El mejor amigo del hombre suele serlo en todo momento, incluso, en algunas latitudes, a la hora de satisfacer cierta necesidad fisiológica menos sutil que el ansia de invertir el cariño excedente. Si alguien dijo: “Mientras más conozco a los hombres, más amo a mi perro”, y si hay quienes entre niños y perros prefieren a los últimos, dado que no piden dinero para comprarse juguetes o un jean, y tras un breve entrenamiento se habitúan a despachar sus necesidades al pie del poste de la esquina; también hay gourments que tildan al mejor amigo del hombre de manjar exquisito. El arroz frito de Shanghai, por ejemplo, contiene carne de perro, que cocinada adquiere un sabor parecido al de la ternera (y cruda no tenemos noticias).
En muchas regiones de China, Corea y el sudeste asiático, los perros son altamente cotizados. Hay quien alega que sólo los perros amarillos son comestibles. Aunque otros, menos racistas, aseguran que por dentro todos son iguales. Incluso existen especies de perros destinados sólo a la gastronomía, y granjas especializadas en su cría.
Quizás una de las recetas más apetecibles con carne de perro es la que ofrecen los nagas que habitan entre la llanura de Chindwin y el Valle de Brahmaputra:
Se suministra a un cachorro de perro aceite de ricino u otro laxante poderoso. Ya vacío, se le atiborra con tanto arroz como al animalito le sea caninamente posible comer. Cuando ya ha sido *cargado+, se sacrifica, y sin más trámites, se asa.
El resultado es un apetitoso perro relleno.
Vida de perros
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Viva el aburrimiento
30 05 1996Yo viví durante cuarenta años en un país que era noticia, cuando menos una vez al mes. Mirabas el diario en el estanquillo con recelo y lo tomabas con precaución, porque las noticias solían saltarte al cuello. Ahora vivo en otro país donde cada escándalo parece mero prólogo del siguiente, donde el problema de los redactores jefes no es qué pongo en portada sino cuál pongo en portada.
Cuando estudié Comunismo Científico (así se llamaba la asignatura), nos pintaron el comunismo como el mundo desprovisto (o casi) de contradicciones, plácido remanso de la paz, la concordia y el amor universales. A punto estuvimos de creérnoslo, pero respiramos aliviados al saber que se trataba de una sociedad allá muy lejos y que jamás alcanzaríamos en nuestra efímera vida. Porque nuestra primera noción fue la de una sociedad bien aburrida.
Han pasado los años de la universidad. Habito, en rápida sucesión, dos países donde el sobresalto es la materia prima básica de la realidad, y los comparo con esos otros países que jamás son noticia, ni hay escándalos, ni defenestraciones, ni robos a portafolio armado. Y pienso si no se aburrirán esos ciudadanos del Capitalismo Científico. Y quizás se aburran, si no pueden hallar en el entorno las emociones que a su vida familiar estancada y a su trabajo repetitivo y automático le faltan. Pero si, por una de esas casualidades, se interesaran por crear una familia y no, simplemente, por descansar distraídamente sobre ella; si su trabajo fuera creativo e interesante, la escasez de ruidos exteriores no haría sino aguzar el oído hacia los sonidos interiores. Casi siempre se cumple que «a río revuelto, ganancia de pescadores», porque los pescadores no pretenden saber qué ocurre en el río, sólo llevarse a casa su botín. En cambio, quienes investiguen los secretos del río, su dialéctica, que seguramente la tendrá aunque no sea un río hegueliano, preferirán la corriente suave y los remansos donde es más fácil otear el fondo.
De modo que, al cabo de los años, he llegado a pensar que tan aburrida no sería aquella hipotética sociedad que nos contaban, porque un viaje en tren puede ser una mágica sucesión de paisajes o un inacabable traqueteo, según quien sea el viajero. Y ante la página en blanco me sentí tentado a escribir tan sólo: Viva el aburrimiento. Pero había que dar ciertas explicaciones. Cuando menos, para que no malinterpreten.
