Abel después de Caín

2 06 2005

Estimado Abel Prieto:

Ha pasado mucho tiempo desde aquel día en que Sergio Corrieri, en la Unión de Escritores, nos dijo francamente que si tú eras elegido por la membresía como delegado al congreso, el Partido te propondría como próximo presidente de la UNEAC. La concurrencia captó de inmediato la indirecta y la palabra de Corrieri se hizo presidencia, como en los mejores pasajes de La Biblia.

Veníamos de una Unión de Escritores de clientela fija, donde durante años se dispensaron favores y fervores desde el mostrador a parroquianos y ambias. De modo que tu ascenso, a pesar del método democrático (“en silencio ha tenido que ser”), despertó por igual, en tiempos de Perestroika, los recelos de la parroquia habitual y las esperanzas de la infantería. No siempre infundadas. No siempre fundadas.

Es cierto que cambiaron algunas cosas y que por un momento creímos ver en el presidente de la Unión de Escritores no sólo a un cuadro del Partido para el control y administración del personal cultural, sino también al representante de los escritores y artistas. En ciertas ocasiones, incluso, defendiste tus posiciones ante el Escritor en Jefe, y hasta le enmendaste la plana. Aunque supieras siempre dónde quedaba el borde de la carretera y empezaba la cuneta. Algo esencial, dada la accidentalidad política que hay en Cuba.

Por entonces hablaste de aperturas e inclusiones, de tolerancia y diálogo, de flexibilidad y libertades, aunque todo haya terminado apenas en una estatua de John Lennon, que debe ser vigilada para que no pierda los espejuelos y lo truenen por considerarlo un acto voluntario para no ver dónde ha caído.

Siguiendo la máxima del día —a enemigo que huye, puente de plata—, concediste a muchos el pase a bordo para irse a soñar con la glasnost a orillas de otros mares, evitándoles al menos el calvario de sus antecesores en la huida. Abriste espacios, atento, eso sí, a que no se desbocaran, porque, como se sabe, la extensión ideológica de nuestra Isla es limitada y basta una zancada larga para salirse de los límites. Y sobre todo, en contraste con los sargentos de la cultura, no olvidaste al ensayista y al narrador que llevabas en la trastienda y mantuviste un discurso civil en una lengua franca que entendíamos.

Sacerdocio irreversible

Pero las servidumbres del poder son implacables. Liman las virtudes como esmeril del ocho. Comentan que has estado enfermo, incluso que has enfermado de poder e intentado dimitir; pero te enrolaste en una tripulación que no admite deserciones. Cuando se sirve a un Dios omnívoro y omnímodo, el sacerdocio es irreversible. Aunque se hagan votos de fe, abandonar los hábitos es herejía, y ser excomulgado en un Estado confesional es peor para la salud que el tabaco, aunque la cajetilla del cargo no lo advierta.

Te deseo sinceramente que recuperes la salud, incluso la política, aunque de lo segundo me quedan pocas esperanzas. Me temo que tus palabras recientes en Madrid sean síntomas irreversibles, terminales.

Una cosa, Abel, son esas mentiras, promesas incumplibles, adulaciones huecas y fervores plásticos que todos los políticos pronuncian sin ruborizarse, y otra muy diferente es tratar como imbéciles al personal a golpe de patraña, o alcanzar la infamia afirmando que Raúl Rivero y los otros disidentes “hubieran sido asesinados en la cuneta en otro país”.

¿Por qué no reconocer que en otro país Raúl Rivero y sus compañeros habrían ejercido la oposición y el periodismo sin sobresaltos? ¿O Cuba ha caído tan bajo que debemos vanagloriarnos de pasar menos hambre que en Rwanda y asesinar menos periodistas y opositores que en Colombia?

Si no fuera infame, esa afirmación sería francamente patética. ¿Cómo se puede afirmar sin rubor que en Cuba Cabrera Infante no ha sido prohibido, que consta en los diccionarios y en las bibliotecas públicas? ¿No habría sido más elegante reconocerle el carácter de antagonista político y sus méritos literarios, sin mayores apostillas?

A veces el silencio es muy recomendable, Abel. No se puede hablar impunemente de Cuba como plaza sitiada en “guerra terrible” contra Estados Unidos, primer suministrador de alimentos de la Isla, cuando el propio Fidel Castro ha reconocido la utilidad política del embargo; y menos tildar a los 75 de la primavera de 2003 como agentes extranjeros, habiendo sido publicadas las actas de los juicios, documentación para la próxima historia universal de la infamia.

