Joven ha de ser

16 05 2011

“Joven ha de ser quien lo quiera ser

por su propia voluntad”.

(Rafael Ortiz y Pedraza Ginori; El final no llegará)

 

En el recién concluido congreso del Partido Comunista de Cuba, una de las medidas más comentadas ha sido la recomendación de limitar “a un máximo de dos períodos consecutivos de cinco años el desempeño de los cargos políticos y estatales fundamentales” y “que se garantice el rejuvenecimiento sistemático en toda la cadena de cargos administrativos y partidistas (…) sin excluir al actual Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros ni al Primer Secretario del Comité Central”. Se apostilla que “ello es posible y necesario en las actuales circunstancias, bien distintas a las de las primeras décadas de de la Revolución, aún no consolidada y por demás sometida a constantes amenazas y agresiones”. Esto confirma el sentido del humor de Raúl Castro o su desprecio por la inteligencia de los cubanos, como si ignoráramos que esas “primeras décadas” suman medio siglo, en cuyo caso la tal revolución ha demorado más en consolidarse que un helado en el microondas.

En buena aritmética, Raúl Castro nos dice que en el hipotético caso de que su hermano ocupara un cargo, no podrá ser reelegido más allá del 2021, es decir, a los 95 años, y Raúl no permanecerá en el cargo más allá de los 90. Y descubre algo que aparece en todos los manuales de Recursos Humanos: que “los dirigentes no surgen de escuelas ni del amiguismo favorecedor, se hacen en la base, desempeñando la profesión que estudiaron, en contacto con los trabajadores y deben ascender gradualmente a fuerza del liderazgo”.  Como dijo Fidel Castro, “se acabó la época de los politiqueros, se acabó la época de los privilegiados, se acabó la época de los oportunistas”, aunque esas palabras se remontan a su discurso en la Universidad Central “Marta Abreu”, de Santa Clara, el 15 de marzo de 1959. Y que “cualquier jerarca de cuarta o quinta categoría se cree con el derecho a que un militar le maneje el automóvil y le cuide las espaldas cual si estuviese temiendo constantemente un merecido puntapié”, pero eso es de La Historia me absolverá (1953).

El Castro menor, al mejor estilo de Deng Xiaoping invocando a Mao, al defender el relevo generacional, la meritocracia, “la promoción a cargos decisorios de mujeres, negros, mestizos y jóvenes, sobre la base del mérito y las condiciones personales” –añade que “no haber resuelto este último problema en más de medio siglo es una verdadera vergüenza”–, y lo que él llama “un verdadero y amplio ejercicio democrático”, explica la supervivencia de estos desaciertos porque “no hemos sido consecuentes con las incontables orientaciones que desde los primeros días del triunfo revolucionario y a lo largo de los años nos impartió el compañero Fidel”. Efectivamente, éste afirmó que “somos los primeros partidarios de que se establezca aquí un régimen representativo de gobierno y producto de la voluntad popular, (…) que se sometan los gobernantes al veredicto del pueblo cuantas veces sean necesarias, y que el pueblo exprese su voluntad soberana cuantas veces sea necesario”. Fue en el Fórum Tabacalero, el 8 de abril de 1959. Durante los siguientes cincuenta años estuvo demasiado ajetreado, se le fue olvidando lo de “someterse al veredicto del pueblo” y, desde luego, de limitar su mandato a dos períodos, la gusanera mal pensante lo habría considerado una burda copia de la legislación estadounidense.

Y eso, a pesar de que “esta generación [la que hizo la revolución] no puede ser tan buena como las generaciones futuras, porque esta generación no se educó en una doctrina revolucionaria (…). La generación formidable, la generación maravillosa va a ser la generación venidera; esa sí va a ser más perfecta que nosotros”. (Fidel Castro en la Avenida de Michellson, en Santiago de Cuba, el 11 de marzo de 1959). Y a pesar de que “¡Este país cree en los jóvenes! ¡Esta Revolución cree en los jóvenes, en sus magníficas calidades, en sus grandes perspectivas! (…) Es decir, que históricamente en nuestra patria los hombres de la edad de ustedes fueron gestores y ejecutores de las grandes revoluciones”. (Fidel Castro a los estudiantes el 11 de Mayo de 1973). ¿O sería precisamente por eso? Porque históricamente los jóvenes “fueron gestores y ejecutores de las grandes revoluciones”, y más vale curarse en salud.

En su tradicional técnica de “divide y vencerás”, como quien juega unas simultáneas del poder, Fidel Castro ha promovido a lo largo de los años a camadas de nuevos cuadros con el propósito de relativizar la impunidad de los históricos. Y con la misma soltura los ha defenestrado cuando alcanzaban el cenit. Raúl Castro intenta explicarlo en el reciente congreso: “A pesar de que no dejamos de hacer varios intentos para promover jóvenes a cargos principales, la vida demostró que no siempre las selecciones fueron acertadas”. Y más adelante se refiere a “la falta de rigor y visión que abrieron brechas a la promoción acelerada de cuadros inexpertos e inmaduros a golpe de simulación y oportunismo”. En cualquier caso, “hoy afrontamos las consecuencias de no contar con una reserva de sustitutos debidamente preparados, con suficiente experiencia y madurez”. Como si ese hecho hubiera sido durante medio siglo una omisión y no una intención.

En su informe al congreso, Raúl Castro también critica el formalismo, el inmovilismo, los “dogmas y consignas vacías” –“los discursos politiqueros pasaron de moda. Aquello de reunir al pueblo y tenerlo dos horas parado para que desfilaran veinte señores hablando boberías, no”, ya lo dijo su hermano en la Plaza de Camagüey, el 4 de enero de 1959–, e insta a abandonar resueltamente “el erróneo concepto de que para ocupar un cargo de dirección se exigía, como requisito tácito, militar en el Partido o la Juventud Comunista”. Otra novedad. Si en su día se permitió a los creyentes militar en el Partido, ahora “la militancia no debe significar una condición vinculante al desempeño de puesto de dirección alguno en el Gobierno o el Estado, sino la preparación para ejercerlos y la disposición de reconocer como suyos la política y el Programa del Partido”. Sólo nos queda una duda: si alguien tiene “la disposición de reconocer como suyos la política y el Programa del Partido”, ¿cómo explicará su negativa a ingresar en el Partido cuando éste se lo proponga? ¿No se sospechará automáticamente de que en el fondo no hace tan suyos la política y el programa?

Otra novedad es que en un país donde la economía, la ciencia, el arte y hasta la filatelia han estado regidos por consideraciones políticas, donde el presidente de la Asociación de Sordos era un cuadro oyente del Partido que se colocaba un audífono apagado como parte del uniforme, ahora se propone que “el dirigente administrativo” sea “quien decida”. Aunque “el Partido esté representado y opine”, “el factor que determina es el jefe, ya que debemos preservar y potenciar su autoridad, en armonía con el Partido” (sic). Raúl Castro apuesta por juzgar, promover o remover sobre la base de los resultados. Más vale tarde que nunca, porque “si nosotros no lográramos la abundancia aquí sería, sencillamente, porque fuéramos unos incapaces completos de lograrlo, sería sencillamente porque no quisiéramos. Pero (…) la vamos a lograr haciendo las cosas como debemos hacerlas y, eso sí, quitando todo el que no sirve del lugar donde está e irlo poniendo en otro lugar”, aunque eso no lo dijo Raúl Castro, sino su hermano mayor en el teatro de la CTC el 6 de marzo de 1964. Cuarenbta y siete años más tarde, la única duda es si “no quisieron” o fueron “unos incapaces completos”.

Como apunta acertadamente Brian Latell en su libro Después de Fidel, Raúl ha creado en el MINFAR lo más parecido a una meritocracia cubana, y quienes lo conocen coinciden en que es un buen padre preocupado por el destino de sus hijos (“las consecuencias de haber introducido en las revoluciones socialistas contemporáneas el estilo de las monarquías absolutas”, dijo Fidel Castro de Mao Zedong en 1966), pero como Deng Xiaoping (ma non troppo), Raúl no puede (y posiblemente no quiera) hacerlo sin invocar una y otra vez las altas enseñanzas de su hermano, cuyo espíritu preside estas reformas.

Lo curioso de estas novedades es que, al bucear en las hemerotecas, descubrimos su carácter de eco. Viejas palabras, promesas y discursos que hoy se reescriben de acuerdo a las nuevas normas ortográficas de la Real Academia. La esfera, como saben los geómetras y los políticos, es la figura perfecta, ensimismada en su propia excelencia.

El 13 de marzo de 1966, Fidel Castro afirmaba que “Esta revolución es afortunadamente una revolución de hombres jóvenes. Y hacemos votos porque sea siempre una revolución de hombres jóvenes; hacemos votos para que todos los revolucionarios, en la medida que nos vayamos poniendo biológicamente viejos, seamos capaces de comprender que nos estamos volviendo biológica y lamentablemente viejos (…) ¿Y para qué sirve un partido donde todo gira alrededor de un hombre?”. Ese día apostó por que “todos nosotros los hombres de esta Revolución, cuando por una ley biológica vayamos siendo incapaces de dirigir este país, sepamos dejar nuestro sitio a otros hombres capaces de hacerlo mejor.  Preferible es organizar un Consejo de Ancianos donde a los ancianos se les escuche por sus experiencias adquiridas, se les oiga, pero de ninguna manera permitir que lleven adelante sus caprichos cuando la chochería se haya apoderado de ellos”. Nótese la muda del narrador: “sepamos dejar nuestro sitio” muta al Consejo de Ancianos a los que no se permitirá “que lleven adelante sus caprichos cuando la chochería se haya apoderado de ellos”. Sus caprichos. De ellos.

Pero ya se sabe que la edad es relativa. Para un muchacho de quince años, un hombre de treinta es un tembo; para un señor de sesenta, un muchachón. Y para Jirouemon Kimura, a sus 114 años, puede que los Castro sean dos señores en la flor de la edad.

 

“Joven ha de ser”; en: Cubaencuentro, Madrid, 16/05/2011. http://www.cubaencuentro.com/cuba/articulos/joven-ha-de-ser-262833





El Señor de los naufragios (cuento del libro homónimo)

5 05 2011

El náufrago comprueba con el pulgar el filo del cuchillo que ha estado amolando contra una laja de arenisca durante media hora. Le da las gracias en voz alta a la piedra —se ha habituado durante estos doce años a dialogar con bichos, árboles y minerales para no perder la costumbre— y con todo respeto solicita su permiso, por favor, es por razones de pura necesidad, antes de descortezar dos palmos del sabicú cimarrón cuidando que no se quiebre la capa cuando la desprende del tronco.

El tronco donde han grabado a fuego el nombre de la taberna pende de dos cadenas sobre la puerta en esta noche borrascosa de noviembre. Ese rótulo es el primero en contemplar la llegada de los dos grafólogos, como peces de tierra adentro, nadando en la oceánica densidad de la lluvia. Los hombres se acogen chorreando a la densa atmósfera de la taberna. Cuelgan sus gabardinas cerca de la lumbre y se sacuden como perdigueros tras rescatar un pato de la laguna. El fuego crepita y chisporrotea al evaporar las gotas de lluvia. Los hombres se acodan en la barra y piden dos jarras grandes de ponche con mucho ron. Entre sorbo y sorbo, conversan sobre un programa informático para descifrar la escritura cuneiforme, y sobre los nuevos mapas para adentrarse en la geografía ignota de los códices mayas. A la segunda jarra, pasean la mirada por el batiburrillo que ocupa las repisas a espaldas del tabernero: entre botellas de brandy, ginebra y whisky, hay herrajes de galeones, cordajes y mascarones de proa, raíces esculpidas por la resaca, un catalejo y dos pistolones de chispa. Medio oculta tras una linterna sorda, el primer grafólogo descubre una botella verde que al parecer contiene un rollo de corteza.

La corteza abandona en sus manos un aroma verde: transpiración de la jungla. El hombre camina por la arena, saludando de vez en vez, buen día señor, buen día señora, hasta el extremo de la playa, donde se levanta su choza estival de eucaliptus jóvenes y hojas de cocotero en la techumbre. Con mucho cuidado, despliega la corteza sobre su mesa: dos tablones que rescató del Tornado, sobre cuatro tocones. Cuidando que se seque cada trazo antes de continuar, dibuja con tinte de bija su mensaje.

¿Un mensaje? No sé. Nunca lo he abierto. El tabernero les comenta que un niño halló la botella hace ya mucho entre los sargazos y las maderas arrojadas a la costa por una tormenta, y la cambió al coleccionista de naufragios por un puñado de chocolatinas. Los grafólogos la sostienen con cuidado, eliminan el polvo con una servilleta; comprueban que el rollo parece de corteza (abedul no es) (¿eucaliptus?) (qué va) (¿una planta tropical?), y solicitan permiso para abrir la botella, lacada con alguna resina vegetal que desconocen.

—Si la compran, es toda suya.

—Anótela en la cuenta.

Y comienzan a escamar la superficie de la resina con una cuchilla, intentando sacar trozos lo más grandes posibles, para enviarlos al laboratorio si fuera preciso.

Preciso es dibujar cada letra, cada contorno, cada signo. Los cinco pelos de puerco jíbaro que forman la mota del pincel tienen la manía de coger cada uno por su rumbo. Tarda dos horas en concluir la tarea, y calza la corteza con varias piedras, de modo que los vientos alisios sequen parejo la superficie. Una vez seca, lo comprueba con las yemas de los dedos y enrolla el pliego con sumo cuidado. Toma la única botella de vidrio que pudo salvar e introduce el rollo muy despacio para que no se quiebre al paso por la estrecha boca. Cuando su mensaje yace a buen recaudo en el frasco, se adentra en la floresta por un trillo que reabre todos los meses a filo de machete. La lujuria vegetal de la isla no tardará en cerrarlo.

Apenas los grafólogos despliegan la quebradiza corteza, asoma la silueta de una isla: el mapa ingenuo, casi medieval: las coordenadas roídas por el salitre, el dibujo naif de las montañas y la laguna, la toponimia de geógrafo amateur desdibujada por el tiempo. El escrito al pie del croquis los mantiene enfrascados durante diez minutos. El tabernero husmea el manuscrito, pero no entiende nada, porque está redactado en un idioma extraño, de caracteres suaves y redondos como oleaje de verano. Por eso no comprende la excitación repentina de los grafólogos, que se cubren con sus gabardinas y abandonan casi corriendo la taberna mientras protegen con mimo el rollo de corteza, porque afuera sigue diluviando. Como muchachos con juguete nuevo, se apresuran hacia el hotel con intención de regresar al continente en el primer vuelo de mañana.

