Vivir en Candonga

17 08 2011

Vivir en Candonga no es nada fácil. Y no es la “candonga” que aparece en el Diccionario de la RAE –zalamero y astuto, con maña para huir del trabajo, maniobra de distracción para perpetrar un engaño de que va a ser objeto, burla e, incluso, “El Candonga” como heterónimo del diablo, aunque de todo eso haya su poco–. Invoco la memorable novela Vivir en Candonga (1966), de Ezequiel Vieta, que se emplaza en un sitio tan alucinante y desquiciado como nuestra ínsula.

Lo peor es que Candonga no se limita a la geografía, nos persigue dentro de los sueños, viaja con nosotros cuando visitamos a la abuelita de Miami, cuando dictamos en Upsala una conferencia sobre “Artejos de crinoideos plantónicos en el Cretácico Inferior”, o se encona durante cuarenta años de exilio. Vivir en Candonga no es fácil. Librarse de Candonga, tampoco, como lo demuestra la reciente candanga candonguera a propósito del recital de Pablo Milanés el sábado 27 de agosto en el American Airlines Arena, de Miami.

Veinte organizaciones de exiliados y ex presos políticos ya pidieron al alcalde de Miami-Dade que impida el concierto. «Pablito Milanés es (…) un emisario del Gobierno de Castro disfrazado de músico», declaró Miguel Saavedra, presidente de Vigilia Mambisa. Nelis Rojas de Morales, secretaria general de la Coordinadora Internacional de ExPrisioneros Políticos Cubanos, se declaró en contra del «mal llamado intercambio cultural con Cuba (…) la venida de los comunistas que manda Fidel Castro para que se introduzcan en el exilio». Emilio Izquierdo, coordinador de Cuban American Patriots and Friends, dijo que el coliseo “es de los contribuyentes” (…) elementos contrarios a los intereses y principios democráticos no pueden usarlo (…) El concierto es una afrenta, [y] Milanés es un agente ideológico de un gobierno enemigo y patrocinador del terrorismo”, con lo que coincide Ninoska Pérez Castellón, periodista de Radio Mambí y miembro del Consejo por la Libertad de Cuba. David Rivera, representante republicano por Miami, calificó el concierto como un insulto a la comunidad cubana, y en una carta a un medio local, un exiliado calificó el evento como «la última Intifada castrista».

Por su parte, el alcalde de Miami-Dade, Carlos Giménez, dijo rechazar la promoción de intercambios con el régimen de los Castro, pero legalmente no tiene poder para intervenir, porque el coliseo es de propiedad condal, pero administrado por Basketball Properties Limited, filial del Miami Heat.

En entrevista concedida a Sarah Moreno, del Miami Herald (http://www.elnuevoherald.com/2011/08/13/v-fullstory/1002999/vengo-a-miami-a-tender-una-mano.html#ixzz1VBFfkSn2), Pablo Milanés admite ser una de “las víctimas’’ de la represión del gobierno cubano, que lo condenó a un año y medio en las UMAP. Aun así, se define como “revolucionario de izquierda, progresista, tolerante y capaz de escuchar todas las tendencias y respetarlas”, mantiene su fe en el socialismo e insiste en permanecer en la Isla, aunque hasta ahora ningún socialismo ha conseguido convertirse en “un sistema para reivindicar al ser humano desde todos los puntos de vista: de la economía, del amor, del espíritu, de la paz”. “Creo en el sistema, pero no en los hombres que lo hacen”.

Milanés critica “el sistema de “castas” que mantiene el gobierno, la discriminación contra los negros y la autocensura de la prensa cubana”, la manipulación de la información, y reivindica el derecho de todos los cubanos, vivan donde vivan, a entrar y salir libremente de la Isla sin que medien vetos o permisos. Asegura llevar muchos años denunciando la falta de derechos y libertades en Cuba.

En su momento, Pablo condenó la muerte del opositor Orlando Zapata Tamayo y afirma que “una persona tiene derecho a protestar y el Estado debe protegerle la vida, sea cual fuere la naturaleza de la protesta”. Por eso, cuando le pidieron que firmara la carta de los intelectuales en apoyo a los encarcelamientos de la Primavera Negra, “Fui el único que no la firmó porque no estuve de acuerdo con que los apresaran ni con que fusilaran a aquellos tres muchachos –negros, por cierto– que se robaron la lancha y no mataron a nadie”. Dice no renegar de quienes la firmaron, entre ellos muchos colegas músicos, pero cree “que debían haber tenido un papel determinante en ese momento. Hubiera sido importante que nadie firmara esa carta”.

