Inteligéntsia

26 08 2011

Con un espectáculo en el Gran Teatro de La Habana, se acaba de celebrar el 50 aniversario de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Como artista invitado, asistió el general Raúl Castro, quien instó a los asistentes a reencontrarse en “el centenario», aunque cabe sospechar, sin ser demasiado suspicaz, que el general-presidente no pensaba en la pervivencia de la institución, sino en la de su propio régimen.

En “La cultura de la Rusia soviética”, Isaiah Berlin nos recuerda que tras las purgas quedó perfectamente establecido que “la misión de los intelectuales (…) no era interpretar, debatir, analizar ni aun menos desarrollar o extrapolar a nuevas esferas los principios del marxismo, sino simplificarlos, adoptar una interpretación acordada de su significado y luego repetir machaconamente por cualquier medio disponible y en todas las ocasiones que se presentasen el mismo conjunto de verdades oficiales”.

Y es a esas “verdades oficiales” a las que seguramente hacía referencia el presidente de la UNEAC, Miguel Barnet, al afirmar que la institución es una «herramienta de la vanguardia intelectual» que ha servido a «los ideales más nobles de la revolución socialista», un «laboratorio de ideas», un «nicho de debate» y un sitio para promover lo mejor de la cultura cubana. A qué ideales, debates e ideas se refiere queda claro cuando invoca a Fidel Castro como «autor intelectual» de la UNEAC. Y en esto tiene razón.

Siguiendo a Walter Benjamin, según el cual la obra de arte “ha perdido su aura”, su carácter sagrado, y se ha convertido en mercancía, el Estado estuvo dispuesto, desde los primeros años de la revolución, a adquirir esa mercancía y convertirla en instrumento ideológico que aportara legitimidad al nuevo orden.

Como en la URSS, el Estado cubano comprendió desde muy temprano que necesitaba a intelectuales orgánicos bien remunerados y/o apadrinados desde el poder que asumieran su condición de élite por encima del ciudadano común, pero, al mismo tiempo, ejerce sobre ellos periódicamente el recordatorio de su condición subalterna respecto al poder y dependiente de la gracia de éste. A veces se les humilla directamente o se les reprende como a escolares cuando trasgreden algún límite, y en caso de que insistan, se les reprime de acuerdo a la gravedad de su desacato.

Desde el 30 de junio de 1961, los límites quedaron muy claros: “¿Cuáles son los derechos de los escritores y de los artistas, revolucionarios o no revolucionarios?  Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, ningún derecho” (Fidel Castro; Palabras a los intelectuales). Ya lo había dicho Benito Mussolini: “Todo en el Estado, nada contra el Estado, nada fuera del Estado”. (Discurso de la Ascensión, 26 de mayo de 1927).

Según Berlin, Stalin patentó un método infalible para navegar entre el fanatismo utópico y el oportunismo cínico. Tras los períodos de terror, breves interregnos de clemencia durante los cuales se reprimía a los represores de turno, se abría un breve espacio para la crítica inofensiva y el pueblo respiraba aliviado porque los líderes se habían enterado, por fin, de los excesos cometidos. Hasta que todo volvía a empezar una vez que el período de “relajación” comenzaba a excederse en sus márgenes de libertad. Sin alcanzar los niveles bíblicos de represión practicados en la URSS, un sistema semejante se ha aplicado a los intelectuales de la Isla, alternando períodos de relativa indulgencia con decenios grises (o negros, en dependencia de las lentillas que use cada cual).

Podríamos aceptar, como afirma Miguel Barnet, que la UNEAC ha acompañado «críticamente» el proceso cubano, aunque deberemos aclarar que los límites de esa “crítica” siempre han sido dictados desde el poder, dado que para éste el pensamiento crítico es más peligroso que la subversión abierta, que puede combatir (y ha combatido) confortablemente con la violencia como razón de Estado. Por ello se ha afanado en domesticar al intelectual mediante cargos burocráticos, premios, viajes, honores y condecoraciones; asimilarlo hasta que sea inofensivo. El intelectual “integrado” reduce por cuenta propia sus márgenes de libertad. La represión es superflua.

En caso de que el intelectual se resista a la domesticación, el Estado dosificará el castigo de acuerdo al grado de indocilidad: exclusión del sistema editorial y los medios de prensa, galerías o espacios teatrales; negación de permisos de viajes; enajenación de sus medios de vida; ostracismo y/o escarnio público y, llegado el caso, la cárcel. La condena a silencio forzoso y el ostracismo público contará con la complicidad de buena parte de sus colegas, bien sea por puro cálculo –todo contacto con el sentenciado (altamente infeccioso) es dañino para la salud profesional— o porque la rectitud moral del excluido es un reproche indirecto al oportunismo y la sumisión del gremio.

Ralf Dahrendorf, en Homo Sociologicus (1968) afirma que “los bufones de las sociedades modernas son los intelectuales (…) tienen la tarea de dudar de todo lo que es evidente, de hacer relativa toda autoridad, de preguntar aquellas preguntas que nadie se atreve a plantear”. Añade que “Su papel es no interpretar papel alguno. El bufón no está arriba, pues no puede dictar a los demás las leyes de sus acciones. Tampoco está debajo, porque actúa como conciencia crítica de los poderosos (…) El poder del bufón está en su libertad en relación con la jerarquía del orden social”.

Pero en Cuba hasta el teatro bufo fue eliminado por decreto. Eso no significa que podamos incluir a todos los asistentes al cincuentenario de la UNEAC en un mismo saco.

Los más deseables para el poder, y cada vez más escasos, son los “legitimadores incondicionales”: intelectuales que aceptan sinceramente el poder establecido, y se sienten representados por él. Aunque no siempre sean, dada la estatura de sus obras, los que otorgan mayor legitimidad al poder. Suelen confundirse con los “intelectuales orgánicos”, según la definición gramsciana, cuyo máximo exponente sería el “intelectual político”, integrado a la élite del poder y que asume la construcción del aparato cultural e ideológico al servicio del Estado.

Si aceptamos el aserto de Kant, según el cual “No hay que esperar que los reyes filosofen o que los filósofos se conviertan en reyes, ni siquiera es de desear, porque la posesión de la fuerza corrompe inevitablemente el libre juicio de la razón”, podríamos dudar de que el “intelectual político” sea un verdadero intelectual, dado que la legitimidad de sus ideas estaría subordinada a su condición política.

Los “legitimadores por omisión” son, posiblemente, mayoría. La mayoría silenciosa. Evaden por igual los cargos públicos y la disidencia manifiesta; siempre que sea posible, evitan firmar cartas de apoyo o de condena; optan por la estricta especialización en sus respectivas artes y se acogen a un minucioso equilibrio entre la necesidad expresiva y la supervivencia. Combatidos en tiempos de fervor, cuando se exigía al intelectual una “definición”, es ahora para el poder, en tiempos de bancarrota ideológica, condición apetecible: No le exijo que me aplauda, señor mío. Ocupe sus manos en empuñar el pincel o pulsar las teclas.

Por último, la “inteligéntsia crítica” es aquella que hace públicas en sus obras y en el debate social, académico, ideológico o cultural sus críticas de mayor o menor calado. Una categoría que va desde la crítica participante, instalada en la defensa esencial del sistema y su perfectibilidad, hasta la disidencia que propone su desmontaje. Si esta última es siempre sometida a la más ruda represión, la respuesta a la primera es elástica: los márgenes de permisividad han variado con los años y los vaivenes de la rigidez ideológica. En la medida que el establisment ha perdido legitimidad, se ha visto obligado a aceptar márgenes mayores a la crítica, en particular a la que se produce fuera del país y que es fácilmente silenciable por una prensa cautiva. Y depende también del medio donde se recoja: hay mínimos niveles de admisibilidad en la televisión o los grandes medios de comunicación, que se van ampliando cuando se trata de revistas culturales o libros de escasa tirada y, por tanto, de corto alcance en lo que a accesibilidad pública se refiere.

Gracias a estos márgenes, algunos intelectuales críticos –disidentes en su fuero interno en muchos casos, aunque no lo hagan explícito más allá del salón de su casa—gradan con exactitud la munición de su crítica: grueso calibre en intervenciones académicas outside the borders, lo que otorga mayor credibilidad a su discurso en sociedades abiertas e informadas, y balas de fogueo en la televisión local, con lo que mantienen la pelota por las bandas pero sin salirse del campo, algo que los colocaría fuera de juego y anularía sus prerrogativas.

Tampoco esto es absoluto. La crisálida del intelectual no siempre desemboca en mariposa.

Es bien conocido que muchos pirómanos a los veinte años descubren a los cincuenta su vocación de bomberos. Y obtener un confortable puesto –con la adquisición del esprit de corps burocrático–, bienestar y honores ayuda mucho a sofocar los ardores juveniles. El azote del poder se convierte poco a poco en consejero que advierte de los riesgos que puede correr el propio poder que ahora lo cobija; la crítica jacobina evoluciona a crítica cortesana. Se centra en la carrocería del poder, no en su motor o su sistema de transmisión.

También puede suceder lo opuesto: el guardia rojo a los veinte se desilusiona por el incumplimiento de sus expectativas y acentúa su lado crítico hasta el extremo opuesto, aunque ello, en una sociedad donde le está vedado dar cuenta puntual de su evolución, ocurre con frecuencia en silencio. De modo que el público lee un buen día con sorpresa en el diario El País “Los anillos de la serpiente”, el “destape” de Jesús Díaz, quien fuera durante decenios lo más parecido al “intelectual orgánico” gramsciano.

Existe también entre algunos intelectuales un síndrome que merecería un serio estudio siquiátrico: la fascinación por el poder que han padecido por igual Gabriel García Márquez y Pablo Armando Fernández, quien ha admitido que volvió a nacer el día que conoció a Fidel Castro. Supongo que no se trate de una excusa para trucar su edad.

Dados los estragos que ha causado durante medio siglo el totalitarismo y su indefectible respuesta, la simulación –ya se ha apuntado lo hiperbólico que resulta llamar doble a una moral defectuosa–, podría aplicarse a gremios de taxistas, albañiles e incluso de políticos idénticas categorías que a la inteligéntsia. La diferencia es, exclusivamente, de visibilidad, razón por la cual una zona del exilio exige a éstos una audacia crítica que disculpa a los pescadores de orilla y las amas de casa. Una exigencia éticamente discutible al pronunciarse desde la distancia, agravada por la no categorización. Encaramado en su presunta “superioridad moral”, el exilio rancio parece incapaz de distinguir a los “intelectuales políticos”, arquitectos ideológicos del sistema, del resto, cuyo ejercicio (o no) de la crítica y la profundidad de ésta dependen, como entre los restantes once millones de cubanos, tanto de sus deseos como de sus posibilidades. Recibir con menosprecio esas críticas que se ejercen (y no sin riesgo) desde adentro es la mejor complicidad a que podrían aspirar los mandantes cubanos.

Para Platón, sólo un rey filósofo, el gran salvador, conseguiría sacar a la polis de su crisis. Sólo un rey así, especializado en reflexionar sobre la justicia, la paz y la armonía, estaría predestinado a resolver los grandes problemas de la sociedad. No dudo de la sabiduría y el buen hacer de muchos de los invitados al cincuentenario de la UNEAC, pero me temo que si ésta ha sido, en palabras de su presidente, «laboratorio de ideas» y «nicho de debate» de los pasados cincuenta años, habrá que buscar un nicho donde sepultar viejos debates y otros laboratorios donde cocinar las ideas del próximo medio siglo.

 

“Inteligéntsia”; en: Cubaencuentro, Madrid, 26/08/2011. http://www.cubaencuentro.com/cuba/articulos/inteligentsia-267467

 





Elegguá y el destino cubano. Entrevista a Tony Évora

25 08 2011

Cubano por nacimiento, idiosincrasia y por su extraordinaria vitalidad creativa y humana, Tony Évora (La Habana, 1937), se enamoró de la música a los once años de edad, en el Instituto Edison de La Habana, y le mantiene una fidelidad a prueba de exilios. Licenciado en Bellas Artes, fue diseñador de Lunes de Revolución y el primer director artístico del Instituto Cubano del Libro, donde realizó las sobrecubiertas de decenas de títulos técnicos extranjeros fusilados sin pagar derechos de autor –las llamadas Ediciones Revolucionarias con su R distintiva–. Casado con una checa viajó a Praga en 1968 y allí les sorprendió la invasión soviética apoyada por Castro. Tras una huida rocambolesca de Checoslovaquia, alcanzaron Linz y Salzburgo. Trabajó en Italia para Feltrinelli y fue deportado a Francia. Tras presenciar en París los coletazos del Mayo francés, se estableció en Londres. Allí fue diseñador de los libros universitarios de la editorial Longman. Entre 1973 y 1975 diseñó y produjo en Madrid los primeros ocho volúmenes de la Enciclopedia de Cuba. De regreso a Inglaterra, obtuvo un máster en grabado en el Chelsea School of Art y estudió musicología en la Universidad de Londres. Fue colaborador durante años de Encuentro de la Cultura Cubana. Entre 2004 y 2010 impartió en Barcelona dos cursos anuales sobre arte y sobre música española a estudiantes norteamericanos.

Periodista, profesor, animador cultural, artista plástico, diseñador y musicólogo, los cultos afrocubanos y la música son los temas por excelencia de su obra plástica que ha expuesto, desde 1977, en Suiza, Génova, San Juan de Puerto Rico, en varias localidades inglesas, en el Algarve portugués, Bélgica, Madrid y Miami. Ha publicado Orígenes de la música cubana (1997), El libro del bolero (2001) y Música cubana. Los últimos cincuenta años (2003), los tres en Alianza Editorial Vive en una pequeña playa valenciana, en un piso atestado de libros, cuadros, tambores y discos.