La mañana concluye cuando el náufrago se acerca al gigantesco tornasol. A falta de una enciclopedia botánica, es el nombre con que ha bautizado a este árbol recto de corteza grisácea, cuya leche blanquísima adquiere en pocos minutos un rosa viejo, bermellón cuando cuaja, y rojo herrumbre a la semana. Sangra el tronco en una güira cortada y se apresura hacia la playa. Tiene que esperar unos minutos antes que la leche del árbol haya alcanzado la textura exacta, y lacra entonces con cuidado la boca de la botella. En cuatro o cinco días se endurecerá como madera, y habrá impermeabilizado totalmente su mensaje.

En el laboratorio de la universidad, el mensaje es fotocopiado, escaneado, descifrado signo por signo. Se analiza la tinta, los trazos del pincel, una espora que vagaba en el aire y fue capturada bajo la cola de una «a» minúscula. Las pruebas practicadas al rollo de corteza confirman las sospechas de los grafólogos quienes solicitan financiación a varios institutos, pero el interés científico y el interés presupuestario raras veces coinciden. La expedición no puede zarpar hasta la primavera siguiente, justo cuando la vegetación estalla en una isla solitaria, dejada quizás de la mano de Dios, pero no del Hombre.

El hombre cuenta las olas desde el acantilado. La quinta choca con la cuarta resaca. No alcanza jamás los colmillos de la costa. Regresa mar adentro y no recalará en ninguna playa de la isla. Repite el conteo varias veces, y cuando está bien seguro, lanza la botella en el momento justo. Después de unos instantes de zozobra, ve el punto verde a flote, extraviado en tanto azul. Y lo que le falta. La botella duda entre la tierra y el mar, pero la fuerza de las aguas no cree en indecisiones existenciales y la arrastra hacia el horizonte. El hombre despide a su mensaje desde el farallón y le desea feliz viaje.

El viaje de los grafólogos entre Sidney y Brisbane es monótono y lento, pero, por suerte, luminoso, con el mar siempre a estribor. En Brisbane zarpan hacia el este-sudeste. Barloventean entre Norfolk y el extremo noroeste de Nueva Zelanda. Cerca de Three Kings Island, ponen rumbo sur a través del estrecho pasadizo: East Key a estribor y la Fosa de Kermadec, madre de tsunamis y volcanes, a babor. Hacia el levante se extiende el gran desierto de agua y sal: el océano Pacífico. Peinan con cuidado el mar desde los 35 a los 40 grados de latitud sur y entre los 165 y los 170 grados de longitud oeste. A pocas millas del extremo sudeste del cuadrante, descubren al fin una isla con alturas máximas de dos mil cien metros. Si alguna isla coincidiera con el croquis, sería ésta.

La isla es apenas un recuerdo engullido por el horizonte cuando la corriente ecuatorial conduce la botella hacia el sur. Durante años traspone los más solitarios paralelos del planeta, siendo abandonada en las gélidas manos de la corriente austral, que la arrastra al sur de la Patagonia, y le permite franquear sin tocar puerto el estrecho de Magallanes. La botella atraviesa la planicie atlántica, avistando apenas la costa occidental de África, donde es descubierta de nuevo por la corriente ecuatorial que decide volverla al oeste, en dirección al golfo de México. Pero la botella evade los circuitos turísticos y deriva lentamente, desorientada por la estela de los barcos, hasta tropezar con unas pequeñas islas que se yerguen sobre vertiginosas simas marinas a lomos de la cordillera centro atlántica, la columna vertebral de la Tierra. Una tormenta la abandona cierta tarde en una playa meridional de Sao Jorge, cerca de Calheta. Encallada en la arena es descubierta por un niño adicto a las chocolatinas y al helado de fresa, para encallar por fin en una taberna de Ponta Delgada, en Sao Miguel, islas Azores, y ser descubierta por dos grafólogos adictos a los crucigramas históricos de la palabra.

La palabra asombro será la más recurrida en los cuadernos de campo de los grafólogos. Cuando desembarcan en la isla, la erosión ha borrado de la arenisca las huellas del cuchillo que muchas veces se afiló contra ella; el sabicú cimarrón vistió de corteza nueva su desnudez de dos palmos y la cicatriz en el enorme tronco del tornasol es tan tenue que jamás la distinguirán a simple vista. En la playa, asolados por algún huracán, yacen los restos de una choza: entre los troncos semienterrados en la arena hallan la cabeza oxidada de un martillo y dos monedas enmascaradas de verdín. Decepcionados ante la pobreza del yacimiento, algunos descreen ya de un largo viaje por tan poca cosa. Pero apenas se adentran en la jungla, comienzan a descubrir figuras tatuadas en los árboles y las piedras, troncos tallados hasta dos metros de altura, rocas cinceladas en obediencia a sus formas primigenias: siluetas de hombres y mujeres caminando, oteando el horizonte, sentados ante una mesa o recostados a la vera del río, disfrutando las mariposas que vuelan a golpes de trincha en los troncos circundantes, o el trino de los pájaros de piedra. En las laderas de una colina hay cientos de siluetas caminando, paseando del brazo, roturando la tierra, construyendo casas, haciendo el amor. Se multiplican hacia el interior de la isla, y ya son miles en las inmediaciones de la cueva: la boca, tallada a cincel como una puerta, se abre en un farallón rocoso donde frisos, columnas y tejado crean la ilusión de que una casa entera ha sido incrustada dentro de la montaña. En el gran salón, iluminado por una claraboya del techo, una verdadera multitud ocupa las paredes: comerciantes, tenderos, mendigos, niños jugando con aros de metal, caballeros sobre sus alazanes que se inclinan hacia las damas en sus carruajes, un titiritero, un escuadrón de soldados, un oso que danza al compás del caramillo. Y en el centro, recostado en amplia butaca de troncos, frente a una mesa de piedra, el esqueleto que preside la multitud como un venerable cabeza de familia. Apenas retiran de su mano derecha el rollo de pergamino, como si no esperara otra cosa, la osamenta se desmorona en silencio.

Esa misma noche, a la luz de la hoguera que los congrega en el centro de su campamento, los grafólogos descifran el manuscrito.

Después de varios días de búsquedas, comprueban que sólo un esqueleto y cuatro mil seiscientas dos siluetas, debidamente contabilizadas y fotografiadas, pueblan la isla. Poco queda por hacer. En una rústica caja entierran con toda ceremonia al señor de los Naufragios, y al despedir el duelo de quien olvidó consignar su nombre, los grafólogos leen una vez más, en voz alta, el mensaje que aquel hombre escribió cierto día de cierto año. Un mensaje escrito para nadie donde cuenta que no siempre naufragar es un naufragio, que la soledad es una sustancia engañosa y que no equivale, obligatoriamente, a la ausencia de compañía. Soledad, dice, es una palabra muy rara. A veces dan deseos de consolarla. He atisbado barcos en la distancia. A algunos les he hecho señales por costumbre. A otros, no, por precaución o por miedo. Y cuenta que si un día los hombres fabricamos a Dios, si rumiamos el tiempo como ninguna otra especie (herbívoros de eternidad), ¿por qué no poblar el tiempo? He encontrado en esta isla, dice, algunas respuestas para mis muchas preguntas, pero otras quedaron en el aire. Necesitaba compañeros de una sabiduría superior a mis escasas letras. No fui un dios cicatero o mandón. Me prodigué en miles de hombres y mujeres, atento a acomodarlos en el mundo como herreros, leñadores o maestros según la piedra o la corteza me dictara su mejor acomodo. Nunca pretendí regir sobre ellos. Los escuché en silencio durante horas, sabiendo que un buen dios debe ser mortal y falible. No sus criaturas. Si algún día llegan otros hombres a esta isla, confío en que aprendan a escucharlos.





Petróleo a la vista

11 04 2011

En la primavera de 1969 disfruté la mejor escuela al campo de mi vida: trabajando en los pozos de petróleo de Guanabo: torres de perforación y llaves inglesas XXL durante el día y chapuzón a la caída de la tarde. Ya por entonces era ampliamente conocida la leyenda urbana de los pozos secretos. Se trataba, supuestamente, de pozos perforados por compañías norteamericanas que habían descubierto en la Isla reservas fabulosas de crudo. Pero los pozos fueron sellados y se mantenían como parte de la reserva estratégica estadounidense, cuando aún no sospechaban la “reserva estratégica” que les deparaba el futuro.

Con el tiempo, supe que la leyenda era sólo eso, y que si un hada madrina petrolífera hubiera tocado a la Isla con su varita, el toque se le había desviado hacia el Golfo de México, pero a profundidades que, por entonces, eran técnicamente inaccesibles. De momento, el país seguiría produciendo en la costa norte petróleo pesado (de 10 a 12 grados API) y con alto contenido de azufre —75.000 barriles al día de gas y petróleo—, que cubre la mitad de sus necesidades y que sólo puede emplearse para la producción de electricidad y en algunas fábricas de cemento. Otros 90.000 barriles son importados diariamente de Venezuela en condiciones preferenciales.

En 1991, la producción de crudo en Cuba apenas llegó a las 500.000 toneladas. Hoy esa cifra se ha multiplicado por ocho, y la mayor parte de esa producción se explota en colaboración con empresas extranjeras. El paisaje de la Vía Blanca es hoy muy diferente al de 1969. En las torres de los pozos ondean banderas chinas, francesas, brasileñas, vietnamitas y canadienses, antes que les fueran cancelados sus contratos a Peberco y Sherrit.

Desde que en 1977 se crearon las zonas económicas exclusivas, tras la firma de tratados con México y EE. UU., Cuba disfruta de los derechos sobre una porción del golfo de México casi idéntica en extensión a la Isla.

En 1999, el país abrió a la exploración petrolera 112.000 kilómetros cuadrados de esa zona, divididos en 59 bloques. En el año 2000, Repsol contrató los derechos de los seis bloques más cercanos a las costas del noroeste de la isla. Rusia estudia explorar once bloques y China, ocho. También han sido invitadas a participar las compañías Hydro (Noruega), OVL (India), PDVSA (Venezuela), Petrovietnam, Petronas (Malasia) y Sonangol (Angola).  De modo que ya están bajo contratos de riesgo 22 de los 59 bloques disponibles para estas operaciones en aguas profundas (400-1.500 metros) y ultraprofundas (superiores a 1.500 metros).

La brasileña Petrobras se retiró a fines de 2010 porque los prospectos de la zona cubana «no compiten con los centenares de prospectos que ellos tienen» en su país, comentaron las autoridades cubanas. Aunque es interesante la fuerte inversión que está haciendo en el puerto del Mariel, base logística para las explotaciones en el golfo. Quizás, como aquellos astutos comerciantes de California, han decidido que otros busquen el oro mientras ellos los avituallan desde tierra firme.

En 2004, Repsol-YPF realizó un pozo de 600 metros de profundidad, a 28 kilómetros de la costa noroeste cubana, y encontró crudo «no viable comercialmente», aunque constató que era grande la perspectiva de reservas de alta calidad. Lo cual queda corroborado por la participación de Norsk Hydro, y por las declaraciones de José Noya, experto en el área de exploración de PDVSA, quien declaró al diario mexicano La Jornada que en la zona que se encuentra 100 kms al noreste de Cancún las «expectativas son grandes», dado que «la estructura detectada» se podría asociar al yacimiento mexicano de Cantarell.

Ahora Repsol-YPF ha acordado con el gobierno cubano realizar una perforación profunda desde una plataforma semisumergible, la Scarabeo 9, de alta tecnología, que se construyó a pedido en China por la compañía Saipem.

Una gran parte del equipamiento y del software de las plataformas modernas es norteamericano y, de acuerdo a las restricciones del embargo, no se puede usar en aguas cubanas ninguna plataforma que supere el 10% de componentes de ese origen. De modo que a Repsol, para decirlo en cubano, se la pusieron en China. Como la unidad de perforaciones submarinas SpA es de la compañía italiana Eni, las imposiciones del embargo están a salvo.

Tan pronto llegue la plataforma, a fines del verano, comenzará la perforación cuyos resultados mantienen a todo el sector a la expectativa. Y tras Repsol, ya hay cola para el uso de la plataforma en sus respectivos bloques por la petrolera malasia Petronas, la india ONGC Videshy, Petróleos de Venezuela, y otras.

¿De qué estamos hablando? Un estudio del Observatorio Geológico de EE.UU. estima que al norte de Cuba podría encontrarse una reserva de 4.600 millones de barriles de petróleo y 9,8 billones de pies cúbicos de gas natural. Reservas mayores que las de Colombia y similares a las de Ecuador, y quizás en la zona cubana del Golfo de México las reservas cuadrupliquen esa cifra, lo que colocaría a la isla cerca de las reservas norteamericanas.

Dado el consumo del país, ello lo convertiría en un notable exportador de petróleo, a 90 millas de las costas del mayor consumidor del mundo.

Al respecto, lo que más preocupa a algunos es que se produzca una producción acelerada sin respeto por las medidas de seguridad para evitar una catástrofe ecológica.

Aunque Statoil, Repsol, Saipem e Hydro tienen amplia experiencia en aguas profundas, los especialistas no confían en que las compañías de la India, Malasia y Venezuela sean tan rigurosas medioambientalmente, algo muy importante considerando los delicados hábitats y las zonas turísticas adyacentes. Manuel Marrero, especialista principal de Ministerio de la Industria Básica, ha declarado a IPS que «nosotros damos las mismas garantías que da la comunidad petrolera internacional, no menos». Y no hay razones para pensar que lo harán peor que BP. Si se encuentra petróleo de calidad y en cantidades explotables, no habrá Greenpeace que impida su extracción. En cualquier otro caso, las compañías serán responsables de los presuntos daños que ocasionen.

Otro aspecto esencial es la relación con el vecino del norte y la incidencia del petróleo en el embargo, que cumple ya medio siglo. EE.UU. podría ver plataformas petroleras donde ondearan banderitas cubanas, españolas, rusas y chinas a 80 km. de La Florida.

Un informe reciente de la Asociación Internacional de Contratistas Perforadores (IADC) que ha circulado en Washington reconoce que «es inevitable que Cuba explore y explote sus recursos de hidrocarburos en sus aguas, y sería benéfico tanto para la población de Estados Unidos como para la de Cuba que esto se haga adecuadamente». Aunque en 2006, cuando tuvo lugar en México una reunión entre autoridades cubanas y ejecutivos petroleros estadounidenses, el Departamento del Tesoro de Estados Unidos insistió en que los cubanos fueran sacados del hotel de una cadena norteamericana en el que se hospedaban, hoy una delegación de la IADC, con base en Houston, ha sido autorizada a visitar La Habana. Muestra de que el petróleo, aún en perspectiva, hace amigos. Hay en Washington un incesante cabildeo de las Asociaciones de Proveedores de Equipo Petrolero (PESA), que incluyen a Halliburton, Fluor y Bechtel, para promover una nueva ley energética que permita contactos industriales con Cuba.

