflación de un 20% y un magro crecimiento del 2% de la economía, atada por un aparato estatal enorme y burocratizado, bajo el control de las fuerzas conservadoras, lo que ha permitido el surgimiento de una oligarquía teológica reacia a la apertura propuesta por Jatamí, quien aspira a eliminar frenos al desarrollo, poner orden al sistema de impuestos, alentar la iniciativa, privatizar empresas estatales ineficientes, atraer capitales, diversificar las exportaciones, desbloqueando el cambio de moneda hacia una cotización más realista que haga atractivos los productos locales al cliente internacional. Por eso no es casual que, según la agencia oficial de noticias iraní, IRNA, si la participación en las elecciones fue de un 83%, entre los jóvenes se eleva casi al 90, a pesar de que no pocos manifiestan su falta de confianza en la llamada “revolución tranquila” de Jatamí.

Ya hoy se le critica su debilidad ante los poderes fácticos, no aprovechar el apoyo popular para forzar a cambios más profundos y concesiones a la emergente sociedad civil, ampliación de la libertad política, sindical, de prensa y opinión, así como favorecer las asociaciones de diverso orden que han florecido últimamente. Otros van más allá, y le acusan de no romper definitivamente con el régimen de la aristocracia teológica que ha instaurado el placebo democrático: permitir la elección de un presidente, expresión de la voluntad popular, y vaciar de contenido el cargo, vetando así las aspiraciones de los iraníes; de modo que Jatamí sea apenas el envoltorio democrático de la autocracia, contribuyendo a prorrogar su supervivencia. Quizás por esa razón, Jatamí, aun con la seguridad de ser reelegido, tuvo serias dudas sobre su candidatura, que no presentó hasta último momento. Según la Constitución iraní, que no permite un tercer mandato, ésta es su última oportunidad de convertir a Irán en un país moderno, donde Fidel Castro no se sienta “como en su casa” en su próxima visita, y donde el canto del muecín llamando a la oración no sea la única música posible.

La revolución intranquila”; en: Cubaencuentro, Madrid,  12 de junio, 2001. http://www.cubaencuentro.com/meridiano/2001/06/12/2674.html.

 


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