“Viva el aburrimiento”; en: Diario de Jaén, Jaén, España, mayo, 1996, p. 28.
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Etiquetas: Estado del bienestar, geopolítica, historia
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El chin chin de Berlín
5 05 1996Cierto noviembre crucé seis veces en una tarde el muro de Berlín. Es decir, el sitio donde quedaba el muro. Hazaña impensada antes de 1989, para cualquier berlinés es hoy pura rutina. Demostración de que la vida es más dialéctica y mudable de lo que muchos académicos quisieran. Durante esa tarde pude deambular por las amplias avenidas del sector este, tan similar a Moscú por ese aire señorial de los enormes edificios gubernamentales. Una arquitectura pesada, densa, aplastante, destinada a demostrar a los infelices mortales, que se mueven como pulguitas a los pies de esos brontosaurios de piedra, quién tiene el poder. Y sobre todo que el poder es algo de una magnitud muy superior a su humana estatura, de modo que sienta la compulsión a obedecer: esa saludable actitud ciudadana.
En el lado oeste, se levanta uno de los mayores y más lujosos espacios comerciales del mundo. Diseñado con el objetivo de encandilar la mirada de los berlineses orientales, que indefectiblemente atisbaban por encima del muro los brillos y oropeles de la sociedad de consumo, ha quedado como un monumento a ese otro poder: el poder de la ilusión. Que es en el fondo el mismo poder, pero con un atavío más atractivo (y rentable). Quien vende, manda ─reza un viejo adagio─; y quien compra, obedece. Quien vende, gana. Quien gana, detenta el poder económico: médula ósea del poder político. Ya la arquitectura no necesita aplastar al hombre para demostrarle quién manda. Ahora lo engulle dulcemente, lo climatiza, le susurra al oído una música ambiental facilonga y confortable, y pone a su alcance todo cuanto soñara y hasta lo que aún no ha soñado. En la caja lo esquilma y lo devuelve contentísimo a casa, convencido de que deberá trabajar como un poseso para alcanzar el paraíso (de plástico). Una técnica antiquísima, que todas las mujeres inteligentes del mundo han empleado con sus maridos.
Pero por suerte o por desgracia, al menos una parte respetable de la humanidad adolece de un sano escepticismo, y al cabo es él quien le induce a desconfiar incluso de las más apetitosas imposiciones. Ajena a los extremos de obediencia o consumo, esa humanidad es como la llovizna, garúa o chin chin, como se llama en Cuba, fina pero persistente, que acompañó mi periplo berlinés: no empapa, pero moja; no retumba como aguacero, pero al cabo, por pura reiteración, hace crecer las plantas. Excepto las artificiales.
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Etiquetas: escepticismo, geopolítica
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Oh, milagro
26 03 1996Es asombroso que aún pululen por las calles ancianos encorvados, calvos, gordos, que las arrugas permanezcan impávidas en muchos rostros. Cualquier televidente crédulo no daría crédito a sus ojos. Porque ya hay en circulación cientos de fármacos milagrosos que en tres semanas y sin esfuerzo convierten la silueta de Montserrat Caballé en la de Noemí Campbell, el torso de Pavarotti en el de Joaquín Cortés. Crecepelos que conceden melenas Heavy Metal aún a los calvos del tipo bola de billar. Antiarrugas que harían de mi abuela una Miss Cualquier Sitio. La Corte de los Milagros, pero con marketing, tecnología y muy buena voluntad (de los usuarios).
El viejo Tolstoi dijo cierta vez que «la felicidad consiste en querer lo que uno tiene, no en tener lo que uno quiere». Cierto que resulta una afirmación sospechosa en boca de un terrateniente ruso, propietario de una extensión que equivalía a la de un país europeo, y no de los más chicos, y era dueño, señor y dios de las vidas de sus mujiks. Tampoco la comparto totalmente, porque creo que es propensión natural de los humanos plantearnos metas y esforzarnos por conseguirlas. Gracias a ello no permanecemos aún en las cavernas, comentando la última cacería de mamuts. Pero sí hay algo cierto en la afirmación: la felicidad está compuesta por una dosis de inconformidad (que te impulsa) y otra de autosatisfacción (que te reafirma). La felicidad, como cualquier otra armonía, depende del equilibrio. Explotar al máximo las propias posibilidades en la persecución de un objetivo posible, y asumir las propias limitaciones para no acercarse demasiado al Sol con un par de alas pegadas con cera.
