Derrotas

11 09 2002

Cuando se dice “11 de septiembre”, nadie recuerda que ese día, de 1609, Felipe II decretó la expulsión de los moriscos de Valencia y Castilla; que un 11 de septiembre de 1882 El Vaticano levantó, con 266 años de retraso, la condena dictada contra las ideas de Copérnico; o que ese día, pero de 1991, 11.000 soldados rusos se retiraron de Cuba.

Mencionar hoy el 11 de septiembre convoca inmediatamente el instante de 2001 cuando todas las cadenas televisivas del planeta interrumpieron su programación habitual. Según los primeros datos, un avión comercial se había estrellado contra la torre norte del World Trade Center en New York a las 8:45 A.M., hora estándar del este. La sospecha de un accidente fue derogada 18 minutos más tarde, cuando pudimos contemplar en directo como un Boeing 767 de United Airlines, desviado de su vuelo Boston-Los Angeles, y con 92 personas a bordo, se estrellaba contra la segunda torre, tras unos leves giros cuyo propósito era afinar la puntería. A las 9:40 se cancelaron todos los vuelos en Estados Unidos, y se desviaron hacia Canadá los que estaban en el aire. No obstante, a las 9:45 otro avión impactó el Pentágono a orillas del Potomac, provocando un enorme incendio. A las 10:00, 57 minutos después de sufrir el impacto del segundo avión, la torre sur del World Trade Center se desmoronó. Cinco minutos más tarde sería evacuada la Casa Blanca y, en rápida sucesión, los más importantes edificios gubernamentales y torres de negocios en toda la nación. A las 10:10 se derrumba una parte del Pentágono, y cinco minutos después un Boeing de United Airlines se estrellaba en Somerset, al sudeste de Pittsburg. Desde el atentado sufrido por las torres en 1993, cuando el terrorismo islámico dejó un saldo de seis muertos y 1.500 heridos, se reforzó la seguridad. Los sensores del parking detectaban metales, explosivos y excesos de peso de los vehículos. Las agencias de seguridad no previeron que la amenaza viniera del cielo, en un país que domina los cielos del mundo. A las 10:29 la segunda torre de NY tras resistir una hora y cuarenta y cuatro minutos, se derrumbó; subvirtiendo al mismo tiempo el skyline de la ciudad y la noción de seguridad dentro de sus fronteras que hasta entonces disfrutaba el pueblo norteamericano.

El World Trade Center, estaba formado por las dos torres y otros cuatro edificios. Contaba con su propia comisaría y un código postal exclusivo, 16 restaurantes, 190 ascensores, tiendas, cafés, observatorio y estación de metro. Su parking tenía capacidad para 2.000 vehículos. En más de 1,200.000 metros cuadrados repartidos entre 410 metros de altura y 110 plantas, trabajaban 55.000 empleados de oficinas gubernamentales y 430 compañías oriundas de 28 países, quienes contemplaban el paisaje vertical de la ciudad a través de 43.600 ventanas. A ellos se sumaban diariamente 150.000 visitantes.

En 1973, el arquitecto Minoru Yamasaki puso fin a las torres. Ese mismo año, un 11 de septiembre, Augusto Pinochet puso fin a la democracia en Chile. Aquel día de aquel año, a las seis de la mañana, ya los efectivos navales ocupaban Valparaíso, mientras la cúpula golpista se reunía en el Ministerio de Defensa, la Escuela de Telecomunicaciones y en la Academia de Guerra de la FACH. A las 7:30 Allende llegaba a La Moneda, cuando el edificio se encontraba rodeado. Media hora después transmitió su primera alocución por radio y, quince minutos más tarde, se escucha en cadena la proclama inicial de las Fuerzas Armadas que inmediatamente tomó o destruyó las emisoras afines al presidente electo, quien habló por última vez y se despidió de los chilenos a través de Radio Magallanes a las 9:20. A las doce, La Moneda y la democracia chilena fueron bombardeadas. En las calles, los enfrentamientos arrojaron decenas de muertos, y las embajadas se inundaron de asilados. A las 13:30 se produjo el asalto final, y en el Salón Independencia moría de bala Salvador Allende.

En 1973, con la decidida colaboración del país agredido en 2001, era subvertido en Chile el proyecto de un socialismo democrático, y la noción de que era posible alcanzar el triunfo en las urnas, al tiempo que se implantaba un terrorismo de Estado con un saldo de víctimas que ascendería a decenas de miles. Ello legitimó el modelo subversivo patrocinado por La Habana desde los 60, y que desembocaría en el triunfo sandinista de 1980, los cruentos conflictos de El Salvador y Guatemala, hasta la guerrilla eterna de Colombia en nuestros días.

Por el contrario que los sucesos chilenos, cuya repercusión fue regional en un continente con más tradición golpista que democrática, y dentro de la dinámica de la Guerra Fría; los acontecimientos del 2001, una herida en el corazón de la potencia hegemónica, tuvieron consecuencias globales: serios disturbios en el transporte aéreo; caída de las bolsas y crisis económica; desplome del turismo con serias repercusiones en todo el planeta; una fobia anti-islámica general, apenas paliada por los discursos que discernían entre los fundamentalistas y el Islam; reordenamiento de alianzas mundiales, incluyendo la confirmación del fin de la Guerra Fría; una aséptica guerra que borró del mapa a los talibanes y puso de manifiesto el substrato de odios acumulados por el mundo árabe contra Estados Unidos y Occidente —la imagen de niños palestinos saltando de alegría en las calles de Jerusalén y haciendo la V de la Victoria, será difícil de extirpar de la memoria—; así como la puesta al día del nuevo Index, donde constan por orden de peligrosidad los grupos fundamentalistas y Sadam Hussein, amenazando con nuevas contiendas cuyos resultados podrían ser nefastos en un mundo donde las nuevas tecnologías y las comunicaciones inmediatas y globales hacen virtualmente imposible el control de las redes terroristas organizadas, y donde el acceso a armas de destrucción masiva pueden proponer una ecuación letal: un terrorismo de escala genocida, y otro terrorismo de Estado como respuesta, presuntamente disuasorio.

Edgar Morin anotaba que la globalización alcanza ya a todos los habitantes del planeta, aunque a unos como víctimas y a otros como verdugos. Pero lo cierto es que el nuevo esquema del conflicto global permite a una oficinista de NY ser tan víctima como un niño de Cisjordania o un adolescente en una discoteca judía, y el ejecutivo que presiona para no acatar los acuerdos de Kyoto puede ser tan victimario como el imberbe de la Yihad que aspira a ingresar a la diestra de Alá en un instante de fuego y sangre.

Que en el año de las torres gemelas se intente juzgar a Pinochet por los crímenes de otro 11 de septiembre, nos indican que el mundo ha cambiado. Que se produzca una nueva matanza, sugiere que no tanto.

La única conclusión posible es que no hay causa o ideología que justifique el terrorismo, sea el coche cargado de Titadine que hace saltar por los aires a un humilde concejal del País Vasco, una bomba al paso de niñas irlandesas que acuden a la escuela, suicidas palestinos, asesinatos selectivos judíos o esta masacre en Manhattan. No hay víctimas de primera y segunda categoría. En ese sentido no puede existir un terrorismo repudiable y otro admisible, un terrorismo de nuestro bando y otro del bando contrario. Si la humanidad no apuesta ahora, decididamente, por la erradicación de todo terrorismo, y si no apuesta por la abolición de las grandes diferencias estructurales del planeta, por la erradicación de los focos de miseria y desesperación que son la crisálida de fundamentalismos atroces de todo signo, puede que mañana sea demasiado tarde, y que la civilización pierda la partida.

La intercomunicación, la globalidad, el intercambio, son hoy condiciones sine qua non del planeta donde vivimos. Es imposible ya cerrar puertas y decretar esclusas, compartimentos estancos de prosperidad. No se trata de abatir simplemente el terrorismo, sino de abolir sus excusas, la desesperanza que alimenta esa base social donde prospera.

Ya no podremos resucitar a las víctimas despedazadas bajo los escombros del World Trade Center, pero sí podemos evitar que un niño, en cualquier lugar del mundo, salte de alegría ante la muerte de otros niños, porque toda muerte inocente es una derrota de los palestinos y de los israelíes, de los norteamericanos y de los árabes, una derrota de todos los hombres.

“Derrotas”; en:Cubaencuentro, Madrid, 11 de septiembre, 2002. http://arch.cubaencuentro.com/internacional/2002/09/11/9726.html.





