Todos a la Plaza

22 09 2009

“Todos a la Plaza” era la consigna que durante decenios nos compulsaba a acudir como pacientes espectadores a cada representación del Orador en Jefe. Del resto se encargaban los CDR, los sindicatos, las escuelas y la clara noción de que toda ausencia sería castigada.

El pasado domingo no hubo movilización (salvo la de los cuerpos policiales). Los CDR no fueron tocando puerta por puerta a los más tibios, las escuelas no envasaron a sus alumnos en autobuses ni los sindicatos arrearon a sus afiliados intentando que el rebaño no se diezmara de camino a la Plaza. Aun así, 1.150.000 personas acudieron al concierto “Paz sin fronteras” organizado por Juanes, Miguel Bosé y un nutrido grupo de artistas.

La emisión del concierto por Cubavisión fue desastrosa. A la pésima calidad de la señal y del sonido, se sumó la inoportuna intervención de dos presentadores que, desde el estudio, llenaban el paréntesis entre un artista y otro leyendo curriculums y parloteando perogrulladas y lugares comunes; tanto, que el cantante de turno empezaba su concierto y ni ellos ni la unidad móvil de la Plaza se enteraban. “Por eso yo jamás permití un paréntesis en mis conciertos”, pensó seguramente el Comandante desde su lecho de convaleciente.

No soy productor ni guionista de espectáculos, pero la estructura de este concierto me resultó, cuando menos, rara. Artistas de los que se esperaba una participación más intensa, despacharon la noche con un par de canciones. Otros, que debieron limitarse a unas participación simbólica, se extendían hasta cinco. A eso se suma la enorme diferencia de calidad entre unos y otros de los artistas reunidos y el reto de conciliar en un solo espectáculo a Olga Tañón con Aute, a Dany Rivera con Jovanotti y a Yerbabuena de Cucú Diamante con Silvio Rodríguez, más hierático en esta ocasión que nunca antes. Aun así, el concierto contó con el mejor público del mundo. Entregado con Jovanotti, Orishas, Juanes y los Van Van; descansaban con Dany Rivera y Aute, cuya mejor nota la puso el guitarrista; o se reían de Cucú Diamante (añorando a Xiomara Laugart) y de la hiperquinética compañera de Carlos Varela, chupando cámara como una adolescente en su fiesta de quince. Un público abrumadoramente joven (incluso los de uniforme; la cámara permitía apreciar la enorme densidad de policías por metro cuadrado, sin contar los de paisano) que venía dispuesto a divertirse y a que nada ni nadie le estropeara la fiesta.

El escenario, como durante la visita de Juan Pablo II, estaba dispuesto en la Biblioteca Nacional. Una cosa es ceder la Plaza para un acto laico y otra muy distinta, que se profanaran los santos lugares colocando a salseros y raperos en el monte de los olivos, al pie de la raspadura.

Durante la primera mitad del concierto, la cámara paneaba al público en redondo y aparecía una y otra vez la enorme imagen del Che en la fachada del Ministerio del Interior. Durante la segunda mitad, quizás por indicación de los organizadores recordando el compromiso de no politizar el concierto, la cámara descendía justo antes de llegar a ese edificio y eludía la imagen del guerrillero. No volvería a aparecer hasta el final, junto a un primer plano de la raspadura y de la estatua de Martí con cara de aburrido.

Desde su anuncio, el concierto ha generado miles de páginas de polémica. Para Daniel Álvarez, profesor de la Universidad Internacional de la Florida, «intensificó aún más la polarización» en el exilio cubano. Efectivamente, frente a la performance de Vigilia Mambisa, aplastando CDs de los participantes con una aplanadora –ellos, de todos modos, no escuchan la música de Juanes–, jóvenes de Miami apoyaban el concierto en la esquina del restaurante Versailles. Miguel Saavedra, de Vigilia Mambisa, afirmó que ‘‘el 80 por ciento del pueblo cubano en Miami ha reaccionado contra el concierto”, sin especificar sus fuentes estadísticas. Los nietos de los vigilantes mambises tuvieron que reponer sus colecciones de Juanes con el consiguiente aumento de las ventas.

