Mafiosos, ma non tropo

24 06 2002

En el imaginario del fidelcastrismo, el exilio cubano de Miami ha transitado por diferentes etapas. Primero fueron todos batistianos. A renglón seguido, fueron oligarcas y burgueses, dado que era incomprensible que habiendo cientos de miles de batistianos, un puñado de barbudos hubiera ganado la contienda. Y de inmediato, la prensa insular divulgó con encono la noticia de que la marquesa mantenía de su título tan sólo la M y era ahora mucama, mientras al antiguo industrial, la implacable sociedad yanqui lo había convertido en industrioso, y fregaba carros en un garaje de la sagüesera. Todas las fotos kitsch que llegaban a la Isla de exiliados sonrientes ante refrigeradores derramando jamones, o apoyados en Chevrolets del año, eran opulencias de alquiler. Por entonces, aún el gobierno podía dilapidar los restos de la riqueza heredada, y no había caducado la promesa de un cielo comunista donde amarraríamos los perros con longaniza (soviética) a una nube de algodón de azúcar.

Mientras los exiliados no limpiaban carros o se hacían fotos trucadas, ejercían un odio beligerante y terrorista cuyo propósito era dar marcha atrás a la máquina del tiempo hasta los felices 50.

Hasta ese momento, todos los exiliados —salvo las brigadas de maceítos—eran gusanos: bichos arrastrados y repulsivos que, entre otras tareas fecundan la tierra y fabrican la seda. Mantener correspondencia con un gusano estaba prohibido, para no malgastar los esfuerzos alfabetizadores desplegados por la Revolución.

A fines de los 70, el gobierno “descubrió” que existía una “comunidad cubana en el exterior”, ansiosa por visitar a sus parientes de la Ínsula y, de paso, alimentar las arcas cubanas con otros rubros que no fueran rublos. Aunque el cálculo de FC era, ante todo, un cálculo político: autorizar los viajes familiares jugaba con la política de distensión preconizada por el presidente Carter; disparaba contra la arboladura del embargo —no contra la línea de flotación, dada su demostrada utilidad como chivo expiatorio—, y dividía al exilio entre “intransigentes” y “dialogantes”. Posiblemente fue durante aquellos años finales de los 70, cuando más blando fue el discurso oficial cubano hacia Miami. Los militantes del PCC recibieron la “orientación” de acoger (y ya de paso, coger lo que pudieran) amablemente a los parientes que hasta el día anterior no merecían ni una carta. Los gusanos al fin salieron de la crisálida. Fue un tiempo de reencuentros, mariposas y maletas. Los cubanos de la Isla descubrieron asombrados la de cosas que podía comprar la antigua marquesa con su salario de mucama.

Pero el cálculo oficial se basaba en la presunta impermeabilidad ideológica de sus súbditos y su más presunto desinterés material que colmaba con creces la libreta de abastecimiento. Como resultado, en 1980 los marielitos devolvieron la visita a los maceítos y las mariposas involucionaron a gusanos.

La relativa bonanza de los 80, con sus repentinos mercaditos, mercados paralelos, mercados negros y verdes, es decir, shoppings, mantuvo a niveles medios el discurso beligerante, con sus altas y sus bajas.

Pero ya en los 90, el gobierno necesitó echar mano a todos sus recursos para explicar el total descalabro del sistema sin asumir ni una dosis de culpa. Al embargo y el clima (tradicionales culpables), se sumaron los rusos y el exilio, Helms y Burton mediante. La multiplicación del éxodo hasta niveles de los 60, y la crisis de los balseros, dictó la conveniencia de satanizar Miami, aún antes del Caso Elián. Los gusanos se volvieron más verdes y viscosos. Ya no eran batistianos ni burgueses, sino “escoria apátrida” desde 1980.

En el nuevo discurso de las autoridades cubanas, la “mafia” de Miami se dedicaba a odiar a Cuba mañana y tarde, apoyaba con fervor los más tenebrosos planes contra la Isla, y vivía pendiente de una revancha histórica que le permitiera regresar como invasores, a bordo de sus dólares, y sojuzgar para siempre a sus compatriotas, que en su día fueron redimidos por Fidel Castro. Tan ocupados en odiar, no se explica de dónde sacaban tiempo para enviar a sus familiares mil millones de dólares al año, y mantenerlos con vida hasta que llegue el momento de esclavizarlos.

A propósito, si los de Miami son todos unos mafiosos, la Isla tendrá que ser, por fuerza, la lavadora de dinero donde se asean sus excedentes.

Una lectura asidua de la prensa cubana revelará la imagen del exilio que el gobierno aspira a crear en sus ciudadanos: Repiten hasta el aburrimiento y la hipnosis que la población de Miami no sólo es de extrema derecha y anticastrista, sino anticubana, aliada con los intereses de una potencia extranjera. Un exilio dispuesto a invadir la Isla y desalojar de sus antiguas casas a los nuevos propietarios, recuperar sus empresas y apropiarse del país. Favorecería cualquier solución drástica en Cuba siempre que concluyera con el derrocamiento de Fidel Castro, y saciara sus ansias de venganza. Y, por último, no dudaría en aplaudir masivas purgas y ajustes de cuentas tras la caída del comunismo.

Sin embargo, una encuesta realizada recientemente a más de 800 personas en el condado de Miami-Dade por la firma Bendixen & Associates, con un margen de error del 3%, parece contradecir los juicios apocalípticos de La Habana.

Según sus resultados, aunque cayera el comunismo en Cuba, sólo el 27% regresaría a la Isla, de modo que la prevista invasión se quedaría en mera excursión. El 46%, en cambio, está a favor de que los norteamericanos puedan viajar libremente a Cuba, mientras el 47% se mantiene en contra. Aún el 61% se muestra a favor del embargo, pero ya el 28% aboga por eliminarlo. En ello posiblemente influye que el 45% considera que ha sido un instrumento ineficaz, frente al 46% que aún sostiene lo contrario. La inmensa mayoría apuesta por el tránsito cubano hacia la democracia y son más los que preferirían una política implementada por Europa, América Latina y Estados Unidos (48%), que quienes la limitan a una política exclusivamente norteamericana(35%). El 54% considera positivo el Proyecto Varela, aunque el mismo, al ajustarse a la Constitución vigente en Cuba, excluya la opinión de los exiliados, razón por la que el 23% dice no aceptarla iniciativa.

Entre quienes llegaron en los 60, el 42% apoya el perdón y la reconciliación entre cubanos, frente a un 46% en contra. Mientras que entre los llegados en los 90, la proporción es de 62% contra 29%. El 79% de los entrevistados prefiere una transición gradual y pacífica, aunque sea más lenta, mientras apenas el 16% apoyaría cambios drásticos. Y el 76% estaría de acuerdo con la participación en el proceso de los líderes del exilio. Un 15%, en cambio, estaría en contra. Y aunque un 42% aboga por comenzar desde ya el proceso de transición, el 52% opina que en vida de Fidel Castro serán impensables cambios serios. El empecinamiento del mandatario cubano en un discurso del odio que sirve de coartada al desmoronamiento de su régimen, parece darles la razón.

Si acatamos el precepto bíblico de que por sus obras los conoceréis, cualquier observador imparcial deberá reconocer que los exiliados cubanos, despedidos en su día a golpes de desprecio y escarnio tras ser esquilmados sus bienes salvan del hambre hoy a media Isla. Mientras en la acera sur del Estrecho se enorgullecen del odio unánime y obligan a rubricar la inamovilidad constitucional de la dictadura; en la acera norte, la tercera parte aboliría el embargo, más de la mitad aboga por la reconciliación, y las cuatro quintas partes preferiría un tránsito incruento y gradual de sus compatriotas hacia la democracia. Una mafia, en suma, de la que Don Vito Corleone se avergonzaría en nombre del gremio. Tampoco el Padrino de la Isla permitiría a los miembros de su familia esos excesos de opinión, ni esos reblandecimientos del odio.

“Mafiosos, ma non tropo”; en: Cubaencuentro, Madrid, 24 de junio, 2002. http://arch.cubaencuentro.com/sociedad/2002/06/24/8570.html.





Palabras deslizantes

9 02 2001

En muchas escaleras, aceras y zonas de acceso público, existen bandas de arenisca u otro material con alto índice de fricción: las bandas antideslizantes, cuyo propósito es evitar los resbalones y caídas. Aunque ya se sabe: cualquiera resbala y cae, en palabras de Mr. Vox Populi. Lamentablemente, el cuidado que se prodiga a nuestro esqueleto no tiene su equivalente en bandas antideslizantes intelectuales, cuando se trata de cuidar nuestra inteligencia. En el enorme flujo de información que recibimos cada día, escasean las «palabras antideslizantes», es decir, las que fijan una noción inequívoca de la realidad. Abundan en el idioma, pero con frecuencia son palabras «incómodas»: impiden el dulce devaneo de la ambigüedad.

Salvo los autores de diccionarios, son pocos los grupos humanos interesados en un idioma 100% antideslizante. Aunque todos operan según el mismo procedimiento: las palabras buenas (crecimiento, mejora, calidad) se subrayan terminantemente; mientras las malas (descenso, desigualdad, empeoramiento, crisis) se envuelven en una nube de eufemismos. Y el procedimiento inverso, si nos referimos al adversario (léase enemigo).

De modo que el «ajuste de los precios» sustituye al puro y duro «aumento», mediante una operación de cirugía estética. La liposucción de contenido aparente convierte en «limpieza étnica» el genocidio (Goebels debe revolverse de envidia en su tumba), y se llama «operación de castigo» —con su connotación pedagógica, colegial, paterna— al bombardeo de zonas civiles por la aviación israelí en la frontera siria. Así, mientras sus partidarios le llaman «interrupción del embarazo», sus detractores emplean el lapidario y tradicional «aborto», de sonoridad casi delictiva. Se «aborta» una conspiración de los malos, y se «interrumpe» una operación militar de los buenos.

Con frecuencia reproducimos las manipulaciones del lenguaje, sin percatarnos de que, subrepticiamente y por reiteración, estamos alterando las apariencias de la realidad, su imagen. Por muy buena (o mala) voluntad que ponga el periodista, todavía resulta arduo hallar la palabra filosofal que transmute al nombrar la realidad misma.

Lógicamente, en una sociedad de derecho, los creadores del eufemismo, de la palabra deslizante, deben inducir reiterada y subrepticiamente su uso a los transmisores de la palabra: los periodista, que con alta (harta) frecuencia seguimos el juego por pura desidia. Pero también las esferas de poder imponen sus propias verdades por la vía de la palabra, que llegan a alcanzar apariencias de inamovilidad. Así, se habla de la «moderación salarial», pero no de la «moderación de la ganancia», porque por un raro enroque de las palabras, ahora los empresarios no tienen «ganancia» (líbrenos el Dios de la Caperucita Roja de la palabra “plusvalía”), sino «excedentes empresariales», colocándose la expresión estratégicamente cerca de «reinversión» y «creación de empleo», para que nadie sospeche que con ese «excedente» se comprarán un Porshe o un yate. De modo que los desempleados deberían saltar de alegría cada vez que una mulinacional remonta «excedentes» de 3.000 millones.

Pero el clímax de la resbalosidad lingüística se alcanza en las naciones donde el Estado es dueño de todo, y en especial de la palabra, que el ciudadano deberá consumir dócilmente. En Cuba, por ejemplo, las empresas debían reportar el «faltante» en sus inventarios: la palabra denominaba el por ciento de los bienes e insumos que los propios funcionarios habían robado (la palabra “robante” es demasiado brutal) durante el período en cuestión. Se llama «trabajo voluntario» a las labores agrícolas a las que acudían los estudiantes, so pena de ser expulsados del colegio. Para esto, alguien creó el exactísimo término “oblivuntario”. Al Servicio Militar Obligatorio se le rebautizó como Servicio Militar General (los hijos de los generales solían evadirlo), y a la crisis de los 90, que demolió el 60% de la economía cubana, «Período Especial en Tiempos de Paz», una frase que resulta casi placentera.

Pero ni los dueños de la palabra se libran de que las muy malditas resbalen en sentido opuesto. Las guaguas de La Habana solían colocar en el cristal trasero la exhortación “Sígueme”, una publicidad de la Unión de Jóvenes Comunistas que exhortaba a seguir a la Revolución a donde quiera que fuera, y una manada de transeúntes obedecía cuando la guagua se volaba limpiamente la parada. En la entrada del Combinado del Este, la mayor prisión de la Isla, colocaron una frase de Fidel Castro que resultó proverbial: “Todo lo que somos hoy, se lo debemos a la Revolución y al Socialismo”. Pero la mayor muestra de talento propagandístico fue la de un comité de base de la Unión de Jóvenes Comunistas, que decoró el muro del cementerio de Victoria de las Tunas con un rotundo: «Aquí no se rinde nadie». Y tenían razón.

“Palabras deslizantes”; en: Cubaencuentro, Madrid, 9 de febrero, 2001. http://www.cubaencuentro.com/lamirada/2001/02/09/1055/2.html.





De cómo el lobo feroz se hizo cómplice de la Caperucita Roja

1 01 1997

La misteriosa explosión del acorazado Maine con 276 tripulantes a bordo fue el motivo necesario para que Estados Unidos entrara en la guerra anticolonial cubana, justo cuando España sólo dominaba las ciudades importantes. La teoría de la fruta madura, la Doctrina Monroe refrendada por la U.S Navy, fue la causa. A mediados del XIX, la metrópoli económica de Cuba era ya el vecino del Norte, que acaparaba casi el 60% de su comercio; no España.

Ahora, la ley Helms-Burton dispara sus andanadas económicas contra la Isla. Si entonces Estados Unidos se enfrentó a un Imperio venido a menos que intentó en vano una coalición europea en su ayuda, y al final se resignó a capitular ante la potencia emergente, nunca ante los mambises, verdaderos artífices de la independencia, esta vez se enfrenta a intereses económicos de sus aliados.

