La lentitud confortable

13 09 2011

Degustar un Yoichi 20 años, fabricado por Nikka, es una experiencia memorable. Un whisky cargado de matices –violetas, cuero, tabaco, grosellas— que abandonan en el paladar una larga memoria de las excelentes aguas de Hokkaido y de la turba purificadora en sus suelos. No por casualidad fue elegido en 2008 el mejor single malt en el World Whisky Awards, desbancando por primera vez a un whisky escocés.

Ese sabor se lo debemos a Masataka Taketsuru (1894–1979), un joven que tomó clases de química orgánica en la Universidad de Glasgow en 1919 y, posteriormente, trabajó en varias destilerías escocesas. En 1920 regresó a Japón cargado de cuadernos donde fue anotando el proceso de producción, y allí comenzó a trabajar para la destilería de Shinjiro Torii, creando en 1934 su propia empresa, Nikka, en Hokkaido, la Escocia japonesa.

De haber nacido en el Japón tradicionalista y hermético de la primera mitad del siglo XIX, el empeño innovador de Masataka Taketsuruno no habría fructificado; pero coincidió con la apertura del país a las nuevas tecnologías que convirtió a Japón en una potencia de primer orden. El país comprendió que no se trataba de reinventar la rueda, sino de adaptarla a su entorno. Ni de importar bisuterías de consumo, sino de estudiarlas, mejorarlas y producirlas con una eficiencia óptima. Treinta años después de los hermanos Wright, Japón fabricaba el Mitsubishi A6M, Zero, uno de los mejores cazas de la época.

En su libro Armas, gérmenes y acero: breve historia de la humanidad en los últimos trece mil años (Debate, 2006), Jared Diamond ofrece la explicación más convincente de por qué la humanidad se ha desarrollado diferencialmente en distintas regiones. Revela las causas objetivas de que en Mesoamérica y Los Andes surgieran las grandes civilizaciones americanas, y no en la Patagonia o en los Grandes Lagos. Y las razones geográficas, biológicas y climáticas gracias a las cuales las culturas de Eurasia y del Creciente Fértil han dominado el mundo durante los últimos milenios: la disponibilidad de animales y plantas domesticables y de alto rendimiento, pero, sobre todo, la posibilidad de expandir tecnologías, cultivos y ganado en un eje paralelo (y no meridiano, como en América o África) con franjas climáticas semejantes.

Gracias a ello, un puñado de conquistadores españoles vencieron a los imperios maya, azteca e inca, no porque fueran seres superiores, sino porque, entre otras razones, venían armados con acero (facturado por primera vez en India, Sri Lanka y China, donde también se inventó la pólvora) y sobre caballos que fueron domesticados por vez primera en Asia Central. Anotaban sobre papel (de origen chino) sus experiencias, mapas y conquistas gracias a una escritura muy perfeccionada a partir de sus orígenes babilonios. Y, sobre todo, venían armados con gérmenes contra los cuales los eurasiáticos se habían inmunizado a lo largo de milenios. Los americanos carecían de anticuerpos. Cómputos recientes demuestran que la gripe, la viruela, el sarampión, el tifo y la influenza fueron los grandes genocidas de la conquista.

Karl Marx realizó en su momento el análisis más exhaustivo del capital, pero pecó de escolástico al conferir a sus leyes de la dialéctica un carácter universal e inmutable. A ellas debía someterse, a las buenas o a las malas, la naturaleza y la historia. Y su Materialismo Histórico –determinista, eurocentrista y racista, entre otras istas–, intenta embutir en la horma europea el devenir histórico de toda la humanidad, sin considerar la historia como la compleja interacción entre múltiples procesos, no un mero resultado de la lucha de clases. De ahí que las sociedades construidas a punta de bayoneta como modelos más o menos (in)fieles a sus tesis hayan demostrado su caducidad histórica.