A instancias de la periodista, explica su mensaje de apoyo y aliento a Fidel Castro en 2006 porque “era un momento de crisis, y los hombres revolucionarios en momentos como esos echan a un lado las diferencias. No podíamos permitir que por la enfermedad de Fidel Castro, el país cayera en un caos”.

Tras leer la entrevista, la señora Zoé Valdés, en “De las buenas intenciones y las correctas maneras” (http://zoevaldes.net/2011/08/15/de-las-buenas-intenciones-y-las-correctas-maneras/), se declara asqueada. Ella esperaba que Pablo confesara en público “lo que hace años viene diciendo sotto voce en su casa habanera (…) que estaba a punto de salir a manifestarse en contra del régimen por las calles de La Habana”. Ella le envió el mensaje de que si lo hacía “tendría el apoyo de buena parte del exilio”, pero el cantautor ni respondió. Por eso ya no cree en las “buenas intenciones” de Milanés, sobre todo si “van adobadas de “buenas maneras”.

En su artículo, la señora Valdés asegura que el cantautor “sigue apoyando al castrismo, y con ello se ha enriquecido (…) y puede entrar y salir de Cuba a donde él quiere, privilegio que gozan solo los cubanos autorizados por el régimen. (…) Suele ser crítico, hasta un límite. (…) el mismo tipo de crítica que le han permitido a Pedro Juan Gutiérrez, a Leonardo Padura, a Wendy Guerra (…) haciendo el paripé de una cierta crítica (…) deben entrar por un cierto aro”. Como recompensa, reciben “grandes sumas de dinero, le entregan una parte al estado castrista, y libran impuestos fuera”.

Considera que a Pablo “le han dado como tarea cantar en Miami” para contribuir a una “reconciliación entre cubanos”, que “los conciertos le han mermado en otras partes del mundo, y ve la posibilidad de ingresar un buen dinero” (a lo que ella no se opone), algo que dependerá de la taquilla, de modo que si el teatro se llena es que “el castrismo ha copado a Miami” por culpa de “la gran incapacidad de los políticos, que se la han pasado aupando a los disidentes de pacotilla, en vez de apoyar a los verdaderos artistas”.

Recuerda que “yo viví dentro de Cuba lo que muchos no han vivido”, y en lugar de nostalgia siente repulsión por aquellas experiencias. “Desde Cuba uno ve las cosas de otra manera, y desde Cuba, hace muchos años, yo también pensaba que PM era diferente” pero dictamina que “basta ya” de apoyar a quienes continúan creyendo en el comunismo. En contraste con tanta vileza castrista, la señora Valdés nos recuerda que a ella la han prohibido en Cuba, en diarios castristas de todo el mundo y en diarios del exilio, honor que comparte “con escritores de gran talla de Europa del Este”.

Ya Ezequiel Vieta advertía en su novela “del significado en consecuencia que tuvo tanto para él como para sus congéneres, para la posteridad propia chiquita que se le atribuye. Su ínclito y desusado vivir en Candonga”. Es lo que Jesús Díaz llamaba “el Fidel que todos llevamos dentro”. Librarse de Candonga es difícil. Y la barricada levantada por una zona del exilio contra las andanadas de “Yolanda” y “El breve espacio en que no estás” es ejemplar.

El primer candongazo, en la mejor retórica del diario Granma, es tildar a Pablo de “agente ideológico” al que “le han dado como tarea cantar en Miami”, “emisario del Gobierno de Castro disfrazado de músico”. Ya quisieran muchos buenos músicos andar disfrazados con cuarenta discos y piezas como “Para vivir”, “El tiempo, el implacable, el que pasó” y “Ámame como soy”. O su rescate de figuras memorables, como Miguelito Cuní, Chapotín y Kotán, los tres discos de la serie Años y los seis de la serie Filin. La libertad de opinión es sagrada, pero cuando una opinión comienza por una estupidez, la inteligencia ordena resetear el cerebro.