Frank Calzon, director ejecutivo del Centro por una Cuba Libre, advierte que «las compañías estadounidenses necesitan tomar en cuenta que los intereses de los negocios no necesariamente son los intereses de la nación». «El régimen cubano está llegando a su fin, y no cabe duda que están en su última fase y creo que es el peor momento posible para invertir». Pero en la contabilidad de los petroleros, el petróleo fluye y podría escaparse, mientras el castrismo es pétreo. Por eso Jorge Pinon, cubano y ex presidente de Amoco Oil Latinoamérica, asegura que “si alguna de esas perforaciones se saca la lotería y descubre reservas sustanciales, la presión en Washington será tal que veremos cómo se desbarata el embargo, al menos en lo que concierne a la industria petrolera». Claro que teniendo la baza del petróleo, Cuba podría exigir aperturas mayores, en particular, el desbloqueo del turismo a la Isla, conseguido lo cual, el embargo sería superfluo.

Las cordiales reuniones periódicas entre militares cubanos y norteamericanos en la base naval de Guantánamo demuestran que los tres puntos clave de las relaciones Cuba-EE. UU. no son los derechos humanos, sino la seguridad militar, el narcotráfico y la emigración descontrolada. En los dos últimos aspectos hay acuerdos y trabajo conjunto. La amenaza militar se ha ido afantasmando en la medida que las fuerzas armadas cubanas, al perder su base logística, se han contraído hasta una milicia sin la capacidad global de otros tiempos. A esto se suma ahora el petróleo, y para la irrupción de las empresas norteamericanas no se invocarán razones económicas, sino ecológicas: garantizar al público norteamericano la seguridad de esas prospecciones.

De modo que no será la presión internacional, ni los comités de solidaridad con Cuba, ni las votaciones en la ONU, ni un millón de discursos los que abolirán el embargo, sino una sustancia negra y pestilente que los antiguos tenían en poca estima y usaban apenas para calafatear sus naves.

¿Qué puede significar esto para el pueblo cubano?

Todos conocemos lo que ocurrió cuando el desmembramiento de la Unión Soviética privó a Cuba de 255.000 barriles de petróleo por día en términos preferenciales. También sabemos el grado de dependencia que suponen los 90.000 barriles diarios desde Venezuela —y su precariedad: los opositores ya han anunciado que cancelarán este acuerdo si logran desbancar a Chávez—. De modo que la independencia energética sería también la independencia económica del raulismo. Ahora bien, aquí hay que calcular los plazos.

Se prevé que se realicen cinco pozos escalonados hasta 2013 y, en caso de que fueran promisorios, pasarán no menos de cinco años, y posiblemente ocho, hasta que se estabilice una producción que redunde seriamente en la economía de la Isla. Hablamos de 2018 o 2021. Más o menos rápido en la medida que se levante el embargo y las empresas norteamericanas participen en el negocio.

Si el maná del petróleo hubiera ocurrido en los años 60, cuando Fidel Castro aspiraba a convertirse en el Comandante en Jefe de la Revolución mundial, esta inyección de petrodólares habría costado al planeta cientos de revoluciones (justificadas o no) y millones de muertos. El cheerleader de la política mundial —escandaloso, pintoresco, acrobático, pero no decide el partido— habría pasado a ser el base del equipo. La caballería lapona sobre sus renos se habría alzado contra el imperialismo noruego, los esquimales habría declarado la República Popular de Groenlandia, Danny de Vito y Michael Moore se habrían alzado en las Rocallosas. Los cubanos seguirían comiendo por la libreta, mientras la nómina de guerrillas patrocinadas daría la vuelta a la Isla. Pero, en 2018, Fidel Castro cumplirá (si los cumple) 92 años, y en 2021, 95. No creo que las fuerzas le den para algo más que dictar sus “Riflexiones” en Cubadebate. Raúl Castro andará por los 87 y los 90, respectivamente, y su bebida predilecta no es la revolución universal.

Una gruesa inyección de petrodólares podría traer a los cubanos beneficios y maleficios. Si ocurriera antes de una transición democrática, y el gobierno fuera lo suficientemente inteligente para ofrecer pan y circo, la perspectiva de un estado de derecho se alejaría hasta más allá del horizonte. Las petronaciones, con alguna excepción (Noruega y Noruega) son sultanatos con élites obscenamente ricas y un pobrerío (en el mejor de los casos) subvencionado. Aparecerían petrogenerales, jeques verde olivo al mejor estilo pos soviético. Posiblemente, se alejaría la perspectiva de que Cuba se convierta en una narcorepública, algo nada descartable dados el clima y la cercanía al primer consumidor de petróleo y marihuana (a los yanquis les van todos los combustibles) y, siendo optimistas, un boom de las construcciones y los servicios redundaría favorablemente en la economía individual. Dependerá de si en la carrera por la sucesión triunfan los generales o los tecnócratas.

Si la felicidad es ese estado en que un hombre puede ser lo que consiga con sus talentos y su esfuerzo, sin que medien coyundas, a menos que llegue antes la democracia que el petróleo, se acercará el pan a la mesa en la misma medida que se alejará la felicidad.

 

“Petróleo a la vista”; en: Cubaencuentro, Madrid, 11/04/2011. http://www.cubaencuentro.com/cuba/articulos/petroleo-a-la-vista-260361





Roberto González Echevarría: Una fiesta cubana

10 03 2011

El presidente de EE.UU., Barack Obama, acaba de condecorar con la Medalla Nacional de las Humanidades al profesor cubanoamericano de Literatura Comparada Roberto González Echevarría. En su discurso de entrega, Obama anotó que “su obra seminal, Myth and Archive: a Theory of Latin American Narrative, es uno de los trabajos académicos más citados en la literatura en español». Por su parte, Harold Bloom ha dicho de Roberto que es “el crítico vivo más importante de la literatura hispánica, tanto del viejo como del nuevo mundo”. Afirmaciones avaladas por obras como Calderón y la crítica (1976), Alejo Carpentier: The Pilgrim at Home (1977), Isla a su vuelo fugitiva: ensayos críticos sobre literatura hispanoamericana (1983), The Voice of the Masters: Writing and Authority in Modern Latin American Literature (1985), reeditada en español por Verbum (2008); La ruta de Severo Sarduy (1986), Celestina’s Brood (1993), con su edición en español a cargo de Colibrí; The Pride of Havana: A History of Cuban Baseball (999), que ganó el primer Dave Moore Award, publicado en español también por Colibrí (2006); Crítica práctica/Práctica crítica (2002), y Love and the Law in Cervantes (2005), editada en castellano por Gredos (2008), entre otros. Colaborador habitual del New York Times Review of Books, The Wall Street Journal, The Village Voice, The Nation y USA Today, a sus cientos de artículos se suman ediciones críticas de obras de Sarduy y Carpentier. Coordinó la monumental Cambridge History of Latin American Literature (1996), publicada en español por Gredos, y ha sido además el editor del Oxford Book of Latin American Short Stories (1997). No es raro entonces que haya recibido doctorados Honoris Causa por la Colgate University (1987), la University of South Florida (2000), y Columbia University (2002), que fuera electo en 1999 a la American Academy of Arts and Sciences, y que le hayan rendido sendos homenajes la Universidad de Puerto Rico, Arecibo (2002) y la revista Encuentro de la Cultura Cubana (2004).

Hablar con Roberto es siempre un placer, por lo que dice y por cómo lo hace, en esa norma del cubano culto que aprendió en su casa y reafirmó después gracias a su relación de trabajo con Juan José Arrom, de modo que sus respuestas a mis preguntas serán otras Cuban fiestas, el título de su último libro, publicado en 2010.

 

En tus inicios, como tú mismo has afirmado, andabas “metido hasta la coronilla en Lévi-Strauss y Roland Barthes y lo que empezaba de Derrida”. Te fascinaba quizás el estructuralismo y otras herramientas de análisis. El carpintero mide, corta y ensambla las piezas. El ebanista emplea las mismas herramientas, pero ha rebasado la fase instrumental. Su instinto estético prima sobre las herramientas y los protocolos. En tu caso, creo que el lector ha vencido al crítico. Un lector cómplice y atento que, para nuestro bien, nos cuenta sus lecturas desde un plano superior, nos revela secretos que nosotros, los simples lectores, pasamos por alto o, en el mejor de los casos, apenas intuimos. En ese sentido, creo que tu formación norteamericana aprehendió los métodos, y, al cabo, tu cubanía (o tu carácter mediterráneo, si se quiere) impuso sobre ellos la intuición, la sensibilidad, el placer de la lectura inteligente y enterada. ¿Lo sientes así o son figuraciones (esa deliciosa palabra del cubaneo oral) mías?

RGE: Muchos se dejaron deslumbrar por la crítica francesa y terminaron escribiendo lo que suena como parodias de Barthes, Derrida, Lacan, etc.  Yo, que viví inmerso en lo francés desde muy joven, e incluso conocí y hasta fui colega de algunas de esas figuras (es el caso de Derrida), aprendí de todas ellas pero preferí hacer una síntesis propia, sin abandonar nunca la filología, es decir, la historia literaria.  Lo que el contexto norteamericano me dio —De Man, Bloom, Hartman, Abrams— fue el apego a lo concreto y el afán de escribir claro y bien.  Todos ellos fueron maestros y luego colegas míos.  Siento, además, una profunda admiración por Auerbach y Curtius, a quienes leo en traducción inglesa, por supuesto, porque mi alemán no da para tanto.  Creo, además, en la intuición, en el insight de que hablaba De Man, que viene no se sabe de dónde, pero es como un chispazo de comunicación subconsciente con el texto leído.

 

Has afirmado que “resistir a Lezama puede equivaler a resignarse a no entenderlo, a quedarse fuera de la fiesta del todo. Tomar distancia irónica de su discurso es como una profanación. Además, ¿desde qué perspectiva inexpugnable puede mirarse a Lezama con un desapego irónico que no se constituya en otra fe tan arbitraria como la de él, aunque sea nihilista? (…) he tratado de (…) aislar y comprender un tópico recurrente en Lezama, pero, como ocurre hasta con el más nimio detalle de su obra, separarlo sin arrastrar con él todo el conjunto de ésta resulta imposible”. Creo que esa inmersión en los textos que analizas, lejos de la frialdad crítica como cirugía, se da en toda tu obra, sea sobre la literatura del Siglo de Oro, sobre Carpentier o Sarduy, y eso, a mi juicio, te distingue de la historiografía y la crítica literaria norteamericana. ¿O no es tan así como yo pienso?

RGE: Yo aprendí también de los New Critics norteamericanos, que analizaban los textos minuciosamente, y también de Leo Spitzer, otro que sabía desmenuzar una obra a partir del estudio detenido de lo que podría parecer una minucia.  Además, leí mucho y admiré a sus discípulos dantistas como Singleton, y en especial Freccero, que fue uno de mis maestros.  En Yale fui alumno de Gustavo Correa, un colombiano que había estudiado con Spitzer en Johns Hopkins.

 

En “La fiesta en Lezama” has hablado de la importancia de la fiesta en la literatura latinoamericana y, en particular, en el mundo lezamiano, cubano, habanero. Has hablado también del amor y la ley en Cervantes y en toda la literatura del Siglo de Oro, y de cómo esa tensión generó un mundo dramático, contradictorio y burlesco que, a su vez, tuvo merecida respuesta en una gran literatura. ¿Cómo se ha comportado, desde tu punto de vista, la relación entre la fiesta, el amor y la ley en la sociedad cubana del último medio siglo? ¿Ha generado una literatura en consonancia?

RGE: Cuba ha sufrido el peso de la ley implacable e ilegítima y ha impuesto la fiesta no sólo vigilada, como diría Ponte, sino obligada; todos esos mítines multitudinarios en que los cubanos son sometidos a la implacable voz de la dictadura.  En mi último libro, Cuban fiestas, dedico unas páginas, al final, a ese fenómeno, que equiparo a los mítines de Nurenberg (Hitler) y la Plaza Venezia (Mussolini).

 

El análisis de Carpentier y tu trato con el autor han sido una de tus primeras obsesiones críticas, y tu obra ha modulado el modo en que releemos a Carpentier. Aunque sigue siendo uno de los tótems de la literatura cubana y latinoamericana de todos los tiempos, noto un desapego de las nuevas generaciones de autores cubanos por su obra, todo lo contrario de lo que ha ido sucediendo con el universo lezamiano, en ocasiones más citado que leído. ¿A qué atribuyes ese giro?

RGE: Los altibajos de la popularidad de Carpentier entre los jóvenes no tienen nada significativo.  Ocurre con muchos grandes escritores, y Carpentier lo fue.  Puede deberse a esa ansiedad o angustia de la influencia de que habla mi querido amigo Bloom.  Entre los cubanos, Carpentier tuvo un tremendo impacto sobre Arenas (el rechazo es una forma de influencia) y Benítez Rojo, y sin Carpentier no habría ni Fuentes ni García Márquez.  El servilismo de Carpentier con el régimen cubano fue vergonzoso.

 

Han pasado siete años desde que publicaste “Oye mi son: el canon cubano”, que en su día levantara controversias en torno a inclusiones y exclusiones, aunque tú aclaraste en todo momento que era tu canon, no el canon, y que tu actitud hacia el propio canon “es ambivalente”. Visto lo visto, tras siete años de lluvia literaria y sus relecturas, ¿algo que añadir, anotar o eliminar en aquel texto? ¿O se mantiene intacto?

RGE: Nada se mantiene intacto.  Escribí ese ensayo para sacudir la mata, a sabiendas de que habría críticas y sensibilidades heridas.  Además, vivir fuera de Cuba, no pertenecer a ninguna camarilla, y mucho menos a la oficial, me da una libertad que gozo y aprovecho.  Me criticaron la exclusión de Piñera entre los grandes, y recuerdo tener una discusión en París o Madrid con Jorge Luis Arcos sobre él.  Mi respuesta es, ¿dónde están El reino de este mundo o Los pasos perdidos de Piñera?  ¿Dónde su Paradiso?  Entiendo su valor, y la entereza de su rebeldía, pero la literatura se hace con grandes obras.  Escribo ahora una secuela a ese ensayo mío que se va a concentrar en la literatura cubana fuera de Cuba.

