Bye, bye, presidente

12 04 2002

El ya ex-presidente de Venezuela, Hugo Chávez, además de paracaidista y político, era presentador de radio y televisión. Presentador de sí mismo, tal como le había enseñado su amigo y mentor espiritual, el Hablador en Jefe. También aprendió del viejo maestro cómo poner a todas las estaciones de televisión en cadena, para monopolizar con su palabra las orejas de todos los venezolanos. No importaba lo que ocurriera en la calle. La Realidad anidaba en Su Palabra.
Ayer, jueves 11 de abril de 2002, cerca de las 4 de la tarde, el presidente hablaba con un enorme retrato a sus espaldas, desde el que Bolívar lo contemplaba con escepticismo. Hablaba de amor, de su invencible Gobierno y de la concordia nacional, mientras en el centro de la ciudad se escuchaban los disparos de los francotiradores. Escupió sus habituales palabras contra los adversarios políticos, junto a votos de tolerancia, mientras en las inmediaciones del Palacio de Miraflores las armas escupían plomo y una neblina de gases lacrimógenos se adueñaba de la ciudad. Reiteró que era una conjura de los poderosos para derrocarlo. Una oligarquía que al parecer incluye a los trabajadores del petróleo, a los trabajadores agrupados en la mayoritaria Confederación de Trabajadores de Venezuela, a los periodistas independientes, como el fotógrafo Jorge Tortoza, de Diario 2001, que en ese momento caía abatido por un disparo de los Círculos Bolivarianos; o Patricia Poleo, premio de Periodismo Rey de España, quien ha presentado pruebas contundentes sobre la corrupción de algunos generales gracias al Plan Bolívar 2000, programa de obras sociales para el beneficio de los militares. Mientras el presidente hablaba de incorruptibilidad y libertad.
Si las fotos no mienten, una manifestación de entre 150.000 y 500.000 personas avanzando hacia Miraflores, con el propósito de pedir la renuncia del presidente, no puede estar compuesta por oligarcas, ni así alistaran a sus mayordomos y mucamas. Claro que según el diario Granma, fue «una conspiración encabezada por las clases económicamente dominantes, en colusión con los poderosos medios de comunicación a sus servicios y las camarillas políticas corruptas». (No se refiere al Plan Bolívar 2000, por supuesto, ni a los amigos del presidente, aupados a suculentos cargos).
Atizando odios entre clases y sectores, entre unos empresarios y otros, entre distintos estratos del ejército, y entre una parte del pueblo y otra, Chávez consiguió lo que nadie había conseguido: poner de acuerdo a casi todos los medios de prensa, cuya libertad era continuamente «chaveteada». Poner de acuerdo a la patronal y el sindicato. De modo que aunque Granma califique de «paro patronal» al que comenzó el pasado martes y se extendió hasta la caída de Chávez, cualquier hijo de vecino sabe que un paro sin anuencia de los trabajadores es tan prodigioso como el agua seca. Tampoco lo ignora el diario cubano, porque más adelante enuncia que «la ilegal directiva de la Confederación de Trabajadores de Venezuela (CTV) y la de la patronal Federación de Cámaras de Comercio (Fedecámaras) organizaron la acción subversiva mientras hablaba a la nación el presidente Hugo Chávez». La ilegal directiva elegida por los ilegales trabajadores subvirtió al legal presidente.
Hablaba a la nación el presidente, mientras los discípulos de las Brigadas de Acción Rápida y del Contingente Blas Roca —varias fuentes apuntan el dato de que agentes enviados por La Habana se encargaron de su entrenamiento en el arte del palo y la cabilla— esperaban a los manifestantes. La espera se convirtió en desesperación cuando comenzaron a disparar. Dispararon los manifestantes contra los chauvistas y la Guardia Nacional, dicen en La Habana. Por suerte tenían tan mala puntería que se mataron entre ellos. Y la imagen de Richard Peñalver, concejal del Cabildo Metropolitano por el partido de Gobierno, disparando desde un puente contra los manifestantes, seguramente fue trucada por la CIA. El resultado: 16 muertos, cien heridos y un presidente desaparecido. Claro que en realidad lo que ocurrió fue que los oligarcas «incitaron a los manifestantes a dirigirse a la sede presidencial, ocasión en que fueron repelidos originándose enfrentamientos» (Granma dixit). Enfrentamiento quiere decir: unos disparaban y otros morían. Y la culpa, por supuesto, no es de quienes disparaban a matar, sino de «dirigentes opositores (que) llamaron a la población a continuar en las calles a pesar del peligro que ello significa». ¿No se dieron cuenta los venezolanos que para no correr peligro lo mejor es quedarse en casa esperando el advenimiento de la Nueva Era, hacer silencio, escuchar Aló Presidente, y no llevarle la contraria a Hugo Chávez? ¿No se percataron de que los francotiradores chavistas apostados en los edificios gubernamentales no eran elementos decorativos? Decididamente, estos venezolanos son temerarios.
La verdadera historia es que, pasadas las 4:00 p.m., los manifestantes que se dirigían hacia la casa de Gobierno fueron detenidos por los gases lacrimógenos lanzados por la Guardia Nacional, que a su vez estableció cordones de seguridad para contener a los chavistas que aguardaban la llegada de los opositores desde muy temprano en la mañana, armados al mejor estilo del Contingente Blas Roca, pero con refuerzos adicionales, como se sabría más tarde. La Policía Metropolitana intentaban contener a ambos bandos. Tras la segunda andanada de gases lacrimógenos, los francotiradores apostados en edificios oficiales, comenzaron a disparar con pistolas, y armas automáticas contra los manifestantes. La Guardia Nacional se replegó, aunque más tarde intentó actuar de nuevo en varios puntos. Los policías metropolitanos, respondieron a las balas con sus armas de reglamento y subametralladoras, e intentaron reducir a los francotiradores apostados en el edificio La Nacional. Entre balas y gases los manifestantes retrocedían. No obstante, los enfrentamientos se sucedieron hasta entrada la noche, cuando ya se rumoreaba el fin del presidente Chávez.
Y por si fuera poco, algo gravísimo sucedió: algo que no deja de subrayar el diario cubano: los medios de comunicación «violaron la ley de Radiodifusión incluso facilitando a los oyentes canales especiales mediante los cuales podían seguir las informaciones exclusivamente sobre los disturbios sin acceso a las palabras de Chávez». Es decir, cientos de miles de venezolanos gritando «que se vaya el loco», entre nubes de gases y balas, no es noticia. La alocución repetitiva del presidente, sí. Nuevamente, la realidad objetiva no tiene ningún valor. Para hacerse realidad aceptable, deberá quedar santificada por las palabras del Máximo Líder. También gritaban los manifestantes: «Chávez, vete para Cuba». Yo que pensaba que éramos pueblos amigos. Jamás se me ocurriría gritar: Fidel, vete para Venezuela.
Lo cierto es que esos gritos y esos disparos, no sus palabras, fueron los que cerraron ayer la «década prodigiosa de Hugo Chávez».
Nacido en 1954, Hugo Chávez se licenció en Ciencias y Artes Militares, rama de Ingeniería, y en 1982 fundó el Movimiento Bolivariano Revolucionario-2000.
Ascendido a teniente coronel y al mando de un regimiento de paracaidistas en 1991, su entrada en la historia ocurre el 4 de febrero de 1992, al fallar su intentona golpista contra el Gobierno de Carlos Andrés Pérez; con 17 soldados muertos y cincuenta heridos como saldo. Chávez enfrentó dos años de prisión y obtuvo la libertad a cambio de abandonar el ejército.
En 1994 fundó el Movimiento V República (MVR), con el que el 6 de diciembre de 1998 arrolló con un 56,2% en las elecciones presidenciales. Tras jurar como presidente en 1999, el 17 de febrero solicitó al Congreso poderes especiales para gobernar, y el 22 de abril, el Parlamento aprobó la Ley Habilitante, que le permitía legislar durante seis meses en materia económica y administrativa sin someterse a la consideración del Congreso.
Sin pérdida de tiempo, el 28 de abril el 88% de los electores aprueba la convocatoria de elecciones para una Asamblea Nacional Constituyente, para la cual serían elegidos en julio 124 chavistas de los 131 miembros. Ya desde entonces algunos ex-chavistas, como Jorge Olavaria, denuncian que Venezuela va camino de la dictadura.
Durante la segunda mitad de 1999, Chávez viajó por Asia y Europa, en busca de nuevos socios comerciales que le independizaran del mercado norteamericano, e hizo pública, en un par de visitas, su cercanía a Fidel Castro —invitado tres veces, a su vez, por su colega Chávez—.
El 15 de diciembre es aprobada en referéndum la nueva Constitución Bolivariana, que entra en vigor de inmediato.
En febrero de 2000 un importante sector del chavismo se desmarca de Chávez, quien ganará el 30 de julio los nuevos comicios presidenciales —para ajustarse a la nueva Carta Magna— con el 59% de los votos, un 22% más que Arias Cárdenas, su principal rival. Los chavistas ya controlan la Asamblea Nacional, las regiones y los municipios.
Durante el verano Chávez tiene el honor de ser el primer mandatario extranjero en visitar a Sadam Hussein y, ya de paso, a Muamar el Gadafi. El 30 de octubre de ese año suscribió con Fidel Castro el Acuerdo de Caracas: la venta de 53.000 barriles diarios de crudo en condiciones especiales a Cuba y otros diez países de Centroamérica y el Caribe.
Una vez asumida la presidencia, que se extendería hasta el 10 de enero de 2007, la Asamblea Nacional le otorgó poderes especiales por un año, que emplea para presentar en septiembre de 2001 su Plan Nacional de Desarrollo Económico y Social 2001-2007. Pero no es hasta el 13 de noviembre que aprueba por decreto 49 leyes económicas, provocando una oleada de rechazo en amplios sectores, materializada el 10 de diciembre en la huelga convocada por la patronal Fedecámaras, sindicatos, y profesionales. Un 90% de Venezuela se paraliza.
El flamante presidente del G-77, cargo que asumió en la ONU el 11 de enero de 2002, contempló doce días más tarde en Caracas dos multitudinarias manifestaciones: una a su favor y otra en su contra. Y doce días después, el 4 de febrero, celebra con una concentración el décimo aniversario de su fallido Golpe de Estado —también Chávez tiene su Moncada—. Ese día la oposición se viste de luto.
Durante febrero se suceden las declaraciones de altos mandos militares pidiendo la renuncia de Chávez, quien los califica de traidores al servicio de una «conspiración internacional» encabezada por el ex presidente Carlos Andrés Pérez. El doce de febrero, al dictar Chávez la flotación del bolívar, se dispara la inflación. Poco después impone una nueva dirección de allegados a Petróleos Venezolanos, cuya directiva se niega a renunciar a sus cargos, y se declara en huelga a mediados de marzo, tanto en los centros administrativos como en los productivos.
La huelga del 9 de abril —mira qué casualidad, esa fecha ya sonaba a huelga desde los tiempos de Fulgencio Batista—, de carácter indefinido, concluyó la década prodigiosa de Hugo Chávez a la 1:00 a.m. del 12 de abril de 2002.
Los militares que solicitaron su renuncia, en un gesto inusual, pusieron sus cargos a disposición del Gobierno de transición que abrirá el camino a la era post-Chávez en Venezuela. El mandatario depuesto solicitó exiliarse en Cuba, pero será bolivarianamente retenido en Fuente Tiuna, hasta tanto no se investiguen presuntas irregularidades durante su Gobierno.
Confiemos que estos tres años de populismo desenfrenado, además de reforzar la capacidad de acción de la sociedad civil venezolana, haya servido al país para cobrar conciencia de que los viejos esquemas de politiquería y corrupción, monoproducción y dependencia, abismales diferencias sociales, marginación y pobreza, son el mejor caldo de cultivo para los Chávez y los peores presagios para el porvenir. Fueron esas dramáticas contradicciones de la sociedad venezolana, el hartazgo de corruptelas y politiqueo, las que favorecieron la vertiginosa ascensión de Chávez y los poderes extraordinarios que le fueron concedidos. Para su mal, su advenimiento sobrevino en una época de dictaduras en extinción, y tras el fin de la Guerra Fría, que en su ajedrez global de la geopolítica aceptaba con placer peones de cualquier catadura rebanados al bando contrario. Para su mal, el mundo del siglo XXI ya no es el de mediados del XX, cuando la Unión Soviética estrenaba sputniks. Tanto ha cambiado el mundo, que al golpista frustrado no le quedó otra que jugar con las leyes democráticas y enfrentarse a una sociedad civil consciente de sus propios derechos. Tampoco Chávez es Fidel Castro. No todo son condiciones objetivas. También hay una dosis de suerte.
Posiblemente a esta hora, su mentor cubano, frente a los últimos reportajes de la CNN, contemple la caída de ese clon suyo que le salió mal editado en la ribera sur del Caribe, y mientras vea cómo se le escapan de la mano 53.000 barriles diarios de petróleo, masculle desde sus 43 años de experiencia: «Te lo dije, comemierda».





