Más puro que un cordero sin uniforme

30 05 2006

Edmundo Desnoes (La Habana, 1930) acaba de presentar en Sevilla la edición española de Memorias del subdesarrollo (Mono Azul editora). Publicada por primera vez en 1967, en ella se basó la película homónima de Tomás Gutiérrez Alea, coautor con Desnoes del guión.

Autor también de No hay problema, El cataclismo, Punto de vista y América Latina, Desnoes vivió en Cuba hasta 1979, y en Nueva York desde entonces. Tras 22 años de exilio, volvió en 2003 a La Habana (“la única ciudad del mundo que ha envejecido conmigo, a diferencia de otras ciudades mitológicas en las que han crecido nuevos órganos y que han sufrido cirugía plástica”) como jurado del premio Casa de las Américas.

A fines de 2006 aparecerá, también bajo el sello Mono Azul, Memorias del desarrollo, protagonizada por Sergio, el mismo de Memorias del subdesarrollo, quien, ya de regreso, cuenta en su haber, quizás, con menos dudas, pero con idéntico escepticismo.

Desnoes, de paso por la Feria del Libro de Sevilla (España), conversó con Encuentro en la Red.

¿Es la ambigüedad de ‘Memorias del subdesarrollo’ lo que permite que un texto leído en su día como un juicio contra una burguesía vacilante y decadente, condenada por la historia, se lea hoy como un juicio contra una revolución autoritaria y opresiva, condenada por la historia?

Quisiera mantener la ambigüedad… Hoy la novela podría leerse en la sociedad anegada por el consumo, como la voz impotente de un misántropo, de un narrador neurótico. Y en Cuba, se podría leer ahora como la conciencia lúcida de un personaje mortal, sumido en el placer de la agonía.

La revolución, como tú bien dices, es autoritaria y opresiva, pero no creo que esté menos condenada por la historia que el amistoso y cordial Imperio norteamericano. Imperio que me acogió y del cual soy ciudadano. He vivido la intensa profundidad de la revolución y he vivido la banalidad superficial del consumismo. Ni renuncio a la revolución, ni renuncio a los pequeños placeres del consumismo. Vivo en un puente porque el abrazo de la revolución casi me asfixia.

Existen tres obras escritas en los sesenta que, más allá de su clara divergencia estética, han mantenido una rara capacidad de ser releídas a lo largo de 40 años en diferentes claves, algunas diametralmente opuestas: ‘Memorias…’, ‘El siglo de las Luces’, de Carpentier, y ‘Estatuas sepultadas’, de Benítez Rojo. ¿Coincide con esa apreciación? ¿Añadiría otras?

Continúa la ambigüedad… Me siento, sinceramente, sorprendido por la comparación —especialmente al verme junto a Carpentier—. Existe, como dices, una clara divergencia estética. Y toda estética es una manera de pensar y sentir. Carpentier me deslumbra a veces, pero siempre me aburre. No aspiro a una imponente fachada, aspiro a una buena cocina y a un cuarto de baño con espejos.

Estatuas sepultadas no está mal, pero preferiría andar solo y no en su compañía. Durante los años sesenta, Memorias vivió en una soledad sonora. La película de Gutiérrez Alea, sin necesariamente quererlo Titón, se tragó a la novela. El tiempo, espero, reconocerá la primogenitura del libro. Ahora se publica por primera vez en España, en Mono Azul, en la colección Cazadores en la Nieve. Estamos en la nieve. Y en Cuba, como dijo Lezama, “el hielo es una reminiscencia”. No está mal, o como dicen aquí, “vale”. Lo que más me complace es que en Sevilla no aparece con una foto del Sergio de la película en la portada.

En su día, ¿cuáles fueron las reacciones ante la publicación de ‘Memorias del subdesarrollo’? ¿Se ha reeditado el libro en Cuba?

Durante más de treinta años, la novela vivió aplastada bajo el peso descomunal de lo real maravilloso y de las abrumadoras páginas de los demiurgos del boom. Por otra parte, el Partido, los funcionarios de la cultura, consideraron una blasfemia la visión de la revolución a través de los ojos de un intelectual pequeño-burgués.

Sin embargo, cuando la traducción al inglés fue celebrada en The New York Times, y la película fue aplaudida tanto en Europa como en Estados Unidos, la dirección política decidió que la buena propaganda borraba la debilidad ideológica de la novela. Durante 40 años, la novela no se reeditó en Cuba, y los escasos ejemplares que sobrevivieron circulaban desencuadernados, especialmente entre la juventud.

En 2004, reapareció, publicada por Letras Cubanas. La apertura cultural en la Isla, primero bajo Armando Hart como ministro, y ahora con Abel Prieto, hizo posible mi viaje a Venecia en 1979, invitado por la Bienal, donde decidí exiliarme, y, años más tarde, la publicación de Memorias. Algo es algo.

