Islas

30 10 2002

Circula en Internet un chiste sobre cierta  organización norteamericana que pretendió celebrar un debate sobre la escasez de alimentos en el resto del mundo. Pero fue imposible. Cuba no sabía qué significaba “debate”. Europa ignoraba qué quería decir “escasez”. África no logró descifrar el término “alimentos”. Y Estados Unidos decidió contratar a un grupo de especialistas para que le explicaran qué era “el resto del mundo”.

Como si pretendiera corroborarlo, el pasado 11 de octubre, el presidente norteamericano George Bush se  asombró públicamente del “odio” hacia Norteamérica que percibía en los países árabes. Nadie podría afirmar que ese “odio” es generalizado, pero sin dudas existe. Y una parte se debe al sentimiento de frustración colectiva en los países islámicos. Abatidos por la miseria o subvencionados por los petrodólares que no se han traducido en mayores índices de desarrollo, sienten que están perdiendo el tren de la modernidad. Y la respuesta ha sido una mirada nostálgica a la pasada grandeza, o la celebración de la parálisis histórica. Occidente es el chivo expiatorio, porque, salvo excepciones, los ideólogos islámicos se muestran incapaces de enfrentarse críticamente a sus propias responsabilidades. Aunque otra parte de ese “odio” al que Bush se refería, ha sido ganado en buena lid, gracias al apoyo irrestricto a Israel; el empecinado embargo a Irak, que afecta sobre todo a los civiles; las políticas miopes e interesadas ante los conflictos de esas naciones; y su alianza estratégica con los poderes más retrógrados y corruptos del Islam que, es su afán por mantener fueros medievales y exportar la interpretación torcida que los sustenta, tampoco están interesados en entender qué significa “el resto del mundo”, salvo que se trate de adquirir yates high tech o invertir sus obscenas ganancias en paraísos fiscales. Aunque sería más exacto afirmar que el primer interés de los petrojeques no es excluirse a si mismos, sino evitar que una información clara y transparente sobre “el resto del mundo” contamine a sus súbditos. De ahí que Al Yazira, “La Isla”, a la que se ha llamado la CNN árabe, creada originalmente por el Servicio Mundial de la BBC con la cooperación de Orbit, del gobierno saudí, entrara rápidamente en conflicto con los washabitas cuando éstos intentaron censurar un programa sobre la casa real saudí.

En 1996, el emir de Qatar contrató al equipo de periodistas árabes entrenados por la BBC, y les ofreció cinco años de financiación e independencia de criterio;  al cabo de los cuales, este canal de noticias y documentales que lo mismo entrevista a miembros de Hamás que a portavoces israelíes, o debate feminismo e Islam en una mesa redonda, tiene una audiencia estimada de 35-40 millones de personas en todos los países de la región, y entre los árabes que han emigrado a Occidente. Una Isla de información seria en un entorno donde la libertad de prensa no es precisamente lo que sobra.

Acusada primero  por Estados Unidos de ser el altavoz publicitario de Bin Laden, Yosri Youda, director editorial de Al Yazira en Londres, respondió que tenían la suerte de ser los únicos en Kabul, como la CNN tuvo la suerte de ser la única cadena en Damasco cuando la Guerra del Golfo. Y ello no presuponía una complicidad de la CNN con Sadan Hussein.

Claro que la objetividad es siempre relativa. Si observamos sus transmisiones sobre el conflicto, veremos que sin dar la espalda al “resto del mundo”, el peso de la información está condicionada por su público, por su Isla particular de telespectadores, que acceden inmediatamente a lo que los medios norteamericanos han decidido silenciar o atenuar: el efecto en tierra de los bombardeos, los “daños colaterales”, la población hambreada que huye despavorida, las protestas en diferentes países. Incluso la administración norteamericana, que hasta ahora había hecho hincapié en facturar una visión de la guerra de cara a sus electores, ha comprendido la necesidad de dirigirse a ese “resto del mundo” directamente involucrado: los países islámicos. De modo que durante los últimos quince días Hefez al Mirazi, delegado de Al Yazira en Estados Unidos, ha sufrido un verdadero acoso de políticos norteamericanos deseosos de dirigirse al público árabe: Colin Powel, Condoleezza Rice, Donald Rumsfeld ya han ofrecido a través de La Isla su versión de los hechos.

En sentido contrario, el público norteamericano continúa recibiendo una cuidadosa selección de los acontecimientos, y difícilmente las grandes cadenas de la nación  admitirían –tras la concertación de un pacto de prudencia y silencio con el gobierno–  transmitir entrevistas equivalentes a bin Laden o al mulá Omar.

Como en tiempos de paz, las palabras son armas. Sólo que en tiempos de guerra se insulariza  la “libertad de información”, y los ciudadanos comienzan a recibir la parcela de la verdad que se considera adecuada: imágenes asépticas de la guerra tomadas por los satélites, blancos abatidos con exactitud milimétrica, tropas dispuestas al combate.  Es entonces cuando la información se acerca peligrosamente a la propaganda, según un modelo que los cubanos conocemos bien. Porque la prensa totalitaria se adapta mejor a los intereses castrenses (no es una errata, aunque también).

En el caso de Cuba, a la insularidad geográfica, se añade la insularidad de la información sobre este conflicto, eximiendo a los lectores de todo “efecto colateral”.  Los titulares de un solo día, por ejemplo, recitan:

“Bombardeos calificados de carnicería en localidad afgana.”

“Se multiplican en todo el mundo las manifestaciones contra la guerra”.

“Pide comisionada de Derechos Humanos de la ONU cese de los bombardeos”.

“Ulemas afganos llaman a la guerra santa”.

“Anuncia Bush la supuesta neutralización de la red Al Qaeda”.

“Mito y realidad de las Fuerzas Especiales de EE.UU”.

Conclusión: Ante el repudio universal, Estados Unidos masacra al pueblo afgano, que se defiende con valentía, haciendo “supuesta” la neutralización de la red (sólo “red”, como Internet, no red terrorista) Al Qaeda; cosa que está en veremos, dado que las Fuerzas Especiales norteamericanas son más mito que realidad.

Y aunque en una mesa redonda se admite “que 36 países han ofrecido medios militares a Estados Unidos, otros 46 dan ayuda adicional, 23 derecho a aterrizaje de naves aéreas y 23 instalaciones de alojamiento para personal de guerra norteamericano”, algo que no juega muy bien con el “rechazo universal”; se escamotea el respaldo de Rusia o China, el apoyo de Arafat y de la conferencia de países árabes a Norteamérica, o la tácita confesión de bin Laden y su intención de multiplicar masacres como la de NY. Se escandaliza la prensa cubana, eso sí, de la censura impuesta a la prensa en Estados Unidos, y de los amplios poderes concedidos al FBI, “una práctica muy peligrosa por cuanto se aprueban leyes y enmiendas que no se leen ni se discuten, todo con el pretexto de la situación excepcional que vive el país”. Algo así como el aura diciéndole pescuecipelao al guanajo.

Muchas cosas nos demuestra esta guerra, y una de ellas es que el planeta no es tan global como parecía. Empezando por la verdad, corregida y editada a la medida de los intereses de cada cual, insularizada hasta el punto de que bien podríamos sutituir la tan cacareada “aldea global” por el “archipiélago global”, donde habitamos los robinsones de la verdad mediática, que es tan fácil confundir  a veces con la verdad a medias.

 

 





Independence day

15 07 2002

El pasado 4 de julio se celebró en Estados Unidos el Día de la Independencia de la Trece Colonias. Rito repetido año tras año, ya no es noticia, salvo por el colorido de los fuegos artificiales que transmite la tele y, en esta oportunidad, por las descomunales medidas de seguridad.

El pasado 4 de julio se celebró en La Habana el Día de la Independencia de las Trece Colonias. Y eso sí es noticia.

En la gala cultural, celebrada en el teatro Karl Marx, se pudo escuchar al bajo Israel Hernández, coro Entrevoces, a Miriam Ramos y al guitarrista Jorge L. Chicoy, así como a Pablo Menéndez con Habana Ensemble. Actuaron El Ballet Nacional de Cuba y la Escuela Nacional de Ballet; Danza Contemporánea de Cuba puso en escena su versión de Un tranvía llamado deseo, de Tennessee Williams, y el Conjunto Folclórico Nacional interpretó Apalencado.