 

Tony, ¿cómo fue tu encuentro con la música y con las artes plásticas? ¿Cómo sincretizaste, una palabra que seguramente te traerá otras resonancias, ambos amores que, hasta donde sé, ocupan idéntico espacio en tu vida profesional?

Ambos fueron surgiendo paralelamente. Mi primer bongó fueron los culos de dos cazuelas. Y mis primeros dibujos en acuarela eran sobre papel de bajo gramaje. Desde muy joven me di cuenta de que Cuba es blanquinegra; a veces lograba colarme en un bembé o en un güemilere; me fascinaba ese mundo, a pesar de que mi madre era muy católica. Ya de mayor, me reveló que aguantó hasta el último momento para que no naciera el 17 de diciembre, día de san Lázaro, equivalente al poderoso Babalú-Ayé de la santería. De ahí que vine al mundo en los primeros diez minutos del día 18. ¡Qué ironía! Con el tiempo fui profundizando mi interés en las creencias afrocubanas, gracias a las obras de Fernando Ortiz, Lydia Cabrera y Rómulo Lachateñeré.

 

Lunes de Revolución ya ocupa un sitio clave en el imaginario cultural cubano. Fue, sin dudas, el gran suplemento cultural de su tiempo, no sólo por sus contenidos, que ponían al día la cultura cubana con las vanguardias del mundo entero, sino también por su empaque gráfico. ¿Cómo fue para ti esa experiencia?

Extraordinaria en todos los sentidos: allí conocí a un grupo de brillantes escritores y poetas. Ya me habían publicado dos o tres portadas cuando una de esas noches que pasé por el periódico me ofrecieron que diseñara el suplemento para reemplazar a Jacques Brouté. Recuerdo que mi primer número completo fue el dedicado a la visita de Sartre y Simone de Beauvoir en febrero 1960, con excelentes fotos de Mayito (Mario García Joya). Desde el verano de 1958 trabajaba en la agencia de publicidad McCann Erickson, y tenía unas ganas enormes de dejar aquello y hacer cosas rabiosas y realmente útiles a la sociedad. En Lunes tuve total libertad para jugar con los conceptos gráficos Dada, surrealistas, De Stijl y constructivistas, que me fascinaban. También estaba influenciado por los norteamericanos del Push Pin Studio, por Saul Bass, Herb Lubalin y otros, así como por la escuela cartelística polaca con Lenica y Swerzy al frente. Me bullían en la cabeza los experimentos gráficos de El Lissitzky y de Kurt Schwitters, tanto como el Bauhaus y los suprematistas. Estimulado por esas ideas, intenté sacudir la palma criolla, hastiado con la modorra que primaba en las publicaciones del país.

Entonces ni se conocía en Cuba la fotocomposición de textos. Todo era alta ingeniería en metal. Los textos mecanografiados eran compuestos por los linotipistas en sofisticadas máquinas Linotype o Intertype, que fundían en plomo y al ancho requerido las líneas de matrices de cobre. Usábamos fuentes como Century, Bodoni o Futura. Lunes se imprimía en rotativas a relieve sobre papel gaceta de baja calidad, que absorbe mucha tinta. Lograba la relación entre el contenido y la presentación gráfica –entre otros elementos– dejando mucho espacio blanco en que aparecían infinitos juegos con una R del siglo XIX, sólida y expandida, de la fundición inglesa Stephenson Blake, que lo mismo reproducía blanca sobre un fondo negro o rojo, de cabeza o al revés, cosa que según me enteré más tarde preocupaba al régimen. A menudo hacía meticulosas combinaciones tipográficas, montajes de letras individuales recortadas de alfabetos reproducidos fotográficamente, caracteres que no existían en Cuba. Eran detalles que distinguían al suplemento.

En aquellos días me gustaba ir a escuchar a La Lupe (1936-1992), que incorporó al cancionero nacional un canto marginal, malicioso, a veces hiriente. Era un verdadero espectáculo, una show woman que combinaba talento y mal gusto; vocalizaba a su manera, acompañada del pianista Homero, a quien solía pegar con un zapato de tacón de aguja. Su estilo irreverente levantaba ronchas en aquella Habana estupefacta ante el fenómeno revolucionario, pero sus adeptos la seguimos al club La Red. Por entonces, la transformación de un programa nacionalista en un socialismo soviético creó terribles tensiones y, a nivel musical, La Lupe consiguió reflejar las ganas que tenía el pueblo de gritar, de mandarlo todo al carajo, de arañarse y llorar de rabia. Se largó de la isla en 1962.

 

Pero Lunes no estuvo exento de polémica, en particular sus frontales ataques al movimiento origenista. ¿Cómo recuerdas aquello y su fulminante desaparición del panorama nacional?

El núcleo central de Lunes estaba formado por creadores de la generación de 1950 que se convirtieron en perseguidores de los origenistas, incluyendo a dos renegados de Orígenes: Virgilio Piñera y José Rodríguez Feo. Recuerdo una noche en que defendí al poeta Eliseo Diego a capa y espada –hacía un par de años que había leído En la calzada de Jesús del Monte–. Se discutía demasiado y se escribían muchas cosas a la carrera: los criollos solemos ser hiperbólicos y desmesurados. Pero debo recalcar que ni ideológica ni estéticamente el equipo de Lunes cuajaba como una unidad. Sin embargo, no disimulábamos nuestras simpatías por Karl Marx, André Breton, el arte y el teatro contemporáneo, así como el existencialismo en boga. Alejado de las líneas estéticas que identificaron a las revistas Orígenes y Ciclón, el polémico, talentoso y sin duda elitista grupo que hacía el suplemento alentó la creación sin cortapisas desde su aparición el 23 de marzo de 1959, gracias al entusiasmo de Carlos Franqui, el director del periódico Revolución.

El gobierno reconocía que la cultura era un arma para la construcción de una nueva sociedad, aunque no siempre supo alcanzar los mejores resultados –como en el caso del racismo, todavía rampante en la isla– dada su conocida ineptitud. Sabiendo que tarde o temprano saldría hacia Praga, aprovechando una beca del Estado checo, a principios de 1961 le pedí al pintor Raúl Martínez que me reemplazara, e hizo un trabajo estupendo.

Puede parecer una obviedad, pero a menudo se olvida que los problemas con Lunes no acabaron con su cierre, todo lo contrario. El último número (6 de noviembre de 1961) fue una protesta sutil contra lo acontecido en las tres reuniones que tuvieron lugar en la Biblioteca Nacional los días 16, 23 y 30 de junio, entre un considerable número de escritores, artistas y músicos, enfrentados a los farragosos monólogos de Castro, flanqueado por el presidente Dorticós y Alfredo Guevara, director del ICAIC. Aunque en sus páginas no se publicaron los feroces ataques y acusaciones hechas al suplemento y al periódico, creo recordar que aquel último número se debatía entre un canto del cisne y el derecho del ahorcado al pataleo, ofreciendo un hermoso homenaje al arte moderno y, en particular, a Picasso, simpatizante de la revolución, cuyas obras representaban una postura radical contra las rígidas normas de interpretación artística de los viejos comunistas.

 

En el Instituto del Libro diseñaste una R muy distinta a la de Lunes, donde aparecieron, saltándose a la torera los derechos de autor, que por entonces la revolución declaraba abolidos, de obras científicas y técnicas extranjeras. ¿Cómo recuerdas aquella experiencia? ¿Sabes que hoy se prohíbe sacar de Cuba libros de Ediciones R para que no existan pruebas de aquellas violaciones de los acuerdos internacionales sobre derechos de autor que posteriormente Cuba firmó? ¿Qué te ocurrió en la entrevista en la editorial Longman cuando presentaste en tu currículo esas ediciones?

Castro es un inepto pero tiene una curiosa memoria. Cerca de las navidades de 1966 fui nombrado director artístico del recién creado Instituto del Libro. Aunque al principio no éramos más que cuatro gatos, una madrugada se apareció con un primer lote de libros técnicos publicados en inglés en los países avanzados, para ser “fusilados” (acción por la que siente una verdadera pasión) y que yo les hiciera nuevas sobrecubiertas en español. El comandante aprovechó para preguntarme si era yo el que ponía la revolución al revés en Lunes, con aquellas R en diversas posiciones. Asentí y aproveché para mostrarle el nuevo logotipo que había diseñado para sus “Ediciones Revolucionarias”, que aprobó entusiasmado.

Comencé a vivir en Londres hacia finales de octubre de 1968, alternando trabajos para varias editoriales, lavando platos en el hotel Ritz y tocando las congas en la banda de Edmundo Ros, la única orquesta latina en aquella época. Una tarde, buscando trabajo como ilustrador en una agencia de artistas, viendo lo preocupado que estaba pues ya el Home Office me había informado que o bien conseguía un trabajo fijo o me tendría que largar del país, una señora mayor, alta y muy amable, comentó haber visto en la revista The Bookseller un anuncio de empleo en la importante editorial Longman. El mensaje era claro: buscaban un diseñador de libros con amplia experiencia para hacerse cargo de su catálogo universitario. Presenté mi solicitud y finalmente fui entrevistado a fines de diciembre. Y ahí fue cuando lo de los libros fusilados tuvo cola. Durante la entrevista en Longman yo iba sacando del portfolio ejemplos de mi trabajo y el director me pidió que le tradujera los títulos de algunas de aquellas sobrecubiertas cubanas. De pronto, montó en cólera: “¡Pero esos son nuestros autores!” chilló. Me quedé lívido. De nada valió que le explicara que en Cuba había un solo empleador, un hombre que no creía en los derechos de autor y que yo tenía que acatar sus deseos. Supe que no me contratarían, pero entonces intervino su acompañante, el jefe de personal: “Pero John, ¿no ves que el Sr. Évora ha sido ‘our man in Havana’ todos estos años?”, refiriéndose a la novela de Graham Greene. Aquel oportuno comentario disipó la cólera del director, todos reímos la ocurrencia y yo salí de la entrevista felicitándome por haber decidido vivir en un país con ese sentido del humor. El 31 de diciembre me llamaron para ofrecerme el cargo, y el 2 de enero le llevé una caja de bombones a la señora que me había alertado.

 

Los carteles cubanos de los 60 fueron una revelación que rebasó el mundo gráfico de su tiempo para insertarse en lo mejor de las artes plásticas. ¿Cuál fue tu participación en aquel movimiento?

Aunque el diseño de carteles siempre ha sido el tema más divulgado, entre 1959 y 1965 aparecieron otros aspectos como el diseño de libros, revistas, logotipos y otros soportes que a menudo se han ignorado u olvidado a pesar de su gran calidad visual y el importante rol que desempeñaron. Conocía a todos los protagonistas que intervinieron en elevar el nivel del diseño aplicado; con ellos viví la lucidez, la euforia y las contradicciones de aquellos años. Me movía bastante, desde las portadas de Bohemia, las ediciones de Casa de las Américas, Lunes de Revolución, el ICAIC y los carteles puramente ideológicos.

 

En 1962 viajas a cursar estudios en Praga. ¿Cómo recuerdas aquel período?

En UMPRUM, abreviatura de la Escuela Superior de Artes Aplicadas, tuve dos profesores excelentes, el pintor surrealista Frantisek Muzika y el grabador e ilustrador Karel Svolinsky. Por suerte, uno hablaba francés y el otro algo de italiano, por lo que podíamos comunicarnos mientras aprendía términos checos, compartiendo jarras de la mejor cerveza del mundo con mis compañeros. Con una pequeña plaza ajardinada de por medio, frente a UMPRUM se levanta una hermosa sala de música sinfónica, y como gozaba de un considerable descuento por ser estudiante, durante tres años pude asistir a infinidad de conciertos.

En la escuela pude trabajar libremente el aguafuerte en todas sus variantes, incluyendo la punta seca y la mezzotinta, así como el grabado en madera y la xilografía, la litografía sobre viejas piedras de Baviera y la serigrafía. En la sección de tipografía yo mismo componía los textos a mano, según los fuera necesitando. Pero no todo consistía en estudiar y aprender técnicas nuevas. Los estudiantes criollos organizábamos cada año verdaderas fiestas populares en las que fungía como director musical y conguero, y Perico (Hiraldo Lima, que murió de SIDA en La Habana en los años 80) era el encargado de la coreografía.

Aparte de las labores en la escuela, me dediqué a diseñar tres carteles en formato grande para un concurso anunciando la conferencia de la Unión Internacional de Arquitectos que tendría lugar en La Habana aquel verano de 1963. En ellos se aprecia mi manera de diseñar: en lugar de imponer un estilo determinado lo que busco siempre es una buena idea, a la que me adapto sin problemas. Gané los dos primeros premios y la invitación de viajar a la isla, lo que me permitió pasar unos días con César y su madre en una cabañita del hotel Kaguama de Varadero antes de regresar a Praga.

En 1965, al terminar mis estudios en Praga, regresé a Cuba en un barco ruso que partió de Varna, en el Mar Negro, con cientos de becados. Tuve algunas dificultades para encontrar trabajo, a pesar de estar mejor preparado que otros diseñadores. Hice trabajos para la Editorial Universitaria y para la Imprenta Nacional, donde mantuve mi amistad con Felito Ayón, quien me presentó a Bola de Nieve un día que estábamos tomando la sauna en el último piso del hotel Habana Libre, y se apareció el crooner y gran pianista. Al despedirse, Bola me levantó la toalla de pronto y dijo “¡Ay, hijo, que Dios te la bendiga!”