Su novela no se inserta, obviamente, en el realismo mágico de Carpentier, ni en el barroco lezamiano o la estética católica de los origenistas. Tampoco forma parte de un discurso literario militante, muy frecuente en los sesenta, o en la llamada narrativa de la violencia. ¿Ha considerado todos los puentes que la unen con la narrativa norteamericana, aunque siempre se refiera a Camus como pariente más cercano? ¿Usted siente alguna comunión estética con Heberto Padilla?

Los puentes que me unen a la narrativa norteamericana no son formales. A la literatura anglosajona me unen la duda, la ambigüedad y la búsqueda de interioridad. Mis raíces literarias están en El Lazarillo de Tormes, en San Juan de la Cruz, en Antonio Machado y, por encima de todo, en El árbol de la ciencia, de Pío Baroja.

Andrés Hurtado fue el primer personaje literario con el cual me identifiqué al final de mi adolescencia. Sí, siento una comunión estética con Padilla, aunque nunca me sentí tan seguro de mi prosa polémica como Padilla de su poesía rebelde. En su lamentable confesión, Heberto hablaba de los buenos consejos que yo, entre otros, le ofrecí cuando él daba rienda suelta a sus agudas opiniones.

Jamás le aconsejé que se callara, aunque siempre me asaltaban dudas cuando me decía: “No nos pueden tocar, Fidel necesita el apoyo de la intelectualidad europea. Estamos protegidos por el prestigio de nuestra obra”, en esas o en otras palabras muy parecidas. Siempre pensé que si atacaban la política de la revolución, Fidel se enfrentaría, sin vacilaciones, a los intelectuales de Europa, de Estados Unidos y de América Latina que cuestionaran su obra de arte: la revolución.

El escepticismo de Sergio, contrastante en un momento de entusiasmo colectivo ante la revolución, se ha mantenido incólume en ‘Memorias del desarrollo’, desde otra realidad y en un tiempo postrevolucionario. ¿Es el nihilismo como una forma de conocimiento?

No tengo la menor duda: somos mortales, nada es permanente. Piensa mal y acertarás. Nuestros sueños siempre se estrellan contra la realidad, pero estrellarse es también brillar.

Al Sergio de ‘Memorias del subdesarrollo’ lo abandonan “todos los que lo querían y lo estuvieron jodiendo hasta el último minuto”. En ‘Memorias del desarrollo’, él los abandona a todos. ¿Hay una búsqueda de la verdad individual, intransferible, una suerte de huida de lo gregario, del pueblo, incluso de la familia como entidad colectiva?

Me alegra la pregunta. Mi contacto con el otro es siempre doloroso. El otro me interesa tanto que le tengo miedo. Además, creo que la cultura es una actividad aristocrática, pero con una enorme responsabilidad hacia los demás, hacia los muchos. Nunca el bien y el mal están de un solo lado, los opuestos se tocan, como dijo Gide.

Usted ha declarado que ‘Memorias del desarrollo’ se propone, en cierta medida, explicar el mundo norteamericano desde la psicología, la sensibilidad y la lengua latinoamericanas. Sin embargo, quien lea la conversación de Sergio con Fiddle (apodo que endilgó Santos Traficante a Fidel Castro), la cabeza de perro que corona su bastón, detectará inmediatamente una suerte de ajuste de cuentas con el pasado…

Sí, tienes razón, ese capítulo es un ajuste de cuentas con el pasado. Yo escribo por deficiencia, no por desbordamiento como Dostoievski; escribo, como Kafka, para decir lo que no siempre digo cuando ando entre los hombres y las mujeres, lo que no me atrevo a expresar, o lo que no me sale.

¿Ha habido en Cuba algún interés editorial por ‘Memorias del desarrollo’?

Sólo de una manera retórica. Estoy seguro, no, casi seguro: mi conversación imaginaria, aunque respetuosa, con Fiddle, no creo que se entienda entre los funcionarios que manejan la cultura. Ya veremos cuando aparezca próximamente en Mono Azul.

Usted fue un precursor al publicar ‘Los dispositivos en la flor’, antología donde convivían Fidel Castro y Cabrera Infante, por ejemplo. A consecuencia de ello, Reinaldo Arenas le acusó de agente castrista. ¿Sufrió algún tipo de represalia por parte del gobierno norteamericano? ¿Las editoriales e instituciones culturales cubanas han mostrado algún interés en reeditar aquel libro?

Guillermito declaró que incluirlo en una antología junto a Fidel era como haber publicado a Thomas Mann junto a Hitler. La acusación de Reinaldo Arenas es tan absurda como su ensayo en escandalar, acusándome de envidiarle la barba a Fidel porque yo era lampiño.

En realidad, sólo un gran escritor es capaz de elaborar una metáfora tan reveladora de la relación entre el intelectual y el hombre de acción. A un escritor de tan fecunda imaginación como Arenas hay que perdonarle la calumnia y la mentira. En Cuba, consideran Los dispositivos en la flor como el primer intento de incluir tanto a los escritores del exilio como a los residentes en la Isla, como partes del mismo todo. No mostraron, sin embargo, interés por reeditarla. Hoy son más numerosos los escritores que viven tanto dentro como fuera de la revolución. Una nueva antología tal vez sería apropiada.