 

Entrevistarte para Cubaencuentro me lleva a una pregunta inevitable: ¿Cómo ves el estado actual de la literatura cubana y sus perspectivas? Y conste que, como tú nos has mostrado, la literatura cubana es más que la que se escribe en la Isla o en cualquier lejanía, y en la que yo incluiría la literatura cubana de fronteras (entre distintas lenguas, distintas sensibilidades culturales y perspectivas geográficas).

RGE: La cultura visible en Cuba, la que el régimen promueve, es un desastre.  Sobre la de afuera vas a tener que esperar a mi próximo ensayo.

 

Eres un incondicional (teórico y práctico) de la pelota, te has sacado la licencia de piloto y ejerces el análisis literario con una maestría fuera de dudas. Del béisbol nos fascinan esas jugadas precisas, rapidísimas, que permiten robar una base, sacar un doblepley o impulsar dos carreras gracias a un hit bien colocado a ras de suelo. Desde la distancia (histórica, física) y desde el aire, se ven cosas que a ras de suelo (o de cotidianidad, o de cercanía) muchas veces no se aprecian. ¿Encuentras vínculos, vasos comunicantes, entre tus tres pasiones? ¿Se agolpan unas a otras y por eso no te matan?

RGE: Tus palabras finales las tomas de una conocida canción.  El béisbol se nutre de mi nostalgia, y el arrepentimiento de la oportunidad que tuve que pasar de llegar a jugarlo profesionalmente.  La aviación, que practico hace 25 años, es un reto porque pone a prueba mi capacidad física e intelectual para realizar maniobras muy precisas y exigentes. Debe haber un flirteo con la muerte además.

 

“Roberto González Echevarría: Una fiesta cubana”; en: Cubaencuentro, Madrid, 10/03/2011. http://www.cubaencuentro.com/entrevistas/articulos/roberto-gonzalez-echevarria-una-fiesta-cubana-257873





(In)constitucionales

20 01 2011

La relación de Fidel Castro con la Constitución de la República ha sido siempre la del maltratador con la mujer sumisa. En La historia me absolverá, le juró amor eterno a la Constitución de 1940, pero el 7 de febrero de 1959, 30 días después de su entrada triunfal en La Habana, la sustituyó por la Ley Fundamental de la República, que disolvía el Congreso y el Senado, de modo que los poderes legislativos pasaran al Consejo de Ministros. La Ley Fundamental consagraba los derechos individuales y la Declaración Americana de Derechos y Deberes del Hombre, aunque las disposiciones transitorias de la misma ley los fueron derogando, de hecho, uno a uno. Modificó drásticamente el Código de Defensa Social y la Ley de Enjuiciamiento Criminal y al añadir el “delito contrarrevolucionario”, sancionado incluso con la pena de muerte, que fue reimplantada, convirtió el enjuiciamiento en un proceso sumario sin garantías para los acusados. La Constitución a la que juró amor eterno era ya una señora apaleada e irreconocible.

Diecisiete años más tarde, el 15 de febrero de 1976, el 97,7% de los electores aprobó una constitución a medida que hacía explícito su liderazgo y la amistad con la Unión Soviética. Único caso que conozco de una constitución nacional que mencione a otro país en sus cláusulas. Amistad que fue derogada en la Ley de Reforma Constitucional del 12 de julio de 1992, cuando la Unión Soviética ya se había esfumado en un suspiro de perestroika y glasnost. Otra Ley de Reforma Constitucional del 26 de junio del 2002, sancionó “el carácter irrevocable del socialismo y del sistema político y social revolucionario”, hasta que la muerte nos separe.

Mientras leía el nuevo Proyecto de Lineamientos de la Política Económica y Social (http://www.cubadebate.cu/wp-content/uploads/2010/11/proyecto-lineamientos-pcc.pdf), me pregunté si el maltrato a la Constitución sería cosa del Castro mayor o una tradición familiar, en cuyo caso el raulismo podría haber obviado la constitucionalidad (o no) del Proyecto.

En el Artículo 9 de la Constitución en su última versión de 2002 que cualquiera puede consultar en el sitio del MINREX, se lee que “El Estado (…) afianza la ideología y las normas de convivencia y de conducta propias de la sociedad libre de la explotación del hombre por el hombre”. El Artículo 14 apostilla que “rige el sistema de economía basado en la propiedad socialista de todo el pueblo sobre los medios fundamentales de producción y en la supresión de la explotación del hombre por el hombre”, así como el principio de distribución socialista «de cada cual según su capacidad, a cada cual según su trabajo», de modo que perciban “salario igual por trabajo igual” (Artículo 43). Y en el Artículo 21 “se garantiza la propiedad sobre los medios e instrumentos de trabajo personal o familiar, los que no pueden ser utilizados para la obtención de ingresos provenientes de la explotación del trabajo ajeno”. Además, “Todo el que trabaja tiene derecho al descanso, que se garantiza por la jornada laboral de ocho horas, el descanso semanal y las vacaciones anuales pagadas” (Artículo 46). ¿Garantizará el Estado que todo trabajador del sector privado tenga descanso semanal y un mes de vacaciones retribuidas?

De modo que los nuevos Lineamientos Generales de la Política Económica y Social (LGPES), al autorizar la propiedad privada sobre los medios de producción y la contratación de empleados (Acápite 5 y Gaceta Oficial 11 y 12 de 2010), elimina la explotación del trabajador como monopolio del Estado y “restaura” la “explotación del hombre por el hombre”. Dado que en la libre contratación de asalariados, el empleador y el empleado acuerdan una retribución al margen del Estado, éste no puede garantizar (en realidad, no lo ha garantizado nunca) que se cumpla el principio de distribución socialista «de cada cual según su capacidad, a cada cual según su trabajo». Algo que se aclara en el diario Granma del 10 de diciembre del 2010 (p.3, http://www.asanac.gov.cu/ASANAC/noticias/preguntas%20y%20respuestas.htm): “Para todos los casos, lo que el titular de la actividad pague al trabajador contratado, es lo que ambos acuerden y no existe límite alguno al respecto”.

Incluso dentro del sector estatal, aunque el acápite 156 de los Lineamientos apuesta por que “cada cual reciba según su trabajo”, el 157 prioriza “la aplicación de los incrementos salariales a los puestos de trabajo que generan ingresos en divisas o produzcan ahorro de las mismas; la producción de alimentos y otros bienes de consumo indispensables y el desarrollo del proceso inversionista”.

En el Artículo 45 de la Constitución se lee que “El trabajo es remunerado conforme a su calidad y cantidad; al proporcionarlo se atienden las exigencias de la economía y la sociedad, la elección del trabajador y su aptitud y calificación; lo garantiza el sistema económico socialista, que propicia el desarrollo económico y social, sin crisis, y que con ello ha eliminado el desempleo y borrado para siempre el paro estacional llamado «tiempo muerto». Que una Constitución reescrita en 1992 y 2002, en pleno Período Especial, mantenga la frase “sin crisis” parece un ejercicio de humor negro. Tampoco se “ha eliminado el desempleo”, dado más de un millón de trabajadores serán despedidos en condiciones que lanzarían a la calle a cualquier sindicato del mundo, dado que “El trabajador disponible que no pueda ser reubicado cobre el salario de un mes, después de lo cual se procede a terminar la relación laboral” (Resolución 35/2010 Reglamento para el tratamiento laboral y salarial aplicables a los trabajadores disponibles e interruptos. Artículo 17, p. 75). En el mejor de los casos, el trabajador que acredite más de 30 años de servicio, cobrará el 60% del salario básico hasta un máximo de 5 meses. Ni se ha “borrado para siempre el paro estacional llamado «tiempo muerto», ya que “En las unidades organizativas donde existan actividades laborales de temporada o estacionales, se elaborarán las plantillas para los períodos de menor nivel de actividad”. (Resolución 36/2010. Reglamento sobre la elaboración, aprobación y control de las plantillas de cargos. Capítulo II Artículo 9, p. 83). Si esto no es tiempo muerto, el Período Especial tampoco es crisis, ni “terminar la relación laboral” es un despido.

Según la Constitución, Artículo 39, “El Estado mantiene un amplio sistema de becas para los estudiantes y proporciona múltiples facilidades de estudio a los trabajadores a fin de que puedan alcanzar los más altos niveles posibles de conocimientos y habilidades”. El Artículo 9 afirma que el Estado garantiza “que no haya joven que no tenga oportunidad de estudiar”, y que todos los ciudadanos disfruten “de la enseñanza en todas las instituciones docentes del país, desde la escuela primaria hasta las universidades, que son las mismas para todos” (Artículo 43). Y el Artículo 51: “Todos tienen derecho a la educación. Este derecho está garantizado por el amplio y gratuito sistema de escuelas, seminternados, internados y becas, en todos los tipos y niveles de enseñanza (…) Los hombres y mujeres adultos tienen asegurado este derecho, en las mismas condiciones de gratuidad y con facilidades específicas que la ley regula”. Pero en los nuevos Lineamientos leemos que se tendrá que “Reordenar gradualmente la red escolar, mantener en la enseñanza media y media superior el mínimo indispensable de estudiantes internos y disminuir los gastos por conceptos de transporte, alimentación y base material de vida” (136), “Ajustar los niveles de actividad en la educación primaria, teniendo en cuenta la situación demográfica (137). Y el acápite 142 especifica que “las condiciones que se creen para que los trabajadores puedan estudiar son bajo el principio de que debe ser a cuenta del tiempo libre del trabajador y a partir de su esfuerzo personal”. De modo que ni habrá “amplio sistema de becas”, sino el “mínimo indispensable”, ni “múltiples facilidades de estudio a los trabajadores”, la “oportunidad de estudiar” ya no será tan absoluta al “disminuir los gastos” y “ajustar los niveles de actividad”.

El mismo Artículo 39 de la Constitución habla de “fomentar y desarrollar la educación artística”, mientras el Acápite 153 de los Lineamientos habla de “Racionalizar la enseñanza artística”.

Dice la Constitución en su Artículo 103, que “Las Administraciones Locales que estas asambleas constituyen, dirigen las entidades económicas, de producción y de servicios de subordinación local”. Según el acápite 35 de los Lineamientos, en cambio, “Los Consejos de la Administración Provinciales y Municipales cumplirán funciones estatales y no intervendrán directamente en la gestión empresarial”.

El Artículo 61 de la Constitución asegura que “Las leyes penales tienen efecto retroactivo cuando sean favorables al encausado o sancionado. Las demás leyes no tienen efecto retroactivo a menos que en las mismas se disponga lo contrario por razón de interés social o utilidad pública”, de modo que ahora, cuando se autorizan nuevas actividades económicas por cuenta propia, deberían ser excarcelados los prisioneros por esas causas y les tendrían que ser devueltos sus casas, vehículos y bienes incautados.

El hecho de que los Lineamientos sean inconstitucionales en lo que se refiere a la propiedad privada, los medios de producción, la contratación, el desempleo y el tiempo muerto, la educación, la funciones del Poder Popular, etc., se ajusta a una vieja tradición del castrismo. Según el Artículo 43 de la Constitución, todo cubano, sin distinción, tiene derecho a ascender en todas las jerarquías civiles y militares, a atenderse en todas las instituciones de salud, vivir en cualquier sector, zona o barrio de las ciudades y alojarse en cualquier hotel, ser atendidos en todos los establecimientos de servicio público; hacer uso de “los transportes marítimos, ferroviarios, aéreos y automotores” y disfrutar de los mismos establecimientos turísticos, deportivos y culturales. De acuerdo con lo anterior, es inconstitucional desde hace medio siglo que un cubano no sea promovido por razones políticas, que se le niegue la residencia en cualquier sitio del país, el acceso a cualquier establecimiento de cualquier tipo o a ser atendido en una clínica de la nomenklatura, como el CIMEQ, que no pueda hacer uso de cualquier medio de transporte, incluso una embarcación de las que alquilan los turistas.

También deberíamos sobreentender que en Cuba la correspondencia y cualquier otra comunicación son inviolables (Artículo 57), como la integridad de los detenidos (Artículo 58), sobre quienes no se ejercerá violencia ni coacción, garantizando su derecho a la defensa (Artículo 59). Existiría en el país derechos de reunión, manifestación y asociación, derecho irrestricto a la iniciativa y a la crítica (Artículo 54), y libertad de palabra y prensa, claro que “conforme a los fines de la sociedad socialista” (Artículo 53). Y deberíamos preguntar a muchos gobiernos latinoamericanos y africanos por el Artículo 12, según el cual el gobierno cubano “repudia la intervención directa o indirecta en los asuntos internos o externos de cualquier Estado”. O preguntar al millón de personas sin hogar propio por el Artículo 9, según el cual el Estado “trabaja por lograr que no haya familia que no tenga una vivienda confortable”.

La inconstitucionalidad no se limita a los once millones de cubanos que residen en la Isla. Alcanza a los dos millones de exiliados. Si, como reza el Artículo 32, “No se admitirá la doble ciudadanía. En consecuencia, cuando se adquiera una ciudadanía extranjera, se perderá la cubana”, es inconstitucional no aceptar otra ciudadanía adquirida por un cubano de la diáspora y mantener la anterior sólo para venderle un pasaporte a sobreprecio. A lo que se añade una nueva violación: si ese cubano está obligado a conservar su ciudadanía, ¿por qué no se le conservan sus derechos, dado que según el Artículo 132, “Tienen derecho al voto todos los cubanos, hombres y mujeres, mayores de dieciséis años de edad”, excepto los incapacitados mentales y “los inhabilitados judicialmente por causa de delito”? ¿Marcharse de la isla es una locura o un crimen?

Obviamente, la relación de maltrato con la constitución doméstica no es una exclusiva del Castro mayor, sino un asunto de familia. Dicen los sicólogos que los niños, cuando crecen, reproducen los comportamientos que observaron en su casa.

