Abel después de Caín

2 06 2005

Estimado Abel Prieto:

Ha pasado mucho tiempo desde aquel día en que Sergio Corrieri, en la Unión de Escritores, nos dijo francamente que si tú eras elegido por la membresía como delegado al congreso, el Partido te propondría como próximo presidente de la UNEAC. La concurrencia captó de inmediato la indirecta y la palabra de Corrieri se hizo presidencia, como en los mejores pasajes de La Biblia.

Veníamos de una Unión de Escritores de clientela fija, donde durante años se dispensaron favores y fervores desde el mostrador a parroquianos y ambias. De modo que tu ascenso, a pesar del método democrático («en silencio ha tenido que ser»), despertó por igual, en tiempos de Perestroika, los recelos de la parroquia habitual y las esperanzas de la infantería. No siempre infundadas. No siempre fundadas.

Es cierto que cambiaron algunas cosas y que por un momento creímos ver en el presidente de la Unión de Escritores no sólo a un cuadro del Partido para el control y administración del personal cultural, sino también al representante de los escritores y artistas. En ciertas ocasiones, incluso, defendiste tus posiciones ante el Escritor en Jefe, y hasta le enmendaste la plana. Aunque supieras siempre dónde quedaba el borde de la carretera y empezaba la cuneta. Algo esencial, dada la accidentalidad política que hay en Cuba.

Por entonces hablaste de aperturas e inclusiones, de tolerancia y diálogo, de flexibilidad y libertades, aunque todo haya terminado apenas en una estatua de John Lennon, que debe ser vigilada para que no pierda los espejuelos y lo truenen por considerarlo un acto voluntario para no ver dónde ha caído.

Siguiendo la máxima del día —a enemigo que huye, puente de plata—, concediste a muchos el pase a bordo para irse a soñar con la glasnost a orillas de otros mares, evitándoles al menos el calvario de sus antecesores en la huida. Abriste espacios, atento, eso sí, a que no se desbocaran, porque, como se sabe, la extensión ideológica de nuestra Isla es limitada y basta una zancada larga para salirse de los límites. Y sobre todo, en contraste con los sargentos de la cultura, no olvidaste al ensayista y al narrador que llevabas en la trastienda y mantuviste un discurso civil en una lengua franca que entendíamos.

Sacerdocio irreversible

Pero las servidumbres del poder son implacables. Liman las virtudes como esmeril del ocho. Comentan que has estado enfermo, incluso que has enfermado de poder e intentado dimitir; pero te enrolaste en una tripulación que no admite deserciones. Cuando se sirve a un Dios omnívoro y omnímodo, el sacerdocio es irreversible. Aunque se hagan votos de fe, abandonar los hábitos es herejía, y ser excomulgado en un Estado confesional es peor para la salud que el tabaco, aunque la cajetilla del cargo no lo advierta.

Te deseo sinceramente que recuperes la salud, incluso la política, aunque de lo segundo me quedan pocas esperanzas. Me temo que tus palabras recientes en Madrid sean síntomas irreversibles, terminales.

Una cosa, Abel, son esas mentiras, promesas incumplibles, adulaciones huecas y fervores plásticos que todos los políticos pronuncian sin ruborizarse, y otra muy diferente es tratar como imbéciles al personal a golpe de patraña, o alcanzar la infamia afirmando que Raúl Rivero y los otros disidentes «hubieran sido asesinados en la cuneta en otro país».

¿Por qué no reconocer que en otro país Raúl Rivero y sus compañeros habrían ejercido la oposición y el periodismo sin sobresaltos? ¿O Cuba ha caído tan bajo que debemos vanagloriarnos de pasar menos hambre que en Rwanda y asesinar menos periodistas y opositores que en Colombia?

Si no fuera infame, esa afirmación sería francamente patética. ¿Cómo se puede afirmar sin rubor que en Cuba Cabrera Infante no ha sido prohibido, que consta en los diccionarios y en las bibliotecas públicas? ¿No habría sido más elegante reconocerle el carácter de antagonista político y sus méritos literarios, sin mayores apostillas?

A veces el silencio es muy recomendable, Abel. No se puede hablar impunemente de Cuba como plaza sitiada en «guerra terrible» contra Estados Unidos, primer suministrador de alimentos de la Isla, cuando el propio Fidel Castro ha reconocido la utilidad política del embargo; y menos tildar a los 75 de la primavera de 2003 como agentes extranjeros, habiendo sido publicadas las actas de los juicios, documentación para la próxima historia universal de la infamia.

¿Era necesario, además del escarnio a que fue sometido, mancillar la memoria de Heberto Padilla, un poeta más merecedor del Premio Nacional de Literatura que muchos a los que has agraciado con el Gordo de la Lotería Literaria? ¿O tildar de «ignominioso» a Gastón Baquero, uno de los grandes poetas cubanos de todos los tiempos, quien murió sin rencor en Madrid, memorando lo que nos une, obviando lo que nos separa? ¿Cómo se puede asegurar que en Cuba no existe el delito de opinión cuando está explícitamente recogido en la Ley Mordaza, o que «el nuevo escenario cultural no excluye a los disidentes», sin aclarar que te refieres a los talleres literarios que se celebran en el Combinado del Este?

¿Canon o censura?

Hablar de que no existe censura en la Isla, sino un «canon literario cubano», es tan cínico que roza lo ingenioso. Tenemos que reconocerlo, Abel, en Cuba el arte del eufemismo ha alcanzado un grado de virtuosismo que no se veía en esta lengua desde el Siglo de Oro: la crisis se llama Período Especial, a un Estado monoteísta y confesional se le llama democracia participativa (sin aclarar que sólo uno participa), la censura es canon, los disidentes son agentes y los agentes son héroes, el picadillo es «enriquecido» (no con más picadillo) y la masa cárnica es «ampliada» (no con más carne).

Ahora nos ofreces la noticia, Abel, de que en Cuba han logrado separar el talento de la política. Si te refieres al canciller cubano y otros talibanes de su camada, me alegra que coincidamos. Pero no. Tu buena nueva es que en la Isla a los creadores no se les juzga por sus ideas políticas; es decir, que ahora «dentro de la revolución, todo» y «fuera de la revolución», todo también. Deberías comunicar la primicia no sólo a los madrileños, sino a los habaneros. Y diles también que «la cultura cubana se ha recuperado de la crisis», aunque ahora mismo no recuerdo cuándo anunciaste que estaba en crisis. En eso el diccionario de la RAE es categórico: no se puede salir de un sitio sin antes haber entrado.

Es curiosa tu afirmación, Abel, de que existe una «censura literaria» que prohíbe a Zoè Valdés no por razones políticas, sino de calidad. En ese caso, imagino que los censores literarios, antes de pasar por sus filtros a los escritores de allende los mares, hayan practicado con los del patio. Por eso, tras revisar en mi memoria muchas ediciones Manjuarí y Contemporáneos, por ejemplo, me inclino a sospechar que se trata de libros apócrifos publicados por la mafia de Miami para desacreditar la solvencia estética de los censores cubanos. E incluso, que los nombres de algunos autores que se repiten en la bibliografía de la Isla no sean sino seudónimos de agentes de la CIA echados a rodar por el Imperialismo.

Perdona si tiro a relajo algunas de tus afirmaciones, Abel, pero es que a veces me da la impresión, por los discursos de los funcionarios cubanos en Europa, que no son suficientes las nueve horas de vuelo para percatarse de que han arribado a otra realidad, que los noticiarios y los periódicos aquí escarban la noticia desde diferentes perspectivas, que no existe un Departamento de Orientación Revolucionaria (DOR) que tamice las noticias aptas para todos los públicos, y que la gente tiene acceso libre a Internet, no sólo a una intranet perfectamente esterilizada.

Al hablar ante un público libre, Abel, hay que ajustar el calibre de las mentiras. No se le puede aporrear con la misma retórica que a una audiencia cautiva. Quizás por esa razón Joaquín Sabina, que jamás se ha atenido a la consigna, hizo mutis por el foro a mitad de tu intervención.

La generación de la retórica hueca

Comprendo, Abel, que el poder exige inexcusables servidumbres. Incluso comprendo que los cubanos de nuestra generación, que crecimos aceptando como natural una retórica hueca, practicando la doble moral, estableciendo compartimentos estancos para la verdad íntima y para la pronunciable, podemos adaptarnos mejor a esa política adivinatoria, meteorológica, donde la tasación del político depende de su capacidad para predecir con un buen margen de antelación los deseos inconfesos del amo. Más preparados, desde luego, que la generación adulta en 1959, que venía de una tradición republicana, habituados a ser dueños de sus ideas, rebelarse si les castraban sus derechos, asumir las consecuencias de sus actos y ganarse la vida por su cuenta y riesgo.

Quiéraslo o no, Abel, a nosotros nos criaron como animales de granja. Y cualquier vaquero te confirmará que es más fácil ensillar a un potrico de batey que a un caballo salvaje de los que había en Cayo Romano antes que se inundara de turistas importados.

Aun así, no logro alejar esta tristeza letalmente mezclada con una buena dosis de lástima, ni la idea de que la literatura cubana está sufriendo cuantiosas bajas: tras Benítez Rojo y Cabrera Infante, quien firmaba sus crónicas cinematográficas como Caín, se nos está muriendo Abel. Al menos el Abel que un día conocimos.





Ser cubano, ¿o no?

17 05 2005

Como decía Theodor Heuss, “cada pueblo tiene la ingenua convicción de ser la mejor ocurrencia de Dios”, y los cubanos no somos la excepción, sino casi la regla. Si los norteamericanos se vanaglorian de sus inventos, nosotros nos jactamos de estar, multitudinaria y permanentemente, “inventando”. Frente al humor inglés, el relajo criollo; sabrosura vs. sex apeal; guara vs. charme; estar en talla vs. glamour; agilidad mental vs. pensamiento abstracto —como bien decía el cura español recién llegado a la Isla, cuando él pronunciaba “Dios te salve, María”, ya los cubanos estaban “entre todas las mujeres”—. Más astutos, simpáticos, calientes, ingeniosos y creativos que el resto de la humanidad, incluso los cubanos que desconocen las ciencias jurídicas se pasan la vida “legislando”.  Y ya que somos su mejor ocurrencia, el Creador lleva casi medio siglo estimulando no nuestra huida, sino nuestra persistente invasión al resto del planeta donde toda la especie aguarda impaciente por la oportunidad de parecerse a nosotros.

Ser cubano es algo más difícil de definir que ser “natural de la Isla de Cuba”. Hay cubanos nacidos en Oklahoma o Sebastopol; y noruegos de Coco Solo. Hay cubanos desteñidos, rellollos y cubanazos, el doble nueve de la cubanidad.

La complejidad y pluralidad semántica contrastan con el pedigrí del término, porque hace dos siglos existían apenas los protocubanos en estado embrionario, y Cuba, en tanto que nación, quedaba aún a  un siglo de distancia.

Ser cubano no es fácil de definir, pero es fácil de percibir: ninguno intentará disimular su nacionalidad. Por el contrario. Algunos lo confirman con el mismo énfasis que otros emplean para anunciar un máster en Harvard o el doctorado. El chovinismo del cubano es exotérmino: capaz de echar rodilla en tierra para defender los mangos del Caney, la playa de Varadero y las virtudes del personal, tan pronto desaparece el allien, no duda en reconocer (inter nos) que “este país es una mierda” y “si por mí fuera me iría mañana mismitico para la Conchinchina”. Basta recordar que en tiempos recientes dos millones han pasado de las palabras a los hechos.  Pero el cubano no emigra solo, como el resto de los humanos. Se lleva su país, una patria más portátil, y cuida sus nostalgias como a un animal doméstico.

Más pequeño y menos poblado que La Florida, el archipiélago cubano alcanza, en la mitología, dimensiones de potencia mundial, incluso en los dudosos privilegios de sus defectos. Como si los excesos del lenguaje compensaran los déficits de la geografía y de la historia. A pesar de que los cubanos están dispuestos a gritar por su patria, pocos se sienten tentados, como otros pueblos elegidos, a matar por ella (y menos aún a que los maten). Entre otras muchas razones, eso explica que al mayoral de la finca le hayan advertido: Cuando te mueras, avisa.

Ser cubano no es más ni menos que ser australiano, chileno o griego. Y aunque hay cubanos vocacionales, cubanos profesionales y cubanos amateurs, la mayoría somos cubanos involuntarios, con frecuencia crónicos. Los planes de reeducación no suelen dar resultado.

¿Cómo se conjuga este patriotismo con la epidemia trasnacional de los últimos años? ¿Por qué cientos de miles de compatriotas andan a la caza de una bandera de repuesto que cobije su futuro?

Parecería que basta explicar las razones del éxodo cubano del último medio siglo para responder las preguntas anteriores. Pero no es exactamente así.

Durante la república, la Constitución de 1940 estipulaba cuándo se era cubano por nacimiento y cuándo por adopción, cómo se podía recuperar la nacionalidad perdida, los cinco años de residencia continua que necesitaba un extranjero para obtenerla, los dos años de matrimonio o el matrimonio con hijos, y siempre renunciando a otra nacionalidad previa. También se explicaba que adquirir ciudadanía extranjera conllevaba la pérdida de la cubana, como servir militarmente a otra nación. Y que podrían perder la ciudadanía aquellos naturalizados que cometiesen ciertos delitos o marcharan más de tres años a su país de origen.

Cientos de miles de inmigrantes, especialmente españoles, dejaron caducar sus pasaportes, sus ciudadanías, y adquirieron la cubana. Pocos fueron los cubanos que emigraron, y menos aún los que cambiaron de nacionalidad.

La Constitución de 1992 es mucho más vaga que la de 1940, pero advierte que “los cubanos no podrán ser privados de su ciudadanía, salvo por causas legalmente establecidas” y que “no se admitirá la doble ciudadanía. En consecuencia, cuando se adquiera una ciudadanía extranjera, se perderá la cubana”. En la práctica, como puede verse en la página oficial del Ministerio de Relaciones Exteriores, violando su propia constitución, el Estado cubano establece que “con la excepción de aquellos que emigraron antes del 31 de Diciembre de 1970”, toda persona de origen cubano, aunque haya adquirido otra nacionalidad, deberá viajar a la Isla con pasaporte expedido por Cuba, renovable cada dos años, que puede comprarse en los consulados correspondientes a un precio de 185 euros, cuando un pasaporte español válido por diez años cuesta 16, por ejemplo. Como se observa, las disposiciones del MINREX son más rentables que la Constitución.

Las razones del éxodo que ha convertido a Cuba de país receptor en país emisor, son bien conocidas. Otras migraciones tienen lugar cada día entre el sur y el norte del planeta, pero no siempre son irreversibles. Muchos viajan a Europa, Arabia Saudí o Estados Unidos con el propósito de levantar un pequeño capital que reinvertir más adelante (o al mismo tiempo, por medio de sus familiares) en sus países de origen. Ese emigrante no busca otra ciudadanía, dado que su perspectiva a largo plazo cuenta con las ventajas que le otorga la suya en su propio país.

