Inocencia

27 02 2002

Además de caceroladas, terroristas, desastres climatológicos y otros ruidos, circula hoy en la red el artículo “Úselo y tírelo”, de Eduardo Galeano. En él se desglosan todas las iniquidades, injusticias y males endémicos de nuestro tiempo. La enorme diferencia entre el norte y el sur. Los niños excluibles del Tercer Mundo. Las cosas desechables del norte y las personas desechables del sur. El mercado que ofrece pero no regala, invitando al pobre a delinquir para hacerse con la pacotilla virtual que sale a borbotones de la tele. Denuncia la exportación de residuos contaminantes del norte al sur, mientras el norte regula con rigor la mierda que viaje en dirección contraria. Clama contra el agotamiento de los recursos y la desenfrenada carrera del consumo. Y se pregunta por qué hay exceso de población en Brasil (17 habitantes por kilómetros cuadrado) o Colombia (29), y no en Holanda, donde los 400 habitantes por kilómetros cuadrado comen todos los días, e incluso varias veces.

El artículo concluye en tono de fábula, que tan bien se le da a Galeano, contando cómo el hombre y la mujer se crearon a si mismos con los restos que le sobraron a Dios mientras iba fabricando el sol, la luna y las estrellas. De modo que somos seres de desecho, aunque no todos, claro.

Desgranar los males e injusticias del planeta es cosa fácil. Basta mirar alrededor. Hay material de sobra para varias toneladas de discursos, canciones-protesta y ensayos-protesta. La cosa se complica un poco más cuando se trata de explicar por qué. Y se complica mucho más cuando se intenta ofrecer soluciones.

La ventaja de la denuncia a secas es que es irrefutable. Las estadísticas del planeta son incontestables. Las cifras de malnutrición, analfabetismo, ingreso per cápita, criminalidad, esperanza de vida y enfermedades evitables asolando pueblos enteros, constituyen la contabilidad de la desdicha humana. Y las demostraciones matemáticas son bastante inmunes a la pirotecnia verbal.

En un memorable libro, que la mayoría leímos en su día, “Las venas abiertas de América Latina”, Galeano intentaba explicar los padecimientos al sur del Río Bravo mediante numerosas historias que al cabo componían una moraleja: todos nuestros males dimanan de la perversidad colonial y neocolonial, sin que a los latinoamericanos nos quepa otra profesión que la de víctimas. No hemos sido hacedores de nuestro destino, sino inocentes destinatarios de los designios que contra nosotros fraguaron, para su propio provecho, las naciones del norte. Una explicación sin dudas muy confortable, y que en parte se atiene a la verdad, lo cual le concede una credibilidad subrayada por cierta propensión de la naturaleza humana: A todos nos resulta cómodo pensar que nuestras desgracias no son obra nuestra. Que no somos culpables. Que una fuerza superior nos ha confinado a los arrabales de la modernidad. También las religiones suelen adiestrar a los fieles en las virtudes de la paciencia, el sufrimiento silencioso y la resignación, con la vaga promesa de una felicidad futurible, de la que nadie ha regresado con pruebas documentales que la confirmen.

“Estamos jodidos, pero somos inocentes”, es la moraleja que dimana de esta fábula. Lamentablemente, eso no explica por qué entre naciones ex-coloniales de la misma metrópoli —Nueva Zelanda y Australia, por un lado, la India por el otro— hay mayores diferencias, por ejemplo, que entre Australia y Gran Bretaña. O por qué ningún argentino, chileno o uruguayo emigra hacia Bolivia. O por qué Haití, la primera nación libre del continente, es también la más pobre. Tampoco explica la fábula qué hacíamos mansamente nosotros, mientras los imperialistas norteños nos imponían la miseria por decreto. Ni por qué lo permitimos. De soslayo apunta Galeano que “en Brasil y en Colombia, un puñado de voraces se queda con todos los panes y peces”, sin tampoco aclarar qué responsabilidad nos ha cabido en permitir que los voraces se adueñaran de nuestro destino. O por qué las numerosas revoluciones emancipadoras del continente, siempre en nombre de los oprimidos, han terminado aupando al poder a dictadores y ladrones, quienes han hecho de la corrupción una institución más inmanente que el código penal y la constitución republicana.

Se clama contra el norte pérfido y voraz, olvidando al norte laborioso. Se explica la riqueza septentrional por el saqueo, olvidando qué dosis corresponde a las maquiladoras inglesas de la revolución industrial, donde millones de británicos que aún no hacían turismo de bajo presupuesto en vuelos charter caían derrengados tras 14 horas de jornada. Y si no, pregúntenle a Federico Engels, que subvencionó El Capital con la plusvalía de sus fábricas. La amnesia histórica prefiere pasar de puntillas sobre las diferencias curriculares entre el dios protestante, que hacía del trabajo virtud, y el dios católico de los señoritos peninsulares, que preferían la mendicidad y la picaresca, el sablazo y el truco, antes que sudar la camisa, oficio de villanos. Y de España heredamos mucho más que el idioma.

