La Tierra Prometida (fragmento de la novela El restaurador de almas)

1 07 2002

Portada Restaurador de almas 203

Una brisa de tierra húmeda viene a ramalazos desde el este, donde nubarrones oscuros son sajados por el filo del horizonte. Nubarrones de lluvia, nubarrones de esperanza y miedo que asedian siempre a esta Villa; vecina por igual de la brisa húmeda procedente de la costa; de los barcos sin luces ni bandera que atracan sigilosos para intercambiar aperos ingleses y lienzos flamencos, por salazones y tabaco de la tierra, comercio tan prohibido como fructífero, y de los otros barcos: los de bandera negra y negras intenciones que zarpan desde la vecina Isla de la Tortugas. A ellos se ha referido hoy el Padre en su sermón, y todos los vecinos se estremecieron ante el nombre de Juan David Nau, que hace apenas cuatro años dejó su huella de sangre frente a las costas de la Villa. Pero quien más lo recuerda es el Capitán Salvador Hernández de Medina, nacido en Bayamo, tierra del bravo Golomón y los mentados sucesos del Obispo Altamirano secuestrado por el pirata Girón. Casado en Remedios con María Vidal, defendió la Villa en el 52; y hasta sufrió por pura casualidad la toma de Puerto Príncipe en el 64. Morgan y sus herejes se adentraron arrasándolo todo desde Santa María. De ida, recaudaron cincuenta mil pesos, quinientas reses y sal. Pero no era suficiente. Su condición  de forastero en la villa, salvó al Capitán de las torturas por indagar el paradero de caudales y alhajas. Presenció vientres abiertos en canal, decapitaciones y amigos desmembrados, que entregaban su alma entre rugidos, unos por empecinamiento y otros por no tener nada que denunciar, como no fuera unos pocos apereros de labranza y la vega en que durante años se les fuera la vida. Hasta los documentos del cabildo y los libros bautismales fueron pasto de la furia. Con aquel recuerdo enturbiando su mirada, el Capitán dirigió en el 67 la partida de remedianos que atravesó el estrecho hacia la isla donde, según noticias, podía estar aún Juan David Nau. La chalupa bogaba con precaución hacia la playa. Juan de Morales, demasiado joven para sobreponer el miedo a la curiosidad, tuvo que contener sus energías y acompasar el remo a la cautela de los otros. El Capitán, presto como un resorte a saltar, oteaba el hilillo de humo que se levantaba desde algún punto de la costa y ondeaba en la brisa, como una contraseña o un aviso.

 

Juan David Nau no había cumplido aún los treinta y siete años cuando salió de la Isla Tortuga, comandando un puñado de hermanos de la costa a inicios del 67. A pesar de sus dos buques perdidos y ninguna victoria definitiva, como aquellas de Henry Morgan que eran la comidilla y la envidia de todos los hombres libres de la mar, fue elegido de nuevo capitán por su fiereza, por el don de convencer a los hombres con una mirada. A medio cerrar sus heridas, ya andaba enrolando piratas para una nueva partida contra los españoles. Odio y venganza eterna les había jurado desde aquel día en Campeche: Su tripulación en pleno fue sorprendida y pasada a cuchillo por los soldados del Rey. Libró la vida tendiéndose, embadurnado de sangre, entre mutilaciones y cabezas sajadas. Más tarde  resucitó con sigilo, se enjuagó las costras en el río y cambiando el traje por el de un español muerto en la refriega, consiguió de dos negros ─a cambio de libertad prometida y jamás cumplida─ un bote con que llegar a La Tortuga. La historia se difundió a la velocidad del rumor entre los barcos de bandera negra, alimentando la leyenda del hombre que a los veinte años fuera engagé de un viejo bucanero en La Española y antes de los treinta, uno de los piratas más temibles del siglo.

 

Álvaro Godínez, que será recordado como sabio en el oír con los cinco sentidos, allá en una tierra lejanísima que por hoy ni siquiera sospecha, detuvo con un gesto a Juan de Morales, que se empinaba en su sitio para atisbar la playa. Pero también él traía en tensión hasta el último nervio, y los músculos se le resistían a este bogar en dirección a la amenaza. Recordaba los sobresaltos de medianoche por un disparo que los hacía cobijarse a medio vestir en la manigüa; los gritos de los torturados; sobre todo aquella primavera del 52, cuando los franceses se hicieron dueños de la Villa y sus diez años fueron asolados para siempre por el rostro de mortal indefensión de su padre, atravesado por una pica y enarbolado como un estandarte por aquel gigante de ojos inocuos y rostro patibulario. Pero se sacudió al padre de la memoria y continuó bogando, en obediencia al Capitán Medina, que amainaba los remos con un gesto: soto voce parecía decir la palma aleteando hacia abajo. Porque nunca se sabe si una celada los aguardaría bajo la columna de humo que emergía de una chalupa despanzurrada sobre la playa. La distancia no permitía conjeturarlo. Ni qué eran aquellas manchas oscuras diseminadas sobre la enceguecedora claridad de la arena. Medina sospechó por primera vez que fuera cierto el mensaje enviado por Juan David Nau al Capitán General. Pero ni aún así se avenía a ceerlo. Ningun barco se vislumbraba entre el sedoso verde aqua del mar y el azul desleído del cielo, en aquel abril mediado de 1667.

 

Los vientos del norte, que arreciaron en febrero sobre la costa septentrional de Cuba, ayudaron a la captura de dos botes por Juan David Nau y su tropa, frente a Boca de las Carabelas. Más seguros, se apostaron en la cayería, al acecho de algún mercante suculento. Aunque era malo el tiempo para la navegación, no supusieron que discurrirían meses de espera. Como tampoco que dos españoles habían presenciado la captura de los botes, que darían la alarma en la Villa de Remedios, que la población se aprestaría a la defensa y clamaría por refuerzos a La Habana. Pero aunque no lo adivinaran por entonces, se enterarían de todos modos.

 

Cuando el bote distaba un tiro de arcabuz de la playa, ya habían transcurrido dos meses desde que la mala nueva de piratas al acecho en los cayos quebrara la amodorrada paz de la Villa. En San Cristóbal de La Habana se negaron a creer que se tratara del mismo hombre. Por muerto lo tenían en aquella acción de Campeche. De todos modos, aparejaron una fragata ligera con diez piezas de las mejores y ochenta hombres armados por dotación. Tan seguros del triunfo, que incluso un negro de apellido Escobedo, verdugo por oficio, fue enrolado con órdenes precisas. Un negro que, ya a escasa distancia de la costa, los remedianos del Capitán Morales puedieron distinguir junto a la chalupa averiada. Agitaba algo con una rama en la hoguera, denunciada por el humo. Las manchas sobre la arena fueron cobrando forma. El gris impersonal que otorga la distancia fue sustituido por azules, amarillos, verdes, y el herrumbre de la sangre seca.

 

La fragata enviada desde San Cristóbal de La Habana, se acercó sin demasiadas precauciones a la cayería, confiando en la superioridad de sus piezas. Juan David Nau supo que sería un suicidio darle batalla abierta en la mar. Enmascaró sus botes y vigiló los movimientos del enemigo, en espera de su hora. Anochecía cuando la fragata fondeó a dos tiros del sitio donde Nau esperaba. Los españoles hicieron fuego en la playa y cenaron, vigilados por los ojos hambrientos de los piratas: tres semanas a ripios de carne guisada con millo machacado una vez por día. Ni una galleta, ni una gota de vino, ni una lasca de queso guardaban las bodegas. Y el hambre activó el odio, y el odio concedió al brazo más fuerzas que un asado o una garrafa de aguardiente: Aún no amanecía cuando un enjambre de balas picoteó los costados de la fragata adormilada, quedando tiempo apenas a los españoles para echar mano a las armas, antes que el grito en cuatro idiomas que barría la playa se convirtiera en abordaje.

 

La quilla del bote rozó la arena de esa misma playa y los remeros se echaron  al mar para vararlo a unos pasos de la fogata. El Capitán Medina se aproximó al negro, que masticaba y sonreía de algún chiste siniestro que debía  estar leyendo en el horizonte, porque su mirada atravesaba a los hombres sin verlos.

─¿Escobedo?

Pero tampoco escuchaba. Con la parsimonia de un rumiante, mascaba y sonreía, extraviado en un terror sin regreso. Medina pasó una mano ante los ojos del negro, pero éste continuó en sus visiones distantes. La mirada del Capitán resbaló por la ramita hasta la hoguera y se levantó de golpe, con una expresión de repugnancia que apenas si emuló a Juan de Morales, quien desde el desembarco se encaminó hacia aquella mancha oscura y palpitante que bullía al extremo de la playa. Un cambio de la brisa lo abofeteó con el hedor de la carroña: millares de cangrejos moviéndose sobre los cuerpos decapitados por decenas: en posiciones grotescas o marciales, vestidos o desnudos, mutilados o casi íntegros. Y sobre los cangrejos, una nube de insectos que siseaba  como aceite hirviendo. Juan de Morales reculó sin poderse contener. El rostro verdoso. Una resaca inapelable subió desde su estómago. Pero dos hombres ya lo habían alcanzado y se contuvo. Intentó refugiarse de la visión en los arbustos que cerraban el arenal. Entonces descubrió, colgadas de las ramas como frutas, decenas de cabezas nimbadas de moscas, la mirada perdida en dirección al horizonte que se tragó a Juan David Nau y sus hombres a bordo de la fragata artillada. Juan de Morales resistió el espectáculo de la masacre con una entereza más que digna de sus diecisiete años recién cumplidos, pero un vómito interminable lo arrodilló en la arena al percatarse del pene cercenado que los piratas embutieron en cada boca entreabierta; como si les concedieran para el viaje un último puro de Vuelta Arriba por cabeza.

 

Casi un día duró la resistencia de la fragata, pero poco podían hacer los artilleros contra la horda dislocada de los piratas. Tres abordajes fueron repelidos con una saña que obligó a Juan David Nau a ordenar retirada para lamerse las heridas a prudencial distancia de las armas españolas. Hasta que vieron el agua ensangrentada chorrear por los desagües del buque. Un último ataque bastaría: Aunque todavía los españoles abrieron brecha con el fuego graneado, no tardó en ser enarbolado un trapo blanco y las armas fueron arrojadas por la borda. Juan David Nau fue el primero en pisar la cubierta tapizada de cadáveres. Su orden fue ultimar a los heridos y recluir al resto en la bodega. Treinta y ocho hombres de los ochenta se apiñaron en el vientre de la fragata.