No obstante, hay quienes continúan inmolando las felicidades posibles a las probables. No hay mejor ingrediente para la infelicidad que ese divorcio entre las aptitudes y las actitudes. El miope extraordinariamente dotado para las matemáticas que quiere ser piloto de pruebas. La muchacha con un instinto natural para el diseño que aspira a un lugar en las pasarelas aunque apenas mida un metro con 50. Creo que no es conformismo, sino sabiduría, sacar a tiempo el carné para conducirnos por la vida: sus pasos prohibidos, sus autovías rápidas, sus pasos preferenciales. Más vale evitar accidentes.
Y, sobre todo, asumir que hay muchos órdenes de la felicidad: la de los famosos con vocación que disfrutan el acoso de los reposteros del corazón (no es un error tipográfico: reposteros son los que preparan esas tartas periodísticas almibaradas y kitsch). La felicidad de quienes crean algo con sus manos y/o su talento (desde carpinteros hasta novelistas o filósofos). O la felicidad cotidiana de quienes disfrutan el crecer de sus hijos y las muchas y pequeñas bondades de estar vivo. Ninguna es deleznable.
Pero hay quienes nunca consiguen llevarse bien consigo mismo, y a ellos van dirigidos los milagros de esa expedita farmacopea: al desgarbado que nunca tuvo voluntad (y quizás ni falta que le hacía) para perseverar cuatro horas al día en el gimnasio atiborrado de anabolizantes, pero ha soñado siempre con la musculatura de Stallone; a la gorda que aspira a Jane Fonda sin renunciar a la bollería selecta; al señor de libido baja que pretende convertirse en semental a los 50. Sin darse cuenta que asumirse con las buenas y las malas es la primera de las tolerancias, el escalón inicial hacia la felicidad. Y que, sean cuales sean sus rótulos o propósitos, todos estos placebos constan de dos ingredientes comunes: la inconformidad absurda y la credulidad en milagros que no conlleven una buena dosis de sacrificio. Y para suerte de esos milagreros sin escrúpulos, los ingredientes esenciales no tienen que importarlos del exótico Oriente ni provienen de la biotecnología norteamericana: nosotros se los proporcionamos. Gratis.
“Oh, milagro”; en: Diario de Jaén, Jaén, España, 26 de marzo, 1996, p. 21.
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Etiquetas: felicidad, sociedad
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Plagios
17 03 1996«La verdadera y buena originalidad ni se pierde ni se gana con copiar pensamientos, ideas o imágenes, o por tomar asuntos de otros autores. La verdadera originalidad está en la persona, cuando tiene ser fecundo y valer bastante para trasladarse al papel que escribe, y quedar en lo escrito, como encantado, dándole vida inmortal y carácter propio», dijo Juan Valera para defender a Don Ramón de Campoamor, al ser publicada en El Globo (1876) una denuncia por plagiar a Víctor Hugo. De todas maneras, Juan Valera no logró convencer a nadie, porque el denunciante citaba más de un centenar de frases, pensamientos y sentencias que Campoamor había incluido casi literalmente en su obra. Quizás este haya sido uno de los más escandalosos plagios de la historia, pero no el primero ni el último.
Ya Demóstenes había plagiado a su maestro Iseo. Virgilio capturó algunos textos de Homero. Clément Marot se apropió de algunos textos oriundos de Marcial; y Montaigne repetía otros de Plutarco y Séneca, para ser plagiado a su vez por Charon. La Fontaine saquea a Esopo (más del 80% de sus fábulas son copiadas) y Alejandro Dumas (padre) se apropia de algunas obras de Gosselin.