América somos nosotros

7 02 2002

No asustarse. No se trata de un axhabrupto patriótico a favor de Estados Unidos de América, a la que llamo incorrectamente “América”, para usar el interesado equívoco en cuanto a la denominación de origen, que se ha impuesto por reiteración. Tampoco se trata de una defensa a ultranza del país más poderoso del planeta, dado que la experiencia infantil nos indica que el muchacho más fuerte del barrio no necesita que nadie lo defienda.

Junto a la ola de solidaridad que despertó hacia Estados Unidos la acción terrorista del 11 de septiembre, saltó a los medios (como ocurre con harta frecuencia y sin que medie provocación) un antiamericanismo que en Europa y Latinoamérica es ya parte sustancial del discurso de cierta izquierda. Pero no sólo. Existe también, al menos en España, un discurso nostálgico de ex-potencia imperial degradada a soldado raso. En la satanización de Norteamérica encuentra un argumento cómodo para eludir la propia responsabilidad en el ejercicio de humillación nacional que significó 1898.

Las críticas y acusaciones que ahora mismo suscita el tratamiento a los talibanes y terroristas presos en la Base Naval de Guantánamo subrayan lo anterior. Lamentablemente, a veces provienen de quienes en su día fueron más conmovidos por la voladura de los budas, que por la lapidación de las mujeres afganas. Hay quien ha llegado a preguntar por qué los presos no disfrutan de aire acondicionado. Sin ser especialista en prisiones, cualquiera detecta a simple vista que ya quisiera cualquier presidiario del tercer Mundo disponer de ropa limpia, aseo y tres comidas diarias, cocinadas de acuerdo a las preferencias gastronómicas del Islam. Ya quisieran los cubanos que viven más allá (más acá) de la cerca que limita la base.

Los argumentos antinorteamericanos son muchos y surtidos. Se tilda al norteamericano de inculto e infantil desde la vieja Europa. No importa que más tarde lleven a sus hijos a McDonald’s tras pasarse dos horas embelesados ante una colección de efectos espaciales Made in Hollywood.

Se habla de sus índices de delincuencia, su agresividad y los millones de armas de que dispone la población, avaladas por un poderoso lobby. Cosa cierta y peligrosa; tanto como el comportamiento de los hinchas ingleses en los campos de fútbol, la xenofobia practicante de los neonazis alemanes, la narcoguerrilla del secuestro contra reembolso, las multinacionales del delito y de las armas (no pocas veces gubernamentales) y los asaltos a portafolio armado, penados con irrisorias condenas.

Se les tilda de bárbaros por el ejercicio de la pena de muerte, con la que no coincido, simplemente porque no hay revisión de causa. Pero, al mismo tiempo, Europa ha conseguido un sistema penal más ajustado a los derechos humanos de los verdugos, que de las víctimas. No es raro ver en la calle en pocos años a reos de crímenes atroces; o que los torturadores domésticos tengan que llegar al asesinato para conseguir que policías y jueces intervengan. Por no hablar de los delincuentes financieros, quienes adquieren en cuatro o cinco años de confortable retiro carcelario un suculento plan de pensiones para las próximas seis vidas. Claro que eso ocurre en todo el ancho mundo y planetas circundantes.

Suele hablarse también de la prepotencia y el carácter neoimperialista de Estados Unidos. Y no les falta razón. Los latinoamericanos conocemos perfectamente ese injerencismo que ha impuesto y depuesto gobiernos, y ha declarado a la América al sur del Río Grande el cuarto de invitados de la Unión. Y si la acusación parte de Europa, hay que considerarla, porque al viejo continente no le falta experiencia en tales menesteres. Aunque se note un retintín de envidia, como la del anciano que echa en cara sus pecados al adolescente mujeriego.

No obstante todas las razones y sinrazones de esta inquina verbal —que, por otra parte, debe haber asediado a todos los imperios, desde la China intramuros, a Roma o el territorio que recorrían los chasquis— habría que preguntarse antes qué es América y quiénes son los americanos. ¿Serían los cheyennes y sus primos? Ni ellos, asiáticos trashumantes. ¿Son ingleses expatriados que no encontraron sitio en su tierra de origen? ¿Irlandeses hambreados? ¿Italianos por millones, jugándose el futuro a un billete de tercera clase? ¿Coolíes chinos enlazando por ferrocarril los océanos? ¿Judíos librados de llevar una estrella de David en la chaqueta, y convertirse en grasa para jabones o botones de hueso? ¿Balseros cubanos, mojados de Chihuahua, investigadores españoles que a la salida de la universidad sólo encontraron plaza en Burguer King? Son todos. Cubanos con hijos cubanoamericanos y nietos americanos de origen cubano, que bailan salsa very nice.

Todo exilio, toda emigración, es una victoria y una derrota. La derrota de quien fue perseguido o expulsado, de quien no encontró su sitio en el país de origen —excretado, sobrante, prescindible—. La victoria de quien no se conformó con el país que le tocaba, y decidió inventárselo en otra geografía, aunque el precio fuera soñar en un idioma y vivir en otro.

Resulta aleccionador que el país más poderoso del mundo haya sido edificado por los hombres y mujeres excretados hacia un destino incierto por todos los continentes. De donde se deduce que fueron el resultado de una especie de selección natural, sobreviviendo los capaces de balancearse en el trapecio de la soledad, sin seguro de vida ni red de seguridad.

Y observando Europa, comprendemos que América somos todos. O lo seremos.

América es lo que nos sobró y lo que nos faltó.

Los italianos ya no acuden a New York para fundar una pizzería, y los irlandeses regresan a Dublín tras dos semanas en Miami Beach. Pero ahora los europeos rezan de cara a la meca y en francés, son cabezas de turcos en Berlín, amasan rollitos de primavera en Viena, o se encomiendan a Changó antes de trepar al andamio y montar, piedra a piedra, La Sagrada Familia de Barcelona. Ellos también son Europa. También son América.

América no es ya la periferia occidental de Europa. Europa es el barrio oriental de América. Distinto, porque cada barrio tiene su propia arquitectura humana, pero no tan distante.

Si pudiéramos saltar instantáneamente de San Francisco a Helsinski pasando por Lisboa, podríamos disfrutar/padecer la misma canción en 500 discotecas idénticas, y sumergidos en la masa de bailadores de todas las razas, obligada a entenderse por señas para vencer el ruido, difícilmente sabríamos en qué país estamos.

América es un gobierno, un sistema, una economía, un modo de vida, un ejército con pretensiones de policía internacional, y también un mosaico de culturas, razas y lenguas con traducción simultánea al inglés. Es también trescientos millones de americanos con diferentes gradaciones y apellidos: italo, cubano, afro, chinoamericanos. Entre todos han conseguido exportar el american way of life, la tecnología, el marketing, el cine, la moda cotidiana, la música y una imagen estereotipada de América. Si lo han conseguido, es porque el resto del planeta ha accedido a importar. Y porque en nosotros hay mucho de lo malo y lo bueno que hay en ellos. De modo que al tildar de infantiles, elementales y kitsch a los norteamericanos, para más tarde consumir sus infantiladas, estamos aceptando nuestra condición de párvulos de la misma escuela, horteras de idéntica camada. Y olvidamos que América también somos nosotros.

América somos nosotros”; en: Cubaencuentro, Madrid, 7 de febrero, 2002. http://www.cubaencuentro.com/internacional/2002/02/07/6192.html.

 





Nuestra señora de los espías

24 10 2001

El 11 de febrero de 1858, en las afueras de la ciudad francesa de Lourdes, región de los Altos Pirineos, cerca de la gruta de Massabielle, ocurrió la primera de las dieciséis apariciones marianas. Aunque las visitas celestiales eran en exclusiva para una joven campesina llamada Bernadette Soubiron, pronto se convirtió en un fenómeno mediático, y posteriormente sanitario, económico. De modo que hasta fines de 1998 los archivos de la Oficina Médica de Lourdes registraban 6.772 curaciones, de las que 66 han sido declaradas “milagrosas” por la Iglesia.

Sesenta kilómetros al sur de La Habana, en otra localidad también llamada Lourdes, ha funcionado durante 37 años un Centro Radioelectrónico de espionaje ruso. Lo milagroso de este suceso es que, surgido en plena era glacial de las relaciones cubano-soviéticas, tras el berrinche de Fidel Castro contra Kruschev por llevarse los misiles en 1962 sin pedirle siguiera su opinión; haya sobrevivido al desplome del campo socialista. Milagroso que perdurara tras la casi extinción de las relaciones cubano-rusas, y el fin de la guerra fría. Que se mantuviera en activo durante la Era Yeltsin. Y, más milagroso aún, que sea el antiguo KGB Vladimir Putin quien le dé el tiro de gracia.