 

Juan de Morales y Pedrín Márquez fueron arrumbados por el Capitán Morales en el fondo del bote. Apenas si habían podido arrastrase hasta allí por su cuenta después de vaciarse sobre la arena. Pedrín, a la altura de sus veinticinco, ya no era el muchachito que cayó postrado en el río frente a la desnudez de Doña Ana de Reinoso, primera de las mujeres que han alebrestado su imaginación hasta ese día; pero ni así pudo reponerse del dantesco paisaje de aquel cayo (¿para qué habré venido? Mamá tenía razón). Pero sus colores regresaron antes que los de Juan de Morales, inmóvil en el fondo del bote a causa de un desfallecimiento, una ausencia de si, que es como un sucedáneo de la muerte.

 

Y ese desfallecimiento, ese sucedáneo de la muerte se parece a la que sentirá cuatro años después Juan David Nau, quien ha venido a dar al Golfo de Darién, tierra de indios bravos. Su expedición a Nicaragua terminó en fracaso. En Puerto Cabello poco pudo obtener, aún cuando decenas de vecinos fueron atormentados a machetazos para revelar sus escondrijos. Aquel mulato que echó al mar atado ─pasto de tiburones─, le abrió el camino a San Pedro, pero tendrían que salvar emboscadas donde perdió la mitad de su tropa antes de alcanzar el pueblecito miserable, incendiado por despecho al cabo de quince días. El resto murió en el asalto a una urca sin botín, o se dispersó en los bosques. La pérdida del buque que hasta aquella tierra fatal lo había conducido, selló su destino. Por eso siente ahora un desfallecimiento, una ausencia de si, que es como un sucedáneo de la muerte; mientras los indios comedores de carne humana le arrancan los dos brazos y se le empieza a ir en oleadas la vida. Primero, el alarido de la mutilación; después, el horror de ver sus propios brazos dorándose a la brasa, el hedor de la chamusquina. Más tarde, una lasitud casi confortable donde flotan recuerdos; hasta que una pierna le es cercenada, pero ya ni lo siente. Y es entonces apenas un vaivén, un flotar

 

Como el vaivén que mecía las percepciones semicerradas de Juan de Morales, cuando la barca se alejó y los hombres remaron con energía para que la resaca no los regresara a la playa donde setenta y nueve hombres irían disolviéndose en el olvido.

 

Y un olvido selectivo acosa en su hora última a Juan David Nau, cebándose inclusive en su viaje de gloria a Maracaibo, tomado tras rendir el fuerte de la barra, y de ahí a Gibraltar, donde tras gran mortandad puso fuego, amenazando hacer lo mismo a Maracaibo, pero los vecinos juntaron el rescate; no sin que todo ornamento de valor fuera desmontado. El olvido perdona los recuerdos más viejos de su infancia, y aquella tarde frente a Boca de las Carabelas, cuando cumplió la venganza que jurara tendido entre los cadáveres de Campeche. Su mirada paneó los rostros de aquellos españoles que habían resistido como leones, dejándole muerta o sin remedio a la tercera parte de su tripulación. Muchos le sostuvieron la mirada con una audacia que él sabía admirar. Pero en ese momento un tal Escobedo, cenizo de pavor, se arrodilló a sus pies para confesarle, a cambio de su vida, que había embarcado con órdenes precisas de ahorcar a todos los piratas, comenzando por él. Y el negro se reía de puro miedo, sin poder contenerse.

 

Mientras el bote de los remedianos se alejaba de la playa, donde setenta y ocho cadáveres eran desmenuzados por los animales, el verdugo Escobedo continuaba sonriendo, como de un chiste macabro que fuera leyendo en el horizonte; o de su propio terror ante la ira de Juan David Nau.

En aquella ocasión, el pirata, saliendo de la bodega, ordenó le fueran subidos los prisioneros uno por uno. Y es su último recuerdo en esta hora del Darién, cuando ya la vida lo abandona: uno por uno los esperó a la salida de la claraboya para irles rebanando personalmente el cuello. Excepto al último, que envió con una misiva al Capitán General de La Habana, notificando el destino de sus hombres. Los cuerpos rodaban escaleras abajo: surtidores de sangre que bañaban a los prisioneros, y las cabezas se fueron amontonando en cubierta: treinta y seis, una por cada año de la vida de Juan David Nau. Pocos más le fueron asignados ─por la Divina Providencia o por los indios del Darién─, pero bastaron para afamar el sitio donde había nacido, las Arenas de Olona, y que adoptó como sobrenombre durante veinte años: L’Olonnais para los franceses, El Olonés para los españoles.

 





Hibernación

28 06 2002

En la tarde del 26 de junio de 2002, se consumó la consagración nominal del llamado “socialismo” cubano, con la lectura de los acuerdos de modificar la Constitución, refrendados por el 96,71% de los diputados a la Asamblea Nacional del Poder Popular, todos los presentes, dado que no se encontraban19, el 3,29%. Según el diario Granma “La votación se hizo de forma nominal, al ser consultados uno por uno los diputados del Parlamento cubano, sin que hubiese ninguno que se pronunciara en contra o se abstuviera”. Dado que la prensa oficial llamó a firmar “a todos los cubanos honestos”, ningún diputado habría pecado de deshonestidad incompatible con su cargo.

Antes, se había efectuado un remedo de referendo, que consistió en “invitar” a todos los electores a rubricar (consignando número de carné de identidad, nombre y apellidos) la inamovilidad del sistema imperante, en el sitio designado al afecto, siempre cerca de su lugar de residencia, y bajo la atenta mirada de los vigilantes locales. El resultado no podía ser otro: 8.198.237 electores firmaron (decir que afirmaron ya sería más arriesgado) su tácito consentimiento.

Las modificaciones en cuestión pretenden dejar fuera de toda discusión presente o futura algunos aspectos que supuestamente constituyen el “núcleo” del régimen imperante:

El artículo 3 sanciona el “derecho” de todos los cubanos de combatir incluso por la vía armada “contra cualquiera que intente derribar el orden político, social y económico establecido por esta Constitución”. Para concluir que “El socialismo y el sistema político y social revolucionario establecido en esta Constitución (…) es irrevocable, y Cuba no volverá jamás al capitalismo”.

Más tarde el Irrevocable en Jefe aclararía que sólo es irrevocable hacia atrás, no hacia delante, donde espera el dorado paraíso del comunismo.

El Artículo 11 aclara que el Estado ejerce su soberanía sobre todo el territorio, su espacio aéreo y marítimo, el medio ambiente, los recursos naturales (sospecho que esto incluirá a los nativos en la sección de fauna). Y por ello “La República de Cuba repudia y considera ilegales y nulos los tratados, pactos o concesiones concertados en condiciones de desigualdad o que desconocen o disminuyen su soberanía y su integridad territorial”. Una clara alusión a la Base Naval de Guantánamo; pero que un gobierno futuro podría aplicar igualmente a las graciosas concesiones hechas por el señor Fidel Castro a los inversionistas extranjeros. Todo está en interpretar qué significa “desigualdad” y “soberanía”. Añade el artículo que “Las relaciones económicas, diplomáticas y políticas con cualquier otro Estado no podrán ser jamás negociadas bajo agresión, amenaza o coerción de una potencia extranjera”.

En el Artículo 137 se especifica ahora que la “Constitución sólo puede ser reformada por la Asamblea Nacional del Poder Popular mediante acuerdo adoptado, en votación nominal, por una mayoría no inferior a las dos terceras partes del número total de sus integrantes, excepto en lo que se refiere al sistema político, económico y social, cuyo carácter irrevocable lo establece el artículo 3 del Capítulo I, y la prohibición de negociar acuerdos bajo agresión, amenaza o coerción de una potencia extranjera”. De modo que ya no existe fuerza humana o divina capaz de reformar ese aspecto de la Constitución. Ni siquiera los delegados electos pueden hacerlo. Llegado el caso, como ya han apuntado numerosos analistas internacionales, bastará derogar la Constitución y escribir una nueva.

Añade además que “Si la reforma se refiere a la integración y facultades de la Asamblea Nacional del Poder Popular o de su Consejo de Estado o a derechos y deberes consagrados en la Constitución, requiere, además, la ratificación por el voto favorable de la mayoría de los ciudadanos con derecho electoral, en referendo convocado al efecto por la propia Asamblea”. Lo cual resulta curioso, porque en más de medio siglo, el señor Fidel Castro se ha abrogado el derecho de gobernar obviando la constitución vigente de 1940 (1959-1976), declarar guerras, decretar cambios trascendentales en la República, y erigirse en mandatario perpetuo, sin consultar jamás la voluntad popular.

Una Disposición Especial añadida al texto, afirma que estos cambios se hacen “como digna y categórica respuesta a las exigencias y amenazas del gobierno imperialista de Estados Unidos el 20 de mayo de 2002”.

El presidente norteamericano George Bush prometió un endurecimiento del embargo, abogó por el Proyecto Varela y pidió la democratización de la Isla.

Habría sido razonable que todos los cubanos invitados a firmar, hubieran conocido de antemano el discurso íntegro, para de ese modo comprender con exactitud a qué se estaban oponiendo. No ha sido así, y del discurso de ese mandatario extranjero, tan importante para la nación cubana que ha sido capaz de desencadenar un cambio constitucional —de ello se infiere que Cuba es hoy más dependiente de Estados Unidos que nunca antes en su historia—, el cubano de a pie apenas ha leído un tendencioso comentario en la prensa local. Y eso a pesar de que el señor Fidel Castro se tomó el trabajo de grabar el discurso y encomendar a los mejores traductores de la Isla la mejor versión al español de que se tienen noticias. Bien pudo compartir con su pueblo un texto tan sensible para la nación.

En realidad, toda esta algarabía —con dos días de asueto incluidos en un país cuya economía se desmorona—, es una respuesta al Proyecto Varela, cuyas propuestas son ahora totalmente inconstitucionales. Razón por la que, a pesar de que sus firmas fueran entregadas antes, será debatido por la Asamblea (si alguna vez es debatido) después. Tampoco ese documento, del que el pueblo cubano se enteró de soslayo por boca del ex-presidente Carter, ha llegado a las manos de los electores, a pesar de que su cultura política es la mayor del planeta, según las autoridades de la Isla.

