El chin chin de Berlín

5 05 1996

Cierto noviembre crucé seis veces en una tarde el muro de Berlín. Es decir, el sitio donde quedaba el muro. Hazaña impensada antes de 1989, para cualquier berlinés es hoy pura rutina. Demostración de que la vida es más dialéctica y mudable de lo que muchos académicos quisieran. Durante esa tarde pude deambular por las amplias avenidas del sector este, tan similar a Moscú por ese aire señorial de los enormes edificios gubernamentales. Una arquitectura pesada, densa, aplastante, destinada a demostrar a los infelices mortales, que se mueven como pulguitas a los pies de esos brontosaurios de piedra, quién tiene el poder. Y sobre todo que el poder es algo de una magnitud muy superior a su humana estatura, de modo que sienta la compulsión a obedecer: esa saludable actitud ciudadana.

En el lado oeste, se levanta uno de los mayores y más lujosos espacios comerciales del mundo. Diseñado con el objetivo de encandilar la mirada de los berlineses orientales, que indefectiblemente atisbaban por encima del muro los brillos y oropeles de la sociedad de consumo, ha quedado como un monumento a ese otro poder: el poder de la ilusión. Que es en el fondo el mismo poder, pero con un atavío más atractivo (y rentable). Quien vende, manda ─reza un viejo adagio─; y quien compra, obedece. Quien vende, gana. Quien gana, detenta el poder económico: médula ósea del poder político. Ya la arquitectura no necesita aplastar al hombre para demostrarle quién manda. Ahora lo engulle dulcemente, lo climatiza, le susurra al oído una música ambiental facilonga y confortable, y pone a su alcance todo cuanto soñara y hasta lo que aún no ha soñado. En la caja lo esquilma y lo devuelve contentísimo a casa, convencido de que deberá trabajar como un poseso para alcanzar el paraíso (de plástico). Una técnica antiquísima, que todas las mujeres inteligentes del mundo han empleado con sus maridos.

Pero por suerte o por desgracia, al menos una parte respetable de la humanidad adolece de un sano escepticismo, y al cabo es él quien le induce a desconfiar incluso de las más apetitosas imposiciones. Ajena a los extremos de obediencia o consumo, esa humanidad es como la llovizna, garúa o chin chin, como se llama en Cuba, fina pero persistente, que acompañó mi periplo berlinés: no empapa, pero moja; no retumba como aguacero, pero al cabo, por pura reiteración, hace crecer las plantas. Excepto las artificiales.


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