Pero ha habido incluso plagios que no eran tales.
En 1808 Charles Nodier publica los Poemas de Clotilde de Surville. Las biografías que aparecieron en las notas críticas a partir de la publicación, firmadas por los más grandes analistas literarios del momento, revelaron que la dama había nacido en 1405, que había sido esposa de Béranger de Surville, muerto en batalla contra Santa Juana de Arco, etc, etc. Y al final, Gastón Paris revela, en 1873, que Clotilde de Surville no había existido nunca. En las obras publicadas, la tal Clotilde citaba a Lucrecio, aún ignorado por entonces, a Copérnico, que no tendría ni dieciocho años el día de la muerte de Clotilde. Habla también de los satélites de Saturno, descubiertos por Herschel en el siglo XVII. Sainte‑Beuve reveló más tarde que el falsificador no era otro que el marqués de Surville (1790).
La publicación de las Canciones de Bilitis confundió incluso a los sabios alemanes. Publicadas en 1894 por Pierre Louys, con un prólogo donde explicaba que los poemas habían sido encontrados en una tabletas enterradas en unas ruinas cerca del palacio de Limisso, los poemas conquistaron rápidamente por su belleza la admiración del mundo cultural, que aceptó como excelente la traducción de un hombre que ya anteriormente había traducido a Meleagro. No pasó un año antes que un diccionario de literatura escrito por Lolicée y Gidel citara a Bilitis, y que basados en esa autoridad que tiene todo diccionario, los alemanes Willamowitz y Paul Ernst defendieran a Bilitis a capa y espada; hasta que un buen día, en 1897, André Gide demostró que las Canciones de Bilitis eran obra de Pierre Louys.
Aunque el más burlesco de los plagios se le hizo a un pobre burro. En 1910 Joachim Raphael Boronali, expuso en el Salón des Independants de París su cuadro abstracto Et le Soleil se coucha sur le Adriatique, muy alabado por los críticos. Después de publicadas todas las reseñas, donde predominaban los comentarios favorables, Boronali explicó el procedimiento mediante el cual había confeccionado la obra: Después de atar el pincel a la cola de un burro, se dedicó a atiborrarlo de azúcar, y el animal, contentísimo, fue embadurnando la tela, que por tal razón tiene ese aspecto como de alegría desenfadada que ya los críticos habían apuntado.
Pero si en algo Don Juan Valera tenía razón, es que no todo préstamo es un plagio. Ni Shakespeare fue plagiario al tomar prestadas casi todas las anécdotas de sus obras de teatro, ni Racine al tomar sus temas de la antigüedad y de la Biblia, ni Moliere al copiar el teatro italiano, ni Corneile, al asimilar los teatros español e italiano, ni Jean Cocteau al basar sus filmes en los dramas antiguos. Porque el genio puede tomar prestada una pequeña anécdota, una circunstancia, e incluso todo el esqueleto argumental de una obra. Lo único que no podría copiar, y que de hecho el genio nunca copia, es trascender la anécdota inmediata para convertirla en una verdadera obra de arte. En eso el genio solo puede plagiarse a sí mismo.
Plagios; en: Diario de Jaén, Jaén, España, 17 de marzo, 1996, p. 23.
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Etiquetas: literatura, plagios
Categorías : Libros
Ovejas
15 02 1996La parábola cuenta de un hombre que tenía cien ovejas. Una de ellas se le descarrió y él, abandonando las otras noventa y nueve, marchó al monte, rastreó sin reposo los trillos y cañadas e indagó en los barrancos hasta dar con ella.
Mientras, se le descarriaron las otras noventa y nueve.
“La parábola de las ovejas”; en: Diario de Jaén, Jaén, España, 15 de febrero, 1996, p. 29.
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Etiquetas: humor, jodema, mitología
Categorías : Jodemas
Bizantinadas
7 02 1996A pesar del estruendo que venía desde las murallas atravesando el aire leve de Bizancio, los monjes continuaron enfrascados en discusiones teológicas y de orden interior.
