Independence day

15 07 2002

El pasado 4 de julio se celebró en Estados Unidos el Día de la Independencia de la Trece Colonias. Rito repetido año tras año, ya no es noticia, salvo por el colorido de los fuegos artificiales que transmite la tele y, en esta oportunidad, por las descomunales medidas de seguridad.

El pasado 4 de julio se celebró en La Habana el Día de la Independencia de las Trece Colonias. Y eso sí es noticia.

En la gala cultural, celebrada en el teatro Karl Marx, se pudo escuchar al bajo Israel Hernández, coro Entrevoces, a Miriam Ramos y al guitarrista Jorge L. Chicoy, así como a Pablo Menéndez con Habana Ensemble. Actuaron El Ballet Nacional de Cuba y la Escuela Nacional de Ballet; Danza Contemporánea de Cuba puso en escena su versión de Un tranvía llamado deseo, de Tennessee Williams, y el Conjunto Folclórico Nacional interpretó Apalencado.

Los escritores Georgina Herrera, Marilyn Bobes, Jorge Luis Arcos, Antón Arrufat, César López, Miguel Barnet, Roberto Fernández Retamar, Pablo Armando Fernández y Nancy Morejón recitaron poemas de Langston Hughes, Edna St. Vincent, Ezra Pound, Walt Whitman, William Carlos Williams, Carl Sandburg, Robert Lowell, Allen Ginsberg y Alice Walker. La parte política correspondió a Carlos Martí, Eusebio Leal, el reverendo Raúl Suárez, Alicia Alonso y Omar González, quienes transmitieron “mensajes de entendimiento y fraternidad “como muestra de “la amistad y la resistencia que han compartido nuestros pueblos en la lucha común por la libertad verdadera”, según el diario Granma. Artistas plásticos como Flora Fong, Roberto Fabelo, Nelson Domínguez, Eduardo Roca, Tonel, Kcho, Agustín Bejarano, Sándor González, Li Domínguez y Gustavito Díaz prepararon paneles-murales alegóricos. Para concluir con el Imagine, de John Lennon, artista en alza en la Isla desde que se incorporara al mobiliario urbano, interpretado por la cantoría infantil del Coro Nacional de Cuba y la Coral de niños de la ciudad de Piedmont.

El acto estuvo presidido por el propio señor Fidel Castro, y el órgano oficial del Partido Comunista de Cuba lo califica como “un sincero homenaje a todos los norteamericanos de buena voluntad, por encima de la hostilidad con que las administraciones de Washington, a lo largo de 43 años, han pretendido negar la realidad actual de la nación cubana”, así como una “demostración de intensos lazos históricos y culturales que nos unen”, barruntando con ello la “posibilidad de un auténtico diálogo cultural”.

En suma, una “actividad político-cultural” en homenaje a la independencia de otro país, que en mi memoria sólo tiene equivalente en las que se celebraban para conmemorar la gloriosa Revolución de Octubre, allá por el mes de noviembre.

¿Qué ha ocurrido? ¿Estará de acuerdo ahora el gobierno cubano con la Declaración de Independencia de las Trece Colonias? ¿Firmaría sin rubor que “todos los hombres fueron creados por igual, que su Creador los ha dotado de ciertos Derechos inalienables, que entre ellos se encuentran la Vida, la Libertad y la Búsqueda de la Felicidad”? ¿Afirmaría “que el Pueblo tiene el derecho de cambiar o abolir cualquier otra Forma de Gobierno que empiece a destruir estos propósitos, y de instituir un nuevo Gobierno”? No, porque ya sabemos que el socialismo es irrevocable. Y más aún, que “Un Príncipe, cuyo carácter está por tanto marcado por actos que definirían a un Tirano, es incapaz de ser el soberano de un pueblo Libre”. Al parecer, no, porque al mismo tiempo, una de las tantas mesas redondas, se ha dedicado a reconocer el valor histórico de la independencia de las Trece Colonias, pero la acusa de nacer torcida, hasta tal punto que entre los padres fundadores no había negros, indios o mujeres (tampoco entre los padres fundadores de la Patria Cubana, por cierto), y desgrana a continuación la habitual andanada de acusaciones: expansionismo, imperialismo, anexionismo y otros ismos. Cosa en que sin dudas les asiste una parte de razón. La otra parte son dos siglos y pico de democracia ininterrumpida, libertades y respeto a los derechos individuales. Virtudes imperfectas, desde luego, y que han ido corrigiéndose desde la abolición de la esclavitud hasta hoy, gracias a que las libertades de expresión y prensa, la libertad de asociación, y la de cada individuo o grupo a luchar por sus derechos, jamás han sido abolidas por decreto y en nombre de la “unidad” de la Patria, ni siquiera en los períodos negros de su historia. Una sociedad compleja, inmersa en perpetuas contradicciones, capaz de reinventarse a sí misma. De ahí su vitalidad y su prosperidad. En Cuba, en cambio, no existen contradicciones. Esa es su única contradicción.