En 1898, Estados Unidos acudió a salvar a la colonia martirizada, aunque para ello algunos propusieran un método sui géneris, como se desprende del memorándum de J. G. Breckenridge, Secretario de Guerra norteamericano:

[la población cubana] “consiste de blancos, negros y asiáticos y sus mezclas. Los habitantes son generalmente indolentes y apáticos. Es evidente que la inmediata anexión de estos elementos a nuestra propia Federación sería una locura y, antes de hacerlo, debemos limpiar el país (…) destruir todo lo que esté dentro del radio de acción de nuestros cañones (…) concentrar el bloqueo, de modo que el hambre y su eterna compañera, la peste, minen a la población civil y diezmen al ejército cubano. Este ejército debe ser empleado constantemente en reconocimientos y acciones de vanguardia, de modo que sufra entre dos fuegos, y sobre él recaerán las empresas peligrosas y desesperadas”.

Un siglo después, los cañones modelo Helms-Burton intentan salvar a los nativos de la dictadura castrista y forzar un tránsito a la democracia… de los que sobrevivan a su aplicación. El restablecimiento de los derechos humanos merece cualquier sacrificio, incluso el de la vida… de los cubanos.

La Helms-Burton, o Ley para la libertad y la solidaridad democrática cubanas, de 1996, “procura sanciones internacionales contra el Gobierno de Castro en Cuba, planificar el apoyo a un gobierno de transición que conduzca a un gobierno electo democráticamente en la Isla y otros fines”. Su presupuesto básico es sancionar y reparar “el robo por ese Gobierno [el de Castro] de propiedades de nacionales de los Estados Unidos”, haciendo de ello un instrumento para la democratización de Cuba. He leído varios artículos que invocan el carácter justiciero de la Ley, que salvaguarda el sagrado derecho a la propiedad. Ninguno ejemplifica con el terrateniente expropiado o la United Fruit Company. Suenan demasiado a monopolio, expoliación, riqueza desmedida flotando en un océano de miseria. Se invoca al pobre galleguito que sufragó su bodega con años de sudor y malcomer, para que Fidel se la quitara. Yo recordé al chino de Genios e Industria que vino huyendo de Mao, montó su almacén, apareció Fidel y terminó de asalariado en Miami. Pero el chino y el gallego, así sean ciudadanos norteamericanos, sólo podrán recuperar su bodega “si el monto de la reclamación supera la suma o el valor de 50.000 dólares sin considerarse los intereses, gastos y honorarios de abogados” (sic.). De modo que ya sabemos quiénes serán los presuntos beneficiarios.

Y será el presidente de Estados Unidos quien determine cuándo existe un gobierno de transición[1]. Dimanar de elecciones libres e imparciales y una clara orientación hacia el mercado, sobre la base del derecho a poseer y disfrutar propiedades, son las condiciones adicionales para que el mismo presidente concluya que se trata de un gobierno elegido democráticamente, momento en que la felicidad reinará en la Isla, ya que el bienestar del pueblo cubano se ha afectado, según la ley, por el deterioro económico y por “la renuencia del régimen a permitir la celebración de elecciones democráticas”. La primera razón es obviamente correcta. La segunda, indemostrable. Taiwán, Corea y Chile, por un lado; Haití, Nicaragua y Rusia, por el otro, demuestran que la democracia de las urnas y la democracia del pan no forman un matrimonio indisoluble. Pero, ¿es verdaderamente democracia y derechos humanos lo que se reclama para Cuba? Si nos atenemos a la historia de nuestro continente, un pliego de demandas como éste habría hecho inadmisibles a Somoza, Pinochet, Duvalier, Batista, Trujillo, etc., etc., dictaduras apoyadas y, con frecuencia, instauradas por Washington. Y habría garantizado la existencia de Allende, Jacobo Arbenz, Joao Goulart. Pero aceptemos que la política norteamericana ha cambiado. ¿Acaso el petróleo concede un tinte democrático a las feroces dictaduras árabes? ¿Por qué los chinos mantienen el status de nación más favorecida? Cedo la palabra al destacado periodista norteamericano Robert Novak:

“¿No será que estoy inclinando la cabeza ante el poderío chino y ensañándome con la débil Cuba? Confieso que así es. (…) Mantener buenas relaciones con el creciente gigante de Asia es un interés nacional indiscutible”.

No coments.

Sólo me queda claro un derecho que Occidente defiende sin reticencia: “la garantía del derecho a la propiedad privada”, como reza la ley.

¿Cómo restablecer en Cuba ese derecho?, es una pregunta que intenta responder el tándem Helms-Burton: En teoría, logrando, mediante medidas de presión, el desmoronamiento del gobierno cubano. En la práctica, estrangulando al pueblo cubano por cualquier medio, incluso “un embargo internacional obligatorio” de la ONU, hasta que la subversión brutal a cualquier costo sea el único y estrecho pasadizo hacia la supervivencia probable.

Claro que aun las más drásticas medidas (no importa sobre quién recaigan) están justificadas, dado que “el Gobierno de Cuba ha planteado y continúa planteando una amenaza a la seguridad nacional de los Estados Unidos”. Y reitera en varios párrafos “las amenazas de terrorismo constantes del Gobierno de Castro”, e incluso advierte que “la terminación y explotación de cualquier instalación nuclear” y “cualquier nueva manipulación política del deseo de los cubanos de escapar que provoque una emigración en masa hacia los Estados Unidos, se considerará un acto de agresión que recibirá la respuesta adecuada…”. De esto, cualquier lector ingenuo derivaría que el monstruoso embargo y las continuas amenazas que la potencia castrista impone a los pobrecitos Estados Unidos justifican cualquier medida defensiva, y que, según el derecho de reciprocidad, el gobierno cubano puede decidir qué instalaciones nucleares norteamericanas son admisibles.

Y un lector no tan ingenuo detectaría que la ley padece cierta amnesia, resultado quizás del “Síndrome Mariel”: la emigración cubana pos revolucionaria, que muy en sus inicios pudo ser política ─Estados Unidos acogió incluso a criminales de guerra buscados por la justicia cubana, con lo que sentó un pésimo precedente que Castro ha retomado─, se convirtió muy pronto en mayoritariamente económica; con la diferencia (respecto a los mexicanos, por ejemplo, que sí emigran masivamente) de que siempre fue objeto de manipulación política por ambos bandos: Estados Unidos obstaculiza la emigración legal y alienta la ilegal. Cuba abre y cierra a conveniencia la válvula de escape. Unas dantescas elecciones donde los cubanos sólo han votado con sus cadáveres, arrastrados por la Corriente del Golfo a algún cementerio secreto del Atlántico Norte.

La “amenaza castrista” permite a la ley incluso apelar a la extraterritorialidad y sancionar a terceros países, dado que “El derecho internacional reconoce que una nación puede establecer normas de derecho respecto de toda conducta ocurrida fuera de su territorio que surta o está destinada a surtir un efecto sustancial dentro de su territorio” (sic). No sólo a entidades y personas que “trafiquen con propiedades confiscadas reclamadas por nacionales de los Estados Unidos”, sino a quienes aporten personal técnico, asesor o colaboren de algún modo con la central nuclear de Juraguá, obra del actual gobierno cubano en colaboración con la Unión Soviética (EPD); a quienes establezcan con Cuba cualquier comercio en condiciones más favorables que las del mercado; donen, concedan derechos arancelarios preferenciales, condiciones favorables de pago, préstamos, condonación de deudas, etc., etc. Es decir, todo lo que proporcione al Gobierno Cubano “beneficios financieros que mucho necesita (…) por lo cual atenta contra la política exterior que aplican los Estados Unidos”. De modo que el planeta Tierra y sus alrededores quedan advertidos: Cualquier acción que contradiga la política exterior norteamericana hacia Cuba queda terminantemente prohibida. El resultado, hasta ahora, es que sólo dieciséis empresas han suspendido sus negocios con Cuba. ¿Razones? Helms y Burton no tomaron en cuenta que esas actividades económicas son también beneficiosas para los inversionistas. Como la primera ley del capital es la ganancia, la primera libertad democrática es la libertad de empresa, y el primer deber de un gobierno es defender a sus ciudadanos, y si son empresarios, más aún, la protesta ha sido unánime: la Unión Europea está dispuesta a dar batalla y prepara sanciones si al fin Clinton decide aplicar la ley tal cual; México y Canadá han elevado protestas formales; incluso la hasta ayer dócil OEA ha repudiado la ley, consiguiendo de rebote la solidaridad hacia el pueblo cubano (que, de un modo u otro, se convierte en apoyo al gobierno de Fidel Castro). En lugar de quedar “aislado el régimen cubano”, la ley ha conseguido aislar a Estados Unidos.

Está claro que Fidel Castro jamás aceptará las decisiones de una corte norteamericana, de modo que no será él quien pague las propiedades que expropió. ¿Quién las pagará entonces? Aunque la Ley Helms-Burton estipula que el presidente de Estados Unidos podrá derogarla una vez se democratice la Isla, las reclamaciones anteriores a esa fecha tendrán que ser satisfechas (incluso la voluntad de satisfacerlas es condición para que el nuevo gobierno sea aceptable); de modo que se da el contrasentido de que una ley dirigida contra Castro sólo afectará al gobierno de transición o al “democráticamente electo” que lo suceda ─justo el gobierno que, al menos teóricamente, propugna la ley─. Gobierno que no sólo heredará un país arruinado por el desbarajuste económico, sino también una deuda que no contrajo. A lo que se sumará la mediatización impuesta por las preferencias de Estados Unidos sobre el futuro político de Cuba. Aunque la ley Helms-Burton afirma “No dispensar ningún tratamiento de preferencia a persona o entidad alguna ni influir a su favor en la selección que haga el pueblo cubano de su futuro gobierno”, veta, de entrada, a los Castro, y, de salida, exige el levantamiento de interferencias a Tele y Radio Martí (lo lógico sería su desmantelamiento una vez concluida la beligerancia), que se convertirían en medios de propaganda electoral no sujetos a la equitativa distribución de espacios entre formaciones políticas que la propia ley exige a las futuras autoridades cubanas. Como si no bastara la diferencia “de león a mono amarrao” entre cualquier formación política que recién aparezca en la Isla y la solvencia de las formaciones políticas del exilio, en especial las que constituyen fuertes lobbies de presión en Washington. Si el propósito es fomentar el nacimiento de una democracia precaria, está muy bien pensado.

Al parecer, el famoso pragmatismo norteamericano falla cuando se trata de lidiar con Fidel Castro, superviviente del embargo y del desastre económico, del rechazo internacional, el descontento y el éxodo, incluso de la caída de la URSS. Lección clara: la ley del garrote sólo consigue incrementar el repudio mundial hacia una política incompatible con el derecho internacional (e ineficaz, de contra), y aunque el embargo (que la ley pretende recrudecer) haga más difícil la vida del cubano de a pie, su efecto político es contradictorio: en 37 años, cada presión no ha hecho sino consolidar al pueblo alrededor del líder y frente al enemigo externo. “Ahí viene el lobo”, grita la Caperucita Roja. Y el lobo viene, como si se hubieran puesto de acuerdo para comerse a la abuelita que hace la cola para el pan en La Habana Vieja. De modo que el embargo carga las culpas que le corresponden y todas las demás, de contrabando. Si alguna vez Estados Unidos comprendiera esto y levantara el embargo, la ineficaz burocracia cubana desfilaría en manifestación denunciando “esa nueva maniobra del Imperialismo”.

Pero me asombra más, incluso me aterroriza, que la comunidad cubana de Miami se decante abrumadoramente por la solución Helms-Burton; sabiendo ─no hay que ser muy perspicaz─ que con ley o sin ella, si a alguien faltará lo elemental no será a Fidel Castro, sino a mi hermana y a tus primos, cuyo único derecho es el de soportar el peso de la pirámide, para que ahora se le sienten encima Helms, Burton y un millón de exiliados. No importa cuántos mueran por falta de un medicamento o de una intervención quirúrgica (que en el último año se han reducido casi a la mitad). Es el castigo por haberse quedado en Cuba. El gobierno norteamericano, que —a mediano y largo plazo, obviemos ese cíclico interés cuatrienal por el exilio cubano— responde a sus intereses, puede pasar por alto esta pequeña circunstancia. Los cubanos, no. Si lo que se pretende es una Cuba mejor, libre y democrática (ningún político reconocerá lo contrario), deberán tener en cuenta algo que Tucídides ya sabía hace dos milenios: que la ciudad no son sus murallas sino sus gentes. Y los habitantes de la Isla serán los primeros en sospechar de quienes pretenden inmolarlos “por su bien”. Alguno ha afirmado que se trata de “alentar” a los cubanos a “derrocar la dictadura”. Una especie de “Sublevación o Muerte”. Solo que quienes instan al martirologio ya votaron con los pies y sólo lo verán por televisión.

“Duro oficio el exilio”, dijo Nazim Hikmet. Duro oficio el insilio, añadiría yo, pensando en los que permanecen en la Isla. Lo cierto es que para ninguna orilla de la cubanía han sido un lecho de rosas estos 37 años. Va siendo hora de que la política sea un acto de servicio; que el odio, la desconfianza y la revancha no sean el pavimento de nuestro destino. Que los nostálgicos se acostumbren a que la Cuba de 1958 y la de 1984, esas no volverán, como bien dijo Bécquer. Hora de preguntarnos con realismo: ¿Cuál sería el camino menos doloroso de Cuba hacia el futuro? Pero antes: ¿de qué futuro hablamos?