El segundo es un asunto de calibre y proporciones. Calificar a este concierto como “una afrenta y un insulto” al exilio cubano es, en primer lugar, monopolizar sin pruebas la perspectiva de ese exilio, a riesgo de perder el referendo de la taquilla si, como prevé el productor Hugo Cancio, presidente de Fuego Entertainment y Cuba Business Development Group Inc., quien organiza la gira de Milanés y descartó suspender el concierto, hay un lleno en el American Airlines Arena y resulta que “el castrismo ha copado a Miami”, según la tesis de Valdés. Pero es también extrapolar a todo Miami la palabra exilio. Como afirma Cancio, “Milanés no sólo viene a Miami a cantar a sus hermanos cubanos, sino a sus cientos de miles de seguidores de toda América Latina”.

El tercer candongazo es el más grave. El exilio generado por una dictadura y que reivindica la democratización de la Isla exige prohibir, censurar, proscribir un concierto, olvidando que “En un país libre y democrático la manera de mostrar rechazo a una idea es protestando, lo demás son tácticas usadas por países totalitarios como Cuba”, como afirma John De León, el presidente del capítulo floridano de la American Civil Liberty Unions. ¿Qué podemos esperar de estos “demócratas” si un día se alzan en Candonga con el derecho al veto?

Por suerte, hay muchas voces disonantes. En entrevista para Wilfredo Cancio en Café Fuerte (http://cafefuerte.com/2011/08/15/willy-chirino-los-cubanos-debemos-sentirnos-orgullosos-de-la-nueva-trova/), Willy Chirino afirma que “El hecho de que [Milanés] venga a cantar aquí es lo que exige la democracia, como exige también que haya un espacio para Vigilia Mambisa protestar u otra gente obviar el concierto. (…) lo que yo quiero para la Cuba del futuro es un país donde haya espacio para todo tipo de personas y todo tipo de mentalidad política, aunque uno esté en desacuerdo con ellas; un país donde defendamos incluso el espacio para los que quieran pertenecer al partido comunista”. Aunque considera que los intercambios culturales son incompletos, pues funcionan sólo desde Cuba hacia Estados Unidos, mientras muchos artistas del exilio son vetados por Cuba. Algo con lo que coincide el cantante Amaury Gutiérrez.

Por su parte, el texto de la señora Valdés es un verdadero tratado de Candonguismo Aplicado. Admite que “Desde Cuba uno ve las cosas de otra manera”, y que desde allí ella “también pensaba que PM era diferente”. Quizás porque “yo viví dentro de Cuba lo que muchos no han vivido”, y en lugar de nostalgia siente repulsión por aquellas experiencias. Supongo que se refiera a sus experiencias como directora de una publicación oficial y miembro en París de la delegación cubana ante la UNESCO. Pero ahora dictamina que “basta ya” de apoyar a quienes continúan creyendo en el comunismo. La señora Valdés dispone del “momentómetro” que indica el instante preciso en que ya no es admisible ser indulgente (con ella misma, por ejemplo) y toca ser inflexible como las mesas redondas.

No sé si la señora Valdés tiene problemas de liquidez, o con Hacienda, o si sus royalties han descendido, pero insiste una y otra vez en referirse a los artistas que ingresan “grandes sumas de dinero, le entregan una parte al estado castrista, y libran impuestos fuera” (su agente debería informarla sobre los convenios para evitar la doble tributación) y en que a Pablo “los conciertos le han mermado en otras partes del mundo, y ve la posibilidad de ingresar un buen dinero”. No soy agente de ninguno de los dos, por lo que ignoro el estado de sus finanzas, pero creo que en ningún caso el calibre de la cuenta corriente tenga que ver con esto. Y afirmar que “Pablo Milanés sigue apoyando al castrismo, y con ello se ha enriquecido”, no con su trabajo, es tan objetable como afirmar que Zoé Valdés se ha enriquecido con su anticastrismo y no con sus royalties.

Al asegurar que el cantautor “puede entrar y salir de Cuba a donde él quiere, privilegio que gozan solo los cubanos autorizados por el régimen” olvida que ella también gozó de esos privilegios y que, hasta donde sabemos si Wikileaks no nos revela algo nuevo, los preservó con un cauto silencio hasta su salida definitiva del país, sin “salir a manifestarse en contra del régimen por las calles de La Habana” como ahora exige a Pablo Milanés. La disidencia sotto voce es siempre más saludable.