 

¿En qué momento abandonas Cuba? ¿Cómo fue el periplo que te llevó a establecerte en Inglaterra?

Estaba en Praga en 1968 con mi esposa checa, y una semana después de la invasión soviética de Checoslovaquia y de conocer el apoyo de Castro a aquel crimen, logramos escapar por un pelo. El tren con destino a Viena fue detenido a la altura de Linz; nos hicieron bajar y nos arrancaron nuestras maletas, así como tres cajitas de diapositivas con una selección de mi trabajo gráfico. El oficial ruso, de cuyo cuello colgaba una metralleta, nos ordenó correr hacia la tierra de nadie entre Checoslovaquia y Austria. Detrás de él, un soldado sujetaba a dos pastores alemanes. Corríamos sin mirar atrás, perseguidos por los perros. Sonó un disparo, y uno de los pastores alemanes fue abatido por un vigía del lado austriaco. Al alcanzar la torre, agotados, nos sentimos a salvo. Esa noche del 29 de agosto 1968, después de cenar frugalmente, dormimos en la mejor celda de Linz.

Gracias al VW Beetle comprado en Salzburgo con la ayuda de mi amigo Adolf Opel, de Viena, pudimos visitar al pintor Wifredo Lam en la costa genovesa. Conversar con Lam sobre arte consiguió sacarme de mi profundo ensimismamiento. Atrás dejaba a mi hijo, a mis padres y a mi hermana. Lam tuvo la gentileza de darnos algún dinero. Nunca olvidaré su último abrazo. Me dijo algo así como “Chico, olvídate de las tendencias artísticas y haz tu propia obra. ¡Inventa algo”!

De allí alcanzamos Milán. El editor Giangiacomo Feltrinelli, un millonario de izquierdas que poseía la mayor colección de textos originales de Marx y Engels, a quien yo había conocido en el 60 ó 61, me dio trabajo diseñando cubiertas de libros, asegurándome que él seguiría apoyando a Castro, aunque respetaba mi decisión. Feltrinelli fue la primera editorial en publicar Doctor Zhivago, de Pasternák en Occidente. Estábamos encantados de vivir en Milán, cuando una noche se aparecieron varios policías en un Jeep con instrucciones de que los siguiéramos hasta la frontera con Francia. Estaba acusado de ser un espía checo. Ni siquiera pude despedirme. En 1972, Feltrinelli, alias “Osvaldo”, fundador de los GAP (Grupos de Acción Partisana), fue víctima de la bomba artesanal con que pretendía volar una torre de alta tensión.

 

Tanto en tu obra plástica como en tus libros sobre música, están muy presentes los ritmos y los cultos afrocubanos. Sé que en el caso de la música has sido creyente y practicante. ¿También en el caso de las religiones afrocubanas cuyas claves dominas perfectamente? ¿No crees que hay mucho de helénico, sobre todo en el panteón yoruba, y que eso lo hace perfectamente compatible con las esencias de la cultura occidental?

Mi temprano interés en la santería y otras creencias afrocubanas se debió a mi curiosidad por el sincretismo religioso operado en la isla, y ya tenía evidencias suficientes de que a mucha gente le funcionaba mejor hacerse de “registro” con un babalao que rezar decenas de veces a la Virgen, al Señor, o a un santo católico. A veces pienso que los tambores me acercaron a las creencias.

En el verano de 1973, recién casado por tercera vez, dejé la editorial Longman para mudarnos a Madrid y producir los primeros ocho volúmenes de la Enciclopedia de Cuba, un hermoso proyecto sufragado por varios exiliados en Puerto Rico y Miami. Entretanto, mi mujer y más tarde madre de nuestras hijas, aprendía castellano. La labor para sacar adelante aquellos libros enormes –siempre contando con la ayuda orientadora de Gastón Baquero, cuya amistad y ejemplo perviven en mí aun después de su muerte–, incluía mandar a componer en metal los textos, corregirlos y, con pruebas limpias, maquetar cada página, situando las ilustraciones como guía para los operarios de los talleres de impresión offset que manejaban los fotolitos. Me convertí en el hombre-orquesta.

Durante aquellos febriles meses, también diseñé tres libros seminales de la etnóloga Lydia Cabrera, que residía en Madrid con su compañera Titina: La laguna sagrada de San Joaquín; Yemayá y Ochún. Kariocha, Iyalorichas y Olorichas, y el voluminoso Anaforuana. Ritual y símbolos de la iniciación en la sociedad secreta Abakuá, en el que tuve que descifrar muchos conceptos y organizar el material para maquetar el contenido correctamente. Lo más curioso es que verdaderos especialistas de la cultura abakuá, como el profesor norteamericano Ivor Miller, y algunos africanos que todavía me escriben, consideran ese volumen una biblia. La gran iyalocha de Cuba y yo nos hicimos muy amigos. Con su inveterado sentido del humor, siempre se refería a mi mujer como Lady Liz. En su apartamento madrileño, Lydia me hizo asiento de Changó, y me dio un otán, la piedra negra que guarda el aché del oricha.

 

Durante muchos años César Évora fue el hijo de Tony Évora, pero al convertirse en un actor famoso, sobre todo después de establecerse en México, empezaste a ser el padre de César Évora. ¿Cómo se siente esa transición cuando los hijos ocupan un espacio propio? ¿Cómo fue tu reencuentro con César en New York tras veinte años sin verse?

Vivo orgulloso de mi hijo, un hombre entero, con mucha vida interior. Cuando se le ocurrió presentarse a una prueba en el ICAIC, César estudiaba Geofísica. Algunos de los que le atendieron eran conocidos míos y les asombró la figura y el talento innato de aquel joven de 20 años. Fue reclutado para las pantallas, estudió actuación y, si no recuerdo mal, la primera película en que apareció fue Cecilia. Años después fue invitado a New York a hacer el papel de un amante de Lorca en una obra teatral sobre el asesinato del poeta granadino. ¿Te imaginas mi excitación cuando recibí su llamada? Para entonces yo era director del Departamento de Artes Visuales, Música y Gestión Editorial de la Universidad Brookes de Oxford. Pedí una semana para reunirme con César. Después de veinte años sin vernos, encontré a un hombre casado y con dos hijos pequeños. Nos abrazábamos todo el tiempo, apenas comíamos, teníamos tanto que contarnos.

Una mañana que él tenía libre, nos fuimos al MOMA, donde encontramos expuesto uno de mis posters del Che Guevara. La ficha decía “Autor desconocido”. César quería ir a la administración del museo y aclarar la autoría, pero le expliqué que esa era la información que les había enviado La Habana. Justo en ese momento, escuchamos una música sabrosona. Al momento reconocí el sonido de las dos trompetas de la Sonora Matancera y la voz de Celia Cruz. Era un desfile que pasaba por Park Avenue celebrando el día de Puerto Rico. Nos sumamos a la multitud y empezamos a echar un pie. ¡Un momento increíble!

 

En uno de tus libros has afirmado que la música afrocubana “…nace del encuentro de varios individuos que la conciben colectivamente. Mientras el solista se desgañita con alabanzas a los grandes del pasado, el ritmo de los tambores pulsa el tiempo presente y futuro. Si el canto inmoviliza la acción en el pasado, gracias a la alquimia del movimiento, el ritmo la impulsa hacia el porvenir”. ¿Consideras que en tu obra ha ocurrido lo mismo, es decir, una especie de proyección hacia el futuro de esos anclajes de la memoria que has preservado como pocos en tu cubanía inclaudicable?

Creo que mis conocimientos de las creencias religiosas venidas de África, condimentadas con ciertos elementos del catolicismo, han alimentado mi obra visual, particularmente el efecto que ha tenido la música popular, bastante plagada de conceptos y términos que denotan la influencia de dichas creencias. Ignacio Piñeiro, por poner un ejemplo, compuso algunos sones donde se advierte ese fenómeno, como En la alta sociedad, No juegues con los santos y la rumbita Arrolla cubano, números que María Teresa Vera, creyente ella misma, interpretó con mucha gracia con el apoyo de Lorenzo Hierrezuelo. Y eso ocurre incluso al nivel musical más alto, como es el caso de Roldán y García Caturla, quien utilizó con mayor frecuencia fragmentos melódicos reconocibles, tomados de la música callejera, como en el caso de su Berceuse campesina, que adopta la melodía de un son popular. El sincretismo traspasó la obra y la vida de Caturla, hasta su muerte. Blanco casado con la negra Manuela y, tras morir ésta, con su hermana Catalina, será asesinado a balazos por un pistolero negro a sueldo de los acusados en un juicio que él presidiría como juez de Remedios. Sus polémicas técnicas de composición del siglo XX provenían de la influencia de sus estudios en Europa y de sus vínculos con la Pan American Association of Composers (PAAC). A través de la PAAC se organizaron conciertos y se grabaron programas radiales con las obras de Caturla y Roldán en Estados Unidos, así como una serie de conciertos en Europa entre 1931 y 1932. Es sorprendente que la música escrita por esta vanguardia sea apenas conocida en Cuba. La obra completa de ambos nunca ha sido impresa y publicada, y antes de la antología editada por la EGREM a principios de los 90 era virtualmente imposible conseguir grabaciones de su música.

Antes mencionaste que hay mucho de helénico en las creencias afrocubanas. Vale la pena recordar que los principales cultos afrocubanos son el yoruba o lucumí (Regla de Ocha, o santería); el kimbisa o mayombe de la zona del Congo (Regla de Palo Monte) y los llamados ñáñigos (la Sociedad Secreta Abakuá). A través de los siglos, los sistemas religiosos de varias etnias se mezclaron lo suficiente como para crear un verdadero caos, contradiciéndose unas a otras con bastante frecuencia, dentro de un fabuloso mundo de leyendas llamadas pattakís, transmitidas oralmente y más tarde transcritas en modestos cuadernos o libretas. La mitología yoruba, que en cierta forma es comparable a la griega en riqueza filosófica y valores poéticos, constituye el único bagaje sostenible de ideas sobre la creación del mundo que ha sobrevivido entre los afrocubanos. Es más, cuando en la isla o en Miami se dice que una persona es “hijo” o “hija” de Changó, Ochún, Yemayá, Obbatalá u Oggún, no hace falta decir más sobre su carácter y lo que cabe esperarse de ella. Asimismo, en el oricha Elegguá, un diablillo socarrón que abre y cierra los caminos, que lo mismo dispensa el bien al malo que el mal al bueno según una lógica disparatada, se encarna a cabalidad la concepción del destino del cubano.

 

“Elegguá y el destino cubano”; en: Cubaencuentro, Madrid, 25/08/2011. http://www.cubaencuentro.com/entrevistas/articulos/eleggua-y-el-destino-cubano-267406





Vivir en Candonga

17 08 2011

Vivir en Candonga no es nada fácil. Y no es la “candonga” que aparece en el Diccionario de la RAE –zalamero y astuto, con maña para huir del trabajo, maniobra de distracción para perpetrar un engaño de que va a ser objeto, burla e, incluso, “El Candonga” como heterónimo del diablo, aunque de todo eso haya su poco–. Invoco la memorable novela Vivir en Candonga (1966), de Ezequiel Vieta, que se emplaza en un sitio tan alucinante y desquiciado como nuestra ínsula.

Lo peor es que Candonga no se limita a la geografía, nos persigue dentro de los sueños, viaja con nosotros cuando visitamos a la abuelita de Miami, cuando dictamos en Upsala una conferencia sobre “Artejos de crinoideos plantónicos en el Cretácico Inferior”, o se encona durante cuarenta años de exilio. Vivir en Candonga no es fácil. Librarse de Candonga, tampoco, como lo demuestra la reciente candanga candonguera a propósito del recital de Pablo Milanés el sábado 27 de agosto en el American Airlines Arena, de Miami.

Veinte organizaciones de exiliados y ex presos políticos ya pidieron al alcalde de Miami-Dade que impida el concierto. «Pablito Milanés es (…) un emisario del Gobierno de Castro disfrazado de músico», declaró Miguel Saavedra, presidente de Vigilia Mambisa. Nelis Rojas de Morales, secretaria general de la Coordinadora Internacional de ExPrisioneros Políticos Cubanos, se declaró en contra del «mal llamado intercambio cultural con Cuba (…) la venida de los comunistas que manda Fidel Castro para que se introduzcan en el exilio». Emilio Izquierdo, coordinador de Cuban American Patriots and Friends, dijo que el coliseo “es de los contribuyentes” (…) elementos contrarios a los intereses y principios democráticos no pueden usarlo (…) El concierto es una afrenta, [y] Milanés es un agente ideológico de un gobierno enemigo y patrocinador del terrorismo”, con lo que coincide Ninoska Pérez Castellón, periodista de Radio Mambí y miembro del Consejo por la Libertad de Cuba. David Rivera, representante republicano por Miami, calificó el concierto como un insulto a la comunidad cubana, y en una carta a un medio local, un exiliado calificó el evento como «la última Intifada castrista».

Por su parte, el alcalde de Miami-Dade, Carlos Giménez, dijo rechazar la promoción de intercambios con el régimen de los Castro, pero legalmente no tiene poder para intervenir, porque el coliseo es de propiedad condal, pero administrado por Basketball Properties Limited, filial del Miami Heat.