Cartas a la redacción

9 04 2002

Siempre he sentido curiosidad por las “cartas de los lectores”, indefectible sección en todos los diarios y revistas. El lector sagaz que denuncia una errata. El que aplaude y el que muestra su indignación ante tal artículo. El que propone temas y el que lamenta el tratamiento de ciertos temas. Frente a la profesional redacción de los artículos, el apresurado texto de los lectores es, cuando se respeta su voz, la respiración de la calle. Cierto que normalmente abundan más los halagos que las críticas, porque quienes normalmente escriben son los asiduos de ese medio. Pero tampoco faltan las segundas.

Una anomalía en esa estadística son los diarios oficiales cubanos. En una relación de doscientas cartas que tuve la paciencia de cotejar, la única alusión crítica es la de Dallamy Rojas, una cubana casada con un italiano, quien declara que “en Cuba todo no son flores, pero afuera es mucho peor”, sin extenderse más sobre los pormenores de lo que en Cuba “no son flores”, aunque reconociendo que en Italia no le falta de nada, salvo los paisajes naturales y humanos de la Isla. Quizás algún día los empresarios italianos puedan comprar una porción de Isla, cubanos, cuarterías y apagones incluidos, y Dallamy pueda visitarla en algún parque temático del Adriático.

Fuera de ello, ni una crítica a un artículo, ni un desacuerdo, ni una visión alternativa. Periódico alguno del planeta suscita entre sus lectores una devoción tan plena. ¿O será que las misivas críticas, en sobres decorados con gusanitos, son destruidas con indignación por los carteros del pueblo combatiente y nunca llegan a la redacción?

La esmerada factura de “cartas de los lectores “por periodistas designados, ha sido una práctica más frecuente de lo que la ética quisiera, en momentos en que se necesita una reacción decidida del público. Pero no se puede asegurar que Erick, de Miami, sea el seudónimo del periodista Pepe, de Coco Solo. Ni sería extraordinario que así fuera. De cualquier modo, asumiendo que sean totalmente auténticas, las cartas de los lectores que publican el diario Granma y sus replicantes, son una lectura un tanto monótona, sin sobresaltos, aunque sumamente instructiva. En sentido general, ellas pueden confinarse en varias categorías:

1-Cartas oportunas: Un venezolano contento con los asesores deportivos cubanos, cuando arrecian las críticas de cubanización a Chávez. Un boliviano se dice bloqueado por las transnacionales de la información, cuando se acusa a Cuba de opacidad informativa. Un argentino se disculpa por la cobardía de sus dirigentes, dispuestos a condenar la violación de derechos humanos en Cuba. Declaraciones en defensa de “los cinco héroes presos del Imperio”, desde Madrid o Chicago.

2-Cartas solidarias: Llegadas desde diferentes confines, pero con un gran peso de argentinos que, inexplicablemente, hacen cola frente a la embajada española en Buenos Aires y no ante la cubana. El vasco Mario Cerrato se declara lleno de orgullo (¿?) porque un país no ha sido aún conquistado por el capitalismo. El nica Rigoberto Ramos admira a los cubanos porque no se agachan ante el imperio. Incluso Luisa Barbosa declara: “Ahora entiendo por qué el Che se quedó en esta Isla”. (Quizás también entienda por qué se fue. Le agradecería que me lo contara). Un costarricense que trabaja como ingeniero en Estados Unidos, autoexpatriado según él, asegura que “los países ricos deberían copiar a Cuba”. Si Estados Unidos decidiera aceptar su proposición, y otorgarle el salario de un ingeniero cubano, no tardaría en reexpatriarse.

3-Agradecimientos y piropos: De extranjeros que cursaron sus estudios en Cuba, como el Dr. Mohamed Djoubar Soumah, quien nació en Guinea, estudió en Cuba, y ahora ejerce en Ottawa, Canadá. Es para estar agradecido. Y de Luis Geraldino Pereira Pina, que desde Cabo Verde defiende la Revolución “con uñas y dientes”. O piropos a “este maravilloso diario” (Granma) desde Cartagena, Colombia.

4-Cartas arrepentidas y/o nostálgicas: Escritas por cubanos que un día emigraron, y que hoy confiesan su error. Algunos hacen pública declaración de sus nostalgias, o muestran su adhesión a los gobernantes de la Isla, e incluso de declaran dispuestos a regresar si les fuera permitido. Las cartas de esta categoría son las más interesantes.

Matilde Sánchez asegura que “cuando me llena la depresión viendo el mundo tan amargo que se nos presenta, la única medicina es pensar en Cuba y dar un viajecito por la Isla para comprobar que todavía existen esos hombres «humanos». Una vez rebasada la depre, regresa a Estados Unidos, donde reside.

Alejandra declara “el dolor y la añoranza” por su tierra, de la que extraña “las gentes y su alegría, las calles, el cielo, el olor, físicamente estoy aquí, pero mi mente y mi alma están allá”. 900.000 cubanos disfrutan la correlación espacial inversa, pero no escriben cartas. Y alerta que “el sueño americano no existe”.

Magda, disidente en Cuba y exiliada política, va más allá: Se queja de haber recibido una patada cuando ya no era noticia, y de estar sometidaa la explotación y a la humillación de saber que por un mendrugo se contribuye día a día a que los multimillonarios monopolistas aplasten a la clase media y al proletario”. Solicita su repatriación, aunque su ex-esposo y sus hijas “se quedan en este «paraíso».

Héctor, médico oriental, al leer la carta de Magda, confiesa que “en Cuba lo tenía todo (…) una profesión decorosa, el amor de mis pacientes y el calor y orgullo de sentirse cubano en una tierra libre e independiente, careciendo de motivaciones para oponerme a un Sistema Político y Social que me lo había dado todo”. En agosto del 94, ciertos amigos de entonces “comenzaron a envenenarme la conciencia y casi sin pensarlo dos veces, me vi de pronto en aquella jungla en que se convirtió la Base Naval de Guantánamo”. Resulta difícil de creer que alguien tome una decisión de este calibre “sin pensarlo dos veces”. ¿No será que Héctor ha comprendido el mecanismo perverso según el cual las autoridades cubanas perdonan la estupidez, pero no la disidencia?

Arrepentido, desde Miami Héctor escribió a la Sección de Intereses de Cuba en Washington intentando ser repatriado “pero, como tú debes saber muy bien, existe una Política Migratoria Cubana que solo acepta casos humanitarios”. Le denegaron el regreso. Y añade: “¿Por qué me van a perdonar? ¿Es que acaso no traicioné a los que se quedaron a luchar por seguir llevando a Cuba por un camino independiente?” No obstante, “Yo insisto, imploro y tengo la certeza de que alguna vez me dejarán regresar y al fin, volveré a ser libre, porque aquí en el imperio del dólar, me siento cautivo”. Y se .refiere a los “miles de cubanos que deseamos y nos vemos imposibilitados de regresar por la necesidad de la Revolución de defenderse de la política agresiva de la Mafia de Miami”.

Juan e Ileana (“una cubana que vive fuera de su país, con la Patria dentro”) envían “un saludo revolucionario”, y concluyen repudiando “la criminal Ley de Ajuste Cubano”, con un “Hasta la Victoria Siempre” como despedida. Piden “publicar esta carta en el Granma diario, para que el mundo vea que existen cubanos que apoyan incondicionalmente la Revolución Cubana” (desde Nueva York).Incluso a muchos militantes del Partido en Cuba les ruborizaría tanta incondicionalidad. Juan e Ileana bien podrían fundar el primer núcleo del PCC en Manhattan.

De Cuba han emigrado dos millones de personas. La mayoría de los que salieron de adultos sufren la nostalgia propia del expatriado, para la que Matilde Sánchez ha encontrado un remedio perfecto, el boleto de ida y vuelta. Lástima que no le sea tan fácil a los deprimidos de la Isla. Esa añoranza a la que se refiere Alejandra con frecuencia está tamizada por una memoria selectiva: sublima los buenos momentos en Cuba —los de su juventud, posiblemente—, y segrega los malos hacia un olvido protector, perfilando una “Edad de Oro” cuyas fronteras no rebasan el territorio trucado de su memoria. También ocurre todo lo contrario: quienes niegan en bloque todo atisbo de felicidad en su tránsito cubano. Y encuentran siempre argumentos para huir hacia adelante.

El caso de Héctor es triste, pero no infrecuente. Un médico que no ha logrado revalidar su título en Estados Unidos, y debe ejercer los oficios de la supervivencia. Algo que choca contra la noción de elite, propia de los profesionales cubanos, y el rechazo visceral a carecer del reconocimiento del que se sienten acreedores. Es natural, y algo con lo que debe contar quien se arriesgue al exilio. Un oficio duro, como ya dijo Nazim Hikmet, de personas dispuestas a hacerse cargo de su propio destino, y asumir las consecuencias. Las buenas y las malas. Decidirlo “sin pensarlo dos veces” es tan arriesgado como lanzarse al mar sobre una cámara de camión sin calcular marejadas y distancias. Lamentablemente, los cubanos habitan entre la ubicua prensa oficial, que vaticina la revolución mundial y la inminente caída del capitalismo, y los rumores que traen desde Miami exiliados deseosos de pasar por triunfadores. De modo que muchos cubanos de a pie, necesitados de creer en algún paraíso, lo ubican al Norte. Deshabituados a la disciplina y al rigor del trabajo cotidiano, han olvidado que en el capitalismo es, justamente, donde se cumple el slogan de Karl Marx: “De cada cual según su capacidad, y a cada cual según su trabajo”. Y acuden con la noción equívoca de que lloverá sobre ellos desde los rascacielos maná, ambrosía, Mercedes Benz y casas con piscina. Algunos nunca se reponen del choque con “la realidad objetiva y fuera de nuestra conciencia”, aunque hayan aprobado varios cursos de materialismo dialéctico.