 

(Ser cubano, ¿o no?   [2.23436e-07, Tue, 17 May 2005 00:00:00 GMT]  http://arch1.cubaencuentro.com/opinion/20050517/af7316d0c8ddd9315d41b2712b1822ff/1.html)

 





¿A las armas corred?

2 05 2005

La lectura del Diario de campaña (1868-1998), de Máximo Gómez, depara no pocas sorpresas, producto del efecto pinza entre malos maestros y perversos planes de estudios, que han conseguido dotar a la historia patria de la misma textura que un cómic de superhéroes y supervillanos.

Se conoce la extrema crueldad de aquellas guerras de independencia: la compasión y la clemencia no pecaron de excesivas en ninguno de los bandos, los odios terminaron de cocerse en la olla de Valeriano Weyler, el país arrasado por la tea; de modo que a la salida de 1898, no había familia en Cuba que no anduviera recontando sus muertos y sus ruinas. A pesar de ello, o quizás por lo mismo, se insiste (desde todos los bandos) en mitologizar a próceres militares y políticos mambises, a la República en Armas y a la emigración que sufragó la guerra, como seres impolutos, teñidos de una pieza con los colores de la independencia.

Máximo Gómez presenta, en cambio, junto a las abrumadoras dosis de sacrificio y heroicidad de los cubanos, un campo insurrecto plagado de indisciplina, caudillismos locales y nacionales, el continuado quebranto de la propia ley republicana, el divorcio, y con frecuencia la franca enemistad, entre el gobierno civil y los mandos militares, la falta de medios para el combate, alimentos, ropa.

Hay tropas exhaustas que se enfrentan diariamente al ejército español en una guerra cuya intensidad y pérdidas humanas pueden sobrepasar en un par de meses a todas las acciones emprendidas por Fidel Castro, desde el Moncada al primero de enero de 1959. Pero también hay quienes sólo se baten en su territorio y desoyen al general en jefe cuando les ordena acudir a donde los necesitan, u ocurre que «como parece definida o resuelta la independencia de Cuba, por los cañones americanos; con mucha más razón nadie desea ya batirse, ni en su propia localidad» (Máximo Gómez; Diario de Campaña (1868-1899);Universidad de Oviedo, Oviedo, 1998, p. 188).

Unidades que se entregan a los españoles acogiéndose a la solución autonomista, y que incluso vuelven sus armas contra los mambises. Unidades obligadas a huir por todo combate al carecer de municiones. No pocas veces el Generalísimo duda de la capacidad de sus fuerzas para alcanzar el triunfo. Y no hablamos de 1878, sino de 1897 y 1898.

Nos presenta, en suma, un ejército incapaz de derrotar en toda regla al español, mientras este, a su vez, dilapida sangre y dineros en conservar las ciudades y desplazarse entre ellas sólo en grandes contingentes de tropa, sin la perspectiva de sofocar la rebelión.

Materia prima del presente

Dado lo anterior, no es raro que Gómez y sus generales solicitaran fervorosamente la intervención norteamericana, tanto como los políticos y, especialmente, el lobby cubano en Estados Unidos. Este último echó mano a todos sus recursos hasta conseguir la intervención y, al unísono, la aprobación de la Enmienda Teller, que consagraba el derecho de Cuba a la independencia. «Todos sus recursos» significa que la República de Cuba estuvo pagando a plazos, hasta la década del treinta, los sobornos a algunos congresistas norteamericanos que votaron aquella enmienda.

La historia oficial cubana suele repetir que la injerencia norteamericana se produjo cuando la guerra estaba ya perdida para los españoles, que se hizo contra la voluntad de los mambises, y que sólo por una suerte de milagro la Isla no fue anexada. Incluso personas instruidas repiten ese axioma como una verdad revelada, sin necesidad de pruebas. Pero por entonces sólo hubo dos grupos de cubanos que se opusieron a la invasión: los españolistas y los autonomistas, nunca los insurrectos.

Los libros de texto llegan a ejercer de médiums para que se expresen los muertos: dan por hecho que Martí y Maceo se hubieran alineado junto a los españoles para combatir la intervención norteamericana, es decir, para combatir por que Cuba continuara siendo una colonia. Cuesta imaginar a Maceo bajo las órdenes de Weyler y a Martí acatando dictados del ministro Moret. En sus expresiones más extremas, cierto antiimperialismo cerril pasa de la estupidez a la indecencia.

No es posible reescribir la historia, pero sí emplearla como materia prima del presente.

Aunque en 1898 gozaba de buena salud el principio de la no injerencia y cualquier intervención extranjera era un agravio, alcanzado un punto muerto en el curso de la guerra, los independentistas cubanos supieron anejarse la ayuda imprescindible para conseguir su propósito con la mayor economía de sangre y destrucción, y librar más tarde a la República del abrazo de ese amigo poderoso con apenas un rasguño de Platt en la espalda.

Visto lo anterior, ¿podría reeditarse la historia? ¿Sería una intervención norteamericana la vía más expedita e incruenta hacia la democratización de Cuba?

Alrededor de este tema se mueven varios conceptos: la soberanía absoluta y la soberanía relativa, sujeta a la legalidad internacional; la democratización desde adentro y la importada; el principio de no intervención y la extraterritorialidad que se sustenta en la globalización, la inviolabilidad de la soberanía nacional y la inviolabilidad de los derechos humanos fundamentales; la legalidad que dimana de las instituciones internacionales, la que representan los gobiernos nacionales y las acciones unilaterales e impunes de los países poderosos (Estados Unidos en Irak, Rusia en Chechenia, China en Tibet).

Dos factores condicionantes de la política internacional contemporánea son la visibilidad y su complemento: la sociedad civil globalizada. Si hace poco más de medio siglo podían practicarse genocidios y masacres sin despertar a la opinión pública, hoy los satélites detectan las fosas comunes en Bosnia y circulan por la red tanto los torturadores como los terroristas de Irak.

Teoría y realidad

Así, cuando aparecen zonas de silencio vedadas a los medios (las cárceles cubanas, por ejemplo), el público sospecha lo peor. Ha crecido, además, una sociedad civil globalizada no sólo en su militancia extraterritorial sino en sus preocupaciones, que rebasan lo gremial y lo local, incluso lo nacional, para hacerse portadora de inquietudes planetarias y constituir un pullde poderosos movilizadores de la conciencia mundial.

Gracias a esa visibilidad y a su resonancia en la sociedad civil, asistimos a la paulatina derogación de la soberanía nacional como principio inviolable, en favor de una legalidad internacional que se fundamenta en el respeto a los derechos humanos fundamentales. Si los gobernantes de una nación emplean el mandato concedido por (o rapiñado a) sus gobernados para lesionar sus derechos, garantizando por la fuerza que esos gobernados estén inermes frente al abuso, la comunidad internacional (esa suerte de entelequia) puede actuar en nombre de los ofendidos y restablecer sus derechos por la fuerza.

En teoría suena bien. La tal comunidad internacional pudo detener en sus albores la matanza de Rwanda, interceder en Chechenia, Somalia, Etiopía, Congo, Chile, Argentina, Líbano, Palestina. Pudo. Pero, por un lado, no siempre la repulsa internacional tiene que convertirse en acción militar (a veces innecesaria) y, por otra parte, a falta de algo mejor, aceptaremos que las Naciones Unidas es lo más parecido a esa «comunidad internacional»: un organismo que dista mucho de actuar con absoluta equidistancia e imparcialidad, y escasamente dotado para ejercer su papel de «pacificador» mundial, en buena medida, porque sus socios más poderosos se niegan a concederle esa capacidad.

De modo que, en la práctica, hay «intervenciones humanitarias» posibles (Haití, Bosnia) y cotos privados de las grandes potencias. Aun así, existe una suerte de consenso en la sociedad civil internacional y en buena parte de la clase política, que concede a la ONU el derecho a legitimar acciones de esta naturaleza, y hasta el momento sólo lo ha hecho en condiciones de inminente catástrofe o genocidio. Gracias a la cuidadosa dosificación represiva del castrismo, difícilmente Cuba sea incluida en esa categoría.

La opción improbable

De modo que una subversión externa del status quo cubano tendría que deberse a una intervención (norteamericana en todo caso) no santificada por la ONU. Algo bastante improbable por varias razones: no es un reclamo de los votantes cubanoamericanos; la Isla no es un peligro para Estados Unidos ni un apetecible surtidor de materias estratégicas; en caso de derrumbe drástico, un tsunami de refugiados podría alcanzar las costas de la Florida, además de la oleada de antinorteamericanismo que desataría el filocastrismo residual en América Latina y Europa, por no hablar del costo propiamente militar, posiblemente equidistante, entre la Numancia que sueña Castro y el US Army Tour que vaticinan los promotores de la libertad por cuenta ajena.

La única circunstancia en que una intervención podría ser, más que probable, inevitable, sería en caso de que Fidel Castro decidiera, llegados sus días finales, hacerse acompañar por todo su pueblo, y, amparándose en cualquier pretexto fútil, atacara a Estados Unidos para provocar una respuesta con muchos fuegos artificiales y música de Wagner. Ya se sabe que siempre ha sido un hombre del espectáculo.

Obviemos, no obstante, su improbabilidad y consideremos la hipótesis de que Estados Unidos estaría dispuesto a lanzar una invasión a instancias de los cubanos. Primero: ¿qué cubanos? Segundo: ¿sería ético solicitarla? Y tercero: ¿sería apetecible?

En 1898 todos los independentistas estaban de acuerdo en solicitar la intervención, que podría ahorrar mucha sangre cubana. En esta ocasión, ¿ocurriría lo mismo? Difícilmente. Ni las bombas inteligentes son tan inteligentes, ni los marines serán abrumadoramente recibidos con pétalos de rosas. De modo que, en todo caso, serían los cubanos de la Isla los llamados a solicitar una invasión, y asumir más tarde el coste político de ese reclamo.

Claro que es más fácil solicitarla mediante llamada local, desde Washington. Pero, ¿sería legítimo? ¿Quién puede hablar en nombre de los cubanos de la Isla? ¿Quién está facultado para solicitar las bombas que caerán sobre otros?

Vale la pena recordar que en 1898 la presencia norteamericana dejó como saldo mejoras estructurales en las ciudades e incipiente organización para la vida republicana, modernización y humillaciones, devociones y rencores. Y no es menos cierto que la Enmienda Platt fue el mando a distancia de la República, que otorgaba la capacidad a Washington para cambiar de canal; pero quizás también salvó a Cuba de sumirse en una espiral de guerras civiles, miseria y cuartelazos, como sus hermanas del continente.

Visto lo anterior: ¿sería apetecible una intervención norteamericana? Tras medio siglo de antinorteamericanismo doctrinal, una intervención, por muy quirúrgica e indolora que fuese, sentaría tras su rastro las bases para otro medio siglo de mala vecindad. Puede que sofocara las trifulcas entre facciones por el poder, pero no permitiría la libre floración de instituciones que emerjan del propio país, eso sin contar con que el interventor se verá tentado a disponer el tablero político de acuerdo a sus intereses, no necesariamente a los de Cuba. Y aunque no está terminantemente probado por la ciencia, puede que para implantar la democracia sea necesario hacerlo con tejidos del propio organismo. Hay cirugías sociales que dejan secuelas pavorosas.

Paradojas de la historia

Curiosamente, mientras de un lado hay quienes piensan en las ventajas de una nueva intervención, un nuevo 98, del otro lado, en Cuba, Raúl Castro rinde homenaje al almirante Cervera, aquel honrado y obediente militar que, por no contradecir a los políticos de Madrid, dispuso a sus hombres para que la escuadra del general W. T. Sampson practicara el tiro al blanco aquel 3 de julio de 1898.

José Ramón Fernández, incombustible funcionario de Fidel Casto, llamó a los marinos españoles, en acto solemne, «víctimas del imperialismo», y Pascual Cervera, descendiente del almirante, ante los aplausos de las autoridades, lo calificó de «amigo del pueblo cubano». Quienes lo homenajean hoy parecen olvidar que de no ser «víctimas del imperialismo», sus cañones habrían asolado a los patriotas cubanos, ¿o disparaban los españoles andanadas de flores a los mambises?

En su delirio de reescribir la historia, los Castro, cuyo padre fue soldado en el bando colonial, parecen dispuestos a aplaudir a las armas españolas sobre la memoria de los cubanos muertos. Deberemos estar alertas. Ya el 18 de marzo de 1861, el general Pedro Santana Familia, presidente de República Dominicana, enjuagó la sangre de los patriotas y por propia voluntad devolvió el país, mansamente, a la corona española de Isabel II. A cambio, fue nombrado gobernador civil, capitán general de la colonia, senador del reino, teniente general de Los Reales Ejércitos y marqués de las Carreras. Y con esa manía que tiene la historia de repetirse…





Changó con conocimiento

27 12 2004

Música cubana. Los últimos cincuenta años tiene una virtud cardinal de acuerdo a sus propósitos: la amenidad. Y amenidad significa no sólo lenguaje potable y capacidad narrativa; significa también, en este caso, que uno encuentra las causas y los efectos, los antecedentes y las consecuencias, en suma, la dramaturgia de la historia. Equivale a sabia combinación de la anécdota biográfica, los pormenores de la intrahistoria y los grandes acontecimientos que, por fuerza, afectan también a los músicos y a su obra, algo especialmente válido en el caso de la Cuba del último medio siglo, donde la Historia ha determinado millones de historias personales y cotidianas. Y ahí es donde queda, a mi juicio, la única arista de este libro que atenta contra su minuciosa factura y ofrece un costado vulnerable: la sobrepolitización de la historia musical cubana. Son excesivas las alusiones a los perversos efectos del castrismo sobre las vidas y obras de nuestros músicos. Y no es que el autor falte a la verdad o exagere los hechos, que posiblemente hayan sido más terribles. Lo que a mi juicio no está a la altura del resto del texto es la frecuencia de esos paréntesis y su carácter adjetivo más que objetivo, sin que su invocación aporte datos sustanciales, en la mayor parte de los casos, a la trama de la historia musical cubana.

Música cubana. Los últimos cincuenta años nos descubre lo que podría llamar los vasos comunicantes de nuestra música, pero tiene también otras virtudes: al estar escrito para un público español, es didáctico sin ser pedagógico, y añade una serie de viñetas utilísimas sobre los mejores entre nuestros músicos, y sobre los instrumentos, dado que no siempre el lector no cubano conoce el significado de la palabra bongó o que las claves no son sólo los números que se interponen entre la tarjeta de crédito y el dinero. Y por si algo faltara, el libro incluye un CD con una cuidadosa selección de piezas, una excelente bibliografía con indicaciones sobre dónde conseguirla, y un exhaustivo índice onomástico al final. Aunque les aconsejo que vayan subrayando a lo largo de la lectura los discos que Tony recomienda. Santa palabra, como decía Celina.

Más allá de su virtud como síntesis de un fenómeno tan complejo y dinámico, tan universal como la música cubana, éste es un libro desmitificador. Gracias a él quedan derogados ciertos equívocos, no en el especialista, desde luego, pero sí en el lector común, destinatario preferencial de este libro.