 

De paso, arremete contra Pedro Juan Gutiérrez, Leonardo Padura, Wendy Guerra y todo el que se tercie, críticos “hasta un límite” que, “haciendo el paripé de una cierta crítica”, “deben entrar por un cierto aro”. Si no echara mano a su ficha biográfica, diría que la señora Valdés nació en París, y que desconoce que bajo un sistema totalitario como el cubano existe una enorme biodiversidad entre el esbirro orgánico y el disidente dispuesto a morir por sus ideas. Tan admirable el último como execrable el primero, entre ambos polos hay castristas convencidos o por conveniencia, simpatizantes, críticos, opositores de distinto grado, indiferentes, apolíticos, héroes y villanos. Dictar normas de conducta y grados de audacia desde la seguridad del exilio es jugar a Dama de Blanco Chanel, aunque comparta honores “con escritores de gran talla de Europa del Este”.

En su “Candonga de los colectiveros”, del famoso compositor Johann Sebastian Mastropiero, Les Luthiers cantan que “No se puede, yo lo siento, ni bajarse ni subir / Con el coche en movimiento no me gusta transigir”.

El próximo día 27 comprobaremos si ha prevalecido la música de Pablo Milanés o la letra de Vigilia Mambisa y si se cumple la noticia con que cierra su artículo la señora Valdés: que en su casa (infiero que se refiere a la casa de sus ideas) entra “quien yo quiera, y cada vez son menos”. Lo cual resulta esperanzador.

 

“Vivir en Candonga”; en: Cubaencuentro, Madrid, 17/08/2011. http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/vivir-en-candonga-267060

 





Todos a la Plaza

22 09 2009

“Todos a la Plaza” era la consigna que durante decenios nos compulsaba a acudir como pacientes espectadores a cada representación del Orador en Jefe. Del resto se encargaban los CDR, los sindicatos, las escuelas y la clara noción de que toda ausencia sería castigada.

El pasado domingo no hubo movilización (salvo la de los cuerpos policiales). Los CDR no fueron tocando puerta por puerta a los más tibios, las escuelas no envasaron a sus alumnos en autobuses ni los sindicatos arrearon a sus afiliados intentando que el rebaño no se diezmara de camino a la Plaza. Aun así, 1.150.000 personas acudieron al concierto “Paz sin fronteras” organizado por Juanes, Miguel Bosé y un nutrido grupo de artistas.

La emisión del concierto por Cubavisión fue desastrosa. A la pésima calidad de la señal y del sonido, se sumó la inoportuna intervención de dos presentadores que, desde el estudio, llenaban el paréntesis entre un artista y otro leyendo curriculums y parloteando perogrulladas y lugares comunes; tanto, que el cantante de turno empezaba su concierto y ni ellos ni la unidad móvil de la Plaza se enteraban. “Por eso yo jamás permití un paréntesis en mis conciertos”, pensó seguramente el Comandante desde su lecho de convaleciente.

No soy productor ni guionista de espectáculos, pero la estructura de este concierto me resultó, cuando menos, rara. Artistas de los que se esperaba una participación más intensa, despacharon la noche con un par de canciones. Otros, que debieron limitarse a unas participación simbólica, se extendían hasta cinco. A eso se suma la enorme diferencia de calidad entre unos y otros de los artistas reunidos y el reto de conciliar en un solo espectáculo a Olga Tañón con Aute, a Dany Rivera con Jovanotti y a Yerbabuena de Cucú Diamante con Silvio Rodríguez, más hierático en esta ocasión que nunca antes. Aun así, el concierto contó con el mejor público del mundo. Entregado con Jovanotti, Orishas, Juanes y los Van Van; descansaban con Dany Rivera y Aute, cuya mejor nota la puso el guitarrista; o se reían de Cucú Diamante (añorando a Xiomara Laugart) y de la hiperquinética compañera de Carlos Varela, chupando cámara como una adolescente en su fiesta de quince. Un público abrumadoramente joven (incluso los de uniforme; la cámara permitía apreciar la enorme densidad de policías por metro cuadrado, sin contar los de paisano) que venía dispuesto a divertirse y a que nada ni nadie le estropeara la fiesta.

El escenario, como durante la visita de Juan Pablo II, estaba dispuesto en la Biblioteca Nacional. Una cosa es ceder la Plaza para un acto laico y otra muy distinta, que se profanaran los santos lugares colocando a salseros y raperos en el monte de los olivos, al pie de la raspadura.