Entre tanto, Mohamed Mahomet II, El Conquistador, estaba cumpliendo lo que se había prometido a sí mismo desde el principio de su reinado: sitiar Constantinopla, cuya conquista prometía el Corán a los musulmanes, signo precursor del juicio final que aguardaba a los cristianos y del triunfo definitivo de la verdadera fe (Alá, of course).
Mientras Constantino XIII, con el rostro tiznado de humo y pólvora, trataba de restañar las heridas por donde se le iba desangrando la ciudad, llegaron a sus oídos, gracias a un cambio rápido, y por suerte efímero, de la brisa, retazos de aquella discusión perpetrada por los monjes, cuyo fin último era decidir el sexo de los ángeles, si las sandalias reglamentarias serían negras o marrón, el calibre y color de la cuerda con que se anudarían la sotana y otros asuntos incluso más complejos, en los que no era fácil alcanzar el consenso. A Constantino XIII le dieron ganas de voltear sus cañones y convertir a los monjes en puré de. Pero por suerte (para los monjes), el cambio de la brisa fue breve, un mar de cimitarras se le vino encima, y Constantino XIII se olvidó de ellos.
Los musulmanes no. Y más tarde dispusieron de mucho tiempo libre.
“Bizantinadas”; en: Diario de Jaén, Jaén, España, 7 de febrero, 1996, p. 26.
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Etiquetas: historia, jodema
Categorías : Jodemas
La peor dictadura
15 12 1995Si descontamos la democracia esclavista en la Grecia clásica, donde sólo una parte de la ciudadanía integraba el demos y tenía derecho a la cracia, la tradición democrática de Occidente es relativamente reciente, y su consolidación, aún más. El Estado del bienestar produce un efecto tranquilizante: ya los obreros de Manchester no son los del viejo Engels (que muy bien los debía conocer, porque era dueño de factorías), ni los franceses se parecen a los pavorosos personajes de Emile Zolá. Una revolución en Noruega es tan impensable como natural en Chiapas. Incluso los partidos de izquierda (perdón, de izquierda izquierda) apoyan el statu quo, las elecciones libres y el Estado de derecho, con la esperanza de que algún día se convierta en el Estado de izquierda. Así las cosas, y como el modelo parece funcionar, con sus escándalos, pero sin sobresaltos latinoamericanos, Occidente ha decidido que se trata de un modelo de uso universal, como los vaqueros. Aplausos para las nuevas democracias del Este. Hurra por los latinoamericanos, que se han quitado por fin los uniformes (hasta Fidel Castro, aunque sólo sea para asistir a los encuentros internacionales, que en casa resulta bastante incómodo andar disfrazado). El modelo se vende, hay mercado, y las trasnacionales no pueden instalar en el sur sus fábricas de baja tecnología o sus almacenes de turistas, sin un mínimo de tranquilidad que garantice la inversión. Y si alguien se empeña en seguir usando un modelito autocrático pasado de moda, se le mantiene el bloqueo. Y si otro ataca al vecino y se niega a deponer las armas, bloqueo también. Sobre todo si se trata de gobiernos izquierdosos o algo semejante y no muy amigos del Occidente Cristiano. El único defecto de esos bloqueos es que los sufren los pueblos, no los gobiernos. Un modo muy contundente de decir: «Revoquen a sus gobernantes en las próximas elecciones… perdón, si ustedes no tienen elecciones. Bueno, revóquenlos de cualquier modo o se morirán de hambre». Y como autodeponerse sigue siendo un acto tan raro como la automutilación, ahí sigue el demos cargando con su bloqueo, lo que no le hace ninguna cracia.
Lo curioso es que si la autocracia es marcadamente reaccionaria, incluso antediluviana, pero amiga y petrolífera, no hay bloqueo, porque en esos casos la dictadura es parte del acervo cultural, y se impone el respeto a las tradiciones ajenas y la biodiversidad. Si la autocracia se combina con el libre mercado, sobre todo si es el mayor del planeta, habrá su escándalo de Tianamen, pero un bloqueo sería financieramente inmoral. Y las virtudes de la moral financiera son irrefutables.