El cierre de la estación anunciado por los rusos fue intempestivo y tomó por sorpresa a La Habana, dado que se encontraban en esos momentos en conversaciones sobre el destino de la base y la exigencia de los eslavos de disminuir drásticamente los US$200 millones anuales de arrendamiento. Claro que la prisa de Putin se debía al deseo de anunciar en el Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC) de Shanghai dos obsequios para sus nuevos aliados norteamericanos: el desmantelamiento de la base vietnamita de Cam Ranh, y del Centro de espionaje Radioelectrónico en Cuba. Y lo anunciaron.

Putin se refirió al “mundo rápidamente cambiante” y a las nuevas “prioridades”: la lucha contra el terrorismo internacional —donde incluye a sus secesionistas chechenos—. Claro que el señor Fidel Castro no parece dispuesto a asumir los cambios de este mundo, y sus prioridades son las mismas de siempre. Habló también el presidente ruso de la base cubana como “tarea secundaria”, cosa que desde Kruschev siempre duele al mandatario cubano quien, según Putin, “ha sido informado de ello”. Informado no significa consultado. Cómo le dolería que el presidente norteamericano afirmara al respecto que esta “es otra indicación de que la Guerra fría terminó. El presidente Putin entiende que Rusia y Estados Unidos ya no son adversarios”.

La reacción del gobierno cubano ha sido inmediata y virulenta, subrayando en su declaración oficial del 17 de octubre que:

1-A diferencia de Cuba, Vietnam es un país que no corre riesgos de agresión por Estados Unidos, país con el que mantiene relaciones normales.

2-“A pesar de incumplimientos flagrantes de acuerdos, daños económicos y riesgos para Cuba”, el gobierno accedió a la permanencia del centro de Lourdes. Los 200 millones de arrendamiento —fueron 90 en 1992, 160 entre el 93 y el 95, y 200 desde 1996—no son ni el 3% del daño ocasionado a Cuba por la desintegración del campo socialista y “la anulación unilateral de todos los convenios”.

3-“Cuba se beneficiaba con parte de la información adquirida, relativa a la seguridad de nuestra Patria”.

4-Las presiones rusas para rebajar el precio de arrendamiento eran “algo habitual cada año en los análisis de los incumplimientos reiterados de las obligaciones por la parte rusa”. Aunque de un tiempo a esta parte se habían producido “exigencias injustificables y exageradas de reducir el pago de los servicios, dada la triplicación del precio del combustible, principal producto de exportación de Rusia, y la evidente mejora de su economía, que se expresaba, entre otros hechos, en que las reservas crecieron de aproximadamente 12 mil millones a más de 30 mil millones”.

5-Este “sería el momento más inoportuno” para desmantelar el centro de espionaje, dada “la política agresiva y belicista del gobierno de Estados Unidos”, de modo que “muchos países están amenazados”. Siendo esto “un mensaje y una concesión al gobierno de Estados Unidos que constituía un grave peligro para la seguridad de Cuba”.

6-Asegura que “el acuerdo sobre el Centro Radioelectrónico de Lourdes no está cancelado, ya que Cuba no ha dado su aprobación, y resultará necesario que Rusia continúe negociando con el Gobierno cubano”.

Una prueba de que al gobierno cubano no le es ajeno el sentido del humor, es la tesis de que quizás Putin “debido al cambio-horario, no tuvo oportunidad de recibir a tiempo nuestros (…) argumentos”, o que Cuba mantiene un gran respeto por Rusia y se abstiene de hacer cualquier crítica.

Algo que la declaración cubana no explica es por qué Vietnam, el país que ha sostenido con Estados Unidos la guerra más larga y sangrienta, mantiene hoy relaciones normales con ese país. O por qué el Vietnam devastado hace veinte años, presta hoy ayuda económica a Cuba. Tampoco se menciona, cuando se habla de “incumplimientos flagrantes de acuerdos” por parte de los rusos, o cuantiosos daños como consecuencia de la desintegración del campo socialista, que Cuba debe a Rusia 20.000 millones de dólares, deuda que al parecer ha apuntado en el hielo. Aunque se afirma que Cuba se beneficiaba de información obtenida por los rusos (lo que nos permite matizar la casi-afirmación cubana de que mantener la base era un evento solidario), no se dice con quién la compartía, a cambio de qué o a quién se la vendía.

Recordar precisamente ahora la mejoría de la economía rusa, es cuando menos sorpresivo para el lector cubano. Los crédulos lectores de Granma, en los últimos 10 años, sólo han recibido noticias de que Rusia y sus antiguos socios del Este se han hundido en la miseria y la desesperación.

Cuando la declaración cubana afirma que éste “sería el momento más inoportuno” para desmantelar el centro, al estar Cuba casi a punto de ser invadida, ni se le ocurre que puede ser el momento más oportuno para Rusia, cuya cancillería acaba de afirmar: “Es evidente que nosotros esperamos medidas recíprocas. Los centros de inteligencia electrónicos estadounidenses creados en el período de la Guerra Fría continúan sus actividades en países vecinos de Rusia”. Tal como afirmó el 18 de octubre en la televisión rusa el Teniente General (retirado) Nicolai Leonov, ex jefe de la dirección de análisis de la Inteligencia soviética, “los ucranianos lanzaron un cohete contra nuestro TU-154 y los norteamericanos fueron los primeros en detectar que fue tumbado por un cohete”. Demostrando que para Rusia es más importante el cese del espionaje norteamericano que su base cubana.

La declaración gubernamental cubana tampoco esclarece por qué el país se encuentra entre los que dan cobijo al terrorismo. Podría deberse a la presencia en la Isla de especialistas en demolición del IRA, narcoguerrilleros colombianos, y tiradores a la nuca pertenecientes a ETA. Aún así, difícilmente Cuba sea atacada. Claro que no sorprende a nadie la viaja táctica de “ahí viene el lobo” de cara al mercado interno. Es una técnica que ya practicaban los pastores del Viejo Testamento para evitar la desbandada de sus ovejas.

Lo que sí necesita desesperadamente La Habana, en un momento en que peligran las remesas de los exiliados, son esos 200 millones.

Por último, es risible que La Habana declare nula la decisión rusa hasta tanto no negocien con ellos, cuando los rusos pueden, simplemente, recoger sus maletas y dejarles de recuerdo un mausoleo al espionaje del siglo XX.

El exilio cubano ha reaccionado de dos modos diametralmente opuestos, pero igualmente erróneos a la noticia: Una parte subraya que el cierre de la estación “no aminora el peligro de Fidel Castro”. La otra, augura que este hecho contribuirá a normalizar las relaciones de La Habana con Washington. Ni la una ni la otra. A pesar de su política de beligerancia retórica (dirigida básicamente al lector doméstico), Cuba no constituye un peligro para Estados Unidos. Tampoco se producirá ningún cambio como consecuencia. La razón es sencilla: el señor Fidel Castro necesita la beligerancia para justificar la desastrosa realidad cubana, y para concitar la cada vez más escasa y nostálgica solidaridad internacional. El destino de sus súbditos es secundario. Su papel de agitador local es cada vez más exiguo. Y sin poderosos aliados, su capacidad económico-militar de fomentar la subversión o mantener guerras externas es, simplemente, nula.

Pero bien podría el mandatario cubano aprovechar las ruinas de Lourdes, e instaurar un centro de peregrinaje y descanso para los espías del planeta, con jacuzzi y conferencias de terroristas vascos, colombianos o irlandeses. En definitiva, la Lourdes gala, con menos de 20.000 habitantes, algunos milagros y mucho marketing, se ha convertido en la segunda ciudad hotelera de Francia, con un total de 278 instalaciones. Ahora que decae el turismo de sol y playa, puede que San Dzerzinsky lo salve de la ruina.

 

La virgen de los espías”; en: Cubaencuentro, Madrid,24 de octubre, 2001. http://www.cubaencuentro.com/internacional/2001/10/24/4467.html.