Obviamente, la ultracentralizada economía socialista, tal como se ha puesto en práctica, sólo genera ineficiencia. Y la distribución equitativa de la miseria ha resultado al cabo, más injusta. El teorema de una clase gubernamental que encarne y ejerza, sin control democrático, la voluntad popular, sólo ha servido de coartada ideológica a la autocracia. En cambio, la voluntad socializadora ha permitido índices educacionales y sanitarios propios del desarrollo.

La pregunta se completa: ¿Cuál sería el camino menos doloroso de Cuba hacia una sociedad democrática y una economía de mercado, atemperada por una política social que reduzca la distancia entre los más y los menos favorecidos? Respondamos por exclusión:

Aplicar a rajatabla las fórmulas neoliberales, aún cuando se implante por decreto una democracia representativa de corte occidental, no haría sino incurrir en la fórmula rusa: Hambre con democracia. Fórmula que en buena parte del Tercer Mundo ha demostrado su ineficacia, porque la primera democracia es la del pan.

Mantener el statu quo sería peor: Desde el desplome económico, que colocó al gobierno cubano entre la espada y la pared, es decir, entre el embargo y su propia ineficiencia, más que gobernar, han ejercido el equilibrismo sobre la cuerda floja del descalabro. Evitando introducir profundas transformaciones económicas (que pondrían en peligro el monopolio del poder político), han optado por vender en porciones la Isla (capitalismo para extranjeros que subvencione el socialismo para cubanos) y paliar la miseria mediante tímidas aperturas. Pero sin un plan coherente y a largo plazo. ¿Pruebas? En apenas cinco años, el gobierno ha contradicho reiteradamente su propio discurso: Desde la negativa rotunda al Mercado Libre Campesino, hasta su reapertura; desde “el capital extranjero sólo operará mediante empresas mixtas en cooperación con el Estado”, hasta empresas 100% extranjeras; desde las condenas a prisión por tenencia de dólares hasta su despenalización; desde la caza de jineteras hasta la admisión de que son “las más cultas del mundo” (FC, verbigracia); desde la prohibición de la pequeña empresa privada, hasta la proliferación del timbiriche ─aunque acosado hasta la asfixia por restricciones e impuestos; no así el inversionista extranjero, de quien depende que los niveles de miseria no alcancen el punto crítico de la desesperación─. Puras medidas de supervivencia cuya única lógica es la perpetuación del poder. Así se incumpla una verdad universal postulada por José Martí hace cien años: “Gobernar es prever”.

El terror a la aparición de una burguesía nacional, sumado a la acelerada venta del país al capital foráneo, es la mejor combinación para que un día los cubanos heredemos un país que no nos pertenezca. La negativa a cualquier fórmula democrática (por tímida y paulatina que sea), incluso al diálogo con la oposición más amable, sumado a un vago proyecto de sucesión dinástica que ya nadie cree viable, pueden producir, por un error de cálculo o tras la muerte del líder, un vacío de poder en que todo sea posible: desde un neo estalinismo tropical hasta la rebatiña entre facciones, el reparto del pastel en la piñata de la burocracia, la entrega incondicional al mejor postor, o la peor y menos probable: la confrontación civil. De modo que la perpetuación del statu quo resulta óptima para el cumplimiento del axioma: “Después de mi, el caos”. ¿Cuál sería entonces el camino menos doloroso…?

Una transición ordenada y rápida bajo la égida de Fidel Castro es pura ciencia-ficción. Salvo raras excepciones, ninguna autocracia se suicida.

Tampoco hay indicios de que las tímidas reformas transgredan lo indispensable para mantenerlo en el trono “hasta que la muerte nos separe”, y evitar otro agosto del 94, más peligroso mientras menos posibilidades tenga de abrir la balsa, perdón, la válvula de escape.

¿Queda alguna opción? Quizás. Aunque el riesgo de desnacionalizar la Isla deje de ser mera hipótesis; no quedaría otro camino que la inversión masiva de capital, precisamente lo que la nueva ley pretende evitar. La solución Breckenridge-Helms-Burton o la pasiva espera a una transición dictada por la necrología son soluciones infinitamente más penosas. ¿Y esas inversiones no apuntalarían al gobierno actual? A corto plazo, sí. Pero también aliviarían la dramática supervivencia de los cubanos que viven en la Isla, cuyo sufrimiento no puede ser la moneda con que se compre una presunta “transición democrática”. Y, a mediano plazo, cada empresa que se deslice a otro tipo de gestión demostrará la ineficacia de la economía estatal ultracentralizada al uso, debilitará los instrumentos de control del individuo por parte del Estado. La descentralización de la economía desverticalizará paulatinamente la sociedad, abrirá nuevos márgenes de libertad y concederá al pueblo cubano una percepción más universal, más abierta, una noción más clara de sus propios derechos, o de su falta de derechos, en contraste con los que se otorgan al extranjero en su propia tierra; desmitificando el camino trazado desde arriba como el único posible. Amén de que la dinámica del capital exigirá nuevos espacios, nuevas aperturas.

Y a esta reflexión no es ajeno el gobierno cubano, de ahí que le infunda más pánico la inversión (descentralizadora) que el embargo (aglutinador) y sólo muy cautelosamente la vaya permitiendo. Aunque más teme toda iniciativa privada de los cubanos, porque el dueño de una paladar contrae, con su independencia económica, el germen de su independencia política.

A fines de los 70, cuando los cubanos de Miami recién llegados a La Habana abrieron sus maletas, demolieron veinte años de propaganda. Hoy, los turistas y los empresarios extranjeros corroen más que cualquier embargo las doctrinarias exhortaciones al sacrificio. Muchos empiezan a sospechar que el porvenir no queda hacia delante, por la línea trazada que se pierde más allá del horizonte y cuyo destino es por tanto invisible, sino hacia el lado. Más al alcance de la mano.

En La Habana, ciudad que por falta de mantenimiento constructivo e inversión inmobiliaria puede ser declarada inhabitable en un 50% a fin de siglo, se invierte el cemento en una red de refugios antiaéreos (“Ahí viene el lobo”, de nuevo). Pero el gobierno sabe que no hay refugio posible si el bombardeo es con dólares. Helms y Burton todavía no se han enterado.

 

“De cómo el lobo feroz se hizo cómplice de la Caperucita Roja”; en: Encuentro de la Cultura Cubana, n.º 3, invierno, 1996-1997, pp. 31-37.

 


 [1]Es condición necesaria que ese gobierno de transición haya legalizado todas las actividades políticas, dado la libertad a los presos políticos, disuelto la Seguridad del Estado, los Comités de Defensa y las Brigadas de Acción Rápida; se haya comprometido a realizar elecciones libres a más tardar en 18 meses bajo supervisión internacional, dando espacios equitativos de difusión a las diferentes formaciones, haya levantado las interferencia a Radio y TeleMartí, respete los derechos humanos, establezca un poder judicial independiente y permita la libertad sindical, de expresión y de prensa, garantice la distribución de la asistencia al pueblo cubano, demuestre su voluntad de tránsito de la «dictadura comunista» a la «democracia representativa», permita el establecimiento de observadores internacionales, extradite a delincuentes buscados en Estados Unidos, reponga la nacionalidad cubana a los exiliados y devuelva o indemnice a los estadounidenses expropiados desde 1959. Y sobre todo, ese gobierno tendría que excluir expresamente a Fidel y Raúl Castro.





Oh, milagro

26 03 1996

Es asombroso que aún pululen por las calles ancianos encorvados, calvos, gordos, que las arrugas permanezcan impávidas en muchos rostros. Cualquier televidente crédulo no daría crédito a sus ojos. Porque ya hay en circulación cientos de fármacos milagrosos que en tres semanas y sin esfuerzo convierten la silueta de Montserrat Caballé en la de Noemí Campbell, el torso de Pavarotti en el de Joaquín Cortés. Crecepelos que conceden melenas Heavy Metal aún a los calvos del tipo bola de billar. Antiarrugas que harían de mi abuela una Miss Cualquier Sitio. La Corte de los Milagros, pero con marketing, tecnología y muy buena voluntad (de los usuarios).
El viejo Tolstoi dijo cierta vez que «la felicidad consiste en querer lo que uno tiene, no en tener lo que uno quiere». Cierto que resulta una afirmación sospechosa en boca de un terrateniente ruso, propietario de una extensión que equivalía a la de un país europeo, y no de los más chicos, y era dueño, señor y dios de las vidas de sus mujiks. Tampoco la comparto totalmente, porque creo que es propensión natural de los humanos plantearnos metas y esforzarnos por conseguirlas. Gracias a ello no permanecemos aún en las cavernas, comentando la última cacería de mamuts. Pero sí hay algo cierto en la afirmación: la felicidad está compuesta por una dosis de inconformidad (que te impulsa) y otra de autosatisfacción (que te reafirma). La felicidad, como cualquier otra armonía, depende del equilibrio. Explotar al máximo las propias posibilidades en la persecución de un objetivo posible, y asumir las propias limitaciones para no acercarse demasiado al Sol con un par de alas pegadas con cera.
No obstante, hay quienes continúan inmolando las felicidades posibles a las probables. No hay mejor ingrediente para la infelicidad que ese divorcio entre las aptitudes y las actitudes. El miope extraordinariamente dotado para las matemáticas que quiere ser piloto de pruebas. La muchacha con un instinto natural para el diseño que aspira a un lugar en las pasarelas aunque apenas mida un metro con 50. Creo que no es conformismo, sino sabiduría, sacar a tiempo el carné para conducirnos por la vida: sus pasos prohibidos, sus autovías rápidas, sus pasos preferenciales. Más vale evitar accidentes.
Y, sobre todo, asumir que hay muchos órdenes de la felicidad: la de los famosos con vocación que disfrutan el acoso de los reposteros del corazón (no es un error tipográfico: reposteros son los que preparan esas tartas periodísticas almibaradas y kitsch). La felicidad de quienes crean algo con sus manos y/o su talento (desde carpinteros hasta novelistas o filósofos). O la felicidad cotidiana de quienes disfrutan el crecer de sus hijos y las muchas y pequeñas bondades de estar vivo. Ninguna es deleznable.
Pero hay quienes nunca consiguen llevarse bien consigo mismo, y a ellos van dirigidos los milagros de esa expedita farmacopea: al desgarbado que nunca tuvo voluntad (y quizás ni falta que le hacía) para perseverar cuatro horas al día en el gimnasio atiborrado de anabolizantes, pero ha soñado siempre con la musculatura de Stallone; a la gorda que aspira a Jane Fonda sin renunciar a la bollería selecta; al señor de libido baja que pretende convertirse en semental a los 50. Sin darse cuenta que asumirse con las buenas y las malas es la primera de las tolerancias, el escalón inicial hacia la felicidad. Y que, sean cuales sean sus rótulos o propósitos, todos estos placebos constan de dos ingredientes comunes: la inconformidad absurda y la credulidad en milagros que no conlleven una buena dosis de sacrificio. Y para suerte de esos milagreros sin escrúpulos, los ingredientes esenciales no tienen que importarlos del exótico Oriente ni provienen de la biotecnología norteamericana: nosotros se los proporcionamos. Gratis.
“Oh, milagro”; en: Diario de Jaén, Jaén, España, 26 de marzo, 1996, p. 21.





Extranjero

4 12 1995

Extranjero es una palabra rara y polivalente, que ha servido incluso para titular libros y grupos de rock. Para un espartano, extranjero era el ateniense que habitaba, por así decirlo, a la vuelta de la esquina. Con el tiempo, todos terminaron siendo griegos. Extranjero era, entre los romanos, un concepto geopolítico: un romano de pura cepa podía nacer en las Galias o en Hispania, mientras el advenimiento de un bárbaro podía ocurrir a los pies del Coliseo, sin que por ello dejara de ser extranjero, lo que en este caso equivalía a extraño, ajeno. En las colonias españolas de Hispanoamérica, el criollo, nacido en el Nuevo Mundo, sin importar que sus padres fueran castellanos viejos, por razones geográficas (que a la larga se convirtieron en razones económicas y, más tarde, políticas, militares) no tenía acceso a numerosos cargos públicos. Era extranjero. Extranjero en su propia tierra.

En países como Suiza, para que a un extranjero se le conceda la ciudadanía —únicamente al estar casado con un ciudadano suizo—, debe reunirse el consejo de la localidad donde nació el cónyuge, valorar los méritos y deméritos del aspirante a la suizificación, y decidir, a puro voto democrático, si el tal tiene derecho o no a la eximia nacionalidad de las vacas alpinas y los quesos Emmental. Incluso en junio del 94, durante un referéndum sobre si se le concedía o no la nacionalidad a los hijos y nietos de inmigrantes nacidos en el país (y que sólo hablan alemán, francés o italiano, no su idioma de origen), más de la mitad de los suizos dijeron que no. De modo que siguen siendo extranjeros en la tierra donde nacieron ellos y sus padres. Españoles, croatas o chilenos que jamás han pisado los países de donde, teóricamente, son nativos. La extranjeridad es su condición natural.

He escuchado a algunas personas sentirse orgullosas de su nacionalidad, y creo que ello entraña un absurdo: es puro accidente que yo haya nacido en La Habana y no en Helsinki o en Ulan Bator. No puedo sentirme orgulloso por algo en que no intervine, y que, por tanto, no entraña ningún mérito. Podría, en cambio, sentirme orgulloso de mis obras, de mi condición humana, de mi país o de mi pueblo (lo cual no equivale a mi nacionalidad, mudable, como cualquier rótulo). Y me refiero a esto porque, apreciando los nacionalismos sanos, no excluyentes y que podrían asumirse como una categoría cultural, la salvaguarda de una herencia histórica; detesto los nacionalismos chovinistas, excluyentes, detentados por personas que se atribuyen los méritos de su pueblo gracias a una simple partida de nacimiento. Méritos en los que, con harta frecuencia, no han cooperado en lo absoluto. Y el aprecio superlativo y miope de lo propio viene con asiduidad convoyado por el desprecio a Lo Otro, Lo Extranjero. De modo que la otredad se convierte en un defecto y el otro, el extranjero, pasa a ser el bárbaro de los romanos, excluible, inferior.