En un discurso balbuceante y desvariante, plagado de lagunas, pérdidas del hilo narrativo y digresiones, el señor Fidel Castro se vanaglorió de la escrupulosidad del llamado referendo, dado que 51.000 electores no firmaron “y esa cifra se respetó”. Algo inusual en la Cuba unánime. Sin aclarar si se respetaría también a esos 51.000 descarriados. Llegó a asegurar que hasta los presidiarios en las cárceles y los pioneros de cuarto grado querían firmar el socialismo perpetuo, y que Estados Unidos jamás podría hacer un plebiscito popular como éste, por el enorme analfabetismo que padecen, y porque allí “la mitad de los electores se van de paseo, por el contrario que aquí”. Sin aclarar por qué los cubanos no se van de paseo en las mismas circunstancias. Y nadie ose pensar en posibles represalias, porque FC asegura que su Cuba es un país tolerante, “el único país donde no se reprime ni se da un golpe” —en los mítines de repudio y las comisarías, las víctimas se caen—, el país donde “nadie tiene que fingir y puede decir lo que piensa” (siempre que antes piense bien lo que va a decir). Aunque esto podríamos achacarlo a la demencia senil, que le hizo prometer en su discurso que en tres años Cuba superaría la calidad educacional de Suiza, o que con un dólar se podían comprar en la Isla 128 litros de leche.

De este intento de hibernación en que se pretende sumir a la sociedad cubana, se desprende no sólo la cerril voluntad de auto perpetuación de FC, sino su profundo desprecio hacia su pueblo. Primero se le conmina a firmar, negándosele la intimidad y el anonimato de cualquier referendo, negándole incluso la posibilidad de elegir entre el sí y el no. Después se declara incompetentes para cambios futuros a los representantes electos. Y por último se especifica que “el pueblo” podrá apelar a las armas para impedir cualquier cambio. Como el pueblo está desarmado, se sobreentiende que se habla de “el pueblo uniformado”. Con ello, además, se pretende vetar de antemano cualquier transición pacífica hacia una sociedad verdaderamente democrática y plural, otorgando el instrumento legal a quienes pretendan perpetuar el statu quo a cualquier precio.

FC no se ha contentado con regir durante medio siglo la finquita nacional, ganado humano incluido; ni siquiera sueña, como Adolf Hitler, que el III Reich durará mil años. FC aspira a la eternidad. Quizás la próxima sesión de la Asamblea apruebe por unanimidad su carácter divino e inmortal.

Se habla de la inamovilidad del socialismo, y su perfectibilidad hacia el comunismo, pero lo cierto es que en los últimos diez años sólo hemos observado en Cuba un regreso del viejo capitalismo: florecen las empresas mixtas y extranjeras; se multiplica la emigración hacia el capitalismo, y el 14% de los ingresos en divisas del país proceden del exilio; se generaliza la shooping en detrimento de la igualitaria libreta, las clases sociales son más evidentes, y la alta jerarquía envía a hijos y sobrinos a Europa y Latinoamérica a invertir sus ahorros en empresas capitalistas, para garantizarse un confortable plan de pensiones. Por si la eternidad del socialismo durara menos de lo esperado. Incluso la gestión de las empresas estatales empieza a deslizarse hacia el bien conocido capitalismo de Estado.

Se habla del Estado como dueño del patrimonio nacional, cuando ese Estado está hoy descapitalizando el país con el único propósito de garantizar su permanencia política, sin correr el riesgo de liberar las capacidades productivas de los cubanos.

Se habla, en suma, de garantizar el futuro a un sistema que no ha sido capaz de garantizar el presente.

Se habla de soberanía y orgullo nacional en el país más dolarizado del mundo, donde la propia moneda es apenas papel pintado y los nacionales son ciudadanos de tercera clase, “lo extranjero” es sublimado y una buena parte de la población no ve su futuro hacia delante sino hacia el norte.

Si, como dijo el diputado Silvio Rodríguez se trata de grabar “nuestros nombres en un tronco, en una pared del tiempo”, corren el riesgo de que sus grafitis sean borrados mañana, y sobre ellos se cuelgue el consabido anuncio: PROHIBIDO PEGAR CARTELES.

 

“Hibernación”; en: Cubaencuentro, Madrid, 28 de junio, 2002. http://arch.cubaencuentro.com/sociedad/2002/06/28/8688.html.

 





Mafiosos, ma non tropo

24 06 2002

En el imaginario del fidelcastrismo, el exilio cubano de Miami ha transitado por diferentes etapas. Primero fueron todos batistianos. A renglón seguido, fueron oligarcas y burgueses, dado que era incomprensible que habiendo cientos de miles de batistianos, un puñado de barbudos hubiera ganado la contienda. Y de inmediato, la prensa insular divulgó con encono la noticia de que la marquesa mantenía de su título tan sólo la M y era ahora mucama, mientras al antiguo industrial, la implacable sociedad yanqui lo había convertido en industrioso, y fregaba carros en un garaje de la sagüesera. Todas las fotos kitsch que llegaban a la Isla de exiliados sonrientes ante refrigeradores derramando jamones, o apoyados en Chevrolets del año, eran opulencias de alquiler. Por entonces, aún el gobierno podía dilapidar los restos de la riqueza heredada, y no había caducado la promesa de un cielo comunista donde amarraríamos los perros con longaniza (soviética) a una nube de algodón de azúcar.

Mientras los exiliados no limpiaban carros o se hacían fotos trucadas, ejercían un odio beligerante y terrorista cuyo propósito era dar marcha atrás a la máquina del tiempo hasta los felices 50.

Hasta ese momento, todos los exiliados —salvo las brigadas de maceítos—eran gusanos: bichos arrastrados y repulsivos que, entre otras tareas fecundan la tierra y fabrican la seda. Mantener correspondencia con un gusano estaba prohibido, para no malgastar los esfuerzos alfabetizadores desplegados por la Revolución.

A fines de los 70, el gobierno “descubrió” que existía una “comunidad cubana en el exterior”, ansiosa por visitar a sus parientes de la Ínsula y, de paso, alimentar las arcas cubanas con otros rubros que no fueran rublos. Aunque el cálculo de FC era, ante todo, un cálculo político: autorizar los viajes familiares jugaba con la política de distensión preconizada por el presidente Carter; disparaba contra la arboladura del embargo —no contra la línea de flotación, dada su demostrada utilidad como chivo expiatorio—, y dividía al exilio entre “intransigentes” y “dialogantes”. Posiblemente fue durante aquellos años finales de los 70, cuando más blando fue el discurso oficial cubano hacia Miami. Los militantes del PCC recibieron la “orientación” de acoger (y ya de paso, coger lo que pudieran) amablemente a los parientes que hasta el día anterior no merecían ni una carta. Los gusanos al fin salieron de la crisálida. Fue un tiempo de reencuentros, mariposas y maletas. Los cubanos de la Isla descubrieron asombrados la de cosas que podía comprar la antigua marquesa con su salario de mucama.

Pero el cálculo oficial se basaba en la presunta impermeabilidad ideológica de sus súbditos y su más presunto desinterés material que colmaba con creces la libreta de abastecimiento. Como resultado, en 1980 los marielitos devolvieron la visita a los maceítos y las mariposas involucionaron a gusanos.

La relativa bonanza de los 80, con sus repentinos mercaditos, mercados paralelos, mercados negros y verdes, es decir, shoppings, mantuvo a niveles medios el discurso beligerante, con sus altas y sus bajas.

Pero ya en los 90, el gobierno necesitó echar mano a todos sus recursos para explicar el total descalabro del sistema sin asumir ni una dosis de culpa. Al embargo y el clima (tradicionales culpables), se sumaron los rusos y el exilio, Helms y Burton mediante. La multiplicación del éxodo hasta niveles de los 60, y la crisis de los balseros, dictó la conveniencia de satanizar Miami, aún antes del Caso Elián. Los gusanos se volvieron más verdes y viscosos. Ya no eran batistianos ni burgueses, sino “escoria apátrida” desde 1980.

En el nuevo discurso de las autoridades cubanas, la “mafia” de Miami se dedicaba a odiar a Cuba mañana y tarde, apoyaba con fervor los más tenebrosos planes contra la Isla, y vivía pendiente de una revancha histórica que le permitiera regresar como invasores, a bordo de sus dólares, y sojuzgar para siempre a sus compatriotas, que en su día fueron redimidos por Fidel Castro. Tan ocupados en odiar, no se explica de dónde sacaban tiempo para enviar a sus familiares mil millones de dólares al año, y mantenerlos con vida hasta que llegue el momento de esclavizarlos.

A propósito, si los de Miami son todos unos mafiosos, la Isla tendrá que ser, por fuerza, la lavadora de dinero donde se asean sus excedentes.

Una lectura asidua de la prensa cubana revelará la imagen del exilio que el gobierno aspira a crear en sus ciudadanos: Repiten hasta el aburrimiento y la hipnosis que la población de Miami no sólo es de extrema derecha y anticastrista, sino anticubana, aliada con los intereses de una potencia extranjera. Un exilio dispuesto a invadir la Isla y desalojar de sus antiguas casas a los nuevos propietarios, recuperar sus empresas y apropiarse del país. Favorecería cualquier solución drástica en Cuba siempre que concluyera con el derrocamiento de Fidel Castro, y saciara sus ansias de venganza. Y, por último, no dudaría en aplaudir masivas purgas y ajustes de cuentas tras la caída del comunismo.

Sin embargo, una encuesta realizada recientemente a más de 800 personas en el condado de Miami-Dade por la firma Bendixen & Associates, con un margen de error del 3%, parece contradecir los juicios apocalípticos de La Habana.

Según sus resultados, aunque cayera el comunismo en Cuba, sólo el 27% regresaría a la Isla, de modo que la prevista invasión se quedaría en mera excursión. El 46%, en cambio, está a favor de que los norteamericanos puedan viajar libremente a Cuba, mientras el 47% se mantiene en contra. Aún el 61% se muestra a favor del embargo, pero ya el 28% aboga por eliminarlo. En ello posiblemente influye que el 45% considera que ha sido un instrumento ineficaz, frente al 46% que aún sostiene lo contrario. La inmensa mayoría apuesta por el tránsito cubano hacia la democracia y son más los que preferirían una política implementada por Europa, América Latina y Estados Unidos (48%), que quienes la limitan a una política exclusivamente norteamericana(35%). El 54% considera positivo el Proyecto Varela, aunque el mismo, al ajustarse a la Constitución vigente en Cuba, excluya la opinión de los exiliados, razón por la que el 23% dice no aceptarla iniciativa.