Se descarta que lo netamente cubano es, exclusivamente, el son y familia, es decir, sus antecedentes directos, variantes y evoluciones. Me explico: desde la zarabanda y la chacona hasta el rap, múltiples fórmulas musicales (autóctonas tras cursar las fraguas del sincretismo, o importadas y reelaboradas) han engrosado el corpus de la música cubana con idénticos derechos.

Y que la música cubana se nutre, exclusivamente, de las melodías españolas y los ritmos africanos. El libro complejiza mucho más la narración de las fuentes, donde hay ingredientes tan diversos como la canción italiana, spirituals, sonidos norteafricanos y del Cercano Oriente pasados (o no) por Andalucía, el aporte de los 200.000 coolíes chinos acarreados a la Isla, influencias de ida y vuelta entre los diferentes reductos musicales de América, por no mencionar a los músicos cubanos participando en los albores de jazz en Nueva Orleans a inicios del siglo XIX, o la evolución de la habanera fuera de las fronteras insulares y los cantos de ida y vuelta: un sistema de vasos comunicantes muchísimo más intrincado de lo que suele pensarse.

El libro revela que no sólo el jazz latino tiene que ver con la música cubana. El jazz sin apellidos también tiene que ver, desde sus orígenes; así como todas las fórmulas musicales de la cuenca del Caribe, el tropicalismo brasileño, una zona nada desdeñable del rock y la salsa neoyorquina, posiblemente los más conocidos. Pero también hay una suerte de influencia de retorno en las músicas que se están fraguando ahora mismo en la costa occidental africana, en el flamenco y un largo etcétera.

Se aclara que no sólo los cubanos hacemos música cubana. Ni que los cubanos sólo hacemos música cubana, cuando las invasiones mutuas en el hervidero musical del Caribe (y más allá) son frenéticas.

Este libro, por último, se encarga de abolir, en un único corpus demostrativo, las fronteras entre géneros, entre el afuera y el adentro (con todos sus determinismos políticos), entre el antes y el ahora, estableciendo las líneas de continuidad entre generaciones, que saltan todo tipo de barreras (de edades, geográficas, genéricas); así como los tradicionales muros que intentan aislar lo “culto” de la contaminación “popular”, demostrando la improcedencia de esos términos en el entramado de la música cubana, dado que en el caso de la “popular”, su virtuosismo alcanza en muchos casos cotas sinfónicas.

Debemos agradecer a Tony Évora Música cubana. Los últimos cincuenta años, la crónica para todos los públicos de una historia entrañable, que es de cierta manera la historia de todos los cubanos, dictada por algún orisha propiciatorio que, a juzgar por las mitologías que ruedan por la Isla, de música deben saber un trecho largo.

 

“Changó con conocimiento”, en: Encuentro de la Cultura Cubana; Buena letra, n.° 34/35, otoño/invierno, 2004-2005, pp. 316-317. (Évora, Tony; Música cubana. Los últimos cincuenta años; Alianza Editorial. Madrid, 2003, 439 pp. ISBN: 84-206-2024-6).

“Changó con conocimiento”; en: Cubaencuentro, Madrid, 27 de diciembre, 2004. http://arch1.cubaencuentro.com/cultura/elcriticon/20041227/d8f09f672fa2ba3c9d44c15b8ab7db54.html

 





Siete razones y una coda

15 11 2004

El pasado lunes 8 de noviembre, el III Encuentro Con Cuba en la Distancia se propuso homenajear al narrador Carlos Victoria. Yo debía presentar la bella edición de sus Cuentos (1992-2004), preparada por Aduana Vieja, y durante varios días pensé cuál sería el mejor modo de invitar a los lectores a aproximarse a la magia de estas historias, sin incurrir en la densa sustancia de un alegato crítico, sin develar demasiado sus secretos y sin ocupar más de cinco minutos. Y estimé que lo más oportuno sería explicar las «Siete razones y una coda para leer a Carlos Victoria».

Porque para leer los cuentos de Carlos Victoria hay razones de muy diversa índole: estéticas, económicas, subterráneas, ambiguas, perversas, políticas y geográficas. La justa dosificación del idioma, ajena a la procacidad exhibicionista y repetitiva que algunos intentan traficar como lo «típicamente cubano»; la economía de localismos y la ausencia de tipicismos recurrentes; la conformación de un español enriquecido por las trasmigraciones desde Camagüey a La Habana y a Miami (con todos los castellanos adventicios que allí se interdigitan), bastaría como razón estética para leerlos, por el mero placer de paladear las palabras.

Sus cuentos, «recios y perfectos» según Reinaldo Arenas, nos ahorran mucho tiempo al apelar a la vocación sintética de la literatura norteamericana, de la que ha bebido en abundancia, eluden la experimentación ornamental y sólo echan mano a la que el texto exige en ciertos momentos. Todo ello son poderosas razones económicas. Como un buen reloj Omega o un telescopio Karl Zeiss, estos cuentos están diseñados para ofrecer la hora exacta o para mirar las estrellas.

Hay razones subterráneas también, porque en historias donde todos huyen de algo, el autor bucea bajo la plácida apariencia hasta dar con los monstruos que empavorecen a sus personajes. Y nos muestra las trastiendas, los sótanos, los desagües donde se debaten vidas fracturadas que muestran por sus heridas la anatomía oculta de la condición humana.

Claro que con frecuencia son historias como caminos de montaña: llenas de curvas, ascensos, caídas y retrocesos. Historias que tienen varias, muchas lecturas. Y esas son las razones ambiguas que permiten leer algunos cuentos dos, tres veces, y siempre parecen diferentes, siempre susurran claves nuevas. El cuento que nos habla de un hombre resbaloso e inasible, la personificación de la noche, es posiblemente el más inquietante. Pero no el único. Muchos personajes resbalan cuando intentamos encerrarlos entre los barrotes de una definición.

No escasean tampoco los personajes de una lógica conductual excéntrica, que otorgan razones perversas a nuestra lectura, y nos permiten acercarnos con muchas precauciones al lado oscuro del ser humano, que con cierta asiduidad está presente, agazapado, listo para saltar, dentro de nosotros mismos. De ahí el atractivo, el vértigo, cuando nos asomamos a algunas de estas historias.

Un escritor profundamente político

Lejos de ser un escritor explícitamente político, Carlos Victoria es un escritor profundamente político, en tanto que política como «intervención del ciudadano en los asuntos públicos». Profundamente, porque su literatura es siempre políticamente incorrecta, incómoda, no importa desde qué ladera de la política se mire. Tan inconveniente, incorrecta e incómoda como suele ser la vida. Y esa es una razón política que huye del politiqueo.

Hay una última razón: la geográfica. Y no hablo de su Camagüey natal, que está, de La Habana donde vivió, que está también, o de su Miami adoptivo, donde ha escrito su obra, y cuya presencia es, desde luego, clave. No hablo de paisajes trazados por retratistas de feria. Hablo de una geografía dubitativa, «resbalosa», cruzada por transmigraciones entre el allí y el aquí, la geografía de la realidad y la de la memoria. Hablo, en suma, de la geografía de nuestras ausencias.

Y esas son las siete razones, pero hay algo más. No creo en la autenticidad de lo contado como una virtud literaria. No me importa si lo que cuenta un autor sucedió exactamente así, si es un copista fiel de la realidad. La verdadera autenticidad de un escritor ocurre cuando juega limpio sobre el tablero de la literatura con el destino de sus personajes. Cuando es leal con ellos. Sin esa autenticidad que amalgama la obra, las siete razones anteriores serían mera retórica o carnaza para la crítica.

Escrito lo anterior, pensé que dejaría en los oídos de los presuntos lectores una invitación convincente, sin transgredir los cinco minutos.

Llegada la hora, en el hermoso patio central del Casino Gaditano, Fabio Murrieta, por el comité organizador, Felipe Lázaro, editor de Betania, y Olga O’Connor, crítica de El Nuevo Herald, hicieron sucesivos elogios de Victoria en tanto escritor, hombre de convicciones y ser humano de indudable calidad y honradez. Entonces el homenajeado leyó unas palabras. Durante varios minutos desgranó cómo fue perseguido, arrinconado, confinado en trabajos deleznables, ninguneado sistemáticamente, con el propósito de reducirlo. De cómo fue encarcelado y sus manuscritos fueron incautados como alimañas peligrosas por los agentes de la policía política.

Contó de su huida en 1980 por el Mariel, junto a otros 125.000 compatriotas. De los nueve años que pasó sin volver a pisar su tierra, y sin encontrar ningún rincón de la geografía que se le pareciera, ningún rincón donde alojar sus recuerdos, donde trucar los paisajes de la memoria. Y de cómo reencontró a Cuba en los pueblecitos de Andalucía, en las cornisas, los balcones, las rejas y la gente. Y de cómo transcurrieron otros cuatro años hasta que pudo regresar de visita a la Isla. Supimos por sus palabras de esa literatura que se construye de ausencias más que de presencias, y hubo un instante de silencio tras su silencio, un instante tributado a su sufrimiento, antes de los aplausos.

Entonces me invitaron a comentar el libro. Yo tenía anotadas mis siete razones y la coda final. Sabía que no rebasaría los cinco minutos, pero las palabras de Carlos Victoria aún flotaban en el aire, estaban allí, se movían entre la gente. Había palabras en algún gesto pensativo, encerradas en una lágrima. Y no quise que mis palabras fueran las últimas que se escucharan esa noche. No quise que mis palabras opacaran el eco de las suyas. Preferí que todos nos lleváramos esa noche la reverberación de sus palabras contra las paredes, el eco intacto.

Y eso fue lo único que dije.

Lo cierto es que esa noche, Carlos Victoria nos obsequió en sus palabras razones mucho más poderosas que las mías. Confío en que cada uno de sus lectores pueda encontrarlas.





El exilio travestido

9 08 2004

Hace muy poco, en estas mismas páginas, Michel Suárez, en un artículo titulado La prostitución del concepto de exilio, comentaba que ni españoles republicanos ni perseguidos por Duvalier, ni prófugos de Pinochet o Fulgencio Batista, pisaron de nuevo sus países de origen hasta que no desaparecieron las dictaduras correspondientes. En cambio, los cubanos que se venden como prófugos del castrismo para obtener residencia en cualquier otro confín, apenas reúnen los dineros necesarios ya están solicitando un visado para regresar a la Isla, luciendo en algunos casos cadenas de oro alquiladas, síntoma inequívoco de su recién contraída prosperidad.

Ellos prostituyen, según Suárez, el concepto de exilio, disfrutan de concesiones tan excepcionales como la Ley de Ajuste Cubano (a la cual, en propiedad, la mayoría no debería acogerse, al ser apenas emigrantes económicos) y hacen menos creíble, a los ojos de las autoridades migratorias de otros países, la causa de los cubanos que sí constituyen un exilio político.

En el caso que nos ocupa, los conceptos de exilio, diáspora o emigración no son una graciosa pirueta lingüística. Sirven para intentar definir, si es posible, qué somos los cubanos del outside, los que integramos la mayor diáspora de la historia insular: el 15% de la población vivimos fuera de nuestro país. Qué somos, en qué dosis y si todos somos incluibles en una misma categoría.

Obviamente, salvo contadas excepciones, los cubanos no somos desterrados. No se ha dictado contra la inmensa mayoría de nosotros esa condena, sino que hemos abandonado el país por voluntad propia, sean cuales sean las razones, aunque en una proporción tan desmedida, que perfectamente puede emplearse el término diáspora para definirnos, más aún dada nuestra dispersión. Y queda claro también que la inmensa mayoría somos migrantes, no emigrantes.

Nuestra estadía fuera del territorio insular no parece temporal ni cíclica, sino más o menos definitiva. Los sesenta, cuando los cubanos de Miami esperaban con las maletas hechas la inminente caída del comunismo para regresar, ya son historia antigua. El exilio ha durado tanto y Cuba ha sufrido un grado de demolición tal que pocos serán los que regresen en el primer vuelo del día después para reestablecerse.

De modo que, por el momento, somos una diáspora de ¿exiliados migrantes?, ¿migrantes a secas?, ¿exiliados?, ¿una mezcla de esas categorías?

 

El pretexto oficialista

En la página oficial del Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba (www.cubaminrex.cu) puede leerse textualmente que «el término ‘emigración cubana’ es cambiante. Y si un día reunió en su mayoría a ex terratenientes, ex latifundistas, empresarios, terroristas y personeros del régimen de Batista y de la comparsa pseudorrepublicana, al paso de los años esa emigración fue incluyendo en su seno a otros sectores sociales producto de distintas razones».

Nótese que esta definición primera sólo habla de ex batistianos y oligarcas. Si ellos constituían la mayoría de esa primera diáspora, que englobó a casi un millón de personas, Cuba debía ser un país riquísimo y Batista debió contar con un apoyo enorme, factores ambos que contradicen los cursos de historia que se dictan en las escuelas cubanas.

Véase que el MINREX ni siquiera en ese primer éxodo reconoce un componente de adversarios políticos, a menos que se refiera a ello cuando menciona a «otros sectores sociales producto de distintas razones» (véase el pudor que yace bajo los términos «otros sectores» y «distintas razones»). Más adelante se afirma que «el cambio más notable se produjo en 1980, cuando llegaron a las costas de la Florida 125 mil ‘marielitos’, que desde entonces han cargado en sus espaldas con ese apellido, como un recordatorio por parte de la sociedad norteamericana de que los nuevos arribantes eran considerados distintos a sus predecesores».

Y algo similar dice más tarde el MINREX sobre los balseros. ¿Distintos? ¿Quiere decir peores? ¿De modo que en veinte años de revolución se generó una emigración cuya calidad humana era «peor» que la de aquellos primeros «oligarcas y esbirros de Batista»? Tampoco eso dice mucho a favor de la sociedad generada por la revolución.

El MINREX concluye que los cubanos «son parte del flujo migratorio internacional en búsqueda de mejores destinos económicos. Los [cubanos] residentes en Estados Unidos deben (…) abandonar la falsa imagen de que son un supuesto exilio político, para reconocer con valor que son otra minoría inmigrante en la primera economía mundial».

Y, efectivamente, hay un enorme componente económico en la migración cubana. Si Fidel Castro hubiera instaurado una dictadura respetuosa del libre mercado y de los derechos económicos de los ciudadanos, posiblemente el éxodo del primer decenio se habría reducido drásticamente. Tengamos en cuenta que Fulgencio Batista generó un éxodo infinitamente menor al de 1959. Si Cuba hubiera mantenido hasta la actualidad el ritmo de crecimiento económico de los cincuenta, aun cuando medio siglo de dictadura pesara sobre el país, no habría hoy, ni lejanamente, dos millones de cubanos dispersos por el mundo.

 

Despotismo y regreso

Y volviendo a la cita original del artículo citado, sí regresaron a España muchos exiliados antes de la muerte de Franco, sobre todo aquellos menos connotados políticamente, como también regresaron numerosos chilenos antes de que Pinochet cediera paso a un gobierno democrático. Las dictaduras que podan la sociedad hasta muy abajo, generan una emigración políticamente beligerante (y normalmente minoritaria) y otra emigración de afectados, reales o presuntos, y de ciudadanos atemorizados ante la perspectiva de convertirse en víctimas.

