Viva el aburrimiento

30 05 1996

Yo viví durante cuarenta años en un país que era noticia, cuando menos una vez al mes. Mirabas el diario en el estanquillo con recelo y lo tomabas con precaución, porque las noticias solían saltarte al cuello. Ahora vivo en otro país donde cada escándalo parece mero prólogo del siguiente, donde el problema de los redactores jefes no es qué pongo en portada sino cuál pongo en portada.

Cuando estudié Comunismo Científico (así se llamaba la asignatura), nos pintaron el comunismo como el mundo desprovisto (o casi) de contradicciones, plácido remanso de la paz, la concordia y el amor universales. A punto estuvimos de creérnoslo, pero respiramos aliviados al saber que se trataba de una sociedad allá muy lejos y que jamás alcanzaríamos en nuestra efímera vida. Porque nuestra primera noción fue la de una sociedad bien aburrida.

Han pasado los años de la universidad. Habito, en rápida sucesión, dos países donde el sobresalto es la materia prima básica de la realidad, y los comparo con esos otros países que jamás son noticia, ni hay escándalos, ni defenestraciones, ni robos a portafolio armado. Y pienso si no se aburrirán esos ciudadanos del Capitalismo Científico. Y quizás se aburran, si no pueden hallar en el entorno las emociones que a su vida familiar estancada y a su trabajo repetitivo y automático le faltan. Pero si, por una de esas casualidades, se interesaran por crear una familia y no, simplemente, por descansar distraídamente sobre ella; si su trabajo fuera creativo e interesante, la escasez de ruidos exteriores no haría sino aguzar el oído hacia los sonidos interiores. Casi siempre se cumple que «a río revuelto, ganancia de pescadores», porque los pescadores no pretenden saber qué ocurre en el río, sólo llevarse a casa su botín. En cambio, quienes investiguen los secretos del río, su dialéctica, que seguramente la tendrá aunque no sea un río hegueliano, preferirán la corriente suave y los remansos donde es más fácil otear el fondo.

De modo que, al cabo de los años, he llegado a pensar que tan aburrida no sería aquella hipotética sociedad que nos contaban, porque un viaje en tren puede ser una mágica sucesión de paisajes o un inacabable traqueteo, según quien sea el viajero. Y ante la página en blanco me sentí tentado a escribir tan sólo: Viva el aburrimiento. Pero había que dar ciertas explicaciones. Cuando menos, para que no malinterpreten.

“Viva el aburrimiento”; en: Diario de Jaén, Jaén, España, mayo, 1996, p. 28.





El chin chin de Berlín

5 05 1996

Cierto noviembre crucé seis veces en una tarde el muro de Berlín. Es decir, el sitio donde quedaba el muro. Hazaña impensada antes de 1989, para cualquier berlinés es hoy pura rutina. Demostración de que la vida es más dialéctica y mudable de lo que muchos académicos quisieran. Durante esa tarde pude deambular por las amplias avenidas del sector este, tan similar a Moscú por ese aire señorial de los enormes edificios gubernamentales. Una arquitectura pesada, densa, aplastante, destinada a demostrar a los infelices mortales, que se mueven como pulguitas a los pies de esos brontosaurios de piedra, quién tiene el poder. Y sobre todo que el poder es algo de una magnitud muy superior a su humana estatura, de modo que sienta la compulsión a obedecer: esa saludable actitud ciudadana.

En el lado oeste, se levanta uno de los mayores y más lujosos espacios comerciales del mundo. Diseñado con el objetivo de encandilar la mirada de los berlineses orientales, que indefectiblemente atisbaban por encima del muro los brillos y oropeles de la sociedad de consumo, ha quedado como un monumento a ese otro poder: el poder de la ilusión. Que es en el fondo el mismo poder, pero con un atavío más atractivo (y rentable). Quien vende, manda ─reza un viejo adagio─; y quien compra, obedece. Quien vende, gana. Quien gana, detenta el poder económico: médula ósea del poder político. Ya la arquitectura no necesita aplastar al hombre para demostrarle quién manda. Ahora lo engulle dulcemente, lo climatiza, le susurra al oído una música ambiental facilonga y confortable, y pone a su alcance todo cuanto soñara y hasta lo que aún no ha soñado. En la caja lo esquilma y lo devuelve contentísimo a casa, convencido de que deberá trabajar como un poseso para alcanzar el paraíso (de plástico). Una técnica antiquísima, que todas las mujeres inteligentes del mundo han empleado con sus maridos.