Entre quienes llegaron en los 60, el 42% apoya el perdón y la reconciliación entre cubanos, frente a un 46% en contra. Mientras que entre los llegados en los 90, la proporción es de 62% contra 29%. El 79% de los entrevistados prefiere una transición gradual y pacífica, aunque sea más lenta, mientras apenas el 16% apoyaría cambios drásticos. Y el 76% estaría de acuerdo con la participación en el proceso de los líderes del exilio. Un 15%, en cambio, estaría en contra. Y aunque un 42% aboga por comenzar desde ya el proceso de transición, el 52% opina que en vida de Fidel Castro serán impensables cambios serios. El empecinamiento del mandatario cubano en un discurso del odio que sirve de coartada al desmoronamiento de su régimen, parece darles la razón.

Si acatamos el precepto bíblico de que por sus obras los conoceréis, cualquier observador imparcial deberá reconocer que los exiliados cubanos, despedidos en su día a golpes de desprecio y escarnio tras ser esquilmados sus bienes salvan del hambre hoy a media Isla. Mientras en la acera sur del Estrecho se enorgullecen del odio unánime y obligan a rubricar la inamovilidad constitucional de la dictadura; en la acera norte, la tercera parte aboliría el embargo, más de la mitad aboga por la reconciliación, y las cuatro quintas partes preferiría un tránsito incruento y gradual de sus compatriotas hacia la democracia. Una mafia, en suma, de la que Don Vito Corleone se avergonzaría en nombre del gremio. Tampoco el Padrino de la Isla permitiría a los miembros de su familia esos excesos de opinión, ni esos reblandecimientos del odio.

“Mafiosos, ma non tropo”; en: Cubaencuentro, Madrid, 24 de junio, 2002. http://arch.cubaencuentro.com/sociedad/2002/06/24/8570.html.





Razones del sí

18 06 2002

Según datos de las autoridades cubanas, 9.664.685 ciudadanos se han manifestado espontáneamente a todo lo largo de la Isla para apoyar al Comandante en Jefe, y contra las amenazas del Imperialismo. Como de costumbre, el presidente de turno en Estados Unidos es el único enemigo. El olímpico desprecio del señor Fidel Castro hacia su propio pueblo le hace literalmente imposible admitir que el Proyecto Varela sea una iniciativa de la incipiente sociedad civil cubana, que 11.000 súbditos hayan decidido pensar por cuenta propia. Tienen que ser agentes del Imperialismo, marionetas del enemigo, instrumentos del único adversario que durante medio siglo ha considerado digno de sí mismo: la mayor potencia del planeta.

El infinito ego del gobernante cubano habrá sufrido muchas veces porque su destino se haya reducido a comandar un país pequeño y pobre, cuando individuos menos dotados que él disponían de enormes recursos para poner en práctica sus ambiciones. Durante decenios intentó corregir ese error de la historia: primero erigiéndose en comandante supremo de la revolución latinoamericana; más tarde, como “libertador” de África, y líder del Tercer Mundo. Hoy, aunque su soberbia le diga lo contrario, su inteligencia no puede dejar de musitarle al oído que ha fracasado estrepitosamente. Incluso los enemigos de la globalización lo contemplan con curiosidad exclusivamente paleontológica y se negaron a invitarlo a Porto Alegre. Ya no se atreve a asistir a algunas cumbres de mandatarios latinoamericanos, donde su gastado discurso suscita burlas en los pasillos. Pero a su ego le queda un refugio: Cuba, donde su poder sobre los once millones de almas tiene que ser indiscutible. El hecho de que 11.000 se hayan atrevido a desafiarlo, merece la movilización de todo el país para aplastarlos. No importa los métodos que se empleen ni los recursos que se inviertan en ello. No importa la credibilidad que esta gran performance tenga a los ojos del mundo, ni siquiera a los ojos de los cubanos. Más importante que la unanimidad en sí, es la apariencia de unanimidad. Y el propósito final: que el peso de la muchedumbre, la desproporcionada magnitud de la respuesta, desanime a los próximos 11.000, o 20.000 o 50.000 que se atrevan a retar al poder absoluto.

Como de costumbre, la verdadera razón de este despliegue queda en la sombra para el ciudadano cubano, que apenas tiene una idea de en qué consiste y qué propone el Proyecto Varela. Y menos idea tendría de no haberlo mencionado el ex-presidente Carter durante su visita a La Habana.

Pero en esta ocasión no ha bastado a las autoridades cubanas la presencia masiva (y por tanto anónima) de los ciudadanos en las movilizaciones. El reiterado empleo de mecanismos de compulsión y coacción para que todos participen en ellas, las desacredita como demostración de la voluntad popular. Ya nadie acepta que un millón de cuerpos en una marcha equivalga a un millón de votos a favor. De modo que 780 representantes de las organizaciones de masas, meros engranajes para el ejercicio del poder, reunidos en Asamblea Extraordinaria Conjunta, hayan “ideado” algo que llaman referendo para la “Propuesta de Modificación Constitucional”. En el diario Juventud Rebelde se explica que la “Iniciativa de Modificación Constitucional (…) solicita se incluya en nuestra ley de leyes la ratificada identificación de nuestro pueblo con cada uno de los principios que la sustentan; principalmente, los fundamentos económicos, sociales y políticos reflejados en su Capítulo Uno, así como destacar que el nuestro es un Estado socialista de trabajadores, independiente y soberano”. «El régimen económico, político y social consagrado en la Constitución es intocable». Es decir, “haciendo uso del derecho fundamental que asiste a todos los ciudadanos de dirigir peticiones a las autoridades, conforme a su artículo 63″, se trata de dar carta blanca a la Asamblea del Poder Popular para incluir en la Constitución la inamovilidad del régimen actual, y blindarlo contra cualquier tipo de modificación futura. El procedimiento ideado no ha sido permitir que cada ciudadano, en la intimidad de un cubículo, decida en su boleta entre el SÍ y el NO. Eso le concedería la peligrosa oportunidad de elegir. El método de este referendo oblivuntario ha sido establecer, entre el 15 y el 18 de junio, 129.523 puntos donde los ciudadanos con derecho al voto deberán consignar su aprobación, ratificándola con su firma y número de carné de identidad. Dado que estos puntos se encuentran en las localidades de residencia, y bajo la mirada atenta del poder, firmar (o no), siempre “de manera absolutamente voluntaria” como subraya Granma, equivale a un compromiso.

Garantizado metodológicamente que los cubanos no puedan optar por el NO, sino simplemente abstenerse de firmar el SÍ, el gobierno ha “demostrado” esta vez su talante democrático, al “permitir” que firmen los cubanos que están en trámites de salida del país, e incluso los residentes fuera de Cuba, que en las embajadas correspondientes deseen dejar constancia de que el régimen actual debe convertirse en la única opción perpetua para los cubanos (que residen en la Isla, por supuesto). No obstante, las propias autoridades aclaran que “estos casos serán contabilizados o no, según determine la Asamblea Nacional del Poder Popular”. Una vez hayan estampado su firma, los cubanos en el exterior o los aspirantes a serlo, regresarán a su condición de no-ciudadanos.

¿Responderá masivamente la población cubana sancionando con su firma el SÍ? No hay dudas. ¿Está de acuerdo entonces masivamente con el régimen imperante? Ya esa es una pregunta de incierta respuesta, y que sólo esclarecería un verdadero referendo, donde privadamente y sin coacciones, contando con información objetiva de las diferentes opciones por las que se podría decantar el futuro de la Isla, el ciudadano decidiera. Algo que no ha pasado ni lejanamente por las intenciones del señor Fidel Castro.

No hay dudas de que una parte de la población está de acuerdo con el régimen y firmará convencida su entronización eterna. Por convicción o conveniencia, por hábito, por miedo a un capitalismo implacable y feroz que le anuncia cada día la prensa. Las razones pueden ser diversas.

Otra parte, posiblemente mayoritaria, no está de acuerdo con las reglas del juego, pero su supervivencia depende de adaptarse a ellas. Quien desee ingresar en una universidad, escalar en la jerarquía profesional o política o, simplemente, conservar una plaza profesional o económicamente apetecible, concedida por el Empleador en Jefe, deberá ratificar con su firma la inamovilidad del statu quo, y de paso su futuro personal. A ello se suma quien no desee afectar a sus hijos o familiares cercanos con indeseables “efectos colaterales”. Y también los que sobreviven al margen de o violando sistemáticamente la (i)legalidad imperante. Basta una rápida mirada a la libreta de (des)abastecimiento, para percatarse de que, en caso de respetar estrictamente la ley, el 80% de los cubanos habría muerto por inanición. Continuar vivo en Cuba es un acto delictivo. Tolerado, porque el poder requiere quórum, y porque cada culpable de supervivencia mediante hurto, contrabando, trapicheo, etc., permanece en libertad vigilada. Una tolerancia que cesaría en caso de que este ciudadano (de ingratos está lleno el mundo) levantara su voz contra el magnánimo poder que le permite medrar mientras se porte ideológicamente bien.

Una parte ínfima, por fin, no sólo no estará dispuesta a ratificar la farsa de referendo, sino que no tendrá nada que perder (o estará dispuesto a perderlo, en los casos más heroicos), y compondrá el mínimo abstencionismo esperado.

Desde que cesara el subsidio soviético, las autoridades cubanas han demostrado que están dispuestas a cualquier sacrificio de sus súbditos, pero no a ceder ni un ápice del poder absoluto. Podrá haber recortes de electricidad o alimentos, de ropa o medicamentos, pero nunca se ahorrarán millones de dólares ni millones de horas de trabajo, si ello es recomendable para la conservación del poder. Y en este caso, la osadía de 11.000 ciudadanos debe ser aplastada, en previsión de que cunda el mal ejemplo. No importa a qué precio ni las coacciones que se ejerzan. La unanimidad en sí no importa. Lo que realmente importa es la apariencia de unanimidad y, sobre todo, crear en el ciudadano individual la noción de que nada de lo que haga como persona, nada de lo que opine o piense, cambiará el statu quo, sembrar en su conciencia la certeza de que toda disidencia es inútil y está condenada al fracaso. No se trata de matar al enemigo, sino de inocularle una sustancia ideológica neuroparalizante, convencerlo de que sólo hay tres alternativas: la aceptación, el silencio o el exilio.

Una vez más vale la pena releer 1984, de George Orwell y, en especial, aquel pasaje en que O’Brien explicaba a Winston: “el Partido quiere tener el poder por amor al poder mismo. No nos interesa el bienestar de los demás; sólo nos interesa el poder (…) Sabemos que nadie se apodera del mando con la intención de dejarlo. El poder no es un medio, sino un fin en sí mismo. No se establece una dictadura para salvaguardar una revolución, se hace la revolución para establecer una dictadura”.