Basta que se suavice el grado de despotismo para que una parte significativa de ese éxodo pueda regresar. Si no ha ocurrido en el caso de Cuba un porcentaje alto de regresos definitivos, es por una serie de factores específicos que ponen en entredicho la categórica clasificación del MINREX: el grado de despotismo no ha disminuido un ápice, la intolerancia se ha convertido en barricada, las esperanzas primeras de una buena parte de la población se han desvanecido y Cuba es cada vez más pobre, algo muy diferente a lo ocurrido en España y Chile. Lejos de recuperar a su diáspora, al menos el 8% de los cubanos de la Isla ha manifestado su intención de engrosarla.

Si existe un marcado componente económico en nuestro éxodo, ¿qué indicios denuncian, además, otro carácter? Bastará comparar la migración cubana con la de cualquier otro país de su entorno. Si aceptamos la tesis del MINREX, el migrante cubano es comparable al espalda mojada mexicano o al magrebí que arriba a las costas de Cádiz, al migrante legal y al ilegal. Ese migrante es, por lo general, una persona de bajo nivel educacional, procedente de los sectores más desfavorecidos y dispuesta a ejercer oficios que en los países de acogida repudian sus nacionales.

Emigran sin pedir permiso a las autoridades de sus países y, en todo caso, solicitan visados de entrada a los países de acogida (salvo que emigren ilegalmente). Si son sorprendidos en el intento de emigración ilegal, no son sancionados ni por su país de origen ni por el de acogida. Una vez establecidos (legal o irregularmente) en sus países de acogida, los emigrantes pueden regresar al propio temporal o definitivamente —muchos sólo desean hacer un capital con el que montar un negocio en su país, convirtiéndose así en importadores de capitales—, pueden conservar su nacionalidad, obtener la del país de acogida o detentar las dos, de acuerdo con la legislación vigente en cada caso.

Al emigrar, ese ciudadano no pierde su casa o sus bienes en el país de origen, y en la mayoría de los casos preserva sus derechos ciudadanos, puede votar por correo y tener una participación en la cosa pública. Alguien que esté en otro país ejerciendo tareas profesionales para una empresa o para el gobierno de su país de origen puede, si lo decide, cambiar de trabajo y establecerse en el país de destino, sin ser por ello considerado traidor a su compañía o a la patria, e inmediatamente puede, obteniendo los visados correspondientes, traer a su familia. Y, en general, sea presunto migrante o no, un ciudadano de cualquier país puede solicitar visados de los países que desea visitar y una vez obtenidos, sin que medie una carta de invitación ni un permiso de salida otorgado por su gobierno, podrá viajar.

 

Huyendo del paraíso

Un cubano, para viajar, debe presentar una carta de invitación (como si el viajero fuera minusválido y necesitara garantías de que alguien lo cuide en el país de destino) y obtener el gracioso permiso de salida que otorgan (o no) las autoridades, aunque sólo se trate de un viaje temporal. De prolongarse la estadía fuera del país, el viajero deberá pagar peaje a su gobierno: una tasa mensual por la autorización para permanecer fuera del recinto patrio. Muchos profesionales no reciben ese permiso ante el temor de que se dejen olvidados en cualquier país.

Si desea migrar, el gobierno decidirá si lo autoriza o no. En caso afirmativo, el cubano es despojado de su vivienda, automóvil y cualquier otro bien, se le retiran sus derechos ciudadanos, su carné de identidad y su derecho a residir de nuevo permanentemente en el país. Y si el ciudadano, bien porque no reciba el visado correspondiente o la autorización de su gobierno, decide emigrar por vías irregulares y es sorprendido en el intento, suele sufrir represalias —expulsión de su empresa o su centro de estudios— y hasta 1994 ello incluía severas penas de prisión agravadas con la reincidencia.

Es decir, el éxodo irregular es interpretado por el gobierno de La Habana como una fuga de prisión merecedora de castigo, como un acto de beligerancia política o en clave castrense: deserción llaman habitualmente al hecho de que un ciudadano en viaje de estudios o trabajo, decida establecerse en el país de destino.

En ese caso, sus familiares cercanos permanecerán retenidos en la Isla, sin permiso para emigrar, durante un plazo de 3 a 5 años. No importa por qué razones desee marcharse un cubano (y bien podrían ser fundamentalmente económicas), en cualquier caso, desde el instante en que hace pública su intención de emigrar, hasta su salida, el tratamiento que le concede su gobierno equivale al que normalmente se tributa a un enemigo: la tasación de sus bienes para evitar que disponga de ellos, la expropiación de dichos bienes y de sus derechos, el trato vejatorio en centros de trabajo y de enseñanza. Un cubano, al manifestar su intención de migrar, puede hacerlo por razones económicas, políticas, amorosas o climáticas. No importa. En cualquier caso, el gobierno se encarga de convertirlo en un exiliado político.

Existe, además, cierto grado de uniformidad en el trato que el gobierno de Cuba concede a sus presuntos migrantes: trámites onerosos e intrincados, discriminación, persecución y expropiaciones, son propinados por igual al ciudadano común, que jamás ha manifestado beligerancia política, que al miembro de una organización opositora, al que sólo se le otorga una dosis mayor de vejaciones.

¿Por qué el gobierno que se abroga el derecho de conceder permiso para visitar la Isla a unos emigrados y a otros no, maltrata por igual a todos sus migrantes? Se trata de desestimular el éxodo, y no por razones humanitarias, sino políticas: es poco explicable que tras medio siglo los trabajadores huyan en masa del paraíso de los trabajadores.

Según el MINREX, la tasa migratoria de Cuba es «normal» si se le compara con los países de su entorno. Lo que no añade el MINREX es que ningún país de su entorno hizo una revolución social, expropió a la burguesía y estableció, presuntamente, «la propiedad social de los medios de producción», ninguno llevó a cabo una profunda reforma agraria, universalizó la enseñanza y la atención médica, ninguno ha exigido a sus hijos medio siglo de sacrificios en aras de la felicidad futurible, y ninguno, desde luego, disfrutó durante treinta años del rubloducto de ayuda eslava, convirtiendo al embargo norteamericano en una especie de incomodidad muy soportable.

De modo que en tales circunstancias, comparar tasas migratorias es engañoso. Si mañana el gobierno cubano derogara el permiso de salida y aboliera cualquier restricción a los viajes, no persiguiera la emigración ilegal y equiparara realmente a sus migrantes con los de los países aledaños, entonces podríamos comparar tasas de emigración. O tasas de permanencia, si fuera más cómodo trabajar con ese dato.

 

Relaciones eternamente anormales

Pero las diferencias entre el migrante cubano y el de los países vecinos no acaba con su salida.

Una vez radicado en el exterior, el cubano deberá tener actualizado su pasaporte si quiere viajar alguna vez a la Isla, dado que aunque obtenga otra nacionalidad, a menos que haya emigrado de Cuba antes del 31 de Diciembre de 1970 (nadie sabe por qué esta es la fecha mágica), será el único documento de viaje que le autoricen.

Aunque Cuba no acepta la doble nacionalidad, aun presentando otro documento nacional estarás obligado a adquirir el pasaporte cubano. Y aunque ello es índice de que el gobierno continúa considerándote su ciudadano, sólo podrás regresar a Cuba (de visita y por tiempo limitado) si el gobierno te autoriza, y permanentemente sólo en casos muy especiales. Ha habido miles de cubanos a los que, ni siquiera por razones humanitarias, el gobierno le ha permitido regresar.

La denominación de las autorizaciones que concede el gobierno cubano —permiso de salida, permiso de residencia en el exterior, permiso de entrada, habilitación, permiso de salida indefinida, permiso de regreso definitivo— indican hasta qué punto el gobierno de la Isla se siente dueño de sus ciudadanos, a los que trata como a menores de edad obligados a pedir permiso para cualquier acto que los aleje del patio de la escuela.

El cubano que emigra no sólo pierde sus derechos en la Isla y se le expropian sus bienes, sino que durante más de veinte años presentar una solicitud para emigrar era castigado con trabajos forzados en labores agrícolas, sin cuyo trámite el acto de emigrar era abortado por las autoridades. Durante decenios el gobierno impidió sistemáticamente la reunificación de las familias, no concediendo permisos de salida y llegando a prohibir, incluso, los intercambios epistolares entre padres e hijos. Por no mencionar que durante veinte años a los cubanos que emigraron se les negó el derecho a regresar, ni de visita, y en muchos casos ni siquiera por razones humanitarias. Incluso hoy, el tratamiento que se concede a los migrantes en los consulados repartidos por el mundo es, salvo honrosas excepciones, vejatorio.

Cuando el MINREX habla de «normalizar las relaciones de los emigrados con su país de origen» está reconociendo que esas relaciones no han sido normales en casi medio siglo, pero pone la responsabilidad en sus exiliados, que deberán emprender «acciones constructivas (…) desde la perspectiva de la coyuntura histórica que define el destino de la Nación, la preservación de su soberanía, independencia, así como los logros de nuestro pueblo, cuales constituyen causa común para todos los cubanos de buena voluntad».

En caso contrario, se tratará de cubanos «de mala voluntad». Y volvemos, como de costumbre, a la identificación Patria = Nación = Gobierno = Socialismo = Fidel Castro. Si no estás de acuerdo con Fidel Castro, eres un enemigo de la patria. Y no importa si eres enemigo militarmente beligerante (o lo has sido) o si eres un periodista, escritor, político, cuya beligerancia es sólo verbal. Lo sancionable es siempre el pensamiento alternativo, se materialice en balas o en palabras.

 

La primera industria cubana

Volviendo al MINREX, éste nos dice que «desde 1959 siempre hubo una ‘política cubana hacia la emigración’, que estuvo determinada en primer lugar por las características y la actitud de esa emigración hacia el país». Es decir, de nuevo la culpa es de los exiliados. Cuando se le vejaba y se le condenaba en los sesenta, cuando se les apaleaba y abucheaba en mítines de repudio en 1980, se trataba de «vejaciones profilácticas», «escarnio anticipado». Se sabía de antemano que ese migrante se iba convertir en exiliado beligerante, y se le ripostaba antes que atacara. Si ello no convertía al migrante en exiliado político, habría que echar mano a la reserva de milagros de la nación cubana.

Ahora bien, hoy, cuando el exilio se ha convertido —por la vía de las remesas— en la primera industria de exportación cubana (exportación de gente), cuando miles de cubanos visitan anualmente el país, cuando quieren travestir oficialmente al exilio de emigración químicamente pura, el gobierno cubano mantiene hacia quienes emigran la misma política de despojo y exclusión. «Yo los trato como a enemigos, pero ustedes deberán pensarse, llamarse y comportarse como emigrantes».

Claro que esta política se articula con una política mayor de desprecio profundo hacia los ciudadanos. Un desprecio que sólo se relativiza en consonancia con la utilidad política o económica del exiliado. Es evidente que el cubano residente en la Isla es ciudadano de tercera categoría: carece de los derechos económicos que se conceden a un extranjero, se le obliga a pagar en una moneda ajena, su único derecho político es aplaudir y disfruta de una libertad condicional sujeta al arbitrio de Nuestro Papá, como ha dicho públicamente Nuestro Tío.

El exiliado es, a su vez, categorizado de acuerdo a su utilidad. Una persona que se preste desde el exterior a las campañas propagandísticas del régimen, un empresario que haga donaciones, un intelectual simpatizante, un político cariñoso con Castro, serían la categoría A, los compañeros de viaje, aunque opten por viajar en otra aerolínea. La categoría B serían los visitantes y remitentes de remesas: el exilio ordeñable gracias a una ingente masa de familiares cautivos. Y los otros: «la mafia de Miami, los repugnantes y dañinos. Los lamebotas y gusanos». En fin, los innombrables.

No hay, en suma, una sola palabra para definir al exilio cubano. Y si la hubiera, seríamos «migranxiliados», migrantes a los que el gobierno de Cuba convierte en exiliados, muy a nuestro pesar. O exiliados estrictos en muchos casos. Y no es raro que, aun en aquellos casos en que el que migra no ha tenido ninguna actividad opositora, se acoja a la Ley de Ajuste o intente justificar su derecho al exilio político.

Y la razón no es sólo que en la picaresca de la supervivencia un iraquí que desee solicitar el estatus de refugiado apelará incluso a sus discrepancias con Hammurabi (los cubanos disponemos de un personaje incluso más contemporáneo). La razón es que al provenir de un país donde cursar estudios universitarios, viajar, tener una casa, un automóvil, un televisor, un ventilador, obtener un puesto de responsabilidad, opinar, informarse y hacer el último chiste de Pepito, son actos francamente políticos, cualquiera es, total o parcialmente, un perseguido político, en la misma medida en que todos, absolutamente todos los ciudadanos de la Edad Media podían considerarse víctimas del Santo Oficio: por acción, por presunción, e incluso por omisión temporal.

 

(El exilio travestido; en: Cubaencuentro, Madrid, 9 de agosto, 2004).

 





La verdad sospechosa de Carlos Victoria (exilios y transgresiones)

1 07 2004

“La literatura, mentira práctica,

es una verdad sicológica. Hemos definido

la literatura: La verdad sospechosa.”

Alfonso Reyes; “Apolo o de la literatura”,

en: Ensayos. Ed. Casa de las Américas.

La Habana, 1972. p. 210.

 

 

El que no sabe llevar con palabras la cuenta de un suceso, no es cuentista, decía Juan Bosh, aunque él mismo no siempre se ajustara a su axioma. Tras leer este volumen, primera recopilación de los cuentos completos de Carlos Victoria, en una cuidada edición de Aduana Vieja autorizada y revisada por el propio autor (Camaguey, 1950, domiciliado en Miami desde 1980, marielito y podríamos decir que saqueador de vidas ajenas), nos percatamos de que el autor ha fabricado un mundo –cercano, doloroso, tan verosímil que cuesta vencer la tentación de buscar a César y a Adela en las calles, de abandonar unas flores sobre las tumbas de Enrique, de William, de Ricardo- y que, efectivamente, lleva con acierto la cuenta de los sucesos, pero la pregunta es: ¿cómo…?

Aunque obtuvo en 1965 el premio de cuento de El Caimán Barbudo,  Carlos Victoria podría ser catalogado como “un escritor del exilio” (si eso existe), dado que, según él mismo  confiesa[1], su obra publicada ha sido completamente creada (o al menos redactada, cosa diferente) fuera de la Isla. De su obra escrita en Cuba, sólo pudo recuperar tres libros de poesía y un par de cuentos. La Seguridad del Estado incautó el resto de sus manuscritos. Más tarde, lo escrito desde la salida de su arresto (julio de 1978) hasta mayo de 1980, lo quemó él mismo justo el día antes de abandonar la Isla:  dos novelas inconclusas desaparecieron en cuestión de minutos.