Magda, según sus palabras, militó en la disidencia cubana, se exilió por razones políticas, intentó incorporarse a los sectores de la política anticastrista en Miami, y “le dieron una patada” cuando no fue noticia. Hoy está dispuesta incluso, por sus ideales, a abandonar a sus hijas. Un caso tan raro y lleno de tinieblas que ni el médico Héctor podría diagnosticarlo a simple vista.

Entre esos millones que constituyen la diáspora cubana, no es raro que cien, mil o diez mil se arrepientan de su decisión, y estén dispuestos a regresar. El planeta está lleno de emigrantes que van y vienen. Y dado que, en palabras del propio MINREX, “Cuba no tiene dificultad en reconocer que sus nacionales son parte del flujo migratorio internacional en búsqueda de mejores destinos económicos”; resulta sorprendente que se les niegue el regreso, salvo “casos humanitarios” (¿el resto son deshumanitarios?). Si los cubanos son meros emigrados económicos, ¿qué tendrían que perdonarles?, ¿a quién traicionaron? ¿Por qué debe un cubano implorar que los dueños de la finquita nacional le dejen regresar a la patria donde nació? ¿O es que al Gobierno cubano le resulta tan insólito que un cubano intente repatriarse? ¿Tanto, que los tildan a todos de presuntos agentes de “la mafia de Miami”, e impiden su retorno invocando la seguridad nacional?

Piroperos, oportunos, solidarios, nostálgicos, agradecidos y arrepentidos, parecen ser los únicos que escriben a los periódicos cubanos. Tanto, que incluso “Un lector asiduo” pide al diario Granma renovar “las cartas enviadas por los lectores (…) por lo general siempre me encuentro con las mismas”. Yo añadiría que incluso bajo distintas firmas, suenan a las mismas.

 

“Cartas a la redacción”; en: Cubaencuentro, Madrid, 9 de abril, 2002. http://arch.cubaencuentro.com/cultura/2002/04/09/7230.html.





Ginebra una vez más

4 04 2002

Comienza para las autoridades cubanas, una vez más, la batallita de Ginebra, bailando en la cuerda floja para conseguir que no se les aplique una sanción por violar los más elementales derechos humanos.

El gobierno de La Habana fue condenado por la Comisión de DDHH, ininterrumpidamente, desde 1990 a 1997. Se le impuso un relator que la Isla no aceptó, amparándose en su autodeterminación y creando más dudas, si cabe, sobre sus votos de respeto a los derechos humanos. En 1998, la moción de condena no fue aprobada, hecho que la prensa cubana celebró como un gran triunfo. Efímero, a juzgar por las sucesivas condenas sufridas entre 1999 y 2001, al aprobarse por mayoría —22 votos contra 20 y 10 abstenciones en 2001— las resoluciones presentadas por la República Checa. Lo que no significa que La Habana haya hecho el más mínimo caso a la exhortación a “asegurar el respeto de los derechos humanos y las libertades fundamentales en Cuba».

¿Tiene algún sentido condenar al gobierno de la Isla, cuando ello no entraña más que una condena moral, sin ninguna consecuencia política o económica?

¿Tiene sentido que Estados Unidos y el exilio cubano derrochen cada año miles de horas-cabildeo para conseguir una nueva condena?

Y por último: ¿Tiene sentido que las autoridades de la empobrecida Isla se gasten cada año, en viajes y reuniones de funcionarios, en tráfico de influencias y ayudas por votos a países africanos, sumas que paliarían el hambre y la falta de medicamentos de los cubanos, todo para evitar una condena en Ginebra?

El reciente discurso del canciller Felipe Pérez Roque, en el 58º período de sesiones de la Comisión de Derechos Humanos de ONU en Ginebra, el pasado 26 de marzo, puede esclarecer algunas de esas dudas. Pérez Roque insiste en varios aspectos:

1-Urge democratizar y hacer transparentes los métodos de la Comisión, y subraya su falta de credibilidad y su extrema politización.

2-Define a la Comisión como rehén de los países ricos, y ejemplifica su doble rasero con la crítica al estado de los DDHH en 18 países del Tercer Mundo (en el caso de Cuba por brutales presiones) y ninguno del primero. “¿Es porque no existen tales violaciones, o porque resulta imposible en esta Comisión criticar a un país rico?”. Y explica el peso de los países desarrollados dado que éstos “Son los que pueden acreditar aquí delegaciones numerosas, son los que presentan la mayoría de las resoluciones y decisiones que se adoptan, son los que tienen todos los recursos para realizar su trabajo”.

3-Interpreta el planeta como una tiranía de Estados Unidos, y aunque antes acusaba en bloque a todos los países ricos, más tarde los invita a una coalición anti norteamericana y alerta sobre “un peligro común a todos: el intento de imponer una dictadura mundial al servicio de la poderosa superpotencia y sus transnacionales, que ha declarado sin ambages que se está con ella o contra ella”. Admite, en cambio, que Estados Unidos fue excluido del foro, sin que hayan dado resultado sus esfuerzos por regresar.

4- Reclama varios derechos: al desarrollo y a recibir financiamiento para lograrlo. Derecho a recibir compensación por los siglos de esclavitud y colonialismo. Derecho a que se condone la deuda externa. Derecho a salir de la pobreza, a la alimentación, a garantizar la atención de la salud, derecho a la vida, a la educación, a disfrutar del conocimiento científico y de nuestras culturas autóctonas. Derecho a la soberanía, a vivir en un mundo democrático, justo y equitativo.

5-Y exige a Estados Unidos no “seguir desatando guerras que no solo no resuelven los conflictos, sino crean otros nuevos y aún más peligrosos”, que renuncie al empleo del arma nuclear, que no rompa el tratado ABM, que acepte el principio de verificación de la convención sobre armas biológicas, firme el Protocolo de Kyoto, otorgue el 0,7% de su PIB al desarrollo de las naciones más desfavorecidas, ponga fin a sus prácticas proteccionistas unilaterales e imponer arbitrarios aranceles, y una decena de exigencias más, como ocuparse del caso Enron y no de la corrupción ajena, etc., etc.

Ciertamente, hay varios puntos en los que al canciller cubano le asiste la razón: la Comisión está politizada y sus decisiones no se atienen, exclusivamente, a la justicia o injusticia de la moción, sino a un balance de influencias. Y Cuba, al ejercer un intenso cabildeo, no está excluida.

Existen, sin dudas, violaciones de los DDHH en los países ricos, pero al ser, sin excepción, países democráticos, la impunidad ante tales hechos es infinitamente menor que en naciones donde rigen sistemas totalitarios.

El predominio de Estados Unidos es indiscutible. No obstante, Cuba jamás se pronunció contra los desafueros del Imperialismo Soviético, ni contra la usurpación del Tibet por los chinos, de modo que sus acusaciones resultan demasiado interesadas para ser confiables.

Igualmente, podemos coincidir en la mayoría sus exigencias a Estados Unidos —en especial cuando se refiere al Protocolo de Kyoto, o los acuerdos y convenciones de desarme—, sólo que debería hacerlas extensivas a China o Rusia. Cosa difícil cuando la Isla ni siquiera acepta la convención internacional referida al uso de minas antipersonal, de las que en Angola dejó un extenso sembrado; ni ha sido un ejemplo de pacifismo, al promover guerras en tres continentes y enviar en 30 años más tropas cubanas al exterior que en los 500 años anteriores de historia insular.

Cuba se abroga el derecho de detentar el monopolio comercial e imponer a sus ciudadanos una plusvalía superior al 200% en los productos que les vende en una moneda que ni siquiera es la del país, de modo que sus quejas sobre los aranceles norteamericanos —que otros países podrían reivindicar en justicia— son de un cinismo difícilmente explicable.

En principio, el reconocimiento del derecho de todos los ciudadanos del planeta a la educación, la asistencia sanitaria y una vida digna, son loables. Pero, ¿cómo conseguirlo? Es algo de lo que Cuba se desentiende, o al menos descarga en otros esa responsabilidad. ¿Pueden unos gobernantes que han empobrecido a su propio país, dictar pautas en ese sentido? Es algo dudoso. Y si no fuera trágica, sería risible la pretensión de que Cuba es ejemplo de “un mundo democrático, justo y equitativo”. No obstante, coincidimos en exigir a las naciones desarrolladas una mayor sensibilidad en las soluciones globales, una mayor implicación en equilibrar la balanza de la riqueza en el planeta. Y que a los países del Tercer Mundo les corresponde poner voluntad de desarrollo, combatir la corrupción, las guerras fratricidas y fomentar una transparencia que invite a la ayuda, y no la desestimule.

Ahora bien, más allá de coincidencias o descoincidencias, ¿qué relación existe entre Enron, Kyoto, el tratado ABM o el 0,7%, y el hecho de que en Cuba no existe un sistema democrático, se persigue cualquier opinión alternativa y todas las libertades ciudadanas están sujetas a los omnímodos dictados de un solo ciudadano? Ninguna. Se trata, simplemente, de esquivar la mirada crítica de la comunidad internacional dirigiéndola hacia otra parte. Y el subterfugio es el de costumbre: “los asuntos internos del país” y la “autodeterminación”, que han servido de coartada y cortina a las dictaduras de cualquier signo.

Cuando Pérez Roque se pregunta: “¿Por qué no luchar por la democracia no sólo dentro de los países, sino en las relaciones entre los países?”. Yo respondería: “¿Por qué no luchar por la democracia dentro de los países, y también en las relaciones entre los países?”. Y asegura que “Nos opondremos con todas nuestras fuerzas al intento de singularizar a Cuba”. Pero reivindica la singularidad de Cuba: una presunta “democracia participativa” que incluye al dictador más veterano del planeta, un anti capitalismo presuntamente feroz que nadie comparte, y un desprecio total por la voluntad de su pueblo, afín a los peores gobernantes del planeta.

¿Vale la pena entonces que Cuba se sumerja en una batalla anual por evitar la condena? Según el propio canciller cubano, no. Para él “No existe el país con la autoridad moral para proponer una condena contra Cuba”. Añadiendo que quienes le condenan no lo hacen “por supuestas convicciones democráticas o compromiso con la defensa de los derechos humanos”, sino “por falta de valor para enfrentar las presiones de Estados Unidos, y esa traición no podría merecer otra cosa que nuestro desprecio”. La explicación de tanta seguridad es que Cuba constituye la luz y guía “para miles de millones de hombres y mujeres de América Latina, África, Asia y Oceanía”. Siendo así, una condena sería casi un mérito. Y poniendo a Fidel Castro —hijo de Jehová Marx— en el lugar de Cristo, llega a exclamar: “Confiamos en que no aparezca ahora un Judas en Latinoamérica”.