Barack Obama se declaró «seguro de que este tipo de intercambios culturales no daña las relaciones». Carlos Saladrigas, director del Cuba Study Group, anotó que el concierto «ha tenido la enorme oportunidad de volver a recordar al mundo todo lo que ocurre en Cuba, los problemas de los cubanos y la situación de los presos políticos». Abel Prieto, ministro de Cultura cubano, llamó fascistas a quienes rompían discos de Juanes en Miami, como si La Habana no tuviera su propia industria de convertir arte incómodo en materia prima. Para el economista Antonio Jorge, de la Academia de la Historia Cubana, el concierto no promueve ningún tipo de cambio porque no es de interés del gobierno cubano, y un tal Calixto García, de 52 años, con todo el peso de su nombre, afirmó que «Es algo totalmente iluso pensar que en un país aplastado por una tiranía de 50 años, unos músicos vestidos de blanco puedan hacer un cambio con sus canciones». Y tiene toda la razón. Tampoco creo que a los músicos les pasara por la cabeza. Emilio Estefan, en cambio, declaró que el exilio cubano «ha madurado desde el momento que muchos piensan y han declarado que Juanes tiene derecho a cantar en Cuba como en cualquier otro país». Y Willy Chirino estuvo dispuesto a participar en el concierto. Fueron las autoridades cubanas las que no lo aceptaron, aduciendo que era cómplice de Bush, terrorista por ayudar a Hermanos al Rescate y agente de la CIA –si la plantilla de la CIA fuera tan extensa como La Habana denuncia, eso sólo bastaría para explicar la crisis–. Según ellos, Chirino “debía ganarse el derecho de cantar en Cuba». ¿Cómo ellos se ganaron el derecho a gobernarla?

Obviamente, ningún concierto de la historia ha cambiado un gobierno y es un lastimoso signo de impotencia que una zona del exilio demande a un concierto lo que ella misma ha sido incapaz de conseguir durante medio siglo. En cualquier caso, no es raro que en un primer momento el gobierno cubano no aceptara su celebración. Los ideólogos de la Isla detectaron de inmediato que podría ser un campo minado. Trocar el lugar sagrado de los discursos en salón de fiestas. Anuncia postrimerías una revolución que va del mausoleo a la discoteca. Reunir a cientos de miles de jóvenes cuyo ánimo festivo podría enardecerse y resultar incontrolable (y televisivo) incluso para los miles de agentes desplegados. Conseguir de muchos artistas internacionales un mensaje, cuando menos, light, evitando que la lengua les resbalara hacia la herejía. La decisión de aceptarlo se debió a la mediación de Silvio Rodríguez y, posiblemente, a la oposición de una zona del exilio. Si sorteaba felizmente los peligros, el gobierno daría, en contraste con el mínimo (pero muy publicitado) exilio radical, una imagen de “apertura” y tolerancia.