Pero por suerte o por desgracia, al menos una parte respetable de la humanidad adolece de un sano escepticismo, y al cabo es él quien le induce a desconfiar incluso de las más apetitosas imposiciones. Ajena a los extremos de obediencia o consumo, esa humanidad es como la llovizna, garúa o chin chin, como se llama en Cuba, fina pero persistente, que acompañó mi periplo berlinés: no empapa, pero moja; no retumba como aguacero, pero al cabo, por pura reiteración, hace crecer las plantas. Excepto las artificiales.





La peor dictadura

15 12 1995

Si descontamos la democracia esclavista en la Grecia clásica, donde sólo una parte de la ciudadanía integraba el demos y tenía derecho a la cracia, la tradición democrática de Occidente es relativamente reciente, y su consolidación, aún más. El Estado del bienestar produce un efecto tranquilizante: ya los obreros de Manchester no son los del viejo Engels (que muy bien los debía conocer, porque era dueño de factorías), ni los franceses se parecen a los pavorosos personajes de Emile Zolá. Una revolución en Noruega es tan impensable como natural en Chiapas. Incluso los partidos de izquierda (perdón, de izquierda izquierda) apoyan el statu quo, las elecciones libres y el Estado de derecho, con la esperanza de que algún día se convierta en el Estado de izquierda. Así las cosas, y como el modelo parece funcionar, con sus escándalos, pero sin sobresaltos latinoamericanos, Occidente ha decidido que se trata de un modelo de uso universal, como los vaqueros. Aplausos para las nuevas democracias del Este. Hurra por los latinoamericanos, que se han quitado por fin los uniformes (hasta Fidel Castro, aunque sólo sea para asistir a los encuentros internacionales, que en casa resulta bastante incómodo andar disfrazado). El modelo se vende, hay mercado, y las trasnacionales no pueden instalar en el sur sus fábricas de baja tecnología o sus almacenes de turistas, sin un mínimo de tranquilidad que garantice la inversión. Y si alguien se empeña en seguir usando un modelito autocrático pasado de moda, se le mantiene el bloqueo. Y si otro ataca al vecino y se niega a deponer las armas, bloqueo también. Sobre todo si se trata de gobiernos izquierdosos o algo semejante y no muy amigos del Occidente Cristiano. El único defecto de esos bloqueos es que los sufren los pueblos, no los gobiernos. Un modo muy contundente de decir: «Revoquen a sus gobernantes en las próximas elecciones… perdón, si ustedes no tienen elecciones. Bueno, revóquenlos de cualquier modo o se morirán de hambre». Y como autodeponerse sigue siendo un acto tan raro como la automutilación, ahí sigue el demos cargando con su bloqueo, lo que no le hace ninguna cracia.

Lo curioso es que si la autocracia es marcadamente reaccionaria, incluso antediluviana, pero amiga y petrolífera, no hay bloqueo, porque en esos casos la dictadura es parte del acervo cultural, y se impone el respeto a las tradiciones ajenas y la biodiversidad. Si la autocracia se combina con el libre mercado, sobre todo si es el mayor del planeta, habrá su escándalo de Tianamen, pero un bloqueo sería financieramente inmoral. Y las virtudes de la moral financiera son irrefutables.

Pero hay una dictadura mucho más difícil de cancelar, porque no basta cambiar uniformes por chaquetas de ejecutivos o gastar un poco de papel (mojado a veces) en boletas electorales cada cuatro años. La dictadura del hambre, bajo la cual yacen las dos terceras partes de los terrícolas, para quienes la abundancia no se postula nunca. Si el Estado de derecho no establece en primer lugar el derecho a la vida, al pan, a la salud primaria será siempre precario.

Cayó la cortina de hierro. Aplausos prolongados. Pero la cortina de harapos sigue en pie y es más extensa y cruel que la otra. Al respecto, la moral informativa suele ser, cuando menos, curiosa: si en Rwanda se matan a machetazos, es noticia; si mueren silenciosamente de hambre, no.

Quedan lejos los tiempos en que el indio de Potosí inmolaba los pulmones sin saber que aquella plata alimentaba el crecimiento económico del Norte, y a la larga su primera democracia: la del pan. La democracia del pan es, pues, la primera justicia. La única que garantizará las otras, en un planeta que se ha vuelto demasiado pequeño: en las noches claras, desde Africa se divisan las luces de Europa. Al Sur le basta empinarse sobre las alambradas para saber lo que ocurre en el Norte. El Norte también mira hacia el Sur. Y teme. Pero sólo mira.

“La peor dictadura; en: Diario de Jaén, Jaén, España, 15 de diciembre, 1995, p. 26.