“Razones del sí”; en: Cubaencuentro, Madrid, 18 de junio, 2002. http://arch.cubaencuentro.com/opinion/2002/06/21/8473.html.html.





Testículos y otras razones

3 06 2002

En su excelente análisis “El Proyecto Varela o las trampas de la fe”, publicado en Cubaencuentro, el colega Jorge Salcedo objeta en su esencia el Proyecto Varela. Ante todo, recuerda que el Proyecto es “sólo un instrumento para lograr un fin común: la democratización de la Isla”. Algo con lo que concuerdo plenamente, y que nadie debe perder de vista: El PV no es un fin en sí mismo. Reconoce la valentía de sus autores y firmantes, así como su carácter de “aldabonazo en la dormida conciencia democrática del pueblo cubano”, rememorando a Chivás. Y anota que “presentar al Gobierno cierta iniciativa de cambio con más de 10.000 firmas de ciudadanos es un ejemplo tan subversivo que poco importa el éxito o el fracaso de la iniciativa concreta”, acotando éste como su, al parecer, mensaje fundamental.

No obstante, centra su discrepancia en varios puntos:

1-El “Proyecto Varela crea un precedente funesto”, al legitimar la Constitución de 1976 como un marco válido y respetable. Y esta constitución no debe ser acatada, porque, en principio es una “regulación impuesta a la sociedad sin su consentimiento”. De modo que “concederle legitimidad a la Constitución de 1976 es partir de la mentira, y sobre la mentira no se puede fundar la democracia en Cuba”. “Es suicida pretender que esto no tiene importancia”.

2-El gobierno, sin violentar sus propios presupuestos constitucionales (que el Proyecto acata) puede rechazar el referéndum. Ante todo, porque “a la luz de la «Constitución» Socialista, las leyes propuestas en el Proyecto Varela no lo son”.

3-La verdadera legitimación del discurso disidente se basa en la Constitución de 1940 y la Declaración Universal de Derechos Humanos, desde cuya perspectiva paradigmática “la disidencia tiene mejor argumento que el régimen”.

Creo que el análisis de Jorge Salcedo, así como las objeciones que desde diferentes lugares se han hecho al proyecto, merecen un detenido análisis. Lejos de mí tildar tales objeciones como “actitudes extremistas de Miami” o atribuirlas al fundamentalismo de ciertos actores de la disidencia interna, cuyo propósito es hacer méritos ante los sectores más “duros” del exilio, con vistas a su futura expatriación. Aunque en dosis cada vez menores, tales actitudes también existan. Basta recordar que hay voces en el exilio clamando aún por la extirpación del castrismo a sangre y fuego, y dispuestos a pagar el precio en vidas cubanas que ello requiera, sobre todo porque serían vidas ajenas.

Pero al margen de tales “ideólogos”, la mayoría de los cubanos se posiciona frente al Proyecto desde el respeto a la valentía de sus autores y firmantes, en primer lugar, y desde su propio criterio sobre la “utilidad” perspectiva de la iniciativa.

Es cierto que al actuar en el marco de la Constitución de 1976, el PV, desde cierto punto, la acata. Pero es cierto también que las enmiendas al texto que propone, atacan directamente al núcleo de esa constitución que supuestamente acepta, al pretender subvertir los tres monopolios que sostienen el poder perpetuo de FC: el monopolio económico, el monopolio político y de asociación, y el monopolio del discurso. De modo que el Proyecto emplea un resquicio de la constitución para, en la práctica, someter al debate público y poner en tela de juicio, aspectos medulares de la carta magna.

Por otra parte, si nos atenemos a la estricta legalidad, deberemos aceptar que una constitución votada en su momento por el 96% de la población cubana residente en la Isla no es, en lo absoluto, un documento impuesto por decreto. Podemos argumentar la falta de opciones de la población cubana en ese momento, la intensidad con la que todavía actuaba el “síndrome del líder”, el intensísimo bombardeo propagandístico, empezando por la escuela, la represión a los pocos que sustentaban, abiertamente, un discurso disonante, y hasta un margen de trucaje electoral. Aún así, cualquiera que recuerde la mentalidad imperante aún en los 70, reconocerá que cualquier proyecto constitucional presentado por el Máximo Líder habría contado con una holgada mayoría. Ya no la aplastante mayoría de 1959, pero sí la suficiente para aprobar el documento.

De modo que partir de la Constitución imperante en la Isla no es partir de la mentira, sino de una realidad caducada, inoperante y violatoria de los derechos humanos elementales, pero que en su día constituyó la expresión de la voluntad de los cubanos.

La frase “sobre la mentira no se puede fundar la democracia” es, sin dudas, hermosa, pero me temo que inexacta. El hecho de que sea necesario “fundar la democracia” establece que se deberá fundar sobre las ruinas de la “no democracia”, es decir, sobre las ruinas del totalitarismo: esa forma de mentira estadística que consiste en el secuestro, por unos pocos, del discurso que pertenece a todos. Quiérase o no, habrá que contar mañana con las propiedades (buenas y malas) de esas ruinas si queremos edificar sobre ellas el edificio resistente, sólido, de una democracia perdurable.

Juan Carlos aceptó las reglas del juego que le impuso Franco. Sobre esa aceptación del mal, sobre ese pasado nefasto, se edificó la transición más ejemplar de los tiempos modernos, y una democracia tan inquebrantable que a los escolares de hoy el franquismo les resulta tan jurásico como la lista de los reyes godos. Y eso ha ocurrido en un cuarto de siglo.

Es, sin dudas, más fácil, negarse de plano a aceptar el orden constitucional cubano, y no “mancharse las manos” empleándolo para proponer su subversión. Hasta hoy, la disidencia (externa e interna) lo ha hecho. Se puede, y se debe, apelar a la Declaración de los Derechos Humanos, e incluso a la Constitución de 1940 —que a estas alturas sería absurdo reponer tal cual—. Pero tampoco se debe perder de vista que las guerras se libran a lo largo de muchas y pequeñas batallas. Los generales que se limitan a esperar su momento de librar la batalla final, y dejan escapar pequeñas escaramuzas y presuntas victorias de escasa gloria, suelen perder las guerras.

Durante decenios, la disidencia interna, marginada y ninguneada por el régimen cubano, escarnecida sin derecho a réplica, encarcelada por los más nimios motivos, y acosada hasta minimizar sus contactos con el resto de la población, ha logrado escaso reconocimiento interno y muy poca influencia sobre sus compatriotas. Internacionalmente, sólo en los últimos tiempos mandatarios extranjeros la han tomado en cuenta. ¿Por qué? Los factores son muy diversos: desde la feroz represión hasta el hecho de que, hasta hoy, ninguna de sus iniciativas ha movido una masa visible de seguidores. Con el PV, es la primera vez que esto ocurre. La primera vez que un importante político extranjero comenta abiertamente a los oídos de los cubanos una iniciativa disidente. La primera vez que numerosos países atisban el embrión de una sociedad civil a la que apoyar; un movimiento visible de oposición nacido “dentro” (y ese dentro es importante) de la Isla. La primera vez que el señor Fidel Castro se refiere a la disidencia como “opositores”. La primera vez que una asamblea de vecinos discute abiertamente un proyecto que socava las bases del sistema. La primera vez que en las sobremesas y los pasillos, en las guaguas y los parques de Cuba, la gente comenta no tanto el contenido del proyecto Varela, sino los cojones que tienen esos once mil cubanos para pararse con su firma como única arma, frente al dueño de los tanques y los cañones, frente al mayoral de la finca, el dueño de las palabras durante casi medio siglo. Y en el imaginario de la Isla, tener cojones suele ser más respetado que tener la razón.

Y hablando de asuntos testiculares, hay otro aspecto del Proyecto Varela que es, posiblemente, tan subversivo como su contenido. Durante medio siglo el señor Fidel Castro ha cultivado la imagen del guerrillero audaz, valiente, incluso temerario. Aunque por muy curiosos azares, que quizás no lo sean, desde sus tiempos de gánster universitario hasta hoy, jamás ha recibido un rasguño. La victoria de su pequeña guerrilla frente a un ejército moderno. La larga batalla contra la primera potencia mundial. Sus exabruptos verbales en cuanta tribuna le acoja. El que estuvo dispuesto a inmolar a su pueblo durante la Crisis de Octubre. El superviviente de la Guerra Fría y de los mil atentados. El mito, en suma, de David el cojonudo, una faceta del Comandante en Jefe que una buena parte de su pueblo admira. Pero ahora, gracias a la difusión nacional e internacional del Proyecto Varela, al Goliat en jefe le ha salido un David desarmado pero echaíto palante: 11.000 cubanos que le retan a un referendo.

Como bien apunta el colega Salcedo, FC tiene en su mano los recursos legales para desestimarlo, pero si lo hace, una buena parte de los cubanos sospechará que el tal David no le teme a Bush, pero sí a Pepe y a Julián, a María y Vivian: los cubanitos de a pie en condiciones de refrendar sus propias libertades. Y al descrédito de las mitologías sucede el fin de las religiones. Variante dos: Podría echarle huevos al asunto, aceptar el envite y celebrar el referendo. No dudo que su infinito ego le induzca a pensar que ganaría la apuesta; pero su no menor inteligencia le susurra que como están las cosas, no debería confiarse. Y en caso de perder, quedaría demostrado que no gobierna por consenso, sino por sus cojones. Una variante testicular que los cubanos, por el contrario que la anterior, aborrecen. Y Fidel Castro sabe que una eventual derrota abriría la mesa a un juego donde él no tendría todos los ases en la manga. Sin dudas todos esos elementos explican que a varios días de la presentación del proyecto y del discurso de Carter, todavía el mandatario cubano no se haya pronunciado.

Son muchos elementos a tomar en cuenta antes de decidir las ventajas y desventajas de una iniciativa como ésta. Y no es de importancia menor lo que nos recuerda Jorge Salcedo: que desde las luchas por la independencia al Proyecto Varela, las concesiones de la lucha política a la real politik han conseguido frustrar las aspiraciones, los sacrificios y los sueños, legitimando resultados ajenos a los fundacionales. Efectivamente, ni la República fue “con todos y para el bien de todos”, ni la Revolución de Fidel Castro fue democrática y “verde como nuestras palmas”. ¿Podría ocurrir mañana lo mismo? Podría. Razón por la que todos los cubanos deberemos tener muy claro que, sean cuales sean los medios y recursos de cada uno, los fines son siempre los mismos. El Estado de derecho, la democracia, el respeto irrestricto a las libertades y a la dignidad de los seres humanos son nuestros únicos conjuros para superar un siglo entero buscándonos a nosotros mismos, sin encontrarnos.