Usted era en los sesenta y setenta una personalidad de la cultura cubana. Incluso ha afirmado que durante la revolución se sintió más importante de lo que pueda sentirse ahora, que allí disfrutó “la intensidad de la experiencia” de ese “abrazo que asfixia” que es la revolución. Creo que, efectivamente, renegar de esa experiencia sería como renegar de su propio brazo derecho o de su pierna izquierda. Dado lo anterior, ¿qué le impulsó a abandonar el país en 1979?

Yo no podría haber resumido mejor mi experiencia. Vivo en un puente entre dos islas, Cuba y Manhattan, sobre aguas tibias y turbulentas. Jamás hubiera abandonado la revolución si el Partido no hubiera asumido la dirección y la orientación de la cultura. Yo descubrí que mi actitud era más religiosa que materialista: “Cree en Dios y haz lo que te dé la gana”, “cree en la revolución y escribe lo que te salga”.

Ya que no podía escribir de acuerdo con mi experiencia y mi conciencia, decidí tener una vida cómoda en el exilio. “La buena vida es cara”, como se decía durante la república mediatizada, “hay otra más barata, pero esa no es vida”. Quiero recalcar que mientras permanecí en la Isla, desde el momento en que el PCC asumió la dirección de la cultura, no publiqué una sola palabra en Cuba.

Afirmó que en su generación y en Cuba ya no se habla tanto de los problemas ideológicos, lo cual, de algún modo, permitió que usted fuera invitado por Casa de las Américas. Sin embargo, esa invitación no es leída como un acto de distensión, sino como un intento de manipulación de esa parte de la cultura cubana en el exterior, que es “admisible” siempre que, como una sucursal, pueda ser monitoreada desde la casa matriz en La Habana. ¿Qué opina al respecto?

Mientras publiquen lo que me sale de las entrañas, me siento más limpio y puro que un cordero. Además, todo sistema manipula, usa y abusa. Yo me dejo usar, siempre y cuando no me obliguen a llevar un uniforme. Quiero recalcar que nunca me he sentido más importante y relevante que durante mis años de escritor en Cuba.

La revolución le ha dado a la literatura una importancia exagerada. Me alegro. Prefiero que me repriman y que se sientan amenazados por mi escritura, que ser un bufón de la corte, un puro entretenimiento, o un desahogo que contribuya a la estabilidad del consumismo. Quiero ser, digamos, entretenido y venenoso. Dulce al contacto y cruel en la digestión; desde luego, sólo parcialmente lo he logrado.

Al preguntarle en Cuba si visitar la Isla podría traerle problemas en Estados Unidos, usted respondió que Estados Unidos “sí puede tener en cuenta que haya sido invitado por la Casa, puede que se recrudezcan las medidas”. ¿Se han producido represalias en Estados Unidos por su viaje a Cuba?

En Estados Unidos no van a tomar represalias contra un viejo ridículo. Probablemente ni se enteraron de mi visita a nuestra isla.

Sobre Casa de las Américas usted decía que su mayor mérito ha sido sobrevivir, al igual que la revolución. ¿Cree que sobrevivir, sin importar el costo, sea un mérito?

Desde luego, sobrevivir es la primera obligación de un escritor. Creo que la intensidad es más importante que la bondad de una experiencia. A los 75 años de mi edad, ya no me siento con fuerzas suficientes para vivir con intensidad en Cuba. Necesito las comodidades del desarrollo y la única intensidad que puedo asimilar es la de un buen roquefort.

Tras pasar casi la mitad de su vida dentro y la otra mitad fuera de Cuba, ¿cómo valora su relación con Estados Unidos, con Cuba y con ese tercer país que es la revolución?

De día me mueve la locura de Don Quijote y de noche me asaltan las dudas de Hamlet. Creo en lo mejor de las dos culturas. La española que me parió, y la inglesa que me acogió. Mis años en la revolución son los más intensos y profundos de mi vida. Sin ese centro, no estaríamos habitando esta entrevista.

Ha dicho que “los que se quedaron [en Cuba], las raíces, lo ven todo, el que está en las ramas [el que se fue] ha perdido la raigambre, pero es parte del mismo árbol”. ¿No será que ambos ven perspectivas diferentes y posiblemente complementarias del mismo mundo: el subsuelo y el cielo, lo subterráneo y lo aéreo? ¿Y que no tendremos una visión completa del árbol hasta que circule adecuadamente la savia y haya un verdadero intercambio entre las raíces y las hojas?

Por eso estamos aquí, para que circule adecuadamente la savia y haya un verdadero intercambio entre las raíces y las hojas. Estoy muy viejo para pensar lo que digo y no decir lo que pienso y siento. Si esta entrevista no se publica en Encuentro en la Red me sentiré mutilado, y si en Cuba cae mal, me sentiré abandonado.

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