Demencia cerril

20 09 2001

Desde la declaración inicial de condolencia por las víctimas de los actos terroristas contra Estados Unidos, y la oferta de ayuda humanitaria al vecino del norte, hecha pública por el Señor Fidel Castro, la prensa cubana ha dejado traslucir una suerte de satisfacción contenida. La moraleja de los textos propios y los refritos de la prensa internacional cuidadosamente seleccionados, es que “donde las dan, las toman”. Y que lo sucedido no es sino la inevitable reacción a la acción norteamericana en el mundo. Esta ambigüedad ha oscilado entre el pésame y la revancha, sin precisar una postura diáfana y oficial sobre la inevitable reacción norteamericana a lo que ya se ha calificado como un acto de guerra. Hasta hoy.

Con fecha 19 de septiembre, y bajo el título “No todo está perdido todavía”, el diario Granma publica una declaración oficial del gobierno de la República de Cuba. Tras una fugaz referencia al acto terrorista, se habla de que como consecuencia han resucitado “viejos métodos y doctrinas que están en la raíz misma del terrorismo”, “se escuchan frases” de dirigentes norteamericanos, no oídas, según Granma, “desde los tiempos que precedieron a la Segunda Guerra Mundial”. No hay que ser muy listo para invocar a la Alemania nazi.

Más adelante cuestiona el gobierno cubano si Estados Unidos persigue la justicia o imponer una tiranía universal. Y señala que bien podría abrogarse el derecho de asesinar a cualquiera que estime conveniente en cualquier lugar del mundo, recordando de paso a Patricio Lumumba y los atentados contra el Señor Fidel Castro, investigados por el propio Senado norteamericano. Con lo cual hace una interesante acotación, porque la Asamblea Nacional del Poder Popular jamás sería autorizada a investigar el derribo de la avioneta de Hermanos al Rescate, o el hundimiento del buque 13 de Marzo, por ejemplo.

En un párrafo donde muestran un inusitado pudor, se declara que “Tan grave como el terrorismo, y una de sus formas más execrables, es que un Estado proclame el derecho de matar a discreción en cualquier rincón del mundo sin normas legales, juicios y ni siquiera pruebas. Tal política constituiría un hecho bárbaro e incivilizado, que echaría por tierra todas las normas y bases legales sobre las que puedan construirse la paz y la convivencia entre las naciones”. Un texto que no parece elaborado por el mismo Estado que ha entrenado guerrillas en tres continentes, que da cobijo a terroristas notorios del IRA y de ETA, que manejó durante más de una década los hilos de la subversión latinoamericana, actuó como ejército de ocupación durante la guerra civil angolana, entre otras, y apoya en Colombia a la narcoguerrilla del secuestro. El mismo gobierno que jamás levantó la voz para comentar (no ya condenar) la invasión soviética a Afganistán, que costó cientos de miles de víctimas, ahora se aterra ante la posible invasión norteamericana. Una guerra contra la dictadura talibán, posiblemente el peor enemigo que haya tenido en su larga historia el pueblo afgano (y no han sido pocos), una invasión que aplaudirá media humanidad, empezando por los cinco millones de exiliados afganos.

Otro curioso comentario de la declaración, tras tildar de terrorista y fascista la presunta conducta norteamericana, es que de producirse una respuesta consistente en “asesinar fríamente a otras personas, violar leyes, castigar sin pruebas y negar principios de elemental equidad y justicia para combatir el terrorismo”, se destruiría el prestigio de Estados Unidos. Hay aquí dos elementos novedosos: El primero: un apego muy reciente, diría que de ahora mismo, por el ejercicio de la justicia, la equidad, las pruebas y la vida; en un país donde la lista de fusilados por razones políticas es larga, los abogados defensores parecen compungidos fiscales, la ley se estira o encoge a voluntad, opinar es delito, e incluso puedes caer en chirona por el crimen que vas a cometer mañana, es decir, por peligrosidad. Una perla de la jurisprudencia. La segunda curiosidad: Ahora resulta que los abominables Estados Unidos tienen prestigio, dado que no se puede destruir lo que no existe.