Jared Diamond, biólogo y biogeógrafo, profesor de la Universidad de California, parte de los datos objetivos e intenta explicar los hechos probados mediante razones comprobables. China, la gran potencia tecnológica del primer milenio, se subdesarrolló tras impermeabilizarse a lo nuevo y confinarse dentro de sus fronteras en una suerte de endogamia histórica. Lo contrario que Japón cuando a mediados del XIX asimiló el acervo tecnológico de Occidente. O la gran cultura islámica, dueña de la sabiduría medieval, que caducó tras imponer la transmisión de la fe sobre la transmisión del conocimiento.

El libro de Diamond hace referencia a un caso singular, el de Tasmania, una de las sociedades más primitivas del planeta a inicios del siglo XX. Unida a Australia mediante un puente de tierra durante milenios, hacia ella migraron las tecnologías australianas, según demuestra el registro arqueológico. Sumergido el puente, bastó que una epidemia o una guerra mataran a los artesanos de una aldea para que dejara de fabricarse el bumerang y otros instrumentos, y la comunidad fuera sumiéndose en una economía cada vez más precaria, sin posibilidad de reactivación tecnológica por transmisión. Por el contrario que en Eurasia, estaban condenados a reinventar, una y otra vez, la rueda.

Cuba es un caso singular de aplicación de las tesis de Jared Diamond. Exterminada en su casi totalidad la población autóctona por los gérmenes y el acero de la conquista, la isla, extensión occidental de la cultura occidental, adoptó rápidamente la ganadería europea, la caña de la India y el café etíope, pero también las tecnologías navales más avanzadas. Más tarde aprovechará, desde inicios del siglo XIX, el estrecho puente de mar que la separa de una de las sociedades más innovadoras, la norteamericana. De modo que la colonia dispone de ferrocarril antes que la metrópoli y crea durante el XIX una industria, especialmente la azucarera, de tecnología punta, al tiempo que se forma una clase empresarial y una tecnocracia capaces de operarla eficazmente, algo que se acelera y diversifica tras la independencia, durante la primera mitad del siglo XX.

Con todas las objeciones que pueda, justamente, hacérsele –inestabilidad política, diferencia entre la ciudad y el campo, monocultivo, corrupción, etc.–, aquella era una sociedad en crecimiento, ágil en la implantación de las novedades tecnológicas, y que se encontraba en proceso de diversificación –tabacalera, industria ligera y textiles, alimentaria, transporte, minería, metalurgia, entre otras–, gracias a contar con un creciente sector de personal altamente calificado. Como en el Japón de Masataka Taketsuru, no se trataba de importar bisutería norteamericana, sino de realizar producciones propias ajustando la tecnología a las condiciones y posibilidades locales.

La revolución de 1959 cortó el puente marítimo con la capital tecnológica del siglo XX y estableció un puente transoceánico con la Tasmania soviética, de donde comenzamos a recibir hachas de piedra y otras tecnologías obsoletas. El proceso de desmantelamiento de la economía precedente concluyó, en lo esencial, con la Ofensiva Revolucionaria y la Zafra de los Diez Millones. Los artesanos de la aldea no perecieron en guerras o epidemias. Se exiliaron masivamente en menos de un decenio.

Entre 1968 y 1989, la aristocracia verde olivo disfrutó su Edad de Oro. Eliminada la competencia y abolida la sociedad civil y la prensa libre, dueños absolutos del poder político y económico, la nueva oligarquía, subvencionada por razones geopolíticas, no tenía siquiera que ser eficiente. El sueño dorado de cualquier dictadura. Sin inquietud por la opinión pública, la prensa o la oposición, abolida la inquietud electoral, podían dedicarse impunemente a juegos de guerras y guerrillas o a la prestidigitación económica: vacas como elefantes que harían correr ríos de leche, zafras que inundarían de azúcar el planeta, café caturra, arroz, naranjales estudiantiles. Cada desastre era el prólogo, a golpes de consigna, de un nuevo milagro que nos colocaría a la cabeza del universo. Mientras, bajo el manto de una presunta planificación modelo GOSPLAN, se echaron al olvido palabras obsoletas propias del ancien régime: contabilidad, fiscalidad, rentabilidad, auditoría, control de gastos y resultados, facturación, beneficios, eficiencia.