La historia demuestra que la nación pervive, no el país. Yugoslavia fue un país, como la Unión Soviética o Checoslovaquia. Hoy descubrimos cuantas naciones contenían. O el África Negra, donde impusieron fronteras quienes se repartieron el botín, sin tomar en consideración las verdaderas naciones, sajadas a mansalva por esas líneas trazadas en los mapas. Pero la nación, la verdadera nación, que parte del auto reconocimiento de una herencia cultural e histórica, no cree en esas demarcaciones artificiales, y un yoruba sigue siendo yoruba antes que senegalés.

Pero ni siquiera la nación, a nivel individual, es determinista. La historia está llena de travestismos nacionales. ¿Era Conrad un escritor polaco o inglés? Y  Nabokov: ¿norteamericano o ruso? ¿Y esa Gertrudis Gómez de Avellaneda, nacida en el Camagüey cubano, cuya obra se imparte en los cursos de literatura española? Demasiados ejemplos demuestran que incluso la nacionalidad puede ser una vocación: la del hombre que asume la nacionalidad (y no sólo la ciudadanía) del sitio donde halla la plenitud y la felicidad, es decir, su lugar (suyo, intransferible) en el planeta. De modo que, con frecuencia, la llamada cultura nacional está minada de extranjeros. Sin ir más lejos: el mayor acontecimiento de la historia española, el descubrimiento de América —llamémosle así para abreviar— fue obra de un extranjero, que quizás (antes de la ignominia, el desprecio y las cadenas) se sintiera más extranjero en su tierra natal. O el Napoleón francés, que era corso. Y el Napoleón alemán, Adolf Hitler, que era austríaco. Demasiados accidentes hacen sospechar que la cultura y la historia nacionales son más internacionales de lo que se piensa. Y el Hitler ruso, que era georgiano.

Tantos criterios encontrados, definiciones incompletas y romas, me inducen una duda esencial: ¿qué es por fin extranjero? Y no acabo de concretarlo en una categoría geográfica o legal, en un pasaporte, una raza o un idioma. Y por eso prefiero asumir como sinónimo de extranjero una palabra inglesa: alien. Y alien es sólo aquel que reniega de los valores universales que la raza humana:  comprensión, sabiduría, amor y tolerancia; extranjero quien pretenda confirmar el yo a costa del no yo, quien se asuma centro para instaurar la periferia, quien destruya puentes y tapie puertas, pretendiendo quizás (iluso de él) vestir de ajeno lo que ocurra en cualquier otro lugar del planeta, más allá de su miope geografía; en un planeta cada vez más pequeño, cada vez más cercano. Extranjero es quien no entiende que el hambre de los indígenas bolivianos y peruanos coloca la cocaína a la puerta de nuestras escuelas. El que no escucha a John Donne cuando advertía que siempre que las campanas están doblando, no importa por quién sea, doblan por ti.

El resto, somos ciudadanos de hecho y derecho, nacidos y criados en la nación de los seres humanos: este maltratado  planeta.

 

“Extranjero; en: Diario de Jaén, Jaén, España, 4 de diciembre, 1995, p. 18./ “Extranjero; en: Cubaencuentro 19 /04/2002 http://arch.cubaencuentro.com/sociedad/2002/04/19/7446.html

 





La era de las tres erres (Cuba en verde y negro sobre fondo rojo)

1 04 1995

Aquella luminosa mañana del primero de enero de 1959, La Habana no durmió la resaca como otros años. Despertó temprano entre sirenas, gritos y banderas. El dictador Fulgencio Batista había huido. La Revolución acababa de triunfar en aquel país monoproductor (80% de sus exportaciones en azúcar), monocultivador (52% de la tierra cultivable dedicada a la caña), con una cabeza vacuna por habitante y escasamente industrializado, profundas diferencias de clase, sociales, y estructurales entre la ciudad y el campo; 23% de analfabetismo, deficientes redes de asistencia médica y educacional; un país que exportaba azúcar, tabaco y concentrados de níquel, e importaba chicles y automóviles; amaestrado en el servilismo a lo extranjero y, en especial, a lo yanqui (tercer socio comercial de Estados Unidos en el continente), con un incipiente pero acelerado desarrollo del turismo (US$ 50 millones por año); balanza de pagos favorable, cero deuda externa y una reserva de divisas equivalente al volumen de su comercio exterior; un país con una estructura democrática plegable, galopante malversación, nepotismo, corrupción y abuso del poder. Cuba, que algún turista había definió como el tropical paradise de putas y maraqueros, se preparaba a ser noticia durante los próximos 40 años; a tocar el cielo/el infierno (según versiones) desde su soledad continental, a sostener el mito de David frente a Goliat, referente para América Latina y buena parte del Tercer Mundo, a desatar pasiones extremas y la enemistad de nueve inquilinos de la Casa Blanca. Verdadera tradición norteamericana.

En aquella Isla que había padecido medio siglo de democracia precaria, y un crecimiento económico sostenido que asimiló más de un millón de inmigrantes; los barbudos de Fidel Castro representaron la honradez, la valentía de derrocar por las armas al tirano, contra todo pronóstico, y un sentido nuevo de la justicia social que transmitía su hipnótica oratoria. Él se apresuró a dictar medidas que fomentaran la adhesión de las grandes mayorías: Reforma Urbana, Reforma Agraria, Alfabetización. Grandes palabras de los 60, la Era del Entusiasmo, que se redondeó el 13 de marzo de 1968 con la Ofensiva Revolucionaria: incautación de los últimos 58.012 pequeños negocios que quedaban, con lo que se erradicaba la propiedad privada sobre los medios de producción (si exceptuamos el 30% de las tierras cultivables). Desde entonces, el Estado se encargaría de administrar toda la economía cubana.

Vencida la contrarrevolución armada en Playa Girón y el Escambray, desactivada la oposición y amaestrada la prensa —monopolio estatal— hasta la obediencia incondicional, ninguna voz se alzaría impunemente contra los sucesivos experimentos económicos y políticos. Máxime después que fueron refundidas las organizaciones que participaron en la lucha, bajo las órdenes de Fidel Castro, quien ha terminado abrumándose a sí mismo de trabajo: Primer Ministro, presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, Primer Secretario del Partido Comunista, y Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas. La Constitución de la República (1976) menciona explícitamente su liderazgo vitalicio, de modo que es inconstitucional cuestionarlo. De todos modos, en previsión de disonancias, se instituyeron los mecanismos de una vasta inquisición ideológica cuyo exponente más nefasto fue la UMAP, campos de “reeducación” donde se confinaron por igual a católicos militantes, homosexuales, disidentes y heterodoxos.

Tres pilares edificarían la rápida prosperidad de la nación: la frugalidad estoica —reducción drástica del consumo para dedicar el máximo de recursos a la industrialización—; la conciencia laboral y política de los trabajadores, que se esforzarían sin apenas retribución —igualitaria, trabajaras o no, de acuerdo a la libreta de racionamiento—, y la unanimidad en torno a sus dirigentes, lo que hacía innecesario cualquier mecanismo participativo. Hasta 1976 no se crea el primer y único órgano vagamente democrático: la Asamblea Nacional del Poder Popular, que en 23 años jamás ha aprobado una ley contra la opinión del líder, e incluso ha reescrito otras ya publicadas. Ni siquiera le fueron consultadas las guerras de Angola y Etiopía, que involucraron a cientos de miles de cubanos. La “democracia directa” suple al parlamento: Fidel habla (unos 3.200 discursos registrados) y el pueblo aplaude.

Lamentablemente, la tríada “frugalidad-conciencia-unanimidad” no funcionó. La escasa estimulación provocó una huelga generalizada de brazos caídos. La caída de la producción, escasez. La escasez, inflación, desestimulando más a los trabajadores para cerrar el círculo: El Estado simulaba un salario y los obreros simulaban un trabajo. La subvención soviética, a través de relaciones económicas preferenciales, créditos blandos y armamento gratuito —a mediados de los 70, Cuba recibía la mitad de toda la ayuda que la URSS enviaba al Tercer Mundo—, evitó el colapso económico de la Isla; paliando con creces los efectos del embargo norteamericano (US$40.000 millones en 40 años, el 7,6% del PIB, según datos del propio gobierno), aprovechando en cambio su valor añadido: chivo expiatorio de cuanto desastre económico ocurra, y recurso fácil para convocar al rebaño al grito de “Ahí viene el lobo”. Si mañana la Casa Blanca levantara el embargo, no pocos funcionarios cubanos, despojados de su excusa predilecta, saldrían en manifestación denunciando “esa nueva maniobra del imperialismo”.

Al mismo tiempo, se establecía la gratuidad de la asistencia médica, la educación (a todos los niveles) y el entierro. Crecía la red asistencial hasta cotas cercanas a las del mundo desarrollado. Se universalizaba la enseñanza, y las cuatro universidades de 1959 se convertían en 45, generando al cabo 400.000 profesionales universitarios en una población de 11 millones. Fuerza laboral altamente calificada que contrajo expectativas de vida frustradas por el bajo desarrollo de las relaciones de producción, máxime cuando el gobierno ha mantenido inalterable un sistema promocional que pondera la incondicionalidad política al talento, y no tolera la desobediencia creadora. Vox Populi afirma que en Cuba “El que sabe, sabe. Y el que no sabe, es jefe”. Razón de los múltiples altercados entre el gobierno y el sector cultural, cuya tarea ha sido, por otra parte, dignificada, beneficiándose de la difusión y accesibilidad del libro y los espectáculos culturales, la creación de una enseñanza y una industria cinematográfica y artística sin precedentes. Aunque tan temprano como en 1961, se les advirtió que: “Dentro de la Revolución, todo; fuera de la Revolución, nada”.

Los cubanos suelen recordar los 80 como la Edad Dorada: tímida estimulación salarial; creación del mercado paralelo (no racionado) tras el éxodo masivo de 1980 por el Mariel; permisos de visita a los cubanos del exilio; apertura internacional al turismo, y un poderoso mercado negro alimentado por las tiendas en dólares y la propiedad estatal—propiedad de todos que terminó siendo propiedad de nadie o del listillo que le echara el guante—. A lo que se sumaba una notable homogeneidad social, herencia del igualitarismo. Una edad que concluiría con la década: en 1990, se decretaba el Período Especial en Tiempos de Paz, eufemismo para designar la crisis más profunda del siglo XX cubano.

Con la caída del Este (y del 80% del comercio insular), Cuba queda a solas entre su propia ineficiencia económica y el embargo norteamericano. En menos de seis meses, la devaluación alcanza el 2.500%. Un ingeniero pasa a cobrar 450 pesetas mensuales al cambio (hoy ronda las 2.000), lo suficiente para comprar quince cajetillas de cigarros o un pollo. Cientos de fábricas cierran por falta de repuestos, materias primas y energía, quedando los desempleados con un subsidio del 60%, es decir, el 2% de su poder adquisitivo un año atrás. Fidel Castro anuncia el olvidable slogan “Socialismo o Muerte”. Pero los pueblos no se suicidan y el Comandante en Jefe se encuentra ante la disyuntiva: ¿Cómo evitar que el hambre y la desesperación pongan en peligro el statu quo, sin ceder el monopolio del poder? ¿Cómo incrementar la eficiencia económica sin acudir a fórmulas del FMI, sin cancelar las conquistas sociales y sin dinamitar los fundamentos del sistema: ultra centralización, propiedad estatal y manejo de la economía según criterios políticos? La ensaladilla rusa, hambre con democracia, no es buena receta para conservar el poder. Eligieron el pato al estilo de Pekín: dictadura política con crecimiento económico. Traduciendo: un capitalismo sólo para extranjeros que subvencionara el socialismo sólo para cubanos: descapitalizar la nación vendiendo medios de producción al capital foráneo, para cobrar el diezmo. La elección no es casual: El inversionista extranjero hace funcionar la empresa y paga impuestos, pero carece de derechos políticos, y si obtiene ganancias, apoyará al gobierno. Los nacionales podrían constituir a mediano plazo una capa productiva, eficiente, y el poder económico siente un hambre precoz de poder político. “Antes se hundiría la Isla en el mar” (FC dixit). Incluso las tímidas modalidades de trabajo por cuenta propia se han permitido a regañadientes para paliar la escasez, contener el descontento y ofrecer una salida de emergencia al enorme desempleo. Pero abrumándolos de impuestos; sin hacer constar por ley la libertad de empresa y comercio de los nacionales, de modo que sea reversible, y prohibiendo a los profesionales ejercer por libre sus oficios, evitando así el surgimiento de una empresa altamente cualificada y competitiva, pero privada, que subraye la incompetencia estatal.

No obstante, la subasta del país se hace con cautela. El mercado es especialista en desatar lo atado y bien atado. La zona más ortodoxa de la vieja guardia teme al capital por razones ideológicas y nada ayudaría más a erosionar ese statu quo que la supresión del embargo, derogando así un fuerte factor de cohesión alrededor del líder, según la tesis “Ahí viene el lobo”. Pero EE. UU. prefiere el método John Wayne. Otros miembros de la burocracia política se están colocando ya como gerentes neocapitalistas, en posición de esperar el cambio bien arropados en sus crisálidas, que abandonarán convertidos en las mariposas de la nueva burguesía. Mientras puedan, no van a tolerar la libre competencia.