Durante la primera mitad del concierto, la cámara paneaba al público en redondo y aparecía una y otra vez la enorme imagen del Che en la fachada del Ministerio del Interior. Durante la segunda mitad, quizás por indicación de los organizadores recordando el compromiso de no politizar el concierto, la cámara descendía justo antes de llegar a ese edificio y eludía la imagen del guerrillero. No volvería a aparecer hasta el final, junto a un primer plano de la raspadura y de la estatua de Martí con cara de aburrido.

Desde su anuncio, el concierto ha generado miles de páginas de polémica. Para Daniel Álvarez, profesor de la Universidad Internacional de la Florida, «intensificó aún más la polarización» en el exilio cubano. Efectivamente, frente a la performance de Vigilia Mambisa, aplastando CDs de los participantes con una aplanadora –ellos, de todos modos, no escuchan la música de Juanes–, jóvenes de Miami apoyaban el concierto en la esquina del restaurante Versailles. Miguel Saavedra, de Vigilia Mambisa, afirmó que ‘‘el 80 por ciento del pueblo cubano en Miami ha reaccionado contra el concierto”, sin especificar sus fuentes estadísticas. Los nietos de los vigilantes mambises tuvieron que reponer sus colecciones de Juanes con el consiguiente aumento de las ventas.

Barack Obama se declaró «seguro de que este tipo de intercambios culturales no daña las relaciones». Carlos Saladrigas, director del Cuba Study Group, anotó que el concierto «ha tenido la enorme oportunidad de volver a recordar al mundo todo lo que ocurre en Cuba, los problemas de los cubanos y la situación de los presos políticos». Abel Prieto, ministro de Cultura cubano, llamó fascistas a quienes rompían discos de Juanes en Miami, como si La Habana no tuviera su propia industria de convertir arte incómodo en materia prima. Para el economista Antonio Jorge, de la Academia de la Historia Cubana, el concierto no promueve ningún tipo de cambio porque no es de interés del gobierno cubano, y un tal Calixto García, de 52 años, con todo el peso de su nombre, afirmó que «Es algo totalmente iluso pensar que en un país aplastado por una tiranía de 50 años, unos músicos vestidos de blanco puedan hacer un cambio con sus canciones». Y tiene toda la razón. Tampoco creo que a los músicos les pasara por la cabeza. Emilio Estefan, en cambio, declaró que el exilio cubano «ha madurado desde el momento que muchos piensan y han declarado que Juanes tiene derecho a cantar en Cuba como en cualquier otro país». Y Willy Chirino estuvo dispuesto a participar en el concierto. Fueron las autoridades cubanas las que no lo aceptaron, aduciendo que era cómplice de Bush, terrorista por ayudar a Hermanos al Rescate y agente de la CIA –si la plantilla de la CIA fuera tan extensa como La Habana denuncia, eso sólo bastaría para explicar la crisis–. Según ellos, Chirino “debía ganarse el derecho de cantar en Cuba». ¿Cómo ellos se ganaron el derecho a gobernarla?

Obviamente, ningún concierto de la historia ha cambiado un gobierno y es un lastimoso signo de impotencia que una zona del exilio demande a un concierto lo que ella misma ha sido incapaz de conseguir durante medio siglo. En cualquier caso, no es raro que en un primer momento el gobierno cubano no aceptara su celebración. Los ideólogos de la Isla detectaron de inmediato que podría ser un campo minado. Trocar el lugar sagrado de los discursos en salón de fiestas. Anuncia postrimerías una revolución que va del mausoleo a la discoteca. Reunir a cientos de miles de jóvenes cuyo ánimo festivo podría enardecerse y resultar incontrolable (y televisivo) incluso para los miles de agentes desplegados. Conseguir de muchos artistas internacionales un mensaje, cuando menos, light, evitando que la lengua les resbalara hacia la herejía. La decisión de aceptarlo se debió a la mediación de Silvio Rodríguez y, posiblemente, a la oposición de una zona del exilio. Si sorteaba felizmente los peligros, el gobierno daría, en contraste con el mínimo (pero muy publicitado) exilio radical, una imagen de “apertura” y tolerancia.