 





Ántrax que anochezca

19 10 2001

Remedando a Reinaldo Arenas, este sería el título de la novela epistolar que está publicando por entregas Osama Bin Laden, su organización Al Qaeda, o quien se encuentre tras la invasión de Ántrax que tiene aterrada a la población norteamericana, y en estado de temor latente al resto de Occidente. Ántrax que anochezca en Occidente, y amanezca para el Islam, podría ser el slogan de esta campaña.

Bob Stevens fue la primera víctima. Ya superan la veintena los casos reportados. Y pueden ser muchos más en un plazo relativamente breve.

El bioterrorismo, que hasta el momento ha atacado La Florida, New York y Nevada, nos demuestra lo fácil y económico que resulta perpetrar un ataque cuando se plantea una guerra donde no existe ningún distingo entre militares y civiles, entre culpables e inocentes. Para los bioterroristas, Occidente es culpable, por lo que puede celebrarse como baja enemiga la muerte de un senador, de un soldado, de un periodista o de un niño, siempre que resida en suelo enemigo.

Judith Miller, experta en bioterrorismo y periodista del New York Times, ha restado importancia a este modo barato de “sembrar el terror” empleando algunas esporas y un puñado de talco. Pero precisamente en su facilidad y bajo coste se encuentra su pavoroso potencial: no se requieren sofisticados medios de distribución ni tecnología punta. Bastan algunos sobres y sellos, o dejar caer un bidón de líquido en la presa que abastezca de agua a una población, o reventar un bote de gas en un vagón del metro. Más fácil aún si el terrorista, para llevarse por delante a un centenar de infieles, está dispuesto a viajar directo al paraíso, donde le aguarda una cuadrilla de huríes (sin burka).

Porque en el argot del terrorista no hay víctimas colaterales. Todo Occidente es culpable.

Estados Unidos, en cambio, deberá jugar con otras reglas si no desea incurrir en la misma barbarie que combate. La Casa Blanca ya ha reconocido algunos errores y víctimas colaterales de sus bombardeos. El último, un depósito de Kabul perteneciente a la Cruz Roja. Y antes que acabe la guerra, serán reportados más, con su saldo de afganos inocentes, víctimas por igual de la venganza estadounidense y de la soberbia medieval de los talibanes. Por muy buena vista de que se precien los satélites espías, por muy pavorosamente perfectos que sean los misiles y los bombarderos, siempre habrá un fallo técnico o un error humano que se traduzca en un montón de cadáveres y edificios mutilados.

Al tomar Kabul en 1996, los talibanes cañonearon con saña la ciudad, convirtiéndola en devotas ruinas. Jamás contabilizaron sus víctimas colaterales, quizás porque al enviarlas al cielo con sus obuses bendecidos, les hacían un enorme favor.

Documentos confidenciales redactados por personal de la ONU en Afganistán dan fe de que los talibanes, bajo las órdenes del mulá Muhamed Omar, cometieron 15 matanzas de civiles en el norte y el oeste del país, durante los últimos cuatro años, para imponer su ley. Ciento setenta y ocho personas fueron asesinadas en Yakaolang. Las víctimas han sido preferentemente hazaras, de profesión shií. Entre los asesinos figuran, además de los talibanes, milicianos paquistaníes y activistas de Al Qaeda. Los talibanes negaron los hechos y, según la Oficina de la Alta Comisionada de la ONU para los derechos humanos, Mary Robinson, se negaron a recibir una comisión investigadora. En su retórica, los talibanes tampoco contabilizaron a esos civiles como víctimas colaterales. El mero hecho de no querer someterse mansamente a su ley los convertía en enemigos, no sólo de los mulás y sus estudiantes, sino de la fe.

Tampoco contabilizan, por supuesto, las vidas anuladas, los cadáveres de medio Afganistán que caminan dentro de esas tumbas portátiles, las burkas.

Y ahora mismo, Francesco Luna, portavoz del Programa Alimentario Mundial (PAM) notifica que un convoy de alimentos atravesó sin obstáculos la frontera por Peshawar hacia Kabul. Pero otro convoy, cargado con 475 toneladas de alimentos en 15 camiones, y que debía dirigirse desde Quetta hacia Herat, en el oeste del país, se encuentra detenido. La causa es que los talibanes imponen al convoy un “impuesto” de 32 dólares por tonelada y exigen la garantía de que el trigo no sea norteamericano. Sin ser especialista en lógica islámica, el sentido común se resiste a semejante monstruosidad: quienes dicen defender Afganistán contra el Imperio del Mal, extorsionan a los organismos internacionales que pretenden paliar la hambruna de su propio pueblo. ¿Quién será el culpable de que miles de personas mueran colateralmente de hambre? Desde una lógica aberrante y un total desprecio hacia la vida de sus compatriotas, se entendería que rechazaran la limosna de Occidente. Pero la admiten, siempre que Occidente les pague por ello.

Los talibanes que hasta ayer no aceptaban periodistas occidentales en el país, ahora los invitan a tournées colaterales, mostrando niños heridos, edificaciones civiles derruidas y aportando cifras de muertos imposibles de comprobar, pero que algunos medios dan por buenas.

Si los talibanes han convocado la yihad, que en su interpretación es la cruzada total contra los infieles, bien podrían aplicar este razonamiento al bando contrario, y considerar que para Estados Unidos todo hijo de Alá es un enemigo —una tesis que incorporan a sus soflamas dirigidas al mundo islámico—. Para los talibanes un campesino o un niño bombardeados deberían ser mártires de la fe y no víctimas inocentes. Pero no es así, precisamente porque quienes prescinden de toda limitación moral en sus ataques terroristas, sí toman en cuenta las limitaciones morales del enemigo.

Suponer a los mulás estrictos fundamentalistas dispuestos al martirologio en nombre de su fe empieza a ser un concepto difícil de compaginar con la extorsión, los rejuegos del marketing y la doble moral, el enrolamiento forzoso de fieles ma non tropo, y los indicios de una muy reciente disposición a pactar condiciones para un cese de los ataques (con el propósito, sin dudas, de conservar una suculenta tajada del poder).

No es ocioso airear los “daños colaterales” como consecuencia de los bombardeos. Y Occidente, en consonancia con sus principios, tiene la obligación de minimizar los efectos nocivos de esta guerra sobre los civiles, paliar la hambruna y contribuir mañana a la reconstrucción de ese país. Pero quienes se escandalizan ante una bomba que destruye un depósito de Cruz Roja, también deberán escandalizarse, con el mismo entusiasmo, ante el peor efecto colateral que ha sufrido Afganistán en su historia: la barbarie de los talibanes y sus colaboradores de Al Qaeda, dispuesta ahora a extenderse ántrax que anochezca, y si nadie se lo impide, a todo Occidente.

Antrax que anochezca”; en:El Nuevo Herald, Miami, 31 de octubre, 2001 http://www.miami.com/elnuevoherald/content/opiniones/digdocs/110367.htm.

Ántrax que anochezca”; en: Cubaencuentro, Madrid,  19 de octubre, 2001. http://www.cubaencuentro.com/internacional/2001/10/19/4377.html.





Coincidencias

4 10 2001

El 6 de octubre de 1976, el avión CUT 1201 de Cubana de Aviación, sufrió un atentado terrorista en las proximidades de Barbados. Tras infructuosos esfuerzos para alcanzar el aeropuerto, el avión se precipitó al mar a escasas millas de la playa. De las 73 personas que se encontraban a bordo —su único delito era ser cubanos residentes en la Isla que viajaban en un avión cubano—, sólo unos pocos despojos fueron hallados. En aquella ocasión, Cuba sometió al Consejo de Seguridad el proyecto de Resolución S/23990, para que actuara contra los culpables. Pero el proyecto no fue considerado.

Veinticinco años después de aquel acto de barbarie, la Asamblea Nacional del Poder Popular convoca una sesión extraordinaria para rendir tributo a las víctimas, al tiempo que otro episodio de terror tiene al planeta en los umbrales de una guerra cuyas proporciones, alcance y duración aún se desconocen.

Esta vez las Naciones Unidas solicitan unidad a todos los países miembros para evitar el terrorismo, medidas de control sobre las armas químicas, nucleares y bacteriológicas. Una resolución urgente del Consejo de Seguridad (dictada tras “rápidas y poco transparentes negociaciones” según el embajador cubano ante la ONU), acogida al capítulo 7 de la Carta de las Naciones Unidas, obliga a los 189 Estados miembros a negarle asilo y apoyo de cualquier tipo, incluido el político, a los terroristas, cooperar en las investigaciones, facilitar ayuda e información, y congelar los activos financieros vinculados al terrorismo. Se debate en estos momentos un tratado internacional para concertar una campaña contra el terrorismo de alcance mundial. Un tratado que posiblemente incorpore los 12 acuerdos internacionales existentes en materia de terrorismo, a cuya aprobación se insta con urgencia. Esperemos que la definición de la palabra “terrorismo” haya quedado suficientemente aclarada —la delegación cubana exige esclarecer el término, para evitar aceptar sin más la definición que ofrezca la potencia hegemónica—, como para que los Estados acuerden la ratificación de los acuerdos por la vía rápida. Los terroristas, por su parte, no sufren ninguna vacilación semántica.