 

“Testículos y otras razones”; en: Cubaencuentro, Madrid, 3 de junio, 2002. http://arch.cubaencuentro.com/sociedad/2002/06/03/8243.html.

 





Clonaciones

28 05 2002

La famosa Ubre Blanca, única vaca con establo privado, música de Mozart y aire acondicionado, visitada por presidentes y delegaciones de alto nivel, otorgó a sus ordeñadores, durante el día más Guinness de su vida, 109,5 litros de leche. Y durante su temporada récord, 24.268,9 litros en 305 días. En el imaginario de la Isla, las ubres de esta vaca ejemplar ocuparon el pedestal del obrero y la koljosiana.

Mientras la aparición del “hombre nuevo”, escrupulosamente limpio del pasado burgués, se iba prorrogando año tras año, la aparición de la “vaca nueva” ya era un hecho. Los más mínimos acontecimientos de su vacuna vida eran reseñados por la prensa, que le dedicó un sentido epitafio el día de su muerte. Y como cualquier prócer de la Patria, tuvo su estatua en mármol blanco. Previsoras, las autoridades cubanas han conservado durante casi dos décadas un puñado de sus células, que ahora se han convertido en noticia.

Según un científico cubano, tras la desaparición del campo socialista, la producción de leche disminuyó un 50%.Su declaración establece una extraña relación causa/efecto, dado que la masa ganadera cubana disminuyó inexorablemente desde 1959 hasta 1990, y de ahí a la actualidad, pasando desde una cabeza de ganado por habitante, hasta casi cuatro habitantes por cabeza de ganado hoy. A inicios de los 70, se disminuyó drásticamente la cuota de carne que se distribuía por la libreta de (des)abastecimiento, explicando en un documento que se debatió en los centros de trabajo y estudios del país que la drástica contracción de la cabaña amenazaba con el ingreso de las vacas cubanas al libro rojo de la fauna. Sin mayores explicaciones ni culpables (es más fácil mencionar a la matanza furtiva que a la política furtiva).Y por entonces faltaban casi veinte años para que se detuviera el flujo de carne rusa.

Claro que si se entiende como producción de leche cubana el añadirle agua a la leche en polvo que llegaba desde la antigua RDA, ciertamente la caída del muro de Berlín tuvo para la Isla consecuencias lácteas que las vacas locales fueron incapaces de paliar.

El caso es que en las células de Ubre Blanca depositan hoy sus esperanzas las autoridades cubanas. Cumpliendo orientaciones directas del señor Fidel Castro, el Centro de Investigaciones de Mejoramiento Animal, dirigido por José Morales, se encuentra empeñado en la tarea de choque de clonar a Ubre Blanca, algo de “máxima prioridad para el país y para el Comandante en Jefe”, según el citado director, quien también asegura que la aparición de Ubre Blanca-2 es inminente.

De modo que tenemos a las puertas la versión lechera de la Zafra de los 10 Millones, el Cordón de La Habana y el desmonte masivo de tierras, que transformaría la Isla en un fértil vergel de punta a punta, y terminó desfoliando vastas extensiones, que al cabo tampoco se convirtieron en plantíos.

En casi medio siglo, las iluminaciones repentinas del mandatario cubano, adicto a lecturas diversas (economía, agricultura, ganadería, medicina, biotecnología, etc., etc.) han generado planes que harían manar sobre Cuba el cuerno de la abundancia en apenas unos años. Cuando se extirpó de los alrededores de La Habana una espléndida arboleda de frutales y cultivos diversos, para sustituirla por el café caturra de aciaga memoria, se desmontó una agricultura muy productiva para reemplazarla por la quimera de riqueza rápida. Dados los precios del café en el mercado mundial por entonces, el Cafetero en Jefe calculó dividendos espectaculares. Cuando el plan fracasó estrepitosamente, ni siquiera se ocupó de reconocer su error, responsabilizarse por las pérdidas o recuperar la agricultura tradicional en las áreas devastadas. Ya estaba listo para apostar fuerte, en la ruleta de la economía, por el azúcar. Tan fuerte, que la zafra de 1970, sin alcanzar siquiera la meta añorada, desmembró el tejido productivo al desviar de sus labores habituales a cientos de miles de trabajadores. Al cabo, su resultado más perdurable fueron los Van Van. De nada valieron las advertencias de los pocos especialistas que se atrevieron a contradecir las visiones del líder.

Si algo no se puede decir del señor Fidel Castro es que sea un hombre aburrido. Detesta los riesgos calculados de la economía de mercado. Y detesta por igual la pesada maquinaria de la llamada “economía socialista planificada”, con sus planes quinquenales y sus aburridas previsiones. Su espíritu guerrillero se niega a un sistema que depende del cálculo, sin emociones ni sorpresas. Como los buenos jugadores de Las Vegas, para él apostar es lo importante. Ya se encargará el pueblo cubano de sufragar las pérdidas. El pueblo cubano y sus sufridos acreedores internacionales, a los que ha sableado sin misericordia durante casi medio siglo. Rusos, argentinos, venezolanos, mexicanos, españoles, y un largo etcétera conocen en carne propia que otorgar crédito a Cuba es un deporte de riesgo.

Por el bien de los niños cubanos, únicos que concluyen su crecimiento a los siete años, por lo cual después de esa edad ya no necesitan leche, ojalá miles de ubres blancas comiencen a poblar los campos de Cuba. Claro que además de ser muy productivas, las nuevas ubres blancas deberán ser vacas autogestionadas: se buscarán la comida por su cuenta, e incluso se ordeñarán mutuamente. De ser confinadas en granjas estatales, podría ocurrir que se murieran de hambre, o que su leche regara sin provecho los establos, e incluso que el producto de sus ordeños, se cortara en los depósitos por falta de transporte, o carenara por error en una cantera de áridos, y no en la fábrica de quesos que le correspondía.

Pero ya puestos a la tarea de clonar, bien podrían los biotecnólogos de la Isla clonar a aquellos campesinos que con sabiduría, dedicación y escasos medios, surtían el mercado en abundancia, sin culpar jamás al clima, a Norteamérica o a Rusia en caso de mala cosecha. Clorar a los ganaderos que desde el siglo XVI convirtieron a la Isla en un importante exportador de cueros y salazones. O a los empresarios que legaron a los actuales gobernantes una economía saneada y ascendente, sin deudas y con un superávit en su balanza comercial.

Pero mucho me temo que si el experimento de Ubre Blanca resulta un éxito, el próximo candidato a la duplicación sea otro.

 

“Clonaciones”; en: Cubaencuentro, Madrid, 28 de mayo, 2002. http://arch.cubaencuentro.com/economia/2002/05/28/8156.html.

 





Revocación del miedo

15 05 2002

En su comunicado a todos los cubanos, Oswaldo Payá Sardinas, presidente del Movimiento Cristiano Liberación, acaba de informar de la presentación ante la Asamblea Nacional del Poder Popular, del ya conocido Proyecto Varela, que propone llevar a referendo cinco puntos cruciales:

•Derecho a asociarse libremente

•Derecho a la libertad de expresión y de prensa

•Amnistía

•Derecho de los cubanos a formar empresas

•Una nueva ley electoral.

Para conseguirlo, se han reunido, según el propio Payá, 20.000 firmas, de las que, como consecuencia de la fuerte represión desatada, se han presentado 11.020. Ellas permitirán a la Asamblea Nacional, al menos teóricamente, debatir la puesta en marcha del posible referendo.

El proceso que acaba de concluir con la entrega de las firmas ha sorteado enormes dificultades para llevar a término lo que en cualquier país del mundo sería un trámite rutinario. La primera es que una buena parte de los opositores que habrían firmado gustosamente la petición, han sido desprovistos de sus derechos políticos, precisamente por sus opiniones políticas. La segunda es convencer a muchos cubanos de que abandonen el confortable doble discurso (la verdad privada vs. el silencio público) y rubriquen sus opiniones impronunciadas, ateniéndose a las consecuencias. La tercera ha sido convencer a los cubanos de la honestidad de los promotores del proyecto, sin otros medios que el contacto personal frente a toda la maquinaria propagandística al servicio del poder, que se ha empleado a fondo durante decenios en deslegitimizar cualquier disidencia, echando mano a la calumnia, el escarnio y la mentira; impunemente, dado su monopolio de los medios. Y, por último, la represión desatada, con incautación de firmas, prisión y amenazas.

Parecía imposible que las firmas llegaran a la Asamblea Nacional, pero así ha sido, y no gracias a las facilidades concedidas por las autoridades.

Una vez llegados a este punto, se abren varias posibilidades:

La más probable: que la Asamblea —es decir, el señor Fidel Castro, dueño de la Asamblea—, decida la improcedencia del referendo, y éste muera antes de nacer. Ni siquiera necesitará explicar al pueblo cubano su postura, dado que la prensa hará disciplinado silencio. Millones de cubanos ni siquiera sabrán que se ha desestimado sin más la propuesta de sus compatriotas, aún refrendada por la Constitución, un documento que en su día votó la casi totalidad de los electores.

La menos probable: Que el referendo se lleve a cabo. Muy hipotética, dado que, mientras blasona de contar con la adhesión masiva de los cubanos, el gobierno jamás se ha atrevido a poner en manos de los ciudadanos decisiones estratégicas para su monopolio del poder, como el derecho a asociarse libremente, que sacaría de las catacumbas a los grupos opositores, los engrosaría mediante la amnistía y fomentaría sindicatos libres; o el derecho a la libertad de expresión y de prensa, cuando bien saben que la información es poder; por no hablar de los derechos económicos y de una nueva ley electoral, que someterían sus monopolios tradicionales a la competencia.

La mucho menos probable: que efectuado el referendo, la mayoría de los electores diera el visto bueno a las reformas.

Y la inimaginable: que un resultado adverso obligue automáticamente al señor Fidel Castro a aceptar la voluntad popular.