En entrevista concedida a Sarah Moreno, del Miami Herald (http://www.elnuevoherald.com/2011/08/13/v-fullstory/1002999/vengo-a-miami-a-tender-una-mano.html#ixzz1VBFfkSn2), Pablo Milanés admite ser una de “las víctimas’’ de la represión del gobierno cubano, que lo condenó a un año y medio en las UMAP. Aun así, se define como “revolucionario de izquierda, progresista, tolerante y capaz de escuchar todas las tendencias y respetarlas”, mantiene su fe en el socialismo e insiste en permanecer en la Isla, aunque hasta ahora ningún socialismo ha conseguido convertirse en “un sistema para reivindicar al ser humano desde todos los puntos de vista: de la economía, del amor, del espíritu, de la paz”. “Creo en el sistema, pero no en los hombres que lo hacen”.

Milanés critica “el sistema de “castas” que mantiene el gobierno, la discriminación contra los negros y la autocensura de la prensa cubana”, la manipulación de la información, y reivindica el derecho de todos los cubanos, vivan donde vivan, a entrar y salir libremente de la Isla sin que medien vetos o permisos. Asegura llevar muchos años denunciando la falta de derechos y libertades en Cuba.

En su momento, Pablo condenó la muerte del opositor Orlando Zapata Tamayo y afirma que “una persona tiene derecho a protestar y el Estado debe protegerle la vida, sea cual fuere la naturaleza de la protesta”. Por eso, cuando le pidieron que firmara la carta de los intelectuales en apoyo a los encarcelamientos de la Primavera Negra, “Fui el único que no la firmó porque no estuve de acuerdo con que los apresaran ni con que fusilaran a aquellos tres muchachos –negros, por cierto– que se robaron la lancha y no mataron a nadie”. Dice no renegar de quienes la firmaron, entre ellos muchos colegas músicos, pero cree “que debían haber tenido un papel determinante en ese momento. Hubiera sido importante que nadie firmara esa carta”.

A instancias de la periodista, explica su mensaje de apoyo y aliento a Fidel Castro en 2006 porque “era un momento de crisis, y los hombres revolucionarios en momentos como esos echan a un lado las diferencias. No podíamos permitir que por la enfermedad de Fidel Castro, el país cayera en un caos”.

Tras leer la entrevista, la señora Zoé Valdés, en “De las buenas intenciones y las correctas maneras” (http://zoevaldes.net/2011/08/15/de-las-buenas-intenciones-y-las-correctas-maneras/), se declara asqueada. Ella esperaba que Pablo confesara en público “lo que hace años viene diciendo sotto voce en su casa habanera (…) que estaba a punto de salir a manifestarse en contra del régimen por las calles de La Habana”. Ella le envió el mensaje de que si lo hacía “tendría el apoyo de buena parte del exilio”, pero el cantautor ni respondió. Por eso ya no cree en las “buenas intenciones” de Milanés, sobre todo si “van adobadas de “buenas maneras”.

En su artículo, la señora Valdés asegura que el cantautor “sigue apoyando al castrismo, y con ello se ha enriquecido (…) y puede entrar y salir de Cuba a donde él quiere, privilegio que gozan solo los cubanos autorizados por el régimen. (…) Suele ser crítico, hasta un límite. (…) el mismo tipo de crítica que le han permitido a Pedro Juan Gutiérrez, a Leonardo Padura, a Wendy Guerra (…) haciendo el paripé de una cierta crítica (…) deben entrar por un cierto aro”. Como recompensa, reciben “grandes sumas de dinero, le entregan una parte al estado castrista, y libran impuestos fuera”.

Considera que a Pablo “le han dado como tarea cantar en Miami” para contribuir a una “reconciliación entre cubanos”, que “los conciertos le han mermado en otras partes del mundo, y ve la posibilidad de ingresar un buen dinero” (a lo que ella no se opone), algo que dependerá de la taquilla, de modo que si el teatro se llena es que “el castrismo ha copado a Miami” por culpa de “la gran incapacidad de los políticos, que se la han pasado aupando a los disidentes de pacotilla, en vez de apoyar a los verdaderos artistas”.

Recuerda que “yo viví dentro de Cuba lo que muchos no han vivido”, y en lugar de nostalgia siente repulsión por aquellas experiencias. “Desde Cuba uno ve las cosas de otra manera, y desde Cuba, hace muchos años, yo también pensaba que PM era diferente” pero dictamina que “basta ya” de apoyar a quienes continúan creyendo en el comunismo. En contraste con tanta vileza castrista, la señora Valdés nos recuerda que a ella la han prohibido en Cuba, en diarios castristas de todo el mundo y en diarios del exilio, honor que comparte “con escritores de gran talla de Europa del Este”.

Ya Ezequiel Vieta advertía en su novela “del significado en consecuencia que tuvo tanto para él como para sus congéneres, para la posteridad propia chiquita que se le atribuye. Su ínclito y desusado vivir en Candonga”. Es lo que Jesús Díaz llamaba “el Fidel que todos llevamos dentro”. Librarse de Candonga es difícil. Y la barricada levantada por una zona del exilio contra las andanadas de “Yolanda” y “El breve espacio en que no estás” es ejemplar.

El primer candongazo, en la mejor retórica del diario Granma, es tildar a Pablo de “agente ideológico” al que “le han dado como tarea cantar en Miami”, “emisario del Gobierno de Castro disfrazado de músico”. Ya quisieran muchos buenos músicos andar disfrazados con cuarenta discos y piezas como “Para vivir”, “El tiempo, el implacable, el que pasó” y “Ámame como soy”. O su rescate de figuras memorables, como Miguelito Cuní, Chapotín y Kotán, los tres discos de la serie Años y los seis de la serie Filin. La libertad de opinión es sagrada, pero cuando una opinión comienza por una estupidez, la inteligencia ordena resetear el cerebro.

El segundo es un asunto de calibre y proporciones. Calificar a este concierto como “una afrenta y un insulto” al exilio cubano es, en primer lugar, monopolizar sin pruebas la perspectiva de ese exilio, a riesgo de perder el referendo de la taquilla si, como prevé el productor Hugo Cancio, presidente de Fuego Entertainment y Cuba Business Development Group Inc., quien organiza la gira de Milanés y descartó suspender el concierto, hay un lleno en el American Airlines Arena y resulta que “el castrismo ha copado a Miami”, según la tesis de Valdés. Pero es también extrapolar a todo Miami la palabra exilio. Como afirma Cancio, “Milanés no sólo viene a Miami a cantar a sus hermanos cubanos, sino a sus cientos de miles de seguidores de toda América Latina”.

El tercer candongazo es el más grave. El exilio generado por una dictadura y que reivindica la democratización de la Isla exige prohibir, censurar, proscribir un concierto, olvidando que “En un país libre y democrático la manera de mostrar rechazo a una idea es protestando, lo demás son tácticas usadas por países totalitarios como Cuba”, como afirma John De León, el presidente del capítulo floridano de la American Civil Liberty Unions. ¿Qué podemos esperar de estos “demócratas” si un día se alzan en Candonga con el derecho al veto?

Por suerte, hay muchas voces disonantes. En entrevista para Wilfredo Cancio en Café Fuerte (http://cafefuerte.com/2011/08/15/willy-chirino-los-cubanos-debemos-sentirnos-orgullosos-de-la-nueva-trova/), Willy Chirino afirma que “El hecho de que [Milanés] venga a cantar aquí es lo que exige la democracia, como exige también que haya un espacio para Vigilia Mambisa protestar u otra gente obviar el concierto. (…) lo que yo quiero para la Cuba del futuro es un país donde haya espacio para todo tipo de personas y todo tipo de mentalidad política, aunque uno esté en desacuerdo con ellas; un país donde defendamos incluso el espacio para los que quieran pertenecer al partido comunista”. Aunque considera que los intercambios culturales son incompletos, pues funcionan sólo desde Cuba hacia Estados Unidos, mientras muchos artistas del exilio son vetados por Cuba. Algo con lo que coincide el cantante Amaury Gutiérrez.

Por su parte, el texto de la señora Valdés es un verdadero tratado de Candonguismo Aplicado. Admite que “Desde Cuba uno ve las cosas de otra manera”, y que desde allí ella “también pensaba que PM era diferente”. Quizás porque “yo viví dentro de Cuba lo que muchos no han vivido”, y en lugar de nostalgia siente repulsión por aquellas experiencias. Supongo que se refiera a sus experiencias como directora de una publicación oficial y miembro en París de la delegación cubana ante la UNESCO. Pero ahora dictamina que “basta ya” de apoyar a quienes continúan creyendo en el comunismo. La señora Valdés dispone del “momentómetro” que indica el instante preciso en que ya no es admisible ser indulgente (con ella misma, por ejemplo) y toca ser inflexible como las mesas redondas.

No sé si la señora Valdés tiene problemas de liquidez, o con Hacienda, o si sus royalties han descendido, pero insiste una y otra vez en referirse a los artistas que ingresan “grandes sumas de dinero, le entregan una parte al estado castrista, y libran impuestos fuera” (su agente debería informarla sobre los convenios para evitar la doble tributación) y en que a Pablo “los conciertos le han mermado en otras partes del mundo, y ve la posibilidad de ingresar un buen dinero”. No soy agente de ninguno de los dos, por lo que ignoro el estado de sus finanzas, pero creo que en ningún caso el calibre de la cuenta corriente tenga que ver con esto. Y afirmar que “Pablo Milanés sigue apoyando al castrismo, y con ello se ha enriquecido”, no con su trabajo, es tan objetable como afirmar que Zoé Valdés se ha enriquecido con su anticastrismo y no con sus royalties.

Al asegurar que el cantautor “puede entrar y salir de Cuba a donde él quiere, privilegio que gozan solo los cubanos autorizados por el régimen” olvida que ella también gozó de esos privilegios y que, hasta donde sabemos si Wikileaks no nos revela algo nuevo, los preservó con un cauto silencio hasta su salida definitiva del país, sin “salir a manifestarse en contra del régimen por las calles de La Habana” como ahora exige a Pablo Milanés. La disidencia sotto voce es siempre más saludable.

 

De paso, arremete contra Pedro Juan Gutiérrez, Leonardo Padura, Wendy Guerra y todo el que se tercie, críticos “hasta un límite” que, “haciendo el paripé de una cierta crítica”, “deben entrar por un cierto aro”. Si no echara mano a su ficha biográfica, diría que la señora Valdés nació en París, y que desconoce que bajo un sistema totalitario como el cubano existe una enorme biodiversidad entre el esbirro orgánico y el disidente dispuesto a morir por sus ideas. Tan admirable el último como execrable el primero, entre ambos polos hay castristas convencidos o por conveniencia, simpatizantes, críticos, opositores de distinto grado, indiferentes, apolíticos, héroes y villanos. Dictar normas de conducta y grados de audacia desde la seguridad del exilio es jugar a Dama de Blanco Chanel, aunque comparta honores “con escritores de gran talla de Europa del Este”.

En su “Candonga de los colectiveros”, del famoso compositor Johann Sebastian Mastropiero, Les Luthiers cantan que “No se puede, yo lo siento, ni bajarse ni subir / Con el coche en movimiento no me gusta transigir”.

El próximo día 27 comprobaremos si ha prevalecido la música de Pablo Milanés o la letra de Vigilia Mambisa y si se cumple la noticia con que cierra su artículo la señora Valdés: que en su casa (infiero que se refiere a la casa de sus ideas) entra “quien yo quiera, y cada vez son menos”. Lo cual resulta esperanzador.

 

“Vivir en Candonga”; en: Cubaencuentro, Madrid, 17/08/2011. http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/vivir-en-candonga-267060

 





Trabajo oblivuntario

10 08 2011

El trabajo voluntario, uno de los pilares en la construcción del “hombre nuevo” acaba de ser derogado en Cuba por decreto, incluso “las movilizaciones de un millón de estudiantes para tareas agrícolas en el periodo vacacional, debido a que son improductivas y generan enormes gastos”. Según la Unión de Jóvenes Comunistas, “las campañas más recientes enviaban señales inequívocas, entre ellas, una desfavorable correlación gastos-aporte”.

En lo adelante, la convocatoria a trabajos voluntarios se limitará a situaciones de “desastres naturales, tecnológicos, sanitarios, fenómenos climatológicos que dañen cosechas u otras producciones o servicios”, según declaración de Amarylis Pérez, dirigente de la Central de Trabajadores de Cuba, al diario Trabajadores.

Se trata de “cambiar el método, eliminar su planificación sistemática y formal, que se justifique su realización”, y suprimir el formalismo y el despilfarro del trabajo voluntario, ante un nuevo escenario económico y laboral. En lo adelante, las empresas que necesiten fuerza de trabajo eventual, tendrán que contratarlas “en la reserva laboral”.

El diario recuerda que el sentido original del trabajo voluntario “se desvirtuó rápidamente”, se realizaron “gigantescas movilizaciones hacia campos agrícolas u otras actividades sin un contenido productivo, donde prevalecía la pérdida de tiempo, y el gasto de recursos era muy superior al efecto económico del trabajo que se iba a realizar”, y esto “en innumerables ocasiones solo sirvió para tapar o eliminar la ineficiencia, malos métodos de trabajo y otras deficiencias administrativas”.

Ya Ernesto Che Guevara, en su discurso de clausura del Seminario “La Juventud y la Revolución”, organizado por la UJC del Ministerio de Industrias, el 9 de mayo de 1964, admitía: “¿Por qué insistimos tanto en el trabajo voluntario? Económicamente significa casi nada; los voluntarios, incluso que van a cortar caña, que es la tarea más importante que realizan desde el punto de vista económico, no dan resultados. Un cortador de caña del Ministerio corta cuatro o cinco veces menos que un cortador de caña que ha hecho eso habitualmente toda su vida”.