En medio de esta cruzada global, el primero de octubre, el representante permanente de la República de Cuba ante la ONU, Bruno Rodríguez, citó al señor Fidel Castro, quien en discurso reciente afirmó que el terrorismo “no puede ser nunca instrumento de una causa verdaderamente noble y justa”, y que “la comunidad internacional debe crear una conciencia mundial contra el terrorismo”. En lugar de la guerra, que sería “el comienzo del fin del tan proclamado Estado de Derecho”, el embajador cubano en la ONU propone que sea la Asamblea General, más multitudinaria y democrática que el selecto Consejo de Seguridad, la que implemente y organice una estrategia mundial contra el terrorismo, llegando incluso al uso de la fuerza, pero “con extrema prudencia y responsabilidad”. Pide La Habana sortear hegemonismos, dobles raseros o selectividades políticas, invita a convocar “una Conferencia de Alto Nivel sobre el Terrorismo Internacional, la creación de un Centro de Cooperación Internacional y la negociación de una Convención General sobre el Terrorismo Internacional”.

Aunque se declara terminantemente contrario a participar en cualquier acción militar, que antes tendría que contar con la autorización expresa del Consejo de Seguridad, el embajador de Cuba asegura que cooperará de buena fe contra el terrorismo y que “nuestras finanzas son transparentes y nuestros bancos no atesoran ni lavan dinero mal habido (…)nuestras instituciones no venden ilegalmente información o tecnologías, ni toleran el tráfico de armas ni sustancias peligrosas; ni nuestras fronteras amparan el crimen transnacional”.

El embajador reitera que la ONU deberá otorgar el peso decisivo a la Asamblea General, en contra del elitista y minoritario Consejo de Seguridad, y que debería abolirse el derecho al veto.

Coincido en que el terrorismo es un mal de alcance global, y que globalmente debe ser repudiado. No se puede censurar el terrorismo de Estado que ejerce Israel, y hacer silencio ante el estruendo de los hombres-bomba. O viceversa. Ni condenar el terror sembrado por los paramilitares y olvidar el que ejerce la guerrilla. O condenar una posible bomba en Panamá, mientras se elude condenar las bombas de ETA.

Coincido en que se promueva un consenso internacional contra el terrorismo, se debata la semántica y hasta la semiótica del término. Pero la comunidad internacional no se puede enfrascar de brazos cruzados en discusiones bizantinas. Sería un insulto a los que yacen aún bajo las Torres Gemelas, a los cadáveres de Cachemira, las niñas aterradas de Belfast o los concejales de Bilbao que se despiertan a medianoche con la pesadilla del tiro en la nuca.

Coincido en que cada país tenga el derecho de alinearse (o no) en la próxima guerra; pero a todo país le asiste la obligación de cooperar sin titubeos en la extirpación de cualquier terrorismo. La neutralidad o el silencio son en este caso tan perversos como cómplices.

Coincido en que quienes volaron el avión de Cubana hace un cuarto de siglo merecen castigo. Y los que atacaron NY. Y los que derribaron el avión civil de Hermanos al Rescate. Los patrocinadores de los hombres-bomba y los artífices del asesinato high-tech en Israel. Los que hundieron el remolcador Trece de Marzo y los que dejan a su paso en Colombia cosechas de coca y de cadáveres.

Coincido con el gobierno cubano en que la democratización de la ONU es un imperativo global. Un selecto club de naciones no tiene por qué dictar las normas que deberán cumplir todas las naciones. O vetarlas graciosamente cuando no sean de su agrado. Un mundo globalizado demanda órganos que respondan a los intereses de la humanidad, y no de sus segmentos elegidos. E iría más lejos en mi apoyo a las autoridades cubanas en su afán de democratizar el órgano supremo de las naciones. ¿Por qué debe valer lo mismo el voto de un país de 11 millones, que el voto de un país de 1.000 millones de habitantes? En términos de estricta democracia, es absurdo. Aún más: Si queremos que el órgano supremo sea un reflejo cabal de las aspiraciones de toda la humanidad, deberíamos garantizar que quienes asumen la voz y el voto de sus pueblos sean verdaderamente sus representantes, democráticamente electos. Promover la democracia entre las naciones mientras se admite su ausencia dentro de las naciones es una manipulación falaz de la estadística.

El terrorismo jamás ha sido democrático, salvo en el desprecio y la indiferencia hacia la naturaleza de sus víctimas.

Leyendo lo anterior, me percato de que en este asunto mis coincidencias con el gobierno cubano son casi unánimes.

Habría que ver si ellos, en reciprocidad, coinciden conmigo.

 

Coincidencias”; en: Cubaencuentro, Madrid,4 de octubre, 2001. http://www.cubaencuentro.com/internacional/2001/10/04/4114.html.

 





Libertad vigilada

24 09 2001

Los detectores de metales y los scanners en los aeropuertos, que hoy nos resultan habituales, despertaron en su día la repulsa de quienes los interpretaron como atentados contra su intimidad, es decir, contra su libertad. Ante el crecimiento de la violencia callejera en el País Vasco, se debatió la colocación de cámaras que monitorearan las calles. De inmediato hubo protestas en nombre del derecho a la intimidad. Podrían citarse muchos ejemplos de cómo prevalece la libertad individual sobre cualquier intento de control: países donde la huella dactilar no consta en el carné de identidad, o donde ese documento no existe. El rechazo ante cualquier intento de controlar los contenidos de Internet. La estricta inviolabilidad de las comunicaciones. Etcétera.

Pero en breve tendremos que habituarnos a scanners más sofisticados, policías armados en los aviones, un control más riguroso de los movimientos de las personas, y (sepámoslo o no) se practicará un rastreo minucioso de las comunicaciones. Nuestro margen de intimidad y libertad se verá reducido. El argumento será nuestra seguridad. Y tendrán que implementarse los mecanismos para que ese argumento no se convierta en coartada.

La libertad de prensa, otra de las intocables, también ha sido puesta en entredicho tras los sucesos de New York y Washington. Pacto o censura, lo cierto es que las cadenas de televisión se abstuvieron de mostrar mutilaciones y cadáveres. Sea cual sea la razón, es de agradecer que no añadieran más horror visual a la tragedia. La presa cubana, por supuesto, anotó de inmediato el “atentado contra la libertad informativa”. Viniendo de la prensa insular, que ha patrocinado el derecho al silencio, no se sabe si es cinismo o sentido del humor.

De cualquier modo, una batalla global contra ese enemigo clandestino que es el terrorismo tendrá que verificarse en muchos campos subterráneos. Y nuestro derecho a estar informados, quedará condicionado por el éxito de las acciones.

El periodista Randy Alonso Falcón, una de las voces más oficiales de la prensa oficial cubana, acaba de publicar un artículo titulado “Lo que vendrá”, donde acusa a la administración norteamericana de aprovechar la seguridad como argumento para autorizar las escuchas telefónicas indiscriminadas, ejercer el espionaje en Internet, otorgar más dinero a sus agencias de inteligencia para vigilar mejor a los ciudadanos, y reforzar la presencia de cámaras y satélites que atisben cada rincón del mundo. Flagrantes violaciones de lo que él llama la “sacrosanta libertad”.

A Cuba, por supuesto, no se la puede acusar de atentar contra esas libertades. Si la correspondencia es violable, las conversaciones telefónicas pueden ser intervenidas sin impedimentos, no existe el derecho a acceder a los contenidos de Internet y husmear el correo electrónico es práctica habitual, ¿qué necesidad hay de vulnerar un derecho que no existe? Cuba no posee una red de cámaras monitoreando sus calles, ni satélites espías. Pero antes que cualquiera de esos artilugios se pusieran en circulación, ya había establecido una espesa red de CDR espías, el expediente que te acompaña del salón de parto al cementerio, los estrictos controles al desplazamiento de los ciudadanos, y otros muchos mecanismos que sustituyen, con resultados equivalentes o mejores, a la costosa tecnología. De modo que en el país “siempre hay un ojo que te ve”, y no es precisamente el de Dios.