Posiblemente la gerontocracia criolla recuerde hoy con nostalgia aquellos años felices cuando era mayor su esperanza de (buena) vida.

Ahora la supervivencia obliga a reinventar a trompicones la empresa privada (pero si incentivos fiscales, ni apoyo financiero, ni mayoristas); se entregan tierras en usufructo sin insumos ni banco agrícola y con trabas a la producción y la comercialización; se reinstauran la contabilidad y el control de gastos y resultados; se impone un sistema fiscal que abrume adecuadamente a los pequeños empresarios; palabras como rentabilidad, facturación, beneficios y eficiencia se rescatan de los viejos diccionarios. Y las auditorías, como un ras de mar, amenazan a los jerarcas que habitan al nivel del mar. Difícilmente la marea suba hasta las altas cumbres.

Lo más llamativo para los expertos es la lentitud y los reiterados “errores” y “olvidos” en la reimplantación de esas viejas tecnologías. Si la pólvora o la imprenta se distribuyeron gracias al eje meridiano de Eurasia, hoy los nuevos medios de transporte y el eje multidireccional de Internet permiten la difusión instantánea de las tecnologías en todas direcciones. Cualquier Manual de negocios para Dummies permite al más lerdo la reimplantación de la empresa privada, con todo su aparato subsidiario, en un par de meses. El raulismo, en cambio, repite que todo se hará con calma y sosiego para no equivocarse. (Son los mismos que se equivocaron a toda velocidad durante los 60, pero la tercera edad ya no está para esos trotes). Y aun así, se equivocan, comenzando por los tempos. En una economía globalizada y dinámica que se mueve a saltos tecnológicos, la lentitud es el primer error.

Pero no es un error ni un olvido. Una parte de la aristocracia verde olivo hace retranca al cambio, anclada aún en la nostalgia por su Edad Dorada. Triste jubilación sería soportar el alzheimer y los males de próstata, como almas en pena de museo, en un mundo de pequeños empresarios exitosos y solventes. Otros, más emprendedores y ya de civil, aunque conserven sus al(r)mas de generales, saben que mientras afianzan la administración o la gerencia de las corporaciones y empresas de las que mañana serán dueños, necesitan un período de carencia, un plazo de gracia sin la competencia desleal de un empresariado advenedizo, aunque sean ingenieros y licenciados condenados a oficios del siglo XIX: arrieros, aguadores o forradores de botones.

Y no es que la espera sea demasiado inconfortable. Como aquellos emperadores de la China hermética que sólo permitían la importación de relojes para su uso y entretenimiento, pero prohibían construirlos a los artesanos locales (los autócratas siempre han querido monopolizar el usufructo del tiempo), la aristocracia verde olivo cuenta en privado con la parafernalia tecnológica de última generación para su disfrute, lo que facilita la redacción de los llamados al sacrificio y la abnegación de los súbditos, entre sorbos de un Yoichi 20 años, fruto del emprendedor Masataka Taketsuru y de la apertura japonesa.

 

“La lentitud confortable”; en: Cubaencuentro, Madrid, 13/09/2011. http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/la-lentitud-confortable-268066





Desobediencia

12 07 2011

El poder, humano o divino, siempre ha tenido la obediencia (de los súbditos) en muy alta estima. La desobediencia de Adán y Eva les canceló automáticamente su permiso de residencia en el jardín del Edén. Fue el primer pecado para los judíos, no necesariamente heredable por toda la especia humana, aunque lo asegure el cristianismo, como si lleváramos en nosotros el ADN de la culpa.