Esto es algo que ya sabía desde hace decenios el cubano de a pie. Se cumple una vez más que el Estado, aunque no sea el último en enterarse, es el último en darse por enterado. Y para ello ha necesitado medio siglo.

Fue el 23 de noviembre de 1959 cuando Guevara convocó al primer trabajo voluntario, durante la construcción de la Ciudad Escolar “Camilo Cienfuegos”, en el Caney de las Mercedes. Desde entonces, era frecuente verlo los domingos trabajando en el corte de caña, en la construcción o en las fábricas. Él definió el “trabajo voluntario” como una nueva modalidad “que se realiza fuera de las horas normales de trabajo sin percibir remuneración económica adicional”.

Pero era mucho más que eso. En una carta dirigida a Carlos Quijano, del semanario Marcha, de Montevideo, en marzo de 1965, el comandante apuntaba que “el hombre, en el socialismo a pesar de su aparente estandarización, es más completo (…) el trabajo debe adquirir una condición nueva; la mercancía hombre cesa de existir (…) El hombre comienza a liberar su pensamiento del hecho enojoso que suponía la necesidad de satisfacer sus necesidades animales mediante el trabajo. Empieza a verse retratado en su obra y a comprender su magnitud humana a través del objeto creado” (…) el hombre realmente alcanza su plena condición humana cuando produce sin la compulsión de la necesidad física de venderse como mercancía”.

Y cifra sus tesis sobre la creación del “hombre nuevo”, paralela al desarrollo de la técnica, en el hecho de que “no estamos frente al período de transición puro, tal como lo viera Marx en la Crítica del programa de Gotha, sino a una nueva fase no prevista por él”. Y añade que “el socialismo, en esta etapa de construcción del socialismo y comunismo, no se ha hecho simplemente para tener nuestras fábricas brillantes, se está haciendo para el hombre integral, el hombre debe transformarse conjuntamente con la producción que avance, y no haríamos una tarea adecuada si solamente fuéramos productores de artículos, de materias primas, y no fuéramos a la vez productores de hombres”.

Producir hombres es el proyecto guevariano de ingeniería social. Y en ello juega un papel esencial el trabajo voluntario –“una escuela creadora de conciencia (…) que nos permite acelerar el proceso de tránsito”–, porque “lo importante es que una parte de la vida del individuo se entrega a la sociedad sin esperar nada, sin retribución de ningún tipo, y solamente en cumplimiento del deber social. Allí comienza a crearse lo que después, por el avance de la técnica, por el avance de la producción y de las relaciones de producción, alcanzará un tipo más elevado, se convertirá en la necesidad social. (…) Acostumbrarse a hacer del trabajo productivo, poco a poco, algo que dignifica tanto, que se convierte de momento, y a través del tiempo, en una necesidad” (9 de mayo de 1964).

Reconoce que “todavía hay aspectos coactivos en el trabajo, aun cuando sea voluntario; el hombre no ha transformado toda la coerción que lo rodea en reflejo condicionado de naturaleza social y todavía produce, en muchos casos, bajo la presión del medio”, y aunque intenta “rectificar” al hombre viejo en la dirección correcta, y no duda en apelar a la coacción cuando la convicción no basta, anuncia que “las nuevas generaciones vendrán libres del pecado original”. Son ellas “la arcilla maleable con que se puede construir al hombre nuevo sin ninguna de las taras anteriores”. Por eso, imponer el trabajo voluntario a los jóvenes es clave para su educación. Y Guevara afirma, entre la ingenuidad y el cinismo, que para los jóvenes “el trabajo es un premio en ciertos casos, un instrumento de educación, en otros, jamás un castigo”.

En el imaginario guevariano, este proceso iría acompañado de la “participación consciente, individual y colectiva, en todos los mecanismos de dirección y de producción (…) Así logrará la total conciencia de su ser social, lo que equivale a su realización plena como criatura humana, rotas las cadenas de la enajenación”.

Aunque, en la práctica, Guevara no estaba dispuesto a democratizar la dirección sin una previa reeducación del pueblo, y Fidel Castro, para quien el poder nunca ha sido un medio, sino un fin, menos.

Castro comprendió de inmediato el valor del trabajo voluntario como mecanismo de dominación. El hombre nuevo (y el hombre viejo rectificado) no debería trabajar para sí mismo o para satisfacer las necesidades de los suyos. Como dijera Guevara, “no se trata de cuántos kilogramos de carne se come o de cuántas veces por año pueda ir alguien a pasearse en la playa, ni de cuántas bellezas que vienen del exterior puedan comprarse con los salarios actuales. Se trata, precisamente, de que el individuo se sienta más pleno, con mucha más riqueza interior y con mucha más responsabilidad”. Plenitud, riqueza interior y responsabilidad fue traducido por Castro como obediencia. El destino de los cubanos sería trabajar para el Estado, dónde, cuándo y en aquello que el Estado decidiera. Supeditar su necesidad, su voluntad y sus deseos a la voluntad del Estado. La creación de una nueva actitud ante el trabajo fue reinterpretada como la creación de una nueva actitud ante el Estado todopoderoso que dictaría al ciudadano el modo de invertir sus esfuerzos, la retribución que le correspondería por la libreta de abastecimientos y el destino de sus hijos.

En los países anglosajones suele compulsarse a los niños y jóvenes a aceptar trabajos a tiempo parcial y durante sus vacaciones, de modo que comprendan tempranamente la relación entre esfuerzo y retribución. Entre los cubanos, posiblemente el efecto más perverso de este medio siglo ha sido una persistente “antieducación” laboral: la noción de que el trabajo no es la única vía socialmente aceptable de obtener una retribución a cambio del esfuerzo, sino una penosa obligación muchas veces sin sentido ante la cual la única respuesta ha sido la simulación.

Hoy, cuando en nombre del socialismo se desmantela paulatinamente en Cuba eso que se insiste en llamar “socialismo” –Deng Xiaoping invocó sin cesar a Mao mientras desmantelaba el maoísmo–, y se cumple una vez más que el socialismo es el camino más largo entre el capitalismo y el capitalismo, descubrimos que el “hombre nuevo” es el que reinstaura las paladares y los timbiriches abolidos en 1968, o el emigrante que capitaliza con sus remesas la tardía NEP cubana. Ambos ajenos a la receta guevariana para alcanzar “su plena condición humana cuando producen sin la compulsión de la necesidad física de venderse como mercancía”. Ambos renuentes a continuar siendo una mercancía del Estado.

 

“Trabajo “oblivuntario”; en: Cubaencuentro, Madrid, 10/08/2011. http://www.cubaencuentro.com/cuba/articulos/trabajo-oblivuntario-266622





Ego te absolvo

3 08 2011

En el frío mes de enero de 1996 nos reunimos en Madrid un grupo de narradores cubanos, todos de la diáspora, en un encuentro que se llamaba «La Isla entera», pero terminó siendo “La media Isla”, dada la negativa del gobierno cubano de permitir su asistencia a los escritores invitados residentes en Cuba.

De ese encuentro recuerdo dos noches en vela. La primera fue la que pasamos Eliseo Alberto, José Lorenzo Fuentes y yo escuchando una espectacular disertación de Manolo Granados sobre la estructura social, los hábitos, costumbres y creencias de una familia negra cubana, y sus marcadas diferencias con la familia blanca que yo conocía. Aquello fue, al menos para mí, una verdadera revelación. Es una lástima que no se haya grabado.

La segunda noche comenzó, en realidad, a media tarde, cuando Lichi me entregó el manuscrito de su Informe contra mí mismo y me pidió que lo leyera. Tenía serias dudas sobre la procedencia o no de publicarlo.

Implacable como una buena novela de misterio, el manuscrito me atrapó desde la primera página hasta la última, que concluí a las cinco de la mañana.

El hilo conductor, casi diría la excusa de este libro, es el informe que la Seguridad del Estado le pide sobre su propia familia, convirtiéndolo en el chivato de los suyos. Sobre él advierte Lichi: “Yo estoy preso en un file. Aquellas hojas manuscritas, donde dije que colaborar voluntariamente con la historia significaba un privilegio del cual estaría orgulloso hasta el fin de mis días, son el antecedente directo de este libro”.

Pero Informe contra mí mismo es mucho más. Es un análisis íntimo, personal, de la travesía histórica de eso que se insiste en llamar Revolución. Es la anatomía de un desconcierto y de una desilusión. El libro podría ser la primera historia emocional de la Revolución Cubana, pero también del exilio, que se cierra en el capítulo final cuando pregunta “¿Quieren que les cuente qué me pasa?”. Y, “en dos palabras”, que se extienden diez páginas, desgrana una extensa nómina del exilio cultural cubano.

Este libro exorciza tus demonios, le dije a Lichi a la mañana siguiente, tus demonios y tus ángeles, pero también los nuestros. Si no lo publicas, será un exorcismo no consumado, trunco.

Y su publicación, ya lo sabemos, conmovió a propios y extraños.

Ahora Lichi se ha marchado hacia el último exilio.

Como a todo escritor, lo espera el juicio definitivo de sus lectores, perdurar en la memoria, y confío en que pase la prueba.

Pero yo prefiero recordarlo ahora como el hombre bueno que se atrevió a escribir sus angustias (y las nuestras), sus entusiasmos y su desaliento (y los nuestros), y lo hizo desde una Cuba que nada tiene que ver con las ideologías o la geografía. Una Cuba ubicua, ajena a adentros y afueras, que sobrevuela las ideologías porque es anterior y posterior a sectas y ortodoxias.

Ahora, cuando vemos a algunos que en su día fueron dilectos funcionarios fabricarse laboriosos currículos disidentes con la esperanza de que una amnesia global asole el planeta, quiero recordar a quien no dudó en informar contra sí mismo. Más aun, a quien sabía de los informes que otros habían escrito sobre él, y supo que la piedad con ellos sería también la piedad consigo mismo: “digo aquí que los perdono, pues es la única manera de perdonarme”.

El juicio de la posteridad literaria será cuestión de tiempo, pero, si acaso existe, ahora mismo Lichi se estará presentando frente a un tribunal omnisciente, al narrador en tercera persona por antonomasia. Espero que considere entre los debes y los haberes que Eliseo Alberto Diego, lejos de la maledicencia al uso y las palabras emponzoñadas, supo encontrar a cada uno, aunque fuera mínimo, su lado bueno; que hizo de la nostalgia una profesión y supo que perdonar era el único modo de perdonarse. Y que considerados todos estos atenuantes sentencie “Ego te absolvo” y le conceda el acceso al sitio donde, seguramente, lo está esperando, impaciente, su padre.

“Ego te absolvo”; en: Cubaencuentro, Madrid, 03/08/2011. http://www.cubaencuentro.com/cultura/articulos/ego-te-absolvo-266343

 





El destape de “Machadito”

2 08 2011

El octubre de 2008, el metropolita Kiril Gundjaev condecoró en el Palacio de la Revolución de La Habana a Raúl Castro con la Orden Príncipe Danilo de la Buena Fe de Primer Grado, y le entregó la Orden Honor y Gloria, de la misma iglesia, para Fidel Castro, quien en esos momentos no estaba muy ortodoxo de salud. Siguiendo la probada fórmula de Domino’s y Telepizza, la iglesia inauguraba su servicio de órdenes a domicilio.

En agradecimiento, Fidel Castro enunció que la iglesia ortodoxa “es una fuerza espiritual” que “en los momentos críticos de la historia de Rusia jugó un papel importante” y que tiene los mismos principios éticos que el presidente venezolano Hugo Chávez, algo que él considera un elogio. Subrayó que esa iglesia “no es enemiga del socialismo”, recordando quizás al Patriarca Sergei, quien proclamó en 1927 su lealtad al gobierno soviético –la iglesia ortodoxa serbia apoyará con entusiasmo años más tarde a Radovan Karadzic– que, entre 1917 y 1937 detuvo a 136.000 clérigos, de los cuales sólo sobrevivieron 40.000.

La condecoración de los Castro fue noticia en numerosos medios, sin percatarse de su injusticia: José Ramón Machado Ventura, el más ortodoxo pope de la fe castrista, no recibió de sus homólogos rusos ni una medallita de san Jonás de Moscú, a él, que pasó tantos años evitando que se lo tragara la ballena.

Pero ahora su propia iglesia lo ha condecorado con el discurso por el 58 aniversario del Asalto al Moncada, monopolio durante decenios del Metropolitano de La Habana.

Médico de profesión, José Ramón Machado Ventura ha sido durante más de treinta años el ideólogo sin demasiadas ideas de un Partido que tampoco ha deslumbrado por sus aportes teóricos al marxismo. Un oscuro (casi diría siniestro, y no me refiero a sus apellidos, de infausta memoria para la cubanía) funcionario, un burócrata autoritario y fiel, sin otras aspiraciones que servir y que, por ello, lejos de intentar imponer su antigua ortodoxia, algo que queda fuera de su alcance, está dispuesto asumir la nueva retórica con la misma fe que la anterior. “Machadito” (resulta chocante que sigan chiqueando, como si fuera el chico de los recados, a este anciano que ocupa la segunda plaza en el escalafón cubano) soltó en Ciego de Ávila un discurso sin imprevistos ni revelaciones, desde el título: “La batalla de hoy tiene un frente decisivo en el combate cotidiano y sin tregua contra nuestros propios errores y deficiencias”. Algún lingüista debería hacer un estudio comparado de las retóricas totalitarias.