La dicotomía libertad/seguridad será objeto, sin dudas, de múltiples debates en un futuro próximo. Puede que existan medios para garantizar la segunda sin lesionar seriamente la primera. Puede que debamos convivir con ciertos recortes de nuestras libertades si aspiramos a que el terrorismo que las usa precisamente para exterminarlas sea erradicado. Como en su día la libertad sexual tuvo que resignarse a convivir con las precauciones imprescindibles para protegerse del SIDA.

El terrorismo no germina bien en libertad. Nace a partir del pensamiento cautivo y de una concepción totalitaria que excluye al otro de todo discurso alternativo y, de ser posible, del cerebro que lo factura. Eso que el diccionario define como “dominación por el terror” o “sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror” tradicionalmente ha sido patrimonio de sociedades donde la libertad ha sufrido drásticos recortes. O de grupos excluidos de dar solución democrática a sus aspiraciones. O de quienes, incapaces de alcanzar un consenso que avale sus pretensiones, han decidido ganar la mayoría absoluta por falta de quórum en el bando contrario.

Pero ese mismo terror, que desprecia la libertad ajena empezando por el derecho a la vida, necesita la libertad para alcanzar sus fines. Necesita libertad de movimiento y de comunicación; necesita el derecho a la intimidad donde fragua sus planes (y de una legislación que lo proteja); necesita incluso la libertad de adquirir sin mayores obstáculos los medios para perpetrar sus actos. El terrorista, a pesar de despreciar al “otro”, se mueve mejor en medio de la otredad: sociedades multiculturales y abiertas donde sus rasgos, su acento, su soledad, se difuminen en el mejor escondite: la multitud. La libertad, que es la “facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos”, garantiza por definición su potestad de obrar de la forma que entienda y, claro está, de ser responsable de sus actos.

Y hacer al terrorista responsable de sus actos, requerirá vidas, recursos, esfuerzos, concertación entre naciones, eliminación de “santuarios” donde por razones políticas o legales el terrorista encuentra cobijo seguro. Y requerirá, posiblemente, que cada uno de nosotros done a esa lucha una partícula de nuestra libertad, si queremos conservar el más importante de los derechos: estar vivos.

Libertad vigilada”; en: Cubaencuentro, Madrid,  24 de septiembre, 2001. http://www.cubaencuentro.com/opinion/2001/09/24/3951.html.

 





Derrota en Manhattan

12 09 2001

Escribo frente a la pantalla del televisor, después de almuerzo, y contemplando imágenes que le cortan la digestión a cualquiera.

Primero interrumpieron la emisión diaria del noticiero para transmitir la información de que un avión comercial se había estrellado contra una de las torres gemelas del World Trade Center en New York a las 8:45 A.M., hora estándar del este. Se supuso un accidente, pero 18 minutos más tarde, a las nueve y tres, pudimos contemplar como un Boeing 767 de United Airlines, desviado de su vuelo Boston-Los Angeles, y con 92 personas a bordo, se estrellaba contra la segunda torre, tras unos leves giros cuyo propósito era afinar la puntería. A las 9:40 se cancelaron todos los vuelos en Estados Unidos, y se desviaron hacia Canadá los que estaban en el aire. No obstante, a las 9:45 otro avión se estrelló contra el Pentágono a orillas del Potomac, provocando un enorme incendio. A las 10:00, 57 minutos después de sufrir el impacto del segundo avión, la Torre Sur del World Trade Center se desmoronó. Cinco minutos más tarde sería evacuada la Casa Blanca, y en rápida sucesión, los más importantes edificios gubernamentales y torres de negocios en toda la nación. A las 10:10 se derrumba una parte del Pentágono, y cinco minutos después un Boeing de United Airlines se estrellaba en Somerset, al sudeste de Pittsburg. A las 10:29, la segunda torre de NY, tras resistir una hora y cuarenta y cuatro minutos, se derrumba.

Mi digestión termina de paralizarse cuando, una tras otra, ambas torres caen en medio de sendas nubes de polvo, extirpadas del perfil de New York. ¿Cuántos pasajeros de inocentes vuelos comerciales, cuántos oficinistas, ejecutivos, bomberos, transeúntes, ascensoristas, plomeros o turistas, yacen bajo los escombros, o han sido literalmente pulverizados por las explosiones? Más de doscientas personas viajaban en los aviones. Miles han sido sepultados bajo los escombros. Entre ellos algunos supervivientes que se están comunicando a través de sus teléfonos móviles.

Cincuenta mil personas trabajan en las torres, 150.000 visitan su mirador cada día, que a la hora de los impactos, por suerte, no había abierto sus puertas.

A las 11:18 American Airline reconoció el desvío de dos vuelos con un total de 150 pasajeros a bordo. Cuarenta minutos más tarde, United Airlines reporta que en sus dos aviones desviados había 110 pasajeros.

El Frente Democrático para la Liberación de Palestina negó toda implicación, tras una una supuesta llamada en que se hacían responsables. Hammás también se apresuró a declinar cualquier relación con los sucesos, y el propio Arafat condenó duramente los atentados. Desde todas partes del mundo llegan la solidaridad con los norteamericanos y el repudio a las acciones terroristas.

¿Quién ha cometido los atentados? ¿Por qué? Ambas preguntas tienen ahora mismo múltiples respuestas.

Estados Unidos, como toda gran potencia a lo largo de la historia, suscita odios. Merecidos o no. Bien sea en respuesta a una política exterior prepotente y que no pocas veces supedita el resto del mundo a los intereses norteamericanos. Bien sea porque resulta cómodo delegar en los Estados Unidos la culpabilidad de las propias desgracias, catalizando esas dosis de rencor y de envidia que suscita el éxito ajeno. No es raro entonces que la Yihad Islámica se refiera a los atentados como un resultado directo de la política norteamericana en “la zona más caliente del mundo”, es decir, el Medio Oriente. O que niños y jóvenes palestinos bailen de alegría en los campos de refugiados al ver la desolación adueñándose de las calles del mejor aliado de Israel.

¿Quién tiene capacidad para organizar y perpetrar un terrorismo de esta magnitud? ¿Extremistas palestinos? Quizás, aunque no parece lo más probable, en la medida que esto puede inclinar decididamente a favor de Israel la balanza occidental en el conflicto. ¿Iraq? Podría ser, pero no queda clara su viabilidad. ¿Terroristas norteamericanos de alguna secta antigubernamental? Difícilmente cuenten con el nivel de organización y el espíritu de autoinmolación que implican estos ataques. ¿Integristas islámicos que consideran a Estados Unidos el Imperio del mal? Es más probable, aunque los talibanes nieguen toda participación, y el propio Osama Bin Laden, su mentor saudí, asegura en un diario pakistaní ser ajeno a estos sucesos.

De cualquier modo, quien sea ha decretado el inicio del fin de la causa que dice defender. El repudio universal que suscita una matanza de esta magnitud, hará que cualquier represalia norteamericana contra los culpables cuente con el silencio, cuando no el aplauso del resto del mundo. Y confiemos que Norteamérica investigue antes con cuidado y medite su respuesta, para evitar la multiplicación de la injusticia.

Quien ha perpetrado este atentado masivo ha concedido a Bush el voto decisivo para aprobar el escudo antimisiles (aunque sea inoperante para detener ataques como éste) y, de hecho, la incursión norteamericana en tierras de reales o supuestos enemigos revestirá un carácter “preventivo” y “defensivo”. Claro que si el propósito de los terroristas es precisamente convocar una reacción a gran escala de Norteamérica que provoque la polarización y el florecimiento del odio, posiblemente ha conseguido su objetivo.

No hay causa o ideología que justifique el terrorismo, sea el coche cargado de Titadine que hace saltar por los aires a un humilde concejal del País Vasco, una bomba al paso de niñas irlandesas que acuden a la escuela, suicidas palestinos, asesinatos selectivos judíos o esta masacre en Manhattan. Todos tienen la misma capacidad de abolir la justicia de la causa en cuyo nombre se perpetran. Todos son igualmente repudiables, y difieren apenas cuantitativamente. No hay víctimas de primera y segunda categoría. Las víctimas del odio como sistema, en cualquier lugar del mundo, mutilan la condición humana de todos nosotros. En ese sentido no puede existir un terrorismo repudiable y otro admisible, un terrorismo de nuestro bando y otro del bando contrario. Si la humanidad no apuesta ahora, decididamente, por la erradicación de todo terrorismo, y si no apuesta por la abolición de las grandes diferencias estructurales del planeta, por la erradicación de los focos de miseria y desesperación que son la crisálida de fundamentalismos atroces de todo signo, puede que mañana sea demasiado tarde, y la civilización pierda la partida.