Los escritores Georgina Herrera, Marilyn Bobes, Jorge Luis Arcos, Antón Arrufat, César López, Miguel Barnet, Roberto Fernández Retamar, Pablo Armando Fernández y Nancy Morejón recitaron poemas de Langston Hughes, Edna St. Vincent, Ezra Pound, Walt Whitman, William Carlos Williams, Carl Sandburg, Robert Lowell, Allen Ginsberg y Alice Walker. La parte política correspondió a Carlos Martí, Eusebio Leal, el reverendo Raúl Suárez, Alicia Alonso y Omar González, quienes transmitieron “mensajes de entendimiento y fraternidad “como muestra de “la amistad y la resistencia que han compartido nuestros pueblos en la lucha común por la libertad verdadera”, según el diario Granma. Artistas plásticos como Flora Fong, Roberto Fabelo, Nelson Domínguez, Eduardo Roca, Tonel, Kcho, Agustín Bejarano, Sándor González, Li Domínguez y Gustavito Díaz prepararon paneles-murales alegóricos. Para concluir con el Imagine, de John Lennon, artista en alza en la Isla desde que se incorporara al mobiliario urbano, interpretado por la cantoría infantil del Coro Nacional de Cuba y la Coral de niños de la ciudad de Piedmont.

El acto estuvo presidido por el propio señor Fidel Castro, y el órgano oficial del Partido Comunista de Cuba lo califica como “un sincero homenaje a todos los norteamericanos de buena voluntad, por encima de la hostilidad con que las administraciones de Washington, a lo largo de 43 años, han pretendido negar la realidad actual de la nación cubana”, así como una “demostración de intensos lazos históricos y culturales que nos unen”, barruntando con ello la “posibilidad de un auténtico diálogo cultural”.

En suma, una “actividad político-cultural” en homenaje a la independencia de otro país, que en mi memoria sólo tiene equivalente en las que se celebraban para conmemorar la gloriosa Revolución de Octubre, allá por el mes de noviembre.

¿Qué ha ocurrido? ¿Estará de acuerdo ahora el gobierno cubano con la Declaración de Independencia de las Trece Colonias? ¿Firmaría sin rubor que “todos los hombres fueron creados por igual, que su Creador los ha dotado de ciertos Derechos inalienables, que entre ellos se encuentran la Vida, la Libertad y la Búsqueda de la Felicidad”? ¿Afirmaría “que el Pueblo tiene el derecho de cambiar o abolir cualquier otra Forma de Gobierno que empiece a destruir estos propósitos, y de instituir un nuevo Gobierno”? No, porque ya sabemos que el socialismo es irrevocable. Y más aún, que “Un Príncipe, cuyo carácter está por tanto marcado por actos que definirían a un Tirano, es incapaz de ser el soberano de un pueblo Libre”. Al parecer, no, porque al mismo tiempo, una de las tantas mesas redondas, se ha dedicado a reconocer el valor histórico de la independencia de las Trece Colonias, pero la acusa de nacer torcida, hasta tal punto que entre los padres fundadores no había negros, indios o mujeres (tampoco entre los padres fundadores de la Patria Cubana, por cierto), y desgrana a continuación la habitual andanada de acusaciones: expansionismo, imperialismo, anexionismo y otros ismos. Cosa en que sin dudas les asiste una parte de razón. La otra parte son dos siglos y pico de democracia ininterrumpida, libertades y respeto a los derechos individuales. Virtudes imperfectas, desde luego, y que han ido corrigiéndose desde la abolición de la esclavitud hasta hoy, gracias a que las libertades de expresión y prensa, la libertad de asociación, y la de cada individuo o grupo a luchar por sus derechos, jamás han sido abolidas por decreto y en nombre de la “unidad” de la Patria, ni siquiera en los períodos negros de su historia. Una sociedad compleja, inmersa en perpetuas contradicciones, capaz de reinventarse a sí misma. De ahí su vitalidad y su prosperidad. En Cuba, en cambio, no existen contradicciones. Esa es su única contradicción.

Al tiempo que en La Habana se celebra la independencia norteamericana, y una mesa redonda anota sus virtudes teóricas y sus males endémicos, el Consejo Nacional de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba dirige una carta abierta a los intelectuales estadounidenses. En ella se declara que en Cuba no existen “sentimientos hostiles hacia el pueblo norteamericano, ni hacia su cultura que, sin ningún tipo de restricción, difunden ampliamente nuestras instituciones”, a pesar de lo cual el presidente norteamericano intenta enrolar a Cuba en el llamado. “eje del mal”. Y apela a ellos para “conjurar cualquier aventura contra Cuba, pero sobre todo para terminar con el embargo”.

Embargo denunciado también por el candidato verde a la presidencia de Estados Unidos, Ralph Nader, durante sus vacaciones políticas en la Isla.

¿A qué se debe esta repentina popularidad de la independencia norteamericana, cartas abiertas, visitas, apelaciones a la conciencia del pueblo norteamericano, evocando nuestros viejos lazos históricos y culturales? ¿Se puede apelar en serio a los buenos sentimientos de un pueblo al que se ha ofendido sistemáticamente durante más de cuarenta años, tildándolo de infantil, manipulado por la propaganda y tan descerebrado que disponiendo de todas las fuentes de información no acaba de verla “luminosa verdad” del régimen imperante en la Isla? ¿O es otro el destinatario de estas apelaciones? Y ¿por qué precisamente ahora?

Un factor, y posiblemente el menos importante, es la inclusión de la Isla en el llamado “eje del mal”, con lo que ello presupone tras la invasión a Afganistán y la voluntad explícita de derrocar a Saddam Hussein. Una cosa es la guapería verbal en la que el Comandante es ducho, y otra muy distinta es ver como en la acera de enfrente engrasan los misiles. Claro que una acción armada de Estados Unidos contra la Isla es más bien remota, contaría con una repulsa universal casi unánime, y de algún modo legitimaría al gobierno de la Isla.

El segundo factor es el económico. El período 2001-2002 ha sido el peor para Cuba desde 1990-1992. Ha disminuido la afluencia de turistas, se cierra la mitad de los centrales azucareros, han mermado las remesas de los exiliados; el déficit en la balanza comercial, la deuda externa y las irregularidades en el suministro de combustible, han colocado a la Isla al borde del colapso. Por si fuera poco, la rotunda negativa a cualquier apertura o el respeto a los derechos individuales, cierra las puertas a la presunta cooperación de la Unión Europea; al tiempo que se siguen dilapidando ingentes recursos en la “batalla de ideas”.

En esas circunstancias, y ante la perspectiva de que su amigo Chávez no dure demasiado en el poder, con lo que se cerraría el grifo del petróleo, la posibilidad de disponer de un acceso, aunque sea limitado, al mercado norteamericano, y sobre todo la afluencia de turistas a la Isla, sería vital. De modo que todas estas muestras de repentino afecto no están dirigidas al hermano pueblo norteamericano, sino a los sectores de la política y la clase empresarial que abogan, cada vez con más fuerza, por la derogación del embargo. Y ya cuentan con un antecedente: la autorización de ventas de alimentos y medicinas a la Isla, tras el paso del último ciclón, que FC insistió en convertir en una operación comercial, y no humanitaria, previendo su utilidad perspectiva.

Entonces, ¿ha llegado el momento en que las autoridades cubanas deseen verdaderamente la derogación del embargo, a pesar de su probada utilidad como chivo expiatorio? Sí y no. Aplaudirían la autorización de los viajes turísticos a la Isla, y ciertas aperturas de mercado. Pero en caso de que el Congreso aprobara la derogación total, el señor Fidel Castro exigiría reparaciones cuantiosas, devolución inmediata de la Base Naval de Guantánamo, y si se tercia, que el propio Bush firme la irrevocabilidad del socialismo cubano y el carácter divino de su presidente; todo con el propósito de torpedear una normalización que dejaría su ineficacia crónica a la intemperie,

Aunque a primera vista la política en Cuba parezca cosa de manicomio, “hay un método en su locura”. Nada es casual. Ni el slogan “Cuba sí, yanquis no”; ni que el teatro consagrado a Karl Marx celebre el nacimiento del Imperialismo; justo el día que numerosos cubanos armaban sus balsas ante el rumor de que una flota norteamericana los acogería en aguas internacionales para celebrar el 4 de julio.

 

“Independence Day en La Habana”; en: Cubaencuentro, Madrid, 15 de julio, 2002. http://arch.cubaencuentro.com/internacional/2002/07/15/8934.html.

 





América somos nosotros

7 02 2002

No asustarse. No se trata de un axhabrupto patriótico a favor de Estados Unidos de América, a la que llamo incorrectamente “América”, para usar el interesado equívoco en cuanto a la denominación de origen, que se ha impuesto por reiteración. Tampoco se trata de una defensa a ultranza del país más poderoso del planeta, dado que la experiencia infantil nos indica que el muchacho más fuerte del barrio no necesita que nadie lo defienda.