Pero el juego es más complejo. En caso de no ser sancionado, el gobierno cubano blasonará ante la comunidad internacional, y ofrecerá argumentos a sus (aún) seguidores en el mundo. En caso de perder, alimentará la teoría del victimismo que con tanta habilidad ha empleado durante casi medio siglo.

¿Vale la pena hacer esfuerzos porque se apruebe la moción de condena? Decididamente, sí. En primer lugar, porque es una condena moral, no una sanción económica cuyas consecuencias recaerían en el pueblo cubano y no en sus gobernantes. Y existe otra razón: Por vocación doctrinaria, romanticismo trasnochado, intereses viles, antiyanquismo acérrimo o pura ingenuidad, todavía existen millones de personas en el planeta, gobiernos incluso, que perdonan al señor Fidel Castro lo que han censurado a otros dictadores. De ese modo, el largo drama del pueblo cubano despierta menos simpatías y comprensión que el de otros. Así, la reiteración de la condena es, cuando menos, un dato que incitará a pensar a gobiernos y personas que aún miran hacia Cuba a través de un prisma erróneo si la realidad imaginada coincide con la realidad que padecen diariamente once millones de cubanos.

No se condena a Cuba en las Naciones Unidas. Se condena al gobierno cubano. Y condenar al gobierno es un modo de salvar a Cuba.

“Ginebra una vez más”; en: Cubaencuentro, Madrid, 4 de abril, 2002. http://arch.cubaencuentro.com/internacional/2002/04/04/7155.html.





Educación política

4 04 2002

Decir  mentiras es cosa muy fea, suelen afirmar padres y maestros. Y seguramente no faltó algún jesuita que se lo repitiera al señor Fidel Castro durante sus ya lejanos años formativos. Muy hondo caló la frase en su conciencia. La recordó seguramente tras una conversación confidencial, el 19 de marzo pasado,  con el presidente mexicano Fox, quien le solicitraba visita corta y abstenerse de insultos en su viaje a la reunión de Monterrey. La recordó al concluir su discurso en la reunión con las palabras: «Les ruego a todos me excusen que no pueda continuar acompañándolos debido a una situación especial creada por mi participación en esta Cumbre, y me vea obligado a regresar de inmediato a mi país.» Tenía que decir la verdad, como le enseñaron los jesuitas, y “No podía decir menos, ni decirlo con más cuidado”, afirmaría recientemente en un show televisivo el mandatario cubano.  Tanto cuidado, que de inmediato el suceso acaparó el interés de los medios, opacando debates más serios, y  la prensa acosó a las autoridades cubanas y mexicanas en busca de una respuesta. Tanto Fox como Castañeda llegaron a afirmar que no se había ejercido ninguna presión, que justificara la estrepitosa salida del dictador cubano.

En contra de los principios que le inculcaron los jesuitas, FC guardó la verdad mientras los funcionarios mexicanos mentían a la prensa; amenazó con revelarla pero no lo hizo; hasta que, tras la votación mexicana en Ginebra apoyando  la moción uruguaya, el mandatario cubano no pudo más con los cargos de conciencia y reveló al mundo su conversación con Fox. Una conversación donde:

1-El propio FC garantizaba que el diálogo sería privado.

2-Que iría a la conferencia con espíritu constructivo, “a cooperar en el éxito de la conferencia” y a cooperar con Fox.

3-Que diría su “verdad con decencia y con la elegancia necesaria. No albergue el menor temor, que no voy a soltar ninguna bomba allí”.

4-Amenaza con armar “un escándalo mundial, si realmente ahora me dicen a mí que no vaya”.

5-Agradece a Fox haber “pensado en una fórmula decorosa, en que yo esté allí a la hora, escuche al Secretario General de las Naciones Unidas”.

Y 6- Pacta con Fox “quedar con ese acuerdo y quedamos amigos, como amigos y caballeros”.

Llama la atención en ese diálogo la prepotencia, las amenazas y el chantaje que rezuman las palabras de FC hacia “su amigo” Fox, así como la noción de su propia importancia en el planeta, al pensar que su no participación sería un escándalo mundial.  Al mejor estilo de El Padrino (I parte) Don Corleone subraya, humillante, que está haciendo un favor a su colega. Y, por otro lado, la incómoda posición de Fox, quien para complacer al presidente Bush y evitarse dificultades con su primer socio comercial y vecino, limita la participación de un mandatario extranjero, en una reunión internacional a la que éste ha sido invitado por la ONU.

Más tarde se verá que FC tiene un extraño modo de  respetar la privacidad, un concepto muy personal del “espíritu constructivo”, de la decencia y la elegancia, y más aún, un curioso concepto de la caballerosidad y la amistad.

¿Hicieron mal Fox y Castañeda al mentir sobre las presuntas presiones a FC? Desde el punto de vista ético, sí. Y tendrán que responder por sus palabras en una sociedad abierta y plural, donde la ciudadanía y la oposición están en el derecho constitucional de cuestionar a sus mandatarios. Desde el punto de vista político, hicieron lo único que les era dado hacer. Mentir, confiando en que FC cumpliría su palabra. ¿Hicieron mal al votar la moción uruguaya en Ginebra, aún conociendo las amenazas provenientes de La Habana?  Para el feliz curso de sus carreras políticas, sí. En conciencia, seguramente no: arriesgaron su probidad política para ejercer la defensa de valores hoy universales, los derechos humanos. Actitud que los honra.

¿Es triste que el presidente democráticamente electo de un país soberano acepte las presiones del vecino poderoso, en aras de conservar las mejores relaciones políticas y económicas? Es triste, pero comprensible, en la medida que una lesión en el orgullo de los gobernantes, se traduce en beneficios económicos para los gobernados.

¿Es triste que el dictador de un país soberano no acepte ningún tipo de presiones, ni siquiera en aras de conservar las mejores relaciones políticas y económicas? Es más triste aún esta discutible “honra”, en la que el orgullo de los gobernantes, bien vale el sacrificio y la miseria de los gobernados. Razón por la que resulta cínica la frase de FC en su reciente show para “desenmascarar” a Fox: “Los pueblos no son masas despreciables a las que se puede engañar y gobernar sin ética, pudor ni respeto alguno”.  Sobre todo tomando en cuenta que el primer respeto hacia los gobernados es el respeto a su libertad, a su derecho a expresarse sin temor a represalias, a actuar de acuerdo a sus convicciones, y elegir a quienes deberán representarlos. Algo que afirmó el propio Fidel Castro: “Nosotros proporcionamos  justicia social y resolvemos los sustanciales problemas sociales de todos los cubanos en un  clima de libertad, de respeto a los derechos individuales, de libertad de prensa y pensamiento, de democracia, de libertad para elegir su propio Gobierno” (La Habana, 1959).

Uno mintió como ejercicio político. El otro arrojó la verdad como instrumento de venganza. Cada cual votará por la gravedad de cada culpa.

En este caso, FC aduce que estaba éticamente obligado a revelar la verdad. Lo que no nos explica es por qué en 1981, durante los felices tiempos de la dictacracia priísta, cuando el entonces presidente Ronald Regan amenazó boicotear la Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno Norte-Sur que tendría lugar en México, FC aceptó en silencio no participar, a pedido de su amigo José López Portillo (¿no fue ése el autor de la masacre de estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas?), quien le invitó a unos días de asueto en Cozumel como desagravio. ¿Por qué entonces no hubo escándalo internacional ni resplandeció la verdad?

Ciertamente, aunque le pese a padres y maestros, en política no escasean las mentiras.  Y no es raro que el político sea un especialista en prometer lo imposible para más tarde incumplir incluso lo posible. No escasean los muertos en el armario, las conversaciones secretas y las cartas impublicables. ¿Cuál habría sido la reacción de FC si Nikita Kruschev, durante la Crisis de Octubre, escandalizado por la carta donde el mandatario cubano le pedía adelantarse a los norteamericanos y lanzar la bomba atómica, la hubiera publicado? ¿Cómo habría sentado a los que entonces veían en Cuba “el socialismo de rostro humano”, que el líder estaba dispuesto a inmolar a su propio pueblo en un ejercicio de egolatría y soberbia, que dejaría a seis millones de cubanos sin rostro, ni socialista ni capitalista ni todo lo contrario?

Llama la atención que el señor Fidel Castro, indignado hoy por las mentiras que a diestra y siniestra emitían los dirigentes mexicanos, haya dicho alguna vez que “la ideología del «26 Julio» es la ideología de un sistema de justicia social  dentro el concepto mas ancho de democracia, de libertad y de derechos humanos” (La Habana, febrero 1959), y que no se trataba de un movimiento comunista, ya que difería básicamente del  comunismo en una serie de puntos básicos. Por entonces se refería a la anulación de los partidos políticos en Cuba como una medida temporal, y no como una anulación permanente (Caracas, 1959) y prometía que “La próxima cosa serán elecciones generales. Yo creo que con la  Constitución de 1940.  Porque en cualquier  lugar donde el Gobierno desea permanecer por un período largo sin elecciones libres, porque no cuentan con el apoyo de la gente, ellos  empiezan a hacer inventos, planeando vías para permanecer un montón de tiempo, y nosotros no estamos en ese caso” (La Habana, 1959). Algo que ya había explicado en Santiago de Cuba el 3 de enero: “Esa es la razón por la que  los gobiernos constitucionales tienen un período de mandato fijo. Si son malos, pueden ser desalojados por el pueblo, que puede votar por un gobierno mejor”.

Claro que pueden no ser mentiras rotundas, sino apenas lapsus de su memoria, que regresa continuamente a la infancia de la Revolución y recuerda con toda exactitud la más pequeña batallita de la Sierra Maestra.

Durante aquellos lejanos tiempos en que aún FC no padecía esta repentina propensión a la verdad revelada, proponía en Caracas (1959) convertir en democracias a todos los países ibero-americanos, eliminar las dictaduras del continente, y lanzar un programa de pasaporte común, mercado común y más participación en los asuntos internacionales. Algo así como el ALCA, pero encabezado por Fidel Castro. Y aún más, sus votos democráticos le llevaron a afirmar: “No es posible, para los representantes  de las democráticas Venezuela y Cuba escuchar los   discursos en que Trujillo habla de libertad y dignidad humana.  Cuba (propone) a la OEA  la necesidad  de quitar a los representantes de las dictaduras o retirarlos de esta organización. Nosotros hemos barrido Cuba (…) y tenemos la determinación de no permitir nunca más una nueva dictadura (Caracas, 1959).

¿Comprenderá el señor Fidel Castro que su dictadura repugne hoy en el continente con idéntica intensidad? ¿Comprenderá que les resulte difícil escuchar al canciller Pérez Roque hablando de libertad y dignidad humana? ¿Comprenderá, en suma, que las democracias  latinoamericanas no hacen sino  atender, a 43 años de distancia, su llamamiento a aislar y excluir a la dictadura pendiente del hemisferio? ¿Le alcanzará la lucidez y su repentino amor por la verdad, para reconocer que quizás algún día, un Vargas Llosa que aún no conocemos, lo convierta en protagónico de “La Fiesta del Caballo” o cosa así?