Al tiempo que en La Habana se celebra la independencia norteamericana, y una mesa redonda anota sus virtudes teóricas y sus males endémicos, el Consejo Nacional de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba dirige una carta abierta a los intelectuales estadounidenses. En ella se declara que en Cuba no existen “sentimientos hostiles hacia el pueblo norteamericano, ni hacia su cultura que, sin ningún tipo de restricción, difunden ampliamente nuestras instituciones”, a pesar de lo cual el presidente norteamericano intenta enrolar a Cuba en el llamado. “eje del mal”. Y apela a ellos para “conjurar cualquier aventura contra Cuba, pero sobre todo para terminar con el embargo”.

Embargo denunciado también por el candidato verde a la presidencia de Estados Unidos, Ralph Nader, durante sus vacaciones políticas en la Isla.

¿A qué se debe esta repentina popularidad de la independencia norteamericana, cartas abiertas, visitas, apelaciones a la conciencia del pueblo norteamericano, evocando nuestros viejos lazos históricos y culturales? ¿Se puede apelar en serio a los buenos sentimientos de un pueblo al que se ha ofendido sistemáticamente durante más de cuarenta años, tildándolo de infantil, manipulado por la propaganda y tan descerebrado que disponiendo de todas las fuentes de información no acaba de verla “luminosa verdad” del régimen imperante en la Isla? ¿O es otro el destinatario de estas apelaciones? Y ¿por qué precisamente ahora?

Un factor, y posiblemente el menos importante, es la inclusión de la Isla en el llamado “eje del mal”, con lo que ello presupone tras la invasión a Afganistán y la voluntad explícita de derrocar a Saddam Hussein. Una cosa es la guapería verbal en la que el Comandante es ducho, y otra muy distinta es ver como en la acera de enfrente engrasan los misiles. Claro que una acción armada de Estados Unidos contra la Isla es más bien remota, contaría con una repulsa universal casi unánime, y de algún modo legitimaría al gobierno de la Isla.

El segundo factor es el económico. El período 2001-2002 ha sido el peor para Cuba desde 1990-1992. Ha disminuido la afluencia de turistas, se cierra la mitad de los centrales azucareros, han mermado las remesas de los exiliados; el déficit en la balanza comercial, la deuda externa y las irregularidades en el suministro de combustible, han colocado a la Isla al borde del colapso. Por si fuera poco, la rotunda negativa a cualquier apertura o el respeto a los derechos individuales, cierra las puertas a la presunta cooperación de la Unión Europea; al tiempo que se siguen dilapidando ingentes recursos en la “batalla de ideas”.

En esas circunstancias, y ante la perspectiva de que su amigo Chávez no dure demasiado en el poder, con lo que se cerraría el grifo del petróleo, la posibilidad de disponer de un acceso, aunque sea limitado, al mercado norteamericano, y sobre todo la afluencia de turistas a la Isla, sería vital. De modo que todas estas muestras de repentino afecto no están dirigidas al hermano pueblo norteamericano, sino a los sectores de la política y la clase empresarial que abogan, cada vez con más fuerza, por la derogación del embargo. Y ya cuentan con un antecedente: la autorización de ventas de alimentos y medicinas a la Isla, tras el paso del último ciclón, que FC insistió en convertir en una operación comercial, y no humanitaria, previendo su utilidad perspectiva.

Entonces, ¿ha llegado el momento en que las autoridades cubanas deseen verdaderamente la derogación del embargo, a pesar de su probada utilidad como chivo expiatorio? Sí y no. Aplaudirían la autorización de los viajes turísticos a la Isla, y ciertas aperturas de mercado. Pero en caso de que el Congreso aprobara la derogación total, el señor Fidel Castro exigiría reparaciones cuantiosas, devolución inmediata de la Base Naval de Guantánamo, y si se tercia, que el propio Bush firme la irrevocabilidad del socialismo cubano y el carácter divino de su presidente; todo con el propósito de torpedear una normalización que dejaría su ineficacia crónica a la intemperie,

Aunque a primera vista la política en Cuba parezca cosa de manicomio, “hay un método en su locura”. Nada es casual. Ni el slogan “Cuba sí, yanquis no”; ni que el teatro consagrado a Karl Marx celebre el nacimiento del Imperialismo; justo el día que numerosos cubanos armaban sus balsas ante el rumor de que una flota norteamericana los acogería en aguas internacionales para celebrar el 4 de julio.

 

“Independence Day en La Habana”; en: Cubaencuentro, Madrid, 15 de julio, 2002. http://arch.cubaencuentro.com/internacional/2002/07/15/8934.html.

 

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