Otra pregunta sería: ¿es Carlos Victoria un escritor “del exilio” o una definición de ese calibre sería tan engañosa como las nóminas culturales de La Habana, que durante casi medio siglo han confinado a escritores y artistas en compartimentos estancos de “nuestros” y de “ajenos”, de “camaradas” y “enemigos”, sin percatarse de esa vocación subterránea que tienen los vasos comunicantes? Lo que sin dudas detectará el lector es que estas historias, las lean los “nuestros” o “los otros”, sin importar desde qué orilla se decreten las categorías, logran “traspasar algo del escritor al lector y el poder de su oferta es la medida de su excelencia”[2]. Ciertamente, “la fórmula parece radicar únicamente en la urgencia dolorosa del escritor por comunicar algo que considera importante al lector”[3].

 

 

Temas insulares, jardines muy visibles

 

A la obra narrativa de Carlos Victoria, tanto a sus cuentos como a sus novelas,  se ajusta perfectamente la definición del escritor como “un explorador de la realidad: no la recibe consolidada y explicada, no la recibe interpretada; a él cabe hallarla, y la halla en los lugares menos publicitados, muchas veces en los más esquivos”[4]. Y esos lugares son, para Carlos, las trastiendas de la realidad visible, los sótanos, los desagües donde la sociedad intenta ocultar/arrojar sus desechos. Recorrer su obra es asistir a una galería de personajes marginados y marginales, sumergidos en la bruma del alcohol o las drogas, o intentando bracear desesperadamente para escapar de ella. Seres que intentan ser ellos mismos y huir de la maquinaria estandarizadora que pretende cortarlos y editarlos de acuerdo al patrón de una presunta “normalidad”. La huida, ese es el tema. En la obra de Carlos Victoria todos huyen y el exilio es apenas una de sus manifestaciones. De modo que, en síntesis, tres serían sus temas recurrentes, enlazados entre sí por relaciones de causa-efecto: la intolerancia, la inadaptación y el exilio. Tres temas que no son cotos privados de nuestra insularidad transida de política. Temas de siempre, de hoy mismo.

En “El alumno de Lezama” el viejo escritor ha sido marginado por su tibieza política mientras sus jóvenes amigos necesitan un sitio para ser ellos mismos, lo que presupone un espacio social donde ello les está vedado. En “El baile de San Vito” la presión de la intolerancia social transita toda la historia, un punto de partida de la desgracia nacional traducido en asuntos de familia. Un personaje intenta una y otra vez huir del país, otros han decidido quedarse y aspiran apenas a sobrevivir o medrar, el hombre huye de la camisa de fuerza en que se ha convertido el hogar y la mujer pretende apuntalar la estructura doméstica ante la inminencia del derrumbe. Mientras, Adelita es el desasosiego, la duda, la inquietud, la reacción, en proceso de autorreconocimiento, a un entorno opresivo. La censura presente en “Dos actores” y la intolerancia, traducida en prisión, ante la “conducta impropia” de un recluta homosexual en “Liberación”. Lo que a primera vista parece rechazo social del cubano común de la Isla al que viene “de afuera” en “Ana vuelve a Concordia”; aunque el lector sospeche que el rechazo es apenas la expresión más visible y engañosa de la propia frustración ante la miseria de sus vidas. El “nuestro” que evadió el aciago destino nacional para convertirse en “extranjero”, con la carga de estatus social que ese término ha adquirido en Cuba, se convierte entonces en la víctima propiciatoria sobre la que descargar los odios que no podemos dirigir hacia los verdaderos culpables. El hijo pródigo que regresa es el recordatorio de que nosotros también pudimos hacerlo, de que nosotros también pudiéramos ahora estar regresando. Tanto en “El armagedón”, con su mirada a la cárcel, como en “El resbaloso”, “El novelista” y “La estrella fugaz”, está presente, directa o indirectamente, esa fuerza oscura que obliga a huir a los personajes. Y en los dos últimos se evidencia que esa intolerancia, capaz de actuar como desencadenante, no es exclusiva del totalitarismo insular, sino que se extiende a esa sociedad donde han ido a parar muchos personajes acarreados por la resaca de la huida: una sociedad intolerante a su manera, cuadriculada por un andamiaje de normas y costumbres, y sometida a la dictadura del mercado. Tanto en una como en otra, como anota Liliane Hasson[5],  ”varios se encuentran doblemente marginados: por su estatuto social, siendo objeto de escarnio tanto los humildes como los ‘explotadores”.

Puede que la persistente vocación literaria de Carlos Victoria, los accidentes y obstáculos que ha tenido que trascender y salvar para construir su narrativa —desde las acusaciones de “diversionismo ideológico”, la prisión y la confinación de manuscritos, en Cuba, hasta la falta de apoyos institucionales en el exilio, que lo ha condenado a trabajos alimenticios y a la lenta edificación de su obra (sin descontar el efecto bienhechor de este tempo de factura)—, todo parece propio de sus personajes. Y si hoy disfrutamos de sus cuentos es porque Carlos ha ganado una larga carrera de resistencia, a pesar de que “desde el comienzo de mi carrera noté que todo a mi alrededor conspiraba para que yo dejara de ser quien estaba siendo[6]. De alguna manera, Carlos Victoria es el primer personaje de Carlos Victoria, y no necesita siquiera disfrazarse, como en  el cuento “Halloween”.

Si la intolerancia es la causa, el tema que está en el origen de su narrativa, el efecto más visible en su obra es la inadaptación, el desarraigo. Liliane Hasson[7] afirma que

“la inconformidad caracteriza a la mayoría de los personajes, tan inaptos como inadaptados para vivir en la sociedad que les ha tocado en suerte, sea en la Cuba revolucionaria, sea en Miami —en varios cuentos y en la novela Puente en la oscuridad— sea con la propia familia, con el amigo, con el amante. (…) Ciertos personajes son impotentes, unos luchan por mantenerse a flote, algunos se refugian en la bebida o en otras drogas, en el sexo, en la locura, hasta en el suicidio. Otros más buscan el apoyo de la religión, del misticismo, de la especulación filósofica, de la cultura: son las transgresiones peores (…) Otro de los temas recurrentes es la vana búsqueda de la identidad ; la pérdida del nombre, o sea la del padre, la del hermano, se paga con el ostracismo. Quien es rechazado rechaza, e impera la incertidumbre. (…) De ilusiones perdidas se trata. ¿ Qué refugio les queda a los personajes? Huir de todo, de la casa, de la ciudad, del país, de sí mismo, de la vida”.[MH1] .. .

Reinaldo García Ramos[8] señala con qué frecuencia los personajes son  exalcohólicos, muchas veces como protagonistas o narradores. Y Carlos Espinosa[9] habla de «páginas de marcada impronta generacional, en visiones descarnadas de pedazos de tiempos, de vidas tronchadas, en escarbamientos dolorosos que aspiran al conocimiento, a la comprensión, y que, como toda buena literatura, tiene mucho de exorcismo”.

La angustia del desarraigo y la marginalidad transita toda la cuentística de Carlos Victoria. Un desarraigo que asola por igual a los personajes de la Isla —”El alumno de Lezama”, “El baile de San Vito”, “Liberación”, “Dos actores”, “El armagedón”, “En el aserradero”, “Pólvora”, “El atleta”, “El resbaloso” y “La herencia”— y a los del exilio —”Halloween”, “Un pequeño hotel de Miami Beach”, “La australiana”, “La franja azul”, “El repartidor”, “Enrique”, “Las sombras de la playa”, “La estrella fugaz”, “El novio de la noche”, “Pornografía”, “El novelista”, “La herencia”—. Un desarraigo que es respuesta y reflejo, necesidad continua de evasión hacia los neblinosos y temporalmente felices predios de la droga y del alcohol, con su correspondiente ricorsi: curas de desintoxicación, exalcohólicos permanentemente al borde de la recaída, personajes cuya existencia sólo alcanza una versión de la plenitud una vez transgredida cierta dosis de etanol en sangre.

Ese desajuste existencial, ese desarraigo, va desde la relación con el entorno hasta los vínculos interpersonales y el espacio íntimo, razón por la que Reinaldo García Ramos[10] menciona, entre los temas recurrentes de Carlos Victoria, “el desamor, tanto genital como filial, y el carácter amorfo y ambiguo, fluctuante y frágil, de la amistad entre hombres jóvenes, erosionada por los embates de la política y la historia”.  Aunque en él lo autobiográfico, salvo excepciones —”La estrella fugaz” o “Halloween”, por ejemplo—,  está siempre escamoteado, travestido bajo la piel de personajes afines, cuyas trayectorias vitales se tuercen cuando empiezan a parecerse peligrosamente a la del autor, muchos lectores sospecharán que, en su caso, “la capacidad de escribir se convierte en una especie de escudo, una manera de esconderse, una manera de transformar el dolor en miel demasiado instantánea”[11].

El último tema en esa cadena de relaciones causa-efecto, y que se constituye a su vez en un generador adicional de desarraigo, extrañamiento, desajuste a una nueva realidad “normalizada”, es el exilio. Hasta el punto de que Reinaldo García Ramos[12] califica a toda su obra como “la crónica del exilio en los años posteriores a Mariel”, y en su gama de temas obsesivos coloca en primer lugar el desarraigo que provoca. El momento preciso de la ruptura, cuando el protagonista decide, como Marcos Manuel,  ser un espectador de la realidad insular, pero desde esa platea alta que es el exilio (“Dos actores”) es recurrente en estos cuentos: “El baile de San Vito”, “Dos actores”, “El atleta”, “La herencia”. No es casual. El éxodo por el Mariel en 1980 constituyó para Carlos Victoria el suceso central que articula sus dos vidas: los treinta años discurridos en Cuba y los veinticuatro de exilio, hasta el punto de que, como nos cuenta Liliane Hasson[13], en 1993, evocando los días que precedieron a su exilio por el puerto de Mariel, el propio escritor aclaraba que la literatura, para él, “significa sobre todas las cosas autenticidad. Y mi gran interrogante en abril de 1980 era si fuera de mi patria lo que yo escribiera podía seguir siendo auténtico”. De hecho, esa autenticidad, más que perderse, se ha acentuado, en la medida que el autor se ha adueñado de los medios narrativos. Pero es necesario aclarar que en  su obra el exilio no es sólo ese espacio físico de la diáspora, esa patria de repuesto, especialmente Miami. El exilio puede ser La Habana (“La calandria (Líneas de un retrato)”, “El abrigo”); puede ser todo tiempo presente, en contraste con esa patria vívida que es la juventud y la infancia (“La australiana”); puede ser el alcohol, como en “Pólvora”, cuando la evasión hacia el territorio prohibido permite que la mujer vuelva a ser hermosa, y el hombre, guerrero, y que los jóvenes tengan fe en ellos mismos, los callejones sean avenidas y las casas apuntaladas se yergan. El exilio puede ser la muerte (“Para jugar a la ruleta rusa”, “Enrique”, “Halloween”); como puede ser una forma del exilio la noche (“El resbaloso”) o la literatura (“La estrella fugaz”, “El novelista”). O incluso todo, excepto el propio cuerpo, ese refugio último (“Ana vuelve a Concordia”).

Carlos Espinosa[14] anota que la realidad de la cual se nutre Victoria es la cubana, la de la isla y la de Miami, la del exilio interior y la del exilio físico. Pero habría que subrayar que en él los avatares de la “exterioridad”, tanto la cubana como la de Miami, tienen un valor desencadenante. Los verdaderos exilios son esas huidas interiores a las que parecen propensos muchos de sus personajes, una suerte de respuesta transgresora a las  presiones de la realidad exterior. Ello explica que el mismo autor[15] se refiera en este caso a un “profundo buceo en la intimidad y las relaciones humanas”. Y que Benigno Dou, al referirse a “El novelista”[16], mencione esa “dimensión extraterritorial donde el creador tiene patente de corso para saquear los restos de los naufragios humanos”.

Y ese buceo resulta más rico, y al mismo tiempo más necesario, dada la complejidad de los personajes, que con frecuencia se traduce en ambigüedad o ambivalencia. La “perdonabilidad” del delito en “El abrigo” y “En el aserradero”, donde robar es apenas un acto “inconveniente”. El sinuoso curso de una vida en “Un pequeño hotel de Miami Beach”. La escabrosa relación con una prostituta ladrona en “La franja azul”.  La ambigüedad sexual en “El atleta” y, desde luego, la ambigüedad por excelencia que campea en “El resbaloso”, uno de los cuentos más inquietantes del volumen. Ese resbaloso que deambula por la ciudad, posible alter ego del escritor, inasible, intocable, fisgoneando la vida ajena sin un propósito definido. Perseguido por la policía y por los vecinos. Nadie sabe exactamente por qué. Nada ha robado. A nadie viola o agrede. Es, al mismo tiempo, el señor de los apagones, la subversión que se oculta en la sombra, inatrapable para guardas, policías, cederistas, porteros de hoteles. Es el espíritu de la noche en la ciudad que se deshace, la ciudad que evoluciona con cada derrumbe hacia un recuerdo de la ciudad. La ciudad que se conjuga en pasado en una suerte de viaje a la semilla. La ciudad cuyo espíritu es, posiblemente, esa mujer ciega y sorda que al final, en el momento del cataclismo, dice “abur”.

Historias inquietantes donde el juego de transgresiones es continuo: “El novio de la noche”, “Pornografía” –en ese ambiente sórdido donde resulta casi natural que el protagonista prefiera masturbarse con la foto de la mujer, a acostarse con ella—. “La ronda”, una historia irreal que anuda bajo un flamboyán la noche, el sexo y la muerte, y que se aloja en nuestra memoria con la persistencia de aquella alimaña a la que se refería Cortázar y de la cual resultaba imposible librarse. Quizás por esa fascinación que todos sentimos por lo oscuro, lo sórdido, lo distinto. O esa multivalencia en la vida de “El novelista”, saqueador de las miserias ajenas, como quien contempla pacientemente un naufragio, sabiendo que más tarde tendrá ocasión de bucear en los restos y rescatar algún tesoro apartando los cadáveres.

Y aunque es cierto que “los protagonistas son volubles” y sus modales son (a veces) contradictorios, no coincido con Liliane Hasson[17] en “que aparentemente rayan en la incoherencia”. Por el contrario, hay en sus acciones una lógica conductual perversa, excéntrica, desplazada de una presunta “norma social”, pero lógica al fin, compelida por experiencias vitales cargadas de frustraciones, desajustes, extrañamientos. Los personajes de Carlos Victoria, como su travesti o sus invitados a la fiesta de halloween, tienen muchos rostros, muchos maquillajes, varias facetas no siempre bien avenidas. Son, en síntesis, humanos. Desde luego que, como señala la ensayista francesa, “son varios los Marcos, las Sofías, los Elías, desparramados en las obras ; el mismo Abel, protagonista de La ruta, ya aparecía en el cuento “El repartidor”[18], subrayando así la ambigüedad como clave  necesaria en su universo narrativo, lo cual, desde luego, no nos permite concluir que “un escritor que recalca la ambigüedad y evoca las dudas que le asaltan no puede ser polémico ni político”[19].