Apegado al guión, tras la retórica habitual sobre los mártires, y citar a mambises y combatientes, el equivalente de las batallitas que cuentan los viejitos jubilados en los parques, le echó un par de piropos a Ciego de Ávila por su gestión económica, aunque días atrás la asamblea provincial hablara más de fracasos que de éxitos.

Puntualizó que “debemos cumplir cabalmente la orientación del compañero Raúl, de que lo que acordemos no puede convertirse nunca más en un papel que duerma el sueño eterno en la gaveta de un buró”. Y que “hay que romper definitivamente la mentalidad de la inercia”. De lo cual se desprende que la inercia era de otros, la inercia de siboneyes y taínos, al igual que las gavetas donde se confinaron cincuenta años de buenos propósitos. O siglos, quizás se refiera a las gavetas de la Capitanía General.

A tono con los nuevos tiempos, reconoció que en la entrega de tierras ociosas “todavía hay empresas y formas productivas que no declaran toda la tierra ociosa o deficientemente explotada que tienen, a lo que se añade la demora en la ejecución de los trámites”, y que “algunos de los que ya las recibieron tienen morosidad en ponerlas en producción”. Confiemos en que no demoren otro medio siglo.

Despotricó contra “el derroche y los gastos superfluos”, “contra la indisciplina social y laboral, la deficiente contabilidad, el mal aprovechamiento de los recursos, las actitudes burocráticas generadoras de rutina, indolencia o esquematismo y contra procedimientos absurdos que nada tienen que ver con el socialismo”. Es decir, con el “nuevo socialismo”. El anterior es ahora una suerte de Jurásico neblinoso.

Curiosamente, el mismo Machado Ventura de la ortodoxia estatalizante nos dice ahora que “proyectaremos el trabajo de nuestra organización política de manera que se dejen atrás prejuicios hacia el sector no estatal de la economía”. Llamo la atención sobre la palabra prejuicio, “opinión previa y tenaz, por lo general desfavorable, acerca de algo que se conoce mal”, según el diccionario de la RAE. Dicho por el gobierno que desmanteló, persiguió, satanizó e incluso persiguió judicialmente la empresa privada, resulta tan sorprendente como escuchar que Adolf Hitler tenía prejuicios contra los judíos.

Recalcó Machado las palabras de su jefe en el sentido de que las reformas se harán «sin prisas, pero sin pausas» (dada su juventud, los dirigentes cubanos disponen de todo el tiempo del mundo), para dar “soluciones definitivas a viejos problemas” (creados por nosotros, le faltó decir) y “sin que nadie se crea dueño de la verdad absoluta”, “con pies y oídos bien puestos sobre la tierra, muy atentos a la opinión de la gente, listos para rectificar sobre la marcha”, en un alarde demócrata que, dicho a destiempo, le habría costado el puesto.

De sus escasas y casi siempre tangenciales apariciones públicas, todos recordamos a Machado Ventura desde lo que los ingenieros llaman la vista en planta, la perspectiva cenital desde la cual se descubría su calva precariamente enmascarada por cuatro pelos que nacían en la patilla izquierda y, abrumados por el esfuerzo, alcanzaban la oreja derecha. En tiempos recientes, bien sea por la falta de laca, porque los cuatro pelos naufragaron o porque algún nieto deslenguado le dijera “no seas ridículo, abuelo, con esos cuatro pelos pareces un calvo entre signos de admiración”, se decidió por el destape y ha asumido su alopecia con una dignidad tardía.

Del mismo modo, ahora descubrimos que bajo los cuatro pelos de la ortodoxia se escondía un reformista auténtico, con inclinaciones democráticas. Posiblemente a eso se refiera cuando nos exhorta en su discurso a “predicar con el ejemplo”. Aunque, volviendo a la iglesia ortodoxa, me temo que le va mejor lo de predicar que lo del ejemplo.

 

“El destape de Machadito”; en: Cubaencuentro, Madrid, 02/08/2011. http://www.cubaencuentro.com/cuba/articulos/el-destape-de-machadito-266288





De los peces rojos a las manchas negras

29 07 2011

Bajo el sello editorial Algaida acaba de aparecer La mancha negra (Sevilla, 2011, 248 pp.), última novela de Manuel Sánchez Dalama, que obtuvo el XIV Premio de Novela Ciudad de Badajoz, 2010. Una novela que marca el final de un ciclo o el inicio de otro, según se mire.

Licenciado en Economía y técnico en periodismo, Manuel Sánchez Dalama (Santa Clara, Cuba, 1951), ingresó a los 17 años en las Fuerzas Armadas Revolucionarias y a los 20 fue condenado a seis años de prisión en la fortaleza de La Cabaña. Emigró a Galicia en mayo de 2000, con la firme voluntad de escribir lo que no había escrito en los cincuenta años anteriores, pero ni una palabra sobre Cuba. Y comenzó a reunir información para escribir una novela que se desarrollara en la Galicia del siglo IV AC, pero los caminos de la literatura, como los del Señor, son inescrutables.

En 2004 apareció Peces rojos en la lluvia (Ediciones Noroeste, Santiago de Compostela, 2004, 208 pp.), cuyo hilo narrativo es el diario que escribiera en la prisión de La Cabaña, con flash backs a su infancia y su primera juventud entre los años del batistato y los primeros de la revolución, y que cierra con los sucesos del Mariel en 1980 y una coda lejana en el Madrid del siglo XXI. Lejos de la heroicidad, el protagonista es un hombre vapuleado por la historia que intenta sobrevivir a la epopeya y las miserias de su tiempo. El propio Dalama afirma que “el problema básico de Fernando no es que él no quiera a la revolución sino que la revolución –con su férrea intolerancia– no lo quiere a él. En este sentido la novela es, también, una defensa del hombre”. Desde ese punto de vista, podría ser la historia toda del exilio.

El santaclareño que no quería escribir sobre Cuba publicó en 2009 Hasta el fin del mundo (Vigo, 175 pp.), un libro de tránsito que nació de su recorrido por el tramo final del Camino de Santiago y después hasta Finisterre, “donde los peregrinos de la vieja Europa remataban un largo viaje siguiendo el curso de la Vía Láctea, lavaban su pasado en el frío mar, quemaban las ropas usadas, asistían a la puesta del sol y emprendían el impredecible regreso a su lugar de origen” y el Monte Pindo, “El Olimpo Celta”. Un concierto de los Valdés, Chucho y Bebo, completó la trama que gira alrededor de un joven abandonado por su padre, un viejo pianista, y es engañado por su mujer y por sus amigos en una lejana referencia a la vejación de la tumba de Gonzalo Castañón por los estudiantes de medicina en el siglo XIX. Las relaciones entre política, poder, libertad y (des)amores filiales centra esta historia que se desplaza como un largo camino de Santa Clara a Finisterre pasando por Santiago.

Por fin, en 2011, La mancha negra gira alrededor de la realidad española, aunque lejos del siglo IV AC.

Esta novela negra conjuga dos naufragios: uno naval y otro humano. La catástrofe del Prestige en la costa gallega, y el naufragio de un policía madrileño sumergido en el tenebroso ambiente de las drogas en la capital. Ambos se anudan al final por el destino de Manfred Gnädinger, Man, «el alemán de Camelle» que edificó en la Costa da Morte su propio museo de piedra junto al mar y que pregonaba su peculiar credo naturista.

Una historia de frustraciones personales, ambición, lucro, violencia y poder, redimidos de alguna manera por los sueños extraviados en la adolescencia, por una percepción alternativa de la realidad, un mundo posible o probable menos sujeto a los dictados de la codicia y el hedonismo, y por la generosa actuación de los voluntarios que recuperan la costa de la tragedia ecológica.

Alrededor de Ángel Bravo, el policía afincado en Madrid, giran un confidente toxicómano, un policía ciego por un atentado de ETA, mafiosos, policías y un matrimonio tan maltrecho como el Prestige, ese buque obsoleto, con bandera de Bahamas, armador griego y propiedad de una empresa liberiana, que continúa navegando a parches de codicia y desinterés criminal por el medio ambiente. Un buque que transporta petróleo con alto contenido de azufre aunque su lugar ya estaba en el desguace. Tan sórdido como los bajos fondos de Madrid, en este mundo se mueve el capitán Mantouras, dispuesto a transigir con las condiciones del barco y la carga, porque su única vida posible es la mar.

La mancha negra resuelve con habilidad las subtramas que trenzan la historia, consigue las atmósferas en que se mueven los personajes y subraya el dramatismo del naufragio tras un acertado contrapunteo entre autoridades marítimas, políticos, armadores y aseguradores, en medio de los cuales, como víctima en lecho de Procusto, el capitán es lentamente desmembrado.

Los dos disparos del agente Bravo que desencadenan toda la acción de la segunda subtrama no son, quizás, demasiado convincentes, al tratarse de un policía con amplia experiencia y que se mueve desde hace mucho en el submundo del narcotráfico, pero a partir de ese momento los acontecimientos se encadenan con acierto de acuerdo a las leyes de la necesidad narrativa. También resulta prescindible su impulso homicida final, cuando en la cárcel se anudan ambas historias, y no diré más para no arruinar la sorpresa a los lectores.

La estructura de la novela es consecuente con las normas del género y los acontecimientos se mueven con agilidad y sin apenas codas o remansos hacia su solución, algo que los lectores agradecerán. Se echa de menos, quizás, un trazado sicológico más completo de Man, de los protagonistas y del expolicía ciego, aunque quizás no sea precisamente eso lo que esperen los lectores de género, y mi percepción no pase de ser una deformación profesional.

Si en sus novelas anteriores el autor apelaba a una estilización de la norma lingüística cubana, en La mancha negra consigue una textura del idioma equidistante, una suerte de norma neutra con una precisa administración de los localismos, de modo que la intelección es inmediata y fácil para cualquier hablante de la lengua. En qué medida ello resta posibilidades a la riqueza del idioma y en qué medida es un acierto poner el lenguaje estrictamente al servicio de lo narrado, es algo que cada lector deberá juzgar por su cuenta. Ciertamente, cumple eficazmente su cometido, sin innecesarios “exabruptos poéticos” o prescindibles cambios de tono que con frecuencia obstaculizan la lectura. En cualquier caso, a lo largo de sus 248 páginas se percibe una voluntad de alcanzar y mantener un tono que facilita al lector el disfrute de la trama.

En el presente globalizado, donde la información viaja a una velocidad sin precedentes y el español recobra la universalidad del Siglo de Oro, esta novela no sólo busca un espacio argumental común, que puede ser de interés para cualquier lector, sino que consigue un lenguaje que facilita este proceso y subraya los términos ya casi globales del contrato entre los lectores y las fórmulas de la escritura.

 

(http://www.cubaencuentro.com/cultura/articulos/de-los-peces-rojos-a-las-manchas-negras-266129)

“De los peces rojos a las manchas negras”; en: Cubaencuentro, Madrid, 29/07/2011. http://www.cubaencuentro.com/cultura/articulos/de-los-peces-rojos-a-las-manchas-negras-266129





El tiempo sin fronteras de la poesía

22 07 2011

“El mediodía vaga por las calles reprimiendo entre sus dedos alguna vaga esperanza” escribía Isel Rivero en el Canto Segundo de La marcha de los hurones (1960), a sus diecinueve años. Un libro precoz que marcó el arranque de las ediciones El Puente.

Quienes hayan apreciado aquellos versos, quedarán gratamente sorprendidos por el volumen Words are Witnesses. Las palabras son testigos (Editorial Verbum, Madrid, 2010, 168 pp.), que recoge su obra poética en inglés, escrita entre 1970 y 2008 e incluida en los libros Songs (1968), Night Rined her (1972) y Palm Sunday (1981), así como otros poemas no recogidos en libro o que han aparecido en un volumen colectivo.

La literatura de Occidente ha estado signada durante el siglo XX por un proceso acelerado de transculturación que, al cabo, ha creado literaturas posnacionales, híbridas, sin adherencia estricta a ningún corpus nacional. Cuba, con la sexta parte de su población en el exilio, es parte de ese proceso, aunque en buena medida las obsesiones nacionales se empecinan en no abandonar a buena parte de los escritores del exilio. No es el caso de Isel Rivero. Ella sabe que “siempre hay una puerta que/ cruzar una bestia atrapada clama al / cielo y solo el infierno escucha” (October Songs, III).

Edward W. Said, al referirse en Fuera de lugar (De Bolsillo, Barcelona, 2002, p. 377) a su identidad, sustituye la metáfora del árbol que hunde sus raíces en la tierra (que alimenta y encarcela el árbol) por “un cúmulo de flujos y corrientes” antes que como “una identidad sólida”. La nación de desterritorializa y se desacraliza, en palabras de Bernat Castany Prado (“Las nuevas metáforas identitarias de la literatura posnacional”, en Konvergencias, Filosofía y Culturas en Diálogo, n.º 9, año III, junio de 2005). Ya Claudio Magris proponía en El Danubio (Anagrama, Barcelona, 1997, p. 21) una concepción heraclitiana, líquida, de la identidad: “el río es por excelencia la figura interrogativa de la identidad, con la eterna pregunta de si podemos o no bañarnos dos veces en sus aguas”. Y Carlos Monsiváis ha denominado «posnacionalista» al proceso de crisis política, económica y cultural de su país, precedido, a fines de los 60 y principios de los 70, por una reformulación de las representaciones culturales de la nación.