Pero hay una dictadura mucho más difícil de cancelar, porque no basta cambiar uniformes por chaquetas de ejecutivos o gastar un poco de papel (mojado a veces) en boletas electorales cada cuatro años. La dictadura del hambre, bajo la cual yacen las dos terceras partes de los terrícolas, para quienes la abundancia no se postula nunca. Si el Estado de derecho no establece en primer lugar el derecho a la vida, al pan, a la salud primaria será siempre precario.
Cayó la cortina de hierro. Aplausos prolongados. Pero la cortina de harapos sigue en pie y es más extensa y cruel que la otra. Al respecto, la moral informativa suele ser, cuando menos, curiosa: si en Rwanda se matan a machetazos, es noticia; si mueren silenciosamente de hambre, no.
Quedan lejos los tiempos en que el indio de Potosí inmolaba los pulmones sin saber que aquella plata alimentaba el crecimiento económico del Norte, y a la larga su primera democracia: la del pan. La democracia del pan es, pues, la primera justicia. La única que garantizará las otras, en un planeta que se ha vuelto demasiado pequeño: en las noches claras, desde Africa se divisan las luces de Europa. Al Sur le basta empinarse sobre las alambradas para saber lo que ocurre en el Norte. El Norte también mira hacia el Sur. Y teme. Pero sólo mira.
“La peor dictadura”; en: Diario de Jaén, Jaén, España, 15 de diciembre, 1995, p. 26.
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Etiquetas: geopolítica, justicia
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Extranjero
4 12 1995Extranjero es una palabra rara y polivalente, que ha servido incluso para titular libros y grupos de rock. Para un espartano, extranjero era el ateniense que habitaba, por así decirlo, a la vuelta de la esquina. Con el tiempo, todos terminaron siendo griegos. Extranjero era, entre los romanos, un concepto geopolítico: un romano de pura cepa podía nacer en las Galias o en Hispania, mientras el advenimiento de un bárbaro podía ocurrir a los pies del Coliseo, sin que por ello dejara de ser extranjero, lo que en este caso equivalía a extraño, ajeno. En las colonias españolas de Hispanoamérica, el criollo, nacido en el Nuevo Mundo, sin importar que sus padres fueran castellanos viejos, por razones geográficas (que a la larga se convirtieron en razones económicas y, más tarde, políticas, militares) no tenía acceso a numerosos cargos públicos. Era extranjero. Extranjero en su propia tierra.
En países como Suiza, para que a un extranjero se le conceda la ciudadanía —únicamente al estar casado con un ciudadano suizo—, debe reunirse el consejo de la localidad donde nació el cónyuge, valorar los méritos y deméritos del aspirante a la suizificación, y decidir, a puro voto democrático, si el tal tiene derecho o no a la eximia nacionalidad de las vacas alpinas y los quesos Emmental. Incluso en junio del 94, durante un referéndum sobre si se le concedía o no la nacionalidad a los hijos y nietos de inmigrantes nacidos en el país (y que sólo hablan alemán, francés o italiano, no su idioma de origen), más de la mitad de los suizos dijeron que no. De modo que siguen siendo extranjeros en la tierra donde nacieron ellos y sus padres. Españoles, croatas o chilenos que jamás han pisado los países de donde, teóricamente, son nativos. La extranjeridad es su condición natural.