La intercomunicación, la globalidad, el intercambio, son hoy condiciones sine qua non del planeta donde vivimos. Es imposible ya cerrar puertas y decretar esclusas, compartimentos estancos de prosperidad. No se trata de abatir simplemente el terrorismo, sino de abolir sus excusas, la desesperanza que alimenta esa base social donde prospera.

Ya no podremos resucitar a las víctimas que yacen bajo los escombros del World Trade Center, pero sí podemos evitar que un niño, en cualquier lugar del mundo, salte de alegría ante la muerte de otros niños.

Creo en el derecho de reivindicación, y creo que ese derecho termina donde comienza la integridad y la vida del prójimo. Lamento los miles de muertos en Manhattan, y lamento por igual los saltos de alegría de esos niños palestinos mientras observan en directo la muerte de norteamericanos que ni siquiera conocen. La alegría de esos niños que hacen el signo de la victoria. Lamento que ignoren que todo acto de terror, toda muerte inocente, es una derrota de los palestinos y de los israelíes, de los norteamericanos y de los árabes, una derrota de su propia infancia, condenada a los juegos macabros del odio, una derrota de todos los hombres.

Derrota en Nueva York”; en: Cubaencuentro, Madrid,  12 de septiembre, 2001. http://www.cubaencuentro.com/internacional/2001/09/12/3805.html.





Los guerrilleros de Dios

6 06 2001

¿Quiénes son estos guerrilleros de nuevo tipo, que en nombre de Alá y de la Yihad, se enrolan en la batalla contra Satán, es decir, Occidente? ¿Quiénes son estos combatientes suicidas, que penetran a una discoteca forrados de explosivos, o se lanzan de cabeza contra torres civiles a bordo de aviones civiles repletos de pasajeros? La imagen que imperaba hasta hoy entre los ciudadanos comunes de Occidente, es la de fanáticos semianalfabetos y harapientos, imponiendo leyes medievales en Afganistán. Hoy sabemos que hay pilotos, estudiantes de tecnología en Alemania, que justo antes de desatar la barbarie, bien podrían pasar por personas comunes y corrientes.

Al igual que el arte, el Islam, y cualquier otra religión, tienen múltiples lecturas. Vale recordar hoy que muchas religiones han adolecido de fundamentalismos excluyentes. Los herederos de los cristianos que un día fueron arrojados a los leones, se encargaron  siglos más tarde de encender las hogueras donde la disidencia, la herejía, o simplemente lo incomprensible y lo diferente, fueron convertidos en cenizas.

Si leemos de buena fe los libros fundacionales, no hallaremos en ellos nada incompatible con un mundo plural y democrático. Si efectuamos una lectura intencionada, cualquiera de esos textos puede servir de apoyo a la intolerancia y la barbarie. No obstante, resulta difícil comprender que una cultura que, en medio de la tiniebla medieval cristiana, hizo florecer Al-Andalus, produjo a Maimónides, Avicena y Averroes, pueda dar cobertura ideológica a los inquisidores de Alá.

Ahora bien, ¿se trata de una tendencia más o menos extendida en el mundo islámico, o del subproducto indeseable de la recuperación de la identidad?

Durante la segunda mitad del siglo pasado, como parte del proceso de descolonización, vimos caer al anacrónico Sha de Irán ante  el empuje de una sociedad civil liderada por el Ayatolá Jomeini, quien aunó a todos, hasta que hubo alcanzado el poder, momento en que dejó claro su monopolio del discurso islámico y empezó la purga. Sus adeptos de las clases medias, que pretendieron utilizar al Ayatolá como herramienta para destronar al Sha, y después desecharlo, se vieron de pronto en la planta de reciclaje islámico.

Tras la invasión soviética a Afganistán, es Zbigniew Brzezisnki quien asesora a Carter para emplear a los islamistas radicales como fuerza de choque, surtiéndolos de armas y entrenamiento a través de Pakistán. Se usan mutuamente: Estados Unidos emplea a los talibán contra los soviéticos. Los talibán emplean a Norteamérica para alcanzar el poder. Una vez conseguida la retirada rusa, los talibanes proclaman la Yihad, que empieza cebándose en el propio pueblo afgano,  y Norteamérica observa a sus antiguos aliados con repugnada indiferencia.

En contra de quienes persiguen la redención socio-cultural por el islam, frente a la masiva presencia de la cultura occidental, pero al mismo tiempo coinciden en los postulados de prosperidad económica y democratización, los talibenes facturaron un islamismo hermético, escolástico, basado en una palabra divinizada a la que sólo cabía obedecer. Un islamismo manu militari, para convocar la obediencia ciega (hasta el suicidio) en una guerra; inoperante para la conducción de una sociedad civil, razón por la que 5 millones de afganos han optado por el exilio. Un fundamentalismo que, por otra parte, no desdeña los misiles inteligentes, la telefonía vía satélite y la más sofisticada ingeniería financiera para hacer circular en silencio sus fuentes de ingreso.

El éxito de la violencia en Afganistán condujo a movimientos equivalentes en Argelia y Egipto sobre todo. Pero en estos países los fundamentalistas no contaban con el aval del éxito frente a la invasión soviética; y una extendida clase media, cercana a Occidente en muchos de sus presupuestos políticos y económicos, actuó como barrera de contención.

Entre los suníes de Egipto las clases medias no se incorporaron al movimiento fundamentalista  y deploraron el asesinato de Anuar el Sadat, condenando al movimiento a nutrirse, casi exclusivamente, de los sectores más desfavorecidos.

En Argelia, el FIS, tras ganar las elecciones, anuladas por el ejército con el beneplácito de Occidente, se ha ido consumiendo en luchas internas, ha perdido adhesión de las clases medias, en buena medida por las declaraciones radicales de Alí Bel Hach, en el sentido de desembarazarse de todo lo europeo una vez conseguido el triunfo; además de haber sido sometidos a una represión equivalente en barbarie a sus actos terroristas, pero de signo opuesto. La balanza  de los terrorismos. Eficaz, pero ¿moral?

Lo más significativo fue que, frente a un mundo globalizado, donde la riqueza de los ricos es mostrada diariamente a los pobres por la televisión, un mundo donde conviven alta tecnología y economía de supervivencia,  jóvenes musulmanes desde Marruecos hasta Asia, se dejaron seducir por la formulación de un islam redentor, por la cultura de la violencia que tan buenos resultados estaba dando en Afganistán. Miles de voluntarios se enrolaron en esta guerra santa, y fueron entrenados como combatientes kamikatzes. La miseria, la desesperación, la falta de expectativas, fueron el caldo de cultivo. Y en Oriente Medio, la fábrica de suicidas queda exactamente entre la intolerancia y el terrorismo de estado practicado por Israel, y la corrupta inoperancia de la OLP. Y justo debajo de la aparente mediación norteamericana, y su efectivo apoyo a Israel.

A pesar de todo ello, el analista francés Gilloes Kepel, en su libro La Yihad. Expansión y declive del islamismo, publicado hace algunos meses en Francia, anota que los fundamentalismos comienzan a perder poder de seducción. Las razones, según él, son varias: la información, la práctica del poder, la globalización.

Los medios de comunicación han irrumpido en el mundo islámico con gran fuerza. Se ven los noticiarios de todo el mundo vía satélite. Jezira, una emisora de Qatar, ofrece un espectro amplísimo de opiniones, lo cual es perturbador para totalitarismos políticos y religiosos, y crea en las nuevas generaciones una posibilidad que hace apenas unos años era impensable: la posibilidad de elección ideológica. Los enormes movimientos migratorios, las culturas híbridas e Internet, van creando una poliédrica cultura global, que aún vista desde la óptica islámica, se aviene mal con “purismos” de cualquier signo. No es raro que músicos “impuros” sean víctimas del FIS, y que los jóvenes bailen con música iraní “Made in Los Angeles”.