Junto a la ola de solidaridad que despertó hacia Estados Unidos la acción terrorista del 11 de septiembre, saltó a los medios (como ocurre con harta frecuencia y sin que medie provocación) un antiamericanismo que en Europa y Latinoamérica es ya parte sustancial del discurso de cierta izquierda. Pero no sólo. Existe también, al menos en España, un discurso nostálgico de ex-potencia imperial degradada a soldado raso. En la satanización de Norteamérica encuentra un argumento cómodo para eludir la propia responsabilidad en el ejercicio de humillación nacional que significó 1898.

Las críticas y acusaciones que ahora mismo suscita el tratamiento a los talibanes y terroristas presos en la Base Naval de Guantánamo subrayan lo anterior. Lamentablemente, a veces provienen de quienes en su día fueron más conmovidos por la voladura de los budas, que por la lapidación de las mujeres afganas. Hay quien ha llegado a preguntar por qué los presos no disfrutan de aire acondicionado. Sin ser especialista en prisiones, cualquiera detecta a simple vista que ya quisiera cualquier presidiario del tercer Mundo disponer de ropa limpia, aseo y tres comidas diarias, cocinadas de acuerdo a las preferencias gastronómicas del Islam. Ya quisieran los cubanos que viven más allá (más acá) de la cerca que limita la base.

Los argumentos antinorteamericanos son muchos y surtidos. Se tilda al norteamericano de inculto e infantil desde la vieja Europa. No importa que más tarde lleven a sus hijos a McDonald’s tras pasarse dos horas embelesados ante una colección de efectos espaciales Made in Hollywood.

Se habla de sus índices de delincuencia, su agresividad y los millones de armas de que dispone la población, avaladas por un poderoso lobby. Cosa cierta y peligrosa; tanto como el comportamiento de los hinchas ingleses en los campos de fútbol, la xenofobia practicante de los neonazis alemanes, la narcoguerrilla del secuestro contra reembolso, las multinacionales del delito y de las armas (no pocas veces gubernamentales) y los asaltos a portafolio armado, penados con irrisorias condenas.

Se les tilda de bárbaros por el ejercicio de la pena de muerte, con la que no coincido, simplemente porque no hay revisión de causa. Pero, al mismo tiempo, Europa ha conseguido un sistema penal más ajustado a los derechos humanos de los verdugos, que de las víctimas. No es raro ver en la calle en pocos años a reos de crímenes atroces; o que los torturadores domésticos tengan que llegar al asesinato para conseguir que policías y jueces intervengan. Por no hablar de los delincuentes financieros, quienes adquieren en cuatro o cinco años de confortable retiro carcelario un suculento plan de pensiones para las próximas seis vidas. Claro que eso ocurre en todo el ancho mundo y planetas circundantes.

Suele hablarse también de la prepotencia y el carácter neoimperialista de Estados Unidos. Y no les falta razón. Los latinoamericanos conocemos perfectamente ese injerencismo que ha impuesto y depuesto gobiernos, y ha declarado a la América al sur del Río Grande el cuarto de invitados de la Unión. Y si la acusación parte de Europa, hay que considerarla, porque al viejo continente no le falta experiencia en tales menesteres. Aunque se note un retintín de envidia, como la del anciano que echa en cara sus pecados al adolescente mujeriego.

No obstante todas las razones y sinrazones de esta inquina verbal —que, por otra parte, debe haber asediado a todos los imperios, desde la China intramuros, a Roma o el territorio que recorrían los chasquis— habría que preguntarse antes qué es América y quiénes son los americanos. ¿Serían los cheyennes y sus primos? Ni ellos, asiáticos trashumantes. ¿Son ingleses expatriados que no encontraron sitio en su tierra de origen? ¿Irlandeses hambreados? ¿Italianos por millones, jugándose el futuro a un billete de tercera clase? ¿Coolíes chinos enlazando por ferrocarril los océanos? ¿Judíos librados de llevar una estrella de David en la chaqueta, y convertirse en grasa para jabones o botones de hueso? ¿Balseros cubanos, mojados de Chihuahua, investigadores españoles que a la salida de la universidad sólo encontraron plaza en Burguer King? Son todos. Cubanos con hijos cubanoamericanos y nietos americanos de origen cubano, que bailan salsa very nice.

Todo exilio, toda emigración, es una victoria y una derrota. La derrota de quien fue perseguido o expulsado, de quien no encontró su sitio en el país de origen —excretado, sobrante, prescindible—. La victoria de quien no se conformó con el país que le tocaba, y decidió inventárselo en otra geografía, aunque el precio fuera soñar en un idioma y vivir en otro.

Resulta aleccionador que el país más poderoso del mundo haya sido edificado por los hombres y mujeres excretados hacia un destino incierto por todos los continentes. De donde se deduce que fueron el resultado de una especie de selección natural, sobreviviendo los capaces de balancearse en el trapecio de la soledad, sin seguro de vida ni red de seguridad.

Y observando Europa, comprendemos que América somos todos. O lo seremos.

América es lo que nos sobró y lo que nos faltó.

Los italianos ya no acuden a New York para fundar una pizzería, y los irlandeses regresan a Dublín tras dos semanas en Miami Beach. Pero ahora los europeos rezan de cara a la meca y en francés, son cabezas de turcos en Berlín, amasan rollitos de primavera en Viena, o se encomiendan a Changó antes de trepar al andamio y montar, piedra a piedra, La Sagrada Familia de Barcelona. Ellos también son Europa. También son América.

América no es ya la periferia occidental de Europa. Europa es el barrio oriental de América. Distinto, porque cada barrio tiene su propia arquitectura humana, pero no tan distante.

Si pudiéramos saltar instantáneamente de San Francisco a Helsinski pasando por Lisboa, podríamos disfrutar/padecer la misma canción en 500 discotecas idénticas, y sumergidos en la masa de bailadores de todas las razas, obligada a entenderse por señas para vencer el ruido, difícilmente sabríamos en qué país estamos.

América es un gobierno, un sistema, una economía, un modo de vida, un ejército con pretensiones de policía internacional, y también un mosaico de culturas, razas y lenguas con traducción simultánea al inglés. Es también trescientos millones de americanos con diferentes gradaciones y apellidos: italo, cubano, afro, chinoamericanos. Entre todos han conseguido exportar el american way of life, la tecnología, el marketing, el cine, la moda cotidiana, la música y una imagen estereotipada de América. Si lo han conseguido, es porque el resto del planeta ha accedido a importar. Y porque en nosotros hay mucho de lo malo y lo bueno que hay en ellos. De modo que al tildar de infantiles, elementales y kitsch a los norteamericanos, para más tarde consumir sus infantiladas, estamos aceptando nuestra condición de párvulos de la misma escuela, horteras de idéntica camada. Y olvidamos que América también somos nosotros.

América somos nosotros”; en: Cubaencuentro, Madrid, 7 de febrero, 2002. http://www.cubaencuentro.com/internacional/2002/02/07/6192.html.

 





Victoria de la razón

5 12 2001

Por décima vez consecutiva, el embargo norteamericano ha sido condenado por amplia mayoría. Esta vez 167 países votaron a favor de la resolución 56/9, 3 votaron en contra y tres se abstuvieron. “Contundente victoria de Cuba en las Naciones Unidas”, puede leerse en el Diario Granma, ansioso por demostrar, como de costumbre, que el planeta en pleno apoya al gobierno de la Isla. Olvidando que la inmensa mayoría de esos países votó hace no mucho a favor de condenar al gobierno cubano por su sistemática violación de los derechos humanos. En aquel momento la prensa insular tildó a esas mismas naciones de lacayos del Imperio, lamebotas y sobornados. En su esquema maniqueo de las relaciones internacionales, no parecen comprender que existe algo llamado “independencia de criterio”.

De hecho, no se trata de una victoria del gobierno cubano —que ha secuestrado el nombre de Cuba durante medio siglo—, sino de la razón.

En teoría, el embargo tiene como propósito presionar a la Isla para forzar el cambio hacia un Estado de derecho y el respeto a las libertades individuales. Y la razón nos dice que si no lo ha conseguido en 43 años, algo falla. Las únicas dos empresas que han aplicado empecinadamente la misma política durante 43 años, a pesar de su probada ineficacia, son el gobierno cubano y quienes mantienen en Estados Unidos el embargo. En ambos casos se invoca la felicidad de los cubanos. En ambos casos, la felicidad de los cubanos es lo que menos cuenta.