¿Salió el gobierno cubano airoso del embite? En lo esencial, sí. No se produjo ninguna revuelta ni los artistas llamaron “al combate corred bayameses”. Pero el concierto estuvo mechado de momentos sacrílegos, desde el comunicado inicial, cuando Olga Tañón anunció que es tiempo de cambio, «It`s time to change», mencionó con todas sus letras al «exilio», y añadió “¡Que no haya más fronteras en el mundo, que se comiencen a romper las barreras que nos separan!”. Juanes afirmó que “Vinimos a Cuba por amor y lo hicimos sin miedo para estar aquí con ustedes esta tarde, y esperamos que ustedes también lo puedan vencer”. Eso en un país donde las fronteras son rígidas y el inmovilismo y el miedo han sido pilares de la gobernabilidad. “No importa cómo pensemos, no importa qué religión tengamos… al final, muchachos, todos somos iguales”, aseguró Juanes, en contraposición a la enunciada excepcionalidad cubana. También cantó “Sueños”, para los «privados de su libertad donde quiera que estén» en referencia a los secuestrados en su país, pero que permitía una interpretación libre de ese “donde quiera que estén”. Carlos Varela dedicó su tema “La Verdad” «a todos los cubanos, estén donde estén». Y el clímax se produjo cuando Juanes y Bosé cantaron a dúo «Dame una isla en el medio del mar, llámala libertad. Dime que el viento no la hundirá…», e invitaron a subir a un joven que tremoló durante algunos segundos una bandera cubana para ser retirado de inmediato por la seguridad. Al final del concierto, tras pedir  «¡Una sola familia cubana!», una sola, una sola, coreaban, Juanes y Bosé repitieron “Viva Cuba libre” y se vio de soslayo como alguien llamaba a Amaury a un aparte al fondo del escenario. Un minuto más tarde, Amury se aproximaba a Bosé, Juanes y Olga Tañón y susurraba algo. “Aflojen, muchachos”, podríamos suponer. Sólo Juan Formell pareció dirigirse explícitamente al “más allá” cuando dijo: «Duélale a quien le duela, el concierto por la paz ya se hizo. Ya está bueno ya de abusos». Aunque quién sabe, porque los primeros en oponerse al concierto fueron las autoridades cubanas. Incluso Silvio Rodríguez, al cantar “Ojalá”, esa canción cuyo destinatario siempre ha despertado suspicacias, se prestó a una lectura ambigua.

Aunque Elizardo Sánchez Santacruz declaró que «la realidad indica que el gobierno va a apuntarlo como un reconocimiento público al régimen, y poco más que eso», lo cierto es que, leyendo en Granma “Paisaje de paz después de la batalla”, de Pedro de la Hoz, lo más parecido a un comunicado oficial, descubrimos que el columnista subraya el llamado de Bosé a la paz, la concordia, el diálogo, la hermandad, el amor, y la música como mensaje de convivencia y cordialidad. Asegura que Cuba cumplió con el compromiso de “consagrar a la paz el concierto, no manipular políticamente una expresión cultural, difundir abiertamente al mundo la imagen del concierto, y promover un voto por el entendimiento humano”. Para concluir que fue “una jornada de paz, en la que triunfó la razón poética”. Tanto énfasis en el peace & love tras decenios promoviendo la violencia en todas partes del mundo recuerda la fábula del león que se convirtió en vegetariano. Es evidente, además, que esta postrevolución ya no es capaz de generar un mensaje ideológico. Si antes se exigía al ciudadano militancia, ahora se conforman con  la abstención. “Deja la política, brother, que aquí venimos a vacilar”. Lo que el columnista considera voluntad de “no manipular políticamente” es sólo impotencia. Y los llamados al entendimiento humano es signo inequívoco de la debilidad de un régimen incapaz de hacer extensiva a toda la población la intransigencia ideológica de los “buenos tiempos”. Sigue reprimiendo con dureza cualquier disidencia abierta si aspira a mantener encastillada en el poder a la cúpula histórica, pero se sabe incapaz de suscitar adhesión a un pueblo encasquillado desde hace medio siglo en sus aspiraciones de una vida mejor.

 





A favor, en contra y todo lo contrario

23 09 2008

Son las reacciones que ha suscitado el concierto promovido por Juanes en La Habana. En mi post de ayer intenté analizar objetivamente qué había sucedido y cuál era, de algún modo, su saldo. Independientemente de ese intento de objetividad periodística, me arriesgo a pronunciarme tomando en cuenta los pro y los contra.

Descartaré el criterio de que este concierto debía ser un revulsivo del gobierno cubano. De momento, a pesar de todos los avances de la ingeniería genética, los guayabales no producen frutabombas. Y los conciertos no derogan gobiernos.

Se ha aducido en contra de este concierto que podría interpretarse como un apoyo al gobierno cubano, que ese gobierno podría instrumentalizarlo en esa dirección, atribuyéndoselo como un éxito o como una demostración de su carácter abierto y tolerante. Se ha dicho que es una vergüenza dar una fiesta en un país que lleva años celebrando el velorio de sus esperanzas. Hay, incluso, una teoría pasmosa: que el FBI suministró a Cuba, a pedido de Chávez y con la anuencia de Obama, un millón de manillas GPS que fueron uncidas con carácter obligatorio a las muñecas de los jóvenes habaneros, y que les vetaban acercarse demasiado al escenario, e incluso les propinaban a distancia una descarga eléctrica si se portaban mal. Si aún no lo ha hecho, el autor de esta tesis debería considerar una incursión en la literatura fantástica. Imaginación no le falta.