Según Marx y Engels, a quienes la Constitución de la República menciona, el socialismo científico «sustituye la propiedad privada de los medios de producción por la propiedad colectiva [colectiva, no estatal], instaura la dictadura del proletariado para poder realizar esta tarea y lanza las bases para una sociedad superior basada en la abundancia, la igualdad social y el pleno desarrollo del individuo». De acuerdo con esta definición, en la Cuba del último medio siglo no ha habido socialismo, sino un capitalismo de Estado, sultanato, monarquía verde olivo, donde el proletariado no dicta nada. Incluso si aceptáramos que es socialismo ese régimen de monopolio estatal sobre los medios de producción, tendríamos que redefinir lo que se aproxima. Cuando la cuarta parte de la población activa pasa al sector privado, a los que se suman los pequeños agricultores y los arrendadores del 50% de las tierras incultas, más los inversionistas extranjeros, puede que en un futuro próximo el Estado no llegue a controlar ni el 50% de la economía nacional. En esas circunstancias, ni siquiera la Asamblea Nacional del Poder Popular podría modificar la Constitución para ajustarla a las nuevas realidades, como señala el Artículo 137, porque en éste se especifica que esas potestades no incluyen “lo que se refiere al sistema político, social y económico, cuyo carácter irrevocable lo establece el artículo 3 del Capítulo I”. De modo que de no introducir en la Constitución cambios sustanciales, los Lineamientos serían inconstitucionales. Y no bastaría la dócil Asamblea Nacional, porque “Si la reforma se refiere a (…) derechos y deberes consagrados en la Constitución, requiere, además, la ratificación por el voto favorable de la mayoría de los ciudadanos con derecho electoral, en referendo convocado al efecto por la propia Asamblea”. (Artículo 137). Si se introdujeran, el cambio afectaría la médula de eso que llaman socialismo irrevocable, en cuyo caso, como también señala el Artículo 3, “Todos los ciudadanos tienen el derecho de combatir por todos los medios, incluyendo la lucha armada, cuando no fuera posible otro recurso, contra cualquiera que intente derribar el orden político, social y económico establecido por esta Constitución”.

 

“(In)constitucionales”; en: Cubaencuentro, Madrid, 20/01/2011. http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/in-constitucionales-254096





¿Un chino porvenir?

19 01 2011

El 3 de julio de 1941, después de diez días sumido en un estupefacto silencio, Stalin hizo su primer llamamiento a la defensa del país. No se dirigió a los comunistas, ni siquiera a los ciudadanos soviéticos. “¡Camaradas!, ¡Ciudadanos! ¡Hermanos y Hermanas! ¡Hombres de nuestro Ejército y nuestra Marina!. ¡Me dirijo a vosotros, mis amigos!” era el encabezamiento de su discurso.  Tras las purgas, los asesinatos y el Gulag, dirigirse a sus partidarios o a los comunistas en general habría rebajado la capacidad de convocatoria. Tampoco llama a la defensa del comunismo, del socialismo o del estalinismo, palabras cuidadosamente omitidas. Su llamamiento explica que esta guerra “por la libertad de nuestro país se mezclará con la de los pueblos de Europa y América por su independencia, por las libertades democráticas. Será un frente unido de pueblos defendiendo la libertad y contra la esclavitud”.  Homologa la lucha de los rusos con la del resto de Europa y América en nombre de una libertad y una democracia de la que los rusos carecían, y contra la esclavitud que, sin dudas, impondrían los nazis. Basta un análisis lexicográfico elemental para detectar la intencionalidad política del discurso, y cómo, en una situación de vida o muerte, se han evitado escrupulosamente las palabras que vertebraban la retórica clásica del estalinismo.

Durante el último cuarto del siglo XX, se puso de moda entre algunos lingüistas la Lexicometría, el análisis estadístico de los textos, que aún emplean los servicios de inteligencia, los programas para la interceptación de mensajes y conversaciones, y algunos filólogos que aspiran a dotar al análisis textual de cierta probidad matemática. Y, sin dudas, cuando se trata de analizar un texto no literario puede arrojar interesantes resultados que, desde luego, deberán ser corroborados (o no) por el análisis de significados.

Aunque el título no invita, he leído con atención el Proyecto de Lineamientos de la Política Económica y Social (http://www.cubadebate.cu/wp-content/uploads/2010/11/proyecto-lineamientos-pcc.pdf) publicado por el gobierno cubano a fines el año pasado, y ha sido sumamente instructivo. En la parte introductoria podemos leer que “Sólo el socialismo es capaz de vencer las dificultades y preservar las conquistas de la Revolución”, y que “en la actualización del modelo económico, primará la planificación y no el mercado”. Se aclara que “el socialismo es igualdad de derechos e igualdad de oportunidades para todos los ciudadanos, no igualitarismo”, aunque ello parafrasea la constitución estadounidense. Tras esa introducción, esperamos la inflamada retórica habitual donde la economía se supedita a la política. Si practicamos el experimento lexicográfico a ver qué texto nos espera, el resultado es, cuando menos, curioso.

La palabra “patria” no se menciona, y las palabras “revolución” y “socialismo” sólo aparecen dos veces en 32 páginas. Aunque el título habla de política económica y social, la palabra “ciudadano” aparece sólo dos veces y 16 la palabra “inversionista”; “derechos”, una vez; “obligaciones”, 4, y los términos recaudatorios: “tributario” o “impositivo”, 6. “Satisfacer las necesidades de la población” se menciona una vez, el término “necesidades”, 4, y 13 veces la palabra “consumo”. En cambio, “capital”, o “capitalización” aparecen en 15 ocasiones. ¿Qué capital? “Pesos cubanos”, 3; “pesos convertibles”, una, y “divisas”, 10. “Internacional” se repite 26 veces, contra 23 “nacionales” y, al menos en el papel, las 40 “exportaciones” superan a las 38 “importaciones”. Aunque en la Cuba futura primará la “planificación”, palabra que aparece 13 veces, sobre el “mercado”, esta última se repite en 27 ocasiones, a una por página, o casi.

Con estos antecedentes, nos adentramos en el texto que empieza culpando de la situación actual a la crisis mundial, la pérdida del 15 % en el poder de compra de las exportaciones entre 1997 y 2009, el bloqueo, desde luego; los huracanes y la sequía, aunque reconoce “baja eficiencia, descapitalización de la base productiva y la infraestructura”, el déficit de la balanza de pagos, y el elevado monto de los vencimientos de la deuda, así como “las tierras todavía ociosas, que constituyen cerca del 50 %”. Quienes dirigen la economía cubana desde 1959, cuando era solvente, sin deuda y con una balanza de pagos favorable, no son culpables de su descalabro, sino el pueblo, envejecido y estancado en su crecimiento poblacional, habituado a gratuidades, subsidios y paternalismo estatal que ahora serán erradicados. También se impone “incrementar la productividad del trabajo, elevar la disciplina y el nivel de motivación del salario y los estímulos”, pero tampoco se aclara quién los desestimuló en su momento.

Lo primero que llama la atención es el énfasis relativo. Aunque se anuncia la intención de “preservar las conquistas de la Revolución”, el documento dedica tres páginas a las políticas sociales y el resto a las políticas económicas, con un acento especial en las políticas económicas externas, la macroeconomía, las exportaciones y el turismo que, en total, ocupan casi la mitad del texto.

En general, sus lineamientos ponderan aquellas vías que, efectivamente, pueden reconducir la economía cubana, abierta e interdependiente, hacia una feliz reinserción en la economía mundial. Se hace énfasis en “Continuar propiciando la participación del capital extranjero” (acápite 89)[1] y que éste otorgue “acceso a tecnologías de avanzada, métodos gerenciales, sustitución de importaciones, y no menos importante: satisfacer las necesidades de la población” (90), así como “Favorecer la diversificación en la participación de empresarios de diferentes países” (94). La monogamia económica con Estados Unidos, la Unión Soviética y Venezuela en menor medida han sido funestas para el desempeño de la economía cubana. De momento, el texto no menciona la posibilidad de ofrecer un espacio a inversionistas cubanos del exilio que aportarían no sólo capital, “tecnologías de avanzada y métodos gerenciales”, sino un particular conocimiento de la realidad cubana pero desde una óptica globalizada.

Las estrategias de desarrollo, sin olvidar las exportaciones tradicionales cuya eficiencia deberá aumentarse, apuestan por producciones de alto valor añadido, especialmente la industria médico-farmacéutica y la informática. En ese sentido, Cuba cuenta con una mano de obra altamente calificada, un recurso que se filtra día a día hacia el exilio por falta de oportunidades y que, en los últimos años, dadas las limitaciones en el acceso a la educación superior (que se anuncian mayores en el futuro) no se repone a la misma velocidad que se pierde. Ha sido muy confortable gobernar durante medio siglo sin oposición ni prensa independiente y, sobre todo, sin la presión de cumplir un programa en menos de cuatro años y rendir cuentas a los electores. Ahora, de la agilidad con que se redireccione la economía cubana dependerá su destino: Corea del Sur o Guatemala.

Aunque la perspectiva es “orientar el desarrollo industrial, como dirección fundamental, hacia el fomento de las exportaciones, reduciendo su componente importado” (197), según el modelo chino, se apuesta también por “alternativas de financiamiento mediante la inversión extranjera de aquellas industrias no exportadoras pero que aseguren producciones esenciales a la economía o en la sustitución de importaciones” (99). De nada valdría apostar por sectores de alto valor añadido si lo obtenido se pierde como consecuencia de un sistema férreamente centralizado de decisiones, importaciones masivas de alimentos y otros rubros que el país puede producir con sólo aflojar las ataduras a los productores y modificar un fosilizado sistema de relaciones mercantiles. Por eso el acápite 167 propone la “utilización más efectiva de las relaciones monetario-mercantiles (…) promover una mayor autonomía de los productores (…) una gradual descentralización hacia los gobiernos locales”; “descentralizar el sistema de gestión económica y financiera” (168); “independizar las distintas formas de cooperativas de la intermediación de las empresas estatales” (169). Aunque se subraya que el Estado regulará “la cantidad de dinero en circulación y los niveles de créditos” (52) y “se mantendrá el carácter centralizado de la determinación de las políticas y del nivel planificado de los precios de los productos y servicios que estatalmente interese regular” (62). Lo cual ocurre en no pocos países. La pregunta es si apostarán por encontrar el punto de equilibrio entre la planificación y el mercado, o recaerán en el rígido e ilusorio determinismo del Gosplan y la Junta Central de Planificación, dado que “el sistema de planificación socialista continuará siendo la vía principal para la dirección de la economía nacional” (1).

Respecto a la agricultura, además de acelerar el traspaso de ese 50% de tierras ociosas (176), proponen “adecuar la producción agroalimentaria a la demanda y la transformación de la comercialización (…) limitando la circulación centralizada para aquellos renglones vinculados a los balances nacionales; otorgando un papel más activo a los mecanismos de libre concurrencia para el resto de las producciones” (170); “reestructurar el actual sistema de comercialización de los insumos y equipamiento” (171); “modificar el sistema de acopio y comercialización de las producciones agropecuarias mediante mecanismos de gestión más ágiles” (172). Y el acápite 177 anuncia que “la formación del precio de la mayoría de los productos responderá a la oferta y la demanda y, como norma, no habrá subsidios”. ¿Resolverá eso de una vez los graves problemas de la agricultura cubana? Dependerá del grado de libertad que se conceda al nuevo campesinado, lo atractivo que resulte el regreso a la tierra y siempre que los precios de los insumos y el sistema impositivo no los ahoguen antes de nacer. En tal caso, Cuba seguirá comprando lechugas en Canadá, pollos en Kentucky y mangos en Dominicana para abastecer a la población y a un turismo que continuará sin ser el motor de producciones subsidiarias.

El documento se refiere también a los factores medioambientales, a la eficiencia energética, y apuesta por el uso de energías alternativas, así como el empleo racional de los recursos hidráulicos (incluyendo “el reordenamiento de las tarifas del servicio”) (282).

La experiencia china demuestra que una mano de obra laboriosa, calificada (más, proporcionalmente, en el caso de Cuba) y sin derechos es muy atractiva para el capital, que es escurridizo, oportunista y que en un mundo globalizado cuenta con más derechos migratorios que las personas. Los chinos supieron seducirlo colgando mil millones de obreros potenciales en el anzuelo, hasta que hoy, en una situación de dominio, son ellos quienes se dejan seducir. Por eso es llamativo encontrar en este documento, racional en sus lineamientos esenciales, un exabrupto totalitario: “Aplicar el principio de: quien decide no negocia, en toda la actividad que desarrolle el país en el plano de las relaciones económicas internacionales” (67). Al parecer, los generales de La Habana todavía no han comprendido que en el campo de batalla de la economía mundial no pasan de reclutas. Y tampoco disponen de mil millones de chinos.

Un aspecto interesante es el que se refiere a la colaboración internacional. Durante decenios nos la han vendido como una operación altruista de proporciones épicas, sin informarnos sobre su peso en la agenda política personal de Fidel Castro. Aunque ya se sabe que buena parte de la cooperación médica se practica hoy contra reembolso o contra petróleo venezolano, ahora esto se eleva a política de Estado: “Propiciar que la colaboración internacional que Cuba recibe y ofrece se desarrolle de acuerdo con los intereses nacionales” (101). Véase que la palabra “nacionales” no equivale a “políticos”, aunque pudiera incluirlos. “Continuar desarrollando (…) la colaboración (…) y establecer los registros económicos y estadísticos (…) especialmente de los costos” (103). Y “considerar, en la medida que sea posible, en la colaboración solidaria que brinda Cuba, la compensación, al menos, de los costos” (104).

Uno de los aspectos que más expectación ha despertado es la ampliación del trabajo por cuenta propia y la autorización de constituir empresas y contratar trabajadores. Algo imprescindible, a menos que se quiera promover un estallido social, cuando se prevé el despido de más de un millón de trabajadores, la cuarta parte de la población activa. Según el diario Granma (http://www.granma.cubaweb.cu/2010/09/24/nacional/artic10.html), podrán realizarse por cuenta propia 178 actividades, “de las cuales 83 podrán contratar fuerza de trabajo sin necesidad de que sean convivientes o familiares del titular”. Los Lineamientos de la política económica y social contemplan la aparición de “mercados de aprovisionamiento que vendan a precios mayoristas y sin subsidio para el sistema empresarial y presupuestado, los cooperativistas, arrendadores, usufructuarios y trabajadores por cuenta propia” (9). El hecho de que no haya, al menos en el papel, distingos ni, presuntamente, diferencias de precios para empresas estatales y privadas sienta un sano precedente de fair play en la competitividad. Y se reorientarán “a corto plazo las producciones del sector industrial con vistas a asegurar los requerimientos de los mercados de insumos necesarios a las distintas formas de producción (en particular, las cooperativas y trabajadores por cuenta propia)” (199). Por otra parte, “el sistema impositivo estará basado en los principios de la generalidad y la equidad de la carga tributaria, se aplicarán mayores gravámenes a los ingresos más altos, para contribuir a atenuar las desigualdades entre los ciudadanos” (57), lo cual es, en sentido general, justo, siempre que el monto de los impuestos no ahogue precozmente a los empresarios emergentes, y siempre que se destierre la discrecionalidad impositiva, como hace temer la Resolución No. 287/2010, según la cual “los Consejos de la Administración municipales del Poder Popular pueden revisar e incrementar los tipos impositivos mínimos establecidos. Para ello deben tener en cuenta las características de la vivienda o habitación, zona de ubicación y las propias del contribuyente”. ¿Cuáles son las características “propias del contribuyente”? ¿Queda a discreción de cada Consejo? Otro pésimo condicionante es el acápite 5: “La planificación abarcará no solo el sistema empresarial estatal y las empresas cubanas de capital mixto, sino que regulará también las formas no estatales que se apliquen”. ¿Significa que se planificará la producción a los cuentapropistas, artículos, precios, consumo de energía e insumos? ¿El Gosplan ataca de nuevo?