De este suceso se desprenden algunas conclusiones tan obvias que no vale la pena formularlas, como la diferencia entre un país donde el presidente responde de sus actos y sus palabras, y otro donde cuestionar al presidente está penado por la ley, y cualquier noticia internacional “incómoda” es censurada.

Pero la mayor lección de este suceso es que en un pequeño país pobre (o empobrecido, que no es lo mismo) y endeudado, reliquia de la guerra fría y sin mayor ascendiente sobre los demás, no sólo se ha devaluado la moneda y la economía, la calidad del presente y las expectativas de futuro, sino que se acaba de devaluar, con carácter irreversible, la palabra dada por  su presidente a un colega de un país presuntamente amigo. Y más allá de su signo, existe una complicidad gremial entre los políticos de todos los pelajes. Hay  conductas de las que todo el gremio toma muy buena nota. No creo que ninguno se arriesgue, nunca más, a confiar en la palabra del señor Fidel Castro, aunque desde su tumba le aplauda, el alma de su preceptor jesuita.

 

“Educación política”, Abril, 2002





Poemas del libro Utopiario

31 03 2002

Portada Utopiario 64

Padre nuestro, que ¿estás?

 

Sólo quisiera yo que mi padre mirara con mis ojos.

William Shakespeare

(Sueño de una noche de Verano)

 

A mi padre jamás necesitaron amaestrarlo

Fue autodidacta en la obediencia incondicional

a las utopías que fraguó motu propio

con la materia prima que ellos le ofrecieron

Mi padre no fabricó el carruaje del triunfo

Pero pagó el pecado original

descendiendo

de su automóvil

para solicitar el puesto más humilde en la lanza

Y empujó     hasta el día de su muerte

con el fervor      de las beatas

y los mártires de la edad antigua

Nunca padeció otra devoción que no fuera empujar

con toda su alma    y la cabeza gacha

Aunque al final vino la duda     esa alimaña

a cebarse en sus discursos y sus mitos

Le dentellaba la idolatría  como un virus de presa

(No podía decapitarla    porque se había incubado

algún día de su ya remota adolescencia)

Y cuando creyó que no creía

jugó a no creer que no creía

El infarto te salvó    padre

de un cáncer en la fe

Confiaste que tocaríamos el cielo

sin estaciones orbitales ni ascensores

Fuiste crédulo y fiel

Carlos Marx y Dios premiarán tus buenas intenciones

Sea leve tu tránsito

padre

hacia la nada

Descansa en paz     Vuelve tus ojos al infinito

No mires   por favor   hacia la Tierra

Una verdad obscena podría desvirgar tu inocencia

Duerme para siempre en el regazo de tus mitologías

Descansa en paz

padre

Descansa

Quizás los dioses te hayan destinado

a un cielo malva claro    sólo apto para crédulos

Quizás te muestren a los turistas                            rara avis

Y un ángel contrabandista haga pasar

por ciertas tus mejores visiones sin coartada

Quizás proyecte para ti cada día

el holograma de tus sueños

Quizás seas feliz              Padre                   Quizás

Quizás te envidie.

 

 

 (Nos)otros

 

Pendientes de cierta estrella azul

que dibujaba en el nadir

la órbita fugaz de una sonrisa

sólo descubrimos muchos años después

que algún titiritero de la esperanza

oculto tras su nube de palabras

la manejaba / nos manejaba   con un hilo

Trastablillando  encandilados de futuro

tirábamos del carro

(oros y bermellones de la victoria)

con entusiasmo que parecía inédito

─aunque sólo fuera la reedición abreviada

didáctica   de ilusiones censuradas por mil

generaciones de inquisidores─

Y mientras uncíamos a la lanza

la única adolescencia que algún dios

avaro nos asignara                         con las pupilas

absortas en el cenit de la patria

otros cayeron bajo las ruedas

Escuchamos el crepitar de sus huesos

cuando en la carne hendida

voló un canto de sangre

Lamento sin voz   peces decapitados

(sin otra culpa    algunos    que la libélula

posada entre la libertad y el parabrisas)

No pocos se suicidaron de distancia

Pero habría sido un crimen

de lesa colectividad detenerse

Todo por la causa                            repetían

Todo por la causa

Amaestrados en el fervor

por la fotografía en blanco y negro

la antítesis

la simetría bilateral

sobreseímos una angustia vergonzante

todo por la causa

Y por la causa hubo

alquimistas de la verdad hermética

talismanes contra los sueños no planificados

autos de fe (con menos fe que autos)

Pero al cabo el hilo se partió

la estrella se detuvo      como un punto

suspensivo      huérfano

Y la mirada se desplomó al camino

(finísimo polvo de ilusiones calcinadas)

Por eso añoro hoy

una amnistía general a nuestras culpas

incluso las que no cometimos

pero que vimos perpetrar

(todo por la causa)

sin otra indignación que la duda

Un conjuro que amaine

esta epidemia de incertidumbre

ulcerando mis afirmaciones

(Ya tengo más preguntas que respuestas

y ando a la par con mis hijos

buscando quien conteste)

No eludo sus por qué    para ahorrar tiempo

sino                                                      para ahorrar miedo

Una niebla instaurada por resolución ministerial

ha confinado     amaneceres y crepúsculos

al folklor y los cronómetros

Se proscribe su ambigua catadura

De día   nos amenaza     la sombra

De noche                                                           el resplandor

Y descubrimos bajo la corteza

de los viejos ídolos         (papel maché laqueado:

bermellones y verdes

sospechosamente escandalosos)

desechos de periódicos

noticias olvidadas

en el desván de la memoria

Y las viejas consignas

que ayer amaestraron el silencio

se descascaran con premeditación

de girasoles copiados a Van Goth

por algún retratista de la feria

Se han abaratado demasiado los costos

La tinta cuesta más que las palabras

Y en el mercadillo fugaz

de la esperanza

Sólo se ofertan a precios de rebaja

ídolos plásticos

de consumo masivo

desechables.

 

 

Cumpleaños

 

Habitamos ese país sin bordes

y sin fondo que es la supervivencia

Salvo mi sonrisa

que no consigue enmascarar  la angustia

nada tengo que ofrecer a mi hija

ni recién cumplidos (diez minutos hace)

los cinco mínimos años de su edad

Intento envolver en papel de regalo

uno solo de los mil y un millones

de atardeceres que han sido

Atardecer intransferible

que señalice para siempre

algún cauce fértil de su memoria

cicatriz de luz

tatuaje en la nostalgia

que ni siquiera se borre

una vez concluido todo el abecedario

Pero la ciudad urde contra su asombro

Una conspiración            de puertas clausuradas

de risas clausuradas

Algún postigo de párpados caídos

visillo a media asta

Calles desoladas de amantes y de niños

Sólo se escucha la tos de la ciudad

alveolos corroídos de quien fumó

hasta quemarse los dedos   la esperanza

para desmenuzar más tarde la colilla al viento

Rostros como lapsus visuales

Mausoleos de ceniza

Cicatrices de ventanas que algún día

acogieron sortilegios de amor

entre miradas y paisajes

Puertas cariadas de ausencia

Mutilaciones que supuran aún

asfalto y sueños agrios

Ciudad bombardeada que aguarda

el próximo escalofrío fuerza tres

en el lomo del mundo    para venirse abajo

Hasta el aire:            niebla sin nube

humo sin llama

Y me aterra que inhale esa sustancia procelosa

(ni coartada    ni antídoto)

y expela              como dragón sin princesa

dos fumaradas grises

que habrán erosionando ya

la rosada inocencia de sus pulmones

─apenas cinco                  los años de su edad

y no se ha dado cuenta─

Invento entonces una musiquita

con barcos de papel y hormigas marineras

Conjurar el pavor de su mirada

─sólo cinco los años de su edad─

Incluso contra todo pronóstico

persisto en mi atardecer

(terquedad de gallegos y asturianos

que vagan por mi sangre)

Intento suicida salvarlo para ella

en el azul sinuoso de la mar

pero el gris nos asedia

y el océano agoniza        con resignación

de paquidermo herido

Corre mi hija hacia su atardecer

Casi no me da tiempo a salvar su mirada

Por suerte y por ahora   no sólo soy más alto

sino también más rápido

No más convincente

A falta del peluche naranja

que intenta abandonar en una lágrima

ella quiere su atardecer

─lo prometido es deuda   siempre

que la maestra me encomienda tarea─

pero un decreto acaba de abolir

el atardecer    por indeciso

Y la ciudad ya se afila los dientes

cuando la noche se nos viene encima

No basta             un duérmete mi niña

un cuento con hadas madrinas

mi modo de abrazarla

como ofreciendo protección

cuando en verdad me acojo a su sonrisa

Mañana o el domingo   lo prometido es deuda

Deuda    deuda    deuda que pesa

como un asesinato en mi conciencia

Y no puedo saldarla.





Los de afuera (vistos desde adentro)

7 03 2002

Los cubanos de afuera no seremos coroneles (alguno habrá) pero sí tenemos quien nos escriba. Se trata de los funcionarios del Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba, que nos han dedicado toda una sección, “Cubanos en el Exterior”, en su página oficial

Bajo el subtítulo “Algunas características de la emigración cubana”, se nos cuenta que “el término emigración cubana es cambiante”. Si al principio fueron terratenientes y batistianos, “al paso de los años esa emigración fue incluyendo en su seno a otros sectores sociales producto de distintas razones”. Claro que no se especifica ninguna de las “distintas razones” por las que un tornero, un campesino, o la peluquera de la esquina, deciden abandonar el paraíso de los trabajadores para entregarse a la explotación inicua del capitalismo. Recuerda el documento a los 125.000 marielitos como “distintos” a sus predecesores, sin tampoco ahondar en las razones de esa distintitud o de su éxodo masivo.

Equiparan los redactores del MINREX la emigración cubana a la del resto de las naciones subdesarrolladas, aunque su propia propaganda diga exactamente lo contrario —¿será porque dado el escaso acceso a Internet, esta página está diseñada para que la lean los de afuera?—. El caso es que un mojado mexicano sólo intenta permutar una explotación inicua a diez centavos la hora, por otra igualmente feroz, pero a diez dólares la hora. El cubano, en cambio, abandona el paraíso especialmente diseñado para él, y se marcha al infierno. Al de Chihuahua nadie le expropia la casa y los bienes por cruzar el río, no lo expulsan del trabajo aunque manifieste su intención de mojarse, tiene derecho al voto por correo en su país de origen, así resida en Alaska, y jamás le exigirán un permiso de entrada o un visado para regresar a casa. Son demasiadas diferencias.

Por eso, cuando más adelante se nos dice que “Cuba no tiene dificultad en reconocer que sus nacionales son parte del flujo migratorio internacional en búsqueda de mejores destinos económicos”, a uno le entran ganas de exclamar: haberlo dicho antes. Antes de encarcelar a tanta gente por intento de salida ilegal. Antes de escupir, expropiar y apedrear a los que han querido abandonar la Isla (que se vaya la escoria), antes de poner en práctica el vejatorio “permiso de salida”, hundir un remolcador lleno de mujeres y niños, prohibir la correspondencia entre padres e hijos si uno de los dos ha emigrado en busca de “mejores destinos económicos”. Y por eso también se invita desde el MINREX a “los residentes en Estados Unidos” a abandonar “a cambio” (¿a cambio de qué? ¿de las palizas, las humillaciones y el secuestro de sus bienes?) “la falsa imagen de que son un supuesto exilio político, para reconocer con valor que son otra minoría inmigrante en la primera economía mundial”.