Cuando ya la ineficacia del embargo había quedado sobradamente demostrada, e incluso su utilidad para el gobierno de la Isla, que la emplea como hoja de parra para tapar su ineficiencia, la respuesta norteamericana fue recrudecerlo, al aprobar la Ley Helms-Burton. Una ley que “procura sanciones internacionales contra el Gobierno de Castro en Cuba, planificar el apoyo a un gobierno de transición que conduzca a un gobierno electo democráticamente en la Isla y otros fines”. Su presupuesto básico es sancionar y reparar “el robo por ese Gobierno [el de Castro] de propiedades de nacionales de los Estados Unidos”, haciendo de ello un instrumento para la democratización de Cuba.

Y será el presidente de Estados Unidos quien determine cuándo existe un gobierno de transición. Dimanar de elecciones libres e imparciales y una clara orientación hacia el mercado, sobre la base del derecho a poseer y disfrutar propiedades, son las condiciones adicionales para que el mismo presidente concluya que se trata de un gobierno elegido democráticamente, momento en que la felicidad reinará en la Isla, ya que el bienestar del pueblo cubano se ha afectado, según la ley, por el deterioro económico y por “la renuencia del régimen a permitir la celebración de elecciones democráticas”. La primera razón es obviamente correcta. La segunda, indemostrable. Taiwán, Corea y Chile, por un lado; Haití, Nicaragua y Rusia, por el otro, demuestran que la democracia de las urnas y la democracia del pan no forman un matrimonio indisoluble.

La presunta “amenaza castrista” permite a la ley apelar a la extraterritorialidad y sancionar a terceros países, dado que “El derecho internacional reconoce que una nación puede establecer normas de derecho respecto de toda conducta ocurrida fuera de su territorio que surta o está destinada a surtir un efecto sustancial dentro de su territorio” (sic). [No sólo a entidades y personas que]”trafiquen con propiedades confiscadas reclamadas por nacionales de los Estados Unidos”, sino a quienes establezcan con Cuba cualquier comercio en condiciones más favorables que las del mercado; donen, concedan derechos arancelarios preferenciales, condiciones favorables de pago, préstamos, condonación de deudas, etc., etc. Es decir, todo lo que proporcione al Gobierno Cubano “beneficios financieros que mucho necesita (…) por lo cual atenta contra la política exterior que aplican los Estados Unidos”. De modo que el planeta Tierra y sus alrededores quedan advertidos: Cualquier acción que contradiga la política exterior norteamericana respecto a Cuba, queda terminantemente prohibida.

El resultado ha sido la posposición indefinida de la aplicación de sus capítulos más drásticos. Helms y Burton no tomaron en cuenta que esas actividades económicas son también beneficiosas para los inversionistas, y como la primera ley del capital es la ganancia, la primera libertad democrática es la libertad de empresa, y el primer deber de un gobierno es defender a sus ciudadanos, y si son empresarios, más aún, la protesta ha sido unánime, consiguiendo de rebote la solidaridad hacia el pueblo cubano (que el gobierno de Fidel Castro monopoliza para su usufructo). En lugar de quedar “aislado el régimen cubano”, la ley ha conseguido aislar a Estados Unidos, como se observa en cada votación de la ONU al respecto.

Está claro que Fidel Castro jamás aceptará las decisiones de una corte norteamericana, de modo que no será él quien pague las propiedades que expropió. ¿Quién las pagará entonces? Aunque la Ley Helms-Burton estipula que el presidente de Estados Unidos podrá derogarla una vez se democratice la Isla, las reclamaciones anteriores a esa fecha tendrán que ser satisfechas (incluso la voluntad de satisfacerlas es condición para que el nuevo gobierno sea aceptable); de modo que se da el contrasentido: Una ley dirigida contra Castro sólo afectará al gobierno de transición o al “democráticamente electo” que lo suceda, es decir, el que, al menos teóricamente, propugna la ley. Gobierno que heredará un país arruinado, y una deuda que no contrajo. Si el propósito es fomentar el nacimiento de una democracia precaria, está muy bien pensado.

Con ley o sin ella, si a alguien faltará lo elemental, no será a Fidel Castro, factor que deberíamos tener en cuenta todos los cubanos al pronunciarnos al respecto. Aunque alguno ha afirmado que se trata de “alentar” a los cubanos a “derrocar la dictadura”. Una especie de “Sublevación o Muerte” que desde el exilio veremos por televisión.

La oposición cubana al embargo/bloqueo, puede inducir a algunos analistas a pensaren su presunta utilidad. Si observamos con atención, descubriremos que esa oposición es retórica, y que todo intento de distensión ha sido bombardeado desde La Habana, dado que los beneficios económicos del cese del embargo no compensarían la rentabilidad política de su mantenimiento, que permite al señor Fidel Castro mantener un discurso victimista, convocar la solidaridad internacional y justificar el desastre del país.

En 43 años se las ha ingeniado para domar con discursos y represión la miseria de su pueblo. Pero sabe que sería más difícil manejar las consecuencias de una apertura en toda regla, la invasión de turistas, productos y capital norteamericano. Razón por la que hasta hoy ha admitido la inversión extranjera sólo en la medida que le ayuda a paliar los efectos de la crisis y colaborar en su propia supervivencia. Entonces, ¿esas inversiones que el embargo y la Ley Helms-Burton pretenden evitar, contribuyen a apuntalar al gobierno actual? A corto plazo, sí. Pero también alivian la dramática supervivencia de los cubanos que viven en la Isla, cuyo sufrimiento no puede ser la moneda con que se compre una presunta “transición democrática”. Y a mediano plazo, cada empresa que se desliza a otro tipo de gestión demuestra la ineficacia de la economía estatal ultracentralizada al uso, y debilita los instrumentos de control del individuo por parte del Estado. Concede al pueblo cubano una percepción más universal, más abierta, y de ahí una mayor noción de sus propios derechos, o de su falta de derechos, en contraste con los que se otorgan al extranjero en su propia tierra; desmitificando el camino trazado desde arriba como el único posible.

Hoy los turistas y los empresarios extranjeros corroen más que cualquier embargo las doctrinarias exhortaciones al sacrificio. La mayoría sospecha que el porvenir no queda hacia delante, por la línea trazada que se pierde más allá del horizonte y cuyo destino es por tanto invisible, sino hacia el lado. Más al alcance de la mano.

Victoria de la razón”; en: Cubaencuentro, Madrid,5 de diciembre, 2001. http://www.cubaencuentro.com/internacional/2001/12/05/5211.html.

 





Demencia cerril

20 09 2001

Desde la declaración inicial de condolencia por las víctimas de los actos terroristas contra Estados Unidos, y la oferta de ayuda humanitaria al vecino del norte, hecha pública por el Señor Fidel Castro, la prensa cubana ha dejado traslucir una suerte de satisfacción contenida. La moraleja de los textos propios y los refritos de la prensa internacional cuidadosamente seleccionados, es que “donde las dan, las toman”. Y que lo sucedido no es sino la inevitable reacción a la acción norteamericana en el mundo. Esta ambigüedad ha oscilado entre el pésame y la revancha, sin precisar una postura diáfana y oficial sobre la inevitable reacción norteamericana a lo que ya se ha calificado como un acto de guerra. Hasta hoy.

Con fecha 19 de septiembre, y bajo el título “No todo está perdido todavía”, el diario Granma publica una declaración oficial del gobierno de la República de Cuba. Tras una fugaz referencia al acto terrorista, se habla de que como consecuencia han resucitado “viejos métodos y doctrinas que están en la raíz misma del terrorismo”, “se escuchan frases” de dirigentes norteamericanos, no oídas, según Granma, “desde los tiempos que precedieron a la Segunda Guerra Mundial”. No hay que ser muy listo para invocar a la Alemania nazi.

Más adelante cuestiona el gobierno cubano si Estados Unidos persigue la justicia o imponer una tiranía universal. Y señala que bien podría abrogarse el derecho de asesinar a cualquiera que estime conveniente en cualquier lugar del mundo, recordando de paso a Patricio Lumumba y los atentados contra el Señor Fidel Castro, investigados por el propio Senado norteamericano. Con lo cual hace una interesante acotación, porque la Asamblea Nacional del Poder Popular jamás sería autorizada a investigar el derribo de la avioneta de Hermanos al Rescate, o el hundimiento del buque 13 de Marzo, por ejemplo.

En un párrafo donde muestran un inusitado pudor, se declara que “Tan grave como el terrorismo, y una de sus formas más execrables, es que un Estado proclame el derecho de matar a discreción en cualquier rincón del mundo sin normas legales, juicios y ni siquiera pruebas. Tal política constituiría un hecho bárbaro e incivilizado, que echaría por tierra todas las normas y bases legales sobre las que puedan construirse la paz y la convivencia entre las naciones”. Un texto que no parece elaborado por el mismo Estado que ha entrenado guerrillas en tres continentes, que da cobijo a terroristas notorios del IRA y de ETA, que manejó durante más de una década los hilos de la subversión latinoamericana, actuó como ejército de ocupación durante la guerra civil angolana, entre otras, y apoya en Colombia a la narcoguerrilla del secuestro. El mismo gobierno que jamás levantó la voz para comentar (no ya condenar) la invasión soviética a Afganistán, que costó cientos de miles de víctimas, ahora se aterra ante la posible invasión norteamericana. Una guerra contra la dictadura talibán, posiblemente el peor enemigo que haya tenido en su larga historia el pueblo afgano (y no han sido pocos), una invasión que aplaudirá media humanidad, empezando por los cinco millones de exiliados afganos.