Aunque lo más significativo es que “en las nuevas formas de gestión no estatales no se permitirá la concentración de la propiedad en personas jurídicas o naturales” (3). ¿Qué significa “concentración de la propiedad”? ¿Cuál es el límite? ¿Penderá sobre los empresarios la espada de la expropiación en el caso de que sean demasiado exitosos? Obviamente, los mandatarios cubanos no han leído atentamente a Deng Xiaoping, o lo han leído en la versión revisada y corregida por el pánico de Fidel Castro a que alguien se enriquezca con su trabajo.

Entre los despidos programados y los ya en ejecución, decenas o cientos de miles serán de profesionales. Pero de las 178 actividades por cuenta propia permitidas, ni una sola requiere calificación superior. A lo sumo, técnicos electrónicos, mecánicos o programadores. Y esto no es casual. El Estado considera a los profesionales SU inversión y, por tanto, SU propiedad. Mía o de nadie, como diría el mariachi. Y, por otra parte, teme la competencia de un sector privado altamente calificado que no se conforme con fabricar hebillas de plástico, sino que incursione en sectores de alto valor añadido que el Estado pretende monopolizar. Dado que no se ofrece a esos profesionales la posibilidad de emplearse (legalmente) por su cuenta, sólo les quedan tres opciones: la ilegalidad, el subempleo de sus capacidades o el exilio. Pérdida neta para el país en los tres casos: la ilegalidad no paga impuestos, el subempleo resta productividad al país, y el exilio… bueno, el exilio envía remesas, quizás sea, de las tres, la opción más productiva.

Además de otros muchos factores, como el “síndrome del líder”, la emigración como válvula de escape, la represión a la disidencia, la desinformación y la mitología, un elemento que ha evitado durante medio siglo la subversión del sistema, ha sido el mantenimiento, hoy precario, de algunas garantías sociales. Por eso el documento apuesta por “continuar preservando las conquistas de la Revolución” (129), aunque especifica que la “protección mediante la asistencia social” será “a las personas que lo necesiten” (131 y 165), y que “los servicios que se brindan a la población” serán rediseñados “según las posibilidades de la economía” (131), porque “resulta imprescindible reducir o eliminar gastos excesivos en la esfera social” (132);  “disminuir la participación relativa del Presupuesto del Estado en el financiamiento de la seguridad social” (154); “reducir gratuidades indebidas y subsidios personales excesivos” (161), y “la eliminación ordenada de la libreta de abastecimiento” (162), anotando que “es necesario perfeccionar las vías para proteger a la población vulnerable o de riesgo en la alimentación” (163). Se anuncia el cobro (sin subsidios) de los comedores obreros allí donde se mantengan (164) y el reajuste en los ingresos a las universidades de acuerdo a las necesidades del país (148). Al mismo tiempo, “deberá priorizarse el consumo de proteína animal, ropa y calzado; la venta de efectos electrodomésticos, materiales de construcción, mobiliario, ajuares del hogar, entre otros” (288).

En un aspecto tan sensible como la vivienda, cuyo déficit alcanza al medio millón, el documento propone “adoptar nuevas formas organizativas en la construcción, tales como: las cooperativas y el contratista como trabajador por cuenta propia” (272); priorizar “las labores de mantenimiento y conservación del fondo habitacional” (273); fomentar la fabricación de casas por cuenta propia, curso en TV incluido, y que la reparación de edificios multifamiliares corran por cuenta de los inquilinos (276). La “venta a la población [de materiales] con costos mínimos y sin subsidios” (277) y “aplicar fórmulas flexibles para la permuta, compra, venta y arriendo de viviendas, para facilitar la solución de las demandas habitacionales de la población” (278).

Volviendo a la Lexicometría, ésta no andaba muy descaminada: en el documento hay más obligaciones que derechos, obtener capital y conseguir que las exportaciones superen a las importaciones es el propósito, y la voluntad de planificación tendrá que subordinarse a las realidades del mercado.

¿Qué Cuba prefiguran estos Lineamientos para los años venideros?

Ante todo, es evidente que el tiempo del país subvencionado llega a su fin. Incluso el petróleo venezolano es incierto. Urge encontrar soluciones para que no se consume la bancarrota del país y de una fórmula de poder que ha sobrevivido durante medio siglo. A pesar de los votos de fe en la Revolución y la “planificación socialista” (al mejor estilo Fidel), las leyes del mercado vertebran todo el proyecto de economía exportadora, al estilo chino, en el que Raúl cifra su única esperanza de conservar el poder político haciendo concesiones económicas. Chino, ma non troppo. Es obvia la voluntad del generalato en mantener el control y la “planificación”, atajar el “éxito excesivo” del empresariado naciente, monopolizar la mano de obra altamente calificada y las industrias punta, y vetar la entrada al capital del exilio, lo que consumaría la bancarrota simbólica, al tiempo que libran a su suerte a una buena parte de la población activa y recortan las garantías sociales. ¿Podrán mantener el control sin desestimular el espíritu emprendedor y la creación de riqueza? ¿Conseguirán que una buena parte de la mano de obra altamente calificada se resigne a subutilizar sus capacidades? ¿Comprenderá la población que en un Estado nada paternalista y con garantías sociales recortadas, una nomenklatura parasitaria es prescindible? No hay dudas de que el modelo de desarrollo que propone el proyecto es, en lo esencial, ajustado a las potencialidades del país, sólo que quienes proyectan el camino lo han minado también con sus obstáculos a la libertad y sus baches de control donde la creatividad podría hundirse. Es, en cualquier caso, una Cuba diferente donde el Estado deja de ser el empleador omnímodo y el padrecito que reparte salud y educación, y una buena parte de la población empezará a ser dueña de su destino, al menos en lo económico, la primera de las libertades. Echará de menos las restantes. Y es eso, justamente, lo que más temen los generales.

 

“¿Un chino porvenir?”; en: Cubaencuentro, Madrid, 19/01/2011. http://www.cubaencuentro.com/cuba/articulos/un-chino-porvenir-254016


[1] En lo adelante, los números entre paréntesis corresponden a los acápites del documento.





El ruinoso esplendor, Vicente Botín

20 12 2010

Presentación de Diario Delirio Habanero (Mono Azul Editora, Col. Vuelapluma; Sevilla, 2010, 308 pp.), de Luis Manuel García Méndez, a cargo del periodista y escritor español Vicente Botín, en Casa de América, Madrid.

Portada Diario Delirio

Cuenta la leyenda que cuando Marco Polo estaba en su lecho de muerte, su familia le pidió que confesara que había mentido, que su Libro de las Maravillas era un conjunto de fábulas que poco o nada tenían que ver con la realidad. Pero Marco Polo se reafirmó en lo que había escrito y dijo: “¡Sólo he contado la mitad de lo que vi!”.

En su libro Las ciudades invisibles, Ítalo Calvino pone en boca de Marco Polo estas palabras: “De una ciudad no disfrutas las siete o las setenta y siete maravillas, sino la respuesta que da a una pregunta tuya”.

Esas palabras, que Marco Polo dirige a Kublai Kan, emperador de los tártaros, están contenidas en un hermoso libro que Ítalo Calvino, nacido, por cierto, en Santiago de las Vegas, dice haber escrito como “un último poema de amor a las ciudades, cuando es cada vez más difícil vivirlas como ciudades”.

Diario delirio habanero, de Luis Manuel García Méndez, contiene no pocas “maravillas”, palabra que el Diccionario de la Real Academia Española, define como “suceso o cosa extraordinarios que causan admiración”, porque admiración es lo que provoca este viaje por un país, una ciudad sobre todo, en la que el viajero, nada más llegar, puede encontrarse con un Conejo Blanco de ojos rosas muy apurado que dice: “¡Ay, Dios mío! ¡Díos mío! ¡Voy a llegar tarde!”. Porque el viajero va a entrar en un mundo irreal, lleno de sorpresas, que le llevará a decir, como a Alicia: “¡Ay, Dios mío! ¡Hoy que raro es todo! ¡Y ayer todo era tan normal!”.

No es extraño, pues, que este libro lleve por título Diario delirio habanero. Es un diario y es un delirio, un diario delirante o un delirante diario, porque desde la llegada, desde el reencuentro del autor con su ciudad, se suceden los asombros. Cuba, La Habana, se parece mucho a Brigadoom, la película de Vincente Minnnelli, en la que un pueblo de Escocia, sometido a un encantamiento, permanece dormido, y una vez cada cien años, tan solo por un día, recobra la vida.

En ese día, los viajeros como Luis Manuel pueden llegar a Cuba, sabiendo que después de su partida la isla desaparecerá durante otros cien años. Los recuerdos, sin embargo, permanecerán muy vivos pero, al relatar el viaje, muchos pensarán que, como el Libro de las Maravillas, nada es verdad, aunque, como Marco Polo, Luis Manuel haya contado solo la mitad de lo que vio porque son tantas las “maravillas” que es difícil describirlas en un solo viaje.

El aeropuerto José Martí de La Habana, la puerta de entrada a ese otro mundo, es como el patio de Monipodio, donde una cofradía de ladrones disfrazados de aduaneros esquilman a los recién llegados, sobre todo a los cubanos, a los que exigen el pago de un “impuesto revolucionario” en concepto de exceso de equipaje, ya pagado, lógicamente, en origen. Pero la lógica en Cuba es un bien escaso. No es extraño, por tanto, ver a los recién llegados abrir en el suelo sus maletas-mercado y distribuir ropa y alimentos en bolsas, sacos o maletas menos llenas, mientras degustan o reparten o trocean y tiran a la basura exquisitos embutidos para evitar que les sean confiscados bajo excusa fitosanitaria. Claro que siempre pueden recuperarlos más tarde, porque los productos incautados para su incineración les serán ofrecidos a precio de bolsa negra por los taxistas del aeropuerto, socios en sociedad de los aduaneros.

Y así, franqueado el umbral, el viajero se adentra por la ruta que le conduce a una ciudad oscurecida para no dar pistas a los bombarderos del imperio, cuidando de bloquear bien las puertas del coche para evitar que desaparezcan las maletas en alguna de las paradas del camino.

El amanecer sorprende al viajero en una ciudad bombardeada, con manantiales y riachuelos de aguas albañales que fluyen por las aceras y se estancan en los cráteres de las calles o entre las riostras que apuntalan muchos edificios o lo que queda de ellos. “En Cuba ya está en proyecto —dice Luis Manuel García— incluir un bache, al pie de la palma, en el escudo nacional”. Sorteando la carrera de obstáculos, por la que pululan guaguas, taxibuses, bicitaxis, cocotaxis, almendrones y fotingos, el viajero llega a la CADECA, donde los parientes de los aduaneros le cambian los euros por pesos convertibles al precio que les da la gana y si lleva la moneda del imperio, le descontarán  un impuesto revolucionario del 20 por ciento.

Provisto de pesos convertibles, el viajero entra en una cuarta dimensión, en un mundo que, como diría H.G. Wells en La máquina del tiempo, está en un “estado de ruinoso esplendor”, donde émulos de Rinconete y Cortadillo, el Lazarillo de Tormes, el Buscón don Pablos y otros cofrades del Siglo de Oro español, se le aparecen al viajero en forma de taxistas, camareros, jineteras o jineteros, en el marco de lo que los cubanos llaman “resolver”, que no es otra cosa que buscarse la vida mediante la picaresca, el robo o la prostitución para hacerse con pesos convertibles y evitar morirse de hambre en lo que el autor llama “la patriótica moneda nacional”.

Luis Manuel García va más allá de la descripción de las mil y una argucias de que se valen los cubanos para poder sobrevivir después de más de medio siglo de dictadura. Como un hábil cirujano hunde el bisturí en la podredumbre de la “moral socialista” en los llamados “logros” de una revolución que predicó la igualdad, la justicia y la equidad y no es sino una cárcel donde una casta de privilegiados goza de todo tipo de bienes y servicios mientras el resto de la población sobrevive a duras penas o emprende el duro y difícil camino del exilio jugándose la vida en precarias balsas. Por el contrario, los extranjeros disfrutan de prerrogativas y derechos —libertades de movimiento, de empresas, acceso a bienes y servicios— que ni lejanamente se conceden a los nacionales.

Luis Manuel García describe al responsable, a Fidel Castro, como “un dictador histriónico como Mussolini, en su oratoria repetitiva, didáctica; mesiánico como Hitler; sin escrúpulos si se trata de conservar el poder, al estilo de Stalin, y tan hábil en la intriga y en tejer su propia leyenda como Mao”. Ese hombre que prometió la Luna, deja detrás de él un paisaje lunar. “El Comandante, dice el autor del libro, no ha legado un zigurat ni una pirámide, ni un museo monumental o una torre emblemática, ni la configuración institucional del un país, ni un ideario… Arquitecto de su propio ego, Fidel Castro, dice Luis Manuel García, es la única obra perdurable de Fidel Castro”.

Este diario delirio habanero viene acompañado de una valiosísima documentación, muy necesaria para entender la transformación o mejor dicho la transfiguración de un país llamado Cuba en la isla del doctor Castro. En 1958, la llamada Perla del Caribe estaba entre los tres primeros lugares de América Latina en casi todos los índices y hoy figura en la cola. Naturalmente, el autor del desastre no es Fidel Castro sino Estados Unidos, el cruel enemigo imperialista que paradójicamente y a pesar del bloqueo o del embargo, según desde donde se mire, se ha convertido en el quinto socio comercial de Cuba y en el principal suministrador de alimentos a la isla, datos que oculta el diario Granma, donde el todavía Comandante en Jefe publica sus fatwuas con recetas para salvar al mundo y para recordar a su hermano quien es el verdadero amo del país.

