Palabras deslizantes

9 02 2001

En muchas escaleras, aceras y zonas de acceso público, existen bandas de arenisca u otro material con alto índice de fricción: las bandas antideslizantes, cuyo propósito es evitar los resbalones y caídas. Aunque ya se sabe: cualquiera resbala y cae, en palabras de Mr. Vox Populi. Lamentablemente, el cuidado que se prodiga a nuestro esqueleto no tiene su equivalente en bandas antideslizantes intelectuales, cuando se trata de cuidar nuestra inteligencia. En el enorme flujo de información que recibimos cada día, escasean las “palabras antideslizantes”, es decir, las que fijan una noción inequívoca de la realidad. Abundan en el idioma, pero con frecuencia son palabras “incómodas”: impiden el dulce devaneo de la ambigüedad.

Salvo los autores de diccionarios, son pocos los grupos humanos interesados en un idioma 100% antideslizante. Aunque todos operan según el mismo procedimiento: las palabras buenas (crecimiento, mejora, calidad) se subrayan terminantemente; mientras las malas (descenso, desigualdad, empeoramiento, crisis) se envuelven en una nube de eufemismos. Y el procedimiento inverso, si nos referimos al adversario (léase enemigo).

De modo que el “ajuste de los precios” sustituye al puro y duro “aumento”, mediante una operación de cirugía estética. La liposucción de contenido aparente convierte en “limpieza étnica” el genocidio (Goebels debe revolverse de envidia en su tumba), y se llama “operación de castigo” —con su connotación pedagógica, colegial, paterna— al bombardeo de zonas civiles por la aviación israelí en la frontera siria. Así, mientras sus partidarios le llaman “interrupción del embarazo”, sus detractores emplean el lapidario y tradicional “aborto”, de sonoridad casi delictiva. Se “aborta” una conspiración de los malos, y se “interrumpe” una operación militar de los buenos.

Con frecuencia reproducimos las manipulaciones del lenguaje, sin percatarnos de que, subrepticiamente y por reiteración, estamos alterando las apariencias de la realidad, su imagen. Por muy buena (o mala) voluntad que ponga el periodista, todavía resulta arduo hallar la palabra filosofal que transmute al nombrar la realidad misma.

Lógicamente, en una sociedad de derecho, los creadores del eufemismo, de la palabra deslizante, deben inducir reiterada y subrepticiamente su uso a los transmisores de la palabra: los periodista, que con alta (harta) frecuencia seguimos el juego por pura desidia. Pero también las esferas de poder imponen sus propias verdades por la vía de la palabra, que llegan a alcanzar apariencias de inamovilidad. Así, se habla de la “moderación salarial”, pero no de la “moderación de la ganancia”, porque por un raro enroque de las palabras, ahora los empresarios no tienen “ganancia” (líbrenos el Dios de la Caperucita Roja de la palabra “plusvalía”), sino “excedentes empresariales”, colocándose la expresión estratégicamente cerca de “reinversión” y “creación de empleo”, para que nadie sospeche que con ese “excedente” se comprarán un Porshe o un yate. De modo que los desempleados deberían saltar de alegría cada vez que una mulinacional remonta “excedentes” de 3.000 millones.

Pero el clímax de la resbalosidad lingüística se alcanza en las naciones donde el Estado es dueño de todo, y en especial de la palabra, que el ciudadano deberá consumir dócilmente. En Cuba, por ejemplo, las empresas debían reportar el “faltante” en sus inventarios: la palabra denominaba el por ciento de los bienes e insumos que los propios funcionarios habían robado (la palabra “robante” es demasiado brutal) durante el período en cuestión. Se llama “trabajo voluntario” a las labores agrícolas a las que acudían los estudiantes, so pena de ser expulsados del colegio. Para esto, alguien creó el exactísimo término “oblivuntario”. Al Servicio Militar Obligatorio se le rebautizó como Servicio Militar General (los hijos de los generales solían evadirlo), y a la crisis de los 90, que demolió el 60% de la economía cubana, “Período Especial en Tiempos de Paz”, una frase que resulta casi placentera.

Pero ni los dueños de la palabra se libran de que las muy malditas resbalen en sentido opuesto. Las guaguas de La Habana solían colocar en el cristal trasero la exhortación “Sígueme”, una publicidad de la Unión de Jóvenes Comunistas que exhortaba a seguir a la Revolución a donde quiera que fuera, y una manada de transeúntes obedecía cuando la guagua se volaba limpiamente la parada. En la entrada del Combinado del Este, la mayor prisión de la Isla, colocaron una frase de Fidel Castro que resultó proverbial: “Todo lo que somos hoy, se lo debemos a la Revolución y al Socialismo”. Pero la mayor muestra de talento propagandístico fue la de un comité de base de la Unión de Jóvenes Comunistas, que decoró el muro del cementerio de Victoria de las Tunas con un rotundo: “Aquí no se rinde nadie”. Y tenían razón.

“Palabras deslizantes”; en: Cubaencuentro, Madrid, 9 de febrero, 2001. http://www.cubaencuentro.com/lamirada/2001/02/09/1055/2.html.


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