No hay por ahora indicios de que la tímida apertura económica se desplace hacia el terreno político. Dada la profunda crisis que pesa sobre la cotidianía del cubano, permitir la aparición de alternativas políticas sería un suicidio. Y las burocracias tampoco se suicidan. No habrá Gorbachov Segunda Parte. Se insiste en un vago proyecto de sucesión dinástica que ya nadie cree viable. Y para forzar desde abajo una transición radical, haría falta el 70”1% de la desesperación. Situación poco predecible: Primero: Opera aún el “síndrome del líder” (una porción aún cree; la equivalencia Fidel=Socialismo=Patria, reiterada durante 40 años, ha calado hondo). Segundo: La idiosincrasia del cubano, que sólo llega a la sangre in extremis. Tercero: El temor de muchos a la alternativa Miami en caso de desplome. Y Cuarto: El ejemplo ruso, donde los menos aptos están peor que antes. Para los cubanos mayores de 50 años el horizonte pos fidelista se barrunta negro, un capitalismo más cerca de Haití que de Suecia, desguarnecido de las (ya precarias) conquistas sociales. Los más jóvenes prefieren huir al “paraíso”, antes que intentar uno propio. El resto, espera. Ojalá no sea por mucho tiempo. Podríamos heredar un país que no nos pertenezca.

Cuarenta años después de aquel primero de enero de 1959, Cuba es un país monocultivador y monoproductor (más de la mitad de las tierras dedicadas a la caña, aunque el azúcar ha sido superado por las remesas de los exiliados), con 0,3 reses por habitante, escasamente industrializado -a pesar de cierta infraestructura industrial-, sin analfabetismo, con una población sana y altamente calificada, con redes educativa y de asistencia médica suficientes en cantidad y aceptables en calidad, aunque huérfanas hoy de medios; un país que exporta azúcar y concentrados de níquel e importa hasta los más elementales bienes de consumo; un país que ganó en tres decenios otro sentido de la dignidad y el orgullo nacionales, y lo pierde un poco cada día en la picaresca de la miseria; un país que el turismo (300 millones de dólares por año) y la subasta de su economía, van amaestrando en el servilismo a lo extranjero (en especial a lo yanqui, corroborado por el espejo de Miami y la oferta televisiva de enlatados norteamericanos); un país con una balanza de pagos negativa, una deuda externa de $US10.000 millones (más 24.000 con la antigua URSS) y una reserva de divisas estimada en el 1% del volumen de su comercio exterior; un país donde once millones tienen derecho a votar por un candidato o por el mismo. Otros dos millones ya han votado con los pies, o con los remos. Un millón de inmigrantes en medio siglo, se han convertido en dos millones de emigrantes durante la segunda mitad. Y una macabra procesión de cadáveres que vagan por el Estrecho de la Florida.

¿Será el socialismo el camino más largo entre el capitalismo y el capitalismo? Quizás. El país que se nacionalizó de punta a cabo, se anuncia hoy en liquidación hasta fin de existencias. El país estatalizado, se privatiza. El garito del Caribe que reeducó a sus prostitutas, es hoy destino del turismo sexual. Los gusanos que huyeron ayer, salvan del hambre hoy a los que se quedaron. La ciudad que construyó La Habana del Este para desactivar el tristemente célebre Barrio de las Yaguas, esperará el milenio con la mitad de sus viviendas en mal estado (251.000), 175.000 inhabitables, de las que 100.000 se perderán sin remedio. Y en el país más antiimperialista y anti yanqui del planeta, un billete de Washington vale por veintidós de José Martí.

La Cuba que construyó hace cuarenta años una Revolución “verde como sus palmas” (o verde como la sandía), es hoy una Isla tricolor: sobre el fondo rojo de la desvaída economía estatal, cuyos asalariados a 1,500 pesetas por mes pedalean sus bicicletas y Resisten como pueden la crisis, apelando con suerte a las remesas de sus parientes que un día optaron por Remar; aparecen los islotes del capitalismo para extranjeros, verde dólar, y todo ello sobre el fondo negro de la economía sumergida, la omnipresente bolsa negra, donde la picaresca es ley, y Robar, mero ejercicio de supervivencia. Es decir, tras la Era del Entusiasmo y la Era Dorada, aparece lo que un cubano llamó La Era de las Tres Erres: Resistir, Robar o Remar.

“Cuba: La era de las tres R”; en: AlSur, n.º19, Jaén, España, marzo-abril, 1995, pp. 44-46





¿Intolerancia o Humanismo? (La homosexualidad en Cuba)

30 12 1994

¿Tienes idea de cuántos homosexuales puede

haber en Cuba? Tomando la tasa mundial de entre

3 y 4% de la población, con que están de acuerdo

casi todos los especialistas, en Cuba habría

entre 300.000 y 400.000 homosexuales (sin contar los

bisexuales). Una sociedad esencialmente humanista

no se puede desentender del destino de esos ciudadanos

Dr. Celestino Álvarez Lajonchere

ex director del Grupo Nacional de Educación Sexual, Cuba

 

 

Breve historia de Daniel Ramírez

Daniel Ramírez estudia el onceno grado en una facultad nocturna de La Habana, al tiempo que trabaja como mozo de limpieza en una peluquería. Abandonó sus estudios en el curso diurno para buscar trabajo, y fue entonces cuando discurrió por un penoso peregrinar de oficina en oficina. Los pretextos para no darle trabajo fueron diversos, y dependieron de la imaginación y el nivel de prejuicios de los empleadores: que no había plaza, que dejara sus datos y en breve se comunicarían con él —aún estaría esperando—, etc. Un constructor le dijo con toda franqueza que si lo empleaba tendría que expulsar en los próximos meses, por agredirlo, a otros trabajadores, cuyo machismo les impediría trabajar resignadamente a su lado. En otro lugar, donde adujeron que no había vacantes, Daniel aceptó la excusa y envió varios minutos más tarde a un amigo heterosexual, que obtuvo el trabajo sin mayores dilaciones. Una siquiatra llegó a decirle que tenía dos opciones: ver la vida como si fuera una película o irse del país. Pero, a pesar del consejo, Daniel, educado en una familia que lo juzga y lo ama por quién es, sea cual sea su conducta sexual, piensa que su lugar está en Cuba.

 

¿Confiables o no?

Casos como el de Daniel me indujeron a conversar con el Dr. Celestino Álvarez Lajonchere, y tratar de indagar sobre algunos juicios y prejuicios que sobre la homosexualidad subsisten en Cuba:

—Doctor, existe una opinión bastante generalizada de que los homosexuales no son confiables en tanto que homosexuales.

—Eso se basa en la concepción de que la homosexualidades una “debilidad de carácter”, y que por esa razón no son confiables. Creo que los homosexuales pueden ser objeto de chantaje en una sociedad no permisiva y donde ocultan, por razones obvias, su homosexualidad. Desde ese punto de vista, creo que no sería prudente poner en sus manos secretos militares o de Estado, y preferiría que los homosexuales entendieran eso. Pero no por razones intrínsecas. He conocido homosexuales que son grandes figuras del arte y de la ciencia, con una gran fortaleza de carácter, e incluso homosexuales que resistieron las torturas sin delatar a sus compañeros. ¿Puede llamárseles no confiables?

—Es curioso: si una sociedad no es permisiva, el homosexual se encubre y es posible blanco de chantaje. Pero si es un homosexual encubierto, la sociedad pondrá en sus manos los secretos de que usted hablaba, creyéndolo heterosexual. Y si se trata de un homosexual declarado, que es cuando la sociedad pondrá sus secretos lejos de él, no será jamás blanco de chantaje por esa causa. Si se modificara la concepción actual y ser homosexual no fuera una actitud repudiada, ¿no desaparecería la precondición necesaria para el chantaje por esa causa?

—Eso es racional, pero fíjate que la doble moral y la subestimación a la mujer va a tardar decenios, siglos quizás, en desaparecer. En Holanda noté que incluso los homosexuales masculinos discriminan a las femeninas. Extrapolación del machismo. Así, la discriminación al homosexual va a tardar más en desaparecer.

 

¿Causas?

—Eso está todavía en estudio —responde el Dr. Lajonchere—, pero al parecer las causas biológicas son más importantes. El Instituto de Endocrinología Experimental de la Universidad de Humboldt, en Berlín, ha obtenido sistemáticamente camadas de animales de experimentación homosexuales, cambiando el equilibrio endocrino de la madre en el momento crítico en que se está produciendo el dimorfismo cerebral en el animal. Si las causas son básicamente biológicas, entonces resulta que la persona no es responsable de su homosexualidad. No está en él cambiarlo. No lo escogió. Por eso es doblemente inhumano hacerle la vida imposible al homosexual. Aunque, sea cual sea la causa, es inhumano darle un tratamiento diferenciado y está en contra de los principios humanistas de nuestra sociedad.

 

Homosexuales, bisexuales y transexuales

—Una experiencia homosexual en la adolescencia —responde el Dr. Lajonchere— debe ser vista con cuidado. Es frecuente y no implica que la persona sea homosexual (cuando sólo siente estimulación sexual por personas de su mismo sexo). También hay los que funcionan indistintamente con ambos sexos, los bisexuales, que no son homosexuales estrictos. El homosexual raras veces intenta un cambio de sexo, y cuando lo hace es por presión social. En cambio, el transexual es fisiológicamente un varón pero su percepción como ser humano es la de una mujer. Generalmente su situación es muy dramática, y puede confundirse con la del travesti (que puede ser transexual u homosexual). En esos casos, ya en Cuba se está practicando el cambio de sexo.

 

¿Amaestrar?

—Sabemos, Dr. Lajonchere, que durante aquella experiencia nefasta y por suerte efímera de los años 60, las Unidades Militares de Ayuda a la Producción, donde eran recluidos muchos homosexuales, se intentaba modificar su conducta mediante técnicas aversivas. ¿Es posible hacerlo?

—El homosexual conserva su nivel hormonal idéntico al del heterosexual, sólo que cambia el centro de su interés. Dado esto, se le podría amaestrar para que tengan relaciones con personas de sexo contrario. Lo difícil es lograr que esto les resulte agradable. Y en ese caso se le entregaría a la mujer un varón incompleto, cuya orientación está en la estructura de su propio cerebro. Pero, además, amaestrarlo sería anti ético.

 

Amaneramiento

—Se cree que todos los homosexuales son amanerados, ¿es así?

—No. Si la homosexualidad es básicamente biológica, el amaneramiento es aprendido. Donde no hay una represión grande y donde el homosexual existe más o menos abiertamente, el amaneramiento es rechazado por los homosexuales y es minoritario. En ocasiones, puede ser una manifestación de protesta contra la sociedad que los discrimina.

 

¿Existe discriminación al homosexual en Cuba?

es la pregunta que hago entonces al Dr. Lajonchere, pero antes recuerdo la carta de un homosexual a la redacción de la revista Somos:

“¿Por qué se discrimina tanto al homosexual? ¿Por qué se nos trata como antisociales? ¿Por qué se nos rechaza en todas partes, cuando descubren en uno aunque sólo sea un mínimo destello de homosexualidad?”

—Eso está ocurriendo y ocurrirá por muchos años —responde Lajonchere—. No es exclusivo de nosotros. Es mundial. Los investigadores Master y Johnson plantean que el rechazo tiene un origen religioso. La iglesia sólo acepta el coito reproductivo, por tanto, la homosexualidad es pecado capital. En el Medioevo los homosexuales eran condenados a muerte.

—Incluso en Cuba, donde la Inquisición fue leve, la única quema masiva fue la de unos 90 homosexuales en un sitio llamado Cayo Puto, en la Bahía de La Habana.

 

Hasta los padres

La magnitud del repudio a los homosexuales nos la da un hecho sintomático: los primeros en repudiarlo son los padres. Los mismos padres que sobreprotegerían a un niño enfermo o minusválido, y que no retirarían su apoyo a un hijo delincuente. La solución de algunos padres es “ignorar “la homosexualidad de sus hijos. La incomprensión puede provocar desajustes sociales que no tienen nada que ver con la homosexualidad, pero que sí se empleen como justificación para ejercer la discriminación.

 

¿Represión?

—Existen funcionarios que cometen arbitrariedades y, en ocasiones, manejan la legislación de acuerdo a sus prejuicios, lesionan la dignidad humana del homosexual, por convicción propia, o porque una actitud simplemente más humana hacia el homosexual puede hacer sospechoso al funcionario, al menos en ciertos contextos, ante los ojos de compañeros más intolerantes. ¿Puede hablarse de represión en Cuba a los homosexuales?

—Yo no creo que en Cuba haya una conciencia represiva al respecto —afirma el Dr. Lajonchere—, pero sí tienen problemas laborales, y hay tareas que les están vedadas, como la educación.

—En nuestras leyes no se recoge la prohibición de la homosexualidad—explica el Mayor Eduardo Berriz, Jefe de Divulgación de la Policía Nacional cubana—; lo que no se toleran son sus manifestaciones. Se entiende por eso que un homosexual no puede hacer manifestación de su condición en la vía pública: pintarse los labios, provocar al resto de la ciudadanía con su manifestación. Eso lo recoge la sección cuarta del artículo 359 del Código Penal: “Se sanciona con privación de libertad de 3 a 9 meses o multa de hasta 270 cuotas o ambas al que haga pública ostentación de su condición de homosexual, o importune o solicite con sus requerimientos a otro, realice actos homosexuales en sitios públicos o en sitios privados pero expuesto a ser visto involuntariamente por otras personas, ofenda el pudor o las buenas costumbres con exhibiciones impúdicas o cualquier otro acto de escándalo público”.

Si tenemos en cuenta —pienso yo— que entre amaneramiento y homosexualidad puede no haber coincidencia, hay riesgo de que “hacer pública ostentación” signifique algo diferente para cada persona, que el pudor y, más aun, las “buenas costumbres”, sean demasiado ambiguas, y que al final resulte la ley algo tan interpretable que cada cual la aplique a su manera. Es el camino más rápido hacia la arbitrariedad.

 

El cebo

—En algunos centros de enseñanza suele ponerse un cebo, provocar al sospechoso de homosexual para, una vez sorprendido in fraganti, expulsarlo por razones supuestamente “morales”, ¿que usted cree, doctor, sobre esta práctica “moral”?