Otro curioso comentario de la declaración, tras tildar de terrorista y fascista la presunta conducta norteamericana, es que de producirse una respuesta consistente en “asesinar fríamente a otras personas, violar leyes, castigar sin pruebas y negar principios de elemental equidad y justicia para combatir el terrorismo”, se destruiría el prestigio de Estados Unidos. Hay aquí dos elementos novedosos: El primero: un apego muy reciente, diría que de ahora mismo, por el ejercicio de la justicia, la equidad, las pruebas y la vida; en un país donde la lista de fusilados por razones políticas es larga, los abogados defensores parecen compungidos fiscales, la ley se estira o encoge a voluntad, opinar es delito, e incluso puedes caer en chirona por el crimen que vas a cometer mañana, es decir, por peligrosidad. Una perla de la jurisprudencia. La segunda curiosidad: Ahora resulta que los abominables Estados Unidos tienen prestigio, dado que no se puede destruir lo que no existe.

También los talibán exigen pruebas concluyentes contra Osama Bin Laden, antes de estudiar si lo entregan o no. Y piden mucho más. Que por pedir no quede. Puede que ahora mismo nadie pueda entregarles esas pruebas, ni ellos facilitarán que sean encontradas en su territorio. Pero basta hacer memoria para recordar las acciones contra dos embajadas en Kenya y Tanzania, donde murieron 257 personas, la minoría norteamericanas, a las que Bin Laden no fue ajeno. Libia lo busca por el asesinato de dos alemanes en 1994. Se le atribuye el primer atentado a las torres del WTC en 1993. Según los rusos, es el principal sostén de la guerrilla chechena que, más allá de la justicia o no de su causa, y de los pocos escrúpulos rusos en materia de represión (que Cuba tampoco ha condenado), provocó en Moscú la masacre de 300 civiles, aunque menos televisiva que la de las torres gemelas. Sus declaraciones a favor de una cruzada contra Occidente son públicas y notorias. Con muchas menos pruebas, cualquier disidente de barrio es sentado en La Habana en el banquillo de los acusados. Por hablar. Simplemente. Y condenado.

Claro que en la versión de la postura afgana que nos entrega el comunicado cubano, “Los ulemas de Afganistán, dirigentes religiosos de un pueblo tradicionalmente combativo y valiente, están reunidos para adoptar decisiones fundamentales. Han dicho que no se opondrán a la aplicación de la justicia y a los procedimientos pertinentes, si los acusados de los hechos que residan en su país son culpables. Han pedido simplemente pruebas, han pedido garantías de imparcialidad y equidad en el proceso”. El gobierno cubano parece ignorar (o suponen que nosotros lo ignoramos) que para esos “dirigentes religiosos” (algo que suena a piadoso y respetable) “la aplicación de la justicia” incluye la mutilación, la discriminación sexual, la represión más feroz, la ejecución sin mucho trámite de todo el que incumpla la sharia, incluso una inocente estatua de Buda. Pero no. Según la declaración de marras, es el gobierno norteamericano quien está exigiendo “a los líderes religiosos pasar por encima de las más profundas convicciones de su fe, que como se sabe suelen defender hasta la muerte”. Y de pasar por encima de las ”profundas convicciones” de la fe ajena algo sabrá el gobierno cubano.

Para colmo, ahora resulta que estos santos señores del gobierno talibán “no sacrificarían a su pueblo inútilmente si lo que solicitan, éticamente irrefutable, es tomado en cuenta”. Vistos los últimos acontecimientos, la afirmación resultaría risible si no fuera trágica. Los talibán vienen sacrificando a su pueblo, en especial a sus mujeres, desde que tomaron el poder. No sé si eso será relevante para el machismo-leninismo tropical. Y de que no lo sacrifique más se está ocupando el propio pueblo afgano, los cientos de miles que huyen hoy hacia cualquier frontera, haciendo caso omiso al llamado a la yihad del jeque Mohamed Omar.

En un alarde de pacifismo reciente, el comunicado afirma que “ningún problema del mundo actual podría resolverse por la fuerza”, de modo que ya no se crearán dos, tres, muchos Vietnam, el desmedido gasto militar cubano es innecesario, la recomendación a Kruschev de asestar el primer golpe y desatar los fuegos artificiales es cosa del pasado, y en breve los discursos del Patriarca en su invierno concluirán con “Peace & Love” en lugar del “Patria o Muerte”.

Tras el patético llamamiento a un juicio justo a Bin Laden, el nuevo pacifismo de las autoridades de la Isla, y la invocación a alternativas a la guerra “injusta” que se avecina, alternativas que Cuba no especifica pero que apoyaría “sin vacilación”; se descubre sin dificultad que en el cartel de “Se busca vivo o muerto” diseñado por las autoridades cubanas, el retrato que aparece no es el del terrorismo internacional, sino el mismo que de costumbre. Confiemos que en un momento especialmente delicado como éste, Occidente no atribuya esta declaración a la complicidad, sino al Alzheimer.

Demencia cerril”; en: Cubaencuentro, Madrid,  20 de septiembre, 2001. http://www.cubaencuentro.com/sociedad/2001/09/20/3897.html.

 





Derrota en Manhattan

12 09 2001

Escribo frente a la pantalla del televisor, después de almuerzo, y contemplando imágenes que le cortan la digestión a cualquiera.

Primero interrumpieron la emisión diaria del noticiero para transmitir la información de que un avión comercial se había estrellado contra una de las torres gemelas del World Trade Center en New York a las 8:45 A.M., hora estándar del este. Se supuso un accidente, pero 18 minutos más tarde, a las nueve y tres, pudimos contemplar como un Boeing 767 de United Airlines, desviado de su vuelo Boston-Los Angeles, y con 92 personas a bordo, se estrellaba contra la segunda torre, tras unos leves giros cuyo propósito era afinar la puntería. A las 9:40 se cancelaron todos los vuelos en Estados Unidos, y se desviaron hacia Canadá los que estaban en el aire. No obstante, a las 9:45 otro avión se estrelló contra el Pentágono a orillas del Potomac, provocando un enorme incendio. A las 10:00, 57 minutos después de sufrir el impacto del segundo avión, la Torre Sur del World Trade Center se desmoronó. Cinco minutos más tarde sería evacuada la Casa Blanca, y en rápida sucesión, los más importantes edificios gubernamentales y torres de negocios en toda la nación. A las 10:10 se derrumba una parte del Pentágono, y cinco minutos después un Boeing de United Airlines se estrellaba en Somerset, al sudeste de Pittsburg. A las 10:29, la segunda torre de NY, tras resistir una hora y cuarenta y cuatro minutos, se derrumba.

Mi digestión termina de paralizarse cuando, una tras otra, ambas torres caen en medio de sendas nubes de polvo, extirpadas del perfil de New York. ¿Cuántos pasajeros de inocentes vuelos comerciales, cuántos oficinistas, ejecutivos, bomberos, transeúntes, ascensoristas, plomeros o turistas, yacen bajo los escombros, o han sido literalmente pulverizados por las explosiones? Más de doscientas personas viajaban en los aviones. Miles han sido sepultados bajo los escombros. Entre ellos algunos supervivientes que se están comunicando a través de sus teléfonos móviles.

Cincuenta mil personas trabajan en las torres, 150.000 visitan su mirador cada día, que a la hora de los impactos, por suerte, no había abierto sus puertas.

A las 11:18 American Airline reconoció el desvío de dos vuelos con un total de 150 pasajeros a bordo. Cuarenta minutos más tarde, United Airlines reporta que en sus dos aviones desviados había 110 pasajeros.

El Frente Democrático para la Liberación de Palestina negó toda implicación, tras una una supuesta llamada en que se hacían responsables. Hammás también se apresuró a declinar cualquier relación con los sucesos, y el propio Arafat condenó duramente los atentados. Desde todas partes del mundo llegan la solidaridad con los norteamericanos y el repudio a las acciones terroristas.

¿Quién ha cometido los atentados? ¿Por qué? Ambas preguntas tienen ahora mismo múltiples respuestas.