¿Salió el gobierno cubano airoso del embite? En lo esencial, sí. No se produjo ninguna revuelta ni los artistas llamaron “al combate corred bayameses”. Pero el concierto estuvo mechado de momentos sacrílegos, desde el comunicado inicial, cuando Olga Tañón anunció que es tiempo de cambio, «It`s time to change», mencionó con todas sus letras al «exilio», y añadió “¡Que no haya más fronteras en el mundo, que se comiencen a romper las barreras que nos separan!”. Juanes afirmó que “Vinimos a Cuba por amor y lo hicimos sin miedo para estar aquí con ustedes esta tarde, y esperamos que ustedes también lo puedan vencer”. Eso en un país donde las fronteras son rígidas y el inmovilismo y el miedo han sido pilares de la gobernabilidad. “No importa cómo pensemos, no importa qué religión tengamos… al final, muchachos, todos somos iguales”, aseguró Juanes, en contraposición a la enunciada excepcionalidad cubana. También cantó “Sueños”, para los «privados de su libertad donde quiera que estén» en referencia a los secuestrados en su país, pero que permitía una interpretación libre de ese “donde quiera que estén”. Carlos Varela dedicó su tema “La Verdad” «a todos los cubanos, estén donde estén». Y el clímax se produjo cuando Juanes y Bosé cantaron a dúo «Dame una isla en el medio del mar, llámala libertad. Dime que el viento no la hundirá…», e invitaron a subir a un joven que tremoló durante algunos segundos una bandera cubana para ser retirado de inmediato por la seguridad. Al final del concierto, tras pedir  «¡Una sola familia cubana!», una sola, una sola, coreaban, Juanes y Bosé repitieron “Viva Cuba libre” y se vio de soslayo como alguien llamaba a Amaury a un aparte al fondo del escenario. Un minuto más tarde, Amury se aproximaba a Bosé, Juanes y Olga Tañón y susurraba algo. “Aflojen, muchachos”, podríamos suponer. Sólo Juan Formell pareció dirigirse explícitamente al “más allá” cuando dijo: «Duélale a quien le duela, el concierto por la paz ya se hizo. Ya está bueno ya de abusos». Aunque quién sabe, porque los primeros en oponerse al concierto fueron las autoridades cubanas. Incluso Silvio Rodríguez, al cantar “Ojalá”, esa canción cuyo destinatario siempre ha despertado suspicacias, se prestó a una lectura ambigua.

Aunque Elizardo Sánchez Santacruz declaró que «la realidad indica que el gobierno va a apuntarlo como un reconocimiento público al régimen, y poco más que eso», lo cierto es que, leyendo en Granma “Paisaje de paz después de la batalla”, de Pedro de la Hoz, lo más parecido a un comunicado oficial, descubrimos que el columnista subraya el llamado de Bosé a la paz, la concordia, el diálogo, la hermandad, el amor, y la música como mensaje de convivencia y cordialidad. Asegura que Cuba cumplió con el compromiso de “consagrar a la paz el concierto, no manipular políticamente una expresión cultural, difundir abiertamente al mundo la imagen del concierto, y promover un voto por el entendimiento humano”. Para concluir que fue “una jornada de paz, en la que triunfó la razón poética”. Tanto énfasis en el peace & love tras decenios promoviendo la violencia en todas partes del mundo recuerda la fábula del león que se convirtió en vegetariano. Es evidente, además, que esta postrevolución ya no es capaz de generar un mensaje ideológico. Si antes se exigía al ciudadano militancia, ahora se conforman con  la abstención. “Deja la política, brother, que aquí venimos a vacilar”. Lo que el columnista considera voluntad de “no manipular políticamente” es sólo impotencia. Y los llamados al entendimiento humano es signo inequívoco de la debilidad de un régimen incapaz de hacer extensiva a toda la población la intransigencia ideológica de los “buenos tiempos”. Sigue reprimiendo con dureza cualquier disidencia abierta si aspira a mantener encastillada en el poder a la cúpula histórica, pero se sabe incapaz de suscitar adhesión a un pueblo encasquillado desde hace medio siglo en sus aspiraciones de una vida mejor.

 





A favor, en contra y todo lo contrario

23 09 2008

Son las reacciones que ha suscitado el concierto promovido por Juanes en La Habana. En mi post de ayer intenté analizar objetivamente qué había sucedido y cuál era, de algún modo, su saldo. Independientemente de ese intento de objetividad periodística, me arriesgo a pronunciarme tomando en cuenta los pro y los contra.

Descartaré el criterio de que este concierto debía ser un revulsivo del gobierno cubano. De momento, a pesar de todos los avances de la ingeniería genética, los guayabales no producen frutabombas. Y los conciertos no derogan gobiernos.