Claro que en lo que se refiere a la política como presencia en la obra de Carlos Victoria hay que ser muy cauteloso. No hay en ella reiteradas y subrayadas referencias explícitas (como suele suceder, con lamentable frecuencia, en mucha de la llamada “literatura del exilio”). Si habláramos de la presencia de un mensaje político, los textos de Carlos Victoria me recuerdan la famosa respuesta de Augusto Monterroso: “…una periodista me preguntó acerca del mensaje de mi obra. Le contesté que todo lo que escribí era un llamado a la revolución, pero que estaba hecho de manera tan sutil que lo único que logré a la postre era que los lectores se volvieran reaccionarios”[20]. Y, desde luego, si dependen de la absorción de un mensaje explícito, los lectores de Carlos Victoria pueden volverse lo que les venga en gana. Es cierto que en su obra no hay ”resentimiento ni énfasis en la denuncia política”[21] y que “aun en aquellos relatos y novelas donde los personajes se mueven con desgarramiento, Victoria deja que su voz sosegada los contamine”[22]. Y aunque, efectivamente, ”dista mucho de ser comprometida”[23], al menos en la más  común acepción del término, estamos frente a una literatura políticamente incorrecta. Incorrecta para casi todos los bandos y facciones de la política: virtud añadida.

El grado la profundidad de la miseria cubana devenida en modo de vida, en tragedia permanente, que traspasa un cuento como “El abrigo”. Esa existencia trágica, epigonal, marginada por el poder y apenas aceptada por las nuevas generaciones sólo por conveniencia en “El alumno de Lezama”. “El baile de San Vito”, que resume en asuntos de una familia la desgracia nacional. La historia de Julio, con su nombre de mes cálido y cuajado de mártires, que en “Liberación” terminó en la cárcel por enamorarse de otro hombre. La presencia densa de la censura en “Dos actores”. La cárcel por razones de fe en “El armagedón”, el robo “En el aserradero”. Todas son historias que fotografían a contraluz la erosión causada en la condición humana por el proceso político cubano, una denuncia más a fondo, más a la raíz, que cualquier diatriba coyuntural y suculenta en adjetivos que se dedique a denunciar a las ramas.

Y, por otro lado, esa vida que se desmorona en “Un pequeño hotel de Miami Beach”; la mujer que se refugia en sí misma en “Ana vuelve a Concordia”; la inadaptación de escritores doble o triplemente exiliados en “La estrella fugaz”; la dura cotidianía en “El repartidor”; la desolación que transita  “Las sombras de la playa”, y la marginalidad en “La franja azul”, “El novio de la noche”, “Pornografía”, y sobre todo el buceo en las cloacas de la sociedad miamense que es “El novelista”; todos ellos son un muestrario de la otra cara de ese exilio próspero, consumista, feliz de sus éxitos frente a la crisis perpetua de la Isla. Una vivisección de la otra Cuba que, desde luego, no hará felices a los políticos autocomplacientes del exilio.

La narrativa de Carlos Victoria no es explícitamente política. Es profundamente política, si aceptamos que política no es exclusivamente eso que hacen los profesionales que viven de su ejercicio, sino, como dice el Diccionario de la Real Academia, la “actividad del ciudadano cuando interviene en los asuntos públicos con su opinión, con su voto, o de cualquier otro modo”.

 

 

El ecosistema Carlos Victoria

 

Tiene razón Carlos Espinosa cuando declara que su tocayo Victoria ejerce el “desplazamiento Cuba-Miami, a veces poético, a veces real”[24], corroborando al autor, quien ha declarado: “Yo nací y viví treinta años en Cuba, y eso es parte vital, para bien o para mal, de lo que soy. Pero al final lo que queda es la obra, que si es valiosa opaca la nacionalidad e incluso la vida del autor, aunque éstas estén implícitas de alguna forma en cada página”[25]. Si nos pidieran delimitar geográficamente el coto de caza literario al que acude Carlos Victoria, tendríamos que dibujar una parcela que va de Camagüey a La Habana y que termina en los suburbios septentrionales de Miami. Pero esa sola parcela es insuficiente. Carlos Victoria hace también

“una literatura de la transmutación y hasta de la trasmigración. Tocados por una suerte de ubicuidad trágica estamos en dos sitios a la vez. Y por lo mismo no estamos en ninguno. “Un pequeño hotel en Miami Beach” puede estar situado en un extraño paraje donde el personaje al doblar Collins Avenue entra en las calles Galiano y San Rafael, en La Habana”[26].

La geografía de Carlos Victoria es incierta, dubitativa, los personajes transitan de un paisaje a otro sin pausas. Pero es aún más sutil: viven en Miami con el mismo gesto de habitar La Habana. A ello contribuyen los tránsitos dictados por el autor, y donde unos pocos recursos de la literatura fantástica, estratégica y discretamente dispuestos, consiguen, de soslayo, que sin forzar el tono el lector sienta la “naturalidad” de esas trasmigraciones. Pero no es, de cualquier modo, una literatura acotada por la geografía. Sin dejar de ser cubanos, sus personajes y sus entornos, los conflictos que aquejan a los habitantes de sus ficciones –el éxodo, el extrañamiento, la marginación, las servidumbres y arbitrariedades que sobre el hombre común ejerce el poder, etc.—resultan familiares a cualquier hombre, especialmente a aquellos que han padecido dictaduras y destierros, es decir, a la tercera parte de la humanidad. Y seguramente son más exactas para ubicar el hecho literario estas coordenadas de la sensibilidad y la imaginación, que meros paralelos y meridianos acotando la página.

Desde luego que no se puede hablar de un ecosistema Carlos Victoria sin referirnos al estilo y al idioma.

Lejos del “repentino extrañamiento”[27] del cuento breve, al que se refería Cortázar como un objeto literario que  “no tiene estructura de prosa”[28], los de Carlos Victoria –que tuvo a Cortázar como uno de sus primeros “amores literarios”­– se acercan a aquel “relato demorado y caudaloso de Henry James, “La lección del maestro” [donde] se siente de inmediato que los hechos en sí carecen de importancia, que todo está en los hechos que los desencadenaron, en la malla sutil que los precedió y los acompaña”[29]. Quizás porque “el autor no se ciñe a una anécdota clásica, sino que deja la acción en esa especie de interregno en tono menor en que ocurren las historias de Pavese, de cierto Hemingway”[30]. En este territorio encaja perfectamente la trivialidad de algunos de sus argumentos: el abrigo del cuento homónimo, la vida insulsa de “La australiana”, el televisor de “La franja azul”,  el trago que se prepara en “Pólvora”, los argumentos alrededor de los cuales se articulan “Las sombras de la playa” y  “La estrella fugaz”. Meras excusas argumentales bajo las cuales se construye la verdadera historia. Un procedimiento que explica el tempo de los cuentos, así como su carácter protonovelístico, porque ciertamente en ellos ”hay voces que claman por espacios más amplios. Victoria, sin duda, es un cuentista que trabaja con los planos de un novelista”[31], “cuentos que se integran en un continuum como piezas de un rompecabezas”[32]. Es como si Carlos Victoria quisiera corroborar con su obra que “un cuento es significativo cuando quiebra sus propios límites con esa explosión de energía espiritual que ilumina bruscamente algo que va mucho más allá  de la pequeña y a veces miserable anécdota que cuenta”[33].

“Recios y perfectos” llamó a estos cuentos Reinaldo Arenas en la contraportada de Las sombras de la playa, y “precisos mecanismos de relojería”[34], apostilló Benigno Dou, para aclarar a continuación: “Esta economía de recursos (…) puede confundir a más de un lector en busca de una gratificación literaria inmediata. Nada más fácil que confundir la falta de adorno con la desnudez, la mesura con la timidez, la ambigüedad calculada con la falta de audacia literaria”. Una concisión, una desnudez que ya constituyen un estilo propio, una sobriedad que bien podría proceder, como bien dice Emilio de Armas[35], de “la sencillez expresiva de la [literatura] norteamericana”, aunque es difícil encontrar en su cuentística “la abundancia de recursos propia de la narrativa latinoamericana contemporánea”[36]. Por el contrario, la concisión, en ocasiones incluso la escueta narración de los hechos, sin demasiados sobresaltos formales —”Las sombras de la playa” es, posiblemente, una de las pocas, aunque feliz excepción— no responden a incapacidad, sino a intención explícita del autor, quien ha admitido: “estoy dispuesto a experimentar siempre que eso responda a una necesidad de la narración”[37]. Ni más ni menos. Sí pueden detectarse incursiones de la dramaturgia en su narrativa: “el ritmo de los numerosos diálogos, los desplazamientos de los personajes, los escasos lugares o, mejor dicho, decorados donde se desarrollan las escenas claves[38]”, así como la presencia del cine, tanto en su técnica (recordar la sucesión de planos a lo largo de los cuales se desarrolla “El novelista”) como las referencias al cine en tanto que locación de escenas eróticas, llegando a ocupar el centro del espacio narrativo (“Pornografía”).

El último de los elementos que componen el ecosistema Carlos Victoria es el idioma. Según Reinaldo García Ramos[39] el idioma utilizado en estos cuentos “trasciende la resonancia cubana del español y sus usuales seducciones (…) entronca con escritores como Alejo Carpentier y José Lezama Lima, que se remitían a la múltiple y universal musicalidad del español extra-isleño”. La comparación es válida como proposición de cubanía lingüística, pero es rotundamente inexacta si consideramos la distancia entre el castellano barroco de ambos autores, sobre todo el de Lezama, y la contención de Carlos VIctoria. Ciertamente, no hay en estos cuentos esa procacidad explícita que algunos hoy pretenden traficar como lo típicamente cubano. Por el contrario, la justa dosificación del idioma, la negativa del autor a la experimentación gratuita, y posiblemente el hecho de que su “idioma cubano” creció en el tránsito Camagüey-La Habana-Miami, con el añadido de todos los castellanos adventicios que pueblan la oralidad de la ciudad donde vive, han conformado una norma lingüística en la obra de Victoria que se aleja de tipicismos recurrentes o localismos intrincados. Ahora bien, con un finísimo sentido de la pertenencia, toda su cuentística está transida de cubanismos: expresiones, palabras, diminutivos, fórmulas lingüísticas: “otra palabrita” “y hablo bastante mierda” (“El armagedón”); “agarramos al ladrón”, “si sigues con esa gritería, nos van a botar”, “para mí que es medio anormal”, “te digo, compadre…” (“En el aserradero”), por ejemplo. Un goteo que, sin abrumar al lector con una jerga regional, establece unas coordenadas idiomáticas difíciles de pasar por alto. Si, como decía Borges, no cabe la menor duda acerca de la naturaleza árabe del Corán, dada la ausencia de camellos en sus páginas, algo que habría derramado en abundancia un autor no árabe para dotar al libro de “color local”, la ausencia de aseres y jevas en los cuentos de Carlos Victoria puede ser una prueba irrefutable de su cubanía.

 

La verdad sospechosa

 

Ya en abril de 1987, en una conferencia dictada en la Sorbona, Reinaldo Arenas calificaba a las primeras obras de Carlos Victoria, entonces inéditas, como “una especie de lucidez desolada ” y subrayaba lo que tenían en común, a pesar de sus diferencias, los escritores cubanos del exilio[40]. En 1999 Jesús Díaz alababa a Guillermo Rosales y a Carlos Victoria por haber inventado “un Miami littéraire”[41] y Olga Connor[42] cita al segundo como ejemplo de una literatura del exilio, por el contrario que autores que surgieron en Cuba o que, aun exiliados,  “sólo escriben sobre Cuba“. Es comprensible la necesidad que tiene un exilio sangrante (y al mismo tiempo económicamente triunfante) de verse reflejado en un corpus artístico o literario que le pertenezca (cierto orden de manipulación política de la cultura no se detiene ante la palabra “pertenencia»). Pero se trata de esa misma manía patentada por el totalitarismo de escoger el arroz de la cultura, apartando los granos malos y las piedras (los otros) del arroz limpio (los nuestros). Los propios escritores de Mariel, aún cuando blasonaran de cierto espíritu generacional, gregario, mantuvieron su no pertenencia en tanto que escritores sin propietario. El propio Victoria afirma: “A la larga “las literaturas” no importan, lo que queda es la obra individual de los buenos escritores, que más que pertenecer a una literatura, tienen un nombre y un apellido”[43].  Y menos en el caso del escritor latinoamericano, heredero cultural de todo Occidente, cuya posición “le veda el exclusivismo intelectual de limitarse a la absorción cultural de su propio país o continente”[44].

De modo que no seré yo quien demarque las parcelas de la literatura cubana, ni distribuya entre los autores las finquitas de la palabra. Queda eso para los entomólogos de la literatura. Sí puedo asegurar que la cuentística de Carlos Victoria puede injertarse sin temor en el territorio de la buena literatura, no sólo por la calidad de su lenguaje o la construcción de sus ficciones, sino por algo que sentirá frente a ella cualquier lector medianamente sensible: la autenticidad. ¿Cuál es el secreto? Ibsen establecía una distinción “entre lo que ha sido experimentado y lo que ha sido vivido; sólo lo primero puede ser objeto de la creación artística”[45]. Casi parafraseando al autor escandinavo, Carlos Victoria afirma[46]: “busco una distancia y a la vez un acercamiento. El acercamiento viene de que sólo escribo cosas que para mí resulten significativas, en un sentido vital, afectivo o emocional. La distancia viene de que al escribir freno la emoción y el afecto. Me interesa ese contraste”.  Y el lector logra apreciar ese respeto del autor por sus propias criaturas, de modo que cumple lo que ya señalaba Emilio de Armas[47]: “El autor no impone conclusión alguna, pero comparte las propias con el lector en un grado tal de confianza –literariamente lograda— que asentimos sin darnos cuenta”.  Porque el lector atento detecta de inmediato cuándo la obra ha sido tasada en balanzas trucadas, cuándo el escritor ha puesto “ el pulgar en el platillo para hacer bajar la balanza de acuerdo a sus propios gustos” (D.H. Lawrence[48]) y cuándo ha respetado lo que para Lawrence era justo “la moral en la novela”:  “la temblorosa inestabilidad de la balanza”.

Sirva todo lo anterior como una invitación para adentrarse en unos textos auténticos, dolorosamente nuestros, armados durante años con una paciencia de orfebre que trabaja exclusivamente con materiales nobles y desdeña, para nuestro bien, las palabras trucadas.

 

La verdad sospechosa de Carlos Victoria, prólogo a los Cuentos completos de Carlos Victoria, Ed. Aduana Vieja, Cádiz, 2004.

 


[1] Alejandro Armengol: “Carlos Victoria: oficio de tercos”, en : Linden Lane Magazine, enero, 1995.

[2] Steinbeck, John, en: The Paris Review: Conversaciones con los escritores. Madrid, 1974. p. 179.

[3] Ibíd.

[4] Ángel Rama; “Diez problemas para el novelista latinoamericano”, en:. Revista Casa de las Américas, nº 60, p. 31.

[5] Carlos Victoria, un escritor cubano atípico.

[6] Nélida Piñón, en: Bianchi Ross, Ciro: Voces de America Latina. Ed. Arte y Literatura. La Habana, 1988 p. 281.

[7] Op. Cit.

[8] “La playa se ilumina”.

[9] El peregrino en comarca ajena. University of Colorado, 2001.