La práctica del islamismo en el poder ha sido otro factor de decepción: Irán, Sudán, y sobre todo Afganistán, son ejemplos claros de que cierto modo de trasvasar las supuestas “leyes de Dios” al gobierno de los hombres, sólo consigue hacer más pobres y más infelices a las personas. Por eso no es raro que el aperturista Jatamí haya ganado por segunda vez las elecciones en Irán, a pesar de las enormes limitaciones impuestas por los “ortodoxos” para la puesta en marcha de las reformas.

¿Se trata entonces de un movimiento en vías de extinción? Pudiera decirse que sí, en términos estratégicos. Pero deberemos decir que no, en lo inmediato.

Mientras se mantenga estructurado, y con todas sus ramificaciones internacionales, el ejército suicida creado a partir de la guerra afgana, no se descarta el ejercicio del terrorismo a gran escala. Y no se trata de una recua de palurdos: jóvenes fanáticos (instruidos o no) de diferentes países, han sido captados por una fe que no resiste disenciones, una fe unidireccional (qué fácil de entender, qué adolescente).

Mientras se mantenga vivo el conflicto de Oriente Medio, y los palestinos sean condenados a ser un pueblo sin país, habrá mártires de la fe y de la causa, dispuestos a viajar derecho al Edén, llevándose por delante a cuantos más, mejor. En una sociedad fracturada por  el odio, sin esperanza, empobrecida; los mártires contarán con el respeto de la comunidad, y sus familiares serán recompensados con una pensión vitalicia.

Por último, mientras se mantengan las enormes diferencias estructurales que asolan el planeta, éstos u otros guerrilleros de Dios, de cualquier Dios, continuarán amenazando los símbolos de la hegemonía, el poder y el confort de Occidente. Frente a los satélites y los misiles guiados por láser, apuestan dos armas difíciles de neutralizar: sus propias vidas, inmoladas siempre que haya ganancia numérica, y su total falta de escrúpulos. Esto último merece explicación: para ellos una oficinista norteamericana o un joven judío en una discoteca, no son civiles inocentes, sino judíos o norteamericanos, partículas del Gran Satán. Y Occidente tendrá que enfrentar a ese enemigo sin caer en la tentación de incurrir en su juego macabro.

¿Es necesaria una coalición internacional contra el terrorismo? Sí. Y la razón es muy sencilla: ya existe una entente internacional del terrorismo. Fundamentalismos  nacionales o religiosos se ponen de lado cuando se trata de emplear las facilidades de la globalización: expertos del IRA residentes en La Habana instruyen a la guerrilla colombiana, seudoperiodistas marroquíes despedazan al líder de la oposición afgana, las armas de Europa Oriental terminan en campos de entrenamiento del desierto afgano, hacia donde han acudido  adeptos captados en todo el mundo islámico; y (se sospecha) capitales de países que reiteran su amistad con Occidente, fluyen (bajo presión o voluntariamente) hacia las imbricadas redes financieras del terror. ¿Son ellos representativos del espíritu de los islamistas en todo el mundo? No. Son, decididamente, la excrecencia enfermiza. Por eso es importante distinguir la batalla contra el terrorismo, de una batalla contra el otro, empezando por el Islam. Pero  no bastará extirpar el tumor a punta de bisturí, mientras el paciente siga fumando los humos letales de un mundo para todos dividido.

 





ETA: camino hacia la nada

1 08 2000

Tras la puerta de muchas casas, tanto en el Caribe como en Brasil, pende un ojo enorme de oscura pupila. Un ojo que ve el daño y lo prevee. Puede que el País Vasco herede esta costumbre antillana y disponga en breve de ojos electrónicos que todo lo ven o, al menos, eso afirman sus promotores. Quizás, como las chismosas de barrio, vean lo prescindible y pestañeen ante lo esencial. La electrónica padece esas manías.

La policía explosiona una mochila en Córdoba, un etarra revela en Francia su verdadera identidad… No pasa un día sin ETA en la prensa nacional. Sus objetivos no serán muy claros (más bien tenebrosos), pero tienen un gran sentido del marketing. Directa o indirectamente, imponen su presencia. Y fueran cuales fueran sus fines (al menos los originales), en este caso los medios injustifican los fines. De modo que, a veces, me recuerdan ciertos grupos musicales que componen (¿componen?) puro ruido, desafinan y gruñen con un suspiro de voz, pero se pintan de verde, salen con el culo afuera y se orinan durante los conciertos. Alguno comprará sus discos, aunque sea por curiosidad zoológica.

Si un día se dejara de mencionar a ETA, si sus tiros en la nuca y sus bombas en hipermercados no ocuparan un sitio en los periódicos, perderían cuando menos la mitad de su sentido, que es intentar ocultar con mucho ruido las pocas nueces; desaparecería el efecto de ponderación de su escaso voto a puro bombazo. Sabemos que son cuatro gatos, pero maúllan toda la noche y no dejan dormir a los diez mil trabajadores, que no son empresarios del terror ni administradores de la extorsión, y deberán ganarse mañana el salario sudando la camisa.

Hace algunos años y más allá del Atlántico conocí por pura casualidad en una fiesta a dos jóvenes. ¿Españoles?, pregunté. La respuesta fue inmediata y cortante: “No. Vascos”. Mis nociones geográficas tardaron algo en recomponerse. Sus ideas eran una mezcla de marxismo pasado por M&M (Mao y Marcusse) ─más cerca de los hermanos Marx que de Don Karl─, malas traducciones de Nietsze, racismo victoriano con vaqueros y camisola progre, y un regionalismo feroz,digno de la Baja Edad Media. Puro folklore político. Su equivalencia de ETA con la guerrilla latinoamericana me dejó un tanto extrañado. Jamás supe si eran etarras o simpatizantes. Tampoco qué hacían allí.

Ignoro si aquel coctel ideológico responde a la alambicada filosofía del etarra tipo. Pero descubrí más tarde que es un coctel Molotov y mata personas cuyo único delito es estar cerca de la bomba.

Es demasiado fácil decir: son unos asesinos, y asumirlo como un accidente genético.Sus argumentos de grupo sanguíneo y formas craneales me repugnan. Los crematorios de Treblinka, la conquista de América y la esclavitud funcionaron con ese combustible. Los vascos tienen sangre roja, masa encefálica gris y muchas buenas ideas transitando entre las neuronas.Es lo único que importa.Y hablar hoy de un Euskadi colonial bajo la corona española resulta risible para un latinoamericano, que de eso sí sabemos. Y mucho.

Según aquellos jóvenes, se trata de instaurar un Estado nacionalista y socialista en Euskadi. ¿Nacional-socialista?, pregunté. Pero eran impermeables al humor tropical, y solemnes como adolescentes queriendo entrar a un cine porno. No era una dictadura del proletariado sensu stricto ─ver manuales (hoy, casi exclusivamente en manuales)─, porque el proletariado, sobre todo los inmigrantes de otras regiones, estaba ─según ellos─ corrompido, aburguesado, y habría que “reeducarlo” o “neutralizarlo” para instaurar el nuevo Estado. Enseñar a las masas a pensar por su cuenta (no pude precisar si por cuenta propia o por cuenta de ellos). En síntesis: una especie de “dictadura contra el proletariado”.

Imbuidos de una fe mesiánica, blindados contra la duda, sumidos en la implementación de los medios para lograr sus fines, los fines se habían desdibujado (de ahí su incoherencia), suplantados por los medios. Y pensé que donde haya paro, marginalidad, corrupción y diferencias sociales, usted toma a un joven marcado por la angustia y dotado con toda la rebeldía de su adolescencia, le coloca en el cerebro cuatro dogmas rotundos e indiscutibles, y en las manos una metralleta con que dar por zanjada cualquier discusión, y el joven descubre que la metralleta es su argumento, su derecho al voto y al veto. No es raro que la use. Gamberros hay en todas partes. Es la cultura de la violencia. Pero cuando esa necesidad destructiva es dotada de una presunta coartada ideológica, se convierte en un arma letal. La manada hace al lobo. Aparecen los especialistas de la muerte y la ideología se reduce al procedimiento exacto de colocar las cargas, la relojería del detonador y el montaje táctico de la operación. La víctima es deleznable: un mero accidente en el camino luminoso hacia la sociedad futura. Y a propósito, ¿qué sociedad era? No importa.Olvida eso. Ya veremos cuando llegue.

Sonaría ridículo, si no fuera trágico.

“ETA: Camino hacia la nada”; en: Diario de Jaén, Jaén, España, 24 de agosto, 1996, p. 23.

“El camino de ETA hacia la nada”; en: El Nuevo Herald, Miami, agosto, 2000.