Se ha aducido en contra de este concierto que podría interpretarse como un apoyo al gobierno cubano, que ese gobierno podría instrumentalizarlo en esa dirección, atribuyéndoselo como un éxito o como una demostración de su carácter abierto y tolerante. Se ha dicho que es una vergüenza dar una fiesta en un país que lleva años celebrando el velorio de sus esperanzas. Hay, incluso, una teoría pasmosa: que el FBI suministró a Cuba, a pedido de Chávez y con la anuencia de Obama, un millón de manillas GPS que fueron uncidas con carácter obligatorio a las muñecas de los jóvenes habaneros, y que les vetaban acercarse demasiado al escenario, e incluso les propinaban a distancia una descarga eléctrica si se portaban mal. Si aún no lo ha hecho, el autor de esta tesis debería considerar una incursión en la literatura fantástica. Imaginación no le falta.

Es cierto que el gobierno cubano ha intentado rentabilizar a su favor el concierto, ofreciéndolo como muestra de su carácter abierto y dialogante. Pero ni siquiera sus voceros más fieles se han atrevido a citarlo como un ejemplo de apoyo a la llamada Revolución. Y ese es un dato importante. Ahora bien, si nos abstuviéramos de enviar remesas a los nuestros, de visitarlos si así lo queremos, de participar en cualquier evento con compatriotas de la Isla por temor a que todo eso sea rentabilizado por los ideólogos cubanos, estaríamos renunciando a nuestra independencia, aceptaríamos ser súbditos transversales de ese mismo gobierno. Y debo aclarar que quienes han decidido cortar todos los nexos con la Isla, apoyan el embargo y el aislacionismo como medida de presión, están en todo su derecho, aunque yo no comparta sus métodos.

Si es una vergüenza o no celebrar una fiesta en el velorio, es algo que deberían decidir los cubanos que viven en la Isla. En medio de las mayores crisis y penurias, los seres humanos hemos tenido la presencia de ánimo para continuar riéndonos, disfrutando de las mínimas alegrías a mano o procreando.

Durante decenios la aristocracia verde olivo ha gobernado el país mediante la desinformación, la mentira y el miedo. Por eso creo firmemente que cualquier apertura, cualquier pequeña ventana que se abra hacia el mundo, cualquier intercambio, diálogo, confrontación con otras realidades, es un pasito hacia la luz para los compatriotas de la Isla. Las visitas de la comunidad cubana a fines de los 70 derogaron la mitología satanizadora del gobierno. La respuesta fue el Mariel. El contacto con la comunidad exiliada ha sido más erosivo para el discurso castrista que cualquier mítin celebrado en Madrid o Miami. (Sin que eso desacredite los mítines). Un cubano que viaja fuera de la Isla, trae a su regreso noticias de primera mano que derogan la visión apocalíptica del afuera que durante medio siglo han fabricado el discurso político y la prensa: el miedo como antídoto de la esperanza.

Y este concierto no sólo ha permitido a los jóvenes cubanos escuchar a muchos de los cantantes que aprecian. Les ha permitido escuchar públicamente y en la Plaza de la Revolución, el sitio sagrado por excelencia, la palabra libertad, exhortaciones a una Cuba Libre, a hacer de los cubanos de aquí y allá un solo pueblo, se ha mencionado al exilio con todas sus letras y se les ha instado a perder el miedo. En contra de la noción de pueblo elegido, emisarios del futuro luminoso, se les ha dicho que todos somos iguales, que todos tenemos derecho a los mismos sueños. Demasiadas subversiones en una sola tarde.

Y, sobre todo, los jóvenes cubanos reunidos esa tarde de domingo pudieron apreciar que su gobierno les teme. No se hace un despliegue policial de esa magnitud para contener una asamblea del Partido o una tribuna abierta de la UJC. Eso no significa que mañana mismo se produzca una revuelta, desde luego. Pero descubrir que los todopoderosos, los amos del país, tienen miedo a un millón de jóvenes desarmados es mucho más erosivo que cualquier discurso. El gobierno teme a esos jóvenes que, por primera vez, acudieron a la Plaza sin convocatoria ni redada cederista, sin obligación política ni azuzados por el miedo. Le teme a una espontaneidad que se sabe incapaz de pastorear como no sea por la fuerza. Desde los ya lejanos años 60 (si descontamos la visita de Juan Pablo II) la Plaza no se llenaba de espontáneos. El discurso, antídoto de la espontaneidad, ya ha caducado. Sólo falta derogar el miedo.

“A favor, en contra y todo lo contrario”; en: Habanerías,  23/09/2009