—Me parece una práctica denigrante, sobre todo para quienes la ejercen. Se rompe la trayectoria laboral o estudiantil de una persona muchas veces capaz. Y, en ocasiones, los móviles son más sórdidos que un prejuicio. Recuerdo el caso de una muchacha muy bella que estudiaba en Checoslovaquia. Varios de sus compañeros cubanos de estudio la pretendieron, pero ella no aceptó. Sospecharon que era homosexual y le pusieron un cebo. La muchacha cayó. Fue expulsada y enviada de regreso a Cuba, donde ahora trabaja como secretaria, de modo que la sociedad está perdiendo sus capacidades. Si no hubiera sido atractiva, posiblemente nadie se hubiera ocupado de su homosexualidad.

 

¿Homosexualidad vs. Ideología?

“Yo tuve la suerte de formalizarme y mi pareja siempre me supo guiar, pero la juventud actual se siente desatendida. Forman un submundo que por la existencia de prejuicios se desarraigan de todo. Cuando se nos atiende y se nos da un lugar en la sociedad, sabemos actuar. Queremos respeto y sabremos respetar de acuerdo a cómo se nos trate. Soy, afortunadamente, militante de la Unión de Jóvenes Comunistas, y sé que es un pecado serlo dada mi condición de homosexual, pero me pregunto ¿por qué?, si yo tengo una actitud digna.” (Carta a la revista Somos)

Denuncia la duplicidad a que se ve obligado el homosexual que participa políticamente, dado que hoy es una verdad no escrita que los homosexuales no pueden integrar organizaciones políticas como el Partido Comunista o la Unión de Jóvenes Comunistas, y algunos consideran que la homosexualidad es una deformación moral que inhabilita políticamente, aun cuando la vida demuestra continuamente lo absurdo de esa mentalidad.

 

Supuestas estadísticas

sitúan a Cuba entre los más altos índices de homosexualidad del planeta. ¿Podría haber algo de cierto en eso?

—No hay fundamentación alguna en eso. Ni hay razones para pensar que en Cuba sean más o menos que en otros países los homosexuales —afirma categóricamente el Dr. Lajonchere—. Pero si se les reprime algunos se muestran más extrovertidos. No creo que en ningún país se pueda hacer una estadística confiable sobre esto. Hay un trabajo fuerte para introducir una cuña entre los grupos homosexuales y la Revolución Cubana. Hacen uso de los errores cometidos en los 60. Cuando dices una mentira grande y la avalas con una verdad pequeña, el resultado es más o menos creíble para una población ya prejuiciada por una avalancha de desinformación.

—¿Y cuál sería la mejor actitud, la más humana pero, a un tiempo, realista frente a este fenómeno?

—Yo valoro a las personas por su conducta social, no por sus inclinaciones sexuales. Juzgo por su actitud social, porque todo lo que ocurra dentro de una habitación entre dos personas compete sólo a ellos. Nada que no perjudique a terceros es condenable. Hacer que la población conozca más el fenómeno la ayudará a ser más permisiva, a comprender que esas personas no pueden ser destruidas por el hecho de ser distintas. Y la comprensión tiene que empezar por los padres. Si no fuéramos más tolerantes, dejaríamos de ser humanistas.

 

“Intoleranz order Humanismus? (Homosexualität in Kuba)”; en: Cuba Libre, n.º 4, Köln, Alemania, diciembre, 1993, pp. 26-29.

“¿Intolerancia o humanismo? La homosexualidad en Cuba”; en: Somos, n.º 155, La Habana, 1994, pp. 2-5.

 





Más allá de Anabel

30 11 1994

Ni hoy, cuando escribo estas líneas rayando la medianoche, es un viernes cualquiera, ni Anabel Segura es sólo una chica de 22 años que fue secuestrada en procura de un fajo de billetes. Viernes ha habido muchos, muchachas secuestradas también, porque ni la violencia, ni los viernes ni las muchachas son ajenos a este millón de años de historia humana.

Pero esta noche se trata de algo más. Ochocientos y tantos días sabiendo, o suponiendo, o sospechando que en algún sitio una muchacha bella, instruida, con su futuro por hacer, yacía a merced de personas que sólo veían en ella un objeto de trueque y no un ser humano, esa entidad intransferible llena de sueños, ilusiones, sentimientos, tan irrepetibles como su huella dactilar, han permitido a la sociedad española reflexionar sobre su condición humana y su destino.

En primer lugar, en plena euforia de la sociedad del bienestar, donde los anuncios y el ejemplo, la educación y los mensajes tangenciales de la vida cotidiana nos inducen a pensar en el semejante no como un hermano de especie, sino como un competidor al que derrotar en la jungla tecnológica de la contemporaneidad; el caso de Anabel despierta en nosotros un valor casi tribal: la solidaridad. De pronto todos reconocemos en ella a la amiga, la hermana, así seamos tan pobres que a nadie se les ocurra secuestrarnos como no sea a cambio de una barra de pan. ¿Por qué? Porque en cierta medida Anabel Segura es lo que hubiéramos querido para nuestras hijas y hermanas: belleza, conocimientos, aptitudes deportivas, hasta simpatía, aunque al respecto no sepamos nada. La hacemos nuestra por transferencia.

En segundo lugar, porque intuitivamente nos rebelamos contra el azar. Contra el azar de que cualquier muchacha con aspecto de niña bien (así sea la hija de un albañil que con sus ahorros de varios meses compró el apetecido chandall) pueda ser secuestrada y escarnecida, incluso asesinada. Porque en ese azar nos incluimos.

En tercer lugar, porque hoy, exactamente hoy, nos negamos a aceptar el absurdo de que un churrero y un fontanero con antecedentes delictivos menores puedan ascender la espiral de la crueldad y a partir de móviles mezquinos, segar una vida que prometía ser plena y amable, quizás mucho más plena y grata que la de sus padres, quienes seguramente erosionaron buena parte de sus felicidades probables a cambio de acceder al confort y la felicidad perspectivas. Anabel venía  de la seguridad y el confort, su vida era un cauce labrado hasta ser detenida por el alud. Y nos negamos, porque ¿quién no tiene un amigo, un hermano, un primo carcomido por las deudas y la necesidad, algo desaprensivo por más señas, que en condiciones límites sería capaz de acciones semejantes? ¿Quién no? Teorías apartes, busque cada quien en su entorno. Ojalá no encuentre la bestia agazapada.

Y todo esto nos ofrece una lección. No sólo sobre el destino, ciertamente cruel, de Anabel Segura, sino sobre nosotros mismos.

¿Estamos construyendo verdaderamente la sociedad del bienestar? ¿En qué medida los resortes que ponemos en marcha para cumplir los macroobjetivos despiertan fuerzas oscuras, ancestrales, de sálvense quien pueda a cualquier precio? ¿Es este sentimiento de solidaridad y dolor que nos embarga hoy pura circunstancia noticiosa que se disolverá con la próxima baja de la bolsa, el escándalo político de turno o el avance de servios y croatas? ¿Y por qué no una alerta permanente? ¿Por qué no esa señal de auxilio que nos lanza la realidad, y que debemos atender, a riesgo de convertirnos en neardenthales tecnológicos?

Anabel Segura, sus asesinos, los miles de cartas y movilizaciones, el sentimiento de que algo irrepetible, una persona, un ser humano, ha desaparecido para siempre, será algo que deberemos cuidar celosamente del olvido, si aspiramos a que no nuestros edificios y mísiles y ordenadores, sino nuestra condición humana, la que ha convertido al Hombre en la única criatura capaz de destruir, pero también de salvar este planeta, sea protegida, y muy bien protegida, del olvido.

Diario de Jaén, España, 1994





Devaluaciones

30 06 1993

La Habana, año 1970: La boda de un amigo. Cuando aparecí, las madres y vecinas que entonces no eran para mí más que “personas mayores” cuchichearon en los rincones a causa de mi pantalón de mezclilla que me habían dado para cierta jornada de trabajo en el campo, un pulóver algo desbembado y mis únicas zapatillas (sin medias) —ni siquiera sospecharon que de otra pieza íntima también carecía—. También carecía de intención snob. Carecía de ropa. De todos modos, la socialización de la miseria (que entonces era abrumadora) lo hacía más llevadero: todos andábamos más o menos igual de desastrados. Ningún Levi’s o Florshane nos echaba en cara nuestro ripierismo. Pero ya entonces, como es natural en toda economía de guerra, con racionamiento y escaseces, había asomado el mercado su cara negra: Una cajetilla de cigarros a veinte pesos o un pantalón (usado) en 100 .
Y pasó el tiempo y pasó… que el racionamiento se entronizó en Cuba, no como una circunstancia coyuntural, sino como un modus vivendi que ya cumplió tres décadas —tiene carné de identidad, responsabilidad penal, derecho al voto— y nos fuimos habituando a convivir con él. Del sacrificio necesario para conseguir metas que se fijaron para el 70, con sucesivas posposiciones, pasó a engrosar esa materia gris de lo cotidiano. Y como la tensión heroica, sostenida por una ética férrea, es, por fuerza de la humana extenuación, un estado transitorio, convivir con el racionamiento consistió a medias en sobrellevarlo y a medias en burlarlo, más cuando ya el racionamiento hacía agua (asignaciones y auto asignaciones de bienes estatales, viajes a convenciones y shopping centers).
Para el hombre común, que no disponía de medios más o menos lícitos de hurtarle el cuerpo a la escasez, sólo quedaba una vía: el mercado negro, que en Cuba se conoce familiarmente como “la bolsa negra”. Desde pantalones hasta automóviles, café y apartamentos, todo empezó a ser objeto de esa empresa comercial sin fronteras. Los viajes de la comunidad cubana en Estados Unidos descorrieron el telón del consumo para una gran masa de la población enajenada hasta entonces de la quincallería contemporánea, y el proceso creció a galope.
Incluso la apertura del mercado paralelo  (1980) —casualidad o respuesta, sucedió inmediatamente después del éxodo de 125.000 cubanos por el Mariel— asumió los precios de la bolsa negra (pura ley de la oferta y la demanda), confirmando su pragmática. Y si para cualquiera es posible eludirla en la región discutible de lo superfluo, puede que una cifra cercana al 100% de los cubanos adultos haya tenido que carenar alguna vez en las interioridades oscuras de la bolsa. Unos sacos de cemento para que el techo no les caiga a mis hijos en la cabeza; una arroba de malanga, porque el niño no tiene qué comer, un par de zapatos, porque ya el hueco ocupa toda la extensión territorial de la suela, o… Ejemplos sobran. Y se va entronizando una espiral, porque la grabadora de $500 no se puede arrumbar al closet por falta de una liga que la economía estatal no fabrica y el tallercito privado expende a 10, 15, 20 pesos. (¡Un robo! —exclamas, pero la compras. Qué remedio. Y así florecen fabricantes clandestinos de casi todo, comerciantes, intermediarios y fauna subsecuente, gracias a que el racionamiento les ofrece la clientela en bandeja de plata, la red comercial no opone ni un amago de competencia y la suma de dos factores —la apertura visual del cubano actual hacia otras latitudes del confort, y el incremento abrumador del nivel de instrucción, con la aparición de expectativas superiores de vida— crean la necesidad de un incremento en el nivel y la calidad de la vida que el racionamiento, con su esquema más o menos igualitarista, excluye.
Se aspira (en términos de paradigma ético) a un hombre ajeno a estas apetencias, pero los parámetros conductuales de la sociedad sólo cambian muy lentamente y al compás de las circunstancias. Y no es precisamente el hambre el mejor camino para fomentar la falta de apetito.
Si es punible toda incursión en el mercado no oficial, todo servicio recibido por un particular sin licencia o con ella pero con materiales que sólo por caminos aviesos llegaron a sus manos, todos o casi todos los cubanos somos condenables por receptación o delitos peores. Pero las cosas se complican.
El desmantelamiento del mercado paralelo y el recrudecimiento del racionamiento (Período Especial mediante y por causas que todos conocemos: inoperancia histórica del esquema económico implantado por el gobierno, desplome de las favorables relaciones con el ex campo socialista y embargo norteamericano, en ese orden de importancia) han abierto aún más el campo a este sector clandestino (a veces no tan clandestino) de la vida que podríamos llamar “la vida negra”. Al desaparecer de las vidrieras los huevos o los flotantes de baño, el pan y los caramelos, se suman, con cientos de otros rubros, a sus predios. Y se sigue cumpliendo que donde hay demanda, aparece la oferta. Los precios crecen en estampida, el dólar alcanza los 80 pesos , la prostitución ni se recata y se empieza a dar un contrasentido: en el país socialista y antiimperialista por excelencia, resulta imprescindible poseer la moneda de su más encarnizado enemigo no sólo para adquirir textiles y plásticos asiáticos, sino para alimentarse, para sobrevivir. Como si el brasileño cobrara en cruzados su salario y tuviera que adquirir sus artículos de primera necesidad en yenes o libras esterlinas. Dado que el peso cubano es moneda libremente inconvertible, las vías de obtención de los dólares son abrumadoramente tortuosas, por no decir ilegales. Pero entre el delito y la indigencia proteica, la mayoría apuesta por las necesidades primarias.
La inflación galopante —el salario de un ingeniero alcanza para 15 cajetillas de cigarros, o 2 pollos, o un par de zapatillas de tela, o poco más de medio jean, o 6 libras de carne de puerco— crea una imperiosa necesidad de dinero, no ya para incrementar el nivel de vida, sino para subsistir. Se podría prescindir de un Levi’s pero no de un plato de comida. De ahí que cada cual lo obtenga empleando los medios a su alcance: reventa de productos asignados por el racionamiento, o el ingeniero que discute a brazo partido una plaza de mesero para agenciarse unos dólares de propina, o los torneos de zancadillas para obtener un viaje a las redes comerciales de cualquier país más allá de las costas.
Pero aún más: cunde la desviación de recursos que el Estado no cuida con demasiado rigor; quien puede prestar un servicio lo encarece hasta los límites pagables (siempre quedan más lejos de lo imaginable), la compra venta, el mercadeo y los intermediarios cunden, y la necesidad, a fuerza de imperiosa, va defenestrando a los ciudadanos hacia el vórtice de esa tromba de ilegalidad compartida. Si las incursiones son al inicio tímidas, se van haciendo más decididas en la medida que de ellas depende el yantar cotidiano, la necesidad impostergable, la supervivencia. Bueno, esa es la vida —dirá alguno (con razón)—, ¿y qué?
¿Y qué? Eso mismo me he preguntado desde hace mucho tiempo. Resulta que toda sociedad tienen sus códigos, sus valores, su moral, su legalidad y su ética. Si los valores, la ética social y la moral continúan rezando que el sacrificio y la conciencia, el trabajo abnegado por un ideal, la más estricta honradez en el ejercicio cotidiano, son el paradigma; pero, al propio tiempo, las necesidades más rasantes te obligan a transgredir todas las normas, a receptar lo que otro robó, a cenar con lo que alguien sustrajo (y ni preguntes, que eso es mala educación), el resultado es que las fronteras entre lo moral y lo inmoral, entre lo legal y lo ilegal, se van difuminando, hasta que las coordenadas éticas y conductuales de la sociedad se van convirtiendo en algo borroso, intangible (o inalcanzable) en los cursos de moral y cívica. A eso se añade la discriminación turística hacia los cubanos que la iniciativa empresarial de muchos funcionarios ha puesto en marcha con entusiasmo, desvalorizando nuestra moneda y nuestra nacionalidad, con su consiguiente secuela de sobrevaloración de lo extranjero, la actitud mendicante de los más indignos y la humillación de los otros, incapaces de explicar por qué los billetes que retribuyen su sudor y su talento se van convirtiendo en moneda de utilería, pura celulosa pintada.
Si sumamos todos esos ingredientes, no sólo obtenemos la devaluación del peso y del nivel de vida, sino también la devaluación de nuestra dignidad, de nuestra ética, de la moral ciudadana que han conformado siglos de sangre y sueños por instaurar las coordenadas de la cubanía, decenios de sacrificio por defender nuestro derecho a la historia, durante los cuales comenzamos deletreando el abecedario y concluimos por abrir las puertas anchas de la instrucción y la cultura. La lección de la cotidianía —más poderosa que todos los manuales— no puede ser que el trabajo honrado se constituya apenas en una definición social de la conducta y no en el único medio aceptable (en teoría y práctica) de subsistencia, con el orgullo de quien cena lo que sudó. Ni que el decoro sólo se adquiere mediante un pasaporte. Si la devaluación de la moneda puede estar sujeta a los sobresaltos de la bolsa de valores y recuperarse en meses o semanas o años; la devaluación de la dignidad —que se fragua con la abnegación de un parto— es la más difícil de recuperar; porque se paga con esa moneda tan delicada que son los hombres.