En la poesía de Isel Rivero, temas, espacios, inquietudes, angustias, rebasan ampliamente las fronteras líquidas de la Isla y sus peculiares obsesiones. Ben Franklin escribe un poema en alemán sobre enchufes eléctricos; una agenda de Naciones Unidas convive con Virgilio (no Piñera) y Federico El Grande; los amores de Alfonso El Sabio; la muerte de Bellini, “demasiado hermoso para las mujeres / demasiado perfecto para los hombres”, a quien le sigue Frederic Chopin. El tono, la atmósfera, las referencias e incluso la cadencia del lenguaje encuentran una densidad, una mesura que nos remite a la literatura centroeuropea y anglosajona. Como Orlando, el Rey Demente, Isel Rivero “se levanta / de su trono / arroja el cetro / a la bruma humeante / y ríe”. Ríe de cualquier filiación que no sea la literatura misma, apela directamente a las esencias de la condición humana, no a sus disfraces folklóricos.

Según Christopher Domínguez Michael (“¿Fin de la literatura nacional?”; en: Reforma, Ciudad de México, agosto 21, 2005), “la extinción de las literaturas nacionales, al menos en América Latina, no será desde luego un proceso ni natural ni lineal. Implica la desmantelación de un concepto firmemente establecido en la academia, en la opinión pública, en el espíritu de muchos escritores aún ligados sentimentalmente al nacionalismo cultural. Contra lo que suele pensarse en el extranjero (y en México mismo), ese proceso de desarraigo arranca con el siglo veinte: la tradición cosmopolita es la tradición central —aunque no la única— de la literatura mexicana moderna”. Domínguez recuerda cómo la sociedad letrada de América Latina siempre se sintió el extremo occidental de la cultura occidental, de modo que narradores como Salvador Elizondo y Alejandro Rossi se desplazan con absoluta libertad por la literatura mundial; Sergio Pitol, Juan García Ponce, Hugo Hiriart o Fabio Morábito apelan a la literatura centroeuropea, y Borges se nutre de universos literarios completos.

En Isel Rivero este proceso es el natural desenlace de una temprana familiaridad con el inglés y de décadas de vida y trabajo en otras lenguas. No hay en ello nada impostado ni una boutade literaria al estilo experimental de los 60. La textura de las palabras es exacta en la lengua original, el inglés, a pesar de la excelente traducción en esta edición bilingüe.

En ella el tiempo continuó moviéndose en su propia dirección, ajeno a la memoria o la nostalgia, como en “Fin de lo ido”:

 

El reloj no detiene el sonido del movimiento

Un frío ronroneo de metal murmura tiempo aplaca

El vacío del cuarto una hueca necesidad de frecuencia

Que mide las pausas que nunca llegan porque

El reloj no se detiene para contar a quien

Dejó la habitación donde alguien aún sentado escucha

 

Quien pretenda escuchar esta poesía de Isel Rivero aún sentado en aquella habitación, pierde su tiempo. No sólo hay concentración, densidad y estilización, sino que aquella ansiedad, aquel sofoco de sus primeros poemarios, ha dado paso a una serenidad que no equivale a frialdad, como lo demuestran sus poemas de tema erótico.

“Me aferro al amplio espacio que tus hombros tienden hacia mis manos” (Night Rained her, IV), y en ello hay una verdadera poética: lejos de frivolidad o exabruptos procaces que, desgraciadamente, no escasean en ciertas obras de género, sus invocaciones a lo erótico son de una delicadeza extraordinaria. Se escucha de fondo un Jagdlied de Mendelssohn y “otra Eva baila / alrededor de la antorcha encantada” (Night Rained her, V). “Pero aún permanece un tiempo / un segundo de tiempo / astillado en millones de celdas de más tiempo / mientras me miras me pides que te mire una vez más” (Night Rained her, IX).

En la poesía de Isel Rivero, la obsoleta noción romántica de literatura nacional ha caducado felizmente a favor del universalismo del Siglo de las Luces. Como afirma Christopher Domínguez Michael, se cancela “la identificación romántica entre cultura y nación (…) [es] el fin de nuestra excepcionalidad”.

Pero el mejor indicio de esta trasmutación es el tiempo. El tiempo urgente, histórico, inmediato, de sus primeros poemarios, es ahora el tiempo inmanente de la poesía. La de siempre.

 

“El tiempo sin fronteras de la poesía”; en: Cubaencuentro, Madrid, 22/07/2011. http://www.cubaencuentro.com/cultura/articulos/el-tiempo-sin-fronteras-de-la-poesia-265796





Después de las seis

18 07 2011

Entre julio de 2010 y abril de 2011, 115 presos políticos cubanos fueron excarcelados y trasladados a España junto con 647 familiares, a razón de 5,63 familiares por preso.

Se ha afirmado que la operación fue acordada entre el gobierno de Raúl Castro, la Iglesia Católica cubana, dotada por primera vez de cierto protagonismo, y el gobierno español. El diputado del PP Teófilo de Luis calificó, en un debate parlamentario, de «inmisericorde y vergonzante» la colaboración del cardenal Ortega en el proceso de excarcelaciones y opinó que a los presos «no se les dejó ninguna opción de permanecer en Cuba» y se «les forzó al destierro». Aunque el ex prisionero Julio César Gálvez ha afirmado: «Yo no pedí venir a España», lo cierto es que, tal y como han aclarado el Arzopispado de La Habana y Laura Pollán, presidenta de las Damas de Blanco, a los reclusos incluidos en el proceso el cardenal Ortega les informó sobre su inminente excarcelación y les consultó si deseaban o no viajar a España. «Nadie ha obligado a ningún preso a que abandone el país», afirmó Pollán, y citó los casos de Rafael Ibarra, un preso político que no aceptó viajar, y continúa en prisión, y de su esposo, Héctor Maseda, uno de los 12 excarcelados que decidieron permanecer en Cuba. Aunque es perfectamente comprensible que la mayoría decidiera abandonar el país.

Quien haya seguido la política del gobierno cubano sabe que estas excarcelaciones no corresponden a un giro en su política respecto a la disidencia o a los derechos humanos, y la represión posterior lo corrobora. Ciertamente, ese lavado de imagen sirvió de argumento al ministro de Exteriores español para solicitar a la Unión Europea la derogación de la Posición Común, aunque no hayan variado las circunstancias que la motivaron. Pero, sobre todo, podría servir de argumento a la administración Obama para relajar o derogar el veto a sus ciudadanos de viajar a Cuba, algo vital para la economía insular en bancarrota. Al mismo tiempo, la Iglesia remozaba su imagen pública y ganaba un espacio de interlocución. En cualquier caso, la excarcelación de opositores políticos pacíficos es siempre una buena noticia.

Los cubanos excarcelados y sus familiares han llegado a España acogidos a un programa financiado por los Ministerios de Trabajo y Asuntos Sociales, y Asuntos Exteriores y de Cooperación, idéntico al que se aplica a otros refugiados por razones humanitarias. Tras una breve estancia de tránsito en Madrid, los refugiados han sido redistribuidos por los centros de acogida que Cruz Roja Española, la Asociación Comisión Católica Española de Migración y la Comisión Española de Ayuda a Refugiados tienen repartidos por todo el país. En una tercera fase, cada familia pasa a un piso de alquiler y recibe una ayuda de unos 1.390 euros al mes, más otras ayudas para la escolarización de los niños y la compra de libros de texto, y unos 300 euros al año para la compra de ropa, más cursos de formación para la búsqueda de empleo.

Lo primero que llama la atención de esta operación ha sido el número de familiares que han acompañado a los 115 ex prisioneros: 647. Como promedio, familias de siete miembros, aunque en algunos casos superan los 30. El ex preso político Néstor Rodríguez Lobaina ha dado las gracias al gobierno español por sacarlo de Cuba a él y a su familia, pero afirma que aquí se ha enfrentado a un “infierno de burocracia”. “Si el gobierno español no tenía las condiciones por estar en una crisis económica, yo no comprendo cómo hace un arreglo con la dictadura cubana para traer a 1.000 personas a un lugar donde no hay trabajo”, se pregunta. Y quizás tenga razón, aunque dicho por alguien que se ha beneficiado de esta generosidad resulta, cuando menos, indelicado.

Varios refugiados han agradecido a España por su acogida. Miguel Martínez afirma que “la ayuda ha sido generosa y alcanza”. Y Antonio Díaz, que “hemos tenido cubiertas nuestras necesidades. Nuestros hijos han ido a la escuela, han recibido atención médica, tenemos casas confortables, y una ayuda que nos permite subsistir en un nivel muy, pero muy digno”, aunque se queja de tener que renovar el permiso de trabajo cada tres meses y la demora en concederles el asilo político –se ha concedido hasta ahora el estatus de refugiado político a 53 disidentes o familiares, y a otros 400 la protección subsidiaria–, por lo que ha decidido trasladarse a Miami.

Pero lo que es noticia en los últimos días es, justamente, lo contrario. Al menos cuatro refugiados han perdido las ayudas. Entre ellos, Néstor Rodríguez Lobaina y Erick Caballero Martínez. El primero, por «reiteradas faltas de respeto al personal de la Cruz Roja», «actitud desafiante y amenazadora», incumplir con las ordenanzas del centro, su «desinterés y desprecio absoluto» por las ayudas concertadas para su proceso de integración, y, sobre todo, la «agresión» a otros cubanos, según el subdirector de migraciones de la Cruz Roja. Rodríguez Lobaina se declara el blanco de una «maniobra oscura» por parte de la ONG, en connivencia con la dictadura castrista, para separarlo de su familia. Afirma que le han quitado el abono de transporte, el derecho a realizar llamadas a Cuba, el suministro de algunos artículos personales y el alimento de los domingos. Que se le acabaron la pasta dental y el desodorante y que no ha recibido dinero para cortarse el cabello desde su llegada.

Erick Caballero, por su parte, amenazó en Torrelavega, Cantabria, con una huelga de hambre en protesta por las condiciones de vida. “Nos están tratando como unos simples inmigrantes”, dijo. Y ha denunciado a El Nuevo Herald que muchos no han recibido el dinero para ropa y transporte prometido, o que lo han recibido tarde, y que la asistencia médica ha sido deficiente y tardía. Se queja de los estrictos horarios y de la alimentación. “Yo salí de una prisión de máxima seguridad, y aquí ponen horario para todo: bañarme, comer, salir, la tele”, dijo Caballero. Agregó que algunos no han podido asistir a seminarios para hallar empleo porque no hay dinero para el transporte ni para ropa.

La Comisión Española de Ayuda al Refugiado expulsó a fines de junio a siete cubanos de su centro de acogida en Málaga y del programa de atención del que se beneficiaban. Entre los expulsados está Carlos Martín Gómez, que hace unos días emprendió, junto a cuatro familiares, una huelga de hambre al no lograr alquilar un piso donde establecerse. La institución explicó en un comunicado que los expulsados habían mantenido “continuos conflictos entre ellos, llegando a la agresión física” obligando al reajuste de “la distribución de este grupo familiar por habitaciones”. Los acusa de “proferir amenazas directas e indirectas, agresiones verbales y faltas manifiestas al respeto” contra los trabajadores del centro; la introducción de “alcohol en el centro o exhibir armas blancas en el patio”, así como su “falta de compromiso” al abandonar los cursos formativos y limitarse “a reivindicar actuaciones y prestaciones más allá de las establecidas”.

(Imaginemos el alborozo en el Palacio de la Revolución ante estos sucesos: Eso les pasa por no leer el Granma. Son delincuentes comunes. Yo se lo dije a los gaitos, pero no me hicieron caso).

Julio César Gálvez y Ricardo González Alfonso también se han quejado de su acogida. Y Regis Iglesias declaró a El Nuevo Herald que “la falta de un estatus [de refugiado político] ha impedido insertarnos en la sociedad española”, aunque agradece la ayuda económica recibida. En entrevista concedida a Libertad Digital, Juan Carlos Herrera declara que quiere regresar a Cuba ante el “trato hostil” y “vengativo” del Gobierno español y la “violación” de sus derechos. También Néstor Rodríguez Lobaina ha pedido que se le devuelva a la prisión de donde salió. Dado que no se han cumplido los once meses reglamentarios, supongo que esas repatriaciones serán perfectamente viables.

¿Han sido diametralmente diferentes las condiciones de acogida en unos y otros lugares? ¿O han sido diferentes las visiones de unos y otros sobre circunstancias más o menos similares?

Hay una situación objetiva: España está en plena crisis y su tasa de desempleo es la mayor de Europa, de modo que la integración plena, que empieza por la independencia económica, se vislumbra difícil. Cuando el economista Miguel Martínez se queja de la lenta homologación de títulos académicos y universitarios («un trámite muy lento y burocratizado», admite un portavoz de Accem) y duda de las “posibilidades de que podamos acceder al mercado laboral conforme a nuestros estudios y preparación”, se integra al clamor de varios millones de españoles.  Es el caso del odontólogo Alfredo Pulido, aunque según éste, “Nada es comparable con una prisión, y menos en Cuba”.

Según las ONG de acogida, algunos han conseguido algunos trabajos esporádicos, pero ningún contrato permanente. La secretaria general de CEAR, Estrella Galán, asegura que los cubanos cuentan con la «simpatía» de la sociedad española, pero que los pocos que han encontrado trabajo ha sido en la economía sumergida, o que, como cualquier parado de larga duración, “ante el temor a perder las ayudas, sopesan bastante las ofertas de trabajo». Por todas estas razones, el gobierno ha decidido prorrogar otros seis meses los subsidios, siempre que «las personas formen parte activa del proceso de integración«, en palabras del subdirector para Migraciones de Cruz Roja, José Javier Sánchez.