De hecho, es muy probable que el 90% de la diáspora cubana no tuviera ninguna intención de constituirse en exilio político. Simplemente, buscaban libertades, sustento digno, una tierra de promisión. Pero las autoridades cubanas, al satanizar toda emigración, al castigar con extremo rigor todo intento de fuga, al despojar de sus bienes a quien osara escapar —el reparto del botín arrebatado al enemigo en fuga ha sido práctica común en todas las guerras—, fabricó en buena medida ese exilio político.

Es natural que una persona aspire a lo mejor para los suyos, y que en muchos casos esté dispuesto a abandonar su espacio natural para conseguirlo. Es posible incluso que esa persona no manifieste una clara orientación política, y que ciertas libertades, como las de asociación o palabra, no signifiquen mucho para él, porque ni se dedica a asociarse, ni tiene intención de promulgar un manifiesto. Pero si esa persona, por el simple hecho de buscar fuera lo que no encuentra en casa, sufre todo tipo de escarnios y saqueos, si su legítima aspiración, que (hoy nos enteramos) “Cuba no tiene dificultad en reconocer”, le convierte en una escoria, un desecho social, tarde o temprano sus motivaciones económicas se refuerzan por una vindicatoria voluntad política. De ahí que el gobierno de Cuba sea el principal artífice de un exilio político, al que ahora intenta convencer de que “era jugando”.

El documento insiste en culpar a Norteamérica del masivo exilio, en el que al parecer la desastrosa situación de la Isla no ha influido. Pero ya se sabe que la culpa de todo en Cuba sólo la tienen el imperialismo, los soviéticos convertidos en rusos y el clima.

En cuanto a su magnitud, que cifra en un 12% (medio millón por debajo de todos los cómputos), la llama normal, dentro del habitual10-15% de la población de un país en el exterior. Para apostillar, como “conclusión obligada el que poca gente se ha ido de Cuba» (sic.). Algo que bien podrían corregir eliminando todas sus barreras a la emigración, empezando por el “permiso de salida”.

No deja de mencionar el MINREX a la perversa Ley de Ajuste Cubano, aunque miente al tildarla como “texto jurídico único en su tipo”. Basta leer las leyes migratorias norteamericanas, que son de acceso público y están disponibles en la red.

Y ya es francamente repugnante que atribuyan el éxito económico de la comunidad cubana de Miami, exclusivamente, al trato preferencial prodigado por la Small Business Administration, y no al esfuerzo personal de esos compatriotas que fueron excretados un día con una maleta vacía, y cuya aportación en forma de remesas es ahora el segundo ingreso de la República. La misma República que expropió a ese millón de cubanos, y aún contando con todos los recursos, convirtió a uno de los países más prósperos de América en uno de los más pobres. Todo a causa de la Bad Business Administration.

En otra parte del sitio se nos afirma que deberíamos dar gracias por que la Revolución “ha resistido”, En caso contrario, no existirían 118 consulados que nos permiten continuar siendo ciudadanos cubanos. Sin su cooperación y “consejos personales” (sic.) ya seríamos naturalizados en cualquier sitio o residentes permanentes sin nexos documentales con la patria. Vaya suerte la nuestra. Sobre todo por los amables consejos personales que ofrecen la mayoría de nuestros consulados, donde una buena parte de los funcionarios —con sus honrosas excepciones, hay que decirlo— se lleva maquinalmente la mano a la cintura para acomodarse la pistola, y sólo entonces se percatan de que su servicio ahora es consular. Al parecer, el MINREX considera que si la Revolución no hubiera resistido, Cuba se habría desvanecido en el aire. La historia de la Isla concluiría con ellos. Algo que está en consonancia con su noción de que en 1959 comenzó nuestra historia. Lo anterior fue mero prólogo.

Y eso explica que se lamenten de no poder “avanzar más en la relación con los cubanoamericanos”, empeñados en “crear una supuesta disidencia en Cuba”, “un supuesto sector alternativo a la Revolución”. Lo cual constituye una advertencia: si no aceptamos disidencias y alternativas in situ, menos aceptaremos una emigración respondona. Bastante que les permitimos gastar en Cuba su dinero imperialista, y hollar con sus zapatos Florshane el suelo inmaculado de la Patria. En fin, que uno llega a envidiar al coronel de García Márquez.

 

Los de afuera (vistos desde adentro) ”; en: Cubaencuentro, Madrid, 7 de marzo, 2002. http://www.cubaencuentro.com/sociedad/2002/03/07/6673.html.





Kabul en cubano

4 03 2002

Si algo ha reportado al pueblo cubano los últimos cuarenta años de su historia es un cosmopolitismo nunca visto entre las carabelas de Cristóbal Colón y las barbas de Fidel Castro.

Durante más de cuatro siglos, a Cuba llegaron españoles, sirios, chinos, yucatecos deportados, africanos encadenados en las bodegas de los buques negreros, polacos que no consiguieron el visado hacia el norte, horticultores japoneses, braceros haitianos, un pueblo entero de norteamericanos y hasta una colonia sueca asentada en Guantánamo. Pero, salvo excepciones o fuerza mayor, los cubanos permanecían.

Desde 1959, dos millones de insulares pasaron a tierra firme, o a otras islas más promisorias. Hoy es posible encontrar una pediatra cubana ejerciendo en Mozambique, un marino mercante de camellero en Arabia Saudí, o un poeta que compone haikús antillanos en Tokio. Un cubano dirige la orquesta sinfónica de Córdoba, y otro se ocupa de la política exterior norteamericana hacia América Latina.

Durante estos cuarenta años ha habido leñadores cubanos en Siberia, soldados en la sedienta Etiopía y la pluvial selva angolana. Miles de compatriotas han estudiado en ruso, en checo, en rumano, en húngaro, y la Isla se ha poblado de Yordankas de la Caridad, Mijaíles Pérez y Boris González. No ha habido guerrilla o grupo subversivo que no haya contado al menos con un asesor cubano.

Cuando Alemania Federal absorbió a la antigua RDA, de paso se anexó a miles de cubanos que estudiaban ingeniería o accionaban tornos y fresadoras en Berlín. Con la ubicuidad de las cucarachas, y su proverbial resistencia a todos los ecosistemas, hay cubanos desde Helsinski a Ushuaia, de Australia a Ottawa. En los desiertos y la taigá hay cubanos. Incluso la segunda ciudad cubana no está en Cuba.

Reconstruir la geografía nuestra durante la segunda mitad de siglo XX es labor ingente que algún día tendrá su tesis de doctorado. Confiemos que el cubanógrafo sea paciente y prolijo en su tarea. Sólo por Angola pasaron 300.000 habitantes de la Isla, y no pocos quedaron allí. Masivos contingentes alfabetizaron en Nicaragua, o pelearon en el bando del innombrable Megistu Haile Mariam, mientras en el bando contrario, en Somalia, los asesores militares cubanos, que no recibieron el pitazo a tiempo, eran confinados en prisión. Ambos ejércitos pelearon con idéntico fervor, idénticos asesores e idénticas armas rusas. Ironías del destino. Pero no la única.

En Angola, soldados cubanos tenían como misión custodiar una refinería norteamericana donde trabajaban varios técnicos cubanos procedentes de Miami. Y el cubano-argentino Ernesto Guevara, fue capturado por un oficial cubano de la CIA. Cubanos eran los escoltas de Salvador Allende en La Moneda. Y cubanos los plomeros de Watergate que provocaron el mayor escándalo y la más estrepitosa caída presidencial en la historia de Estados Unidos.

Para ser apenas 13 millones, contando el cubanaje concentrado y disperso, hacemos bastante ruido. Aunque lo del ruido es algo que cualquier turista aprecia a simple oído en las calles de La Habana.

Pocos cubanos sabían en 1959 dónde quedaba Kabul. Y pocos más lo sabían durante los 70, aunque la invasión rusa a Afganistán extendiera nuestras nociones de geografía. Quienes sí sabían exactamente dónde quedaba Kabul eran un puñado de profesores de letras, como recuerda ahora, con acento de Guanabacoa, Mohamed Kabir Nezami, profesor del Departamento de Lengua y Literatura Española de la Universidad de Kabul, que se dispone a iniciar su primer curso post-talibán en marzo próximo, sin que aún se haya matriculado ningún alumno Aunque a Mohamed casi se le ha olvidado el español de tanto hablarlo con nadie.

Durante un decenio, los profesores cubanos sostuvieron el departamento de Español en la universidad afgana, como puede comprobarse por los libros que sobrevivieron a la quema fundamentalista (apenas un 20% de los fondos originales): un Quijote editado en 1960 y con sello de la Universidad de La Habana, las Obras Completas de Martí, discursos de Fidel Castro, la poesía de Nicolás Guillén, una biografía de Camilo Cienfuegos y manuales de literatura española y cubana editados en la Isla.

Durante la era soviética en Kabul, y desde que Cuba fundara en 1979 el centro de enseñanza de español, se graduaban anualmente diez o doce alumnos, y cinco profesores impartían los cursos. Alumnos afganos recibieron becas para estudiar en la Isla, y varios profesores cubanos mudaron sus cátedras de las Antillas al Asia Central.

Al parecer, la Operación Kabul tenía como propósito crear un centro donde acudieran a aprender español alumnos de toda Asia, repartir becas para estudiar en Cuba, y acercar a Afganistán hacia la órbita de los No Alineados, movimiento en que el señor Fidel Castro invirtió sustanciosos haberes políticos. La retirada rusa en 1989 condicionó la irremediable retirada cubana y el declive de la institución, que graduó su último alumno en 1995.

Salvo criar yaks en el Himalaya o cazar focas en Groenlandia, no se me ocurre nada más alejado de la realidad antillana que impartir clases en Kabul. Raros intercambios que nos ha deparado la segunda mitad del siglo XX. Y eso que por entonces ignorábamos que con el correr del tiempo, una importante delegación de afganos nos devolvería la visita, por cortesía del U.S. Army, y aprenderían a cantar en inglés las estrofas de “La Guantanamera”.

Kabul en cubano”; en: Cubaencuentro, Madrid, 4 de marzo, 2002. http://www.cubaencuentro.com/sociedad/2002/03/04/6587.html.

 

 





Inocencia

27 02 2002

Además de caceroladas, terroristas, desastres climatológicos y otros ruidos, circula hoy en la red el artículo “Úselo y tírelo”, de Eduardo Galeano. En él se desglosan todas las iniquidades, injusticias y males endémicos de nuestro tiempo. La enorme diferencia entre el norte y el sur. Los niños excluibles del Tercer Mundo. Las cosas desechables del norte y las personas desechables del sur. El mercado que ofrece pero no regala, invitando al pobre a delinquir para hacerse con la pacotilla virtual que sale a borbotones de la tele. Denuncia la exportación de residuos contaminantes del norte al sur, mientras el norte regula con rigor la mierda que viaje en dirección contraria. Clama contra el agotamiento de los recursos y la desenfrenada carrera del consumo. Y se pregunta por qué hay exceso de población en Brasil (17 habitantes por kilómetros cuadrado) o Colombia (29), y no en Holanda, donde los 400 habitantes por kilómetros cuadrado comen todos los días, e incluso varias veces.