En contraste con esa amnesia selectiva, se remontan nuestros males a los minuciosos avatares de la conquista y colonización. El señor Fidel Castro ha afirmado que estaríamos mejor si no nos hubieran descubierto. Nueva amnesia: el ejercicio de despotismo que los imperios azteca, maya e inca ejercieron con fervor sobre sus súbditos y sobre los pueblos conquistados no desmerecía para nada las bestialidades cometidas por los europeos. Claro que de no ser por Don Cristóbal Colón, el gallego Ramón Castro habría muerto en su aldea, y su hijo sería hoy, quizás, secretario de Don Fraga Iribarne, o viceversa. Pobre Galicia entonando su morriña a golpes de gaita en el Finisterre.

Claro que todo este ejercicio exculpatorio tiene un fin: exigir a las naciones desarrolladas la cooperación masiva al Tercer Mundo, hasta conseguir la paridad. Al respecto, vayamos por partes:

Primero: No hay dudas de que existe una deuda histórica del norte hacia el sur, cuyo cumplimiento nos es dado reclamar. Segundo: En un mundo globalizado y totalmente interactivo, la prosperidad y estabilidad del norte no puede ser ajena a las desdichas del sur, aunque sólo sea por su propio interés, y por el hecho de que resulta imposible, incluso para el ciudadano más septentrional y próspero del planeta, librarse de las consecuencias económicas, poblacionales y ecológicas que dimanan de la miseria y la inestabilidad que asola a nuestros pueblos. De talarse el Mato Grosso, se asfixiarían por igual los miskitos y los lapones. De modo que es interés de todos los seres humanos la consecución de un equilibrio global.

Ahora bien, si nosotros mismos no demostramos ser capaces de invertir adecuadamente esa cooperación; si persistimos en la inocencia (por no decir la indolencia) frente a nuestro propio destino; si admitimos la existencia de una clase política que cuando no está demasiado ocupada en saquear la patria, entona discursos en su nombre; si aceptamos como parte del folklor la picaresca, la corrupción y el truco; si admitimos como destino manifiesto que nuestra naturaleza es ser simpáticos gozadores de la vida, no aburridos currantes a tiempo completo; desestimularemos toda cooperación.

Una cooperación que deberemos merecer. No se trata de exigir por decreto al contribuyente catalán, quien no aparta la mirada del torno durante ocho horas seguidas, que una parte sustancial de sus impuestos no recaerán en la escuela de sus hijos o en el hospital donde se operará mañana, y todo porque su tatarabuelo Valeriano Weyler fue un hijo de puta. No lo consolará que a cambio le enseñemos a bailar correctamente el merengue.

La solución ofrecida por el señor Fidel Castro, amigo de Galeano, es obligar al norte a convertir sus gastos militares en ayuda al sur. Algo tan hermoso como convertir los cuarteles en escuelas, un slogan de 1959 que terminó en el reciclaje de cinco o seis campamentos militares en centros educativos emblemáticos, tras lo cual se construyeron doscientas nuevas bases militares. Si la propuesta no viniera del país mejor armado de América Latina, habría que tomarla en cuenta; aunque si algo no explica FC es cómo desmilitarizar el norte, mientras el sur sigue siendo el primer consumidor de fusiles. De nuevo es fácil ofrecer una receta hermosa pero impracticable; mientras de algún modo misterioso se consigue que en la propia patria, 114.000 kilómetros cuadrados de tierras fértiles sean incapaces de saciar el hambre de 11 millones de personas; o que 30 años de subvención torrencial se hayan ido por el tragante. Malos precedentes para los presuntos cooperantes.

Foros, reuniones, discursos de una izquierda que vindica nuestro derecho a la felicidad, claman contra la injusta globalización al servicio del mercado; contra el ALCA, que supuestamente constituye la última fórmula de anexión de Latinoamérica a Estados Unidos —aprobada por todos los presidentes electos de Latinoamética, incluso Chávez, de donde se desprende que presidentes y electores arden de ansias anexionistas—, pero ningún foro reflexiona sobre el papel que los latinoamericanos hemos desempeñado en la construcción de nuestro propio destino. Y resulta sorprendente. La izquierda que nos protege del lobo feroz, al mismo tiempo nos tilda de estúpidos, minusválidos mentales y pusilánimes, soportando en silencio medio milenio de injusticias. Francamente, prefiero no ser tan inocente si a cambio puedo ser menos estúpido. Prefiero conocer mis culpas. Sería el primer paso para remediarlas.

Inocencia”; en: Cubaencuentro, Madrid, 27 de febrero, 2002. http://www.cubaencuentro.com/internacional/2002/02/27/6517.html.

 

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