Estados Unidos, como toda gran potencia a lo largo de la historia, suscita odios. Merecidos o no. Bien sea en respuesta a una política exterior prepotente y que no pocas veces supedita el resto del mundo a los intereses norteamericanos. Bien sea porque resulta cómodo delegar en los Estados Unidos la culpabilidad de las propias desgracias, catalizando esas dosis de rencor y de envidia que suscita el éxito ajeno. No es raro entonces que la Yihad Islámica se refiera a los atentados como un resultado directo de la política norteamericana en “la zona más caliente del mundo”, es decir, el Medio Oriente. O que niños y jóvenes palestinos bailen de alegría en los campos de refugiados al ver la desolación adueñándose de las calles del mejor aliado de Israel.

¿Quién tiene capacidad para organizar y perpetrar un terrorismo de esta magnitud? ¿Extremistas palestinos? Quizás, aunque no parece lo más probable, en la medida que esto puede inclinar decididamente a favor de Israel la balanza occidental en el conflicto. ¿Iraq? Podría ser, pero no queda clara su viabilidad. ¿Terroristas norteamericanos de alguna secta antigubernamental? Difícilmente cuenten con el nivel de organización y el espíritu de autoinmolación que implican estos ataques. ¿Integristas islámicos que consideran a Estados Unidos el Imperio del mal? Es más probable, aunque los talibanes nieguen toda participación, y el propio Osama Bin Laden, su mentor saudí, asegura en un diario pakistaní ser ajeno a estos sucesos.

De cualquier modo, quien sea ha decretado el inicio del fin de la causa que dice defender. El repudio universal que suscita una matanza de esta magnitud, hará que cualquier represalia norteamericana contra los culpables cuente con el silencio, cuando no el aplauso del resto del mundo. Y confiemos que Norteamérica investigue antes con cuidado y medite su respuesta, para evitar la multiplicación de la injusticia.

Quien ha perpetrado este atentado masivo ha concedido a Bush el voto decisivo para aprobar el escudo antimisiles (aunque sea inoperante para detener ataques como éste) y, de hecho, la incursión norteamericana en tierras de reales o supuestos enemigos revestirá un carácter “preventivo” y “defensivo”. Claro que si el propósito de los terroristas es precisamente convocar una reacción a gran escala de Norteamérica que provoque la polarización y el florecimiento del odio, posiblemente ha conseguido su objetivo.

No hay causa o ideología que justifique el terrorismo, sea el coche cargado de Titadine que hace saltar por los aires a un humilde concejal del País Vasco, una bomba al paso de niñas irlandesas que acuden a la escuela, suicidas palestinos, asesinatos selectivos judíos o esta masacre en Manhattan. Todos tienen la misma capacidad de abolir la justicia de la causa en cuyo nombre se perpetran. Todos son igualmente repudiables, y difieren apenas cuantitativamente. No hay víctimas de primera y segunda categoría. Las víctimas del odio como sistema, en cualquier lugar del mundo, mutilan la condición humana de todos nosotros. En ese sentido no puede existir un terrorismo repudiable y otro admisible, un terrorismo de nuestro bando y otro del bando contrario. Si la humanidad no apuesta ahora, decididamente, por la erradicación de todo terrorismo, y si no apuesta por la abolición de las grandes diferencias estructurales del planeta, por la erradicación de los focos de miseria y desesperación que son la crisálida de fundamentalismos atroces de todo signo, puede que mañana sea demasiado tarde, y la civilización pierda la partida.

La intercomunicación, la globalidad, el intercambio, son hoy condiciones sine qua non del planeta donde vivimos. Es imposible ya cerrar puertas y decretar esclusas, compartimentos estancos de prosperidad. No se trata de abatir simplemente el terrorismo, sino de abolir sus excusas, la desesperanza que alimenta esa base social donde prospera.

Ya no podremos resucitar a las víctimas que yacen bajo los escombros del World Trade Center, pero sí podemos evitar que un niño, en cualquier lugar del mundo, salte de alegría ante la muerte de otros niños.

Creo en el derecho de reivindicación, y creo que ese derecho termina donde comienza la integridad y la vida del prójimo. Lamento los miles de muertos en Manhattan, y lamento por igual los saltos de alegría de esos niños palestinos mientras observan en directo la muerte de norteamericanos que ni siquiera conocen. La alegría de esos niños que hacen el signo de la victoria. Lamento que ignoren que todo acto de terror, toda muerte inocente, es una derrota de los palestinos y de los israelíes, de los norteamericanos y de los árabes, una derrota de su propia infancia, condenada a los juegos macabros del odio, una derrota de todos los hombres.

Derrota en Nueva York”; en: Cubaencuentro, Madrid,  12 de septiembre, 2001. http://www.cubaencuentro.com/internacional/2001/09/12/3805.html.





Puentes y coartadas

15 06 2001

Mientras Bush reafirmaba en Madrid su voluntad de mantener el embargo a Cuba, un grupo de liberales y representantes de los Estados agrícolas, presentó en el Congreso nuevas facilidades para vender alimentos y medicinas a la Isla; a pesar de que esa tímida apertura del año pasado (incluyendo restricciones al financiamiento y los viajes a Cuba) no fue aceptada por el gobierno de La Habana.

Bridges to the Cuban People (Puentes con el pueblo de Cuba) se denomina la ley redactada por el senador demócrata por Connecticut, Christopher Dodd, con catorce copatrocinadores, que incluyen a tres senadores republicanos. Otro proyecto de ley colateral, esta vez con unos 80 copatrocinadores, fue presentado por el demócrata del Bronx José Serrano y el republicano por Iowa Jim Leach. Dodd, aprovechando su jurisdicción en los temas legislativos relacionados con Cuba, como presidente del subcomité del Hemisferio Occidental, perteneciente al Comité de Relaciones Exteriores, y el dominio de los demócratas en el senado, propone eliminar restricciones sobre viajes y ventas de alimentos. Le apoyan en el ablandamiento del embargo tanto Tom Daschle, líder de la mayoría, como el presidente del Comité de Agricultura, Tom Harkin.

Por su parte, George Bush, eludió dar por sentado en Madrid que se prorrogará de nuevo, el 17 de julio, el Título III de la Ley Helms-Burton, que establece sanciones extraterritoriales a las empresas que operen en Cuba, especialmente si ocupan instalaciones de antiguos propietarios norteamericanos. Ello afectaría a numerosas empresas europeas, canadienses, japonesas y mexicanas, y especialmente a las empresas españolas, primer socio comercial de Cuba en la Unión Europea.

Al respecto, Bush concedió, en referencia a la cadena hotelera Sol-Meliá: “Me doy cuenta de que hay un problema que afecta a una empresa española y trabajaremos para resolverlo”, pero reafirmó que “tenemos previsto mantener el embargo sobre Cuba hasta que Fidel Castro libere a los presos, organice elecciones y abrace la libertad”. Abrazo improbable.

Una postura que ya parece parte de las tradiciones presidenciales norteamericanas, a pesar de su ineficacia demostrada a lo largo de cuatro décadas. Si el propósito del embargo ha sido presionar al señor Fidel Castro a una apertura democrática, o al menos a la instauración de una economía de mercado (cosa que ha bastado en el caso de China para mantener buenas relaciones), el resultado es bien visible. La “amistad indestructible” con la Unión Soviética, consignada incluso en la Constitución de 1976, caso único, que yo recuerde, de un país citando a otro en su carta magna, permitió paliar durante treinta años los efectos del embargo. La cautelosa apertura al capital extranjero después, la dolarización y la copiosa ayuda familiar aportada por el exilio, han sido las tablas de salvación desde inicios de los 90. ¿No existe el tal embargo, y por tanto no hay razón para que se derogue, como argumentan contradictoriamente algunos? Sí, existe, y encarece el comercio cubano al privarlo de su mercado más cercano, cierra puertas a sus exportaciones e impide la llegada del tradicional turismo procedente de Estados Unidos. Su efecto ha sido calculado por La Habana en 40.000 millones de dólares. Cifra mínima en el balance de estos cuarenta años, y que denuncia a la nefasta política económica insular como el primer causante de su bancarrota: uno de los primeros países del continente, convertido en uno de los últimos, lo que explica por qué el país que recibió un millón de inmigrantes en la primera mitad de siglo, vio huir a dos millones en la segunda mitad. Ahora bien, si el propósito del embargo ha sido convocar la solidaridad internacional (según el esquema elemental de David y Goliat), y apuntalar ideológicamente al señor Fidel Castro, lo ha conseguido con una eficacia envidiable. Durante cuatro décadas el embargo ha sido el culpable perfecto, mentira que machacada a diario por la propaganda en el cerebro de los cubanos, ha llegado a convertirse en semiverdad. Por eso no es casual que ante cualquier intento de apertura (Carter, Clinton), la respuesta de La Habana haya sido el Mariel, el derribo de avionetas, etc. Si un día Washington decide dejar a FC sin coartada, ya lo veremos denunciando “esa nueva maniobra del imperialismo”, y haciendo lo imposible por abortar el levantamiento del embargo. En definitiva, los mandatarios de la Isla no carecen por su culpa ni de lo imprescindible ni de lo superfluo, y quien en todo caso sufre sus efectos, el pueblo llano, no tiene la oportunidad de pronunciarse en las urnas. Razón que explica el éxodo más copioso de nuestra historia, aunque de eso también tiene la culpa, en la retórica surrealista de La Habana, la perversa Ley de Ajuste, y no la miseria sin esperanza en que vive el ciudadano de la Isla.