La desobediencia a los mandamientos de Jehová es pecado, no importa lo absurdas o despiadadas que sean sus órdenes. Así la autoridad de Dios, como afirma Erich Fromm en Tener y ser, queda “modelada sobre el papel de un rey de reyes oriental”. Y esos reyes aprovecharon desde entonces el modelo para sacralizar su despotismo a imagen y semejanza del “capo di tutti capi”. Aunque más tarde Santo Tomás de Aquino, como también afirma Fromm, le diera al pecado un sentido humanista, al considerar que éste no consiste “en desobedecer a la autoridad irracional, sino en ir contra el bienestar humano”.

Fue el caso de Prometeo, quién desobedeció a los dioses al entregar el fuego a los hombres. Ni se sometió al mandato de la autoridad, ni se sintió culpable, “rompió la ecuación entre desobediencia y pecado”. Pero el poder suele ser bastante ajeno a la compasión y sobre Prometeo cayó todo el peso de la (in)justicia divina.

El 12 de abril de 1954, el académico Piotr Kapitsa (Premio Nobel de Física 1978) escribió una carta a Nikita Krushov en la que afirmaba: “El estímulo principal para cada creación es el descontento con lo existente. El inventor está descontento con los progresos existentes e inventa nuevos; el científico está descontento con las teorías existentes y busca otras más perfectas, etc. Las personas activamente descontentas son intranquilas y su carácter no les permite ser borregos obedientes (…) el genio se manifiesta generalmente en la desobediencia. El hombre busca algo nuevo cuando no quiere atenerse a lo existente porque no lo satisface. La desobediencia es uno de los rasgos inevitables que se manifiestan en el hombre que siempre busca y crea algo nuevo en la ciencia, el arte, la literatura o la filosofía. De manera que parecería que una de las condiciones para el desarrollo del talento fuera la libertad de desobediencia”.

A un año de la muerte de Stalin, Kapitsa escribió dos palabras que en la URSS de entonces eran heréticas: “libertad” y “desobediencia”. Hacía suya la frase de Siegmund Freud: “Genio y obediencia son cosas incompatibles”. Ignoro cuál fue la respuesta de Kruschov, pero presumo que estaría en consonancia con la del zar Nicolás I cuando se reunió con los estudiantes más brillantes de la Universidad de Moscú y les espetó que “No preciso inteligentes, sino obedientes”. Así le fueron las cosas.

Una relectura de la historia nos demuestra que sociedades donde en su día florecieron la creatividad y el talento se apagaron cuando se impuso la obediencia y se unció el talento a las necesidades del poder. China era, en el siglo XIV, la nación tecnológicamente más avanzada del planeta. Pero entonces, según el historiador Manuel Castells, el Estado inhibió el desarrollo tecnológico por temor  al impacto de las nuevas tecnologías en el statu quo social; los elementos más dinámicos de la cadena productiva se consagraron al servicio estatal; la sociedad se supeditó completamente a las necesidades del Estado; se impuso una rígida organización burocrática; se suprimieron los contactos y el comercio con extranjeros, y la exploración geográfica, que había alcanzado la costa occidental de África en enormes flotas junto a las cuales las carabelas de Colón eran meras chalupas, fue abandonada y se prohibió por decreto la construcción de grandes barcos.

No escasean ejemplos puntuales de dictaduras que han potenciado, de forma interesada y muy dirigida, la investigación en determinados campos, especialmente los relacionados con la industria armamentística. La Alemania nazi y la URSS, por ejemplo. Pero, al cabo, conceder sólo libertad condicional al talento ha terminado por atrofiar esos impulsos creativos. La II Guerra Mundial concluyó con un golpe de tecnología sobre Hiroshima fraguado, en buena medida, por “excedentes” de la ciencia alemana que resultaron inadmisibles para el poder nazi.

Desde finales del siglo XIX la ciencia ya no es una parcela acotada donde cada genio cultiva en solitario sus propias ideas, sino un ecosistema en el que las ideas fluyen de unos campos a otros en una interacción difícilmente predecible por un plan quinquenal. Conceder libertad a los cultivadores de tomates y no a los de pepinos sólo sirve para que jamás se pueda hacer un buen gazpacho.