Es cierto que el gobierno cubano ha intentado rentabilizar a su favor el concierto, ofreciéndolo como muestra de su carácter abierto y dialogante. Pero ni siquiera sus voceros más fieles se han atrevido a citarlo como un ejemplo de apoyo a la llamada Revolución. Y ese es un dato importante. Ahora bien, si nos abstuviéramos de enviar remesas a los nuestros, de visitarlos si así lo queremos, de participar en cualquier evento con compatriotas de la Isla por temor a que todo eso sea rentabilizado por los ideólogos cubanos, estaríamos renunciando a nuestra independencia, aceptaríamos ser súbditos transversales de ese mismo gobierno. Y debo aclarar que quienes han decidido cortar todos los nexos con la Isla, apoyan el embargo y el aislacionismo como medida de presión, están en todo su derecho, aunque yo no comparta sus métodos.

Si es una vergüenza o no celebrar una fiesta en el velorio, es algo que deberían decidir los cubanos que viven en la Isla. En medio de las mayores crisis y penurias, los seres humanos hemos tenido la presencia de ánimo para continuar riéndonos, disfrutando de las mínimas alegrías a mano o procreando.

Durante decenios la aristocracia verde olivo ha gobernado el país mediante la desinformación, la mentira y el miedo. Por eso creo firmemente que cualquier apertura, cualquier pequeña ventana que se abra hacia el mundo, cualquier intercambio, diálogo, confrontación con otras realidades, es un pasito hacia la luz para los compatriotas de la Isla. Las visitas de la comunidad cubana a fines de los 70 derogaron la mitología satanizadora del gobierno. La respuesta fue el Mariel. El contacto con la comunidad exiliada ha sido más erosivo para el discurso castrista que cualquier mítin celebrado en Madrid o Miami. (Sin que eso desacredite los mítines). Un cubano que viaja fuera de la Isla, trae a su regreso noticias de primera mano que derogan la visión apocalíptica del afuera que durante medio siglo han fabricado el discurso político y la prensa: el miedo como antídoto de la esperanza.

Y este concierto no sólo ha permitido a los jóvenes cubanos escuchar a muchos de los cantantes que aprecian. Les ha permitido escuchar públicamente y en la Plaza de la Revolución, el sitio sagrado por excelencia, la palabra libertad, exhortaciones a una Cuba Libre, a hacer de los cubanos de aquí y allá un solo pueblo, se ha mencionado al exilio con todas sus letras y se les ha instado a perder el miedo. En contra de la noción de pueblo elegido, emisarios del futuro luminoso, se les ha dicho que todos somos iguales, que todos tenemos derecho a los mismos sueños. Demasiadas subversiones en una sola tarde.

Y, sobre todo, los jóvenes cubanos reunidos esa tarde de domingo pudieron apreciar que su gobierno les teme. No se hace un despliegue policial de esa magnitud para contener una asamblea del Partido o una tribuna abierta de la UJC. Eso no significa que mañana mismo se produzca una revuelta, desde luego. Pero descubrir que los todopoderosos, los amos del país, tienen miedo a un millón de jóvenes desarmados es mucho más erosivo que cualquier discurso. El gobierno teme a esos jóvenes que, por primera vez, acudieron a la Plaza sin convocatoria ni redada cederista, sin obligación política ni azuzados por el miedo. Le teme a una espontaneidad que se sabe incapaz de pastorear como no sea por la fuerza. Desde los ya lejanos años 60 (si descontamos la visita de Juan Pablo II) la Plaza no se llenaba de espontáneos. El discurso, antídoto de la espontaneidad, ya ha caducado. Sólo falta derogar el miedo.

“A favor, en contra y todo lo contrario”; en: Habanerías,  23/09/2009