Desde su promulgación, la Helms-Burton, una vuelta de tuerca en el embargo, que en su día pretendió demostrar (al fin) su eficacia como mecanismo de presión, ha concitado las protestas de los países con empresas que operan en Cuba, dada su extraterritorialidad, al abrogarse el derecho de hacer extensible una norma jurídica norteamericana al resto del planeta. Razón por la que, en dos ocasiones, el presidente Clinton dejó en suspenso su aplicación. A pesar de la negativa de Bush a confirmar la continuidad de esta política, no es previsible un cambio radical, algo que lo enfrentaría a sus aliados del resto del mundo.

Ahora, tras su encuentro con el presidente norteamericano en Madrid, José María Aznar subrayó que en las relaciones entre España y Estados Unidos lo verdaderamente importante es que ambos sean “capaces de trabajar juntos en situaciones delicadas, como es ésta de la Helms-Burton, o las que plantea el Plan Colombia, y de evitar problemas, aunque no estemos de acuerdo”. En su comunicado conjunto, ambos mandatarios se comprometen a “promover la democracia y los derechos humanos” en América Latina. Ya veremos en la práctica, qué significa eso.

 

“Puentes y coartadas”; en: Cubaencuentro, Madrid,15 de junio, 2001. http://www.cubaencuentro.com/encuba/2001/06/20/2731.html.

 





El poder relativo

31 05 2001

Después de la aplastante victoria electoral, durante las pasadas elecciones del 13 de mayo, de Silvio Berlusconi, máximo exponente del dinero y de la derecha en Italia, algo que no se veía desde la época de oro de la democracia cristiana, anoche se dieron a conocer unos resultados diametralmente opuestos en las elecciones municipales, donde el electorado italiano designó a los alcaldes de las principales ciudades.
Sólo una ciudad de primer orden en Italia, Milán, ha quedado en manos de la derecha, al conservar Gabriele Albertini su puesto. La coalición de centroizquierda El Olivo, contra muchos pronósticos (Berlusconi y su coalición también gobierna las principales regiones del país), ha mantenido las alcaldías de Roma, Nápoles y Turín. Como nuevo alcalde de Roma, con el 52,5% de los votos, se mantiene Walter Veltroni, secretario general de los Demócratas de Izquierda (ex-comunistas). Triunfo importante que le da un respiro para el proceso de reorganización en que está enfrascada la izquierda italiana. En Nápoles, el puesto lo ocupará la ex ministra del Interior democristiana Rosa Russo Jervolino (El Olivo), con el 52,9% de los votos. Y el nuevo alcalde de Turín, con el 52,8%, será Sergio Chiamparinode.
Al otro lado del mar, mientras el equipo de Bush negociaba una reducción de impuestos que se eleva a 1,3 billones de dólares, se ha producido un importante cambio en la correlación de fuerzas del senado: el senador republicano James Jeffords abandona la nave y se decide a ir como independiente, al tiempo que Tom Daschle ascendía como nuevo líder de la mayoría demócrata. Se prevee que muchos comités cambien de presidente ante la nueva correlación.
Curiosamente, el recorte de impuestos salió adelante gracias al voto a favor del senador demócrata Baucus, del Estado de Montana, incluso contra la opinión de su partido.
Todos sabemos que una nación es un pacto entre tendencias, facciones, intereses con frecuencia contrapuestos, que halan en diferentes direcciones la política del país, cuya historia inmediata no es sino la suma vectorial de esas tendencias. Algunos defienden las mayorías absolutas que suelen generar gobiernos fuentes, capaces de poner en práctica sus programas sin cortapisas. Yo respeto esas mayorías, siempre que sean fruto de la libre voluntad de los electores; pero prefiero las mayorías relativas, los gobiernos formados a partir del compromiso entre diferentes fuerzas. El arte del consenso, la voluntad de compromiso, suelen ser más sabios y representativos de la voluntad de los electores que el ejercicio estricto de la mayoría absoluta, un abuso numérico que con frecuencia se traduce en un puñado de votos.
Si algo define a la política no es el mero ejercicio de la demagogia, la retórica o el usufructo del poder visto como botín, sino el arte de la negociación, la necesidad de alcanzar ese justo equilibrio que, tanto en la sociedad como en la física atómica, aspira a la estabilidad.
Está demostrado que en una discusión los seres humanos dedicamos más tiempo a pensar nuestras respuestas que a escuchar las objeciones del prójimo (sobre todo si es un prójimo no tan próximo); está demostrado que la mayoría absoluta es el sueño de todo político, y la verdad absoluta, la aspiración de todo ideólogo. Pero, por suerte, la praxis cotidiana nos demuestra que la verdad es una aproximación que sólo se consigue sumando algebraicamente sus diferentes versiones; la ideología, una ecuación complejísima que tiene múltiples soluciones y ninguna irrebatible, y el buen gobierno no es otra cosa que el pacto social entre políticos de diverso pelaje, vigilados por la voluntad de sus pueblos. Los políticos saben que a más tardar en cuatro años los anónimos electores recuperarán el poder que les han otorgado en préstamo. Bastará que muevan hacia arriba el pulgar para garantizar su supervivencia, o que apunten a la arena del circo para condenarlos a la jubilación. Quines practican el arte de la negociación suelen pasar la prueba del pulgar con más éxito. Sobrevivir intacto a la mayoría absoluta es más difícil.
“El poder relativo”; en: Cubaencuentro, Madrid,  31 de mayo, 2001. http://www.cubaencuentro.com/meridiano/2001/05/31/2510.html.





¿Escudo o estrella?

22 05 2001

Cien mil millones de dólares es el costo estimado del escudo antimisiles propuesto por el presidente norteamericano George Bush. Aunque todavía están en veremos tanto el costo real como su viabilidad tecnológica.

La versión 2001 de la Guerra de las Galaxias consiste en un sistema de once satélites dotados de sensores infrarrojos, desplegados en varias órbitas, que detectarán los presuntos misiles atacantes, y con la ayuda de radares de última generación, distinguirán a éstos de los señuelos, ordenando a las instalaciones de tierra y los barcos, el lanzamiento de los interceptores que los destruyan en vuelo. Un sistema tan complejo no sería operativo hasta el 2011. La variante más modesta sería una red de enormes radares en tierra que desde Alaska (para monitorear a Corea del Norte) y desde Maine (para Irán e Irak) detectarían los misiles precozmente. Se habla incluso de un radar en territorio ruso. Los interceptores serían disparados desde veinte bases repartidas por el mundo y operativas en 2005, con la perspectiva de llegar a 250 bases en los siguientes cinco años. Otros proyectos mencionan una red de barcos equipados para la detección y la intercepción, y el empleo de lásers, ya probados por Estados Unidos e Israel, para la destrucción de misiles de alcance medio.

Aunque el enemigo más temido es la innombrada China, se menciona a Irán, Irak y Corea del Norte como los presuntos terroristas atómicos, “gobiernos irresponsables” capaces de lanzar un ataque nuclear contra Estados Unidos, aunque el resultado de la respuesta sea su propia desaparición como países.

La reactivación de esta iniciativa deja en papel mojado el tratado ABM suscrito entre Rusia y la URSS en 1972, que les comprometía a no desarrollar sistemas antimisiles, garantizando la destrucción de ambos en caso de confrontación nuclear, con el consiguiente efecto disuasorio.

Hasta el momento, la respuesta de Putin a la propuesta no ha pasado de la retórica. En parte, porque se trata aún de un proyecto cuya viabilidad está por ver —la efectividad política para una parte del electorado norteamericano queda asegurada—, y en parte por las garantías de Bush de que el paraguas detendría una llovizna atómica coreana, pero no un aguacero ruso, con lo que se mantiene el efecto disuasorio que dictó los acuerdos de 1972.

También Putin ha colocado sobre la mesa una contrapropuesta: crear un sistema conjunto, que protegería incluso a los europeos. Washington no parece muy dispuesto a considerar esta variante.