La Cuba que refleja Luis Manuel García podría parecer una obra de ficción, tantas son las maravillas que encierra, y ya dijimos al principio que maravillas son sucesos o cosas extraordinarios que causan admiración. Admiración causan las cosas aquí contadas, tan bien contadas, con un rico lenguaje sabiamente utilizado por este hábil artesano del verbo y la palabra. Pero este libro también causa dolor, mucho dolor. Cuba duele, Cuba nos duele a los que la amamos, a los que la contamos, a los que como Luis Manuel la cuentan con la esperanza de que pronto acabe la larga noche que cayó sobre ella hace ya demasiado tiempo.





Pócker al descubierto

30 11 2010

De joven, Platón defendió la mentira de Estado como instrumento para gobernar a los ciudadanos-niños, que deberían ser mantenidos en la ignorancia, aunque años más tarde, en Las Leyes, rectificó su aserto inicial y adujo que justificar la mentira era una perversión del poder. San Agustín distinguía ocho tipos de mentiras, algunas de las cuales eran perfectamente aceptables, y Tomás de Aquino, tres: la útil, la humorística y la maliciosa. Sólo la última era pecado mortal. Maquiavelo aseguraba que “un príncipe prudente no puede ni debe mantener fidelidad en las promesas, cuando tal fidelidad redunda en perjuicio propio”. Y Federico II de Prusia propuso en 1778 un concurso filosófico bajo el epígrafe “¿Es conveniente engañar al pueblo, sea induciéndole a nuevos errores, o manteniéndole en los que ya se encuentra?”.

Toda forma de poder ha apelado a la mentira como instrumento de dominación y, en particular, la diplomacia ha sido siempre el arte del bien mentir.

Hace varias semanas, en una operación global, WikyLeaks filtró a cinco medios de prensa de alcance mundial 251.287 cables emitidos por las embajadas norteamericanas en todo el mundo, el mayor conjunto de documentos confidenciales dados a conocer jamás. Estos documentos ocupan desde ayer las portadas de El País, en España, The New York Times, en EE. UU., The Guardian, en Reinio Unido, Le Monde, en Francia, y Der Spiegel, en Alemania. Y continuarán apareciendo durante los próximos días.

Si las filtraciones anteriores de WikyLeaks se referían a las guerras de Afganistán e Irak –la página se ofrece para recibir filtraciones que desvelen comportamientos no éticos por parte de gobiernos y empresas de todo el mundo, y concretamente de los países con regímenes totalitarios–, en esta ocasión no queda títere con cabeza, razón por la que todos los gobiernos coinciden en lamentar que, por una vez, la verdad ocupe el sitio del eufemismo.

Espionaje al secretario general de la ONU; presiones sobre jueces y fiscales españoles para que obstaculicen causas abiertas que afectan a intereses norteamericanos; las componendas chinas en el caso de Corea; solicitud de información biográfica, biométrica y financiera sobre líderes palestinos; datos físicos de los aspirantes a la presidencia de Paraguay en 2008; detalles sobre instalaciones militares y compraventa de armas en la región de los Grandes Lagos; oferta de 85.000 dólares por cada recluso de Guantánamo acogido en España. Darfur, Sudán, Afganistán, Pakistán, Somalia, Myanmar, Irán, Corea del Norte, Irak, el proceso de paz en Oriente Próximo, los derechos humanos, los crímenes de guerra, la ayuda humanitaria, el terrorismo.

Ningún tema y ninguna figura se salva en las filtraciones. La verdadera opinión de los diplomáticos sobre Putin, el macho alfa de la política rusa, y Demetri Medvedev, su escudero, y la estrecha relación entre Putin y Berlusconi, que incluye “el intercambio de espléndidos regalos y la firma de lucrativos contratos energéticos”, según afirma el NY Times, de modo que Berlusconi «parece cada vez más el portavoz de Putin» en Europa. Sobre la poco creativa Angela Merkel con su carácter de «teflón». Sankozy, un aliado en quien no se puede confiar. Muamar al Gadafi, un hipocondríaco inflamado de botox. Zapatero, político cortoplacista adscrito a una izquierda “trasnochada y romántica”. Hamid Karzai, un «completo paranoico», y su entorno corrupto. O Mahmud Ahmadineyad, el Adolf Hitler persa.

En agosto pasado, una vez revelados los 90.000 informes militares estadounidenses clasificados sobre Afganistán, el ex presidente cubano Fidel Castro, en entrevista a TeleSur, afirmó que habría que «hacer una estatua» a WikiLeaks. Por una vez, coincidimos. Claro que en caso de que la página de Julian Assange revelara los documentos secretos del gobierno cubano, yo conservaría el monumento y Castro se apresuraría a derribarlo.

John Arbuthnot, médico de la Reina Ana y autor satírico escocés, en El arte de la mentira política (Ediciones Sequitur, Madrid, 2006), firmado originalmente por  su amigo Jonathan Swift aunque  no fuera de su autoría, afirma que “En cuanto a las mentiras que anuncian prodigios, se limita el Autor a sugerir a quienes quieran inventarlas que sus Cometas, Ballenas o Dragones mantengan siempre un tamaño razonable; y que respecto a los temporales, tormentas, tempestades y terremotos deberá siempre decirse que ocurrieron a alguna comarca alejada del lugar en que se está al menos la distancia que un hombre puede recorrer a caballo en un día”. Y Castro lleva cincuenta años afirmando que las tormentas, tempestades y terremotos siempre ocurren en tierras tan lejanas como las que WikyLeaks explora.

¿Por qué hacerle una estatua a WikyLeks? Obviamente, las opiniones de un diplomático sobre Putin o Berlusconi son mera anécdota, aunque reconfiguren las reglas de la diplomacia al uso. El asunto va más allá.

Para bien o para mal, los seres humanos no estamos dotados para la telepatía, en cuyo caso la sociedad tendría que haberse construido sobre la verdad y no sobre las distintas formas de simulación que hoy la sustentan. Si en las relaciones interpersonales la mentira puede ser piadosa, en las relaciones de poder es siempre perversa. El profesor norteamericano Michael P. Lynch (“Democracy as a Space of Reasons”, en: J. Elkins y A. Norris, editores; Truth in Politics, University of Pennsylvania Press) afirma que “creemos que el mentiroso está contando sinceramente su verdad y, al creerle, cedemos parte de nuestra libertad en función de la mentira. Pasamos a estar sometidos a la voluntad del otro”. Y eso, en el ejercicio de la cosa pública es más grave. El ciudadano sometido a la mentira quedará menguado en su capacidad de decisión. “Sin esa sinceridad pública, el ciudadano de a pie”, escribe Lynch, “no puede, por ejemplo, tomar una decisión acertada sobre el candidato que mejor representa sus intereses. Y en la medida en que no pueden tomarse esas decisiones, el proceso democrático resultará ilusorio y el poder del pueblo quedará reducido a un mero eslogan”. Eso es “la democracia herida”.

Internet ha abierto la puerta a una democracia más plena. No sólo es más difícil ocultar una verdad comprometedora, sino que cada ciudadano puede expresar, con mayor o menor solvencia, su propia verdad. El comercio de ideas ha abandonado las capillas y círculos cerrados, los medios tradicionales más o menos independientes, más o menos manipulados por grupos de influencia. No es de extrañar, entonces, que los totalitarismos se hayan apresurado a limitar, mutilar o simplemente suprimir el acceso a Internet, y que las democracias gasten sumas ingentes en hurtar de la mirada pública aquellas informaciones que otorgarían al ciudadano un poder de decisión más condicionado por la verdad que por la publicidad política.

WikyLeks está abriendo esa nueva ventana, todavía secreta, en el campo abierto de Internet. Por esa razón, en una entrevista concedida por Julian Assange a El País el 24 de octubre pasado, éste, al preguntarle “¿Cree que la revolución digital e iniciativas como Wikileaks traerán periodismo independiente?”, responde: “Podemos ir en las dos direcciones. Puede que lleguemos a un sistema en que haya una mayor fiscalización y acuerdos internacionales para suprimir la libertad de prensa o puede que vayamos a un nuevo estándar en que la gente espere y demande material que exponga más a los poderes; y un entorno comercial en que este tipo de exposición sea rentable; y un entorno legal en que esto esté protegido”.

Y esa es la razón principal del monumento. WikyLeks coloca a la sociedad ante un jardín de senderos que se bifurcan, como diría Borges: o cambian las reglas del juego y se confirma la verdad como uno de los derechos fundamentales de los seres humanos, equiparable a la libertad, con lo cual los poderes políticos, económicos y mediáticos tendrán que jugar pócker al descubierto y se equipararían los derechos del elector y el elegido, del empresario y el cliente, del consumidor de información y de quien la emite, o la libertad de expresión y prensa, puestas al servicio del poder, se verán seriamente dañadas.

Como explica el intelectual italiano Paolo Flores D’Arcais (El soberano y el disidente, Montesinos Editor, Madrid, 2006), “la aniquilación de la verdad y la aniquilación de la democracia caminan al mismo ritmo, constituyen dos indicadores recíprocos y convergentes: las libertades públicas y las mentiras políticas circulan de forma inversamente proporcional”. La nueva democracia está obligada a minimizar o a suprimir la mentira política.

La Revolución Industrial cambió para siempre los modos de producción. La Revolución Científico-Técnica ha abierto a la humanidad horizontes impensados hasta entonces, incluso la conciencia de su propio destino como especie y su responsabilidad con el planeta que habitamos. La Revolución de la Información ha conseguido el diálogo planetario y ha suprimido las distancias. La Revolución de la Verdad será una revolución moral, el acceso a la utopía que los hombres vienen soñando con escaso éxito desde el inicio de los tiempos.

“Pocker al descubierto”, en: “ Habaneceres”, Madrid, 30/11/2010

 





Periodismo coreano

24 11 2010

No es la primera vez que la isla surcoreana de Yeonpyeong, 120 kilómetros al oeste de Seúl y a tres kilómetros de la línea divisoria con Corea del Norte, es el escenario de escaramuzas. Ya sucedió en 1999, 2002 y 2009. La frontera, trazada unilateralmente por el mando de Naciones Unidas en 1953, es reconocida por el sur, pero no por el norte, que reclama como suya esta zona. Razón por la que unas maniobras militares del ejército surcoreano justo allí es, cuando menos, una imprudencia, aunque no un ataque. Al parecer, Corea del Norte envió varios mensajes exigiendo el cese de las maniobras, que consideraron un simulacro de invasión, aunque el fuego no estuviera dirigido contra su territorio. Al continuar las maniobras, Pyongyang lanzó más de 200 proyectiles sobre la isla y las aguas circundantes. Murieron dos militares, dos civiles y hay decenas de heridos. Seúl respondió con el lanzamiento de unos 80 proyectiles cuyos efectos se ignoran.

Dada la gravedad de los sucesos, en particular por la capacidad nuclear de Corea del Norte, la noticia ha sido portada en todos los periódicos del mundo. Con excepciones.

Korean News (http://www.kcna.co.jp/index-e.htm), de la Agencia Central de Noticias de Corea del Norte, destaca como principales noticias dos visitas de Kim Jong Il: al Colegio Médico de la Universidad Kim Il Sung y a las obras de una nueva tienda de salsa de soja en Ryongsong. Sus referencias al suceso se limitan a reproducir el Comunicado del Comando Supremo del Ejército del Pueblo de la República Popular Democrática de Corea, donde se afirma que “los títeres de Corea del Sur (…) han lanzado decenas de proyectiles en el interior de las aguas territoriales de la RPDC en torno a los islotes de Yonphyong” (…) “a pesar de las repetidas advertencias de la RPDC”, hecho que fue respondido con un “poderoso golpe de fuerza”. Y subraya que “en el Mar Occidental de Corea sólo existe una línea de demarcación militar marítima, la establecida por la RPDC”. El comunicado amenaza con nuevos «ataques militares despiadados» si Seúl viola su frontera «aunque solo sea 0,001 milímetros».

El comunicado confirma que las maniobras sudcoreanas se circunscribieron a las que, según la ONU, son sus aguas territoriales, aunque para el norte “sólo existe una línea de demarcación militar marítima, la establecida por la RPDC”. Su “poderoso golpe de fuerza”, más que una respuesta a Corea del Sur, que no bombardeó al norte previamente, está dirigido a sus propios súbditos y a obtener nuevas concesiones de la comunidad internacional si quiere evitar una guerra que podría ser devastadora.

El diario Granma, por su parte, el día 23 abre con un descubrimiento de Raúl Castro que, sin dudas, revolucionará la economía mundial: que “trabajar constituya realmente algo vital para todos” y que el salario recupere su papel como principal fuente de ingreso. En portada se comenta también el descubrimiento de fraudes eléctricos en La Habana y la emancipación latinoamericana. Sólo en la sección de internacionales aparece el conflicto de Corea, pero de un modo tangencial bajo el título “Llama Rusia a evitar escalada militar en Península coreana”. El diario comenta el llamamiento de Rusia a ambas partes para evitar nuevos enfrentamientos y se refiere al “intercambio de fuego de sus artillerías”. La palabra clave es “intercambio”. Como, siempre según Lavrov, el jefe de la diplomacia rusa (el diario Granma no se pronuncia), “los iniciadores de tal acción asumen una gran responsabilidad por los sucesos” y dado que “el hecho ocurrió en medio de las protestas de la República Popular Democrática de Corea contra la realización por parte de Seúl de maniobras militares con la participación de unos 70 mil hombres, lo cual consideran una amenaza para su seguridad”, la culpabilidad está servida al lector de la Isla que no dispone de otras versiones. De paso, Granma menciona los “13 heridos y un muerto”, pero nunca aclara a qué bando corresponden. Cualquier lector cubano podría deducir que han sido pacíficos campesinos del norte masacrados por los artilleros del sur.