[10] Op. Cit.

[11] John Updike, en: The Paris Review: Conversaciones con los escritores. Madrid, 1974. p. 334.

[12] Op. Cit.

[13] Op. Cit.

[14] Op. Cit.

[15] Carlos Espinosa ; Op. Cit.

[16] “Como precisos mecanismos de relojería”, en: El Nuevo Herald, 16 de noviembre de 1997, p. 3E.

[17] Liliane Hasson; Op. Cit.

[18] Ibíd.

[19] Ibíd.

[20] Bianchi Ross, Ciro: Voces de America Latina. Ed. Arte y Literatura. La Habana, 1988. p. 234‑35.

[21] Carlos Espinosa; Op. Cit.

[22] Gladis Sigarret citada por Eliseo Cardona: “Narrativa centrada en dos geografías”, en: El Nuevo Herald, 16 de noviembre, 1997, p. 3E.

[23] Liliane Hasson; Op. Cit.

[24] Op. Cit.

[25] Alejandro Armengol: “Carlos Victoria: oficio de tercos”, en : Linden Lane Magazine, enero, 1995.

[26] Liliane Hasson; Op. Cit.

[27] Julio Cortázar; “Del cuento breve y sus alrededores”, en: El Caimán Barbudo. La Habana.

[28] Ibíd.

[29] Cortázar, Julio: “Algunos aspectos del cuento”, en: Selección de lecturas de investigación crítico literaria. Facultad de Artes y Letras. Universidad de La Habana. La Habana, 1983. p. 153.

[30] Reinaldo García Ramos: Op. Cit.

[31] Rubén Ríos Ávila citado por Eliseo Cardona: “Narrativa centrada en dos geografías”, en: El Nuevo Herald, 16 de noviembre, 1997, p. 3E

[32] Reinaldo García Ramos: Op. Cit.

[33] Cortázar, Julio: Algunos aspectos del cuento, en: Op. Cit, pp. 147‑148

[34] Benigno Dou: “Como precisos mecanismos de relojería”, en: El Nuevo Herald, 16 de noviembre, 1997, p. 3E.

[35] Reseña sobre Las sombras de la playa, septiembre, 1992.

[36] Ibíd.

[37] Alejandro Armengol: “ Carlos Victoria: oficio de tercos ”, en : Linden Lane Magazine, enero, 1995.

[38] Liliane Hasson; Op. Cit.

[39] Op. Cit.

[40] Liliane Hasson : Op. Cit.

[41] Liliane Hasson: Op. Cit.

[42] “Victoria en lo interior”, en: Nuevo Herald, 20 de septiembre,1992.

[43] Eliseo Cardona: “Narrativa centrada en dos geografías”, en: El Nuevo Herald, 16 de noviembre, 1997, p. 3E

[44] Alejo Carpentier; “Problemática de la actual novela latinoamericana”, en: “Tientos y diferencias”. Ed. Letras Cubanas. La Habana, 1985.

[45] Jrapchenko, Mijaíl. La personalidad del escritor. Ed. Arte y Literatura. La Habana, 1984.p. 108.

[46] Alejandro Armengol: “ Carlos Victoria: oficio de tercos ”, en :  Linden Lane Magazine, enero, 1995.

[47] Reseña sobre Las sombras de la playa publicada en septiembre de 1992.

[48] Morality and the novel.


 [MH1]





Guillermo Vidal: oro de ley

19 05 2004

Fue en febrero de 1982 cuando me presentaron, durante una lectura en la Sala de Cultura de Victoria de las Tunas, a un hombre extremadamente delgado, de tez aceitunada y curtida por los soles feroces de la Isla. Su rostro era afilado como una navaja, con ojos hablaban antes que su dueño abriera la boca, y su sonrisa era capaz de desarmar las peores intenciones. Antes y después de aquel día he conocido a personas que tras una apariencia de ogros eran apenas ogros de caramelo, y a otros que despertaban una espontánea simpatía. Al cabo del tiempo uno descubría los devastadores efectos de una sonrisa-trampa, de un regalo envenenado. También he conocido a buenas personas que lo parecían, pero a ninguna como aquel hombre al que uno sabía incapaz de una mala obra desde la primera sonrisa.

Volví a encontrarlo al año siguiente, durante la premiación del concurso Cuentos de Amor, que convocaba Las Tunas. Y desde entonces nos vimos ocasionalmente en distintos espacios y circunstancias, sin que jamás me abandonara aquella sensación primera. Y lo más importante: sin que jamás tuviera ni un solo motivo para que me abandonara.

Hoy me entero que aquel ingenioso hidalgo, el escritor Guillermo Vidal Ortiz, falleció en la noche del pasado sábado 15 de mayo, a los 52 años de edad, en Victoria de las Tunas, su ciudad natal. Según algunos medios, fue un tumor cerebral; según otros, problemas respiratorios que ya lo habían obligado a varias hospitalizaciones. En cualquier caso, es injusto, irreparable.

Lo miro en la foto: igual de flaco, pero con una barba patriarcal plagada de canas, una mirada tan vivaz y joven como recuerdo, y una sonrisa que no llega a aflorar y apenas se insinúa en una mínima contracción de los ojos.

En 1986, el mismo año en que Guillermo Vidal ganó el premio David con su libro Se permuta esta casa—ya antes había obtenido el premio 13 de Marzo con Los iniciados—, apareció una especie de libro iniciático de una generación de narradores cubanos, la antología Hacer el amor, preparada y editada por Alex Fleites. En la contraportada aparece la tropa de los autores incluidos posando para el daguerrotipo. Siempre he pensado que en esa foto hay dos ausentes: Abilio Estévez y Guillermo Vidal.

Contando a esos dos ausentes, me percato de que en aquella foto de familia sólo tres habíamos nacido en La Habana, sólo dos vivimos hoy fuera de la Isla, y sólo uno permaneció en la provincia del interior donde había nacido: Guillermo Vidal. Resistió el “llamado de La Habana” durante los 70 y los 80, y resistió “el llamado de ultramar” tras la crisis de los 90. En una entrevista concedida hace un año (Literaturacubana.com, junio, 2003), respondía que se había quedado en Las Tunas “sólo por razones sentimentales. Tengo la mayor parte de mi familia aquí, pero también tengo una hija, un yerno y dos nietos en España, a mi madre de crianza en Estados Unidos y no he dicho en ninguna parte que estoy comprometido a quedarme. Me va bien, porque vivir lejos del mundanal ruido permite que no me jodan. (…) Los viajes me deprimen un poco, pero a veces asisto a ferias en otros países, no a tantas, y me siento como un bicho raro y apenas hablo con la gente y sueño con volver a casa para no estar en salones y protocolos que me apocan, que me hacen decirme qué hago aquí, por qué no me quedé en casita, sin tanto barullo. Es que soy muy tímido. Aún así, imparto conferencias y doy entrevistas y salgo por la tele y nadie se da cuenta de que me cuesta mucho trabajo. Prefiero las conversaciones privadas, la gente sencilla, y detesto las frivolidades que llegan a asquearme”. Una timidez, una ausencia de vedetismo que algunos fabricantes de aureolas, prestigios literarios y otros artículos de segunda mano suelen confundir con un síntoma de obra menor, quizás porque les resulta inconcebible que, incluso entre los escritores, a veces, la modestia exista.

Su larga barba, su coleta, su perfil aguileño, su inteligencia y su proverbial bondad, eran ya parte inseparable del paisaje urbano de Victoria de las Tunas, la ciudad donde nació el 10 de febrero de 1952, y que se negó a abandonar aunque en los 80 fue expulsado de su cátedra en el Instituto Superior Pedagógico por razones “ideológicas”, y aunque su nombre constaba en la lista de los intelectuales que los medios no debían entrevistar en directo por miedo a que dijera alguna “inconveniencia”. A pesar de todo, como dijo Guillermo, “un hombre es capaz de sentirse libre en condiciones muy duras”. Y añadía: “ni se imagina lo negras que me las he visto, he tenido que asistir a un juicio y luego me he tenido que ir como un apestado de mi trabajo como profesor universitario, he perdonado a esa gente, he vivido situaciones límites y he mantenido mi dignidad”. Cuando ganó el premio Alejo Carpentier, los desconocidos lo felicitaban y hasta lo abrazaban por la calle. Posiblemente, ese fuera su mejor premio. No la estatua que quizás le construyan mañana los mismos que lo expulsaron de su cátedra o los que lo inscribieron en la lista negra de los condenados al diferido. Y con más razón que las cadenas televisivas norteamericanas tras el affaire de Janet Jackson. Guillermo Vidal no habría mostrado, desde luego, una teta rellena de silicona; sino una verdad sin relleno, lo cual es siempre más peligroso.

Autor polémico e irreverente, más que un estilista fue un explorador minucioso de la condición humana en obras como Los cuervos, El amo de las tumbas, Confabulación de la araña, Las manzanas del paraíso, Ella es tan sucia como sus ojos, Matarile, posiblemente su más polémica novela, El quinto sol y La saga del perseguido (Premio Alejo Carpentier, 2003). Además de éste, obtuvo los premios Luis Felipe Rodríguez de la UNEAC (1990), Hermanos Loynaz (1996), Casa de Teatro (República Dominicana, 1998) y Dulce María Loynaz (2002). No obstante, siguió hasta el último día buscando la novela ideal: “una que el lector no pudiera dejar de principio a fin y que hablara de lo poco sabios que hemos sido hasta ahora, que la gente envejece y muere y seguimos casi como en la comunidad primitiva, si quitamos unos cuantos artefactos y comodidades (…) sigo esperando esa novela que me hará feliz y si esto ocurre es que me voy a morir”. Guillermo Vidal ha muerto con la certeza de que su gran novela será la próxima, pero con la certeza también de que cada página memorable que nos dejó era una página de esa novela nonata. La literatura, Guillermo, es como ir a cumplirle a Santiago Apóstol: más vale el sudor del camino que tocar el santo. Sobre todo cuando hay tanto santo trucado, desechable.

Eludió el autobombo y el marketing, despreció la vida de salón y tertulia, no cultivó las amistades convenientes, le pisó los callos a personas poderosas y con los pies sensibles, y dedicó más tiempo a los buenos sustantivos que a las buenas influencias. En fin, no era “un hombre de éxito” ni “una gran figura de nuestras letras”. Él mismo lo contaba:

“Me levanto a las cuatro de la madrugada y oro a Dios para que me permita escribir, leo algunos pasajes de la Biblia y luego releo fragmentos de novelas que elijo por temporadas y que acaricio con una envidia rosa, y cuando parezco un pitcher que ha calentado lo suficiente, me siento ante el ordenador y escribo con gran rapidez y siento que me dictan, siento el tono, veo lo que ocurre en la novela y me creo en esos momentos un escritor de gran calibre, trabajo hasta media mañana si puedo y salgo feliz si me ha ido bien y no reviso hasta después. Escribo todos los días excepto los domingos, tengo una disciplina del carajo, como de obrero ejemplar”.

Y uno se percata de que este hombre no estaba dotado para el glamour. Era un escritor que dedicaba su tiempo a escribir.

Su prosa afilada y por momentos ácida suscitó con frecuencia la ira de los guardianes de la ideología, sin que por ello Guillermo Vidal, el hombre, quebrara su cordialidad y su sencillez. Se ocupó de los marginales, de los presos y de los homosexuales condenados a exclusión social o condenados, a secas; de las familias en descomposición, de lo que se oculta bajo la cáscara de la realidad y, sobre todo, del miedo que paraliza y corrompe. Hasta el último minuto, como él mismo afirmó, escribió “con las tripas”, jugándose el alma, porque “si se es deshonesto como escritor uno está perdido o comienza a perderse”.

El escritor Guillermo Vidal nunca perteneció a nadie. Me temo que su cadáver ya pertenece al gobierno. Cuando se pudran en el olvido sus zonas incómodas, lo exhumarán corregido y revisado, para engrosar el panteón donde mantienen disecados a Lezama y a Virgilio. Claro que el gordo y el flaco deben estarse riendo como locos de sus momias. Guillermo apenas echará una sonrisa socarrona cuando lo encaramen al podio de las glorias patrias. Por suerte, hay cadáveres rebencúos, escritores inmunes a la taxidermia. Después que los forenses de la cultura certifican la hora de compilar sus obras completas, muerden.

Guillermo era un católico ferviente. Quizás Dios lo necesitara con urgencia a su lado. Yo me confieso ateo y su muerte corrobora mi incredulidad: ningún Dios tan omnisciente como un narrador clásico del siglo XIX nos arrebataría con veinte años de antelación a un escritor de ley, sabiendo lo que cuesta restañar la cicatriz que nos deja en el planeta la ausencia de un hombre bueno.

 

“Oro de ley”; en: Cubaencuentro, Madrid, 19 de mayo, 2004. http://arch1.cubaencuentro.com/cultura/20040519/9b47da58aae3f104e51a2dae9fcadc6f/1.html.

 





Infieles

12 03 2004

Cuesta trabajo levantarse como todos los días, otear desde el balcón los tejados de Madrid, sostener la mirada rojo ladrillo a la ciudad —su mirada salpicada de un verde que hoy parece gris—; cuesta trabajo mirar al cielo plomizo que esta mañana lagrimea, como si supiera, y darse cuenta de que un millar de madrileños no acudirán hoy a sus oficinas, sus talleres o sus fábricas, no se sentarán en los pupitres, no visitarán a sus nietos o a sus abuelos, beberán solos, por primera vez, el café de la mañana, y se estarán preguntando lo mismo que una mujer ayer, de pie frente a la masacre del Pozo de Tío Raimundo: «Pero, ¿qué quiere esa gente de nosotros?».

Y lo peor es que de ese millar, al menos 199 nunca podrán responder la pregunta. No tuvieron tiempo ni siquiera para formulársela. Otros miles de madrileños no disponen, desde esta mañana, de nietos o abuelos que visitar y al menos uno, la víctima más joven de esta catástrofe, se ha visto privado de nacer, ese derecho que está en el inicio de todos los derechos.

Cuesta trabajo entender por qué, en nombre de qué o de quién,  alguien estará en este momento brindando por el éxito de una misión que consistió en colocar trece mochilas con explosivos en cuatro trenes, de las cuales diez hicieron explosión en tres estaciones diferentes de Madrid. Sin dudas no fue una tarea difícil ni heroica aprovechar la hora pico de la mañana, cuando miles de pasajeros se desplazan desde la periferia a Madrid, para abordar los trenes en la estación de Alcalá de Henares, abandonar su carga y salir por la otra puerta.

Ningún albañil, ningún estudiante, ninguna madre camino de la guardería, les opuso resistencia. El riesgo de que la policía los detuviera por llevar una mochila al hombro, era remotísimo. La perspectiva de morir en combate o de inmolarse en nombre de Alá o de la patria vasca, era nula. Una operación letal, eficiente, generosa en publicidad y baratísima —cada muerto costó menos de un kilo de titadine, sin contar los 1.463 heridos y los daños materiales—.