Esta cadena de improbabilidades explica que desde su nacimiento el proyecto haya sido objetado por numerosos detractores que lo consideran un esfuerzo inútil, cuando no una legitimación del gobierno actual, al actuar dentro del marco de la Constitución vigente. De este marco de actuación se desprende el segundo bloque de objetores: una zona del exilio cubano que se considera excluida, ya que al ser despojados de sus derechos electorales en Cuba (aunque conserven la ciudadanía), quedan descartados automáticamente de refrendar con su firma el proyecto. El propio Payá ha declarado promover un cambio pacífico y desde dentro. “Porque si el cambio es violento, el gobierno que venga será un gobierno de fuerza y si esperamos que el cambio llegue desde afuera, entonces el pueblo no será protagonista del cambio”. Y la expresión “desde afuera”, ha subrayado la postura de esa zona del exilio. Por último, hay quienes acusan al proyecto de una concesión de principios: ¿por qué someter al veredicto público derechos que son inalienables a la condición ciudadana, como las libertades económicas, de expresión o asociación?

Sin dudas, a todos estos opositores les asiste una dosis de razón. Claro que cabría aclarar algunas cosas. La primera es que sobre los cubanos que residen en Cuba recae, y sobre todo recaerá, el peso de los cambios que ocurran en la Isla. Sin excluir la participación, pero no el protagonismo, del exilio. De modo que si hoy la iniciativa se atiene a la constitución vigente, precisamente para modificarla en su esencia, más que torpedear lo que es, valdría aplaudir lo que pretende ser. Y si esa constitución excluye al exilio, no es culpa, obviamente del Proyecto Varela, que sólo aprovecha una mínima opción legal para plantear sus reivindicaciones. Aunque ellas sean obvias en sociedades democráticas, no olvidemos que en Cuba serían verdaderas revoluciones tras medio siglo de totalitarismo. Algo que han olvidado quienes se niegan a someter a escrutinio unos derechos no tan universales en la práctica como todos quisiéramos.

Por último: ¿vale la pena todo este esfuerzo si la perspectiva de éxito es casi nula? Decididamente, sí. No por el referendo o su más que hipotético triunfo.

La democracia, las libertades y los derechos del ciudadano se construyen sobre una sociedad civil consciente de sus fueros. Jamás será un gracioso regalo. Y tanto para construir un Estado de derecho como para mantenerlo, se necesita esa sociedad civil, que en Cuba ha sido sistemáticamente podada hasta las raíces. El hecho de que 11.000 o 20.000 cubanos hayan firmado es índice del tránsito a la edad adulta de la oposición interna, que ya no podrá ser impunemente tratada como grupúsculos insignificantes. Y la temeridad de 20.000 es la antesala a la valentía de 200.000, y ésta, a su vez, del desacuerdo público y sin tapujos de 2.000.000.

Si alguien ha estado muy claro desde el principio sobre la peligrosidad del Proyecto Varela, ha sido, a pesar de su prepotencia, Fidel Castro. No ha perseguido el proyecto con tanta saña por puro hábito represivo, sino por miedo. Y no miedo a 11.000 firmas y un referendo que puede disolver son un gesto. Miedo a que cunda el mal ejemplo y los cubanos pierdan el miedo. En una sociedad en decadencia, sumida en un presente en ruinas y deslizándose hacia un futuro incierto, y donde once millones de habitantes están pendientes de la muerte de uno solo, la pérdida del miedo sería un catalizador poderoso hacia un futuro que contradiga los slogans en curso. O peor: que los cubanos alcancen la certeza de que el miedo ya no es rentable: que a lo sumo les aportará un televisor chino, o el derecho a un salario de miseria y prestaciones sociales que no tendrían por qué ser abolidas, sino mejoradas en una sociedad plural y democrática. Miedo a que los cubanos comprendan, al fin, que perder el miedo puede otorgarles la llave de la única puerta hacia el futuro.

 

“Revocando el miedo”; en: Cubaencuentro, Madrid, 15 de mayo, 2002. http://arch.cubaencuentro.com/sociedad/2002/05/15/7934.html.html.

 





Jesús Díaz: las palabras halladas

3 05 2002

La escueta nota de algún diario consignará hoy la noticia: Jesús Díaz, escritor y cineasta cubano, nacido en La Habana en octubre de 1941 y presidente de la Asociación Encuentro de la Cultura Cubana, acaba de morir en Madrid a los 61 años.

Pero bajo esas escasas líneas hay demasiadas palabras. Las precoces palabras de Los años duros, su emblemático volumen de cuentos con el que no sólo obtuvo el Premio Casa de las Américas a los 25 años, sino el privilegio de inaugurar una nueva era de la narrativa cubana. Las palabras de Las iniciales de la tierra, la novela que despertaría un inusual fervor entre los lectores de la Isla. Las palabras como espejos múltiples que componen La piel y la máscara. Las palabras perdidas que dan título a la que posiblemente sea su mejor novela. Las palabras tragicómicas de Dime algo sobre Cuba. Las palabras vertiginosas de Las cuatro fugas de Manuel, su última novela, donde la carne de la ficción es apenas una delgada piel, tensa y pulida, sobre la osamenta de la realidad.

Los miles de palabras que aún contienen las revistas que fundó: Pensamiento Crítico, que intentara reflexionar el entramado de la Revolución Cubana; El Caimán Barbudo, hogar de varias generaciones de creadores, y Encuentro de la Cultura Cubana, este espacio plural que a sus seis años de vida tiene el privilegio de ser la revista cubana más vilipendiada (en público) y más leída (en privado) dentro de los confines de la Isla

Bajo las pocas palabras de esta nota están todas las palabras de sus decenas de guiones, sus once documentales y sus dos largometrajes de ficción. Las palabras pronunciadas o escritas en cientos de conferencias y artículos. Las polémicas palabras de Los anillos de la serpiente, que hizo explícita su ruptura con las autoridades de la Isla, inaugurando esa suma de palabras destinadas a prefigurar esa Cuba posible a la que todos aspiramos.

Jesús Díaz ha abandonado, a los 61 años, el espacio físico, la geografía de Madrid. Sus amigos podemos constatarlo, sin resignarnos a creer del todo la noticia. Ha abandonado las estadísticas, los censos, los registros documentales. Se ha adentrado en la región más transparente de la cultura cubana. Y en su nueva geografía le acompañan El Rojo; Iris, la que volvió desde Miami en busca de sus dos hijos; el dentista Stalin Martínez, balsero de azotea; los supervivientes de los años duros que llegaron a rubricar las iniciales de la tierra; le acompaña Manuel, que ya no huye. Y le acompaña la memoria de sus compañeros, su familia, sus amigos, sus compatriotas, los que hemos transitado con él un tramo del camino, e incluso la memoria de sus enemigos, que ahora no podrán librarse nunca más de su recuerdo. Le acompañan, en suma, todas sus criaturas, y las que sus lectores de hoy y de mañana, fraguamos con la complicidad de sus palabras.

De modo que, aún cuando sea inapelable su cronología, sería falso decir que Jesús Díaz descansa en paz. Sus palabras y nuestra memoria no se lo permiten.

 

“Jesús Díaz: las palabras halladas”; en: Cubaencuentro, Madrid, 3 de mayo, 2002.http://arch.cubaencuentro.com/cultura/noticiero/2002/05/03/7725.html

 





Bomba y bumerang

26 04 2002

Decir mentiras es cosa muy fea, suelen afirmar padres y maestros. Y seguramente no faltó algún jesuita que se lo repitiera al señor Fidel Castro durante sus ya lejanos años formativos. Muy hondo caló la frase en su conciencia. La recordó seguramente tras una conversación confidencial, el 19 de marzo pasado, con el presidente mexicano Fox, quien le solicitaba visita corta y abstenerse de insultos en su viaje a la reunión de Monterrey. La recordó al concluir su discurso en la reunión con las palabras: «Les ruego a todos me excusen que no pueda continuar acompañándolos debido a una situación especial creada por mi participación en esta Cumbre, y me vea obligado a regresar de inmediato a mi país». Tenía que decir la verdad, como le enseñaron los jesuitas, y «no podía decir menos, ni decirlo con más cuidado», afirmaría recientemente, en show televisivo, el mandatario cubano. Tuvo tanto cuidado, que de inmediato el suceso acaparó el interés de los medios, opacando debates más serios, y la prensa acosó a las autoridades cubanas y mexicanas en busca de una respuesta. Tanto Fox como Castañeda llegaron a afirmar que no se había ejercido ninguna presión que justificara la estrepitosa salida del dictador.

¿Hicieron mal Fox y Castañeda al mentir sobre las presuntas presiones a FC? Desde el punto de vista ético, sí. Y tendrán que responder por sus palabras en una sociedad abierta y plural, donde la ciudadanía y la oposición están en el derecho constitucional de cuestionar a sus mandatarios. Desde el punto de vista político, hicieron lo único que les era dado hacer. Mentir, confiando en que FC cumpliría su palabra. ¿Hicieron mal al votar la moción uruguaya en Ginebra, aún conociendo las amenazas provenientes de La Habana? Para el feliz curso de sus carreras políticas, sí. En conciencia, seguramente no: arriesgaron su probidad política para ejercer la defensa de valores hoy universales, los derechos humanos. Actitud que los honra.

¿Es triste que el presidente democráticamente electo de un país soberano acepte las presiones del vecino poderoso, en aras de conservar las mejores relaciones políticas y económicas? Es triste, pero comprensible, en la medida que una lesión en el orgullo de los gobernantes se traduce en beneficios económicos para los gobernados.

¿Es triste que el dictador de un país soberano no acepte ningún tipo de presiones, ni siquiera en aras de conservar las mejores relaciones políticas y económicas? Es más triste aún esta discutible «honra», en la que el orgullo de los gobernantes bien vale el sacrificio y la miseria de los gobernados. Razón por la que resulta cínica la frase de FC en su reciente show para «desenmascarar» a Fox: «Los pueblos no son masas despreciables a las que se puede engañar y gobernar sin ética, pudor ni respeto alguno». Sobre todo tomando en cuenta que el primer respeto hacia los gobernados es el respeto a su libertad, a su derecho a expresarse sin temor a represalias, a actuar de acuerdo a sus convicciones y elegir a quienes deberán representarlos. Algo que afirmó el propio Fidel Castro: «Nosotros proporcionamos justicia social y resolvemos los sustanciales problemas sociales de todos los cubanos en un clima de libertad, de respeto a los derechos individuales, de libertad de prensa y pensamiento, de democracia, de libertad para elegir su propio Gobierno» (La Habana, 1959).

Uno mintió como ejercicio político. El otro arrojó la verdad como instrumento de venganza. Cada cual votará por la gravedad de cada culpa.