También los talibán exigen pruebas concluyentes contra Osama Bin Laden, antes de estudiar si lo entregan o no. Y piden mucho más. Que por pedir no quede. Puede que ahora mismo nadie pueda entregarles esas pruebas, ni ellos facilitarán que sean encontradas en su territorio. Pero basta hacer memoria para recordar las acciones contra dos embajadas en Kenya y Tanzania, donde murieron 257 personas, la minoría norteamericanas, a las que Bin Laden no fue ajeno. Libia lo busca por el asesinato de dos alemanes en 1994. Se le atribuye el primer atentado a las torres del WTC en 1993. Según los rusos, es el principal sostén de la guerrilla chechena que, más allá de la justicia o no de su causa, y de los pocos escrúpulos rusos en materia de represión (que Cuba tampoco ha condenado), provocó en Moscú la masacre de 300 civiles, aunque menos televisiva que la de las torres gemelas. Sus declaraciones a favor de una cruzada contra Occidente son públicas y notorias. Con muchas menos pruebas, cualquier disidente de barrio es sentado en La Habana en el banquillo de los acusados. Por hablar. Simplemente. Y condenado.

Claro que en la versión de la postura afgana que nos entrega el comunicado cubano, “Los ulemas de Afganistán, dirigentes religiosos de un pueblo tradicionalmente combativo y valiente, están reunidos para adoptar decisiones fundamentales. Han dicho que no se opondrán a la aplicación de la justicia y a los procedimientos pertinentes, si los acusados de los hechos que residan en su país son culpables. Han pedido simplemente pruebas, han pedido garantías de imparcialidad y equidad en el proceso”. El gobierno cubano parece ignorar (o suponen que nosotros lo ignoramos) que para esos “dirigentes religiosos” (algo que suena a piadoso y respetable) “la aplicación de la justicia” incluye la mutilación, la discriminación sexual, la represión más feroz, la ejecución sin mucho trámite de todo el que incumpla la sharia, incluso una inocente estatua de Buda. Pero no. Según la declaración de marras, es el gobierno norteamericano quien está exigiendo “a los líderes religiosos pasar por encima de las más profundas convicciones de su fe, que como se sabe suelen defender hasta la muerte”. Y de pasar por encima de las ”profundas convicciones” de la fe ajena algo sabrá el gobierno cubano.

Para colmo, ahora resulta que estos santos señores del gobierno talibán “no sacrificarían a su pueblo inútilmente si lo que solicitan, éticamente irrefutable, es tomado en cuenta”. Vistos los últimos acontecimientos, la afirmación resultaría risible si no fuera trágica. Los talibán vienen sacrificando a su pueblo, en especial a sus mujeres, desde que tomaron el poder. No sé si eso será relevante para el machismo-leninismo tropical. Y de que no lo sacrifique más se está ocupando el propio pueblo afgano, los cientos de miles que huyen hoy hacia cualquier frontera, haciendo caso omiso al llamado a la yihad del jeque Mohamed Omar.

En un alarde de pacifismo reciente, el comunicado afirma que “ningún problema del mundo actual podría resolverse por la fuerza”, de modo que ya no se crearán dos, tres, muchos Vietnam, el desmedido gasto militar cubano es innecesario, la recomendación a Kruschev de asestar el primer golpe y desatar los fuegos artificiales es cosa del pasado, y en breve los discursos del Patriarca en su invierno concluirán con “Peace & Love” en lugar del “Patria o Muerte”.

Tras el patético llamamiento a un juicio justo a Bin Laden, el nuevo pacifismo de las autoridades de la Isla, y la invocación a alternativas a la guerra “injusta” que se avecina, alternativas que Cuba no especifica pero que apoyaría “sin vacilación”; se descubre sin dificultad que en el cartel de “Se busca vivo o muerto” diseñado por las autoridades cubanas, el retrato que aparece no es el del terrorismo internacional, sino el mismo que de costumbre. Confiemos que en un momento especialmente delicado como éste, Occidente no atribuya esta declaración a la complicidad, sino al Alzheimer.

Demencia cerril”; en: Cubaencuentro, Madrid,  20 de septiembre, 2001. http://www.cubaencuentro.com/sociedad/2001/09/20/3897.html.

 


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