He escuchado a algunas personas sentirse orgullosas de su nacionalidad, y creo que ello entraña un absurdo: es puro accidente que yo haya nacido en La Habana y no en Helsinki o en Ulan Bator. No puedo sentirme orgulloso por algo en que no intervine, y que, por tanto, no entraña ningún mérito. Podría, en cambio, sentirme orgulloso de mis obras, de mi condición humana, de mi país o de mi pueblo (lo cual no equivale a mi nacionalidad, mudable, como cualquier rótulo). Y me refiero a esto porque, apreciando los nacionalismos sanos, no excluyentes y que podrían asumirse como una categoría cultural, la salvaguarda de una herencia histórica; detesto los nacionalismos chovinistas, excluyentes, detentados por personas que se atribuyen los méritos de su pueblo gracias a una simple partida de nacimiento. Méritos en los que, con harta frecuencia, no han cooperado en lo absoluto. Y el aprecio superlativo y miope de lo propio viene con asiduidad convoyado por el desprecio a Lo Otro, Lo Extranjero. De modo que la otredad se convierte en un defecto y el otro, el extranjero, pasa a ser el bárbaro de los romanos, excluible, inferior.
La historia demuestra que la nación pervive, no el país. Yugoslavia fue un país, como la Unión Soviética o Checoslovaquia. Hoy descubrimos cuantas naciones contenían. O el África Negra, donde impusieron fronteras quienes se repartieron el botín, sin tomar en consideración las verdaderas naciones, sajadas a mansalva por esas líneas trazadas en los mapas. Pero la nación, la verdadera nación, que parte del auto reconocimiento de una herencia cultural e histórica, no cree en esas demarcaciones artificiales, y un yoruba sigue siendo yoruba antes que senegalés.
Pero ni siquiera la nación, a nivel individual, es determinista. La historia está llena de travestismos nacionales. ¿Era Conrad un escritor polaco o inglés? Y Nabokov: ¿norteamericano o ruso? ¿Y esa Gertrudis Gómez de Avellaneda, nacida en el Camagüey cubano, cuya obra se imparte en los cursos de literatura española? Demasiados ejemplos demuestran que incluso la nacionalidad puede ser una vocación: la del hombre que asume la nacionalidad (y no sólo la ciudadanía) del sitio donde halla la plenitud y la felicidad, es decir, su lugar (suyo, intransferible) en el planeta. De modo que, con frecuencia, la llamada cultura nacional está minada de extranjeros. Sin ir más lejos: el mayor acontecimiento de la historia española, el descubrimiento de América —llamémosle así para abreviar— fue obra de un extranjero, que quizás (antes de la ignominia, el desprecio y las cadenas) se sintiera más extranjero en su tierra natal. O el Napoleón francés, que era corso. Y el Napoleón alemán, Adolf Hitler, que era austríaco. Demasiados accidentes hacen sospechar que la cultura y la historia nacionales son más internacionales de lo que se piensa. Y el Hitler ruso, que era georgiano.
Tantos criterios encontrados, definiciones incompletas y romas, me inducen una duda esencial: ¿qué es por fin extranjero? Y no acabo de concretarlo en una categoría geográfica o legal, en un pasaporte, una raza o un idioma. Y por eso prefiero asumir como sinónimo de extranjero una palabra inglesa: alien. Y alien es sólo aquel que reniega de los valores universales que la raza humana: comprensión, sabiduría, amor y tolerancia; extranjero quien pretenda confirmar el yo a costa del no yo, quien se asuma centro para instaurar la periferia, quien destruya puentes y tapie puertas, pretendiendo quizás (iluso de él) vestir de ajeno lo que ocurra en cualquier otro lugar del planeta, más allá de su miope geografía; en un planeta cada vez más pequeño, cada vez más cercano. Extranjero es quien no entiende que el hambre de los indígenas bolivianos y peruanos coloca la cocaína a la puerta de nuestras escuelas. El que no escucha a John Donne cuando advertía que siempre que las campanas están doblando, no importa por quién sea, doblan por ti.
El resto, somos ciudadanos de hecho y derecho, nacidos y criados en la nación de los seres humanos: este maltratado planeta.
“Extranjero”; en: Diario de Jaén, Jaén, España, 4 de diciembre, 1995, p. 18./ “Extranjero”; en: Cubaencuentro 19 /04/2002 http://arch.cubaencuentro.com/sociedad/2002/04/19/7446.html
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Etiquetas: extranjero, historia, sociedad, xenofobia
Categorías : Escrituras
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