El artículo concluye en tono de fábula, que tan bien se le da a Galeano, contando cómo el hombre y la mujer se crearon a si mismos con los restos que le sobraron a Dios mientras iba fabricando el sol, la luna y las estrellas. De modo que somos seres de desecho, aunque no todos, claro.

Desgranar los males e injusticias del planeta es cosa fácil. Basta mirar alrededor. Hay material de sobra para varias toneladas de discursos, canciones-protesta y ensayos-protesta. La cosa se complica un poco más cuando se trata de explicar por qué. Y se complica mucho más cuando se intenta ofrecer soluciones.

La ventaja de la denuncia a secas es que es irrefutable. Las estadísticas del planeta son incontestables. Las cifras de malnutrición, analfabetismo, ingreso per cápita, criminalidad, esperanza de vida y enfermedades evitables asolando pueblos enteros, constituyen la contabilidad de la desdicha humana. Y las demostraciones matemáticas son bastante inmunes a la pirotecnia verbal.

En un memorable libro, que la mayoría leímos en su día, “Las venas abiertas de América Latina”, Galeano intentaba explicar los padecimientos al sur del Río Bravo mediante numerosas historias que al cabo componían una moraleja: todos nuestros males dimanan de la perversidad colonial y neocolonial, sin que a los latinoamericanos nos quepa otra profesión que la de víctimas. No hemos sido hacedores de nuestro destino, sino inocentes destinatarios de los designios que contra nosotros fraguaron, para su propio provecho, las naciones del norte. Una explicación sin dudas muy confortable, y que en parte se atiene a la verdad, lo cual le concede una credibilidad subrayada por cierta propensión de la naturaleza humana: A todos nos resulta cómodo pensar que nuestras desgracias no son obra nuestra. Que no somos culpables. Que una fuerza superior nos ha confinado a los arrabales de la modernidad. También las religiones suelen adiestrar a los fieles en las virtudes de la paciencia, el sufrimiento silencioso y la resignación, con la vaga promesa de una felicidad futurible, de la que nadie ha regresado con pruebas documentales que la confirmen.

“Estamos jodidos, pero somos inocentes”, es la moraleja que dimana de esta fábula. Lamentablemente, eso no explica por qué entre naciones ex-coloniales de la misma metrópoli —Nueva Zelanda y Australia, por un lado, la India por el otro— hay mayores diferencias, por ejemplo, que entre Australia y Gran Bretaña. O por qué ningún argentino, chileno o uruguayo emigra hacia Bolivia. O por qué Haití, la primera nación libre del continente, es también la más pobre. Tampoco explica la fábula qué hacíamos mansamente nosotros, mientras los imperialistas norteños nos imponían la miseria por decreto. Ni por qué lo permitimos. De soslayo apunta Galeano que “en Brasil y en Colombia, un puñado de voraces se queda con todos los panes y peces”, sin tampoco aclarar qué responsabilidad nos ha cabido en permitir que los voraces se adueñaran de nuestro destino. O por qué las numerosas revoluciones emancipadoras del continente, siempre en nombre de los oprimidos, han terminado aupando al poder a dictadores y ladrones, quienes han hecho de la corrupción una institución más inmanente que el código penal y la constitución republicana.

Se clama contra el norte pérfido y voraz, olvidando al norte laborioso. Se explica la riqueza septentrional por el saqueo, olvidando qué dosis corresponde a las maquiladoras inglesas de la revolución industrial, donde millones de británicos que aún no hacían turismo de bajo presupuesto en vuelos charter caían derrengados tras 14 horas de jornada. Y si no, pregúntenle a Federico Engels, que subvencionó El Capital con la plusvalía de sus fábricas. La amnesia histórica prefiere pasar de puntillas sobre las diferencias curriculares entre el dios protestante, que hacía del trabajo virtud, y el dios católico de los señoritos peninsulares, que preferían la mendicidad y la picaresca, el sablazo y el truco, antes que sudar la camisa, oficio de villanos. Y de España heredamos mucho más que el idioma.

En contraste con esa amnesia selectiva, se remontan nuestros males a los minuciosos avatares de la conquista y colonización. El señor Fidel Castro ha afirmado que estaríamos mejor si no nos hubieran descubierto. Nueva amnesia: el ejercicio de despotismo que los imperios azteca, maya e inca ejercieron con fervor sobre sus súbditos y sobre los pueblos conquistados no desmerecía para nada las bestialidades cometidas por los europeos. Claro que de no ser por Don Cristóbal Colón, el gallego Ramón Castro habría muerto en su aldea, y su hijo sería hoy, quizás, secretario de Don Fraga Iribarne, o viceversa. Pobre Galicia entonando su morriña a golpes de gaita en el Finisterre.

Claro que todo este ejercicio exculpatorio tiene un fin: exigir a las naciones desarrolladas la cooperación masiva al Tercer Mundo, hasta conseguir la paridad. Al respecto, vayamos por partes:

Primero: No hay dudas de que existe una deuda histórica del norte hacia el sur, cuyo cumplimiento nos es dado reclamar. Segundo: En un mundo globalizado y totalmente interactivo, la prosperidad y estabilidad del norte no puede ser ajena a las desdichas del sur, aunque sólo sea por su propio interés, y por el hecho de que resulta imposible, incluso para el ciudadano más septentrional y próspero del planeta, librarse de las consecuencias económicas, poblacionales y ecológicas que dimanan de la miseria y la inestabilidad que asola a nuestros pueblos. De talarse el Mato Grosso, se asfixiarían por igual los miskitos y los lapones. De modo que es interés de todos los seres humanos la consecución de un equilibrio global.

Ahora bien, si nosotros mismos no demostramos ser capaces de invertir adecuadamente esa cooperación; si persistimos en la inocencia (por no decir la indolencia) frente a nuestro propio destino; si admitimos la existencia de una clase política que cuando no está demasiado ocupada en saquear la patria, entona discursos en su nombre; si aceptamos como parte del folklor la picaresca, la corrupción y el truco; si admitimos como destino manifiesto que nuestra naturaleza es ser simpáticos gozadores de la vida, no aburridos currantes a tiempo completo; desestimularemos toda cooperación.

Una cooperación que deberemos merecer. No se trata de exigir por decreto al contribuyente catalán, quien no aparta la mirada del torno durante ocho horas seguidas, que una parte sustancial de sus impuestos no recaerán en la escuela de sus hijos o en el hospital donde se operará mañana, y todo porque su tatarabuelo Valeriano Weyler fue un hijo de puta. No lo consolará que a cambio le enseñemos a bailar correctamente el merengue.

La solución ofrecida por el señor Fidel Castro, amigo de Galeano, es obligar al norte a convertir sus gastos militares en ayuda al sur. Algo tan hermoso como convertir los cuarteles en escuelas, un slogan de 1959 que terminó en el reciclaje de cinco o seis campamentos militares en centros educativos emblemáticos, tras lo cual se construyeron doscientas nuevas bases militares. Si la propuesta no viniera del país mejor armado de América Latina, habría que tomarla en cuenta; aunque si algo no explica FC es cómo desmilitarizar el norte, mientras el sur sigue siendo el primer consumidor de fusiles. De nuevo es fácil ofrecer una receta hermosa pero impracticable; mientras de algún modo misterioso se consigue que en la propia patria, 114.000 kilómetros cuadrados de tierras fértiles sean incapaces de saciar el hambre de 11 millones de personas; o que 30 años de subvención torrencial se hayan ido por el tragante. Malos precedentes para los presuntos cooperantes.

Foros, reuniones, discursos de una izquierda que vindica nuestro derecho a la felicidad, claman contra la injusta globalización al servicio del mercado; contra el ALCA, que supuestamente constituye la última fórmula de anexión de Latinoamérica a Estados Unidos —aprobada por todos los presidentes electos de Latinoamética, incluso Chávez, de donde se desprende que presidentes y electores arden de ansias anexionistas—, pero ningún foro reflexiona sobre el papel que los latinoamericanos hemos desempeñado en la construcción de nuestro propio destino. Y resulta sorprendente. La izquierda que nos protege del lobo feroz, al mismo tiempo nos tilda de estúpidos, minusválidos mentales y pusilánimes, soportando en silencio medio milenio de injusticias. Francamente, prefiero no ser tan inocente si a cambio puedo ser menos estúpido. Prefiero conocer mis culpas. Sería el primer paso para remediarlas.

Inocencia”; en: Cubaencuentro, Madrid, 27 de febrero, 2002. http://www.cubaencuentro.com/internacional/2002/02/27/6517.html.

 





Solidarios

18 02 2002

La solidaridad está de moda.

La más reciente generación de europeos, crecida al amparo del “Estado del bienestar”, es, a un tiempo, hedonista y generosa. Ninguna generación anterior disfrutó con tanto fervor del subsidio paterno, ni dispuso de tantos bienes. Ninguna generación anterior ejerció en tal proporción la solidaridad (voluntariado en ONG que actúan en el Tercer Mundo, acción social, campañas de ayuda, etc.). El hecho de que no tengan que luchar por su supervivencia apenas rebasada la adolescencia, y que dispongan de una red de seguridad familiar, no disminuye el mérito, aunque en buena medida lo hace posible.

Salvo algún ciclón eventual, Cuba no entra en las prioridades: las tragedias de Goma o Kabul, la desdichada racha de cataclismos que asola Centroamérica, los polos de la miseria absoluta, en especial la del Africa subsahariana y los pueblos indígenas (casi digo indigentes) de América Latina, acaparan una buena parte de la atención solidaria.

No obstante, en diferentes países persisten y actúan, bajo preceptos humanitarios, políticos, nostálgicos o todo junto en diferentes dosis, asociaciones y grupos de solidaridad con Cuba.

En Alemania es posible encontrar decenas de esos grupos, cuyo único factor común es la palabra Cuba, dado que para cada uno la amistad y la solidaridad constituyen productos diferentes. Adquirir un tractor para una cooperativa, enviar material escolar, reunir medicinas, o convocar actos, conferencias y verbenas políticas en beneficio del gobierno cubano, y no de los gobernados, quienes necesitan más penicilina y cuadernos que palabras. Si algo no ha faltado a los cubanos en cuatro décadas son palabras.

Entre esos grupos los hay irrestrictos, sin condicionamientos, cuyo único principio rector es paliar las dificultades de un pueblo que ha demostrado, durante tres decenios, su alto sentido de la solidaridad. Con demasiada frecuencia, por decreto, lo que tampoco resta mérito al pueblo que ha dado incluso lo que no tiene.

Los hay oficialistas, que acatan sin disidencia los postulados del gobierno cubano, mudanzas incluidas. Los hay que no dialogan con quienes sustentan el discurso oficial del gobierno cubano, y quienes todo lo contrario. Algo similar ocurre en casi todos los países.

Infomed, Comité de Defesa da Revoluçao Cubana, Amigos del Che, Medicuba, Cubasí, Netzwerk Cuba, Association Suisse-Cuba, Askapena, Asociación de Amistad Hispano-Cubana Bartolomé de las Casas, y cientos de asociaciones más.