Lo cierto es que desde octubre, nueve disidentes se han trasladado a Miami, uno a Chile y otro a la República Checa, y la cifra podría ascender a una treintena. Las autoridades norteamericanas ya han creado un programa de visados para los asilados políticos cubanos. Si se trata de reunirse con sus familiares y encontrar un espacio promisorio, es perfectamente razonable. Si alguno confía en las subvenciones norteamericanas al exilio político cubano, debería tomar nota de las quejas de Reina Luisa Tamayo, madre Orlando Zapata, porque la ayuda que ha estado recibiendo se está «agotando» y actualmente ninguno de sus doce familiares, alojados en cuatro apartamentos (a un alquiler de 1.295 dólares mensuales cada uno) tiene trabajo que les garantice el sustento en los próximos meses. De momento, ya buscan un nuevo lugar donde vivir, más económico.

Una de las informaciones más asombrosas relacionadas con los excarcelados cubanos la ofrece Fran Cosme (http://www.primaveradecuba.org/Articulo/22odisea). Según él, “dos minutos antes de abordar el avión, funcionarios de la embajada española les dieron a firmar un compromiso que dentro de sus tantos puntos contenía uno que los obligaba a abstenerse de formular críticas al gobierno cubano y al español, así como abstenerse también de manifestaciones políticas”. El autor no cita la fuente y, dadas las pruebas, resulta difícil compatibilizar esas exigencias (claramente inconstitucionales) con el hecho de que el 19 de julio de 2010, diez ex prisioneros solicitaron por escrito a los cancilleres de la Unión Europea que no fuese revocada la posición común, tal como solicitaba el ministro Moratinos, sin que, hasta donde se sabe, se produjeran represalias. O que Regis Iglesias y Miguel Martínez aceptaran una invitación a una conferencia de prensa organizada en Madrid por Unión Progreso y Democracia (UPyD), en la que ambos señalaron que España ha incumplido el “Proceso de acogida e integración social a personas pidiendo protección internacional”. En esa ocasión, Fernando Maura, de UPyD, sostuvo que “los trajeron como mercancía política para cambiar la posición común de la Unión Europea hacia Cuba”. Olvidó decir que en aquella conferencia de prensa, Iglesias y Martínez también eran “mercancía”, en este caso de la política doméstica.

Responsables de las ONG de acogida han afirmado que la mayor parte de los excarcelados llegó con unas «expectativas muy altas que no se han podido cumplir». Y eso nos lleva a un fenómeno endémico en la sociedad cubana: la sobrevaloración de lo extranjero. Frente a la retórica de Granma, según la cual, excepto Cuba, Corea del Norte y Venezuela, el mundo entero está a punto de hundirse en la miseria, los cubanos han desarrollado un imaginario del Malecón pallá en el cual los jamones pata negra y los trajes de Armani florecen como la verdolaga. Basta recogerlos. Eso explica que muchas familias consideren las remesas vitalicias de sus parientes out of borders una especie de derecho adquirido por el simple hecho de permanecer en la Isla, cuidándola para que no se hunda y que al regresar de visita la encontremos en el mismo sitio. Y que el primo segundo de la tía política no pida un par de tenis para ir a la escuela, sino unos Converse último modelo.

Durante medio siglo ha actuado sobre nosotros una pinza perversa. Por un lado, el poder ha intentado convencernos de que los cubanos, faro y guía del universo, somos el pueblo elegido, tributario natural de la solidaridad internacional. Y predica con el ejemplo: casi 198.000 millones logró sacarle a los rusos, y 21.000 millones de deuda impagada. Más lo que le debe al Club de París y las subvenciones venezolanas.

La otra mandíbula de la pinza es la indefensión. El cubano que reside en la Isla no está autorizado a mejorar su situación económica, algo que debe comprender el visitante que llega, y el amigo o pariente que lo recibe si tiene la suerte de brincar el charco. Quienes lo ayudan, invitan o convidan como muestra de amistad, afecto, amor u otros sucedáneos, cumplen una obligación que no requiere más explicaciones.

En el caso que nos ocupa, puede que algunos consideren una obligación internacional la subvención a quienes luchan por la democracia en Cuba, y han sufrido prisión por ello. Es comprensible que eso fuera así mientras permanecían en la Isla, hostigados por el régimen que les negaba, incluso, el acceso a un puesto de trabajo. Y es justo que se les otorguen subsidios temporales y facilidades para integrarse a esta sociedad en uno de sus momentos más difíciles, algo de lo que no disfrutan millones de sus compatriotas, “simples inmigrantes”, en palabras de Erick Caballero.

Pero ningún país del mundo tiene obligaciones o deberes con la Isla. El destino de Cuba es, exclusivamente, un asunto de los cubanos.

Un amigo que fue a recibir a uno de los primeros grupos de excarcelados me contó de una señora que, al bajar del avión, le manifestó su intención de continuar desde España la lucha por la democratización de Cuba. Y él le respondió: “Después de las seis”. “¿Cómo?”, preguntó ella. “Después de las seis. A esa hora termina la jornada de trabajo”.

 

“Después de las seis”; en: Cubaencuentro, Madrid, 18/07/2011. http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/despues-de-las-seis-265503





Desobediencia

12 07 2011

El poder, humano o divino, siempre ha tenido la obediencia (de los súbditos) en muy alta estima. La desobediencia de Adán y Eva les canceló automáticamente su permiso de residencia en el jardín del Edén. Fue el primer pecado para los judíos, no necesariamente heredable por toda la especia humana, aunque lo asegure el cristianismo, como si lleváramos en nosotros el ADN de la culpa.

La desobediencia a los mandamientos de Jehová es pecado, no importa lo absurdas o despiadadas que sean sus órdenes. Así la autoridad de Dios, como afirma Erich Fromm en Tener y ser, queda “modelada sobre el papel de un rey de reyes oriental”. Y esos reyes aprovecharon desde entonces el modelo para sacralizar su despotismo a imagen y semejanza del “capo di tutti capi”. Aunque más tarde Santo Tomás de Aquino, como también afirma Fromm, le diera al pecado un sentido humanista, al considerar que éste no consiste “en desobedecer a la autoridad irracional, sino en ir contra el bienestar humano”.

Fue el caso de Prometeo, quién desobedeció a los dioses al entregar el fuego a los hombres. Ni se sometió al mandato de la autoridad, ni se sintió culpable, “rompió la ecuación entre desobediencia y pecado”. Pero el poder suele ser bastante ajeno a la compasión y sobre Prometeo cayó todo el peso de la (in)justicia divina.

El 12 de abril de 1954, el académico Piotr Kapitsa (Premio Nobel de Física 1978) escribió una carta a Nikita Krushov en la que afirmaba: “El estímulo principal para cada creación es el descontento con lo existente. El inventor está descontento con los progresos existentes e inventa nuevos; el científico está descontento con las teorías existentes y busca otras más perfectas, etc. Las personas activamente descontentas son intranquilas y su carácter no les permite ser borregos obedientes (…) el genio se manifiesta generalmente en la desobediencia. El hombre busca algo nuevo cuando no quiere atenerse a lo existente porque no lo satisface. La desobediencia es uno de los rasgos inevitables que se manifiestan en el hombre que siempre busca y crea algo nuevo en la ciencia, el arte, la literatura o la filosofía. De manera que parecería que una de las condiciones para el desarrollo del talento fuera la libertad de desobediencia”.

A un año de la muerte de Stalin, Kapitsa escribió dos palabras que en la URSS de entonces eran heréticas: “libertad” y “desobediencia”. Hacía suya la frase de Siegmund Freud: “Genio y obediencia son cosas incompatibles”. Ignoro cuál fue la respuesta de Kruschov, pero presumo que estaría en consonancia con la del zar Nicolás I cuando se reunió con los estudiantes más brillantes de la Universidad de Moscú y les espetó que “No preciso inteligentes, sino obedientes”. Así le fueron las cosas.

Una relectura de la historia nos demuestra que sociedades donde en su día florecieron la creatividad y el talento se apagaron cuando se impuso la obediencia y se unció el talento a las necesidades del poder. China era, en el siglo XIV, la nación tecnológicamente más avanzada del planeta. Pero entonces, según el historiador Manuel Castells, el Estado inhibió el desarrollo tecnológico por temor  al impacto de las nuevas tecnologías en el statu quo social; los elementos más dinámicos de la cadena productiva se consagraron al servicio estatal; la sociedad se supeditó completamente a las necesidades del Estado; se impuso una rígida organización burocrática; se suprimieron los contactos y el comercio con extranjeros, y la exploración geográfica, que había alcanzado la costa occidental de África en enormes flotas junto a las cuales las carabelas de Colón eran meras chalupas, fue abandonada y se prohibió por decreto la construcción de grandes barcos.

No escasean ejemplos puntuales de dictaduras que han potenciado, de forma interesada y muy dirigida, la investigación en determinados campos, especialmente los relacionados con la industria armamentística. La Alemania nazi y la URSS, por ejemplo. Pero, al cabo, conceder sólo libertad condicional al talento ha terminado por atrofiar esos impulsos creativos. La II Guerra Mundial concluyó con un golpe de tecnología sobre Hiroshima fraguado, en buena medida, por “excedentes” de la ciencia alemana que resultaron inadmisibles para el poder nazi.

Desde finales del siglo XIX la ciencia ya no es una parcela acotada donde cada genio cultiva en solitario sus propias ideas, sino un ecosistema en el que las ideas fluyen de unos campos a otros en una interacción difícilmente predecible por un plan quinquenal. Conceder libertad a los cultivadores de tomates y no a los de pepinos sólo sirve para que jamás se pueda hacer un buen gazpacho.

En Cuba existe hoy una gran masa escolarizada y una mina de talento por explotar. Pero no es suficiente. Carlyle afirmó que el genio es una capacidad infinita para esmerarse, pero para ello necesita condiciones propicias, patrocinios y múltiples impulsos que lo hagan posible. No basta crear un centro de Biotecnología y otro de Inmunoensayos, sectores promisorios en el imaginario castrista. Las limitaciones impuestas a la libertad creadora se traducen en limitaciones de lo creado.

El genio suele serlo en determinadas parcelas del conocimiento. No se le puede amaestrar para que salte por un aro ajeno a sus saberes. Fuera de su agua, como el pez, se ahoga, o busca en otra charca aguas alternativas. El bracero mexicano desobedece su destino y huye al Norte por razones de supervivencia. El talento hace lo mismo con un aliciente adicional: la búsqueda del clima adecuado para que su talento eclosione y alcance su posibilidad, y no se quede en la imagen, para decirlo en palabras de Lezama.

Desde mediados del siglo XX, asistimos a la sociedad del conocimiento. El desarrollo no está ya determinado por quién produce más acero o más telas, sino por quién produce más ideas. Y existe una clara distinción entre países productores y países consumidores de ideas; entre países que atraen talento y países que lo exportan. Cuba es, desde hace medio siglo, un exportador de talento. Comenzó por exportar en masa a toda la clase empresarial, los que ahora llaman emprendedores, y una buena parte de su dotación técnica. Y ha continuado exportando talento, ya educado dentro de la Revolución, en oleadas sucesivas o en un inexorable goteo.

En los “Lineamientos de la política económica y social” que, presuntamente, signarán la vida de los cubanos durante los próximos años, se habla de “crear condiciones organizativas, jurídicas e institucionales” para el desarrollo de la ciencia; “sostener y desarrollar investigaciones sobre el cambio climático, preservación de los recursos y las ciencias sociales”; “institucionalizar y sistematizar”; “ir creando las condiciones para propiciar la integración de los logros de la ciencia y la técnica en la producción”; “completar y aplicar los instrumentos jurídicos requeridos para la articulación del Sistema de Ciencia e Innovación Tecnológica”. De nuevo los planes quinquenales, el dirigismo machacón desde un Estado que ha demostrado sobradamente su incapacidad de fomentar y de prever, y que sólo ha logrado una imparable sangría de talento. Y, justamente, la palabra “talento” no aparece en esos “Lineamientos”. Tampoco la palabra “libertad”, excepto en la frase de Fidel Castro que sirve de exergo, donde se afirma que la Revolución “es igualdad y libertad plenas”. Sí se repiten hasta ocho veces los términos “orden”, “ordenamiento” y “ordenado”, y otras ocho veces, entre los “Lineamientos” y el “Informe central” de Raúl Castro, la palabra “disciplina”.

En lugar de desobediencia creadora, disciplina (léase obediencia); en lugar de libertad, orden.

Durante décadas, ante cualquier idea alternativa a las orientaciones que bajaban desde las alturas, nos repetían que aquellas directrices venían investidas de la más alta sabiduría, contaban en su haber con todos los datos de los que carecíamos nosotros, los simples mortales. El devenir histórico de Cuba acabará convenciéndonos de que los simples mortales teníamos algún destello de genialidad, o que el Olimpo estaba plagado de incompetentes, si aceptamos la tesis de Osias L. Schwarz: “De un máximo de observaciones, un hombre de talento extrae un mínimo de conclusiones, mientras que el genio saca un máximo de conclusiones de un mínimo de observaciones”.

Dado que se trata de los mismos incompetentes, me temo que un máximo de observaciones del mundo donde, quiéranlo o no, Cuba se inserta, no les alcancen para comprender que las naciones más avanzadas son, justamente, aquellas donde la libertad, incluso la libertad de equivocarse, es un derecho, y donde el aparato del Estado está condenado a aceptar, le guste o no le guste, la desobediencia del talento.

“Desobediencia”; en: Cubaencuentro, Madrid, 12/07/2011.  http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/desobediencia-265263