1993





El síndrome social del síndrome (el SIDA en Cuba)

29 04 1990

El soldado concluye de vestirse mientras la mujer, semiacostada en el camastro, cuenta los billetes, mientras el mismo día, varios años después, el otro hombre, de traje cerrado y oscuro a pesar de la resolana, anuncia a un grupo de vacilantes, en una calle de Little Rock, Arkansas, que el Armagedón ha llegado, mientras el soldado mira por última vez los pechos que emergen, como oscuras balas de cañón, de la camisola desleída, mientras el otro hombre anuncia que los fornicadores y pervertidos serán castigados, mientras el soldado sale cerrando la puerta, que hace cimbrar todo el esqueleto de la choza de adobe, mientras el otro afirma que pederastas y drogadictos serán aniquilados por la ira del Señor, mientras el soldado cruza sigiloso la cerca del campamento y alcanza su litera y se acuesta entre sonrisas cómplices que no alcanza a ver en la oscuridad, mientras el otro brama, ante la pequeña concurrencia que se ha congregado en Little Rock, Arkansas, que sólo los elegidos que abracen su fe podrán salvarse, mientras el soldado va durmiéndose mientras repite que el teniente no me cogió, no me cogió, no me cogió; porque no sabe que algo mucho peor que el teniente lo ha cogido.

 

Dos puertas de entrada

A inicios de 1986, un hombre que había regresado de una misión en África, se presentó en un hospital de La Habana quejándose de ciertas dolencias aparentemente inexplicables. Practicado uno de los pocos kits que por entonces había, resultó el primer seropositivo detectado en Cuba. Después aparecerían otros, contagiados en zonas hiperendémicas en fechas tan tempranas como 1976, y una cadena de transmisión homosexual que proliferó en la ciudad de Cabaiguán.

Haciendo caso omiso a aquel artículo del periódico Granma, órgano oficial del Partido Comunista de Cuba, que se refería al SIDA como enfermedad de drogadictos, prostitutas y homosexuales en sociedades corruptas, enfermedad que jamás llegaría a Cuba, el SIDA había entrado.

Desde antes que apareciera en Cuba, cuenta el Dr. Jorge Pérez, director del Sanatorio de Santiago de las Vegas, “Nos empezamos a preparar, a recibir literatura, revistas científicas. Y mandamos a un especialista, el Dr. Millán, a trabajar a Francia con el Dr. Gentillini y el Dr. Rosenbaund, del servicio anti infeccioso de Francia, que desde el inicio estuvieron en contacto con el SIDA. El Dr. Millán regresó en el 84 y fue el primer médico entrenado en esto. De inicio, el pesquisaje de los internacionalistas infectados se hacía en un piso del Hospital Naval. Al principio, se prohibía a los infectados comentarlo. Debían decir que tenían hepatitis B. Cuando se hizo el sanatorio fue para dar mejor atención a personas que iba a durar dos años. Sin embargo, yo tengo personas aquí infectados desde hace catorce años y no están enfermos, sólo son portadores”, concluye el Dr. Jorge Pérez.

 

Períodos de incubación

Ahora se esperan períodos de incubación más largos mientras mejor sean medicamentados. La incubación de los tratados por AZT tiene una media de 13 años. El interferón cubano, por ejemplo, es capaz de prolongar el período de incubación en cinco años. En Cuba, la infección se comporta como en un país desarrollado, con excepción de que el sarcoma de capos (manchas en la piel) no es frecuente. Como la adecuada atención fue prolongando la vida de los pacientes, se hizo necesario pasar al sistema sanatorial.

 

Pero antes

se puso en práctica un sistema costoso y altamente eficiente de detección: Pruebas a todas las donaciones de sangre, a los combatientes que arribaban de África y a todas las poblaciones de riesgo; a cada ingreso en un hospital, a cada embarazada, chequeos para empleo, pesquisajes opcionales a poblaciones abiertas que quisieran hacerse la prueba. En total, 16 millones de pruebas practicadas. El resultado: sólo 9 casos de transmisión por transfusiones, vía que desde hace años ha sido totalmente eliminada, y ninguna muerte por SIDA fuera del sistema de salud.

 

 El primer sanatorio

fue creado en 1986, en la finca Los Cocos, al sur de La Habana. Cuando es detectado, al seropositivo se le recluye en el sanatorio, no opcional, sino obligatoriamente. Allí recibe habitación —a lo sumo dos pacientes por pieza en apartamentos con sala, cocina, baño, refrigerador, televisor y aire acondicionado—, generalmente en “Los edificios”, la zona más humilde, de donde con el tiempo y de acuerdo a su conducta personal, así como las bajas que se presenten, será promovido a “El Arcoíris” o al más lujoso “Marañón”. Ya en éste, se trata de casas muy confortables en una zona tranquila y arbolada.

 

Césped, árboles y silencio, y altas verjas.

El sistema médico está estructurado por zonas y funciona las 24 horas: psicólogos, sociólogos, médicos de las más diversas especialidades y el más moderno equipamiento. Al seropositivo se le practica una entrevista, que se repetirá más tarde. Aún cuando no están obligados a hacerlo, la mayor parte de los entrevistados declaran su cadena de relaciones sexuales, de entre los cuales aparecerán el o los posibles emisores y contagios sucesivos. Según el Dr. Jorge Pérez, se trata de entrevistas, sin forzar a nadie. Se le convence. Es la misma técnica empleada para cualquier enfermedad de transmisión sexual. El estudio es muy detallado. Hay quien no sabe cuándo ni a través de quién se infectó. Se indagan entonces los contactos desde que tuvieron su primera relación sexual hasta llegar a la fuente. Si una prueba es dudosa, se repite a nivel nacional. En el período pre serológico, en algunos casos (raros, porque la sensibilidad de la prueba es grande) da negativa.

Como en su primera entrevista a veces el enfermo está bajo el shock del conocimiento de su enfermedad, se re entrevista en el Sanatorio, cuando ya conoce el riesgo y la responsabilidad con los demás que significan ser portador. Declarar los contactos es una obligación moral, no legal. Como hacerse el análisis es voluntario, pero casi nadie dice que no.

—Los pacientes afirman que hay muchos seropositivos en la calle, ¿Qué usted cree de eso, Dr. Jorge Pérez?

—Nosotros localizamos a un contacto cada tres meses. Ellos dicen que ocultan contactos, y lo sé: un 10% de los contactos son ocultados. Pero, estadísticamente, la probabilidad de que esos contactos ocultos estén infectados es mínima. Ninguno ha fallecido hasta hoy de SIDA fuera de aquí.

En el sanatorio, los pacientes reciben íntegro su salario (o una pensión de 110 pesos a quienes no trabajaran, como es el caso de los estudiantes), una dieta de 5.500 calorías diarias, la medicamentación más adecuada para cada caso —750.000 dólares por año en medicamentos importados—, más una buena cifra en productos nacionales y la garantía de óptimas condiciones materiales. Cada paciente cuesta al estado cubano 36 pesos por día.

Durante un congreso en Ámsterdam, los enfermos volcaron los stands de algunas firmas en protesta por los precios de los nuevos medicamentos. Aquí, en cambio, muchos pacientes reciben cada día entre 1 y 6 tabletas de AZT (acidotimidina), que detiene la replicación del virus, a un costo de dos dólares por cápsula. Reciben interferón —alfa recombinante y gamma interferón— en diferentes dosis; el factor de transferencia, de producción nacional. Sólo el tratamiento de una criptococosis cuesta 20.000 dólares, y un tratamiento de foscarnet, 23.000. Se ofrecen algunos tratamientos con medicina verde: Cápsulas y preparados liofilizados, infusiones a base de mangle rojo, áloe, cáscara de almácigo e incienso (antiviral).

Si la calidad material de vida elimina el riesgo de stress que dada la crisis económica es tan frecuente entre la población cubana; el confinamiento crea un stress adicional: la noción subjetiva de libertad ha sido suprimida. No se trata de un asunto meramente teórico. Cada enfermo tiene derecho a vivir, pero también a querer vivir. Sin la férrea voluntad vital, puede ocurrir lo que refiere el Dr. Claudio Loyd para los casos de enfermos en fase terminal:

—Lo sacas de la enfermedad, le das ánimo y lo devuelves a una vida con cierta calidad. Reincide en la esperanza. Pero cuando se cansan o se deprimen y se dejan morir, no duran nada.

Cabe apuntar que los enfermos cubanos también carecen de otra “libertad”: la de irse consumiendo hasta la muerte sin ninguna ayuda de sus Estados, incluso algunos muy ricos. Pero

 

No es un confinamiento absoluto

Los recién ingresados tienen pases cada fin de semana con un acompañante, que será su sombra noche y día desde que salen del sanatorio hasta que regresan. Una vez que han transcurrido seis meses de ingreso, una comisión integrada por psicólogo, sociólogo y médico evalúa la conducta del paciente. Si se le considera “garante”, es decir, incapaz de propagar irresponsablemente su enfermedad, un familiar firma un documento haciéndose responsable de su conducta y desde ese momento puede salir solo los fines de semana. La condición de garante puede obtenerse pero también puede perderse por fugas del sanatorio, conductas que se juzguen inadecuadas, etc. Condición reversible.

 

Pero al principio

la institución tuvo un carácter militar. No había pases, la disciplina era inflexible e incluso un director llegó a decirle a un seropositivo:

—Ya tú no eres Frank Aragüí, ahora eres el 77. El mundo se acabó para ti. De aquí nada más se sale con los pies por delante o curado.

Estaban obligados a decir a sus familiares y amigos que padecían hepatitis B. Hablar de SIDA estaba prohibido, como si se tratara de un secreto de Estado. Habían contraído una suerte de enfermedad “capitalista” que los degradaba a estigmas nacionales: homosexuales, pervertidos. Mezcla de ideología y machismo.

—Al principio —cuenta uno de los pacientes más viejos—fue muy duro. Fíjate que el primer director me dijo: Capitán, habitúate a que ya no eres ni capitán ni soldado; ahora eres sidoso. Los escolares que pasaban por la carretera nos gritaban maricones y yo no lo soy. Nos trataban como si todos fuéramos unos delincuentes sexuales.

Con frecuencia los llevaban de paseo en ómnibus de altos vidrios polarizados, para “ver la vida como desde una pecera” porque estaba terminantemente prohibido bajarse. Tanto pavor infundían las siglas SIDA, que fue necesario pagar un plus de 100 pesos sobre el salario a cada trabajador para que aceptara un puesto en el sanatorio, condición que se ha mantenido. Hoy, los sanatorios (trece en total, que serán pronto quince, situados en casi todas las provincias de Cuba) constituyen una

 

Micro sociedad,

cuyo mayor problema es ser un segregado de la otra, o como afirma un paciente al ser interrogado: “La peor ley de esta sociedad es que no estamos incorporados a la otra”. Una micro sociedad que funciona como un organismo socio sicológico complejo. Integrada por personas estresadas por el carácter de su enfermedad, que ven pronto destruirse su esquema tradicional de vida, que ven su privacidad interrogada, puesta al descubierto, e incluso estigmatizada por una zona de la sociedad. Enfermos con mínimas posibilidades de manipulación de una enfermedad por ahora no curable, y que adquieren, a edades muy tempranas, una percepción mortal de la vida, que inclina a muchos, incluso a ateos hasta ayer militantes, hacia una religiosidad dictada por su indefensión.