En este caso, FC aduce que estaba éticamente obligado a revelar la verdad. Lo que no nos explica es por qué en 1981, durante los felices tiempos de la dictacracia priísta, cuando el entonces presidente Ronald Regan amenazó boicotear la Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno Norte-Sur que tendría lugar en México, FC aceptó en silencio no participar, a pedido de su amigo José López Portillo (¿no fue ése el autor de la masacre de estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas?), quien le invitó a unos días de asueto en Cozumel como desagravio. ¿Por qué entonces no hubo escándalo internacional ni resplandeció la verdad?

Ciertamente, aunque le pese a padres y maestros, en política no escasean las mentiras. Y no es raro que el político sea un especialista en prometer lo imposible para más tarde incumplir incluso lo posible. No escasean los muertos en el armario, las conversaciones secretas y las cartas impublicables. ¿Cuál habría sido la reacción de FC si Nikita Kruschev, durante la Crisis de Octubre, escandalizado por la carta donde el mandatario cubano le pedía adelantarse a los norteamericanos y lanzar la bomba atómica, la hubiera publicado? ¿Cómo habría sentado a los que entonces veían en Cuba «el socialismo de rostro humano», que el líder estaba dispuesto a inmolar a su propio pueblo en un ejercicio de egolatría y soberbia, que dejaría a seis millones de cubanos sin rostro, ni socialista ni capitalista ni todo lo contrario?

Llama la atención que el señor Fidel Castro, indignado hoy por las mentiras que a diestra y siniestra emitían los dirigentes mexicanos, haya dicho alguna vez que «la ideología del 26 Julio es la ideología de un sistema de justicia social dentro el concepto más ancho de democracia, de libertad y de derechos humanos» (La Habana, febrero 1959), y que no se trataba de un movimiento comunista, ya que difería básicamente del comunismo en una serie de puntos básicos. Por entonces se refería a la anulación de los partidos políticos en Cuba como una medida temporal, y no como una anulación permanente (Caracas, 1959), y prometía que «la próxima cosa serán elecciones generales. Yo creo que con la Constitución de 1940. Porque en cualquier lugar donde el Gobierno desea permanecer por un período largo sin elecciones libres, porque no cuentan con el apoyo de la gente, ellos empiezan a hacer inventos, planeando vías para permanecer un montón de tiempo, y nosotros no estamos en ese caso» (La Habana, 1959). Algo que ya había explicado en Santiago de Cuba el 3 de enero: «Esa es la razón por la que los gobiernos constitucionales tienen un período de mandato fijo. Si son malos, pueden ser desalojados por el pueblo, que puede votar por un gobierno mejor».

Claro que pueden no ser mentiras rotundas, sino apenas lapsos de su memoria, que regresa continuamente a la infancia de la Revolución y recuerda con toda exactitud la más pequeña batallita de la Sierra Maestra.

Durante aquellos lejanos tiempos en que aún FC no padecía esta repentina propensión a la verdad revelada, proponía en Caracas (1959) convertir en democracias a todos los países ibero-americanos, eliminar las dictaduras del continente y lanzar un programa de pasaporte común, mercado común y más participación en los asuntos internacionales. Algo así como el ALCA, pero encabezado por Fidel Castro. Y aún más, sus votos democráticos le llevaron a afirmar: «No es posible, para los representantes de las democráticas Venezuela y Cuba, escuchar los discursos en que Trujillo habla de libertad y dignidad humana. Cuba (propone) a la OEA la necesidad de quitar a los representantes de las dictaduras o retirarlos de esta organización. Nosotros hemos barrido Cuba (…) y tenemos la determinación de no permitir nunca más una nueva dictadura» (Caracas, 1959).

¿Comprenderá el señor Fidel Castro que su dictadura repugne hoy en el continente con idéntica intensidad? ¿Comprenderá que resulte difícil escuchar al canciller Pérez Roque hablando de libertad y dignidad humana? ¿Comprenderá, en suma, que las democracias latinoamericanas no hacen sino atender, a 43 años de distancia, su llamamiento a aislar y excluir a la dictadura pendiente del hemisferio? ¿Le alcanzará la lucidez y su repentino amor por la verdad para reconocer que quizás algún día un Vargas Llosa que aún no conocemos lo convierta en protagónico de La Fiesta del Caballo o cosa así?

De este suceso se desprenden algunas conclusiones tan obvias que no vale la pena formularlas, como la diferencia entre un país donde el presidente responde de sus actos y sus palabras y otro donde cuestionar al presidente está penado por la ley, y cualquier noticia internacional «incómoda» es censurada.

Pero la mayor lección de este suceso es que en un pequeño país pobre (o empobrecido, que no es lo mismo) y endeudado, reliquia de la Guerra Fría y sin mayor ascendiente sobre los demás, no sólo se ha devaluado la moneda y la economía, la calidad del presente y las expectativas del futuro, sino que se acaba de devaluar, con carácter irreversible, la palabra dada por su presidente a un colega de un país presuntamente amigo. Y más allá de su signo, existe una complicidad gremial entre los políticos de todos los pelajes. Hay conductas de las que todo el gremio toma muy buena nota. No creo que ninguno se arriesgue, nunca más, a confiar en la palabra del señor Fidel Castro, aunque desde la tumba le aplauda el alma de su preceptor jesuita.





La conciencia y el poder

17 04 2002

En «La Noche», su  obra teatral, José Saramago narra los sucesos del 24-25 de abril de 1974, en un periódico de Portugal, y a propósito toca la tarea del periodismo de investigación, que es desentrañar los resortes reales del poder. Y apenas ayer, en la presentación del nuevo libro de Sanpedro sobre la globalización, denunció el poder del dinero como único poder real, descalificando de plano a la democracia con la pregunta: ¿Cuándo la Coca Cola se ha presentado a las elecciones? Una pregunta ingeniosa, sin dudas. Le agradecería al premio Nobel que también se hiciera otra, menos elegante, pero muy objetiva: ¿Cuándo el Señor Fidel castro se ha presentado a las elecciones? Claro que también Saramago es víctima de “La Noche”, y aplica selectivamente el bisturí de la conciencia, según sea la fuente de poder a la que se refiera.

Muy cerca de Portugal, donde se estrenara la obra de Saramago, se ha debatido la Ley de Objeción de Conciencia de los periodistas. De acuerdo con ella,  el redactor puede rescindir su contrato cuando un cambio en la orientación ideológica o informativa del órgano de prensa atente contra sus principios, o ante una modificación de las condiciones de trabajo que le signifique un perjuicio grave. La ley le concede incluso el derecho a negarse a participar en informaciones contrarias a los principios éticos del periodismo –cuáles son esos principios es algo más que nebuloso; y para percatarse bastará leer la prensa de una semana, que va desde el cotilleo venéreo al amarillismo y la información de trasmano y sin pruebas sólidas, que en otras latitudes costaría al periodista y al periódico un juicio por difamación–. Por último, protege el derecho del periodista a la forma y contenido de sus textos, que en caso de enmienda sólo podrán ser publicados con su firma si otorga su consentimiento.

No es difícil establecer el puente que conecta el debate de esa ley con la obra teatral de Saramago. La conciencia y el poder han mantenido desde siempre una relación dialéctica, con harta frecuencia nada cordial. Si lo analizamos a grosso modo, basta observar que el propósito del poder es siempre imponer a la mayoría un diseño político, lo que puede demandar desde la demagogia y el engaño hasta la fuerza bruta. Siempre que se cumpla el propósito, los fines serán sobreseídos por la historia (al menos por la historia inmediata, y tengamos en cuenta que el poder y la política son las artes de lo inmediato). Para ello el poder contrata sus amanuenses. Por su parte, la conciencia debe ser reflexión del hombre ante su tiempo, búsqueda de valores inmanentes y hallazgo de parámetros éticos más o menos perdurables. Podría decirse incluso, llegados al extremo, que el ejercicio consecuente de la conciencia, o una política de principios, está contraindicada al político, cuya supervivencia sólo está garantizada por un pragmatismo sin remilgos. Los hay que han perdurado más allá de lo imaginable gracias a su frenético travestismo.

De modo que ni en sus fines ni en sus medios, la conciencia y el poder coinciden, aunque puedan tocarse eventualmente cuando los valores de la conciencia resulten instrumentos útiles a los propósitos del poder. Como son instrumentos del poder (o de las distintas facciones del poder) los medios de comunicación. En países autoritarios, de un modo burdo y directo, y por ello con escasa efectividad ─el hombre sospecha siempre de las verdades unívocas y busca con entusiasmo las verdades clandestinas─. En países democráticos, con un grado variable de «libertad de prensa», mediante procedimientos más sutiles. Basta observar en la prensa actual la redacción diferencial de una misma información cuando la editan ABC, El País y El Mundo, por referirnos a España, e incluso las diferencias entre una misma noticia sobre Cuba aparecida en el Nuevo Herald y en el Miami Herald, a unos metros de distancia. Diferencias que no sólo constituyen un acto de servicio (aunque con frecuencia también), sino una estrategia de marketing –cómo y qué desea saber nuestro presunto lector, ese consumidor de palabras que hace posible la rentabilidad de la empresa–.  El dato es el mismo, la verdad objetiva es una, pero la subjetiva, inoculada por el comentario, por ciertos adjetivos y el enfoque, suele ser bien diferente, cuando no opuesta. Cada órgano de prensa responde a una zona del poder, elegida o asignada, que modula su objetividad y define sus propósitos globales. De modo que hablar de «libertad de prensa» en sentido total, sería algo discutible. Tendríamos que acudir a publicaciones tan independientes, que apenas tienen peso en la opinión pública.

Por suerte, a diferencia de las autocracias que establecen el monopolio del poder y de su discurso, sin márgenes ni alternativas; en democracia las distintas facciones del poder real y de su representante, el poder político, dictan discursos diferenciales y con frecuencia contradictorios, de modo que al cabo la «libertad de prensa» se aproxima a la realidad, no por intención puntual, sino por una vasta sumatoria de verdades parciales y tendenciosas. Es la verdad estadística. En ella existen espacios, aunque sean pequeños o marginales,  incluso para un periodismo ético que bien podría ser el que Saramago demanda –de más está decir que no para sus amigos, sino para sus enemigos–, y más aún, el que merece la sufrida masa de lectores, harta de adivinar qué diablos pasa bajo la superficie engañosa de las palabras.

 

“Conciencia y poder”; en:Cubaencuentro, Madrid, 17 de abril, 2002. http://arch.cubaencuentro.com/cultura/2002/04/17/7395.html.