Entre los viajeros no había generales ni políticos, soldados recién llegados de Irak ni guardias civiles de Inchaurrondo. Pero eso es lo de menos. En esos trenes había miles de españoles susceptibles de ser inmolados en nombre de una guerra santa emprendida con mentalidad de la baja Edad Media y temporizadores digitales del siglo XXI. Y no sólo españoles. Hubo «daños colaterales»: un cubano, un chileno, dos peruanos, un ecuatoriano, dos hondureños, dos polacos, un dominicano, un colombiano, un marroquí y un inmigrante de Guinea Ecuatorial. Todos muertos para mayor gloria de Alá o de Euskal Herría. Si alguien lo hubiera vaticinado en Quito, en La Habana o Rabat, no se lo habrían creído.

Cuesta trabajo entender, pero estamos obligados a entender. No a tolerar.

Las Brigadas de Abu Hafs al Masri-Al Qaida han reivindicado la autoría en una carta enviada al diario Al-Quds Al-Arabi, fechada el 20 Muharram de 1425, es decir, el 11 de marzo de 2004. ¿Son ellos verdaderamente los responsables o intentan apropiarse acciones ajenas? No lo sabemos, pero el siniestro modus operandi, masivo e indiscriminado, no les es ajeno.

¿Se trata de una acción de ETA? Por ahora no puede asegurarse. Salvo en el atentado del centro comercial Hipercor, de Barcelona, su modo de operar ha sido siempre más selectivo; pero, por otra parte, hace menos de dos semanas fue detenido un coche que transportaba hacia Madrid media tonelada de titadine, y se preveía una operación de ETA a gran escala en la capital, su «regalo de bodas» al Príncipe Felipe ante el inminente enlace en la Catedral de la Almudena.

En cualquiera de los dos casos, comprender no equivale a tolerar. Sea cual sea la idea política, el espacio nacional, la cultura o la religión que se defienda, el mejor modo de deslegitimarlo es apelar al terror y, en términos conceptuales, las diferencias entre el tiro en la nuca de ETA y el 11-S o el 11-M, entre el suicida palestino y los asesinatos high tech de los israelíes, son apenas cuantitativas. En cualquiera de esos casos, los asesinos deben ser perseguidos, detenidos y juzgados desde la única legitimidad posible: la ley.

Pero incluso para que esa guerra contra el terrorismo sea eficaz, deberemos comprender por qué un joven vasco nacido en democracia, libre para expresarse en una sociedad próspera, se convierte en asesino y presume de ello. O por qué en la carta de Al Qaida se habla de «la Cruzada europea» —que es como si en Granada se invocara la Reconquista—; por qué se afirma que en las Brigadas de Abu Hafs al Masri «no nos entristecimos por la muerte de civiles», «mátalos allí donde los encuentres», «es parte de un viejo ajuste de cuentas», y nos advierten que «el Escuadrón del Humo de la Muerte os alcanzará pronto en un sitio donde podréis ver muertos a miles, si Dios quiere, y esto es una advertencia (…) Dios es Grande. Ya llega el Islam». Ya llega, nos amenazan, como si a las órdenes de Al Qaida su dios cabalgara contra nosotros. O entender por qué cientos, miles de jóvenes en Riad, Islamabad o El Cairo, llevan camisetas con la imagen de Bin Laden.

En Alcalá de Henares han descubierto una furgoneta con siete detonadores y una cinta de audio en árabe con versículos del Corán, que quizás perteneciera a los terroristas. Lo más fácil es calificar como material subversivo, por igual, detonadores y versículos. Lo más fácil es juzgar en bloque a todo el nacionalismo vasco. Lo difícil es tratar de comprender cómo unos hombres pueden planear sus acciones por Internet, emplear alta tecnología, aprovechar las posibilidades de la globalización, y todo ello para derogar sus propias armas, regresar a un mundo de identidades excluyentes, reductos nacionales amurallados, intolerancia legislada, un mundo de creyentes e infieles.

Comprender que la globalización va dejando a su paso bolsas de insatisfacción y miseria, frustraciones, orgullos tronchados, aspiraciones incumplidas, y que en ellos puede hacer metástasis cualquier fundamentalismo. Aunque Occidente se enorgullezca, con razón, de sus avances, deberá tomar en cuenta que los detectores de metales son incapaces de registrar el odio.

Si no alcanzamos a comprender por qué, no llegaremos jamás a desactivar el terrorismo, que como cualquier otro artefacto explosivo, tiene su manual secreto de instrucciones.

Se ha repetido muchas veces que el terrorismo juega con ventaja, que actúa taimadamente y en la sombra, que no da la cara y aprovecha nuestras libertades para imponer sus dictaduras. Y es cierto, pero sólo hasta cierto punto. El 11-M los terroristas lograron movilizar a tres, cuatro, cinco fanáticos para perpetrar su masacre. Cinco creyentes contra los infieles de Madrid.

Tan pronto se escucharon las explosiones perpetradas por los creyentes, hubo jardineros municipales e infieles que soltaron sus azadas y acudieron a rescatar a las víctimas, transeúntes que sin pensarlo dos veces arrimaron el hombro a policías, paramédicos y bomberos. Hubo conductores que dejaron sus coches abandonados en medio de la calle para ir a liberar a conciudadanos desconocidos de los amasijos metálicos, y otros que sin esperar por las ambulancias, fueron los primeros en trasladar a los heridos.

Son ellos los que narran del niño rescatado de entre la chatarra, porque lloraba de miedo; del que los miraba perplejo con un brazo arrancado casi de cuajo, como si todavía no se lo creyera: de los que deambulaban entre los restos de máquinas y hombres, incapaces de escuchar, con la explosión clavada aún en los tímpanos; son ellos los que cuentan de los teléfonos móviles que no cesaban de repicar por todas partes, sin que nadie contestara a la angustia que se adivinaba al otro lado de la llamada.

En los hospitales, cientos de médicos y enfermeras infieles doblaron sus turnos para atender a los que llegaban. Apenas pidieron sangre, se formaron colas en todas las ciudades de España, hasta que los hospitales fueron incapaces de almacenar tantas donaciones. Hosteleros de Madrid ofrecieron alojar sin cargo a los familiares de las víctimas y, sin que mediara orden, convocatoria o citación divina, miles de infieles madrileños se congregaron en la Puerta del Sol para gritar su dolor y su rabia contra aquellos que pretenden matar nuestra infiel manera de ser libres, en nombre de algún dios o alguna patria.

Del mismo modo que en la mañana ningún voluntario preguntó al herido si era católico o musulmán, español o extranjero, antes de curarlo o rescatarlo; en la tarde, frente a la Puerta del Sol que anochecía, fuimos todos madrileños ayer. Madrileños nacidos en cualquier parte, hablando cualquier lengua y creyendo en cualquier dios o en ninguno.

Si los tres, cuatro, cinco terroristas que ocasionaron 1.662 víctimas a Madrid se hubieran acercado ayer a la Puerta del Sol, si hubieran acudido en la tarde de hoy a la gigantesca manifestación que ha inundado la ciudad, para comprobar el resultado de su operación, se habrían sentido insignificantes y habrían tenido mucho miedo. Porque la libertad siempre juega con ventaja.

 





La reinvención del mito

2 12 2003

Cuando un escritor se pone a la tarea de contar una historia, no son pocos los retos: la novedad del tema  o del tratamiento, la profundidad, los desafíos del lenguaje, el perfecto encaje entre la materia narrativa y el punto de vista, la carpintería del oficio. Basta que falle alguno de estos mecanismos para que la estructura íntegra se desmorone.

Asomarse a la propuesta de Juana de Arco. El corazón del verdugo, de María Elena Cruz Varela, es  una experiencia inquietante. Ante todo, descubrimos que la autora nos entrega una historia mil veces contada, tanto que ha devenido mito en la cultura occidental: la adolescente-mártir inmolada en nombre de su fe y de su patria. Ello entraña un reto adicional: revelarle al lector que lo supuestamente sabido no lo es tanto, y conducirlo, de sorpresa en sorpresa y sin que decaiga la atención, hasta el final.

En segundo lugar, María Elena, a quien conocemos por el depurado pero muy contemporáneo lenguaje de su poesía, pretende transmitirnos con autenticidad —la autenticidad del lenguaje, desde luego—unos personajes que vivieron en la Francia del siglo XV, una nación en proceso de fraguarse y de fraguar su lengua, a partir del maridaje entre decenas de dialectos locales.

Y, por último, ya dentro de la estructura de la novela, la autora insiste en mostrarnos que el texto es, ni más ni menos, una novela, y que está siendo escrita en este instante; pretendiendo además que al devolvernos a la historia nos sumerjamos en ella y la hagamos nuestra con la autenticidad de lo vivido.

De modo que comenzamos  la lectura con las precauciones de quien se adentra en terreno minado, sin saber si saldremos indemnes por la última página.

La historia, tal como nos la cuenta María Elena Cruz Varela, evade  toda pretensión de linealidad que tanto se repite en la literatura que inunda los anaqueles de los supermercados. Cuatro narradores no sólo conjugan sus voces, sino que nos hablan desde cuatro tiempos diferentes. En la primera parte, bajo el nombre genérico de “Visitaciones”, en doce capítulos escuchamos el padre Henri de Voulland, elegido guardián de un secreto sobre la muerte de la doncella en la hoguera, veinte años atrás. Alternándose con estos, “El cuaderno de notas de Anna Magdalena” (del uno al diez) nos remite al conflicto de alguien que identificamos como la autora, quien está escribiendo la historia de Juana de Arco, mientras su relación de pareja se ve abocada al naufragio. Un making off de la novela explicita así que el resto es historia contada, pura ficción literaria. Pequeñas zonas de estos capítulos nos arrojan a otro tiempo a su vez: la relación entre Anna Magdalena y Johann Sebastián Bach, imaginada por la autora. Ya en la segunda parte, hay un claro cambio de tercio: desaparece la autora y su historia inmediata, que sólo regresa justo antes del final. Y es en esta parte cuando el tema central de la novela cobra un tempo allegro, gracias a la rápida alternancia de siete capítulos denominados “La ruta del deshacimiento”, y otros siete bajo el títuloEl corazón del verdugo”. En los primeros, a través de una tercera persona semiomnisciente, tradicional en las novelas del género, podemos seguir las aventuras del padre Henri de Voulland, que concluirán en la revelación de la trama urdida para propiciar la muerte de Juana. En los segundos, nos habla en primera persona el manuscrito del padre Jean Le Maistre, viceinquisidor en el juicio de Juana y testigo de la conspiración tramada veinte años atrás. La novela concluye con un epílogo, una coda y el último “cuaderno personal” de la autora. Y no hay nada casual en esta estructura.

Durante la primera parte, las “Visitaciones” despiertan en el lector un creciente interés, en la medida que el secreto confiado al padre Henri de Voulland otorga al argumento un ritmo de thriller. Paralelamente, los “Cuadernos”ralentizan la lectura, sumergiéndonos en un tempo tenso pero pausado, adagio, el de una relación en quiebra cuyo interés dependerá de la empatía de cada lector con los patrones comunes de todo naufragio, pero no del argumento en sí. Sin embargo estas zonas tienen, dentro de la estructura, dos cualidades que vale la pena señalar: sirven de estímulo y de prueba. Lo primero, porque el lector ha cerrado la última “Visitación” en un momento álgido de la trama, de modo que la lectura demorada del siguiente “Cuaderno” no hace más que redoblar su ansiedad para continuar las aventuras del padre Henri. Una técnica que los novelistas radiales han sabido aprovechar con enorme eficacia. Y lo segundo, porque tras revelarnos que esta historia del siglo XV está siendo escrita justo en este momento, la autora (y los lectores) tienen la oportunidad de comprobar hasta qué punto la escritura, la ficción, ha alcanzado ese grado de veracidad que permite al lector vivir la historia, no leerla. En ambos casos, el propósito se cumple.

Una vez en la segunda parte, la propia autora parece arrastrada por el argumento e incapaz de interrumpirlo, de modo que se agiliza la alternancia entre “La ruta del deshacimiento” y el carácter confesional de “El corazón del verdugo”, hasta alcanzar al final un ritmo trepidante. Hay otra dosis de sabiduría narrativa en estas elecciones, porque si la tercera persona le permite narrar perfectamente todos los planos y escenarios en “La ruta del deshacimiento”, el empleo de la primera persona y, en especial, de la primera persona escrita, enEl corazón del verdugo”, los toques sutiles de diario, de bitácora, confieren a esta zona la autenticidad imprescindible como elemento que mueve toda la trama, y aportan verosimilitud a la desazón de este hombre atormentado al recordar el corazón incombustible de Juana de Arco, por mucho alquitrán que se le aplicara.

Es obligado un paralelo entre el personaje central y su autora. Entre Juana de Arco, agredida sexualmente, forzada a vestirse con ropas de hombre y, al fin, asesinada por un poder que no pudo silenciarla, y María Elena Cruz Varela, condenada a dos años de prisión en Cuba por la Carta de los diez, redactada por el grupo Criterio Alternativo que ella presidía. María Elena también se enfrentó a poderes absolutos cuya respuesta fue la condena. Pero en ningún momento este paralelo se trasluce como metáfora o parábola. Sólo un elemento podría servirnos de pista para el enroque sutil de papeles que (quizás inconscientemente) propone la autora: en una novela sobre Juana de Arco, la protagonista nunca aparece, como sí aparece, apenas maquillada, la autora. Aunque jamás esta presunta suplantación funciona como alegoría.

María Elena ha conseguido fraguar una historia que se rige por sus propias leyes y que interesa, para decirlo en términos cortazarianos, al reducido círculo de sus personajes. Razón por la cual interesa también al lector. A ello contribuye, sobre todo en los papeles del padre Jean Le Maistre, un lenguaje “añejado” por recurrentes giros y algunos vocablos estratégicamente colocados, sin propósitos facsimilares, que crean  en el lector, eso sí, cierto “sabor medieval” de la palabra.

Podrán hacerse de esta obra lecturas feministas, políticas, historicistas y, sin dudas, habrá críticos más enterados que yo para tales menesteres, pero ninguna de esas lecturas sería pertinente si ante todo no fuera una novela que convoca con eficacia la sensibilidad y el interés de los lectores.

Y en eso hay un factor que escapa a la mera carpintería del oficio. No es casual que en entrevista concedida a raíz de obtener por esta obra el premio Alfonso X El Sabio, María Elena declarara que «Juana de Arco me utilizó para contar su historia», añadiendo más tarde que «convivió conmigo durante un año, en el que traté de ver su figura desde mí misma, con infinita ternura, sin ajustes de cuentas».  Y eso también explica la ausencia de Juana como personaje. La autora no ha intentado suplantarla, sino reivindicar el mito, rehacerla en los cauces de la memoria. Y permitir al mismo tiempo que en cada uno de nosotros siga existiendo la Juana de Arco que hemos imaginado.

 

La reinvención del mito, en: Encuentro de la Cultura Cubana; Buena Letra, n.° 30-31, otoño/ invierno, 2003-2004, pp. 279-280. (Cruz Varela, María Elena; Juana de Arco. El corazón del verdugo; Ediciones Martínez Roca, Madrid, 2003. 291 pp.).