Al día siguiente, 24, la primera plana de Granma tampoco recoge el casus belli coreano. Ese espacio queda reservado a la contraofensiva estratégica de diciembre de 1958, los residuos tóxicos de la OTAN en el Adrático y otro descubrimiento económico de Raúl Castro, que “Nada debe regalarse a los que pueden producir y no producen o producen poco”. De nuevo hay que acudir a Internacionales para encontrar el artículo “La RPDC responde a provocación militar de Surcorea”, donde se reproduce casi textualmente el Comunicado del ejército norcoreano y se añade que “Surcorea reconoció que estaba realizando ejercicios militares regulares y ensayos balísticos en la isla de Yonphyong antes de la respuesta de Corea Democrática”, anotando que esto es tomado de la Agencia Reuters. Si el lector cubano puede desconfiar del comunicado del ejército norcoreano, por ser parte interesada, la coletilla atribuida a la Agencia Reuters, donde la palabra “reconoció” es clave, como si las maniobras no fueran de antemano conocidas y nada secretas, sugiere el culpable. Y para subrayarlo, se anota “antes de la respuesta de Corea Democrática”. Si suya es la respuesta, la pregunta artillera fue formulada por los surcoreanos. El lead de la información especifica: “La República Popular Democrática de Corea (RPDC) denunció hoy que Surcorea disparó decenas de obuses hacia aguas jurisdiccionales de la parte Norte, provocación a la cual respondió el país, según PL”. Aquí no se aclara que la isla Yonphyong es parte del territorio de Corea del Sur, según la línea establecida por la ONU, sino que se acepta tácitamente la pretensión del Norte, que la considera parte de su territorio aunque, de hecho, no le pertenezca. Una lectura atenta nos mueve a la duda: ¿Por qué Corea del Sur dispararía a las aguas jurisdiccionales del norte? ¿Intentaba masacrar tiburones y sardinas imbuidos de la idea Juche? ¿Por qué no respondió Corea del Norte bombardeando a los jureles Samsung y apuntó directamente a una isla habitada por militares, pero también por civiles?

Por su parte, la edición impresa de Juventud Rebelde sólo otorga al asunto una llamada en portada, “Tensión en la península coreana”. El texto al que refiere, y que aparece en la página tres, es un calco del que trae Granma, pero se completa con las opiniones del secretario general de la ONU, la UE, Japón y Estados Unidos. Y anota que los muertos y heridos los puso la parte surcoreana. Aunque ello podría deberse a la pésima puntería de los artilleros del sur.

Siempre que, por razones políticas, la prensa cubana se ve obligada a defender lo indefendible, el ejercicio de manipulación de la información alcanza una maestría que sería merecedora de ensayos y doctorados por parte de la comunidad académica. En el mejor de los casos, se traspapelan acontecimientos trascendentales hacia las páginas interiores, cuando no se silencian. Las medias verdades se combinan con las palabras estratégicas (“respuesta”, “intercambio”, “reconoció”), se habla de los muertos pero se oculta a qué parte corresponden para no enjuiciar a quien los ocasiona. Y, lo más importante, al referirse al tema citando a los rusos o los coreanos —y también a la ONU, la UE, Japón o Estados Unidos en el caso de Juventud Rebelde— se escamotea el apoyo abierto del gobierno cubano a una de las dictaduras más tenebrosas del planeta. La prensa de la Isla es consciente de que cuenta con un lector cautivo y desinformado, pero no estúpido.

Quienes vivimos en una sociedad donde la sobreabundancia de información nos obliga a elegir, combinar y extraer nuestras propias conclusiones de los datos complementarios y/o contradictorios somos apenas hacedores de puzzles. El lector cubano, por el contrario, está condenado a suplir lo que falta, reinterpretar adjetivos, analizar los énfasis y los huecos de silencio para reconstruir algo que se parezca a la verdad. Con suerte, logra adivinar que el puzzle corresponde a Las Meninas de Velázquez, aunque le hayan escamoteado el pintor, el perro, los enanos e incluso las meninas.

 

“Periodismo coreano”; en: Cubaencuentro, Madrid, 24/11/2010





Nuestro Premio Nobel

15 10 2010

La ciudad y los perros fue publicada en 1963; La casa verde, en 1965, y Conversación en La Catedral, en 1969. Si añadimos diez años para su traducción y difusión, comprobaremos que a Mario Vargas Llosa le debían hace treinta años el Premio Nobel de Literatura. Aunque más vale tarde que ese nunca padecido por Borges, Carpentier y Guimaraes Rosas, por sólo citar a algunos. Y en ello coincide el periodista cubano M. H. Lagarde, según el cual, Vargas Llosa “debió recibir el galardón muchos años antes, cuando el autor de Confesión en la Catedral era mucho más escritor que político”. Confío en que haya leído la novela con más atención que su título.

En su ambición de constituirse en el sumo pontífice de la literatura universal, la Academia Sueca se rige por un extraño sistema de cuotas y asignaciones que nos ha deparado, en los últimos años, premios misteriosos cuando no insólitos, como si se cumpliera el aserto borgeano y los suecos se dedicaran a “descubrir nuevos talentos”, aunque Borges apostillaba que a él no le desagradaría ser descubierto. El Nobel de Mario Vargas Llosa es, en cambio, tan incuestionable, que hasta sus enemigos han tenido que admitir su justicia. Atacan su “ética”, o lo que ellos llaman “ética”, sus opiniones filosóficas o sus preferencias políticas, pero no aquello por lo cual, y no por otras razones, se le ha concedido este premio.  En su caso no se ha cumplido el vaticinio de Pablo Neruda cuando le dijo que “por cada elogio recibirás dos insultos”.

Ajeno a modas y estados gregarios de opinión, Vargas Llosa se situó, frente al análisis estructural y las teorías del Nouveau Roman, en lo “teóricamente incorrecto” sustentando en La orgía perpetua (1975) y La verdad de las mentiras (1990) la inmanencia del narrador como contador de historias que merecían ser contadas, y se desmarcó de la literatura como mero juego retórico, pirotecnia verbal, pasarela exhibicionista de experimentación formal, no aquella que se pone al servicio de la historia. Cuando Carlos Barral afirmó que la literatura era puro lenguaje, haciéndose eco de las tesis en boga, Vargas Llosa mostró su total desacuerdo, y se declaró desde muy temprano contra aquellas novelas “sin acción, de pura atmósfera, de lenguaje moroso, intransitivo”, como nos dice Jorge Edwards. El reciente Nobel hundió sus raíces en la mejor narrativa de todos los tiempos, desde Tirante el Blanco y El Quijote, hasta Flaubert y Conrad. Y como crítico dedicó numerosos ensayos a los grandes maestros, pero hizo más, hizo algo que los escritores no suelen hacer: consagrar todo un volumen, García Márquez: historia de un deicidio (1971) a uno de sus contemporáneos.

Como se dice en el flamenco, Mario Vargas Llosa, el narrador, ha tocado todos los palos. Desde sus primeras novelas, precoces en su madurez, hasta las novelas gozosas y juveniles de la edad adulta, pasando por ejercicios de maestría literaria, como La casa verde, y novelas totales, como Conversación en La Catedral y La guerra del fin del mundo (1981). Desde Lima y Los Andes a las islas del Pacífico o la “guerra santa” de Canudos; desde su novela de dictadores, La fiesta del Chivo (2000), hasta las atrocidades del colonialismo belga denunciadas por Roger Casement, nacionalista irlandés y cónsul británico en El Congo (El sueño del celta, 2010), sus novelas “funcionan como laberintos constructivos que han de ir siendo descifrados gradualmente por la inteligencia y la imaginación del lector”, como afirma Antonio Muñoz Molina. La narrativa de Vargas Llosa, quien sostiene que los únicos límites de la novela realista son los límites de la realidad, que no tiene límites, no se conforma con el lector que mastica y traga historias precocinadas. Como toda gran literatura, la suya condena al lector a la complicidad inteligente. Y lo ha conseguido con talento, mucho trabajo, pero también con una alegría de la escritura que contamina su obra, porque para él, la literatura es “una servidumbre y un gozo, un gran gozo”. Vargas Llosa ha conseguido que ese gozo de la gran literatura rebase los confines de su Perú natal y de Latinoamérica para convertirse en patrimonio universal. En España, además, como escribe Juan Luis Cebrián, Vargas Llosa fue uno de los grandes escritores latinoamericanos que “nos ayudaron a descubrir los perfiles de nuestra propia identidad, frente a la cultura acartonada, provinciana y triste que el franquismo patrocinaba”.

El Nobel, según los académicos suecos, se le concede “por su cartografía de las estructuras del poder y sus incisivas imágenes de la resistencia individual, la revuelta y la derrota”. Efectivamente, pocos escritores del siglo XX (y ya, del XXI) han personificado como él la defensa de la libertad individual, al ser humano frente al poder de los estados y las ideologías.

Mientras Borges repudió las dictaduras de izquierda pero alabó “la clara espada” de Pinochet, y Cortázar denunció las dictaduras de derecha pero admiró las de izquierda, Vargas Llosa ha repudiado por igual a unas y otras, a contracorriente de la intelligentzia occidental que aplaude las revoluciones latinoamericanas mientras pueda seguirlas vía satélite desde Nueva York o París.  Vargas Llosa aplaudió en las revoluciones de Cuba y Nicaragua su carácter libertario al deponer sangrientas tiranías, y se desmarcó tras su giro antidemocrático con el mismo fervor que denunció las dictaduras de Argentina y Chile, o las grandes religiones políticas del siglo XX, los dogmas y las ortodoxias sacramentales, soporte teórico de los regímenes más despiadados. En México, calificó al priísmo como una “dictadura perfecta” en 1990 y se vio obligado a abandonar el país.

Como Albert Camus, Vargas Llosa descree de quien “pone al hombre al servicio de la idea, el que está dispuesto a sacrificar el hombre que vive al que vendrá”, porque una sola persona es más valiosa que cualquier idea. Vargas Llosa se aproxima al liberalismo tradicional, aquella sociedad soñada por la Ilustración que garantizaría el derecho de cada hombre a la libertad de conciencia, la libertad responsable para decidir sobre su propia vida, piedra angular de la dignidad individual y colectiva. En ese sentido, ha sido fiel a sus convicciones, en consonancia con la sociedad abierta postulada por Karl Popper, y su atenta lectura de Berlin, Mises, Herzen, Dahrendorf, Hayek y los liberales anglosajones.

El diario Granma, al calificar a Vargas Llosa como “antinobel de la ética”, subraya sus “desplantes neoliberales”. Ciertamente, yo tampoco coincido con muchos de sus puntos de vista, en particular, su defensa de la autarquía del mercado como garante de una prosperidad que se expandirá automáticamente a toda la sociedad, ni con la minimización del Estado como agente que garantice la redistribución social de la riqueza. Difiero de su elogio a Margaret Thatcher o de su defensa a posteriori de la invasión a Irak. Sin olvidar que tras criticar la segunda intifada de los palestinos, denunció en Gaza las políticas de Israel. O que ha defendido los derechos de los homosexuales y el de las mujeres a abortar, con el mismo énfasis que ha censurado los nacionalismos excluyentes. En cualquier caso, estemos o no de acuerdo con él, sus ensayos y su periodismo son diáfanos, rigurosos, no apelan al engaño, la triquiñuela o el dato escondido. Merecen una réplica de empaque equivalente, no el circunloquio de la descalificación. Y, desde luego, tal como nos enseñó en su día Rosa Luxemburgo, «La libertad sólo para los que apoyan al gobierno, sólo para los miembros de un partido (por numeroso que éste sea) no es libertad en absoluto. La libertad es siempre y exclusivamente libertad para el que piensa de manera diferente». La defensa de esa libertad no es una graciosa concesión, sino un principio.

Se refiere también el diario Granma a “su catadura moral”, una vileza si consideramos que Mario Vargas Llosa ha hecho siempre gala, con amigos y enemigos, de una caballerosidad infrecuente. Jamás ha ventilado en público su diferencia con García Márquez, a pesar de que, por lo que se sabe, tendría sobradas razones. Pocos meses antes de la muerte de José Saramago, Vargas Llosa lo visitó en su casa de Lanzarote. Y confiesa que cuando recibió la noticia del Nobel, estaba enfrascado en la admirada relectura de El reino de este mundo. Aunque Saramago y Carpentier se ubicaran en las antípodas de sus propias convicciones. Pero quizás esta referencia sea elogio y no diatriba. Si la “catadura moral” de Nicolae Ceausescu, Mengistu Haile Mariam y Robert Mugabe los hicieron acreedores de la Orden Nacional José Martí, es una deferencia excluir a Mario Vargas Llosa.

El antropólogo Marvin Harris (Cows, Pigs, Wars and Witches: The Riddles of Culture), al analizar las verdaderas razones de la cacería de brujas durante la Edad Media nos cuenta que las víctimas eran gente del pueblo llano y, sólo como excepción, nobles y sacerdotes. Según él, la caza de brujas “dispersó y fragmentó todas las energías latentes de protestas. Desmovilizó a los pobres y desposeídos, aumentó la distancia social, les llenó de sospechas mutuas, enfrentó al vecino contra el vecino, aisló a cada uno, hizo a todos temerosos, aumentó la inseguridad de todo el mundo, hizo a cada uno sentirse desamparado y dependiente de las clases gobernantes (…) De esta manera evitó que los pobres afrontaran al establishment eclesiástico y secular con peticiones de redistribución de la riqueza y nivelación del rango. La manía de las brujas (…) era la bola mágica de las clases privilegiadas y poderosas de la sociedad. Éste era su secreto”.  En suma, añade Harris, su significado práctico consiste en “desplazar la responsabilidad de la crisis de la sociedad medieval tardía desde la iglesia y el Estado hacia demonios imaginarios (…) las masas depauperadas, alienadas, enloquecidas, atribuyeron sus males al desenfreno del Diablo en vez de a la corrupción del clero y la rapacidad de la nobleza. La Iglesia y el Estado no sólo se libraron de toda inculpación, sino que se convirtieron en (…) los grandes protectores de la humanidad frente a un enemigo omnipresente pero difícil de detectar”.

Eso posiblemente explique la necesidad de convertir en diablos y brujas, mercenarios y testaferros del Imperio, vendidos, lacayos y apátridas a todos los que opinen de modo diferente, un modo de “desplazar la responsabilidad de la crisis”.

En la línea de defensa de un nacionalismo de trinchera que ha ido suplantando en los últimos decenios al antiguo internacionalismo proletario, se refiere también la nota del Granma a “la negación de sus orígenes”, a lo que el propio autor responde: “Yo soy peruano, lo que hago, lo que digo expresa el país en el que he nacido y en el que he vivido las principales experiencias”. Y en El país de las mil caras (1984) reconoce que “el Perú es para mí una especie de enfermedad incurable y mi relación con él es intensa, áspera, llena de la violencia que caracteriza a la pasión”. Admite también que “España es un país que no era mío y que yo he hecho mío porque me acogió”. Una frase que dos millones de cubanos refrendarán sin mayores aclaraciones.

Aunque en este caso ninguno de los dos está en lo cierto. Mario Vargas Llosa es más que peruano o español, más que latinoamericano. Y este premio Nobel se nos ha concedido por igual a todos los ciudadanos del planeta que consideramos la gran literatura un patrimonio universal, y a los que creemos en la libertad como derecho inalienable de la condición humana.

 

“Nuestro premio Nobel “; en: Habaneceres, 15/10/2010