¿Era necesario, además del escarnio a que fue sometido, mancillar la memoria de Heberto Padilla, un poeta más merecedor del Premio Nacional de Literatura que muchos a los que has agraciado con el Gordo de la Lotería Literaria? ¿O tildar de “ignominioso” a Gastón Baquero, uno de los grandes poetas cubanos de todos los tiempos, quien murió sin rencor en Madrid, memorando lo que nos une, obviando lo que nos separa? ¿Cómo se puede asegurar que en Cuba no existe el delito de opinión cuando está explícitamente recogido en la Ley Mordaza, o que “el nuevo escenario cultural no excluye a los disidentes”, sin aclarar que te refieres a los talleres literarios que se celebran en el Combinado del Este?

¿Canon o censura?

Hablar de que no existe censura en la Isla, sino un “canon literario cubano”, es tan cínico que roza lo ingenioso. Tenemos que reconocerlo, Abel, en Cuba el arte del eufemismo ha alcanzado un grado de virtuosismo que no se veía en esta lengua desde el Siglo de Oro: la crisis se llama Período Especial, a un Estado monoteísta y confesional se le llama democracia participativa (sin aclarar que sólo uno participa), la censura es canon, los disidentes son agentes y los agentes son héroes, el picadillo es “enriquecido” (no con más picadillo) y la masa cárnica es “ampliada” (no con más carne).

Ahora nos ofreces la noticia, Abel, de que en Cuba han logrado separar el talento de la política. Si te refieres al canciller cubano y otros talibanes de su camada, me alegra que coincidamos. Pero no. Tu buena nueva es que en la Isla a los creadores no se les juzga por sus ideas políticas; es decir, que ahora “dentro de la revolución, todo” y “fuera de la revolución”, todo también. Deberías comunicar la primicia no sólo a los madrileños, sino a los habaneros. Y diles también que “la cultura cubana se ha recuperado de la crisis”, aunque ahora mismo no recuerdo cuándo anunciaste que estaba en crisis. En eso el diccionario de la RAE es categórico: no se puede salir de un sitio sin antes haber entrado.

Es curiosa tu afirmación, Abel, de que existe una “censura literaria” que prohíbe a Zoè Valdés no por razones políticas, sino de calidad. En ese caso, imagino que los censores literarios, antes de pasar por sus filtros a los escritores de allende los mares, hayan practicado con los del patio. Por eso, tras revisar en mi memoria muchas ediciones Manjuarí y Contemporáneos, por ejemplo, me inclino a sospechar que se trata de libros apócrifos publicados por la mafia de Miami para desacreditar la solvencia estética de los censores cubanos. E incluso, que los nombres de algunos autores que se repiten en la bibliografía de la Isla no sean sino seudónimos de agentes de la CIA echados a rodar por el Imperialismo.

Perdona si tiro a relajo algunas de tus afirmaciones, Abel, pero es que a veces me da la impresión, por los discursos de los funcionarios cubanos en Europa, que no son suficientes las nueve horas de vuelo para percatarse de que han arribado a otra realidad, que los noticiarios y los periódicos aquí escarban la noticia desde diferentes perspectivas, que no existe un Departamento de Orientación Revolucionaria (DOR) que tamice las noticias aptas para todos los públicos, y que la gente tiene acceso libre a Internet, no sólo a una intranet perfectamente esterilizada.

Al hablar ante un público libre, Abel, hay que ajustar el calibre de las mentiras. No se le puede aporrear con la misma retórica que a una audiencia cautiva. Quizás por esa razón Joaquín Sabina, que jamás se ha atenido a la consigna, hizo mutis por el foro a mitad de tu intervención.

La generación de la retórica hueca

Comprendo, Abel, que el poder exige inexcusables servidumbres. Incluso comprendo que los cubanos de nuestra generación, que crecimos aceptando como natural una retórica hueca, practicando la doble moral, estableciendo compartimentos estancos para la verdad íntima y para la pronunciable, podemos adaptarnos mejor a esa política adivinatoria, meteorológica, donde la tasación del político depende de su capacidad para predecir con un buen margen de antelación los deseos inconfesos del amo. Más preparados, desde luego, que la generación adulta en 1959, que venía de una tradición republicana, habituados a ser dueños de sus ideas, rebelarse si les castraban sus derechos, asumir las consecuencias de sus actos y ganarse la vida por su cuenta y riesgo.

Quiéraslo o no, Abel, a nosotros nos criaron como animales de granja. Y cualquier vaquero te confirmará que es más fácil ensillar a un potrico de batey que a un caballo salvaje de los que había en Cayo Romano antes que se inundara de turistas importados.

Aun así, no logro alejar esta tristeza letalmente mezclada con una buena dosis de lástima, ni la idea de que la literatura cubana está sufriendo cuantiosas bajas: tras Benítez Rojo y Cabrera Infante, quien firmaba sus crónicas cinematográficas como Caín, se nos está muriendo Abel. Al menos el Abel que un día conocimos.

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