En Cuba existe hoy una gran masa escolarizada y una mina de talento por explotar. Pero no es suficiente. Carlyle afirmó que el genio es una capacidad infinita para esmerarse, pero para ello necesita condiciones propicias, patrocinios y múltiples impulsos que lo hagan posible. No basta crear un centro de Biotecnología y otro de Inmunoensayos, sectores promisorios en el imaginario castrista. Las limitaciones impuestas a la libertad creadora se traducen en limitaciones de lo creado.

El genio suele serlo en determinadas parcelas del conocimiento. No se le puede amaestrar para que salte por un aro ajeno a sus saberes. Fuera de su agua, como el pez, se ahoga, o busca en otra charca aguas alternativas. El bracero mexicano desobedece su destino y huye al Norte por razones de supervivencia. El talento hace lo mismo con un aliciente adicional: la búsqueda del clima adecuado para que su talento eclosione y alcance su posibilidad, y no se quede en la imagen, para decirlo en palabras de Lezama.

Desde mediados del siglo XX, asistimos a la sociedad del conocimiento. El desarrollo no está ya determinado por quién produce más acero o más telas, sino por quién produce más ideas. Y existe una clara distinción entre países productores y países consumidores de ideas; entre países que atraen talento y países que lo exportan. Cuba es, desde hace medio siglo, un exportador de talento. Comenzó por exportar en masa a toda la clase empresarial, los que ahora llaman emprendedores, y una buena parte de su dotación técnica. Y ha continuado exportando talento, ya educado dentro de la Revolución, en oleadas sucesivas o en un inexorable goteo.

En los “Lineamientos de la política económica y social” que, presuntamente, signarán la vida de los cubanos durante los próximos años, se habla de “crear condiciones organizativas, jurídicas e institucionales” para el desarrollo de la ciencia; “sostener y desarrollar investigaciones sobre el cambio climático, preservación de los recursos y las ciencias sociales”; “institucionalizar y sistematizar”; “ir creando las condiciones para propiciar la integración de los logros de la ciencia y la técnica en la producción”; “completar y aplicar los instrumentos jurídicos requeridos para la articulación del Sistema de Ciencia e Innovación Tecnológica”. De nuevo los planes quinquenales, el dirigismo machacón desde un Estado que ha demostrado sobradamente su incapacidad de fomentar y de prever, y que sólo ha logrado una imparable sangría de talento. Y, justamente, la palabra “talento” no aparece en esos “Lineamientos”. Tampoco la palabra “libertad”, excepto en la frase de Fidel Castro que sirve de exergo, donde se afirma que la Revolución “es igualdad y libertad plenas”. Sí se repiten hasta ocho veces los términos “orden”, “ordenamiento” y “ordenado”, y otras ocho veces, entre los “Lineamientos” y el “Informe central” de Raúl Castro, la palabra “disciplina”.

En lugar de desobediencia creadora, disciplina (léase obediencia); en lugar de libertad, orden.

Durante décadas, ante cualquier idea alternativa a las orientaciones que bajaban desde las alturas, nos repetían que aquellas directrices venían investidas de la más alta sabiduría, contaban en su haber con todos los datos de los que carecíamos nosotros, los simples mortales. El devenir histórico de Cuba acabará convenciéndonos de que los simples mortales teníamos algún destello de genialidad, o que el Olimpo estaba plagado de incompetentes, si aceptamos la tesis de Osias L. Schwarz: “De un máximo de observaciones, un hombre de talento extrae un mínimo de conclusiones, mientras que el genio saca un máximo de conclusiones de un mínimo de observaciones”.

Dado que se trata de los mismos incompetentes, me temo que un máximo de observaciones del mundo donde, quiéranlo o no, Cuba se inserta, no les alcancen para comprender que las naciones más avanzadas son, justamente, aquellas donde la libertad, incluso la libertad de equivocarse, es un derecho, y donde el aparato del Estado está condenado a aceptar, le guste o no le guste, la desobediencia del talento.

“Desobediencia”; en: Cubaencuentro, Madrid, 12/07/2011.  http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/desobediencia-265263