Un amplio espectro de posiciones que merecen todo el respeto a la diversidad. El respeto a su derecho a constituirse en alternativa a las políticas oficiales de sus países. Aunque, curiosamente, ellos mismos, en su inmensa mayoría, apoyan a un gobierno cuya tolerancia de lo alternativo no va más allá del mismo perro con el mismo collar.

La propia existencia de todos estos grupos invita a reflexionar sobre el sentido de la solidaridad. ¿Es un producto ideológico, condicionado por el cumplimiento de ciertas devociones y normativas? ¿Es la socialización de ese sentimiento universal e íntimo que es la amistad? ¿Es el cumplimiento del deber como ciudadano, no de una comunidad o una nación, sino de un planeta? ¿O es acaso una herramienta más del discurso político, que al seleccionar (o no) a sus destinatarios, pone en práctica sus propios designios?

Quizás todo eso es la solidaridad hoy, dependiendo de quiénes y cómo la practiquen. Estados Unidos es, por ejemplo, solidario con Israel. La Venezuela de Chávez es solidaria con Cuba. Cuba es, a su vez, solidaria de todo aquel que se enfrente a Estados Unidos, no importa cómo ni por qué.

Me parece excelente que ciudadanos alemanes, españoles o suecos permitan que un niño cubano disponga de cuadernos y lápices, que un enfermo reciba los medicamentos necesarios, o que la cooperativa estrene tractor Ciertamente, el pueblo cubano necesita esas ayudas y, más aún, las merece. Pero harían bien los grupos de solidaridad con Cuba en preguntarse por qué, tras 40 años de “economía socialista planificada”, tras 40 años de incesantes éxitos, si damos crédito al diario Granma, tras 30 años de subvención ininterrumpida, el país conducido por la clase política más experimentada del planeta (40 años es un período presidencial bastante largo), necesita jabones, lápices, arroz, penicilina. Preguntarse por qué dos millones de cubanos han optado por el exilio. Por qué Cuba cuenta con una de las mayores poblaciones penales por habitante del planeta. O por qué un gobierno que dispone del monopolio de los medios de difusión y es el patrón de casi todos los trabajadores de la Isla, teme tanto a cualquier discurso alternativo, reprime, silencia, encarcela, y llega incluso a violar su propia constitución al perseguir una iniciativa plenamente constitucional, el Proyecto Varela. Harían bien en preguntarse qué significa la frase “solidaridad con Cuba”. ¿Solidaridad con el pueblo cubano o con sus mandatarios? ¿Con los indios o con el cacique? De la interpretación que se de a la frase, depende que la solidaridad con uno equivalga a la insolidaridad con muchos. Y viceversa.

Puede que ello ponga en entredicho la validez de un empecinado discurso preestablecido por cierta zona de la izquierda. Un discurso que en pleno siglo XXI no se atrevería a negar a sus electores los principios democráticos o las elementales libertades y derechos humanos; aceptando sin repugnancia, en cambio, que los cubanos hayan sido despojados de ellos. Quizás en el fondo de sus conciencias anide la idea de que no otra cosa merecen los nativos de esas naciones bárbaras. Sin una mano firme y paternal que los conduzca, se precipitarían al caos y la anarquía. Europa es otra cosa. De modo que también el comunismo tiene primera clase y vagones de ganado.

Creo en la solidaridad, en la reparación de esa deuda universal que el Hombre tiene con el Hombre. Y creo también que la solidaridad tiene que ser lo suficientemente sabia como para garantizar que su destino no se tuerza; pero cuando condiciona (y hasta coacciona), pierde una gran faceta de su naturaleza: la amistad no puede ser un instrumento. La generosidad no puede ser un arma. Ya sobran megatones.

Solidarios”; en: Cubaencuentro, Madrid, 18 de febrero, 2002. http://www.cubaencuentro.com/internacional/2002/02/18/6379.html.

 





América somos nosotros

7 02 2002

No asustarse. No se trata de un axhabrupto patriótico a favor de Estados Unidos de América, a la que llamo incorrectamente “América”, para usar el interesado equívoco en cuanto a la denominación de origen, que se ha impuesto por reiteración. Tampoco se trata de una defensa a ultranza del país más poderoso del planeta, dado que la experiencia infantil nos indica que el muchacho más fuerte del barrio no necesita que nadie lo defienda.

Junto a la ola de solidaridad que despertó hacia Estados Unidos la acción terrorista del 11 de septiembre, saltó a los medios (como ocurre con harta frecuencia y sin que medie provocación) un antiamericanismo que en Europa y Latinoamérica es ya parte sustancial del discurso de cierta izquierda. Pero no sólo. Existe también, al menos en España, un discurso nostálgico de ex-potencia imperial degradada a soldado raso. En la satanización de Norteamérica encuentra un argumento cómodo para eludir la propia responsabilidad en el ejercicio de humillación nacional que significó 1898.

Las críticas y acusaciones que ahora mismo suscita el tratamiento a los talibanes y terroristas presos en la Base Naval de Guantánamo subrayan lo anterior. Lamentablemente, a veces provienen de quienes en su día fueron más conmovidos por la voladura de los budas, que por la lapidación de las mujeres afganas. Hay quien ha llegado a preguntar por qué los presos no disfrutan de aire acondicionado. Sin ser especialista en prisiones, cualquiera detecta a simple vista que ya quisiera cualquier presidiario del tercer Mundo disponer de ropa limpia, aseo y tres comidas diarias, cocinadas de acuerdo a las preferencias gastronómicas del Islam. Ya quisieran los cubanos que viven más allá (más acá) de la cerca que limita la base.

Los argumentos antinorteamericanos son muchos y surtidos. Se tilda al norteamericano de inculto e infantil desde la vieja Europa. No importa que más tarde lleven a sus hijos a McDonald’s tras pasarse dos horas embelesados ante una colección de efectos espaciales Made in Hollywood.

Se habla de sus índices de delincuencia, su agresividad y los millones de armas de que dispone la población, avaladas por un poderoso lobby. Cosa cierta y peligrosa; tanto como el comportamiento de los hinchas ingleses en los campos de fútbol, la xenofobia practicante de los neonazis alemanes, la narcoguerrilla del secuestro contra reembolso, las multinacionales del delito y de las armas (no pocas veces gubernamentales) y los asaltos a portafolio armado, penados con irrisorias condenas.

Se les tilda de bárbaros por el ejercicio de la pena de muerte, con la que no coincido, simplemente porque no hay revisión de causa. Pero, al mismo tiempo, Europa ha conseguido un sistema penal más ajustado a los derechos humanos de los verdugos, que de las víctimas. No es raro ver en la calle en pocos años a reos de crímenes atroces; o que los torturadores domésticos tengan que llegar al asesinato para conseguir que policías y jueces intervengan. Por no hablar de los delincuentes financieros, quienes adquieren en cuatro o cinco años de confortable retiro carcelario un suculento plan de pensiones para las próximas seis vidas. Claro que eso ocurre en todo el ancho mundo y planetas circundantes.

Suele hablarse también de la prepotencia y el carácter neoimperialista de Estados Unidos. Y no les falta razón. Los latinoamericanos conocemos perfectamente ese injerencismo que ha impuesto y depuesto gobiernos, y ha declarado a la América al sur del Río Grande el cuarto de invitados de la Unión. Y si la acusación parte de Europa, hay que considerarla, porque al viejo continente no le falta experiencia en tales menesteres. Aunque se note un retintín de envidia, como la del anciano que echa en cara sus pecados al adolescente mujeriego.

No obstante todas las razones y sinrazones de esta inquina verbal —que, por otra parte, debe haber asediado a todos los imperios, desde la China intramuros, a Roma o el territorio que recorrían los chasquis— habría que preguntarse antes qué es América y quiénes son los americanos. ¿Serían los cheyennes y sus primos? Ni ellos, asiáticos trashumantes. ¿Son ingleses expatriados que no encontraron sitio en su tierra de origen? ¿Irlandeses hambreados? ¿Italianos por millones, jugándose el futuro a un billete de tercera clase? ¿Coolíes chinos enlazando por ferrocarril los océanos? ¿Judíos librados de llevar una estrella de David en la chaqueta, y convertirse en grasa para jabones o botones de hueso? ¿Balseros cubanos, mojados de Chihuahua, investigadores españoles que a la salida de la universidad sólo encontraron plaza en Burguer King? Son todos. Cubanos con hijos cubanoamericanos y nietos americanos de origen cubano, que bailan salsa very nice.

Todo exilio, toda emigración, es una victoria y una derrota. La derrota de quien fue perseguido o expulsado, de quien no encontró su sitio en el país de origen —excretado, sobrante, prescindible—. La victoria de quien no se conformó con el país que le tocaba, y decidió inventárselo en otra geografía, aunque el precio fuera soñar en un idioma y vivir en otro.

Resulta aleccionador que el país más poderoso del mundo haya sido edificado por los hombres y mujeres excretados hacia un destino incierto por todos los continentes. De donde se deduce que fueron el resultado de una especie de selección natural, sobreviviendo los capaces de balancearse en el trapecio de la soledad, sin seguro de vida ni red de seguridad.

Y observando Europa, comprendemos que América somos todos. O lo seremos.

América es lo que nos sobró y lo que nos faltó.

Los italianos ya no acuden a New York para fundar una pizzería, y los irlandeses regresan a Dublín tras dos semanas en Miami Beach. Pero ahora los europeos rezan de cara a la meca y en francés, son cabezas de turcos en Berlín, amasan rollitos de primavera en Viena, o se encomiendan a Changó antes de trepar al andamio y montar, piedra a piedra, La Sagrada Familia de Barcelona. Ellos también son Europa. También son América.

América no es ya la periferia occidental de Europa. Europa es el barrio oriental de América. Distinto, porque cada barrio tiene su propia arquitectura humana, pero no tan distante.

Si pudiéramos saltar instantáneamente de San Francisco a Helsinski pasando por Lisboa, podríamos disfrutar/padecer la misma canción en 500 discotecas idénticas, y sumergidos en la masa de bailadores de todas las razas, obligada a entenderse por señas para vencer el ruido, difícilmente sabríamos en qué país estamos.

América es un gobierno, un sistema, una economía, un modo de vida, un ejército con pretensiones de policía internacional, y también un mosaico de culturas, razas y lenguas con traducción simultánea al inglés. Es también trescientos millones de americanos con diferentes gradaciones y apellidos: italo, cubano, afro, chinoamericanos. Entre todos han conseguido exportar el american way of life, la tecnología, el marketing, el cine, la moda cotidiana, la música y una imagen estereotipada de América. Si lo han conseguido, es porque el resto del planeta ha accedido a importar. Y porque en nosotros hay mucho de lo malo y lo bueno que hay en ellos. De modo que al tildar de infantiles, elementales y kitsch a los norteamericanos, para más tarde consumir sus infantiladas, estamos aceptando nuestra condición de párvulos de la misma escuela, horteras de idéntica camada. Y olvidamos que América también somos nosotros.

América somos nosotros”; en: Cubaencuentro, Madrid, 7 de febrero, 2002. http://www.cubaencuentro.com/internacional/2002/02/07/6192.html.