La Unión Europea, y en especial Francia, se ha mostrado reticente al proyecto, o al menos ha hecho un expectante silencio. La objeción más seria es que una iniciativa de esta naturaleza promocionará la carrera armamentista de países como China, multiplicando la capacidad autodestructiva de la humanidad y haciendo más delicada y precaria la relación con Taiwán, aliada a su vez de Washington.

La propia justificación del plan, es decir, la existencia de “gobiernos irresponsables” con capacidad nuclear, es risible a juicio de muchos analistas, a pesar de los informes de la CIA que anuncian como probable un ataque desde Irán, y como posible, desde Irak y Corea del Norte. La realidad es que en un país como Estados Unidos, donde penetran anualmente miles de envíos de droga, es infinitamente más viable meter de contrabando una carga nuclear y detonarla in situ, que perpetrar con éxito un ataque de misiles de largo alcance. Países que se arriesgan a la inmolación total, en aras de dañar a su enemigo, bien podrían reclutar un comando suicida que se encargara de la operación sin dejar huellas. Y ante tal contingencia, no hay paraguas.

Quienes ya se frotan las manos ante la idea son los mandos militares con juguete nuevo, los consorcios armamentistas, y los institutos de investigación que recibirán suculentas partidas para el desarrollo de las tecnologías.

La historia demuestra que siempre una nación predominante despierta pasiones contrapuestas y extremas en su perisferia: desde la devoción modélica, hasta el odio, donde con frecuencia constan unas gotas de envidia. Y Estados Unidos no es la excepción, aunque hasta ahora sí sea excepcional el hecho de que en toda su historia como nación jamás haya sido objeto de una agresión en su propio territorio. Todas las guerras libradas por Estados Unidos, y no son pocas, han sido extramuros. Y la perspectiva de que el país se convierta en teatro de operaciones bélicas aterra a demasiados norteamericanos. De modo que una iniciativa que presuntamente lo convierte en impermeable cuenta de antemano con una rentabilidad política cuyo peso en la decisión final no es nada desdeñable.

¿Puede ocurrir el ataque cuya prevención costará cien mil millones de dólares? En teoría, sí. En la práctica, difícilmente dichos países cuenten con la capacidad de ponerlo en práctica con éxito en un futuro predecible. Más barato resultaría fomentar en esas naciones una apertura económica, la superación de la crisis que asola a la población coreana, el levantamiento de las sanciones impuestas a Hussein, pero que afectan al pueblo, e impulsar la distensión en las relaciones con Irán.

Si Estados Unidos es una “nación responsable” sabrá que el escudo antimisiles más efectivo que se conoce, es el bienestar. Los estados de crisis y miseria con frecuencia han fomentado dictaduras y fundamentalismos “salvadores”. Y aún en democracias formales, la corrupción y el desprecio por el bienestar de los ciudadanos generan una desesperación social que puede conducir a cualquier abismo. Una “nación responsable” tiene por fuerza que comprender que un planeta fracturado en desigualdades extremas es, ya que hablamos de temas nucleares, como los elementos transuránidos: inestable a corto plazo, inviable a largo plazo. Sospecho que fomentar la reducción de esas enormes desigualdades generando, al mismo tiempo, empleo y riqueza, sería el mejor interceptor de un presunto ataque, y una manera más eficaz de emplear el dinero de los contribuyentes.

Como en las monedas que lanzábamos de niños al aire para decidir la suerte, este escudo tiene su otra cara, por la que yo apostaría: la estrella.

“¿Escudo o estrella? ”; en: Cubaencuentro, Madrid, 22 de mayo, 2001. http://www.cubaencuentro.com/meridiano/2001/05/22/2323.html.





Guapería

10 04 2001

Este planeta empieza a parecerse a mi aula de cuarto grado. La mayoría de los niños no rebasábamos las 70 libras y éramos, por razones de peso, propensos al diálogo, la conciliación y los pactos. Nuestras confrontaciones no solían pasar del boconeo (tu madre, la tuya, la bolita del mundo de la tuya, la rebombiá de…, y así hasta las más alambicadas construcciones del insulto, que sólo he vuelto a encontrar en la literatura). Dos o tres pesos pesados, en cambio, no se rebajaban a contemporizar, y zanjaban las discusiones con el argumento terminal de un sopapo. Aunque se cuidaban de ejercer la guapería con sus iguales, e incluso concertaban pactos de no agresión, delimitando sus respectivas esferas de influencia. Algún minimosca ejercía también la guapería, pero aplicando la técnica del muerde y huye, o cobijándose bajo la sombra protectora de un guapo mayor con vocación de líder que había congregado su propia corte de alguaciles, tracatanes y recaderos.

En este planeta que emerge tras la caída de la URSS, sólo se dintingue un guapo en todo el barrio, y la administración Bush, en cuya nómina constan el vice-presidente Richard Cheney y el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, expertos en la Guerra Fría y ex jefes ambos del Pentágono, parece empeñada en confirmarlo. Anuncia el desarrollo del sistema antimisiles, obviando los acuerdos de desarme. Con el propósito de advertir al personal, y sin que medie una explicación clara y plausible (quizás había que librarse de misiles caducados) bombardea a Irak, sabiendo que el malvado Hussein no puede ejercer otra respuesta que la gritería. Por último, en contra de sus promesas electorales y de la firma estampada en la reunión del G-8, abandona el Protocolo de Kioto sobre regulación en las emisiones de gases tóxicos —de los que Estados Unidos es líder mundial, con la cuarta parte de los venenos que amenazan convertir la atmósfera en algo irrespirable—. En todos los casos, el argumento es el mismo: Por mis timbales. Y no se refieren al instrumento musical.

Quizás lo más peligroso de esta política timbalera sea que Bush no siente obligación alguna en caso de pactos o acuerdos internacionales contraídos por la administración anterior, lo cual establece un nefasto precedente, incluso para los propios Estados Unidos. Por otra parte, los argumentos de que una limitación de las emisiones afectaría a la economía norteamericana —como afecta a la economía de cualquier otra nación—, dejan en precario el principio de que la justicia y los intereses globales de la humanidad están muy por encima de los intereses particulares de individuos, países y compañías. Principio sin el cual los organismos internacionales, empezando por la ONU, podrían ser disueltos mañana mismo.

Ahora al guapo del barrio le ha salido un competidor, inferior en su musculatura de misiles y bombas, pero docto en kung fu y con una paciencia de chino para imponerse poco a poco en el patio de la escuela. No en balde ya Bush lo definía como un “competidor estratégico”.

Desde que el avión espía norteamericano EP-3 colisionó con un caza chino matando al piloto, y se vio obligado a aterrizar en la isla de Hainan, las autoridades norteamericanas han exigido la devolución de avión y tripulantes intactos y sin que medie debate. Advierten que el avión no deberá ser inspeccionado (cosa que ya los chinos hicieron por aquello de que “el patio de mi casa es particular”) y Condoleezza Rice, asesora de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, afirma que una disculpa a China no sería adecuada. El presidente Bush expresa en una carta, que responde a “razones humanitarias”, sus condolencias a la esposa del piloto fallecido, pero, restándole importancia, atribuye a la situación anímica de la viuda la referencia de la mujer a la “cobardía” de la negativa norteamericana a pedir disculpas. Richard Cheney lamenta la prolongación de este asunto, que pone en peligro las relaciones a largo plazo con China —el mayor mercado del mundo—, y se mantienen “intensas negociaciones” para pedir disculpas a China sin pedirlas. Porque esa es la exigencia de los asiáticos: obligar al guapísimo del barrio a pedir disculpas ante la comunidad internacional. Disponen para ello de un avión, 24 tripulantes, y una paciencia de chinos.

Washington se refiere a los 24 tripulantes como “retenidos” y no como “rehenes”, asimilando la lección de Joyce sobre la flexibilidad del idioma. Varios congresistas alientan presiones económicas a China, cuya relación favorable con EE. UU. puede permitir su ingreso en la Organización Mundial de Comercio. Otros preferirían una disculpa sotto voce para seguir negociando en paz con los asiáticos. Y a pesar de la monolítica postura de China, seguramente habrá allí quienes apuesten por el comercio de la dignidad, en aras de la dignidad del comercio. Una batallita entre arrogancia y conveniencia que seguramente concluirá en gritería, boconeo y guapería de salón, porque ambos saben que los pequeños de la clase están mirando, y en el fondo de sus corazoncitos infantiles, se ríen como locos.

“Guapería”; en: Cubaencuentro, Madrid, 10 de abril, 2001 http://www.cubaencuentro.com/meridiano/2001/04/10/1877.html.