 

“Yo pertenezco a la religión de Orula,

o lo que la gente llama la santería”, afirma Rigoberto. “Cada vez que yo necesito dar un toque de santos, hacer una fiesta, me dan pase. Sobre todo en enero, que es mi cumpleaños, y en septiembre, que es la velada”.

Asistimos a una misa bautista en pleno sanatorio, y notamos la concurrencia de jóvenes. No es un caso aislado. Diversas iglesias hacen labor de proselitismo, confortan a los pacientes, los agrupan, les dan un sentido gremial, de pertenecer a una sociedad y no de ser el segregado de la sociedad a la que antes pertenecían. Ofrecen una fe a quienes perdieron o están en trance de perder la otra.

En cambio, Ulises, militante de la Unión de Jóvenes Comunistas, se queja de la falta de espíritu grupal y organicidad de los militantes: “¿Será que los comunistas no somos ni una religión?”.

 

Pero no es sólo la libertad

o la noción de libertad lo que se pone en juego. Las condiciones de confinamiento crean problemas adicionales, a veces muy graves. Teniendo en cuenta que en Cuba la respuesta mayoritaria de la población a los afectados es el respaldo, la efectividad, la protección y, a veces, la sobreprotección; la extracción del seno familiar implica conflictos como los apuntados por la sicóloga María Isabel:

—Los jóvenes, a la vez que los sacas del medio familiar, empiezan a presentar problemas, desajustes.

Y eso se agrava por el hecho de que si aún la mayoría de los hospitalizados están entre 20 y 29 años, ya los nuevos casos son abrumadoramente jóvenes de 15 a 19 años.

 

La reinfección

Dada la juventud de los nuevos ingresos, la ruptura de los nexos (y límites) familiares, su mayor actividad sexual (y, en ocasiones, promiscuidad), hacen que los problemas de reinfección se conviertan en algo serio y delicado.

—La reinfección tiene el riesgo de ingresar al organismo cepas más patógenas que las originales — explica la Dra. Mirta Fraga—. Hay cepas más y menos virulentas (más rápidas y más lentas). En pacientes más antiguos que han sobrevivido, las cepas son más lentas, aunque también eso depende de cofactores: el sistema inmunológico del paciente, su fortaleza, modo de contagio, etc. Hay pacientes que han infectado a su esposa, ella ha fallecido y él permanece asintomático.

—¿Quizás como consecuencia de las mutaciones, los VIH más recientes serían más resistentes? —pregunto al Dr. Arsenio, epidemiólogo.

—Tienes razón en parte. Hay, sobre todo entre los jóvenes de sexo en grupo con mucha promiscuidad, un grupo de cepas más agresivas con las cuales el paciente dura más corto tiempo. Y no es categórico, porque el estudio de secuenciación de cepas se está haciendo ahora. Y está muy directamente relacionado con la actitud que tenga la persona ante la vida y la enfermedad. ¿Por qué? Si te acuestas no con uno, sino con 10 seropositivos, llega el momento que no tienes una cepa, tienes 3. Tres virus diferentes. Y si no te tratas, además, el virus se vuelve mucho más fuerte. Dados los cofactores, la invasión es mayor. Más cepas, más replicación viral. Te estás reinfectando continuamente. Y junto con el VIH puedes recibir la hepatitis viral, que es un cofactor, el herpes simple, la sitomegalovirosis. Estás cargando a esa persona de otras enfermedades. En esas circunstancias, el virus acaba contigo, y rápido. Tenemos muertos de 17 años, de 19 y 20.

—¿Hay diferencia de capacidad inmunológica entre rangos de edades, digamos 15‑19/20‑29?

—Está por probar —responde el Dr. Jorge Pérez— No tiene que ser así. Quizás el sistema inmunológico de personas más jóvenes no está tan desarrollado como el de los adultos. A los 15 años el sistema debe estar total y completamente formado. Pero en seres humanos no se pueden hacer generalizaciones. Puede haber enfermedades, incluso hereditarias, que hayan deprimido el sistema. Y ser más susceptibles al virus.

 

Niños

Pero también “existen padres, madres o ambos, que tienen que abandonar a sus hijos al entrar al sanatorio. Y tenemos que atenderlos. Si hay familiares que se encarguen de los niños, se les confían. En caso contrario, pasan a escuelas internas. Y se dan mayores facilidades a los padres para que visiten a sus hijos”. De todos modos, no se trata de una atención normal. Y, sean cuales sean las circunstancias en que queden los menores, la reclusión de los padres es obligatoria.

—¿Y niños con SIDA?

—La vía materno fetal está descartada —responde el Dr. Jorge Pérez— por el análisis que se hace a las embarazadas. Tres casos ha habido de mujeres que han querido tener sus hijos a pesar de todo. Han salido enfermos y han muerto en dos, tres años y medio. Hay alguna posibilidad muy remota de que no salgan infectados. Nosotros siempre recomendamos no tener hijos en esas circunstancias. Hasta los 18 meses no se puede saber si el niño está infectado o no, porque nace con los anticuerpos de la madre. Normalmente, si nace con SIDA, el niño empieza a enfermarse al mes. Pero a veces se enferma a los 3‑4 años. En Guantánamo hay una niñita de 6 años con SIDA.

 

Más allá de la barrera

“Se llama la etapa SIDA cuando el individuo transgredió ciertos límites de inmunodepresión y se producen enfermedades oportunistas. Se habla del complejo VIH‑SIDA. Sintomático, asintomático. La clasificación se basa en la cantidad de linfocitos CD4 y las enfermedades que tiene el individuo”, nos comentan en el Instituto de Medicina Tropical Pedro Kourí, donde destinan a los enfermos de SIDA (no los seropositivos) cuando son atacados por alguna enfermedad oportunista que entrañe peligro vital.

—Uno nunca sabe todas las enfermedades que vienen. Se conocen cuatro o cinco que son las más frecuentes y se hace labor de profilaxis, aunque no hayan aparecido.

—¿Cuál es el tiempo de permanencia de los enfermos aquí?

—Prolongada. No menos de un mes. Se hace difícil el control de la enfermedad. Se deja con régimen y cuando se comprueba que el tratamiento no le hace daño, se envía a su provincia. Si recae, regresa. Si fuera necesaria una unidad de terapia intensiva por deficiencia respiratoria progresiva o cerebral, se envía al Hospital Miguel Enríquez. Si fuera recuperable. Si no, no vale la pena. Aquí no tenemos los aparatos. En la nueva sede los tendremos.

—¿Aquí no se produce ningún deceso?

—Sí. Casos que no tienen aquellas insuficiencias y no necesitan sala de terapia se quedan aquí. A veces el VIH en estadios altos hace que el individuo se consuma, el slim desees descrito en Tanzania: se le da alimentación parenteral (por vena) dado que no absorben los alimentos.

 

Auto inoculación y crisis

Las actuales circunstancias de crisis profunda que vive el país, con lo que conlleva de crisis de perspectivas, incluso de crisis ética, moral, pueden explicar lo inexplicable: el caso de un grupo de jóvenes que se auto inocularon el VIH. Preferían vivir sin limitaciones unos pocos años, que continuar padeciendo su falta de expectativas. Los que no han muerto, ya están arrepentidos. Es un caso que el gobierno prefiere desconocer, de modo que cuando le pregunté al director del centro:

—¿Es cierto que ha habido casos de auto inoculación?

—Que yo sepa, no.

 

La ley

estipula que el Ministerio de Salud Pública está autorizado para confinar en caso de peligro epidemiológico, no sólo a enfermos del SIDA. Aunque hoy sólo se aplique a ellos. Está legislado.

Por peleas, fugas, etc., se remite al enfermo, por el tiempo que dure la sanción, a Nazareno, sanatorio donde el trabajo es obligatorio, los pases son cada 45 días y el régimen es más rígido (la medicamentación y la alimentación siguen siendo las mismas). Se necesita buena conducta para regresar al sanatorio. Por causas mayores —fuga de mucho tiempo, contaminar a alguien, hechos delictivos— se remiten al Combinado del Este, la prisión más grande de La Habana, donde hay un pabellón especial para los seropositivos (que mantienen sus condiciones de alimentación y medicamentación).

Aunque varios pacientes aducen que: “No hay ninguna ley que te prohíba fugarte de aquí. Si te escapas, aunque sea para ver a tu mamá que está enferma, te acusan de propagación de epidemia aunque no haya testigos, aunque no haya nadie infectado”.

—¿Un enfermo es acusable de difundir la epidemia sólo por una fuga, sin que haya pruebas? —pregunto al Dr. Jorge Pérez, director del Sanatorio.

—Antes de ser yo director, no sé. Hemos tenido sancionados. No muchos, pero comprobados, a los que se les ha aplicado el Decreto Ley 54. De modo que ilegal no es. En casos de indisciplinas menores, la comisión de disciplina quita pases. Hemos tenido casos de fugas por 15 días y hemos comprobado que el paciente no está en su casa.

Legislado está, pero la pregunta sería

 

¿Es moral?

Se aduce que el sistema implantado está dirigido a proteger los derechos humanos de la mayoría (los sanos) a costa del derecho a la libertad de la minoría (los enfermos y seropositivos), ya que es precisamente ese sistema el causante del bajísimo índice de SIDA en Cuba.

No se podría afirmar categóricamente que es sólo el sistema implantado el responsable de estos datos, concluye la OMS al analizar el caso cubano. Aunque una parte sustancial debe corresponderle. Pero al sistema sanatorial se añade la amplia red de serodetección, el comparativamente escaso contacto de los habitantes cubanos con extranjeros, su alto nivel de instrucción, la escasa drogadicción (prácticamente nula por vía intravenosa) y la vigilancia epidemiológica.

 

La propaganda

“La propaganda intimida a la población, no la educa. Al principio se dan un gran susto y de ahí pasan a la incomprensión. Y se puede enseñar sin amedrentar”, reflexiona un paciente.

“Quieren presentarnos como lo peor”, dice otro, “como la escoria de la sociedad y eso es mentira”.

Algunos religiosos afirman: “Le han dado la imagen al pueblo de que todas las personas que están aquí adentro son promiscuas”.

¿Justifica de alguna manera ese tipo de propaganda, ante la opinión pública, el sistema de confinamiento, convirtiendo a los enfermos en culpables?

 

¿Humanitarismo Vs. Paternalismo?

Algo se desprende de las opiniones de muchos enfermos: “No estoy en contra del sanatorio como sistema de salud, ni de la atención o la alimentación. Ni de lo que aporta al paciente en cuanto al conocimiento de su situación real. Pero si el sanatorio fuera opcional, yo no estaría aquí”.

“Hay quienes no se quieren ir, porque aquí se han hecho señoras y señores y exigen su carne tierna y a la hora exacta”.

“Que me dejen trabajar los años que me quedan. Si no, yo soy un hombre muerto”.

“Que sea el sanatorio un lugar de tránsito, de preparación para enfrentar la realidad, y regresar a la vida habitual, volviendo aquí para chequeos periódicos o cuando ocurra algo”.

Y no es una idea ajena a la dirección del sanatorio, pero, al parecer, su puesta en práctica es lenta. Demasiado. Quizás porque haría falta abandonar un esquema paternalista que presupone al estado capaz de determinar lo que mejor conviene a todos y a cada uno de los ciudadanos. A cambio, bien podría delegar en la responsabilidad individual. No confinar de antemano, previniendo las posibles transgresiones. Si todos los ciudadanos estuvieran presos, no habría asaltos, pero, ¿sería moral?

 

 El Período Especial,

momento de excepcional escasez en medio de la peor crisis que ha sufrido Cuba en los últimos decenios, añade un nuevo elemento a la ya compleja circunstancia: Dado que la escasez llega al grado de suministrar algunos huevos y una exigua cuota de picadillo de soya como casi exclusiva fuente de proteínas, el factor sobrealimentación se vendría abajo, poniendo en peligro la supervivencia. Pero aún cuando se asignara una cuota especial a cada seropositivo, ¿se avendría un enfermo a sobrealimentarse mientras sus hijos lo miran mal alimentados? Es difícil, aunque sepa que en ello le va la vida.

¿Cómo garantizar que medicamentos tan caros como necesarios se disloquen por toda la red asistencial del país, azotada por la falta de combustible y otras carencias, hasta llegar a los pacientes dispersos?

De cualquier modo, hay que dar voz y voto a los seropositivos. No puede existir un esquema único e igualitarista para todos.

 

¿Quién cuida a quién?

es la pregunta que se hacen los miembros del Grupo de Prevención, integrado por seropositivos, médicos, publicistas y profesionales de distintas esferas, y que se ha propuesto prevenir el SIDA y abogar por la integración a la sociedad de los afectados. Porque “hay que luchar contra el SIDA y no contra los que tienen SIDA. Y el sanatorio crea una falsa seguridad en la población sana. Piensan que todos los seropositivos están adentro, y muchos salimos los fines de semana sin un cartel en la frente. La balanza se mueve en el sentido de que nosotros somos los que tenemos que cuidar a los sanos y no los sanos cuidarse a sí mismos. Creo que es más humano educar a la población que encerrar a los seropositivos. Hasta hoy, no se han dado más que cinco casos de seropositivos del sanatorio que contagiaron a otros. En cambio, se detectan más de cien casos nuevos por año”.

 

1990 (no publicado por la revista Somos)