Cruce de Caminos

1 04 1995

Al Oeste, siempre al Oeste, es el ineluctable camino de la salvación para el peregrino que ha puesto en Santiago, durante siglos, el perdón de sus culpas, la eclosión de algún sueño, el saber que no sólo de letras se compone, la paz, el equilibrio justo entre ese cosmos que contiene la piel y el otro, que sólo la piel del universo acota. De caminos está compuesta la historia del hombre: rutas de la seda y la especiería, ruta de América, del oro, mitificada por el western. Aventureros, descubridores, peregrinos, misioneros, comerciantes: una red de senderos que configuran la faz del planeta con tanta exactitud como los paralelos y los meridianos. Oro, sabiduría y fe: móviles de una larga aventura que ha abierto puertas y ha traspuesto confines. Pero no han sido esos los móviles de los pueblos, pavimentando las grandes avenidas de la (e)migración humana: judíos, rusos, españoles, chilenos, argentinos o cubanos en diáspora; peninsulares repoblando Sudamérica, italianos en Nueva York, turcos en Alemania, magrebíes hispanos, japoneses de Sao Paulo, o los 25 millones de hispanohablantes que despiertan entre sudores al buen ciudadano de Oklahoma, más yankee que el Yankee Stadium, con la premonición de un presidente de los Estados Unidos Anglosajones de América: un tal Martínez o Fernández.

La misma fuerza que impulsa al chotacabras americano a lo largo de 11.200 km. entre el Yukón y la Argentina, mueve a los pueblos: el miedo, la esperanza y el hambre. O el destierro forzoso que pobló Australia y el sincretismo cultural americano a bordo de los barcos negreros. Ya de paso: la samba, el jazz, la salsa.

¿Sería posible explicar España sin Al-Andalus? ¿O la historia latinoamericana sin la herencia del caudillismo español? ¿O Norteamérica sin el hambre italiana del siglo XIX? ¿O las mezquitas de Frankfurt, las sinagogas de Montreal, los templos católicos de Taiwán? ¿Sería posible explicar este planeta? La respuesta es tan obvia como una pizzería de Manhattan o el pulpo a la gallega que probé por primera vez en una taberna de Ginebra.

Hoy, en la era de los vuelos charter, dos caminos se cruzan: el turismo de la opulencia y el turismo del hambre. A los pies del primero tienden alfombras los empresarios y gobiernos de todos los pelajes ideológicos. Ya se puede conocer (al mejor estilo de los libros condensados del Readers Digest) Europa en una semana y el Caribe todo en un week end. Frente a un turista japonés, Marco Polo era un niño de teta. Pero no censuro al japonés que hay tras cada cámara. Más bien dudo: ¿Es preferible malconocer al otro que desconocerlo? ¿O más vale evitar las indigestiones de folclor precocinado y paisajes premeditadamente inolvidables?

Ante el otro turismo, el que carece de agencias y programas, el turismo de la supervivencia, nuevas cortinas de hierro levantan quienes celebraron el derrumbe de las otras. Trampas se tienden en los aeropuertos, alambradas de sospechas ocupan las fronteras. El Otro es el enemigo. La Otredad, un delito. Una muralla de visados y aduanas protege las nuevas ciudades-estados contra los bárbaros del sur que intentan el asalto del hambre a la esperanza: de Sur a Norte. Pero una vez más se confirma que el hambre y la esperanza son más fuertes que cualquier muralla, más ingeniosos que el bienestar. Ya la aldea planetaria es demasiado pequeña. De nada valdrá parapetarse tras un pasaporte. Sólo abolir los puntos cardinales regulará la marea. Si no helara en Canadá, el chorlito dorado chico no transitaría 13.000 km. para anidar en la Amazonia.

“Cruce de caminos”; en: Cuadernos del Camino de Santiago, n.º 8, Santiago de Compostela, España, primavera, 1995, p. 71.